Reforma y reformas en la Iglesia

XV Jornadas de la ATE

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Huellas de santidad borradas

Festividad de todos los Santos

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Hemos restringido la designación de “santo” a las personas que han muerto y que sus vidas han sido ejemplares en relación al seguimiento de Jesús, normalmente, varones. Pero en la Sagrada Escritura la santidad es, en sentido estricto, un atributo exclusivo de Dios que, llevado de su amor y fidelidad, reúne un pueblo para compartir con Él esa santidad: “Yo soy el Señor que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios: sed santos porque yo soy santo” (Lv 11,45).

La santidad no consiste, en un principio, en prácticas éticas o piadosas, ni tampoco en ser moralmente perfectos. Ser un pueblo santo significa participar, de alguna manera, de la forma de ser de Dios. Sus miembros están empapados de una cualidad sagrada que luego, naturalmente, se manifiesta en forma de compromiso y servicio con el mundo.

Las primeras comunidades cristianas asumieron este sentido de santidad y tampoco pusieron el centro en su propia piedad o perfección ética, sino en Dios que gratuitamente les había dado el don de la salvación. En el seno de la comunidad, los cristianos reunidos aquí o allí y llenos del Espíritu Santo, forman una sociedad de santos, individualmente y en conjunto, para el bien del mundo.

Es más, se aferran a la esperanza de que ni siquiera la muerte “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). De ahí que pronto sacarán la conclusión de que su comunidad no estaba formada exclusivamente por las personas que en aquel momento vivían y respiraban, sino que incluía además a quienes ya habían muerto.

Y de este pueblo santo, de vez en cuando, surgen personas que destacan por su testimonio de vida. Cuando son reconocidas por la comunidad pasan a ser públicamente significativas para los demás. Se les designa también santos o santas. Sus nombres se recuerdan como una bendición, un estímulo para la fe, un aliciente para el compromiso.

Durante los doce primeros siglos de la historia cristiana, la Iglesia local, con la aprobación de obispos regionales, reconoció a estas personas ejemplares, que eran nombradas durante la misa y formaban parte de la lista de los santos locales. Sin embargo, a comienzos del siglo XII se centralizó el proceso de canonización, exigiendo que fuese Roma quien dijese la última palabra en esta cuestión. Esta decisión tuvo consecuencias positivas pero también negativas.

Se fue elaborando la lista de los santos oficiales, convertidos en un grupo cada vez más elitista, ya que están proclamados por sus virtudes heroicas y su poder de obrar milagros espectaculares; un grupo, por otra parte, que terminó reflejando el rostro de quien lo creaba: predominantemente clerical, célibe y masculino; un grupo cuya creación exigió grandes inversiones de tiempo y dinero.

Como fruto de la canonización, la posición de las mujeres en la memoria pública de la Iglesia es mínima. Un simple recuento muestra que más o menos un 75 por cierto de las personas que aparecen en la lista oficial de los santos canonizados son varones, lo mismo que tres cuartas partes de los santos que figuran en el calendario litúrgico; en cambio, las mujeres que reciben ese mismo reconocimiento ronda apenas el 25 por ciento.

¿Quiere esto decir que los hombres son más santos que las mujeres? Naturalmente, no. Sin embargo, esta diferencia pone de relieve quién tiene el poder de canonizar en la Iglesia. Y entre las santas, las menos representadas son las mujeres que estuvieron casadas de por vida, es decir, que no se hicieron monjas, lo que demuestra que, si ser mujer representa ya una desventaja, ser mujer sexualmente activa hace casi imposible la idea de encarnar lo sagrado, y las pocas excepciones que conocemos a esta regla son reinas o mujeres próximas a la realeza.

Como resultado, la historia de la santidad de las mujeres ha sido en gran parte borrada de la memoria colectiva de la Iglesia. Esta ausencia debe reconocerse, echarse en falta, criticarse y corregirse. No es simplemente cuestión de añadir algunas. El reto es remodelar la memoria de la Iglesia, reclamando una participación paritaria para las mujeres, y de esa manera transformar la comunidad.

Una vocación para el mundo

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax.

 ¿Qué son los Institutos Seculares?, ¿cómo nacieron?, ¿en qué circunstancias históricas?, ¿cuál es su estilo de vida? Estas y otras son preguntas que se hacen quienes se acercan a los Institutos Seculares con deseos de informarse o, sencillamente, de contemplar el bello jardín de carismas que adornan la Iglesia.

Los Institutos Seculares son asociaciones de creyentes –hombres y mujeres- laicos, laicas y también sacerdotes-, que viven la plena consagración a Dios, en el mundo y dentro de él, inmersos totalmente en sus estructuras, con la pretensión de impregnarlas de espíritu evangélico.

Los Institutos Seculares surgieron como respuesta a un momento histórico concreto, – finales del siglo XIX-, en el que avanzaba velozmente el proceso de secularización en virtud del cual, las realidades temporales: la sociedad, las ciencias, las artes, la política, etc., conquistaban su legítima autonomía y se separaban de la religión. Este proceso, lógico y necesario, entrañaba un serio riesgo: el secularismo, es decir, el prescindir de Dios.

Este riesgo fue intuido tempranamente por mujeres y hombres que vieron la urgente necesidad de permanecer dentro de la sociedad sin abandonar sus profesiones y viviendo, con todo radicalismo, los consejos evangélicos.

En aquel entonces, fue ésta una idea revolucionaria a la que se fueron adhiriendo muchas personas que sentían esta inquietud. Costó que se abriera paso en la Iglesia pero lo consiguió. En el año 1947, bajo el pontificado del Papa Pío XII, fue reconocido oficialmente este nuevo estilo de consagración.

En boca de Pablo VI diremos que “Si nos preguntamos cuál ha sido el alma de cada Instituto Secular que ha inspirado su nacimiento y su desarrollo, debemos responder: el anhelo profundo de una síntesis; el deseo ardiente de la afirmación simultánea de dos características: 1) la total consagración de la vida según los consejos evangélicos y 2) la plena responsabilidad de una presencia y de una acción transformadora desde dentro del mundo para plasmarlo, perfeccionarlo y santificarlo”.

Y, más recientemente, el Papa Francisco hablaba así a los Institutos Seculares: …todos los días, hacer la vida de una persona que vive en el mundo, y, al mismo tiempo, custodiar la contemplación, esta dimensión contemplativa hacia el Señor y también en relación con el mundo; contemplar la realidad, como contemplar las bellezas del mundo, y también los pecados graves de la sociedad, las desviaciones, todas estas cosas, y siempre en tensión espiritual… Por eso vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación que está justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de las personas, sino también de las instituciones. Y de muchas instituciones laicas necesarias en el mundo. Por eso pienso así, que con la Provida Mater Ecclesia, la Iglesia ha realizado un gesto verdaderamente revolucionario.

Llevamos, pues, poco más de cincuenta años de recorrido. Dentro de la familia eclesial, doblemente milenaria, suponemos una realidad joven y como tal, vigorosa, ilusionante y llena de esperanzas. Existen más de 170 institutos diseminados por el mundo, cada uno con su carisma específico, enmarcado en la amplia misión que la Iglesia les ha confiado: ser en el mundo luz, sal y fermento.

Si quieres conocer más sobre los Institutos Seculares e ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono 678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono 660 76 91 28.

Dirección de correo: vidapaz@vitaetpax.org

 

 

Los grupos Vida y Paz en marcha

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Ya hemos dado inicio al nuevo curso en los grupos Vida y Paz. Hemos recorrido Valencia, de allí fuimos a Alicante, después a Barcelona y, por último, a Ciudad Real. Un paseo por la geografía de nuestro país buscando aquellas personas que quieren ser Vida y Paz de Jesús allí donde viven y con quienes conviven.

Como es nuestra costumbre empezamos el retiro con la oración al Espíritu Santo, entre otras cosas le pedíamos:

* Ven, Espíritu de amor, de ternura, de generosidad, de entrega. Haz arder nuestro corazón en tu santo fuego. Contágianos de tu misericordia. Tú, que eres Padre de los pobres, despójanos, haznos pobres para que sepamos amar. Tú, que eres comunión de Dios, pacifícanos para que vivamos la unidad. Dios-Amor, en este principio de curso, enséñanos a amar.

El título del retiro venía dado por las tres señas de identidad que se nos han regalado en el Bautismo: todos participamos del triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo. Somos sacerdotes, profetas y reyes.

En relación a nuestro sacerdocio bautismal decíamos: somos sacerdotes cuando ofrecemos a Dios nuestro día, cuando estamos en nuestro trabajo cotidiano o en el descanso. Cuando ofrecemos nuestro cuerpo sumido en el placer, la enfermedad o la vitalidad. Cuando nos esforzamos por hacer las cosas bien, sin ser nosotros el centro, buscando lo mejor para el bien común… Esto es desafiante porque lo más fácil es vivir siguiendo rutinas y costumbres, con el “piloto automático” puesto y dejándonos llevar por lo de siempre. Pero cuando nos proponemos vivir nuestro sacerdocio de manera consciente, consagrando a Dios todo cuanto somos y tocamos, la vida adquiere una hondura y una intensidad insospechadas; entonces vivimos el momento en plenitud. Nos esforzamos más, sí, pero también somos más felices. Somos adoradores de Dios en el ‘templo’ que es nuestra casa, la calle, el mercado, el lugar de trabajo…

En cuanto a nuestro ser profetas compartíamos que el don de profecía es el de comunicar a Dios. El profeta, en el contexto cristiano, no es aquel que predice el futuro sino que “ilumina las situaciones de crisis de la comunidad”. Aunque ciertamente resulte incómodo, los profetas son los críticos, los interpelantes, los inconformistas, hombres y mujeres del Espíritu que se enfrentan a la injusticia.

Poner el dedo en la llaga de los problemas sociales, políticos y económicos de nuestro mundo nos obliga a romper el cerco de la privacidad de la fe para comprender su dimensión social. No podemos permanecer neutrales porque Dios no es neutral, es el comprometido, el cercano, el preocupado, le importamos y le importan especialmente los más indefensos. A Dios se le inclina el corazón hacia el sufrimiento de sus hijos e hijas, los lleva en la niña de sus ojos y nos contagia su manera de mirar, su pasión por el mundo (Lc 4,16-21).

Por último nuestro oficio real tiene mucho que ver con el mandato bíblico dirigido al ser humano de gobernar el mundo, participando del poder de Dios creador del universo. Dios coloca al hombre y a la mujer frente a su responsabilidad, encomendándoles el cuidado del mundo y cuanto hay en él. Cristo, como rey y Señor del Universo, es el modelo de gobierno desde el servicio. Nos toca ocuparnos de los asuntos seculares (LG31), ejerciendo una profesión secular, haciendo brotar el Reino de Dios mediante la gestión de los asuntos temporales, ser capaces de establecer las prioridades del Reino en medio de las ocupaciones del mundo, en la vida familiar y social. La “índole secular” es “propia y peculiar” de los laicos: por tanto, sigue vigente la imagen del fermento en la masa.

Concluíamos diciendo: Somos sacerdotes, profetas, reyes. La adultez laical que reclama el s. XXI, no sólo implica la madurez en la experiencia de fe sino que reclama también madurez en las funciones encomendadas. Insertos en el mundo, lugar de gloria para Dios, estamos llamados a ser testigos e instrumentos, es decir, a dar gratis lo que hemos recibido gratis.

Tuvimos espacios de silencio, de reflexión, de compartir, de animarnos en la fe… Nos motivábamos mutuamente a emprender el curso con energía, con ilusión, con esperanza y con responsabilidad. Y, al final, terminamos con una bendición: Os deseo al comienzo de este curso: que el Buen Dios os mire y os envuelva. Que el Buen Dios os alegre el corazón. Que el Buen Dios os llene de paz y de alegría. Que el Buen Dios os dé sabiduría para entender la vida como entrega. Que el Buen Dios os dé novedad para hacer de cada día algo nuevo, no una triste rutina… Amén.

 

 

Amar a Dios y al prójimo lo es todo

30 Domingo del T.O. Ciclo A 

Por: Chus Laveda. Vita et pax. Guatemala

La palabra de Dios es viva y eficaz. Eso leemos en los textos evangélicos. Por eso tenemos claro que dicha palabra, aunque explicitada en otro tiempo, parece dicha para cada una de las personas que hoy formamos la comunidad de los seguidores de Jesús.

Y las realidades que aborda y que se nos dan como mandato son extraídas de la realidad que hoy vive nuestro mundo: nuestra relación con el extranjero, con los más dependientes y necesitados, hoy, las mujeres y los niños; los empobrecidos de este mundo, que no tienen ni siquiera lo imprescindible para cubrir sus necesidades vitales.

Y Dios Padre, se pone de su parte, escucha su clamor y se hace cargo de su defensa. Y nos da la razón de su opción. Porque Él es misericordioso. No puede ser de otra manera. El Dios justo y amoroso, identifica su poder con la misericordia.  “Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso.

Jesús, la encarnación de Dios en nuestro mundo, se expresa de la misma manera. Y su modo de entender la vida y de dar culto a su Padre es teniendo compasión con todas las personas con las que se encuentra en su camino, atender sus necesidades, restituirles la vida, como fruto de su misericordia. Es misericordioso, como lo es su Padre. Y a eso somos llamadas/os las y los seguidores de Jesús.

Porque no se trata de creencias, ni rituales, ni expresiones de culto, sino experiencias de vida. Se es seguidor, viviendo como Jesús vivió. Es lo que se  expresa en el evangelio de hoy: Cuando los fariseos le preguntan por el mandamiento más grande de la ley, Jesús llena de contenido esa ley: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y a este primer y más importante mandato, vincula el amor al prójimo, identificando el amor a los hermanos con el amor a Dios. Y no es un amor de palabra, sino de obras: acogida al diferente, compartiendo los bienes, celebrando y gestando vida nueva allá donde hay sufrimiento y exclusión, perdonando y abrazando a los demás como hermanos de un mismo Padre. Así lo expresa Pablo en su carta. Cómo, acogiendo el mensaje de Dios, lo expresan en su vida por medio de gestos y acciones, siendo ejemplo para los demás.

Sólo necesitamos mirar a nuestro alrededor para constatar que nuestro mundo está necesitado de este modo de entender la vida.

Cuántas fronteras, muros que separan, rechazos que impiden la acogida a aquellas personas que llegan a nuestros países buscando una vida más digna que pueda responder a nuestro ser personas. Cuántos enfrentamientos con aquellos que no piensan como nosotros y a los que queremos imponer nuestras ideas como la norma de vida para todos. Cuánto consumismo derrochando bienes, que ni siquiera sabemos aprovechar y que está robando la vida de tantas otras personas. Cuánto bien común, puesto al servicio de unos pocos y sus intereses particulares. Y no escuchamos el clamor de los pobres.

Pero Dios sí los escucha y toma partido. No siempre entendemos su voz, pero es claro que está de su parte. Por eso, serán los pequeños, los que lloran, sufren, son violentados hoy, los que vivirán en plenitud la Buena Noticia del Reino.

La Palabra de Dios es clara y contundente. No podemos hacer oídos sordos a su mensaje, porque en ello nos va la vida. Porque la voz de Dios hoy tiene que ser la nuestra, somos nosotras y nosotros los que hemos de gritar proféticamente la Buena Noticia del Reino, denunciando la injusticia, derrotando la violencia, rehaciendo la esperanza, abrazando vidas con la misma ternura misericordiosa del Buen Padre Dios.

 

Ciudadanos del mundo y de Dios

29 Semana del T.O. Ciclo A

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

En la actualidad los cristianos estamos dispuestos a ensalzar al Señor, a adorarlo en nuestras celebraciones; a mostrarlo y seguirlo en nuestras procesiones; a admirar a su madre, María, por el don que nos ha dado; a leer el Evangelio y escuchar homilías y reflexiones que de él se derivan.

También hoy cantamos al Señor un cántico nuevo, bendecimos su nombre, contamos sus maravillas, los pueblos aclaman la gloria y el poder del Señor, nos postramos ante Él, confiamos en su fidelidad y verdad, nos alegramos con los bienes que nos ha dado, buscamos la justicia y esperamos la salvación.

Pero también hoy lo ponemos constantemente a prueba por falta de coherencia en nuestra vida, buscamos su descrédito cuando no nos conviene su mensaje, le exigimos que se cumplan nuestros deseos, sin caer en la cuenta que Dios escribe derecho con renglones torcidos. No tenemos siempre la disponibilidad para vivir la radicalidad del Evangelio; no buscamos, ni ponemos en práctica la verdad en nuestra vida.

La pregunta de los fariseos ¿Es lícito pagar impuestos al César?, no está bien planteada porque surge desde la perversidad del corazón, no busca la integridad de la persona, sino su separación, por el contrario, la respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, es la única acertada que podría darse. El hombre y la mujer han sido creados por Dios, a Él se lo deben todo, pero forman parte del mundo, viven en la tierra que es de todos.

Nuestra fe y confianza en Dios es necesaria, debe afianzarse con nuestra oración personal y comunitaria. Debemos acrecentarla con nuestra formación mediante la lectura, reuniones y encuentros. Celebrarla con alegría en nuestras comunidades. Nuestra fe ha de ser valiente, llamada a afirmar y mostrar los valores del Evangelio.

Pero al mismo tiempo los cristianos estamos comprometidos con el mundo, sintiéndonos parte del mismo, no podemos inhibirnos de nuestras responsabilidades. Podemos empezar por tratar con amor y comprensión al que está en cada momento a nuestro lado; buscar el encuentro con el necesitado, aquel que sufre por hambre, enfermedad o soledad; escuchar al que piensa diferente a nosotros; acoger al que viene de fuera obligado por situaciones de pobreza, guerra y persecución; comprometernos a asumir responsabilidades políticas, sociales, promocionales y educativas.

Somos ciudadanos del mundo y al mismo tiempo de Dios, no separemos a Dios y al mundo, porque Dios es todo. 

Evangelizar en la Misericordia

XVII Encuentro Nacional del Voluntariado de Pastoral Penitenciaria

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Sororidad Octubre

Sororidad Octubre 2017

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Agenda Cuarto Trimestre año 2017

Agenda Vita et Pax

 

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax.

 

  • 1 de Octubre: Celebración de Santa Teresa del Niño Jesús. Patrona de Vita et Pax.

 

 

  • 2 y 19 de Octubre: Retiro de inicio de curso del Grupo Vida y Paz de Barcelona y Ciudad Real

 

 

 

 

  • 7 de Octubre Asamblea de CEDIS. Madrid.

 

 

 

  • Del 23 al 29 de Octubre Ejercicios Espirituales en Huarte (Navarra).

 

 

  • Del 9 al 17 de Diciembre: Convivencia de Vita et Pax en Guatemala

 

 

  • 8 de Diciembre, Fiesta de la Inmaculada Concepción:
    • Se asociará al Instituto: Clémentine
    • Realizarán su Oblación al Señor: Pauline y Beatrice
    • Renovarán su Oblación: Judith, Dative y Verena

 

  • Del 10 al 16 de Diciembre: Convivencia de Vita et Pax en Ruanda

El banquete de la dignidad

28 Domingo TO. Ciclo A

Por: Concepción Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real

El libro de Isaías habla del convite que dará Yaveh a su pueblo con “manjares suculentos y vinos generosos”. “Arrancará el velo…, aniquilará la muerte…, enjugará las lágrimas…”. Este Dios del que habla Isaías nos quiere libres, felices, quiere la paz y la dignidad de las personas, trae la salvación a todos los pueblos.

San Mateo nos habla de los invitados a una boda, una ocasión única de alegría y júbilo, de encuentro, donde uno podía saciarse en aquellos tiempos de escasez. Dos veces dice el evangelista que el Rey envía a los criados a avisar a los convidados. Estos invitados, enredados en los quehaceres de su vida cotidiana, dejan pasar una ocasión tan importante, andan distraídos, inconscientes de la PROPUESTA que se les hace.

Son los transeúntes de los caminos, los extranjeros, aquellos que no tenían nada que perder, que seguramente  vivían con lo imprescindible, los que finalmente acceden a la invitación. Son los que confían, se ponen sus mejores galas y agradecidos asisten al banquete. Para ellos el banquete es una ocasión importante, no tienen otros planes, ni intereses más relevantes. El Rey, decepcionado por la respuesta de los elegidos, manda invitar a todos y a todas los que transitan por los caminos sin hacer distinciones. La invitación es universal, para todos los hombres y mujeres que quieran acogerla.

¿Cuántas veces a nosotros, bautizados y bautizadas, nos sucede lo mismo que a los convidados? Vivimos atrapados en mil afanes y quehaceres y dejamos pasar por alto las invitaciones que Dios nos hace. Una y otra vez nos está llamando al banquete del Reino ¿Será que no hemos descubierto la magnitud de esa invitación, el probar esos manjares suculentos?

Es momento de plantearnos si respondemos al susurro de Dios, si Él es la primera opción. Si es la respuesta a las acciones e inquietudes más profundas del corazón. Si nuestras vidas son coherentes con la propuesta del evangelio.

Dios nos sigue llamando, nos sigue invitando cada día, tiene preparado un banquete para nosotros. Un banquete donde compartir la mesa con los últimos que son sus predilectos. Es el banquete de la esperanza, de la solidaridad, de la utopía; el banquete que devuelve la dignidad perdida, que valora lo pequeño. En el banquete se vive la alegría del compartir, el respeto a lo diferente.

Dice San Pablo en la carta a los Filipenses: “todo lo puedo en aquel que me conforta”. Desde el amor todo es posible, es transformador de uno mismo y del entorno, es fortaleza ¡Demos el paso a vivir en el amor! Abrirnos a esa generosidad sin límites que estamos recibiendo. Cómo no responder al amor con el amor. Esta respuesta nos crece, da sentido a nuestras acciones y relaciones.

Hoy recordamos también a Santa Teresa de Jesús, atenta al susurro de Dios, libre para hacer su voluntad, coherente, adelantada a su tiempo. Sigamos su ejemplo para despojarnos de tantos enredos, para valorar aquello que no se ve, aquello que nutre nuestro corazón y nos sostiene, que sostiene las relaciones y la solidaridad entre hermanos y hermanas. DEJARLO TODO PARA IR A LA FIESTA.

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