¡Velad!

Domingo 1º de Adviento. Ciclo B

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla

Comenzamos un nuevo año litúrgico; atrás dejamos muchas cosas y situaciones vividas durante el año que ha terminado, tantas personas cercanas y lejanas que nos han dejado y ya se encuentran cerca de nuestro Padre-Dios. Todas ellas han marcado  una huella profunda en nuestras vidas y, al recordarlas, sentimos su presencia de fortaleza y fragilidad, de alegría y tristeza, de juventud y vejez, de amor y donación. 

Y el evangelio de hoy, a pesar de ser el comienzo de un nuevo año, nos recuerda que no sabemos “cuándo vendrá el señor de la casa”. Más que recordar nos apela con imperativos a estar a punto: “estad atentos, vigilad. Velad, ¡Velad!”.

En el hoy de nuestra vida este mandato de Jesús nos interpela y nos hace preguntarnos por la realidad de nuestras vidas. A nosotras, a nosotros, nos toca respondernos con sinceridad en qué actitud estamos. ¿Vivimos no solo preocupadas sino ocupadas en descubrir tantas carencias que nos rodean de soledad, de pobreza, de dolor, de angustia…. Y hacemos algo por mitigar tanto sufrimiento?  ¿Estamos vigilantes para realizar la misión a la que estamos llamadas?.

Es muy fácil acomodarse en el sofá, sentir el calor en nuestro cuerpo, tener en la mesa más de lo necesario para vivir, acostarse por la noche en una buena cama y un mejor colchón, estar rodeadas de amigos y amigas que nos comprenden, nos enriquecen, nos hacen sentirnos bien.

Y a todo eso tenemos derecho sí, pero no olvidemos que hay que trabajar para lograr esos mismos derechos para todos y para todas. Es ahí donde  hay que  estar vigilantes, hacer lo poco o mucho que podamos pero sabiendo que esa es nuestra misión: VIGILAR.

Muchos ponen a Sócrates como el autor de esta frase: “vivir despiertos es una forma de mirar”. Me gusta este pensamiento porque de nuestra forma de mirar el mundo y desde donde lo  miremos, iremos  orientando nuestro criterio a la hora de actuar. Tenemos delante muchas ofertas para ser felices y  casi siempre a nivel individual, pero el evangelio nos señala la manera de mirar y de actuar de Jesús.

Sabemos cómo miraba a los niños, a los pobres, a los enfermos, a sus discípulos, a sus amigos y amigas, a los extranjeros, a los que vivían fuera de la ley…  También qué pensaba de los que ponían la ley por encima de las personas cuando estas necesitaban de su ayuda, de los que querían estar a su lado para descansar: “¡hagamos tres tiendas!”.

Hoy también nos sigue llamando con insistencia a continuar su misión y el profeta Isaías nos da la clave para dejarnos conducir por Él, decirle de corazón:

 “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: todos somos obra de tu mano”

 

 

Reinar del revés

Domingo, XXXIV Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo)

Por:  José Luis TerolProfesor (Zaragoza)

Quienes nos dedicamos a la educación hablamos a menudo de “curriculum oculto” y de otros términos parecidos para referirnos e identificar los valores reales que, más allá de las proclamas y de las declaraciones políticamente correctas, gobiernan nuestros espacios educativos o vitales.

Probablemente no sea “oculto” el término más adecuado, cuando resulta bastante evidente que demasiados seres humanos nos estamos dejando arrastrar y seducir por valores como el reconocimiento, el éxito, la autoridad, el poder, el halago, la autosuficiencia…

Como profesor me encuentro con dolor, demasiados jóvenes que se sienten aplastados y pérdidos ante esta propuesta de valores que, con la mejor voluntad, reciben de sus familias y de toda la sociedad que les rodea.

Necesitan una paz, un reposo y una propuesta (Ezequiel) que les saque del callejón sin salida en el que se encuentran y que no están encontrando en ninguna de las propuestas que consumen con ansiedad.

No sólo algunos jóvenes, sino muchos adultos y adultas transitamos por la vida como auténticos zombis y muertos vivientes que necesitamos con urgencia ser vivivficados y sanados por una Palabra que nos resucite y que nos vuelva a la Vida ( 1ª Corintios).

Es aquí, una vez más, dónde tomamos conciencia de que el Evangelio, la propuesta de Jesús, continua siendo totalmente provocadora, oportuna y “contracultural”. Y, por supuesto, que desborda las inmensas limitaciones de la Iglesia y de quienes nos decimos cristianos.

“Si quieres encontrar el reposo, si quieres encontrar la vida, pégate a los hambrientos, a los sedientos, a los forasteros, a los desnudos, a los enfermos, a los encarcelados porque en ellos me encontrarás a Mí, y encontrarás LA VIDA” (Mateo).

En estos tiempos de futbol, patrias, mentiras y banderas, tengamos de nuevo el coraje de acoger y agradecer la invitación de este “extraño rey” y seguir intentando, con toda humildad y en medio de nuestras contradicciones, “darle la vuelta al mundo”.

 

 

 

Pasa al banquete de tu Señor

Domingo XXXIII T.O. Ciclo A

Por: Cecilia Pérez Nadal. Vita et Pax. Valencia

Llegar al final de un camino, de una experiencia, de una tarea, supone haber hecho un recorrido, supone poder contemplar la verdad de un comienzo y de un final, un tiempo para descansar visualizando momentos importantes o simplemente cotidianos, actitudes, encuentros… que nos han ido reforzando o debilitando, alegrando o entristeciendo, que nos han ayudado a ser mejores y a confiar más, en el mejor de los casos.

Esta es la situación que me gustaría provocar, que provoca en mí un deseo de parar y contemplar, pues al final de un recorrido nos encontramos dispuestos a comenzar uno nuevo con necesidad de cargar las pilas, preparándonos a la nueva experiencia que será otro año litúrgico.

Domingo 33 significa haber llegado a conseguir otra meta y me pregunto si lo he vivido en Jesucristo, pues desde él y con él he debido compartir estos últimos doce meses.

La liturgia de hoy creo que va por ese camino de cerrar etapa. Y San Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses nos alerta sobre la llegada del Señor que será imprevisible, cuando quizás nuestras propias seguridades nos tengan “descansando” o adormecidos, acomodados y centrados en nosotros mismos.

Pero no, conscientes de ser hijos de la luz e hijos del día se espera de cada uno de nosotros vivir en vigilante espera, con los ojos, las manos, el corazón, abiertos y sensibles ante las necesidades de los otros.

Estamos intentando buscar claves donde ir sustentando lo que tiene que ser el modelo y parece que el planteamiento de este domingo ofrece una clarísima realidad y es la del trabajo.

Mateo, en su evangelio, nos cuenta una parábola imprescindible y vital que afecta a todos y nos ayuda a librarnos de las justificaciones que, a menudo o siempre o algunas veces, nos encanta esgrimir para librarnos de la responsabilidad que nos exige ese ser hijos de la luz, ese vivir en vigilante espera, ese seguir los pasos de Jesús.

Hacer recopilación de otro año pasado nos enfrenta hoy con esta parábola de los talentos. Preciosa y exigente parábola de donde sacar unas cuantas y estupendas conclusiones:

La primera es que los dones que poseemos son regalo de Dios, él nos los ha dado, todos los tenemos de una clase o de otra y nos constituyen como personas. Desde este planteamiento la humildad es rasgo barredor de la soberbia, la autosuficiencia, autocomplacencia y nos hace agradecidos.

La segunda es consecuente y se refiere a que son para el bien común, para mejorar, embellecer, alegrar, la vida de los demás seres y del mundo. Es contraria al ejercicio de poder y dominio, al egoísmo.

La tercera es la necesidad de potenciar, trabajar con el regalo de nuestra vida huyendo de la holgazanería, de la comodidad e inmovilidad, del miedo al riesgo y a la novedad.

Llegada a este punto, unas cuantas preguntas me quedan en el aire surgidas  de las conclusiones anteriores, pero cada cual que saque las propias consecuencias. Es tiempo y momento de repaso y de reflexión y después de mirarnos en el espejo y reconocer incompetencias, fallos y debilidades, también lo es de agradecimiento, de planteamientos llenos de esperanza y de fuerza: porque la fuerza es de Dios.

¿Verdad que nos gustaría escuchar, cuando llegue el momento, “pasa al banquete de tu Señor”? A mí, sí. ¡Qué bien!

 

Retiro de Adviento 2017

Caminamos a la luz de una estrella 

Mt 2,1-12

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Buscar, buscar, buscar… Tal parece ser la continua tarea y la vocación del ser humano. Pero la búsqueda no puede ser un fin en sí misma. Es tan sólo un proceso. El objeto final de la búsqueda orienta los pasos de quien busca. Cada persona se define por lo que busca y por el modo como lo hace. Nos cuenta Mateo que unos Magos de oriente andaban buscando al Rey de los judíos cuyo nacimiento les había sido señalado por una estrella. Los Magos no sólo representan otros pueblos y culturas, sino nuestra propia búsqueda. Y no caminamos solas. A la luz de la estrella caen las barreras que nos separan. Se puede ser negra o blanca, española o congolesa, se puede ser gitana o catalana, hombre o mujer, de derechas o de izquierdas… Lo importante es que todas somos “humanas”.

  1. El inicio del viaje

Se presentaron “unos Magos de oriente”, escribe Mateo. Significa que los Magos le dan la espalda a Oriente, es decir, al sol que nace, para ir adonde Jesús. Caminar hacia el sol que sale evoca crecimiento, luz. Los Magos toman la dirección opuesta, van hacia occidente, hacia el ocaso, hacia lo que disminuye. Reúnen fuerzas y emprenden el viaje, sin demasiados cálculos. Partir se ha convertido en una necesidad más que en una decisión. Les llama algo irresistible, una atracción fuerte les seduce. Y se fían.

Buscan y se ponen en marcha. Se dejan guiar por el misterio. Van de espaldas al sol y en tinieblas. La noche es para muchos, tiempo de cesación del trabajo y descanso, para otros, tiempo de desconsuelo y desorientación. Nuestros Magos caminan  a la luz de una estrella. Las estrellas solo salen en la noche y hace falta mucha oscuridad para que podamos verlas. Quien se orienta por la luz de una estrella tiene que aprender a caminar sin luz, con la tenue claridad de estos puntos luminosos.

En este inicio del Adviento también nos ponemos en camino. En una sociedad como la nuestra, ¿cuáles son las estrellas que nos indican la presencia de Dios en medio de la humanidad? ¿Soy yo estrella para otras personas?

Emprendemos el camino de los Magos. Y lo hacemos con su misma inquebrantable confianza en un signo minúsculo, tanto más luminoso cuanto más oscura es la noche. Seguir la estrella significa salir de casa sin rumbo propio, arriesgarse a llegar adonde no esperamos: a Belén, un lugar en la periferia del mundo, donde nace el Hijo de Dios, al margen de todo poder y reconocimiento. Nos conviene contemplar su viaje antes incluso de que comience; analizarlo en su inicio incierto, para seguirlo hasta el final, por ese “otro camino”, también desconocido. No podemos confundirnos de estrella ni dejar que nos cieguen otras luces y perdernos la ruta que lleva hasta el Dios de la estrella de Belén.

  1. Durante el viaje

Los Magos recorren un largo camino para ver y adorar al Señor. Un camino que solo podemos imaginar, Mateo ni siquiera lo intenta describir. En un momento, el cansancio de la búsqueda y la desorientación es fuerte. Los Magos preguntan, escuchan; más que buscar signos, son capaces de aceptarlos, y los encuentran porque caminan. Superan el miedo de cambiar de ruta, o de perderla, o de encontrar obstáculos; incluso corren el riesgo de dejarse engañar por falsas indicaciones…

Este camino no es en línea recta, hay riesgo e inseguridad; hay decepciones, hay preguntas e interrogantes planteados a las personas equivocadas. Los pocos e inseguros signos se interpretan con dificultad… Al final llegan, porque el deseo de encontrar a Jesús es más fuerte que su propio cansancio.

Contemplamos el mundo con sus caravanas de personas en continuo movimiento: refugiados, emigrantes, desplazados… Pensamos en todos esos Magos actuales que hoy en día emprenden larguísimos viajes, con frecuencia sin más tesoro que sus esperanzas, sus miedos o su gran deseo de vivir; viajes que, frecuentemente, son más huida que peregrinación.

Tomo conciencia de mi resistencia o excusas a acogerlos, a interesarme por ellos… Rezamos por una humanidad solidaria y acogedora.

La venida de Jesús provoca, desde el inicio, el rechazo de los suyos y la aceptación de los alejados y extranjeros. Su presencia suscita un sobresalto en toda Jerusalén. Herodes se “sobresalta”. La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma “rey de los judíos”. Hay que acabar con el recién nacido. La política de Herodes fue deshacerse de sus oponentes ante la menor sospecha de confrontación o rebeldía. Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan de corazón lo encontrarán. Por su parte, los Magos prosiguen su larga búsqueda.

Reflexionamos y ponemos nombre a los “Herodes” de hoy.

No fue fácil para estos buscadores. A veces la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre, otras brilla llenándolos de alegría. Es imposible no reconocernos en este viaje nocturno, en su movimiento en medio de las tinieblas.  Así es la vida, tanto la suya como la nuestra: un viaje donde no hay nada seguro. Solo la espera de Dios permanece cierta, su voluntad inquebrantable de recibirnos al final de nuestro agitado vagar. Y es bueno que sea así. Esta es nuestra fe.

En el camino de los Magos hay un momento de gran emoción. Mateo lo describe de este modo: “Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría”. Todavía no ha terminado el viaje, y aún es de noche; queda mucho camino, sufrimiento… pero la estrella aparece y todo se vuelve más sencillo, todo adquiere otro color.

Encomiendo a Dios mis compañeras y compañeros de camino, con sus nombres, y rezo por ellas. Trato de recordar algún momento de alegría o de tensión que hayamos tenido. Doy gracias por su cariño y su presencia, por los momentos en los que aparecen en mi camino como luz de una estrella.

  1. El fin del viaje

Los Magos que seguían la pequeña luz de la estrella se encuentran con la Luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos” (Is 9,1). El viaje llega a su término. Y es un final lleno de asombro, imprevisible. La estrella los conduce hasta un establo, los mueve a mirar hacia el suelo y no hacia el cielo, hacia un pesebre y no hacia un trono. En la noche, en el silencio, superando toda expectativa, Jesús vino no como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos. In-fans, significa “el que no habla”. La Palabra enmudece.

El cumplimiento de la promesa se traslada de Jerusalén, la ciudad santa, escogida por Dios para habitar en ella, a la pequeña y desconocida Belén. El rey debe nacer en los palacios, ser esperado por todo el pueblo y ofrecerle el debido homenaje. Jesús nace a las afueras, sin que lo esperen, sólo lo visitan los “extraños”: pastores, personas marginadas, y los Magos de oriente, que no pertenecen al pueblo elegido. De nuevo nos movemos entre lo extraño y paradójico. María, José y los pobres de Yahveh supieron ver estos signos proféticos que poderosos y sabios según lo humano despreciaron e ignoraron.

Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden percibirlo. Sólo las miradas y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán, y la Paz del corazón será su recompensa. Una Paz que, desde ellos, desbordará. En Belén somos pacificadas de nuestras ansias de hacer más y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener y brotará en nosotras un deseo hondo de ser, de ser aquello que somos ya, reflejado en el rostro sincero de aquel Niño.

Pero como los Magos, también nosotras nos dirigimos primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a los “Herodes” contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí se anula la Vida, esa Vida de Dios que quiere crecer en nosotras. Es más, sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron los cofres de los magos, descubrimos asombradas que no hay nada que no sea su epifanía.

¿Soy capaz de encontrar a Dios allí donde no lo espero: en las personas y lugares que no me parecen recomendables?

Mateo no nos proporciona una información detallada, pero cuando leemos el texto, descubrimos que los Magos primero ven a Jesús y lo adoran y, después, abren sus cofres con los presentes. Ante todo, se dejan conquistar por el Niño, por su presencia, su luz… Primero hay que “caer en tierra”, postrarse en silenciosa adoración. En el centro está Jesús, no ellos ni sus regalos. Esta actitud nos consuela, conscientes de lo poco que tenemos para ofrecerle en el cofre de nuestra vida. Pero, aunque nuestro cofre esté vacío, siempre podemos adorarlo y contemplarlo, y esto es suficiente para Él. No por sabido hay que dejar de repetirlo: Él no quiere cosas, nos quiere a nosotras.

Cuando adoramos desde el fondo, se nos convierte el corazón, nos transfiguramos de dentro afuera, se nos refresca la mirada. Pero podríamos pensar que, en este mundo nuestro de exclusión, de crisis y desempleo creciente, la adoración es un lujo. Pareciera más práctico y mejor emplear el tiempo acogiendo, sanando, educando… es decir, incluyendo a todos en la fraternidad universal a la que nos llama Jesús. Y es verdad. Sin embargo, no son incompatibles ambas acciones, al contrario. No perdemos tiempo cuando adoramos porque, precisamente, aprendemos a adorar para no excluir. Sólo desde una práctica asidua y constante de adoración silenciosa y paciente del Misterio de Dios encarnado nos preparamos para no excluir a nadie, ni del corazón ni de nuestra casa. Porque al adorar aprendemos a dejarnos ensanchar el espacio de nuestra intimidad por el único Señor que tan plenamente mora en nosotras.

Adorar es ir sacando a la luz el Amor que nos habita, que siempre nos descoloca, nos descentra, dando entrada al Otro y a las otras y los otros en nuestro propio espacio. Y entonces el ensanchamiento se produce porque se nos cuelan los demás dentro: sus vidas, sus sufrimientos, sus amores… y les dejamos pasar en el encuentro misterioso con el Señor de la Vida.

¿Ante quién o qué me “arrodillo” yo?

¿Qué estoy dispuesta a ofrecerle a ese Dios pequeño en este momento de mi vida?

  1. El regreso a casa

El viaje de los Magos acaba con el regreso a casa por otro camino. También nuestro viaje. Querríamos movernos siempre seguras, por senderos conocidos, con indicaciones claras, pero la vida no nos lo permite y nos pone siempre ante la necesidad de cambiar de rumbo, de encontrar nuevas soluciones, de afrontar nuevos riesgos… El viaje de regreso de los Magos interpela nuestra capacidad de cambiar, de no instalarnos, de buscar diferentes caminos cuando los viejos han quedado cortados.

Como los tres Magos, volvemos a casa por otro camino y puede que lleguemos al piso de una familia inmigrante a la que han cortado la luz, o al médico con esa persona que lo necesita, o al albergue de transeúntes, o a visitar en la prisión…

Cuántas veces naciendo Dios entre nosotras no lo acogemos porque no nos atrevemos a dejar de lado todo aquello que nos impide reconocerlo. Los Magos nos invitan a lanzarnos en su búsqueda, en lo más humilde, en lo más pequeño, débil y olvidado de este mundo: en los pesebres del siglo XXI. Sólo por ese camino de la estrella de Belén nos encontraremos con el Misterio de la presencia amorosa de Dios. Y al igual que ellos, no podemos regresar por el mismo camino. Su presencia transforma nuestra vida. Cuando se hace carne en nosotras no podremos más que anunciarlo con gozo al mundo, dando testimonio de Él con nuestra propia vida, convirtiéndonos en verdaderas adoradoras suyas.

Y vendrá un profeta soberano…

Por: D. Cornelio Urtasun

Qué emoción para mi alma el encontrarse en la puerta de entrada del nuevo Año Litúrgico, con su Liturgia pletórica de ilusión, de optimismo y alegría. Yo no sé qué virtud mágica tiene esta Liturgia del Adviento que cada año que pasa me parece más bella, más nueva, más soberana, más divina, más para mi alma, hambrienta, sedienta del que es mi VIDA.

Ha terminado el Año Litúrgico y por más que muchos hemos correspondido tan mal, la Liturgia del Adviento no dice una palabra más alta que otra: … a buscar el remedio de nuestros males, el agua para nuestra sed, la medicina para la enfermedad, la VIDA para nuestra vida: ¡¡J e s u c r i s t o!! La Iglesia, a través del Año Litúrgico, llena de inagotable paciencia y comprensión, sale a nuestro encuentro para decirnos que lo que no se ha hecho en el año anterior se puede hacer en este, que dando de lado al pesimismo y al desaliento es hora de despertar del sueño y es cosa de “forrarse” de Jesucristo.

No hay género de dudas: viene el Señor. Vuelve a venir. ¡Cómo es posible que un corazón enamorado no enloquezca de entusiasmo al sentir los primeros pasos rumorosos del Amado que vuelve en plan de “compadecerse de los pobres, de hacer nacer la justicia y la abundancia de la Paz”!

¡Cómo no vamos a alegrarnos nosotros! Si sabemos que esa venida es ni más ni menos que “para visitarnos en la paz”; para mirarnos con compasión y hacernos crecer en santidad; para multiplicarnos y establecer con nosotros la alianza” que un día se consumará en las Bodas eternas.

¡Alegrémonos! ¡Alegrémonos y miremos con redoblada ilusión, con más ilusionada esperanza a esta nueva venida del Señor en la Navidad que se acerca!

VENDRA EL GRAN PROFETA Y ÉL MISMO RENOVARÁ A JERUSALEN ALELUYA.

¡Oh Profeta soberano, Jesús Rey nuestro, ven! Tú has visto lo mal, lo horrorosamente mal que nos ha ido lejos de Ti, haciéndote poco caso. Por eso ahora te buscamos con más ahínco, con más fervor, con más confianza porque sabemos que en Ti está nuestro remedio y sabemos que vienes de nuevo en la Navidad.

¡Ven, Profeta soberano, Señor Jesús y ven a renovar la Jerusalén de nuestras almas! Quita de ellas todo lo que sobra y pon tanto y tanto como falta. Límpianos de nuestros egoísmos, de nuestras envidias, de nuestras medias tintas y dadnos, Señor, danos temple para el sacrificio, amor a la pobreza, al vivir escondidos contigo en el seno del Padre, sin reparar demasiado en lo que pasa en este valle de lagrimas.

Viene el Señor con paso decidido.

¿Llegará hasta tu alma, hasta la mía? ¿Nacerá en nosotros, en ti y en mí, ese Jesús, por cuyos ojos suspira la tierra entera?

Tú y yo tenemos la palabra. De nosotros, entiéndeme bien: de ti y de mí, depende el que venga, y el que venga a todo plan, o con planes muy raquíticos: “El Señor vendrá a nuestra alma únicamente en la medida que lo deseemos” (P. Baur).

 

Esperando… ¡Con esperanza!

Domingo 32, T.O. Ciclo A

Por Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

“No queremos que ignoréis la suerte de los que ya han muerto. Así no estaréis tristes, como los que no tienen esperanza”. Así habla San Pablo a los fieles de Tesalónica en la segunda Lectura de este Domingo 32.

Nos encontramos al final del Año Litúrgico.  Hace pocos días hemos celebrado la Solemnidad de Todos los Santos y también hemos recordado a todos los difuntos. Parece que estos acontecimientos quieren hacernos conscientes de nuestra condición de peregrinos/as en la vida. Somos un “pedacito” de historia que enlaza con los que nos precedieron y con los que vendrán. Pero ese “pedacito” de historia, ese paso mío por el mundo, está lleno de sentido: tengo una tarea importante que realizar, una misión que cumplir, en mi ser y en mi quehacer. Puedo preguntarme: ¿procuro crecer en humanidad? ¿procuro mejorar, siquiera un poco, la pequeña etapa de la historia que me ha tocado vivir?

Y también me surge otro interrogante: cuando termine mi peregrinación, ¿quésuerte” me espera?  Continúa San Pablo en la misma Lectura: “Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”.  San Pablo no quiere que los de Tesalónica vivan tristes, los cristianos tenemos una razón para no vivir así, razón en la que apoyamos nuestra fe y nuestra esperanza: si el Padre-Dios resucitó a Jesús, su Hijo,  igualmente quiere resucitarnos a nosotros, que también somos sus hijos/as.  Hoy, como otras veces, podemos  reafirmar nuestra fe rezando así: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Jesús hablando a sus discípulos sobre  el Reino de los Cielos; con una Parábola les explica que el Reino se  parece a  “Diez vírgenes que esperan la llegada del esposo” con unas lámparas que se alimentan de aceite. Unas fueron prudentes porque llevaron bastante aceite; otras descuidadas,  porque no fueron previsoras. Las primeras entraron a la fiesta con el esposo, las descuidadas quedaron fuera.  Jesús termina la Parábola diciendo: “Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

El que peregrina sabe que su camino le lleva a una meta, que la peregrinación tendrá un punto final.  El que espera necesita paciencia pero no se duerme, está atento “por si le llaman”.  Nosotros/as “velaremos”, esperando  con esperanza.

Un solo Señor… un solo Dios y Padre

Domingo 31 T.O. Ciclo A

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Estamos llegando al final del Año Litúrgico.  A lo largo de un año hemos ido contemplando y celebrando diversas etapas de la vida de Jesús. Es un buen momento para agradecer la oportunidad que se nos ha ofrecido de aprender, interiorizar y asumir la Buena Noticia que Jesús anunció y su manera de pensar, sentir y actuar en el lugar y momento de la historia que le tocó vivir.

El Evangelio de hoy, de San Mateo en el capítulo 23, nos sitúa a Jesús en Jerusalén, estando ya muy cercano su final, acosado principalmente por las autoridades religiosas: sacerdotes, fariseos, letrados, saduceos… Pero Jesús sigue hablando también al pueblo, como queriendo dejar claro su Mensaje.  En los versículos correspondientes a este domingo Jesús se dirige a la muchedumbre y a sus discípulos y denuncia el comportamiento de los escribas y fariseos: “Haced lo que os enseñan pero no hagáis lo que hacen: lían fardos pesados y se los cargan a la gente pero ellos no mueven un dedo para empujar”. “Les gustan los primeros puestos… y que la gente los llame ‘Rabbí’…  Pero vosotros (especialmente dirigiéndose a los discípulos) no os dejéis llamar ‘Rabbí’ porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre en la tierra porque uno solo es vuestro Padre, el del Cielo”. “El primero entre vosotros será vuestro servidor…”

Estas palabras nos señalan una manera de vivir: en libertad y fraternidad; partiendo de la centralidad de un Dios que es Padre-Madre y que nos hace a todos hermanos. Nadie puede imponer cargas pesadas sobre mis hombros ni sobre mi conciencia, solo debo ‘servir’ fraternalmente a mis hermanos en lo que necesiten. Y no solo hay que pensar  en necesidades de tipo económico, de salud, de sufrimiento, etc. sino también en lo que facilita una buena convivencia: amistad, cariño, humor, fiesta…

La vida de Jesús y el Mensaje que anunció son Buena Noticia para todos, tienen dimensión universal. Nadie queda excluido del anuncio ni de la posibilidad de poner en práctica su contenido: es un programa para hacer un mundo más humano, más habitable, más fraterno…  Muchas gentes, ayer y hoy, han hecho y siguen haciendo vida este programa. Muchos seguidores de Jesús y muchos que caminan, aún sin saberlo, movidos por el Espíritu, que actúa donde quiere y como quiere, van y vamos –al menos estamos en el intento- aportando nuestros “granos de arena” para la construcción de ese mundo que todos queremos y necesitamos.

Fin del Año Litúrgico: ocasión para hacer evaluación del año que termina y para programar el que pronto vamos a empezar: viviendo en libertad y fraternidad porque tenemos un solo Dios, Padre y Madre. Así lo dijo Jesús.  Así lo vivió él.

 

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