Día Internacional de las Mujeres

Publicado en: Revista Homilética -por Pepa Torres-

CANTO: “La mujer que mueve el mundo con sus manos” (Presuntos implicados)

CÁNTICO DE LA BUENA NOTICIA DE LA LIBERACIÓN DE LAS MUJERES

Bendito seas, Señor, por las mujeres testigos

que nos han precedido en la historia de la salvación.

Por las mujeres admiradas y reconocidas por Jesús,

por las mujeres protagonistas de sus parábolas

y fieles a la liberación del Evangelio hasta el fin.

Bendito seas por las que encontraron la Vida en ti.

Por La hija de Jairo, por la mujer que iba a ser apedreada

por el peso de una moral hipócrita.

Por todas las mujeres que en el encuentro contigo

se empoderaron y recuperaron su dignidad

poniéndose en pie y ayudando a hacerlo a otras y otros.

Bendito seas por la samaritana, que proclamó entre su pueblo

que la Buena Noticia de Jesús lo era también para las mujeres,

haciendo así nacer la comunidad de iguales.

Bendito seas por la mujer cananea que, con su reclamo,

te ayudó a reconocer que el pan del Reino no tiene fronteras.

Bendito seas por la mujer que metió la levadura en la harina

y por la viuda que compartió lo poco que tenía

y, al hacerlo, conmovió tu corazón

y la pusiste como ejemplo ante los ricos y los fariseos

Bendito seas por aquella mujer

terca en reivindicar una justicia que le era negada

de la que hablaste en tus parábolas.

Bendito seas por Marta y María, tus amigas de confianza,

por María Magdalena, Apóstol de los apóstoles, y primera testigo de tu Resurrección.

Bendito seas por Lidia, Damaris, Priscilla, Erodia, la diaconisa Febe,

colaboradoras y lideresas en las primeras comunidades cristianas.

Bendito seas por tu madre, María de Nazaret,

mujer de la confianza y la rebeldía por otro mundo posible

como nos revela el Magníficat.

Bendito seas por todas las mujeres y hombres que se comprometen

por la erradicación de la feminización de la pobreza

y la violencia contras las mujeres en nuestros ambientes y en el mundo

 

 

Manifiesto 8 de marzo

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Sororidad marzo 2018

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… que se note

3º Domingo de Cuaresma, ciclo B

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lectura del libro del Éxodo (20,1-17)

En esta lectura recordamos los diez mandamientos, esos que Dios señaló a Moisés, y que estudiábamos en la catequesis, esa ley que supone una pauta, una moral “de mínimos” podríamos decir, eso que sirve para convivir sin pisarnos unos a otros. Me fijo en la frase: “Yo soy el Señor, tu Dios”, como esa llamada a volcar la mirada solo en Él en medio de los muchos ídolos y fantasías que nos descentran del Centro, de Él. Ídolos que pueden ser el propio quehacer, una determinada relación, el lugar seguro que es la costumbre, todo muy bueno, como las tantas justificaciones que nos sirven para no cambiar nada.

Aquí estoy, mi Dios, que me sacas de la esclavitud y me conduces a un lugar mejor. Pareciera que en nuestras vidas, en la mía, siempre le digo, “espera, aún no”, no le dejo impregnarlo todo, llenarlo todo, orientarlo todo para que de verdad sea todo del Señor. En el fondo, aparco la plenitud, sigo apretando el paso, no me entrego del todo a Él.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,22-25)

Pablo dice que nosotros, los cristianos, predicamos a un Cristo crucificado que es la sabiduría de Dios y la fuerza de Dios. Realmente es incomprensible, escandaloso, ¿cómo puede ser? Solo aceptamos esta idea penetrando en el Misterio de la fe con los ojos abiertos, sabiendo que en lo débil, Él se refleja con más luz. Esto nos hace repensar la vida, la existencia, en función de las personas más sufrientes. Ellos orientan nuestra acción y nuestro compromiso.

Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25)

Este evangelio según san Juan, siempre ha provocado un cierto desconcierto. ¿Está Jesús siendo violento? ¿Cómo fue la cosa en realidad? Tal vez no lo vamos a saber con exactitud, pero sí que Jesús manifestó rabia porque en el templo se hiciera negocio, que se comerciara, porque ¿en qué se había convertido el templo? ¿No es ya el lugar de culto, de enseñanza, referencia de la fe? Parece que las cosas se habían pasado de rosca, y que los “mínimos”de la lectura del Éxodo, no se respetaban en la práctica, aunque quizá sí en la teoría. ¿Nos pasará esto a los cristianos a veces? ¿Tan fácil es perder el norte y relativizarlo todo?

Yo me lo digo a mí misma: Actúa, no hables tanto. Si Dios es tu centro, que se note; si crees en Cristo crucificado que se note; si en la debilidad Dios se expresa, que se note. “Muchos creyeron en Él viendo los signos que hacía”, eso dice el Evangelio. Percibo una llamada a la profundidad y a la conversión del corazón. Es Dios el que conoce el interior, a Él no podemos engañarle. En un mundo de apariencias, de mercado, de ganancias y de éxitos, Él llama a la sencillez, al corazón, a volver a la fe original, a no quedarnos enganchados en las ramas y ser de Él siguiendo los pasos del Evangelio, abiertas a discernir los signos de los tiempos hoy. 

 

Somos de Dios

Somos de Dios, en nosotros resplandece su gloria, ahí radica la plenitud de lo humano.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B                                                     

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18

…y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único

…Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz»…

Qué bueno es obedecer la voz de Dios, estemos atentos, su palabra no es de condena, su palabra es bendición por siempre, su palabra es de vida. La vida está en ver que nuestro centro es Dios, no quedarnos en nosotros mismos, no pretender quedarnos en lo que nos carga, en lo que creemos que es nuestro, sino en entregarlo y así dejar a Dios ser Dios en nosotros.

Romanos 8:31-34
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

No nos confundamos, no tengamos miedo, si Dios está por nosotros de nuestra parte, nadie ni nada tiene poder sobre nosotros, sus hijos e hijas.

Mc 9,2-10

…Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»…

Jesús sube al monte, lugar de oración, de encuentro personal con el Padre-Madre, le acompañan tres discípulos. Jesús siente necesidad de beber de la fuente, de dejarse empapar de la presencia de Dios. No puede continuar el camino, sin esos encuentros.

Imagino a Jesús, orando y compartiendo, con los tres amigos, de cómo es el Dios de Israel, a quien reconoce como Padre-Madre, porque ha experimentado como nunca nadie lo ha hecho, el gran amor con el que Dios ama a cada una de sus criaturas, ha contemplado su rostro actuando en la historia de Israel. Jesús les habla de Elías, el profeta que confió en el Señor y reconoce que solo uno es el Dios verdadero, les habla de Moisés a través de quien Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero ni Elías ni Moisés, ni la Ley ni los Profetas, tienen la última palabra. La plena manifestación de Dios es Jesús, en Jesús Dios nos dice su palabra definitiva. Aunque los discípulos no comprenden y tienen miedo, por eso Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse en lo seguro, qué era eso de morir, qué significaba eso de resucitar al tercer día.

Jesús está íntimamente unido al Padre, es uno con Él, su plenitud humana es la unión con el Padre. Sus amigos aún  no comprenden. Le han oído decir que Él es el “Hijo de lo humano”, sin comprender. Ahora cuando se manifiesta lo que es, cuando les deja ver la Gloria de Dios, siguen sin comprender.  Aún oyendo la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”, no comprenden. Permanecen en una comprensión dualista, separan lo humano de lo divino, como si lo humano fuera ajeno, no tuviera que ver nada con Dios, aún viven en sí mismos. Dios sigue siendo algo extraño o que dirige, en todo caso, la vida de los hombres desde fuera. No han comprendido la encarnación no comprenden que la plenitud humana es la gloria de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, Hijo de lo humano, y así ha conseguido para nosotros ser hijos de Dios. En Jesús se cumple definitivamente ese designio de Dios. El Padre nos revela quién es Jesús, “mi Hijo amado” y nos revela qué hemos de hacer, “escuchadle”.

No comprender que Dios ha tomado nuestra naturaleza, es no comprender que  solo es posible permanecer en Dios a través de lo humano, a través de todo cuanto conlleva lo humano, Jesús nos lo muestra,“he venido a sanar los corazones rotos a proclamar un año de gracia”, por eso solo acogiendo, sanando, bendiciendo, perdonando, y dejándose hacer, puede reconocerse la presencia de Dios, que siendo Dios se despojó de sí mismo, para traernos la salvación, para dar sentido a nuestra existencia. No somos seres desfondados, tenemos en Dios nuestra esperanza, nuestro ser se sustenta en Dios, en Él se nos revela lo que realmente somos. Su Gloria resplandece en nosotros, como en Jesús.

Oremos y sigamos a Jesús en el Tabor y en la bajada del monte, en la muerte y en la resurrección, escuchémosle. Él nos dice quiénes somos, qué hemos de hacer, cómo hemos de vivir. Oigamos la voz del cielo diciéndonos, “eres mi hijo/a amado/a”.

 

¡No me dejes caer en la tentación!

Por: D. Cornelio Urtasun

El miércoles de ceniza daremos inicio a la primavera del espíritu, La Cuaresma, con la inclinación de nuestras cabezas ante el sacerdote que pondrá en ellas el puñado de ceniza, mientras repetirá invariablemente: “acuérdate hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”. A partir de este día diremos al Señor una y otra vez en la Misa y en el Breviario: “Ahora, ahora, nos ha llegado el tiempo interesante; estos días son los días ideales para nuestra salvación”. “Que abandone el malvado sus caminos y el impío mande a paseo sus siniestras intenciones y que se conviertan todos al Señor, cargado de misericordia y bondad, el cual está siempre inclinado a la compasión y no quiere la muerte del pecador sino su conversión y su vida”. Desde el miércoles de ceniza la liturgia cobrará un cariz imponente que, a las veces, se convierte en dramático.

Con todo, donde la liturgia cuaresmal se centra y adquiere proporciones de armonía fascinadora, es en la misa del primer domingo de Cuaresma. ¿Sabéis en qué me apetece reparar, en qué se me ocurre pensar? En el Señor tentado. ¿Sabéis para qué? Para agradecerle que me haya abierto los ojos en materia de tentaciones, para pedirle con toda mi alma, con toda sinceridad, lo que durante años y años no he sabido pedir: “que no me deje caer en la tentación”. Quizás a alguien le parezca perogrullada insulsa. Yo la tengo como trascendental y decisiva.

Me dan que pensar las mil y una proposiciones que me hacen para el después, para cuando vuelva a España cargado de Doctorados y títulos académicos que si los esgrimo con habilidad me harán prosperar como el que más. Me dan que pensar las almas que el Señor me envía para las cuales tengo que ser el ejemplo viviente de todo lo que a ellas predico. Me dan que pensar las murmuraciones, las críticas y rechiflas de los que están junto a mí y muchas veces suben conmigo al altar. Y si continuara la lista sería interminable.

Y como me veo tan comprometido por todas partes, tan enredado en tantas cosas, tan acosado por  todos los lados, tiemblo, me entra un miedo pavoroso de mí y le digo al Señor con un acento que, a las veces, llega a conmovedor: “QUE NO ME DEJE CAER EN LA TENTACIÓN”.

En toda aquella tentación que tarde o temprano terminará por apartarme de Él y por arruinar todos los planes de Él sobre mí.

En el primer domingo de Cuaresma cuando veo a Jesucristo tentado, la silueta de mi divino Maestro y señor, sacudida y zarandeada como la mía, me llena de consuelo y agudiza mis precauciones. Si he de vivir de su VIDA, si he de ser proyección de su silueta, me las tengo que ver en muy negras. No me puedo hacer ilusiones. Como no te las puedes hacer tú que ya no tienes otra ilusión que la de hacerle el amor y VIVIR DE su VIDA. Y cómo quisiera que esta silueta de Jesucristo tentado se grabara en tus ojos y en los míos; en tu corazón y en el mío, para que nunca, nunca, perdamos el tino, para que nunca, nunca perdamos el equilibrio al redoblarse los ataques, al multiplicarse las complicaciones.

Hay que prepararse para la lucha, hay que prepararse al combate.

Pero no es el combate franco y a pecho descubierto el que más preocupa, pues sé bien que un asalto vigoroso será contestado con otro corajudo. Me preocupa el otro, el solapado, el artero, el retorcido, el que tira la piedra y esconde el brazo. El que dice que dejar la oración un día, dos, no llega ni a pecado; el que dice que sin hacer tanto ya se puede servir al Señor; el que aconseja que sin obedecer tanto y en tanto se puede cumplir perfectamente con el voto de obediencia; el que insinúa que otros santos no hicieron lo que a ti te aconsejan hacer… el que da a entender que, vamos, no hay por qué llevar las cosas a esos extremos. Y en fin, tantas cosas que tú y yo nos las sabemos muy bien.

Para esos combates me quiero prevenir diciéndole al Señor tentado que no, que por lo que más quiera, que no me deje caer en la tentación. Y que si soy débil y caigo, que nunca trate de justificar mi postura sino que a la caída siga inmediata, vertiginosa, la reacción de un levantar decidido, generoso, pensando que los santos lo fueron no porque no cayeron sino porque cuando cayeron  ¡se  l e v a n t a r o n!

¡Oh Jesús tentado: óyeme! Por lo que más quieras: ¡NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN!

Es posible la esperanza

1º Domingo de Cuaresma, ciclo B

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Nos encontramos en el primer domingo de Cuaresma. Casi con sigilo este nuevo tiempo litúrgico se hace presente y, de inmediato, viene a nuestra mente una serie de ideas y palabras: conversión, desierto, tentación, oración, ayuno, limosna… A lo largo de los cuarenta días que dura, iremos asomándonos a la parte más complicada de la vida de Jesús: sus enfrentamientos con las autoridades judías, el abandono de las gentes que no siempre aceptan su mensaje, la incomprensión de los más cercanos, su propia necesidad de lidiar con la tentación de buscar atajos y caminos más fáciles…

La subida a Jerusalén es una buena imagen de esos momentos en que la vida, la de Jesús y la nuestra, se nos hace cuesta arriba, cuando no es fácil avanzar y hay ganas de abandonar y darse media vuelta. Con todo esto corremos el peligro de convertir la Cuaresma en el tiempo de la seriedad, la sobriedad y un punto de renuncia. Parecería la época de las caras largas, la lucha y la tormenta; de la pelea con una misma.

Pero la Cuaresma es también sobreabundancia de vida, derroche de amor, fidelidad sin condiciones, coherencia hasta el extremo, confianza inquebrantable, humanidad verdadera, intensa pasión…

En el Evangelio de hoy todo se juega en torno a un tema central: de qué palabra fiarse. Jesús ha sido conducido al desierto inmediatamente después de su bautismo, con la Palabra del Padre resonando en su corazón: “Tú eres mi hijo amado…”, ahora, en cambio, va a escuchar otras palabras que intentan convencerle de que no ponga su centro en ese amor sino en el poder, la vida fácil, la fama, las posesiones… Pero Jesús ha tomado una conciencia tan plena de su ser de Hijo, la Palabra del Padre le ha dado tanta seguridad y ha iluminado de tal manera su mirada, que ya le resulta imposible confundir a Dios con los falsos ídolos que le presenta el tentador. Deja claro que ha elegido libremente el camino que el Padre le va mostrando y ha decidió, con una confianza inquebrantable, seguirlo hasta el final.

Además, este pasaje de las tentaciones nos conduce hacia el Dios a quien Jesús conoció en el desierto: un Dios que no exige proezas ni gestos espectaculares, sino solamente pide nuestra confianza y nuestro agradecimiento. Un Dios que nos dirige su Palabra no para imponernos obligaciones o para denunciar nuestros pecados, sino para alimentarnos y hacernos crecer. Un Dios al que no encontraremos en los lugares de prepotencia o de posesión, sino en los de pobreza y exclusión.

Este Dios a quien Jesús conoció en el desierto es ante todo un Dios de causas perdidas. Alguien que ha apostado todas sus cartas por la humanidad, desde la confianza total, y su baza principal es Jesucristo. Jesús se fía y decide porque confía y sabe que hay Alguien que, a su vez, confía plenamente en él. El riesgo es parte de su misión, y en él se siente fiel a esa misión, sostenido por el Padre. El pecado no será tanto equivocarse cuanto no arriesgar…

Jesús deja la región del Jordán y va a Galilea. No se queda en el desierto esperando que vaya la gente hasta él. Tampoco vuelve a Nazaret, a su antiguo trabajo de artesano. Será Él mismo quien se acerque a las aldeas a proclamar algo bueno: “Está cerca el Reino de Dios”. Es decir, que Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, conflictos y sufrimientos. Dios es una Presencia buena y amistosa que está buscando abrirse camino en nuestra historia para hacer la vida más humana.

Donde reina Dios, la humanidad progresa en justicia, solidaridad, fraternidad-sororidad y paz. No es verdad que no haya remedio, no es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de sufrimiento y muerte que le trazan los poderosos. Es posible un mundo diferente, más justo, más digno, más sano y dichoso para todas y todos, precisamente porque Dios, ese Dios del desierto, lo quiere así. Es posible la alternativa.

Este es el mensaje de la Cuaresma: “Creed en esta Buena Noticia”. No estamos solos. Es posible la esperanza: “convertíos”.

Saltando barreras de exclusión

6º Domingo T.O. Ciclo B

Por: Blanca Lara Narvona. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lev 13,46: “Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”.

1Cor 10,31-33: “Hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios. (…) no buscando mi conveniencia sino la de los demás”.

Mc 1,40-45: “Se acercó un leproso a Jesús, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme (…) lo tocó diciendo: Quiero (…)”.

Las lecturas de hoy hablan de humildad, de confianza y aceptación y de cultivar, como cristianos, la espiritualidad del compromiso con los excluidos de nuestro mundo.

Hay una profunda humildad en la persona leprosa, en su petición a Jesús. Y hay una llamada a la humildad y a la “fraternidad mística” en la exhortación de Pablo cuando nos habla de cómo debe ser nuestro “hacer”: no para nuestra gloria personal, sino para gloria de Dios, sin olvidar que somos su providencia, y no buscando nuestro beneficio sino el beneficio de los otros. Este modo de “hacer” es un desafío para los cristianos, una llamada a no dejarnos caer en lo que el papa Francisco llama mundanidad espiritual: “estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”.

Conmueve el modo en el que esa persona herida se acerca y pide a Jesús su curación. Era un leproso y por serlo, era considerado impuro por las leyes de pureza y condenado a vivir aislado, excluido, negándosele la pertenencia a la comunidad. Y ese hombre “apestado”, venciendo sus miedos, con una confianza plena, se arrodilla ante Jesús y le pide: “si quieres, puedes limpiarme”. No duda del poder que tiene Jesús para sanarlo y acepta humildemente su voluntad para hacerlo. ¡Qué hermosa forma de dirigirnos al Padre, de pedirle que alivie nuestras cargas y sane nuestras heridas!

Y Jesús se paró, pues su enfermedad no le impidió ver su dignidad de hijo de su Padre; se conmovió, no le fue indiferente su sufrimiento; lo tocó, tocó su herida y la hizo suya; lo sanó y lo mandó a los sacerdotes para que verificaran su limpieza y pudiera dejar de ser un excluido. Es la manera de “hacer” de Jesús y esa debe ser nuestra manera como cristianos.

¿Y quiénes son los leprosos, los excluidos en este mundo roto en el que vivimos? También nuestras sociedades hoy, construyen y-o mantienen leyes escritas y no escritas, que son barreras de exclusión para los leprosos de nuestro tiempo. Personas que son diferentes, que están perdidas, las más débiles y empobrecidas que se han quedado en los márgenes de estas sociedades del descarte.

Si el amor por todas estas personas es el signo distintivo de los verdaderos seguidores de Jesús. Si sabemos que el Dios de la vida tiene su morada en medio de estas vidas rotas, nuestra opción, como cristianos, no puede ser otra que salir de los templos, para encontrarnos y reconocer a Dios entre los desamparados y excluidos de este mundo, y para poner todos nuestros talentos y energías en paliar su sufrimiento, convencidos de que solo el evangelio llevado a la vida, puede crear una comunidad humana más justa y en paz.

Retiro de Cuaresma 2018

LA CUARESMA: Entre parteras, madres, hermanas y princesas

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cuando hablamos del Éxodo nos viene a la cabeza con rapidez: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios…” (Ex 3,7-10). El libro del Éxodo se asocia directamente con la libertad y con Moisés como mediador de Dios para conseguir esa libertad. No obstante, antes que la libertad está la vida; antes que el Dios de la libertad está el Dios de la vida y antes que Moisés y su mediación para esa libertad, está un grupillo de mujeres, y su mediación para la vida. Sin ellas, Moisés no hubiera existido.

La Cuaresma es el camino hacia la Pascua, es decir, hacia la Vida. Jesús mismo dijo “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y mucho tiempo antes que Él, unas sencillas mujeres se arriesgaban y daban su vida para que otros tuvieran vida. Por eso, esta Cuaresma os invitamos a pasarla entre parteras, madres, hermanas y princesas. El Éxodo lo inauguran mujeres que, hábiles y sabias, “irradiarán vida” y van a transgredir los poderes de la cultura de muerte de su época. Lo harán por la vida, y por una vida en plenitud.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Junto a este poder faraónico, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá, dos parteras egipcias, de las que casi no se sabe nada, aparecen sus nombres en Ex 1,15-22. El faraón les ordenó que en vez de ayudar a las mujeres hebreas a parir, matasen a sus hijos varones. Nos podemos imaginar el estupor que les produjo tal petición y el miedo que sentirían. Se jugaban sus vidas si desobedecían su mandato.

En todos los tiempos y lugares, la fecundidad de los pobres es una amenaza para los que disfrutan de todo. Por eso, ordena el infanticidio, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, no tienen capacidad para pensar, son seres débiles, buenas para el trabajo servil. Los “faraones” de turno tienen miedo a los varones porque les parece que ellos pueden rebelarse y usurpar el poder.

Nuestras dos comadronas egipcias temen al Dios de Israel a la vez que desobedecen al dios de Egipto (el faraón). Por eso, toman la decisión, sencillamente, de desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro, haciendo de sus manos un lugar para la vida. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si el faraón reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar. De ese modo se establece un pacto entre las mujeres egipcias y hebreas a favor de la vida. Un pacto que hace, frente al sistema de muerte, desde el cuidado de la vida. Estas mujeres emprendieron una lucha sin violencia ante el poder que mata. Ellas vencerán en sagacidad. Y, si es necesario, en estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al opresor y Dios estará con ellas.

El Faraón descubrió que seguían naciendo niños hebreos y las llamó para pedirles cuentas. Las parteras desobedecen, además mienten con descaro y dicen: “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias: son robustas y dan a luz antes de que lleguen las comadronas” (v. 19). Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Que frase tan sencilla y tan importante. Dios no está del lado del Faraón, está del lado de estas sencillas mujeres. No está del lado de la muerte, está del lado de la vida.

Lo cierto es que, estas osadas mujeres, lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen, sin ninguna duda. Después cambia la orden, es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22). El Faraón les ordena que arrojen a los niños hebreos al Nilo para que allí mueran, de manera que el río de la vida se convierte en tumba de muerte.

En el capítulo 2, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al Faraón. Éste ha mandado poco antes no matar a las hijas de Israel, y ahora la historia empieza precisamente con dos de estas hijas y la suya propia. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, velar por el crecimiento de lo frágil. Todas las mujeres del relato “ven”: la madre ve que el niño es hermoso, la hermana espera para ver lo que sucede y la princesa verá el cesto y el niño que llora.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley del Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Es muy decidida, hará todo lo posible por salvarlo y lo hará ella sola, sin la ayuda del marido, del que no sabemos nada. Lo pone en una cesta. La palabra que usa en hebreo es la misma que utiliza el Génesis para hablar del arca de Noé en la que se debe “entrar” para sobrevivir (Gn 2,20). Igual sucede ahora para salvar la vida de Moisés. Y es la segunda mujer, la hermana del niño, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Siempre mujeres velando la vida, en vigilancia, en contemplación.

Y, por último, la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto incumpliendo abiertamente la orden de muerte que había dado su padre. Ella sabe que es un niño hebreo, pero surge en esta mujer una sensibilidad subversiva que lo arriesga todo. En ese momento, rompe las fronteras culturales, sociales y religiosas a favor de la vida. Se puede decir que la hija del Faraón es como otra partera que deja vivir al niño, sacándole del agua; como una ma­dre, como si ella hubiese dado a luz, por eso le pone el nombre de Moisés -lo he sacado de las aguas-. Ella hace lo contrario de su padre que echa a los niños al río, en cambio ella los rescata. La actitud de la princesa hacia el niño recuerda la de Dios hacia el pueblo. Ve al niño en la cesta, tiene compasión de él y decide salvarlo. Tuvo compasión no solo de un niño que lloraba sino de un niño hebreo. También Dios, viendo el sufrimiento del pueblo, tuvo compasión de él y decidió salvarlo del opresor.

En el momento en que la hija del faraón tiene al niño, aparece la hermana y ofrece una nodriza hebrea a la princesa. Por intermedio de ella, de su atención, agilidad y buena comunicación, la hija del Faraón conoce la realidad de la pobreza en estado de abandono, de fragilidad. Siguiendo el consejo de la hermana, la princesa, sin saberlo, otorga y confía el niño al cuidado de su propia madre, y la madre lo cría. La hermana procede con extraordinario sentido común. Se cuida muy bien de decirle “yo conozco a su madre” o “yo soy su hermana”. Actúa con una gran sagacidad. Y la princesa acepta la solución que le ofrece esta joven. En ella pudo más la compasión ante la fragilidad y el dolor, que el miedo hacia el castigo de su padre.

La madre hebrea aparece como defensora de la vida. Primero se arriesgó a mantener vivo y oculto al niño en contra de la ley del Faraón. Después lo puso en manos de Dios (en el río) y lo recibió de nuevo para criarlo y entregarlo después a la hija del Faraón. Puso su maternidad al servicio de la vida. Más aún, llegado el momento del conflicto, prefirió “dar” al niño, es decir, ponerlo en manos de la hija del Faraón, antes que conservarlo, antes que retenerlo junto a sí con el riesgo de que le mataran. Ella actuó como la madre verdadera del juicio de Salomón, cuando prefería que su niño viviera aunque fuera con otra mujer, antes que dejarlo morir (cf. 1 Rey 3, 16-28). Elige el bien del niño aunque al obrar así lo pierda.

La hija del Faraón pertenece al mundo de los dominadores pero se apiada del niño abandonado y lo acoge como propio, mostrando así que el sistema de Egipto no está totalmente corrompido. En la misma casa del Faraón, entre sus hijas e hijos, se encuentra esta mujer que, por encima de la ley del padre, responde a los principios de la vida. En un primer momento ella aparece como una mujer de lujo y corte, rodeada de doncellas, ocupada en baños, a la vera del gran río, sin más preocupaciones que ella misma y su cuerpo. Pero, en un momento dado, descubre algo más grande: el niño amenazado por las aguas de la muerte.

A pesar de sus esfuerzos, el Faraón no ha conseguido imponer su ley de exterminio, pues dentro de su misma casa y sangre hay quienes desobedecen. Esta hija del Faraón, que adopta al niño hebreo abandonado, es un signo de todos los varones y mujeres que parecen integrados en un sistema destructor y pervertido, pero que lo acaban rechazando. Ni la violencia más dura, ni la ambición más podrida logran impedir que surja un hueco de esperanza por donde actúan quienes se ponen al servicio de la vida amenazada.

La hermana es la primera “guía” de Moisés. Ella vigila su cesta en las aguas para ser luego mediadora entre las dos madres. La tradición la identifica con María, que será hermana/compañera de Aarón, la primera profetisa de la libertad (Ex 15, 20-21; Num 12, 1-15). Ella, con las otras dos mujeres, se encuentra en el principio de la liberación israelita. Externamente, aparece como niña que juega en torno al río, como joven ingenua y despreocupada que no sabe lo que hace. Sin embargo, el texto muestra que ella sabe bien lo que se trae entre manos y actúa vigilante y cuidadora de la vida. Con su buen hacer y decir se convierte en intermediaria entre las dos madres.

¡Vaya trama a favor de la vida! Vaya confabulación de mujeres de distintas religiones, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales… Todas mujeres de la utopía y de la esperanza. Serán esclavas y princesas, madres y hermanas, trabajadoras y ociosas, ricas y pobres, hebreas y egipcias, judías y paganas, jóvenes y ancianas… Las mujeres del Éxodo: parteras, madre, hermana, princesa, todas están sujetas, aunque de distinta manera, al mismo poder asesino del Faraón. Y todas actúan con total libertad ante él. Entre las cinco tejen “redes de mujeres”. Juntas salvan la fragilidad de un niño abandonado que llora. Juntas inauguran una nueva maternidad que se llama “solidaridad ante la vida”.

Y qué discreción la de Dios. Sencillamente las deja hacer…

 

En esta Cuaresma hay algo que arde entre nosotras. No sabemos bien qué es… Parece una zarza, acerquémonos. El fuego de Dios nos dará vida, nos caldeará el corazón. Y, vayamos en grupo. La marcha la iniciará aquella niña inquieta que estableció los vínculos, la comunicación. Es la que tiene menos poder. No es la madre directa ni es la madre adoptiva, pero es la que teje relaciones, provoca encuentros y propicia comunión. Entre las cinco dan a luz un pueblo de esperanza, un pueblo que camina y que vuela escapando de los lazos y trampas del cazador.

En estos relatos tan olvidados encontramos una insólita complicidad y solidaridad entre mujeres porque, normalmente, a las mujeres se nos muestra enfrentadas unas a otras. Aquí aparecen círculos de ayuda mutua entre ellas, círculos de protección y cuidado recíproco, de desobediencia colectiva a la injusticia y aparece el derecho a vivir y a vivir con dignidad, reivindicando derechos o creando otros nuevos… Ahí nace un desafío para nosotras hoy, toda misión, por sencilla y escondida que sea, tiene que apostar más a favor de la vida, especialmente, de la vida de aquellas personas frágiles o excluidas.

A veces parece que la dignidad y la justicia son como dos objetos que nosotras tenemos en nuestras manos y que hemos de entregar a los que no los tienen. Nos cuesta todavía pensar que la justicia es un parto, lento, pero es parto; algo que nace del útero de los procesos históricos concretos, algo que no hay que dar a los empobrecidos, sino que ellos, ya sean individuos, pueblos, mujeres, indígenas, emigrantes… saben parir. Como cada parto se da por intercambio de ayuda mutua, por intercambio de sueños y expectativas, por capacidad de resistir y cuidar el día a día más cotidiano, sin heroísmo porque la vida es normal, no es heroica. En los lugares de exclusión o donde la vida se encuentra más amenazada o frágil hay muchos e importantes proyectos y acciones para devolver la dignidad, pero no siempre los resultados son los que se esperan. Lo importante es acompañar sin protagonismo porque los partos de los excluidos, tienen la misma fuerza anárquica de los partos de las mujeres hebreas y la misma complicidad que las parteras egipcias.

Reflexionar estos primeros capítulos del Éxodo nos plantea un sinfín de preguntas impetuosas y rebeldes que no se dejan encerrar. Es como si saliesen a borbotones del texto, como si se pelearan por abandonarlo y entrar en nuestra vida: ¿Qué nos dicen estos textos hoy? ¿Nuestros pensamientos, palabras y acciones, son a favor de la vida o de la muerte? ¿Tenemos miedo de perder el poder, el control, el pequeño reino que nos hemos creado? ¿Nos preocupa más nuestra vida que la de los demás? ¿Tenemos la sagacidad, la prontitud, el sentido del humor para neutralizar las palabras venenosas y responder al mal con el bien? ¿Se traduce nuestra compasión en acciones concretas y eficaces o se queda en el nivel de palabras y sentimientos? ¿Somos mujeres, hombres de esperanza? ¿En qué se basa nuestra esperanza o falta de ella? ¿Somos aún capaces de trabajar, juntas, con audacia y creatividad, por la vida? ¿Anhelamos todavía, a pesar de todos los pesares, entonar un cántico a favor de la vida?…

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra, las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno. Estas cinco mujeres nos invitan en esta Cuaresma a:

  • Ser personas honradas con la realidad para descubrir y desenmascarar a los “faraones” actuales.
  • Ser capaces de perderle miedo al miedo y decir no a todo tipo de “faraón”.
  • Ser sagaces para saber buscar argumentos sutiles poniendo nuestra inteligencia al servicio de la vida, sobre todo, de quienes más lo necesiten.
  • Comprometerse en contra de todos los poderes que producen muerte.
  • Estar vigilantes para descubrir y denunciar las principales situaciones de muerte en nuestro entorno (cercano y lejano) a las que tenemos que decir NO.
  • Otear los lugares y situaciones donde podemos y debemos decir SÍ a la vida, a la calidad humana de la vida de todas las personas, a la vida de todo el universo por muy insignificante que parezca.
  • Vivir este compromiso desde la cotidianidad, en el día a día, sin grandes alardes ni algarabías. Quizá, sin que nadie se entere…

 

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