Reconocer al Resucitado

3º Domingo de Pascua. Ciclo A

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

“Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Lc. 24,15. Es Él quien se acerca a cada uno de nosotros, viene a ponerse a nuestro lado cuando nos sentimos en soledad, cuando estamos necesitados, cuando nos vienen las dificultades, cuando el camino está pendiente hacia arriba, cuando estamos cansados y agobiados, cuando la esperanza se desvanece, cuando la impotencia nos abruma, cuando la vida se apaga por el desánimo o la enfermedad.

Pero tenemos que abrir nuestros ojos y sobre todo nuestro corazón porque Él se hace más próximo cuanto mayor es el sufrimiento, cuanto mayor la desesperanza, cuanto mayor la necesidad. Él prefiere y ama la vida.

Pero hay una presencia más visible de Jesús junto a nosotros que nos cuesta más ver y reconocer. Debemos reconocerlo en la persona que está en cada momento con nosotros, en nuestro padre y madre que nos han dado la vida, nos han cuidado y se han desvivido por nosotros; en nuestra esposa o esposo que nos acompaña en nuestro caminar diario compartiendo la vida, las alegrías y las tristezas, la salud y la enfermedad; en nuestros hijos e hijas que son el futuro, la esperanza y la continuidad de la vida; en nuestros compañeros de trabajo que afrontan el mismo con responsabilidad, construyendo, creando o sirviendo para el bien de todos; en nuestras comunidades o grupos de amigos donde encontramos la fuerza, el aliento y la cercanía para seguir caminando.

Pero sobre todo tenemos que reconocerlo en las personas que están en nuestras calles, que pasan frente a nosotros, que quizás están lejos, pero sabemos y sentimos su presencia a través de la información que recibimos por un medio de comunicación,  leyendo un informe, asistiendo a una conferencia, escuchando un testimonio. Son las personas que están sufriendo en su vida como sufrió Cristo en la cruz, que no encuentran el trabajo que los realice y remunere para desarrollar su vida; que por la codicia de algunos o su  debilidad son atrapados por una adicción y pierden su libertad; que son víctimas de la violencia en la familia o en la calle, sintiéndose humillados, dolidos y hasta encuentran la muerte; que pasan hambre, les imponen la guerra o les faltan medios para poder vivir con dignidad. Son vidas entregadas y condenadas por otros que utilizan su fuerza o poder para interés propio, o simplemente porque no hay quien interfiera por ellos, los acompañe en su situación de víctimas, sean abandonados y lleguen también a morir, al igual que Cristo solo les queda lanzar el grito “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Lc. 23, 46.

Como perdura en la historia de la humanidad y a veces hasta florece, parece que fuera necesario el padecimiento y tuviéramos que resignarnos, pero ya se encarnó quien nos trajo la salvación, es Jesús , resucitado para quedarse con nosotros, para que no estemos solos, ser nuestro guía, acompañarnos en el camino, alegrarse con nosotros, transmitirnos su palabra, abrir y sentir nuestro corazón, llenarnos de ilusión y esperanza, iluminar nuestra vida, compartiendo el pan y el vino ( su vida), para acercarnos al Padre compasivo y misericordioso.

De esto fueron testigos los seguidores de Jesucristo, “A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros”. Hechos 2.32, cuando Pedro pronunció estas palabras, “aquel día se les agregaron unas tres mil personas”. Hechos 2.41. Nosotros somos los seguidores de este testimonio para que Jesús siga vivo en cada persona para dar gloria de Dios.

 

¿Qué hacéis encerrados y encerradas? Salid.

2º Domingo de Pascua. Ciclo A

Por:Concepción Ruiz Rodríguez.Mujeres y Teología de Ciudad Real

Estando cerradas las puertas por miedo…”. ¡Qué humana es la actitud de los discípulos! Tras la experiencia de la muerte del maestro se encierran por miedo a correr la misma suerte que Él. El miedo es la resistencia del corazón para la relación, para el encuentro, para el compartir, para el reconocimiento de los demás, para arriesgar. Genera desesperanza, individualismo y tristeza. Nos cierra, nos impide salir al abrazo fraterno con los hermanos y hermanas.

Nos fijamos en el detalle que Jesús tiene con Tomás. Los amigos le cuentan que han visto al Señor. Tomás responde con la naturalidad de quien no ha vivido la experiencia del encuentro con el resucitado. Es rotundo: “Si no veo … no creeré”. No se conforma con lo que le dicen, él no ha estado allí, no lo ha visto. Vive aún en lo viejo, se ha quedado con el fracaso, con la muerte del maestro. Ahora experimenta el sinsentido. Todo esto ¿para qué?, si Jesús ya no está con nosotros.

Jesús paciente y comprensivo no quiere que uno de los suyos se pierda, viva con esa duda, y vuelve de nuevo, cuando están reunidos. Tomás ahora está con el grupo, sigue buscando, inquieto, … Jesús se dirige a Tomás para mostrarle sus heridas. Quiere que también él tenga la experiencia del encuentro con el resucitado. “No seas incrédulo sino creyente”. Es como decir: ¡Tomás, confía, déjate llevar por la RUAH, déjate habitar por ella. Deja atrás las resistencias, abre tu ser al espíritu de la vida, aparta los reparos, las dudas, los obstáculos que pones a mi presencia, yo soy una realidad estoy en ti, mis cicatrices son las heridas del mundo!

Él necesita, también, ese encuentro personal con el resucitado. Sin este encuentro personal con la VIDA es difícil ir más allá de la muerte, vivir con esperanza, con el talante de la transformación diaria.

Jesús respeta nuestros procesos, las dudas, nuestras búsquedas, … Él vuelve una y otra vez a brindarnos su presencia, a proponernos cómo seguir caminando. Nos ofrece su nuevo ser resucitado, que no es otra cosa que apostar por la vida desde el sufrimiento.

En este encuentro Jesús ofrece a los discípulos, nos ofrece también a nosotros, las herramientas para la misión: La paz, y con ella el envío, el Espíritu Santo y el encuentro personal con el resucitado.

Jesús se presenta ante los discípulos con el saludo de la paz, “la paz con vosotros”. En el corazón confiado habita la paz. El corazón confiado transmite y siembra paz. “Como el Padre me envío, así yo también os envío” ¿Qué hacéis aquí encerrados?, salid. El envío es opuesto a vivir encerrados. Es la encomienda de una misión. La misión de hacer posible el Reino aquí, en nuestro tiempo. Nos envía para que palpemos, acompañemos y cuidemos las heridas de los hombres y mujeres de hoy. Para bajar a los sepulcros, a los lugares donde huele mal.

Con la fuerza del espíritu no tenéis que temer. Os doy mi fuerza, mi espíritu. Salid a comunicar la alegría de mi resurrección, decid que mi existencia no termina con la muerte. Abandonarse al Espíritu. Él nos empuja, sostiene, llena de entendimiento y compasión. La fe es abandono. Es reconocerse habitados por la RUAH. Fuerza que mueve nuestros actos, voluntad, compromisos. Luz que ilumina los días oscuros.

El encuentro personal con Jesús resucitado. Ese encuentro que nos toca el corazón, que nos va transformando poco a poco, nos provoca. Encuentro que llena de VIDA nuestras pobres y limitadas vidas. Encuentro que da sentido al quehacer de cada día. Encuentro que es abrazo, acogida, calidez, confianza. Encuentro que reconforta, ilumina y va transformando el corazón de piedra en un corazón que rebosa misericordia.

Sólo desde aquí es posible vivir como las primeras comunidades. El texto de los Hechos de los Apóstoles en pocas palabras nos muestra el estilo de vida de una verdadera comunidad. “Vendían sus posesiones, todo lo tenían en común, repartían según las necesidades de cada uno”. Es un estilo de vida a seguir, en la Iglesia, en las familias, en las comunidades, …¡Que el encuentro con el resucitado suponga un paso adelante para romper tantas seguridades que nos atan y nos impiden SALIR!

 

 

 

Seguidoras del Dios de la Vida

Pascua de Resurrección. Ciclo A

Por: MaJesús Antón Latorre.Vita et Pax. Madrid

Me imagino a María Magdalena de noche, en la madrugada, buscando a Jesús, su amigo, camino hacia el sepulcro. No se resigna a la ausencia ni a la idea de su muerte. Si ella creía lo que Jesús hablaba de su Padre, el Dios de la Vida, no era posible que hubiese muerto. Ella puede decir, como San Juan de la Cruz en su noche oscura: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche”.

Ella es la primera que va en su busca y encuentra el sepulcro vacío y, aún sin terminar de creer, corre a anunciar a los discípulos.

La resurrección va a ocurrir en el silencio de la noche y sin testigos, como queriendo decirnos que ese es el modo de actuar de Dios.

Vivimos una Cuaresma en un mundo de muerte, y el Dios en quien creemos es un Dios de Vida, esto implica defender la vida de los más frágiles de la sociedad.

Buscar al Señor entre los vivos lleva a comprometernos con los que ven sus derechos a la vida violada permanentemente.

Tienen derecho a vivir los niños muertos en Siria con armas químicas, las niñas violadas en todo el mundo, las mujeres muertas… los inmigrantes que mueren en el mar..

El mundo hoy es un campo de concentración. Etty Hillesum decía: “a cada nueva crueldad, deberemos oponer un pequeño suplemento de amor y de bondad que hemos de conquistar en nosotros mismos”

El Dios en quien creemos es un Dios de vivos y no de muertos, y la liturgia de la Pascua nos está diciendo a cada una/o que hay zonas muertas que tenemos que resucitar: pasar por la vida haciendo el bien, curando a los oprimidos como Jesús de Nazaret hacía…

El Dios en quien creemos y seguimos es el Dios de la Vida, por eso, hagamos que la actuación del Señor Resucitado en el mundo se haga visible por nuestra opción radical y profunda por Él como el Dios de la VIDA.

Yo soy el que vive (Ain Karem)

Somos vida de su misma Vida

Viernes Santo

Por: Teodoro Nieto. Burgos

El Viernes Santo, Jesús se nos revela como el Siervo que “nos sana con sus heridas” (Is. 53, 5), como canta el profeta Isaías, y comparte nuestra suerte y nuestra muerte, reclinando en la cruz su cabeza y entregándonos su Espíritu (Jn 19, 30).

Pero la suya no es la muerte desesperada de un crucificado de tantos, como pudieron contemplar los indiferentes espectadores del Gólgota. La muerte de Jesús no interrumpe el flujo de la vida. El gesto espontáneo de reclinar la cabeza indica que él entrega su vida libre y voluntariamente: “Yo doy mi vida para recuperarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la da por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y recuperarla de nuevo” (Jn 10, 18). Y Jesús no expira sin antes comunicarnos  su propio aliento, su  Espíritu vivificante.

Según el Evangelio de Juan, del costado de Jesús, abierto con una lanza, “salió inmediatamente sangre y agua”. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Y el agua que brota es símbolo del manantial inagotable del Espíritu que apaga la sed y alivia el cansancio, como él mismo  lo había anunciado: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba… De lo más profundo de quien cree en mí brotarán ríos de agua viva. Y esto lo decía refiriéndose al Espíritu que recibirían quienes creyeran en él” (Jn 7, 37-38).

La muerte de Jesús, que  el cuarto Evangelio contempla como vida triunfante y victoriosa, da al traste con nuestra errónea, estrecha y tétrica visión de la muerte. Hasta los pueblos  así llamados “primitivos” no veían la muerte como punto final de la vida, sino como vida sin ocaso.  Y Jesús, más que en la muerte, insiste mucho más en la Vida que Él es y que Él nos  da en abundancia (Jn 10, 10). Si el sarmiento es vida como la vid misma, también nosotros somos vida de su misma vida. Y esta vida no puede morir jamás.

Jesús nos invita este Viernes Santo a mirar de frente la muerte; a decirle sin tabúes ni miedos paralizantes. Porque la muerte no es sino una forma diferente en que se expresa el Misterio que nos constituye. Sólo muere la forma efímera que tenemos, pero no la vida que somos.

El Sufismo, la corriente mística del Islam, nos dice que mientras vivimos en esta tierra estamos dormidos, pero solo cuando morimos despertamos.

 

Parábola en acción

Jueves Santo

Por: Teodoro Nieto. Burgos

Jesús se nos muestra en el Evangelio como un excelente narrador de parábolas, para ayudar a entender a la gente con lenguaje sencillo su Proyecto de Vida plena para el ser humano y para la humanidad. Pero no se limita a “contar” parábolas sólo con  palabras. Junto a estas narraciones encontramos también “parábolas en acción”, es decir, gestos simbólicos con un sentido mucho más profundo de lo que a primera vista puede aparecer.

En la Última Cena, Jesús podría haber contado a sus discípulos una parábola con palabras bonitas, hablándoles de un Dios que se rebaja hasta el extremo de hacerse esclavo. Sin embargo, él quiere escenificar, plasmar, revelar, con una acción que entra por  los ojos de cualquiera, que Jesús no se arroga el atributo de Señor dominador y autoritario, sino el de Hombre-Dios de infinita calidez y ternura, capaz de abajarse y  convertirse, no  en Señor que quiere ser  servido, sino en Servidor que entrega su vida sin reservas para la vida del mundo.

El lavatorio de los pies del primer Jueves Santo de la historia es una auténtica “parábola en acción”. Jesús no se contenta con predicar sobre el servicio sólo con palabras. El gesto de lavar los pies a sus discípulos va mucho más allá de conceptos y relatos. Esta  escena  visibiliza la actitud de Jesús como servidor, mostrándonos así que el servicio recíproco es  el único camino para crear humanidad, para construir la gran familia humana.

Los versículos 4 y 5 del capítulo 13  del Evangelio de Juan son  altamente elocuentes y solemnes porque ponen de relieve unas acciones concretas de Jesús como servidor: “se levanta de la mesa, deja el manto, se pone un delantal, se lo ata a la cintura, echa agua en la palangana, lava los pies de sus discípulos, y se los seca con el delantal que llevaba atado”. La acumulación de verbos parece expresar la trascendencia de su gesto.  El texto no dice a quién se los lava primero, porque nadie es más que nadie entre ellos. No está de más destacar que el lavado de los pies era un signo de hospitalidad y de acogida que, en una sociedad dominada por el hombre, estaba reservado a esclavos no judíos o a  mujeres.

Es también significativo que, “después de lavarles los pies, Jesús se puso de nuevo el manto” (Jn 13, 12), signo de autoridad. Pero el texto no dice que se quitara el delantal. Porque Él, más que como Señor, ha querido hacerse  Siervo y vivir como tal.

El mensaje de esta escena es una llamada de atención de Jesús a sus seguidores y seguidoras, que podríamos condensar en esta conocida frase: Quien no vive para servir, no sirve para vivir.

 

La certeza de la fe

Domingo de Ramos, Ciclo A

Por: Rosa María Belda Moreno Grupo Mujeres y Teología Ciudad Real

Is 50, 4-7. El Señor Dios me ha dado una lengua de discípula.

El cántico que proclama Isaías agradece a Dios que ha recibido una lengua de discípulo para saber decir al abatido una palabra de aliento. Pero no se queda ahí, sino que añade que cada mañana le espabila el oído.

La Palabra abre mi corazón a este Dios que pone su predilección en la persona que sufre y que me ha dado dos medios para poner a su servicio: La escucha atenta que me vacía de mí misma, y la posibilidad de ofrecer el apoyo y el servicio a través de una palabra amiga.

Al comenzar esta semana de pasión, abro mis oídos a Él, que está presente en cada Eucaristía y celebración, y también en aquellos hermanos y hermanas rotos y abatidos.

Flp 2, 6-11. Cristo Jesús se hace en todo semejante al ser humano.

En esta carta, Pablo subraya que Jesús, siendo de condición divina, se despoja de toda posibilidad de ponerse por encima, y se hace de carne hasta las últimas consecuencias, incluso hasta atravesar la muerte, y una muerte de cruz.

Así, nuestra fe no deja de provocar el júbilo de saber que seguimos a Jesús, que se hace como nosotras, de la misma materia de lo humano, y si esa es la opción de Jesús, el camino tiene sentido, aunque haya que atravesar lo que no entendemos.

Mt 26, 14-27,66. Toda la tierra quedó en oscuridad. Jesús ha muerto.

Mientras escuchamos el relato de la pasión y muerte de Jesús, escuchamos el regalo de su vida que se ha entregado en cada gesto, en cada palabra. Este hombre que ha vivido sin lugar donde reclinar la cabeza, reclamando la coherencia y traduciendo la predilección de Dios por los que sufren, es traicionado, abandonado, azotado, burlado y llevado hasta la muerte injusta de la cruz.

Dicen las palabras de Mateo que Jesús no habló mucho aquellos días, sí que sintió tristeza y angustia, y sí que oraba deseando no pasar por lo que se le venía encima. También parece que se sintió abandonado por el mismo Dios y que gritó en el momento de morir. Si Él pasó por todo esto, si Él se quedó sin palabras y experimentó este dolor tan hondo, comprendo que está especialmente a mi lado cuando sufro, cuando me planteo lo limitada que es mi vida, cuando experimento la realidad de la enfermedad y de la muerte.

Sabemos que no queda todo ahí. Nuestra certeza es la certeza de la fe, otro modo de conocer que permite ver con los ojos abiertos del corazón sabio. Seguimos adelante con la esperanza de oírle de nuevo allá donde Él nos sigue hablando. Caminamos con Él en la oscuridad alentadas por su Pan y su Palabra, y también en el silencio de quien sabe que el dolor existe. Abrimos la vida a acompañar a las personas que se duelen y también a vivir de la mejor manera posible las experiencias de dolor cuando nos tocan en primera persona.

 

La Palabra que hace vivir

 Domingo V de Cuaresma. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Antonio Machado nos invita a escuchar entre las voces una: escucho solamente entre las voces una … a distinguir me paro las voces de los ecos. No es cosa fácil. Son tantas las voces que se levantan a lo largo del día, tantos los discursos y palabras, tantas las urgencias que nos reclaman… que es difícil hacer silencio para escuchar y escuchar no cualquier voz, sino aquella que nos hace vivir. Las tres lecturas de hoy nos hablan, precisamente, de esto, de vida, de una Palabra que nos hace salir de nuestros sepulcros y nos da Vida.

En el Evangelio, la voz que despierta a Lázaro no es una voz cualquiera, sino la voz de un amigo. Desde el principio de la historia lo sabemos: Jesús amaba a Lázaro. Sus hermanas se lo recuerdan con delicadeza para que acuda velozmente: “el que amas está enfermo”. Además, “Jesús se echó a llorar”, es una palabra deshecha en llanto, palabra que ha llorado por Lázaro. Marta y María comprendieron, al ver tal conmoción, que a Jesús le importaba Lázaro. Y mucho.

Y es que para hacernos vivir no basta una voz cualquiera. Ha de ser una voz capaz de tocarnos por dentro, de llegar hasta el lugar donde nos habíamos retraído, de reavivar los rescoldos que todavía laten bajo nuestras cenizas y de hacernos salir fuera. La voz de Jesús no es fría: está llena de pasión, de amor y de deseo.

Lázaro ha vuelto a la vida. El Evangelio nos lo muestra saliendo del sepulcro y avanzando. Y, sin embargo, camina todavía con dificultad. “Lázaro, sal fuera”. Al obedecer esta voz no sospechaba las muchas sorpresas que encontraría. La luz que deslumbró sus ojos al salir del sepulcro no era la misma que le despidió cuando su muerte. Y es que encontraba ahora un sentido nuevo en sus tareas cotidianas, colores más vivos en el tejido que le ligaba a los suyos. Su casa, la de siempre, la que creía conocer tan bien, se descubre más acogedora y cálida. Seguir a Jesús no es huir de las propias ocupaciones y preocupaciones, sino volver a ellas, afrontarlas con mayor hondura, con otra perspectiva, descubrir el modo en que se abren al Misterio de Dios cercano. Lázaro comprendió mejor a su Amigo.

Empezábamos el comentario citando a un poeta y terminamos con otro: Gustavo Adolfo Bécquer. Piensa el poeta en el arpa, olvidada de su dueño y abandonada en un ángulo oscuro del salón. Cesaron ya sus arpegios y ha quedado muda su música. Esta visión evoca el estado de muchas personas que tal vez son genios, pero que han olvidado la llamada al asombro y la inagotable riqueza de sus vidas. Y exclama: Cuántas veces el genio/así duerme en el fondo del alma/y una voz, como Lázaro, espera/que le diga: ¡levántate y anda!

Entendemos que la resurrección de Lázaro se refiere también a nosotras. Significa algo que nos sucede a todas las que estamos dormidas y se nos invita a despertar. Lázaro son todas las personas que han perdido la esperanza, que han atrofiado su capacidad de escucha, que ya no reaccionan ante la alegría que nos envuelve y nos llama a vivir…

Nos hacemos así una idea del poder de la Palabra de Jesús. Es una Palabra que se dirige a alguien sin oídos, sin capacidad para recibir ningún mensaje. Es una Palabra que tiene que devolver la escucha a quien la oye. Palabra creativa, capaz de conformar el corazón que pueda recibirla. Es Palabra que debe regenerar no sólo la persona, sino las relaciones, el grupo, la familia, la comunidad.

Estamos llegando al final del camino cuaresmal. En nuestro interior habita una artista dormida que quiere despertar, una tímida bondad que quiere desbordarse, un amor que no conoce límite, una capacidad de riesgo que desconoce fronteras… aún tenemos tiempo de escuchar: ¡levántate y anda!

 

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona

La Cuaresma en su itinerario hacia la Muerte y Resurrección de Jesús, nos ofrece una gran riqueza  litúrgica a través de las Oraciones y   lecturas propias de este tiempo de Cuaresma, Semana Santa y Tiempo Pascual.

La primera Lectura  nos ofrece un relato muy interesante del primer  libro  de Samuel. Samuel recibe un mensaje de parte de Dios, le encarga una misión concreta: elegir entre los hijos de Jesé un Rey para el Señor. A primera vista, se fija en la buena apariencia de Eliab y dice: “Seguro que está su ungido ante el Señor” y así van pasando los  otros hijos.

El Señor hace caer en la cuenta a Samuel  de que sus criterios de elección no concuerdan con los  criterios de Dios: “El Señor dijo a Samuel”: “Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es éste”. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos”. Vemos la importancia que tiene  el sentido de familia, de comunidad que busca en cada ocasión hacer la voluntad de Dios.

Termina la lectura diciendo: “El Espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante”.  

San Pablo en su carta a los Efesios, nos hace caer en la cuenta de que somos hijos de la luz porque hemos dejado de vivir en las tinieblas. Vivir como hijos de la luz nos exige practicar la bondad, la justicia,  la verdad, la honestidad, en definitiva, entregarnos  a los más necesitados.

Cada día, cuando leemos o vemos la televisión, podemos comprobar que existen  situaciones que necesitan  ser iluminadas por la luz de los criterios evangélicos. Nos corresponde a los cristianos vivir  en esa  luz de la que nos habla San Pablo al invitarnos a: “Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”. Nos toca a los que nos llamamos cristianos ser testigos de esa Luz y, trabajar por la justicia, por la paz, para hacer un mundo más justo, más humano. Y, sobre todo, más sensible al sufrimiento de las personas.  

El Evangelio de este domingo nos llena de gozo porque pone de manifiesto la misericordia de Jesús hacia el ciego de nacimiento: Pero a la vez, vemos que a lo largo del texto se percibe la tensión entre los fariseos y Jesús. Inmediatamente se crea la polémica: “Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús aprovecha  esta pregunta para hacer una catequesis, para explicar a los discípulos en qué consiste la Misericordia de Dios.

Parece que existía una  falsa tradición  de que todo mal físico era efecto de un mal moral, que radicaba en el enfermo o en sus antepasados. De ahí la polémica que se crea entre Jesús y los fariseos.

Jesús se salta todas  esas normas y tradiciones y va a lo fundamental: Busca en el ciego su propia verdad a  través del diálogo que se entabla entre los dos.  De paso, Jesús arranca del ciego su mejor acto de fe: “Creo Señor”. Y se postró ante Él.    

Dios estará en el templo si allí hay amor

Domingo III de Cuaresma. Ciclo A

Por Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Al pueblo escogido, aquel que estaba perseguido, esclavizado, en minoría…, siempre son los mismos a los que se acerca Dios, a ellos les ofrece la libertad. Pero la libertad en la mayoría de los casos produce inseguridad, incertidumbre, riesgo… Y es que nuestro Dios es así, es  ARRIESGADO.

Ansiada libertad que cuando no la tenemos nos ahoga, no vivimos y cuando la tenemos nos desespera, nos confunde.

Pero Jesús sí entendió la libertad que Dios, el Padre como Él le llamó desde el principio, ponía en sus manos. Y con esa libertad que Dios nos da es con la que Jesús traspasa los límites entre lo sagrado, lo público, lo religioso y la vida cotidiana; porque piensa que todo lugar, persona, situación… todo es sagrado si nuestro Padre está allí y nosotros estamos con Él. Y Jesús se muestra como trasgresor de la norma de evitar su paso por Samaria.

¿Y por qué no iba a ser sagrado un pozo en Samaria? Cualquier sitio es bueno para llevar a Dios, cualquier sitio o circunstancia es adecuada para estar con nuestro Padre. En ocasiones la transgresión es necesaria para llegar a Dios.

Jesús siempre se muestra como una novedad, otra forma de “hacer”. Para re-crear vínculos, eliminar conflictos, ofrece su amistad a todos, una amistad que derriba muros, quizás porque no se presenta como el dador, si no como el que necesita estar con los demás, necesita de su compañía y necesita compartir con ellos, lo dice en el evangelio con esta expresión “tenía que pasar por Samaria”.

Se acerca a la Samaritana y Jesús le pide agua, “Dame tú agua” yo también puedo darte pero otra clase de agua, un agua que te sacia y se multiplica para que tú también puedas dar a los demás. No te daré solo un jarro de agua no, te daré lo suficiente y en abundancia para que puedas repartir.

Jesús no dona lo justo, siempre se ofrece en abundancia, para que haya para más, para que tú puedas dar, para que tú ames con el mismo amor que te ama Dios.

Lo más importante: escuchar a Jesús

Domingo II de Cuaresma. Ciclo A

Por: Javier García ( Equipo Eucaristía)

Sorpresas te da la vida

Mientras hacemos el camino de la vida, las personas nos vamos sorprendiendo unas a otras. A veces es una sorpresa desagradable: una traición, un egoísmo, una palabra hiriente, un desprecio, una crítica destructiva. En cambio, otras veces es una sorpresa agradable: una cualidad desconocida, una bondad insospechada, una fidelidad desconcertante, una amnesia que olvida el mal recibido, una mirada que acoge y perdona, etc.

En el grupo de Jesús no ganaban para sorpresas. Jesús les sorprendía cada día con su modo de ver la vida, su modo de estar con la gente, su preferencia por los más caídos, sus palabras sobre Dios. Les descolocaba, hacía añicos sus visiones y expectativas. Veían en Él tal determinación por la causa del Reino que, un día, sintieron temor pues, en el futuro que se dibujaba en el horizonte había sombras, noche y conflictivo.

Es bueno hacerse preguntas

Por ello, seguramente en cada uno de ellos y también en sus conversaciones aparecía una pregunta: ¿quién es este hombre que cada día nos sorprende con su palabra y su vida? ¿Quién es Jesús en lo más profundo de sí mismo? No hacía mucho tiempo, en un momento de crisis, el mismo Jesús les había preguntado: «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

Cuando la vida nos sonríe no solemos hacernos grandes preguntas. Vivimos y disfrutamos. En cambio, cuando las dificultades asoman por la puerta comenzamos a hacernos preguntas: lo hacemos sobre el esposo o la esposa, sobre los hijos, sobre nosotros mismos, sobre las relaciones sociales, sobre el sentido de la vida, sobre la religión que practicamos, etc. 

Hoy, en esta época, caracterizada por tantos cambios tecnológicos, sociales, culturales y religiosos, a los cristianos nos toca, como aquellos primeros discípulos que veían y sentían la dificultad, preguntarnos por el sentido y valía de la fe que profesamos. Nos toca, a la vista de una realidad que pone en crisis las visiones, creencias y valores anteriores, preguntarnos qué merece la pena creer y, sobre todo, preguntarnos a quién merece la pena escuchar y seguir.

Lo más importante de todo

«Escuchadle» decía una voz desde la nube. «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle» (Mt, 17,5). Mateo parece estar pensando en los seguidores de Jesús de todos los tiempos para recordarnos lo que nunca hemos de olvidar: lo más importante es escuchar a Jesús: escuchar sus palabras, contemplar su modo de vivir, su modo de hacer. Y guardarlo adentro, en la mente y en el corazón. Y seguirlo.

Lo que la Iglesia diga y haga merecerá la pena si va en la dirección de ayudar a los propios cristianos e invitar a los hombres y mujeres de hoy a escuchar a Jesús. Descubriremos, a través de toda su vida que nos habla, por qué merece la pena vivir y morir, en qué consiste la felicidad que buscamos.

 

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