Irradiar pequeñas luces de esperanza

Domingo 3º de Adviento, Ciclo B

Por:Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología. Ciudad Real

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Así empieza la lectura de hoy del libro de Isaías. El Señor nos envía a anunciar su mensaje, un mensaje de amor, de felicidad para todas las personas, independientemente de cual sea su situación. El amor de Dios es un amor que nos embarga, que nos lleva al compromiso, a buscar que nuestros hermanos estén felices, la felicidad individual pasa por la felicidad colectiva. Es decir, yo no puedo estar feliz si alguno de mis hermanos está sufriendo. A veces no somos conscientes de lo que implica el amor de Dios, por eso el Señor nos envía a anunciarlo y no hemos de tener miedo en ese encargo, el espíritu está con nosotros y nos orientará.

En este tiempo de Adviento no podemos más que invocar al Señor, como en el Salmo, y dar razón del amor tan grande que tiene el Señor para todos nosotros, eso, además, nos tiene que hacer felices, porque no hay nada más grande que el amor de Dios, y ser consciente de ello implica un agradecimiento infinito, una alegría inmensa, porque es amor busca justicia, da a los que nada tienen y quita a los que tienen de más.

Hoy el mundo está sediento del amor de Dios, las personas no vamos allanando el camino para que ese amor sea posible y eso lo hacemos cuando metemos a los inmigrantes en cárceles, cuando no les acogemos, cuando no nos comprometemos con la justicia, cuando dejamos, indiferentes, que el consumo desmedido llegue a nuestras vidas, cuando veo a una persona viviendo en la calle y ni siquiera la miro, no me fijo en su persona, en lo que supone que se encuentre en esa situación, en cuantos derechos se les están arrebatando. No anuncio el amor de Dios cuando no denuncio la situación de tantas mujeres violentadas, violadas, asesinadas, por los varones. Y tantas otras situaciones de dolor y de desconsuelo.

Ante esta situación nos dice Juan que hay que comprometerse, hay que anunciar el Reino de Dios. Él se echó a las calles y pueblos a anunciarlo, a ayudar a la gente a que se preparara para su venida, a que estuvieran alerta, atentos, porque detrás de él venía la Verdad, el Amor. Así hemos de situarnos nosotros, los cristianos y cristianas, atentos, preparándonos para el que va a venir, alerta, anunciándolo a todos los que nos rodean. El que hace maravillas está a punto de hacerse uno de tantos.

Mi deseo es que en este tiempo de preparación para la venida del Señor seamos capaces de irradiar pequeñas luces de esperanza a tantas personas que viven en tinieblas, cegadas por el dolor y por unas vidas rotas que les llevan al sufrimiento.

Ven Señor, Auxilia a Israel, tu siervo, y llénale de tu misericordia esa que solo puede venir de tu amor. Ven Señor, no tardes, el mundo está sediento de ti.

 

Esperamos

2º domingo de Adviento, Ciclo B

Por: MaCarmen Martín.Vita et Pax. Madrid        

Adviento es un tiempo para aprender a esperar. Esperar nos ayuda a ser personas confiadas, a no saber exactamente qué ocurrirá mañana, pero creer desde la hondura que, sea lo que sea, será bueno si lo vivimos desde Dios. Esperar nos hace libres interiormente. La espera aguza nuestras ideas. Nos concede el tiempo y el espacio, la perspectiva y la paciencia que nos permiten distinguir entre lo bueno, lo mejor y lo óptimo. La función del Adviento es recordarnos a quién estamos esperando, por si acaso vamos tan ocupadas en nuestras tareas o tan ensimismadas en nosotras que nos olvidamos.

El Adviento nos invita a frenar, detenernos, tomar aire, mirar alrededor y recobrar el aliento. La vida nos lleva de forma acelerada. Es bueno aprender a esperar. Parece una contradicción pero, quizás, conforme nos vamos haciendo mayores, nos cuesta más esperar. Puede ser porque constatamos de manera más clara que solo tenemos una vida, que nuestro tiempo es limitado y pasa, que no podemos aspirar a vivirlo todo, experimentarlo todo, hacerlo todo…

El Adviento es un tiempo para la espera humilde, vivida como alternativa real a las esperas neoliberales del sistema y como propuesta a la desesperanza dolorosa de muchas gentes; es un tiempo para que los creyentes hagamos prácticas cotidianas de espera; una espera en la sencillez, el compromiso y la firmeza. Y en el Adviento se levantan voces que nos invitan a esperar: la voz de un traficante de sueños, el profeta Isaías; la voz de un muchacho que se echó a predicar en el desierto, Juan Bautista; la voz de una chica de pueblo a quien le gustaban los cantos revolucionarios, María de Nazareth… Pero, qué es esperar a Dios. 

Esperar a Dios es ser consciente de que el mundo, y la vida, necesita una Buena Noticia auténtica y tratar de encontrarla en la cercanía de Dios y su Evangelio.

Esperar a Dios es vincular, desde la raíz, mi vida y mi destino con todas las personas que ya no esperan o esperan otras cosas, como lo hizo Jesús, nuestro Dios.

Esperar a Dios es hacer el bien allí donde una se encuentre. Es justo ahí y no en otra parte, es justo en ese momento y no mañana, es a esa persona y no a otra que yo deseo.

Esperar a Dios es “tener cuidado” de los otros y de las otras mientras espero. Desarrollar en mí una sensibilidad que me ayude a percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades.

Esperar a Dios es hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento olvidadas. Es unirnos a la lucha de los empobrecidos por conseguir un futuro más digno y humano.

Esperar a Dios es reconocer que la propia vida personal aspira a una plenitud que no tenemos. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y, porque es posible vivir con más profundidad. Así que esperar a Dios es preguntarnos por eso que falta, que me falta, y buscar en el entorno de Dios la respuesta. Dejar de crecer es empezar a apagarse.

Esperar a Dios es creer que Dios no es un Dios distante, ajeno a la creación, desvinculado de la historia humana y de mi historia. Es creer que Dios sigue presente en nuestro mundo, entre los desesperanzados, entre los empobrecidos, entre nosotras… Dios, que nos ha bendecido con el “amor primero” y que a él nos remite cuando nos desalentamos.

Esperar a Dios es ir comprendiendo que nuestro corazón no nos engaña cuando nos asegura que podemos aguardar el futuro, porque lo que nos espera por parte de Dios no va a frustrar nuestra esperanza porque esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia (2 Pe 3,13)…

La concepción de María, primavera de salvación

Concepción de Santa María Virgen. 2017

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de anhelos profundos de liberación, de expectativas mesiánicas.

En su mismo comienzo se sitúa la solemnidad  de la concepción inmaculada de María. Ella, plenificada por la Ruah  será  la  protagonista principales de estas semanas en las  que la contemplaremos  disponible, embarazada, servicial, alegre, proclamadora de  las maravillas de Dios.

Con ella seguiremos pasos a paso los comienzos de la historia de la salvación anhelada  por el pueblo de Israel y proféticamente anunciada por aquellos hombres que tuvieron la misión de transmitirle los mensajes del Señor. Y que se hizo  realidad en el momento más sublime de la historia de la Humanidad:   La encarnación del Hijo de Dios.

Un  acontecimiento que se realizó silenciosamente, en una ignorada aldea de Galilea, y en una humilde casa  en la que entró  el arcángel respetuosamente. Arrodillado ante  una sencilla jovencita, llamada María  la  saludó  con el “Alegraté María eres favorecida por Dios y Él está contigo”: es la fórmula de la Alianza, es el nombre que Dios se da a sí mismo: “Yo soy el que estoy”. María entra de lleno en el misterio de la Alianza.   En el momento de presentarle el ángel el proyecto del Señor, ella  es la que reúne en sí toda  la plenitud, está llena de gracia, y es modelo de fidelidad.  Por eso escucha atenta el plan de Dios sobre ella: “concebirás y darás a luz un hijo”. 

No es extraño su desconcierto ante semejante entrada y semejante propuesta.

Alguien irrumpe en su vida y trastoca sus planes. En su primera respuesta vemos  una clara opción por la virginidad.  En la segunda, ya la contemplamos rendida: “Hágase en mi según tu palabra”.  Progresivamente ha llegado al convencimiento de que todo depende de la iniciativa de Dios, a la que ella se dispone a colaborar dócilmente.

Celebrar a María en esta fiesta es celebrar a la mujer sencilla, normal, servicial, liberada de las resistencias del orgullo, plenamente disponible a ser madre sin entender, posiblemente, todo el alcance de la misión  que se le confiaba, pero que supo vivirla con entrega, guardando en su corazón todo lo que le iba sucediendo,  la mujer, primera discípula,  que vivió como nadie  el espíritu de las bienaventuranazas y el estilo de vida del mismo Jesús.

Por eso es fiesta de alabanza y bendición: María, bendita entre todas las mujeres, bendito el fruto de sus entrañas, bendito sea el Dios Padre y Madre, providente que nos bendice con toda clase de bendiciones.

Por eso la reflexión y el sentir del pueblo cristiano desde los principios del cristianismo y a lo largo de los siglos, ha ido llegando a las certezas marianas logrando que se proclamara la primera y principal:  María, Madre de Dios,  (Concilio de Éfeso) intuyendo que por ello fue objeto de su predilección  desde el momento mismo de su concepción y en toda su vida:  no hubo en ella mancha ni arruga, fue Inmaculada.

ORACIÓN.  “Señor, déjame admirar la belleza de María liberada de todo pecado.Déjame imaginar el instante en que tú elevaste este mundo cuando hiciste esta criatura maravillosa y permite Señor que mi corazón te adore por esa admirable pequeñez que preparaste para ti”. (Víctor Manuel Fernández.)

 

¡Velad!

Domingo 1º de Adviento. Ciclo B

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla

Comenzamos un nuevo año litúrgico; atrás dejamos muchas cosas y situaciones vividas durante el año que ha terminado, tantas personas cercanas y lejanas que nos han dejado y ya se encuentran cerca de nuestro Padre-Dios. Todas ellas han marcado  una huella profunda en nuestras vidas y, al recordarlas, sentimos su presencia de fortaleza y fragilidad, de alegría y tristeza, de juventud y vejez, de amor y donación. 

Y el evangelio de hoy, a pesar de ser el comienzo de un nuevo año, nos recuerda que no sabemos “cuándo vendrá el señor de la casa”. Más que recordar nos apela con imperativos a estar a punto: “estad atentos, vigilad. Velad, ¡Velad!”.

En el hoy de nuestra vida este mandato de Jesús nos interpela y nos hace preguntarnos por la realidad de nuestras vidas. A nosotras, a nosotros, nos toca respondernos con sinceridad en qué actitud estamos. ¿Vivimos no solo preocupadas sino ocupadas en descubrir tantas carencias que nos rodean de soledad, de pobreza, de dolor, de angustia…. Y hacemos algo por mitigar tanto sufrimiento?  ¿Estamos vigilantes para realizar la misión a la que estamos llamadas?.

Es muy fácil acomodarse en el sofá, sentir el calor en nuestro cuerpo, tener en la mesa más de lo necesario para vivir, acostarse por la noche en una buena cama y un mejor colchón, estar rodeadas de amigos y amigas que nos comprenden, nos enriquecen, nos hacen sentirnos bien.

Y a todo eso tenemos derecho sí, pero no olvidemos que hay que trabajar para lograr esos mismos derechos para todos y para todas. Es ahí donde  hay que  estar vigilantes, hacer lo poco o mucho que podamos pero sabiendo que esa es nuestra misión: VIGILAR.

Muchos ponen a Sócrates como el autor de esta frase: “vivir despiertos es una forma de mirar”. Me gusta este pensamiento porque de nuestra forma de mirar el mundo y desde donde lo  miremos, iremos  orientando nuestro criterio a la hora de actuar. Tenemos delante muchas ofertas para ser felices y  casi siempre a nivel individual, pero el evangelio nos señala la manera de mirar y de actuar de Jesús.

Sabemos cómo miraba a los niños, a los pobres, a los enfermos, a sus discípulos, a sus amigos y amigas, a los extranjeros, a los que vivían fuera de la ley…  También qué pensaba de los que ponían la ley por encima de las personas cuando estas necesitaban de su ayuda, de los que querían estar a su lado para descansar: “¡hagamos tres tiendas!”.

Hoy también nos sigue llamando con insistencia a continuar su misión y el profeta Isaías nos da la clave para dejarnos conducir por Él, decirle de corazón:

 “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: todos somos obra de tu mano”

 

 

Reinar del revés

Domingo, XXXIV Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo)

Por:  José Luis TerolProfesor (Zaragoza)

Quienes nos dedicamos a la educación hablamos a menudo de “curriculum oculto” y de otros términos parecidos para referirnos e identificar los valores reales que, más allá de las proclamas y de las declaraciones políticamente correctas, gobiernan nuestros espacios educativos o vitales.

Probablemente no sea “oculto” el término más adecuado, cuando resulta bastante evidente que demasiados seres humanos nos estamos dejando arrastrar y seducir por valores como el reconocimiento, el éxito, la autoridad, el poder, el halago, la autosuficiencia…

Como profesor me encuentro con dolor, demasiados jóvenes que se sienten aplastados y pérdidos ante esta propuesta de valores que, con la mejor voluntad, reciben de sus familias y de toda la sociedad que les rodea.

Necesitan una paz, un reposo y una propuesta (Ezequiel) que les saque del callejón sin salida en el que se encuentran y que no están encontrando en ninguna de las propuestas que consumen con ansiedad.

No sólo algunos jóvenes, sino muchos adultos y adultas transitamos por la vida como auténticos zombis y muertos vivientes que necesitamos con urgencia ser vivivficados y sanados por una Palabra que nos resucite y que nos vuelva a la Vida ( 1ª Corintios).

Es aquí, una vez más, dónde tomamos conciencia de que el Evangelio, la propuesta de Jesús, continua siendo totalmente provocadora, oportuna y “contracultural”. Y, por supuesto, que desborda las inmensas limitaciones de la Iglesia y de quienes nos decimos cristianos.

“Si quieres encontrar el reposo, si quieres encontrar la vida, pégate a los hambrientos, a los sedientos, a los forasteros, a los desnudos, a los enfermos, a los encarcelados porque en ellos me encontrarás a Mí, y encontrarás LA VIDA” (Mateo).

En estos tiempos de futbol, patrias, mentiras y banderas, tengamos de nuevo el coraje de acoger y agradecer la invitación de este “extraño rey” y seguir intentando, con toda humildad y en medio de nuestras contradicciones, “darle la vuelta al mundo”.

 

 

 

Pasa al banquete de tu Señor

Domingo XXXIII T.O. Ciclo A

Por: Cecilia Pérez Nadal. Vita et Pax. Valencia

Llegar al final de un camino, de una experiencia, de una tarea, supone haber hecho un recorrido, supone poder contemplar la verdad de un comienzo y de un final, un tiempo para descansar visualizando momentos importantes o simplemente cotidianos, actitudes, encuentros… que nos han ido reforzando o debilitando, alegrando o entristeciendo, que nos han ayudado a ser mejores y a confiar más, en el mejor de los casos.

Esta es la situación que me gustaría provocar, que provoca en mí un deseo de parar y contemplar, pues al final de un recorrido nos encontramos dispuestos a comenzar uno nuevo con necesidad de cargar las pilas, preparándonos a la nueva experiencia que será otro año litúrgico.

Domingo 33 significa haber llegado a conseguir otra meta y me pregunto si lo he vivido en Jesucristo, pues desde él y con él he debido compartir estos últimos doce meses.

La liturgia de hoy creo que va por ese camino de cerrar etapa. Y San Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses nos alerta sobre la llegada del Señor que será imprevisible, cuando quizás nuestras propias seguridades nos tengan “descansando” o adormecidos, acomodados y centrados en nosotros mismos.

Pero no, conscientes de ser hijos de la luz e hijos del día se espera de cada uno de nosotros vivir en vigilante espera, con los ojos, las manos, el corazón, abiertos y sensibles ante las necesidades de los otros.

Estamos intentando buscar claves donde ir sustentando lo que tiene que ser el modelo y parece que el planteamiento de este domingo ofrece una clarísima realidad y es la del trabajo.

Mateo, en su evangelio, nos cuenta una parábola imprescindible y vital que afecta a todos y nos ayuda a librarnos de las justificaciones que, a menudo o siempre o algunas veces, nos encanta esgrimir para librarnos de la responsabilidad que nos exige ese ser hijos de la luz, ese vivir en vigilante espera, ese seguir los pasos de Jesús.

Hacer recopilación de otro año pasado nos enfrenta hoy con esta parábola de los talentos. Preciosa y exigente parábola de donde sacar unas cuantas y estupendas conclusiones:

La primera es que los dones que poseemos son regalo de Dios, él nos los ha dado, todos los tenemos de una clase o de otra y nos constituyen como personas. Desde este planteamiento la humildad es rasgo barredor de la soberbia, la autosuficiencia, autocomplacencia y nos hace agradecidos.

La segunda es consecuente y se refiere a que son para el bien común, para mejorar, embellecer, alegrar, la vida de los demás seres y del mundo. Es contraria al ejercicio de poder y dominio, al egoísmo.

La tercera es la necesidad de potenciar, trabajar con el regalo de nuestra vida huyendo de la holgazanería, de la comodidad e inmovilidad, del miedo al riesgo y a la novedad.

Llegada a este punto, unas cuantas preguntas me quedan en el aire surgidas  de las conclusiones anteriores, pero cada cual que saque las propias consecuencias. Es tiempo y momento de repaso y de reflexión y después de mirarnos en el espejo y reconocer incompetencias, fallos y debilidades, también lo es de agradecimiento, de planteamientos llenos de esperanza y de fuerza: porque la fuerza es de Dios.

¿Verdad que nos gustaría escuchar, cuando llegue el momento, “pasa al banquete de tu Señor”? A mí, sí. ¡Qué bien!

 

Esperando… ¡Con esperanza!

Domingo 32, T.O. Ciclo A

Por Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

“No queremos que ignoréis la suerte de los que ya han muerto. Así no estaréis tristes, como los que no tienen esperanza”. Así habla San Pablo a los fieles de Tesalónica en la segunda Lectura de este Domingo 32.

Nos encontramos al final del Año Litúrgico.  Hace pocos días hemos celebrado la Solemnidad de Todos los Santos y también hemos recordado a todos los difuntos. Parece que estos acontecimientos quieren hacernos conscientes de nuestra condición de peregrinos/as en la vida. Somos un “pedacito” de historia que enlaza con los que nos precedieron y con los que vendrán. Pero ese “pedacito” de historia, ese paso mío por el mundo, está lleno de sentido: tengo una tarea importante que realizar, una misión que cumplir, en mi ser y en mi quehacer. Puedo preguntarme: ¿procuro crecer en humanidad? ¿procuro mejorar, siquiera un poco, la pequeña etapa de la historia que me ha tocado vivir?

Y también me surge otro interrogante: cuando termine mi peregrinación, ¿quésuerte” me espera?  Continúa San Pablo en la misma Lectura: “Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”.  San Pablo no quiere que los de Tesalónica vivan tristes, los cristianos tenemos una razón para no vivir así, razón en la que apoyamos nuestra fe y nuestra esperanza: si el Padre-Dios resucitó a Jesús, su Hijo,  igualmente quiere resucitarnos a nosotros, que también somos sus hijos/as.  Hoy, como otras veces, podemos  reafirmar nuestra fe rezando así: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Jesús hablando a sus discípulos sobre  el Reino de los Cielos; con una Parábola les explica que el Reino se  parece a  “Diez vírgenes que esperan la llegada del esposo” con unas lámparas que se alimentan de aceite. Unas fueron prudentes porque llevaron bastante aceite; otras descuidadas,  porque no fueron previsoras. Las primeras entraron a la fiesta con el esposo, las descuidadas quedaron fuera.  Jesús termina la Parábola diciendo: “Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

El que peregrina sabe que su camino le lleva a una meta, que la peregrinación tendrá un punto final.  El que espera necesita paciencia pero no se duerme, está atento “por si le llaman”.  Nosotros/as “velaremos”, esperando  con esperanza.

Un solo Señor… un solo Dios y Padre

Domingo 31 T.O. Ciclo A

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Estamos llegando al final del Año Litúrgico.  A lo largo de un año hemos ido contemplando y celebrando diversas etapas de la vida de Jesús. Es un buen momento para agradecer la oportunidad que se nos ha ofrecido de aprender, interiorizar y asumir la Buena Noticia que Jesús anunció y su manera de pensar, sentir y actuar en el lugar y momento de la historia que le tocó vivir.

El Evangelio de hoy, de San Mateo en el capítulo 23, nos sitúa a Jesús en Jerusalén, estando ya muy cercano su final, acosado principalmente por las autoridades religiosas: sacerdotes, fariseos, letrados, saduceos… Pero Jesús sigue hablando también al pueblo, como queriendo dejar claro su Mensaje.  En los versículos correspondientes a este domingo Jesús se dirige a la muchedumbre y a sus discípulos y denuncia el comportamiento de los escribas y fariseos: “Haced lo que os enseñan pero no hagáis lo que hacen: lían fardos pesados y se los cargan a la gente pero ellos no mueven un dedo para empujar”. “Les gustan los primeros puestos… y que la gente los llame ‘Rabbí’…  Pero vosotros (especialmente dirigiéndose a los discípulos) no os dejéis llamar ‘Rabbí’ porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre en la tierra porque uno solo es vuestro Padre, el del Cielo”. “El primero entre vosotros será vuestro servidor…”

Estas palabras nos señalan una manera de vivir: en libertad y fraternidad; partiendo de la centralidad de un Dios que es Padre-Madre y que nos hace a todos hermanos. Nadie puede imponer cargas pesadas sobre mis hombros ni sobre mi conciencia, solo debo ‘servir’ fraternalmente a mis hermanos en lo que necesiten. Y no solo hay que pensar  en necesidades de tipo económico, de salud, de sufrimiento, etc. sino también en lo que facilita una buena convivencia: amistad, cariño, humor, fiesta…

La vida de Jesús y el Mensaje que anunció son Buena Noticia para todos, tienen dimensión universal. Nadie queda excluido del anuncio ni de la posibilidad de poner en práctica su contenido: es un programa para hacer un mundo más humano, más habitable, más fraterno…  Muchas gentes, ayer y hoy, han hecho y siguen haciendo vida este programa. Muchos seguidores de Jesús y muchos que caminan, aún sin saberlo, movidos por el Espíritu, que actúa donde quiere y como quiere, van y vamos –al menos estamos en el intento- aportando nuestros “granos de arena” para la construcción de ese mundo que todos queremos y necesitamos.

Fin del Año Litúrgico: ocasión para hacer evaluación del año que termina y para programar el que pronto vamos a empezar: viviendo en libertad y fraternidad porque tenemos un solo Dios, Padre y Madre. Así lo dijo Jesús.  Así lo vivió él.

 

Huellas de santidad borradas

Festividad de todos los Santos

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Hemos restringido la designación de “santo” a las personas que han muerto y que sus vidas han sido ejemplares en relación al seguimiento de Jesús, normalmente, varones. Pero en la Sagrada Escritura la santidad es, en sentido estricto, un atributo exclusivo de Dios que, llevado de su amor y fidelidad, reúne un pueblo para compartir con Él esa santidad: “Yo soy el Señor que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios: sed santos porque yo soy santo” (Lv 11,45).

La santidad no consiste, en un principio, en prácticas éticas o piadosas, ni tampoco en ser moralmente perfectos. Ser un pueblo santo significa participar, de alguna manera, de la forma de ser de Dios. Sus miembros están empapados de una cualidad sagrada que luego, naturalmente, se manifiesta en forma de compromiso y servicio con el mundo.

Las primeras comunidades cristianas asumieron este sentido de santidad y tampoco pusieron el centro en su propia piedad o perfección ética, sino en Dios que gratuitamente les había dado el don de la salvación. En el seno de la comunidad, los cristianos reunidos aquí o allí y llenos del Espíritu Santo, forman una sociedad de santos, individualmente y en conjunto, para el bien del mundo.

Es más, se aferran a la esperanza de que ni siquiera la muerte “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). De ahí que pronto sacarán la conclusión de que su comunidad no estaba formada exclusivamente por las personas que en aquel momento vivían y respiraban, sino que incluía además a quienes ya habían muerto.

Y de este pueblo santo, de vez en cuando, surgen personas que destacan por su testimonio de vida. Cuando son reconocidas por la comunidad pasan a ser públicamente significativas para los demás. Se les designa también santos o santas. Sus nombres se recuerdan como una bendición, un estímulo para la fe, un aliciente para el compromiso.

Durante los doce primeros siglos de la historia cristiana, la Iglesia local, con la aprobación de obispos regionales, reconoció a estas personas ejemplares, que eran nombradas durante la misa y formaban parte de la lista de los santos locales. Sin embargo, a comienzos del siglo XII se centralizó el proceso de canonización, exigiendo que fuese Roma quien dijese la última palabra en esta cuestión. Esta decisión tuvo consecuencias positivas pero también negativas.

Se fue elaborando la lista de los santos oficiales, convertidos en un grupo cada vez más elitista, ya que están proclamados por sus virtudes heroicas y su poder de obrar milagros espectaculares; un grupo, por otra parte, que terminó reflejando el rostro de quien lo creaba: predominantemente clerical, célibe y masculino; un grupo cuya creación exigió grandes inversiones de tiempo y dinero.

Como fruto de la canonización, la posición de las mujeres en la memoria pública de la Iglesia es mínima. Un simple recuento muestra que más o menos un 75 por cierto de las personas que aparecen en la lista oficial de los santos canonizados son varones, lo mismo que tres cuartas partes de los santos que figuran en el calendario litúrgico; en cambio, las mujeres que reciben ese mismo reconocimiento ronda apenas el 25 por ciento.

¿Quiere esto decir que los hombres son más santos que las mujeres? Naturalmente, no. Sin embargo, esta diferencia pone de relieve quién tiene el poder de canonizar en la Iglesia. Y entre las santas, las menos representadas son las mujeres que estuvieron casadas de por vida, es decir, que no se hicieron monjas, lo que demuestra que, si ser mujer representa ya una desventaja, ser mujer sexualmente activa hace casi imposible la idea de encarnar lo sagrado, y las pocas excepciones que conocemos a esta regla son reinas o mujeres próximas a la realeza.

Como resultado, la historia de la santidad de las mujeres ha sido en gran parte borrada de la memoria colectiva de la Iglesia. Esta ausencia debe reconocerse, echarse en falta, criticarse y corregirse. No es simplemente cuestión de añadir algunas. El reto es remodelar la memoria de la Iglesia, reclamando una participación paritaria para las mujeres, y de esa manera transformar la comunidad.

Amar a Dios y al prójimo lo es todo

30 Domingo del T.O. Ciclo A 

Por: Chus Laveda. Vita et pax. Guatemala

La palabra de Dios es viva y eficaz. Eso leemos en los textos evangélicos. Por eso tenemos claro que dicha palabra, aunque explicitada en otro tiempo, parece dicha para cada una de las personas que hoy formamos la comunidad de los seguidores de Jesús.

Y las realidades que aborda y que se nos dan como mandato son extraídas de la realidad que hoy vive nuestro mundo: nuestra relación con el extranjero, con los más dependientes y necesitados, hoy, las mujeres y los niños; los empobrecidos de este mundo, que no tienen ni siquiera lo imprescindible para cubrir sus necesidades vitales.

Y Dios Padre, se pone de su parte, escucha su clamor y se hace cargo de su defensa. Y nos da la razón de su opción. Porque Él es misericordioso. No puede ser de otra manera. El Dios justo y amoroso, identifica su poder con la misericordia.  “Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso.

Jesús, la encarnación de Dios en nuestro mundo, se expresa de la misma manera. Y su modo de entender la vida y de dar culto a su Padre es teniendo compasión con todas las personas con las que se encuentra en su camino, atender sus necesidades, restituirles la vida, como fruto de su misericordia. Es misericordioso, como lo es su Padre. Y a eso somos llamadas/os las y los seguidores de Jesús.

Porque no se trata de creencias, ni rituales, ni expresiones de culto, sino experiencias de vida. Se es seguidor, viviendo como Jesús vivió. Es lo que se  expresa en el evangelio de hoy: Cuando los fariseos le preguntan por el mandamiento más grande de la ley, Jesús llena de contenido esa ley: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y a este primer y más importante mandato, vincula el amor al prójimo, identificando el amor a los hermanos con el amor a Dios. Y no es un amor de palabra, sino de obras: acogida al diferente, compartiendo los bienes, celebrando y gestando vida nueva allá donde hay sufrimiento y exclusión, perdonando y abrazando a los demás como hermanos de un mismo Padre. Así lo expresa Pablo en su carta. Cómo, acogiendo el mensaje de Dios, lo expresan en su vida por medio de gestos y acciones, siendo ejemplo para los demás.

Sólo necesitamos mirar a nuestro alrededor para constatar que nuestro mundo está necesitado de este modo de entender la vida.

Cuántas fronteras, muros que separan, rechazos que impiden la acogida a aquellas personas que llegan a nuestros países buscando una vida más digna que pueda responder a nuestro ser personas. Cuántos enfrentamientos con aquellos que no piensan como nosotros y a los que queremos imponer nuestras ideas como la norma de vida para todos. Cuánto consumismo derrochando bienes, que ni siquiera sabemos aprovechar y que está robando la vida de tantas otras personas. Cuánto bien común, puesto al servicio de unos pocos y sus intereses particulares. Y no escuchamos el clamor de los pobres.

Pero Dios sí los escucha y toma partido. No siempre entendemos su voz, pero es claro que está de su parte. Por eso, serán los pequeños, los que lloran, sufren, son violentados hoy, los que vivirán en plenitud la Buena Noticia del Reino.

La Palabra de Dios es clara y contundente. No podemos hacer oídos sordos a su mensaje, porque en ello nos va la vida. Porque la voz de Dios hoy tiene que ser la nuestra, somos nosotras y nosotros los que hemos de gritar proféticamente la Buena Noticia del Reino, denunciando la injusticia, derrotando la violencia, rehaciendo la esperanza, abrazando vidas con la misma ternura misericordiosa del Buen Padre Dios.

 

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