Durísima denuncia de Santiago Agrelo

Por: Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo de Tánger.

En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí mismos y para sus familias. Sé que las autoridades de las naciones los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

El lunes les llevamos alimentos. El martes nos llaman para informar que las fuerzas del orden (ellos dicen “la policía”) se los han quitado. ¿Qué dirían ustedes de una sociedad que persiguiese a hombres, mujeres y niños vulnerables e indefensos -a los que leyes inicuas han hecho ilegales, irregulares, clandestinos-, los acosase como si fuesen alimañas, los persiguiera como si fuesen criminales, los golpease como no se permitiría hacer con los animales, y los cercase para rendirlos por hambre? Se diría que esa sociedad se había deshumanizado, corrompido, embrutecido, envilecido, degenerado.

Pues lo que no hace la sociedad marroquí, acogedora y humana, se nos dice que lo hacen agentes uniformados, miembros de fuerzas del orden del Estado, que entran en el bosque de Beliones, no para apartar de la frontera -de una maldita frontera que Dios no hizo ni quiso ni quiere-, a unos emigrantes, sino para apropiarse de los pocos alimentos que los emigrantes han recibido para subsistir.

¿Qué nombre te das a ti mismo, tú, agente de la autoridad, si te has llevado a tu cuartel o a tu casa lo que un hermano tuyo necesita para vivir? ¿Te has divertido? ¿Te has escondido para que nadie te viese? ¿Es lo que te han mandado hacer? ¿Lo has hecho por propia iniciativa? ¿Crees que no habrás de dar cuenta al único Dios?

Por si lo hubieses olvidado, te recuerdo lo que dice el Señor de todos, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de Mohamed: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos”. Te lo recuerdo por si quieres tener piedad de ti mismo, pues si comes el pan que has quitado a los pobres, estás comiendo tu propia condenación, estás comiendo el bocado que mete en tu cuerpo a Satanás.

Se lo recuerdo al soldado y al oficial que lo manda, al político que fija las normas y a los gobiernos que las ejecutan: Dios ve al opresor y al oprimido, y toma partido por el oprimido.

Tal vez pienses que puedes honrar a Dios y despreciar a los pobres. Un día comparecerás ante él y descubrirás aterrorizado que los pobres eran tan dignos de respeto como Dios. Aquel día, el Rey, el único Rey, el hermano de los pequeños a quienes hoy robamos el pan, lo creáis o no, nos juzgará y nos condenará, y de nada servirá que le llamemos “Señor”, pues sólo se recordará el pan que le hemos dado o le hemos negado.

“Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”. A nadie le pediré que se convierta a Dios. Podéis tranquilamente no creer en él. No se os pedirá cuenta de semejante ignorancia. Pero estamos perdidos si no nos convertimos a los pobres. Entonces nuestra suerte estará entre los malditos.

Encuentro grupo Vida y Paz de Ciudad Real

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

El día 18 de febrero tuvimos en nuestra casa de Ciudad Real el encuentro mensual del grupo de Vida y Paz. Nos reunimos 12 personas, alguna faltó por tener otros compromisos, pero siempre con el corazón puesto en el encuentro, ya que cada día se valora y se siente como algo muy importante en sus vidas.

Iniciamos la reunión, en el que nos acompaña Ascensión de Vicente que reemplaza a Mary Carmen Martín, con la invocación al Espíritu, fuerza del Padre que nos acompaña siempre en el camino. La Palabra de Dios nos presidió a través de San  Lucas.  Jesús envía a los discípulos de dos en dos, con instrucciones concretas sobre el cómo realizar la Misión,  sin bastón ni alforja para el camino, que traducidos al lenguaje de hoy, diríamos con un desprendimiento total, fiados en el Señor. Compartimos lo que esta lectura nos había sugerido y llegamos a la conclusión de lo lejos que estamos de este programa que Jesús nos propone, pues cada  vez necesitamos más medios para todo lo que supone la evangelización.

Tuvimos un recuerdo de Acción de Gracias por la vida de Jesús Cebrián, hermano de Ascen que ha partido hacia la casa del Padre, hombre sencillo y bueno, que ha sabido vivir la Misión encomendada tanto en la familia como en el trabajo, con responsabilidad y comprometido con lo que hoy se vive de pobreza y marginación.

Continuamos con el tema “Misión” iniciado en el encuentro de Noviembre iluminado y ampliado por Mary Carmen en enero con el tema “Estrellas en la noche”. Hicimos una reflexión profunda y compartida  sobre la realidad del mundo en el que tenemos que realizar la Misión, mundo de injusticias y desigualdades, violencias y guerras que provocan los grandes flujos de refugiados que mueren en el  Mediterráneo etc, etc, compartiendo la dificultad que supone ser testigos del Evangelio. Sabemos que con nuestras fuerzas es difícil, pero contamos con la del Señor.

El compartir fue profundo y fluido, animándonos unas a otras con el testimonio mutuo, esto es la fuerza del grupo, de la comunidad.

Después pasamos al tema “Necesidad de raíces para la Misión”. Pilares que deben sustentarla,

-Una experiencia espiritual fuerte

-Formación permanente

-Hábito comunitario

Vimos la importancia de estos tres pilares, es  muy necesaria la oración, la vivencia de la Eucaristía, la Palabra, una formación permanente basada en una buena información y muy importante también el espíritu comunitario.

Esto nos llevó a preguntarnos, “a qué nos compromete”. A una vida espiritual profunda enraizada en Jesucristo, a una búsqueda de medios de formación constante y a ir enriqueciéndonos comunitariamente, aprovechando los medios técnicos actuales para comunicarnos, darnos las noticias que se den en el grupo y así reforzar el sentido comunitario.

Para la última parte del tema, que continuaremos en el próximo encuentro, “la  Misión en Vita et Pax”, dimos una lectura del tema sobre cómo se ha ido realizando la misión y el pensamiento de nuestro fundador P. Cornelio quien tuvo las ideas bien claras desde el comienzo. Nos pusimos como tarea releer y profundizar en ese pensamiento que todas reconocimos es muy rico y actual.

Como siempre terminamos con el ágape fraterno, regado con un buen licor “pacharán” y la despedida gozosa de todas y cada una.

Sororidad marzo 2016. Nº 42

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Nos ponemos en marcha

Grupo Vida y Paz La Blanca, San Marcos (Guatemala)

Por: Celsa Vásquez. Vita et Pax. Guatemala

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Iniciamos el 2016 con la ilusión de encontrarnos  y así continuar con el compartir nuestras experiencias y acontecimientos vividos,  desde nuestro ser laical y con el deseo profundo de ser  testigos  de la Vida y la Paz, que Jesús nos invita a comunicar en nuestros ambientes familiar, de trabajo y comunidad.

Nos reunimos el 14 de febrero compartiendo la Eucaristía con la comunidad para después continuar con nuestro encuentro, esta vez trabajamos y reflexionamos nuestro ser espiritual y LA ESPIRITUALIDAD como búsqueda personal de nuestro propio ser espiritual como personas bautizadas que seguimos a Jesús;  no sin antes invocar a la Ruah.

Hicimos una lectura compartida y en cada párrafo reflexionamos a qué nos invita o qué nos suscita. Es una riqueza el escucharnos, esto nos va ayudando a crecer como personas,  en  nuestros propios compromisos como familia y como seguidoras y seguidores de Cristo desde el Ser Vida y Paz.

Vamos adentrándonos cada vez más, descubriendo en nuestro ser profundo, hacia dónde el Espíritu (la Ruah) va conduciendo nuestras vidas en el diario vivir.

Después de la lectura compartida tuvimos un espacio de reflexión personal para luego terminar con la Oración de despedida y, al final, compartir un rico almuerzo.

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Jonás supera su miedo

Por: Secretariados de Espiritualidad y Formación. Vita et Pax. Madrid.

La vocación de Jonás es muy interesante. Dios, preocupado por los problemas de Nínive, llama a su profeta y lo convoca para que vaya a la gran ciudad y proclame allí un mensaje de arrepentimiento (1,1-2). Pronto descubrimos que el problema de Dios no es Nínive, el problema es Jonás. El profeta de Israel que pretende ocultar la llamada de Dios y se escapa.

Jonás recibe su vocación como enviado de Dios, sabe que Dios le llama para extender su mensaje entre los pueblos de la tierra. Es consciente que esa tarea es arriesgada y, al parecer, poco agradable. Prefiere negar su vocación, eludir el mandato de Dios y refugiarse en una tierra donde pueda estar tranquilo, sin más ocupación que preocuparse de sí mismo.

Recordamos que Nínive era la capital del gran imperio asirio, rica y violenta. Dios quiere que su profeta, Jonás, vaya allí, por eso le llama. Dios le dice “levántate”, “vete”. Se supone que el profeta estaba sentado y quieto, afincado y seguro en su propia casa. A través de su llamada, Dios le pone en pie y le envía a través de un camino hacia el mundo (1,1-2).

Pero a Jonás le nace el miedo. Le horroriza la misión de Dios y quiere borrar hasta el recuerdo de su encargo (1,3). La contraposición no puede ser más fuerte: Dios le dice que se levante para ir a Nínive. Jonás, en cambio, se levanta para huir.

No es la única huida que aparece en la Biblia. Elías se escapó del conflicto para encontrase con Dios en la montaña. Los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) huían por desilusión y fracaso. Lo diferente es que Jonás empieza su tarea escapando.

Esta huida de Jonás refleja un tema que podemos encontrar en toda historia vocacional, también en la nuestra. Siendo hermosa y creadora, la vocación acaba resultando, a veces, algo conflictivo. La llamada de Dios nos perturba, nos roe por dentro, nos quita la paz y nos estorba. Por eso, preferimos rechazarla.

Podemos observar en Jonás su propia disputa vocacional interna. Luchan en su interior la Palabra de Dios que le llama y su propia palabra, el deseo de tranquilidad y vivir su vida a su antojo. También nosotras hemos experimentado este conflicto. Nos llama Dios y, al hacerlo, dentro de nosotras se produce una contradicción. Por eso, se necesita un tiempo de búsqueda, de discernimiento, de acompañamiento… para descubrir, acoger y gustar esa llamada de Dios.

Jonás se pregunta, por qué debo ocuparme de los otros; por qué debo arriesgarme y arreglar temas ajenos. La misión me compromete, me introduce en situaciones que no he buscado, me desinstala, me hace correr riesgos. Al final, Jonás obedece, se pone en pie, asume su camino y llega a Nínive. Esta es la lucha de la vocación, una experiencia que puede parecer dura y, sin embargo, a su término, es consoladora, es más, es creadora.

Quien hace el camino de Jonás puede llegar a conocer la voz de Dios desde el fondo del propio miedo, desde el interior de la angustia. Dios no llama sólo a la luz del claro día. Llama también desde la incoherencia del propio interior, en medio de mis miedos, inquietudes y agobios. Dios llama igualmente a las personas que parece que quieren huir y han tomado ya el último billete de un barco que les llevará lejos.

No todos ni todas somos Jonás, es evidente. No hemos recorrido su camino tortuoso de evasión y miedo. Pero es muy posible que muchas y muchos sigamos de algún modo sus pasos. Es aquí donde podemos afirmar que la vocación es la persona. No hay tipos de vocación sino tipos de personas, itinerarios de búsqueda y descubrimiento de Dios.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono     660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

Momentos de encuentro

Por: Secretariado de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

Estamos en Cuaresma y es un tiempo propicio para los encuentros en profundidad, para poder compartir lo mejor de cada una y las expectativas y deseos que llevamos dentro de mejorar y de convertirnos a una vida más misericordiosa.

Rosa y participantes

Rosa y participantes

Eso es lo que ha ocurrido estos días en nuestra casa de la calle Pintor López de Valencia. Como ya lo hizo en la zona de Pamplona, Rosa Belda nos acompañó el día 13 de febrero. Estuvimos toda la tarde del sábado dialogando sobre la vida, la muerte y la libertad. Sobre el Testamento Vital y otras cuestiones bioéticas en la práctica médica. Rosa inició su reflexión con la pregunta ¿cómo nos enfrentamos a la enfermedad grave y a la muerte? Y nos urgió a dignificar en morir. Dignificar el morir tiene que ver con no matar la posibilidad de vivir el morir, sino dar paso a la apropiación del morir.

Dignificar el morir es también acompañar en los interrogantes, miedos y soledades; aliviar los dolores y malestares corporales; que el momento final sea en consonancia con la vida vivida; que seamos dueños de nosotros mismos…

Y nos preguntábamos, está hoy el morir amenazado de indignidad. Desde mí:

  • Sigo siendo yo, aunque me veas casi inconsciente, respirando con dificultad, paralizada en una cama, con un cuerpo vencido de años…
  • Y este decirme lleva consigo el acto de “ponerme en pie” y afirmar que ni el dolor, ni el sufrimiento, ni la enfermedad, ni la misma muerte pueden arrebatarme lo que soy.

En torno a estas reflexiones concluimos el sábado y el domingo día 14 celebramos el cumpleaños de nuestra compañera Mary Bravo. Agradecimos a Dios su vida y su entrega y se lo dijimos cantando.

Cantando

Cantando

Escucha atenta

Escucha atenta

 

 

 

 

 

 

Y el día 16 estuvimos de retiro: “Este es el tiempo de la misericordia”. La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos sorprender por Dios. Una Cuaresma que, esta vez, tiene un color especial. El día 8 de diciembre del pasado año se abrió el Año Santo de la Misericordia. El mismo Papa en la Bula de Convocación del Jubileo nos llama a que “La Cuaresma de este Año Jubilar ha de ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios” (Nº 17).

Este es nuestro deseo, nuestro anhelo más profundo ser mujeres con entrañas misericordiosas que se dejan conmover por el dolor ajeno y se comprometen en establecer unas relaciones más justas y un mundo más de Dios.

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No caminamos solos

3º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

Leo y releo las lecturas correspondientes a este domingo de Cuaresma y parece que están elegidas especialmente para el tiempo que vivimos, aunque también hay que subrayar que no es nuevo que nuestro Dios y Padre esté constantemente atento a las necesidades de sus hijos para conocer los sufrimientos y la opresión que soportan y reciben de los malhechores.

Sí, muchas personas sufren a consecuencia de los agentes de la naturaleza, por tener que dejar sus casas, sus pueblos por las guerras, por no poder alimentar a sus hijos, por no tener trabajo… Pero Yahvé, El que Es, ya ha cumplido su palabra, en la PALABRA. Jesús, el Señor, el Cristo nos ha rescatado, ha muerto y resucitado por cada uno de nosotros  y nos permite ir a una tierra fértil que mana leche y miel.

Pero, hoy, en ese camino hacia la tierra prometida, somos nosotros, todos los hermanos, quienes tenemos que caminar juntos, apoyándonos, sosteniéndonos, mano con mano, de manera solidaria para que a nadie le falte el pan. Porque verdaderamente pan hay para todos, si hay un buen reparto.

En el texto del Éxodo, Dios se hace presente como el absolutamente otro, como el liberador, como el que después dará la Ley que también es liberadora: “la ley del Señor es perfecta, es descanso del alma”, dice el salmo.

Pero la liberación total, esencial, será la conversión al Señor: ponernos en sus manos libre y confiadamente, sin temor, para hacer el bien y levantar a los hermanos.

La verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios. Y, repito, vivimos un momento, que ya perdura en el tiempo, que es muy difícil para muchas personas y que está atentando a su dignidad.

El Miércoles de Ceniza nos recordaron: “convertiros y creed en el evangelio”. Esta sigue siendo nuestra principal misión para poder llevar adelante nuestros proyectos.

Seguramente que la parábola de la higuera que presenta el evangelio nos la podemos aplicar para afinar más en nuestra vida de seguimiento al Señor y así dar más frutos.

Contamos con que el Señor es un Dios paciente y nos va a permitir que redoblemos nuestro deseo de servicio y entrega para que nuestro espíritu se impregne más de bondad que de maldad, de paciencia que de ansiedad, de benevolencia que de envidia, de sencillez que de orgullo y que todas nuestras acciones estén basadas en el amor. Así desterraremos de nuestro corazón el lamento y la amargura. La alegría iluminará nuestro hogar y nuestro entorno.

Todo este tiempo hasta la Pascua estará presidido por la misericordia del Señor, compañero fiel, maestro en nuestro caminar.

Visita al Centro de readaptación Social (Cereso 3) de Ciudad Juárez

Por: Papa Francisco

Miércoles 17 de febrero de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy concluyendo mi visita a México. No quería irme sin venir a saludarlos, sin celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes.

Agradezco de corazón las palabras de saludo que me han dirigido, en las que manifiestan tantas esperanzas y aspiraciones, como también tantos dolores, temores e interrogantes.

En el viaje a África, en la ciudad de Bangui, pude abrir la primera puerta de la misericordia para el mundo entero –de este Jubileo, porque la primera puerta de la Misericordia la abrió nuestro Padre Dios con su Hijo Jesús–. Hoy, junto a ustedes y con ustedes, quiero reafirmar una vez más la confianza a la que Jesús nos impulsa: la misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra. No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni persona a la que no pueda tocar.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es recordar el camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que esas medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas; «sus» vidas, las de sus familias, la de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia.

La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma de cómo estamos en sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en estas paredes; sino que comienza antes, comienza «afuera», en las calles de la ciudad. La reinserción o rehabilitación comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a una persona a determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afectan a todo el entramado social.

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt 25,34-40), era para expresar las entrañas de misericordia del Padre, que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que tenga una sociedad de incluir a sus pobres, a sus enfermos o a sus presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción.

Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes. Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es invitarlos a levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad anhelado. Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza: «Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: “No te preguntes por qué estás aquí sino para qué”»; y que este «para qué» nos lleve adelante, que este «para qué» nos haga ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y el orden solamente se logra encarcelando.

Sabemos que no se puede volver atrás, sabemos que lo realizado, realizado está; pero, he querido celebrar con ustedes el Jubileo de la misericordia, para que quede claro que eso no quiere decir que no haya posibilidad de escribir una nueva historia, una nueva historia hacia delante: «para qué». Ustedes sufren el dolor de la caída –y ojalá que todos nosotros suframos el dolor de las caídas escondidas y tapadas–, sienten el arrepentimiento de sus actos y sé que, en tantos casos, entre grandes limitaciones, buscan rehacer esa vida desde la soledad. Han conocido la fuerza del dolor y del pecado, no se olviden que también tienen a su alcance la fuerza de la resurrección, la fuerza de la misericordia divina que hace nuevas todas las cosas. Ahora les puede tocar la parte más dura, más difícil, pero que posiblemente sea la que más fruto genere, luchen desde acá dentro por revertir las situaciones que generan más exclusión. Hablen con los suyos, cuenten su experiencia, ayuden a frenar el círculo de la violencia y la exclusión. Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir «experimentó el infierno», puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente, no siga cobrándose víctimas.

Y, al decirles estas cosas, recuerdo aquellas palabras de Jesús: «el que esté sin pecado que tire la primera piedra», y yo me tendría que ir. Al decirles estas cosas no lo hago como quien da cátedra, con el dedo en alto, lo hago desde la experiencia de mis propias heridas, de errores y pecados que el Señor quiso perdonar y reeducar. Lo hago desde la conciencia de que, sin su gracia y mi vigilancia, podría volver a repetirlos. Hermanos, siempre me pregunto al entrar a una cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?». Y es un misterio de la misericordia divina; pero esa misericordia divina hoy la estamos celebrando todos mirando hacia delante en esperanza.

Quisiera también alentar al personal que trabaja en este Centro u otros similares: a los dirigentes, a los agentes de la Policía penitenciaria, a todos los que realizan cualquier tipo de asistencia en este Centro. Y agradezco el esfuerzo de los capellanes, las personas consagradas, los laicos, que se dedican a mantener viva la esperanza del Evangelio de la Misericordia en el reclusorio, los pastores, todos aquellos que se acercan a darles la Palabra de Dios. Todos ustedes, no se olviden, pueden ser signos de la entrañas del Padre. Nos necesitamos unos a otros, nos decía nuestra hermana recién, recordando la carta a los Hebreos: Siéntanse encarcelados con ellos.

Antes de darles la bendición me gustaría que oráramos en silencio, todos juntos; cada uno sabe lo que le va a decir al Señor, cada uno sabe de qué pedir perdón. Pero también les pido a ustedes que en esta oración de silencio agrandemos el corazón para poder perdonar a la sociedad que no supo ayudarnos y que tantas veces nos empujó a los errores. Que cada uno pida a Dios, desde la intimidad del corazón, que nos ayude a creer en su misericordia. Oramos en silencio.

Y abrimos nuestro corazón para recibir la bendición del Señor.

Que el Señor los bendiga y los proteja, haga brillar su rostro sobre ustedes y les muestre su gracia, les descubra su rostro y les conceda la Paz. Amén .

Y les pido que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

La Cuaresma de Aylan

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Por: José Luis TerolProfesor de Filosofía (Zaragoza)

El Apóstol Pablo tiene el coraje de ofrecerse como modelo y pedirles a los cristianos de Filipos que sigan su ejemplo. ¿Podrían seguir nuestro ejemplo los hombres y mujeres de nuestro tiempo, viéndose abocados a un encuentro personal con el Cristo?

El Apóstol está sufriendo por la situación que está viviendo la comunidad hasta el punto de que, con lágrimas en los ojos, denuncia y alerta contra “muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo”. Con toda probabilidad nuestro testimonio cristiano tienda a ser gris y anodino, de manera que difícilmente transparentemos al Cristo, pero, de ahí a “andar como enemigos de la cruz de Cristo” parece haber un trecho.

En este segundo Domingo de Cuaresma no olvidemos que estos cuarenta días son fundamentalmente un “tiempo de gracia y desestabilización” que busca que podamos volver a escuchar en lo más hondo de nosotros al transfigurado, al Hijo escogido.

El génesis nos relata la emigración de Abrán, la búsqueda de una tierra que se convierte en centro de una alianza futura. ¿Quiénes son en el presente los que salen de su tierra, como Abrán? ¿Qué decir de los cientos de miles de refugiados sirios que llevan meses a las puertas de la Europa cristiana y de todos los desplazados del mundo?

¿Conocerán al Cristo a través de nuestro testimonio de sociedades europeas de profundas raíces cristianas? ¿Qué podrán sentir  y pensar estos ciudadanos –mayoritariamente musulmanes- de las políticas de Estados Unidos y de Rusia, países con una presencia muy significativa y potente de diferentes iglesias cristianas?

¿No sería el cadáver de Aylan –y todos los aylanes del mundo- una nueva versión menos complaciente del relato de la transfiguración? ¿Cómo salir del terrorífico silencio que estamos viviendo ante estos nuevos crucificados  para escuchar al Hijo elegido?

Este tiempo de gracia y oportunidad no va de reflexiones políticas sino de  purificación de nuestro corazón que nos permita oír la voz del Hijo amado y discernir tantas voces que nos distorsionan y nos pueden convertir “involuntariamente” en enemigos de la cruz de Cristo que se muestra en el silencio del frágil cadáver de Aylan y de todas las victimas que reclaman nuestra conversión.

Discípulos del Maestro tentado

Por: D. Cornelio Urtasun

“Fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en panes”.

Y rechazada la primera carga, viene astutamente la segunda. Y rechazada esta, viene la tercera.

Qué caso: Jesús, Mi Maestro, Mi Señor, mi Vida, mi Luz.

Llevado por el Espíritu Santo al desierto y allí ¡tentado por el diablo!

Si Él, siendo Maestro y Señor, pasó por el aro de las tentaciones ¿Qué aspiraciones tendremos nosotros, sus discípulos, sus siervos?

Si Él, todo santidad, todo pureza, todo luz, todo Vida, aguanta sobre sí la embestida fuerte del enemigo ¿de qué tendremos que extrañarnos nosotros, manchados ya desde el principio por el pecado original y victimas después de tantas trapacerías hechas por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa?

Discípulos del Maestro tentado, siervos del Señor acosado.

Qué felices, qué contentos, nos tenemos que sentir al vernos tentados, al vernos acosados por el enemigo.

Qué felices nos tenemos que sentir al vernos tentados, y qué confiados en manos de Aquel que pasó por todos los aros habidos y por haber, con la única excepción del pecado.

Quién puede decir al Señor: Tú, claro, nos pides que seamos obedientes hasta la muerte, que seamos amadores de la pobreza, que seamos humildes, que seamos sacrificados ―el sacrificio personificado― que seamos puros… Es que no sabes la rebeldía que siento en mí contra todo eso: es que no sabes la fuerza de esta tentación que me acosa, por doquier…quién, quién.

Jesús, el divino tentado, sabe como nadie de la rebeldía de la carne contra el espíritu, de la repugnancia a todo lo que cuesta, a todo lo que supone sacrificio. Sabe como nadie de la fuerza sugestiva de un camino fácil, menos complicado, mas trillado; y sabe también de la fuerza seductora de una palabra, de una mirada, de una sonrisa. Dígalo el desierto, testigo de sus tentaciones; dígalo aquel huerto testigo de sus tristezas de muerte, de sus agonías, de sus tedios, de sus sudores de sangre.

Qué equivocación más lamentable la de aquel que pensando en vivir de la Vida de Jesucristo y más, queriéndola vivir hasta dejar de sobra, pensase que las tentaciones no eran compatibles con la santidad de Aquel que es nuestra Vida.

Como sería equivocación, igualmente lamentable, la de aquel que al seguir la indicación del Señor, de su Espíritu, y fuese a donde el Señor le llamara, creyese que ya estaba hecho todo y que ya allí no había más problemas, ni tentaciones, ni rebeldías, ni cuestas arriba, ni luchas, ni dolores.

Cómo se deshacen, como un terrón de azúcar en la taza de café caliente, todas estas ideas a la luz de esa figura tentada del Maestro, que hoy se levanta enhiesta como una bandera sobre nuestra alma para que la contemplemos bien a las claras, bien a las anchas.

Jesucristo, el divino tentado.

Su Vida de tentación, de sufrimiento, de lucha, de combate que se reproduce en nosotros, al vivirla con toda sinceridad, al vivirla con toda intensidad.

¿Hiciste una arrancada de cara al Señor y desde entonces se te complicó la vida, te comenzó la tentación…?

¿Por qué te extrañas? ¡Cuántas menos complicaciones en aquella vida de vulgar solteronía…¡¡Evidente!!

¡Hay que vivir; hay que morir!

¡Hay que triunfar; hay que luchar!

¡Jesús, divino Tentado, quiero vivir de tu Vida; de tu Vida de tentación, de lucha, de combate heroico y esforzado en esta hora del tiempo Cuaresmal, para así llegar con seguridad a la clara luz de la Pascua!

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