Formando parte de una gran familia

Por: Paqui Redondo Agudo. Vida y Paz de Barcelona.

El grupo de Vida y Paz de Barcelona nos reunimos como cada primer lunes de mes, en el nombre del Espíritu Santo. Estamos en la recta final del curso 2018/2019.

Estos años que llevamos formando parte de esta gran familia hemos profundizado en las Sagradas Escrituras. Hemos trabajado temas, que nos han hecho crecer, aprender a conocernos e intuir nuestros fallos y debilidades, esos tan propios del ser humano y que tanto cuesta modelar.

El camino del crecimiento personal y espiritual, es largo y lento, nos lleva la vida aprender y quizá no consigamos aquello que nos proponemos, pero confiamos en la fuerza del Espíritu y nos ponemos en manos del Padre Misericordioso.

El último tema que hemos trabajado nos ha conmovido especialmente: el Espíritu Santo que llena la Tierra… y nuestro ser.

Todo lo bueno que hay en nosotras se hace presente cuando acallamos egos y barreras mentales. Con serenidad le pedimos que nos transforme y que gocemos del préstamo de su aliento y de su Espíritu.

Cada una de nuestras reuniones ha sido una experiencia enriquecedora, hemos reído y hemos llorado, compartiendo nuestras propias vivencias.

También hemos hecho un poco nuestros, los problemas de nuestro entorno, nuestro corazón se hace cada día, más sensible al sufrimiento ajeno. Experimentamos impotencia, por tantas injusticias.

Pedimos al Dios que nos habita, que tengamos la capacidad de verlo en nuestros hermanos y que nos dé la fuerza para actuar en la medida de nuestras capacidades.

Agradecemos el esfuerzo de nuestras compañeras preparando temas, que tanto nos ayudan a reflexionar. Sin duda el Espíritu Santo las inspira. Su labor es una Alabanza a Dios.

Este curso ha sido un poco duro para Ana y Flor, que han sufrido a causa de problemas de salud. Sin embargo, no han desfallecido, dándonos un ejemplo de superación, fortaleza y fe.

Por nuestra parte, no desfalleceremos tampoco y seguiremos en este camino y en estas enseñanzas, las de Nuestro Amigo Jesucristo, como tanto le gustaba decir al Padre Cornelio.

 

¡Es el Señor!

3º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Rosamary González. Vita et Pax.Tafalla (Navarra).

Esta es la tercera aparición de Jesús a los discípulos que narra S. Juan. Las dos anteriores en recintos cerrados y con desconcierto y miedo. Aquí están en el lago, en la tarea diaria, como tantos pescadores que estarían haciendo lo mismo: procurar el sustento para ellos y sus familias. La diferencia es que los discípulos de Jesús habían vivido una experiencia fuerte con Él y la vuelta a la vida ordinaria no les resultaría nada fácil. Es comprensible entender su estado de ánimo. Cuando desaparece una persona de nuestro lado a quien hemos querido mucho y cuya influencia en nuestra vida ha sido fundamental, se crea una especie de vacío en nuestro interior que necesitamos un tiempo para asimilarlo, para seguir viviendo sin esa persona. Recordamos sus palabras, sus gestos, las conversaciones, las discusiones, los objetivos comunes… Cuánto más vacío tendrían todas las personas, hombres y mujeres, a quien les había cambiado totalmente la vida durante el tiempo vivido con Jesús, con el Señor.

Y así se encontraban los discípulos reunidos; entre ellos siempre hay alguno más intrépido para salir de la inactividad. En este caso es Pedro que les dice: “Me voy a pescar” y los demás le siguen: “Vamos también nosotros contigo”. La disposición es buena, pero las redes van en sentido contrario, hasta que Jesús les muestra la dirección apropiada para sacar la multitud de peces. En la vida nos puede pasar lo mismo hoy a los cristianos; echamos las redes según nuestro criterio, nuestra mirada, nuestros intereses, sin dejar a Dios ser Dios. Sin escuchar en el silencio de nuestro corazón qué nos dice su Palabra, sin poner demasiada atención a la dirección que Jesús tomó en su vida cumpliendo la voluntad del Padre. Es una llamada de atención en este domingo de Pascua a REVIVIR su historia en nuestra historia.

Qué bueno que siempre hay un discípulo amado a nuestro lado que reconoce a Jesús, que tiene una fina intuición para descubrirle, porque ama y es amado por Él y nos dice: “Es el Señor”. No todas y todos nos tiramos rápidamente como Pedro a encontrarnos con Jesús, desnudas, sin ataduras, pero está bien si caminamos hacia la orilla aunque sea “remolcando la red con los peces”. Allí nos encontraremos con Él, nos invitará a almorzar para tomar fuerzas, pan y pescado para compartirlo, para que a nadie le falte nada, porque allí donde esta Él están sus preferidos: los cojos, los ciegos, las enfermas, las viudas… todos y todas que la sociedad margina y orilla.

El final del evangelio de hoy casi nos hace sonreír pensando en el pobre Pedro. Jesús es exigente, la misión que le da es difícil y por eso no le basta una declaración de amor. Tres veces le pregunta ¿me amas? Y a cada afirmación le va añadiendo una nueva responsabilidad. Eso tiene el amor y la entrega y así se lo hace saber Jesús a Pedro.

                 

Tiempo de búsqueda

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

Acabamos de concluir la Semana Santa y ahora es el tiempo de hacernos conscientes de la sorprendente verdad de un Dios que tiene una palabra de vida más allá de la muerte. Jesús fue resucitado de entre los muertos. Es una respuesta sorprendente de Dios; el reconocimiento de que la palabra definitiva no es de muerte, sino de vida; no es de fracaso, sino de victoria; no es de esclavitud sino de liberación. Esta respuesta de Dios cambia totalmente la perspectiva de la vida e invita a plantarle cara al miedo, a las tormentas y al mal, sin temor a fracasar en el intento; o, más bien sabiendo que ni siquiera el fracaso, que llegará, será definitivo.

En el relato de hoy vemos a los discípulos encerrados, muertos de miedo, esperando la oportunidad para huir sin riesgo de la ciudad y volverse a sus aldeas, donde retomarían la vida que llevaban antes de conocer a Jesús. Sin embargo, algo ocurre, algo tan poderoso como para cambiarles la mirada y la existencia definitivamente. Pasarán de encerrarse, lejos de la vista de las gentes, a salir al medio de la ciudad; del silencio temeroso a la palabra audaz; de la preocupación por su supervivencia a la confianza en que ni la persecución, ni la prisión, ni siquiera la muerte han de tener la última palabra.

Los discípulos empezaron a darse cuenta de que había algo más. De que Jesús seguía con ellos. Y ese darse cuenta –no exento de incertidumbres como vemos en Tomás- les transformará para siempre. A partir de esas primeras búsquedas comparten preguntas y respuestas entre ellos. Unos son testigos para los otros. Se comunican relatos y experiencias y se transmiten lo que han visto. No siempre reconocen a Jesús, al menos no de entrada. Lo que perciben son más bien, destellos; vislumbran su presencia, lo adivinan en el camino… y luego lo vuelven a perder.

Pareciera que nosotros seguimos siendo como aquellos discípulos, hombres y mujeres llenos de preguntas, que necesitamos reconocer en nuestras rutas los destellos del Resucitado. A menudo nos preguntamos por qué Dios no se manifiesta más claramente. Por qué, si resucitó a Jesús, no lo vemos, no lo encontramos en nuestros caminos con más nitidez. Por qué la consecuencia de la Resurrección no es un mundo más justo donde se perciba con precisión vida digna para todos y todas.

De ahí que este tiempo de Pascua es privilegiado para la búsqueda, buscar al Resucitado. Escudriñar sus huellas en nuestra historia cotidiana y, a veces, rutinaria. Esa búsqueda nadie puede hacerla por nosotros. Podemos confiar, acoger la palabra de otros testigos, fiarnos y hasta empeñar la vida en ese acto de confianza. Pero sigue siendo ineludible la actitud de búsqueda personal.

He aquí una de las claves de la Pascua. Es el tiempo del encuentro, sí, pero sobre todo es el tiempo de la búsqueda. Lo buscaremos en la Escritura, en nuestro interior, en las otras y los otros, la naturaleza, el mundo… y hasta tratando de abrirnos al mismo Dios, donde quiera que esté y como quiera que hable. En dicha búsqueda se nos puede ir la vida entera.

 

Nuestra resurrección a la Vida

Por: D. Cornelio Urtasun.

El primer día de la semana acompañamos, a primera hora de la mañana, a las buenas mujeres que corrían a completar su obra piadosa de ungir el cuerpo de Aquel a quien amaban. Con ellas oímos el alegre mensaje de aquel joven de deslumbrante belleza que nos decía: “No temáis; Aquel Jesús de Nazaret, crucificado, a quien buscáis, no está ya aquí ha resucitado” ¡Que encuentro el de aquella madrugada con el Dios de la Vida!

Al día siguiente nos sentamos a la mesa, con los corazones hechos ascuas de fuego, en compañía de aquellos dos buenos discípulos de Emaús. Aquel peregrino que nos acompañaba, que tenía un no sé qué… resultó ser Él. El mismo: el Amor de nuestros amores.

Qué impresión la de aquel Cenáculo iluminado con el resplandor de Aquel Sol de Justicia que había vuelto a salir después de la tormenta y daba de lleno en los ojos asustadizos de los discípulos allí reunidos, mientras se oía el alegre e inconfundible mensaje: “¡La paz, paz, la paz sea con vosotros. Hijos míos no temáis; soy Yo, soy Yo!

¡Qué horas, a la orilla del lago, comiendo el apetitoso yantar cariñosamente preparado por las manos de aquel divino y más que nunca humano cocinero, un día muerto, ahora resucitado!

Nada digamos del diálogo conmovedor entre flor (Magdalena) y Jardinero, en el jardín del sepulcro. Aquellas dos palabras que se dijeron: ¡María! ¡Maestro!, constituyeron un idilio tan maravilloso como sublime que ninguna lengua humana sabrá dignamente cantar.

Pero ya es hora de que volvamos a la normalidad de nuestra vida, ¿Qué habremos de hacer ahora para ser dignos de ese Dios de la Vida, para llevar una vida conveniente a gentes que viven ya zambullidos con Cristo, nuestra cabeza, en el seno del Padre?

Se impone una vida nueva, una vida de resucitados con Cristo: una Vida de una proyección cada vez más sincera de ese Jesucristo, nuestra Vida, que vive en nosotros.

¿En que nos habremos de fijar? ¿En la multiplicación de los panes, en la curación de las enfermedades, en la prodigiosa resurrección de los muertos?…

Si para vivir de la Vida de Jesucristo fuera necesario hacer cosas de ese calibre… ¡qué difícil, por no decir imposible, habría hecho el Maestro la imitación de su ejemplo, el vivir de su Vida, el andar por su camino!

No hermanos, no. No necesitamos hacer grandes cosas para seguir de cerca a nuestro Maestro. Nada de multiplicar panes, nada de resucitar muertos, nada de anunciar mensajes escalofriantes… Sed ingenuamente sencillos, como saben serlo los niños pequeños, que no saben más que de confiar, de descansar, de vivir santamente despreocupados.

Es conmovedor en extremo, y meditamos poco por desgracia en ello, que de la vida portentosa que el Señor nos quiso legar en su Evangelio, solo quiso ponerse como ejemplo, en el imitar su sencillez y su humildad: “Aprended a ser sencillos y humildes como Yo”.

Y por si esas sus palabras pudieran ofrecer alguna duda, bien se encargó de aclararlas de manera que nunca jamás pudieran ofrecer el menor género de duda: “Si no os hacéis como niños pequeños no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Qué obsesión, sobre todo en estos días de nuestra Resurrección con Cristo, qué obsesión, digo, por vivir, y más vivir, de la Vida de Jesucristo. Vivimos sanamente obsesionados con estos ideales divinos. Y a trueque de hacerlos realidad en nosotros estamos dispuestos a rompernos la cabeza. Qué se yo qué no diéramos por conseguir todo eso…

Y nos olvidamos de lo único que nos exigen y está, en todo momento, al alcance de nuestras pecadoras manos: ser sencillos como los niños pequeños y como ellos confiar, confiar, confiar…

¿Qué preocupación siente un pequeño, por más seguro que se cierna el horizonte sobre él? ¿Qué falta a ese pequeño, a pesar de su despreocupación?

Tiene unos padres que cuidan de él… ¡Ya puede!

Y nosotros tenemos un Jesucristo que cuida de nosotros… ¡Qué no podremos!

Jesús, Vida mía; enséñame a vivir esos caminos de sencillez, de confianza total, de abandono completo en Ti, que tan en derechura llevan a esas cristalinas fuentes de la Vida de la que tan sedientes vivimos, después de nuestra resurrección a la Vida.

 

Este es el Día que hizo el Señor, Día de fiesta y de gozo…

Domingo de Pascua de Resurrección

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Valencia

Hemos vivido con el Señor, de forma intensa, en esta Semana Santa, su entrega hasta la muerte por amor… “Nos amó y se entregó por nosotros”.

Pero aquí no terminaba su camino, el Espíritu lo RESUCITÓ de entre los muertos.

Él nos reservaba su gran don, RESUCITAR CON ÉL, para vivir PLENAMENTE EN ÉL. Lo veremos cara a cara, seremos semejantes a Él…

Esta realidad que vivieron los apóstoles, nos la narran con convicción y firmeza:

“Dios lo resucitó al tercer día, nosotros somos testigos… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, ES LA RAZÓN DE NUESTRA FE.

Sabemos que nuestra vida es limitada, que un día terminará aquí en la tierra, pero desde nuestro nacimiento, o más bien, desde nuestra existencia en el pensamiento de Dios, estamos destinados a vivir eternamente con Él y a vivir EN PLENITUD DE SU MISMA VIDA.

A veces, siento que nuestra confianza no es tan firme ni segura como la de los Apóstoles, aunque también a ellos les costó creer: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura…”

María Magdalena, guiada por su amor a Jesús, fue al sepulcro, donde lo habían depositado, y no lo encontró… “no sabemos dónde lo han puesto…” y quizá entonces se tambalea la fe, nuestra confianza.

María corrió a transmitir su inquietud a Pedro, que con Juan, fue al sepulcro. Vieron los signos de la muerte: lienzos, sudarios… pero  Juan VIO Y CREYÓ.

Volvamos, como María Magdalena, a buscar al Señor al jardín, donde Él dirá nuestro nombre y le reconoceremos vivo y glorioso: “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Venid a Galilea, allí el Señor aguarda, allí veréis los suyos la gloria de la Pascua”

Que la Resurrección del Señor, ilumine nuestros ojos y caldee nuestro corazón, para VERLE Y VIVIR  resucitados.

Yo me pregunto ¿los cristianos creemos verdaderamente en la resurrección? Si es así, ¿por qué tememos tanto la muerte?

Toda nuestra vida es un caminar de la mano de la vida y de la muerte, siempre vienen con nosotros las dos. A un tiempo que crecemos y maduramos, algunos aspectos de nuestra vida se van perdiendo, siempre la vida y  la muerte.

“Lucharon Vida y muerte en singular batalla y muerto el que es la VIDA, triunfante se levanta.”

Esta VIDA va penetrando nuestro ser para renovarnos cada día, hasta llegar a ser plenamente lo que Él pensó para nosotros, desde el principio.

Es importante vivir buscando “las cosas de arriba”, los aspectos que nos van haciendo más humanos, más fraternos, más creadores de vida a nuestro alrededor.

No busquemos entre los muertos al que VIVE.

Vayamos a Galilea, como TESTIGOS DE SU RESURRECCIÓN y pasemos por el mundo, como Él, haciendo el bien, creando un mundo más justo, humano y fraternal y una tierra capaz de acoger y dar vida a todos.

¡¡¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA  Y NOSOTROS RESUCITAREMOS CON ÉL!!!

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECIÓN!

Pregón Pascual 2019

Pregón Pascual 2019

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Las veinticuatro horas más extraordinarias de la historia

Jueves y Viernes Santo 2019

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

 Después de habernos preparado en el tiempo cuaresmal para revivir intensamente el MISTERIO PASCUAL, nos encontramos ya en su plena celebración. Dejémonos pues, impregnar de su sentido profundo y acompañemos a Jesús en estas sus últimas veinticuatro horas que físicamente estuvo en este mundo. Intentemos penetrar en su corazón y en sus sentimientos.

Jesús es consciente de que su camino hacia el Padre está tocando a su fin porque sabe, como verdadero profeta que es, que se ha comprometido al máximo denunciando hipocresías, anunciando el Reino y mostrando el rostro misericordioso de su Padre.  Desde esta conciencia, siente tensión interior reflejada en la expresión del evangelista Juan: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El amor de Jesús por los suyos, por los que formaron la primera comunidad, fue patente desde el primer momento en que los eligió y a lo largo de su proceso de formación en el que los fue educando con el mayor cariño. Pero llegado este momento brilla de una manera especial.

Según las palabras introductorias, parece que va a pasar algo grande, provocan expectación,

Y SÍ pasa algo importante pero humilde y sencillo: se pone a lavarles los pies. Impresionante,

Jesús con este gesto da la última lección: el amor debe expresarse en servicio continuo, de hecho, se ciñe la toalla y no se la quita  después del lavatorio. Es simbólico, sus seguidores, sus amigos, las futuras comunidades cristianas, la iglesia que nacerá de su entrega total, deben  tener incrustada esta actitud: estar humildemente al servicio. “¿Comprendéis lo que acabo de hacer?”  dirá luego, “pues así ha de ser entre vosotros”. Jesús es totalmente consecuente, por activa y por pasiva ha inculcado que quien quiera estar arriba sea el servidor de todos. Reflexión seria para esta noche.

Seguidamente viene la cena pascual con todos sus salmos y sus  ritos. Pero en ella encuentra Jesús el modo de que la alianza sea actual para siempre y en ella asegura su presencia continua entre los suyos. Al comer el pan y tomar la copa se estremece, intuye la muerte que se le avecina y hace del pan su carne y del vino su sangre. Había llegado la hora de llevar a cumplimiento lo que había anunciado al multiplicar los panes y peces. Nadie podía comprender entonces cómo podría ser posible semejante afirmación. Él encontró la manera pero para que fuera real tenía que ser envuelta de terribles sufrimientos y desemboca en la crucifixión. Sus sentimientos en esta noche debieron ser encontrados y mezclados. Por un lado, sentiría el gozo de haber llevado a cabo la misión que el Padre le había confiado, casi obsesivamente quería insistir en el amor y señalar el punto ideal del mismo: “como el Padre me ama, así os he amado YO”. Así os estoy amando, así debéis amaros los unos a los otros.  Por otro lado, sentiría el dolor inmenso de la traición, del abandono, de la negación  y no solo de las pocas horas siguientes sino de todas las traiciones, negaciones, abandonos que a lo largo de la historia sufriría su transparente mensaje.  Muy duro sentir  todo eso, por eso no es extraño que, puesto en oración, llegara a sudar  sangre.                           

Y la noche iba transcurriendo. Llegó el prendimiento, las falsas acusaciones, los falsos testimonios, el ir y venir de “Herodes a Pilato”; nadie encontraba motivos suficientes que justificaran la condena. Burlas, azotes, coronación de espinas y finalmente el más injusto juicio de la historia seguida también de una injusta sentencia. Y en medio de todo ello, el admirable silencio de Jesús, roto únicamente ante las preguntas del sumo sacerdote y el interrogatorio de Pilato. Sus respuestas son serenas, claras, provocan indignación o bien hacen reflexionar. Ante ellos, y según el relato de Juan, Jesús controla los acontecimientos y se revela dueño de sí y testigo de la VERDAD. Imposible entenderse, transmiten en distintas “ondas”. Por eso, sin entender y presionado por las autoridades judías, el procurador romano lo envía a la crucifixión.

Jesús ya en la cruz, después de tanto tormento y seguramente con fiebre alta, siente dentro de sí la pasión por el Reino y quiere dejar concluida su misión: perdona y excusa a los que lo han crucificado: efectivamente no saben lo que han hecho. Se llevará consigo al paraíso el ladrón que reconoce su culpa. Tendrá sed, quizá aún le parezca poco lo que ha pasado para conseguir que la humanidad se rinda a los planes del Padre. Mira a los que tiene al pie de la cruz y con toda ternura nos deja la Madre y la confía al discípulo amado. Ahora sí: TODO ESTÁ CONSUMADO.  Le falta solo derramar la última gota de sangre y agua. Entrega el Espíritu. Es el gran PENTECOSTÉS, el NACIMIENTO DE LA IGLESIA y de la NUEVA VIDA SACRAMENTAL.

GRACIAS INFINITAS JESÚS, POR TU VIDA, TU PASIÓN, TU MUERTE. CON  ESPERANZA ANHELAMOS TU GRAN TRIUNFO: ¡TU  VIDA RESUCITADA!.

Desde Guatemala, con su particular vivencia de esta semana, alfombradas sus calles al paso de  nazarenos y sepultados, con fervor popular al más alto nivel,

¡¡¡GOZOSA PASCUA PARA TODOS Y TODAS!!!

El sentido de la muerte redentora de Jesús

Domingo de Ramos

Por: Luis López Hernández. Sacerdote. Alicante

Jesús no ha venido a ser servido sino a servir. Esta actitud nos introduce en el corazón de la misión de Jesús.  Jesús está decidido a recorrer vicariamente, por los hombres, el camino del sufrimiento, como oferta definitiva de su misericordia. Jesús se pone en nuestro lugar, se “desinstala” del lugar divino para ocupar el lugar humano. Y también ocupa nuestro lugar en el corazón de Dios-Padre. El “Pro nobis” constituye el sentido de la existencia de Jesús y de la entrega de su vida. Su ser para los demás, su entrega permanente a los demás, su presencia, amorosa y compasiva,  refleja su actitud vicaria de ser camino de salvación para el hombre desvalido.

Y todo esto, que sucede en nuestra relación con Jesús, viene a enseñarnos que Jesús es la representación de la justicia misericordiosa del Padre, él nos representa, él nos introduce en el corazón del Padre, él nos consigue la justificación, él nos santifica. El es nuestro Camino, Verdad y Vida.

En la actualidad no resulta fácil esta comprensión, pues la idea de la representación parece contradecir la responsabilidad personal sobre las propias acciones. ¿Cómo puede actuar alguien vicariamente por nosotros, sin que se lo hayamos encomendado de forma expresa?  Alguien se pone en nuestro lugar. Pero no nos quita nuestra identidad, ni nuestra responsabilidad, sino que se hace cauce de una gracia inmerecida que Dios “quiere darnos”: en la parábola de los jornaleros contratados, Jesús termina diciendo: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Mt, 20,15. El seguimiento es la respuesta de nuestra fe.

La justicia de Dios se manifiesta en la misericordia. Aquí tienen sentido las palabras de Jesús ante la reacción de los Apóstoles: “entonces, ¿quién puede salvarse? Es imposible para los hombres, no para Dios, él lo puede todo”. Y el “todo” de Dios es que su justicia está llena de misericordia. Esto escapa a la comprensión de los hombres. Nuestra justicia tiene otra medida. No es la suya. La distancia entre la de Dios y la de los hombres es muy grande.

La semana que empieza el Domingo14, es la semana del amor entregado de Dios, hecho carne y amor, en la vida y en la muerte de Jesús. El seguimiento, que Jesús propone a los que llama y ama, es el camino que salva a la humanidad. Hoy y ahora, nosotros somos los protagonistas de vivir ese camino de salvación.

Todos necesitamos perdón

5 Cuaresma – Ciclo C 

Por: José Antonio Pagola 

Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a «proclamar la liberación de los cautivos… y a dar libertad a los oprimidos». Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.

De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a «una mujer sorprendida en adulterio». No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: «En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?».

La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?

Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.

Los acusadores solo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.

Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: «Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra». ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?

Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: «Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo».

El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más».

Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva».

 

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