¿Estamos decepcionando a Dios?

Por: José Antonio Pagola

Jesús se encuentra en el recinto del Templo, rodeado de un grupo de altos dirigentes religiosos. Nunca los ha tenido tan cerca. Por eso, con audacia increíble, va a pronunciar una parábola dirigida directamente a ellos. Sin duda, la más dura que ha salido de sus labios.

Cuando Jesús comienza a hablarles de un señor que plantó una viña y la cuidó con solicitud y cariño especial, se crea un clima de expectación. La «viña» es el pueblo de Israel. Todos conocen el canto del profeta Isaías que habla del amor de Dios por su pueblo con esa bella imagen. Ellos son los responsables de esa “viña” tan querida por Dios.

Lo que nadie se espera es la grave acusación que les va a lanzar Jesús: Dios está decepcionado. Han ido pasando los siglos y no ha logrado recoger de ese pueblo querido los frutos de justicia, de solidaridad y de paz que esperaba.

Una y otra vez ha ido enviando a sus servidores, los profetas, pero los responsables de la viña los han maltratado sin piedad hasta darles muerte. ¿Qué más puede hacer Dios por su viña? Según el relato, el señor de la viña les manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo le tendrán respeto». Pero los viñadores lo matan para quedarse con su herencia.

La parábola es transparente. Los dirigentes del Templo se ven obligados a reconocer que el señor ha de confiar su viña a otros viñadores más fieles. Jesús les aplica rápidamente la parábola: «Yo os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Desbordados por una crisis a la que ya no es posible responder con pequeñas reformas, distraídos por discusiones que nos impiden ver lo esencial, sin coraje para escuchar la llamada de Dios a una conversión radical al Evangelio, la parábola nos obliga a hacernos graves preguntas.

¿Somos ese pueblo nuevo que Jesús quiere, dedicado a producir los frutos del reino o estamos decepcionando a Dios? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano? ¿Cómo estamos respondiendo desde el proyecto de Dios a las víctimas de la crisis económica y a los que mueren de hambre y desnutrición en África?

¿Respetamos al Hijo que Dios nos ha enviado o lo echamos de muchas formas “fuera de la viña”? ¿Estamos acogiendo la tarea que Jesús nos ha confiado de humanizar la vida o vivimos distraídos por otros intereses religiosos más secundarios?

¿Qué hacemos con los hombres y mujeres que Dios nos envía también hoy para recordarnos su amor y su justicia? ¿Ya no hay entre nosotros profetas de Dios ni testigos de Jesús? ¿Ya no los reconocemos?

 27 Tiempo ordinario (A)
Mateo 21,33-43

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS

La Vida y la Paz

Por: Luis González-Carvajal Santabárbara

Reflexión Teológica ofrecida a Vita et Pax

Descargar (la-vida.pdf, PDF, Desconocido)

Ser Paz

Por:  Maricarmen Martín

En la Biblia la palabra Shalom, paz, significa el bienestar total de la comunidad, la cual brota de una correcta relación con Dios y con los demás. Shalom va más allá de la mera tranquilidad. Abarca la abundancia material, la seguridad, la salud y hasta la armonía con la creación. Shalom significa la ausencia de violencia pero también incluye las relaciones sociales justas y respetuosas. No puede haber paz sin justicia. La Biblia no habla de Shalom desde una perspectiva ingenua. Habla de la paz para un mundo violento, el mundo real. Shalom designa un don de Dios tan precioso y tan central porque la vida es precaria y está continuamente amenazada.

Jesús supo bien que la vida es conflicto, combate, por eso, proclamó precisamente el reino de paz y nos la ofreció como algo muy preciado. Según el cuarto Evangelio, la paz es el regalo que Jesús deja a los suyos en su discurso de despedida: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y, a su vez, es el primer deseo del Resucitado: “Paz a vosotros”.  En otros lugares la identidad de ser hija o hijo de Dios consiste en ser constructor de paz: “Bienaventurados los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

La paz es un regalo y, a la vez, una tarea, un desafío. Ser paz es la condición necesaria para ser constructores de paz. La paz no viene del cielo, los ángeles la anuncian cuando suenan las trompetas pero se la confían a los seres humanos para que la difundan. Es unánime la convicción según la cual la paz es el mayor bien para la humanidad y, al mismo tiempo, la historia prueba que la paz es una utopía cada vez más lejana. Los seres humanos hemos hecho “las paces” en muchas ocasiones pero hasta ahora no hemos conseguido hacer la paz. Esto explica por qué se queda generalmente en un deseo.

Son los deseos y las relaciones los que producen la guerra o la paz en el corazón. Para poner paz en el corazón no basta sólo perdonar como se suele aconsejar. Hay que elaborar, esclarecer, desatar el nudo… Nadie olvida una ofensa recibida, especialmente, cuando ésta ha tenido un relieve importante en la pequeña historia de nuestra vida. Es necesario que estas ofensas dejen de ser recuerdos envenenados y se conviertan en recuerdos que nos acaricien, recuerdos pacificados.

Es muy difícil que los recuerdos dolorosos que han trastornado nuestra vida y nos han hecho daño puedan llegar a ser pacíficos, pero no es imposible. Hemos de poner nombre al dolor, reconocer en ellos nuestra parte de responsabilidad y, si es posible, dialogar con la otra parte. Por último no buscamos el castigo por el daño que nos han infringido, llegados a este punto, sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a una relación nueva. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas del juego; cambiar ese estúpido ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de un lado a otro. Carece de importancia saber quién ha comenzado; lo importante es ver quién quiere terminar.

Desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación, de ahí la necesidad de postular comunidades alternativas en las que se viva la cultura de la paz, el shalom que hoy nos sigue regalando el Resucitado. El compromiso por la paz no es una conquista sino un logro a conquistar cada día.

Es fácil hablar de la paz como mera espectadora: la paz en el mundo, en la sociedad… Cuando no tenemos que ver nada en la historia somos muy pacíficas pero cuando entramos en juego, las cosas son de otra manera. Hoy puede ser un día perfecto para preguntarnos: ¿soy paz?; ¿cómo reacciono ante la ofensa?; ¿estoy entre quienes han alcanzado la identidad de hija o hijo de Dios construyendo la paz?; cuando entro en una casa, o estoy en el trabajo, o me encuentro con mi familia, ¿soy portadora de paz o de violencia?…

Recuperando dignidades perdidas

Por Maricarmen Martín

Las mujeres nos sentimos herederas de una tradición, la de Jesús, que colocó a su lado a hombres y mujeres como co-partícipes de su misión evangelizadora. Sin embargo, no descubro nada nuevo al expresar, una vez más, la sufrida discriminación que las mujeres viven dentro de la Iglesia. Somos conscientes de que, a nivel de principios generales, todos se manifiestan partidarios de una igualdad que, en la vida cotidiana, cobra acentos de desigualdad. Desde esta evidencia, el aporte de muchas mujeres y algunos varones se sitúa en la recuperación de la verdadera humanidad, tanto para el varón como para la mujer. No queremos quitar a unos para poner a otras. Evidentemente, si la mujer ocupa su puesto en la sociedad y en la Iglesia, el hombre se tiene que situar. Esto, lejos de restarle protagonismo, le devuelve su verdadera dignidad.

Esta tarea nos sentimos impulsadas a hacerla como discípulas de Jesús, que queremos seguir caminando con El, repitiendo sus mismos gestos. La Biblia nos muestra un Dios enamorado de los desposeídos y los humildes. La opción por las mujeres es inseparable de la opción por los pobres. Su resistencia a ser sistemáticamente excluida es, como la de los pobres, una resistencia para tener “vida en abundancia” (Jn 10,10).

En el Nuevo Testamento nos encontramos diversos modos de seguir a Jesús, pero su contenido es idéntico en todos los casos. En realidad, supone incorporarse a la construcción del Reino de amor. La persona que se pone en disposición de seguimiento, deja todo: las mujeres dejaron su puesto en la vida para entrar a formar parte del grupo de Jesús; y, además, inaugura  nuevas relaciones de vida, basadas en la igualdad y la fraternidad.

El mismo Lucas nos dice cómo, camino del calvario, Jesús era seguido por una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres que lloraban y se lamentaban por él. También nos dice que “Todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban allí presenciando todo esto desde lejos” (23,37-49). Nos interesa fijarnos en el grupo de mujeres. Es el mismo grupo del capítulo 8. Si se hallan presenten en ese momento es porque verdaderamente habían creído en él. El miedo, recordemos que estaban allí pero “desde lejos”, no les había impedido llegar hasta ese lugar porque lo amaban.

Por último, las mujeres que permanecieron con Jesús hasta su muerte serán también testigos de su resurrección (Mt 28,1-10). A ellas les confiará el encargo de anunciarlo a los discípulos que, por temor, le habían abandonado. Es decir, Jesús les confía la importante misión de alentar a los hermanos y de confirmarles que aquel que habían matado, estaba vivo.

Caminar detrás de las huellas de Jesús (Lc 8,1-3), amarle por encima del miedo (Lc 23,27), manifestarse como seguidoras de él, incluso en el lugar en que lo estaban matando (Jn 19,25), ver al Señor vivo antes que los mismos apóstoles (Mc 16,9), ser enviadas… las acredita como sujetos capaces y dignos de ser co-partícipes a todos los niveles en la misión de la Iglesia. Estas son sus credenciales.

Por consiguiente, Jesús incorpora a su misión a las mujeres de una manera radicalmente nueva y en abierta oposición a las costumbres de su tiempo. Dejó abierto un camino de igualdad en el amor, que no siempre ha sido reconocido y valorado por la Iglesia, pero que, desde siempre, las mujeres entendieron bien. Ausentes de los servicios que incluían toma de decisiones y responsabilidades de autoridad, las mujeres se entregaron a la tarea de construir el Reino en la historia. Por eso, siempre han estado presentes en los procesos de liberación. Muchas veces como fuerza oculta, no reconocida por la historia oficial, pero presente y actuante. Desde la periferia, se encontraron con la raíz de la Buena Noticia de Jesús: él las quería cerca para enviarlas a participar en la construcción de la fraternidad universal. La cercanía desde los márgenes de la historia de la Iglesia les hizo comprender de un modo nuevo y desafiante el significado de caminar con Jesús estando cada vez más identificadas con él.

Sin embargo, las mujeres seguimos ocupadas principalmente en tareas de labores estéticas o catequéticas y, casi siempre ausentes de los órganos de gobierno eclesiales. Los espacios son reveladores y sustentadores de la posición subordinada de las mujeres. En los centros de estudios teológicos, ocupan –cuando les dejan- el lugar de los que aprenden, de los que toman notas en silencio. Son escasísimas aún las cátedras llevadas adelante por mujeres. En las iglesias se colocan, sin otra alternativa, bajo el altar y a una distancia respetable. Tampoco son admitidas en los ámbitos de decisión y ejecución. Estos son de dominio exclusivamente masculino. A este respecto nos dice I. Gebara: “Las mujeres pueden invadir los espacios en los que se toman las decisiones sagradas sólo para servir a los hombres como domésticas siempre subalternas y obedientes”. Sin embargo, las consecuencias de las decisiones recaen también sobre las mujeres a quienes toca acoger y obedecer.

Pero no queremos quedarnos sólo en lo que no va bien. Las mujeres hoy siguen conquistando mayores espacios de responsabilidad en la sociedad civil. Estamos en camino de superar una visión de la mujer exclusivamente como madre de familia y ama de casa. Esto constituye uno de los signos de los tiempos que la Iglesia no puede dejar de escuchar y, por tanto, disponerse a propiciar, ella también, mayores espacios de participación y responsabilidad a las mujeres. Es más, además de tener que superar el patriarcalismo y machismo imperantes en la sociedad en general, la Iglesia tiene que superar el clericalismo particular dominante.

No es un imposible, es tarea de todos y de todas, se puede hacer si nos disponemos a dar ya los pasos oportunos, algunos de ellos pueden ser:

  • Caminar hacia la constitución de una Iglesia más comunitaria y participativa, donde hombres y mujeres, laicos y laicas, sacerdotes, religiosas y religiosos sean co-responsables de llevar adelante la tarea encomendada por Jesús. Para ello, entre otras cosas, tendremos que redefinir recíprocamente qué es la feminidad y qué la masculinidad. Supone también redefinir el papel del sacerdote y del laicado y pasar de un esquema puramente vertical a otro más comunitario que tenga un único centro, Cristo Jesús.
  • Fomentar la formación teológica de las mujeres y la difusión de su pensamiento. Secularmente, las mujeres fueron separadas de los centros de formación donde se elaboraba el pensamiento teológico que había de acompañar el camino creyente de hombres y mujeres. Pero ha llegado el momento de la irrupción de las mujeres teólogas en la Iglesia.
  • Afianzar los pasos hacia una Iglesia ministerial, en la que queden incluidas también las mujeres. Creemos que es posible abrir nuevos cauces, diversificar los ministerios. Podemos ser más creativos y creativas y romper con viejos prejuicios y miedos porque lo que cuenta es la extensión del Reino de Vida que Jesús vino a traernos.

La Espiritualidad, ese motor que nos hace vivir

El día 13 de octubre el grupo Vida y Paz de Ciudad Real iniciará su andadura en este nuevo curso. Lo haremos con un retiro en torno a “La Espiritualidad, ese motor que nos hace vivir”.

El Espíritu de la vida

Espíritu de la Vida

Autor: Jürgen Moltmann. Ed. Sígueme, Salamanca 1998

Este es un libro clásico y a la vez con vigencia permanente donde Moltmann quiere describir la unidad entre la experiencia de Dios y la experiencia de la vida. La simple pregunta, “¿cuál ha sido la última vez que sentido usted la acción del Espíritu santo?” nos pone en serios apuros. Su “santidad” provoca cierta reserva. Pero si la pregunta es “¿cuál ha sido la última vez que ha sentido usted el Espíritu de la vida?” entonces las cosas cambian. Podemos responder con lo que sentimos en la vida de cada día y contar todo lo que nos ha consolado y nos ha estimulado. En este caso, el Espíritu son las ganas de vivir y sus dones las fuerzas vitales. Este libro quiere describir cómo el Espíritu de Dios se llama “santo” porque da vitalidad a esta vida, no porque esté alejado y no tenga nada que ver con ella. [Leer más…]

El camino de la paz. Una visión cristiana

El camino de la Paz

Autor: Xabier Pikaza, Edi. Khaf, Madrid 2010

La paz es una aspiración, una tarea, un reto; un desafío que se encuentra amenazado. Hoy las religiones sienten la urgencia de ser instrumentos de paz. El autor nos propone recorrer doce estaciones que pueden hacer realidad la paz que Jesús puso en marcha; nos sugiere subirnos al tren de la paz, cuyas puertas se abren para los que quieran participar de su experiencia y recorrer con él el camino de la reconciliación entre los hombres y mujeres, en este tiempo especialmente amenazado por diversos tipos de violencia. Nos invita: “¡Viajeros al tren!”. ¿Quién responde a su llamada? [Leer más…]

Día Internacional de la Paz

El 21 de Septiembre se celebra en todo el mundo el “Día Internacional de la Paz”, el cual fue declarado en 2001 por la Asamblea General de las Naciones Unidas para conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo.

El Día Internacional de la Paz se estableció originalmente en 1981 en una resolución 37/67 de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que coincidiera con la inauguración de su período de sesiones cada septiembre. En 2001, se reafirmó la resolución 55/282 al determinar que el 21 de Septiembre de cada año se observara un día de cesación del fuego y de no violencia. La resolución fue aprobada por unanimidad por los Estados Miembros de la Asamblea General. [Leer más…]

Declaración y Programa de acción sobre una cultura de la Paz

La cultura de la paz consiste en una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones, teniendo en cuenta un punto muy importante que son los derechos humanos, así mismo respetándolos y teniéndolos en cuenta en esos tratados. Esta fue definida por resolución de la ONU, siendo aprobada por la Asamblea General el 6 de octubre de 1999 en el Quincuagésimo tercer periodo de sesiones, Acta 53/243. [Leer más…]

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies