El amor es el fundamento de la misión profética

4º Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C

Por: Dina Martínez. Vita et Pax. Madrid

El mensaje del evangelio (Lc 4,21-30) está muy en sintonía con el de la primera lectura (Jr 1,4. 17-19), los dos textos nos hablan de la misión profética del enviado y la segunda lectura (l Cor 12,31-13,13) nos ofrece un bello texto sobre el amor.

Vamos a recordar el final del evangelio del domingo pasado para entender mejor el texto que leemos este domingo.

Después de una larga andadura por Galilea, Jesús volvió a Nazaret y fue a la sinagoga a compartir con los suyos lo que iba descubriendo en su Vida. Un sábado entró en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro, lo abrió y encontró el texto del profeta Isaías: “el Espíritu del Señor está sobre mi…”  al terminar cerró el libro y les dijo: “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Y todos se alegraron y le manifestaron su admiración.

La palabra había caído en la tierra buena, esa parte del ser humano que no ha sido profanada por los prejuicios, por las ideologías,  por los tabúes…  Aunque no dura mucho, enseguida surgen las dudas: “¿pero no es este el hijo de José?…”. Los contemporáneos de Jesús, no pueden soportar que uno de sus vecinos les anuncie algo tan maravilloso y enseguida se despierta en ellos, la otra parte del ser humano, esa que está manchada por el recelo, la envidia, la traición… No nos debe extrañar esta reacción porque seguro que nosotros haríamos lo mismo

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La paz es el camino

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

El reloj suena, el reloj humano y el de Dios suena. Es la hora de la paz. Y cuánto necesitamos esa paz. En la actual situación nuestra vida es una vida amenazada. Vivimos angustiados. Nos sentimos frágiles. Hay muchos conflictos. Hoy los Estados padecen guerras que desencadenan las organizaciones terroristas y otras las provocan los Estados para prevenir la misma guerra. Las multinacionales de las armas florecen. Aparece el choque de las civilizaciones. Sufrimos la violencia en la vida ordinaria de nuestras relaciones, en la calle, en el trabajo. Es fácil recurrir a la violencia para hacer valer el propio interés o para hacer notar la presencia…

Sin embargo, existe y se constata otra realidad: el anhelo interior de paz de muchos hombres y mujeres y cómo empeñan su vida por ella. La paz no es sólo un don del que disfrutar en nuestro interior o en los reducidos grupitos de los que nos sentimos afines. La paz es una realidad social que debemos construir entre todas y todos. Es llegar a disfrutar de una convivencia armónica y respetuosa en la que cada persona o grupo pueda ejercer sus derechos, manifestar sus preferencias y opiniones, disfrutar de sus libertades sin que ninguna diferencia se anteponga a la dignidad e igualdad fundamental, una convivencia en la que los conflictos se resuelvan de forma no violenta. Como decía Ghandi: “No existe un camino hacia la paz. La paz es el camino. Los fines están en los medios como el árbol en la semilla”.

Y esa construcción comienza por el corazón de la persona. Porque en el corazón se genera la violencia, de él proceden el orgullo y la prepotencia que la engendran. Necesitamos parar la espiral de violencia que se inicia desde el fondo de nuestro interior y desarmar nuestras conciencias. Pero La construcción de la paz no se agota en el interior, pasa por la comunidad cristiana, por la Iglesia. Una Iglesia que sea capaz de superar los conflictos que existen en su interior y posibilite el que puedan sentarse todas y todos alrededor de la mesa para dialogar: mujeres y hombres, laicos y clero, jóvenes y adultos. Una Iglesia que aúna esfuerzos con toda la gente que busca la paz.

La construcción de la paz pasa también por el difícil terreno de las relaciones sociales. Y va precedida por la justicia. Para garantizar la paz es necesario luchar por el derecho al trabajo, a un salario digno, a unos ingresos mínimos de subsistencia para quienes no puedan trabajar, a la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación, la salud… Sólo cuando pongamos en pie estructuras en las que se exprese la dignidad de cada persona, la condición de iguales de hermanas y hermanos, se podrá hacer realidad la paz que deseamos. También con la naturaleza tenemos que reconciliarnos para que reine la paz sobre la tierra. Y para eso es indispensable abandonar la actitud de dominio y de explotación con que nos relacionamos con ella y aprender de nuevo a mirarla con ojos contemplativos que sepan descubrir su belleza, comulgar con sus energías y desarrollar sus posibilidades.

Pero… al final… más allá de todos nuestros deseos, más allá de todos nuestros propósitos, más allá de todas las estrategias, nos vemos en la necesidad de volver los ojos hacia este Jesús que se nos hace presente en medio de la comunidad y clamarle “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Que, junto a los mayores esfuerzos, ésta sea la oración más repetida.

Cuaresma: tiempo de opciones

“¿También vosotras queréis iros?” (Jn 6,66-71)

 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

1. El arte de preguntar

En muchas ocasiones, las preguntas son más reveladoras que las respuestas. Una pregunta puede llevar en sí el deseo de conocer y comprender, o contener una provocación. Puede nacer del asombro o de la condena, del anhelo o del miedo. Puede formularse para abrir en los demás el acceso a lo más profundo, o bien para sembrar la duda y la discordia. Las preguntas pueden crear o destruir, iluminar u oscurecer.

Leer los evangelios a través de las preguntas que aparecen en ellos nos pone frente a diferentes actitudes vitales. Basta asomarse para tropezar con preguntas que muestran miedos y recelos: «¿cómo habla éste así?”, «¿por qué come con publicanos y pecadores?». También las hay de admiración: «¿quién es éste, que hasta la tormenta y el mar le obedecen?», de expectación: «¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?», o de deseo de conocerle y estar con Él: «Maestro, ¿dónde vives?». Por su parte, Jesús resulta sorprendente en sus preguntas, y conmueve algo en quien las recibe. Sus preguntas son creadoras, parecen sacar lo mejor de cada ser y tender un puente, un puente hacia la verdad y la luz.

Un síntoma de tristeza y de letargo es que no nos hagamos preguntas. La pregunta, en sí misma, es ya un valor. Si hay respuesta, mejor; si no la hay, la pregunta nos espolea a buscar. Por eso, la pregunta tiene un valor en sí misma. Una persona, un grupo, una sociedad que no pregunta, es una realidad gris, casi muerta. No tendríamos que cansarnos de preguntar y preguntarnos.

PARA LA REFLEXIÓN: Releo mi historia personal a la luz de las preguntas que me he ido haciendo: cuáles me hacía de pequeña, cuáles de joven, cuáles de adulta, cuáles en mi vejez… 

2. La pregunta de Jesús: “¿También vosotros queréis iros?” 

Ésta es una de las preguntas más intensas y tajantes del Evangelio. Estamos ante unas palabras que dejan traslucir el disgusto y el dolor de Jesús. La suya es una pregunta que se plantea con tristeza, con pesar. Jesús está pagando un precio muy alto por la fidelidad a sus decisiones y a su propia misión y empiezan las deserciones, el abandono de algunos. Por eso, les plantea la pregunta a sus discípulos. Les plantea un reto serio de madurez y de coherencia personal. Están viviendo un momento difícil, de crisis. En lugar de rodear la dificultad, Jesús la pone de manifiesto, la coloca encima de la mesa. No se puede diferir eternamente las cuestiones serias del seguimiento y de la vida. Es el momento de tomar una decisión.

Jesús pretende suscitar una libertad difícil: la del que acepta quedarse aún cuando no se está en la mejor situación. Y las palabras de Jesús se convierten en un desafío para la libertad personal de los discípulos que tienen que poder decir qué es lo que quieren, qué pretenden hacer, qué decisión van a tomar. Hay que soltar todos los nudos que todavía existen. Los discípulos “entran en crisis”, a menudo, es buena señal cuando se quieren hacer las cosas en serio. Porque toda crisis es un reto para la libertad, abre un camino, obliga a dar un paso hacia adelante.

PARA LA REFLEXIÓN: Tomo un tiempo largo para escuchar la pregunta de Jesús que me hace directamente: “¿También tú quieres irte?”.

Ese “también” significa que hay personas que ya se han ido. Recuerdo personas que conozco que se alejaron de Jesús y su Reino y rezo por ellas.

3. Diferentes abandonos

El abandono más claro es el de la persona que se va, lo deja, deserta, se retira, desaparece, se muda, desaloja, traiciona, huye… Pero hay otras maneras de irse más sutiles, menos evidentes y, por eso, con más infidelidad.

Algunas de ellas:

  • Dejar de soñar, olvidar la utopía
  • La desesperanza, el desconsuelo, el pesimismo
  • Instalarse en el pasado
  • Cerrarse en sí misma
  • La mediocridad, la sequedad
  • No saber dónde está tu hermana o hermano
  • No arriesgar la vida por las víctimas

PARA LA REFLEXIÓN: Sigo poniendo nombre a otro tipo de abandonos… Pongo nombre a mi propio abandono o abandonos.

4. La respuesta de Pedro 

Pedro responde con otra pregunta asumiendo la responsabilidad de su papel y habla en nombre de todos: su “iremos” está en plural. Se encarga de dar una respuesta que los demás, tal vez, no son capaces o no tienen la valentía de dar. Asume el papel de líder del grupo en el momento más difícil, cuando los demás están confusos, cuando él mismo se ve en la tentación de callar. Es un hombre que, a pesar de sus contradicciones, ha crecido y es capaz de asumir su propia responsabilidad y tomar opciones.

Y dice “a quién iremos”, no “a dónde” iremos. La vida no precisa de “algo”, sino de “alguien”, necesita un “quién” al que entregarse, en el que establecer la propia morada. Pedro no quiere entregar su vida a nadie que no sea Jesús. Puede encontrar muchos lugares en los que estar, pero su casa es Jesús. Y su casa son también las personas con las que se cruza si las encuentra en Jesús, por eso, hallará en su vida muchos lugares y muchas casas. Y podrá hacerlo porque ha decidido permanecer en Jesús, no abandonarlo, poner en Él su centro. Cuando olvide todo esto, como por ejemplo, en el atrio de la casa del Sumo Sacerdote, la noche de la pasión, el fuego de aquel patio no será el de un hogar para él, sino que se convertirá en el lugar en el que se pierde a sí mismo, porque ha huido lejos del Señor y ha asegurado que no lo conoce.

Después Pedro dice: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Resulta interesante la razón que expresa para permanecer con Jesús. No dice: “Tú arreglas todas las cosas, nos das pan gratis, haces milagros…”. Al justificar su decisión, se aferra a algo tan extremadamente frágil como son las palabras. Por esas palabras Pedro está dispuesto a jugarse la vida, a poner toda la carne en el asador. Estas palabras determinan sus opciones, sus acciones, sus sentimientos. Sabe que no puede prescindir de ellas. Y nos enseña una nueva relación con la Palabra. La Palabra no sólo es edificante, no sólo nos alimenta, no sólo nos enseña, sino que es el criterio que determina nuestras decisiones, la brújula que orienta ese “a quién iremos” que necesita nuestra vida.

PARA LA REFLEXIÓN: Recuerdo momentos de mi vida en los que he negado a Jesús, en los que me he puesto yo en el centro. Pido perdón de corazón y siento su perdón… como Pedro.

5. ¿A quién iremos? Nuestras moradas 

A cada abandono expresado en el apartado anterior proponemos una morada:

  • El sueño de Dios

Nuestro Dios ha soñado un futuro mejor para toda la creación y nadie como Él está tan empeñado en que ese futuro se haga realidad. En esta cuaresma se nos invita a esta morada, a hacer nuestro, nuevamente, el sueño de Dios e invertir en la vida. Invertir creatividad, esfuerzo, ilusión, como lo hizo Dios mismo. Sólo la persona que sueñe será capaz de hacer realidad el sueño de las bienaventuranzas. La que no sueña no vive. Son necesarios grandes y pequeños sueños, mejor si se comparten porque todo lo compartido sale potenciado.

  • La utopía de Jesús: El Reinado de Dios para los pobres y pecadores

Nuestra morada es la utopía de Jesús que fue un perdedor momentáneo, descalificado como “utópico” por quienes mandaban entonces. Su defensa del Reino de Dios le hizo aparecer como blasfemo y subversivo. Su muerte en la cruz fue el precio que pagó por ser fiel a la utopía del Reino, en medio de una sociedad apática e indiferente ante el sufrimiento de las gentes. No soñó despierto sino que, despierto, es decir, sabiendo la que se le venía encima, dijo que había que soñar/esperar el Reino de Dios porque sin utopía y sentido de aventura, llega un momento en que el Espíritu se esfuma.

  • La esperanza crucificada

La esperanza de los discípulos brota de la resurrección de Jesús, con ella estalló la alborada del Reino. El Espíritu del Crucificado se ha derramado sobre la esperanza y ya no podrá ser desalojada jamás, aunque pueda ser momentáneamente derrotada. Esta esperanza no nos garantiza el triunfo en ninguna de las tareas que emprendamos, por muy justas y solidarias que sean. El fracaso de tantas causas justas nos recuerdan que la esperanza cristiana lleva consigo, desde su raíz, las señales de sus derrotas. Nuestra morada es una esperanza crucificada. El impulso del Espíritu ha sufrido un sinfín de quebrantos. Estos fracasos no son una llamada al abandono. Se trataría de ver que, más allá de los golpes que da la vida, hay posibilidad de vivir, en vigor adulto, la opción que un día tomamos con ilusión porque donde hay amor no hay fracaso.

  • La Palabra

El Dios bíblico se revela como el amor que está cerca, que tiene un sueño para la humanidad, que comparte y anda nuestros caminos, que hace de nuestro éxito el suyo, que recoge nuestras lágrimas mezclándolas a su llanto eterno, que se desvive por lo nuestro, que anhela el calor de nuestros abrazos… Este afán de Dios toma rostro, además de en Jesús, en la Palabra. Ella es signo evidente de su presencia en la historia humana. Y es así como debemos llegar a ella, captando la presencia arropadora del Padre. Sentir que la Palabra se hace camino en nuestra propia senda es intuir el corazón que late más allá de sus letras y párrafos. Nuestra morada es la Palabra de Dios que nos acoge y envuelve para conjurar el peligro de la mediocridad y de los “interiores secos”. La vida está preñada por la Palabra, de ella nos nace la certeza de sabernos sujetos de un gran don. El don de ser amadas con la fuerza del Amor, más fuerte que la muerte. Para nuestra vida la Palabra es instancia real de iluminación, no solamente herramienta religiosa. Palabra que se vuelve pregunta y pide respuesta. Palabra para el discernimiento, para el amparo, para el análisis grupal, familiar y personal. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos que manejamos.

  • Las víctimas

Una de nuestras moradas de “lujo” son las víctimas que, a su vez, tienen morada en los márgenes. Los márgenes son lugares donde bulle la vida, para algunas personas la mala vida: drogadictos, presos, prostitutas, personas con sida o con otras enfermedades, parados, ancianos en soledad, indigentes que viven en la calle, inmigrantes, deshauciados, los deshechos de la crisis …; los pueblos explotados, machacados, olvidados… Nos acercamos a esta morada con  compasión, con dolor en las entrañas. La compasión es también el ejercicio de la “obediencia debida”, sabiendo que la obediencia está desacreditada en nombre de la libertad. Pues bien, la compasión es obediencia porque hay una autoridad que puede exigirla, es “la autoridad de las víctimas”. Es más, las víctimas revelan la ternura y debilidad de Dios. De esta manera se constituyen en misterio y sacramento de Dios, son una privilegiada zarza ardiente. Dios se ha valido de ellas para darse a nosotras. Aunque sus nombres sean desconocidos  son los nombres que Dios ha escogido para que le reconozcamos. Son los nombres y los rostros de Dios que nos salvan.

  • El futuro

Nuestra morada es el futuro de una vida con Dios dentro. Aún nos late en el pecho el corazón, hay vida dentro. Mientras haya ganas reales de vivir habríamos de anhelar el futuro. Instalarse en el pasado es, en el fondo, no querer vivir. Para creer en el futuro es preciso amar esta realidad a pesar de su “vejez”. Más allá de los avatares de los días podemos tener la confianza de que el Padre nos acompaña, de que nunca nos deja solas. La invitación en esta cuaresma es a participar en lo nuevo, siquiera un poco. Ahí está la clave. Esta sería una buena “conversión”, animarse a lo nuevo teniendo fe en un futuro mejor. Lo importante es no dejarse arrastrar por la rutina vital que no lleva a ningún horizonte. La muerte de Jesús fue una lucha por un “por venir”, por el nuestro. Algo de esto vamos a celebrar en el misterio de su Resurrección.

  • La pasión

La deserción de algunos discípulos la provocó la forma de hablar de Jesús. Habla el lenguaje de la pasión, el lenguaje de la entrega absoluta hasta la muerte, porque la entrega al Reino de Dios es la única pasión que centra toda su persona y todas sus opciones. El discipulado es pasión por Dios y pasión por su Reino. Donde no hay pasión hay adicción. Los vacíos de un corazón que no ama apasionadamente se llenan de adicciones. Adicciones seductoras, con una lista inagotable de disfraces, que crea nuestra sociedad y en las que vamos cayendo. Podemos quedar “enganchadas” en el consumismo, en la queja, la disculpa, la indiferencia…, no se trata simplemente de consumir productos, también de consumir posturas donde lo más importante es el “yo”. Sólo la persona que ama con pasión puede saborear lo que hay ya de vida eterna en la vida cotidiana. Cuando la pasión es fiel, mantenida, constante, es de buena calidad. La pasión de un momento tiene un interrogante encima. Y cuando la pasión se traduce en entrega y generosidad hemos llegado, estamos en casa,  estamos en nuestra auténtica morada, estamos en Jesucristo, “en Cristo Jesús”.

PARA LA REFLEXIÓN: Elijo una morada para encaminarme hacia ella en esta Cuaresma.

Hoy se cumple esta Escritura

3º Domingo del tiempo ordinario, ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Estamos viviendo momentos muy duros en los que no faltan discursos oficiales en favor de los empobrecidos. Sin embargo, no parece que estos discursos estén acompañados de las decisiones políticas pertinentes para cambiar la suerte de millones de personas que viven en la pobreza. Las palabras se quedan vacías y se las lleva el viento. Siempre hay alguna coyuntura que sirve de excusa y se deja la toma de decisiones necesarias para una ocasión más propicia. Más aún, a los pobres les toca siempre sufrir las consecuencias más duras de unas crisis que, ciertamente, ellos no han provocado.

En España, primero fueron meses discutiendo sobre palabras. Que si “desaceleración”, que si “crisis”, que si “recesión”, que si “brotes verdes”, que si… Después han venido otros largos meses porfiando sobre números: porcentajes, cifras absolutas, euros, íbex, millones de déficit, puntos básicos en las primas de riesgo, recortes, presupuestos austeros… Más tarde nos cayó encima la dictadura de lo real: “yo no quiero hacer esto pero la realidad me obliga”… En cualquier caso, parece que nos hemos olvidado que, detrás de las palabras y de los números, siempre hay personas.

 En este contexto volver a escuchar los “discursos” de Jesús, como el del evangelio de hoy en la sinagoga, nos introduce en otra dinámica. Las suyas no son palabras para la muerte sino para la vida. Quizá por eso siguen resonando con toda su fuerza pasados los siglos. Jesús no tuvo otra arma, otra infraestructura, otros medios, otras herramientas que su palabra, despojada y humilde pero vibrante y llena de verdad. Jesús va trenzando un vivir, un decir y hacer que da vida, sobre todo, a los ninguneados: pobres, cautivos, ciegos, oprimidos…

 Este Jesús de Nazareth, que pasó haciendo el bien (Hch 10,8), que se adentró en los caminos de Galilea, se encarnó y se implicó. Es curioso cómo la palabra “encarnarse”, tan usada en otro tiempo, hoy ha desaparecido de nuestro vocabulario cotidiano y es necesario reivindicarla. Jesús proclama en la sinagoga la Buena Noticia de Dios y se lanza por los caminos a vivirla y anunciarla. Esta Buena Noticia no es una idea, no es una doctrina, no es un concepto; esta Buena Noticia es vida, y a Jesús le va su vida con ella.

 Jesús proclama la Buena Noticia y la acompaña con su prácticas, con su compromiso compasivo contra todo tipo de mal. Jesús no hará extravagancias, ni portentos maravillosos. Se trata de otra cosa más entrañablemente humana, como es el encuentro con los rostros sufrientes concretos de su época, de hacerse cercano a las gentes abatidas que andan como ovejas sin pastor, de dejarse afectar por lo que está aconteciendo ya en esta realidad y lo que acontece es que hay demasiadas criaturas de Dios abatidas y deshauciadas.

 Por eso, su discurso puede resultarnos profético y comprometedor; puede ser un correctivo para nuestras palabras porque como reza el dicho, muchas veces, la fuerza se nos va por la boca; puede empujarnos a que nuestra vida toda acompañe nuestra palabra; puede convertirse, también, en un estímulo creativo que nos ayude a ponernos lúcidamente junto a las personas más empobrecidas y de su parte, en definitiva, su discurso hoy, puede ayudarnos a nuestra propia encarnación. Previamente, hemos tenido que dejar que la Buena Noticia penetre en nosotras mismas, nos chorree, nos empape, nos sumerja, siga iluminando nuestro caminar por la vida real y concreta ya que, a veces, las seguidoras y seguidores estamos secos, es más, estamos re-secos porque accedemos a ella desde lo ya sabido, desde lo que es así, desde lo de siempre y no puede ser de otra manera, y terminamos ahogando o aguando la Buena Noticia.

 La Buena Noticia nos empuja a poner palabras a la vida y vida a las palabras. A salir a la calle y seguir apostando por la vida, especialmente por las vidas de aquellos que para nuestra sociedad están muertos o mejor que no existieran, y que son vecinos nuestros, de la misma escalera de piso o están en la puerta de la tienda donde compramos todos los días el pan. La Buena Noticia nos empuja a seguir seducidas por la tarea de afirmar dignidades, tal vez, participando en aquella manifestación, denunciando esa injusticia o defendiendo a esa persona que, por oler mal, ya es culpable de cualquier cosa que se le impute. La Buena Noticia nos empuja a seguir construyendo lugares en los que se pueda compartir el techo, el pan y la palabra, por ejemplo, el comedor de nuestras casas…Y entonces diremos como Jesús: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Sororidad nº 29- Enero 2013

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“Mama Tunza”

Publicado en:Boletín Sphera  – nº 14 –  Gobierno de Navarra – Diciembre 2012

Una mujer refugio

En 1997, la keniata Dimina Khasiala, encontró un bebé abandonado en un contenedor de Kibela, uno de los barrios más marginales y míseros de Nairobin (Kenia). Lo llevó a su casa, le atendió y, ante la negativa de la policía de hacerse cargo de él, le acogió como si fuera suyo. A los pocos días, un anciano le entregó otro bebé huérfano y, más tarde, una mujer le dio a su hijo infectado de VIH. Estos tres casos fueron el detonante para que esta mujer, sin estudios ni recursos económicos, decidiera emprender su gran obra: la acogida de niños y niñas desamparados de la capital keniata. Desde entonces, le conocen como“Mama Tunza”, “ama Tunza”, que en suahili significa “La madre que te cuida”, ha sido la ganadora del Premio Internacional ‘Navarra’ a la Solidaridad 2012, que concede Caja Laboral y el Gobierno de Navarra a personas o instituciones que tienen una trayectoria o un papel destacado en cualquier de los ámbitos de la cooperación ternacional al desarrollo y que, en especial, contribuyen al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Dimina Khasiala se subió por primera vez a un avión para recoger en persona el galardón, entregado en un acto celebrado el pasado 10 de diciembre en el Palacio de Navarra. Vino acompañada de Mary Ngugi, trabajadora de la agencia Kobo Safari, una de las entidades que propusieron la candidatura de ‘Mama Tunza’ y que colabora activamente con ella a través de la Fundación Kobo Trust, y contó con la ayuda y el apoyo constante de Mary Katinda, una enfermera keniata que reside en Pamplona desde hace quince años y que realizó la traducción del suahili al castellano en todas las intervenciones de Khasiala.

La presencia de Dimina y su paso por Pamplona no dejó indiferente a ninguna de las personas que tuvieron la suerte de conocerla. Es una mujer sencilla, sonriente y alegre; pero el semblante se le oscurece cuando denuncia que en su país los niños y niñas pasan hambre y viven desamparados. A ratos cohibida ante la expectación que levantaba, enfundada de un colorido traje típico de su tierra, Dimina lo miraba todo ensimismada: los escaparates, los puestos del mercado, los edificios… despertaban su curiosidad. “Está todo terminado de construir—decía en alusión a las viviendas—. En Nairobi, las calles están sin asfaltar, algunas casas medio caídas y no disponemos de agua corriente”.

Precisamente, la dotación económica del Premio, que asciende a 25.000 euros, será invertida en un sistema con el que se eviten tener que comprar barriles de agua potable semanales, como hasta el momento. También quieren terminar de levantar una valla o un muro que rodee el Tunza Children’s Center, el centro donde ‘Mama Tunza’ acoge en este momento a 113 niños y niñas y por el que ya han pasado más de 300 huérfanos. En el barrio de Kibera, la primera ubicación del centro, tuvieron graves problemas de inseguridad, robos… Gracias a donaciones particulares lograron levantar un centro en las colinas del Ngong, un lugar menos mísero y con un ambiente más apropiado para la estancia de los niños y niñas. Pero prima vallar el nuevo espacio. Se intentó en otra ocasión, pero durante la construcción del muro robaron los materiales de la obra y el proyecto se abandonó. Hasta ahora.

En el Tunza Children’s Center, no cuentan con demasiados recursos. Apenas hace un año que disponen de camas para todos los niños y niñas; algunas veces se acaba la comida… Pero cada uno de los menores a los que ‘Mama Tunza’ acoge con amor, recibe educación. Los de Primaria, caminan cinco kilómetros para asistir a la escuela, y, para los más mayores, Dimina Khasiala, con ayuda de turistas, agencias de viaje y otras entidades que a lo largo de estos quince años han conocido su enorme labor, consigue becas para que puedan quedarse internados durante la semana en el colegio y se eviten largas caminatas diarias.

‘Mama Tunza’, que no tuvo la oportunidad de asistir al colegio, que no sabe leer ni escribir, entiende y sabe que la salvación de estos niños y niñas abandonados es la Educación. Por eso apuesta por ella y en sus discursos no deja de repetir lo importante que es estudiar.

Después de hacer realidad el sueño de muchos niños y niñas, ofreciéndoles un hogar y el cariño de una madre, Dimina quiere ahora cumplir otra gran ilusión: ver cómo cuatro de sus ‘hijos adoptivos’— porque ella tiene también tres hijas biológicas a las que cuida— acuden a la Universidad: “Así podrán ser autónomos y libres para hacer lo que ellos decidan en su vida”.

Gestos para anunciar el Reino

2º Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C

Por: Marita Oliver. Vita et Pax – Pamplona

Acabamos de celebrar la Epifanía, la manifestación de Dios, su presencia entre nosotros, y seguimos con sus ecos en lo cotidiano de la vida, al inicio del tiempo ordinario. Las lecturas de este domingo profundizan en la presencia de Dios, en los signos que hará Jesús a lo largo de su vida para mostrarnos al Padre, para remitirnos más allá de los hechos.

No sólo es la ausencia de vino, que en lo mejor de la boda se acaba. La escena narrada nos presenta a una María que impulsa la acción de Jesús, que mira la realidad dejándose afectar por ella, observa una carencia ‘no tienen vino’, y tanto ella como Jesús actúan desde la perspectiva del Reino.

De esa misma observación de la vida participa Jesús, nos lo muestra aquí y en las múltiples parábolas. Siempre parte de lo que ya existe -aunque sean las tinajas de la purificación ritual de los judíos-, y desde ahí anuncia lo nuevo con gestos dadores de vida, anuncia el banquete del Reino.

Jesús recupera las tinajas para el nuevo lenguaje, las utiliza en el signo de la llegada del Reino. Quizá, desde las sociedades más desarrolladas, caemos con demasiada frecuencia en lenguajes conformistas, en los ‘esto no sirve…’, ‘llegados a este punto…’, ‘nosotros qué podemos hacer…’, etc.; y nos falta esa mirada creativa y creadora para dar uso con sabor a fiesta a las tinajas vacías, para seguir la fiesta con buen vino para todos.

Queremos aprender con Jesús a mirar, a reinterpretar, a releer las situaciones de la vida, los reveses, y encontrar en ellos la presencia de Dios acompañándonos.

La respuesta de Jesús frente a la escasez de vino hará que el relato quede inmortalizado en la simbología cristiana. La actitud tanto de Jesús como de María, cuestiona nuestra actitud ante las penurias que viven muchas familias de nuestro entorno en la situación actual. Cuestiona nuestra ‘mirada’ de la realidad, ¿miramos atentas a las carencias, observando, dejándonos afectar o dejando pasar una secuencia de imágenes y situaciones mientras estamos absortas en lo nuestro?

San Pablo lo responde desde una finalidad incuestionable: “En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. Ese será el criterio que dirá si nuestra actitud ante la realidad manifiesta el Espíritu de Jesús, la repercusión de nuestras actuaciones y decisiones en el bien común.

El relato del evangelio termina: “Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos y creció la fe de sus discípulos”. Lo sucedido en Caná nos recuerda que son necesarios los gestos para anunciar el Reino, que necesitamos actualizar, con fidelidad creativa y con hechos, los signos de Jesús para “Contar a los pueblos su gloria…” (Salmo 95).

Que el Señor nos ayude a ser generosas, a ofrecer el mejor vino hasta el final de la fiesta, sin desfallecer: Por amor… no descansaré hasta que rompa la aurora su justicia” (Is.62,1).

Otros materiales litúrgicos

A continuación presentamos algunos materiales para preparar la oración de los domingos y tiempos especiales, como apoyo a la Liturgia.

El equipo de Eucaristía y la Editorial Verbo Divino promueven “Quiero ver”. Una manera diferente de acercarse al Evangelio, a través de la adaptación de un vídeo para cada domingo.

Puedes acceder a los vídeos pulsando en la imagen.

 

¡Tú eres mi Hijo…!

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Bautismo del Señor, T.O. Ciclo C

“…Y se oyó una voz que venía del cielo:  ¡Tú eres mi Hijo!” (Lc.3,22) Cualquiera de nosotros, escuchando esta expresión, comprendemos que quien habla es un padre.  Y dicha con fuerza manifiesta no sólo la afirmación de una paternidad biológica sino todo un contenido de reconocimientos, responsabilidades y relaciones paterno-filiales, en este caso asumidas y proclamadas por el padre.

Jesús había escuchado a Juan el Bautista, que anunciaba la llegada del Reino de Dios y pedía una conversión: “Preparad el camino al Señor, allanad los senderos…” (Lc, 3,4) Juan bautizaba en el Jordán a los que estaban dispuestos a cambiar sus vidas porque esperaban y veían urgente una manifestación de Dios. Las cosas no iban bien, especialmente para los más pobres -que eran la mayoría- y estaban  injustamente tratados por los que detectaban el poder económico y religioso.  Jesús compartía esa esperanza y se unió a los que se disponían a ser bautizados por Juan, como signo de su voluntad de “enderezar lo torcido y de allanar lo escabroso” para facilitar la llegada del Reino que ya había anunciado el Profeta Isaías (Is 40,1-4).

Jesús, Hijo de Dios, que “se hizo uno de tantos y actuó como un hombre cualquiera” (Flp. 2,6-7) asume ante Juan, y junto a todos los que se bautizan, el compromiso de preparar el camino al Señor. Dice el Evangelio de Lucas que Jesús oraba al ser bautizado y fue entonces cuando se oyó la voz que venía del cielo:  “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc. 3,22).

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Llegaste tú

Llegaste tú
De: Luis Guitarra (CD “Desaprender”)

Llegaste despacito,
como se acerca el sol a mi ventana;
como la primavera,
que cuando más se espera… más se retrasa.

Llegaste de puntillas,
como una bailarina en plena danza…
Y haciendo los honores,
llegaste entre dolores y esperanzas.

Llegaste porque aquí se abrió una puerta,
llegaste y sin apenas darnos cuenta,
nos pusimos a soñar.

Tú, llegaste tú.
Tú y nuestra casa se llenó de sueños.
Tú, llegaste tú,
para quedarte siempre en nuestro corazón.

Llegaste en la batalla
(el humo y la metralla te hicieron llorar),
y mientras te acunaba,
sentía que abrazaba así a la Humanidad.

Llegaste con motivos,
llegaste a dar sentido, llegaste a buscar,
igual – seguramente –
que el resto de la gente, la Felicidad.

Llegaste porque aquí se te esperaba;
llegaste y sin apenas decir nada,
juntos fuimos mucho más.
Llegaste porque aquí se abrió una puerta,
llegaste y sin apenas darnos cuenta,
nos pusimos a soñar.

Tú, llegaste tú…

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