Sororidad Marzo 2017

Descargar (sororidad-46-email.pdf, PDF, Desconocido)

A vueltas con las tentaciones…

Domingo I de Cuaresma, Ciclo A

Por: José Antonio Ruiz Cañamares SJ

Tengo la impresión que los curas predicamos poco sobre el demonio, el diablo, “el enemigo de natura humana” o “mal espíritu”, como le gustaba denominarlo a Ignacio de Loyola. No sé bien si esto es cierto, y de serlo tampoco sé bien por qué no lo hacemos. Lo que sí es claro es que las lecturas de hoy nos advierten de esta realidad: estamos sometidos a la tentación. Y esto es tan real ahora como en los tiempos en que se escribió el Génesis y los Evangelios. Por algo Jesús nos invita en la oración del Padre nuestro a no caer en la tentación y a que se nos libre del malo, y en Getsemaní nos dice que hay que velad y orar para no caer en la tentación. Dicho de otra manera, no hay seguimiento verdadero del Señor sin discernimiento.

No se puede vivir pensando que lo del demonio es tema de otros tiempos, o que eso no va conmigo. Al igual que hay un Espíritu bueno que nos empuja y sugiere caminos de vida lograda y salvada, existe el espíritu malo, que sabe bien por donde entrarnos y que nos seduce y empuja por caminos de perdición. Y cuando nos derriba, allí nos deja solos en medio del lodo, siendo el buen Espíritu (que por esencia es ternura y misericordia) el que nos rescata, y nos vuelve a poner otra vez en pie para seguir caminando.

Las dos narraciones de las lecturas de hoy, tanto la del Génesis como la del Evangelio, tienen sus parecidos y sus diferencias. En los dos aparece la tentación, con la denominación de serpiente y de diablo. ¿Cuál fue el error de Eva? Sin duda: dialogar con la tentación. Siempre el mal espíritu es más astuto que nosotros y nos acaba engañando. Por tanto, lo que podemos aprender del relato del Génesis es que con la tentación nunca se dialoga; y, además, porque miente y nos promete lo que no puede dar.

Del relato de Mateo podemos aprender muchas cosas interesantes para nuestra vida espiritual. La primera es que hay que estar atentos en los momentos de debilidad y mayor vulnerabilidad por los que todos pasamos. Jesús llevaba tiempo sin comer, se encuentra débil y más vulnerable, y es entonces cuando el diablo aprovecha. Lo segundo que aprendemos es que, a diferencia de nuestros primeros padres, Jesús no dialoga con la tentación, sino que le planta cara con la Palabra. Dicho a lo bruto, en vez de dialogar con la serpiente, le arrea un garrotazo en la cabeza. Pero tuvo que darle tres, y ni así la mató, sino que se fue hasta la próxima ocasión. Como a toda persona, también a Jesús la lucha contra la tentación lo dejó agotado y sin fuerza. Es precioso cómo acaba el relato de Mateo: “Entonces lo dejó el diablo; en esto se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle.” Da la impresión que la lucha contra el diablo lo dejó tan exhausto que no bastó con la ayuda de un ángel y tuvieron que venir más de uno.

El comienzo de la cuaresma, a través de las lecturas de hoy, nos recuerda que hay que estar atentos a lo que en nuestra vida pueda haber de tentación, y que tenemos que incorporar a nuestra vida el discernimiento, para saber qué espíritu es el que mueve más nuestra vida. Necesitamos alimentarnos de la Palabra, como algo que nutre nuestra vida y nunca caer en la tentación de pensar que lo que dice la Palabra no puede ser verdad porque suscita en nosotros una gran esperanza. En mi opinión, todas las tentaciones tienen el mismo objetico: apartarnos del camino del seguimiento del Señor Jesús, y la mejor manera de hacerlo es sembrando en nosotros la duda y la desconfianza sobre lo que la Palabra de Dios nos dice, sugiere, amonesta o ilumina. Lo vuelvo a repetir, el Buen Espíritu nos ayuda a tener vidas logradas como seguidores de Cristo.

Termino con un deseo. Ojalá la cuaresma sea un camino de aprendizaje en el discernimiento personal para prepararnos mejor a descubrir “el paso” (las pascua) del Señor resucitado por nuestras vidas.

Oración ante el Mediterráneo

Nuestra indiferencia les ahoga

Por: Equipo de Difusión del Carisma. Vita et Pax.

 

Con fecha de 24 de marzo del presente año se va a celebrar una ORACIÓN por todas las vidas perdidas en nuestro mar Mediterráneo, convoca el Instituto Secular Vita et Pax en la Playa del Postiget de Alicante a las 19 horas.

Nos juntaremos para unidos reforzar nuestro “querer” salvar vidas y recordar, a todas las personas, que han huido del hambre, de las guerras, de las persecuciones,… de la MUERTE y acuden a nosotros pidiendo auxilio, un auxilio no escuchado y MUEREN, mueren buscando VIDA, una vida que se merecen como cada uno de nosotros.

ACOMPÁÑANOS para orar por TODOS los que no llegaron.

Grupo Vida y Paz. Ciudad Real

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Una vez más  nos hemos encontrado en nuestra casa de Ciudad Real el grupo de Vida y Paz, formado por un grupo de mujeres comprometidas en las diferentes actividades que se llevan a cabo en la Diócesis de Ciudad Real y que quieren vivir el Carisma que nuestro fundador, el P. Cornelio, nos ha trasmitido al Instituto Vita et Pax.

Después de los saludos e intercambios, invocamos al Espíritu Santo para que El sea nuestro guía y nuestra fuerza.

El tema de reflexión y formación que teníamos preparado era el de “Opción por los empobrecidos”, en las dos vertientes, general sobre la pobreza,  causas y sus consecuencias hoy, y cómo se vive en Vita et Pax.

Fuimos leyendo y compartiendo los diferentes apartados:

  • Qué entendemos por pobreza
  • Diferentes formas que se usan para mostrar la dura realidad de un tercio de la población mundial
  • Qué es lo que la sociedad nos ha ido diciendo de cara a las causas y a las consecuencias
  • Grandes desigualdades e injusticias que estamos viviendo, sin olvidar las raíces profundas de donde proceden estas realidades
  • Qué nos dice la Iglesia, tanto en la Biblia como en la Doctrina Social de la Iglesia y en la de los Papas, especialmente del actual, Papa Francisco que de una forma clara y fuerte denuncia la situación actual
  • Invitación a la conversión afín de que la justicia se haga presente en el mundo, para que haya más igualdad y hacer crecer la fraternidad.
  • Qué podemos hacer cada una/o.

El diálogo y la participación  han sido buenos y profundos,  somos conscientes de la realidad y nos sentimos  comprometidas en la lucha por las causas que provocan estos desajustes sociales. Es un tema que llevamos muy adentro y que nos  impulsa a la acción, sabedoras de que podemos hacer poco, pero que ese poco de cada uno junto, hace la fuerza. Una vez más, renovamos nuestra convicción de la gran responsabilidad  que tenemos los creyentes y de que no podemos cruzarnos de brazos.

 Qué hace “Vita et Pax”. Hicimos una lectura de la propuesta del trabajo, pensamiento y acción de nuestro fundador P. Cornelio, ponencia dada en la IV Asamblea General del Instituto en el año 1990, en la que expone un listado de situaciones de pobreza de ese momento, comparadas con las situaciones que se vivían en tiempos de Jesús. Después compartimos los ecos que nos habían suscitado y trayéndolos al hoy cómo podemos traducirlas y llevarlas a la práctica,

Continúanos la lectura del texto siguiendo los compromisos que el Instituto ha ido tomando a lo largo de su historia y el cómo lo vive hoy.

 

Terminamos el encuentro con  la oración del Padre Nuestro y un pequeño ágape fraterno.

Yo no te olvidaré

Domingo VIII del T.O. Ciclo A

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

Yo no te olvidaré!!!

Es la rotunda respuesta que el Señor da a su pueblo temeroso. Temor originado por la desconfianza. Pero el Señor nunca abandonará a su pueblo. Así nos presenta Isaías el amor incondicional que Dios tiene a sus criaturas. Un amor irreversible, permanente, fiel a la palabra dada.

Y esta fidelidad inquebrantable de Dios a cada uno de  nosotros pone de manifiesto la debilidad de nuestras respuestas ante tanto bien recibido y nos impulsa  a rezar con agradecimiento el salmo 61: Dios es mi roca firme, mi salvación y mi gloria.

En la carta a los Corintios, Pablo afirma que el único juez es el Señor. Solamente Él puede evaluar las acciones de sus criaturas. Si pretendemos juzgar a los demás entramos en un terreno en el que únicamente tiene acceso Dios. Solo Dios puede juzgar con verdad y benevolencia porque se adentra en el corazón de la persona. En el amor no hay temor y el amor  compasivo de Dios nos llena de confianza filial.

La enseñanza del evangelio nos presenta dos actitudes contradictorias: el afán por el dinero y por las cosas materiales o la actitud de quien vive confiado en la providencia de Dios. El punto central del texto evangélico nos anima a buscar sobre todo el Reino de Dios y su justicia. Consecuentemente la preocupación fundamental de los discípulos de Jesús será orientar la existencia hacia Dios para poder vivir la confianza gozosa en el Padre. Así podremos eliminar los agobios que el deseo de las cosas materiales puede generar. Optar por la fe exige una libertad interior, relativa especialmente a todo lo que puede atar al mundo.

Esta actitud de fe, no elimina responsabilidades concretas como es ganar el pan con el esfuerzo y el trabajo personal. Pero hay además una exigencia relativa a la justicia. Los que tienen el dinero como ídolo esclavizan a sus semejantes. La desesperanza, la miseria, el hambre, las guerras y todo tipo de injusticias que tanto sufrimiento generan, tienen su origen en la acumulación de dinero y poder que está en manos de unos pocos.

Estas realidades y la fuerza que emana de Jesús de Nazaret deben despertarnos del letargo en que estamos metidos y abandonar la tentación del consumo. Frente a la fascinación del dinero Jesús hace un llamamiento a la reorientación teocéntrica del vivir humano, porque no es posible eliminar la inquietud que produce el deseo incontrolado de tener, de atesorar, sino es practicando la justicia nueva que se define en las bienaventuranzas.

El evangelio proclama claramente que la misión del cristiano es buscar el Reino y cada persona tendrá que ir descubriendo, a lo largo de la vida, mediante qué tareas podrá construirlo.

Oración:

Señor, anhelo con tu gracia corresponder a tu amor.
Concédeme abandonarme en tu providencia con espíritu filial.
Dame generosidad para cuidar y compadecerme de mis hermanos que sufren y también de tu creación.
Ayúdame a actuar como profeta denunciando el mal y anunciando el Reino.

“Las cuatro de la tarde”

Por: Secretariados de Espiritualidad y Formación de Vita et Pax

Encontrar a Jesús es antes que nada ser encontrada por Él: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros…” (Jn 15,16). En este encuentro descubrimos dónde vive el Señor y cuál es la misión que nos confía. Los evangelios presentan varios relatos de encuentros con Jesús. Entre ellos hay uno de Juan que resulta particularmente rico: Jn 1,35-39. Se nos narra cómo Juan Bautista muestra a Jesús como “el cordero de Dios” a dos discípulos suyos y estos dos se fueron detrás de Él. Jesús les pregunta qué buscan y ellos le responden con otra pregunta: dónde vives…

Juan Bautista cede el paso e invita a sus discípulos a seguir a quien él había preparado el camino, y lo presenta como el “cordero de Dios”. No es casualidad. Esta expresión nos traslada al Éxodo. El cordero de Dios es la víctima de la Nueva Alianza; Juan advierte, desde el inicio, que su sangre será derramada como la del cordero de la Antigua Alianza. No obstante, los dos discípulos siguen a Jesús. Antes de hacerlo han quedado advertidos de las dificultades y los conflictos que enfrentarán al tomar el camino del cordero de Dios. No es una ruta fácil.

El verbo “seguir” indica el movimiento de los discípulos tras los pasos del maestro; indica tanto la aceptación obediente a la llamada de Jesús como la creatividad exigida por el nuevo camino emprendido. Los discípulos lo hacen en silencio, un silencio cargado de sentido porque su seguimiento es ya una adhesión a su persona y una aceptación de las consecuencias. Han dado el primer paso.

Jesús rompe el silencio y les pregunta: “qué buscáis”. Interpelación directa, insoslayable, ella se encamina a discernir la calidad de esa adhesión. Jesús los sitúa delante de su verdad. No basa seguirlo, hay adhesiones que no son confiables y otras que se quiebran ante las primeras exigencias. La cuestión de Jesús se dirige a todas las personas que pretendemos seguirlo, cualquiera que sea la época a la que pertenezcamos.

Los discípulos responden con otra pregunta “dónde vives”. Con ella se autoinvitan a la intimidad de Jesús. Jesús invita a los discípulos a entrar en su terreno, a venir y ver dónde mora, a aceptar sus consecuencias. El texto, sin embargo, no da ninguna referencia sobre la vivienda de Jesús. Nada impide pensar que este galileo, predicador itinerante, no la tenía (Mt 8,20). Su misión le ha hecho ensanchar las fronteras de su morada y de su familia (Mt 12,50).

Juan mismo nos da, no obstante, una pista sobre la residencia de Jesús. En el prólogo a su evangelio nos dice: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Ese es el lugar de la vivienda de Jesús: la tienda que puso en medio de nosotros, en el centro de la historia. Jesús vive en su tarea de anunciar el evangelio.

Eso fue lo que vieron los discípulos; y porque decidieron enrolarse en esa tarea, permanecieron con Él desde aquel día. Jesús y los dos discípulos –pronto seguirán otros- comparten la vida. El seguimiento de Jesús implica para todos el compromiso en una misión, para lo cual, como Jesús, es necesario acampar en la historia humana y desde allí dar testimonio del amor del Padre.

Juan no olvidó la hora en que encontró a Jesús: “Serían como las cuatro de la tarde”. Igual que todo hecho que marca nuestra vida, el recuerdo de ese encuentro permanece con detalle y deja huellas imborrables. La hora precisa no parece tener, en tanto que tal, significación para nosotros; efectivamente, nos sería igual que el acontecimiento hubiese tenido lugar a las diez de la mañana o a las dos de la tarde. En su pequeñez, la mención precisa de la hora se halla cargada de un profundo mensaje. Todas y todos tenemos de esos “cuatro de la tarde” en nuestras vidas, momentos fuertes de encuentros con el Señor en los que se alimenta nuestro ser y nuestro pozo espiritual. Son el manantial al que una y otra vez vamos a beber.

Retiro Cuaresma 2017

Jonás: el profeta desconcertado

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cantábamos hace años una canción en la que nos preguntábamos en dónde estaban los profetas. Es una pregunta muy actual que admite respuestas diferentes: ya no hay profetas, hay muchos, hay pocos… cada persona tendrá sus razones para responder de una manera u otra. Lo que está claro, es que esta Cuaresma se presenta como una buena oportunidad para ejercer, con más empeño, nuestra condición profética, y el libro de Jonás nos puede ayudar a ello.

  1. El libro de Jonás

Contenido del libro. Nínive, capital de Asiria, era tan grande que hacían falta tres días para cruzarla a pie. El Señor envía a los ninivitas a un tal Jonás, profeta de Israel, con un mensaje que consiste en decirles que su maldad ha subido hasta Él y, por ella, serán sancionados: “dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Jonás empieza huyendo porque, conociendo la bondad de Dios, tiene miedo de que su predicción no se cumpla. Después de algunas aventuras, Dios le devuelve a Nínive para que predique. El profeta no ha caminado ni un solo día y el pueblo ya se ha convertido. Dios anula entonces su decisión de condenar al pueblo. Este cambio supone un drama para Jonás, que ve cómo se verifica lo que él temía: Dios perdona a Nínive y no será castigada. Ahora es mejor que cojamos el libro de Jonás y lo leamos directamente, son cuatro capítulos.

La época de composición del libro. La redacción del libro puede ubicarse en la época del post-exilio, entre los siglos IV y III a.C., cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra procedente del exilio en Babilonia. Ciro autoriza a los judíos desterrados a volver a su patria (Esd 1,1-4). Comienza la lenta restauración del pueblo; el judaísmo se consolida en sus cimientos: la Ley, el Templo y la pureza de la raza. Esta comunidad naciente, que retorna a su tierra, se radicaliza en el nacionalismo. A fin de proteger la pureza de su fe, el judaísmo se afirma frente a los otros pueblos y lo hace insistiendo en sus privilegios y en la intolerancia ante todo extraño.

Por ello, los extranjeros fueron expulsados de la tierra de Israel (Ne 13,1-3) y se promueve el repudio de los matrimonios mixtos, es decir, matrimonios de judíos con extranjeras, justificando el abandono de las esposas (Esd 9-10). El pueblo defiende a ultranza su culto, está obsesionado con la pureza de su religión y se separa de todos cuantos no son judíos.

Este exclusivismo intolerante se produce como respuesta al desprecio con que fueron acogidos en otro tiempo los israelitas pero, sobre todo, se produce porque perciben como un gran peligro para la integridad de su fe y su unidad como pueblo, la introducción de elementos foráneos. Este miedo a la posible amenaza de los no judíos fue degenerando en odio al extranjero.

El libro es una parábola. La mayoría de estudiosos piensan que Jonás no es un personaje histórico. La obra es considerada como un relato sapiencial, es decir, una parábola para enseñar que la misericordia de Dios no tiene fronteras. Dios no quiere ni la intolerancia, ni el racismo. Un autor anónimo, valiente y auténtico profeta, escribe el libro de Jonás para denunciar el exclusivismo y la xenofobia del propio pueblo judío. Asociado a su ballena, aferrados a la literalidad del texto, no se lograba intuir la hondura del mensaje que expresaba. Este libro tan rico ha servido, la mayoría de las veces, sólo como entretenimiento pero en él Dios nos sigue hablando hoy. La grandeza de la Revelación divina no tiene por qué encerrarse solo en relatos históricos; también se manifiesta en escritos poéticos o de ficción.

  1. Mensaje profético del libro

Anuncia: la misericordia de Dios no tiene límite. La célebre frase: “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor” era conocida por el mundo bíblico y el mismo Jonás recuerda que él ya la sabía (4,2). Se aplicaba a las relaciones de Dios con Israel pero ahora, y esto es lo sorprendente, se aplica a la relación de Dios con otro pueblo diferente al judío. Y lo más llamativo es que está dirigida a un pueblo pagano, Nínive. Nínive era el símbolo del imperialismo, de la más cruel agresividad contra el pueblo de Dios (cf Is 10,5-15; Sof 2,13-15; Na 2-3). Representa a los opresores de todos los tiempos. A ellos debe encaminarse Jonás para exhortarlos a la conversión y a ellos les concede Dios su perdón. El mensaje profético del libro no es sólo la apertura universalista de la salvación, sino la apertura a un pueblo pecador y violento. Dios ama a este pueblo no como opresor, Dios no justifica la violencia, sino que lo ama con una misericordia sin límite; y este amor posibilita que pueda salir de su maldad y de su pecado. Esta es la novedad y el escándalo del libro. Dios ama también a los pecadores, incluso a las personas o pueblos que de forma sistemática actúan mal contra el pueblo de Dios.

Denuncia: el exclusivismo y la xenofobia. En la persona de Jonás, -que se irrita porque se ha secado una planta de ricino que no había plantado ni hecho crecer con su esfuerzo y reprocha, lleno de disgusto, a Dios su conducta de perdón y misericordia-, se denuncia la postura intolerante y xenófoba del pueblo de Israel. Quiere Jonás, desde su conciencia de pertenecer a “los buenos”, un Dios vengador que haga justicia con Nínive, la gran ciudad opresora. Dios contraría los deseos del profeta  y este mal no llega. Jonás no comprende absolutamente nada. Sus expectativas no se realizan, sus esperanzas judías son quebrantadas, no comprende a Dios, está desconcertado… quiere morir. Por el contrario, cuando los ninivitas escucharon la llamada de Jonás a la conversión, al momento se pusieron a ayunar: la iniciativa partirá del pueblo, se extenderá al soberano y también al reino animal. Esta reacción de los ninivitas es sensacional, la ciudad enemiga por excelencia de Israel cree en Dios. La respuesta no fue matar al mensajero, ni refugiarse en sí mismos, ni organizar una evacuación. Lo que organizan es una penitencia colectiva. El profeta, en su mentalidad racista, no quiere captar el bien que hay en los “ateos” y en quienes son diferentes. Soñaba con el fracaso de su misión para que Dios castigara a los “malos”, que bien se lo merecían.

Renuncia: también el profeta necesita convertirse. Jonás cree en Dios, desde luego, pero cree sin sobresaltos. Por eso, cuando al inicio del libro escuchamos la llamada que le dirige (1,1-2), esperaríamos una respuesta positiva, pero no obedece y pone tierra y mar de por medio. Huye, en vez de al este, se va al “lejano oeste”. Pero incluso en su sueño marino Dios lo busca. Dios mismo lo lleva, aún a pesar de la resistencia del profeta, por medio de las alas del viento, de las olas de la tormenta y de la travesía del cetáceo, justo a donde desde el principio Él quería: Nínive. Los caminos de Dios son incomprensibles y, a veces, hasta tortuosos, pero se cumplen. Al final Jonás sí predica y los ninivitas creen en Dios. El enorme éxito alcanzado debió desconcertar grandemente al profeta, que ni por asomo se lo esperaba. El pueblo se convierte pero el profeta aún no se ha convertido. Ha realizado con la boca su misión de predicar, pero su corazón aún no ha cambiado. Para Jonás Dios debería ser menos paciente, más implacable, menos bueno.

  1. Mensaje profético del libro para esta Cuaresma 2017

Levántate, vete. Salir de la boca del gran pez y caer en las playas de las nuevas culturas no es sólo cuestión de voluntarismo, es misión que viene de Dios: “Levántate, vete a Nínive… y anúnciale el mensaje que yo te indicaré” (1,2; 3,2). Vivimos en un mundo multicolor: distintas lenguas, religiones, razas, culturas… Y en todas ellas, cuando se conocen y se aman a fondo, descubrimos posibilidades y perspectivas insospechadas. Vete a “Nínive”… con los rumanos, los latinos, los árabes, los catalanes, los manchegos, los gitanos, los hutus, los tutsis, los chinos, los quichés, los ladinos, los bahianos… Levántate, ve y proclama. Esto supone un nuevo modo de ser, de estar, de hablar, un nuevo talante. La tentación es huir ante el riesgo de lo diverso, la inseguridad de una misma, el miedo… o atrincherarse en lo conocido, refugiarse en la tarea de mantenimiento, en el calor cultural propio.

Pero la misericordia universal de Dios es un pie que impide atrancar la puerta ante la amenaza de lo diferente. Se nos plantea la superación de los particularismos ya sean personales, de familia, nación, lengua, cultura… No se nos llama a renunciar a nuestra identidad, se nos llama a no ponerla en el centro, a que no sea nuestra última referencia, a descentrarnos. Dios es el centro de nuestra vida y, al mismo tiempo, es nuestra mayor periferia. Ser fieles a Dios nos convierte en peregrinas: sal de tu tierra… Creerse, aunque sea de manera sutil, superiores a los demás imposibilita el diálogo de igual a igual. El resultado es una imparable xenofobia, especialmente dirigida a las personas o pueblos considerados inferiores y, encima, amenazan nuestra seguridad y nuestra abundancia. No es cuestión menor, ni mucho menos. Dios nos necesita disponibles y prestas a la itinerancia y el equipaje cultural que arrastramos puede que sea demasiado pesado.

Profetas en Nínive. Cómo plantearnos la propuesta de anunciar el mensaje a la “ciudad de los opresores”, es decir, a los “malos”. No quiero poner nombres pero seguro que cada una tiene ya algunos en su cabeza. Somos igual que Jonás. Tenemos la misma dificultad que él porque en el fondo pensamos que lo que se merecen es un castigo. El pueblo de Israel había ido tomando conciencia de que Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos y esto se percibía en que los buenos tenían salud y prosperidad económica y los malos enfermedad y precariedad económica. Tener que aceptar en Dios un comportamiento clemente y misericordioso con los opresores de Israel, llevó a Jonás al desconcierto total. El libro nos enseña ya, lo que luego Jesucristo nos dirá con más claridad, Dios ama a los seres humanos, tal como somos, con nuestras grandezas y pecados.

Profetas en la ciudad. Hace falta ser generosas para profetizar al pueblo pobre y humillado, pero hace falta mucha valentía y humildad para hacerlo en la gran ciudad, especialmente, de este primer mundo rico. Cómo hacerlo en las grandes ciudades donde vivimos. Ya no se trata de pensar en los días que se tarda en atravesarla sino en las dificultades para afrontar la evangelización del medio urbano, sobre todo, cuando parece que éste ha tomado el camino de la indiferencia, el consumismo, la acomodación… Sería muy bueno cuestionarnos si sabemos qué está pasando –en los grandes ámbitos en los que se articula la vida social a gran escala: economía, política, ciencia, arte, medios de comunicación, cultura, religión, movimientos sociales…–, si manejamos un suficiente y correcto análisis de la realidad. Pero igualmente sería esencial que nos preguntáramos hasta qué punto también ese análisis de realidad es parte de nuestra experiencia de Dios. Y, sobre todo, no condenar inmediatamente la realidad. Liberarnos de prejuicios. La sabiduría está justamente en ese punto en que dejamos que se manifieste el trozo de verdad que existe en el otro. Las ciudades del mundo son lugares de misión a las que somos enviadas por el propio Dios.

Siempre podremos huir. La huida es una tentación grande y una dinámica humana que muchas personas hacemos con frecuencia. Huimos por miedo, por cansancio, por quitarnos de encima la responsabilidad. Huimos escapando de la rutina o del peso de posibles fracasos. Huimos de muchas formas. No siempre con ausencia física. Huimos con incomunicación, con superficialidad, evitando diálogos necesarios y tareas que nos aguardan… Pero es inútil. Ni un crucero por el mediterráneo nos sirve para despistar a Dios. No se puede huir de la presencia del Señor. Siempre se huye hacia alguna parte, y en todas partes está Él. Él que nos mira con amor y con humor. Dios nos invita a sonreír ante nuestras preocupaciones y huidas porque Él mismo nos mira con irónica ternura cuando, faltas de humor, sufrimos nuestros propios fracasos. El humor de Dios es amor.

La conversión como alternativa real. El desafío es la conversión. Convertirnos pero no por puños, sino como respuesta al perdón gratuito de Dios. Porque nos sentimos amadas, ese amor nos posibilita cambiar y poner nuestra vida en armonía. Pero por desgracia, muchas veces seguimos funcionando con el pensamiento de Jonás: yo peco, como consecuencia, tengo que arrepentirme para obtener el perdón de Dios, es decir, es mi arrepentimiento quien provoca el perdón de Dios. En el primer caso la fuerza salvadora la ponemos en Dios, en su amor y gratuidad; en el segundo, la fuerza la ponemos en nosotras mismas.

La misión de ser profeta nunca se aprende del todo, constantemente estamos en estado de conversión. Se trata, en definitiva, de ajustar el corazón humano, siempre demasiado estrecho, con el corazón de Dios, infinito en su amor y su misericordia universal. El profeta es, la mujer o el hombre, de un corazón distendido, ensanchado, esponjado… No sabemos si Jonás aprendió la lección de Dios. El libro concluye con una declaración divina en forma de pregunta (4,11). Hacia esta pregunta se dirige el libro entero. La pregunta-invitación de Dios sigue abierta y todo hombre o mujer, que sienta la llamada de Dios a ser profeta y lea este libro, debe responderla con su vida.

Profetas en la vida cotidiana. Dios nos llama porque nos necesita, así como suena, Dios necesita nuestra disponibilidad misionera, “levántate y vete…”, aunque respondamos con caídas y deserciones. La llamada de Dios a ser su profeta es “irresistible”. Y, como Jonás, podemos huir o podemos ponernos los auriculares y escuchar a Dios. Dios nos habla a través de este libro de Jonás y nos sigue llamando a salir de nosotras mismas, a “levantarnos” a pesar de nuestras fragilidades y limitaciones e ir a “Nínive”, a acoger a las “diferentes”; a no llevar cuentas del mal; a levantar la mirada hacia el horizonte de la gran ciudad y estar atenta a lo que en ella ocurre; a poner mi dolor en segundo lugar porque el primero lo ocupa el dolor del mundo; a darle otra oportunidad al perdón; a dejarnos desconcertar por Dios… en definitiva, a ser como Él, mujeres-hombres sin fronteras, mujeres-hombres de misericordia sin fronteras.

 

Itinerario espiritual de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

  • Miércoles de Ceniza

Comienzo de la Cuaresma. Espíritu de conversión. La austeridad penitencial nos ayude al combate espiritual contra el mal, contra todo tipo de mal.

  • Domingo I Cuaresma

Jesucristo se abstuvo cuarenta días de alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia, rechazó las tentaciones del enemigo y nos enseñó a sofocar las del pecado.

  • Domingo II Cuaresma

El don del Cuerpo glorioso del Hijo. En el sacramento, nos hace partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos del Reino de Dios.

  • Domingo III Cuaresma

Padre de la Misericordia, Origen de todo bien, Otorgador del remedio de los pecados por la oración, ayuno y limosna.

  • Domingo IV Cuaresma

Jesucristo se hizo hombre para conducir al género humano, entenebrecido, al esplendor de la fe; para hacer renacer por  el Bautismo a los que habían nacido esclavos por el pecado.

  • Domingo V Cuaresma

Jesús, hombre mortal, Dios y Señor de la vida, lloró a su amigo Lázaro y lo levantó del sepulcro. Hoy extiende su compasión a todos los hombres y los restaura a una nueva vida por los sacramentos.

  • Domingo de Ramos

Cristo, nuestro Señor inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales, muriendo, destruyó el pecado, resucitando, somos justificados.

  • Jueves Santo

Somos convocados para celebrar la Cena en la que fue entregado el Maestro, el banquete del amor, el sacrificio de la alianza eterna, plenitud de Amor y Vida.

  • Viernes Santos

Jesús se adentró en el MISTERIO PASCUAL al derramar su sangre por nosotros. Dios rico en misericordia, ha renovado a los hijos, con la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

 

Tiranos con tinte en el pelo

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En la historia de la humanidad siempre han aparecido personas que han querido dominar, imponer sus leyes y deseos, poseer un poder absoluto sobre las demás, levantar muros para que no entren los que no interesan, que su voz resuene por encima de las otras, tiranos con tinte en el pelo… y es curioso, cómo las mujeres tenemos una forma peculiar de enfrentarnos y vencer a estos faraones. A los de ayer y a los de hoy. Nuestras antepasadas, las mujeres del Éxodo, nos la enseñaron.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da una orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Ordena el infanticidio abierto, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y de discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, las mujeres son seres indefensos y débiles.

Junto a este poderío, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá que, sencillamente, no dudan en desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si éste reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar; como “profesionales de la vida” que son, tienen palabras y actuaciones sagaces a favor de la vida.

Las parteras se resisten a la orden de muerte, desobedecen y además mienten. Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Lo cierto es que lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente  y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen las mujeres, de modo incuestionado e iluso, y cambia la orden. Es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22).

En el capítulo dos, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al faraón. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, salvar la esperanza, velar por el crecimiento de lo frágil, por el fortalecimiento de lo débil.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley de Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Lo pone en una cesta. Y es la segunda mujer, su hermana, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Y la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto con absoluto y tácito olvido de la orden de muerte que había dado su padre.

El Éxodo lo inaugurarán las mujeres que, hábiles y sabias, transgreden los poderes faraónicos. Ellas vencerán en osadía, atrevimiento y estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al tirano y Dios estará con ellas. Esta es una manera muy sororal de enfrentarse a los faraones. Redes de mujeres de distintos credos religiosos, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales. Todas mujeres de la utopía y de la esperanza: esclavas y princesas, madres y hermanas, hebreas y egipcias, judías y musulmanas, cristianas y budistas, jóvenes y ancianas… Todas unidas a favor de la dignidad humana.

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra… las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno, esos tiranos con tinte en el pelo.

¿También al enemigo?

Domingo VII del TO. Ciclo A

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Pero qué cosas nos dice Jesús. ¿Se habrá vuelto loco? Nos dice que amemos al enemigo, a esa persona que nos ha hecho mal, que ha conspirado contra nosotros, que aún nos duele solo con recordarlo… ¿Es posible? Este mandato va contra corriente, lo más natural es que al enemigo “cruz y raya”. Pues bien, hasta aquí llega el amor cristiano.

Jesús sabe que estamos en un mundo dominado por la enemistad, el odio, la maldición y la mentira, un mundo de violencia donde cada uno intenta imponerse a los demás mediante la opresión física, económica, psicológica, moral… ¡Es así, y aquí vivimos! Pero sobre la ley del mundo que acude a la violencia, incluso a la violencia legal, elevó Jesús su principio de pacificación por amor a los enemigos. Él no se limitó a querer, sino que también nos enseñó cómo hacerlo y nos lo mandó.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pensando en un sentimiento de afecto o de cariño hacia él o ella, menos aún en una entrega apasionada, sino en una relación profundamente humana, de interés positivo sobre esa persona, de desear el bien para ella. El amor cristiano descubre y respeta la dignidad del propio enemigo, por muy desfigurada que pueda aparecer ante nuestros ojos. No adopta ante él una postura excluyente de maldición, sino una actitud positiva de interés real por su bien.

Amar a los enemigos no significa tolerar las injusticias y retirarse de la lucha contra el mal. No. Lo que Jesús nos enseña es que no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas. Hay que combatir el mal, pero sin buscar la destrucción del adversario o adversaria.

Y ante “el ojo por ojo”, Jesús ha propuesto una renuncia creadora que se expresa en tres gestos: no responder a una violencia con otra, poner la otra mejilla, es decir, quedar en manos de los que te hieren; no impedir el robo con otras violencias, ni siquiera acudir a los tribunales; ser generosas con aquellos que nos piden algo, no exigiéndolo de nuevo. Estos gestos implican mucha honestidad y desprendimiento.

No es fácil todo esto, al contrario, es muy difícil humanamente hablando, pero Jesús no quiso lograr unas paces pasajeras, sino hacer la paz creando comunidades reconciliadas en medio de una tierra dominada en su conjunto por la violencia. Su proyecto implicaba una ruptura, no para destruir a algunos, sino para construir entre todos una comunión de paz.

Esta es la alternativa cristiana, esta es la aportación que el cristianismo puede introducir en nuestra sociedad convulsionada y vengativa. Esto lo podemos hacer tú y yo, hoy, aquí y ahora. Porque la convicción profunda de Jesús es cierta. Al mal no se le puede vencer a base de odio y violencia. Al mal se le vence solo con el bien, si no, se establece una espiral de violencia que en vez de disminuir aumenta.

La vida entera de Jesús es una llamada a resolver los problemas de la humanidad por caminos no violentos. La violencia tiende siempre a destruir; pretende solucionar los problemas de la convivencia arrasando al que considera enemigo, pero no hace sino poner en marcha una reacción en cadena que no tiene fin. Jesús inició un camino de paz desde los más pobres, superando el enfrentamiento que regulaba la vida de las familias y grupos de su tiempo en Galilea. De esa forma comenzó su marcha desde abajo, invitando a formar parte de su nueva familia, de personas unidas por el Reino de Dios.

Seguir a Jesús, por tanto, significa cambiar radicalmente de sentido, entrar en un nuevo dinamismo, afrontar las situaciones de forma distinta. O somos o no somos de su familia. Amar al enemigo no es una opción entre otras. Es una obligación sagrada para todos y todas. La paz, por su parte, es el último y gran regalo que Jesús nos hace (Jn 14,27). Nos la da en el siglo XXI del mismo modo que la dio a los hombres y mujeres que se encontraban con Él en el momento de su ascensión. A nosotras nos toca decidir qué hacemos.

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies