Más allá

MAS ALLÁ . Gloria Estefan

Cuando das sin esperar
cuando quieres de verdad
cuando brindas perdón
en lugar de rencor
hay paz en tu corazón.

Cundo sientes compasión
del amigo y su dolor
cuando miras la estrella
que oculta la niebla
hay paz en tu corazón.

Más allá del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.
Ilusión, Navidad
pon tus sueños a volar
siembra paz
brinda amor
que el mundo entero pide más.

Cuando brota una oración
cuando aceptas el error
cuando encuentras lugar
para la libertad
hay una sonrisa más.

Cuando llega la razón
y se va la incomprensión
cuando quieres luchar
por un ideal
hay una sonrisa más.

Hay un rayo de sol
a través del cristal,
hay un mundo mejor
cuando aprendes a amar.

Más allá del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.

Cuando alejas el temor
y prodigas tu amistad
cuando a un mismo cantar
has unido tu voz
hay paz en tu corazón.

Cuando buscas con ardor
y descubres tu verdad
cuando quieres forjar
un mañana mejor
hay paz en tu corazón.

Más allá del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.
Ilusión, Navidad
pon tus sueños a volar
siembra paz
brinda amor
que el mundo entero pide más

Vivir el Adviento

1º Domingo de Adviento.  Ciclo C

Por: Ma. Jesús Antón. Vita et Pax. Madrid

La lectura del libro de Jeremías nos sitúa en el tiempo inmediatamente posterior a la destrucción de Jerusalén. El pueblo está desolado y empieza a tomar conciencia de su situación. Jeremías dirige su palabra profética a su pueblo para decirle que Dios no los ha abandonado, que hará regresar a los cautivos y los perdonará, se construirán de nuevo las ciudades, los campos volverán a granar y los ganados a pastar. Es esos días el Señor hará brotar un rey justo, no como los reyes que los llevaron al destierro, el cual será llamado «Dios es nuestra justicia».

 Las palabras del profeta invitan a mirar al futuro, Jeremías sabe mirar lejos y anuncia la salvación donde aparentemente solamente hay desesperanza.

Me pregunto,  qué tiempos serán mejores, los del Profeta Jeremías del siglo VII a.C. o los nuestros del siglo XXI.  Si los millones de cristianos que hay en el mundo fuésemos creyentes, sin lugar a dudas estos tiempos serían mejores, porque Aquel que anunciaban los profetas, Jesús, el Hijo de Dios, se hizo historia, entró en nuestro mundo discretamente, en la fragilidad de un niño pequeño, en el silencio de la noche,  ¡qué misterio!

A esto nos llama el Adviento: a vivir con intensidad el  misterio.  Adviento no es solo un tiempo,  es una actitud profunda  en el que nos pone en vela, abre los oídos a la escucha y  nos dispone para la acogida. El adviento nos seduce con promesas de un futuro mejor; las lecturas rebosan de esperanza, alegría, justicia y paz en un momento en el que vivimos llenos de sobresaltos, miedos e inquietudes.  A pesar de todo, es tiempo de soñar, soñar que otro mundo es posible. Necesitamos que Dios nazca de nuevo en nuestras conciencias y se abra camino en medio de nuestros miedos y contradicciones.

Adviento nos invita a gritar suplicantes al Señor diciendo: “ven a visitar a tu viña”, ven a nuestro mundo que necesita tu amor.  Apresura tu venida. ¡Ven, Señor, que te esperamos!

Que no nos envuelva la superficialidad que rodean estas fiestas y abrámonos al misterio que encierra tanta ternura, compasión y misericordia que nos trae la Navidad.

 

 

 

Reinar es servir – servir es reinar

Domingo 34º Fiesta de Cristo Rey

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala.

El evangelista Marcos, que nos ha acompañado a lo largo de este año litúrgico -con algunas excepciones- este domingo, vuelve a ceder el paso a Juan para que sea éste quien revele con toda claridad el secreto tan celosamente guardado por él: la realeza de Cristo Jesús

Son muchas las ocasiones en las que a Jesús lo han querido proclamar rey y de ellas siempre él ha escapado silenciosamente, escabulléndose entre la multitud y retirándose a orar.  Para él no había llegado “su hora”. Y la hora llegó cuando justamente era el pueblo -que lo había querido proclamar rey-  quien pedía su condena. Y la pedían ante Pilato, el representante del César.  Entre los dos se inicia el diálogo. Pilato le pregunta qué ha hecho, le pregunta si es rey. Y Jesús contesta serenamente con otra pregunta para luego afirmar abiertamente que sí es Rey.

El procurador se desconcierta, Jesús le aclara: “pero mi reino no es de este mundo”. Para un juez romano que no tenía idea de quién era Jesús pero experto en leyes,  eran incomprensibles sus respuestas. Estaban frente a frente dos conceptos opuestos: el reinar según el mundo, hecho de arrogancia, de poder, de  prepotencia, de egoísmo y el reinar según Dios, hecho de vida y verdad, de  justicia y paz, de servicio, de amor y perdón.

Imposible que se entiendan. Están en planos completamente diferentes.  Jesús -que sabe que tiene la muerte cerca- muestra la serenidad de quien es señor de sí mismo,  de quien tiene la madurez psicológica y espiritual para ser señor de los acontecimientos, es el hombre perfecto, el que el Padre envió y que supo “despojarse de su rango pasando por uno de tantos” y llevando una vida igual a todos subrayada desde el principio por su fidelidad y obediencia a la voluntad del Padre y por su constante actitud de servicio a los demás.

No se cansó de inculcar esta actitud a sus discípulos -lo hemos reflexionado y contemplado a lo largo de los domingos de este año- y nos lo inculca también a quienes somos ahora sus seguidores: “no he venido a ser servido sino a servir”. Servir  tiene que ser la actitud fundamental del discípulo/a;  de las  comunidades eclesiales, de toda la Iglesia.  Pero si “a la luz de esta actitud de Cristo, solo sirviendo se puede verdaderamente reinar, a la vez, el  servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como reinar” (RH 21).  Servir exige dominio de sí, vigilancia de las inclinaciones egoístas y manipuladoras, ejercicio de la escucha, la humildad y el discernimiento para en todo momento buscar el bien de las personas.

Todos/as  cuantos  nos llamamos seguidores/as de Jesús de Nazaret, deberíamos dar dentro de las estructuras del mundo este testimonio para lograr que poco a poco cambien los criterios de  dominio y de poder de los que está llena nuestra sociedad. Es únicamente desde ahí que podremos esperar lo que tanto anhelamos: que  otro mundo es posible.

Que la festividad de Jesucristo Rey y la próxima entrada al Año de la Misericordia convocado por el papa Francisco, sean un estímulo para que progresemos en  el servicio desde las mejores actitudes evangélicas.

 

Retiro de Adviento 2015

¡Atención, estamos de obras!

Preparamos el camino del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax.

Huele a nuevo, empieza el Adviento y con él, el nuevo año litúrgico. El Adviento es el tiempo que nos enseña a esperar lo que está más allá de lo obvio, adiestrándonos a ver lo que hay detrás de lo aparente. El Adviento nos hace buscar a Dios en todos esos lugares que hasta ahora hemos ignorado.

Esperar a Dios es mirar al mañana y confiar en una promesa. Hay quien dice que no hay que fiarse de nadie. No es verdad. En Jesús, Dios nos ha hecho promesas. Nos ha prometido que no nos abandonará; que hemos nacido de un amor verdadero y somos imagen del mismo; que la vida tiene sentido; que el mal no tiene la última palabra; que un mundo diferente y más bondadoso es posible… Y Dios siempre cumple sus promesas.

Hay muchas formas de esperar. Podemos esperar sentadas, aburridas, o podemos anticipar y preparar la venida. Isaías nos despierta con su grito: “Preparad el camino del Señor” (Is 40,3). Por lo tanto, ¡vamos de obras! Y no estamos solas, nos van a ayudar tres especialistas en caminos: Juan Bautista, María y el profeta Isaías. Son personajes del Adviento y tienen vidas de Adviento. Sus vidas nos hablan de honradez, de hondura espiritual y de compromisos profundos. Tres buenos materiales para preparar el camino del Señor.

  1. Juan Bautista: una persona honrada

Juan Bautista:

Juan apuntaba maneras desde el inicio. Nos cuentan que, cuando su madre aún estaba encinta, recibieron la visita de su pariente María y Juan saltó de gozo en el seno de Isabel (Lc 1,39-41). Lucas ha querido preanunciar la que ha de ser su misión. Juan reconocerá la presencia del Mesías que llega trayendo la salvación. Y él será su precursor y mensajero, nada más y nada menos.

Desde jovencito se formó en el desierto para esta misión. Los espíritus recios se forjan siempre en el “desierto”. Algunas gentes de la época, hastiadas por la corrupción que se respiraba en el ambiente, se retiraban a la soledad del desierto de Judá. Allí trataban de reencontrar a Dios y de encontrase a sí mismas. Y allá fue Juan. Mientras se formaba, hacía suyas las palabras de Isaías e invitaba a preparar el camino del Señor (Mc 1,6-8).

Su voz debía de tener acento de sinceridad porque fueron muchos los que acudieron a él (Mc 1,4-5). Entonces, como ahora, andamos a la búsqueda de gente honrada y cabal. En su discurso anticipaba las exigencias de Jesús. No trataba de cambiar el sistema, al menos, a corto plazo, pero trataba de cambiar las conciencias. Seguramente este cambio habría de desembocar en el otro (Mt 3,1-12).

Sin embargo, Juan tenía claro que él no era la meta de la búsqueda. El sólo es el dedo que señalará la presencia cercana de Jesús, el Cristo. Juan sabía que no era Dios, sabía cuál era su papel en la vida y no ambicionó ningún poder ni fama que no le correspondiera. Por eso, está a la expectativa, espera y lo reconocerá cuando llegue.

Y ese día llegó. Parecía uno más entre la multitud. Es como si tratase de pasar inadvertido. Pero Juan lo vio acercarse a las orillas del Jordán (Mt 3,13-15). Lo reconoció entre las gentes del pueblo y lo señaló a gritos para que todos se enteraran de que ya nada sería igual, que Dios se hacía cercanía y compasión: “Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Y Jesús lo reconoció a él y dijo: “no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,2-11).

Como toda persona honrada, Juan no se vendió y fue encarcelado; en la mazmorra, seguía siendo la voz sin mordaza que proclamaba la verdad, exigía justicia y pedía conversión. Y si lo había hecho con todos, no iba a callar ante el mismo Herodes, al que abiertamente recrimina su adulterio. Por lo que, en el marco de una fiesta, Herodes acabará ofreciendo su cabeza (Mc 6,14-29).

No podía terminar de otra forma el que había sido elegido desde el vientre de su madre para preparar los caminos del Mesías. Sus discípulos recogieron su cuerpo para darle sepultura pero no pudieron enterrar su voz (Mt 14,12).

Falta de honradez en nuestro mundo:

Estoy impresionada. He escrito en google la voz “Corrupción” y han salido 43.500.000 resultados en 0’36 segundos, si escribes “corrupción en España” aparecen 16.700.000 resultados. Copio al azar: Caso Blesa, Caso Bárcenas, Caso Gürtel, Caso Bankia, Caso Nóos, Operación Pokémon, Tarjetas Opacas de Caja Madrid…

Sólo en España el fraude fiscal lo ha fijado hacienda en un 23% anual. Esto quiere decir que al fisco español se le escapan unos 80.000 millones de euros anuales, de los cuales la mayor parte corresponde a impuestos que evaden las principales compañías del Ibex.

Por desgracia, la corrupción es más cotidiana de lo que parece. Son tantas las pequeñas encrucijadas de la vida en las que lo moral de las acciones entra en juego… Y, sin embargo, lo pensamos poco e, incluso, nosotras terminamos cayendo: no avisar de que te han devuelto mal el cambio, copiar en un examen, no rendir lo suficiente en el lugar de trabajo o servicio, hacer fotocopias privadas a costa del erario público…

Parece que sólo es cosa de los potentes y prepotentes de este mundo, pero también nosotros y nosotras, participamos por acción o por omisión en la corrupción de nuestra sociedad. Para guardar nuestro tren de vida tomamos determinadas posiciones políticas, sociales, de consumo… y nos ponemos en el lado de quienes viven mejor. Nuestro silencio es también corrupción. Hablar es complicarse, reivindicar nos pone en riesgo y optamos por callarnos, o nos dejamos llevar, vamos donde todo el mundo va. A veces, hemos roto la coraza y hemos salido de ella, pero vistos los pocos resultados nos cansamos. Permanecer en ese estado de “cansancio” es otra forma de corrupción.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Sería interesante empezar este tiempo de Adviento con silencio y con el deseo de querer escuchar. Silencio para escuchar lo esencial. Afinar el oído, discernir para no dar crédito a voces falsas.

  • Podemos nombrar los valores donde se sustenta nuestra vida y seguir buscando valores nuevos, sólidos, no importa la edad. Tener convicciones que nos ayuden a elegir, en el día a día, para decidir qué pasos debemos dar o qué caminos tendríamos que evitar. Revisemos el polvo del camino que se nos ha pegado en los valores que nos sostienen.

  • Con demasiada frecuencia aparece la lógica fácil de “todo depende”. Ser una persona íntegra no significa que una sea absolutamente coherente. Pero sí significa que quiere serlo. Y que en el camino está dispuesta a luchar con el mundo, con la propia debilidad y las incertidumbres para lograrlo. Por eso, pongo nombre a mis “trapicheos” más frecuentes, en la relación conmigo misma, con los otros y otras, con la naturaleza y con Dios.

  1. María: una persona con hondura espiritual

María:

María es una mujer dispuesta a escuchar y a percibir lo que acontecía en su interior (Lc 2,19.51…). Está a la búsqueda de aquello que quiere madurar en ella. Y es en este centro interior donde se encuentra con la esencia de lo que es y se encuentra con el propio Dios.

En Lucas, María aparece como una mujer profundamente creyente, con una fe activa y comprometida, dispuesta a abandonar la vida que siempre había llevado y a confiar en la palabra del ángel. Se fía de Dios, poniéndose a su disposición (Lc 1,26-38). Cosa nada fácil, aunque de tanto escucharlo esto ya casi ni sorprende. El encuentro con Dios hace que se manifieste en toda su grandeza esta sencilla muchacha de Nazareth que se denomina a sí misma “la esclava del Señor”.

María no es una persona aislada es hija de un pueblo. “La esclava del Señor” no se trata de un título humillante con el que ella sola se empequeñece. Al contrario, el pueblo de Israel se entendía a sí mismo como siervo de Dios. Pero la mayoría de los varones habían fracasado. Se habían ido cerrando cada vez más a Dios. María se pone, de forma representativa, al frente de su pueblo y dice: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Entre el temor y el temblor asume la responsabilidad de hablar en nombre de todo Israel y de prestarle a éste un servicio con su “sí”. Con su entrega contribuye a que cambie no solo la situación del pueblo, sino de la humanidad.

La escritora Esther Harding, tras haber investigado el significado de la palabra “virgen”, lo explica así: es la persona que se halla en armonía consigo misma, que hace lo que hace, no porque quiera caer bien o desee ser estimada o busque atraer la atención o el amor de otra persona, sino porque lo que hace es verdadero, porque es acorde con su ser más íntimo. De esta manera, María es una mujer libre, libre en su interior que la impulsa a tomar decisiones inéditas, a pesar de que contravenía todas las normas de la época.

El encuentro con el ángel y con el mensaje que éste le comunica de parte de Dios pone a María en movimiento, la hace salir de sí misma. Se encamina a la sierra, a visitar a su pariente Isabel (Lc 1,39-45). Las dos embarazadas se saludan. Y, en cuanto se encuentran, cada una de ellas se hace consciente del misterio de su propia vida y de la vida de la otra.

En el seno de Isabel, el niño salta de alegría. Y María estalla en un canto de alabanza a Dios por la acción que está llevando a cabo en ella y en su pueblo. Reconoce que Dios ha hecho cosas grandes en ella. Luego, María sigue cantando las cosas grandes que hará Dios en su pueblo (Lc 1,46-56).

Así pues, María desde su hondura espiritual es capaz de encontrarse con Dios y ponerse a disposición de su llamada. Llamada que cambiará su vida y su proyecto. Llamada que le dará alas para volar a donde no había ni sospechado (Jn 19,25-27).

Falta de hondura espiritual en nuestro mundo:

En la vida cotidiana somos tentadas para vivir en la superficie, sin cuestionamientos posibles. Muchas de las certezas que han configurado a las personas y la sociedad se han roto en pedazos. Vivir sin interrogarse hace que se vaya adormilando en nosotros la capacidad de buscar sentido profundo a la existencia. No hay grandes proyectos que pongan la vida a tiro de algo más digno.

No queremos ser conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Las anestesias de nuestra sociedad pueden ser variadas: el consumo que nos impulsa a comprar cada vez algo nuevo; la intrascendencia de llenar el tiempo husmeando en las vidas ajenas; el mirarse a una misma en vez de mirar a las gentes que nos rodean…

Nadie prepara caminos, salvo el de Mercadona o el Corte Inglés. En el ambiente frío de nuestra cultura actual, el rastro de Dios se hace más borroso e indefinido. Para protegernos, las personas creyentes nos montamos “espiritualidades tranquilizantes” que nos hagan “sentir bien”; en vez del camino del Señor, nos construimos una burbuja de espiritualidad aislada de la realidad para que ésta no nos incomode. Nos podemos hacer espiritualidades “cinco estrellas”.

Y es más frecuente de lo que quisiéramos el que las personas más “religiosas”, encerradas en lamentos y quejas porque nada es lo que era, caigamos en lo que los santos padres llamaban acedía, descuido, negligencia… una mezcla de indiferencia, desaliento y apatía. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo y el disgusto, esa banda sonora repetitiva de la “queja permanente”…

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es muy importante iniciar en este Adviento un proceso de crecimiento interior, no importa si es el décimo que comenzamos en nuestra vida y le pedimos a alguien que nos acompañe en ese proceso. No podemos renunciar a seguir creciendo.

  • Este Adviento nos abrimos a la contemplación. Cultivar no sólo unos ojos que vean la realidad sino que sean capaces de contemplar en medio de la oscuridad la presencia de la luz. Que la hay.

  • Como diría Jeremías, “desatarnos el sayal del desencanto”. Desencanto con nuestro mundo, con la Iglesia, con las Instituciones, con los grupos a los que pertenecemos, con la familia, con nosotros mismos… Cada día nos despedimos de un desencanto…

  • Vamos a compartir con las personas más cercanas nuestra sencilla experiencia de Dios. Con las palabras que nos salgan, perdiendo el miedo o el pudor. Abrirnos, con naturalidad, a los otros para que lo vivido se ahonde, se enriquezca y ayude, a su vez, a quien nos escucha.

  • Como a María, Dios nos invita a que la fe nos desinstale. Cuando queremos asegurarnos la vida, cuando tendemos a quedarnos en rutinas, lugares y modos que nos dan cierto sabor seguro, Dios nos ofrece la invitación a desinstalarnos. Escucho esta invitación e intento responder.

  1. El profeta Isaías: una persona de compromisos profundos

El profeta Isaías:

Y percibí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?. Dije: Heme aquí, envíame…” (Is 6,8). Prontitud, disponibilidad y vulnerabilidad caracterizan la respuesta directa y llena de confianza de Isaías a la necesidad que tiene Dios de un mensajero.

Isaías existe en un tiempo y en un lugar determinados y él conoce su época. No se deja arrastrar por la vida sin un sentido de identidad o sin un propósito. Por eso, aunque no sepa todo el alcance, es consciente de dónde se está metiendo cuando dice: ‘Envíame’. ¡Que asombrosa valentía en esta respuesta! Entra de lleno al servicio de Dios. Hará cualquier cosa que le pida. Irá dondequiera que Dios lo envíe.

El profeta concibe la vida como una tarea, un trabajo asignado para bien de una comunidad. Esa tarea es, lo que hoy llamaríamos el “bien común”, buscar el bienestar para todos los miembros: instaurar la justicia, ocuparse de los débiles, los desvalidos, dar sustento a los desamparados… Esto quiere decir, además, orientar y reorganizar las instituciones públicas para que esos débiles y desvalidos no sean excluidos de la comunidad (Is 1,16-17).

Isaías, desde sus compromisos profundos, denuncia las cosas que no son de Dios (Is 1,23; 5,8.23). Denuncia el contraste entre una clase opulenta -que inunda el templo con sacrificios y ofrendas, celebra asambleas litúrgicas y multiplica sus plegarias (1,10-15) mientras se permite los mayores lujos (3,18-21), acumula casas y campos (5,8-10), banquetea espléndidamente (5,11-13), posee grandes riquezas (2,7)- y un amplio sector de la población, desatendido (1,17), explotado y robado (3,12-15), que pierde sus posesiones poco a poco (5,8-10), con la complicidad descarada de los jueces (5,23).

El profeta denuncia ese mundo injusto pero también anuncia que un futuro mejor es posible (10,20-11,16). A Israel se le anuncia la salvación para un resto. Comienza hablando de un “renuevo” que brota del tocón de Jesé. De la naturaleza muerta reverdece la vida. Del tocón de Jesé, sepultado hace siglos, brota un vástago. Lo importante no es el simple renacer de la vida, sino el que esa vida está impregnada por el Espíritu de Dios.

Isaías tiene debilidad especial por la paz (Is 2,4). No basta con desear la paz, ni tampoco con rezar por ella. Dice que tenemos que construirla y destruir las armas del odio. Es posible que no sepamos cómo construir la paz en una determinada situación, pero es indudable que sabemos que somos llamados a construirla.

Falta de compromisos profundos en nuestro mundo:

Hoy lo público está de capa caída. Los objetivos vitales que tenemos son personales. Un lema de nuestra época podría ser: “Yo, a lo mío”; y, en el mejor de los casos, “Nosotros, a lo nuestro”. Pero quién quiere comprometer hoy su vida por algo como “el bien común”.

Por otra parte, ante tanta tragedia que acontece, nos asalta la sensación de impotencia. A veces, es un cierto mecanismo de defensa, después de todo, qué podemos hacer. Ante la dificultad de responder o la desproporción entre lo que sucede y nuestros recursos terminamos diciendo: ‘No hay nada que hacer’. En algún punto del camino te acostumbras a ello y deja de sorprenderte o inquietarte.

Y poco a poco vamos perdiendo la motivación. ¿Por qué dejar al otro invadir mi vida, mi espacio o llenarme de inquietud? Van desapareciendo las motivaciones para implicarme. Nos conmovemos, nos estremecemos… pero tan rápido como llega, el sentimiento se va. Y en muchos casos no moviliza. ¿Por qué querer al otro hasta el punto de padecer con sus penas, acompañar sus angustias y curar sus heridas? No es fácil salir de ciertas burbujas. Aunque quieras. Nos encerramos en nuestras casas seguras al calor de nuestras justificaciones.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es Adviento, es decir, tiempo de despertar, de tener una conciencia lúcida para percibir la realidad y desenmascarar las mentiras con las que el sistema nos bombardea: leer, escuchar noticias, compartir debates… Para ir de obras necesitamos desear despertarnos del sueño de nuestra inconsciencia.

  • Estas obras no las podemos hacer solas. Buscaremos ayuda en grupos, movimientos de resistencia y colectivos que trabajen por el cambio de este sistema sociopolítico y económico injusto.

  • Estamos en Adviento y en tiempo de elecciones. Estamos llamadas a votar con suma responsabilidad pensando en el bien común y, sobre todo, en quienes peor lo pasan.

  • Es tiempo de tener el coraje de permanecer, no podemos abandonar. Permanecer en los compromisos adquiridos. Permanecer en las luchas por defender los derechos humanos en nuestra sociedad y en el interior de nuestra Iglesia. Permanecer junto a los excluidos de nuestro mundo. Permanecer luchando por la utopía de que otro mundo es no solo posible sino imprescindible. Permanecer y ampliar la denuncia de la expoliación y explotación a la que estamos sometiendo al planeta Tierra. Permanecer anclados en la fidelidad a Jesús y su Reino allanando, hoy, su camino y consentir que el viento del Adviento se lleve nuestros miedos y cansancios…

Rumores de Adviento

Por: D. Cornelio Urtasun

Qué emoción para mi alma en mayor o menos bancarrota espiritual, el encontrarse con el Adviento, en la puerta de entrada del nuevo Año Litúrgico, con su Liturgia pletórica de ilusión, de optimismo y alegría. Yo no sé qué virtud mágica tiene esta Liturgia del Adviento que cada año que pasa me parece más bella, más nueva, más soberana, más divina, más para mi alma hambrienta, sedienta del que es mi VIDA, del que será mi Santidad.

¡Qué Madre tan madre! Termina el año Litúrgico y por más que ve que muchos de sus hijos hemos correspondido tan mal, no dice una palabra más alta que otra: nada de echarnos en cara nuestros chandríos. A buscar el remedio de nuestros males, el agua para nuestra sed, la medicina para la enfermedad, la VIDA para nuestra vida: ¡¡¡Jesucristo!!!. Llena de inagotable paciencia y comprensión, sale a nuestro encuentro para decirnos que lo que no se ha hecho en el año anterior se puede hacer en éste. Quedando de lado el pesimismo y el desaliento, es hora de despertar del sueño y es cosa de “forrarse” de Jesucristo.

No hay género de dudas: viene el Señor. Vuelve a venir.

¡Cómo no va a vibrar el corazón de la Iglesia, ante la proximidad de Jesucristo! ¡Cómo es posible que un corazón enamorado no enloquezca de entusiasmo al sentir los primeros pasos rumorosos del Amado que vuelve en plan de “compadecerse de los pobres, de hacer nacer la justicia y la abundancia de la Paz”!.

Si la Iglesia dice “alégrense los cielos y regocíjese la tierra y canten los montes alabanzas porque viene nuestro Señor”, cómo no vamos a alegrarnos nosotros. Si sabemos que esa venida es ni más ni menos que “para visitarnos en la paz”; para mirarnos con compasión y hacernos crecer en santidad; para multiplicarnos y establecer con nosotros la alianza” que un día se consumará en las Bodas eternas del Cordero.

¡Alegrémonos! ¡Alegrémonos y miremos con redoblada ilusión, con más ilusionada esperanza a esta nueva venida del Señor en la Navidad que se acerca!

Cuidar la casa común y sus moradores

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Hace unos días veíamos en todos los medios de comunicación titulares parecidos a : Zaragoza se ha convertido en el mayor escenario de las supermaniobras de la OTAN, desde el sábado 3 octubre y hasta entrado el mes de noviembre, con 11.000 militares desplegados procedentes de 16 países. Y todos tan contentos.

A pesar de que actualmente no existe ninguna guerra activa declarada de forma oficial entre Estados diferentes, al menos 13 países sufren ahora mismo conflictos armados (Gaza, Ucrania, Siria, Irak, Sudán del Sur…). Otros muchos padecen desde hace años e incluso décadas situaciones de grave violencia (la causada por el narcotráfico en México, por ejemplo, con decenas de miles de muertos), o realidades bélicas no resueltas aún y calificadas, según el momento, como conflictos de “alta” o “baja” intensidad (la guerra en Colombia, ahora en un frágil proceso de paz).

El impacto económico de las guerras y los conflictos activos en todo el mundo ha crecido. En 2014 se destinaron a este fin 12,7 billones de euros según estima el Índice Global de Paz 2015, elaborado por el centro de investigación Institute for Economics and Peace (IEP). El gasto representó el 13,4% del PIB global durante el año pasado, equivalente a la suma de las economías de Brasil, Canadá, Francia, Alemania, España y Reino Unido. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en una década, 23 países duplicaron, al menos, su gasto militar, entre ellos, Rusia (108%) y China (170%), además de países que sufren cruentas guerras, como Afganistán (557%) o Irak (284%), pero también otros, como Paraguay (127%) o Ghana (243%).

Según este mismo estudio, la intensidad de los conflictos armados en el mundo también ha crecido, al aumentar en el 2014 de 49.000 a 180.000 las personas muertas en guerras, 3,5 veces más que el año anterior. El número de desplazados internos y refugiados también ha crecido, un 267% desde 2008.

Por otra parte, los vínculos guerra-deterioro ambiental son estrechos y van aumentando. En El Salvador, el ejército utilizó la deforestación como arma contra la guerrilla, con napalm y otros defoliantes, con más de 3.000 bombas que provocaron numerosos incendios y contaminaron la tierra. En estos momentos, el 80% de la tierra está erosionada, y el 90% de la flora natural ha desaparecido. Es conocido que en Vietnam el ejército estadounidense empleó estos elementos para destruir selva y descubrir a las tropas nordvietnamitas. Los 80 millones de toneladas de defoliantes y herbicidas lanzadas afectaron a más de millón y medio de hectáreas de manglares y alrededor de 180.000 hectáreas de superficie cultivada.

El Papa Francisco nos ha llamado en su última Encíclica a cuidar la casa común y a cuidar de sus moradores. Pues en el sentido más amplio y más exacto, las guerras son un desastre humano y ecológico de gran magnitud. Esto no solo significa que seres humanos, animales y plantas quedan destrozados. Es algo más complejo e incluso más terrible: es un ataque a las posibilidades de vida, a la vida misma. No podemos mirar para otro lado, ni siquiera para la pantalla de televisión con imágenes de maniobras bélicas. Si queremos la paz, debemos prepararnos para la paz. Ya.

Un año nuevo diferente

33 Domingo del T.O. Ciclo B

 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Todas y todos tenemos nuestros horarios y agendas, citas marcadas con regularidad en el año y nuestras fechas significativas; es nuestro calendario. Hay muchos tipos de calendarios, y no me refiero al objeto material, sino a la forma de ir planificando el tiempo: laboral, académico, civil… Pues bien, la Iglesia ofrece también su propio calendario. No coincide con el año civil y no empieza el uno de enero, sino cuatro semanas antes de Navidad. Se trata del año litúrgico, con sus fiestas, sus ciclos, sus tiempos…

El año litúrgico es el proceso de inmersión lenta pero segura en la vida de Jesucristo; es el ámbito en el que nuestra vida y la vida de Jesús se entrecruzan; es el espacio en el que caminamos con Jesús por todas las circunstancias de su vida, y Él camina con nosotras por las nuestras. El año litúrgico es la voz de Jesús llamándonos cada día de nuestra vida a despertar de nuestras mediocridades y somnolencias para atender a la vida de Jesús, que clama por plenitud en nosotras.

El año litúrgico no es un solo momento en el tiempo; es muchos momentos en el tiempo, todos ellos conduciéndonos a un centro esencial: el recuerdo de la cruz y el significado de la resurrección, tanto para Jesús como para nosotras. Descubrimos que la vida no es una línea recta. La vida es una espiral que se enrosca sobre sí misma una y otra vez. En consecuencia, regresamos año tras año, en cada giro a encontrarnos con ese Jesús que, por amor, se encarnó, murió y resucitó.

Celebrar el año litúrgico nos sumerge constantemente, de un modo cada vez más profundo, en nuestro encuentro con Dios. En el año litúrgico llegamos a comprender que es en el tiempo, en la vida, en el mundo real y cotidiano de todos los día, donde encontramos a Dios. Que Jesús no es un dios griego ni un ser de otro planeta ni un cuento de hadas divino. Jesús es ese Niño nacido de María y muerto en una cruz. Y es de los nuestros. El año litúrgico nos abre a la divinidad. Esta es la aventura esencial, engendradora y definitiva de la vida.

El verdadero poder del año litúrgico es su capacidad de tocar nuestra profundidad y conmover nuestro corazón. Recorriendo el camino de la vida de Jesús, descubrimos el sentido de nuestra propia vida y la energía desbordante para seguir caminando. Hace posible el siguiente paso. Nos calma cuando vamos dando traspiés de acá para allá. Nos lleva, más allá de nuestro yo actual, al yo que yace en espera de Dios.

Empapadas de la vida de Jesús, llegamos a conformar la nuestra con la suya y a marcar sencillamente el paso de otro año. El año litúrgico no es una lección de historia. Es una lección de amor. Una lección acerca de cómo Dios nos ama con infinita ternura y se implica y complica por nosotras. Es una lección acerca de la clase de amor que acepta a los extranjeros y da agua en el desierto. Es una lección acerca de la profundidad de la misericordia que sana a los marginados y denuncia la injusticia…

El año litúrgico pretende formarnos en el espíritu de Aquel que se detuvo, escuchó y dio nueva vista a los ojos del mendigo, y curó a esa mujer que sangraba, y dio pan a esa pandilla de pordioseros, y tocó la carne enferma del leproso, y con fuerza expulsó a los mafiosos y corruptos del espacio de la honradez… Y, lentamente, en la sabiduría de la rutina cotidiana del año litúrgico llegaremos a ser lo que decimos ser: seguidoras y seguidores de Jesús hasta el corazón de Dios.

¡Feliz año nuevo litúrgico!

Todo

32º Domingo del T.O. Ciclo B

Por: Rosamary González. Vita et Pax. Tafalla. (Navarra)

Dos mujeres salen a nuestro encuentro a través de la Palabra de Dios en este domingo: las dos, viudas y pobres. Por su situación deberían estar protegidas, de una manera especial, por la ley y por Dios, pero no se percibe esa protección porque nos las presentan (en lenguaje de hoy) en situación extrema de pobreza.

En el diálogo que mantienen la mujer y el profeta, ella le dice  que sólo tiene harina y aceite para hacer un pan para ella y para su hijo y después morirían, pero Elías insiste en querer un panecillo antes para él. Es muy fácil imaginar el dolor de esta mujer refiriendo al profeta la verdad de su situación: no puede satisfacer su demanda por no tener los medios para hacerlo. El caminante tiene sed y hambre y la mujer poco que ofrecer, pero comparte  TODO lo que posee. El milagro se realizó al fiarse y poner la confianza en el enviado de Dios.

Siglos después nos llegan muchos caminantes: emigrantes, refugiados, pobres  que están muy cerca de nosotras, de nosotros. Y ¿qué les respondemos?,  ¿somos capaces de entrar en diálogo, escucharles, compartir, no ya TODO, sino parte de lo que poseemos? Si no lo hacemos no se obrará el milagro, seguiremos  como siempre, unos teniendo las necesidades bien cubiertas y una gran mayoría muriendo de hambre.

Como los domingos anteriores, el evangelista Marcos nos sigue presentando a Jesús  enseñando a sus discípulos con su gran pedagogía y con ejemplos bien concretos, relacionados con las gentes que iban encontrando en el camino. Les habla de los peligros que corren y que corremos con sus y nuestras hipocresías cuando caemos en el fariseísmo. Al mismo tiempo “observa” el dinero que van depositando en el arca de las ofrendas y como ejemplo para sus discípulos pone a la viuda y pobre porque ha echado TODO lo que tenía para vivir. Como la viuda de Sarepta da todo lo que tiene.

Ese TODO nos tiene que ir marcando como  personas que quieren vivir el evangelio de verdad; como grupo que pertenece a una Iglesia que vive el mensaje de Jesús y se  verifica en nuestra vida de cada día. Como Pedro también podemos caer en la tentación de decirle al Señor: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado TODO y te hemos seguido” (Mc 10,28) y sin  embargo ante las dificultades huimos. Se van apegando en nuestra vida “amplios ropajes” que nos impiden volar en el camino del seguimiento a Jesús. De forma muy sutil buscamos, si no las reverencias, sí los buenos asientos. Lugares donde nos sentimos bien, cerca de gentes que nos protegen. Las sillas de los pobres son más incómodas, posicionarnos a su lado nos trae más complicaciones y nos falta valor para permanecer.

Hoy como ayer, el mensaje de Jesús nos sale al camino y nos sigue pidiendo TODO. Sabemos que con su fuerza y nuestra determinación, todo es posible.

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