La luz de la Palabra

22º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Jr 20, 7-9. “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”.

Este texto fuerte de Jeremías sugiere la fuerza de la Palabra de Dios, que llega hasta el corazón y quema, y aunque nos complica la vida y nos hace vivir en la incomodidad de ser profetas, es para el creyente imposible vivir sin ella, sin discernir y actuar según lo que Dios quiere de cada una de nosotras iluminadas por la Palabra. El seguimiento no es fácil pero nos hace felices porque  abarca la plenitud de nuestro ser.

Rm 12, 1-2. “Que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios”.

Pablo nos invita hoy a entregarnos de manera total, a ofrecer nuestros cuerpos como hostia viva, tal como Jesús hace en la Eucaristía, y a transformar nuestra mente para que sepamos encontrar en cada acción, en cada misión, lo que de verdad agrada a Dios. Si creemos en Dios Padre que quiere que cada una de sus criaturas sea feliz, que se realice plenamente, Jesús nos ha ofrecido el camino del Evangelio para llegar a ello.

Mt 16, 21-27. “El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

Jesús, sabe que tiene que pasarlo mal, que tiene que sufrir por intentar ser coherente con el mensaje de amor que predica. Sabe que no le van a querer los ancianos y los jefes de los sacerdotes, y que puede costarle la misma vida. Sus discípulos no quieren que esto pase, y Pedro, con la impulsividad que le caracteriza le dice que eso no puede suceder. Pero bien sabe Jesús que no se puede dejar llevar por todo aquello que le aparte de la misión. Sabe que cada uno ha de cargar con sus defectos, con sus circunstancias, por muy adversas que sean y no dejar de caminar. Cada una de nosotras, con egoísmos, envidias, ambigüedades, tristezas y enfermedades, no podemos caer en la justificación, porque tenemos la certeza de que echándonos al hombro todo ello, hemos de seguir avanzando en la entrega, en la generosidad,  en la apertura, en ese decirle al Señor que haga con nosotras lo que Él quiera, olvidándonos de nuestro ombligo y metidas en la harina de la vida. Nada caerá en el vacío porque el papaíto-mamaíta de la que habló Jesús, está esperando nuestros brazos abiertos para abrazarnos aún más.

 

 

No vale esa respuesta bravucona de ‘no tenemos miedo’

Por: José Ignacio González Faus, sj

“¿Qué hacer para poder decir con verdad todos somos Barcelona?”

“Yo quiero tener miedo y tengo miedo a que germine el odio”*

Me permito plagiar un conocido título de Leonardo Boff: “Pasión de Cristo, pasión del mundo”. Al día siguiente del atentado barcelonés, de mañanita, me llega un whatsapp desde México con una foto titulada: “Todos somos Barcelona”. Reconozco que me emocioné, aunque no soy de Barcelona. Más tarde me surgió la pregunta: ¿qué hacer para que esa bella frase no resulte estéril, meramente retórica como aquel famoso: “Ich bin ein Berliner” de J. Kennedy?

¿Qué hacer para poder decir con verdad: todos somos Barcelona, todos somos Manchester, todos somos Lesbos, todos somos inmigrantes, todos viajamos en pateras, todos somos precarios y vivimos con un sueldo inferior incluso al vergonzoso salario mínimo de España; todos somos mujeres maltratadas, maltratadas por aquellos que decían amarlas?… Todos.

Entonces me pareció que no vale esa respuesta bravucona de “no tenemos miedo”. Quiero tener miedo: no ya por mí, pero sí por mis seres queridos: por los hermanos, por los hijos, por los amigos. Tengo miedo por aquella madre que el jueves, a las cuatro, aún no sabía que pronto dejaría de ver para siempre a su pequeño; por los chavales que están ahora en el hospital tragándose lágrimas y esperando a saber qué pronóstico hay para su padre, herido grave.

También por los familiares y amigos que los acompañan ahora, mientras piensan que igual les podía haber pasado a ellos, y no saben si les pasará otro día. Y por los musulmanes que fueron entre los primeros a dar sangre para las víctimas, pero temen que el atentado les va a crear dificultades y ganar algunos odios, sólo por lo que son. Por todos ellos, yo sí que tengo miedo. Y quiero tenerlo.

También tengo miedo a que germine el odio: porque al día siguiente de los atentados recibo, por tres veces, otro whatsapp donde un señor se dirige a los terroristas diciendo “mahometanos, sois unos hijos de puta, mamones de mierda…” y otras -según él- “verdades del barquero”. Temo que, al calentamiento climático que ya soportamos, le siga otro calentamiento afectivo: el del odio. Ojalá en algún momento nos reunamos también para gritar: “no tenemos odio”.

Esos miedos me llevan a dirigirme a vosotros, hermanos míos a pesar de todo, pero insensatos, descerebrados y criminales miembros del Daesh: ¿Podemos un momento intentar hablar como hermanos? ¿Qué pretendéis con vuestras inhumanas atrocidades? Si me decís (cosa que no creo) que dar gloria a Allah, ¿no comprendéis que en vez de proclamar que Allah es el más grande, estáis diciéndole al mundo que Allah es el más criminal, y que sois vosotros los que queréis ser los más grandes?

¿No comprendéis que, aunque la justicia de Dios fuese violenta y castigadora (cosa que yo no creo), nunca será una violencia que se dirige arbitrariamente a personas inocentes, que no tenían más crimen que el de estar por allí en aquella hora? Jesús de Nazaret, a quien vosotros veneráis como profeta (y que algo sabe de muertes violentas) dijo una vez: “llega la hora en que quienes os maten creerán hacer un servicio a Dios. Y esto será porque no han conocido a Dios” (Jn 16,3).

Por favor, hermanos, pensad esto muy en serio “¿habéis conocido de veras a Dios?” Ciertamente NO. Pues no sólo matáis a quienes consideráis enemigos sin haberlos visto nunca, sino a todos esos jóvenes vuestros, sin norte y sin experiencia, a quienes engañáis y lleváis al suicidio temprano para conseguir vuestros fines; y que también tendrán una madre que quizás ahora está llorando por ellos.

Si por el contrario, como sospecho, os mueven otros afanes de venganza o de grandeza, vamos a seguir dialogando un poco más: porque me niego a creer que haya desaparecido de vosotros toda huella de humanidad. También vosotros algún día cruzaríais una sonrisa de ternura con vuestras madres, y habréis tenido hermanos y amigos con quienes jugabais. También vosotros habréis llorado alguna vez, quién sabe si por culpa nuestra. Pues entonces, vamos a ver si conseguimos que se encuentren nuestras lágrimas en vez de nuestras palabras.

Creo saber lo que puede haberos hecho llorar algunas veces. Es significativo que, en todos los atentados salvajes de los últimos tiempos, lo que menos me ha gustado han sido las palabras de los gobernantes: seguramente no por ser quienes son, sino por estar donde están. Todos daban la sensación de no decir nada propio sino sólo lo que les tocaba decir. En cualquier caso, no acabo de compartir ese tópico repetido por todos ellos, de que vuestros salvajes atentados son “un ataque a nuestros valores”.

Nosotros, occidentales, debemos preguntaros si no serán más bien un ataque a la hipocresía con que ponemos nuestros grandes valores al servicio del propio enriquecimiento (igual que vosotros ponéis a Dios al servicio de vuestra maldad). Se nos llena la boca con grandes palabras como democracia e igualdad o libertad. Pero ¿qué democracia hay en la actual UE?

Las multinacionales (que son nuestros verdaderos gobernantes) han pisoteado la libertad para enriquecerse creando opresión y ahora vemos recortada nuestra libertad por razones de seguridad; ellas no serán la causa última pero sí la primera de nuestras pérdidas de libertad. En mi país presumimos de crecimiento económico, pero ocultamos que ese crecimiento se está consiguiendo a base de crear desigualdades, precariedad, salarios de hambre y “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”.

Hablamos de globalización para que nuestros capitales circulen de Singapur a New York pero no para que un africano sin horizonte pueda venir a Europa a ganarse sencillamente la vida. Y olvidamos así lo que un conocido sociólogo llamó “África pecado de Europa”, aludiendo al reparto de África que hicimos durante el siglo XIX… Invadimos Irak, o Afganistán y luego nos retiramos “respetuosamente”, dejando el país convertido en un caos que ya no queremos arreglar.

Nos arrogamos el derecho a tener armas nucleares nosotros, porque somos “los buenos”; pero se lo negamos a Irán porque es “de los malos”. Y somos nosotros quien determina quiénes son los buenos y quiénes los malos… Una vez más, aquellos polvos han traído estos lodos. En la historia, las atrocidades nunca nacen de golpe: se van gestando poco a poco, silenciosamente.

Creo que no puedo ser más claro. Pero hay que añadir algo: la historia muestra que todas las revoluciones violentas acabaron instalando unas violencias semejantes a las que habían querido combatir. Quizás porque, como explica el gran Paulo Freire (a quien vosotros ni habréis oído nombrar), el oprimido tiene siempre introyectado en su inconsciente la imagen del opresor como su modelo de hombre, porque no ha conocido otro.

Un inmigrante africano instalado en España hace ya años, publica un libro donde se pregunta si escribe “desde el edén”, aclarando que de ningún modo quisiera para África un modelo de desarrollo como el que hemos tenido en Europa: porque “esos grandes conceptos nacidos en Occidente, que resultan particularmente atractivos para la humanidad entera y que podrían ser la verdadera medicina que esta humanidad necesita, son en la práctica falseados, suplantados y pervertidos”. Así pues, amigos, vuestra tragedia está en que, en el fondo, nos tenéis envidia; pero envidiáis no lo mejor sino lo peor de nosotros. Infelices.

Creo, pues, que algo de aquellos valores sigue vivo entre nosotros (aunque no sé si tendríamos que llevarlos ya a la UCI) y que, por eso, Europa conserva, además de un atractivo económico, un atractivo moral que ojalá no acabemos enterrando, y que aún produce envidia en todos aquellos que quisieran acabar con nosotros…

Si nuestras lágrimas se encuentran así, quizá acabe encontrándose también nuestro dolor por el daño que nos hemos causado mutuamente, unos en nombre de una supuesta crueldad de Dios y otros en nombre de una real crueldad del Capital.

Entonces, en lugar de asesinatos tan absurdos, quizá acabemos encontrándonos todos en la lucha por construir una civilización de la sobriedad compartida que (no me cansaré de repetirlo) es la única salida que le queda a nuestro mundo tan amenazado.

¿Quién decís que soy yo?

21º Domingo T.O. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

La pregunta no es fácil de responder y menos aún de transmitir. La fe cristiana es un fenómeno histórico bimilenario, transmitido de generación en generación. A lo largo de la historia, ha estado representada por una amplia y variada comunidad de discípulas y discípulos, que la han expresado en culturas y ambientes muy diferentes. Pero, cómo hacerlo hoy, cómo poner en contacto vivo las nuevas generaciones con esta Buena Nueva,  de manera que los jóvenes puedan experimentar que el encuentro con el Amor divino llena su vida de sentido, los hace generosos, despierta su misericordia hacia los demás y los mantiene esperanzados en medio de la lucha.

Para que esto suceda con esperanza de éxito, quienes ya llevamos algunos años más transitando este camino, tenemos que hablar y actuar en coherencia con lo que nuestra propia experiencia religiosa más profunda nos sugiere. La lámpara de la Palabra de Dios arde en primer lugar con el aceite de nuestras propias vidas.

Conscientes del desafío de nuestro tiempo, necesitamos testimoniar creativamente nuestra fe, de palabra y obra, para que la chispa prenda entre los jóvenes. Y un creyente pensante, Karl Rahner, apunta cuál debería ser el camino que hemos de seguir: “El cristiano del futuro o será un “místico” –es decir, una persona que ha “experimentado” algo- o no será cristiano”. Quien –varón o mujer- se considere cristiano será alguien que ha experimentado de alguna manera la belleza y el amor del Dios vivo, alguien que se ha sentido atraído por Él de manera que su fe se haya convertido en conocimiento personal, o de lo contrario su fe será una quimera.

¿Quién decís que soy yo? En Jesús, Dios se convirtió en un auténtico miembro de la estirpe humana y una Buena Noticia para ella. Jesús personifica la manera en que Dios trata al mundo: cura a los enfermos, expulsa a los demonios, perdona a los pecadores, se preocupa de las personas a quienes la vida les impone una carga pesada, no excluye a nadie… estas acciones misericordiosas hacen tambalear las normas de quién es el primero y quién el último a los ojos de Dios.

Cada época transmite la fe de acuerdo con sus propias luces; lo que está claro es que no podemos hacerlo sólo con los labios, también con la vida. Por eso nos preguntamos:

Cómo podemos los cristianos económicamente bien situados seguir pautas de consumo que contribuyen a la destrucción del medio ambiente y a la miseria de millones de seres humanos que tratan de sobrevivir. Jesús nos recuerda la necesidad de actuar a favor de la justicia, a fin de cambiar las estructuras opresivas que aplastan, especialmente, a los más débiles.

Cómo podemos los cristianos continuar apoyando actitudes, acciones y omisiones que van en contra del bienestar de algunos pueblos, étnicas o razas que luchan por disfrutar de todos los derechos humanos. Jesús nos recuerda que todos los miembros del pueblo de Dios, independientemente de cuál sea el color de su piel, la nación de donde procedan o su situación legal, tienen derecho a los bienes comunes.

Cómo podemos quienes formamos parte de la Iglesia continuar relegando a las mujeres a puestos de segunda categoría por estar gobernada por estructuras, leyes y ritos patriarcales. Jesús se negó a aceptar cualquier relación basada en el domino. Esto supone un desafío para que la Iglesia se convierta en una comunidad más inclusiva, con un ejercicio de la autoridad más circular y participativo, donde las “llaves” estuvieran más repartidas.

Gracias

Bodas de oro

Por: M. Carmen Latre. Vita et Pax. Alicante

Señor aquí estoy para darte las gracias por estos 50 años de mi Oblación, gracias por tu LLAMADA.

Gracias a todas las personas que me ayudaron a poder vivir mi vocación.

A mi familia, especialmente a mi madre, que le costó mucho aceptarlo, pero no me puso inconvenientes y gracias a mis hermanos y hermana Amparo que siempre me ha ayudado.

Gracias al Padre Cornelio por todo lo que recibí de él directamente y a través del Instituto.

Gracias a muchos sacerdotes que siempre han estado a mi lado dándome fortaleza.

A muchas compañeras de Instituto, especialmente en los años de formación. Que algunas ya están en el cielo, como Carmen Molina, Ventury, Consuelo Amorós y a Carmiña que está aquí presente y siempre está dispuesta a ayudarme.

También quiero recordar a las que hemos vivido y trabajado juntas muchos años como son: Carmen García, Ascensión Cebrián, Ma. Carmen Castells y Leonor Casiano, que ya está gozando de la Echechiquia del Cielo.

También quiero agradecer al Instituto por todo lo que me ha dado, por tanto que he recibido en los tiempos de formación y a través de las Convivencias, cursillos, etc., etc.

He tenido diversas etapas en la vida: de trabajos, vivencias, dificultades, etc. etc. Pero estoy contenta, puedo decir que prácticamente no he tenido crisis, la vida me ha dado mucho.

Por eso Señor quiero seguir haciendo algo por Ti, (como hemos escrito ahí en el altar).

Quiero vivir el presente con coherencia, con alegría, con esperanza, con ilusión… Confiando plenamente en tu Espíritu que está en mi, que me da fuerza y ánimo.

Quiero aceptarme y aceptar a las demás como son.

Quiero caminar sin temor a riesgos. Caminar con libertad. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad y como Tú estás en mí, quiero esa libertad.

Quiero ser dadora de VIDA Y PAZ  a través de mi entrega a los demás.

          GRACIAS SEÑOR JESÚS

          GRACIAS MARIA, MADRE DE JESÚS, que siempre me has llevado de tu mano.

Y por último quiero agradecer al Consejo actual y en especial a Ma. Carmen Martín que a través de los temas que preparó y trabajamos juntas, las tres que celebramos las bodas de oro, he podido hacer esta pequeña historia de mi vida y reconocer y ver tanto como he recibido desde la llamada del Señor, hasta la actualidad.

                            GRACIAS SEÑOR JESÚS

                            GRACIAS A VITA ET PAX  y

                            GRACIAS A TODAS VOSOTRAS QUE FORMAMOS EL INSTITUTO.

 

 

 

Jesús es de todos

20º Domingo T.O. Ciclo A

Por: J.A. Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús, aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija «maltratada por un demonio». Sale al encuentro de Jesús dando gritos: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: «Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y, de rodillas, con un corazón humilde, pero firme, le dirige un solo grito: «Señor, socórreme».La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad «perros» a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: «Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los «perros» paganos. Jesús parece pensar solo en las «ovejas perdidas» de Israel, pero también ella es una «oveja perdida». El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla como deseas». Esta mujer está descubriendo a Jesús que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente, aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una «fe grande», no la fe pequeña de sus discípulos, a los que recrimina más de una vez como «hombres de poca fe». Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe, aunque viva fuera de la Iglesia. Todos podrán encontrar en él un Amigo y un Maestro de vida.Los cristianos hemos de alegrarnos de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

Somos mujeres del Espíritu para el mundo

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax.

Un año más, hemos concluido nuestra Convivencia General, la sesenta y cinco, con la idea central Somos mujeres del Espíritu para el mundo. La hemos celebrado en El Escorial (Madrid) del 4 al 17 de agosto. Y hemos tenido una media de participación de 70 personas.

Nos daba la bienvenida Victoria Cañas, nuestra Directora General y nos decía: Parece que la situación mundial nos lleve con más facilidad a unirnos a los profetas de la desventura y desesperanza, pero nuestra sociedad necesita profetas de esperanza que se indignen con esta realidad y la sepan mirar con otros ojos para fijarse en lo que ha caído en tierra buena calladamente, y que sin hacer mucho ruido, va dando fruto. Pongamos rostro a tantas personas anónimas, organizaciones e instituciones que en nuestro mundo se solidarizan con los demás y quieren dar un vuelco a la sociedad, así también a   nuestros pequeños gestos de cada día que van cayendo en el surco.

Dios está implicado en la historia y ante nuestra incertidumbre, sigue diciéndonos “No tengáis miedo, yo estoy con vosotras” (Jn  1,8).

Los días 7 y 8 tuvimos el primer cursillo titulado, “Ser profetas en la vida cotidiana”, impartido por Pepa Torres, religiosa de la Congregación Apostólicas del Corazón de Jesús. Ella es Filóloga, Teóloga y Educadora Social. Pepa nos animó a despertar y despertarnos. Despertar de este sueño capitalista que nos adormece y atonta y considerar nuestro aquí y ahora como oportunidad para ejercer la profecía. Pepa nos invitó también a ser traficantes de sueños. Cinco sueños a traficar: todas las vidas valen lo mismo y nadie es descartable; la cultura de la acogida y el encuentro, que nos reta a ser mugalaris, cortar distancias y a saltar fronteras visibles e invisibles; el salto del yo al nosotros/as. Tejer común, para ganarle territorio al individualismo dominante; de la resistencia al empoderamiento; la cuidadanía.

Como todos los años, el Equipo de Difusión del Carisma compartió las diferentes actividades que han realizado durante el curso. También hubo un tiempo de encuentro entre el Equipo y todas las compañeras que animan, acompañan, alientan… a los diferentes grupos de Vida y Paz.

Los días 11 y 12 estuvieron dedicados al segundo cursillo: “Vidas desplazadas: refugiados, migrantes, nómadas…”. En este caso nos acompañó Ignacio María Fernández de Torres, sacerdote consiliario de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz de Madrid y de las Hermandades del Trabajo. Es Doctor en Teología y profesor de Doctrina Social de la Iglesia. Ignacio María nos decía que junto con la acogida hay que tener una mirada larga para descubrir las causas de las migraciones forzosas. Es imprescindible asegurar la paz en los países de origen y de tránsito pero es igual de urgente atajar las causas, cambiar la política exterior occidental, aumentar la Ayuda Oficial al Desarrollo, controlar el gasto militar, abordar de raíz las causas de la trata de personas…

El domingo 13 fue de descanso para la mayoría pero las que ejercen el servicio de Directoras de Centro tuvieron que trabajar. Fue una mañana de trabajo muy interesante, nuestra compañera Maite nos impartió un taller sobre las emociones. Las emociones son fuerzas poderosas, son el motor que ejerce una gran influencia sobre la conducta. Es importante ponerles nombre, visibilizarlas y saber cómo las expreso.

El día 15 fue de gran fiesta, celebramos la Fiesta de la Asunción y las Bodas de Oro de tres compañeras. Una vez más quisieron decirle a Jesús: Mi buen Jesús yo quiero seguir haciendo algo por ti… Por la noche la carcajada estuvo servida. “Las Comedias” fueron un tiempo de humor, creatividad e, incluso, de reivindicación.

Y con rapidez llegamos a la evaluación, la recogida y las despedidas. Ha sido, en verdad, una Convivencia especial, tal vez porque celebraremos en septiembre el aniversario del nacimiento del fundador, el P. Cornelio, y su presencia se sentía en todos los rincones. Como no podía ser menos también tuvo su canción:

Celebramos el Centenario de un nacimiento

en un pueblo de los Pirineos llamado Espinal.

Fue el pequeño de los cinco hermanos, pronto se hizo cura,

le llamaron el Padre Cornelio y fundó Vita et Pax.

¡Aleluya, aleluya!, por este niño, por su sacerdocio y por su ideal.

¡Aleluya, aleluya!, por ser amigo de Jesucristo y como Él amar.

Somos el tú de ese YO

19º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

El texto evangélico de este domingo está situado inmediatamente después del pasaje en el cual Jesús se hace cargo de la necesidad de una multitud, pero a su vez exige a los discípulos que se responsabilicen de esta necesidad: DADLES VOSOTROS DE COMER. Imperativo que sigue teniendo vigencia hoy y continúa siendo tarea de los creyentes: atender al hambriento.

Dice el texto que una vez saciada la gente, Jesús la despide, manda a los discípulos a su tarea y El siente la necesidad de subir al monte para orar en soledad. Aquí se pone de manifiesto la intimidad de Jesús y el Padre.

El texto nos describe una escena única: Jesús se presenta a los discípulos provocando miedo, les asusta. Personalmente me pregunto por qué Jesús llega hasta sus discípulos  de esta forma tan imprevisible. José Luis Sicre nos clarifica el sentido profundo que tiene este párrafo del evangelio: ANTICIPAR LA GLORIA DE JESUS, ANTICIPAR SU RESURRECCIÓN:

“Este relato tal como lo cuenta Mateo ofrece tres datos curiosos:

  • El cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas
  • Los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma
  • Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad”

Una vez más Jesús nos dice: ÁNIMO, NO TENGAIS MIEDO. Es el “no temáis” tantas veces repetido en el evangelio. No tener miedo, la confianza total y definitiva es la actitud característica del creyente.

Si hemos escuchado en nuestro corazón SOY YO, podemos saber que cada uno de nosotros somos el TU DE ESE YO  y por lo tanto hay un vínculo indestructible debido a la intimidad personal. Una comunicación profunda e íntima que va afianzando el conocimiento.

La relación Jesús-Pedro es especial, su decisión de ir hacia Jesús lo sitúa por encima de los demás. Pedro tiene miedo y grita SEÑOR, SALVAME. Así pone de manifiesto que la salvación está en Jesús, pero Jesús le recrimina su falta de fe, pero aún así le tiende su mano salvadora.

Este hecho tan extraordinario lleva a los discípulos a confesar: REALMENTE ERES EL HIJO DE DIOS. Podemos aplicar este hecho a nuestra vida y preguntarnos ¿cuál es la cualidad de nuestra fe?

En nuestra vida hay circunstancia que nos producen desestabilización: enfermedad, muerte, fraudes, engaños… tantas situaciones con las que no contamos y que se nos presentan inesperadas. Y nuestra actitud en la respuesta depende de la confianza y la fe que tengamos en Jesús que nos ha dicho NO TEMAS, ESTOY CONTIGO.

Y sabemos y sentimos que Jesús nos da su mano a través de los hermanos que nos quieren y en ellos le vemos a EL. Y también es esta nuestra misión: eliminar los temores de nuestros hermanos, ofrecer nuestra mano que puede y debe ser salvadora.

Desde abajo y sirviendo

La Asunción de Nuestra Señora

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza.    

La Solemnidad de hoy nos remite a subir hacia lo alto. El  dogma de la Asunción (1950) define la plenitud de María en la totalidad de su persona, subiendo en cuerpo y alma al cielo. En el fondo estamos celebrando, como siempre, el triunfo de Cristo sobre la muerte. Y María, como madre de Jesús, es la primera en gozar de esta plenitud y nos alegramos con ella y nos alegramos por nosotros que tenemos la esperanza de un día llegar a vivir para siempre en esta plenitud.

Pero mientras que llegue el día de pasar a la casa del Padre estamos en este mundo. Y creer en la resurrección de los muertos es algo mucho mayor que afirmar la continuidad de la vida tras la muerte, porque tiene consecuencias en nuestra manera de situarnos en la vida. Parafraseando el conocido refrán podríamos decir: “dime en qué Dios crees y te diré cómo te sitúas en la vida”, y viceversa.

El Dios de María queda dibujado en su canto del Magnificat ante su prima Isabel. Es un Dios grande, que mira lo pequeño frente a lo grandioso y lo que brilla, que si nos abrimos a Él hace grandes cosas con nosotros y, frente a las esterilidades que amenazan nuestra existencia, Él la hace fecunda. El Papa Francisco nos ha insistido que nuestro Dios tiene entrañas de misericordia.Esto no es nada nuevo, ya lo cantó también María en el diálogo con Isabel.

Tampoco es un Dios imparcial. Porque la misericordia no puede serlo. La misericordia derriba y levanta. Y por eso María nos dice que su Dios, que es el nuestro, está de parte de los pobres y sencillos para levantarlos y colmarlos de bienes; mientras que a los poderosos los derriba de su trono y no es amigo de los soberbios que siempre acaban situándose por encima de los demás y  quitándoles su dignidad.

Creo que ahora se puede entender mejor que si creemos en el Dios cantado por María, nos tenemos que situar en la vida como criaturas agraciadas y queridas por el Dios de la vida, que nos hace situarnos desde abajo y sirviendo. Esto es anticipar la resurrección que nos espera, de la que goza María desde su Asunción. Vivir así, tejiendo fraternidad es adelantar vivir en la plenitud de la casa del Padre. Aunque haya gente que diga que como en la casa de uno no se vive en ninguna.

Ojalá y que, en alguna manera, también se pueda decir de nosotros: “dichoso tú que has creído”, porque tejes fraternidad y sororidad, situándote en tu manera de vivir desde abajo y sirviendo porque vives agradecidamente tu existencia desde el Dios bueno al que imploras y con el que caminas.

Nada de lo humano le es ajeno

18º Domingo T.O.

La Transfiguración de Jesús

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

El relato de la Transfiguración de Jesús, transmitido por Mateo, Marcos y Lucas, parece estar calcado en el capítulo 24 del Libro del Éxodo. En él se narra que Moisés subió al monte Sinaí con tres compañeros: Aarón, Nadab y Abihú, a los que cubre una nube, desde la que les habla el Dios de Israel. En la Biblia, la montaña es el lugar donde se manifiesta la Divinidad. Y es probable que, antes de situar a Dios en en el cielo, las religiones más antiguas ubicaran a Dios en las altas cumbres. Por eso, según el Salmo 121, la persona creyente levantaba sus ojos a los montes en busca de auxilio.

Esta referencia al Libro del Exodo nos hace pensar que los evangelistas estaban interesados en presentar a Jesús como un “nuevo Moisés”, “hijo predilecto del Padre. Y a él lo acompañan Pedro, Santiago y Juan y, más de cerca, Moisés y Elías, es decir, “la Ley y los Profetas”, síntesis de las Sagradas Escrituras de los judíos.

Estamos ya acostumbrados a leer o escuchar el relato de la transfiguración de Jesús. Y, por más que demos rienda suelta a nuestra imaginación, en realidad no sabemos qué fue lo que ocurrió exactamente, porque se trata de una experiencia que trasciende lo cotidiano, quedando frustrada una vez más nuestra curiosidad. Ni Mateo, ni Marcos ni Lucas fueron exactos cronistas de lo ocurrido. Pero sí podríamos, tal vez, preguntarnos qué hacía de Jesús un hombre transfigurado y en qué se lo notaban sus contemporáneos.

Leyendo con una mirada atenta el Evangelio, lo que hacía aparecer a Jesús como un hombre transfigurado era su humanidad, como dice el texto original griego de la carta de Pablo a Tito 3, 4, su filantropía, es decir, su pasión por todo lo más profundamente humano que hay en todos los seres de carne y hueso. Y la filantropía de Jesús es su capacidad para sentir con las personas más vulnerables y marginadas; su prontitud para curar sus heridas; su libertad interior ante las exigencias de normas y leyes cuando no respetan la dignidad inviolable del ser humano; su vivencia del Misterio al que él invocaba y experimentaba como Abba, Padre amoroso.

Ante todo y sobre todo, Jesús aparecía como un ser transfigurado porque fue profundamente humano. Y en todo lo auténticamente humano, lejos de estar reñido con lo divino, se transparenta, se refleja lo divino. Cuanto más humanos seamos, tanto más divinos seremos. Hombres, mujeres y niños, enfermos y pecadores pudieron palpar en Jesús de Nazaret tanta humanidad que, como dice Leonardo Boff, “un ser tan humano, tan humano como Jesús, solo puede ser divino”, expresión que, contando con toda la fragilidad de nuestro lenguaje, puede tal vez ayudarnos a vislumbrar en alguna medida algo de la hondura del inefable Misterio de la Encarnación: Un Dios que se hace humano y que, al humanizarse, hace de nosotros unos seres divinos.

A la luz de esta reflexión, quedan muy lejos seculares y persistentes dualismos que han contribuido y siguen contribuyendo a romper la unidad con el Misterio que nos constituye. Porque una comprensión dualista de ese Misterio humano-divino, nos divide y fragmenta. El dualismo opone el cielo a la tierra, como si el cielo fuera trasunto de perfección y de pureza y la tierra sucia y despreciable. Separa la vida de la muerte y la vida terrena de la etena. Entender lo humano a partir del dos ha significado para muchas personas experimentar con gran dolor un desgarro en el tejido de su ser más íntimo.

Contra ese craso dualismo elevan su protesta no solo nuestro ser más profundo, sino los místicos y místicas de todos los tiempos y tradiciones religiosas, que con diferentes metáforas nos ayudan a tomar conciencia de que nos habita y penetra el Misterio que nos unifica. Y lo denuncia también la nueva Cosmología, que concibe el mundo como un todo sin costuras, como un nudo complejísimo de relaciones entre todos los seres, en todas direcciones y formas. Todo implica todo. Nada existe fuera del ámbito relacional. Por eso no es de extrañar que especialistas en el campo de la nueva Física hablen de una “conspiración benigna” entre todos los seres. Porque en realidad, es imposible separar la ola del océano o disociar la luz de su brillo.

Jesús de Nazaret vivió el Misterio y lo expresó así: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10. 30). Si nos miramos en el espejo de Jesús, si “santificador y santificados procedemos de uno mismo”, si somos hermanos que “tenemos en común la carne y la sangre”, como leemos en el escrito a los Hebreos (2, 11.14) ¿no podemos experimentar y decir nosotros lo mismo?

En nuestro lenguaje dual y limitado “Dios” y “hombre” son los dos polos de la misma y única Realidad. Por consiguiente, para Jesús, todo lo humano es divino, y todo lo divino es humano. ¿No puede ser ésta otra forma de entender la transfiguración de Jesús…y la nuestra?

 

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