Calendario litúrgico 2012

Ciclo B, año par

LECTURAS DEL DÍA, año litúrgico completo:

Al hacer clic en el día concreto, te mostrará las lecturas de la liturgia del día.

DICIEMBRE 2011
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Aprendices del consuelo

Por: Maricarmen Martín – Vita et Pax. Ciudad Real

2º Domingo de Adviento 2011 

 

Nunca se me había ocurrido mirar en el diccionario qué significa la palabra consolar. La definición, por obvia, me deja sorprendida: “aliviar la pena o aflicción de una persona”. Qué bonita y actual la invitación que hoy nos hace Dios a través del profeta Isaías para que este tiempo de Adviento sea un tiempo para el consuelo, es decir, para aliviar la pena o aflicción de las personas que tenemos a nuestro alrededor, en definitiva, de su pueblo. Seguro que tarea no nos falta.

Para consolar es necesario salir de nosotras mismas. Si sólo miramos nuestra vida, si sólo escuchamos nuestras voces interiores, si sólo nos preocupa lo que nuestro filtro deja que pase al corazón sólo conseguimos encerrarnos en nuestro pequeño mundo. Tener nuestro corazón y nuestro deseo dirigidos a ser importantes, a estar lo mejor posible, a acumular capacidades, bienes… nos hacen sordas a la invitación para consolar, nos hacen ciegas para descubrir los caminos por los que Dios anda. El dolor, la pena de la otra persona es una llamada, una invitación a salir y a acercarnos, a contactar con ella. Solamente quien toca la realidad sufriente y quien se deja tocar es capaz de salir de sí misma y consolar.

Para ser heraldos del consuelo necesitamos poner todos los sentidos en juego: manos que tocan, oídos que escuchan, ojos que ven, narices que huelen, bocas que hablan. Las vidas tan duras de muchas personas que viven entre nosotras son invitaciones que esperan personas que las hagan suyas y respondan a ellas. Y responderemos a cabalidad si en esas vidas somos capaces de escuchar y dialogar con Dios mismo. Porque, en una sociedad consumista, podemos hasta consumir vivencias de contacto con el sufrimiento sin que estas nos afecten y trastoquen nuestros planes y nuestras vidas. Sólo Dios, a través de esas vidas afligidas o apenadas, puede llevar a plenitud estas experiencias.

En este tiempo de Adviento queremos ser “aprendices del consuelo”. Consoladoras del dolor  por invitación expresa de Dios. Un consuelo que se refleja en evitar palabras fáciles, en aguantar los silencios, en no buscar con prisas salidas parciales que acaban resultando falsas, en evitar a toda costa la utilización del dolor ajeno… A veces, saber callar, saber estar, saber aguantar la tensión con serenidad… pueden ser silencios sonoros, silencios consoladores que son antesala del Misterio. Más que palabras, lo que “la pena o aflicción” de la otra persona nos está pidiendo es presencia cercana y compañía, una dinámica de consuelo real y paciente.

Estamos en Adviento y esperamos al Dios que se humaniza, al Dios-con-nosotros y nosotras. Dios que nos invita a consolar a su pueblo. Desde esta experiencia nos cambia el referente último. El referente ya no es la muerte sino la Vida. El Dios que se humaniza es fuente de Vida que nos lleva a la paz profunda. Desde El, al consolar a las otras personas, puedo acompañar en medio del dolor más profundo, en la ruptura más intensa… sabiendo que “ni la pena ni la aflicción” tienen la última palabra.

Desde el Dios que se humaniza, “que anuncia la paz a su pueblo”, tenemos la posibilidad de avanzar por caminos de humanización personal e histórica, caminos consoladores de vida, caminos que son Buena Noticia para otras personas y para nosotras mismas. Caminos que nunca son lineales y, a veces, son escabrosos; que tenemos que preparar, pero no nos asustan ni nos inquietan. Es adviento y estamos invitadas a consolar en el camino de la vida cotidiana y a descubrir, en ese consuelo, un guiño cómplice de Dios que nos invita a vivir en la esperanza, a no tener miedo, a dejar el control sobre nuestras vidas y las de los demás en sus brazos… Es Adviento.

Curso de experto en temas actuales de moral

MATRICULA:
A partir de septiembre de 2011

FUNDACIÓN GENERAL DE LA UNED
Tlf. 91 386 72 75 / 15 92
http://www.fundacion.uned.es/web/actividad/idcurso/165
Coste Matrícula: 560 €

DURACIÓN:
La Duración del Curso será de nueve meses (20 créditos).
Se iniciará en enero de 2012 y finalizará en septiembre de 2012

DESTINATARIOS:
Cualquier persona interesada en introducirse en el campo de la Moral y de la Ética

ENSEÑANZA SEMIPRESENCIAL
El curso se podrá seguir a distancia a través de Internet y por el correo electrónico.

SESIONES PRESENCIALES
Se requerirá acudir a Madrid en dos fines de semana repartidos de enero a septiembre.

EVALUACIÓN
Los estudiantes deberán:

  • Realizar algunas actividades dirigidas por los profesores en cada módulo
  • Asistir a las sesiones presenciales
  • Presentar un trabajo fin del curso dirigido por un profesor

 

SI deseas más información contacta con:

Instituto Superior de Ciencias Morales
C/ Félix Boix, 13
28036 MADRID
Telf: 91 345 36 00/01 –  91 350 82 18
Fax: 91 345 86 79
E-mail: secretaria@iscm.edu www.iscm.edu

Rafael Junquera de Estéfani
Tlf.: 91 398 80 58 y 91 398 61 99
E-mail: rjunquera@der.uned
www.uned.es/personal/rjunquera/

Descargar (curso-experto-temas-actuales-moral-UNED-2012.pdf, PDF, Desconocido)

El árbol de la vida

Título original: The tree of life
Producción: Fox Searchlight Pictures y Riverroad Entertaiment
País: USA, 2011.
Director y guionista: Terrence Malick
Música: Alexander Desplat.
Fotografía: Emmanuel Lubezki, en color.
Montaje: Marck Yoshikawa, Billy Weber, Hank Corwin, Jai Rabinowitz y Daniel Rezende.
Duración: 138 min.
Intérpretes: Brad Pitt (Sr.O’Brien ), Sean Penn (Jack), Jessica Chastain (Sra. O’Brien), Kari Matchett (la ex de Jack), Hunter McCracken (Jack, niño), Tye Sheridan (Steve), etc.
Género: Drama. Familia. Infancia. Años 50.
Premios: 2011. Festival de Cannes. Palma de Oro a la mejor película.

Descargar (asi-en-la-tierra-como-en-el-cielo_el-arbol-de-la-vida.pdf, PDF, Desconocido)

La Experiencia de Dios en la vida de cada día

Por:   Dina Martínez

Saludo y presentación

He aceptado esta invitación porque creo que los cristianos tendríamos que expresar y compartir lo que la Fe va aportado a nuestra vida para ir alcanzando ese grado de madurez humana y de realización personal que todos buscamos. No soy  teóloga, ni mística, tampoco una estudiosa de las Sagradas Escrituras. Lo que os voy a compartir hoy son las etapas de una vida sencilla, que se ha desarrollado, en su mayor parte, entre los empobrecidos de este mundo y que me ha permitido experimentar que es verdad esa frase del Evangelio de Mateo, 5,4 “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

No voy a dar una definición de lo que es la experiencia de Dios, pues no me considero competente para ello, pero sí me parece importante diferenciar el término “experiencia de Dios”, del de “religión”, pues con frecuencia los confundimos. Mientras la experiencia de Dios remite a liberación, amplitud, gozo, profundidad, unidad…, la religión histórica ha significado, de hecho, para muchas personas, sumisión, estrechez, miedo, ritualismo, división… y posiblemente sea éste uno de los factores que ha llevado a mucha gente a apartarse de todo lo religioso.

Hace bastantes años, nos visitó en Rwanda un equipo de TVE y en un rato de charla informal, un periodista, que se dice ateo, me preguntó con un tono un poco desafiante y curioso: ‘Dina, ¿qué te motivó a los 18 años a elegir este estilo de vida? Yo contesté espontáneamente y sin rodeos le dije: ‘Vicente, a los 18 años me enamoré de Dios’. Miré a los que me escuchaban y observé una sonrisa incrédula o tal vez un poco burlona y me dije: Dina, tal vez has desperdiciado la ocasión de dar una buena respuesta a estas gentes que no preguntan con frecuencia cuál es el fundamento de una consagración a Dios. De todos modos la respuesta estaba dada y seguimos charlando sobre ese asunto y sobre otros. Nunca le he preguntado a mi amigo si le convenció mi respuesta, pero sí que he pensado varias veces que fue tan profunda y tan verídica como espontánea.

Nací en una familia cristiana, como casi todas las españolas de mi época, pero mi familia nunca ha sido muy practicante. Yo pensaba hacer lo que hacían la mayoría de las jóvenes de mi edad y para no perder tiempo, a los 17 años ya tenía un amigo con el que pensaba compartir mi vida. Pero Dios se hizo el encontradizo y a los 18 años me enamoró y también, sin perder tiempo entré en el “Instituto Secular Vita et Pax” al que sigo perteneciendo. Así empezaba a recorrer un camino en el que se han entrelazado la búsqueda y los encuentros con Aquel que me había seducido.

En mis años jóvenes, la presencia Eucarística fue para mí el Lugar donde encontraba respuesta a mis aspiraciones profundas y triviales. Sí, Allí podía descargar mi corazón, dar rienda suelta a mis ilusiones y soñar, como sueñan todos los jóvenes al lado de alguien de quien se han enamorado. Dios, que es un gran pedagogo, quiso quedarse entre nosotros en la Eucaristía para hacerse más cercano y asequible al ser humano.

Otra etapa de mi juventud estuvo marcada por la búsqueda de sentido. Fue el tiempo en que cuestionaba todo, lo que dejaba y lo que seguía. Tiempo de duda, de oscuridad, de proyectos y de realizaciones. También en esta etapa, el silencio y la oración fueron el lugar de Encuentro, donde descargaba mis dudas, donde gritaba mis añoranzas y donde, de vez en cuando, vislumbraba un rayo de luz que me animaba a seguir participando en la tarea de construir el Reino.

Me marché a Rwanda en 1973.

Mis maletas iban bien repletas de cosas materiales y sobre todo llevaba mi juventud (24 años), un diploma recién estrenado y el deseo de responder a una llamada que me invitaba a trabajar con los más pobres. También me acompañaban mis sentimientos profundos: pena de separarme de mi familia y amigos y de alejarme de una sociedad que me ofrecía posibilidades materiales e intelectuales que, en ese momento, eran importantes para mí. En lo profundo de mi corazón había una renuncia y una entrega. La perspectiva de compartir y, menos aún la de recibir, no las vislumbraba. Tuvieron que pasar muchos años y vivir muchas experiencias positivas y negativas, para tomar conciencia de todo lo que me había enriquecido la convivencia con aquel pueblo. El pequeño título de enfermera se había enriquecido con una fuerte experiencia profesional y humana. Los amigos que temí perder se habían  multiplicado y extendido por todo el mundo y los lazos familiares se habían fortalecido. Cuando tomé conciencia de esta realidad, pensé en esa frase fuerte del Evangelio que había oído muchas veces sin comprender su significado: “Quien  quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25; Mc 8, 35) Desde ese momento esas palabras cobraban un significado profundo para mí, pues ya no eran una teoría sino una experiencia de vida.

Pienso que todos hemos vivido momentos en los que hemos tenido que elegir y hemos dejado algo que nos gustaba para hacer otra cosa. Lo importante es ser conscientes de lo que vivimos, sin anclarnos en las lamentaciones que nos impiden justamente descubrir lo positivo que nos  ha aportado esa opción.

Viví años muy hermosos en Rwanda hasta 1990 que comenzó la guerra. Recuerdo un sentimiento que me invadía con frecuencia y que lo compartía con mi familia y amigos; les decía: tengo la impresión de crecer con este pueblo.

A partir de los años 90 la situación del país se fue deteriorando hasta llegar  al caos total en el 94 con el genocidio del que, sin duda, todos y todas habéis oído hablar. Este periodo marcó de un tono sobrio la etapa de mi edad madura. Fueron años de violencia, de sufrimiento, de pérdidas humanas, de dudas, de miedo. Pero puedo decir que fueron los años en que más he sentido la presencia de Dios en mi vida. Momentos fuertes de consuelo y de ternura que hicieron posible el continuar, aún cuando todo me invitaba a hacer marcha atrás.

Fueron también momentos de intuiciones profundas que me han ayudado a conocer más lo mejor y lo peor del ser humano. Recuerdo los meses que pasé en España desde que nos repatriaron, en abril de 1994, hasta diciembre que pude volver a Rwanda. Yo me debatía con la idea de haber abandonado aquel pueblo que tanto creía querer. El día del Buen Pastor, en la Eucaristía, al escuchar el Evangelio de Jn 10,11: “Yo soy el buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas…”, entendí que sólo Dios es el Buen Pastor y todos los demás, por mucho que nos creamos, estamos en proceso. Bendita confidencia que ‘me puso en mi lugar’ y sosegó mi corazón. Sí, sólo Dios es Dios y Él nos lo va diciendo al oído mientras lo buscamos y cuando lo escuchamos, le conocemos un poco más a Él y a nosotros.

 “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” Jn 6, 55-56.

He necesitado años de contacto con la Eucaristía y superar muchas modas ideológicas para intuir un poco lo que estos versos del Evangelio nos pueden decir. La Eucaristía opera en nosotros algo tan sencillo y tan vital como lo que hace la comida en nuestro organismo. Si sólo nos alimentáramos de banquetes, nuestros cuerpos no se habrían desarrollado armónicamente y nuestras funciones vitales estarían desordenadas. La Eucaristía nos hace, a pesar de nuestra rutina y de nuestras incoherencias. Pero sería inconsciente por nuestra parte no pararnos nunca a saborear y a disfrutar ese manjar aunque también aquí, la iniciativa siempre viene de Dios.

En los años posteriores a la guerra, el pueblo ruandés estaba sumido en el sufrimiento y en la miseria más extrema, y me gustaba contemplar esos hombres, mujeres, jóvenes y niños que llenaban las iglesias para celebrar la Eucaristía. En mis años jóvenes habría tenido una mirada más crítica de esas asambleas, calificándolas de masivas e incluso folklóricas. Pero la experiencia vivida me llevó a mirar a esas gentes con un profundo respeto porque intuía que buscaban en la asamblea Eucarística el lugar donde no eran juzgados, donde eran reconocidos como personas, donde se sentían amados y donde recibían fuerzas para seguir viviendo.

También me impresionaba ver a algunas enfermeras del centro donde trabajaba, después de una larga mañana de servicio a los enfermos, en la hora escasa que teníamos para comer, retirarse a la capilla a rezar y salir sonrientes y pacificadas, dispuestas a seguir curando, consolando y haciendo realidad lo que nos dice Jesús en Mt. 4, 3-4: “No sólo de pan vive el ser humano…”. Esto, que puede parecer heroico o incluso extravagante en algunos ambientes de nuestro mundo rico, yo he tenido el privilegio de disfrutarlo cada día entre los pobres.

Otro texto del Evangelio que ha cobrado para mí una luz especial, el es relato de la multiplicación de los panes y los peces: Jn 6, 1- 15. Este episodio que tanto nos cuesta entender y más todavía creer yo sé, por experiencia, que es una realidad cotidiana que permite que la vida sea posible para muchos habitantes de los países empobrecidos.

Durante los 35 años que he trabajado en Rwanda, siempre hemos dependido de las ayudas de la gente para llevar a cabo el trabajo del Centro de Salud. La colaboración con los grandes organismos y con las ONGs con frecuencia era problemática pues teníamos la impresión que las ayudas estaban condicionadas a sus intereses, más que a dar una respuesta adecuada a la gente del país. Esto hacía que muchas veces no aceptáramos las ayudas para sentirnos más libres en nuestro trabajo y corríamos la aventura de comenzar el curso con un tercio del presupuesto que necesitábamos para llevar a cabo todas las actividades. Nunca nos faltó dinero para hacer lo que teníamos que hacer. Con la contribución de la gente sencilla que se beneficiaba de los servicios del centro y con las ayudas que recibíamos de nuestros amigos (los que confiaban en nosotras), siempre pudimos realizar las actividades previstas. Cuando esto lo vives durante muchos años llegas a la conclusión de que lo que compartimos y gestionamos para las causas nobles se multiplica.

Esta realidad también la vivimos en nuestra sociedad actual, siempre la hemos vivido, pero en estos últimos años aumenta el número de pobres y cada día son más los que sobreviven gracias a la solidaridad de los que se deciden a compartir lo que tienen y lo que son. Me gusta ver a tantos voluntarios en los diferentes servicios sociales, privados y públicos, ofreciendo su tiempo y sus capacidades para enseñar, para ofrecer espacios de acogida, para hacer compañía a los que están solos… Creo que este es un signo de vitalidad de algunos núcleos de  nuestra sociedad que no se han dejado invadir por el virus del capitalismo y de la superficialidad.

Desde hace cuatro años, vivo una nueva etapa de mi vida que estoy convencida de que será apasionante como las anteriores o tal vez más, pues la experiencia me dice que la página siguiente siempre es más interesante.

Voy conociendo la sociedad española que es bien diferente de la que dejé en 1973. Me alegra ver todos los logros económicos y sociales que se han conseguido y constatar como ha mejorado la vida de los españoles en estos últimos 40 años. Encuentro espacios de humanidad donde se respira respeto, fraternidad, responsabilidad, honradez y otros muchos valores que hacen que la vida sea hermosa. Pero desgraciadamente también descubro grandes superficies áridas, castigadas por la superficialidad y por la escasez de valores. Esto me llama mucho la atención porque creo que es, entre otras causas, fruto de la abundancia de recursos mal empleados.

En este mundo, en el que hoy he decidido vivir, sigo buscando a Dios y dejándome encontrar por El, pues ahora sé que es El, el que da sentido a mi vida.

¿Quién va haciendo en su vida esta experiencia de Dios?

Quien la desea consciente o inconscientemente. Aquellos y aquellas que escuchan su interior y que son fieles a sus deseos profundos: de amor, de justicia, de fraternidad, de plenitud, de humanidad…  Dios nos habla en nuestro interior y necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escucharle.

Este es un gran reto en esta sociedad del consumo y del entretenimiento. Nuestras necesidades nos las descubre la propaganda e inmediatamente nos ofrece una solución para satisfacerlas: la salud, la belleza, la moda, la vida social…

¿Qué nos va aportando la experiencia de Dios?

  • Humanidad. A  medida que experimentamos esa experiencia de  Dios en nuestras vidas constatamos que nos hacemos más humanos, más sensibles a los problemas de los demás, más cercanos a los que sufren, más tolerantes, más fraternos…
  • Gratitud y sencillez. La experiencia de Dios no es una conquista, es un regalo. No es algo que nos hemos ganado y que nos podemos apropiar, es lo que experimentamos y disfrutamos gratuitamente en la vida concreta.
  • Confianza. Alguien que va experimentando a Dios en su vida va creciendo en confianza que no es lo mismo que seguridad. La imagen que me viene a la mente es la del niño pequeño ante su madre: él no tiene seguridad, no le hace falta, pero no tiene miedo porque sabe que su madre le dará lo que necesite y confía en ella.
  • Libertad. La historia está llena de hombres y mujeres que nos han dejado el ejemplo de la libertad que da la experiencia de Dios. Jesús, el hombre libre por excelencia, libre frente al poder político y religioso de su tiempo y también frente a su propia naturaleza. “Padre, si es posible que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.Yo, en mi pequeña historia personal, he tenido la oportunidad de experimentar la libertad que nos da defender causas justas, Jn 8, 32 “Y la verdad os hará libres”;  y en Mc 13, 11“Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de que vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablareis sino el Espíritu de Dios que habita en vosotros”,  Estos textos del Evangelio son hoy para mí una experiencia profunda que forma parte de mi vida.

Sí, hoy le daría la misma respuesta a Vicente: hice esta opción a los 18 años porque Dios me enamoró y, caminando con El y con los hombres y mujeres que se cruzan en mi vida, ese amor sigue creciendo. Cuando miro el camino recorrido veo que su presencia lo hace luminoso. Cuando miro el presente, a pesar de su sombrío telón de fondo, no me asusta pues sé que El sigue caminando con nosotros. 

Las mujeres en el cristianismo

Textos para un Milenio – II Seminario

La aportación de las mujeres en el cristianismo a lo largo de los siglos constituye el eje de este II Seminario. Protagonistas frecuentemente olvidadas de la historia, en ellas fluye la vida del Espíritu a través del testimonio y la sabiduría, la espiritualidad y el pensamiento, el trabajo teológico y la presencia en el mundo.

Pintura de Teresa Peña: “Encarnación”

1ª sesión: 30 noviembre

  • Las mujeres en el cristianismo primitivo: testimonio y sabiduría.

2ª sesión: 1 diciembre

  • Las mujeres en el cristianismo medieval y moderno: espiritualidad y pensamiento.

3ª sesión: 2 diciembre

  • Las mujeres en el cristianismo actual: teología y laicidad.

30 noviembre,
1 y 2 diciembre, 2011.
De 18.00 h a 20.00 h.
Parroquia Monte Carmelo
C/ Ayala, 35-37. Madrid
Salón de actos

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El portero, misión de confianza y esperanza

Por: Juan Pablo Ferrer – Párroco in solidum de Albarracín (Teruel)

1º Domingo de Adviento 2011

Durante cuatro años fui el capellán de un grupo de familias españolas emigrantes en un barrio burgués de la capital de Francia. Muchas de esas familias vivían en las porterías de los inmuebles, pues las madres de familia ejercían el oficio de conserjes. Entonces percibí la confianza que los propietarios de esos inmuebles depositaban en esas mujeres conserjes: estas guardaban sus llaves, sus encargos… hasta sus secretos. Era un trabajo de 24 horas: para saber quiénes entraban o salían y para los servicios comunitarios de todos, confiados a ellas.

Hoy es un trabajo en recesión: los medios electrónicos de las modernas puertas lo hacen innecesario en muchos casos. Sin embargo, en tiempo de Jesús las grandes mansiones disponían necesariamente del oficio de portero. Las llaves de las grandes puertas consistían en grandes vigas de madera que atrancaban las puertas por dentro. Era un oficio imprescindible para abrir y cerrar, para velar las entradas y salidas de las grandes mansiones y de las ciudades, un oficio de mucha confianza en la persona del portero, pues se ponía en sus manos la vida, la seguridad, la comunicación exterior… de todos los que allí vivían.

Es un motivo para la autoestima como cristianos el escuchar de labios de Jesús en su discurso a sus primeros discípulos las palabras: “Encargó al portero que vigilara. ¡Velad entonces! (Marcos 13, 34b-35a), pues hoy somos nosotros a quienes nos las dice, confiándonos el oficio de portero en lo que tiene de estar despiertos. Es un acto de fe de Jesús en nosotros al que no podemos defraudar. Es muy valioso lo que nos confía y más valiosa es la confianza que deposita en nosotros.

Esta confianza que Dios deposita en nosotros es más grande que nuestras fuerzas. En la relación con los demás y también en nuestros propios proyectos, ¡hemos sentido tantas veces la decepción, el fracaso, el aburrimiento! -tal como los vemos reflejado en la oración de la profecía de Isaías (64, 15)-. Sin embargo, estos sentimientos de melancolía y desencanto del pueblo de Israel están salpicados de súplicas: “¡Vuélvete! ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Cuando alguien grita así manifiesta una gran esperanza en que va a ser escuchado. Si no, se callaría. Israel en su plegaria del salmo 79 –“¡Oh Dios, restáuranos que brille tu rostro y nos salve!– nos asegura que podemos confiar y esperar en el que nos ha encargado tanto. En la responsabilidad que tenemos entre manos no estamos solos, como no está solo el portero: a otros criados se les confió el cuidado de la casa, con las tareas repartidas y armonizadas (cf. Marcos 13, 34). Así lo reconoce el mismo san Pablo en la comunidad de Corinto que no carece de ningún don “en el hablar y en el saber” (1 Corintios 1, 5b). Por tanto, confiemos en nosotros mismos y en los dones de toda la comunidad cristiana como Dios confía en nosotros, aunque nos parezca una realidad pobre y débil, porque entonces seremos ricos y fuertes.

El portero contaba con la confianza de “aquel hombre que se fue de viaje”, confianza reforzada por la ausencia del mismo en la casa, porque si no la tuviera, hace tiempo que le hubiese relevado de esa misión. Pero nosotros no tenemos lejos al que nos ha confiado tanto, está presente: nos mantiene y “nos mantendrá firmes hasta el final” (1 Corintios 1, 8a). Él es el Resucitado que cuenta con nuestros dones, con nuestras manos, pies, mente, corazón… ¡somos su cuerpo! para continuar su labor de “hacer el bien y curar a los oprimidos por el mal”.

Para alimentar nuestra confianza en nosotros mismos, necesitamos experimentar la presencia del Resucitado entre nosotros: es la presencia que el profeta Isaías constata en hechos del pasado: “Bajaste  y los montes se derritieron con tu presencia” (Isaías 64, 1). Es momento de recordar momentos del pasado de la Historia de la Salvación, pero no para alimentar la nostalgia de tiempos que no volverán, sino para volver a la confianza depositada en los discípulos de Jesús de hoy. Tampoco hay que volver para desresponsabilizarnos de nuestro presente, que está en nuestras manos; ni para echarle la culpa de los problemas actuales de la sociedad o dela Iglesia a los protagonistas del pasado reciente. Esta es la tentación de los revisionistas actuales que lanzan todo su furor ideológico tradicionalista sobre los protagonistas del Concilio y el postconcilio, para no abordar los verdaderos retos de los tiempos presentes, siempre tiempos nuevos.

Una urgencia del Adviento 2011: Si los del pasado supieron reconocer y acoger la presencia del Resucitado, transformando la historia, también los de hoy sabremos hacerlo, porque Él confía muchísimo en nosotros. Sus razones tendrá Él para hacerlo. Y si Él confía, ¿quién se atreverá a desconfiar?

Compartir carisma y misión

El pasado 9 de noviembre se inició el camino para formar el grupo Vida y Paz de Barcelona. Nos reunimos 14 personas invitadas más 3 miembros del Instituto. En el encuentro presentamos nuestro sueño de seguir compartiendo el Carisma y la Misión de Vita et Pax con otros laicos y laicas desde su propia opción de vida.

Las personas que participen en este Proyecto, creyendo que Jesucristo es la fuente de la Vida y fundamento de la Paz, aceptan y se comprometen, fundamentalmente, a vivir lo que creen en su vida cotidiana, con el empeño de construir una sociedad más justa fundamentada en la Vida y la Paz de Jesús.

El Instituto ofrecerá un acompañamiento desde las claves del laicado, de la Vida y de la Paz de Jesús, según las necesidades y el proceso de cada persona o grupo.

Encuentro Vida y Paz, Barcelona 9-Nov-2011

Carne soy y de carne te quiero

Por: Maricarmen Martin

A Jesús de Nazareth, el hombre que pasó haciendo el bien (Hch 10,8), la fiesta que celebramos hoy lo confiesa como “Rey del Universo”. Un rey que, según el Evangelio de Mateo, se “encarna”, es decir, se hace carne plenamente en las víctimas y las personas más sufrientes de la tierra. Un rey que habla un lenguaje muy humano y de cosas tan concretas y corrientes como “dar de comer”, “vestir”, “hospedar”, “visitar”, “acudir”…

“De carne te quiero”, el único Dios que merece ser creído y querido es aquel que sale a nuestro encuentro, nos abraza y nos llena de besos. Nuestro Dios no apabulla, no es estridente, no invade, sino que nos espera siempre en cada esquina de la vida porque cuenta con nosotras. Un Dios que se hace carne frágil como yo. Somos de carne, y en la carne se sufre y se goza. La carne nos lleva a hablar del hambre, sed, cárcel, desnudez, enfermedad… a esas personas y realidades vino este “Rey del Universo” y no vino sin nada sino con su respectivo programa de gobierno: dar de comer, dar de beber, visitar, vestir, cuidar…

Este rey no actúa sólo, al contrario, nos invita permanentemente a encarnarnos como él. Por eso, es urgente volver a dar a nuestra fe carne y sangre. Dar carne y sangre, encarnar nuestra fe, es volver a redescubrir la vida, la realidad como lugar de experiencia del Dios vivo y compasivo que se revela en Jesús. La compasión tiene que ver con las entrañas, con el conmoverse por dentro y una persona se conmueve en la medida en que se deja afectar, en la medida en que no es indiferente ante lo que acontece alrededor suyo.

No es lo mismo estar en la barrera mirando la plaza que bajar a ella. Son dos modos radicalmente distintos de percibir la realidad: como espectadoras o como mujeres y hombres implicadas en la vida. Nuestra cultura favorece estar de espectadoras, estar conectadas pasivamente a la “red” o a la televisión.  Nunca hemos estado tanto tiempo delante de la pantalla como ahora. Nuestra cultura favorece estar de oyentes, pero sin ver el rostro de la persona que me habla y, si consigo verla, es otra vez por medio de la pantalla.

Encarnar nuestra fe nos hace estar atentas a la huida y el repliegue ante la realidad adversa y dolorida. La trampa consiste en que se nos escape la realidad concreta, cutre, feliz, apasionante, desoladora, muchas veces, que es la vida de los hombres y mujeres con los que vivimos, sentimos, gozamos y padecemos. Se nos impone mucha lucidez para no evadirnos en lo global y perdernos lo concreto. No tenemos derecho a convertirnos en espectadoras de este mundo roto, sino que tenemos que estar en él para seguir visitando, curando, aliviando, y soportando los porqués. Este soportar es más digno y santo que el sarcasmo y el cinismo o que el repliegue a la pura interioridad.

Encarnar nuestra fe es acoger la realidad, abrir las puertas para que siga entrando lo distinto, lo otro, lo que nos puede alterar y sacar de nuestras propias convicciones, estabilidades, rutinas, miedos y construcciones ideológicas interesadas. Se trata de persuadirnos de que la vida y la realidad no están cerradas, tienen futuro, pueden dar más de sí, si nos implicamos y nos arriesgamos.

Encarnar nuestra fe supone interrogarnos desde dónde y cómo percibimos la realidad. No cabe una neutralidad ingenua, diciendo que no se quiere “meter en política”. De una manera o de otra, con nuestras actuaciones o con nuestra pasividad, todos y todas hacemos política. Por eso no se trata de decidir si haremos política o no, sino de plantearnos a favor de quién haremos política. Se trata de ejercitar el derecho al voto para elegir a nuestros representantes democráticos de manera responsable y madura, poniendo en el centro de los programas electorales a los mismos que puso Jesús, Rey del Universo.

Bases morales, políticas y espirituales para un consumo transformador ¿Somos lo que compramos?

¿Somos lo que compramos?: bases morales, políticas y espirituales para un consumo transformador, es el tema llevado a debate en las II Jornadas para el Compromiso organizadas por la Fundación Novaterra.

Carlos Ballesteros, Francisco Cobacho y Christian Mecca en la II IJornada para el Compromiso

Carlos Ballesteros, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas y uno de los principales expertos en España sobre Consumo Responsable, fue el encargado de exponer este tema,  y justificaba el subtítulo de su intervención de la siguiente manera: “La compra tiene un componente moral, otro espiritual y por último político. Moral, porque consumir de otra forma tiene que ver con estar tranquilo con uno mismo, ser fiel a nuestros principios. Pero también tiene que ver con una conexión más profunda con el respeto a la Tierra, un componente espiritual con la relación con nuestro entorno. Y por último tiene una intención política de transformación social”, que el ponente sintetizó con un eslogan contundente “tu compra, tu voto”, y recalcó “es necesario trabajar para construir otro modelo de sociedad desde nuestro modelo de consumo”.

Ballesteros hizo especial hincapié en las consecuencias que la crisis financiera, política y geopolítica, sumadas a la complejidad social y a la brecha tecnológica, tienen en los modelos de consumo: “vivimos en un estado de carpe diem: aprovecha el momento, consume todo lo que puedas, porque mañana no sabemos lo que puede pasar. “Además creemos que estamos aquí para ser felices, y hay una fuerte asociación entre mi modo de ser feliz y mi modo de consumir, donde el consumo se convierte en un indicador de cumplimiento de mi proyecto vital, donde lo importante es la riqueza individual y donde riqueza es poseer”. El resultado es un modelo de consumo en el que se tiene en cuenta poco más que el precio y las ganas de consumir un determinado producto, servicio, o una experiencia, cada vez más de moda. Y esto lo saben bien los publicistas, que focalizan todas las campañas en el individuo y en el presente o un futuro muy cercano, reduciendo la sociedad, en todo caso, a un agregado de bienestares individuales.

Frente a esto, Ballesteros reivindicó un modelo de consumo responsable, inclusivo, colectivo y razonable, “porque lo que creemos, al fin y al cabo, es lo que creamos, y estamos creando un mundo cada vez más desigual y unas reglas del juego injustas para el 90% de la población”. Según Ballesteros, hay estadísticas que prevén que para el 2015 haya 2.000 millones de consumidores que hacen insostenible el modelo desde el punto de vista medioambiental, pero también desde el punto de vista social, porque estos 2.000 millones se centralizan en una pequeña parte del mundo. Un mundo que se nos acaba, y un triángulo muy vicioso compuesto por consumo, medioambiente y pobreza, la pobreza que generamos con este modelo.

Asistentes a las II Jornadas para el Compromiso

Por eso destacó Ballesteros, precisamente en estos momentos de campaña electoral, que hay que ser conscientes de que “tu compra es tu voto”. “Es necesario -afirmó- hacer una revolución desde la economía cotidiana, ya que el acto de compra significa un acto social e implica un modelo de relaciones personales. Es necesario un compromiso militante para un consumo transformador: imponer el comercio de barrio, de proximidad, razonable, de productos elaborados de manera justa e inclusiva, y expandir el mensaje entre nuestros círculos de influencia: familiares, amigos, compañeros de profesión. Esto es igual de importante que consumir individualmente de manera responsable”.

Y concluyó parafraseando una frase del célebre El Principito, de A. Saint Exupéry, “si pensamos en un mundo de paz y de justicia, debemos poner el consumo al servicio del amor”.

Las jornadas, que tienen por objetivo reunir a gentes de diversa índole con un objetivo común: ver lo que pueden aportar en la lucha contra la exclusión, concluyó con la presentación del Grupo Consumo Responsable formado en la fundación precisamente con el objetivo de difundir el consumo de productos de comercio justo y realizados por empresas de la economía social entre su base social. Así se presentaba una alternativa concreta de empezar a trabajar por ese otro modelo de consumo responsable a través de Contraste, empresa social de Novaterra, y de su página web www.contrastemes.com, donde se pueden adquirir estos productos, generando además puestos de trabajo inclusivos en ésta y otras empresas que forman parte del brazo empresarial de Fundación Novaterra.

Descarga aquí la ponencia de Carlos Ballesteros
Descarga aquí la presentación de las II Jornadas para el Compromiso

Fuente: Fundación Novaterra

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