Vivimos de la fe y damos la vida por ella

Domingo 27º del T.O., Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

La fe tiene sus raíces en la vida misma y hace posible toda vida humana, digna de este nombre, pues la fe es, ante todo, la confianza original del ser humano en la vida. Desde que nacemos vivimos de la confianza, en primer lugar, en nuestros padres y, por extensión, en las personas que vamos conociendo a lo largo del camino. La propia identidad como persona no se forma de la nada, junto a  nuestra libertad, se va fraguando en las relaciones recíprocas con quienes vamos caminando, entre lo que recibimos y damos.

La fe, a su vez, hace posible el encuentro con las otras personas y con la Otra; facilita la comunicación; nos permite el acceso a lo más íntimo del ser. Por muchos análisis bio-psicológicos a que sometamos a una persona, no podremos conocer su interioridad más que si entre las dos se abre una corriente de “confidencia” (cum fide). Sin fe, mi “yo” sería el límite definitivo de toda experiencia posible. La única manera de establecer relaciones con alguien, humana o divina, es mediante la confianza y la aceptación mutua.

Esto nos abre a la comprensión de la fe como encuentro personal. Cuando hablamos de fe, cabe referirse a ella, al menos, de dos maneras. Puede entenderse como una creencia y, es verdad, este aspecto se da en toda fe, pero para que cobre su pleno sentido debe integrarse en un concepto más amplio, el de la fe como encuentro interpersonal, que abarca a la totalidad de la persona: su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos. Entonces, decir “yo creo” significa: “yo creo en ti, te creo”, confío plenamente en ti y en lo que tú me dices.

La fe viene a ser la forma por la que tenemos acceso a la intimidad más profunda de la otra. Sólo se conoce la hondura personal en la medida en que se cree a la persona en sí misma y ésta se abre libremente. La fe es, de esta manera, respuesta a una oferta de amor y posibilidad de participar en la vida de la amada, en su pensamiento, en su manera de ser. La fe ha dejado el terreno del mero ejercicio intelectual y ha entrado en el ámbito de lo personal, de lo vivificador, de los transformador, convirtiéndose en una forma excelente de conocimiento.

Sin embargo, no queremos, de ninguna manera, relativizar la importancia del ejercicio intelectual, ya que la fe busca siempre la verdad. La fe busca la verdad más allá de una misma y más allá de la apariencia, por eso, no puede aceptarse cualquier cosa ni a cualquier persona, sino sólo aquello y a aquellas que nos resultan creíbles, dignas de crédito. Conscientes de que toda creencia comporta el peligro del error, de equivocarnos, de ahí la necesidad de ser críticas. Críticas con lo que recibimos, de quiénes lo recibimos y con nosotras mismas, pues debemos tener presente nuestros propios límites.

Muchas de las censuras que se han hecho a la fe religiosa provienen de entenderla únicamente como creencia y entender la creencia como acogida y aceptación obligatoria de una serie de verdades o conocimientos. En realidad hay que entenderla como la acogida y aceptación libre del Dios que nos sale al encuentro y requiere nuestro amor. Este encuentro no excluye el conocimiento ni la doctrina sino que lo integra, porque la fe en la persona supone la fe en la palabra de esa persona.

Entendida  así, la fe cristiana es una experiencia y un participar en la vida del Dios que se nos da: el justo vivirá por su fe; el que cree en el Hijo tiene la vida eterna (Jn 3,16). La vida cristiana no es, pues, en su esencia, una filosofía o incluso una religión más, sino la entrada en una nueva vida, la vida de Dios. Al acoger la Buena Noticia y responder por la fe, la persona creyente entra en una nueva relación con Dios: nueva alianza, recibe una nueva familia: el pueblo de Dios que es la Iglesia, recibe una nueva identidad: un nombre nuevo, recibe un nuevo encargo: dar Vida, dar la vida.

Que dé Vida a otros

Domingo 26º del T.O., Ciclo C

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

“Había un hombre rico” y había un mendigo “llamado Lázaro”, nos dice Jesús en su parábola y ambos murieron. Al rico lo enterraron y a Lázaro los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Todo podría quedar ahí; al rico se le castiga por su abuso de riqueza y al pobre, por ser desdichado en la tierra, se le premia con el cielo.

Pero resulta que el corazón de Jesús, su misericordia, llega más allá del horizonte, que si pensamos que ahí queda todo es porque estamos realmente adormecidos, ciegos y sordos al mensaje de Jesús, ese mensaje alternativo que nos lleva más allá de lo visible, más allá de lo programable, más allá de lo previsible. Nos lleva a un nuevo horizonte de economía alternativa orientado a compartir lo nuestro, a renunciar a lo que es de los demás, a la solidaridad con el que pide o necesita de nosotros… sin que por ello tengamos que recibir algo a cambio, encaminado todo a abrir caminos de esperanza, de salvación.

La última palabra sobre la vida la tiene Dios y realmente pienso que no son las experiencias intensas y sorprendentes las que despiertan, las que devuelven la visión a unos ojos ciegos y hacen escuchar a unos oídos que sólo oyen; es el encanto de la vida cotidiana y la apasionante aventura que podemos vivir, puesto que en ella Dios nos muestra su amor, su cariño y su perdón. Nos abre las puertas de su Vida.

En nuestra vida diaria es donde se teje la eternidad.

El abismo que separa a aquellos que viven en la abundancia de los que carecen de medios de vida, es el mismo abismo que nos separa de la eternidad. Un abismo que es imposible de cruzar, cuando no somos capaces de dejarnos penetrar por la armonía del mensaje de Jesús, ese mensaje lleno de Vida a entregar, Vida para los otros. Un mensaje de misericordia, de interpelación por la igualdad de todas las personas, por la adecuada gestión de una creación que ha sido creada para todos.

Si no nos atragantamos con la visión que nos ofrecen los telediarios con sus imágenes de violencia, impunidad, paro, acosos, pobreza, muertes, corrupción… y el apunte importante de que la economía es lo más importante para la vida, situando en lugares lejanos la vida humana, la salvación y cuidado de los demás… Si no oímos los gritos de los que claman ayuda, menos lo hará la aparición de un muerto que seguramente le daremos una explicación científica o de ensoñación.

No le gusta a Dios la pobreza así como la riqueza abundante que pone en peligro la dignidad y la vida de los demás. Jesucristo entregó su vida y nos regaló Vida y Vida abundante pero para todos. Se reunía con ricos y pobres, pero buscando, reclamando la igualdad de todas las personas, el derecho que tenemos todos a disfrutar y ser felices, porque así lo soñó Dios.

“La piedra de la paciencia”: mujeres en guerra

fotograma La piedra de la paciencia

J. L. CELADA | Afganistán, convertido desde hace décadas en campo de batalla de soviéticos, talibanes, estadounidenses… es el martirizado escenario de La piedra de la paciencia, una nueva aproximación al universo femenino en los países islámicos, obra de Atiq Rahimi. Nacido en Kabul, aunque exiliado en Francia, este escritor y cineasta es también el autor de la novela que inspira su último trabajo detrás de la cámara: una historia que conjuga lo poético con la denuncia de la cruel realidad circundante.

El título nos remite a la mitología persa y a una “piedra mágica” que atiende las penas y secretos de quien acude a ella, hasta que un día salta por los aires hecha añicos, liberando al confidente de sus cargas. Un relato fantástico, pero que el director recicla con gusto e inteligencia para no perder de vista nunca el auténtico motivo de sus desvelos y principal impulso de sus creaciones: la terrible situación que atraviesan miles y miles de compatriotas, como la periodista y poetisa Nadia Anjuman, asesinada a golpes por su esposo y los familiares de éste en 2005, y que le (re)movió a escribir las poco más de cien páginas del original literario.

Protagoniza esta fábula tan actual una mujer al cuidado de su marido en coma (su particular “piedra de la paciencia”). Una bala alojada en el cuello le ha herido gravemente, pero es ella quien lo sufre. Circunstancia que aprovecha, sin embargo, para sentirse realmente escuchada por primera vez en diez años de matrimonio. Mientras, tras las cortinas de la desvencijada vivienda familiar, ráfagas de metralleta, bombardeos y explosiones nos recuerdan que la guerra no ha acabado.

Fotograma La piedra de la paciencia

Dentro de la casa, tampoco. Ante el cuerpo postrado de él, nuestra joven esposa, madre y heroína (la iraní Golshifteh Farahani acaparando cada plano con sus ojos penetrantes e inundando la estancia con la rabia y el desconsuelo de su drama) rememora en voz alta su relación con los dos hombres más importantes de su vida: un padre más pendiente de las peleas de codornices que de sus hijas, y un esposo tan preocupado por el alma y el honor que siempre la consideró “un pedazo de carne” objeto de “la mayor indiferencia”, apenas merecedora de un beso o una caricia y, las más de las veces, ni siquiera de una palabra o una mirada.

Son tales las confesiones que Rahimi pone en su boca acerca del abandono, el repudio, la violación y tantas otras humillaciones sufridas por la mujer en la mayoría de regímenes islámicos, que cabría suscribir la conclusión a la que llega su protagonista: “Los que no saben hacer el amor hacen la guerra”.

Una explicación demasiado simple al permanente estado de sometimiento y desamparo femenino, pero muy acorde con el tono de La piedra de la paciencia, un alegato de bellas imágenes –algunas verdaderos lienzos– e hirientes evidencias contra tamaña injusticia, y que debería ocupar un lugar destacado entre las películas que se han atrevido a denunciarla.

(La reseña está cedida por la Revista Vida Nueva)

Grupos Vida y Paz

Compartir Carisma y Misión

Compartir Carisma y Misión

En la Convivencia de este año, en El Escorial, nos reunimos varias veces el Equipo de Difusión del Carisma. Compartimos, sobre todo, los ecos que el informe presentado por el Equipo había provocado en la Asamblea General. Ecos, en su gran mayoría, positivos y estimulantes para continuar en el trabajo emprendido. Acordamos que retomaríamos todo lo aportado por la Asamblea para ir reflexionando y viendo qué se puede ir llevando a cabo.

Con mucha pena Tere dijo que, como ya había anunciado en otros momentos, dejaba el Equipo. Estaba muy agradecida y contenta de esta experiencia y se comprometía a seguir trabajando y apoyando desde el grupo de Alicante. También se despidió, por lo menos temporalmente, M. Jesús, debido a su nombramiento como Administradora General, dejando la puerta abierta a una posible vuelta. Ante esta reducción de personas invitamos a Ascensión de Vicente que aceptó. Con gran alegría le dimos la bienvenida al grupo.

Según lo previsto, tuvimos un encuentro con las compañeras que acompañan los grupos Vida y Paz en los diferentes lugares, al que se unió Victoria Cañas. Fue un encuentro rico, muy grato, donde nos pudimos agradecer todo el trabajo realizado y animar en lo que nos falta aún por hacer.

Acordamos que seguirían las reuniones mensuales con cada grupo y acompañarían las mismas personas. Iniciaríamos el curso con un retiro. El calendario inicial queda de la siguiente manera:

  • 3 Octubre: retiro grupo Vida y Paz de Ciudad Real

  • 7 Octubre: retiro grupo Vida y Paz de Barcelona

  • 10 Octubre: retiro grupo Vida y Paz de Alicante

  • 31 Octubre: retiro grupo Vida y Paz de Alboraya. Este grupo inicia las reuniones el 26 de septiembre.

Con ilusión nos ponemos en marcha en este nuevo curso y animamos a que puedan ir surgiendo otros grupos Vida y Paz en diferentes lugares. Compartir nos enriquece.

Encuentro

Encuentro

En lo poco y en lo ajeno

25º Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C

Por: Marita Oliver. Vita et Pax – Pamplona

Al leer los textos desde nuestra realidad actual, nos parece reconocer las situaciones que denuncia Amós más cerca de lo que sospecharíamos: Personas que explotan al que no tiene, que usan balanzas con trampa, medidas diferentes, disminuyen la medida y aumentan el precio… También visualizamos con facilidad el relato de Jesús de un administrador que derrocha los bienes, que no es honrado, que no es de fiar y con el dinero ajeno compra favores… Un administrador que pretende servir a dos señores, o como decimos ‘nadar y guardar la ropa’.

Por desgracia todo esto nos resulta demasiado cercano cuando pensamos en nuestros gobernantes. Pero no caigamos en la trampa de pensar que la injusticia es patrimonio de los poderosos. Pensemos en nuestra vida, en nuestra responsabilidad, nuestra relación con los bienes y con los demás desde estos textos, desde la clave del compartir, desde los deseos de fraternidad.

Hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres y genera injusticia. Jesús lo llama “dinero injusto”, no sólo porque ha sido obtenido de manera injusta, sino por ser una riqueza que disfrutan sin compartirla con los pobres y los hambrientos, porque genera una sociedad injusta e inhumana.

El afán del dinero, la acumulación de riquezas, es la frontera que divide el mundo, la barrera que nos separa de los otros. Las lecturas de hoy contraponen injusticia a compartir, interpelan nuestra relación con los bienes y con los demás, nuestra relación de injusticia o de fraternidad.

Al hombre rico le llegaron quejas de que el administrador estaba ‘derrochando’ sus bienes. Esta expresión cuestiona nuestra gestión de los bienes y dones recibidos. ¿Nos pueden señalar de derroche?, ¿qué estamos acumulando?, ¿qué tenemos que no nos pertenece, que genera división?

El relato señala en lo poco y en lo ajeno como indicadores para la confianza. La vida nos la jugamos en los pequeños detalles del día a día, en lo poco y lo ajeno, en las pequeñas tareas que nadie ve. Ahí nos jugamos la confianza, el compartir, la justicia.

No podemos servir a Dios y al dinero, concluye el evangelio. Adolfo Chércoles diferencia entre creer en Dios y servir al dinero. Dice que nuestra tragedia como creyentes es que sólo hablamos del Dios en que ‘creemos’ y no de los dioses a los que ‘servimos’. ¿Distinguimos en nosotras esa doble realidad? Si queremos que Dios sea el centro de nuestra vida, ¿qué tenemos que cambiar?.

Agradezcamos las voces actuales que nos suenan a Amós: voces que denuncian la injusticia, el mal uso de los bienes públicos, que denuncian a quienes imponen cargas que ellos no cumplen, que utilizan medidas diferentes para ellos y para los demás, que denuncian a quienes dividen nuestra sociedad. Voces de testigos, voces de esperanza, voces proféticas que nos acompañan y cuestionan.

Misericordia quiero…

Domingo 24º del T.O., Ciclo C

Por: Gema Juan.Carmelita Descalza. Puzol (Valencia)

El capítulo 15 el evangelio de Lucas inicia de la siguiente manera:

«Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Los fariseos y los maestros de la ley murmuraban: este recibe a los pecadores y come con ellos».

Alguien dijo que partiendo de estas palabras, podría reconstruirse el evangelio o saber, sencillamente, quién era Jesús. Quizás fue una afirmación exagerada, pero contenía una gran verdad, porque esas pocas palabras resumen la actividad de Jesús y lo que despertaba.

Jesús era accesible, a él se acercaban los necesitados y le escuchaban. Su palabra era sanadora y consoladora: capaz de restaurar, renovar y restablecer lo mejor en aquellos que le escuchaban.

Pero también se fijaban en él quienes no le aceptaban y no podían tolerar la familiaridad que tenía con los «pecadores». Que Jesús comiera con ellos tenía un significado que apenas podemos calibrar, pero que era muy evidente para las gentes que le rodeaban. Significaba tratar a los marginados, a los no puros, como seres humanos iguales, dignos ante él y dignos ante Dios.

Las tres parábolas que narra este capítulo han sido llamadas «parábolas de la misericordia» porque hablan de un Dios incondicional en el amor, en la paciencia y en la alegría, cada vez que logra reencontrarse con los seres humanos.

Las historias de la oveja, la dracma y el hijo perdidos, tienen algunas notas en común. Unas notas muy humanas, reconocibles en las parábolas y en la vida, porque narran una pérdida, una búsqueda intensa, un hallazgo y una alegría compartida.

Jesús insiste, repite, y lo hace a través de un hombre, una mujer, un padre. En un ambiente rural, con asuntos económicos o problemas familiares. Todo, para mostrarla constancia del amor de Dios, que busca y espera a cada ser humano, hasta que entra en el banquete de su reino, que es la vida plenamente compartida con Él y con los demás.

Las parábolas piden una toma de postura de cada oyente y lector: estar entre los que han hecho de la murmuración oficio o entre quienes escuchan y acogen. Estar entre los que lo dan todo por perdido o los que buscan sin descanso una oveja, una moneda, un hermano… Estar entre los que excluyen o los que integran. Entre los que rechazan la gratuidad o los que se abren a la alegría.

Nada está decidido. Las parábolas siembran a lo largo del capítulo el halo de la libertad de Dios, que no empieza exigiendo ni reclamando lo suyo, o forzando. Y la libertad siempre es difícil para los sistemas, en este caso, para el sistema religioso de Israel. Pero también para cada persona.

Decidir hacer propia la actitud del pastor, de la mujer y del padre. Determinarse a buscar, pero también dejarse encontrar. Ver de lejos al que se acerca, saber esperar sin dejar que se sequen las entrañas, conmoverse ante cualquier gesto de retorno, elegir disfrutar de la vuelta a casa de cualquier pródigo que ha despreciado su propia vida… todo eso es una elección, no siempre fácil ni espontánea, es conversión. Y el modo de aprender a elegir está en ser como aquellos pecadores, que eran capaces de escuchar a Jesús.

Al principio del capítulo, se hace referencia a las comidas de Jesús y al final, el padre prepara un gran banquete. Debe quedarnos un criterio de discernimiento cristiano: la mesa compartida. Aceptarla o rehusarla es construir o deshacer la iglesia de Jesús. Y la mesa compartida es participación material y comunión espiritual a la vez, es compartir la necesidad y la alegría.

Instituto Secular Vida y Paz en Cristo Jesús

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El Papa convoca una Jornada de Oración y Penitencia por la Paz en Medio Oriente

Ciudad del Vaticano, 1 de septiembre 2013 (VIS).-El Papa Francisco ha lanzado un fuerte llamamiento por la paz en Siria haciendo patente su sufrimiento y preocupación por el conflicto y pidiendo a las partes interesadas y a la comunidad internacional que emprendan el camino de la negociación dejando de lado los intereses de parte. El llamamiento ha tenido lugar durante el ángelus del mediodía rezado en la Plaza de San Pedro con la presencia de miles de fieles. Reproducimos a continuación integralmente las palabras del Santo Padre.

“Hoy, queridos hermanos y hermanas, quisiera hacerme intérprete del grito que, con creciente angustia, se levanta en todas las partes de la tierra, en todos los pueblos, en cada corazón, en la única gran familia que es la humanidad: ¡el grito de la paz! Es el grito que dice con fuerza: Queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, desgarrada por divisiones y conflictos, estalle la paz; ¡nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra! La paz es un don demasiado precioso, que tiene que ser promovido y tutelado.

Vivo con particular sufrimiento y preocupación las numerosas situaciones de conflicto que hay en nuestra tierra, pero, en estos días, mi corazón está profundamente herido por lo que está sucediendo en Siria y angustiado por la dramática evolución que se está produciendo.

Hago un fuerte llamamiento a la paz, un llamamiento que nace de lo más profundo de mí mismo. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta destrucción, cuánto dolor ha ocasionado y ocasiona el uso de las armas en este atormentado país, especialmente entre la población civil inerme! Pensemos: cuántos niños no podrán ver la luz del futuro. Condeno con especial firmeza el uso de las armas químicas. Les digo que todavía tengo fijas en la mente y en el corazón las terribles imágenes de los días pasados. Hay un juicio de Dios y también un juicio de la historia sobre nuestras acciones, del que no se puede escapar. El uso de la violencia nunca trae la paz. ¡La guerra llama a la guerra, la violencia llama a la violencia!

Con todas mis fuerzas, pido a las partes en conflicto que escuchen la voz de su conciencia, que no se cierren en sus propios intereses, sino que vean al otro como a un hermano y que emprendan con valentía y decisión el camino del encuentro y de la negociación, superando la ciega confrontación. Con la misma fuerza, exhorto también a la Comunidad Internacional a hacer todo esfuerzo posible para promover, sin más dilación, iniciativas claras a favor de la paz en aquella nación, basadas en el diálogo y la negociación, por el bien de toda la población de Siria.

Que no se ahorre ningún esfuerzo para garantizar asistencia humanitaria a las víctimas de este terrible conflicto, en particular a los desplazados en el país y a los numerosos refugiados en los países vecinos. Que los trabajadores humanitarios, dedicados a aliviar los sufrimientos de la población, tengan asegurada la posibilidad de prestar la ayuda necesaria.

¿Qué podemos hacer nosotros por la paz en el mundo? Como decía el Papa Juan XXIII, a todos corresponde la tarea de establecer un nuevo sistema de relaciones de convivencia basadas en la justicia y en el amor (cf. Pacem in terris [11 abril 1963]: AAS 55 [1963], 301-302).

¡Que una cadena de compromiso por la paz una a todos los hombres y mujeres de buena voluntad! Es una fuerte y urgente invitación que dirijo a toda la Iglesia Católica, pero que hago extensiva a todos los cristianos de otras confesiones, a los hombres y mujeres de las diversas religiones y también a aquellos hermanos y hermanas no creyentes: la paz es un bien que supera cualquier barrera, porque es un bien de toda la humanidad.

Lo repito alto y fuerte: no es la cultura de la confrontación, la cultura del conflicto, la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino ésta: la cultura del encuentro, la cultura del diálogo; éste es el único camino para la paz.

Que el grito de la paz se alce con fuerza para que llegue al corazón de todos y todos depongan las armas y se dejen guiar por el deseo de paz.

Por esto, hermanos y hermanas, he decidido convocar en toda la Iglesia, el próximo 7 de septiembre, víspera de la Natividad de María, Reina de la Paz, una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero, y también invito a unirse a esta iniciativa, de la manera que consideren más oportuno, a los hermanos cristianos no católicos, a los que pertenecen a otras religiones y a los hombres de buena voluntad.

El 7 de septiembre en la Plaza de San Pedro, aquí, desde las 19.00 a las 24.00 horas, nos reuniremos en oración y en espíritu de penitencia para implorar de Dios este gran don para la amada nación siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo. La humanidad tiene necesidad de ver gestos de paz y de oír palabras de esperanza y de paz. Pido a todas las Iglesias particulares que, además de vivir esta jornada de ayuno, organicen algún acto litúrgico por esta intención.

Pidamos a María que nos ayude a responder a la violencia, al conflicto y a la guerra, con la fuerza del diálogo, de la reconciliación y del amor. Ella es Madre. Que Ella nos ayude a encontrar la paz. Todos nosotros somos sus hijos. Ayúdanos, María, a superar este difícil momento y a comprometernos, todos los días y en todos los ambientes, en la construcción de una auténtica cultura del encuentro y de la paz. María, Reina de la Paz, ruega por nosotros”.

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Domingo 23 del T.O., Ciclo C

Por: Julián Valverde. Presbítero Diócesis de Ciudad Real.

La mayoría vivimos un cristianismo tan acomodado que hay pasajes del Evangelio que preferimos pasar por alto. El trocito que hoy meditamos es uno de ellos. Sin embargo, no es que pertenezca a la esencia, sino que es la entraña misma de la propuesta cristiana.

Para Cristo no hay ninguna otra prioridad que la realización del Plan de su Padre, que lo ha enviado. No ha venido a ser servido, sino a servir (Mt 20, 28). Ha sido enviado para traer “la buena nueva a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y proclamar la llegada del Reinado de Dios ( Lc 4,18). Ha venido para que tengamos vida abundante (Jn 10,10). No tiene otra prioridad, ni otra tarea. “Mi comida es hacer la voluntad del  que me envió y completar su obra” (Jn 4,14).

Cristo se identifica con su misión. Nada cabe delante ni familia, ni amistades, ni prestigio, ni poder,  ni cualquier tipo de bienes personales, ni la propia vida.  “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42)

Cuando Cristo nos llama, nos invita a esto. “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,32). Nos invita a asumir la prioridad del Reino de Dios, que es amor, donación sin pago y universal. No es que ponga como condición que el discípulo sea pobre, se aleje de la familia o niegue su individualidad. Es que la opción por el Reino supone subordinarlo todo y a sí mismo al Plan del Padre. Ser discípulo conlleva la determinación de vivir, como Jesús, para la realización del mundo de fraternidad y sororidad, de compasión y justicia, de autenticidad y libertad que Dios sueña y quiere.

A diario experimentamos el terrible dolor que sufre la mayoría de la gente en este mundo nuestro tan amado por Dios y tan alejado de su plan. No encontraremos muchos sufrimientos colectivos que no sean debidos a los intereses particulares. Aparentemente, -lo que se dice-, todos queremos un mundo mejor, más humano y justo, pero es lógico, -también se dice-, que empecemos por los de cerca: mi familia, mi pueblo, mi partido, mi iglesia, mi comunidad autónoma, mi nación.

¿Es lógico?  En un mundo totalmente desigual en capacidades y recursos, ¿es lógico que el bien común, el mundo humano y justo para todos, se construya empezando cada uno por uno mismo:  mi familia, mi pueblo, mi partido, mi iglesia, mi comunidad autónoma, mi nación?

Aunque nos lo prediquen permanentemente ¿alguien cree en serio que de un individualismo tan feroz, como el que nos domina, puede nacer una convivencia universal pacífica en justicia y libertad?

La alternativa del pueblo mayoritario y de los pobres sería unirse para conseguir el poder e imponer la igualdad. Pero, aunque el proceso sea conveniente y necesario y fuera posible, ¿podremos crear fraternidad a la fuerza? ¿se puede imponer  la libertad?

La propuesta de Cristo es clara: la libertad individual y social sólo puede nacer del amor gratuito y universal. Si las naciones, las iglesias, las familias no subordinan sus particularismos al bien común no puede nacer y crecer la justicia. Si las personas no subordinan sus aspiraciones al bien común, sólo de nombre llamaremos a los colectivos comunidad: comunidad internacional o nacional o autonómica o eclesial o familiar o de regantes.

Por eso Cristo cuando nos llama, nos invita a pensarlo. ¿Es esto lo que quieres? ¿De verdad te interesa el Reinado de Dios? Por encima de ti ¿quieres construir familia? Por encima de la familia ¿quieres construir pueblo? Por encima de tu grupo ¿quieres construir Iglesia? Por encima de la iglesia ¿quieres construir Reino?

Seguir a Cristo no es el deseo, sino el intento de asumir sus opciones, al precio que sea, para traer la buena nueva a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos,  dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar la llegada del Reinado de Dios.

Un objetivo más allá de nuestras posibilidades. Pero en Cristo somos capaces. Sólo libera y nos libera el amor, cuando Dios lo derrama en nuestros corazones y lo acogemos.

“Sólo así fueron rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprendieron lo que te agrada, y la sabiduría los salvó”. (1ª Lectura).

Una teología arrodillada e indignada. Al servicio de la fe y la justicia.

 

Una teología arrodillada e indignada

Una teología arrodillada e indignada. Al servicio de la fe y la justicia
Autor: F. Javier Vitoria Cormenzana
Edit. Sal Terrae.  Colecc. Presencia Teológica

La justicia es un tema teológico para la fe cristiana. «Justicia» es uno de los nombres de Yahvé (Jr 23,6) y Jesucristo es para los cristianos «Justicia de Dios» (1 Cor 1,30). Sin embargo, el cristianismo vivido ha dejado de lado o llegado demasiado tarde a la cuestión de la justicia

En continuidad con el trabajo de reflexión realizado durante más de treinta años por el Centre d’Estudis «Cristianisme i Justícia» de los jesuitas de Cataluña para hacer visible el vínculo indisoluble entre la fe cristiana y la lucha por la justicia, este libro pretende sistematizar y sintetizar ese trabajo coral de reflexión para avanzar hacia un mundo más humano y más justo y una Iglesia más al servicio de los pobres. Para ello analiza con rigor, denuncia desde el compromiso y propone alternativas, con el fin de contribuir a la transformación de aquellas realidades generadoras de injusticias en nuestro mundo. De lo que se trata, en definitiva, es de mostrar cómo debería configurar la Iglesia su vocación de sacramento de fraternidad universal en un mundo injusto y ofrecer una serie de reflexiones sobre una espiritualidad capaz de configurar un cristianismo de rostro mesiánico y liberador en el siglo XXI.

El libro es el resultado modesto, pero convencido, de un teologar indignado «por los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie…» (J. Gil de Biedma) y arrodillado ante la presencia en esos despojos del «peso inmenso de la gloria eterna» de Dios (cf. 2 Cor 4,16).

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