Tu Palabra nos transforma

2º Domingo TO. Ciclo C

Por: Blanca Lara Narbona. Mujeres y Teología. Ciudad Real.

“Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como una antorcha” (Is 62, 1-5)

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; (…) hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor 12, 4-11)

“No tienen vino” (…) “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 1-11)

Cada vez que nos acercamos a tu palabra para escucharte, para encontrarnos contigo, late en nosotros la profunda emoción de saber que eres Tú el que nos sales al encuentro para hablar con nosotros. Con esa confianza comparto lo que siento que, las escrituras de este domingo, quieren enseñarnos y animarnos a vivir.

Isaías nos llama a perseverar, a no rendirse, a no dejar de gritar ni dar descanso a Dios, hasta que establezca su justicia en este mundo tan perdido. No podemos ser espectadores indiferentes recluidos en nuestra pequeña burbuja de realidad, con miedo a que los acontecimientos del exterior puedan alterar la comodidad, la seguridad que, con tanto esfuerzo, hemos construido, dejando fuera, a la intemperie, todo y a todos los que pueden descolocarnos. Urge aprender a gritar “justicia” y a trabajar para hacerla posible, no solo para mí y los míos, sino, también y especialmente, para los “nadies” que sufren la indignidad y el olvido.

San Pablo nos habla de nuestros carismas, de cómo, el Espíritu de Dios se manifiesta de una manera singular en cada uno de nosotros, para que realicemos “los trabajos de Dios” en bien de todos. Nos exhorta a ser uno con Él en el obrar, teniendo presente, que la obra es suya no nuestra. ¡Cuánta tonta vanidad nos atrapa en el frenesí de hacer el bien! ¡Cuánta tonta vanidad nos hace esclavos del resentimiento que surge al compararnos! Olvidamos que el Padre nos quiere, a todos y a cada uno, única y totalmente. Aprendamos a gozar internamente del Espíritu que nos habita y dejémonos mover por él.

El evangelista Juan nos relata una fiesta de bodas, a la que fueron invitados María, Jesús y sus discípulos. De cómo María, con sus ojos y su corazón atentos a la novedad de Dios en su vida, se da cuenta que no hay vino para la celebración. El vino en la Biblia es símbolo de la alegría profunda del corazón, del disfrute y del amor nupcial, por lo que no podía faltar en una boda. Así que, María mediadora, interviene, no deja a los novios e invitados en la carencia. Busca a Jesús, y sencillamente le dice: “No tienen vino”. Ni pide ni exige. Confiadamente pone en manos de su hijo una necesidad para que él actúe. Aunque a nosotros la respuesta de Jesús nos desconcierta, María no parece alterarse y pone en marcha la transformación, cuando le dice a los criados: “haced lo que él os diga”. Estos dispusieron las tinajas llenas de agua como Jesús les había pedido para después transformar esas tinajas de agua en tinajas de vino. Jesús no hace aparecer el vino de la nada. Jesús toma lo que tiene, el agua, y la transforma en algo mejor, en algo superior, en vino. Eso hace con nuestras vidas.

Aprendamos de María a presentar a Jesús nuestras carencias. Busquemos un encuentro de intimidad con él, y humildemente reconozcamos que “no tenemos vino”. Que a nuestra vida le falta sentido profundo, celebración y goce de vivir. Que le falta la alegría que da, saberle en nosotros, vivirle en nosotros. María nos muestra el camino y nos dice, como a los sirvientes:” haced lo que él os diga”. Y ¿Qué quiere Jesús que hagamos?  Quiere que pongamos ante él nuestras pobres tinajas llenas de agua para transformarlas en tinajas llenas de vino. Quiere tomar el agua de nuestras vidas, lo que somos y tenemos, nuestros vacíos y dudas; nuestros apegos, nuestros dolores, nuestros miedos y rebeldías, y convertirla en vino de vida nueva. De vida plena de confianza, de hondura, de libertad, de alegría, de esperanza. Quiere que nuestras tinajas se desborden y que el vino llegue a los lugares menos transitados, y a las personas excluidas de este mundo que no se sienten invitadas al banquete del Padre.

Iniciar la reacción

Bautismo de Jesús. Ciclo C

Por:  José Antonio Pagola
 
El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia de hoy es «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

En no pocos cristianos esta creciendo el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categorías premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos cristianos.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

 

 

Nació en un refugio

Epifanía del Señor 

Por: Juan Velázquez.Zaragoza.Eq. Eucaristía 

«Nació hace apenas unos días, después de cuarenta semanas de nervios e ilusión, de sonrisas cruzadas y de caricias en la tripa que le refugiaba. No fue fácil; las circunstancias no ayudaban; pero cuando lo vimos abrir grandes los ojos, llorar con su gran boca abierta, mover sus bracitos con grandilocuencia, supimos que algo grande había pasado en nuestras vidas, en este sencillo rincón del mundo que compartimos. Y después vinieron las visitas, de muy lejos, inesperadas, con regalos y alabanzas, para compartir también la alegría que nos embargaba».

Nació con una estrella. Cuando un bebé nace, algo se ilumina en el mundo, con una luz perdurable, que se reconoce en los ojos de quienes, incluso ya antes de nacer, lo quieren, empezando por Dios, Padre y Madre, bueno. Una luz singular, irrepetible, leve pero intensa como la de una estrella entre muchas en un cielo de verano. Pero además, Jesús nació en Belén con una estrella que guiaba a otros hacia él: que servía y sirve de referencia para no perdernos en la oscuridad de la noche.

Nació en un refugio. Nació cuando, como dice el profeta, las tinieblas cubrían la tierra: las tierras que se creían seguras y de las que ahora hay que huir por miedo, como hacen tantas personas que, como antes María y José, hoy caminan por África, por Próximo Oriente, o por las fronteras de Occidente. Todas ellas siguen andando cargadas de maltratos, humillaciones y sufrimientos, pero también de ilusiones y sueños. Jesús nació como refugiado, en un humilde refugio, conociendo la oscuridad y la tiniebla para disiparlas con una luz nueva: resplandor, amanecer, aurora.

Nació entre alegría. Al encontrarlo, los Magos de Oriente –cuenta el Evangelio– se llenaron de inmensa alegría, y cuando lo vieron junto a su madre, lo único que pudieron hacer fue caer de rodillas y adorarlo, sin dar más explicaciones. Nació entre la alegría de quienes ven nacer la vida y, con ella, la esperanza, pero también de esos sabios que sabían que la Vida y la Esperanza a la que asistían era Promesa ya cumplida, de un mundo mejor para todos.

Nació como Mesías. En Belén, entre los brazos de María y de José, el Hijo de Dios nació como Mesías de los judíos, pero también como Promesa y Buena Nueva para todos: extranjeros, como esos magos tras la estrella; refugiados, como sus padres; gentiles, como decía san Pablo. Y nació para cada uno de nosotros, que acudimos a verlo con una sonrisa de alegría en los labios, porque sabemos que Alguien muy grande ha llegado a nuestras vidas

Un viaje de fe

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid   

“El nombre de la doncella era María”, así la presenta el Evangelio de Lucas (Lc 1,27). No cabe mayor sencillez. Los textos evangélicos nada nos dicen sobre su lugar de origen. Ni sobre sus padres. De pronto aparece en Nazaret, un pueblo del que se dudaba si podría salir algo bueno (Jn 1,46).

Miriam de Nazaret es una joven judía del siglo I d.C. que vive en una aldea campesina de Galilea, ocupada por los romanos. Económicamente es pobre, los impuestos romanos explotan a la gente del pueblo condenando a muchos a la indigencia. Políticamente, la sociedad es violenta y está arruinada, porque el ejército invasor se desentiende de ciertos tipos de violencia y provoca otras. Socialmente, ocupa un puesto bajo en la escala cultural, probablemente era analfabeta.

Vista desde fuera, la suya fue una vida trivial y sin brillo, la de cualquier mujer media en un perdido rincón de un pequeño país, lejos de los grandes acontecimientos de la historia. La vida no la trató con delicadeza. Cuando se entera de que está embarazada se pone en camino a visitar a su prima Isabel y cuando ésta la saluda, entona un canto profético de alabanza a Dios. María se mueve dentro de la larga tradición judía de mujeres que cantan subversivos cánticos de salvación como Miriam (Ex 15,20-21), Débora (Jue 5,1-31), Ana (1Sam 2,1-10), Judit (Jdt 16,1-17)…

María, al igual que cualquier ser humano, vivió un proceso personal de fe, etapas que la fueron madurando para ser la primera discípula de Jesús y la madre del Salvador. Ella da el primer paso cuando, al entrar el ángel y hablarle “se conturbó por estas palabras” (Lc 1,29). La turbación, la sorpresa… suele ser la primera reacción espontánea ante la llamada de Dios.

A partir de aquí María inicia todo un proceso con altos y bajos.  En la visita a su prima se subraya la perfecta armonía entre ella y el plan de Dios, pero el Evangelio hace notar que pronto comienzan para María los que se pueden llamar “tiempos oscuros” y no comprenderá lo que está sucediendo (Lc 2,48); su propio hijo la invitará a descubrir la verdadera maternidad en la escucha de la Palabra (Lc 11,27-28)…; al final del Evangelio la encontramos al pie de la Cruz y, a la vez, ella será, también testigo de la Resurrección y del nacimiento de la Iglesia.

Según Lucas, María es una mujer que guarda en su corazón todo cuanto le ocurre. En la escena de hoy lo apunta cuando los pastores se marcharon; doce años más tarde se la describe de nuevo pensando, después de haber perdido a Jesús y haber sido hallado en el templo (Lc 2,51). Ambas escenas tienen que ver con la revelación de la identidad de este niño. Todo lo que él significa no se ve de forma inmediata y por eso María guarda estas cosas dándole vueltas.

Ella no entiende del todo lo que está viviendo y entonces lo repiensa en su mente,  sopesa. No es ninguna tonta, intenta interpretar su vida; procura entender las cosas difíciles que tienen que ver con las vidas de los que ama. Espera distinguir cómo se manifiesta Dios en todo esto. Reflexiona con el fin de penetrar en su significado y seguir el camino acertado. En medio de todo lo que le acontece María conserva, recuerda, atesora los hechos en su corazón, cavila sobre el significado de su vida y de las vidas de sus seres amados y avanza en su camino de fe con Dios.

En verdad, la vida de María fue un viaje de fe, desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica en Jerusalén; desde el pesebre hasta la cruz; desde la juventud hasta el matrimonio y, tal vez, la viudedad; desde el nacimiento de su primogénito hasta la horrorosa muerte del mismo y… hasta oír que se le proclamaba Señor, Mesías y Salvador.

Familia planetaria

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

En el marco del ciclo navideño celebramos la fiesta de la familia de Nazaret, cuyo centro es Jesús. El evangelista Lucas nos presenta un texto parecido al de otros relatos legendarios extrabíblicos sobre personajes famosos de la antigüedad, a los que ya desde niños se les atribuía unas dotes intelectuales especiales. Y Lucas construye un relato en el que quiere poner de relieve la sabiduría de Jesús. No deja de resultar curioso que en algunos evangelios apócrifos aparezca discutiendo sobre astronomía o medicina.
Si bien es cierto que a lo largo de la tradición cristiana, la Sagrada Familia ha inspirado durante siglos el comportamiento de padres e hijos, esta fiesta se ha idealizado a fin de mantener un modelo tradicional de familia en la que estaban clara e indiscutiblemente definidas las funciones de sus integrantes: el esposo dedicado al trabajo; la esposa, a la crianza y cuidado de los hijos; y estos sumisos y obedientes a sus progenitores, como atestigua el libro del Eclesiástico, escrito en las primeras décadas del siglo II antes de Cristo, con una mentalidad mítico-tribal.
En la fase tribal de la humanidad, las comunidades humanas vivieron centradas en sus propios territorios, muy celosas de su propia identidad. La familia, tribu o nación lo eran todo. Eran extremadamente rígidas las fronteras entre “los nuestros” y “los de fuera”. Y esto hace comprensible que la familia estuviera volcada y centrada en si misma. Este es el contexto vital del libro del Eclesiástico, que nos ofrece un manual de reglas y comportamientos para judías y judíos piadosos. Por eso, no es de extrañar que defienda posiciones conservadoras que hoy nos chocan bastante, como las que se refieren al rol de la mujer en la sociedad (Eclo 25, 12 y siguientes).
Ahora bien, Jesús, como fiel seguidor de los antiguos profetas, ensancha los horizontes de la familia. Ya el segundo Isaías se dirigía con palabras como éstas a su pueblo:
“Ensancha el espacio de tu tienda
y de tus lonas,
extiende tus moradas con libertad,
clava tus estacas y alarga tus cuerdas..” (Is 54, 2).
La familia doméstica no está llamada a replegarse sobre sí mima. Por eso, con desconcertante novedad, Jesús propone un nuevo estilo de familia al lanzar a sus oyentes este desafiante cuestionamiento: “Quiénes son mi madre y mis hermanos”. Y recurre a un criterio de pertenencia a esa familia: “el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mc 3, 35). “Son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21). Jesús trasciende los lazos de la sangre. Rebasa el nivel tribal de consciencia. Jesús no sabe de fronteras ni muros. “ “Todos vosotros”, nos dice, “sois hermanos” (Mt 23, 8).
Para Jesús, la voluntad de Dios no tiene tanto en cuenta el cumplimiento de unos preceptos o normas para poder hacer “méritos” quienes los cumplen. Dios es también “bueno con los ingratos y malos” (Lc 6, 35). “Hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). En una palabra, Dios es gratuito. Cuando Jesús habla del cumplimiento de la voluntad del Padre, no parece referirse al seguimiento de normas establecidas por un “superior” o “superiora”. Va mucho más allá. Toda su vida fue un decir Sí a la voluntad del Padre, en las duras y en las maduras. “En Él todo ha sido sí” (2ª Cor 1, 19). Cumplir la voluntad de Dios es alinearnos con la realidad, tal como se nos presente en cada momento de nuestro diario vivir. Significa hacer nuestras las palabras de Jesús: “Padre, que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). O aquellas de María, la pobre de Nazaret: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Hoy en día, nos encontramos en nuestra sociedad con nuevos perfiles de familia que se salen del patrón tradicional familiar. Y son notorios los juicios, las descalificaciones, los chistes, los acosos y hasta el mal trato contra personas que optan por ese estilo de convivencia. Etiquetamos con ligereza a esas personas, violando incluso la dignidad de su ser más profundo. Llegamos incluso a escandalizarnos cuando surgen voces de comprensión y de misericordia hacia ellas, porque en el fondo estamos contagiados de legalismo. Pensamos que la ley está por encima del respeto al ser humano. Y nos preguntamos: Qué misericordia cabe hacia matrimonios que han vuelto a casarse. Esta forma de expresarnos solo son propias de aquellos fariseos y letrados que colocaban la “ley de Dios” por encima de la vida de las personas. Reconozcamos, al menos que no pocas veces son improvisados y ligeros nuestros juicios, burlando así el criterio de Jesús: “No juzguéis, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado, y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás” (Mt 7. 1-2).
Como familia planetaria que somos, la festividad de la Sagrada familia nos apremia a ejercitarnos cada día en la práctica de una convivencia respetuosa. Y en esta familia, como nos recuerda el teólogo y antropólogo jesuita, Javier Melloni, “debemos aprender a escucharnos, a no cegarnos mutuamente ni luchar por apagar la luz que nos rodea o contradice, sino que es urgente que aprendamos a iluminarnos conjuntamente. Tenemos que aprender a encender juntos el fuego que calienta la tierra, que arda sin destruirla. No se trata de discutir por la verdad, sino de conspirar juntos por ella: no se trata de competir por nuevos territorios, sino que es tiempo de construir juntos espacios verdaderamente humanos, de labrar juntos terrenos sagrados que hagan habitable el planeta” (“Hacia un Tiempo de Síntesis”, Fragmenta Editorial. Primera edición, mayo del 2011; p. 53).

Os traigo una gran NOTICIA

Natividad del Señor

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Os  traigo una gran NOTICIA: HOY EN BELÉN DE JUDÁ os ha nacido un Salvador

Sí, hoy nos ha nacido un Salvador, es la gran Noticia que debemos proclamar a todo el mundo, es Navidad, palabra que suena a fiesta, a villancicos, a regalos que la sociedad del consumo se atreve  a presentarla como el centro de la vida, pero para nosotros los cristianos es la gran fiesta, fiesta que se celebra de manera global, es decir por todo el mundo.

Reconoce oh cristiano tu dignidad” dice San León Magno. Los cristianos tenemos motivos suficientes para el gozo y la alegría “pues un niño  nos ha nacido, un hijo se nos dado y se llama Emmanuel, Dios con nosotros” (Isaías 9, 6). Celebramos que Dios se hace presente entre nosotros, se hace uno de nosotros, toma nuestra humanidad, se encarna, con todas sus consecuencias, nace pobre, en un portal, “pues no había sitio para ellos en el mesón”, por lo que con el evangelista Juan podemos decir: “Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS”.

Las lecturas de este día, que tiene el privilegio de tres celebraciones Eucarísticas, nos presentan,  sobre todo los evangelios, la realidad del misterio en toda su amplitud. Lucas nos relata el nacimiento en Belén, pobre y humilde; la Adoración de los pastores que fueron los primeros, los privilegiados en recibir la Buena Noticia y Juan en su prólogo nos dice que el acontecimiento de Jesús de Nazaret es la PALABRA ENCARNADA.

Las  lecturas de los tres esquemas de las  Eucaristías  nos invitan a vivir en profundidad el misterio,  a no dejarnos captar por las llamadas que la publicidad y los medios de comunicación nos presentan,  una Navidad de cenas y comilonas, de fiestas mundanas y de encuentros familiares, pero también a sentir la cercanía de los pobres y marginados, de los que se sienten solos, de los emigrantes  y de todos los excluidos de la sociedad, y con hechos decirles que Jesús, el Hijo de Dios se ha encarnado y tratar de vivir como El vivió.

No es fácil ir a contracorriente, pero es la llamada que la Iglesia nos hace. El Papa Francisco en su discurso programático dice  “Sueño con una Iglesia pobre para los pobres”, discurso que sigue ofreciendo, no solo a los creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad con palabras, pero sobre todo con su vida, y en otros momentos de su magisterio nos lo va repitiendo.

En la Oración colecta de la Misa del día, le pedimos al Señor “compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Es una oración literariamente perfecta y teológicamente sublime. Viene a ser una síntesis del Misterio de Navidad que estamos celebrando (D. Cornelio Urtasun, Oraciones del Misal.)

Qué puedo hacer yo hoy. Cómo podemos vivir las comunidades eclesiales esta Navidad. Qué respuesta podemos dar en este mundo conflictivo donde los hombres y las mujeres vivimos enfrentados, donde las desigualdades, las violencias, las guerras están a la orden del día. Desde nuestras realidades, por pequeñas que nos parezcan podemos colaborar y hacer posible un mundo más humano y fraterno, participando en acciones que pacifiquen las relaciones humanas, que luchen por la justicia,  desde la solidaridad  y el compromiso.

También podemos reconocer y agradecer a tantos hombres y mujeres que en el mundo trabajan por mejorar la vida de los excluidos. Gentes creyentes y no creyentes, gentes de Iglesia, consagradas/os que trabajan en los países en vías de desarrollo, con problemas graves de convivencia, en los barcos que tratan de recuperar a los emigrantes que viven a la deriva en el mar que vienen en pateras, cerca siempre de los que sufren y viven en condiciones infrahumanas, ellos hacen posible la Navidad, la presencia del Dios con nosotros

GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA  PAZ

Acércate a esos lugares del mundo
donde hoy acampa silenciosamente
el Verbo, sin derechos y sin palabra,
donde se refugia su humanidad
desnuda, doliente, maltratada.

Acércate y ofrécele acogida,
casa donde pueda morar y descansar,
porque ha venido y está en lo suyo,
aunque no tenga credenciales.
ni permiso legal de residencia.

Acércate y escucha, en silencio, el clamor
de sus gritos, gemidos y palabras,
reivindicando sus derechos
y los nuestros que están pisoteados;
acércate sin miedo, quiere ser nuestro amigo.

Acércate y déjate querer
por quien ha plantado su tienda entre nosotros,
y en medio de este mundo tenso,
hostil, cerrado y acotado,
pone la ternura de Dios en nuestras manos.

Acércate a Belén como los pastores
y contempla a Dios encarnado;
acércate alegre y raudo
aunque ya no haya estrellas
ni rumor de ángeles ni cantos.

Acércate ahora que puedes
comenzar un año nuevo
lleno de vida y presentes
y se te abre el horizonte
porque hay alguien que te quiere.

Florentino Ulibarri

Aquí estoy para hacer tu voluntad

IV DOMINGO DE ADVIENTO 2018

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax Valencia

Me gusta mucho comenzar este comentario invitando e invitándome a  cantar un canto particularmente de Adviento: “La Virgen sueña caminos, está a la espera, la Virgen sabe que el Niño está muy cerca” y gracias a María nosotros también sabemos que  ese Niño viene a nuestra puerta y llama.

Este Jesús es el que el pueblo esperaba, el que tenía que venir, pero tenemos que subrayar que el evangelio insiste en que este Jesús no es como lo esperaban, ya que no se muestra como rey en un palacio, sino en el establo de Belén.

Qué tiempo el Adviento tan lleno de esperanza! La profecía de Miqueas nos habla que de Belén, nacerá un salvador de la estirpe de David,  saldrá el jefe de Israel y que El será nuestra paz.

Nuestro carisma nos ayuda, nos empuja a ser vida, llena de esperanza, y ser artífices de paz, en medio de un mundo violento, insolidario, descreído. Pero para dar testimonio de este Niño, con el que nos queremos identificar, solamente hay una posibilidad: los hechos, las acciones que nos lleven a “pasar haciendo el bien”, sin esperar nada a cambio porque la “recompensa” ya la tenemos en nuestro propio ser: somos hijos de un Padre lleno de misericordia y perdón.

Estas acciones, este comportamiento al estilo Jesús, exige  vivir una entrega permanente para hacer la voluntad de Dios.

El texto de Hebreos lo expresa así:

“No quieres sacrificios ni ofrendas…”

“No aceptas holocaustos ni sacrificios…”

La auténtica  oblación es la que Jesús dice y hace:

“Aquí estoy para hacer tu voluntad”

También se preocupa de dejarnos su herencia cuando nos enseña a orar: “Hágase tu voluntad”

Una de las figuras más importantes del Adviento es María, Nos cuenta el Evangelio que se puso en camino y fue aprisa para atender, para acompañar a Isabel. Es el saludo de Isabel:  “Dichosa tú que has creído”.

Voy a aprovechar un comentario que José Antonio Pagola publicó de este texto evangélico  hace tiempo: “Las dos, Isabel y María, van a ser madres. Las dos van a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente”.

En esta escena todo gira alrededor de María y de Jesús, su imagen brilla con sus rasgos más genuinos, que Pagola nos invita a reflexionar:

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque ha creído. Su grandeza le viene por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador, con una confianza  sin límites en Dios.

María, la evangelizadora. Esa es su gran misión y servicio. Lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu.

María,  portadora de alegría. “Alégrate… el Señor está contigo”. Desde una actitud de servicio, María irradia la Buena Noticia de Jesús.

La salvación que Dios nos ofrece exige una respuesta: darnos a nosotras mismas, esta es la actitud de la persona proyectada hacia lo divino. Sólo así podremos ser coherentes para poder decir:

Aquí estoy para hacer tu voluntad.

 

Esta es también la actitud para preparar nuestra IX Asamblea General:

Vita et Pax, un camino de fraternidad en el mundo

Acojamos a este Salvador que tanto necesitamos y tanto necesita el mundo de hoy. Nosotras, como María,  estamos todas invitadas a ser creyentes, evangelizadoras y portadoras de alegría.

Estas actitudes vividas en familia y en todos nuestros ámbitos de relación serán la mejor felicitación de Navidad del 2018

 

 

 

¿Qué hemos de hacer?

3º Domingo de Adviento. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Por tres veces aparece en el Evangelio de hoy la pregunta qué hemos de hacer. A ella se ofrecen diferentes respuestas a las que podríamos añadir otra que nos la apunta San Pablo: “Estad alegres”. No en vano hoy es el domingo de la alegría.

También el Papa Francisco no se cansa de invitarnos a la alegría, a quitar de nuestro rostro, de una vez por todas, la “cara de vinagre” (EG85). Pero cómo podemos estar alegres con la que está cayendo. Cómo estar alegres con la situación de dolor que vive nuestro mundo, con la crisis que estamos padeciendo, con el número de personas paradas que hay en nuestro país, con las vallas que separan y matan, con el hambre reflejado en la mirada de los niños…

Tanto San Pablo como el Papa conocen la situación de su época y, a pesar de ella, o, tal vez, junto a ella, nos siguen llamando a la “alegría”. Una alegría que no es euforia fácil, ni risa floja, ni ilusión superficial des-implicada, ni un estado provisional o efímero de bienestar… Es más bien, un encontrar sentido, causas y un horizonte hacia el que avanzar. Es saber lidiar con la vida en su complejidad. Es la alegría del riesgo, de la mano tendida y del abrazo tierno, aun en medio del sufrimiento… Esta alegría es contagiosa, hace ir adelante…

¿De dónde nace la alegría? Algunas personas dirán que nace de las cosas que se poseen: desde la rapidez de un coche a la seguridad del dinero; desde las vacaciones en un crucero al bienestar de una casa en el campo y otra en la ciudad… Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear emociones, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, que necesita, cada vez más, seguir acumulando cosas con el fin de mantenerla.

Para los creyentes la verdadera alegría no viene de las cosas, del tener… ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace de sentirse aceptada, comprendida, amada y de aceptar, comprender y amar. La alegría nace de la gratuidad de un encuentro, de cualquier encuentro y, sobre todo, del encuentro con Dios. Un Dios que nos dice “Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo”. Jesús a cada una, a cada uno, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Experimentar y comprender esto es el secreto de nuestra alegría.

En el mundo con frecuencia falta la alegría. Las personas creyentes no estamos llamadas a realizar gestos heroicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amadas y de la confianza de ser salvadas. La alegría del encuentro con Jesús nos lleva a no cerrarnos, sino a abrirnos al servicio de los hermanos y hermanas.

Cada uno y cada una seremos causa de alegría para los crucificados de la historia si somos capaces de transmitir con nuestra palabra y vida que no están solos. Que la vida de Jesús expresa, en su solidaridad radical y en su fidelidad hasta la muerte, una profunda y real cercanía con todos los grupos y personas oprimidas. Por eso, sus seguidores y seguidoras estamos llamadas y llamados en este Adviento a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos.

No caminamos en soledad. La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, donde cada una y cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Como Jesús, hacemos nuestras las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando “calor al corazón”, mientras acompañamos con ternura al que se siente cansado y débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

 

 

Buena Noticia

Domingo I de Adviento.  Ciclo C 

Por: Luis López Hernández. Presbítero  de la Parroquia S. Juan Bautista  de Alicante 

Empezamos el Adviento. Tiempo de llamada y de respuesta. Tiempo de escucha y de atención. La Palabra de Jesús nos animará a sentir viva una nueva presencia de Dios que se acerca a nosotros por medio de Jesús. Nosotros hemos de vivir ese “advenimiento” con la puerta de nuestra fe abierta al encuentro gozoso con el que nos trae la Buena Noticia del Amor de Dios, que nace en Jesús. Ese nacer permanente del amor de Dios en Jesús debe ser para nosotros, la renovación constante de nuestra fe. Se trata de “resentirla” como novedad, esa que sostiene los latidos de Dios en el quehacer de nuestra fe. Volvemos así a poner a Jesús en el centro de nuestro vivir, de nuestro creer y de nuestro amar.

Pero hemos de responder a la petición que se nos hace: “estad pues, bien despiertos… se acerca vuestra liberación”. Ese es el espíritu del Adviento ante todas las señales, bien de presencia de Dios, bien de ausencia. Las dos cosas despiertan nuestra necesidad. ¿Por qué hemos de vigilar? Porque el problema es que no se trata de una doctrina que haya de ser aprendida, conocida o practicada. NO. Se trata de un “acontecimiento” que se alimenta conforme se recibe y se celebra. Es el acontecimiento, siempre vivo y constante, del nacimiento de Jesús en nuestra vida. Hay que prestarle atención, hay que vigilar para que no se nos escape. Perder el Adviento, es como perder la gracia de la Navidad.

La Palabra nos avisa: “tened cuidado, que no se os embote la mente…”, se hace llamada para que no vivamos distraídos con las cosas del mundo y se nos oculte la presencia viva de Dios en las cosas y en las personas. Él sigue naciendo en Jesús. Lo quiso así y lo sigue queriendo. Un Dios que no se cansa de amar y de acercarse al hombre es una bendición, una Buena Noticia. Y Él no nos falla. ¿Tenemos el deseo, como el agua de la samaritana, de que Jesús nazca en nosotros? Estad despiertos, porque nace. Porque está deseando nacer, porque Dios no se olvida de que su Reino tiene que nacer, crecer y realizarse en medio de nosotros. Por eso, se nos recuerda la Palabra, que son actitudes que nos pide Jesús para que su promesa se haga realidad: “El que pide, recibe; el que busca encuentra; y al que llama se le abre”. Jesús es la “seguridad” del amor de Dios. Y nos pide la seguridad de nuestra confianza y esperanza en Él.

“Vivir despiertos”, como el Adviento nos pide, es abrir nuestra vida a la proximidad de Dios en Jesús. Descubrirlo en las cosas, acontecimientos y personas, es el ejercicio de “oración contemplativa”, que nos hace conocer la realidad misteriosa de Dios y nos hace vivir la experiencia del encuentro con Jesús. Un encuentro que renueva nuestra tarea de construir el Reino de Dios, como esa semilla que, desde la pequeñez de nuestro ser humano, crece, por el amor de Dios, hasta la realidad de que el vivir de Dios se haga realidad en la vida de los hombres. Y todos podamos vivir la alegría inmensa de la vida de Dios disfrutada por toda la humanidad. Ahí apunta el Adviento de Dios para todos los hombres. Estemos atentos.

 

De otra manera

Solemnidad de Cristo Rey

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

En nuestro imaginario la palabra “Rey” está asociada a grandeza, poder, estar más alto, vivir con separación del pueblo, ser persona pública, y hasta con capa y corona. Jesús no se negó a ser considerado “rey”, pero advirtiendo que “mi reino no es de este mundo”. Matización que indica fuertes diferencias de significado con lo que normalmente se entendía, y entendemos, por ser rey.

Claramente un rey que acaba siendo condenado a la peor de las condenas de su tiempo, la muerte en cruz, nos dice que su realeza debió de ser muy distinta y contracultural. Cómo entender, pues, la realeza de Cristo; no la que nosotros queramos otorgarle, sino la realeza que Él quiso tener y quiere seguir teniendo sobre los que nos confesamos cristianos.

En el Evangelio encontramos muchos datos sobre la vida de Jesús para descubrir por dónde va su realeza. Algunos ejemplos tomados del evangelio de Mateo:

“No he venido a invitar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13)

“Viendo el gentío, le dio lástima de ellos, porque andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor” (Mt 9,36)

“Acercaos a mí todos los que andáis cansados y abrumados, que yo os daré respiro” (Mt 11,28)

“Todos los que le tocaron se curaron” (Mt 14,36)

Estos versículos bastan para dar luz sobre lo que fue la vida de Jesús. Fue hombre cercano a sus contemporáneos, que aliviaba sus dolencias, que se compadecía de la miseria ajena porque tenía entrañas de misericordia… y siempre desde abajo. Y por si alguien tuviese dudas de esto que se asome al lavatorio de los pies y a la última cena.

Un rey, por el hecho de ser nombrado como tal no tiene la autoridad. Esta se la tiene que ganar por su manera de proceder. Del mismo modo, nosotros, seguidores y discípulos del Señor Jesús, somos los que tenemos que pensar si le damos la autoridad a un “rey” como Jesús que advierte que “su reino de no este mundo”.

Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales dice que “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su ánima” [Ej. 23]. Es decir, para Ignacio la persona lograda es aquella que ha descubierto que de Dios ha recibido tanto que solo puede entender su vida como servicio a los hombres y alabanza a Dios.

Estoy convencido: tendremos vidas logradas si nosotros damos el título de REY a Cristo. Porque es un rey, que lejos de explotarnos, es un rey volcado en cada uno para caminar junto a nosotros y participar de nuestra misma suerte. Pero,  ¡ojo!, tampoco es un rey todopoderoso en el sentido que nos conceda lo que a nuestro antojo creemos necesitar, o que nos suprima enfermedades y perturbaciones que toda vida lleva consigo.

A un rey así, que siendo Dios se ha hecho hombre con todas sus consecuencias, y que ha compartido nuestra vida hasta dar la vida por nosotros, y muriendo de la manera que lo hizo; a este rey, tomando prestadas las palabras de San Ignacio, queremos “alabarle, servirle y hacer reverencia”. Porque en ello hemos descubierto que vivimos la vida con más plenitud.

 

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