“Id, os necesito”

16º Domingo TO, Ciclo B

Por: Blanca Lara Narbona. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real

Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas”: Jer 23,1-6.

“Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz. (…) Ya no sois extranjeros o advenedizos (…); sois familia de Dios”: Ef 2, 13-18.

“(…) y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos (…)  vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor”: Mc 6, 30-34.

En la lectura de la Palabra, Dios dialoga con nosotros. Es un diálogo íntimo, es un encuentro personal y amoroso, donde su Espíritu se hace presente a través de las palabras de sus testigos y a través de las palabras de Jesús. Este domingo, en ese encuentro acogedor, nos hace la propuesta de vivir en nuestro día a día, la comunión y la fraternidad, el servicio y el cuidado hacia nuestros hermanos.

Hoy, como hace dos siglos, una humanidad dividida, perdida y herida, “como oveja sin pastor”, clama dignidad y corre buscando una vida mejor y unas palabras, que sean Fuente de vida con las que llenar el vacío de su existencia.

“Sois familia de Dios”, dice el apóstol. Todos y cada uno, sin excepción, somos uno con Dios, conciudadanos de su pueblo, hijos e hijas suyos. Esta condición que nos iguala, este mismo Espíritu que nos habita, nos llama a vivir una profunda experiencia de comunión con el Padre y con los hermanos. Pero ¡qué lejos está este sueño de Dios en nuestro mundo! Con Cristo nace una humanidad nueva, pacificada y unida de hijos e hijas de Dios, y para que se desarrolle, Dios necesita pastores fieles, responsables y compasivos, sembradores de paz, justicia y esperanza. Por eso, cada día, Su voz nos llama y nos envía “Id, os necesito”. Escuchemos su llamada y dejemos que transforme nuestro corazón de piedra en corazón de carne, para que pueda ser refugio del hermano que sufre, del hermano perdido, del hermano cercano y lejano. Pues en la medida que podamos vivir y sentir que el otro es uno conmigo, mayor será nuestra compasión y más tierno y diligente nuestro servicio, nuestro cuidado.

Y es que cuando nos sentimos uno con el Padre, uno con los hermanos, el amor se expande, se derrama y nace la necesidad de salir de nosotros mismos para centrarnos, con solicitud y ternura, en ese gentío que corre y nos sale al encuentro. Nos despojamos del egoísmo y aprendemos a servir como Jesús, viviendo el servicio, no como algo puntual o extraordinario sino, como una actitud que transforma nuestro modo de ser y estar en el mundo. Entonces, nuestra manera de servir será la medida de nuestra capacidad de amar.

Por eso la visión de miles de hombres, mujeres y niños, gentío que corre en nuestros días, desposeídos de todo, sin casa, sin alimento, sin libertad, sin derechos, sin consuelo, sin esperanza, sin futuro … condenados a la soledad, a la indefensión, a la indiferencia y al abandono debe conmovernos hasta las entrañas y hacernos actuar de forma amorosa y solícita en lo que esté a nuestra mano. Debe indignarnos, hacernos levantar la voz para denunciar a una humanidad deshumanizada que califica y condena como delito ayudar a salvar vidas humanas. Seamos buenos servidores, buenos pastores, testigos fieles de la presencia de Dios allí donde estemos y haciendo lo que quiera que hagamos.

Dios hace una advertencia a los malos servidores, a los malos pastores. “Ay de los pastores (…)” dice el Señor. Ay de los pastores ciegos, cortos de mira, incapaces de percibir las necesidades de su ovejas; ay de los pastores indolentes y vagos, anclados en la comodidad de lo rutinario, que no se dejan tocar por la novedad del Espíritu y permiten que sus ovejas se dispersen y pierdan; ay de los pastores que conducen al rebaño con la autoridad del poder y no con la ternura del amor; ay de los pastores miedosos que se aferran a las normas y confinan a sus ovejas en corrales estrechos; ay de los pastores pagados de sí mismos, de los orgullosos, incapaces de reconocer el Espíritu en la boca de los sencillos y los callan y confunden; ay…

Pero tú Señor, “pastor bueno”, renuevas cada día nuestra esperanza, porque nos conduces hacia aguas tranquilas para descansar y aliviar nuestras pesadas cargas, porque tu vara y tu cayado nos sostienen en las dificultades cuando transitamos caminos tenebrosos, porque tu amor y tu bondad nos acompañan todos los días de nuestra vida.

El mensaje de Jesús produce felicidad

15º Domingo TO, Ciclo B

Por: María Jesús Moreno Beteta. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real

La primera lectura nos subraya que el auténtico sustento del profeta verdadero es la Palabra de Dios. Amós es un profeta verdadero que no puede callar la verdad de Dios, aunque no guste a quien la recibe. El verdadero profeta no busca su propio interés, ni la propia fama, ni lo políticamente correcto, ni que lo aplaudan.

El verdadero profeta es un hombre que recibe una llamada, por la que se ve comprometido con su tiempo y, por eso, denuncia y quiere cambiar los males que lo acechan. Pero no para que encajen en la visión de una determinada ideología, sino para que sus contemporáneos oigan la voluntad de Dios. Esta fidelidad a la escucha de Dios lo convierte en un hombre libre y en un místico.

En el Evangelio encontramos características parecidas en lo que Jesús pide a los que envía. Les pide, en primer lugar que no sean “instalados”. Sus únicos bienes habrían de ser sandalias y bastón, por tanto el desapego de lo material, el no buscar el beneficio que rentabilizaría su actividad, les haría incluso vivir de prestado.

También las sandalias y el bastón son símbolos del caminante, del que no se queda a disfrutar los triunfos humanos del mensaje predicado. El desapego del corazón también va incluido en este envío. Este desapego no significa insensibilidad o desabrimiento, sino que su confianza  está puesta sólo en Dios, porque sabe que no anuncia un mensaje propio. Lo acojan o rechacen.

En el modo de anunciarlo, también está parte del mensaje. Se proclama que esa libertad que encierra el mensaje de Jesús es sustentante y produce felicidad, a quien lo da y a quien lo recibe.

A quien lo da porque en su abandono y confianza en Dios le son dados su paz y su sentido. A quien lo recibe porque es  interpelado a replantearse la propia vida acogiendo o rechazando   lo que le ha sido revelado y anunciado. Esto supone apertura de corazón y búsqueda de la verdad. Ambas actitudes son requeridas para crecer y madurar en autenticidad. Requieren hacerse responsable de la propia acogida o rechazo de la Buena Nueva.

El consejo de Jesús, ante el posible rechazo, es también de una gran libertad, no les dice que tomen represalia alguna, sino que “se sacudan el polvo de sus sandalias”.  Dejadlos con lo que han elegido y marchaos sin mirar atrás, parece decir Jesús. 

Es de notar que los manda de dos en dos. Jesús conoce la necesidad del corazón humano de encontrar un apoyo en las pruebas. La verdadera amistad nos ayuda a salir de nosotros mismos y nos empuja a amar. Esto produce también el mensaje de Jesús en el ser humano, además de “curar, sanar y echar fuera los demonios”.

Si recibimos de corazón el mensaje de Jesús, nos iremos abriendo a sanar nuestras heridas de egoísmo, rencor o soberbia, a través del aceite de la humildad, el amor y el abandono. Entonces, nos daremos cuenta de que toda la negrura de nuestra vida, todos nuestros demonios, habrán sido expulsados.

 

 

Te basta mi gracia

 14º Domingo T.O. Ciclo B

Por: M. Jesús Antón. Vita et Pax. Madrid

Por qué me gustan los profetas si son personas que su vida ni es fácil, ni son admirados…  será porque es gente buscadora, inconformista, que nunca vive en paz con la situación de su entorno…

Creo que cualquier persona creyente y seguidora de Jesús hoy, ha de ser profeta. A Ezequiel Dios no le engaña “te envío a un pueblo rebelde”, ni la rebeldía ni la oposición acallan su voz.

 El profeta no asegura la conversión del pueblo, el profeta es una persona expropiada para Dios. Ezequiel es símbolo de una vida desapropiada, entregada a proclamar el mensaje de quien le envía.

No es una historia nueva la que le tocó vivir a Jesús en la sinagoga de su pueblo, el rechazo a los profetas fue una constante en el pueblo de Israel,  lo vemos bien en la primera lectura del profeta Ezequiel,

Pero Dios no se cansa ante las dificultades y sigue cada día actuando hasta que nos fiemos de Él.

En el evangelio de hoy también vemos a Jesús que se siente rechazado por sus paisanos que lo vieron crecer: ¿qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿de dónde saca esto? ¿no es el hijo de María?

” Y desconfiaban de él”.  Era solo uno más del pueblo. La realidad indiscutible  de lo que ven en Jesús: su sabiduría y sus milagros, no consiguen vencer la sospecha y la incredulidad de quienes le conocieron como sencillo carpintero que venía de una modesta familia.

El evangelio de hoy cuestiona esa actitud y nos invita a concedernos la oportunidad de crecimiento y cambio a quienes son compañeras/os de camino en la vida cotidiana cuando sospechamos o no creemos en sus avances o cuando sus vidas nos interpelan. El evangelio de hoy nos invita a revisar nuestras actitudes hacia aquellas personas con las que compartimos vida o trabajo. Pero también nos cuestiona nuestra propia relación con Jesús. Puede pasarnos como a sus paisanos, que conocemos tanto su Palabra que no nos permite renovar o transformar nuestra vida.

Y Pablo nos recuerda que la fuerza de Dios se realiza en la debilidad humana, que todas/os llevamos espinas o aguijones de los que necesitamos liberarnos y liberar para que se vea que una fuerza tan extraordinaria viene de Dios.

Entre la grandeza de la misión recibida y nuestra pequeñez “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios, no nuestra”, siempre tendremos que luchar con las espinas o aguijones y no creernos superiores a nadie. Nos basta su gracia, su poder triunfa en nuestra flaqueza.  Así ha sido y tendrá que ser el testimonio de sus profetas. Gente que provoca y cuestiona en un mundo injusto y poco fraterno.

Qué interrogantes, qué preguntas provocamos en los que nos ven.

Cuántas veces nos cuesta reconocer a personas con las que nos relacionamos en la vida cotidiana ante sus logros o avances o ante unas vidas que cuestionan y producen rechazo.

Talitha kumi, levántate

13º Domingo T.O. Ciclo B

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Seguimos con el tiempo ordinario en el que se nos van presentando los diferentes  pasos de Jesús en su vida pública de los que sabemos que “pasó haciendo el bien curando las dolencias”. El Evangelista Marcos nos sigue llevando de la mano en ese camino que Jesús siguió. Tenemos delante un tema que siempre ha planteado interrogantes y que sigue siendo de gran actualidad. Es el tema de la VIDA-MUERTE.

Es verdad que los adelantos técnico-sanitarios y biológicos que las ciencias modernas nos han traído, hacen que la vida se prolongue, que la esperanza de vida sea cada vez más alta y esto con una buena calidad de vida que se da en los países desarrollados, pero constatamos al mismo tiempo que en los que están en vías de desarrollo no se puede hablar de la misma manera, la vida es más frágil y todos los componentes no se dan con la misma fuerza.

Pero la muerte tiene su lugar importante en el desarrollo humano en el mundo. Todo lo creado, naturaleza, el ser humano son finitos. La naturaleza muere y vuelve a la vida, pero los humanos, no importa a qué edad, mueren también. Las enfermedades, los accidentes, las violencias y guerras acaban con el ser humano, a pesar de todos los adelantos que la ciencia nos va trayendo, el hombre-mujer muere en todas las edades.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una reflexión importante de cómo Jesús afronta esta realidad de la muerte. En este caso una joven de 12 años ha muerto, pero Él la devuelve a la vida: “Talitha kumi, levántate, y la niña se levantó y se la dio a sus padres”. “Dios no es un dios de muertos, sino de vivos”. Al jefe de la Sinagoga Jesús le exigió Fe y eso es lo que hoy se nos exige  también a nosotros en los momentos en que nos dirijimos al Señor pidiéndole auxilio. La fe es un elemento que no podemos obviar en nuestra relación con el Dios de la vida.

En la primera lectura el libro de la Sabiduría nos plantea el cómo es Dios de cara a este tema. “Dios no hizo la muerte ni la destrucción, todo lo hizo para que subsistiera”. Hemos sido los humanos los que hemos introducido el mal en el mundo, por lo que la responsabilidad es nuestra. Corregir los desvíos que lleva consigo el mal, las injusticias, los odios, las envidias, el ansia de poder, es un deber de toda persona humana, y un compromiso que no debemos eludir los cristianos sino comprometernos a fondo para que en el mundo haya mas igualdad,  justicia, Paz. Temas tan desviados de su verdadero sentido.

Dios ama la vida, por eso Jesús sana, devuelve a la vida y quiere que todos trabajemos y colaboremos para que haya vida y la haya en abundancia. ¿Qué significa esto en la realidad actual? Nos lleva a un compromiso por todo lo que aporta vida: la solidaridad, el compartir, el sanar las heridas, el cuidado de la naturaleza, todo ello significa VIDA.

Las injusticias, las violencias, el hambre, eso conduce a la muerte. Por tanto, qué invitación se nos ofrece en este domingo. Qué nos dice la Palabra de Dios.

En la segunda lectura contemplamos otro tema que va unido al anterior, LA GENEROSIDAD, al estilo de Jesús, “quien siendo rico se hizo pobre, para que nosotros con su pobreza nos hagamos ricos”.  Insiste sobre la igualdad, pues se trata de nivelar, no siendo necesario que nos hagamos pobres, sino iguales. ¿Cómo estamos en este tema, tanto a nivel general, como individual? ¿Cómo gestionamos los bienes que poseemos, tanto personales como colectivos? Aquí se nos plantea cuál es nuestra actitud frente a estos dilemas, por una parte vemos que las altas políticas no hacen gran cosa de cara a la nivelación, sea a nivel de países como queda dicho o en el terreno de lo individual.

El Mensaje que las Sagradas Escrituras presentan, incide siempre en lo mismo, el cristiano está llamado a trabajar, a colaborar en la creación de un mundo más humano y fraterno, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, el Evangelio y las Cartas Apostólicas. Jesús fue hombre de palabras y de obras, hablaba y presentaba su mensaje con claridad, pero sobre todo actuaba. Para Jesús el tema de la vida fue crucial, saliendo al paso de todo aquello que producía muerte a ser creador de Vida.

Hoy metidos en el siglo XXI estamos llamados con la misma fuerza a ser creadores de vida, en el hoy de cada día, podemos hacerlo desde las pequeñas cosas de la vida diaria, acompañando, compartiendo, dando una sonrisa y en tantas  oportunidades que se nos presentan, sin olvidar los grandes problemas que acechan a la humanidad, como son el hambre, las injusticias, la violencia, las guerras, lo que debemos denunciar.

Que el Dios de la vida nos ayude, y que María que supo estar cerca del hijo, que supo darle la vida, nos acompañen.

Criaturas de Dios

12º Domingo TO, ciclo B

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

Este domingo tenemos dos fiestas: por un lado el propio domingo 12 del tiempo ordinario y también la coincidencia de la festividad de la Natividad de San Juan Bautista, pero sabemos que tenemos que priorizar la liturgia del domingo. Paso a comentar las lecturas del propio domingo.

La primera lectura presenta a un Job temeroso, porque está atrapado en su sufrimiento y este miedo le impide contemplar la belleza de la creación y la bondad del Creador. Job no puede salir de su angustia y termina culpando a Dios, del mismo modo que hicieron sus amigos Elifaz, Bildad y Zofar.

El libro de Job propone una pregunta ¿Cómo salir del sufrimiento? El sufrimiento nos hace perder la identidad de quienes somos realmente:

CRIATURAS DE DIOS

Delante de Dios podemos apreciar cual es nuestro sitio en la creación.

No hay ninguna revelación que explique el sufrimiento del inocente, pero sí tenemos motivos para fiarnos del Abba.

Jesús nos enseña a luchar contra el mal que aqueja a los hijos de Dios, la humanidad. Esta es parte de nuestra misión, cuando anunciamos el Reino.

El evangelio de Mateo también describe a los discípulos viviendo una situación desesperada producida por el miedo y no comprenden la actitud de Jesús que sigue dormido a pesar del peligro. El proceder de los discípulos, como Job, es echarle la culpa a Jesús. ¿No te importa que nos hundamos?

Momento difícil. En la barca están los discípulos-pescadores que están acostumbrados a las tempestades. Ellos llenos de ansiedad, despiertan a Jesús.

Jesús se dirige al mar: ¡Silencio cállate!

Igual que en el libro de Job: ¿Quién cerró el mar con una puerta? ¡Aquí se romperá tu arrogancia!

Jesús les reprocha su falta de confianza porque El ha manifestado en muchas ocasiones que salva de la estrechez del alma y de las tempestades físicas y anímicas.

La reacción de Jesús aún es más sorprendente: en lugar de calmarlos, animarlos, los interpela: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. Podemos entender que se trata de una crisis de fe personal y comunitaria. La fe se tambalea por lo que pasa en el exterior y por la fragilidad personal. ¿Por qué nos da miedo escuchar las llamadas de Jesús?

La cobardía nos bloquea la acogida del evangelio. Este pecado nos impide acoger la Palabra con coherencia y firmeza.

Jesús nos pide saber vivir en la confianza. Nosotros debemos pedir la fuerza interior para aguantar los golpes de la vida, los vacíos, la falta de sentido, el miedo a seguirle con decisión.

Adherirnos  a la persona de Jesús nos libera de las parálisis y los miedos y ansiedades, pero atención: el hecho de estar andando fielmente en los caminos del Señor no nos librará de atravesar por las tormentas y tempestades de la vida.

El Señor siempre estará caminando con nosotros y podemos estar seguras de que Él nunca nos colocará en una situación superior a nuestras fuerzas.

Vivimos en un mundo que es hostil a la vida humana por causa del pecado, y sólo la fe en el Señor hace posible la supervivencia.

Nuestro planeta es escenario constantemente de huracanes, tempestades, sequía que, de vez en cuando, amenazan y destruyen la vida. Pero el evangelio de Jesucristo es el anuncio de la liberación de todo aquello que amenaza  la existencia humana.

Es tiempo de fe,  y urge la necesidad de trabajar por la justicia y estar cercanas de aquellos que están atrapados por el sufrimiento.

Pidamos al Padre el don de la esperanza para poder darla a quienes tenemos cerca o lejos y así puedan recuperar su identidad de criaturas de Dios.

 

Semillas del Reino

11º Domingo T. O. Ciclo B

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Ruanda

El Espíritu del Señor llena la tierra, su amor se derrama en los corazones de todas las personas, era el día de Pentecostés. Al leer las lecturas de este domingo, sobre todo el Evangelio, he pensado: ¿es que esa semilla, sembrada en nuestras vidas, no es el Espíritu que nos habita y que nos impulsa, como en un nuevo Pentecostés a anunciar por todo el mundo la Buena Nueva?

Hoy Jesús nos explica esto con dos parábolas: La semilla y el grano de mostaza.

Nos dice: El  Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… y a un grano de mostaza sembrado en la tierra.

¿Esta semilla, que echa el sembrador en nuestra tierra, no es el AMOR, la energía que mueve el Reino de Dios?

Yo creo que toda persona la lleva impresa en su ser, aunque a veces no seamos conscientes de ello, “duerme de noche y se levanta de mañana y  la semilla germina y va creciendo”… La acción de Dios está siempre presente en la vida de toda persona.

Cuando Jesús inicia su vida pública nos dice que “el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la buena noticia” (Mc. 1, 15).

Y anuncia su programa:

“El Espíritu del Señor está sobre mí… Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos… para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Este es el sueño del Señor, que toda la humanidad pueda sentirse y vivir con la dignidad de hijos de Dios.

Los cristianos, conscientes que nuestra misión es hacer presente en el mundo de hoy este programa de Jesús, tenemos que trabajar por la justicia y la dignidad de las personas, para construir un mundo más humano.

Y Jesús nos habla de un Reino que no se basa en el poder ni el dominio, que tiene su puesto a los pies de las personas, en el servicio humilde, sobre todo de los más desfavorecidos. “Todos sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza a los humildes”.

Esto que ha sido sembrado en nosotros, en toda la humanidad, tenemos la certeza que dará fruto y que será como ese gran arbusto, capaz de acoger las diferentes situaciones de tantas personas que sufren la exclusión en nuestro mundo de hoy.

Yo creo que es más propio decir que ya está dando fruto.

 Solo tenemos que mirar el mundo de hoy, que aun en medio de guerras, terrorismo, injusticias sociales, exclusión… la presencia de Dios es una realidad en la vida de tantas personas, creyentes o no, manifestada por su entrega al servicio de los demás, en gestos de cercanía a las personas que sufren y  en la lucha por un mundo más justo.

Las malas noticias no pueden impedirnos ver el amor de Dios, que se derrama en este mundo, por medio de estos testigos. “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos” (Saint Exupèry).

Quiero recordar en este comentario, casi diría hacer un homenaje, al gendarme francés, que en el atentado de Carcassone, se cambió por un rehén y dio su vida por él.

Francia, una sociedad laicista, nos habló del valor del gendarme en el cumplimiento del deber. Esto es cierto, pero no vio o no quiso ver “lo esencial”, que “no hay amor más grande que dar la vida”, esto solo se hace movidos por el AMOR, con la fuerza que el Espíritu da a todos.

En Ruanda, desde mediados de marzo a finales de mayo, el país ha sufrido lluvias torrenciales que han producido más de 200 muertos y miles de casas sepultadas en el barro o destruidas. Es admirable ver los gestos de solidaridad entre los mismos afectados, de compartir casa y lo poco que tienen, con quien todavía tiene menos.

Estas parábolas de Jesús nos invitan a la esperanza. Somos la tierra donde ha sido sembrada la semilla de su Palabra y de su Eucaristía. Sabemos que Dios actúa, incluso mientras dormimos, para que nuestra vida sea testimonio del amor de Dios, que nos habita.

Cuidemos nuestra tierra, pongamos en el centro de nuestra vida a Cristo, que tiene rostro de marginado, emigrante, sin techo, enfermo…

Quitemos las malas hierbas del egoísmo e individualismo, que nos impiden ver el sufrimiento y precariedad del otro y nos dejan indiferentes.

Fomentemos la actitud de servicio en nuestra familia, en el trabajo, en nuestras relaciones.

Dejémonos comer, seamos Eucaristía, para que los demás tengan vida.

Llevemos a todas las personas la felicidad del Evangelio.

La familia humana

Por: Mª Carmen Nieto León. Grupo Mujeres y Teología de Ciudad Real.

En la primera lectura se nos describe cómo Adán y Eva comen del fruto prohibido y cómo Adán acusa a Eva de ser la responsable de ese hecho. Él, que no tiene voluntad, se la come porque ella se la da. Así de fácil. Él pudo decir pero no dijo: “¡sí dame un bocado, que tiene buena pinta y tiene que estar muy rica!”. Simplemente la comió porque Eva se lo dijo…. Bueno pues aquí radica una de las principales culpas con la que hemos tenido que cargar las mujeres durante siglos dentro de la Iglesia. En definitiva a mí lo que me gustaría es que con este texto reflexionáramos sobre la capacidad de libertad que Dios nos ha mostrado siempre, desde la creación. Hombre y mujer nos creó y nos dejó libres para tomar nuestras propias decisiones, aunque a veces, esas decisiones no sean las acertadas.

En la segunda lectura San Pablo nos habla de cómo Dios nos resucitará y habla de cómo lo esencial es invisible a los ojos, que diría Antoine De Saint-Exupéry en el Principito. Nos habla de que nos dará una casa eterna en el cielo, porque lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno y eso es lo que tiene valor, un valor incalculable, eso es lo que tiene sentido en la vida, en nuestro interior, por eso hay que cultivarlo y cuidarlo para que germine, crezca y dé vida en abundancia. En el interior está lo sagrado, lo profundo, lo auténtico.

Ya en el evangelio, una vez más, tenemos muestra de que Jesús es un incomprendido. Justo creen que hace lo contrario de lo que está haciendo, pero él explica muy bien el sentido de todos sus actos. No se puede ir contra uno mismo. Dios ama a la familia humana y esa es la familia que hemos de defender todos, independientemente de la situación de la misma.

La familia humana hoy está sufriendo, sufren los refugiados, obligados a salir de sus casas y a sufrir la incomprensión de los países a los que llegan. Sufren las mujeres víctimas de la trata, que se ven sometidas y esclavizadas a través de sus cuerpos profanados. Sufren las personas que tienen que salir de sus casas por no tener dinero para pagar las hipotecas. Sufren las personas que llevan largos años en las colas del paro y echando cientos de currículos a los que nunca encuentran respuesta. Sufren los trabajadores que se pasan el día trabajando y con su salario apenas tienen para sobrevivir. Sufren los pensionistas que con sus ingresos no llegan a fin de mes. Sufren las personas sin hogar que deambulan de una ciudad a otra en busca de una motivación o una oportunidad para cambiar su vida. Sufren los jóvenes que ven su futuro tan incierto. Sufren….

Hay mucho sufrimiento en la familia humana, sí, pero tenemos una promesa de salvación, tenemos un anuncio del Reino de Dios, si todas las personas viéramos en el otro al hermano, a la hermana qué distinto sería el mundo, cuánto sufrimiento nos ahorraríamos… ese es el reto; convertirnos en la familia humana que quiere Dios. Hagámoslo posible, porque es posible.

Sin la Eucaristía no sabemos vivir

Festividad del Corpus Christi  

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

Junto con el Jueves Santo, hoy la Iglesia pone de relieve la importancia de la última Cena de Jesús para cada uno de los que lo confesamos como el Señor y Salvador de nuestra vida.

La Eucaristía contiene un doble dinamismo cada vez que es celebrada. Por una parte es el camino de Dios a los hombres; y, por otra, es el camino de los creyentes a la vida que nos toca vivir situándonos evangélicamente. Bien lo expresó San Irineo diciendo: Tomad aquello que sois: Cuerpo de Cristo; sed aquello que tomáis: Cuerpo de Cristo.

Eucaristía como camino de Dios a los hombres y mujeres que la celebran. Es el primer camino. Es experiencia gozosa de Dios que se nos da de forma gratuita, y sin pedir nada a cambio. A través de la Palabra proclamada, escuchada y acogida. Y del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús que es alimento que nos nutre. En cada Eucaristía, con el gesto profético del lavatorio de los pies, podemos disponernos a tener la experiencia de Dios a nuestro servicio, curando, aliviando, sosteniendo, animando. Cuando celebraba la Eucaristía en la cárcel los presos me enseñaron que no se debe comulgar si no se tiene la necesidad de ser salvados por Jesucristo. Nos ponemos a la cola de los imperfectos, pecadores, etc. Y recibimos al mismo Dios, sabiendo que no somos dignos. Pero quiere entrar hasta el fondo de nuestra mediocridad y vulnerabilidad para salvarla. Siguiendo a San Irineo, somos lo que tomamos: Cuerpo de Cristo. Es decir, en cada Eucaristía el movimiento de Dios a nosotros nos cristifica. Porque cada Eucaristía es el abrazo de Dios a cada uno de nosotros y nosotras. Y los abrazos nos cambian por dentro.

Sin el anterior camino no se puede dar el segundo. Este segundo camino es el dinamismo a ser lo que tomamos: Cuerpo de Cristo. Es decir, es el dinamismo que brota de la experiencia agradecida de que Dios sea como se nos ha revelado en Jesucristo, con especial densidad en la entrega de la Cena. Esta experiencia nos lanza a situarnos evangélicamente en la vida, desde la entrega y desde el servicio. Con mirada limpia y no posesiva. Con vida que quiere partirse y repartirse. Sin ideologías ni voluntarismos que nos cansan a medio plazo. Sino desde la gracia recibida. Porque toda entrega tiene que ser discernida, y jamás debemos adelantarnos a lo que el Espíritu va haciendo en nosotros.

Vivida así cada Eucaristía, el precepto dominical se nos queda corto e insuficiente. Ojalá y que nosotros también podamos afirmar: sin la Eucaristía no sabemos vivir. Feliz día del Corpus.

 

Trinidad ¿construcción mental innecesaria?

Fiesta de la Trinidad

Por: Teodoro Nieto. Burgos

Jesús, en la cena de despedida, que nos relata Juan en los capítulos 13-17 de su evangelio, menciona con frecuencia al Padre y al Espíritu. Cuando leemos este relato, lo hacemos, aunque sea inconscientemente, a través del filtro de la doctrina teológica sobre la Trinidad, que se elaboró a partir del siglo IV. Proyectamos así en el Evangelio una elaboración filosófico-teológica griega muy posterior. ¿Seremos capaces de imaginar a Jesús, que recitaría tantas veces aquel “Escucha Israel, el Señor es uno” (Dt 6, 1), proclamando el Misterio de la Trinidad?

La teología trinitaria ¿no fue producto de una mente que, por su misma naturaleza, separa y fragmenta la Realidad? Nuestra mente, por muy necesaria y valiosa que sea en nuestra vida, no puede hacer otra cosa que separar al Padre, al Hijo y al Espíritu, haciéndonos pensar que podemos dirigirnos a ellos como si fueran tres Dioses. Y no es de extrañar que nuestra mente se pregunte: ¿No es la Trinidad una construcción mental innecesaria? De ahí que el célebre filósofo alemán Immanuel Kant se expresara en estos términos: “Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil”. Pero ¿es así en realidad?

Ya en la Edad Media, teólogos y místicos distinguían un triple ojo para ve la Realidad: El ojo físico, el ojo de la mente y el ojo de la contemplación. Sólo este tercero puede apenas atisbar la profundidad insondable del Misterio de Dios Uno y Trino, que al mismo Pablo de Tarso le hizo exclamar: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios. Nadie puede explicar sus decisiones ni comprender sus caminos” (Rom 11, 33).

Por muy misteriosa que sea para los hombres y mujeres creyentes la Trinidad, parece que lo más procedente no es teorizar, sino que es mucho más liberador preguntarnos hoy qué significa en nuestra vida esta Verdad, que puede ayudanos a cambiar, no solo nuestra idea de Dios, sino nuestra misma vida.

Profesar nuestra fe en la Trinidad es creer que Dios no es un Ser separado de nosotros, lejano, o indiferente y cerrado a todo lo que puede afectarnos en la vida. Un Dios así no sería más que un ídolo fabricado por nuestra mente. Ante todo y sobre todo, Dios es MISTERIO. Y, como lo sugiere la misma etimología de esta palabra, ante el Misterio lo único que cabe es cerrar los labios, guardar silencio, adorarlo y descansar en él, “como un niño en brazos de su madre” (Sal 131, 2).

El lenguaje humano apenas puede balbucear en su intento por expresar la naturaleza misteriosa de Dios-Trinidad. Decimos, pero otra cosa muy diferente es experimentarlo, que Dios es un Misterio de comunión, de relación, de amor, de solidaridad. No es un Misterio separado de nosotros. Es el Misterio que nos habita, que nos envuelve. Es el Misterio de la unidad que abraza todas las diferencias. Es el Misterio que lo une todo y que une a todos los seres. Es, por recurrir a alguna analogía, como el océano sin orillas con infinidad de olas multiformes, sin dejar por eso de ser todas ellas agua del mismo océano.

El Dios Uno y Trino es relacional. Y esta relacionalidad misteriosa se manifiesta en el universo, que es una trama inmensa de relaciones. Diarmuid O´Murchu, en su libro “Teología Cuántica: Implicaciones espirituales de la nueva física”, afirma que “la vida en nuestro universo no se desarrolla a partir del aislamiento, sino desde la capacidad para relacionarse. Aun antes de nacer, ya estamos fijados en una red de relaciones, que permanece como el contexto primario de nuestras vidas hasta el día en que morimos (y después de la muerte también). En un mundo diseñado para la relacionalidad, dependemos de nuestras relaciones humanas para la supervivencia.”

Si nada hay fuera de las relaciones, el Misterio del Dios Trinitario nos lanza el desafío de empeñarnos por todos los medios en fomentar la cooperación, la colaboración, la solidaridad, la comunión y la fraternidad cósmica y planetaria. Importantísimo y digno ciertamente es el individuo, pero no lo sería en plenitud si no se mantuviera siempe atento a contribuir al bien común, como lo expresa el proverbio africano bantú: yo soy porque nosotros somos.

El Misterio de la Trinidad nos urge hoy y siempre a fomentar en nuestra vida cotidiana la colaboración entre hombres y mujeres en todos los campos: comenzando por nuestro hogar, por nuestras relaciones interpersonales, por nuestras comunidades, a nivel socio-político, económico y religioso, sin dejarnos dominar por la competitividad que nos carcome, pudiendo incluso conducirnos al estrés y a la depresión. Somos diferentes sí, pero no degajados unos de otros. Y no tienen por qué separarnos nuestras legítimas diferencias. Se podrá objetar que esto es muy fácil decirlo. Pero no es imposible si vamos creciendo en consciencia y mutuamente nos ayudamos a “despertar” a un nuevo modo de ver y de vivir que nos permitan crear una relación más humana, cálida, respetuosa y misericordiosa con nosotros mismos; con todos los seres; con nuestro planeta y con el medio ambiente. En una palabra, con el Misterio que nos constituye y capacita para que todos y todas podamos contribuir con todas nuestras fuerzas a hacer realidad la gran familia humana y cósmica, a imagen de la Trinidad.

Este fue y sigue siendo el proyecto más acariciado de Jesús de Nazaret, por el que dirigió su oración más sentida al Padre: “Que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo. Y que también vivan unidos a nosotros para que el mundo crea…” (Jn 17, 21).

Riega la tierra en sequía

Pentecostés

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

La tierra de nuestro mundo está seca, a veces, incluso la nuestra propia, por eso, como “agua de mayo” esperamos la fina lluvia del Espíritu. Un mundo seco pero muy amado porque lo amó Jesús y por él dio su vida. Y nosotras, movidas por su mismo Espíritu, también lo amamos a pesar de sus contradicciones y deseamos ofrecerle una respuesta creyente y esperanzada en nuestro “aquí y ahora”.

El Espíritu Santo es “la fuente de la vida”. Su don es la expresión más firme del sí a la vida por parte de Dios. Es alentador de vida, sana el corazón enfermo, cura las heridas que paralizan la existencia y con su riego hace brotar las motivaciones para vivir. El agua limpia y cristalina del Espíritu nos ayuda a enderezarnos como aquella mujer encorvada que nos narra Lucas. Y es un don del Espíritu poder acompañar a otras personas encorvadas hasta redescubrir “por qué erguirse con dignidad”.

El agua viva del Espíritu nos empuja a construir un nuevo mundo de relaciones más justas y solidarias, más integradoras, más humanas, como alternativa a esta tierra seca de justicia e igualdad, donde los derechos humanos se violan descaradamente y las personas padecen con frecuencia un trato de dominio, explotación y violencia. El Espíritu nos guía, cuando estamos un poco perdidas, a formar vínculos humanizadores que permitan un crecimiento personal y social.

Es el Espíritu quien nos empuja a ser más creativas, a desarrollar caminos nuevos de cooperación y solidaridad, a generar espacios donde nos relacionemos en proximidad, en capacidad de hacer consensos porque nuestra cercanía está fundada en el rocío del Espíritu que es amor. Es el Espíritu quien nos da fortaleza, es decir, la confianza y la osadía de mirar más allá de nuestras propias limitaciones.

El Espíritu nos proporciona la sensibilidad oportuna para escuchar y consejo y fortaleza para acompañar a las personas que sufren en el camino. No nos permite pasar de largo de quien solicita nuestra ayuda, y esto sin acepción de personas… El Espíritu grita en nuestro interior con la pregunta de Dios a Caín “Qué has hecho de tu hermano, de tu hermana” (Gen 4,9-10). Escuchar el clamor del que sufre, es señal de que “el Espíritu del Señor está sobre mí…” (Lc 4,18-19). Este mismo Espíritu nos regala sus dones para convertirnos en “compañeras y compañeros de camino”.

El sirimiri del Espíritu está siempre alentando lo nuevo, lo inédito: el camino interior, el progreso de la historia, el avance de la creación entera… El Espíritu tiene la iniciativa, está siempre activo, buscándonos, entregándonos su ser entero. Su misión es recuperarnos para la vida y una vida abundante, por eso, pone a nuestra disposición el coraje y la terquedad necesaria con el fin de superar nuestros miedos.

Vivir habitadas por el Espíritu es un don que se nos regala y al mismo tiempo una tarea que requiere responsabilizarnos; ser conscientes de nuestros propios límites y, a la vez, de las posibilidades infinitas con las que fuimos creadas y que duermen en nuestro interior esperando ser despertadas. El Espíritu hace de despertador y nos invita a su escucha porque clama en nosotras con gemidos inefables (Rm 8). Escuchar el “susurro” del Espíritu es una actitud que anima nuestro corazón y nuestro compromiso.

Preparemos nuestra tierra para que fluya el agua del Espíritu. Recibir y acoger al Espíritu requiere unas condiciones que no son muy distintas de las que nos describe la parábola del sembrador para acoger la Palabra. Limpiemos nuestra tierra, a veces, llena de piedras, zarzas, maleza… La semilla y el agua fecunda del Espíritu no nos van a faltar, pero estemos atentas de no beber de cisternas agrietadas y contaminadas.

La acogida del Espíritu requiere siempre lo mejor de nosotras mismas y en su mejor momento.

 

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