“Tu palabra nos transforma”

RESEÑA SOBRE LA EXPERIENCIA MAGIS- URL 2019

Por Chus laveda. Vita et Pax . Guatemala

 Dentro de la celebración de la JMJ, y como una experiencia muy ignaciana, en la Universidad Rafael Landívar se ha celebrado la experiencia MAGIS.

Desde mi trabajo como colaboradora en la universidad he participado en todo lo que ha significado la preparación y celebración de la misma y quiero compartir con todas lo que esto me ha significado, dentro de mi experiencia de fe.

La experiencia MAGIS tiene su raíz en el valor ignaciano del Magis, que significa hacer y ser lo mejor para la mayor gloria de Dios. Pero es un mejor, no de más, sino de hacer y ser cada vez mejor, respondiendo al amor gratuito de Dios que nos ama como somos y nos regala la vida para que seamos felices. El Magis ignaciano es intentar crecer, porque alguien que nos quiere, lo espera de nosotros y no podemos defraudarle.

Dentro del significado del lema de la JMJ “Hágase en mí, según tu palabra”, el Magis planteó el suyo: “Tu palabra nos transforma”. Y todas las actividades, encuentros y servicios propuestos fueron en esa dirección. Descubrir cada gesto, cada persona, cada actividad como “palabra” dicha para nosotras/os descubriendo en ello el eco de la voz de Dios.

Al Campus de Quetzaltenango llegaron 20 peregrinas/os de las diferentes obras jesuitas, de Ecuador, Brasil, Hungría, Polonia, Estados Unidos y Guatemala, que fueron acogidas/os por familias cercanas a la universidad. Nosotras, desde nuestra vocación institucional sobre la hospitalidad acogimos en nuestra casa, a dos jóvenes y compartimos con ellas su experiencia, juventud, alegría, servicio.

Yo, como parte del equipo de Pastoral de la universidad participé en las actividades y encuentros de todos los jóvenes. Hicimos un recorrido por la ciudad y una salida a la Laguna de Chicabal, que está enclavada en el cráter de un volcán. El objetivo fue conocer un poco la cultura y tradiciones guatemaltecas.

Pero el objetivo de fondo fue que conocieran también la realidad sociopolítica del país. Para ello se programaron dos visitas muy especiales: la primera a la escuelita llamada de Las Majadas, situada en la falda del Volcán Santa María, en el Valle de Palajunoj, donde niños y niñas de escasos recursos, gracias al servicio de sus docentes, pueden acceder a la educación. La otra, a un hogar de niñas, donde un grupo de religiosas las acogen, atienden y les dan ternura, ya que sus vidas son muy complicadas y están muy heridas.

Otra tarde compartimos con jóvenes que son trabajadores y estudian en un Centro que apoya a estas personas que, además de trabajar, quieren obtener una formación intelectual que a futuro les permita un mejor trabajo.

Después se hizo una actividad de recuento y reflexión de lo vivido, donde las/os peregrinos compartieron cómo sintieron esa voz, esa palabra de Dios dicha para ellas/os a través de las experiencias realizadas y su contacto con las personas con las que las compartieron.

Descubrieron y experimentaron las diferencias entre sus vidas y posibilidades de estudio, desarrollo, seguridad, que tienen en sus países, y lo vulnerable y difícil que es la vida para tantas personas en nuestra Guatemala.

También la llamada a vivir ese valor Magis que nos impulsa siempre a ser más, en lo cotidiano de cada día. El compromiso solidario por una vida más feliz y digna para todas y todos.

Finalizamos la estancia en Xela con la celebración de la eucaristía, que nos unió en un mismo lenguaje de fe, pero que fue expresada en los distintos idiomas de las/os participantes.

Después de esta experiencia, llegó la despedida, los abrazos, las nostalgias y emprendieron vuelo hacia Panamá.

Panamá fue un evento multitudinario para muchos de ellos… Quetzaltenango y la experiencia Magis, una experiencia de fe y compromiso.

Misión cumplida. “Tu palabra nos transforma”.

Enero 2019

Construyendo igualdad

Comunicado 8 de marzo 2019

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Sororidad, marzo 2019

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Testigos de Jesús y su Reino en Alboraya

Grupo Vida y Paz de Alboraya

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Desde Alboraya, el pueblo de la horchata, volvemos a asomarnos a esta ventana que nos comunica y abre a tanta gente.

Estamos a punto de cumplir ocho cursos de nuestra andadura como Grupo Vida y Paz y, a pocos meses de participar nuestra experiencia en la Asamblea que el Instituto va a celebrar en julio próximo, es lo que en este momento ocupa parte de nuestro interés. Se nos está pidiendo una colaboración para ser presencia en ella y aunque nos inquieta algo poder expresarnos bien, también nos llena de alegría y vamos a ponernos manos a la obra.

Acabamos de comenzar el tercer bloque de temas de formación y el Espíritu Santo nos está llenando de gozo y de entusiasmo al reconocer su obra en nuestras vidas, al ver cómo está conduciendo nuestro grupo, cómo vamos encontrando señales de su presencia entre nosotras. El mismo Espíritu nos pide coherencia de vida para poder ser testigos de Jesús y del Reino: tarea hermosa pero difícil. Tenemos seguridad de que contamos con su ayuda y energía vital.

Caminamos juntas queriendo ser parte muy activa del proyecto de Jesús y saludamos desde aquí a todas nuestras compañeras, y algún que otro compañero, que forman parte de los otros Grupos Vida y Paz. Saludos pues a Barcelona, Ciudad Real, Alicante, Guatemala y a nuestras vecinas de Valencia, Pintor López.

Abrazos y hasta otra ocasión. Buena Cuaresma.

 

 

 

 

Hay gente buena en la vida

8º Domingo T.O. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

“La persona que es buena, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien…”. Sí, hay personas así. A menudo, las noticias, con su énfasis en las tragedias y los dramas, no lo recogen. Pasan desapercibidas, procuran no hacerse notar. Pero lo que tocan lo transforman. Sin grandes aspavientos. Sin buscar reconocimiento ni aplauso. Por el gusto de hacer las cosas, o por la satisfacción de dar alegría al prójimo.

Seguro que todas y todos conocemos personas así. Ahí están. Sin teorías, sin demasiado bombo. No se dan importancia ni se colocan medallas. Hay gente buena en la vida. Personas sencillas que se han acostumbrado a pensar en la otra, en las otras, y han optado por dedicar su tiempo, sus energías, su corazón, a sembrar bienestar, a compartir alegría, a desvivirse un poco por los demás.

Quizá esta forma de ser ni siquiera la vivan de manera consciente. Sencillamente, han aprendido a mirar el mundo de otra manera, con otra perspectiva. Si nos paramos a pensarlo, en tu vida y en la mía, también nos hemos encontrado con gente así.

No piden recompensa, ni aplauso, ni elogio, aunque todo ello lo merecen. No se dan importancia, no hacen un drama enorme de lo que no funciona, ni están constantemente diciendo a los demás cuanto hacen. Se ríen, seguramente, un poco de sí mismas y otro poco de las tonterías de este mundo. No juzgan ni comparan. Son admirablemente capaces de ponerse en el lugar de otras. Y, por eso, cuando estás con ellas, te hacen sentir que tu vida puede ser mejor y que tu vida importa.

Claro está, tienen también sus flaquezas, sus límites y sus debilidades. Aman con diferentes intensidades, como hacemos todas. Las hay alegres y las hay refunfuñonas. Las hay viejas y jóvenes, hombres y, sobre todo, mujeres. Todas ellas son reales como la vida misma. No tienen nada en común ni con los viejos mitos ni con los nuevos relatos virtuales. No son héroes ni poseen poderes fantásticos. Son mujeres y hombres de carne y hueso, vulnerables, como todo lo humano. Son las personas a las que no dudamos en acudir porque siempre tienen un “sí” en los labios.

Esa gente es bendición y tesoro de este mundo nuestro. Posiblemente no subirán a los altares, pero desde la fe, son santas. Las santas cotidianas. Las santas de todos los días. Son vidas que reflejan esa Vida de Dios que ama sin artificio ni publicidad. Gente anónima de historias admirables. Con su bondad nos enseñan la auténtica espiritualidad: vivir en la vida cotidiana, seducidas, movidas y consoladas por el Espíritu de Jesús.

La luz de estas personas desvela algo latente en todos los corazones humanos, a saber, el deseo profundo de bondad, el anhelo de ser buenas como Dios es bueno, aunque no lo consigamos plenamente. Estas historias contemporáneas de sabor evangélico son memoria viva y actual de Jesús. Con sus vidas sencillas, hacen correr rumores o noticias del Dios de la Vida por nuestro mundo, nos evocan la voz de Dios que habla y canta en el barullo de la noche, desprenden el seductor perfume del Evangelio y contagian el talante humano de Jesús. Por eso, nos permiten recuperar la esperanza en los seres humanos.  

Estas gentes buenas indefensas son –como suele repetir Jon Sobrino- una convocatoria pública a hacer el bien, practicar la justicia y caminar humildemente con Dios (cf. Miq 6,8), abriendo espacios reales a la fraternidad de la familia humana en nuestro mundo. Y ante ellas y por ellas, solo podemos dar gracias e inclinar la cabeza con respeto y reverencia porque en sus rostros asoma Dios.

Retiro de Cuaresma 2019

Una cena muy especial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Iniciamos la Cuaresma, ese camino que recorremos cada año en dirección a la Pascua. Pero antes de llegar a la meta, está la cena. Una cena muy especial, la que llamamos “Última Cena”. Una de las principales características de la vida de Jesús fue sus encuentros de mesa y mantel con gente de todo tipo: ricos y pobres, pecadores y justos, recaudadores y contribuyentes, líderes religiosos y personas corrientes, fariseos y discípulos, mujeres y hombres…

Jesús dijo que el Reino de Dios es una gran mesa repleta de comida. Y no nos extraña esta comparación ya que la comida es para vivir, para reparar las fuerzas, para festejar la exquisitez de un alimento, de una amistad… para estar y sentirnos juntas y juntos. La “comida”, como el Reino, nos remite a la vida. Incluso en las tradiciones más antiguas de la Biblia, aparecen el alimento y la comida familiar asociados al encuentro con el Dios de Israel. También para Jesús, el alimento es un signo del encuentro con su Padre; porque siempre son el padre y la madre los primeros responsables en buscar el alimento de los hijos y de las hijas.

La Última Cena no es una más, una entre otras, sino precisamente la última, aquella que asume y ratifica el valor de todas las anteriores. Esta Cuaresma del año 2019 viene con una tarjeta de invitación personal para cada una y cada uno, una invitación a cenar; pero aparte de la peluquería, el vestido nuevo y los adornos complementarios, también es bueno prepararnos por dentro para asistir como dignas seguidoras de Jesús.

  1. La Pasión empezó con una fiesta (Mt 26,14-29)

Hace poco leí esta frase y me impactó: “La Pasión empezó con una fiesta”; es verdad. A veces se nos olvida que aquel grupo de personas se juntaron a cenar, a compartir un momento especial de amistad, de encuentro, de disfrute. Nos podemos imaginar las risas, las bromas de un lado a otro de la mesa, las conversaciones mezcladas. Eran los que habían compartido, de un modo más cercano, tres años de intemperie, de caminos, de aprendizaje, y seguro que traían un buen cargamento de anécdotas, historias y nombres.

Como ocurre en las grandes ocasiones, tenían un motivo, la fiesta de la Pascua. Jesús, lo vemos una y otra vez en los Evangelios, fue un hombre al que le gustaba celebrar la vida. “Amigo de comilones y bebedores” llegaron a llamarle. Alrededor de la mesa, comiendo y conversando con gentes de todo tipo, fue abriendo mentes y corazones, sanando heridas, acogiendo historias…

Es en esta cena donde Juan ubicará un largo discurso de Jesús sobre el amor y la amistad. Es aquí, en su gesto de partir y repartir el vino y el pan, relacionándolo con su propia persona, donde luego leerán la institución de una nueva alianza. Es bonito pensar en el papel que desempeña la Última Cena en nuestra memoria de la Pasión porque es un momento de júbilo, de gozo y de encuentro.

A veces, en nuestra vida nos falta la fiesta. Celebrar que no estamos solas. Que nos reconocemos hermanas y compañeras de camino a pesar de nuestras limitaciones y fragilidades. Celebrar que estamos vivas, gozando de muchísimas oportunidades que nos pasan desapercibidas y, sin embargo, para buena parte de la humanidad son casi inconcebibles. Celebrar el tener aseguradas las condiciones básicas para llevar una vida digna. La dicha de contar con muchos nombres y rostros que van formando parte de nuestro camino. El ser testigos de cómo la ciencia, la capacidad humana en todos sus aspectos, se desarrolla alcanzando cotas insospechadas. Celebrar la posibilidad de echar una mano. Que te la echen a ti. Aceptar la ayuda porque, juntas, se puede más…

Comienzo la Cuaresma tomando conciencia de todo lo que hay de fiesta en mi vida, de lo mucho que tengo para agradecer y celebrar.

  1. La Pasión empezó con una crisis (Mc 14,10-31)

No todo fue fiesta. La Última Cena marcó un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Uno de ellos ya le había vendido, otro le negará y la mayoría de los restantes se darán a la fuga. El grupo se deshace, los lazos de compañerismo se verán desgarrados. Enfrentados al hecho de la pasión y muerte de Jesucristo, no tenían futuro al que agarrarse. En el momento en que este frágil grupo se estaba desmoronando, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”.

Esta es la paradoja fundamental del cristianismo. Como cristianos, nos reunimos para recordar la historia de aquella Última Cena. Es nuestra historia fundacional y, sin embargo, es una historia que habla de un gran fracaso. Nos reunimos como comunidad en torno al altar y recordamos la noche en la que se deshizo la comunidad; cuando celebramos la Eucaristía, recordamos el momento en el que Jesús se vio enfrentado a la muerte y la deserción.

Pero Jesús asumió esta crisis y la volvió fecunda. La verdadera comunidad nació en medio de una gran crisis de esperanza, cuando el futuro desaparecía. Por eso, la Última Cena nos invita a no salir huyendo de las crisis, sino a acogerlas, enfrentarlas, confiando en que pueden dar sus frutos. Si salimos corriendo, el momento será estéril, al igual que si Jesús se hubiese escabullido por la puerta de atrás en lugar de afrontar aquella noche oscura de traición. Las crisis nos rejuvenecen.

Es difícil ponerse en el lugar de Jesús. Parece evidente que no fue fácil dar cara al conflicto, y que el choque final iba resultando cada vez más inevitable. Es legítimo suponer que Jesús tuvo miedo al imaginar lo que se le venía encima. ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo a equivocarse. Miedo a no ser lo bastante fuerte, coherente o capaz en según qué circunstancias. Miedo a no estar a la altura de lo que se espera de una. Al dolor. Al rechazo. Al fracaso. A la muerte… Es tan humano que seríamos unas imprudentes si no mirásemos la realidad con lucidez. Jesús también tendría miedo. Y tuvo que lidiar con él. La clave no está en no temer, sino en no dejar que el temor nos paralice.

Con sinceridad, pongo nombre a mis miedos de hoy y los comparto.

  1. La Pasión empezó abierta a la esperanza (Jn 18)

En la Última Cena se produce un enfrentamiento entre dos formas de poder. Está el poder de las autoridades políticas y religiosas que es un poder brutal y mudo; el poder de tomar a Jesucristo por la fuerza, de encerrarlo, de humillarlo y de matarlo; el poder de Pilatos, quien le dice a Jesús: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” (Jn 19,10). Pero la historia de Jesús, particularmente en el Evangelio de San Juan, trata de otra forma de poder; es el poder del signo y de la palabra.

En este Evangelio, Jesús realiza signos: convierte el agua en vino, abre los ojos a los ciegos, hace hablar a los mudos… Por ello, la Última Cena marca el enfrentamiento entre el poder de la fuerza bruta y el poder del signo. Está el poder de Pilatos por un lado, y el poder del hombre débil y vulnerable que toma el pan, lo parte y lo comparte ante la perspectiva de la muerte.

En la Última Cena, Jesús no se limitó a hacer cualquier signo. El suyo fue un acto creativo y transformador. Iba a ser entregado a manos de sus enemigos. Sería confiado por uno de los suyos al poder brutal del Imperio, pero no se limitó a aceptar esto pasivamente: lo transformó en un momento de gracia. Hizo de la traición un momento de entrega.

A través de este signo Jesús acoge la traición y la vuelve fructífera. Razón por la cual no hay nada en la historia de la humanidad, tanto negativo como positivo, que, de algún modo, en formas que no somos capaces de anticipar, no pueda ser acogido y dar su fruto. Nuestro Sacramento de Esperanza se celebra en un momento en el que no parecía haber ninguna esperanza. Toda Eucaristía es una celebración de nuestra confianza acerca de que en Cristo el sentido acabará triunfando de una forma que no somos capaces de adivinar.

Ahí está el reto que se nos plantea en esta Cuaresma a cada una de nosotras: vivir con esperanza en medio de nuestras propias circunstancias y las de nuestro mundo. Recordamos lo dicho ya en otras ocasiones: la esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. Es la convicción de que todo aquello por lo que vivimos, con sus alegrías y sus penas, sus logros y sus fracasos, revelará tener un sentido.

Junto al sentido, también tejemos esperanza para otras personas cuando ejercemos el poder que tenemos, sea mucho o poco, para servir. Cuando colocamos nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos, al servicio, especialmente, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Tejemos esperanza cuando nuestro poder es signo de servicio al prójimo, tratando de que su vida sea más plena. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así, seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado, pero sería un mundo mejor.

Qué está ocurriendo ahora en mi vida o en el mundo a lo que me cuesta encontrarle sentido.

  1. La Pasión empezó con un acto de libertad (Lc 22,1-34)

En la Última Cena, Jesús es la víctima inocente. Ha sido traicionado y en breve será entregado. Pero continúa eligiendo libremente. Sus opciones son muy limitadas, pero elige reunirse con sus discípulos para celebrar una última comida juntos en lugar de salir huyendo de Jerusalén. Elige cruzar el valle del Cedrón e ir al jardín de Getsemaní para enfrentarse con sus enemigos. No es una simple víctima.

“Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Esta no fue únicamente una acción solidaria que Jesucristo tenía la posibilidad de hacer o de no hacer. Los Evangelios ponen de relieve que todo lo que Jesús había venido haciendo anteriormente desemboca necesariamente en esto. Toda la libertad que Jesucristo había manifestado al perdonar los pecados, tocar a los leprosos, trascender la ley, todo ello culmina en este acto de absoluta libertad. Se trata de lo que Jesucristo debe hacer pero también de lo que hace más libremente.

Cuando pensamos en la libertad como elección, es en relación a algo que poseemos. Pero tenemos la posibilidad de identificar una libertad más profunda, que es la de ser lo que somos. Relata un prisionero en Auschwitz: “La libertad es algo que tú y yo consideramos que tenemos y si nos encierran, nos la quitan. Pero en los campos de concentración, la libertad consistía en lo que éramos, lo cual configuraba nuestras actitudes respecto de nuestra situación y de nuestro destino”.

En este mundo consumista solemos dar por supuesto que cuantas más opciones tengamos, más libres seremos. Si podemos elegir entre diez clases distintas de yogures, somos más libres que los que sólo tienen dos. Pero cuando hemos evolucionado en dirección a esa libertad más profunda, la realidad es exactamente lo contrario. No hay más que unas pocas opciones profundas y fundamentales a elegir; y tienen que ver con llegar a ser libres y felices en Dios. Además, la libertad jamás es meramente individual, como la del consumidor dudando en escoger entre distintos productos. La libertad es el espacio en el que florecemos juntas.

Y aquí aparece una consecuencia difícil: la renuncia. Es el reverso de toda decisión. Eliges un camino y rechazas otro. Se trata de apostar por algo a lo que das tanta importancia que lo antepones a todo lo demás. Jesús se ve en la encrucijada de elegir entre su seguridad y bienestar o mantener la coherencia con lo que ha hecho y dicho hasta el final. Sabe que si huye ahora, tendrá que seguir huyendo siempre. Si huye, salva su vida, pero a costa de dejar de ser quien es, de hablar en nombre de los pobres, los desesperados y los excluidos. A costa de dejar de hablar del Dios Abbá que vuelve del revés la Ley. Por lo tanto, opta por afrontar el juicio de los que no comprenden su Evangelio. Elige afirmar, contra viento y marea, la verdad del Dios que viene a revelar y su Buena Noticia. Aunque le cueste la vida.

Qué renuncias me han dejado huella.

  1. La Pasión empezó con un amor entregado (1Cor 11,23-26)

En la Última Cena, Jesucristo realiza el más libre de todos los actos habidos en la historia de la humanidad. Jesús da su propia vida: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Parece un acto casi temerario el ponerse en manos de sus discípulos, las mismas personas que le traicionarán, le negarán y se apartarán de él. Parece incluso la pérdida de toda libertad.

Jesús se entrega y corre el riesgo del rechazo. La Última Cena nos muestra con un realismo extremo los peligros de darnos a alguien. Esta cena no se trata de una cita romántica en un pequeño restaurante a la luz de las velas. La Última Cena es la historia del riesgo que supone el darnos a los demás. Esta es la razón de que Jesús muriera, porque amó.

La Pasión no es el itinerario ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

El amor entregado de Jesús lo llevará hasta la cruz y allí amará a quienes lo acompañan y a quienes lo ejecutan. Un amor que le impulsa a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. Un amor que le hace volverse al ser humano que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. Un amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos a tantos otros y otras que buscamos aliviar la soledad. Un amor que busca su fuente última en Dios y por eso llama, pregunta, grita, expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso sino pobre. Un amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.

Agradezco a Jesús su invitación a la cena y le presento todo lo que hay en mi vida de fiesta y júbilo, mis miedos, los ‘sin-sentidos’ que vivo, las renuncias… y le agradezco de corazón su amor gratuito y entregado por mí y por toda la humanidad…

Dios nos quiere a todos con Él

7º Domingo TO. Ciclo C

Dionilo Sánchez Lucas. Laico de Ciudad Real.

Cada  mañana cuando me levanto debo bendecir al Señor, cada día que sale el sol debo dar gracias a  Dios, por esas cosas cotidianas que acontecen, que pasan desapercibidas, que parecen no tener importancia, pero que nos dan la vida; por esa persona que está a nuestro lado y nos pregunta: ¿qué tal has dormido?, por el agua caliente que nos limpia y nos refresca; por el desayuno que nos alimenta y da energía para luego afrontar nuestro trabajo; por poder sentir la brisa de la mañana, desplazarnos a pie o en transporte; saludar a las personas que vamos encontrando y sobre todo a las que estaremos juntos gran parte del día.

Reconozcamos cuánto me ha dado Dios a mí en tan poco tiempo, para también nosotros hacer el bien, nos pongamos a disposición de los demás. Seamos el profesor o maestro que procura que sus alumnos aprendan conocimientos, respeten a sus compañeros, cuiden su entorno, despierten su fraternidad. Seamos el médico, el enfermero, el cuidador que escucha, observa y anima al enfermo, acompaña a la persona en su dificultad. Seamos la persona que está en la oficina que atiende al que llega, que resuelve sus problemas. Seamos la persona que está en la fábrica o el taller para hacer un buen producto que sirva a quien lo vaya a utilizar. Seamos quien está en la tienda o en el restaurante procurando agradar a los demás. Seamos el agricultor, pescador o minero, que ofrezca su sudor para obtener alimentos y bienes básicos, cuidando la naturaleza.

Llegarán otros momentos del día por los que ser agradecidos, en los que seguimos recibiendo el bien por el espíritu de amor del Señor. El encuentro y el compartir con nuestros padres, con nuestros hijos; el disfrutar un tiempo de lectura o escuchar música; el practicar algún deporte, pasear; asistir a reuniones, conferencias, encuentros en asociaciones; el poder tener tiempo para la oración o reflexión, dedicar tiempo a un voluntariado o entrega a otras personas.

Por todo lo que nos ofrece la vida debemos de reconocer a Dios tanto que hace por nosotros, en lo cotidiano de la vida y también por lo extraordinario: la enfermedad que se cura, la adicción superada, el trabajo deseado y encontrado, la amistad y el amor reencontrado, el hijo que nace.

Pero esa relación con las personas y con el mundo no siempre la vivimos bien: La falta de amor, respeto y comprensión en la familia; los desprecios, rencores y envidias en el entorno social; la falta de honradez y responsabilidad en el trabajo y otros ámbitos de la vida; la falta de solidaridad y cuidado con el pobre y el débil; la no acogida al inmigrante. Pero ahí está el Padre que nos trata siempre mejor de lo que merecemos, que es paciente y nos espera, que es compasivo y misericordioso.

En la Palabra de este domingo Jesús nos enseña el centro de su Evangelio, el amor por encima de todo. “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os injurian; al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también el manto. Al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Así escuchadas o leídas podemos pensar que es una llamada a la necedad, que es darle la razón al mal, aceptar y hasta arrodillarnos ante la injusticia. Pero todo lo contrario, es interiorizar que el odio no se combate con rencor, que la injuria se cambia con la verdad, que la guerra termina cuando surge la paz, que nuestros bienes son para compartirlos con los demás. Estas actitudes positivas más allá de pretender hacer méritos para que nos sean reconocidos, han de servir para cuestionar a aquellos que viven con el odio, la mentira, la injusticia, la violencia, la lujuria, atesorando riquezas. El juicio y la condena castigan a la persona, la ternura y el perdón son su libertad.

Que nuestra vida sirva para cambiar el corazón de las personas que no han conocido a Jesucristo, que el amor sea el principio y el fin de la humanidad, que el Reino de Dios esté presente en el universo, porque Dios nos quiere a todos con Él. 

La familia aumenta

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

La familia aumenta. La semana pasada tuve la suerte de participar en el encuentro del nuevo grupo de Vida y Paz que se ha formado en Alicante. Se reúnen los segundos martes de cada mes y, por el momento, el grupo lo componen cinco mujeres más otras dos que acompañan de Vita et Pax. Había muy buen ambiente, confianza y naturalidad. Parecía que se conocían de toda la vida, compartieron su historia personal y su experiencia de Dios, desde lo hondo.

Desde el Instituto Vita et Pax, una vez más, volvimos a presentar nuestra oferta, ofrecimos lo mejor que somos y tenemos: nuestro Carisma y Misión para que lo vivan desde su propia condición laical. Este fue un sueño que surgió casi al mismo tiempo de fraguarse Vita et Pax como Institución, la inquietud de que este regalo, que teníamos y disfrutábamos, no era sólo para nosotras. Y,  en la actualidad, son ya casi doce años los que han transcurrido desde que los primeros grupos Vida y Paz se iniciaron.

Cualquier Carisma es, en realidad, un camino concreto para vivir el Evangelio. Este camino será el elemento unificador, el puente que nos permitirá el encuentro con todas las personas que se sientan llamadas a vivir esta misma aventura.

El espíritu que nos anima en este proyecto es el que nos dejó el Concilio. El Concilio Vaticano II nos ofreció la eclesiología de comunión donde todos los miembros de la Iglesia se reúnen y sobre la que se establecen sus relaciones y su estrategia para servir a la misión común. Es decir, no buscamos establecer relaciones de dependencia sino de comunión.

Es una suerte el que tengamos ya mucho camino andando en común porque nos movemos en el ámbito de la secularidad. Somos un Instituto Secular, es decir, somos laicas que queremos compartir Carisma y Misión con otras laicas y laicos; de ahí, que la Teología del laicado sea la base de la cual partimos.

No tenemos prisa, las cosas de Dios van despacio. Somos conscientes de que los tiempos que corren nos llevan a ponernos ante el misterio del grano de mostaza del Evangelio y obrar desde su maestría (Lc 13,18-19). No pensamos en grandes grupos ni grandes proyectos. El grano de mostaza enseña a crecer con lentitud, a esperar y a depender de la bondad del terreno, de que no haya zarzas ni piedras en exceso…

Avanzamos sin prisa, sí, pero con esperanza. Estamos convencidas de que el Espíritu nos convoca e impulsa, barruntando que algo nuevo está naciendo… y ya lo notamos… (Is 43,18). Ese algo nuevo que nace hoy, es este segundo grupo de Vida y Paz en Alicante. ¡Bienvenidas a vuestra casa!

¿Dónde buscamos la felicidad?

Domingo VI del T.O. Ciclo C

Por: Conchi Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real

El profeta Jeremías en la primera lectura describe dos posturas opuestas ante la vida: las personas que ponen todo su interés en lo terreno, fugaz y superfluo de la vida y, por otro lado, las personas que vuelcan su confianza en el Señor. Las primeras habitarán en la aridez del desierto, como el cardo que es una planta hostil, poco acogedora, propia de lugares secos, de suelos poco profundos, inhóspitos. Las personas que ponen su confianza en el Señor vivirán en una tierra rica y fértil, donde los árboles son frondosos, hunden sus raíces hasta la profundidad de la tierra buscando el agua necesaria para vivir, producen fruto abundante y sirven de cobijo a los seres vivos. Así pueden ser nuestras vidas. Lo que es una tierra inhóspita, donde la supervivencia es difícil, se convierte en tierra hospitalaria, generosa y abundante, en la que la vida fluye en sí misma y las personas son felices. Es hermosa esta comparación, nos anima a poner nuestro centro en el Señor ¡Cuán diferente es la vida confiando en Él! Su presencia es transformadora, personal y comunitaria.

Para Jeremías vivir en el Señor, confiar en Él, es sinónimo de vida, de dar fruto abundante, de felicidad, de fuerza y esperanza en la adversidad.

Esta lectura del profeta Jeremías nos prepara para comprender mejor el evangelio de las Bienaventuranzas de S. Lucas. Un texto, desde mi punto de vista, difícil de explicar y que me producía cierta zozobra, puesto que me consideraba una mujer rica y, algún día, pagaría por esta situación de privilegio. La severidad con que Jesús habla me hacía sentir fuera del grupo de sus preferidos. Hoy lo veo de otro modo, desde la experiencia de sentirme acompañada por el Dios de los sencillos y sencillas, en camino para hacer un mundo más habitable y humano.

Es la propuesta que Jesús nos hace. Una propuesta en total actualidad. Nos advierte que poner nuestro ser en los afanes que esta sociedad de consumo nos ofrece: ganar más, tener más, lucir una figura cien, viajar más, ser prisioneros de las cosas y olvidarnos de aquellos a los que les falta lo básico para subsistir; eso no es humano, eso no es colaborar en la construcción de una sociedad más justa, equitativa y habitable; eso no lo quiere Dios. Yo tampoco lo quiero. Hoy es fácil vivir de espaldas a las situaciones de pobreza y vulnerabilidad de tantas personas, ir tras la felicidad que la publicidad nos ofrece, llenándonos de cosas que nos nublan la vista, e impiden ver la realidad.

La propuesta de Jesús es la propuesta de hacer posible el Reino de fraternidad y humanidad hoy, aquí. Optar por poner nuestros dones al servicio de los demás, entregarnos a esta tarea que trae verdadera felicidad y fecundidad al mundo, que genera esa tierra fértil de que nos hablaba Jeremías: tierra profunda, que acoge y protege ante la adversidad, donde la vida de todas las personas es posible. Este es el proyecto de Jesús, El Reino aún por construir. Queda mucho camino por recorrer ¿Te animas? Yo sí quiero.

 

 

 

Institutos Seculares, una joya en Valencia

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