Experiencias de “la montaña alta”

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ. Madrid.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

Es muy conocida la indicación de K. Rahner: “el cristiano del futuro o será místico, o dejará de serlo”. Apuntaba ya Rahner a lo que ha sucedido, que el cristianismo  sociológico ha desaparecido y sólo nos podemos mantener en nuestra fe desde la experiencia mística de relación honda, cercana, afectiva, con el misterio de Dios. A esto, me parece, que es a lo que invita el evangelio de hoy, a desear y buscar experiencias de este tipo con Dios. Experiencias de “la montaña alta”, como indica Marcos.

Pablo, en su carta a los Corintios les dice “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Pero la experiencia de la vida nos confirma que en muchas ocasiones, cuando aparecen las contrariedades, cuando experimentamos nuestra debilidad y vulnerabilidad, lo que acontece y no entendemos, etc.; entonces, y con fuerza, surge la duda desde dentro de nosotros mismos sobre si realmente Dios está con nosotros o nos ha abandonado, o no es tan bueno y solidario como creíamos.

Marcos en el evangelio de hoy nos narra algo muy importante que les sucedió a Pedro, Santiago y a Juan. Jesús se transfiguró. Es decir, percibieron en Él algo más de lo que habitualmente percibían, de lo que su figura mostraba en el día a día. Algo así como: éste es más de lo creemos y nosotros sin enterarnos. Jesús no es sólo un maestro, es la divinidad, y pese a lo que vaya a venir resucitará. Debieron quedar impactados de esta experiencia porque el evangelista dice que “esto se les quedó grabado”.

Nosotras y nosotros, mujeres y varones de nuestra época, también necesitamos experiencias de “la montaña alta”. En donde, al menos por un momento, sentimos con tal fuerza la presencia y cercanía de Dios sobre nuestras vidas, que las dudas se despejan, el corazón se ensancha y se hace más creyente. Decía Santa Teresa que “Dios no se muda”. Por eso necesitamos hacer memoria de nuestras experiencias de “la montaña alta”, recordar que lo que allí descubrimos, lo que se nos reveló de Dios, no se muda, sigue siendo real cuando en nuestra vida tenemos que atravesar la vereda del dolor, la enfermedad, la injusticia, la falta de sentido, la soledad, etc.. Hacer este ejercicio de memoria no es un capricho, re-cordar (volver a pasar por el corazón) estas experiencias nos salvan, porque nos hacen caminar en la fe cuando la divinidad parece esconderse.

Estamos en cuaresma, tiempo de conversión. No nos convertimos poniéndonos garbanzos en los zapatos, cuyo dolor nos recuerda lo malos que somos y que debemos cambiar. Nos cambian las experiencias de “la montaña alta”, que no siempre suceden en los ratos de oración (aunque también), sino cuando de pronto la cáscara fea y rugosa de la realidad se rompe y descubrimos a Dios donde menos lo pensábamos.

Pidamos a Dios que nos convierta, que se nos regale tener experiencias de “la montaña alta” que nos hacen más creyentes y más humanos.

El “venerable Sacramento” de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

No pocos cristianos de buena voluntad se preguntan por qué la Iglesia se empeña en ordenar muchas de sus cosas tan de cara al pasado. Una de ellas sería la Cuaresma, tan pasada de moda, hace ya tantos años, por no decir siglos. ¿Para qué sirve la Cuaresma? ¿Qué utilidad se sigue, se puede seguir, de su celebración? ¿No sería cosa de dejarla en su sitio: en el museo de recuerdos históricos del cristianismo?

La Cuaresma ¿institución meramente humana?

En varios de los grandes Diccionarios, de carácter universal e informativo, no es extraño encontrarse con la idea de que la Cuaresma es fruto de una concepción inteligente y aun genial de la vida de la Iglesia, la cual, pensando que debía orientar al pueblo cristiano para la celebración de la Pascua, la fiesta de las fiestas del cristianismo, habría ideado, a través de los siglos, un tiempo de preparación que, poco a poco, habría ido perfilándose hasta llegar a obtener la estructura de hoy. Para muchos historiadores e investigadores, la Cuaresma es el fruto del genio creador del cristianismo y de la capacidad organizativa de la Iglesia.

Pero ante un fenómeno de tan profundas resonancias en la vida, incluso civil, de los pueblos, es inevitable preguntarse: ¿qué hay dentro de ese fenómeno que llamamos observancias cuaresmales, hecha de tanta oración, no poca penitencia, individual y colectiva, y de práctica multisecular de la caridad en todas sus formas?

¿Tiene una explicación meramente humana el profundo arraigo en el corazón de los creyentes de todos los tiempos, del fenómeno de la Cuaresma? Parece que no.

En los ambientes cristianos, bien sea que se trate de las Iglesias antiguas o de Iglesias jóvenes, la sola palabra Cuaresma tiene unas resonancias especiales que hacen pensar en la oración, la mortificación, la solidaridad, como fruto de la intensificación de la caridad. Todo ello como manifestación de eso que llamamos conversión: el volver de cada hacia nuestro Dios, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón.

La Cuaresma, idea personal del Hijo de Dios

Parece inevitable pensar que se trata de una voluntad decidida de Dios, manifestada por su Hijo Jesucristo, de manera inconfundible:

Fue llevado por el Espiritu al desierto para ser tentado por el Diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas él respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le lleva consigo a la ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: Si eres Hijo de Dios tírate abajo porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le dijo: también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: Todo esto te daré si postrándote me adoras. Dícele entonces Jesús: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto. Entonces el diablo le deja” (Mt 4,1-11).

Del relato evangélico, en el que aparece el Señor Jesús marchando al desierto, en el momento (humanamente hablando) menos oportuno para su “presentación programática en sociedad”, desaprovechando la teofanía de que había sido objeto en el cauce del río Jordán, brotan ya, como por generación espontánea, las paradojas de la Cuaresma, personificadas en su iniciador:

– en la hora misma en que el Salvador va a manifestarse al mundo, para anunciarle la Buena Noticia, he aquí que se retira bruscamente de todo contacto con los hombres a quienes viene a evangelizar

– es conducido por el Espíritu Santo;

– para ser tentado por el diablo;

– pasa cuarenta días y cuarenta noches totalmente dedicado a la oración, en el retiro más completo;

– paralelamente, pasa la cuarentena, entregado a un ayuno total de cuarenta días con sus noches;

– es tentado en la triple escalada de la concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida, señaladas por S. Juan (1 Jn 2,16-17).

Un pequeño análisis de la escalada de las tentaciones que registra el Señor, así como el examen de la entraña de cada una de ellas, resultaría altamente ejemplar y orientador sobre la estrategia que el Maligno ha empleado, y sigue empleando, para instigar a los hombres a que hagan lo que desagrada al Señor.

La Cuaresma es una de las herencias que Jesucristo dejó en la Iglesia. Ésta la desarrolló, a través de los siglos, principalmente desde la Iglesia en Roma. Es una historia de veinte siglos, que ha contado con enamorados que la han estudiado, con tanta profundidad como amor.

El número 40

Entre las preguntas que vienen a la mente de una manera casi instintiva es la de interrogar: ¿por qué, precisamente, cuarenta días de Cuaresma?

No hay otra respuesta que la referencia a un querer concreto de Dios, manifestado por su Hijo Jesucristo, cuando vino a la tierra a realizar el designio de salvación que el Padre le encargó realizar.

Una mirada a las Escrituras da la medida sorprendente de la predilección de Dios por el número 40, en la realización de tantos acontecimientos de la Historia de la Salvación, desarrollados, a lo largo de 40 años o 40 días ¿Por qué? Yo no encuentro explicación racional, religiosa, política, sociológica. Nosotros no podemos hacer más que constatar unas realidades ­que se suceden a través de los tiempos. Por ejemplo:

– el diluvio dura 40 días (Gn 7,1-24),

– el embalsamamiento de Jacob dura 40 días (Gen 50,1-14),

– Moisés permanece en la cumbre de la montaña, en “retiro” personal con Dios, 40 días y 40 noches (Ex 24,12-18; Ex 34,27-35),

– los israelitas viven en el desierto 40 años, y durante los mismos, comen el maná que les manda Dios, durante todo ese tiempo (Ex 16,1-32),

– el rey David reina durante 40 años (Sam 5,1-5),

-Jonás emplaza a Nínive para que se convierta en un plazo de 40 días (Jon. 3,1-10)

– Elías camina 40 días y 40 noches hasta el encuentro con Dios en el Horeb (1 R 9,2-16);

– cuando llega la plenitud de los tiempos, Jesús pasa 40 días y 40 noches en el desierto antes de empezar su misión (Mt 4,1-11); junto a Jesucristo, en quien reverbera, a la hora de su Transfiguración en el monte, toda la gloria del Padre, aparecen dos expertos de la cuarentena: Moisés y Elías (Mc 9,2-8);

– por si todo esto no era bastante, he aquí que el Señor Jesús ya resucitado: “Se les presentó a sus discípulos dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles, durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (Hch 13).

El Señor Dios, que tantas maravillas enmarcó en el número 40, también quiso legar a su Iglesia el sacramento de la Cuaresma, enmarcado en un período de 40 días y 40 noches.

La Cuaresma ¿sacramento?

Indudablemente sí.

En las oraciones del primer domingo de Cuaresma se llama a la Cuaresma en el texto original “Sacramento de la Cuaresma” y “Sacramento venerable”. Los teólogos puntualizan las condiciones básicas requeridas para que una cosa sea sacramento: voluntad expresa del Señor Jesús de fundarlo como una institución permanente, para significar la gracia y para causarla.

De la personalísima influencia de Jesucristo en la fundación de la Cuaresma, no cabe margen de duda. Tampoco cabe duda alguna acerca de los componentes, elementos y circunstancias que acompañaron aquella primera edición, realizada en el desierto, bajo el impulso decidido del Espíritu de Dios. Que todo ello rezuma un ambiente revelador manifestador de la gracia de Dios que se va producir, es más que claro. Que los 40 días que Jesús pasa en el desierto son causadores de una gracia inconfundible, aparece incontrovertible: Jesús, orante, recio ayunador resiste a la tentación, la supera, propina al tentador unas lecciones soberanas, mientras a nosotros nos lega una herencia inconfundible. La Cuaresma es algo recio, donde las apariencias cuentan poco: la oración se toma en serio; el ayuno es contundente; el retiro no es un arreglo, y el combate con el Maligno se desarrolla a brazo partido. Es un combate donde hay un claro vencedor y un vencido total. Y como dirá san Agustín: tentados los cristianos en Cristo, victoriosos los miembros en la Cabeza.

Culminada la Cuaresma, “galvanizado” el temple del Señor, en la primera Cuaresma, helo ya bajar al “campamento“, a realizar el designio salvífico del Padre, santa y totalmente entregado a aquel “amor hasta el extremo” (Jn 13,1), que le llevará a “pasar haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Luego, para su Iglesia, es obvio que la evolución que llevó al nacimiento del sacramento de la Cuaresma, como gracia que prepara la Pascua, es fruto de este ejemplo y de esta voluntad de Cristo, el que vivió intensamente la primera Cuaresma y la primera Pascua.

 

Recordando a D. Cornelio, el amigo

Por: José Ramón Ortolá. Sacerdote Diócesis de Valencia (†)

Mi aportación, que siento no haberla hecho publica en su momento oportuno, en este breve escrito, quiere ser un cordial homenaje de gratitud y afecto hacia D. Cornelio, a quien me une una entrañable amistad desde hace 40 años.

Ciertamente que no puedo hablar de D. Cornelio antes de esos 40 años que le conocí. Aunque sé muchos pormenores de su vida anterior por testimonios muy directos de otras personas. Pero quiero limitarme a resaltar dos periodos de tiempo, que conviví más estrechamente con él, y que me parecen fundamentales para descubrir aspectos de la vida de D. Cornelio. Estos son: los años de Director del Convictorio Sacerdotal S. Eugenio de Valencia, y el tiempo que permanecimos juntos en la Iglesia Española de Monserrat en Roma.

Otros aspectos, quizá los más importantes de su vida, en especial como fundador del instituto secular VITA ET PAX, que sólo incidentalmente señalaré en este escrito, ya tiene competentes redactoras, que recogerán muchos datos del amplio archivo –grabado y escrito- que se conserva.

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4º Encuentro del grupo Vida y Paz Barcelona

Por: Laia Pons. Barcelona.

El día 20/02/12, a las 19.30 horas el grupo de Barcelona nos reunimos por cuarta vez.

Iniciamos la reunión repartiendo y leyendo la oración, participando cada cual en la parte que más atrajo nuestra atención.

Tuvimos un emocionado recuerdo y elevamos nuestra petición por nuestra compañera y amiga Lucía que se halla gravemente enferma.

Después de leer un texto de la Palabra de Dios continuamos haciendo una reflexión acerca de:

  • ¿Qué espero del grupo?
  • ¿Qué me gustaría?
  • ¿Qué necesito?

Las respuestas fueron bastante unánimes: ganas de seguir consolidando el grupo, nuestra amistad, sinceridad y tolerancia mutua para seguir creciendo en la fe y el amor entre todos.

Agradecemos el acompañamiento de Carmen García que vino desde Pamplona para formar parte del grupo  y compartir con todas el Carisma de Vita et Pax.

Luego concluimos el encuentro dialogando y compartiendo cena.

 

Sororidad. Edición Especial 8 de Marzo

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EL CUIDADO: un imperativo para la bioética

El cuidado, un imperativo para la bioética

Autora: Marta López Alonso

Edit. Universidad Pontificia de Comillas
Madrid 2012

La certeza de que el cuidado sostiene a la humanidad vertebra estas páginas en un intento de entender por qué su olvido y desacreditación ética a lo largo de los siglos.

Diversas preguntas recorren este libro: ¿cuida Dios del ser humano?, ¿qué relevancia ética tiene que cuidemos de otros?, ¿qué significa el tan trivializado en nuestro tiempo cuidado de sí?, ¿por qué hasta ahora cuidar y amar han permanecido inconexos en la reflexión, cuando es un hecho que el cuidar hace operativo el amor? Esta obra explora nuevas posibilidades de fundamentación del cuidado, acudiendo a la relectura de la palabra griega epiméleia que subyace a la cura latina. Basta familiarizarse con la epiméleia, cuyo dintel hemos cruzado, para encontrar un caudal de sentidos del cuidar en las fuentes de la medicina, en los escritos de los autores más relevantes de la filosofía y la tradición cristiana griega, así como en la parábola del Buen Samaritano cuyo sentido es crucial por su valor cultural y moral universal. Estamos ante una virtud que nos obliga a enunciar el cuidado como principio ético inexcusable para varones y mujeres y que reclama una persona con una estructura ética consistente y capaz de asumir dicha responsabilidad. Quien no cuida rodea la realidad, mientras que quien lo hace transita por ella atento y preocupado por la vida en su más hondo y positivo sentido.

No sólo de pan….

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

1º Domingo de Cuaresma, Ciclo B 

La escena del evangelio de hoy nos presenta a Jesús en una gran disyuntiva: ¿de qué palabra fiarse? Él ha sido conducido al desierto inmediatamente después de su bautismo, con la Palabra del Padre resonando en su corazón: “tú eres mi hijo amado…”, pero ahora va a escuchar otras palabras que intentan convencerle de que no ponga su centro en esa Palabra de amor, sino en las palabras del poder, de la fama, de las posesiones, de las seguridades…

El relato de las tentaciones resume y anticipa simbólicamente otros momentos de la vida de Jesús en los que estuvo sometido a esta misma disyuntiva entre la “Palabra de Dios” o la “humana”: frente a la resistencia en las palabras de Pedro ante su anuncio de un destino de sufrimiento, Jesús reacciona con fuerza, “¡Quítate de mi vista, Satanás!” (Mt 16,23); en Getsemaní volverá a aparecer esta alternativa,  salvar la propia vida o perderla, escuchar una Palabra o las otras…

Pero Jesús ha tomado una conciencia tan plena de su ser de Hijo, la Palabra del Padre le ha dado tanta seguridad y ha iluminado de tal manera su mirada, que ya le resulta imposible confundir la Palabra de Dios con las falsas palabras. Jesús no ha venido para que lo lleven en volandas los ángeles, sino para cargar sobre sus hombros a la oveja perdida (Lc 15,5); no va a convertir las piedras en panes, sino a entregarse él mismo como Pan de vida (Jn 6,51); sus manos no se van a cerrar con avidez sobre las riquezas, porque las necesita libres para levantar caídos, sanar heridos o lavar pies cansados del camino…

En esta Cuaresma escuchamos la invitación de Jesús a volvernos hacia la Palabra de Dios y hacia el Dios de la Palabra. Un Dios que nos dirige su Palabra no para imponernos obligaciones o para denunciar nuestros pecados, sino para alimentarnos y hacernos crecer. Un Dios que sustenta y fortalece nuestras propias palabras porque su Palabra es un bien. No de manera mágica, sino actuante. La Palabra es un bien porque, sencillamente, nos hace bien; ésta es la experiencia básica y fundamental de la persona creyente.

Harta está la sociedad de palabras y con razón, porque la experiencia muestra que, en no pocos casos, además de ser palabras hueras son también palabras falsas. Por eso necesitamos palabras verdaderas, sanadoras, palabras que vengan de dentro, que estén libres de intereses particulares, palabras sinceras… En esta cuaresma vamos a poner coto a las palabras que injurian; después tendremos mucho cuidado de la influencia pública y fraterna de nuestras palabras, para que construyan y nunca destruyan; finalmente habría que intentar hablar palabras de sincera profundidad que broten de lo que una es, de lo que “sabe”, de lo que experimenta…

Una de las formas de nombrar el sinsentido humano, el despiste vital, la carencia de norte es decir que se está en la oscuridad. Vivir con luz interior, existencial, no es algo que viene dado de por sí. Los caminos iluminados se construyen. La Palabra, según el Salmo 118, quiere ser una ayuda para ir llegando a vivir con luz interior, con horizonte, con disfrute. La Palabra es tenaz. Se ofrece cada día como lámpara, hasta que le abramos la puerta, hasta que le dejemos iluminar. No habría que temer, pues es Palabra benigna, que nos quiere y desea lo mejor para nuestra vida.

La disyuntiva de Jesús siempre la tendremos también en nuestras vidas, cada uno de nosotros y cada una de nosotras no recibimos la tentación de una vez para siempre. Por eso, hay que estar constantemente en vela, ya que, cuando menos se piense el mal encontrará la ocasión más oportuna para él y menos esperada para nosotros. A su vez, la conversión tampoco es de una vez para siempre, por eso, junto a otras palabras, seguimos escuchando las Palabras de Jesús: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.

Día Mundial de la Justicia Social. 20 de febrero

«Trabajemos juntos para equilibrar la economía mundial y construir un nuevo contrato social para el siglo XXI. Preparemos una senda de desarrollo que nos encamine hacia una mayor justicia social y hacia el futuro que queremos.»
Mensaje del Secretario General en el Mundial de la Justicia Social
20 de febrero de 2012

La justicia social es un principio fundamental para la convivencia pacífica y próspera, dentro y entre las naciones. Defendemos los principios de justicia social cuando promovemos la igualdad de género o los derechos de los pueblos indígenas y de los migrantes. Promovemos la justicia social cuando eliminamos las barreras que enfrentan las personas por motivos de género, edad, raza, etnia, religión, cultura o discapacidad.

Para las Naciones Unidas, la búsqueda de la justicia social para todos es el núcleo de nuestra misión global para promover el desarrollo y la dignidad humana. La adopción por la Organización Internacional del Trabajo de la Declaración de la Organización Internacional del Trabajo sobre la justicia social para una globalización equitativa, es sólo un ejemplo reciente del compromiso del sistema de las Naciones Unidas para la justicia social. La Declaración se centra en garantizar resultados equitativos para todos a través del empleo, la protección social, el diálogo social, y los principios y derechos fundamentales en el trabajo.

La Asamblea General proclamó el 20 de febrero Día Mundial de la Justicia Social en 2007, al invitar a los Estados Miembros a dedicar este día especial a promover, a nivel nacional, actividades concretas que se ajusten a los objetivos y las metas de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social y el vigésimo cuarto período extraordinario de sesiones de la Asamblea General.

La celebración del Día Mundial de la Justicia Social debe apoyar la labor de la comunidad internacional encaminada a erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social y la justicia social para todos.

Ante la proximidad de la Conferencia de Río +20 sobre el Desarrollo Sostenible, tenemos la oportunidad de reformular un conjunto de estrategias de desarrollo y prácticas empresariales que nos conduzcan hacia un futuro más sostenible y equitativo. La sostenibilidad depende de la creación de mercados que sean capaces de distribuir mejor los beneficios del desarrollo. Significa cubrir la creciente demanda de los consumidores de productos y servicios más ecológicos. Y significa también sentar las bases para que todos vivamos con dignidad, estabilidad y oportunidades. En nuestro empeño por lograr esta transformación debemos, al mismo tiempo, integrar la inclusión social en nuestras políticas y en todas nuestras iniciativas.

Manifiesto para el siglo XXI por la Paz y la Vida

Recordando a Fray Antonio de Montesinos

(1511-2011).

Manifiesto para paz y vidaAutor: Miguel d’Escoto Brockmann

Folleto, 29 pág.
Edit. Nueva Utopía

Hace 500 años, el 21 de diciembre de 1511, en Santo Domingo, capital de la actual República Dominicana, Fray Antonio de Montesinos pronunció lo que probablemente haya sido el más valiente, cristiano y fuerte sermón jamás predicado en la historia de América Latina y el Caribe. La situación objetiva, el maltrato que los pueblos originarios recibían de los colonizadores, lo requería. La iglesia aún no había logrado ahogar totalmente las voces de protestas proféticas que, como consecuencia de aquel sermón, resurgirían en la persona de Fray Bartolomé de las Casas. Ese célebre sermón, dice el P. Miguel d’Escoto, también tuvo que ver con su ordenación sacerdotal 450 años después… 

Tomando en cuenta que la situación para gran parte de la humanidad hoy en día no es del todo mejor que la de los nativos, en cuya defensa habló Fray Antonio hace 500 años, el P. Miguel d’Escoto ha decidido asumir el compromiso personal que va incluido en su Manifiesto para el siglo XXI, por la paz y la vida.

Jesús hace posible lo imposible

Por: Jose Luis Terol.Trabajador del Metal. Miembro de la Comunidad Virtual de Zaragoza

7º Domingo del Tiempo Ordinario,Ciclo B

EL GRAN DESIERTO DEL PRESENTE.

Estamos en un tiempo sórdido. Nuestra sociedad “avanzada” parece atravesada por el miedo. Los oráculos de los Mercados y la usura nos alimentan cada día con la nueva revelación: un único mundo viable en el que los beneficios de los usureros valen más que la dignidad de las personas, que el trabajo esforzado de cualquier obrero, que la educación de los niños o que la ridícula pensión de tantas mujeres largos años invisibles. Antes, los dioses exigían sacrificios y el nuevo dios (Mamón) exige que renunciemos a nuestra dignidad porque somos pura mercancía, computable y desechable en  las nuevas cuentas de resultados.

Este panorama desértico que nos conduce a la asfixia e inanición, evidencia, casi de forma patética, un eurocentrismo y etnocentrismo que lleva inhumanizando nuestra experiencia personal y colectiva desde hace muchos años. Parece que le vemos las orejas al lobo cuando vemos amenazado nuestro cómodo y blindado estilo de vida, siendo que desde hace tanto tiempo miles de seres humanos de Africa, de las Américas, de Asia y de nuestra Europa, ven pisoteada su dignidad y su futuro, y vienen reclamando una fraternidad auténtica y planetaria. En este sentido, no deja de ser paradógico que aún tengamos que agradecer al nuevo y tosco dios y a sus incontables ministros la pérdida total de pudor y enmascaramientos.

UNA SED QUE NOS DESESTABILIZA RADICALMENTE LA VIDA.

En un horizonte así, la frágil Mesa de la Palabra y del Pan y el Vino que compartimos hoy, evidencia su dinamismo subversivo y desestabilizador.

El Profeta Isaías, como si en este domingo nos alertara desde el diario que vamos a leer o el informativo que vamos a ver en televisión, reclama con vigor nuestra atención:” ¡mirad que realizo algo nuevo….Abriré camino por el desierto!… para apagar la Sed que yo formé”. ¡Camino en aquel desierto de oriente medio y en el nuestro de hoy!

El Apóstol Pablo, no parece dirigirse  a una comunidad muy diferente a la nuestra: atenazados, miedosos, dubitativos, impotentes, desesperanzados…los cristianos de Corinto recuperaron coraje y dignidad al recordar la predicación y el testimonio de Timoteo, Silvano y del propio Pablo: “…en Cristo Jesús, todas las promesas han recibido un sí… y nos ha sellado poniendo en nuestros corazones el Espíritu”.

DIOS, EN JESUS, RECLAMA SU SOBERANIA HUMANIZADORA Y LIBERADORA.

¿Por qué estamos tantas veces postrados y paralizados? Al igual que en el cuasi teatral relato de Marcos, nosotros necesitamos, comunitaria y personalmente, seguir buscando a Jesús, remover los obstáculos que sea necesario para “descolgarnos” ante El.

“A ti te digo: ¡levántate, toma tu camilla y vete a tu casa!”.

La acción de Jesús nos va sacando de nuestra postración, nos va liberando de tantas esclavitudes, restaña nuestra dignidad tantas veces entregada.

La acción de Jesús es provocadora y clarificadora, desvela los corazones y cuestiona cualquier idolatría y endiosamiento. Ante quienes intentan –o intentamos-proteger, blindar o apropiarse de Dios, Jesús, el Hijo del Hombre, reclama la soberanía insondable de Dios que no pertenece a nadie, ni puede ser manejada por nadie.

Jesús nos va levantando para hacernos libres y dignos, para poder contagiar libertad y dignidad en su nombre. En medio del nuevo desierto y del nuevo imperio del dinero (Mamón) ¿podremos recrear por el Espíritu de Jesús espacios y brechas en las que se pueda volver a expresar : “¡No habíamos visto nada semejante!”?

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