Gestos que hacen vivir

Por: M. Carmen Martín. Equipo de Difusión del Carisma. Vita et Pax.

mediterraneoHa sido un paseo fascinante: del Levante al corazón de la Mancha. Empezamos en la casa de Pintor López (Valencia), seguimos por Alboraya (Valencia), continuamos en Barcelona, fuimos a Alicante y concluimos en Ciudad Real. Seguro que el Hidalgo caballero y su escudero nos han acompañado por esos caminos. ¡Los cinco grupos Vida y Paz de España han iniciado el curso!d-quijote

Pronto hará diez años que echábamos a andar esta aventura. Invitábamos a compartir nuestro Carisma y Misión, desde la propia condición laical, a aquellas personas que sintieran que esta oferta de espiritualidad podría nutrirles en su seguimiento de Jesús. La respuesta fue tan rápida y numerosa que las primeras sorprendidas fuimos nosotras mismas. Pero es que la idea viene de lejos. Fue ya el propio fundador quien acariciaba este sueño desde los inicios de Vita et Pax como Instituto Secular y fue un tema abordado en nuestra I Asamblea General allá por el año 1972.

El mismo fundador, D. Cornelio Urtasun, en esa Asamblea, se preguntaba dejando volar su imaginación: “¿Si se va haciendo camino al andar; no será que las mismas personas en quienes vayamos sembrando el carisma de Vita et Pax, empiecen como en las tierras de Levante a dar fruto y sean ellas las que nos hagan la proeza de convertir en vino el agua que nosotros pusimos en las tinajas?”. Por lo frutos de hoy, pareciera que su intuición no fue muy errónea.

No, no es que seamos grandes multitudes, ni muy jóvenes, ni importantes, ni famosos… Somos cinco grupos, más otros dos en Guatemala, formado cada uno por unas 10 personas, más o menos; casi todas entradas en años y donde priman las mujeres. Gentes sencillas, buscadoras de Dios, comprometidas en sus realidades cotidianas de trabajo, familia, voluntariados, parroquias… que quieren vivir de la Vida de Jesucristo y ser en el mundo su Vida y su Paz. Y en ello estamos.

Como cada año hemos iniciado el curso con un retiro. Esta vez el tema no podía ser otro: “Este es el tiempo de la misericordia”. No es casualidad este año Jubilar. En este momento histórico, nuestro mundo necesita urgentemente mujeres y hombres que se dejen afectar, conmover en sus entrañas. La indiferencia, el individualismo, el “este no es mi problema”… se pueden convertir en un cáncer social que terminará por arruinar la sociedad.

Nuestro Dios nos invita a lo contrario de la indiferencia, es decir, a la misericordia; a ser misericordiosas como Él es misericordioso. “Eterna es su misericordia” proclama el salmista. La confianza absoluta y constante de Israel en el amor misericordioso y tierno de Yahveh se manifiesta en cada una de las páginas de la Biblia. Esta confianza se expresa de manera admirable en Ex 34,6-7: “Yahveh pasó por delante de Moisés y éste exclamó: Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones…”. Pero es en Is 49,15 donde encontramos la imagen más significativa del amor de Dios cuando al lamento de Sión que se duele de verse abandonada, el mismo Dios responde: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?, pues aunque llegase a olvidar, yo no te olvido”.

Para el rato de oración nos hemos centrado en dos parábolas extraordinarias: el Padre de la misericordia (Lc 15,11-32) y el buen samaritano (Lc 10,29-37).

En cada retiro hemos tenido ratos de escucha, de silencio y de compartir. Han sido reuniones ricas donde nos hemos alentado a vivir este nuevo curso haciendo gestos que hagan vivir, es decir, ejerciendo la misericordia porque la misericordia no sólo se siente, también se hace.

Los encuentros los hemos concluido compartiendo mesa con cena o merienda o picoteo… y risas.

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Jericó, ciudad de victorias

Domingo XXXI del TO, ciclo C

Por: Jose Oller. Vita et Pax. Guatemala.

Con un esfuerzo imaginativo –como si presentes nos halláramos- aterrizamos en Jericó, ciudad que, según dicen, es un maravilloso oasis en medio de un paisaje desértico. Ciudad bíblica en la que han ocurrido acontecimientos espléndidos de victoriosa salvación: uno de los principales en el Antiguo Testamento fue  su conquista por parte de los israelitas y la caída en su  poder  al desprenderse espectacularmente las  murallas. Ya en el Nuevo Testamento, nos cuentan los evangelistas otros relatos yendo o viniendo Jesús de Jericó: por ejemplo el buen samaritano, el ciego de nacimiento.

Hoy nos conduce la liturgia a contemplar otro importantísimo episodio, hecho de imágenes casi imperceptibles por la multitud que rodeaba a Jesús, pero buscando verle por parte de un  -bajo de estatura-  recaudador de impuestos, jefe de recaudadores y por lo tanto muy rico y también por lo mismo, despreciado y marginado por el pueblo.

Además de su curiosidad por ver a Jesús sin duda “algo” ardía en su corazón, -Dios lleva siempre la delantera aunque no seamos conscientes de ello-. Zaqueo tiene impulsos de correr y subirse a un  sicómoro para verle pasar. No le importa si hace el ridículo pero posiblemente la gente ni se da cuenta. Sin embargo Jesús –siempre atento a lo que ocurre a su alrededor-  sí lo ve, lo mira y le ordena: “Zaqueo, baja que hoy tengo  que hospedarme en tu casa”. El relato adquiere aquí  velocidad en varios sentidos: Zaqueo baja, rápidamente,  acoge a Jesús en su casa y lo “acoge al interior de su corazón”, en su morada más profunda, caen sus murallas, caen las escamas de sus ojos, se abren sus oídos: ve y escucha a los “lázaros” que tiene en la puerta, toma conciencia de todo lo que ha extorsionado y le sale espontáneamente manifestar el comienzo de su conversión directa, llegando o mejor, empezando por “el bolsillo”: “devolveré cuatro veces más lo robado, la mitad de mis bienes daré a los pobres”. Curioso. Jesús no ha tenido necesidad de pronunciar palabra, no hace ninguna homilía.  Su sola presencia provoca el milagro. Solo habla Jesús para confirmar su misión ante las críticas de la gente: “Hoy ha entrado la salvación esta casa” claro, ha entrado EL.- “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

 Este relato, en su brevedad, es síntesis de la primera lectura y de todo el camino del discipulado que ha venido describiendo hasta aquí, con bellas parábolas  y con exigentes mensajes, el evangelio de Lucas. El libro de la Sabiduría nos presenta a Dios como todopoderoso y al mundo como una insignificancia ante Él. Pero  precisamente porque todo lo puede, puede manifestar su poder compasivamente.  Él ama la VIDA y todas las vidas, a toda persona acoge dentro de su bondad y su misericordia, sea cual sea su condición porque ama todo lo que ha creado. Y esta forma original de actuar se expresa pedagógicamente en el perdón y conduce al arrepentimiento. Zaqueo es un buen ejemplo de ello.

El evangelio de Lucas nos va señalando las exigencias de la auténtica conversión y del seguimiento de Jesús la primera de las cuales es el desprendimiento tanto material como afectivo: “vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, después VEN Y SÍGUEME”; “no podéis servir a Dios y al dinero”….

Aplicado todo ello a las globales situaciones que estamos viviendo, ¿quién no desearía que hubiera muchas ciudades del mundo que fueran “JERICÓ”  que dejaran entrar la salvación en sus casas y en los corazones de tantos hombres y mujeres, enfermos de egoísmo y de poder, amurallados tras el dinero y cegados por una arrolladora ambición que solo causa pobreza y más pobreza, que margina y oprime; que crea campos de refugiados en lugar de oasis de libertad?  Se creen grandes, pero son “pequeños de estatura”. Ojalá se suban al ÁRBOL DE LA VIDA  que les permita “ver” a este Jesús que está siempre atento a quien le busca y quiere hospedarse en su casa para “derribar muros” y ”hacer caer escamas de los ojos” para liberarles y darles el gozo del perdón y la alegría de la paz. Porque  sigue siendo cierto  que “Dios quiere que todos las personas se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Es misión de quienes tenemos el privilegio de seguir a Jesús, orar y trabajar para que esto pueda llegar a ser.

                 ¡¡¡ SEÑOR, QUE TODAS LAS CRIATURAS SIENTAN TU

           PRESENCIA COMPASIVA Y MISERICORDIOSA EN SUS CORAZONES

     Y REORIENTEN SUS VIDAS HACIA  TI, AMIGO DE LA VIDA Y DE LA PAZ!!!

La patria del corazón

Texto del pregón del Domund 2016 pronunciado por Pilar Rahola en la Sagrada Familia de Barcelona.

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella, monseñores, autoridades, amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma…, porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso…; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.

 

 

 

La relación con Dios

Domingo XXX del TO. Ciclo C

Por: Rosamary González. Vita et Pax. Tafalla (Navarra)

“Jesús dijo esta parábola por algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos,  y despreciaban a los demás”.

Las lecturas de este domingo se centran en la relación de las personas con Dios, sea de forma individual o colectiva. El libro del Eclesiástico nombra a un Dios juez: justo, sin acepción de personas para no perjudicar al pobre; escucha la oración del oprimido, la súplica del huérfano, el desahogo de la viuda en su lamento. Hoy podríamos añadir a este libro muchos más colectivos que sufren igual o más que entonces y de los que “pasamos” muchas veces aludiendo a nuestra impotencia para tranquilizarnos y no actuar con  mayor radicalidad en aquello que podemos.

Pablo aprovecha su carta a Timoteo para desahogarse de la soledad que ha sentido al verse abandonado, pero encontró la fuerza en el Señor para proclamar el mensaje a todas las naciones.

La parábola que nos presenta hoy Jesús, a primera vista, resulta tan intimista, tan oída y comentada, que puede perder la verdadera fuerza que contiene el mensaje del comienzo y del final.

Posiblemente, no terminamos de identificarnos ni con el fariseo ni con el publicano, o pensamos que tenemos un poco de los dos, sin entrar demasiado en la introducción de la parábola que nos dice a quién va dirigida.

En los tiempos de Jesús, como en los de hoy,  esta parábola se dirige a los que tiene más cercanos, a los que se consideran justos, a los que se creen poseedores de la verdad y por eso pueden estar seguros. Y a los que desprecian a los demás sencillamente por ser diferentes: por pensar de manera distinta, por actuar bajo otros criterios, por tener otros signos de identidad.

Pues bien, también nos la dirige hoy a nosotras, a las y los que nos creemos que actuamos con justicia y vivimos con la seguridad de cumplir la ley por encima de todo. Cuando oramos sin dejarnos interpelar por la palabra de Dios, cuando estamos tranquilas/os y no nos preguntamos qué debe cambiar en nuestra vida para vivir con mayor autenticidad y fidelidad el proyecto de Jesús.

En su oración, tanto el fariseo como el publicano, han subido al templo a orar, y los dos comienzan su oración de la misma manera: “¡Oh Dios!”. A partir de ahí todo cambia: su postura, la  seguridad  y el orgullo en uno, la  inseguridad y la humillación en el otro. Y Jesús termina con el final: “Os digo……  Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

Las dos formas de oración son válidas y en cada situación de nuestra vida prevalece una forma de relacionarnos con Dios u otra. Lo importante será abrirle el corazón y dejarnos transformar por Él, en el que siempre estaba presente la relación con su Padre y la Misión.

Vuestra soy, para Vos nací

Por: Santa Teresa de Jesús. Liturgia de las Horas

teresaVuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad, eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
La gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis,
vuestra, pues me redimisteis,
vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra, pues que me llamasteis.
Vuestra, porque me esperasteis,
vuestra, pues no me perdí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma:
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición.
Dulce Esposo y Redención
pues por vuestra me ofrecí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad;
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo:
pues del todo me rendí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?

Lidia

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad. Vita et Pax.

Presentamos a la que dicen fue la primera cristiana de Europa. Se llamaba Lidia y era lo que hoy llamaríamos una mujer empresaria. Procedente de Tiatira, vivía en la ciudad de Filipos en el siglo I de nuestra era, comerciaba con tejidos y púrpura y gozaba de buena posición. Su historia aparece en los Hechos de los Apóstoles (capítulo 16) y no se nos habla de su marido, pero sí de su familia y del personal de su casa.

Los Hechos relatan que ella, junto a un grupo de mujeres, se reunía los sábados junto al río. Un grupo de mujeres inquietas que buscaban algo más que bienestar en sus vidas. Y fue un sábado cualquiera que unos desconocidos se les unieron y les hablaron de un tal Jesús. Lidia se hizo bautizar y, con ella, sus familiares.

En Lidia podemos apreciar un bonito proceso de conversión:

  • Ella misma que busca. La persona despierta e inquieta que busca la verdad-Dios con perseverancia y honestidad tarde o temprano la encuentra.
  • “El Señor abrió su corazón”. Ella no lo llamó, ni pidió que vinieran unos misioneros a enseñarla. Es Dios quien sale al encuentro, es Jesucristo quien se adelanta y nos llama. A través de Pablo y sus compañeros, Dios hizo llegar su llamada a Lidia y a su gente.
  • Una vez el corazón está abierto, la siguiente fase es recibir, como lluvia fecunda, las palabras que abren un horizonte nuevo. Lidia atisbó esa vida nueva. Y creyó.
  • La conversión culmina con un gesto en el que Dios derrama su aliento, su Espíritu: Lidia se bautiza, y no solo ella, sino toda su casa.
  • La persona, como buena tierra, da frutos: atrae e invita a otros hacia Dios; abre las puertas de su casa; pone sus bienes a disposición de los demás…

Búsqueda, sed de verdad, apertura, compromiso, acogida del otro, abandono en el Espíritu… este fue el camino de Lidia, éste puede ser también nuestro camino. Una empresaria es capaz muy bien de ocuparse de su casa y de su negocio, ¡y al mismo tiempo ser apóstol y misionera! La secularidad y la consagración se llevan bien. Seguro que si hubiera vivido en esta época, Lidia hubiera pertenecido a un Instituto Secular.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

  • M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.
  • M. Jesús Antón Latorre. Teléfono    660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

Trabajar por la paz es trabajar por la vida

Domingo XXIX del TO. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

“Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada” escuchamos en la primera lectura. La historia de la humanidad es la historia de sus guerras. El pueblo de Israel es un buen ejemplo de ello, por desgracia, no el peor. El 6 de agosto de 1945, mientras los cristianos celebraban la transfiguración de Jesús, una bomba nuclear cayó sobre Hiroshima. En el año 2016 la ciudad de Alepo (Siria) está siendo escarnecida por los bombardeos sistemáticos… Y la historia continúa.

Los cristianos tenemos muchas tareas urgentes: instaurar la justicia, el alivio de la pobreza y el hambre en el mundo, los refugiados, la defensa de los derechos humanos, la evangelización… Pero todas están estrechamente ligadas a la tarea que las precede: la construcción de la paz. Trabajar por la paz hoy significa hacer posible que la vida juntos siga siendo una realidad en este planeta; pertenece al corazón mismo de nuestra vocación cristiana.

Cuando hablamos de trabajar por la paz no es sólo un compromiso a favor de una organización o un proyecto específico. Ni siquiera es un cambio concreto en nuestro trabajo o en la vida familiar. Es una conversión de toda nuestra persona, de forma que cuanto hagamos, digamos o pensemos forme parte de la vocación apremiante de ser personas de paz. Es una llamada tan universal como la llamada al amor. Es una forma de vida que compromete nuestro ser por entero.

Trabajar por la paz es, sobre todo, resistir. Oponer decidida resistencia a los poderes de la guerra y la destrucción. Significa decir “no” a las fuerzas de la muerte y decir “sí” a la vida. Trabajar por la paz es trabajar por la vida.

Resistir es decir “no” a toda clase de violencia; exige un “no” a la muerte que se esconde en los más pequeños rincones de nuestra mente y corazón. Exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “no juzguéis” (Mt 7,1). El juicio es una violencia encubierta. Al juzgar dividimos el mundo en dos partes, los buenos y los malos. Juzgar implica que, de alguna forma, estamos fuera del lugar donde moran los seres humanos débiles, rotos, pecadores. Es un acto arrogante y pretencioso. A su vez, nuestra lengua, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva. Quien habla mal de la persona, presente o ausente, mata. Todas sabemos el poder que tiene la palabra, con ellas podemos herir o sanar.

Resistir es también decir “sí”. Un “sí” grande a la vida que implica un Sí al amor, sobre todo, a los enemigos. Se ha dicho que el amor al enemigo es la piedra angular del mensaje de Jesús. Quien ama a los amigos y a los enemigos inspira vida y hace que ésta pueda ser celebrada. Este amor tiene que estar anclado en el amor de Dios que todo lo abarca, que “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Sólo un profundo arraigo en el amor de Dios puede impedir que la persona que trabaja por la paz sea invadida por la misma ira, resentimiento y violencia que conduce a la guerra.

Decir “sí” a la vida como acto de resistencia significa inspirar, afirmar y nutrir los signos de vida allí donde se manifiesten. Y, muchas veces, no es evidente verlos porque es muy vulnerable. La vida, vista cuando nace, necesita protección. Es algo muy pequeño, escondido, frágil; no se abre paso por la fuerza para ponerse en primer plano; quiere permanecer escondida; avanza con moderación… Una sociedad que deja morir de hambre a un solo ser humano o que no acoge la vida que llega a sus fronteras, continúa la tarea sangrienta de Josué, mata “a filo de espada”.

Agenda último trimestre del año 2016

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

  • Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia. Patrona de Vita et Pax

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  • Retiros de inicio de curso de los grupos Vida y Paz. Este año el tema es: La misericordia entrañable de Diosretiro-grupos-vida-y-paz
    • 25 septiembre grupo Vida y Paz de Pintor López (Valencia)
    • 28 septiembre grupo Vida y Paz de Alboraya (Valencia)
    • 30 Octubre grupo Vida y Paz de Barcelona
    • 10 octubre grupo Vida y Paz de Alicante
    • 19 octubre grupo Vida y Paz de Ciudad Real

 

  • Del 20 al 27 de octubre, Ejercicios Espirituales en Huarte (Navarra). Dirige D. Andrés Huertas.

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  • El 26 de noviembre, Asamblea Nacional de Cedis en Madrid.

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  • Diciembre:
    • Convivencia anual Vita et Pax Ruanda
    • Convivencia anual Vita et Pax Guatemala

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Las lepras de nuestro tiempo

Absolutamente nada es castigo de Dios

Domingo XXVIII del T O. Ciclo C

Extracto del comentario de Faustino Vilabrille. Presbítero.

La Lepra: Aún hoy hay 115 países donde la lepra no ha sido erradicada, a pesar de que es fácil de curar, y detectada a tiempo no deja secuelas, pero aun se producen más de 200.000 nuevos casos cada año, sobre todo en regiones de países pobres, como la India o Brasil. La lepra es una enfermedad muy cruel porque empieza a afectar a las zonas frías: cartílagos, nariz, orejas, y se manifiesta mucho de cara al exterior, con diversas deformaciones. El enfermo está consciente y tiene los órganos vitales bien, pero se siente muy mal, tanto física como moralmente, y más aun las mujeres, pues la exclusión social mata tanto o más que la propia enfermedad. La OMS proporciona tratamiento gratuito a todos los enfermos de los países que reconocen tener la enfermedad, pero algunos no lo hacen por cuestión de imagen, por lo que hay bastantes más de los que recogen las estadísticas.

Esa no fue la actitud de Jesús. En su tiempo la lepra era considerada castigo de Dios. Pero nada es castigo de Dios: Jesús lo deja claro curando a los diez. Ninguna enfermedad es castigo de Dios. Si así fuera Jesús no curaría, como curaba, a toda clase de enfermos. Jesús es la humanización de Dios, para liberar de todo sufrimiento, de todo mal, de toda esclavitud. Donde hay liberación ahí está Dios, donde hay opresión falta Dios. Amenazar con el castigo de Dios, como se hizo tantas y tantas veces, incluso con los niños, es vilipendiar, distorsionar e injuriar el nombre de Dios. Toda religión que no es liberadora es falsa.

Los ritos: De los diez leprosos curados por Jesús, nueve se marcharon corriendo al templo a cumplir con los ritos que mandaba la religión. Solo uno, extranjero, que nada sabe de aquellos ritos, vuelve a hacer lo más lógico y normal, darle gracias a Jesús porque le devolvió la salud. Los ritos por los ritos son una trampa.

LAS LEPRAS DE NUESTRO TIEMPO: Otra clase de lepra mucho más grave, sigue impidiendo curar a los leprosos de hoy y a los afectados por otras muchas enfermedades: Es la lepra del egoísmo, de la avaricia, de la insolidaridad, de la injusticia, de la falta de compromiso con los más empobrecidos del mundo. Esta lepra causa las más grandes y numerosas víctimas de nuestro tiempo. Hoy hay muchas víctimas porque hay grandes y terribles victimadores. Son victimadores los fabricantes de armas de guerra, las multinacionales que explotan y oprimen a los países pobres, los gobiernos y empresarios corruptos y corruptores, los fabricantes de ídolos (modas, deportes de élite) para domesticar a las masas y explotarlas con el consumismo…

Todo el sistema del capitalismo neoliberal y cuantos lo secundan activa o pasivamente conformes con él sin combatirlo, son la lepra y la lacra más grande y nociva de nuestro tiempo, que produce una inmensa riada de millones de víctimas.

¿COMO COMBATIR ESTA LEPRA? No se combate con medicamentos ni hospitales. Es tarea de todo@s, de toda la sociedad; es tarea de educación crítica, es tarea de creer que es posible, es compromiso con los grandes valores del ser humano; es promoción y lucha por los Derechos Humanos; es preguntarnos por la responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros; es conversión de nuestra propia mente y nuestro corazón; es elegir y discernir a la hora de votar… es un compromiso inquebrantable con la ética, la honradez, la honestidad, la justicia, la solidaridad, la fraternidad universal, la vida, el amor como ceñidor de la felicidad de toda la creación, como lo fue hasta la muerte, si hace falta, el de Jesús de Nazaret, luchando por los victimados y denunciando y pidiendo la conversión a los victimadores, de los cuales El mismo acabó siendo víctima y perdonándoles “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”. Por creer que otro mundo mejor es posible, que podamos oír de El: “tu fe te ha salvado”, como el leproso número 10.

El impacto de la mística en las mujeres

XXI Encuentro Mujeres y Teología 2016

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