Por el bautismo nos incorporamos a Cristo

13º Domingo, T.O. Ciclo A

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

La hospitalidad hacia el profeta provoca la generosidad de Dios. Cuántas veces nos hemos encontrado este mismo caso a lo largo de la historia de este Pueblo que fue el primer elegido por el Amor y para amar.

Al leer el primer texto de la liturgia de este domingo decimotercero, (1Re.) he recordado unas palabras que me fueron dichas muchas veces por una persona muy querida: “Dios no se deja ganar en generosidad”. Y debo decir que muchas veces lo he sentido como experiencia propia. Es lo de la siembra y la cosecha, es lo de recibir el ciento por uno, es lo de ser capaz de bajar de tu situación tan privilegiada y ponerte al nivel del que necesita que le mires, le toques, le hables…

Es el evangelio de la vida, no la teoría de las palabras sino la profundidad y belleza de los hechos.

Y nos ha quedado para siempre este canto de persona agradecida “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Las misericordias de su corazón por mí misma, por todos, por el mundo tan enfermo, por el mundo necesitado y triste desde la pobreza o la opulencia. ¡Qué más da! Pero… ¿y verlo, y sentirlo? Eso es puro DON.

Afortunado poeta, que nos dejó su experiencia conjugando armoniosamente las dos palabras clave: “misericordia y eternidad”.

Cada día, cada domingo, al tomar en las manos la Palabra, hay una lección donde la vida misma es cruzada, cual urdimbre, por esa sabiduría que nos hace, poco a poco, verlo todo con ojos y mirada distinta. Es un nuevo tejido el que aparecerá ante nosotros.

Y aquí tenemos el ejemplo clarísimo de S. Pablo en su carta a los romanos cuando asegura que “los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte…y si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con él”.

Esperanza y promesa de vida nueva, vida de resucitados, vida de Dios, vida de Cristo.

¿Cómo se explica todo esto? Cuestión de amor, de respuesta incuestionable, de clarísima escala de valores donde sabemos que Cristo es cabeza y corazón; centralidad en el ser del cristiano, del discípulo, que vive por Él, para Él, y por tanto para los demás.

Con cruz, eso sí,  y adelante; sin buscarla pero sin rehuirla, perdiendo la vida propia la que mira para uno mismo engordando de vanidad, de riqueza, de poder, de gloria…,  para ofrecerla generosamente. Y acogiendo,  para formar comunión de vida, para que Cristo se comparta.

Domingo de misericordia y de eternidad, de canto agradecido. El tiempo Ordinario da para mucho y este domingo trece nos hace sentirnos felices porque el bautismo nos incorpora a la vida nueva, por el Espíritu.

 

No tengáis miedo

12º Domingo, T.O. Ciclo A

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla (Pamplona)

 Terminado el ciclo Pascual, con las tres fiestas posteriores: Pentecostés, La Santísima Trinidad y el Corpus Christi, retomamos el Tiempo Ordinario en su duodécimo domingo. Es como si cerrásemos el paréntesis que se abrió el primer domingo de Cuaresma.

Y es en el tiempo ordinario, en lo cotidiano, donde tenemos que ir dando hondura a nuestra vida; aprender a mirarla como un don que se nos hace cada mañana; acoger ese regalo, sabiendo que en la monotonía de cada día es donde aprendemos a dar calidad a nuestra propia vida. A veces es tanto el dolor que nos rodea, el cansancio, la impotencia de hacer algo más por tanta gente que sufre en cualquier lugar del mundo, que nos puede invadir la desesperanza y reaccionar como el profeta Jeremías, viendo enemigos por todos los lados y “refugiarnos” en el Señor dejando de hacer lo que podemos para aliviar un poco tanto dolor.

El evangelio de hoy nos anuncia que nuestra vida, como la de los discípulos, no va a ser fácil y nos repite hasta tres veces que no tengamos miedo: “No tengáis miedo a los hombres”; “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo”; “nada va a pasar sin que lo disponga vuestro Padre… Por eso, no tengáis miedo.”

Surge la pregunta: ¿A qué debemos tener tanto miedo? Y para entenderlo un poco mejor hay que ir al final del capítulo noveno de Mateo y escuchar la frase de Jesús: “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor”. Y no se queda en la compasión, que ya es un paso importante, sino que busca a un grupo de personas para cambiar la situación. Llamó a sus doce discípulos a cada uno por su nombre “y les dio su poder para expulsar espíritus inmundos, y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”.

Sentirse elegido, elegida por el Maestro, ayer como hoy, nos puede  dar una cierta satisfacción. Pero la misión para la que Jesús elige no es tan sencilla cuando les y nos repite: “no tengáis miedo”. Miedo no solo a los demás sino a nosotras mismas porque nos descoloca, nos descentra para llevar la mirada a quienes están  mucho peor que nosotras: las gentes que están cansadas de tanto caminar para encontrar algo de comer, trabajo, dignidad, seguridad. Miedo también a tanto dolor y muerte sin sentido, poniendo a un dios como bandera para justificar el mal.

Y  te surge el interrogante, ¿cómo entender a Jesús en el evangelio de hoy cuando dice: “Valéis más vosotros que muchos gorriones”?. Solo te sale pedir al Señor que aumente nuestra FE para llegar a intuir el verdadero sentido de sus palabras; ESPERANZA al ver a mucha gente que trabaja sin descanso para construir el Reino de paz, justicia, vida, verdad. Y AMOR, mucho amor, para ser fieles a la misión que tenemos quitándonos el miedo que nos oprime y corta nuestras alas para poder volar. Y así, fiándonos de Aquel que se entregó hasta dar la vida por todos,  nos ayude a actuar como hijos e hijas de Dios.

“Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto…”

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

En este domingo siguiente al de la Santísima Trinidad celebramos la “Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor”. Este día está inseparablemente unido al Jueves Santo, en el que conmemoramos la entrega de Jesús, invitando a los suyos a recordar y revivir siempre ese momento definitivo suyo en  fidelidad a su Misión: dar su vida por amor. “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan, 15,13).

Jesús no recomienda solamente rememorar aquella Cena de despedida sino que  da una pauta de vida a los que le acompañaban en aquellos momentos y a los seguidores de todos los tiempos: “Haced esto”.

“Haced esto”  supone asumir su actitud de entrega por amor.  “Tomad y comed” su Cuerpo, “Tomad y bebed” su Sangre es alimentarnos de Él, para transformarnos en Él: asumir sus actitudes y revivir su entrega. Alimentarnos de Él para transformarnos en Él no es cosa de un día, es un proceso que nos debe llevar a pensar como Él, sentir como Él y vivir como Él.

Jesús vivió totalmente entregado a cumplir la voluntad del Padre. “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… Aquí estoy para hacer tu voluntad” (Salmo 39). Y la voluntad del Padre siempre  le manifestó que su vida fuera una entrega a sus hermanos.  Y éste fue su legado: “Haced esto en conmemoración mía”.

En la vida ordinaria  los alimentos que comemos los asimilamos y se transforman en nuestra propia vida, en nuestro ser. Aquí ocurre lo contrario. En la Eucaristía Jesús es nuestro Alimento pero Él también nos asimila, nos transforma, nos va haciendo como  Él.  (Si nos dejamos, si somos conscientes de lo que supone participar en la Eucaristía…).

Uno de los Himnos de la Liturgia de las Horas de esta Solemnidad refleja bien lo fundamental de esta celebración y su relación con el Jueves Santo:

Oveja perdida, ven, /sobre mis hombros, que hoy /
no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también.

        Por descubrirte mejor / cuando balabas perdida /

        dejé en un árbol la vida / donde me subió el amor; /

        si prenda quieres mayor / mis obras hoy te la den.

                 Pasto, al fin, hoy tuyo hecho, / ¿cuál dará mayor asombro, /

               o el traerte yo en el hombro / o el traerme tú en el pecho? /

                  Prendas son de amor estrecho / que aún los más ciegos las ven.

Señor Jesús: Tú, que me alimentas, transforma poco a poco mi vida en la Tuya.  Que mi participación en la Eucaristía no sea una rutina. Ya sé que yo he de ser consciente de ello. ¡Ayúdame!

 

La Trinidad: su identidad y su misión

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Es un gusto que, después de haber celebrado el ciclo pascual tan centrado en Jesucristo, su Pasión, su Muerte, su Resurrección y sus Apariciones fortaleciendo la fe de los discípulos,  celebremos hoy a la TRINIDAD adorándola, bendiciéndola y agradeciendo toda su obra en  conjunto. Solemnidad puesta cabalmente al comienzo de la segunda y más larga parte del tiempo ordinario para que ilumine la vida cotidiana de los seguidores de Jesús.

La Trinidad es, por excelencia,  el mejor punto de referencia de la vida cristiana, individual y comunitariamente considerada. Ella es diálogo, comunicación y comunión. Nuestro Dios es cercanía, generosidad, amor puro sin ninguna adherencia de egoísmo: ESTA ES SU IDENTIDAD, SU “ADN”.

Las lecturas de  hoy, de manera particular la del Éxodo y la evangélica, son una clara muestra de ello. El pueblo en el desierto sufría la amenaza de fracasar en su camino de liberación. Se les hacía difícil  caminar sin “ver”, sin “sentir” al Dios que los había sacado de la esclavitud: –el camino de la fe antes y ahora es duro-. Cayeron en la idolatría –también ahora nos hacemos ídolos-.  Pero  YAHWE es fiel y da de nuevo la oportunidad: ordena a Moisés subir a la montaña y a su vez, EL desciende. Y se da el encuentro. Moisés se atreve a pronunciar su nombre y el Señor se revela: “YAHWE, DIOS COMPASIVO Y BONDADOSO, PACIENTE, RICO EN AMOR Y FIDELIDAD” son sus características esenciales. Dios no rompió la alianza con su pueblo, siguió caminando con él. Dios comprometido con un pequeño pueblo que en su travesía tendría momentos de grandes seguridades: “Qué Dios es tan grande como nuestro Dios”  y momentos de grandes infidelidades.

Pero el Dios trinitario, dispuesto siempre a buscar soluciones abrió el diálogo entre sí, entre los tres  –deliciosamente lo intuye y lo cuenta S. Juan de la Cruz en el romance de la Encarnación-: El Padre, preocupado por toda la humanidad ve necesario eliminar distancias y le propone al Hijo que se iguale a la que considera su esposa. El Hijo responde: “mi voluntad es la tuya y mi gloria, cumplirla”. Así de sencillo, así de fácil.  Por eso podemos saborear hoy en el texto evangélico, las palabras de Jesús a Nicodemo: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único…”. 

Dios ama a cada hombre y a cada mujer, a todos ofrece gratuita y anticipadamente la  VIDA EN PLENITUD. Depende de cada persona la aceptación o el rechazo. Dios no puede hacer más: el Padre en el Hijo nos lo ha dicho y nos lo ha dado TODO.  El Hijo, con sus palabras, actitudes y gestos liberadores nos ha transmitido, con total fidelidad, el retrato exacto del Padre: “el Padre y yo somos una misma cosa”, nos ha detallado su proyecto y el camino a seguir y el Espíritu de los dos es el que trabaja incesantemente en los corazones de las personas consolando, dándoles a gustar lo que es bueno; trabaja en el corazón de las comunidades eclesiales  animándolas, sugiriendo iniciativas, impulsándolas a “salir”  y trabaja  en el  corazón de la historia conduciéndola hacia la plenitud y para que progresivamente  sea realidad el sueño de los TRES: LA FRATERNIDAD UNIVERSAL. QUE LA HUMANIDAD REBOSE DE LA VERDADERA VIDA.

La fiesta de la Santísima  Trinidad, es  la fiesta de la comunidad cristiana y ha de iluminar toda su vida y su caminar. Ha de ser su brújula. Las recomendaciones paulinas revelan el rostro que debe transparentar, caracterizado por la alegría, la animación mutua, la búsqueda y cumplimiento de lo que quiere el Señor, la unidad  -obsesión de Jesús en su última cena con los discípulos, hecha oración al Padre- el vivir en paz. Todo ello conduce a la capacidad de superar los conflictos, al diálogo, a la solidaridad, a tener un único objetivo: EVANGELIZAR, dar testimonio del Dios rico en misericordia.

La Trinidad impregna toda la vida cristiana. Toda la liturgia de la Iglesia, cualquier actividad empieza y termina en su nombre. Ojalá seamos cada día más conscientes de que  decir:  EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO, es un compromiso de amor, de fidelidad, de coherencia, de comportarnos como hijos/as, hermanos/as, colaboradores eficaces en el proyecto del REINO:  

       Que toda nuestra vida sea un canto de bendición y alabanza a los TRES que han

                               querido hacer de nuestros corazones su morada.

            

En la fiesta de Pentecostés….¿Dónde está el Espírítu?

Pentecostés. Ciclo A

Por: José Luis TerolProfesor de Ciclos Formativos (Intervención Comunitaria) Zaragoza

Cuando las puertas están cerradas y el miedo gobierna nuestras vidas, el Espíritu no tiene cabida y tampoco es posible la Paz.

¡Qué oportuna es la Palabra, cuando en un presente gobernando por gurús y “maestros” del MIEDO, nos interpela y sale a nuestro encuentro!

¿A quienes tenemos hoy miedo y les estamos cerrando las puertas?

 La lista puede ser larga y cada una de nosotras puede añadirle sus “vetos” personales: a los refugiados, a los inmigrantes, a los musulmanes, a los que no piensan como nosotras, a los diferentes….¿A LOS POBRES? (Vease, el  último ensayo de Adela Cortina “Aporofobia. El rechazo del pobre”).

En el Libro de los Hechos se visibiliza la presencia del Espíritu Santo “como un viento fuerte”. ¿Cuáles serían hoy las señales o representaciones del Espíritu?

La Palabra nos aporta algunas claves para el discernimiento.

“Y comenzaron a hablar en otras lenguas”, para ENCONTRARSE, para romper todos los muros, barreras y diferencias que impiden el encuentro. ¿Cómo es posible, invocar el nombre de Jesús, al Espíritu, para separar, para defenderse, para humillar?

“Todos nosotros, judíos y no judíos, esclavos o libres, estamos llamados a formar un solo cuerpo”, porque “Dios da a cada uno para provecho de todos”. La presencia y los dones del Espíritu parecen inseparables de la defensa de la COMUNIDAD y de la DIVERSIDAD. ¿Acaso sólo la comunidad eclesial o la comunidad de Occidente, o más bien, la única comunidad y familia humanas?

“Y todos los hemos oído contar en nuestra lengua las maravillas de Dios”, pero ¿cuáles son hoy, por dónde se otean, las maravillas de Dios en este presente oscurecido por el miedo y la muerte? ¿Dónde están –y afortunadamente abundan en las comunidades cristianas y en la sociedad- esas presencias que hacen posible encontrarse, que defienden la comunidad, la diversidad y la igualdad incondicional de todos y cada uno de los seres humanos?

Personalmente –y no obviando ninguna de mis innumerables contradicciones- atisbo  aroma del Espíritu en la presencia  silenciosa e incondicional de tantos cristianos, ateos y agnósticos, acompañando a los más vulnerables. Y no la atisbo en la “defensa corporativa” de la enseñanza de la religión, protegiendo un estatus y unos privilegios que escandalizan.

También la atisbo, en las Marchas de la Dignidad -¡tan satanizadas por “los medios de la Iglesia”-que el pasado fin de semana reivindicaban en Madrid Pan, Techo y Trabajo para todos. Y no la atisbo en la pelea de tantos obispados por la propiedad privada de unos inmuebles, a través de las polémicas inmatriculaciones que son posibles por la “generosidad” de un Gobierno que protegía a la Iglesia y a la Religión.

También la atisbo en procesos tan humildes y precarios como el del colectivo de Trabajadoras del Hogar y de los Cuidados que vienen organizándose en muchas ciudades para generar un espacio de apoyo y para reivindicar sus derechos ante tantas condiciones cercanas a la esclavitud. Y no la atisbo en la impunidad de algunos obispados protegidos ante la revelación continua de diferentes escándalos de carácter sexual y económico.

Aprovechemos la fiesta de Pentecostés  para cultivar nuestro instinto espiritual y dejarnos seducir por las presencias del Espíritu que abundan en nuestro presente y en nuestras vidas y que nunca se dejan controlar ni manejar por nadie.

 

                                                                             

 

Bendecidos y enviados

Ascensión del Señor. Ciclo A

Por: José Moreno Losada. Revista Homilética, S.T.

¿Plantados o enraizados?

El tiempo pascual nos devuelve a nuestros orígenes y raíces de la fe apostólica, enraizada en el Espíritu del Resucitado, que bendice y envía desde una promesa que lo es de plenitud. La Iglesia y los cristianos, a lo largo de la historia, tenemos la tentación de olvidarnos de la raíz primera que nos lanza al futuro, del Espíritu del Resucitado, y plantarnos en el tiempo y en las medidas que no son del Espíritu, buscando la seguridad y la permanencia frente al deseo de la plenitud que nos ha sido prometida. Cuando eso ocurre, pintamos el paraíso de origen de fijismo, para justificar nuestra comodidad y nuestro deseo de seguridad calculada, frente a la invitación al riesgo y a la plenitud. Nos agarramos a un alfa conservador, principio petrificante, frente a una omega de realización y esperanza verdaderas. La fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, con la fuerza de la Palabra de Dios, viene a recordarnos que Dios «no nos ha dejado plantados, sino bendecidos y enviados», enraizados en la fuerza y vida del Espíritu Santo en el que hemos sido bautizados. La Ascensión nos hace ver que somos la Iglesia del Espíritu; y  la defensa y la conservación de la institución no deben apagar ni encerrar al don del Espíritu.

En misión, sin seguridades ni calendarios

La comunidad cristiana primitiva, tocada por la experiencia del Resucitado, tiene que hacer el traspaso de la concepción de una Jerusalén cerrada e hipotecada con el pasado, a la Jerusalén abierta al futuro y a la plenitud de lo universal, a un nuevo pueblo que solo tiene como bandera la libertad gloriosa del Crucificado que ha resucitado. Se trata de una novedad que está cargada de riesgo y compromiso. Una vez más, la libertad verdadera, la que Dios  promete, se gana en la confianza y en la vivencia del paso del desierto dificultoso que nos lleva a la verdad de lo único auténtico: el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Sólo la fuerza del Espíritu puede entrar en la revolución de la misión y el anuncio del Evangelio que salva y rompe todas la fronteras para que la bendición y la salud

lleguen a todos los hombres en todos los lugares. La ascensión del Crucificado, que «sube entre aclamaciones y al son de trompetas», es la manifestación clara de que ya nada está atado y encerrado; los límites de los cerrojos de las puertas de frontera han saltado y ahora estará siempre con nosotros. El invierno de la historia ha pasado, ahora es primavera y se prepara la cosecha, es el tiempo de la Iglesia; y ésta no puede, ni debe, mantenerse encerrada en campamentos de inviernos. La Ascensión nos recuerda que nuestros motivos sólo lo son para salir y dar la vida, no para excluir ni descartar, sino para abrir y enredarnos, para universalizar en el horizonte de una fraternidad que ya ha sido estrenada y prometida como plenitud para todos los hombres y toda la creación.

Testigos de la Ascensión de Jesucristo

«Comprender cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuál la riqueza de la gloria que dan en herencia a los santos, la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros», los que creemos, es el motivo de esta liturgia pascual de la Ascensión. En nosotros se realiza la fuerza del que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha sentado a su derecha. Y lo comprobamos en el testimonio que damos de la Buena Noticia de la salvación: una noticia celestial que nos supera y llevamos en vasijas de barro –en medio de nuestras debilidades y pecados–, pero que se hace clara y notoria en el quehacer de una Iglesia compasiva y sanante, que tiene fuerza para perdonar, levantar, animar y esperanzar. Oficio de salvación que pasa por las realidades más cotidianas y sencillas de la historia, alumbrando un futuro que lo será de gloria y definitividad. La Ascensión sigue ocurriendo, dándonos sus frutos, cuando los bautizados, tocados por el Espíritu, hacen cielo en la tierra, cuando viven de la esperanza y de la promesa del Resucitado que nos envía su fuerza para pasar:

  • Del deseo del éxito mundano al riesgo del amor entregado.
  • Del fijismo conservador y cómodo, de lo que tenemos asegurado, al compromiso de lo que está por construir para todos, sin exclusión ni descarte alguno.
  • De la mirada pesimista y condenatoria de la realidad al testimonio de una esperanza que ya está dándose en las pequeñas esperas de los que se aman y comprometen sin condiciones ni seguridades, cada día.
  • De la vivencia de lo material y del bienestar como único horizonte, a la dimensión de lo trascendente, de lo profundo del bien-ser y la alteridad, por la vía del amor, que genera y fecunda la realidad de lo humano.
  • De la Iglesia conservadora y defensiva, que mira al pasado, a la Iglesia de la esperanza y del futuro que arriesga y sale con ardor y testimonio, porque se fía de que Dios cumple sus promesas, que el Resucitado –con su Espíritu– nos acompaña y protege todos los días, hasta el final de la historia.

Eucaristía y Ascensión

La Eucaristía es celebración de esta novedad de la resurrección en la Ascensión. Se nos ha dado el poder de Cristo glorioso, su cuerpo y sangre, para salir de nosotros mismos y, tocados por su Espíritu, adentrarnos en el corazón del mundo. Hemos sido bautizados en el amor trinitario,  en la fraternidad de un Padre que ha resucitado al Hijo con su Espíritu amoroso y nos ha adentrado a nosotros en esa corriente divina. Hemos ascendido al mayor de los sueños, en las promesas cumplidas de nuestro Dios: «Él se ha hecho hombre para que nosotros seamos divinos en Él». Vayamos, pues, sin miedo por todo el mundo.

 

El Espíritu de la Verdad

6º Domingo de Pascua. Ciclo A

Por: MaCarmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid 

Nuestro mundo tiene sed, está sediento de verdad, de honestidad, de sencillez, de claridad… porque acampan a sus anchas el fraude, la mentira, el robo, la corrupción, la impunidad, políticas de ajuste contra la ciudadanía, recortes de derechos, pérdida de libertades… Y, en este contexto, escuchamos en el Evangelio de hoy: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”.

¿Qué pasa entonces con la promesa de Jesús, sigue vigente o ha caducado? ¿Dónde está el Espíritu de la Verdad? La promesa sigue válida y actual, lo que ocurre es que el Espíritu de Dios no tiene un modo propio de actuar en la historia. El Espíritu actúa a través de la acción humana, es decir, de nuestras acciones. Estamos habitados por el Espíritu de la Verdad, los cristianos somos conscientes de su presencia y de su impulso, también de nuestra propia docilidad y resistencias.

En este sexto domingo de Pascua podemos dejar actuar al Espíritu de la Verdad en algunos ámbitos de nuestra vida:

  • En el manejo del dinero. Desde el momento en que sobrepase lo necesario para vivir, nos podemos preguntar: cómo puedo administrar mi dinero y mis bienes de forma que me beneficie no sólo a mí, ni sólo a mi familia, sino que además beneficie al bien común de la sociedad, al apoyo de personas y grupos en situaciones difíciles…
  • En la participación en la vida política. Ampliar nuestra capacidad para interesarnos por otras personas, por sus necesidades, sus inquietudes… es decir, que ni una misma, ni la familia o amigos, sean el centro de nuestro interés. Conocer bien qué partido, qué grupo, qué gobierno, qué personas… se inclinan más por el bien común, especialmente, por el bien de los más desfavorecidos y apoyarlos.
  • En la realidad con capacidad de asombro. Soñar con la posibilidad de nuevas realidades. Esto no es idealismo ingenuo. Como decía Freire: “El mundo no es. El mundo está siendo” y en este siendo, actuar, comprometerse en su mejora. Al sufrimiento evitable hay que ponerle cara, nombre, fecha y lugar.
  • En la actividad profesional. No trabajamos sólo ni principalmente por una legítima motivación lucrativa o para ser valorada o tener éxito, sino inspiradas por un bien hacer, un aprovechar el tiempo de trabajo al máximo, poner nuestros mejores recursos en lo que llevamos entre manos, una actitud solidaria…
  • En las relaciones personales. Reconocer y respetar la diferencia y diversidad de las personas con las que nos relacionamos. Diferencia de edad, de sexo, de personalidad, de clase social, procedencia cultural… Prestar atención para no caer en prejuicios descalificadores, ni emitir juicios de valor, ni críticas banales…

Allí donde encontramos comportamientos humanos con el “aire de Jesús” podemos afirmar que el Espíritu de la Verdad habita aquellas mujeres y hombres. Allí donde una acción humana promueve vida antes que muerte y quiebra el sueño paralizante de la apatía, podemos percibir las sensaciones del Espíritu de la Verdad. Allí donde se oyen los anhelos de grupos de ciudadanos que, a pesar de su debilidad, se empoderan como sociedad civil y reclaman democracia real e integral, está presente el Espíritu de la Verdad. Allí donde se abren corazones, casas, ciudades, países… para acoger a la humanidad desplazada, el Espíritu de la Verdad habita. Allí donde se derriba un muro y se construye un puente, el Espíritu de la Verdad dibuja los planos. Allí…

¿Realmente queremos seguir a Jesús y hacer lo que hizo él?

5º Domingo de Pascua, Ciclo A

Por: Maite Menor Esteve. Vita et Pax. Guatemala

 La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos dice que los discípulos de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea porque no atendían a sus viudas. ¡Cuántas voces y quejas hay en el mundo porque no atendemos a las necesidades de tantos hermanos y hermanas nuestras! Me atrevo a decir que hay gritos de angustia por el mundo que estamos construyendo, unos directamente, otros indirectamente y otros porque somos cómplices y nos callamos o no alzamos la voz como debiéramos. En muchas ocasiones he dicho que nuestro mundo avanza pero lentamente, muy lentamente, pero cuando miro la realidad de nuestro mundo, honestamente empiezo a dudarlo. Cierto que hay muchos grupos y organizaciones que están involucradas en empujar y construir una mejor humanidad para todos y todas, pero hay muchos también, empeñados en deshacer lo que con tanto esfuerzo se ha ido construyendo en aras de una sociedad más justa, solidaria y equitativa. Europa ha sido pionera en el reconocimiento y respeto a los derechos humanos, en cambio el miedo, el temor y la desconfianza hacia determinados países, está cerrando puertas y construyendo muros en lugar de puentes. En vez de construir bienestar para todos, se está excluyendo a miles de personas por su origen, nacionalidad o religión, podemos decir como los discípulos de lengua griega en la lectura de los Hechos, que no estamos atendiendo como se debe a las viudas, a los refugiados que huyen de la guerra, a los que intentan escapar del hambre y la miseria en sus países de origen.

La seguridad social en España ha sido durante años una de las mejores del mundo, llegando a estar en el séptimo lugar, pero ¿cómo está ahora? ¿Cómo se está atendiendo a los que no encuentran trabajo, a los parados de larga duración, a los dependientes, a los pensionistas, a los que no tienen casa o no pueden pagar la hipoteca? ¿Cómo estamos atendiendo a los migrantes que están en los CIES? El papa Francisco ha denunciado que los campos de refugiados parecen más campos de concentración, ¿no tendrán razón al quejarse de que no les estamos atendiendo como corresponde? En contraposición, los bancos están ganando miles de millones más que en el ejercicio anterior, parece que es a estos grandes a quienes se les está atendiendo muy bien gracias al gobierno de turno. ¿Es ésta la manera de construir un mundo más acorde con el plan de Dios? No, estamos construyendo un mundo insolidario, injusto y corrupto, y somos cómplices cuando con nuestro voto, votamos a políticos que siguen robando y enriqueciendo a los que más tienen. El 1% de la población mundial posee tanto dinero líquido o invertido como el 99% restante de la población mundial. La brecha entre ricos y pobres va aumentando cada vez más. 

Jesús en el evangelio nos dice que él es el camino, la verdad y la vida. Camino para hacer lo que hizo él, conmoverse por el sufrimiento de la gente y liberarlos de lo que les oprimía. Verdad porque fue una persona auténtica, coherente, fiel a lo que descubrió que Dios quería: un mundo más humano donde todos vivieran con dignidad. Vida porque sembró esperanzas y deseos de transformar las situaciones de opresión. Jesús apela a sus obras para que le crean sus discípulos y nos dice que también nosotras y nosotros, podemos hacer las obras que él hizo. ¿Realmente queremos seguir a Jesús y hacer lo que hizo él?

Hoy las lecturas nos invitan a mirar la realidad de nuestro mundo para atender las necesidades de tantos hermanos nuestros que viven en situaciones precarias e indignas. No digamos que no se puede, que no hay recursos para todos, porque sí los hay, solo se requiere una mejor distribución de los bienes y recursos para que todos y todas podamos vivir en condiciones dignas. Pero no nos engañemos con acciones de voluntariados, por importantes y necesarias que sean. El cambio tiene que ser social, político y económico, que toque las estructuras injustas y corruptas. Entonces sí podremos decir que creemos en el Dios de Jesús y que somos seguidoras de él.

 

                                                                                              

                                                                                          

 

 

 

Para que tengan Vida abundante…

4º Domingo de Pascua, Ciclo A

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala 

El evangelio de Juan nos presenta a Jesús, como el pastor bueno, preocupado por los suyos hasta las últimas consecuencias. Toda su vida la pasó haciendo el bien y proponiendo a sus amigas/os y seguidoras/as que hicieran lo mismo, porque es la forma que él descubre de dar vida y vida en abundancia. A pesar de los riesgos, las dificultades, incluso la posibilidad de perder la vida en el empeño. No hay otro camino. Lo tiene tan claro que él mismo se define como “la puerta” por donde hay que entrar para proteger la vida de los que se aman, incluso de los que cuesta amar y perdonar, de todas las personas que  necesitan de su cuidado y su energía para descubrir la verdadera vida.

Pero Jesús es señalado como buen pastor por la propia comunidad de seguidores. Han descubierto en él todas aquellas actitudes y cualidades que saben necesarias para la tarea de generar vida abundante y verdadera. Toda su vida le han visto hacer eso, salir en busca de la oveja perdida, perdonar a la descarriada y vuelta a la casa, llevar a buenos pastos, siempre delante de ellas. Y le siguen, le reconocen, escuchan su voz, confían en él.

El Papa Francisco nos sugería, al hablar de los pastores y a los pastores, algunas de las cualidades que hoy se necesitan, dadas las características y circunstancias de nuestra Iglesia y nuestra realidad actual. Pastores con “olor a oveja”, decía… y esta afirmación quedó resonando en muchos corazones. Porque hoy no siempre los pastores responden al estilo propio del seguidor de Jesús.

¿Será que también hoy deberíamos elegir a nuestros pastores, al constatar su coherencia de vida, su respuesta a las necesidades de nuestra sociedad y nuestro mundo tan dañado, tan violento, tan necesitado de buenas noticias generadoras de Vida y de Paz, su fidelidad y misericordia con todas las personas, sean cuales sean sus situaciones y vivencias?

Constatamos hoy que en tantas ocasiones el rol asumido por los que deberían servir, se convierte en espacio para ejercer poder y discriminación; que en lugar de iluminar sendas, parecen guías ciegos que guían a otros ciegos; para formular leyes que no siempre promueven la vida y colocar sobre las espaldas de las personas cargas pesadas que desilusionan, encierran en guetos, invisivilizan y no permiten respirar al aire del Espíritu que sana, alegra, solidariza, acoge, envía a esa mismas periferias para cantar las Buenas Noticias de Jesús que quiere que todas las personas sean felices, que eso es también sentirse salvadas por ÉL.

Hoy celebramos la fiesta de Jesús, Pastor Bueno, pero también es nuestra fiesta porque todas/os, de alguna manera, pastoreamos a los demás. Si damos testimonio en nuestras vidas como seguidoras/es de Jesús; si en nuestras tareas evangelizadoras acogemos la necesidad de quienes sufren, son marginados, están enfermos, los reconocemos sororalmente como iguales; si en nuestro trabajo procuramos dar lo mejor de cada una/o para que otros puedan vivir mejor; si entre nosotras/os nadie pasa necesidad… aunque no tengamos el título, seremos pastoras/es buenas/os, como Jesús.

Necesitamos servidores del Evangelio que comuniquen palabras de Vida; que nos ayuden a reconocer que vale la pena seguir a Jesús, que su invitación es a servir y compartir con los demás lo que somos y tenemos; que juntas/os podemos hacer un mundo diferente, más a su estilo donde sea una realidad la justicia, el amor, la verdad y la felicidad, porque de su mano y su cayado recibimos vida y vida en abundancia.

Y esta propuesta es para todos: para los que hoy ejercen el ministerio “oficial”  y los que caminamos a su lado, porque unos y otros somos seguidores del único Pastor Bueno, Jesús de Nazaret que pasó la vida haciendo el bien.

Reconocer al Resucitado

3º Domingo de Pascua. Ciclo A

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

“Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Lc. 24,15. Es Él quien se acerca a cada uno de nosotros, viene a ponerse a nuestro lado cuando nos sentimos en soledad, cuando estamos necesitados, cuando nos vienen las dificultades, cuando el camino está pendiente hacia arriba, cuando estamos cansados y agobiados, cuando la esperanza se desvanece, cuando la impotencia nos abruma, cuando la vida se apaga por el desánimo o la enfermedad.

Pero tenemos que abrir nuestros ojos y sobre todo nuestro corazón porque Él se hace más próximo cuanto mayor es el sufrimiento, cuanto mayor la desesperanza, cuanto mayor la necesidad. Él prefiere y ama la vida.

Pero hay una presencia más visible de Jesús junto a nosotros que nos cuesta más ver y reconocer. Debemos reconocerlo en la persona que está en cada momento con nosotros, en nuestro padre y madre que nos han dado la vida, nos han cuidado y se han desvivido por nosotros; en nuestra esposa o esposo que nos acompaña en nuestro caminar diario compartiendo la vida, las alegrías y las tristezas, la salud y la enfermedad; en nuestros hijos e hijas que son el futuro, la esperanza y la continuidad de la vida; en nuestros compañeros de trabajo que afrontan el mismo con responsabilidad, construyendo, creando o sirviendo para el bien de todos; en nuestras comunidades o grupos de amigos donde encontramos la fuerza, el aliento y la cercanía para seguir caminando.

Pero sobre todo tenemos que reconocerlo en las personas que están en nuestras calles, que pasan frente a nosotros, que quizás están lejos, pero sabemos y sentimos su presencia a través de la información que recibimos por un medio de comunicación,  leyendo un informe, asistiendo a una conferencia, escuchando un testimonio. Son las personas que están sufriendo en su vida como sufrió Cristo en la cruz, que no encuentran el trabajo que los realice y remunere para desarrollar su vida; que por la codicia de algunos o su  debilidad son atrapados por una adicción y pierden su libertad; que son víctimas de la violencia en la familia o en la calle, sintiéndose humillados, dolidos y hasta encuentran la muerte; que pasan hambre, les imponen la guerra o les faltan medios para poder vivir con dignidad. Son vidas entregadas y condenadas por otros que utilizan su fuerza o poder para interés propio, o simplemente porque no hay quien interfiera por ellos, los acompañe en su situación de víctimas, sean abandonados y lleguen también a morir, al igual que Cristo solo les queda lanzar el grito “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Lc. 23, 46.

Como perdura en la historia de la humanidad y a veces hasta florece, parece que fuera necesario el padecimiento y tuviéramos que resignarnos, pero ya se encarnó quien nos trajo la salvación, es Jesús , resucitado para quedarse con nosotros, para que no estemos solos, ser nuestro guía, acompañarnos en el camino, alegrarse con nosotros, transmitirnos su palabra, abrir y sentir nuestro corazón, llenarnos de ilusión y esperanza, iluminar nuestra vida, compartiendo el pan y el vino ( su vida), para acercarnos al Padre compasivo y misericordioso.

De esto fueron testigos los seguidores de Jesucristo, “A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros”. Hechos 2.32, cuando Pedro pronunció estas palabras, “aquel día se les agregaron unas tres mil personas”. Hechos 2.41. Nosotros somos los seguidores de este testimonio para que Jesús siga vivo en cada persona para dar gloria de Dios.

 

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