Confesión e incomprensión de Pedro

San Pedro y San Pablo. Ciclo A

Por: Félix Felipe. Sacerdote Secular. Zaragoza

La confesión de Pedro se convierte en prototipo de todos los creyentes. Por eso, puede resultar iluminador contemplar el proceso que recorrió Pedro en la comprensión y seguimiento de Jesús de Nazaret. Estas son las etapas más significativas. 

Pedro expresa su fe en Jesús, pero no acepta la práctica que se deriva de ella: «ser siervo de Yahvé», «el camino de la cruz». Es una profesión incompleta. No hay coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos. El primer paso, que nos exige la fe, es salir de la situación de autosuficiencia y reconocer humildemente nuestra ignorancia del misterio de Cristo.

En el evangelio aparece un Pedro generoso y desprendido, incluso un Pedro dispuesto a morir por Jesús; pero es un Pedro con excesiva confianza y seguridad en sí mismo. Pero se olvida de su debilidad, que él también ha de recibir el don de la fe de Dios. Tan pronto como uno se supervalora a sí mismo y deja de poner su confianza en el Señor, se termina negando a su Señor.

 Crisis del huerto

En el huerto comienza el proceso de crisis y de desconcierto de Pedro. Pedro, el fuerte, el que no tenía miedo; que ha conocido la firmeza de Jesús en las discusiones con los fariseos, no logra soportar a un Jesús débil, y comienza a derrumbarse el mito del Maestro, como el que siempre ganaba. A nosotros, que a veces solemos dar culto al ídolo de la fuerza y el poder, nos deja perplejos al constatar la debilidad, la fragilidad; pero la Biblia es muy humana y nos presenta la debilidad de Moisés, los profetas, el siervo de Yahvé, a Jesús… Pedro contempla ahora a un Jesús deshecho por la tristeza. Y le surge la duda inquietante, ¿cómo puede estar Dios en este hombre, que demuestra tanta fragilidad?

No hay que perder de vista que Pedro había sido educado por el AT a ver a un Dios grande, poderoso y lo transfería a Jesús. Y ahora ve tanta debilidad… La debilidad de Jesús, que Pedro contempla, hace interiormente derrumbarse, porque es contraria a la idea de Dios y del Reino que tenía. Su idea de Dios se desmorona; ya no es potente, ni bueno, ni justo, no quiere salvar a Jesús. La confusión de Pedro es total, como quedó expresada en sus negaciones.

Pedro no se entiende ni a sí mismo, ni a Dios, ni al proceder de Dios. El dilema de Pedro puede expresarse de esta manera: Pedro quería salvar a Jesús, pero era en realidad Jesús quien quería salvar a Pedro, y este tenía que

llegar a la convicción de que él era el salvado, el perdonado por Jesús. Por tanto, si quiere evangelizar, tiene que tener una comprensión ilimitada de la misericordia salvífica y una capacidad sin límites de comprensión por sus hermanos.

 La experiencia de dejarse amar

 Pedro comprende y reconoce quién es él en realidad y capta el Evangelio como gracia y a Dios como amor ofrecido sin límites, amor gratuito, que no condena, ni reprocha, ni acusa. La mirada, con que mira Jesús a Pedro, después de que este le negase, no fue una mirada acusadora, ni amonestadora, sino de amor y de misericordia. Pedro tiene que hacer la experiencia la más fácil y la más difícil: dejarse amar. Hasta entonces había sido el primero en hacer algo, pero ahora comprende: que ante Dios no puede, sino dejarse amar, dejarse salvar, dejarse perdonar.

 

El almacén y la luna. Envejecer con la V.R.

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Papa Francisco a la Conferencia italiana de Institutos Seculares

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La familia se amplía

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad

El día 8 de junio, fiesta de Pentecostés hacían su Asociación al Instituto Vita et Pax, en Guatemala, Lety y Cinthia. Dos mujeres que intentan dar una respuesta sincera y valiente a la llamada de Dios. Todo el grupo de Guatemala, estaba al completo, para acogerlas.

Vida y Paz Guatemala

Vida y Paz Guatemala

Tanto Lety como Cinthia, después de haber conocido otras experiencias, sienten que su entrega se canaliza a través de un Instituto Secular. Quieren comprometer radicalmente su vida en el seguimiento de Jesús en la cotidianidad de sus vidas, llamadas a vivir la fe y misión desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que viven, es decir, en la profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas, económicas… De esta forma, se sienten llamadas a realizar en sus propias vidas la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc 13,21), aportando una Buena Noticia al mundo, para transformarlo y recrearlo desde los valores del Reino.

Eucaristía

Eucaristía

Larga sobremesa

Larga sobremesa

Y dentro de los Institutos Seculares eligen el Instituto Secular Vida y Paz como lugar donde desarrollar su vocación. Un Instituto Secular femenino nacido en Pamplona en 1950. Fundado por D. Cornelio Urtasun, sacerdote Secular. El carisma, regalo del Espíritu, es vivir de la Vida de Jesucristo, siendo el propio Jesucristo, su Vida y su Paz. El don se convierte en misión, de tal manera, que ser Vida y Paz para los demás se convierte en el objetivo principal de sus vidas.

Tanto Lety como Cinthia han sido convocadas por Jesús a buscar y construir la paz mediante la práctica de la justicia y la defensa de la vida, teniendo como base y cumbre el Amor. Impulsadas por ese Amor, asumen el riesgo de dejarse tocar por el sufrimiento humano y optar por las personas y situaciones donde la vida y la paz estén más amenazadas. De esta manera sienten el gozo y la responsabilidad de construir la fraternidad universal en lo cotidiano de sus vidas. No es tara fácil pero no están solas. Toda la familia de Vita et Pax las acompaña y, como dicen en Guatemala, las “acuerpa”.

Bienvenida

Bienvenida

 

Dime cómo ser pan

DIME COMO CÓMO SER PAN.  (Soledad Arricibita)

Dime cómo ser pan, dime cómo ser pan,

cómo ser alimento que sacia por dentro que trae la paz .

Dime cómo ser pan, dime cómo ser pan,

dime cómo acercarme a quien no tiene aliento

a quien cree que es cuento el reír, el amar

 Dime cómo ser pan, dime cómo dejarme

comer poco a poco entregándolo todo y “llenándome” más.

 Dime cómo ser pan, dime cómo ser pan

cómo ser para otros en todo momento, alimento y maná (bis)

TÚ QUE ERES EL PAN DE LA VIDA

TÚ QUE ERES LA LUZ Y LA PAZ

TÚ QUE EMPAPAS LA TIERRA

CUANDO LLUEVES EL CIELO

DIME CÓMO SER PAN

TÚ QUE HACES DE MÍ TU REFLEJO

TÚ QUE ABRAZAS MI DEBILIDAD

TÚ QUE SACIAS MI HAMBRE

CUANDO VUELVO DE LEJOS

DIME CÓMO SER PAN (bis)

 Dime cómo ser pan que cura la injusticia

dime cómo ser pan que crea libertad

“Necesitamos comer tu pan, porque el camino es difícil de andar”

Festividad de Corpus Christi. Ciclo A

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

El relato evangélico que leemos en esta festividad del Cuerpo de Cristo, lo encontramos en el capítulo 6 del Evangelio de Juan. En él se nos presenta Jesús como el pan vivo  que Él mismo da para que el mundo tenga vida.

Llama fuertemente la atención que en todo ese capítulo se repita 15 veces una palabra tan familiar, tan aparentemente trivial y sencilla: PAN. El pan es una realidad tan vital en nuestra existencia que los seres humanos dependemos de un trozo de pan. Y en el pan que demos o neguemos a quien tiene hambre, nos jugamos al final de cuentas nuestro destino eterno (Mt 25, 35).

El pan es sagrado. Por eso nuestros mayores nos inculcaban el gesto de besarlo antes de comerlo y de recoger el trozo de pan que se caía al suelo. En el siglo IV, San Basilio Magno, predicaba con un lenguaje así de contundente: “Al hambriento le pertenece el pan que se estropea en tu casa. Al descalzo le pertenece el zapato que cría moho debajo de tu cama. Al desnudo le pertenecen los vestidos que se apolillan en tus baúles. Al miserable le pertenece el dinero que se deprecia en tus cofres”.

Ahora bien, el pan no es algo puramente individual. No podemos contentarnos con “comer nuestro pan con alegría”, como nos recomienda el libro bíblico del Eclesiastés (9, 7). Como rezamos en el Padrenuestro, el pan no es “mío”, sino “nuestro”. El pan nos hace hijos e hijas de Dios. Crea sororidad y fraternidad: nos hace hermanos y hermanas.  Y cuando lo comemos a costa de vulnerar los derechos de infinidad de hombres y mujeres, de niñas y niños hambrientos que escarban en los basureros de las periferias nuestros detritos, es imposible que Dios pueda bendecir nuestro pan.

El pan que no compartimos con millares de personas hambrientas en el ancho mundo es  un pan amargo por estar amasado con  el tormento de muchos estómagos vacíos.

Para poder decir de verdad que el pan es nuestro, necesitamos  cambiar nuestra manera de ser y de actuar, porque solo así  es  posible construir otro mundo más tierno  y con más corazón.

Este pan nuestro cotidiano, imprescindible para la vida, fue el que sirvió de base a Jesús  para decir: “El pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva” (Jn 6, 51). Pero la palabra “carne” en la Biblia no tiene el significado material que nosotros le solemos dar. El ser humano no puede comer la carne de Jesús como si fuera un antropófago. La carne de Jesús es Él mismo, Jesús todo, su persona toda, su ser total, su Palabra que nos compromete, su Evangelio que nos desafía y su Proyecto sin par de justicia, de igualdad, de vida y de paz sin fronteras.  Es el viático que nos alimenta y nos da fuerza  para andar el camino, como se lo decimos cuando cantamos nuestra fe: “Necesitamos comer tu pan, porque el camino es difícil de andar”.

Estaremos  muy lejos de entender el significado del Evangelio de hoy si no aprendemos un poco más cada día a profundizar en el Misterio de la Eucaristía. Alimentarnos de Jesús es muchísimo más que practicar distraídamente el rito de comer un trozo de pan consagrado. Lo verdaderamente importante es comerlo juntos. Y, al comerlo en comunidad, llegar a  experimentar el gozo y la felicidad de ver cómo florece entre nosotros la fraternidad, la solidaridad, la comunión con tantos hombres, mujeres y niños que en el mundo pasan hambre, son maltratados y abusados, rechazados por no “ser de los nuestros”. Solo así podremos ser, y Jesús podrá ser en nosotros, pan que da vida al mundo.

 

 

Invocación por la paz

Jardines Vaticanos

Domingo, 8 de junio de 2014

Palabras del Papa Francisco

Señores Presidentes

Los saludo con gran alegría, y deseo ofrecerles, a ustedes y a las distinguidas Delegaciones que les acompañan, la misma bienvenida calurosa que me han deparado en mi reciente peregrinación a Tierra Santa.

Gracias desde el fondo de mi corazón por haber aceptado mi invitación a venir aquí para implorar de Dios, juntos, el don de la paz. Espero que este encuentro sea el comienzo de un camino nuevo en busca de lo que une, para superar lo que divide.

Y gracias a Vuestra Santidad, venerado hermano Bartolomé, por estar aquí conmigo para recibir a estos ilustres huéspedes. Su participación es un gran don, un valioso apoyo, y es testimonio de la senda que, como cristianos, estamos siguiendo hacia la plena unidad.

Su presencia, Señores Presidentes, es un gran signo de fraternidad, que hacen como hijos de Abraham, y expresión concreta de confianza en Dios, Señor de la historia, que hoy nos mira como hermanos uno de otro, y desea conducirnos por sus vías.

Este encuentro nuestro para invocar la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo, está acompañado por la oración de tantas personas, de diferentes culturas, naciones, lenguas y religiones: personas que han rezado por este encuentro y que ahora están unidos a nosotros en la misma invocación. Es un encuentro que responde al deseo ardiente de cuantos anhelan la paz, y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos.

Señores Presidentes, el mundo es un legado que hemos recibido de nuestros antepasados, pero también un préstamo de nuestros hijos: hijos que están cansados y agotados por los conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz, para que triunfen el amor y la amistad.

Muchos, demasiados de estos hijos han caído víctimas inocentes de la guerra y de la violencia, plantas arrancadas en plena floración. Es deber nuestro lograr que su sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz, la fuerza de perseverar en el diálogo a toda costa, la paciencia para tejer día tras día el entramado  cada vez más robusto de una convivencia respetuosa y pacífica, para gloria de Dios y el bien de todos.

Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo.

La historia nos enseña que nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios. No renunciamos a nuestras responsabilidades, pero invocamos a Dios como un acto de suprema responsabilidad, de cara a nuestras conciencias y de frente a nuestros pueblos. Hemos escuchado una llamada, y debemos responder: la llamada a romper la espiral del odio y la violencia; a doblegarla con una sola palabra: «hermano». Pero para decir esta palabra, todos debemos levantar la mirada al cielo, y reconocernos hijos de un mismo Padre.

A él me dirijo yo, en el Espíritu de Jesucristo, pidiendo la intercesión de la Virgen María, hija de Tierra Santa y Madre nuestra.

Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica. Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas… Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz. Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón. Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén.

PROCESO DE PAZ Oración en el Vaticano

El Papa asegura que ‘para lograr la paz se necesita más valor que para hacer la guerra’

 

“Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones y danos la valentía para decir: ‘¡Nunca más la guerra!’.

Entre el trinar de los pájaros y el sonido del agua de las fuertes las palabras de Francisco resonaron este domingo con fuerza en los idílicos jardines vaticanos, donde el Papa celebró un encuentro absolutamente histórico con el presidente israelí, Simon Peres, y con el presidente palestino, Abu Mazen, para rezar juntos por la paz.

En 66 años que dura el conflicto entre palestinos e israelíes ha habidonumerosos intentos de pacificación, pero todas las negociaciones siempre han dejado de lado la religión, uno de los factores fundamentales del problema. Francisco ahora ha decidido explorar ese camino. La prueba es la “invocación por la paz” que celebró en los jardines vaticanos, una iniciativa en la que también participó el patriarca ecuménico Bartolomeo I y que arrancó con esta declaración de intenciones: “Estamos en este lugar, israelíes y palestinos, judíos, cristianos y musulmanes, para ofrecer nuestra oración por la paz, por Tierra Santa y por todos sus habitantes”.

Juntos han plantado un olivo al final de la oración.

Ya antes, y en un buen ejemplo del clima que se pretendía crear con este experimento impulsado por Francisco durante su reciente viaje a Tierra Santa, Simon Peres y Abu Mazen se saludaron con abrazos y besos al encontrarse en Santa Marta, la residencia donde vive el Papa y donde tuvieron un encuentro privado con él.

Pero el Pontífice no es ningún ingenuo. Con la iniciativa de ayer, a lo que aspira es a crear una atmósfera distinta entre las partes en conflicto que pueda allanar el camino hacia la paz. Al fin y al cabo, Peres concluye en breve su mandato como presidente israelí y es evidente que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, tiene una visión bastante distinta de la suya, por lo que las razones para el escepticismo son muchas.

El calor en Roma era sofocante. Pero cuando comenzó la oración conjunta, a las 19.00 horas, la temperatura era agradable. Y más en los jardines vaticanos, entre el frescor de los árboles y el olor a hierba. Un rabino comenzó las oraciones judías por la paz, que fueron seguidas de los rezos católicos y que concluyeron con las plegarias musulmanas, entre el silencio más absoluto y el recogimiento de los presentes. Cada invocación duró aproximadamente unos 20 minutos. El Papa, Peres y Abu Mazen siguieron las oraciones con gesto circunspecto.

‘Tomar el camino del diálogo’

Concluidos los rezos, Francisco tomó la palabra. “Gracias desde el fondo de mi corazón por haber aceptado mi invitación a venir aquí para implorar a Dios, juntos, el don de la paz. Espero que este encuentro sea el comienzo de un camino nuevo en busca de lo que une para superar lo que divide”, empezó diciendo en italiano, para a continuación recordar que el encuentro de ayer respondía al “deseo ardiente” de cuantos anhelan la paz y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres “puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos”.

El de Francisco fue un discurso potente, tan claro como repleto de fuerza, en el que destacó que tan importante es cuidar del legado que se recibe de los antepasados como pensar en el mundo que dejamos a nuestros hijos. “Hijos que están cansados y agotados por los conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz para que triunfen el amor y la amistad”, subrayó.

El Pontífice señaló que son muchas, demasiadas, las víctimas inocentes de la guerra y de la violencia. “Es deber nuestro lograr que su sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz y la fuerza de perseverar en el diálogo”. Y sentenció: “Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra”.

Francisco también explicó el motivo de su invocación a la paz: “La historia nos enseña que nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso, estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios”.

Y a Dios dirigió a partir de ese momento sus súplicas… “Señor, Dios de paz. Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas… Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: ‘¡Nunca más la guerra!'”.

Fue la suya una oración muy emotiva, en la que pidió a Dios que destierre del corazón de todo hombre las palabras división, odio, guerra y las sustituya para siempre por la palabra hermano. “Shalom, paz, salam. Amén”.

A continuación fue Simon Peres el que hablo, en lengua hebrea. “Debemos poner fin a estas lágrimas, a la violencia, al conflicto. Todos necesitamos la paz. Paz entre iguales”, dijo, revelando su receta particular para lograrla: estar dispuesto a hacer concesiones.“La paz no se consigue fácilmente. Debemos trabajar con todas nuestras fuerzas para conseguirla. Para conseguirla pronto. Incluso si requiere sacrificios o compromisos”.

También Abu Mazen habló de paz, en árabe, e incidió, sobre todo, en la situación palestina. “Oh, señor, en nombre de mi pueblo, del pueblo palestino que está ansioso de paz, de una vida digna y de libertad, te pido, oh señor, que hagas próspero y prometedor nuestro futuro en un Estado libre, soberano e independiente”.

Comentario publicado en el períodico El Mundo

La Santísima Trinidad

Solemnidad de la Santísima Trinidad, Ciclo A

Por: F. Javier Vitoria Cormenzana. Sacerdote Secular. Bilbao.

La fiesta de la Santísima Trinidad hace de tránsito entre el tiempo litúrgico de Pascua y el tiempo ordinario. La Iglesia nos invita a celebrar agradecidos el Misterio trinitario de Dios, después de haber celebrado su fe en Jesús de Nazaret como Salvador, Señor e Hijo de Dios y en el Espíritu como don del Padre y del Resucitado.

Hemos de reconocer la dificultad que frecuentemente sentimos muchos católicos y católicas con esta celebración. Más de una vez he escuchado reparos como el siguiente: «Son ganas de complicar las cosas. Con lo difícil que hoy les resulta a mucha gente creer en Dios, nosotros los cristianos pretendemos que además crean en un Dios que es a la vez uno y tres». Inconscientemente hemos convertido la expresión lingüística griega de la fe en el Misterio de Amor que es Dios en el enunciado de un problema matemático.

No hay otra vía de acceso al Misterio Trinitario, que lo que se nos ha manifestado de él en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Para recorrerla no debiéramos separarnos un ápice ni de la fuente neotestamentaria y ni del seguimiento de Jesús posibilitado por el Espíritu. El encuentro con Jesús Resucitado de la primera comunidad de discípulos y discípulas en el Espíritu Santo, fue para ellos y ellas una experiencia de vida divina sobreabundantemente regalada por el Padre del Reino. En la Escritura cristiana su testimonio da cuenta de una experiencia de salvación inaudita: en Jesús crucificado Dios mismo les había visitado y compartido su condición humana hasta el extremo de la muerte injusta para hacerles partícipes de la condición divina filial; por el Espíritu Santo, la «Huésped del alma», Dios mismo les habitaba a todos y cada unos de ellos haciéndoles capaces de saberse hijos e hijas del Padre y de vivir fraternalmente en su condición de hombres y mujeres nuevos. El resultado final de esta experiencia les lleva a proclamar insuperablemente que «Dios es Amor» (1Jn 4, 8). Dios es en sí mismo como en Jesucristo y en el Espíritu ha irrumpido en la historia y se ha comportado con la humanidad. Así nos lo recuerda hoy la liturgia de la palabra de la fiesta (cf. Jn 3, 16-18; 2Co 13, 11-13; Ex 34, 4b-6.8-9).

La Iglesia de los siglos IV y V tuvo que salvaguardar esta experiencia de salvación insuperable frente al intento de abaratamiento de las herejías. Recurrió a términos propios de la metafísica griega para expresar más adecuadamente para los cristianos y cristianas de aquel tiempo la fe enunciada en el Segundo Testamento. Pero ni quisieron, ni les estaba permitido añadir algo más a la fe recibida de los primeros testigos: Dios es Amor y Comunión.

La Iglesia del s. XXI celebra agradecida hoy su propia experiencia de Dios como Amor y Misericordia inauditas. Y se siente llamada y concernida a ser sacramento de amor y misericordia en este mundo roto por la injusticia e inmisericorde con los que la sufren.

Necesito de Tí (Espíritu Santo)

NECESITO DE TI . (Aut.Fabiola Torrero .CD Cuando habla el corazón)

Espíritu Santo irradia en nosotros la luz de lo alto

padre de los pobres luz de corazones y dador de dones.

Consuelo completo dulce huésped nuestro dulce refrigerio

descanso en la brega brisa en la solana consuelo en el llanto

Luz gratificante llena lo más hondo de los corazones

Cuando tu no alientas nada hay en nosotros nada que esté sano.

ESPÍRITU VEN A MÍ NECESITO DE TI,

ESPÍRITU NECESITO DE TI. 

Límpianos  lo turbio riega lo que es árido y sana lo enfermo

suaviza lo rígido calienta lo frígido y orienta el desvío.

da a todos tus fieles que en ti confiamos tu caudal de dones

haz que merezcamos la patria esperada y el gozo perpetuo.

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