Vida y Paz de Alboraya

Inicio del curso

Por: Xaro Carles. Grupo Vida y Paz de Alboraya (Valencia).

Último miércoles de Septiembre, empezamos el curso con fuerza, con un retiro.

Después de saludarnos y compartir con alegría la vuelta a los encuentros, nos espera Cecilia y, como viene siendo habitual en estos últimos años al inicio del curso, tenemos la suerte de que M Carmen puede estar con nosotras y compartir la tarde reforzando nuestro espíritu.

Como siempre empezamos invocando al Espíritu Santo y así empezar a centrarnos (porque hay que reconocer que a veces nos cuesta un poco entrar en silencio).

Como estamos en el Año Jubilar de la Misericordia trabajamos con lecturas que nos evocan este amor misericordioso de Dios que se ha hecho visible y tangible en Jesús, trabajando sobre todo en el perdón, sin olvidar el compromiso que tenemos como cristianos. Leímos el evangelio del Buen Samaritano hablando de la labor tan desinteresada y el ejemplo a seguir; compartimos experiencias y nos comprometimos a vivir la vida sin dar rodeos, algo tan difícil en los tiempos que vivimos.

Yo, personalmente me quedo con una frase que creo que lo dice todo ”La misericordia no solo se siente, se hace”.

En octubre, iniciamos el tema de “El servicio”.

¡Ya estamos en marcha!

Un abrazo desde Alboraya

 

Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos

2º Domingo de Adviento. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

El Evangelio nos presenta a Juan en el desierto. Allí había aparecido de pronto, no se sabe muy bien cómo ni de dónde, vestido con piel de camello y alimentándose de saltamontes y miel silvestre. Hay algo nuevo y sorprendente en este profeta. No predica en Jerusalén, como Isaías y otros profetas, vive apartado de la élite del templo; tampoco aparece en la corte, se mueve lejos del palacio de Antipas.

Exhorta a las gentes a la conversión, a preparar el camino del Señor. Su voz debía de tener un acento de sinceridad, porque fueron muchos los que acudieron a él. Entonces, como ahora, las gentes andaban a la búsqueda de una señal. Mucha gente estaba insatisfecha y aguardaba la manifestación de Dios. De Dios o de su Mesías. De Dios o de su liberación.

La liberación, en ese momento, no consistía en escapar del lugar de la esclavitud. Se trataba de abandonar un estilo de vida. Era una llamada a la “conversión”. Y, entonces, como ahora, abundaban los que ni siquiera veían la necesidad de convertirse. Se escudaban en sus genealogías. Alegaban ser descendientes de Abrahán. Como si la salvación fuese una casa que se recibe por herencia. Pero la salvación no está vinculada al país en el que se ha nacido, al grupo étnico al que se pertenece, al colegio que se ha frecuentado, al lugar donde se vive, a la ropa que se viste…

¡Convertirnos! Esto es lo primero que necesitamos también hoy: convertirnos a Dios, volver a Jesús, abrirle caminos en el mundo y en la Iglesia. No será fácil. Probablemente se necesitará mucho tiempo para que la misericordia, el amor entrañable de Dios, sea el centro de nuestra vida cristiana pero este tiempo de Adviento es privilegiado para ello. La conversión hoy puede tener diferentes sendas:

Convertirnos es ser conscientes de que el mundo, y la vida, necesita una buena noticia auténtica y tratar de encontrarla en la cercanía de Dios y su Evangelio.

Convertirnos es vincular, desde la raíz, nuestra vida y nuestro destino con todas las personas que ya no esperan nada o esperan otras cosas, como lo hizo Jesús, nuestro Dios.

Convertirnos es hacer el bien allí donde una se encuentre. Es justo ahí y no en otra parte, es justo en ese momento y no mañana.

Convertirnos es “tener cuidado” de los otros y de las otras mientras esperamos. Desarrollar en mí una sensibilidad que me ayude a percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades.

Convertirnos es hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento olvidadas. Es unirnos a la lucha de los empobrecidos por conseguir un futuro más digno y humano.

Convertirnos es reconocer que la propia vida personal aspira a una plenitud que no tenemos. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y podemos vivir con más profundidad. Así que convertirnos también es preguntarnos por eso que falta, que me falta, y buscar en el entorno de Dios la respuesta. Dejar de crecer es empezar a apagarse.

Convertirnos es creer que Dios no es un Dios distante, ajeno a la creación, desvinculado de la historia humana. Es un Dios que sigue presente en nuestro mundo, entre los desesperanzados, entre los empobrecidos, entre nosotras. Dios, que nos ha bendecido con su gran amor y que a él nos remite cuando nos desalentamos.

Convertirnos es ir comprendiendo que nuestro corazón no nos engaña cuando nos asegura que podemos aguardar el futuro, porque lo que nos espera por parte de Dios no va a frustrar nuestra esperanza (2 Pe 3,13).

Si Juan Bautista hubiera sabido de Dios lo que sabemos nosotras hoy, no hubiera dado una vida sino “mil” vidas por este Dios.

¡Con alegría, salgamos al encuentro…!

1er Domingo de Adviento,  Ciclo A

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Pues, ¿quién viene…? Inauguramos hoy el Tiempo de Adviento. Es tiempo de espera pero no de una espera pasiva. El que viene está cerca, no va a tardar. Por eso se nos invita a abrir la puerta y salir al encuentro. Y salir con alegría, con los brazos abiertos para recibirle, porque el que viene es el esperado y es Buena Noticia.
El Pueblo de Israel esperaba al Mesías prometido. El Profeta Isaías nos cuenta que tuvo una Visión de lo que ocurriría “al final de los días”, es decir, más adelante, en el futuro. Para entonces invitaba a “subir a la Casa del Dios de Jacob”. Y continuaba: “Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”.(Is.2,2). Israel vivía en Adviento, en espera de ese tiempo, de ese momento. Y la visión de Isaías se cumplió con el nacimiento de Jesús en Belén.
En las esperas nos puede entrar el sueño, la impaciencia, el aburrimiento… y hasta podemos olvidarnos que estamos esperando. En su Carta a los Romanos, San Pablo les advierte que ya es hora de despertar “porque ahora la salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”.(Rm. 13,11-12) Esa advertencia es también para nosotros/as, cristianos/as de hoy, y para los cristianos ”de toda la vida”.
El Mesías esperado ya vino. Una parte de los judíos lo reconoció, encarnado en Jesús de Nazaret. En él se cumplía lo que también Isaías había anunciado: era el Ungido “…para dar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos, libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.(Is.61,1-2; Lc.4,18-21)
El Año Litúrgico recuerda y revive esa presencia de Dios entre nosotros, hecho hombre, “como uno de tantos”, manifestado en Cristo Jesús, el “Dios con nosotros”. No recuerda solamente lo que pasó sino que nos invita y ayuda a revivir esa presencia encarnada, prolongando y actualizando lo que Jesús fue, lo que Jesús dijo y lo que Jesús hizo. En el final de la lectura de hoy San Pablo nos dice “: “Revestíos del Señor Jesús”.
Pues bien, estrenamos un nuevo Año Litúrgico con el Primer Domingo de Adviento. Estrenar supone novedad, dejar de lado lo que ya no sirve, poner manos a la obra con ilusión y empeño en la tarea que empezamos, aprovechar las nuevas oportunidades que se nos ofrecen y, revestidas/os del Señor Jesús, hacerle presente en nuestro mundo, en nuestro entorno, tan necesitados del anuncio y realización de la Buena Noticia que proclamó y que fue Jesús de Nazaret, el que nacerá de nuevo en la cercana Navidad si nuestras vidas le hacer revivir.
Navidad, manifestación de Dios en la debilidad, en la pequeñez, en la pobreza, haciéndose cercano a los débiles, a los pequeños, a los marginados- descartados de la sociedad, ansiosa de grandeza, de poder, de comodidad, de “progreso” a costa de los demás, a costa de robar la tierra, los alimentos, el techo y el lugar donde vivir a los que no pueden defender lo que les pertenece por el hecho de ser personas, por pertenecer a la única familia humana. ¡Y cuántos hoy, miembros de esta familia, sufren, piden ayuda, mueren, porque no escuchamos sus gritos y lloros!
Tenemos cuatro semanas para preparar nuestro encuentro con el que va a nacer de nuevo. Despertemos del sueño y salgamos a recibirle con alegría… para agradecer y adorar su presencia entre nosotros/as, para aprender y hacer nuestros/as sus modos y maneras de manifestarse, su cercanía, sus preferencias y prioridades…“Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas…”
Desde su nacimiento, el Dios encarnado en un niño frágil y pequeño, ya fue la Buena Noticia anunciada por Isaías. Acercarnos y encontrarnos con el recién nacido será una nueva oportunidad para escuchar y acoger el Mensaje de los Ángeles en Belén: “¡Paz en la Tierra a los hombres que Dios ama”! (Lc. 2,14) Y con ese gozo en el corazón y el hacer de nuestras manos podremos manifestar a los demás que Dios vino para ser, para hacernos y para llevar a todos la Buena Noticia de su cercanía, de su Amor y de su Paz.

Tenemos esperanza

TENEMOS ESPERANZA
(Tangos para apostar por la vida)

Porque El entró en el mundo y en la historia.
Porque El quebró el silencio y la agonía.
Porque llenó la tierra de su gloria.
Porque fue luz en nuestra noche fría.

Porque nació en un pesebre oscuro.
Porque vivió sembrando amor y vida.
Porque partió los corazones duros.
Y levantó las almas abatidas.

POR ESO ES QUE HOY TENEMOS ESPERANZA
POR ESO ES QUE HOY LUCHAMOS CON PORFÍA
POR ESO ES QUE HOY MIRAMOS CON CONFIANZA
EL PORVENIR EN ESTA TIERRA MIA
POR ESO ES… EL PORVENIR.

Porque atacó a ambiciosos mercaderes.
Y denunció maldad e hipocresía.
Porque exaltó a los niños, las mujeres.
Y rechazó a los que de orgullo hervían.

Porque El cargó la cruz de nuestras penas.
Y saboreó la hiel de nuestros males.
Porque aceptó sufrir nuestra condena.
Y así morir por todos los mortales. POR ESO ES….

Porque una aurora vio su gran victoria.
Sobre la muerte, el miedo, las mentiras.
Ya nada puede detener su historia.
Ni de su reino eterno la venida. POR ESO ES…

Manos que dan vida

Fiesta de Jesucristo Rey. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Terminamos el año litúrgico. La vida está hecha del paso de los años. Cada año nos aporta algo único y pide algo distinto de nosotros. La cara cotidiana de la historia es tan necesaria como la más destacada; lo del día a día tan necesario como lo extraordinario. Ese es el valor del tiempo ordinario. No hay nada especial, al menos de antemano, en estas épocas de la vida; pero eso no quiere decir que sea un tiempo sin importancia. Quizás al contrario, es ahí donde se va fraguando lo significativo, la novedad.

Probablemente en la vida de Jesús también hubo rutinas. Desde su vida oculta, treinta años de preparación, de los que poco sabemos, quizá porque poco hay que reseñar, hasta esos tres años en los caminos. Habría jornadas parecidas entre sí, días en los que no ocurriera nada excepcional ni especial. Los discípulos tendrían que acostumbrarse a etapas más tranquilas, de levantarse temprano, conversar con personas distintas sobre los mismos asuntos una y otra vez; se habituarían a veladas ante una hoguera, marcadas por el silencio cuando ya parece que se agotan los temas de conversación; o a noches de mal dormir, hasta que el cuerpo se aclimatara también a las durezas del camino. Todo esto les ocurría. Como nos ocurre a nosotras y nosotros.

Y el año litúrgico concluye con esta festividad de Cristo Rey. Un Rey en la cruz. Los diferentes domingos del tiempo ordinario nos han traído hasta aquí, ante Jesús que reina en la cruz. Nada ordinario ni cotidiano. La palabra “Rey” nos remite a poder, riquezas, esplendor… por eso, nos resulta extraño asociar ese título con Jesús. No es fácil acercarse a un rey. Los reyes están en su “mundo”, en sus palacios, lejos de la cotidianidad de la gente sencilla, lejos de las gentes hambrientas, de las enfermas, de las paradas, de las que están en la cárcel, de las refugiadas sin hogar ni cariño…

A veces, vemos en la televisión cómo a los reyes de la tierra se les besa la mano con una solemne reverencia. Sin embargo, el Rey Jesús utiliza sus manos para cosas mejores. Alguien lo ha llamado el Rey de “las buenas manos”. Buenas manos para sostener a los abatidos, para hacer caricias a los maltratados y justicia a los oprimidos, para enjugar el sudor de los cansados y las lágrimas de los afligidos, para sanar los corazones de piedra, para levantar del polvo a los pobres, para curar las variadas heridas humanas, para ofrecer vino en las bodas, para jugar con los niños en las plazas, para escribir en tierra versos de liberación, para entrelazar sus manos con las tuyas en la danza de la vida…

No estamos solos en el universo. Dos manos bondadosas nos recogen y nos hacen recostar en su seno, donde podemos poner confiadamente nuestro corazón y nuestra vida. Pero ésta no es la experiencia principal para millones y millones de seres humanos hoy, expulsados en los bordes del camino, olvidada su existencia. Seres humanos con sueños, con esperanzas, con deseos, con manos para ser tocadas. Seres humanos con sus nombres, sus historias, sus sonrisas, sus madres y padres… pero sobran. Son los excedentes de seres humanos que, como si fueran excedentes de uva, se tiran, se pudren y se olvidan.

Celebrar la fiesta de Cristo Rey es unir nuestro destino con el destino de este Rey; unir nuestras manos con las manos de este Rey. Convertir nuestro tiempo ordinario en extraordinario. Jesús mismo nos invita a ser esas “buenas manos”: sostener, acariciar, enjugar sudores y lágrimas, sanar, levantar del polvo a caídas, curar heridas, abrazar, danzar… Son acciones sencillas, cotidianas, que todas sabemos y podemos hacer.

La promesa de Jesús en la cruz sigue vigente, hoy podemos estar con Él. Ya sabemos el camino.

Lecturas liturgia del día

Lecturas del día, mes actual:

Casa de la Biblia
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Calendario litúrgico 2016-2017

Descargar (Calendario-litúrgico-2016-2017.pdf, PDF, Desconocido)

El Señor llega con justicia

Domingo 33º del T. O. Ciclo C

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

Al igual que los discípulos de Jesús, también nosotros estamos deseando que el Reino de Dios llegue a su plenitud, también preguntamos: ¿maestro cuándo será eso?, queremos que la justicia domine el universo, la paz sea nuestro gozo y el amor la esencia de la vida. Anhelamos que llegue el día que vuelva el Señor, signo de haber desaparecido el mal de la tierra, estemos exultantes de gozo, saltando de júbilo, desbordados por la alegría, porque Él reinará con justicia, ha llegado la salvación para la humanidad entera.
Mientras tanto estaremos atentos, tenemos que vivir el presente con humildad, con paciencia, con rectitud, porque al final le queda mucho tiempo por llegar, el fin no vendrá inmediatamente, todos sabemos cuán lejos estamos todavía de la Jerusalén celestial.
Podíamos comenzar por vivir y dar testimonio en nuestra casa, familia o comunidad, aceptando a los otros tal cual son, con sus imperfecciones y virtudes, conscientes que en cada uno de nosotros hay necedad y sabiduría, comodidad y entrega, soberbia y humildad, exigencia y paciencia, ira y paz, silencio y palabra, egoísmo y amor. Ya sólo con interiorizar lo que Jesús quiere de nosotros y ponerlo en práctica en nuestra vida cotidiana y cercana de cada día, estamos aproximando el Reino de Dios.
Vamos a ir un poco más allá y llevar nuestro compromiso con la sociedad en nuestro trabajo, realicemoslo con sentido de servicio y para el bien común, seamos responsables, esforcémonos por hacerlo lo mejor posible, no lo sintamos como una losa, sino como un medio que nos dignifica, así como también expresemos nuestra gratitud con el mismo, porque nos facilita ingresos para vivir nuestra familia o para compartirlos con otros.
Relacionado con el trabajo y nuestra vida está también el tiempo de ocio, hoy demasiado vinculado al placer y al consumo, cuando deberíamos priorizarlo más para la convivencia y relación con las personas que nos lleve a nuestro crecimiento personal y a la cercanía y amistad con los otros; para el contacto y contemplación de la naturaleza, creada por Dios para la admiración de su belleza y el disfrute de los bienes que nos regala. También debe ser tiempo para el silencio, interiorizar nuestros sentimientos y pensamientos, así como dedicar tiempo a la lectura, contemplación de arte y creación del hombre, para que nos lleve a abrazarnos a Dios y a todos los hombres y mujeres.
Pero no pensemos sólo en nosotros, porque los que confiamos en el Señor, aun siendo conscientes del sufrimiento que vivimos o se nos manifiesta, de las dificultades que encontramos, de las guerras que provocamos, del hambre o falta de dignidad que no evitamos, de las catástrofes naturales que no controlamos, tenemos que permanecer en la esperanza porque sabemos que Él nos acompaña, que está a nuestro lado, que es la fuerza que nos empuja y alienta.
Agradecidos de nuestro encuentro con Jesús que nos dice: esto os servirá para dar testimonio, debemos estar dispuestos para seguirlo, procurar imitarlo, defendiendo a los más débiles, ayudando a los más pobres, cuidar y sanar a los enfermos, acoger al extranjero, misericordiosos con los pecadores, perdonando a los que nos ofenden.
Si perseveramos en estas actitudes llegará el día que se alegrará el universo entero, el Señor gobernará al mundo con Justicia y a las naciones con rectitud, será el día de la Salvación.

Retiro de Adviento 2016

Esperar o no esperar

Por: M.Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

 De vez en cuando necesitamos frenar, detenernos, tomar aire, mirar alrededor y recobrar el aliento. La vida nos lleva de forma acelerada. Es bueno aprender a esperar. Parece una contradicción pero, quizás, conforme nos vamos haciendo mayores, nos cuesta más esperar. Puede ser porque constatamos de manera más clara que solo tenemos una vida, que nuestro tiempo es limitado y pasa, que no podemos aspirar a vivirlo todo, experimentarlo todo, hacerlo todo… Somos finitas y nuestras posibilidades y capacidades también lo son.

Adviento es un tiempo para aprender a esperar. Esperar nos ayuda a ser mujeres confiadas, a no saber exactamente qué ocurrirá mañana, pero creer desde la hondura que, sea lo que sea, será bueno si lo vivimos desde Dios. Esperar nos hace libres interiormente. La espera aguza nuestras ideas. Nos concede el tiempo y el espacio, la perspectiva y la paciencia que nos permiten distinguir entre lo bueno, lo mejor y lo óptimo. La función del Adviento es recordarnos a quién estamos esperando, por si acaso vamos tan ocupadas en nuestras tareas o tan ensimismadas en nosotras que nos olvidamos.

  1. Tiempo de espera 

Pero, qué se espera en este tiempo. El tiempo que llamamos “Adviento” es precisamente eso, tiempo de espera y de preparación. Pero en nuestro primer mundo rico y en crisis, en las primeras semanas de diciembre aparecen muchos tipos de espera, de intereses, expectativas…

Los estudiantes y las personas con trabajo esperan unas vacaciones; viene bien cortar con el ritmo habitual, con la rutina, y dedicar unos días a descansar.

Las vacaciones navideñas implican, en la mayoría de los casos, encuentros familiares. Los niños esperan los regalos porque la Navidad es tiempo de regalos. Las personas que les gusta la buena comida esperan los menús que se tienen asociados a estas fechas; en cada hogar tenemos la costumbre de repetir platos que se transmiten de generación en generación…

Los comerciantes esperan que las Navidades impliquen muchas compras; a ver si, en tiempos de crisis, por lo menos, se da bien el fin de temporada. Los consumidores, por su parte, prefieren esperar a que lleguen las rebajas que, total, es cuestión de posponer las compras un par de semanas.

La gran maquinaria del turismo espera la temporada de Navidad para concluir el año con ganancias; todos los medios de transporte y servicios se unen a esa espera. Quienes pueden, esperan este tiempo para ir a esquiar o a lugares más cálidos y tomar el sol. El bronceado de invierno luce más.

Quien más quien menos espera la lotería, a ver si cae un pellizquito.

No pocas personas esperan que las Navidades pasen pronto, por diferentes y variados motivos no les gustan estas fiestas…

Hay otras esperas que se viven sin ánimo ni esperanza. El tiempo, la rutina, el aburrimiento, el cansancio, la vejez, la soledad, el dolor del mundo… hay muchos motivos para bajar la guardia en la espera. Qué difícil resulta mantenerse firmes. “Quien espera desespera” dice el refrán. Quisieran no tener que escuchar las conversaciones de siempre, las mismas quejas, comentarios o dolores todos los días, las noticias idénticas en el telediario; no abrir el periódico para no ver el rosario cada vez más alarmante de atrocidades, los políticos a lo “suyo”, la corrupción que no cesa… Esperar se hace duro.

Y, hay un ingente número de personas para las cuales hablar de espera y esperanza es una especie de burla y humillación: las que están sumidas en el dolor de la enfermedad; quienes arrastran su falta de trabajo como un deshonor; los refugiados que no encuentran sitio “en ninguna posada” del mundo; los niños y niñas que huyen solos hacia países donde no se les quiere; las personas que, rendidas por el cansancio, se duermen con el sonido de las bombas sobre sus cabezas; aquellas que hoy no tendrán nada para comer; las que pasarán frío en las calles…

Entonces, quién espera a Dios. Y, en medio de este panorama, quién espera a Dios. Porque esto es lo que hacemos en Adviento ¿no? ¿Lo espera mi familia, mis hermanos, los sobrinos? ¿Lo espera mi Centro, mi grupo? ¿Lo esperan mis vecinas, las gentes de mi bloque, de mi barrio? ¿Lo esperan los políticos, los gobernantes, la ONG que conozco? ¿Lo espera mi ciudad, mi pueblo, mi país?… ¿De verdad lo espero yo?…

Quién espera a Dios, quién se entera de lo que acontece. Encima, esperar a Dios no es algo fácil, porque, de qué se trata. ¿Es esperar los momentos de celebración familiar? ¿Es esperar la rica liturgia de estos días, la misa del gallo, el belén, los villancicos, los relatos sobre el nacimiento…? ¿O acaso debemos esperar algo más personal, único, espiritual…? ¿O va a ocurrir algo nuevo en el mundo? ¿Va a venir Dios otra vez?… ¿Qué es esperar a Dios?

Qué es esperar a Dios. Esperar a Dios es ser consciente de que el mundo, y la vida, necesita una Buena Noticia auténtica y tratar de encontrarla en la cercanía de Dios y su Evangelio.

Esperar a Dios es vincular, desde la raíz, mi vida y mi destino con todas las personas que ya no esperan o esperan otras cosas, como lo hizo Jesús, nuestro Dios.

Esperar a Dios es hacer el bien allí donde una se encuentre. Es justo ahí y no en otra parte, es justo en ese momento y no mañana, es a esa persona y no a otra que yo deseo.

Esperar a Dios es “tener cuidado” de los otros y de las otras mientras espero. Desarrollar en mí una sensibilidad que me ayude a percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades.

Esperar a Dios es hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento olvidadas. Es unirnos a la lucha de los empobrecidos por conseguir un futuro más digno y humano.

Esperar a Dios es reconocer que la propia vida personal aspira a una plenitud que no tenemos. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y podemos vivir con más profundidad. Así que esperar a Dios es preguntarnos por eso que falta, que me falta, y buscar en el entorno de Dios la respuesta. Dejar de crecer es empezar a apagarse.

Esperar a Dios es creer que Dios no es un Dios distante, ajeno a la creación, desvinculado de la historia humana y de mi historia. Es creer que Dios sigue presente en nuestro mundo, entre los desesperanzados, entre los empobrecidos, entre nosotras… Dios, que nos ha bendecido con el “amor primero” y que a él nos remite cuando nos desalentamos.

Esperar a Dios es ir comprendiendo que nuestro corazón no nos engaña cuando nos asegura que podemos aguardar el futuro, porque lo que nos espera por parte de Dios no va a frustrar nuestra esperanza (2 Pe 3,13)…

  1. Nosotras sí esperamos a Dios 

Adviento. Adviento es un tiempo para la espera humilde, vivida como alternativa real a las esperas neoliberales del sistema y como propuesta a la desesperanza dolorosa de muchas gentes; es un tiempo para que los creyentes hagamos prácticas cotidianas de espera; una espera en la sencillez, el compromiso y la firmeza. Tal vez, sólo somos “un resto” las personas que hoy esperamos a Dios. No importa,  nosotras sí esperamos a Dios, sí vivimos el Adviento.

Queremos vivir nuestro “hoy” como una oportunidad para ir más allá de la rutina y la seguridad y creer que es posible el milagro de lo nuevo que brota. Esperar al Niño Dios nos recuerda que las bases para la felicidad verdadera se encuentran en lo pequeño, en lo frágil; es ahí donde echa raíz una dicha más profunda, en los márgenes transformados en centro. Anhelamos convertir nuestra vida en ese villancico vital que brota cuando Dios crece en nosotras. Pero es un “hoy” en el que también corremos el peligro de quedarnos fuera de lo que ocurre, que nos dejemos arrastrar por la corriente y estemos perdidas en una burbuja de noticias, entretenimientos, inseguridades… sin darnos cuenta que “algo nuevo está naciendo” y anticipa la fraternidad universal.

Por eso, queremos estar atentas, bien despiertas; no esperamos a Dios de cualquier manera, nos preparamos para acogerlo y lo hacemos mirando el pasado para que ilumine nuestro presente y caminemos hacia el futuro.

Miramos el pasado. Adviento fue el tiempo en que una chica de pueblo, probablemente con poca formación y mucha sensibilidad, intuyó que se le pedía algo muy exigente y, frente a recelos y seguridades, se atrevió a decir: “Hágase” (Lc 1,26-38). No era una decisión fácil. Le cambió la vida y la convirtió en servicio (Lc 1,39-45) y en canto sobre un Dios desconcertante que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (Lc 1,46-56). Fue el tiempo en que un hombre justo tuvo que elegir entre fiarse de un sueño o confiar solo en sí mismo. Se fio del sueño, de aquella mujer y de Dios. Su confianza se volvió esperanza, y su esperanza se volvió salvación (Mt 1,18-25). Fue el tiempo en que un hombre y una mujer, ya entrados en años, aprendieron a reconocer el poder de Dios, que puede hacer cosas admirables más allá de costumbres y normas (Lc 1,5-25). Fue el tiempo en que algunos, movidos por el deseo de búsqueda de más y mejor, se “liaron la manta a la cabeza”, se desinstalaron de sus comodidades y salieron a buscar a Dios (Mt 2,1-12). Fue el tiempo en que otro muchacho se echó al monte, o al desierto, para denunciar la hipocresía que le rodeaba y clamar por la llegada de alguien que traería una Buena Noticia (Mt 3,1-12). En Adviento, algunos, encerrados en sus palacios y sinagogas, no se enteraron de nada. Y, cuando se enteraron, no lo entendieron o lo percibieron como amenaza a eliminar (Mt 2, 3). Otros, a la puerta del templo, firmes en su fe, esperaban sin desfallecer a que se cumpliese lo que un día habían creído (Lc 2,25-38). Los pastores de entonces y los de ahora, cada noche, cuidan los rebaños, a la intemperie, excluidos de las ciudades. Todavía no saben que, una noche de estas, algo cambiará (Lc 2,8-20).

Este Aviento voy a tomar un tiempo más largo para la oración con estos personajes y voy a elegir uno para que me acompañe de manera especial.

Iluminar el presente. Ahora es nuestro Adviento. El tiempo en que nosotras buscamos y esperamos. Nuestro hoy no se da en los campos de Jerusalén ni en los caminos de Galilea, sino en Guatemala, Valencia, Madrid, Ruanda… en nuestras casas, calles, pueblos, trabajos, voluntariados… Es el tiempo de confrontarnos con el Magníficat revolucionario de esa mujer profética, María, en el que todo lo nuevo se anuncia acabando con algo, se exaltan los pobres tras caer tronos poderosos (Lc 1, 46-55). Es el tiempo de dejar la tierra de lo cómodo para seguir la estrella que convierte la propia vida en Buena Nueva para los pobres, inquietando al Herodes de dentro y fuera de nosotras (Mt 2,16), a ese “Herodes” interior que se lava las manos, que se desentiende y olvida a los demás, que no se compromete con nada (Mt 27,24). Es el tiempo de preguntarnos por qué no viene Dios a los palacios y cuidadas casas y sí a las cuevas de animales y pastores (Lc 2,1-7). Es el tiempo de visitar los verdaderos belenes, ese Belén que hoy se encuentra en las mujeres y hombres, sobre todo en los empobrecidos. Es el tiempo de aceptar la invitación a ser más humanas siendo “auténticas en el amor y creciendo en todos los aspectos hacia Aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef 4,15). Adviento es tiempo del Espíritu Santo, la Ruah ha hablado por medio de los profetas, ha anticipado con sus primicias de alegría la venida de Cristo en sus protagonistas como Zacarías, Isabel, Juan, María… nosotras.

Es nuestro Adviento. Ahora que parece que tenemos menos fuerzas y más debilidades, ahora viene Jesús a decirnos que hay caminos nuevos, que podemos reorientarnos, que hay posibilidad de ahondar y de empujar el Reino, que la fraternidad es más posible que nunca. Ahora es cuando Jesús nos dice que siempre es buen tiempo para seguirle con más hondura, que siempre hay ocasión de disfrutar de su presencia, que siempre podemos crecer viviendo de su Vida. Nos dice que ahora el mundo necesita más de nosotras, para que seamos su Vida y su Paz… Y nos pide, una vez más “renacer de nuevo” (Jn 3). ¿Diremos, como Nicodemo, que es muy hermoso el reto pero imposible? No. No lo diremos. Sabemos de nuestra debilidad pero también de nuestro gran deseo; en la hondura de nuestras entrañas renace Dios.

Podríamos enfocar el Adviento de este año como una invitación  no a las esperas de siempre, sino como tiempo para desvelar lo nuevo que llama a nuestra puerta. ¿Cuál es la novedad de este Adviento?

Caminamos al futuro. Somos un pueblo, o sólo un resto, que camina y junto a él, camina Vita et Pax. No estamos paradas, tal vez, vamos más despacio pero seguimos adelante. Somos las que somos en el Instituto, en la Iglesia, en la sociedad… No podemos desalentarnos, ni lamentarnos, ni arrinconarnos porque somos pocas o mayores. El éxito de la vida y del seguimiento de Jesús no estriba, por suerte, en el número, sino en el amor.

El Adviento nos ofrece, entre otras cosas, una mística contra el desaliento, siendo realistas. Es una mística de resistencia firme, de coraje interno para poner la otra mejilla a la dura realidad y permanecer en la búsqueda. El Adviento quiere ayudarnos a estar ahí, en el mundo, con una propuesta de vida, con lucidez. Estar en lo cotidiano, donde las gentes ya no esperan o esperan sus propios intereses, sabiendo encajar lo mejor posible lo que nos viene encima, con esperanza y abiertas a las posibilidades, siempre creíbles, de un mundo mejor. Y participar en su construcción. Adviento no es sólo un tiempo concreto, es una manera de vivir.

La esperanza abre de par en par las puertas del futuro. La esperanza y la paciencia se complementan y enriquecen. La paciencia es la virtud que arraiga la esperanza en la dura realidad, dándole así esa firmeza que la distingue de las lejanas utopías. Por su parte, la esperanza pone alas a la paciencia y la diferencia de la resignación.

Esperar a Dios es mirar al mañana y confiar en su promesa. Dios nos ha prometido que nunca nos abandonará, que siempre estará con nosotras. Nos ha prometido que hemos nacido de su deseo y amor verdadero y que nos quiere incondicionalmente. Nos ha prometido que la vida tiene sentido, y ese sentido lo descubrimos en el camino, tras las huellas de Jesús. Nos ha prometido que la fraternidad universal es su sueño más querido y que dará su vida por hacerla realidad. Nos ha prometido que el mundo puede ser un lugar mejor si aprendemos a compartir con otros la mesa, la paz y la Palabra…

Es tiempo de ver si soy capaz de escuchar esas promesas y me las creo. Si, al final, espero o no espero. Si espero, me pondré en marcha en la construcción de un mundo mejor. Qué voy a compartir yo este Adviento para que, de verdad, nuestro mundo sea mejor.

Viene el Señor

Por: D. Cornelio Urtasun

  1. Viene el Señor

Adviento igual a venida. ¿Venida de quién?: de Jesucristo ¿Cómo es posible hablar de que viene Jesucristo cuando en tantas ocasiones se nos habla de las presencias perennes de Jesucristo en su gloria, en las celebraciones, en las asambleas cristianas, en las almas de los cristianos?

Es ese, precisamente, uno de los grandes misterios en la celebración del Misterio de Jesucristo: celebrar a Jesucristo anhelando su venida, cuando es precisamente Él quien preside nuestras celebraciones.

San Anselmo en el viernes de la primera semana del Adviento aborda este tema: “Enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte…”. “ Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien…”. “Deseando te buscaré, te desearé buscando, amando te hallaré, encontrándote te amaré…”.

  1. El júbilo de la esposa con la venida del Esposo

Es lo que conmueve más estremecedoramente en la celebración del Adviento: el gozo en el Espíritu Santo que inunda el corazón de la Iglesia, ante la nueva venida del Esposo, como si se tratara de la primera o celebrase la definitiva venida del Señor.

Ved, veamos el contraste: desde que celebramos el santo Pentecostés, estuvimos viendo y celebrando a Jesucristo, de quien fuimos recibiendo tantas enseñanzas, orientaciones, sugerencias, apremios…, dentro de un clima de santo entusiasmo y de deseo de poder identificarnos plenamente con Jesucristo, vivir de su Vida, ver por sus ojos, respirar por sus pulmones.

En las últimas semanas, sobre todo en la penúltima y más aún en la última, vibramos y cantamos con la gloria de Jesucristo Rey.

De repente, con el acabamiento del  Año Litúrgico, parece que con la iniciación del Adviento, en el comienzo del nuevo Año Litúrgico, se levantan las compuertas de la ternura del corazón de la Iglesia y se inicia el desbordamiento de esa ternura en las celebraciones litúrgicas, lo mismo sacrifícales que laudativas.

  1. Las tres venidas del Señor
  2. La que realizó en carne mortal hace 2.000 años
  3. La que realiza cada día y cada año en la celebración del Año Litúrgico
  4. La que realizará al fin de los tiempos en la consumación de las cosas.

Se podrían sintetizar las tres venidas con un solo verbo, conjugando los tres tiempos: vino, viene, vendrá.

  1. Cómo prepararnos

Toda la Pedagogía de la Iglesia, en el Adviento, va en esa dirección: crear una mentalidad en la venida actual del Señor, tan real como la de hace 2.000 años, tan decisiva como la del fin de los tiempos; suscitar un santo y apasionado entusiasmo ante la re-presencia del Señor; urgir a una preparación de cuerpos y almas mentes y corazones, para el Señor que llega; crear una santa devoción en cada creyente a fin de que del DON que recibe lo transfunda y trasmita a los demás.

Es una impresión emocionante, que cada año se repite, sobre todo, comprobando la poca cosa que somos por nuestras fuerzas y lo grande que es poder contar como si la estrenáramos, con la misericordia compasiva y generosa del Señor que viene, una vez más, a establecer, re-afirmar el punto de amor sempiterno.

Haciendo un esbozo de síntesis, de todos los planteamientos que hace la Iglesia a través de los textos litúrgicos, podríamos puntualizar estas grandes actitudes como típicas del Adviento: creer, esperar en vigilante anhelo, amar, orar, preparar los caminos del Señor. Preparar los caminos:

  • Abajar montes y colinas del orgullo.
  • Levantar las vallas de nuestros desánimos y cobardías e inconsciencias
  • Destruir los asideros del odio, la envidia, el egoísmo
  • Allanar los caminos de la concordia
  • Enderezar tanta intención torcida
  • Suavizar tanta aspereza de inmisericordia, incomprensión y dureza de juicio
  • Dar testimonio de la verdad que nos haga libres.

 

 

 

 

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