Jesucristo cumple su promesa

Por: D. Cornelio Urtasun

A lo largo de su despedida, el Señor insiste, en diversas partes de su Testamento, acerca del Espíritu Santo, del cual hace los más grandes elogios, explicando su papel y misiones, sobre todo, desde que El desparezca visiblemente:

– “Yo pediré al Padre y os enviará otro Paráclito …” (Jn 14,16),

– “Cuando venga el Paráclito… que  Yo os enviaré de junto al Padre.” (Jn 15,26)

– “Que aguarden la promesa del Padre … vosotros seréis bautizado en el Espíritu

Santo, dentro de pocos días…” (Hechos 1, 4-5).

–  “El número de los reunidos era de unos 120 …” (Hechos 1,15)

Jesucristo cumple su promesa:

Llega Pentecostés para que penetraran los Misterios del Reino: Aquellos Misterios de que habló Jesucristo en Mt 11,25-27. Misterio de la Trinidad, Misterio del mismo Jesucristo, Misterio del Espíritu Santo, Misterio de la Iglesia, Misterio de Salvación, Misterio del Sacrificio Pascual, Misterio de la Cruz, Misterio de la Muerte, como vencedora de la muerte. Misterio de la Resurrección como consecuencia de la Muerte y como punto de apoyo del Misterio integral de Jesucristo y  clave del designio salvífico del Padre.

¡Tantos Misterios, dentro del MISTERIO GLOBAL DE JESUCRISTO!

Danos los Dones del Espíritu Santo:

Los siete Dones proclamados por el Profeta Isaías (Is 11, 1-4) y proclamado por el mismo Señor en la Sinagoga de Nazaret (Lc, 4, 16-22).

¡Dánoslos!

Así se cumple la promesa formulada en Lucas 11, 9-13.

Pentecostés revivido:

Revivimos el Misterio de Pentecostés celebrándolo.  El Espíritu Santo nos es dado, en la medida en que nos preparemos, en la que oremos pidiéndolo. En la que le abramos la mente y el corazón.

Señor, tu Hijo, después de subir al cielo envió, sobre los apóstoles, el Espíritu Santo que había prometido, para que penetraran los Misterios del Reino. Te pedimos que repartas, también entre nosotros, los DONES de ese mismo Espíritu.

Las presencias de Jesucristo:

Es un misterio adorable éste de la presencia “ausente” de Jesucristo. O si queremos, esta “ausencia” en la “presencia de Jesucristo”.

Los cinco modos de la presencia de Jesucristo, sobretodo, en las celebraciones litúrgicas: presente en la asamblea de los fieles, reunidos en su nombre y por su amor (Mt.  18, 20) y presente en su Palabra, sobre todo cuando es proclamada. Presente  en la persona del sacerdote ministerial que actúa personificándolo… Presente en el Sacrificio de la nueva y eterna alianza. Presente en el Sacramento permanente del Reino, bajo las apariencias del Pan y vino  (Encl. Myst, 9).

Presencia de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo:

Comentario sencillo que alude a los textos más sobresalientes del Maestro, acerca de esta verdad consoladora:

Jn  114, 18  “No os dejaré huérfanos…volveré a vosotros”.  “Vosotros sí me veréis, porque Yo vivo y vosotros también viviréis”  (Jn 14,19).

Jn  14, 21: “El que me ame, será amado de mi Padre”;  y “Yo le amaré y me manifestaré a El”.

Jn. 14, 23: “Si alguno me ama, mi Padre lo amará, vendremos a Él y haremos morada en Él”.

Jn 14,26: “El Espíritu Santo os lo enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho”.

Todo esto y tanto más, es lo que le llevaba a San Pablo a “doblar las rodillas ante el Padre…para que nos concediera, según la riqueza de su gloria… que Jesucristo habite por la fe en nuestros corazones”  (Ef  3,14-19).

Que lo sintamos también presente entre nosotros. Aún más: que lo sintamos presente en NOSOTROS, por la acción del Espíritu Santo que esperamos y para recibir nos preparamos.

Escucha nuestras plegarias y ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a Ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros, hasta el fin de los tiempos. Como El mismo nos lo prometió.

Cumplir fielmente la voluntad de Dios:

Sí, derrama el Espíritu Santo con su fuerza, para cumplir fielmente tu Voluntad y dar testimonio con nuestras obras. El descenso del Espíritu Santo, es una de las características de la Iglesia primitiva. No solamente el día de Pentecostés, sino en mil ocasiones, registradas en el libro de los Hechos. La venida visible del Espíritu Santo era todo un acontecimiento que causaba maravillas. Su fuerza era palpable, perceptible.

La Iglesia, hoy, pide para nosotros esa fuerza admirable del Espíritu Santo, ¿para qué? Para cumplir fielmente la voluntad de Dios.

Cumplir la voluntad de Dios Padre, es lo que Jesucristo hizo, en todo momento. Nos lo manifestó, como lo verdaderamente trascendente. No solo cumplir, sino cumplir fielmente.  Como Jesucristo, como la Virgen. Los grandes puntos de referencia que nos orientan… No es fácil, ni cómodo. A veces resulta heroico.

Hoy no tiene buena prensa hacer la voluntad de Dios. Así nos va …

Dar testimonio con las obras:

Lo dijo el Señor (Mt 5,16): “Brille vuestra luz de tal manera que las gentes al contemplar vuestras obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos…”. Lo cumplieron puntual y fielmente los  apóstoles en su evangelización y en la creación de aquella Iglesia que era una continua gloria de Señor.

Era la fuerza del Espíritu Santo (Hechos 6,8-10): “No podían resistir a la Sabiduría y al Espíritu con que hablaban…”

El Espíritu Santo que viene:

El Padre nos lo va a dar porque Jesucristo nos ha dicho que ese es el DON  que nos va a dar: “Aguardar la promesa del Padre” (Hechos 1,4). “El Padre enviará, en mi nombre, el Espíritu Santo, el Paráclito”  (Jn  14, 26). Por eso hoy, insistimos al Padre ¡¡que nos lo envíe!!

La gráfica expresión de Jesucristo (Jn 14,16-18): “El Espíritu de la Verdad, mora en vosotros y EN VOSOTROS ESTÁ”.

Hay muchos modos de estar o de vivir en una casa, en una familia: el Espíritu Santo ha optado por estar como  amigo, como amigo del alma.

La Iglesia congregada por el Espíritu Santo:

Acontecimiento  que se repitió en toda la Iglesia a medida que se iba extendiendo por toda la tierra, como se ve en los Hechos.

La acción del Espíritu Santo en los Sacramentos.

La diversidad de carismas al servicio de la unidad del Cuerpo Místico.

La doctrina del Concilio Vaticano II, en la L. G.  explica esa labor admirable de unificación y congregación de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia, dedicada plenamente al servicio de Dios  y unida en el Amor, conforme al gran mandamiento del AMOR.  La vida en el amor, planteada por Jesucristo en el comienzo mismo de su predicación evangélica: Amar a Dios. Amar al hombre   (Mt 22, 34-40). Es la voluntad de Dios Padre, que quiere que le amemos, nos amemos, para que la gente comprenda que El ha enviado al mundo a su Hijo, como Salvador, Redentor, Libertador, Ángel del Buen Consejo, proclamador del Espíritu de las Bienaventuranzas, portador de la fidelidad del Evangelio.

Y  es el Espíritu Santo, el que derrama la caridad de Dios en nuestros corazones y  su fuerza nos penetra. Fue Jesucristo quien habló con tanto énfasis de la “fuerza del Espíritu Santo” que iban a recibir, como consecuencia de la promesa que les había hecho y de su intercesión cuando volviera al seno del Padre.

Sí, Jesucristo podía hablar de aquella fuerza misteriosa que, en tantas ocasiones, había tratado de El: la fuerza que le llevó al desierto (Lc 4,1-13). La misma que le devolvió a Nazaret (Lc 4,14-15). La que prometió a los apóstoles en su despedida (Lc 24,49)…

Nuestro pensar te sea grato:

San Pablo preguntaba: “¿Quién conoció la mente del Señor?”. Y contestaba inmediatamente: nosotros poseemos la mentalidad de Jesucristo  (1 Cor 2,16). De esa manera llegamos a la vida de identificación con El, VIVIENDO DE SU VIDA, poseyendo la JUSTICIA DE DIOS, en el sentido bíblico más puro.

Con concordancia de voluntades en el obrar: nuestra voluntad y la de Jesucristo. Es preciso que la voluntad de Jesucristo y la nuestra concuerden.

La gran exhortación de San Pablo en Fil, 2,5:  “Tened los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo”. ¡Los mismos!. El no tuvo otro santo y seña que lo que el Padre quiso. Así, nosotros, enseñados por el Espíritu Santo, haremos realidad la gran petición del Padre nuestro: “¡Hágase TU VOLUNTAD, en la tierra como en el cielo!”.

Orando así, oramos en el Espíritu Santo.

Oramos como conviene.

 

La Ascensión del Señor

Por: D. Cornelio Urtasun

 “Os conviene que me vaya”, les ha dicho el Señor a los suyos y un rayo de tristeza cruza rápido por la mente y el corazón de los Apóstoles.

Siempre que ha hecho alusión el Maestro a su separación, ha encontrado en los suyos incomprensión. Es que a pesar de sus pequeñeces, ¡estaban tan bien con su Maestro! Tenía tantos encantos para ellos su persona sencilla y sublime, con su mirada dulce y penetrante, aquel Maestro bueno, el único bueno, pues era Dios y sólo Dios es bueno.

Pero su presencia corporal era un obstáculo para que fuesen revestidos de la virtud de lo alto. Y las palabras son taxativas: “Os conviene que yo me vaya”. Pero añade: “… No se turbe vuestro corazón; yo rogaré por vosotros a mi Padre y El os enviará otro Abogado, el Espíritu Santo. Os conviene que yo me vaya, pues si no, no vendrá el Consolador”.

Ha llegado la hora de la separación. La fe de los suyos ha quedado robustecida en las diversas apariciones del Señor.

La despedida es sencilla. Comiendo con ellos les ha dado sus últimos consejos…, en un marco de  franca intimidad, como todas las del Señor: los bendijo y se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube le encubrió a sus ojos.

El último recuerdo de Jesús en la noche misteriosa de la Pasión fue su Eucaristía. ¡Dios es amor! Y ahora deja a los suyos, su recomendación: la promesa del Espíritu Santo, para que se preparen a  recibirlo.

Jesucristo ha triunfado y va a recibir la gloria y exaltación debidas a sus trabajos. Él es la Cabeza, nosotros los miembros; donde está El, allí tenemos que estar nosotros.

“Jesucristo resucitado de entre los  muertos, ya no muere…  sino que siempre vive para interceder por nosotros…”.  Tenemos un Abogado ante el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo…  Nuestros derechos están puestos a salvo.

Esta es una historia y una perenne realidad. Jesucristo va a su Padre, que también es nuestro Padre, sube hoy a los cielos. ¡Sursum corda! ¡Arriba nuestros corazones!  El es el Primogénito entre muchos hermanos…   Y le pedimos:

Envíanos el Espíritu Santo en la medida y forma que Tú dispongas

¡Ven, Espíritu de Amor!

 

 

¿A qué o a quién podemos temer?

La Ascensión del Señor, Ciclo A

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Pamplona

La  Ascensión del Señor es una hermosa fiesta en la que celebramos el triunfo de Jesús que vive junto al Padre y que permanece con nosotros. Esta fiesta va unida a la Resurrección, es el gran misterio de nuestra Fe.

Ya sabemos que las expresiones “subir al cielo” y “sentarse a la derecha del Padre” no hay que entenderlas literalmente, son metafóricas y afirman que Jesús VIVE junto al Padre.  Jesús vuelve a su lugar, al lugar de Dios, su lugar. Es una verdadera profesión de fe, JESUS ES EL SEÑOR, pero está también entre nosotros, en su Iglesia, PERMANECE CON NOSOTROS.

Las lecturas de este día nos hablan  además del envío de Jesús a los discípulos, para anunciar el mensaje que Jesús nos deja. Esta Misión la realizan los discípulos a partir de la venida del Espíritu Santo, que les da la fuerza para salir al mundo, para anunciar el Reino de Dios iniciado por Jesús. ¿Qué significa esto para los creyentes hoy?

      Nos confirma en la Fe. Esa fe que recibimos en el bautismo y que la vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida. Una fe que la nutrimos con la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos.

      Nos confirma en la Esperanza, en la confianza de que Él está con nosotros, “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” sabemos que las dificultades para vivir la fe son grandes, la increencia,  la supremacía del tener al ser, el ansia de poder, el ser más que los demás, etc, etc.

      Nos envía a la Misión, una misión de amor: “¿Galileos, qué  hacéis ahí mirando al Cielo?”  nos dice Lucas en los Hechos, y en el Evangelio:  “Id por todo el mundo predicando el Evangelio, haced discípulos míos…”. Nuestro lugar es el mundo, la tierra, con el mandato de Jesús de anunciarlo a todos los hombres y mujeres de hoy. ¿Cómo?. A su estilo: “He sido enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista….” (Lc.) Mensaje claro y conciso para que nosotros podamos realizarlo

El Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangeli  Gaudiun” nos presenta los desafíos que el mundo actual plantea a la Evangelización:

  • No a una economía de la exclusión en la que los más débiles quedan al margen de la sociedad.
  • No a la nueva idolatría del dinero. Las ganancias de una minoría aumentan de forma escandalosa, mientras las de la mayoría disminuyen.
  • No a un dinero que gobierna en lugar de servir.
  • No a la inequidad que genera violencia con consecuencias tan desastrosas de extermino y muerte.

Este es el campo al que Jesús nos envía a trabajar, a ser sus testigos, en el que debemos anunciarlo con nuestra vida de cada día sobre todo, pero también de palabra. Una invitación hermosa y que nos hace vivir en plenitud el seguimiento de Jesús con la confianza cierta de que El permanece, está con nosotros. No debemos desanimarnos ante las dificultades, sino que debemos estar y “caminar seguros hacia la esperanza a la que nos llama, cual es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros los que creemos…”

Una celebración gozosa y esperanzadora, sabiendo que la tarea es nuestra, que contamos con su presencia y con el Espíritu que se nos ha sido dado. ¿A qué o a quién podemos temer?

La terca fidelidad de Dios

Domingo 6º de Pascua, Ciclo A.

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ciudad Real

Según el mundo griego, la verdad es “revelar lo que está oculto” (a-letheia). En hebreo, sin embargo, la palabra correspondiente a “verdad” es emet, término que designa la fidelidad y la confianza en alguien. Para los griegos la verdad es algo que se posee; en el mundo de la Biblia es Alguien, en quien puede una dejarse ser en una relación de amor, que se experimenta a través del tiempo. Para los griegos, lo contrario a la verdad es el error o falsedad, y para la Biblia es la ruptura de un vínculo de confianza y fidelidad.

Jesucristo es la verdad, en él se mostró, de forma increíble y de una vez para siempre, la fidelidad de Dios a los seres humanos; fidelidad que se extiende a cualquier momento histórico, a cualquier persona, a mí misma aquí y ahora, a través del “Espíritu de la verdad”. Es conmovedor contemplar a Jesús pidiendo al Padre, para que esté siempre con nosotras y nosotros, el Espíritu de la verdad. Este Espíritu nos ayuda a vislumbrar el Misterio que nos habita y en los tiempos que corren nos lleva a una extraña y para muchos ingenua vida: la de quien confía, la de quien sabe que hay un fundamento más sólido que ella misma, la de quien se siente realmente sostenida en las manos del Padre sin ninguna clase de traición.

El Espíritu de la verdad impulsa nuestra fidelidad, no tanto a lo que nosotros hemos prometido, sino a la persona de Jesús, a sus promesas. Ser fieles no será, en este caso, mantener unas promesas públicas, sino más bien, mantener vivo el anhelo, la búsqueda y la confianza. No una fidelidad a las ideas, a las normas, a la reglamentación. Una fidelidad a Dios mismo, a sus susurros, a su Palabra, a sus exigencias, a sus planteamientos nuevos, a sus caminos no hollados. Una fidelidad a la novedad, a lo por venir, al sueño de Jesús, el Reino, que es nuestra mejor promesa.

Buen conocedor del espíritu humano, Jesús pide el Espíritu de la verdad al Padre para que esté siempre con nosotros, sabe que estamos constantemente acechados por la infidelidad, la rutina. Los cansancios nos agobian. Y a los días de gozo y de euforia en la relación con Dios suceden los días grises del tiempo ordinario en los que caminar sólo se consigue a costa de un duro esfuerzo. De ahí las múltiples fugas que inventamos para intentar poner novedad en la vida. No es fácil superar el cansancio cuando afecta a la experiencia misma de Dios. Porque es justamente lo que nos servía de punto de apoyo lo que ahora se hunde bajo nuestros pies. El cimiento sobre el que se levantaba nuestro edifico se socava.

Pero el cansancio no se elimina con fugas, con costumbres indiscernidas. Se sanea mirándolo de frente, con un sano realismo, y mirando al Dios fiel. De ahí la llamada de hoy a saborear la terca fidelidad de Dios. Un Dios que como confía se arriesga, como ama apuesta, como se fía se entrega. Sustentamos nuestros desfallecimientos en la inquebrantable fidelidad de Dios manifestada en Jesucristo.  Por eso, cuando celebramos el aniversario de nuestro compromiso con el Señor, el sentimiento predominante no suele ser la satisfacción por el deber cumplido, ni siquiera por haber mantenido la palabra, sino la alabanza y la acción de gracias a Dios y a su fidelidad, que ha hecho maravillas en nuestra vida.

El Espíritu de la verdad, nuestra compañera de camino, esa “dulce huésped del alma”, renueva nuestra vida entera, si confiamos. Sin violencia, pero machaconamente, el Espíritu que habita en el centro de la existencia personal crea un corazón puro, un nuevo espíritu, un corazón de carne y compasión, en lugar del corazón de piedra. Suya es la determinación de quien se mueve entre los atenazados por el dolor con la caricia del cuidado; suya es la gracia de la conversión que nos aparta de las sendas que conducen a la muerte; suya es la luz de la conciencia; suyo el poder de sacudir nuestras certezas arraigadas y nos introduce en el riesgo de la novedad; suya la fuerza de fomentar la intranquilidad entre los indebidamente tranquilos; suyo es el gesto, increíblemente tierno, de quien seca  las lágrimas de los ojos…

Sororidad nº 35. Mayo 2014

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Yo soy el camino…

Domingo 5º de Pascua, Ciclo A

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Estamos viviendo  el Tiempo de Pascua. Jesús Resucitado es el centro de las celebraciones litúrgicas. Lo contemplamos glorioso, superadas las pruebas de su pasión y muerte:  “Porque esperó, Dios lo libró y de la muerte lo sacó…”, cantamos. “ Hasta en la situación extrema de la cruz, Jesús confió en su Padre”.

Hijo de una familia sencilla, trabajador manual y judío cumplidor de la Ley, viviendo “como uno de tantos” entre las gentes de Nazaret, fue tomando conciencia de que el Dios de su Pueblo era un Padre.

Según las Escrituras Dios mismo se había ido manifestando así: un Dios que acompañaba siempre al Pueblo y lo protegía, un Dios siempre dispuesto a renovar las alianzas que el Pueblo rompía, un Dios enamorado de la obra salida de sus manos, que la tomaba en sus brazos y la acariciaba como una madre hace con la criatura salida de sus entrañas… Ese Dios era un Padre-Madre, que amaba personalmente a todos sus hijos e hijas, que su amor abarcaba a toda la familia humana.  Así fue percibiendo Jesús a su Dios… Y cuando hablaba con él le llamaba “Abba”, papaíto. No era un Dios  legalista, vengativo,  excluyente… que favorecía “a los buenos” y castigaba “a los malos”.

Jesús, desde su experiencia de hijo, descubrió la misión que el Padre-Madre le encomendaba: compartir su experiencia, anunciar la Buena Noticia de la paternidad de Dios, de su amor misericordioso, de la fraternidad universal… y proclamar como bienaventurados  y preferidos a los últimos, los que menos contaban, los marginados por las leyes religiosas y civiles, los privados de derechos y libertades.  La Buena Noticia era una nueva manera de vivir, era el Proyecto del Padre para todos sus hijos, era… ¡el Reino de Dios!

Para realizar su tarea Jesús eligió a unos colaboradores. Juntos recorrieron pueblos y ciudades. Con ellos compartía los objetivos y las bases de su “Programa”, su manera de vivir, sus preocupaciones y deseos más íntimos… Les dijo: “Vosotros sois mis amigos”.

Llegó el tiempo de la Pascua judía y Jesús la quiso celebrar con los suyos. Veía ya cercana su muerte y fue una cena de despedidas:  “Me voy pero volveré… os prepararé un lugar y os llevaré conmigo… Vosotros ya sabéis el camino… Conoceréis al Padre…”  Sus amigos no llegaban a entender aquellas palabras: “Si no sabemos a dónde vas , ¿cómo vamos a saber el camino?”  Y la respuesta fue bien clara,  para ellos, para nosotros, para todos y para todos los tiempos: “Yo soy el Camino”

Jesús, condenado a muerte por las autoridades de su tiempo y resucitado para siempre por el Padre, es la Piedra básica en la construcción de una Humanidad nueva. Conocer a Jesús, vivir según el Evangelio, es bueno para todos, no sólo para los cristianos.

“Yo soy el Camino. Nadie va al Padre sino por mí… Quien me ha visto a mí ha visto al Padre…”   Jesús nos manifiesta quién es Dios y cómo es Dios.

“Yo soy la Verdad.  Yo no hablo por cuenta propia… el Padre permanece en mí y él mismo hace sus obras…”.   Es el Dios verdadero encarnado en la persona de Jesús.

“Yo soy la Vida”. “El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él. Así también, el que me coma vivirá por mí” (Juan, 6, 57)  Jesús participa de la esencia y de la vida de Dios, que es Amor, y nos invita a participar de esa misma Vida.

Hemos visto que Jesús escogió unos colaboradores. Les fue instruyendo y les hizo partícipes de su misión. Fueron sus amigos, sus discípulos, sus testigos, sus apóstoles. Y los envió al mundo para anunciar la Buena Noticia, el Evangelio… “Haced discípulos en todos los pueblos… enseñándoles a poner por obra todo lo que os he enseñado… Yo estaré con vosotros hasta el final del mundo”. (Mateo, 28,19-20)

La Buena Noticia llegó hasta nosotros, que también somos enviados a transmitirla a nuestro mundo,  anunciándola de palabra y, sobre todo, con nuestra vida. Enviadas/os a testimoniar un estilo de vida diferente al que nos ofrecen los mercados, los medios de comunicación, los concursos y modelos de belleza, del triunfo competitivo, de la ganancia fácil, del poder… Es el estilo que vivió y anunció Jesús: el de la preocupación por el otro –porque es mi hermano-, el que busca lo incluyente –somos un única familia humana-,  el respeto y la defensa de los derechos humanos porque toda persona –por el hecho de serlo y porque es lo más importante de todo lo que se relaciona con nuestro propio ser-, tiene derecho a ser respetada y defendida.

Reino de Dios = Buena Noticia para todos.  Somos responsables de hacerla posible, de hacerla VIDA en nuestras vidas.  Ya lo sabemos:  Jesús es el Camino y es la Luz que alumbra nuestro caminar. Él prometió estar con nosotros/as hasta el final de los días, porque sigue vivo, resucitado. ¡Aleluya!

Por la Europa social, la justicia y la dignidad de las personas

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Manifiesto Elecciones Europeas 2014

CARITAS, CONFER, HOAC, JUSTICIA Y PAZ y AEFJ (África-Europa Fe-Justicia). ANIMAN A LA MASIVA PARTICIPACIÓN EN LAS ELECCIONES EUROPEAS

El próximo 25 de mayo los españoles estamos convocados a elegir 54 de los 751 diputados que compondrán el nuevo Parlamento Europeo y que representarán a unos 490 millones de ciudadanos europeos (28 países miembros). En estas elecciones, el nuevo Parlamento estrena mayores competencias: elige al Presidente de la Comisión, tiene que aprobar al conjunto de los miembros que propone el Consejo Europeo para formar la Comisión y puede destituir a la Comisión mediante una moción de censura.

El gran reto al que se enfrentan los ciudadanos europeos es, por un lado, la desinformación acerca de las instituciones, funcionamiento y repercusiones de lo que se realiza, día tras día, en la Unión Europea, unido al casi total desinterés por lo que en la UE se debate.

Desde nuestra común identidad cristiana y a la luz del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, animamos a todos los votantes a tomar conciencia de la importancia de este momento, donde con nuestro voto podemos construir una Europa más justa y solidaria con las personas y los países más débiles y vulnerables.

La Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) anima, con motivo de la convocatoria de las elecciones al Parlamento europeo, a configurar Europa como una comunidad de solidaridad y responsabilidad, basada en un modelo de economía social de mercado en el que no solo prime la economía y donde tengan la debida importancia la moral, la política y la voluntad decidida de preservar los derechos fundamentales de todas las personas.

Nuestras organizaciones consideran necesario apostar decididamente por una Europa comprometida con una justicia económica y social universal, dispuesta a:

  1. Establecer un marco de protección de los derechos económicos y sociales, e impulsar políticas de lucha contra el desempleo -especialmente el juvenil y el de larga duración- orientado a la creación de puestos de trabajo dignos para todos.

  2. Promover la reducción de la pobreza y la exclusión social a través de instrumentos como el salario mínimo interprofesional y una renta básica familiar.

  3. Reforzar la cooperación a favor del desarrollo económico, los derechos humanos y la democracia tanto en los países más pobres como en los de nuestro entorno.

  4. Adoptar políticas que mejoren la regulación de los mercados financieros, a fin de frenar la especulación y la evasión fiscal, favorecer su transparencia y su adecuación a la economía real y productiva, promoviendo la desaparición de los paraísos fiscales y el secreto bancario, y aplicando impuestos a las operaciones financieras internacionales.

  5. Impulsar normativas y políticas que aseguren mayor respeto del medio ambiente, la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático.

  6. Promover una reforma del sistema económico-financiero global, a fin de ponerlo verdaderamente al servicio del bien común universal, favoreciendo la creación de una autoridad política democrática universal que lo haga posible

Así mismo, consideramos que Europa no puede renunciar a un mayor compromiso con los derechos humanos, base del respeto de la dignidad de la persona. Entre otros retos, es urgente garantizar los derechos humanos de los migrantes y reforzar la lucha contra la trata de personas, evitando la mortalidad en el mar y las fronteras, estableciendo vías efectivas y realistas para la inmigración laboral efectivas y realistas para la inmigración laboral y el asilo en Europa, impulsando la integración social y luchando contra el racismo y la xenofobia.

Es necesario, además, que todos los países europeos trabajen por una paz universal promoviendo el desarme y el control del comercio de armas.

Los problemas y retos a los que se enfrenta Europa son muchos y muy complejos.

La construcción de Europa como un gran espacio de integración política y económica, de justicia social, de promoción del desarrollo humano integral y de la paz, con vocación dereferencia mundial, es una meta irrenunciable a la que todos debemos contribuir ejerciendo nuestro derecho a votar.

Por ello, como creyentes y como hombres y mujeres de buena voluntad, no podemospermanecer indiferentes ante estas elecciones, tras la excusa de lo complicado de las instituciones, del desencanto generalizado o del sentimiento negativo de que “nada vale la pena”.

Invitamos a toda la ciudadanía a participar, a través de las urnas, en la construcción de otra Europa más acogedora y más justa, y a asumir un compromiso activo en la defensa de los derechos de los últimos y no atendidos por parte de las estructuras legislativas y ejecutivas de la UE.

Creo en la vida

Por: José Arregui

¿Y qué otra cosa es la fe pascual sino eso: creer en la Vida?

Cuando digo creer, no digo profesar creencias. Digo vivir: digo confiar en sí mismo y en el otro a pesar de todo, digo rebelarse contra todos los poderes que asfixian, digo ponerse del lado del herido, digo ser humilde levadura que transforma y levanta la historia, digo respirar en paz cada noche y seguir caminando cada día a pesar del fracaso, de la cruz o de la muerte. Creer en la Pascua es una forma de vivir.

“Pascua” (pesah, “paso”) llamaron los judíos a la liberación de la esclavitud bajo el faraón, a la travesía del desierto hacia la plena libertad, a la esperanza de la Tierra que mana leche y miel para todos. Pero miles de años antes que fiesta religiosa judía, la Pascua fue, sin ese nombre, la fiesta de la primavera de pastores y agricultores: fiesta de los corderos y de los campos de trigo. Fiesta de la vida y del pan.

Creo que Jesús de Nazaret –aunque no fue el único, ni era perfecto– vivió y anunció la gracia y la libertad, fue profeta de la Vida. Y por eso le condenaron los poderes establecidos: por haberse hecho solidario de todos los condenados. Le mataron, pero su vida no murió. Pues en nuestra vida fluye la plenitud de la Vida, y nuestra vida fluye hacia su plenitud, en paso o pascua permanente.

Creo que Jesús resucitó, pues la vida buena, la bondad que habita en el corazón de todo viviente es inmortal, como la belleza, en el Corazón que palpita en todo. La vida revive, cuanto es se transforma: la mariposa en huevo, el huevo en oruga, la oruga en crisálida, la crisálida en mariposa, la mariposa en huevo, en vuelo, en tierra, y la tierra en flor, la flor en abeja, la abeja en cera, la cera en llama, la llama en luz, la luz en sombra, la sombra en luz, aire, aliento, energía o espíritu… que aletea sobre las aguas de la vida, que vibra en el corazón de todos los seres, formas del Ser, del Aliento, del Alma, de la Comunión o del Todo inmortal. Pero ¿qué pasa cuando “morimos”, cuando se desintegra el soporte “material” que sostiene nuestra conciencia, emociones y memoria? No sé qué decir, pero creo que no es el fin de nuestra vida, sino su pascua o paso a la Plenitud que somos, a la anchura de la Vida, del Corazón o de la Memoria Infinita que también llamamos “Dios”.

Creo que Jesús resucitó no “después” de su muerte, sino en toda su vida, incluida su muerte. La vida buena de Jesús resucitaba en la plenitud eterna de “Dios” cuando curaba enfermos devolviéndoles la confianza vital, cuando compartía la mesa con los excluidos por la religión, cuando proclamaba dichosos a los pobres campesinos y pescadores de Galilea –dichosos porque iban a dejar de ser miserables–, cuando contaba parábolas que llamaban a la misericordia y provocaban sorpresa, cuando subvertía las jerarquías y consagraba la fraternidad. Jesús resucitó en su vida, y cuando por su vida le condenaron a morir en la cruz, entonces acabó de resucitar.

Creo que sus discípulos –sobre todo sus discípulas– volvieron a creer en él y a seguirle por la misma razón por la que habían creído en él y le habían seguido en vida: porque vieron en él al profeta de la vida liberada. Se les fueron abriendo los ojos de nuevo y al profeta de la vida le confesaron mártir viviente. Creo que para creer en el Viviente no hacen falta sepulcros vacíos, ni ángeles ni apariciones milagrosas pues todo está animado por el Ángel de la Vida, todo es milagro, todos los sepulcros están vacíos de ausencia, llenos de presencia buena, de la Gracia de ser que Jesús vivió. Solo es necesario que se abran el corazón y los ojos para palpar la Vida en todas las manos y pies heridos, en todo lo que es y palpita: el caminante anónimo, el inmigrante expulsado, la mujer maltratada, el anciano o el niño desgraciado, el parado de larga duración. Y en la humilde piedra del camino, o en el petirrojo que sigue cantando junto al Narrondo después de anochecer, y vuelve a cantar antes del amanecer.

Creo que la Presencia de la Compasión nos sale al paso en cada paso, nos llama por nuestro nombre y nos dice al corazón: “Amiga, amigo, no temas. Confía y vive”.

Feliz la que ha creído

Por: D. Cornelio Urtasun

Es la última de las características descriptivas de la espiritualidad de Vita et Pax. Es el broche de oro con que se cierra la descripción del Carisma original del Instituto, que si se presenta como una ‘familia reunida por virtud y a imagen de la Santa Trinidad’, también aparece como una familia cuyo Padre es Dios, cuya Madre es la Virgen María.

Con su presencia y participación en la realización de las grandes etapas de la Historia de la Salvación, María, Madre de Jesús, es modelo de aquellos que en la Iglesia, engendran a Cristo en los hombres. La mediación de María ante Jesús ahora es como en la hora de Caná.

Feliz la que ha creído

San Juan (1,5,4) dice: “ésta es la raíz de nuestra victoria, nuestra fe”. Pocas cosas hay tan conmovedoras en la vida y ministerio de la Virgen, como su fe. Si los seguidores de Jesús, en la Iglesia primitiva se llamaban los “creyentes”, denominación a medida de la Virgen: fue la “creyente” por antonomasia. San Pablo (Rm 1,5) explica que es “la obediencia de la fe”.

Mirando el itinerario de María se constata que lo que su parienta le dijo: (Lc 1,45) “feliz tú porque has creído lo que se te ha dicho de parte del Altísimo”, es la constatación de aquella fulminante obediencia de la fe, con que María respondió al llamamiento del Señor.

Fe de María “ampliada”

Cree en la misión del ángel, en cuya “trastienda”, ve la mano de Dios.
Cree en su elección concreta para ser: virgen, madre, madre del Altísimo, a quien el Señor Dios le dará el trono de David, su padre (Lc 1,31-34).
Cree que el Espíritu Santo hará posible lo imposible. (Lc 1,34-37).
Cree que su esposo, por el camino que sea … creerá.
Cree que su parienta Isabel, va a ser madre, a pesar de todos los pesares y
cree con una fe heroica, caritativa, solidaria, contagiosa.
Cree en la trastienda del Decreto del empadronamiento.
Tiene la experiencia de fe en los Magos.
Tiene el regusto amargo de una fe, empapada en la sangre de los inocentes.
Le toca comer el pan del exilio, amasado con la fe en la fuerza salvadora, prometida a nuestro padre Abraham.
Toda la vida de la “Señora” será un vivir en estado de fe, de esperanza, de amor.

Disponibilidad de María

Cuando el ángel termina de anunciar y explicar el mensaje que trae, de parte del Altísimo, María responde: “he aquí la esclava del Señor; hágase en mí, según su Palabra”.

Hoy estas palabras no suenan bien. A nosotros, nos interesa el mensaje que contiene y que no es otro que el de la disponibilidad total que expresan: disponibilidad que fue el santo y seña de toda la existencia de María.

Disponible María en la Encarnación.
Disponible en el viaje a Belén.
Disponible en el nacimiento del Hijo.
Disponible en la huida y el exilio de Egipto.
Disponible en su regreso a Nazaret.
Disponible en el comienzo del ministerio evangelizador.
Disponible, en fin, en el Calvario y más
disponible, aún, en la espera Pentecostal.

 

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