La riqueza de la Liturgia

Domingo XXVII del T O. Ciclo C

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona.

El Año Litúrgico avanza con la misma rapidez que lo hace el año natural. En el transcurso del mismo, vamos  descubriendo y experimentando la riqueza de la Liturgia que nos ofrece  la Iglesia, en las celebraciones de cada domingo y de las fiestas especiales.

En este domingo nos acompaña en la primera lectura el Profeta Abacuc, uno del grupo de los llamados Profetas “menores”. Se les llama menores no porque sus enseñanzas sean de menor importancia, sino porque sus escritos son menos extensos que los de los Profetas “mayores”. Unos y otros intentan mantener la esperanza  en el futuro, son hombres inspirados que se adelantan a su tiempo y van creando, poco a poco, nuevas relaciones entre  Dios  e Israel, el pueblo escogido.

Abacuc, ante las injusticias y opresiones que sufría su pueblo por parte de otras potencias más fuertes que Israel, clama al Señor preguntándole ¿por qué? ¿hasta cuándo?. Son las preguntas que nos hacemos todos frente a situaciones que no comprendemos, que nos desbordan, que nos resultan incomprensibles desde la mirada humana. A veces, la confianza en Dios se tambalea. Abacuc les pide que esperen en las  promesas de Dios aún en medio de la tribulación. El final de la lectura es la clave para seguir confiando en el Señor: “El justo vivirá por su fidelidad”.

En este domingo se inicia  la lectura de la 2ª carta a Timoteo. Son las cartas “llamadas pastorales” donde el tema principal es el de la verdadera tradición apostólica, frente a otras doctrinas que estaban poniendo en peligro las enseñanzas de los apóstoles. Como vemos al principio de la carta, Pablo llama a Timoteo querido hermano. Es un “título” que nos muestra la relación fraterna que había entre ellos. Pablo escribe a Timoteo desde la cárcel y le recuerda varias enseñanzas fundamentales para vivir de acuerdo con la doctrina que le transmitió, que “avive el don de Dios por la  imposición de las manos”. Que “no se avergüence de dar testimonio de Dios y del propio Pablo que está en la cárcel”. Que  “tome parte en los padecimientos que conlleva el anuncio del Evangelio y que “vele por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

Son mensajes que nos vienen bien a todos los cristianos. Hoy también muchos de ellos viven en circunstancias  de persecución,  marginación y algunos, incluso,  mueren por el anuncio del Evangelio y  fidelidad al mismo.

 “Auméntanos la fe”. Así comienza el Evangelio de este Domingo. La respuesta de Jesús  es clara. El servicio está por encima de cualquier otro trabajo o misión por importante que sea. Nuestro servicio debe  estar enfocado hacia los más débiles de la sociedad: enfermos, ancianos, emigrantes, refugiados, maltratados, especialmente a mujeres y niños. Lo nuestro será ponernos del lado de los que más sufren y, como dice el Evangelio, al final de la jornada diremos: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.   

Abismos de indiferencia

Domingo XXVI   T.O. Ciclo C.

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

El evangelio de este domingo es una parábola de Jesús que nos llega a través de la pluma del evangelista Lucas. Siempre es oportuno recordar que  las parábolas evangélicas no son ingenuos cuentos para divertir a niños ni tranquilizantes de conciencias.  Jesús recurre a ellas para  cuestionar la vida de sus oyentes y  desenmascarar sus comportamientos. Son como “espada de dos filos”, que penetran “hasta lo más profundo del ser”, “de los  pensamientos y las intenciones  del corazón” (Heb 4, 12). Y no deja de ser significativo que sea precisamente Lucas, el evangelista de los pobres, quien nos brinde la oportunidad de reflexionar sobre ella.

La parábola de hoy, que parece narrada para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, viene a denunciar uno de los mayores males, si no el mayor, de nuestra sociedad: la indiferencia.

Jesús nos habla de un mendigo. No está cubierto de lino ni de púrpura, sino que son  llagas repugnantes su ropaje. Pero tiene nombre propio: Lázaro, que en hebreo significa “Dios es mi ayuda”.  Nos habla también de un hombre rico que, al parecer, lo tiene todo. Y se siente tan “seguro” que no necesita ayuda de Aquel que por esencia  es TODO.  Pero por mucho que tenga el rico, es innominado. En la cultura hebrea, no tener nombre equivalía a no existir. El nombre que la tradición ha dado al rico es Epulón, del latín “epulo”, el que presidía los “epulae” o  grandes banquetes públicos en el Imperio Romano.

La suerte definitiva del pobre y del rico es bien diferente. No se menciona funeral alguno  para el pobre, pero “los ángeles lo llevan al seno de Abrahán”, imagen popular del descanso pleno para el judío piadoso. Cabe suponer, en cambio,  que el rico fuera enterrado con toda pompa fúnebre, pero es llevado al Hades o Seol, el “reino de los muertos”, según la creencia judía en aquel tiempo.

Curioso resulta también el diálogo entre el rico y Abrahám, que  tiene su explicación en otra de las creencias del judaísmo, según la cual los muertos podían hablar entre sí.

Detalles secundarios aparte, lo más importante para los hombres y mujeres de hoy es descubrir claves que  ayuden a comprender y, sobre todo, a responder a los retos que  lanza esta parábola.

Abrahám dice al rico que entre la morada de los justos y el reino de los muertos se abre un abismo infranqueable. Pero ¿quién creó ese abismo sino el rico que en vida miró con indiferencia al pobre Lázaro?

Ya el profeta Amós, como se desprende de la primera lectura de este domingo, denunció la brecha existente entre los pobres que mueren de inanición y los ricos que “gozan tranquilos y seguros, tendidos en camas de marfil o apoltronados en sus sofás”. Recordemos, por otro lado,  al sacerdote que en la parábola del “buen samaritano”  pasó de largo para no ver al herido al borde del camino. Y en la parábola del juicio final, a quienes no supieron o no quisieron “ver” a las personas con hambre o con sed, sin ropa que ponerse o privadas de libertad entre unas rejas.

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro nos dirige sin rodeos esta pregunta: ¿Somos más propensos a crear abismos de indiferencia que a tender puentes de solidaridad? Creamos más  abismos que puentes cuando endurecemos nuestro corazón y cerramos los ojos a la realidad angustiante de las personas que los ricos empobrecen: a  las mujeres, niños y hombres inmigrantes y refugiados que no acogemos; cuando somos incapaces de ponernos en su piel y no vibramos con ellos y por ellos. Abrimos abismos cuando pretendemos vivir como si no hubiera guerras crueles que destrozan tantas vidas y desastres naturales que siembran tanto dolor y mortandad. Creamos abismos incluso en nuestro propio interior entre nuestro pensar y nuestro actuar, al no dar coherentes respuestas a los desafíos de una realidad como  la nuestra, invadida de injusticia, de corrupción y de mentira que victima a ingentes masas de seres humanos en este planeta. Aunque no siempre seamos conscientes de ello ¿no somos todos los humanos agua del mismo Océano?  Por muy diferentes que sean sus olas, todas ellas son agua de ese mismo Océano.

Una vocación gozosa

Por: Secretariados de Espiritualidad y Formación. Vita et Pax. Madrid.

Hay personajes en la Biblia con sus llamadas de Dios que se quedan escondidos, medio ocultos, poco sabemos de sus vidas, pero son muy importantes, sin ellos, la historia de la salvación no se hubiese desarrollado tal como la conocemos. Uno de estos personajes es Miriam, la hermana de Moisés y Aarón. Tal vez, la gran fama de sus hermanos, tapó la suya.

La voz de Miriam resuena en uno de los fragmentos más antiguos de la Biblia (Ex 15,20-21). El cántico de Miriam es un himno de victoria de épocas muy antiguas, quizá de cuando los israelitas todavía eran un puñado de tribus en guerra con sus vecinos. Ella es la portavoz del júbilo, toca, canta y danza. Pero además, Miriam es una figura fascinante, podemos vislumbrar en ella a una mujer fuerte y animosa, llena de fe que ha respondido con gozo a la llamada de su Dios.

Miriam es la jovencita que, en complicidad con su madre y para salvar la vida de su hermano recién nacido, arroja la canastilla con el bebé en las aguas. Corren tiempos duros para los hebreos afincados en Egipto. El faraón ha ordenado que los primogénitos varones de este pueblo sean arrojados al Nilo y las desesperadas madres buscan mil y una maneras de salvarlos.

Miriam es la niña que, vigilante entre los cañaverales, observa cómo su hermano es recogido por la hija del faraón. Acude prontamente ante la princesa y le ofrece buscarle una nodriza, su propia madre. De esta manera, el pequeño no perderá totalmente el contacto con sus raíces.

Años más tarde, cuando Moisés es llamado por Dios y emprende la misión de sacar a su pueblo de Egipto, el cronista del Éxodo nos presenta a Miriam como “la profetisa, hermana de Aarón” (Ex 15,20). El don de la profecía le ha sido concedido y se convierte en misión, sus palabras llevan el eco de Dios, transmiten su fuerza.

Los hebreos huyen de Egipto y son perseguidos por el ejército del faraón hasta la ribera del mar Rojo, que logran atravesar a pie enjuto. Cuando los egipcios se lanzan tras ellos, el mar se cierra sobre la tropa y son engullidos por las olas. Y entonces, Miriam, tomando un pandero, sale a cantar y a danzar la gloria de su Dios, que los ha rescatado de las aguas del mar Rojo y de la furia del faraón. Todas las mujeres del pueblo se unen a ella, alborozadas, bailando y tocando instrumentos.

Miriam compartió con sus hermanos y el pueblo el recorrido completo desde Egipto hasta la tierra prometida. Día tras día sufrió, como todos, el polvo del camino, el calor del sol, la ansiedad de las gentes, las incertidumbres del trayecto, los avatares del viaje… Cuando el pueblo se empezó a quejar, Miriam aportó la luz y la esperanza. Devolvió la música a los corazones que durante semanas únicamente habían conocido la presión y el sacrificio.

Miriam personifica el gozo de la mujer que ha escuchado la llamada de Dios y ha respondido con generosidad. Su alegría es exultante y se expresa en forma de cánticos y danzas. Arrastra a las demás mujeres. Vemos en ella a la mujer líder que entusiasma a sus compañeras, movida por el júbilo de un Dios que la colma. Su fe ha sido correspondida y sabe celebrarla, encendiendo la llama de la fiesta a su alrededor.

Dios siempre actúa a través de mediaciones y Miriam ha sido una buena mediadora de Dios desde su juventud. No ha permanecido pasiva. Se ha arriesgado varias veces por salvar la vida de su hermano y ha sabido acompañar al pueblo desde el gozo y el canto. Miriam “hace camino al andar”, ciertamente, es una buena compañera de camino.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

  • Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.
  • Jesús Antón Latorre. Teléfono    660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

 

“No podéis servir a Dios y al dinero”

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid.

Con esta frase clara y contundente, termina el relato del Evangelio de este domingo 25 del Tiempo Ordinario, y que para los cristianos es de suma importancia, ya que el dinero se ha convertido en un ídolo, en un Dios, y servir a los dos dioses es completamente antagónico

La lectura primera y el Evangelio nos traen a la reflexión este tema de gran actualidad, hoy, como lo fue en tiempos de Jesús y ocho siglos antes, en tiempos del profeta Amós. El tema de la acumulación de bienes y de la insolidaridad humana  se viven en épocas muy diferentes, mostrándonos claramente que tanto las sociedades como el ser humano poco han cambiado en el transcurso de la historia.

El profeta Amós ya denunciaba en aquella sociedad, que vivía un momento de esplendor, las injusticias y trampas que en la vida ordinaria se realizaban y que hoy podemos contemplarlas en nuestro mundo, y también en tiempos de Jesús. “Disminuís las  medidas, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampas, compráis por dinero al pobre….” ¿Qué podríamos decir hoy? Los fraudes están a la orden del día, usamos las mismas trampas y fraudes para acrecentar las cuentas en paraísos fiscales y engordar nuestras arcas traspasando las líneas rojas y un largo etc. que todos conocemos bien y que no facilitan la convivencia humana.

Jesús en el Evangelio nos pone de manifiesto  que seguirle a Él es vivir en justicia y verdad, seguirle sirviendo a Dios, no al dinero, servir a Dios es vivir como El nos lo ha mandado, es decir en el amor, sin fraudes ni trampas, poniendo al ser humano en el centro de nuestras actuaciones.

Nosotros, como el administrador de la parábola, tenemos que dar cuenta al Dueño de la gestión que hemos hecho de los bienes que se nos han encomendado, dispuestos a no utilizar tantas artimañas para ganarnos amigos que nos faciliten las “puertas  giratorias” donde podamos seguir viviendo con la misma desfachatez de lucro y  despilfarro. Este es el reto que tenemos los cristianos y que hoy la liturgia nos invita a pensar y repensar, cómo son nuestras actuaciones, dónde ponemos nuestro corazón, qué podemos hacer de cara a un cambio de mentalidad, a un cambio de estructuras donde podamos ir creando fraternidad, hacer un mundo más humano, esto en definitiva, es el Reino de Dios, un Reino donde los poderes económicos no sean los dueños del mundo, donde las desigualdades sean menores, y nos alejemos de la globalidad de la indiferencia, como tanto gusta  repetir al Papa Francisco.

¿A qué nos invita la Palabra de Dios hoy? ¿Qué tenemos que cambiar en nuestra vida para que nuestro seguimiento al Señor sea de servicio a Él y no al dinero? Nos invita a vivir una cultura de ojos abiertos, siendo críticos con las políticas de fraude e injusticias que se viven en el mundo de hoy, y, por supuesto, a la solidaridad.

Con el salmo 112 podemos decir “Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre para hacer que se siente entre príncipes, los príncipes de su pueblo”.

La carta de Pablo a Timoteo nos puede ayudar a vivir un intensa vida de oración de los unos hacia los otros, por los que ocupan cargos de responsabilidad en la sociedad, ayudándonos a ser coherentes con la fe, siendo buenos administradores de los bienes que se nos han confiado para que cuando El vuelva no tenga que reprocharnos una mala administración de los bienes que son de todos, y que el dinero sepamos utilizarlo como una ayuda para una vida más digna para cada hombre/mujer, y para todos los seres humanos.

Mensaje sobre el 36 Congreso de Teología: “Migrantes, Refugiados y Fronteras. De la exclusión a la hospitalidad”

 Por: eclesalia@eclesalia.net

MENSAJE DEL 36 CONGRESO DE TEOLOGÍA SOBRE “MIGRANTES, REFUGIADOS Y FRONTERAS: DE LA EXCLUSIÓN A LA HOSPITALIDAD”

Celebrado en Madrid del 8 al 11 de septiembre de 2016
.36 Congreso de Teología

ECLESALIA, 12/09/16.- Del 8 al 11 de septiembre de 2016 hemos celebrado el 36 Congreso de Teología, que ha reunido a personas y colectivos procedentes de los diferentes continentes, pueblos, culturas y religiones para reflexionar sobre el tema “Migrantes, refugiados y fronteras: de la exclusión a la hospitalidad”. En él han participado activistas sociales comprometidos en los campos de refugiados y en las zonas fronterizas, que han aportado sus experiencias. Nos han acompañado representantes de pueblos oprimidos y olvidados. Hemos contado con especialistas en relaciones internacionales, procesos migratorios, trata de seres humanos, teoría de género, así como con teólogas y teólogos, que .han hecho análisis críticos de la situación y han ofrecido interpretaciones liberadoras de los textos religiosos.

1.     Existen en el mundo 200 millones de personas migrantes, 60 millones de desplazados, 20 millones de ellos refugiados y 40 desplazados internos, y 4 millones de víctimas de trata. Las personas más vulnerables son los niños, las niñas, mujeres, gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, sometidos a todo tipo de vejaciones: acoso sexual, agresiones físicas, trata de personas, tráfico de órganos, trabajos forzados, prostitución, violencia de género. Son personas sin nombre, sin cara, sin identidad reconocida. Viven una soledad social, política, moral y jurídica. Se les niega la dignidad y el derecho a la vida, como demuestran las miles de personas muertas en el legítimo intento de atravesar las fronteras.

2.     En expresión de Francisco, estas personas son consideradas “`población sobrante”, producto de la “cultura del descarte”, que nos vuelve incapaces para compadecernos ante los clamores de los otros. Son víctimas de un sistema basado en el Dios Dinero, del capitalismo perverso y de la acumulación mafiosa del capital. Quien se beneficia de esta situación es una elite político-económica, patriarcal, colonial, racista y antiecológica, que pone en marcha tres grandes negocios: el de la seguridad, el de la economía política de las migraciones y el de la gestión de las personas en movimiento.

3.     A pesar de las discriminaciones que sufren, las mujeres inmigrantes, refugiadas y desplazadas demuestran una gran capacidad de resistencia, resiliencia y empoderamiento.

4.     Los países de acogida son, en su mayoría, países del Sur, mientras que la mayoría de los del Norte cierran sus puertas a cal y canto, protegen sus fronteras con vallas, concertinas, policías y fuerza militar, niegan el derecho de asilo, siguen políticas equivocadas de seguridad, incumplen los protocolos internacionales y sus propios compromisos, y no demuestran voluntad de acogida.

5.     La insolidaridad de los Estados del Norte contrasta con la solidaridad que demuestra una parte importante de la sociedad, que adopta actitudes de hospitalidad, y con el trabajo de los movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales y personas cooperantes, que colaboran en los campos de refugiados y en las fronteras.6. El papa Francisco está adoptando actitudes ejemplares de acompañamiento y acogida, al tiempo que denuncia la hipocresía de los gobernantes y de los poderes económicos y financieros europeos. Dirigiéndose a ellos en su visita a Lampedusa pronunció la palabra “vergüenza”. A los parlamentarios europeos les dijo que no es tolerable que el Mediterráneo se convierta en un gran cementerio ni que se niegue acogida a quienes llegan a diario a nuestras costas, muchas veces muriendo en el intento en las barcazas. Actuar de esta forma es negar su dignidad y favorecer el trabajo esclavo.

6.     La actitud hospitalaria del papa contrasta con la insensibilidad de un sector importante de la jerarquía católica española ante el drama de las personas migrantes y refugiadas, cuyos problemas parece serles ajenos o no son prioritarios en su agenda pastoral. Amén de insensibilidad, hay obispos que amparándose en un mal uso de la libertad de expresión, adoptan actitudes racistas, xenófobas, excluyentes e inhospitalarias cuando alertan irresponsablemente sobre la “invasión” de los refugiados, cuestionan que todas las personas que cruzan la frontera sean “trigo limpio” y afirman que a Europa vienen muy pocos porque sean perseguidos. Alguno ha llegado a decir que la llegada de los refugiados es el Caballo de Troya de las sociedades europeas y, en concreto de la española, y que la acogida de los refugiados puede quedar muy bien, pero que “hay que saber lo que hay detrás”.
Estas declaraciones se hacen desde la impunidad jurídica y el disfrute de privilegios de todo tipo de parte del Estado: educativos, sociales, fiscales, económicos, financieros. Privilegios s que los alejan del Evangelio como mensaje liberador de Jesús de Nazaret.

8.     Queremos denunciar enérgicamente tales declaraciones, que demuestran ausencia total de misericordia y falta de sentido de hospitalidad, se alejan del mensaje hospitalario de la Biblia, que pide amar a los emigrantes, no maltratarlos ni oprimirlos “porque emigrantes fuisteis vosotros en el país de Egipto” (Éx 22,20), y son contrarias a la práctica acogedora de Jesús de Nazaret, él mismo perseguido, emigrante e identificado con los emigrantes (Mt 25,31-45).

9.     En nombre del Dios de la Vida y de la Paz condenamos el terrorismo, en este caso, el terrorismo que dice basarse en motivos religiosos y matar en nombre de Dios y que provoca la salida de poblaciones enteras para huir del terror.

10.   Exigimos a los Estados:

·         cumplir los protocolos internacionales en materia de inmigración, refugio y desplazamiento;

·         abrir rutas seguras que impidan caer en las redes de las mafias;

·         no participar en el negocio de venta de armas que se utilizan para apoyar al terrorismo y a los gobiernos dictatoriales;

·         combatir el racismo institucional; negar legitimidad a gobernantes corruptos y autócratas;

·         apoyar a las organizaciones humanitarias que trabajan sobre el terreno; –

·         fomentar políticas de desarrollo en los países de origen;

·         cumplir sus compromisos de acogida;

·         fomentar el diálogo intercultural, interreligioso e interétnico.

11.   El Congreso quiere expresar su solidaridad con los pueblos oprimidos y olvidados como el kurdo, el palestino y el saharaui, a quienes se les niega su derecho a la independencia y se los somete a todo tipo de vejaciones. Todos ellos tienen numerosos emigrantes, refugiados y desplazados.

12.   Las personas que hemos participado en este Congreso de Teología nos comprometemos a:

·         luchar contra la ideología y el sistema económico que provoca la exclusión de millones de personas,

·         denunciar la sistemática transgresión de los derechos humanos de las “personas en movimiento” por parte de los Gobiernos,

·         trabajar por otro mundo posible hospitalario,

·         seguir la práctica solidaria de Jesús de Nazaret;

·         hacer una nueva teología de la emigración;

·         pasar de la exclusión a la hospitalidad.

En Madrid, a 11 de septiembre de 2016

 

Migrantes, Refugiados y Fronteras. De la exclusión a la hospitalidad

36 Congreso de Teología

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Al encuentro con el Señor

Testimonio en el II Encuentro Nacional de los grupos Vida y Paz en Valencia

Por: Cati Pérez. Grupo Vida y Paz de Pintor López (Valencia).

Me ha pedido Cecilia que dijera unas palabras sobre mí en el grupo de Vida y Paz, aunque primero quiero que me conozcáis un poquito, y para ello quiero abriros mi corazón, porque no se trata de qué estoy haciendo ahora sino de cómo he llegado hasta aquí y hacia dónde quiero ir.

Nací en una familia buena, me bautizaron, tomé la Primera Comunión, aprendí las oraciones, pero hasta ahí llegó. Mi familia no era practicante y no pudieron trasmitirme un mayor conocimiento de Dios que ese. Pero como el Señor es bueno y todo lo hace bien, puso a Vita et Pax en mi camino. Como yo no quería estudiar y mi padre no quería que estuviera en casa sin hacer nada, a los 11 años me llevó a la “escoleta” que llevaban Pepa Carrión y Pepa Galarza, pensando que por lo menos allí estaría “recogida”. Aprendí a bordar, a pintar… lo que allí se hacía y fue allí donde empecé a conocer al Señor.

Subí al taller de artesanía a bordar, con Isabel Sanjuán, María Morell, Encarnita, Maruja, y a través de todas ellas fui descubriendo al Señor. Aprendí que la vida era más que trabajar y divertirse, porque veía que había algo en ellas, algo diferente a todo lo demás. No eran personas como las que yo había conocido hasta entonces, sino que eran personas que a mí me transmitían paz. Yo quise descubrir ese algo, y ese algo era el Señor que estaba en ellas y ellas lo irradiaban. Así, poco a poco, fui conociendo al Señor, fui enamorándome de él.

Pasó el tiempo y volví a los estudios, seguía saliendo con amigos pero yo tenía claro que quería consagrarme al Señor a través de Vita et Pax. A los 19 años me marché a Pamplona, a pesar de la negativa de mis padres, que no comprendían nada. Fueron unos años muy felices, bebiendo de la espiritualidad de Vita et Pax, conociendo más al Señor por medio de la oración, conviviendo con mis hermanas; e hice mi oblación.

Me destinaron a Madrid, donde estudié 1º de Enfermería, pero tuve que volver a casa porque mi madre se puso enferma de una enfermedad rara que la dejó en cama sin moverse ni poder hablar durante más de 10 años. Al poco tiempo de enfermar mi madre, mi hermana se casó y me quedé sola con mis padres. No sé qué me paso, me agobié y solicité salir del Instituto.

Al principio me sentí mal, pensé que había abandonado al Señor, pero poco a poco me di cuenta de que eso no era así, que el Señor seguía conmigo y sólo Él sabía lo que tenía preparado para mí. Yo quería ir en misión a Ruanda con mis hermanas, pero Ruanda ya estaba en mi casa: cuidé de mis padres hasta el último momento, luego de mi tía y, hace poco, de Maruja. A la vez que ha ido ocurriendo esto, también he cargado mi cruz en mi propio cuerpo, pero siempre he sentido cerca al Señor, acompañándome y ayudándome en cada momento, porque por mis propias fuerzas no habría podido, me habría hundido, pero con Él me siento fuerte. También en ese tiempo, el Señor me regaló un marido y unos hijos con quienes he sido muy feliz. Pero como se dice humanamente: el primer amor no se olvida.

La Virgen María, mi Madre, también ha sido un pilar fuerte donde me he podido apoyar.

Para mí, Vita et Pax siempre ha estado ahí y la he sentido y he querido como a mi familia, por eso, cuando me pidieron que formara parte del grupo de Vida y Paz, me sentí feliz de pertenecer a él y volver a vivir del carisma, de la misión y del estilo de vida de Vita et Pax para vivir la vida de Jesucristo, la vida de los votos que un día le hice al Señor, sobre todo, el que nuestro Padre Cornelio quiso que tuviéramos: CARIDAD.

Vengo al grupo de Vida y Paz contenta, y siento que me nutro del Señor a través de nuestra oración y de la puesta en común de tantas cosas que tratamos. Por eso, con la ayuda de mi amigo Jesucristo y el grupo al que ahora pertenezco puedo contestar a la pregunta ¿y dónde voy ahora?: al encuentro con el Señor.

 

¡Así es Dios!

Domingo XXIV  T. O.   Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Seguramente, el relato de las parábolas de Jesús capta enseguida el interés de todas las personas que le escuchan por su realismo. Nos vamos a fijar en la segunda. Una mujer pobre que tenía diez monedas pierde una. No es gran cosa. Todos conocían aquella monedita que solo valía el salario de un jornalero por un día de trabajo. Sin embargo, para ella es de gran valor. La mujer no se resigna a perder su pequeña moneda y va a hacer todo lo que está a su alcance por encontrarla.

“Enciende una candela”, porque su modesta casa no tiene ventanas y tampoco es mucha la luz que entra a través de la única puerta, casi siempre baja. “Barre la casa” con una hoja de palma para poder oír el sonido de la moneda al rodar en la oscuridad por el suelo de piedra. Cuando por fin la encuentra, no puede contener su alegría, llama a sus vecinas y les invita a compartir su dicha: “Alegraos conmigo”.

¡Así es Dios! nos dice Jesús. Como esta pobre mujer que busca su moneda y se llena de una inmensa alegría al encontrarla. Lo que a otros les puede parecer de valor insignificante, para ella es un tesoro. Una vez más los oyentes quedan sorprendidos. ¿Será así Dios? ¿Será verdad que los publicanos y las prostitutas, las mujeres y los pecadores… que tan poco valor tienen para algunos, son tan queridos por Dios? ¿Será que yo, tan insignificante, soy así de querida, de querido, por Dios?

Pero, cómo se atreve Jesús a comparar a Dios con una mujer, con una pobre mujer que pierde una moneda, algo tan poco valioso, y pone la casa patas arriba hasta que la encuentra y de nuevo brota la alegría, el compartir, la fiesta. Qué poco hemos contemplado la imagen de Dios como una sencilla mujer con su mandil y con su escoba buscando cuidadosamente su moneda perdida.

Llama la atención que esta alegría es el resultado de un proceso. Lo que tenemos al principio es una situación de pérdida, de dolor, de preocupación. La alegría emerge en el marco de un encuentro y la iniciativa, el primer paso, ha sido de la persona para quien lo perdido era algo muy valioso.

Es, además, una alegría que se necesita compartir, es expansiva, avanza por sí misma. La mujer llama y reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo porque he encontrado la moneda que se me había extraviado”. La alegría no es sólo el gozo interno sino que se muestra también en la convivencia festiva que se expresa exteriormente.

Jesús no sabía ya cómo invitar a las gentes a alegrarse y gozar de la misericordia de Dios. Y les habla en parábolas para que esté bien claro: Dios es como el Buen Pastor, Dios es como la Buena Ama de Casa, Dios es como el Padre-Madre Bueno. El Bautista ha predicado el mensaje amenazador del juicio de Dios, invitando al pueblo a la penitencia. Ahora, está Jesús invitando a todos a alegrarse por la misericordia de Dios con los pecadores pero, muchos, lejos de alegrarse lo descalifican.

Y vemos la alegría de Dios que se manifiesta en las tres parábolas. Alegría que nace de alguien y va hacia alguien, nunca es una alegría solitaria. Es expansiva y comunitaria en su propia naturaleza. Una alegría por la que se invierte la mala noticia en buena, la desgracia en oportunidad, la carencia en abundancia.

Una alegría que hace ligera la carga, que no guarda memoria de lo perdido sino gozo por lo encontrado, que necesita comunicarse y que tiene que ver con estar en camino, buscando. ¿No es eso lo mismo que hace Jesús cuando, después de su búsqueda cuidadosa, nos ha encontrado y necesita comunicarlo al Padre y a los otros y otras, celebrando el banquete con su propio cuerpo?

 

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