El “sin papeles”

Pregón de Navidad

Por: Auxiliadora Fernández Fernández. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real

Pateras a la deriva buscando una vida más digna;
noches  oscuras en el mar, y en las vidas de quienes
se arriesgan a perderlas, porque ya las tienen perdidas…;
esperanzas ahogadas por la avaricia
de quienes hacen negocio a precio de muertes.

Y el Mar Mediterráneo convertido en un inmenso
océano de lágrimas, en tumba de emigrantes y desplazados,
que huyen del hambre, la guerra y la miseria.
Y se topan con la muerte, y descubren con gran decepción,
que no hay sitio en el mundo rico, para quienes carecen de todo.

Casi lo mismo sucedió en Belén, cuando a un matrimonio joven,
emigrante, ella embarazada, se les cerraron todas las puertas,
teniéndose que refugiar en una cuadra de animales,
¡Porque no encontraron sitio!

Y la Navidad llegó entonces. Se alojó en una cuadra,
y apareció la Salvación en el rostro de un Niño
pobre e indefenso,  “sin papeles”.

Ahora llega la Navidad por el mar, en hacinadas pateras
repletas de personas “sin papeles”.
Las que logran salvar su vida, las amontonamos
en inmensos campos de refugiados, las nuevas “cuadras”,
los nuevos “pesebres” de nuestro siglo…..

Tanto hoy como ayer, es noche e invierno,
es mal tiempo para nacer y vivir a la intemperie,
pero es el lugar donde brota la Esperanza.

Porque nuestro Dios se hace uno con todos nosotros,
y con todos los pobres del mundo.
Aparece en nuestra tierra marcado por la debilidad:

Niño desplazado,
en pañales y en un pesebre.

Y desde ahí se hace Buena Noticia,
Salvación para todas las personas,
porque todas tienen nombre propio, aunque no tengan  “papeles”.

¡Feliz Navidad  a cuantas personas acogen, en un Niño “sin papeles”,
a  todos los “sin papeles” de nuestra historia!

Un viaje de fe

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid   

“El nombre de la doncella era María”, así la presenta el Evangelio de Lucas (Lc 1,27). No cabe mayor sencillez. Los textos evangélicos nada nos dicen sobre su lugar de origen. Ni sobre sus padres. De pronto aparece en Nazaret, un pueblo del que se dudaba si podría salir algo bueno (Jn 1,46).

Miriam de Nazaret es una joven judía del siglo I d.C. que vive en una aldea campesina de Galilea, ocupada por los romanos. Económicamente es pobre, los impuestos romanos explotan a la gente del pueblo condenando a muchos a la indigencia. Políticamente, la sociedad es violenta y está arruinada, porque el ejército invasor se desentiende de ciertos tipos de violencia y provoca otras. Socialmente, ocupa un puesto bajo en la escala cultural, probablemente era analfabeta.

Vista desde fuera, la suya fue una vida trivial y sin brillo, la de cualquier mujer media en un perdido rincón de un pequeño país, lejos de los grandes acontecimientos de la historia. La vida no la trató con delicadeza. Cuando se entera de que está embarazada se pone en camino a visitar a su prima Isabel y cuando ésta la saluda, entona un canto profético de alabanza a Dios. María se mueve dentro de la larga tradición judía de mujeres que cantan subversivos cánticos de salvación como Miriam (Ex 15,20-21), Débora (Jue 5,1-31), Ana (1Sam 2,1-10), Judit (Jdt 16,1-17)…

María, al igual que cualquier ser humano, vivió un proceso personal de fe, etapas que la fueron madurando para ser la primera discípula de Jesús y la madre del Salvador. Ella da el primer paso cuando, al entrar el ángel y hablarle “se conturbó por estas palabras” (Lc 1,29). La turbación, la sorpresa… suele ser la primera reacción espontánea ante la llamada de Dios.

A partir de aquí María inicia todo un proceso con altos y bajos.  En la visita a su prima se subraya la perfecta armonía entre ella y el plan de Dios, pero el Evangelio hace notar que pronto comienzan para María los que se pueden llamar “tiempos oscuros” y no comprenderá lo que está sucediendo (Lc 2,48); su propio hijo la invitará a descubrir la verdadera maternidad en la escucha de la Palabra (Lc 11,27-28)…; al final del Evangelio la encontramos al pie de la Cruz y, a la vez, ella será, también testigo de la Resurrección y del nacimiento de la Iglesia.

Según Lucas, María es una mujer que guarda en su corazón todo cuanto le ocurre. En la escena de hoy lo apunta cuando los pastores se marcharon; doce años más tarde se la describe de nuevo pensando, después de haber perdido a Jesús y haber sido hallado en el templo (Lc 2,51). Ambas escenas tienen que ver con la revelación de la identidad de este niño. Todo lo que él significa no se ve de forma inmediata y por eso María guarda estas cosas dándole vueltas.

Ella no entiende del todo lo que está viviendo y entonces lo repiensa en su mente,  sopesa. No es ninguna tonta, intenta interpretar su vida; procura entender las cosas difíciles que tienen que ver con las vidas de los que ama. Espera distinguir cómo se manifiesta Dios en todo esto. Reflexiona con el fin de penetrar en su significado y seguir el camino acertado. En medio de todo lo que le acontece María conserva, recuerda, atesora los hechos en su corazón, cavila sobre el significado de su vida y de las vidas de sus seres amados y avanza en su camino de fe con Dios.

En verdad, la vida de María fue un viaje de fe, desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica en Jerusalén; desde el pesebre hasta la cruz; desde la juventud hasta el matrimonio y, tal vez, la viudedad; desde el nacimiento de su primogénito hasta la horrorosa muerte del mismo y… hasta oír que se le proclamaba Señor, Mesías y Salvador.

Familia planetaria

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

En el marco del ciclo navideño celebramos la fiesta de la familia de Nazaret, cuyo centro es Jesús. El evangelista Lucas nos presenta un texto parecido al de otros relatos legendarios extrabíblicos sobre personajes famosos de la antigüedad, a los que ya desde niños se les atribuía unas dotes intelectuales especiales. Y Lucas construye un relato en el que quiere poner de relieve la sabiduría de Jesús. No deja de resultar curioso que en algunos evangelios apócrifos aparezca discutiendo sobre astronomía o medicina.
Si bien es cierto que a lo largo de la tradición cristiana, la Sagrada Familia ha inspirado durante siglos el comportamiento de padres e hijos, esta fiesta se ha idealizado a fin de mantener un modelo tradicional de familia en la que estaban clara e indiscutiblemente definidas las funciones de sus integrantes: el esposo dedicado al trabajo; la esposa, a la crianza y cuidado de los hijos; y estos sumisos y obedientes a sus progenitores, como atestigua el libro del Eclesiástico, escrito en las primeras décadas del siglo II antes de Cristo, con una mentalidad mítico-tribal.
En la fase tribal de la humanidad, las comunidades humanas vivieron centradas en sus propios territorios, muy celosas de su propia identidad. La familia, tribu o nación lo eran todo. Eran extremadamente rígidas las fronteras entre “los nuestros” y “los de fuera”. Y esto hace comprensible que la familia estuviera volcada y centrada en si misma. Este es el contexto vital del libro del Eclesiástico, que nos ofrece un manual de reglas y comportamientos para judías y judíos piadosos. Por eso, no es de extrañar que defienda posiciones conservadoras que hoy nos chocan bastante, como las que se refieren al rol de la mujer en la sociedad (Eclo 25, 12 y siguientes).
Ahora bien, Jesús, como fiel seguidor de los antiguos profetas, ensancha los horizontes de la familia. Ya el segundo Isaías se dirigía con palabras como éstas a su pueblo:
“Ensancha el espacio de tu tienda
y de tus lonas,
extiende tus moradas con libertad,
clava tus estacas y alarga tus cuerdas..” (Is 54, 2).
La familia doméstica no está llamada a replegarse sobre sí mima. Por eso, con desconcertante novedad, Jesús propone un nuevo estilo de familia al lanzar a sus oyentes este desafiante cuestionamiento: “Quiénes son mi madre y mis hermanos”. Y recurre a un criterio de pertenencia a esa familia: “el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mc 3, 35). “Son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21). Jesús trasciende los lazos de la sangre. Rebasa el nivel tribal de consciencia. Jesús no sabe de fronteras ni muros. “ “Todos vosotros”, nos dice, “sois hermanos” (Mt 23, 8).
Para Jesús, la voluntad de Dios no tiene tanto en cuenta el cumplimiento de unos preceptos o normas para poder hacer “méritos” quienes los cumplen. Dios es también “bueno con los ingratos y malos” (Lc 6, 35). “Hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). En una palabra, Dios es gratuito. Cuando Jesús habla del cumplimiento de la voluntad del Padre, no parece referirse al seguimiento de normas establecidas por un “superior” o “superiora”. Va mucho más allá. Toda su vida fue un decir Sí a la voluntad del Padre, en las duras y en las maduras. “En Él todo ha sido sí” (2ª Cor 1, 19). Cumplir la voluntad de Dios es alinearnos con la realidad, tal como se nos presente en cada momento de nuestro diario vivir. Significa hacer nuestras las palabras de Jesús: “Padre, que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). O aquellas de María, la pobre de Nazaret: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Hoy en día, nos encontramos en nuestra sociedad con nuevos perfiles de familia que se salen del patrón tradicional familiar. Y son notorios los juicios, las descalificaciones, los chistes, los acosos y hasta el mal trato contra personas que optan por ese estilo de convivencia. Etiquetamos con ligereza a esas personas, violando incluso la dignidad de su ser más profundo. Llegamos incluso a escandalizarnos cuando surgen voces de comprensión y de misericordia hacia ellas, porque en el fondo estamos contagiados de legalismo. Pensamos que la ley está por encima del respeto al ser humano. Y nos preguntamos: Qué misericordia cabe hacia matrimonios que han vuelto a casarse. Esta forma de expresarnos solo son propias de aquellos fariseos y letrados que colocaban la “ley de Dios” por encima de la vida de las personas. Reconozcamos, al menos que no pocas veces son improvisados y ligeros nuestros juicios, burlando así el criterio de Jesús: “No juzguéis, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado, y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás” (Mt 7. 1-2).
Como familia planetaria que somos, la festividad de la Sagrada familia nos apremia a ejercitarnos cada día en la práctica de una convivencia respetuosa. Y en esta familia, como nos recuerda el teólogo y antropólogo jesuita, Javier Melloni, “debemos aprender a escucharnos, a no cegarnos mutuamente ni luchar por apagar la luz que nos rodea o contradice, sino que es urgente que aprendamos a iluminarnos conjuntamente. Tenemos que aprender a encender juntos el fuego que calienta la tierra, que arda sin destruirla. No se trata de discutir por la verdad, sino de conspirar juntos por ella: no se trata de competir por nuevos territorios, sino que es tiempo de construir juntos espacios verdaderamente humanos, de labrar juntos terrenos sagrados que hagan habitable el planeta” (“Hacia un Tiempo de Síntesis”, Fragmenta Editorial. Primera edición, mayo del 2011; p. 53).

Os traigo una gran NOTICIA

Natividad del Señor

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Os  traigo una gran NOTICIA: HOY EN BELÉN DE JUDÁ os ha nacido un Salvador

Sí, hoy nos ha nacido un Salvador, es la gran Noticia que debemos proclamar a todo el mundo, es Navidad, palabra que suena a fiesta, a villancicos, a regalos que la sociedad del consumo se atreve  a presentarla como el centro de la vida, pero para nosotros los cristianos es la gran fiesta, fiesta que se celebra de manera global, es decir por todo el mundo.

Reconoce oh cristiano tu dignidad” dice San León Magno. Los cristianos tenemos motivos suficientes para el gozo y la alegría “pues un niño  nos ha nacido, un hijo se nos dado y se llama Emmanuel, Dios con nosotros” (Isaías 9, 6). Celebramos que Dios se hace presente entre nosotros, se hace uno de nosotros, toma nuestra humanidad, se encarna, con todas sus consecuencias, nace pobre, en un portal, “pues no había sitio para ellos en el mesón”, por lo que con el evangelista Juan podemos decir: “Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS”.

Las lecturas de este día, que tiene el privilegio de tres celebraciones Eucarísticas, nos presentan,  sobre todo los evangelios, la realidad del misterio en toda su amplitud. Lucas nos relata el nacimiento en Belén, pobre y humilde; la Adoración de los pastores que fueron los primeros, los privilegiados en recibir la Buena Noticia y Juan en su prólogo nos dice que el acontecimiento de Jesús de Nazaret es la PALABRA ENCARNADA.

Las  lecturas de los tres esquemas de las  Eucaristías  nos invitan a vivir en profundidad el misterio,  a no dejarnos captar por las llamadas que la publicidad y los medios de comunicación nos presentan,  una Navidad de cenas y comilonas, de fiestas mundanas y de encuentros familiares, pero también a sentir la cercanía de los pobres y marginados, de los que se sienten solos, de los emigrantes  y de todos los excluidos de la sociedad, y con hechos decirles que Jesús, el Hijo de Dios se ha encarnado y tratar de vivir como El vivió.

No es fácil ir a contracorriente, pero es la llamada que la Iglesia nos hace. El Papa Francisco en su discurso programático dice  “Sueño con una Iglesia pobre para los pobres”, discurso que sigue ofreciendo, no solo a los creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad con palabras, pero sobre todo con su vida, y en otros momentos de su magisterio nos lo va repitiendo.

En la Oración colecta de la Misa del día, le pedimos al Señor “compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Es una oración literariamente perfecta y teológicamente sublime. Viene a ser una síntesis del Misterio de Navidad que estamos celebrando (D. Cornelio Urtasun, Oraciones del Misal.)

Qué puedo hacer yo hoy. Cómo podemos vivir las comunidades eclesiales esta Navidad. Qué respuesta podemos dar en este mundo conflictivo donde los hombres y las mujeres vivimos enfrentados, donde las desigualdades, las violencias, las guerras están a la orden del día. Desde nuestras realidades, por pequeñas que nos parezcan podemos colaborar y hacer posible un mundo más humano y fraterno, participando en acciones que pacifiquen las relaciones humanas, que luchen por la justicia,  desde la solidaridad  y el compromiso.

También podemos reconocer y agradecer a tantos hombres y mujeres que en el mundo trabajan por mejorar la vida de los excluidos. Gentes creyentes y no creyentes, gentes de Iglesia, consagradas/os que trabajan en los países en vías de desarrollo, con problemas graves de convivencia, en los barcos que tratan de recuperar a los emigrantes que viven a la deriva en el mar que vienen en pateras, cerca siempre de los que sufren y viven en condiciones infrahumanas, ellos hacen posible la Navidad, la presencia del Dios con nosotros

GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA  PAZ

Acércate a esos lugares del mundo
donde hoy acampa silenciosamente
el Verbo, sin derechos y sin palabra,
donde se refugia su humanidad
desnuda, doliente, maltratada.

Acércate y ofrécele acogida,
casa donde pueda morar y descansar,
porque ha venido y está en lo suyo,
aunque no tenga credenciales.
ni permiso legal de residencia.

Acércate y escucha, en silencio, el clamor
de sus gritos, gemidos y palabras,
reivindicando sus derechos
y los nuestros que están pisoteados;
acércate sin miedo, quiere ser nuestro amigo.

Acércate y déjate querer
por quien ha plantado su tienda entre nosotros,
y en medio de este mundo tenso,
hostil, cerrado y acotado,
pone la ternura de Dios en nuestras manos.

Acércate a Belén como los pastores
y contempla a Dios encarnado;
acércate alegre y raudo
aunque ya no haya estrellas
ni rumor de ángeles ni cantos.

Acércate ahora que puedes
comenzar un año nuevo
lleno de vida y presentes
y se te abre el horizonte
porque hay alguien que te quiere.

Florentino Ulibarri

Aquí estoy para hacer tu voluntad

IV DOMINGO DE ADVIENTO 2018

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax Valencia

Me gusta mucho comenzar este comentario invitando e invitándome a  cantar un canto particularmente de Adviento: “La Virgen sueña caminos, está a la espera, la Virgen sabe que el Niño está muy cerca” y gracias a María nosotros también sabemos que  ese Niño viene a nuestra puerta y llama.

Este Jesús es el que el pueblo esperaba, el que tenía que venir, pero tenemos que subrayar que el evangelio insiste en que este Jesús no es como lo esperaban, ya que no se muestra como rey en un palacio, sino en el establo de Belén.

Qué tiempo el Adviento tan lleno de esperanza! La profecía de Miqueas nos habla que de Belén, nacerá un salvador de la estirpe de David,  saldrá el jefe de Israel y que El será nuestra paz.

Nuestro carisma nos ayuda, nos empuja a ser vida, llena de esperanza, y ser artífices de paz, en medio de un mundo violento, insolidario, descreído. Pero para dar testimonio de este Niño, con el que nos queremos identificar, solamente hay una posibilidad: los hechos, las acciones que nos lleven a “pasar haciendo el bien”, sin esperar nada a cambio porque la “recompensa” ya la tenemos en nuestro propio ser: somos hijos de un Padre lleno de misericordia y perdón.

Estas acciones, este comportamiento al estilo Jesús, exige  vivir una entrega permanente para hacer la voluntad de Dios.

El texto de Hebreos lo expresa así:

“No quieres sacrificios ni ofrendas…”

“No aceptas holocaustos ni sacrificios…”

La auténtica  oblación es la que Jesús dice y hace:

“Aquí estoy para hacer tu voluntad”

También se preocupa de dejarnos su herencia cuando nos enseña a orar: “Hágase tu voluntad”

Una de las figuras más importantes del Adviento es María, Nos cuenta el Evangelio que se puso en camino y fue aprisa para atender, para acompañar a Isabel. Es el saludo de Isabel:  “Dichosa tú que has creído”.

Voy a aprovechar un comentario que José Antonio Pagola publicó de este texto evangélico  hace tiempo: “Las dos, Isabel y María, van a ser madres. Las dos van a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente”.

En esta escena todo gira alrededor de María y de Jesús, su imagen brilla con sus rasgos más genuinos, que Pagola nos invita a reflexionar:

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque ha creído. Su grandeza le viene por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador, con una confianza  sin límites en Dios.

María, la evangelizadora. Esa es su gran misión y servicio. Lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu.

María,  portadora de alegría. “Alégrate… el Señor está contigo”. Desde una actitud de servicio, María irradia la Buena Noticia de Jesús.

La salvación que Dios nos ofrece exige una respuesta: darnos a nosotras mismas, esta es la actitud de la persona proyectada hacia lo divino. Sólo así podremos ser coherentes para poder decir:

Aquí estoy para hacer tu voluntad.

 

Esta es también la actitud para preparar nuestra IX Asamblea General:

Vita et Pax, un camino de fraternidad en el mundo

Acojamos a este Salvador que tanto necesitamos y tanto necesita el mundo de hoy. Nosotras, como María,  estamos todas invitadas a ser creyentes, evangelizadoras y portadoras de alegría.

Estas actitudes vividas en familia y en todos nuestros ámbitos de relación serán la mejor felicitación de Navidad del 2018

 

 

 

Convivencia XXVII – Guatemala 2018

Crónica Convivencia

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

 

Un año más, al llegar el mes de diciembre, nos hemos reunido todas las que conformamos el Centro de Vida y Paz en Guatemala, para tener nuestra Convivencia anual.

Iniciamos nuestro encuentro el día 8, fiesta de la Inmaculada y celebración entrañable para toda la familia del Instituto. Es un primer día de encuentro, acogida de unas y otras, organización y presentación del programa que, durante nueve días, nos va a tener entretenidas, aprendiendo, escuchando, dialogando, compartiendo, celebrando… todo ello con el objetivo de mantener viva la reflexión de lo que acontece en el país, los problemas y preocupaciones más acuciantes de las gentes con las que compartimos la vida, los proyectos y misión institucionales. Este año, de manera especial, temas y reflexiones preparatorias a nuestra próxima Asamblea General. Y entre unas tareas y otras, celebramos la significación de este día para todas nosotras agradeciendo la vocación recibida y la inserción en esta familia cuyo carisma nos llena el alma y da sentido a la misión y a nuestra presencia en Guatemala.

Hemos tenido tres días dedicados a temas muy actuales y que nos mantienen atentas a la realidad que hoy se vive aquí y que es necesario conocer, para poder ofrecer un mejor servicio a los grupos y  comunidades con los que compartimos vida y trabajo. Acompañadas de profesionales expertos hemos analizado la realidad sociopolítica de Guatemala, en un contexto más amplio, dentro de la globalidad mundial; la situación de las mujeres como grupo vulnerable de esta sociedad que las invisibiliza, violenta y agrede en su propia dignidad de personas; las agresiones que nuestro planeta, la casa común está sufriendo y que hacen de ella un espacio dañado, vulnerable, al que hay que escuchar en su grito doloroso y en el que se nos invita a sabernos parte del mismo, colaboradoras y no dueñas y depredadoras de sus bienes.

 

Hemos dedicado varios días a reflexionar, repensar y tomar conciencia de la importancia que significa nuestra próxima Asamblea, nuestra responsabilidad en la misma. Mediante propuestas de trabajos y temas de reflexión hemos ido adentrándonos en su significado. Se nos ha invitado a visualizar y reconocer este tiempo como una nueva oportunidad de crecimiento, de cambio y acogida de nuevas posibilidades de ser y estar como seguidoras de Jesús comprometidas con el Reino de Justicia, Vida y Paz,  en donde reconocer el paso de Dios por nuestras vidas y nuestro Instituto.

También hemos dedicado tiempo a la evaluación del Proyecto que, como Centro, nos comprometimos en  trabajar durante este año 2018 y, desde  todo lo visto y reflexionado sobre los temas propuestos y los trabajos a realizar sobre la Asamblea, planificar el Proyecto 2019, así como programar y calendarizar los encuentros que durante este nuevo año vamos a realizar.

Ha habido momentos oracionales entrañables, donde hemos ido desgranando, en voz baja, nuestras preocupaciones, tareas y esperanzas, pidiendo que la Ruah, las haga fecundas y nos dé la energía que necesitamos para seguir empujando la vida y construyendo la paz, en este rincón de C.A. llamado Guatemala. Sabemos que son tiempos difíciles, pero no estamos dispuestas a que nos rompan la esperanza…

Y de regreso a casa, a nuestros lugares de trabajo y servicio, sabedoras de que no estamos solas, apoyadas unas en otras, y fortalecidas por el sueño común de ser Vida y Paz, profetas y testigos del Reino iniciado por Jesús de Nazaret.

¿Qué hemos de hacer?

3º Domingo de Adviento. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Por tres veces aparece en el Evangelio de hoy la pregunta qué hemos de hacer. A ella se ofrecen diferentes respuestas a las que podríamos añadir otra que nos la apunta San Pablo: “Estad alegres”. No en vano hoy es el domingo de la alegría.

También el Papa Francisco no se cansa de invitarnos a la alegría, a quitar de nuestro rostro, de una vez por todas, la “cara de vinagre” (EG85). Pero cómo podemos estar alegres con la que está cayendo. Cómo estar alegres con la situación de dolor que vive nuestro mundo, con la crisis que estamos padeciendo, con el número de personas paradas que hay en nuestro país, con las vallas que separan y matan, con el hambre reflejado en la mirada de los niños…

Tanto San Pablo como el Papa conocen la situación de su época y, a pesar de ella, o, tal vez, junto a ella, nos siguen llamando a la “alegría”. Una alegría que no es euforia fácil, ni risa floja, ni ilusión superficial des-implicada, ni un estado provisional o efímero de bienestar… Es más bien, un encontrar sentido, causas y un horizonte hacia el que avanzar. Es saber lidiar con la vida en su complejidad. Es la alegría del riesgo, de la mano tendida y del abrazo tierno, aun en medio del sufrimiento… Esta alegría es contagiosa, hace ir adelante…

¿De dónde nace la alegría? Algunas personas dirán que nace de las cosas que se poseen: desde la rapidez de un coche a la seguridad del dinero; desde las vacaciones en un crucero al bienestar de una casa en el campo y otra en la ciudad… Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear emociones, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, que necesita, cada vez más, seguir acumulando cosas con el fin de mantenerla.

Para los creyentes la verdadera alegría no viene de las cosas, del tener… ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace de sentirse aceptada, comprendida, amada y de aceptar, comprender y amar. La alegría nace de la gratuidad de un encuentro, de cualquier encuentro y, sobre todo, del encuentro con Dios. Un Dios que nos dice “Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo”. Jesús a cada una, a cada uno, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Experimentar y comprender esto es el secreto de nuestra alegría.

En el mundo con frecuencia falta la alegría. Las personas creyentes no estamos llamadas a realizar gestos heroicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amadas y de la confianza de ser salvadas. La alegría del encuentro con Jesús nos lleva a no cerrarnos, sino a abrirnos al servicio de los hermanos y hermanas.

Cada uno y cada una seremos causa de alegría para los crucificados de la historia si somos capaces de transmitir con nuestra palabra y vida que no están solos. Que la vida de Jesús expresa, en su solidaridad radical y en su fidelidad hasta la muerte, una profunda y real cercanía con todos los grupos y personas oprimidas. Por eso, sus seguidores y seguidoras estamos llamadas y llamados en este Adviento a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos.

No caminamos en soledad. La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, donde cada una y cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Como Jesús, hacemos nuestras las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando “calor al corazón”, mientras acompañamos con ternura al que se siente cansado y débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

 

 

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