Somos el tú de ese YO

19º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

El texto evangélico de este domingo está situado inmediatamente después del pasaje en el cual Jesús se hace cargo de la necesidad de una multitud, pero a su vez exige a los discípulos que se responsabilicen de esta necesidad: DADLES VOSOTROS DE COMER. Imperativo que sigue teniendo vigencia hoy y continúa siendo tarea de los creyentes: atender al hambriento.

Dice el texto que una vez saciada la gente, Jesús la despide, manda a los discípulos a su tarea y El siente la necesidad de subir al monte para orar en soledad. Aquí se pone de manifiesto la intimidad de Jesús y el Padre.

El texto nos describe una escena única: Jesús se presenta a los discípulos provocando miedo, les asusta. Personalmente me pregunto por qué Jesús llega hasta sus discípulos  de esta forma tan imprevisible. José Luis Sicre nos clarifica el sentido profundo que tiene este párrafo del evangelio: ANTICIPAR LA GLORIA DE JESUS, ANTICIPAR SU RESURRECCIÓN:

“Este relato tal como lo cuenta Mateo ofrece tres datos curiosos:

  • El cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas
  • Los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma
  • Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad”

Una vez más Jesús nos dice: ÁNIMO, NO TENGAIS MIEDO. Es el “no temáis” tantas veces repetido en el evangelio. No tener miedo, la confianza total y definitiva es la actitud característica del creyente.

Si hemos escuchado en nuestro corazón SOY YO, podemos saber que cada uno de nosotros somos el TU DE ESE YO  y por lo tanto hay un vínculo indestructible debido a la intimidad personal. Una comunicación profunda e íntima que va afianzando el conocimiento.

La relación Jesús-Pedro es especial, su decisión de ir hacia Jesús lo sitúa por encima de los demás. Pedro tiene miedo y grita SEÑOR, SALVAME. Así pone de manifiesto que la salvación está en Jesús, pero Jesús le recrimina su falta de fe, pero aún así le tiende su mano salvadora.

Este hecho tan extraordinario lleva a los discípulos a confesar: REALMENTE ERES EL HIJO DE DIOS. Podemos aplicar este hecho a nuestra vida y preguntarnos ¿cuál es la cualidad de nuestra fe?

En nuestra vida hay circunstancia que nos producen desestabilización: enfermedad, muerte, fraudes, engaños… tantas situaciones con las que no contamos y que se nos presentan inesperadas. Y nuestra actitud en la respuesta depende de la confianza y la fe que tengamos en Jesús que nos ha dicho NO TEMAS, ESTOY CONTIGO.

Y sabemos y sentimos que Jesús nos da su mano a través de los hermanos que nos quieren y en ellos le vemos a EL. Y también es esta nuestra misión: eliminar los temores de nuestros hermanos, ofrecer nuestra mano que puede y debe ser salvadora.

Desde abajo y sirviendo

La Asunción de Nuestra Señora

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza.    

La Solemnidad de hoy nos remite a subir hacia lo alto. El  dogma de la Asunción (1950) define la plenitud de María en la totalidad de su persona, subiendo en cuerpo y alma al cielo. En el fondo estamos celebrando, como siempre, el triunfo de Cristo sobre la muerte. Y María, como madre de Jesús, es la primera en gozar de esta plenitud y nos alegramos con ella y nos alegramos por nosotros que tenemos la esperanza de un día llegar a vivir para siempre en esta plenitud.

Pero mientras que llegue el día de pasar a la casa del Padre estamos en este mundo. Y creer en la resurrección de los muertos es algo mucho mayor que afirmar la continuidad de la vida tras la muerte, porque tiene consecuencias en nuestra manera de situarnos en la vida. Parafraseando el conocido refrán podríamos decir: “dime en qué Dios crees y te diré cómo te sitúas en la vida”, y viceversa.

El Dios de María queda dibujado en su canto del Magnificat ante su prima Isabel. Es un Dios grande, que mira lo pequeño frente a lo grandioso y lo que brilla, que si nos abrimos a Él hace grandes cosas con nosotros y, frente a las esterilidades que amenazan nuestra existencia, Él la hace fecunda. El Papa Francisco nos ha insistido que nuestro Dios tiene entrañas de misericordia.Esto no es nada nuevo, ya lo cantó también María en el diálogo con Isabel.

Tampoco es un Dios imparcial. Porque la misericordia no puede serlo. La misericordia derriba y levanta. Y por eso María nos dice que su Dios, que es el nuestro, está de parte de los pobres y sencillos para levantarlos y colmarlos de bienes; mientras que a los poderosos los derriba de su trono y no es amigo de los soberbios que siempre acaban situándose por encima de los demás y  quitándoles su dignidad.

Creo que ahora se puede entender mejor que si creemos en el Dios cantado por María, nos tenemos que situar en la vida como criaturas agraciadas y queridas por el Dios de la vida, que nos hace situarnos desde abajo y sirviendo. Esto es anticipar la resurrección que nos espera, de la que goza María desde su Asunción. Vivir así, tejiendo fraternidad es adelantar vivir en la plenitud de la casa del Padre. Aunque haya gente que diga que como en la casa de uno no se vive en ninguna.

Ojalá y que, en alguna manera, también se pueda decir de nosotros: “dichoso tú que has creído”, porque tejes fraternidad y sororidad, situándote en tu manera de vivir desde abajo y sirviendo porque vives agradecidamente tu existencia desde el Dios bueno al que imploras y con el que caminas.

Nada de lo humano le es ajeno

18º Domingo T.O.

La Transfiguración de Jesús

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

El relato de la Transfiguración de Jesús, transmitido por Mateo, Marcos y Lucas, parece estar calcado en el capítulo 24 del Libro del Éxodo. En él se narra que Moisés subió al monte Sinaí con tres compañeros: Aarón, Nadab y Abihú, a los que cubre una nube, desde la que les habla el Dios de Israel. En la Biblia, la montaña es el lugar donde se manifiesta la Divinidad. Y es probable que, antes de situar a Dios en en el cielo, las religiones más antiguas ubicaran a Dios en las altas cumbres. Por eso, según el Salmo 121, la persona creyente levantaba sus ojos a los montes en busca de auxilio.

Esta referencia al Libro del Exodo nos hace pensar que los evangelistas estaban interesados en presentar a Jesús como un “nuevo Moisés”, “hijo predilecto del Padre. Y a él lo acompañan Pedro, Santiago y Juan y, más de cerca, Moisés y Elías, es decir, “la Ley y los Profetas”, síntesis de las Sagradas Escrituras de los judíos.

Estamos ya acostumbrados a leer o escuchar el relato de la transfiguración de Jesús. Y, por más que demos rienda suelta a nuestra imaginación, en realidad no sabemos qué fue lo que ocurrió exactamente, porque se trata de una experiencia que trasciende lo cotidiano, quedando frustrada una vez más nuestra curiosidad. Ni Mateo, ni Marcos ni Lucas fueron exactos cronistas de lo ocurrido. Pero sí podríamos, tal vez, preguntarnos qué hacía de Jesús un hombre transfigurado y en qué se lo notaban sus contemporáneos.

Leyendo con una mirada atenta el Evangelio, lo que hacía aparecer a Jesús como un hombre transfigurado era su humanidad, como dice el texto original griego de la carta de Pablo a Tito 3, 4, su filantropía, es decir, su pasión por todo lo más profundamente humano que hay en todos los seres de carne y hueso. Y la filantropía de Jesús es su capacidad para sentir con las personas más vulnerables y marginadas; su prontitud para curar sus heridas; su libertad interior ante las exigencias de normas y leyes cuando no respetan la dignidad inviolable del ser humano; su vivencia del Misterio al que él invocaba y experimentaba como Abba, Padre amoroso.

Ante todo y sobre todo, Jesús aparecía como un ser transfigurado porque fue profundamente humano. Y en todo lo auténticamente humano, lejos de estar reñido con lo divino, se transparenta, se refleja lo divino. Cuanto más humanos seamos, tanto más divinos seremos. Hombres, mujeres y niños, enfermos y pecadores pudieron palpar en Jesús de Nazaret tanta humanidad que, como dice Leonardo Boff, “un ser tan humano, tan humano como Jesús, solo puede ser divino”, expresión que, contando con toda la fragilidad de nuestro lenguaje, puede tal vez ayudarnos a vislumbrar en alguna medida algo de la hondura del inefable Misterio de la Encarnación: Un Dios que se hace humano y que, al humanizarse, hace de nosotros unos seres divinos.

A la luz de esta reflexión, quedan muy lejos seculares y persistentes dualismos que han contribuido y siguen contribuyendo a romper la unidad con el Misterio que nos constituye. Porque una comprensión dualista de ese Misterio humano-divino, nos divide y fragmenta. El dualismo opone el cielo a la tierra, como si el cielo fuera trasunto de perfección y de pureza y la tierra sucia y despreciable. Separa la vida de la muerte y la vida terrena de la etena. Entender lo humano a partir del dos ha significado para muchas personas experimentar con gran dolor un desgarro en el tejido de su ser más íntimo.

Contra ese craso dualismo elevan su protesta no solo nuestro ser más profundo, sino los místicos y místicas de todos los tiempos y tradiciones religiosas, que con diferentes metáforas nos ayudan a tomar conciencia de que nos habita y penetra el Misterio que nos unifica. Y lo denuncia también la nueva Cosmología, que concibe el mundo como un todo sin costuras, como un nudo complejísimo de relaciones entre todos los seres, en todas direcciones y formas. Todo implica todo. Nada existe fuera del ámbito relacional. Por eso no es de extrañar que especialistas en el campo de la nueva Física hablen de una “conspiración benigna” entre todos los seres. Porque en realidad, es imposible separar la ola del océano o disociar la luz de su brillo.

Jesús de Nazaret vivió el Misterio y lo expresó así: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10. 30). Si nos miramos en el espejo de Jesús, si “santificador y santificados procedemos de uno mismo”, si somos hermanos que “tenemos en común la carne y la sangre”, como leemos en el escrito a los Hebreos (2, 11.14) ¿no podemos experimentar y decir nosotros lo mismo?

En nuestro lenguaje dual y limitado “Dios” y “hombre” son los dos polos de la misma y única Realidad. Por consiguiente, para Jesús, todo lo humano es divino, y todo lo divino es humano. ¿No puede ser ésta otra forma de entender la transfiguración de Jesús…y la nuestra?

 

La perla de gran valor

17º Domingo T.O. Ciclo A

 Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

La segunda parábola del evangelio de hoy nos habla de un “comerciante”. Dicen los estudiosos que, este término connota la idea de una especie de mayorista y, quizá, de un mayorista que vende a través de intermediarios artículos cuyos precios los clientes pueden permitirse. Mientras que en la primera parábola el hombre que fortuitamente encuentra un tesoro en el campo podría ser cualquier persona con suerte, en la segunda, el “comerciante” no es solo “cualquiera”, tiene una profesión y la ejerce.

La parábola no compara el Reino de los Cielos con la perla, sino con el comerciante que, buscando perlas finas, vende cuanto tiene por una fabulosa. A lo largo de los acontecimientos, el comerciante cambia su idea, su profesión y su vida. Buscaba perlas finas pero abandona su búsqueda no cuando tiene suficiente número, sino cuando encuentra solamente una y, en ese momento, liquida sus pertenencias, vende “todo lo que tiene” y la compra.

El Reino no es la perla, y tampoco es el comerciante. El Reino es lo que viene después de “se parece a”. El Reino se parece a un comerciante que busca perlas y que, tras encontrar lo que no esperaba –lo mejor de lo mejor-, hace todo lo posible para obtenerla. Reducir el Reino de los Cielos a una cosa, perla o comerciante, es un acto de mercantilización. El mercader ha encontrado lo que quería y al hacerlo, ha redefinido tanto sus valores del pasado como sus planes de futuro; la “importancia del cambio de vida” es primordial: ya no es el que era.

Según los criterios sociales y económicos de la Galilea del siglo I como los nuestros en el siglo XXI, el comerciante ha actuado de manera insensata. Sin embargo, establece unos patrones alternativos no determinados por la sociedad y el rendimiento. Es capaz de reconocer lo que para él tiene un valor verdadero y hace lo que tiene que hacer para obtenerlo. La perla que adquiere no es simplemente la mejor de muchas, la única entre muchas. Es cualitativamente diferente, singular, modélica; rebasa el concepto de “perla” y remite a algo nuevo, a algo hasta entonces no visto ni conocido.

Nuestro antiguo comerciante nos suscita cuestiones sobre nuestras capacidades de adquisición. Estamos buscando continuamente ya sean perlas finas, un nuevo trabajo, otro título, una plenitud espiritual… Pero cada vez que encontramos nuestro objetivo, resulta que es efímero. Volamos de deseo en deseo, nunca totalmente satisfechos. Pero conocer la propia perla conduce a eliminar otras necesidades y deseos. ¿Conocemos lo que realmente queremos cuando lo vemos? ¿Qué es lo que tiene un valor definitivo en mi vida? El comerciante se ha salido del ámbito de querer y querer más. No solo puede romperse el círculo, se puede salir de él completamente.

En segundo lugar ¿Estamos dispuestas a parecernos a este ex­-comerciante e ir “a por todas”? ¿Estamos dispuestas a apartarnos de todo lo que tenemos para obtener lo mejor? Y, por último, la parábola, es decir, Jesús, además de desafiarnos para que identifiquemos nuestra propia perla, nos pregunta si sabemos cuál es la preocupación última de nuestros prójimos, es decir, cuáles son sus perlas.

 

 

 

 

¡Ojalá Dios nos conceda esa sensatez!

16º Domingo TO. Ciclo A

Por: María Jesús Moreno Beteta.  Mujeres y Teología de Ciudad Real

“¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?”. Pero Él les dijo: “No, porque al arrancar la cizaña podéis arrancar también el trigo.”

Siempre que leo este Evangelio me vienen a la memoria las palabras de aquella visión deformante, infantil y simplista de un Dios-compendio de una determinada moral, que aún  resuena en muchas cabezas, y que se resumen en “Dios premia a los buenos y castiga a los malos.” Es fácil dividir el mundo entre buenos y malos y pueril querer situarnos entre los primeros.

 En nosotros mismos habita el trigo y la cizaña aunque no queramos verlo. Evitamos darnos cuenta de nuestro feroz individualismo, de nuestra prepotencia, de nuestra exigencia en relación  a los demás, de nuestra indiferencia o desconfianza hacia Dios…

Queremos mantener, también ante nosotros mismos, nuestra imagen social, para así sentirnos con derecho a juzgar si otros son cizaña, y después excluirlos de “los buenos.” Como si Dios no fuera el de “Yo tampoco te condeno…”

 Además, en medio de este mundo saturado de información, también  podemos llegar a confundirnos tanto que no distingamos el mal que hay a nuestro alrededor, y consideremos normal la exclusión y la injusticia que sufren tantas personas iguales a nosotros. Entonces también somos cizaña, cuando excluimos, ignoramos, codiciamos y sólo nos vemos a nosotros mismos como el único criterio de excelencia moral.

Pero Dios Padre-Madre, que se ha dado por cada uno de nosotros, independientemente de los méritos de cada cual, es Dios de respeto, cuidado y libertad. Es Quien sabe, mejor que nosotros, de nuestras heridas, de nuestro dolor escondido, de nuestros miedos e incertidumbres. Por eso nos ha dicho “No juzguéis…”

El Creador y Dador de vida sabe también de convertir males en bienes cuando nos dejamos guiar por el Espíritu. La flaqueza humana es nuestra naturaleza y a través de ella nos vamos convirtiendo en lo que elegimos ser hasta el último momento de nuestra vida. Por eso, hasta ese último momento hay una oferta de Dios a acogerle y acoger al diferente. Los diferentes, sean por religión, cultura, sexualidad, etnia, grupo social, por heterodoxia, por falta de salud… muestran otros rostros de la Vida en quienes Dios habita. En ellos Dios nos llama a “salir de nuestra tierra”, ahora se diría “de nuestra zona de confort”, para avistar otros horizontes, que en ellos quiere mostrarnos, para derribar los muros de nuestra autosuficiencia.

Además, el considerar nuestras limitaciones y carencias, nuestros fallos y aristas sólo puede llevarnos a comprender la misma naturaleza e indigencia en el hermano. La aceptación del otro tal como es, sin juzgar o condenar, ni creerse superior es criterio de sabiduría humana y de amistad con Dios.  ¡Ojalá Dios nos conceda esa sensatez!

Sobre la esperanza y nuestro compromiso con la vida y el sueño de Dios

15º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Blanca Lara. Mujeres y Teología. Ciudad Real

“La creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios (…) la creación vive en la esperanza de ser también ella liberada de la servidumbre, de la corrupción”. Rom 8, 19,21

“Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo” Is 55, 11

“Un sembrador salió a sembrar (…) Los que oyen el mensaje y lo entienden dan una buena cosecha” Mt 13, 1, 23

De espera y esperanza, de propósito y proyecto hablan las lecturas de hoy.  La creación espera que seamos los hijos de Dios que aún no somos, porque, aunque Dios nos regala la dignidad de ser hijos suyos, nosotros nos negamos a asumir ese derecho por las responsabilidades que esa dignidad conlleva. El sembrador espera en la fecundidad de su siembra y Dios espera que su palabra (semilla) se encarne en nosotros y su sueño del Reino se cumpla.

Así, el sembrador afanado, “en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” como dice el Papa Francisco, invierte tiempo y esfuerzo en preparar la tierra y esparcir la semilla mientras sueña con la cosecha que podrá recoger. Su trabajo se vuelve esperanzado, con sentido. su esfuerzo tiene un propósito y lo vive con la alegría y la incertidumbre de lo porvenir, porque sabe que la esperanza, aunque no es certeza, sí es un hálito que da sentido a lo que hace, que alienta sus ganas y aligera su esfuerzo.

Pero la semilla, la palabra, con una potencialidad impredecible, no siempre fructifica. Porque a veces, nuestro corazón se resiste a ser tocado por el espíritu y negamos a Dios en nuestra vida. Otras, acogemos la palabra sin dejarnos permear por ella y nos conformamos con ser espectadores pasivos, agarrados a lo superficial del mensaje, autoengañados, cumpliendo leyes y realizando ritos sin comprometernos en la realización de la justicia del Reino. Otras veces, la palabra nos toca realmente pero el miedo llena de dudas nuestro corazón y lo hace vacilar ¿y si me pide demasiado? ¿y si complica mi vida? ¿y si no estoy preparado? ¿y si…?

Y, finalmente, cómo no reconocerme en el corazón distraído por las cosas del mundo, por los ruidos del mundo. ¿Qué difícil encontrar un rato de silencio para dejar que nos llegue su voz, para que su espíritu nos habite y “señoree” nuestra vida? ¿Qué difícil encarnar su palabra y ser testigo, servidor fiel y amoroso que se entrega a la labor de aliviar los dolores del mundo?

 La esperanza es acción, se realiza. Espero, esperemos que la palabra “sea en mí”, “sea en nosotras-os” y pueda, podamos dar buena cosecha y decir como Santa Teresa “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”.

“Gracias Padre porque has revelado estas cosas a los sencillos”

14º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid.

Seguimos adentrándonos en el tiempo ordinario en el que la liturgia nos invita a descubrir, dentro de lo  cotidiano, lo sencillo y ordinario,  que es la mayor parte de nuestra vida. Hoy Jesús nos presenta la importancia de lo pequeño y sencillo y llega a dar gracias al Padre por haberse revelado a los pequeños, a los humildes, a los que no cuentan en esta sociedad del bienestar y de la opulencia. (Evangelio.)

La primera  lectura del Profeta Zacarías, también nos plantea cómo será “el Rey que viene justo y victorioso, modesto y cabalgando sobre un asno”.  Esta profecía de Zacarías la encontramos realizada en Jesús que nació y vivió entre la gente sencilla, estuvo cercano a ellos, y al final  lo vemos entrando en Jerusalén montado sobre un asno aclamado por la gente sencilla.

¿Cómo podemos identificar hoy a los humildes y sencillos, que es la gran mayoría de nuestra sociedad? Los medios de comunicación nos presentan cada día quiénes son los sabios y entendidos, los que cuentan en la sociedad, los que manejan los hilos de la historia, los que amasan riquezas y, a veces, quieren ser los dueños del mundo, esos son los que cuentan, los que acaparan la mayor parte de  los bienes de la tierra, (el 20% perciben y consumen el 80 % de los bienes de la tierra).

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”: es una invitación que hace Jesús a los humildes y sencillos, los poderosos no necesitan ayuda, se valen por sí solos, pero los pequeños necesitan la acogida y la ayuda del Señor que es “paciente y misericordioso”. Descansar en Jesús cuando sentimos el peso del cansancio y del agobio de la vida, cuando ésta no nos ofrece posibilidades de salir adelante, cuando no tenemos trabajo,  cuando nos falla la salud, cuando nuestros hijos después de una buena preparación, conseguida con grandes esfuerzos no encuentran aquí los medios de vida de formar un hogar y tantas cosas que nos pesan y abruman…  entonces podemos escuchar la llamada del Señor “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré…”.

Qué reconfortante es el poder escuchar estas palabras del Señor, y dejarnos empapar por ellas, podemos no sentir sus efectos, pero tenemos la seguridad de que el Espíritu que habita en nosotros nos da la fuerza para superar este peso fuerte que sentimos dentro.

Podemos repetir esta oración tan maravillosa de Jesús al Padre. “Te damos gracias Señor porque has revelado estas cosas a la gente sencilla y se la has ocultado a los sabios y entendidos.” Ojalá formemos parte de ese colectivo de gente sencilla a quienes les ha sido revelada la sabiduría del espíritu y saben vivir según los principios de lo que supone ser sencillo y humilde y sepamos también identificarlos claramente para poder  decirles, venid, estoy cercano a vosotros a vuestros pesos, a los yugos que os oprimen, descansad en el Señor “porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Una invitación fuerte a estar muy atentos a los que viven estas situaciones extremas de peso, dolor a los que el yugo no les resulta ligero y ayudarles a escuchar al Señor, a dejarse ayudar por El.

Por el bautismo nos incorporamos a Cristo

13º Domingo, T.O. Ciclo A

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

La hospitalidad hacia el profeta provoca la generosidad de Dios. Cuántas veces nos hemos encontrado este mismo caso a lo largo de la historia de este Pueblo que fue el primer elegido por el Amor y para amar.

Al leer el primer texto de la liturgia de este domingo decimotercero, (1Re.) he recordado unas palabras que me fueron dichas muchas veces por una persona muy querida: “Dios no se deja ganar en generosidad”. Y debo decir que muchas veces lo he sentido como experiencia propia. Es lo de la siembra y la cosecha, es lo de recibir el ciento por uno, es lo de ser capaz de bajar de tu situación tan privilegiada y ponerte al nivel del que necesita que le mires, le toques, le hables…

Es el evangelio de la vida, no la teoría de las palabras sino la profundidad y belleza de los hechos.

Y nos ha quedado para siempre este canto de persona agradecida “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Las misericordias de su corazón por mí misma, por todos, por el mundo tan enfermo, por el mundo necesitado y triste desde la pobreza o la opulencia. ¡Qué más da! Pero… ¿y verlo, y sentirlo? Eso es puro DON.

Afortunado poeta, que nos dejó su experiencia conjugando armoniosamente las dos palabras clave: “misericordia y eternidad”.

Cada día, cada domingo, al tomar en las manos la Palabra, hay una lección donde la vida misma es cruzada, cual urdimbre, por esa sabiduría que nos hace, poco a poco, verlo todo con ojos y mirada distinta. Es un nuevo tejido el que aparecerá ante nosotros.

Y aquí tenemos el ejemplo clarísimo de S. Pablo en su carta a los romanos cuando asegura que “los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte…y si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con él”.

Esperanza y promesa de vida nueva, vida de resucitados, vida de Dios, vida de Cristo.

¿Cómo se explica todo esto? Cuestión de amor, de respuesta incuestionable, de clarísima escala de valores donde sabemos que Cristo es cabeza y corazón; centralidad en el ser del cristiano, del discípulo, que vive por Él, para Él, y por tanto para los demás.

Con cruz, eso sí,  y adelante; sin buscarla pero sin rehuirla, perdiendo la vida propia la que mira para uno mismo engordando de vanidad, de riqueza, de poder, de gloria…,  para ofrecerla generosamente. Y acogiendo,  para formar comunión de vida, para que Cristo se comparta.

Domingo de misericordia y de eternidad, de canto agradecido. El tiempo Ordinario da para mucho y este domingo trece nos hace sentirnos felices porque el bautismo nos incorpora a la vida nueva, por el Espíritu.

 

No tengáis miedo

12º Domingo, T.O. Ciclo A

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla (Pamplona)

 Terminado el ciclo Pascual, con las tres fiestas posteriores: Pentecostés, La Santísima Trinidad y el Corpus Christi, retomamos el Tiempo Ordinario en su duodécimo domingo. Es como si cerrásemos el paréntesis que se abrió el primer domingo de Cuaresma.

Y es en el tiempo ordinario, en lo cotidiano, donde tenemos que ir dando hondura a nuestra vida; aprender a mirarla como un don que se nos hace cada mañana; acoger ese regalo, sabiendo que en la monotonía de cada día es donde aprendemos a dar calidad a nuestra propia vida. A veces es tanto el dolor que nos rodea, el cansancio, la impotencia de hacer algo más por tanta gente que sufre en cualquier lugar del mundo, que nos puede invadir la desesperanza y reaccionar como el profeta Jeremías, viendo enemigos por todos los lados y “refugiarnos” en el Señor dejando de hacer lo que podemos para aliviar un poco tanto dolor.

El evangelio de hoy nos anuncia que nuestra vida, como la de los discípulos, no va a ser fácil y nos repite hasta tres veces que no tengamos miedo: “No tengáis miedo a los hombres”; “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo”; “nada va a pasar sin que lo disponga vuestro Padre… Por eso, no tengáis miedo.”

Surge la pregunta: ¿A qué debemos tener tanto miedo? Y para entenderlo un poco mejor hay que ir al final del capítulo noveno de Mateo y escuchar la frase de Jesús: “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor”. Y no se queda en la compasión, que ya es un paso importante, sino que busca a un grupo de personas para cambiar la situación. Llamó a sus doce discípulos a cada uno por su nombre “y les dio su poder para expulsar espíritus inmundos, y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”.

Sentirse elegido, elegida por el Maestro, ayer como hoy, nos puede  dar una cierta satisfacción. Pero la misión para la que Jesús elige no es tan sencilla cuando les y nos repite: “no tengáis miedo”. Miedo no solo a los demás sino a nosotras mismas porque nos descoloca, nos descentra para llevar la mirada a quienes están  mucho peor que nosotras: las gentes que están cansadas de tanto caminar para encontrar algo de comer, trabajo, dignidad, seguridad. Miedo también a tanto dolor y muerte sin sentido, poniendo a un dios como bandera para justificar el mal.

Y  te surge el interrogante, ¿cómo entender a Jesús en el evangelio de hoy cuando dice: “Valéis más vosotros que muchos gorriones”?. Solo te sale pedir al Señor que aumente nuestra FE para llegar a intuir el verdadero sentido de sus palabras; ESPERANZA al ver a mucha gente que trabaja sin descanso para construir el Reino de paz, justicia, vida, verdad. Y AMOR, mucho amor, para ser fieles a la misión que tenemos quitándonos el miedo que nos oprime y corta nuestras alas para poder volar. Y así, fiándonos de Aquel que se entregó hasta dar la vida por todos,  nos ayude a actuar como hijos e hijas de Dios.

“Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto…”

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

En este domingo siguiente al de la Santísima Trinidad celebramos la “Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor”. Este día está inseparablemente unido al Jueves Santo, en el que conmemoramos la entrega de Jesús, invitando a los suyos a recordar y revivir siempre ese momento definitivo suyo en  fidelidad a su Misión: dar su vida por amor. “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan, 15,13).

Jesús no recomienda solamente rememorar aquella Cena de despedida sino que  da una pauta de vida a los que le acompañaban en aquellos momentos y a los seguidores de todos los tiempos: “Haced esto”.

“Haced esto”  supone asumir su actitud de entrega por amor.  “Tomad y comed” su Cuerpo, “Tomad y bebed” su Sangre es alimentarnos de Él, para transformarnos en Él: asumir sus actitudes y revivir su entrega. Alimentarnos de Él para transformarnos en Él no es cosa de un día, es un proceso que nos debe llevar a pensar como Él, sentir como Él y vivir como Él.

Jesús vivió totalmente entregado a cumplir la voluntad del Padre. “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… Aquí estoy para hacer tu voluntad” (Salmo 39). Y la voluntad del Padre siempre  le manifestó que su vida fuera una entrega a sus hermanos.  Y éste fue su legado: “Haced esto en conmemoración mía”.

En la vida ordinaria  los alimentos que comemos los asimilamos y se transforman en nuestra propia vida, en nuestro ser. Aquí ocurre lo contrario. En la Eucaristía Jesús es nuestro Alimento pero Él también nos asimila, nos transforma, nos va haciendo como  Él.  (Si nos dejamos, si somos conscientes de lo que supone participar en la Eucaristía…).

Uno de los Himnos de la Liturgia de las Horas de esta Solemnidad refleja bien lo fundamental de esta celebración y su relación con el Jueves Santo:

Oveja perdida, ven, /sobre mis hombros, que hoy /
no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también.

        Por descubrirte mejor / cuando balabas perdida /

        dejé en un árbol la vida / donde me subió el amor; /

        si prenda quieres mayor / mis obras hoy te la den.

                 Pasto, al fin, hoy tuyo hecho, / ¿cuál dará mayor asombro, /

               o el traerte yo en el hombro / o el traerme tú en el pecho? /

                  Prendas son de amor estrecho / que aún los más ciegos las ven.

Señor Jesús: Tú, que me alimentas, transforma poco a poco mi vida en la Tuya.  Que mi participación en la Eucaristía no sea una rutina. Ya sé que yo he de ser consciente de ello. ¡Ayúdame!

 

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