Trinidad ¿construcción mental innecesaria?

Fiesta de la Trinidad

Por: Teodoro Nieto. Burgos

Jesús, en la cena de despedida, que nos relata Juan en los capítulos 13-17 de su evangelio, menciona con frecuencia al Padre y al Espíritu. Cuando leemos este relato, lo hacemos, aunque sea inconscientemente, a través del filtro de la doctrina teológica sobre la Trinidad, que se elaboró a partir del siglo IV. Proyectamos así en el Evangelio una elaboración filosófico-teológica griega muy posterior. ¿Seremos capaces de imaginar a Jesús, que recitaría tantas veces aquel “Escucha Israel, el Señor es uno” (Dt 6, 1), proclamando el Misterio de la Trinidad?

La teología trinitaria ¿no fue producto de una mente que, por su misma naturaleza, separa y fragmenta la Realidad? Nuestra mente, por muy necesaria y valiosa que sea en nuestra vida, no puede hacer otra cosa que separar al Padre, al Hijo y al Espíritu, haciéndonos pensar que podemos dirigirnos a ellos como si fueran tres Dioses. Y no es de extrañar que nuestra mente se pregunte: ¿No es la Trinidad una construcción mental innecesaria? De ahí que el célebre filósofo alemán Immanuel Kant se expresara en estos términos: “Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil”. Pero ¿es así en realidad?

Ya en la Edad Media, teólogos y místicos distinguían un triple ojo para ve la Realidad: El ojo físico, el ojo de la mente y el ojo de la contemplación. Sólo este tercero puede apenas atisbar la profundidad insondable del Misterio de Dios Uno y Trino, que al mismo Pablo de Tarso le hizo exclamar: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios. Nadie puede explicar sus decisiones ni comprender sus caminos” (Rom 11, 33).

Por muy misteriosa que sea para los hombres y mujeres creyentes la Trinidad, parece que lo más procedente no es teorizar, sino que es mucho más liberador preguntarnos hoy qué significa en nuestra vida esta Verdad, que puede ayudanos a cambiar, no solo nuestra idea de Dios, sino nuestra misma vida.

Profesar nuestra fe en la Trinidad es creer que Dios no es un Ser separado de nosotros, lejano, o indiferente y cerrado a todo lo que puede afectarnos en la vida. Un Dios así no sería más que un ídolo fabricado por nuestra mente. Ante todo y sobre todo, Dios es MISTERIO. Y, como lo sugiere la misma etimología de esta palabra, ante el Misterio lo único que cabe es cerrar los labios, guardar silencio, adorarlo y descansar en él, “como un niño en brazos de su madre” (Sal 131, 2).

El lenguaje humano apenas puede balbucear en su intento por expresar la naturaleza misteriosa de Dios-Trinidad. Decimos, pero otra cosa muy diferente es experimentarlo, que Dios es un Misterio de comunión, de relación, de amor, de solidaridad. No es un Misterio separado de nosotros. Es el Misterio que nos habita, que nos envuelve. Es el Misterio de la unidad que abraza todas las diferencias. Es el Misterio que lo une todo y que une a todos los seres. Es, por recurrir a alguna analogía, como el océano sin orillas con infinidad de olas multiformes, sin dejar por eso de ser todas ellas agua del mismo océano.

El Dios Uno y Trino es relacional. Y esta relacionalidad misteriosa se manifiesta en el universo, que es una trama inmensa de relaciones. Diarmuid O´Murchu, en su libro “Teología Cuántica: Implicaciones espirituales de la nueva física”, afirma que “la vida en nuestro universo no se desarrolla a partir del aislamiento, sino desde la capacidad para relacionarse. Aun antes de nacer, ya estamos fijados en una red de relaciones, que permanece como el contexto primario de nuestras vidas hasta el día en que morimos (y después de la muerte también). En un mundo diseñado para la relacionalidad, dependemos de nuestras relaciones humanas para la supervivencia.”

Si nada hay fuera de las relaciones, el Misterio del Dios Trinitario nos lanza el desafío de empeñarnos por todos los medios en fomentar la cooperación, la colaboración, la solidaridad, la comunión y la fraternidad cósmica y planetaria. Importantísimo y digno ciertamente es el individuo, pero no lo sería en plenitud si no se mantuviera siempe atento a contribuir al bien común, como lo expresa el proverbio africano bantú: yo soy porque nosotros somos.

El Misterio de la Trinidad nos urge hoy y siempre a fomentar en nuestra vida cotidiana la colaboración entre hombres y mujeres en todos los campos: comenzando por nuestro hogar, por nuestras relaciones interpersonales, por nuestras comunidades, a nivel socio-político, económico y religioso, sin dejarnos dominar por la competitividad que nos carcome, pudiendo incluso conducirnos al estrés y a la depresión. Somos diferentes sí, pero no degajados unos de otros. Y no tienen por qué separarnos nuestras legítimas diferencias. Se podrá objetar que esto es muy fácil decirlo. Pero no es imposible si vamos creciendo en consciencia y mutuamente nos ayudamos a “despertar” a un nuevo modo de ver y de vivir que nos permitan crear una relación más humana, cálida, respetuosa y misericordiosa con nosotros mismos; con todos los seres; con nuestro planeta y con el medio ambiente. En una palabra, con el Misterio que nos constituye y capacita para que todos y todas podamos contribuir con todas nuestras fuerzas a hacer realidad la gran familia humana y cósmica, a imagen de la Trinidad.

Este fue y sigue siendo el proyecto más acariciado de Jesús de Nazaret, por el que dirigió su oración más sentida al Padre: “Que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo. Y que también vivan unidos a nosotros para que el mundo crea…” (Jn 17, 21).

Riega la tierra en sequía

Pentecostés

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

La tierra de nuestro mundo está seca, a veces, incluso la nuestra propia, por eso, como “agua de mayo” esperamos la fina lluvia del Espíritu. Un mundo seco pero muy amado porque lo amó Jesús y por él dio su vida. Y nosotras, movidas por su mismo Espíritu, también lo amamos a pesar de sus contradicciones y deseamos ofrecerle una respuesta creyente y esperanzada en nuestro “aquí y ahora”.

El Espíritu Santo es “la fuente de la vida”. Su don es la expresión más firme del sí a la vida por parte de Dios. Es alentador de vida, sana el corazón enfermo, cura las heridas que paralizan la existencia y con su riego hace brotar las motivaciones para vivir. El agua limpia y cristalina del Espíritu nos ayuda a enderezarnos como aquella mujer encorvada que nos narra Lucas. Y es un don del Espíritu poder acompañar a otras personas encorvadas hasta redescubrir “por qué erguirse con dignidad”.

El agua viva del Espíritu nos empuja a construir un nuevo mundo de relaciones más justas y solidarias, más integradoras, más humanas, como alternativa a esta tierra seca de justicia e igualdad, donde los derechos humanos se violan descaradamente y las personas padecen con frecuencia un trato de dominio, explotación y violencia. El Espíritu nos guía, cuando estamos un poco perdidas, a formar vínculos humanizadores que permitan un crecimiento personal y social.

Es el Espíritu quien nos empuja a ser más creativas, a desarrollar caminos nuevos de cooperación y solidaridad, a generar espacios donde nos relacionemos en proximidad, en capacidad de hacer consensos porque nuestra cercanía está fundada en el rocío del Espíritu que es amor. Es el Espíritu quien nos da fortaleza, es decir, la confianza y la osadía de mirar más allá de nuestras propias limitaciones.

El Espíritu nos proporciona la sensibilidad oportuna para escuchar y consejo y fortaleza para acompañar a las personas que sufren en el camino. No nos permite pasar de largo de quien solicita nuestra ayuda, y esto sin acepción de personas… El Espíritu grita en nuestro interior con la pregunta de Dios a Caín “Qué has hecho de tu hermano, de tu hermana” (Gen 4,9-10). Escuchar el clamor del que sufre, es señal de que “el Espíritu del Señor está sobre mí…” (Lc 4,18-19). Este mismo Espíritu nos regala sus dones para convertirnos en “compañeras y compañeros de camino”.

El sirimiri del Espíritu está siempre alentando lo nuevo, lo inédito: el camino interior, el progreso de la historia, el avance de la creación entera… El Espíritu tiene la iniciativa, está siempre activo, buscándonos, entregándonos su ser entero. Su misión es recuperarnos para la vida y una vida abundante, por eso, pone a nuestra disposición el coraje y la terquedad necesaria con el fin de superar nuestros miedos.

Vivir habitadas por el Espíritu es un don que se nos regala y al mismo tiempo una tarea que requiere responsabilizarnos; ser conscientes de nuestros propios límites y, a la vez, de las posibilidades infinitas con las que fuimos creadas y que duermen en nuestro interior esperando ser despertadas. El Espíritu hace de despertador y nos invita a su escucha porque clama en nosotras con gemidos inefables (Rm 8). Escuchar el “susurro” del Espíritu es una actitud que anima nuestro corazón y nuestro compromiso.

Preparemos nuestra tierra para que fluya el agua del Espíritu. Recibir y acoger al Espíritu requiere unas condiciones que no son muy distintas de las que nos describe la parábola del sembrador para acoger la Palabra. Limpiemos nuestra tierra, a veces, llena de piedras, zarzas, maleza… La semilla y el agua fecunda del Espíritu no nos van a faltar, pero estemos atentas de no beber de cisternas agrietadas y contaminadas.

La acogida del Espíritu requiere siempre lo mejor de nosotras mismas y en su mejor momento.

 

Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo

Fiesta de la Ascensión del Señor, ciclo B

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax Valencia

Al tratar de comentar los textos de la Palabra de este magnífico acontecimiento de la Ascensión de Jesús me encuentro con una variedad de ellos tan profunda que uno solo – de Hechos, Efesios o Mateo- sería material suficiente para ocupar una reflexión.

Lo primero que resalta es la alusión repetida al Espíritu Santo porque es la promesa de la cual dijo el Maestro: “Os lo enseñará todo”; a aquellos hombres y mujeres que le seguían y a nosotros mujeres y hombres del siglo XXI. Y es que está ya tan cerca…

Pero volvamos a ese momento, casi culminado el tiempo pascual, llenos de resurrección, felices porque la cruz no fue el final de su vida ni lo será de la nuestra, el Señor dice también en otro lugar: “Os conviene que yo me vaya”.

Parece una contradicción que quedará resuelta una semana después y que constituye el meollo del libro de los Hechos y de la carta a los Efesios porque la transformación de miedo a valentía, de oscuridad a claridad, de cortedad y torpeza a sabiduría y libertad, se hará bien patente.

Estamos contemplando en este domingo el término de la misión de Jesús en el mundo y su vuelta al Padre aunque ellos, los discípulos, parecen esperar otra cosa. La pregunta ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? nos los retrata todavía llenos de dudas, incapaces de comprender y asimilar lo ocurrido y lo aún por venir. Pero el momento es revelación de una misión de la cual somos herederos: “Recibiréis fuerza para ser mis testigos”. Y ese testimonio, nos lo dice Lucas, se ha de realizar por todo rincón y lugar del mundo, hasta que él vuelva. Es la misión de la Iglesia, cuerpo y plenitud de Cristo.

La respuesta a esta primera lectura es un Salmo de alegría desmedida porque Dios es el rey del mundo y asciende entre aclamaciones, el mismo que se despojó de su rango pasando por uno de tantos.

Y ahora, Pablo, en su Carta a los Efesios, nos ruega que andemos como pide esta vocación de testigos: “Llamados a mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”.

Pablo, henchido del Amor de Dios y feliz en Jesucristo parece que quiere resumir en estos dos párrafos el misterio de la fe, de la vocación y la gracia, de los dones otorgados para el ejercicio de cada ministerio, dándonos también la clave que él cifra en la humildad, comprensión, amabilidad y amor que superarán nuestras diferencias y dificultades para convivir.

El apóstol lo tiene claro y es hora de que yo me pregunte si también lo tengo claro y mi objetivo es llegar a esa meta que supone unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios.

Muchos hombres y mujeres, todos, necesitamos de este mensaje, de esta promesa que nos hará alcanzar el máximo de lo que estamos llamados a ser: “Perfectos a la medida de Cristo en su plenitud”.

¿Se puede tener una misión más extraordinaria y hermosa que el poder vivirlo y transmitirlo?

Pues, siendo réplica de aquellos discípulos y discípulas de Jesús que todavía le miraban incrédulos y vacilantes en aquel momento de la despedida, escuchamos las palabras que cada día deben sostenernos en nuestra tarea de poder ofrecer lo mejor de nosotros mismos siendo testimonio del amor del Señor. Aquel que dijo y nos dice “Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.

Amor – Amistad – Fecundidad

VI Domingo de Pascua. Ciclo B

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Seguimos en este domingo sexto de Pascua, escuchando el discurso de la última Cena que hemos venido saboreando en estas últimas semanas y que tiene hoy aires de despedida y exigencias testamentarias, pronto celebraremos la Ascensión. Nos acercamos hoy al corazón del mensaje de Jesús y a la motivación más profunda de su vida. Estamos en el punto más elevado del Nuevo Testamento: el círculo trinitario: el amor que procede del Padre, pasa a través del Corazón de Jesús y por el Espíritu Santo, llega hasta la comunidad de sus discípulos y discípulas.

Hablar del amor de Dios es tema inagotable e inalcanzable. Nunca nos cansaremos de admirarlo en sus obras, en su infinita misericordia, en su ilimitada bondad. Un amor que nos sorprende, que traspasa fronteras, que rompe esquemas, que descoloca. Un amor que con su sabia pedagogía y a través de quien menos pensamos, nos conduce a la universalidad. Lo vemos hoy en la primera lectura de los Hechos en la que se nos relata la “conversión” de Pedro y la llegada del Espíritu Santo a una comunidad de paganos. Los apóstoles fueron comprendiendo a lo largo de su andadura evangelizadora, cuál era la mentalidad de Dios que ya les había revelado Jesús pero que no llegaban a captar. Todavía tenían que ir descubriendo los secretos de la Escritura. Y fueron ayudados en este proceso cabalmente por gente a quien el Señor acepta “porque lo teme y practica la justicia” sea de la condición que sea, como le pasó al mismo Jesús con la sirofenicia.

Y los versículos del Evangelio de este domingo pascual están impregnados de este amor. Jesús no sabe decir otra cosa, da vueltas y más vueltas invitando a permanecer en este amor. Sabe bien lo que significa ser amado por el Padre, el gozo de estar sumergido en El, y quiere y desea que “sus amigos” compartan ese mismo gozo, que experimenten sentirse amados por el “ABBA”. Claro que para ello hay unas condiciones.
Como el Hijo, hay que ser obedientes a la voluntad del Padre, hay que cumplir sus mandamientos. Es una paradoja porque el amor no admite condiciones, es libre, nadie puede obligar a nadie a que le ame. Pero Jesús sí se ha atrevido, por qué?
Porque no manda otra cosa que amar: “ámense los unos a los otros como yo les he amado”. Jesús entiende que “cumplir los mandamientos” cuya síntesis nos transmitió : -“el primer mandamiento amar a Dios con toda tu mente, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas y el segundo, semejante al primero: y al prójimo como ti mismo” (Mc. 12 28-31) y que en la Cena de despedida lo completó: “ámense como YO LES HE AMADO”, – es lo mejor que pueden vivir “sus amigos” entre ellos y el bien más grande que pueden ofrecer a la hora de difundir el mensaje evangelizador. ¡Qué maravilloso sería que esta “obligación” de amar, el amor obediente, el amor entregado al proyecto del Padre fuera siempre el modo de estar en el mundo de las comunidades cristianas, plenamente identificadas en Cristo Jesús, permaneciendo en El y desde El, dar fruto abundante.
Es la obsesión de S. Juan hasta el final de su vida y expresada con exigente suavidad en sus cartas.
Es también la exigencia del Papa Francisco, quien en su última exhortación “GAUDEMUS ET EXUELTEMUS” dice reflexionando
el texto de Mt.25.31-46: “ante la contundencia de estos pedidos de Jesús es mi deber rogar a los cristianos que los acepten y los reciban con sincera apertura…” GE.97

La verdad es que nuestra sociedad necesita beber de este manantial: lo tiene al alcance pero no se acerca, lo rehúye. Si los mandamientos del Señor son justos, perfectos, descanso del alma, si alegran el corazón, (cfr. Sal. 19) ¿por qué será que no son norma general de convivencia humana y de fraterna solidaridad? Para los seguidores de Jesús, elegidos por El , destinados a dar fruto, inmersos en las estructuras del mundo, es urgente tarea evangelizadora infiltrar este amor en acción, este amor servicio, hecho realidad de mil manaras sencillas y en variedad de iniciativas que lo hagan visible y operante.
“Todo cuanto pidan al padre en mi nombre se lo concederá”: pidamos pues en nombre de Jesús para todas las comunidades cristianas un corazón cada vez más identificado al suyo para que, en nuestras obras resplandezca el AMOR.

¿Una viña más competitiva?

Domingo 5º de Pascua

Por: José Luis Terol. Profesor. Zaragoza 

Aparentemente, y por desgracia, el estilo de vida de nuestras sociedades occidentales y “cristianas”, parece más gobernado por los valores del capitalismo y de su escalada inacabable de beneficio y producción, que por los valores del cristianismo y de la propuesta de Jesús.

En casi todos los ámbitos de nuestra convivencia parece naturalizada la urgencia por ser más competitivos, por ganar a otros, por no perder la carrera, por estar en primera línea y por poder mantener la caldera insaciable de una economía cuyo combustible principal es el sufrimiento y la explotación de las personas.

Estamos aceptando con una credulidad pasmosa un supuesto “principio de realidad” por el que parecen inevitables todas las víctimas que el altar del beneficio, de la productividad y del consumo necesitan: tantas trabajadoras precarizadas o en el mejor de los casos semiesclavizadas; las personas vulnerables y dependientes a las que no podemos cuidar; las personas que se han visto forzadas a emigrar; las que solicitan refugio; tantas personas desechadas antes de tiempo del mercado laboral…

¿Cuál es el horizonte de esta competitividad tramposa que nos está deshumanizando y convirtiendo en cómplices y víctimas a la vez? ¿Es compatible esta endiosada competitividad con la propuesta de Jesús o con los valores del Evangelio?

En la lectura del libro de los Hechos se nos narra la “desconfianza” que suscitaba el recientemente converso Pablo, a la vez que se habla de una dinámica de confrontación y valentía, así como de la paz que gozaba la Iglesia en Judea, Galilea y Samaria. ¿Pueden nuestras comunidades estar en paz o no generar contradicción y conflicto, en entornos entregados a la idolatría de la competitividad y del beneficio a toda costa?

En la 1ª Carta de Juan una vez más se nos insta a que “no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” porque toda la propuesta que el apóstol nos traslada es tan “sencilla” como “creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”.

Según esto, y contra la propuesta económica y cultural dominante ¿en qué debemos ser competentes y competitivos los cristianos?

 Dice el evangelista Juan que debemos ser competentes en permanecer vinculados y enraizados en Jesús, porque sólo así podemos dar fruto y no ser arrancados y echados a la hoguera. Los sarmientos unidos a la cepa que es Jesús, producen los frutos que brotan de este enraizamiento: misericordia, compasión, confianza, atención y acogida a los últimos, perdón…

Hagámonos, entonces, “competentes y competitivos”, por la gracia de nuestro enraizamiento, en estos frutos para confrontar y no alimentar el estilo de vida deshumanizador que, por momentos parece arrastrarnos y envolvernos a todos.

 

Yo soy el Buen Pastor

4º Domingo de Pascua, ciclo B

Por: Rosa Mª González. Vita et Pax. Tafalla

Jesús se define como el Buen Pastor y da las razones para convencer a los que le escuchaban. Emplea el lenguaje sencillo con el que sabía que le iban a entender porque el pastoreo era su medio  habitual.

Da su vida por las ovejas, nadie se la quita, él la da. Su vida entregada hasta el final como consecuencia de obediencia al Padre; vida llena de amor hacia la humanidad entera. Vida con la que ha salvado a todas las personas que se acercaban a él porque nadie les hacía caso, porque molestaban con su pobreza, con sus enfermedades, con sus vidas humilladas, despreciadas. A él no le importan las apariencias, mira el corazón y descubre por qué se le acercan y  qué buscan. Y él, como el Buen Pastor, no huye ante el peligro, permanece y entrega su vida  como consecuencia  de su misión  

 Conozco a las mías, y las mías me conocen. Igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Nos iguala en conocimiento con el Padre y eso nos tenía que sobrecoger porque durante toda su vida hace referencia a Él y podemos atisbar cómo se siente amado y cuánto necesita de su presencia.

 Cuántas veces empleamos el verbo conocer sin preocuparnos demasiado de su verdadero significado. Conocemos a muchas personas de vista, de algún encuentro, de vivir cerca, pero de muy pocas  podemos decir que las conocemos y que nos conocen. Jesús hoy nos dice que nos conoce, con nuestros límites y nuestras posibilidades y eso nos ensancha el corazón porque, a pesar de nuestras limitaciones, nos sentimos comprendidas y amadas por él. Y nosotros, nosotras, le vamos conociendo porque su lenguaje es de amor; no significa la aprobación de todas nuestras conductas, su vida nos enseña a corregir todo lo que es contrario al amor. Nos anima a seguir creciendo en su conocimiento.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Jesús se siente enviado para toda la humanidad, no se conforma con los que están cerca, sabe que su misión va mucho más allá, nos sabe y nos quiere libres pero al mismo tiempo desea la felicidad para todos sus hijos e hijas y sabemos cuáles son sus preferencias. Una de las imágenes más sugerentes de la paciencia ilimitada de Jesús es la parábola del hijo pródigo. Le deja en plena libertad pero su espera es activa y no descansa hasta que su hijo vuelve.

El evangelio de hoy nos enseña con claridad qué actitudes fundamentales tenemos que desarrollar si queremos entrar en la dinámica del Buen Pastor. Desde esa seguridad que nos da el apóstol S. Juan en la segunda lectura  también podremos exclamar: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!

 

La fuente

3º Domingo de Pascua

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En el centro mismo de nuestra fe existe una fuente permanente de esperanza: El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús; es decir, a Jesucristo crucificado Dios lo ha resucitado. Es más, podemos afirmar que la fe cristiana es respuesta a esta presencia resucitada, sin ella no tendría sentido.

Nadie vio realmente a Jesús resucitar de entre los muertos. Nadie sabe todavía qué es o a qué se parece la vida más allá de la muerte en la gloria de Dios. Pero aún a tientas los discípulos tomaron conciencia de esta nueva situación de Jesús, “vieron” y conocieron su “presencia” por el poder del Espíritu con los ojos de la fe. En adelante, lo reconocen en un forastero que se les une en el camino y en la fracción del pan; en la paz del perdón; en la forma de pronunciar el nombre de la mujer llorosa a la que se dirige; en alguien que les cocina en la orilla del lago mientras espera que lleguen de pescar; palpando unas manos y unos pies con heridas de amor; en quien come con ellos un tentempié entre horas…

Y los discípulos mismos testifican que la persona resucitada de entre los muertos no es otra que Jesús de Nazaret, que había sido crucificado bajo Poncio Pilato. Por lo tanto, la resurrección representó un cambio radical de dirección en la decisión tomada por los jueces humanos, políticos y religiosos, que habían considerado que las palabras y las acciones de Jesús a lo largo de su vida y ministerio lo hacían merecedor de la muerte. Significa que, a los ojos de Dios, la víctima de la pena capital había tenido un comportamiento magnífico al transmitir su mensaje, en sus acciones y en su persona.

La muerte de Jesús se produce como consecuencia de las hostiles respuestas de los gobernantes religiosos y civiles al estilo y contenido de su ministerio, al que Él fue radicalmente fiel con una libertad a la que no estuvo dispuesto a renunciar. Pero en contraposición con este juicio que los poderosos emitieron contra Él, la resurrección revela que en, durante y más allá de su muerte, el poder y la sabiduría entrañables de Dios han dicho su última palabra. Crucificado por su hacer y decir, Jesús se ha visto ahora confirmado como verdadera Palabra y Sabiduría de Dios, como Emmanuel, Dios con nosotros.

Contra todas las apariencias que parecían indicar lo contrario, resulta que, después de todo, Dios no abandonó a Jesús en la cruz. Es más, es aquí donde Dios se revela de la forma más propia de Dios: rico en bondad y misericordia, lo suficientemente poderoso y amante como para resucitar a Jesús.

La resurrección de Jesús no acabó con el sufrimiento del mundo. A través de la historia continúan alzándose cruces, y la agonía perdura. Pero Cristo crucificado y resucitado revela la verdad de que la justicia divina no cesa de actuar como levadura en el mundo, y lo hace sin recurrir a ningún tipo de violencia. La victoria no se consigue con la fuerza de la espada de un dios guerrero, sino en virtud del poder del amor compasivo que lleva a Dios mismo a solidarizarse con quienes sufren, con el fin de curarlos y liberarlos.

El Crucificado, víctima de una “injusticia del Estado”, no se ve abandonado para siempre. Desde ahora en adelante la cruz de Jesús se convierte en punto crítico que nos permite conocer cómo participa Dios en el sufrimiento del mundo con el fin de salvarlo. Este convencimiento nos da esperanza a todos los creyentes pero, de manera muy especial, es una extraordinaria buena noticia para los pobres, los despreciados, los oprimidos, los que se esfuerzan por salir a flote, las víctimas de abusos, los acusados falsamente, los desaparecidos, los que dejamos morir en el Mediterráneo… Dios se pone descaradamente del lado de las víctimas y desautoriza a los causantes de tanto dolor.

La resurrección de Jesús es la fuente de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor (misión).

¡¡Paz a vosotros!!

2º Domingo de Pascua, Ciclo B

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

¡Qué bonito saludo para un encuentro, para cualquier encuentro!  Es así como saluda  Jesús a sus discípulos “al anochecer de aquel día, el primero de la semana”.  Era la primera vez que él se les hacía presente después de su muerte.  Ellos sabían que  había muerto, colgado en una cruz, el suplicio más cruel que se aplicaba a “los malhechores”.  ¿Cómo no iban a estar “en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”?  Al fin y al cabo cualquiera podía acusarles diciendo: “Tú eres uno de los suyos…”

Verdaderamente, necesitaban experimentar que Jesús estaba vivo, que les transmitía un mensaje de serenidad, de paz… Solo a partir de esta experiencia pudieron salir a la calle y proclamar que lo de su Maestro y Amigo no había terminado en la cruz, que todo lo que él les había dicho durante el tiempo que anduvieron con él y el testimonio de su propia vida, no eran solo palabras bonitas y entusiasmantes sino el verdadero Mensaje que Dios transmitía al Pueblo – y al mundo entero-  por su enviado, el Mesías prometido: Dios es Padre-Madre, ama a todos sus hijos por igual y quiere que vivamos como hermanos.  Como hijos, podemos sentirnos queridos por su Amor infinito y como hermanos hemos de querernos y ayudarnos, a la medida de nuestra capacidad de amar.  Anunciar, proclamar, que este es el Proyecto de Dios  para todos nosotros es lo que Jesús entendió y asumió como la misión de su vida; esta misión la fue cumpliendo en medio de muchas dificultades y le llevó, finalmente, hasta la cruz.

No nos cuesta mucho situarnos ante el relato de los discípulos, encerrados en una casa por miedo a los judíos.  También a nosotras/os nos cuesta a veces  manifestarnos como creyentes, seguidores de ese Jesús, del que se pudo decir que “Pasó por la vida haciendo el bien”  ¿Se puede decir algo mejor de alguien que ha muerto? ¿Y decir que intentamos seguir a ese Jesús nos avergüenza? ¿Nos da miedo?  Quizá somos como Tomás, que no creyó mientras no vio, mientras no experimentó esa presencia… Pero Jesús, ante Tomás, se dirigió a todos nosotros: “¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!”

No le hemos visto con nuestros ojos de la cara pero se nos ha hecho presente a “los ojos del corazón”.  Jesús y su Mensaje han llegado a nosotras/os por la experiencia y el testimonio de los que se han encontrado con él a lo largo de la historia.  De todos aquellos que consideraron que el Evangelio que Jesús anunciaba y su manera de vivir eran buenos –¡los mejores!- para nuestras propias vidas y para la convivencia humana, que su invitación a servir y ayudar a los demás es la mejor manera para nosotros de crecer como personas y lograr que los demás crezcan igualmente, que vivir en fraternidad es la mejor manera de vivir que nos podemos ofrecer unos a otros.

Ante el asombro de los miedosos discípulos Jesús repitió: “Paz a vosotros.  Como el Padre me ha enviado así también os envío yo”.  Somos afortunados, hemos recibido una misión importante:  trabajar, colaborar con toda persona dispuesta a hacer un mundo mejor, un mundo fraterno, un mundo digno para todos los que lo habitamos, en el que todos vivamos en paz y armonía, sin miedos a los otros seres humanos porque confiamos que nadie quiere hacernos daño porque es nuestro hermano.

“Así os envío yo…”  Seguimos a aquel que “pasó por la vida haciendo el bien”.  Nuestra misión, como enviadas y enviados, es dar continuidad a lo que Jesús inició: hacer el bien que podamos, sembrar paz, acoger y acompañar a los que se sientan débiles o se les niegan derechos, defender y restablecer dignidades… ¡Cuánto por hacer y cuántas posibilidades de hacerlo, a pesar de nuestras propias fragilidades y del peso de nuestras comodonerías y egoísmos!  A lo largo de su vida Jesús también tuvo que luchar con las tentaciones que le presentaban caminos más fáciles a seguir y con resultados prometedores de más gloria que morir en una cruz.

Jesús contempló y admiró la Naturaleza; en muchas de sus Parábolas pone ejemplos de lo que él conoce y ve a su alrededor: la higuera, la vid, los lirios del campo, las semillas, las tormentas…  Todo es  obra de su Padre, ofrecida como “la Casa” en la que pudieran vivir cómodamente todos sus hijos.  Pero  los hijos no hemos administrado bien el rico “Patrimonio” recibido: hemos repartido mal “los frutos de la Tierra” y, con el afán de apropiarnos de ellos para utilizarlos a nuestro capricho, hemos ido deteriorando progresivamente “la Casa” común.  Para los seguidores de Jesús hoy, “Pasar por la vida haciendo el bien” también incluye “hacer el bien a la Naturaleza”, para que siga siendo un lugar habitable para las generaciones que vendrán y repartir justamente sus frutos para todos los que vivimos y vivirán en ella.

“¡Paz a vosotros!”… “…Así también os envío yo”. Palabras de Jesús a sus discípulos, a los de ayer y a los de hoy, a nosotras/os concretamente.  ¿Nos consideramos creyentes, seguidoras y seguidores de Jesús?  Con la Paz que él nos ofrece y sabiéndonos enviadas/os, ¿nos quedaremos recluidos en nuestras perezas, indecisiones, egoísmos, rivalidades…? Manifestemos nuestra adhesión a Jesús con nuestras palabras, con nuestras actitudes y, sobre todo con nuestras obras, con el convencimiento de que, lo que él dijo y practicó, sigue siendo Buena Noticia, y muy necesaria, para los que hoy formamos la única familia humana.

 

La VIDA empuja

Domingo de Resurrección

Por:Maite Menor Esteve. Vita et Pax. Guatemala

Este el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”

Hoy es una día grande, tal vez el más grande que los y las seguidoras de Jesús podemos celebrar. La VIDA empuja con toda su fuerza y vitalidad, la LUZ vence las tinieblas y la oscuridad de nuestro mundo, la muerte no tiene la última palabra… ¡Cuánto está necesitado nuestro mundo de esta buena noticia! Hoy tenemos que estar radiantes, alegres, felices porque Dios, Padre y Madre, ha resucitado a Jesús. Dios resucitando a Jesús confirma su vida, su mensaje, su opción por los marginados y excluidos, y nos dice: así es como hay que vivir y actuar, pasar por la vida haciendo el bien, haciendo el bien cotidianamente, liberando a los que viven oprimidos por la angustia, la desesperación, la falta de oportunidades, la avaricia y el egoísmo, el sin sentido…

Hoy comienza el tiempo pascual, tiempo para profundizar, degustar y saborear el verdadero significado de la resurrección de Jesús. Hoy comienza el tiempo de la Ruah, ese Espíritu que impulsó, animó y fortaleció a Jesús a lo largo de su vida. Ese Espíritu que Jesús prometió que nos acompañaría a todos y todas los que creemos en Él. Ese Espíritu que dio fuerza y valor a los discípulos y discípulas para anunciar que Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos. Ese Espíritu que nos invita a seguir hoy anunciando que Jesús es el que Vive, el Viviente, como dice el Apocalipsis 1, 18: El viviente, el que era y el que es.

La tumba está vacía. Muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. Resucitó de verás mi amor y mi esperanza. ¿Cómo sería nuestro mundo si las que decimos creer en Jesús viviéramos con este convencimiento? ¿Cómo sería nuestra vida si en los momentos difíciles, de dificultades, oscuridad, etc., viviéramos con esta certeza?

La experiencia de la resurrección nos invita a salir de nuestra zona de confort, de nuestras seguridades, comodidades y gritar con voz fuerte que Jesús está Vivo y camina con nosotras y nosotros. Hoy como a María de Magdala, Jesús nos dice: “ve y dile a mis hermanos…” No podemos quedarnos esta experiencia solo para nosotras, hemos de anunciar que Jesús ha resucitado, que la vida triunfa sobre la muerte y que los poderes de este mundo se acabarán.

Hoy, más que nunca, hemos de dejarnos impulsar por el Espíritu de Jesús resucitado y continuar trabajando y esforzándonos por la construcción de un mundo más justo, humano y digno para todos y todas. Hoy se nos invita a ser la levadura de un nuevo mundo donde la dignidad de las personas sea respetada, donde reconozcamos los derechos de todos y nos convirtamos en defensoras de los más vulnerables y excluidos.

Que en este tiempo pascual que comenzamos hoy, seamos sembradores y sembradoras de semillas de Reino.

 

 

 

                                                                                                         

El mandato de Jesús y la ofrenda de su vida, dos momentos de una misma experiencia

Jueves y Viernes Santo

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

Los relatos del evangelista Juan, nos llevan a recorrer  la experiencia de los últimos días de Jesús  vividos con sus amigos y amigas.

Son dos tiempos distintos, dos momentos, pero que expresan una misma realidad y forman parte de una misma experiencia de donación y amor de parte de Jesús.

Cuando releemos los textos evangélicos de estos dos días en que se nos invita a repensar y acoger lo que Jesús hizo y las razones por las que dio su vida, nos adentramos en ese misterio de amor que hasta hoy nos es difícil de comprender en toda su magnitud.

 Y necesitamos releerlos a la luz de lo que aconteció más tarde, cuando el Padre Bueno confirma, en la Resurrección de su Hijo Jesús, cada uno de los gestos y palabras que nos regaló a través de su vida entre los que conformamos su pueblo, por fe.

No se puede entender el Paso de Jesús en el encuentro del Cenáculo, cuando celebra la pascua judía con sus discípulos y discípulas, ni su muerte como un malhechor en una cruz, sin la luz y fuerza que nos da el reconocerlo resucitado por su Padre. Después de esta experiencia nueva, al igual que los discípulos y discípulas, comenzamos a entrever y comprender el significado de su vida, su paso entre nosotros y su muerte, donde se nos regala la VIDA.

¿Qué rescatamos de aquella memorable cena pascual? El servicio por amor. Aún sin entender del todo, los amigos de Jesús, ante el gesto que les propone de lavarles los pies, aceptan, porque quieren “tener parte con Él”. Ya han caminado a su lado, ya han podido descubrir el significado del servicio a los demás, lo hay testificado cada vez que Jesús ha sanado, ha abrazado a alguien que vive el dolor, la soledad, el rechazo, cada vez que Jesús dignifica la vida de cada persona excluida o marginada. Y quieren ser parte de ese modo de entender la vida.  Con Jesús, miran de otra manera al ser humano y el sentido de sus vidas cambia. Pero lo comprenden después, cuando lo reconocen vivo, resucitado, repitiendo los mismos gestos que él hacía cuando estaba entre ellos.

No convirtamos el gesto de “lavar los pies” al hermano, a la hermana,

en solo eso, un gesto repetido cada año, que solo emociona, pero no cambia el corazón.

¿Y qué es hoy lavar los pies a la persona que lo necesita?

Hay tantas oportunidades hoy de servicio… Nuestro mundo no mira hacia abajo, hacia las personas más desposeídas, las rechazadas por su ignorancia, las que viven en la soledad, o metidas en el mundo de la violencia, la droga, las víctimas del poder y la corrupción. Hoy repetimos la historia y, maltratamos injustamente a los sencillos y desprotegidos.

Atrevámonos a repetir, también, la historia de la donación, la denuncia de lo injusto y el servicio a quien es maltratado e ignorado. Los niños y niñas, las mujeres, los que viven en la pobreza más severa, y no son  reconocidos por causa de su etnia, sexo, religión.

Así nos lo enseñó Jesús con su vida, su palabra y su acción mientras estuvo entre nosotros.

Y eso es lo que en este nuevo año, como una nueva oportunidad, nos presenta la liturgia del jueves grande, producto del amor incondicional de Jesús a sus amigas y amigos. Y con ese gesto, hizo presente su Buena Noticia de lo que El expresaba como Reinado de Dios.

Aprendamos la lección…

Pero cuando vivimos con coherencia nuestra fe en Jesús y nuestra opción por Él como seguidoras y seguidores suyos, no podemos olvidar que hay que acoger y asumir, como Él, el precio de la cruz. No hay resurrección verdadera, sin muerte ni sufrimiento.

En este viernes, santo, porque a quien hacemos presente es el Santo de Dios, recorremos con Jesús su camino de dolor, humillación, sufrimiento e incomprensión, no solo de su pueblo, sino también de sus amigos. Y contemplamos que lo recorre en silencio, con humildad, sabiendo en su interior que esa sentencia de muerte es fruto de su coherencia de vida. “No me quitan la vida, la doy yo…” puesta su confianza en  Abba, su Padre.

Una nueva propuesta para entender cómo tiene que ser nuestra andadura y adónde nos va a llevar, si nos comprometemos a seguirle con su mismo estilo de vida. 

Una nueva invitación a mantener nuestro compromiso  de bajar a los crucificados de nuestro mundo de hoy, para que puedan gozar de una vida plena y resucitada, como Jesús lo sueña.

Sabemos que si levantamos la voz por los que no tienen voz; si defendemos la vida de los más pobres; si optamos por dignificar la vida de las mujeres y las niñas; si señalamos la violencia y la corrupción de los que sustentan el  poder y solo buscan su propio beneficio… nuestro camino no será un camino de rosas ni de alabanzas. Quien dice la verdad molesta y  acaban por condenarlo. Como a Jesús.

Mandato de servicio. Amor incondicional. Muerte y sufrimiento. Es verdad. Momentos de una misma experiencia. Pero sin perder la perspectiva de que caminamos hacia la Vida plena, resucitadas y resucitados en Jesús, Señor de la Historia. Y esa certeza nos tiene que dar la fuerza y la energía, emanados de la Ruah, su mismo Espíritu, para caminar decidas y decididos hacia la PASCUA de hoy. El Paso del Señor por nuestras vidas.

 

 

 

 

 

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