Siguiendo a Jesús

Domingo 25 del T.O.  – Ciclo B

Por: Sagrario Olza Leone . Vita et Pax . Pamplona

Los Evangelios nos hablan de Jesús como el predicador y profeta siempre en camino.  En muchos lugares la gente sale a su encuentro porque quiere escucharle, otras veces le presentan enfermos pidiéndole que les cure… pero hay otras personas  que le siguen, van con él, recorriendo los distintos lugares por los que Jesús va.  Acompañantes permanentes son los Doce, a los que  había elegido “para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar”. (Mc. 3, 14)

En estos últimos domingos San Marcos  sitúa a Jesús y a los discípulos en Galilea y en la región de Tiro, terreno pagano, donde curó a la hija de la mujer sirofenicia.  En el camino se dirige de manera particular, más directa, a los más asiduos y cercanos.  Recordamos la pregunta que les hacía el domingo pasado: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”  Y Pedro responde, parece ser que en nombre del grupo: “Tú eres el Mesías”… (Mc. 8, 29).  El prometido, el libertador, el que tenía que venir… Todo el Pueblo lo esperaba.  Para Pedro y sus compañeros estaba claro: el Mesías había llegado.

Durante  este recorrido Jesús quiere instruirlos, son sus seguidores y los elegidos para colaborar con él en su misión mesiánica.  Les va señalando unas condiciones  para poder compartir esa misión y  anunciando lo que le va a ocurrir  a partir de entonces: va a sufrir, las autoridades religiosas lo van a rechazar y, finalmente, lo condenarán a muerte.  Pedro se indigna, ¿cómo va a pasarle eso al Elegido, al que ellos siguen y del que “algo” esperan?  ¿Es que esa será también su propia suerte? Jesús les habló también de la Resurrección “pero ellos no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle” (Mc.9,30-32).  Y continuaban  hablando entre ellos.

Ese “algo” que esperaban tenía que ver con los posibles puestos que ocuparían en el Reino que Jesús anunciaba… y aunque les hablaba del sufrimiento y de la muerte “ellos no entendían”… y seguían con su discusión sobre los cargos a ocupar y quién sería el mayor.

Llegados a Cafarnaúm y una vez en casa, Jesús les preguntó: “De qué veníais discutiendo por el camino?”  Ellos callaban pero, poco a poco, se lo fueron diciendo… Entonces Jesús les explicó la “organización del Reino” y la forma de ejercer las responsabilidades: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc. 9,35).

Nosotras/os somos los seguidores de Jesús del siglo XXI.  Podemos reflexionar sobre si nos pasa algo parecido  a lo que pensaban y hablaban los que le acompañaban por los caminos de Palestina.  Sabemos que se cumplió lo que Jesús les iba anunciando: la persecución y condena de las autoridades religiosas que le llevaron a la cruz.  Sabemos que resucitó, porque creemos en el testimonio de los que lo experimentaron vivo… Conocemos lo que Jesús predicó, lo que Jesús hizo, y en qué consiste el Reino que anunciaba: la realización del Proyecto de su Padre y nuestro Padre, del Padre de todos,  que nos hace una sola familia en la que los hermanos se respetan, se apoyan y se ayudan, teniendo en cuenta, en primer lugar, a los más débiles y necesitados.

No nos desanimemos si nuestros sentimientos y reacciones se parecen a las de aquellos primeros seguidores… Ante la perspectiva de aquel futuro  nada agradable y tan poco glorioso que les presentaba el Maestro algunos se marcharon. Jesús preguntó a los doce: “¿También vosotros queréis marcharos? Y Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 67-68).

Los doce siguieron a Jesús hasta el final, con sus dudas y temores.  Pedro llegó a negarle en un momento muy difícil.  Pero, para ellos, pudo más su seguridad y confianza interior,  manifestada en aquella respuesta del mismo Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna”.  Después de la resurrección el Espíritu Santo les dio claridad sobre lo que “no entendían” y fuerza para anunciarlo por el ancho mundo.

Su predicación ha llegado hasta nosotras/os,  que también seguimos a Jesús. Conocemos su vida, su enseñanza, su pasión por el Reino como realización del Proyecto del Padre, su sencillez  y trato cercano  con la gente, su preferencia por los enfermos, marginados, pecadores… Conocemos las condiciones que ponía a los que querían seguirle y compartir su misión… Revisemos nuestras actitudes: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”  (Mc. 9,35) Miremos a nuestro interior  y revisemos nuestras convicciones profundas: “Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn.6,68).  Conscientes de nuestra fragilidad y nuestros fallos  acudamos al mismo Espíritu que fortaleció a los primeros…  Siguiendo a Jesús hagamos posible la construcción de la única familia humana, la fraternidad universal, la llegada del Reino. Recemos con el Canto “Libertador de Nazaret”, de Carmelo Erdozáin:

“Yo sé que eres camino, que eres la vida y la verdad;

                             yo sé que el que te sigue sabe a dónde va…”

 

Dios nos sale al encuentro en los otros, ¿lo reconocemos?

 DomingoXXIV del T.O. Ciclo B

Por: Maite Menor Esteve. Vita et Pax. Guatemala

Las lecturas de este domingo son muy iluminadoras para la vida de los y las que queremos ser discípulas de Jesús. La primera de Isaías, nos presenta a un hombre sufriente y despreciado por sus semejantes, y que a pesar de eso, tiene una total confianza en Dios, siente que le acompaña en su sufrimiento y le da fuerzas para resistir, tiene la experiencia de que Dios está con él y no le dejará en ningún momento. ¡Qué diferente se viven los problemas y las dificultades cuando se experimenta la presencia envolvente de Dios! ¡Cuántas personas viven su dolor y sufrimiento en soledad! Cuántas personas necesitan a alguien que les escuche, que les demuestre que no están solos, que les haga sentir la presencia de Dios a través de una mano amiga. Es un buen momento para que nos preguntemos cuánto escuchamos, cuánto de nuestro tiempo cedemos para acoger al otro, a la otra. Dios nos sale al encuentro en los otros, ¿lo reconoceremos?

La segunda lectura de Santiago nos dice que la fe si no tiene obras está muerta, y nos invita a demostrar la fe con las obras y con las obras, demostrar nuestra fe. Los cristianos corremos el riesgo de quedarnos en ritos y cumplimientos de las normas establecidas, de refugiarnos en una religión que nos tranquiliza y, a veces, hasta nos anestesia, y olvidarnos de que es la coherencia entre lo que decimos y hacemos, entre lo que creemos y vivimos, lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos hace, en definitiva, ser seguidoras de Jesús: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo.” (Mt 7, 21-23).

La realidad nos presenta constantemente, oportunidades para demostrar nuestra fe, a través de nuestras acciones. Vivimos en un mundo lleno de injusticias, que excluye y margina, que rechaza y expulsa a los que no son de nuestro país, a los que no piensan como nosotros, a los que son diferentes, a los que entienden la vida de una manera distinta a la nuestra, etc. ¿Qué estamos haciendo los cristianos y cristianas con la realidad de los que huyen del hambre y la miseria? ¿Qué estamos haciendo con las violaciones a los derechos humanos? ¿Con la violencia contra grupos étnicos o de género? ¿De parte de quién nos ponemos, de los indefensos o de los poderosos? Hoy Santiago interpela nuestra coherencia y nos invita a tomar cartas en los asuntos que conciernen a los que sufren, a los que no cuentan para este mundo. ¿Nos dejaremos interpelar?

Por último, en el evangelio de Marcos, Jesús nos pregunta igual que en su día les preguntó a sus discípulos y discípulas: “Y vosotros, vosotras, ¿quién decís que soy?” (Mc 8, 29). ¿Soy alguien vivo en tu vida que te invita a salir al encuentro de los que sufren? ¿Es el sufrimiento de los otros lo que te mueve a actuar y a salir de tus comodidades y de tu vida hecha? Si es así, miremos la realidad que nos rodea con los ojos de la compasión, de la empatía, de ver la situación de los excluidos y marginados, sea por la razón que sea. Convirtámonos los y las seguidoras de Jesús, en defensoras de los grupos marginados sean los pobres, los marginados, las mujeres violentadas, los grupos LGTBI, etc., cualquier persona que sufra, y demostremos con hechos y no con palabras, que seguimos a Jesús que vino a restaurar la vida, a liberar a los oprimidos por el sistema y devolver la esperanza a todos los desesperanzados.

 

 

 

 

 

 

                                                                                                         

 

 

                                                                                                               

 

 

 

¡Qué bien lo hace todo!

23º Domingo  T.O. Ciclo B

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

El evangelio de hoy nos habla de una curación  que Jesús hace en tierras de la región de Decápolis, zona pagana, y  en camino hacia el mar de Galilea, zona donde realiza su anuncio del Reino. Pero, para Jesús, el espacio es lo de menos, porque su corazón solo entiende de sanación y buenas noticias para todos.

Lo suyo es promover la vida, sanar, regalar esperanza y restaurar la dignidad de las personas, aquellas que por su fragilidad, enfermedad o pequeñez, están marginadas, invisibilizadas  en  la sociedad y rechazadas por  su comunidad.

Y escucha el grito agradecido de quienes acompañan al que  se sabe sanado, salvado por su encuentro con él.  “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.”

En verdad este gesto sanador de Jesús permite al hombre mudo y sordo volver a ser él mismo. Puede, de nuevo, expresar su palabra, compartir su verdad, hablar de sus sueños y esperanzas, decir y decirse.  También escuchar los sueños, las inquietudes y la verdad de los otros y las otras.  Incluso, puede, si lo quiere, ser agradecido con quienes le han acercado a Jesús y su sanación.

Dos reflexiones:

  1. Hoy tantos seres humanos que, teniendo el “poder de sanar” y devolver la voz y la palabra a quienes están marginados, invisibilizados, descartados de la sociedad y de sus bienes y recursos, vengan de donde vengan, solo piensan en sus propios intereses, y utilizan su fuerza y posición para su propio beneficio, olvidando que su misión es servir al pueblo y a quienes más lo necesitan. Sus ojos y sus oídos están cerrados al clamor de su pueblo. Siguen ciegos de egoísmo y soberbia. Piensan que ellos no necesitan de esa sanación que ofrece Jesús y que nos permite, a todas y todos los que lo buscamos, mirar  y sentir la vida de otra manera, más incluyente, más sororal, más cercana a la propuesta del proyecto de reino que Jesús oferta y que nos viene de Dios Padre misericordioso, que solo busca la felicidad de sus hijos. Pero no lo “vemos”…

 Ellos, – y nosotras/os, ciegos y sordos tantas veces-, no escucharán el canto agradecido “Todo lo hace bien…”

  1. En nuestro mundo y nuestra sociedad, donde constatamos tantas bocas silenciadas y tantos ojos que se cierran a la realidad dura que hermanas y hermanos nuestros viven, estamos llamadas/os a ser como esas personas de las que nos habla el evangelio de hoy que se adelantan a llevar a Jesús al hombre enfermo, para que él, con su fuerza sanadora, le devuelva a la vida digna e integradora. Tal vez necesitamos, antes, escuchar de Jesús la palabra clave “¡Effetá!  ¡Ábrete!”

Que sea él quien nos abra los ojos a los signos de los tiempos que nos hablan de mujeres marginadas y maltratadas, personas que van de un lugar a otros buscando acogida y son echados fuera, niños que crecen en la soledad y la ignorancia…

Y nuestros ojos siguen cerrados y nuestros oídos no quieren escuchar su llanto y desesperanza.

¿Quién los llevará a Jesús para que les restaure la vida?

¿Quién recreará hoy en nuestra historia, la historia de sanación y vida que realizó Jesús? ¿Quién devolverá la voz a los sin voz, la luz a los que viven en la soledad de su silencio?

No se trata de “hacer milagros”, sino de recrear en nuestra propia vida lo que  Jesús hizo. Desde nuestra fragilidad y sencillez, desde las cosas pequeñas que podamos realizar cada día en nuestro trabajo y entorno, desde lo que somos y tenemos, desde lo que creemos y fortalecidas/os en nuestra certeza de que otro mundo es posible.

Yo creo que esa es la invitación que hoy se nos hace desde la palabra evangélica.

Y tal vez, si nos lanzamos a la tarea, podamos escuchar resonando en el silencio del corazón esa palabra agradecida y solidaria  ¡Qué bien lo hace todo!… o, al menos lo intenta.

 

 

 

Cómo podremos estar cerca de ti, Señor

22º Domingo TO. Ciclo B

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Laico de Ciudad Real

Se nos invita a escuchar las leyes y los mandamientos emanados de Dios. Los creyentes debemos conocer cuáles son los preceptos o mandatos que el Señor considera que debemos guardar, no sólo para mostrar nuestra sensatez y obediencia, sino sobre todo para que la humanidad descubra los caminos que la lleven a su plenitud.

Dios a Moisés le dio a conocer los mandamientos, al tiempo que le mandó los enseñase a todo el pueblo. Nosotros que, por mediación de la iglesia, también conocemos sus mandatos, somos enviados para darlos a conocer a los demás, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros vecinos.

Pero una vez conocidos, conviene que los recordemos, pero lo importante es que los guardemos, que los hagamos vida, que los pongamos en práctica, que sepamos resumirlos a la manera de Jesús, “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo”.

¿Cómo podremos estar cerca de ti Señor?, es la pregunta que deberíamos hacernos constantemente, no por cuestionarnos simplemente o para saber más, sino para darle respuesta, la cual ha de ser conforme a las enseñanzas del Padre y de su agrado; servirá para nuestro gozo, pero sobre todo para el bien de todos aquellos con los que nos estamos relacionando, conviviendo, o a los que estamos unidos con nuestros pensamientos o sentimientos.

Nos iremos aproximando al Señor en la medida que demos testimonio y hagamos vida los valores anhelados por Dios y por la humanidad. Seamos personas honradas, nos mostremos tal como somos; coherentes, no engañemos ni a nosotros mismos; la verdad sea principio de nuestra palabra y nuestra vida; pacientes y comprensivos, lentos a la ira; humildes y sencillos, sin pretender guardar nuestra imagen; no nos dejemos llevar por la avaricia y atesorar riquezas, mas bien compartamos nuestros bienes y nuestros dones; que nuestra palabra sea de halago y agrado hacia el otro y no de agravio y perjuicio; nuestra prioridad sea la justicia, la igualdad y dignidad de toda persona humana; nuestra bandera sea el dialogo y la paz; descubramos y alejemos nuestro egoísmo y nos demos y entreguemos a los otros para que fructifique el amor. Esta ha de se nuestra manera de estar ahora junto al Señor, que nos procurará vivir con Él para siempre.

Abrámonos a recibir todos los dones, toda la vida, todo el amor que viene de Dios. Acojamos con sencillez y hondura su palabra, no basta con oírla, tenemos que escucharla, esa palabra que nos llega de su evangelio, pero que también nos llega de la vida de las personas, prestemos atención sobre todo a los que sufren, a los que necesitan ayuda, porque el Señor quiere que pongamos en práctica su palabra socorriendo a los huérfanos y a las viudas (hoy: los niños abandonados, las mujeres explotadas y maltratadas, las personas que no disponen de lo necesario para una vida digna, los desplazados y refugiados).

Todos somos conscientes de que somos buenos y malos, que nuestra vida tiene luces y sombras, que nos arrastra el egoísmo y que procuramos hacer el bien. Hemos de estar siempre en la tesitura de ver qué nos aleja de Dios y de los hermanos, al mismo tiempo que sintamos que Dios me acepta y desea mi bien.

A pesar de saber que el mal está en el mundo, que penetra de diferentes formas en el interior del hombre, que estamos manchados, llenos de las cosas mundanas, procuraremos que lo que salga de dentro de nosotros/as, de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, sea la fraternidad, el perdón, la justicia, la esperanza, la paz y el amor.

La brújula

21º Domingo TO. Ciclo B

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En muchas ocasiones, las preguntas son más reveladoras que las respuestas. Jesús resulta sorprendente en sus preguntas, y conmueve algo en quien las recibe. Son creadoras, parecen sacar lo mejor de cada ser y tender un puente, un puente hacia la verdad y la luz.

Con la pregunta de hoy “¿También vosotros queréis marcharos?”, Jesús pretende suscitar una libertad difícil: la de quien acepta quedarse aún cuando no se está en la mejor situación. Y las palabras de Jesús se convierten en un desafío para la libertad personal de los discípulos que tienen que decidir qué es lo que quieren, qué pretenden hacer, qué decisión van a tomar. Los discípulos “entran en crisis”, a menudo, es buena señal cuando se quieren hacer las cosas en serio. Porque toda crisis es un reto para la libertad, abre un camino, obliga a dar un paso hacia adelante.

“Señor, a quién vamos a acudir. Tú tienes palabras de vida eterna…”. Qué acertado estuvo Pedro en esta respuesta. Cómo nos identificamos con ella. Porque, a veces, en el fondo, es verdad que también nosotras queremos marcharnos y dejarlo todo. Hay diferentes maneras de abandonar a Jesús y su proyecto. El más claro es el de la persona que se va, lo deja, deserta, se retira, desaparece, huye… Pero hay otras maneras de irse más sutiles, menos evidentes y, por eso, tal vez, con más infidelidad:

  • Dejar de soñar, olvidar la utopía
  • La desesperanza, el desconsuelo, el pesimismo
  • Instalarse en el pasado
  • Cerrarse en sí misma
  • La mediocridad, la sequedad
  • No saber dónde está tu hermana o hermano
  • No arriesgar la vida por las víctimas

Pedro responde a Jesús con otra pregunta asumiendo la responsabilidad de su papel y habla en nombre de todos: su “vamos” está en plural. Se encarga de ofrecer una respuesta que los demás no son capaces o no tienen la valentía de dar. Asume el papel de líder del grupo en el momento más difícil, cuando los demás están confusos, cuando él mismo se ve en la tentación de callar. Es un hombre que, a pesar de sus contradicciones, ha crecido y es capaz de asumir su propia responsabilidad y tomar opciones.

Y dice “a quién vamos a acudir”, no “a dónde”. La vida no precisa de “algo”, sino de “alguien”, necesita un “quien” al que entregarse, en el que establecer la propia morada. Pedro no quiere entregar su vida a nadie que no sea Jesús. Puede encontrar muchos lugares en los que estar, pero su casa es Jesús. Y su casa son también las personas con las que se cruza si las encuentra en Jesús, por eso, hallará en su vida muchos lugares y muchas casas. Y podrá hacerlo porque ha decidido permanecer en Jesús, no abandonarlo, poner en Él su centro. Cuando olvide esto, como por ejemplo, en el atrio de la casa del Sumo Sacerdote, la noche de la pasión, el fuego de aquel patio no será el de un hogar porque ha huido lejos del Señor y ha asegurado que no lo conoce.

Después Pedro dice: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Resulta interesante la razón que expresa para permanecer con Jesús. No dice: “Tú arreglas todas las cosas, nos das pan gratis, haces milagros, estamos bien contigo…”. Al justificar su decisión, se aferra a algo tan extremadamente frágil como son las palabras. Por esas palabras Pedro está dispuesto a jugarse la vida, a poner toda la carne en el asador. Estas palabras determinan sus opciones, sus acciones, sus sentimientos. Sabe que no puede prescindir de ellas. Y nos enseña una nueva relación con la Palabra. La Palabra no sólo es edificante, no sólo nos alimenta, no sólo nos enseña, sino que es el criterio que determina nuestras decisiones, la brújula que orienta ese “a quién vamos a acudir” que necesita nuestra vida.

 

Alimento que nos nutre

20º Domingo TO. Ciclo B

Por: Concepción Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real

La Sabiduría ha edificado una casa, ha preparado un lugar confortable, con una mesa bien dispuesta, ha invitado a todos y todas a comer su pan y beber su vino. Es una invitación a dejar nuestras vidas cómodas, monótonas para caminar por la senda de la inteligencia, de la sabiduría, tomando el único alimento que vivifica y da plenitud.

“Gustad y ved que bueno es el Señor”: el salmo 33 es una invitación a vivir en la presencia del Señor, a buscarlo y seguirlo. Quien toma este camino no carece de nada. Él llena nuestras expectativas, calma nuestras angustias, ilumina el sendero en los momentos oscuros. Vivir en su presencia dispone el corazón para la paz, para la justicia, para el bien.

San Pablo en la carta a los Efesios es muy concreto con el seguimiento de Jesús. Insta a la escucha, a discernir su voluntad, a seguirle, a darle gracias con himnos y cantos. Dejando atrás tantas cosas como nos atrapan y nos impiden ser libres de verdad.

San Juan en el evangelio no se cansa de animarnos a participar del memorial de Jesús, la última cena, a comer su pan y beber su vino.

¡Cuantas Eucaristías desperdiciadas a lo largo de nuestras vidas! Fijándonos sólo en lo secundario: La frialdad y la falta de vida de las celebraciones, las homilías de algunos sacerdotes, la poca sencillez de la liturgia, la mala distribución de los templos, … Todo esto es verdad y ciertamente no facilita el vivir la Eucaristía con plenitud.

Prepararnos para la Eucaristía pues vamos a encontrarnos con Dios. Dejamos a un lado las mediaciones y nos centramos en lo verdaderamente importante: Dios está ahí esperándonos. Vamos a comer su cuerpo y beber su sangre, alimento que nos nutre para la vida, nuestro corazón toma tono y fuerza y se dispone a la misión, a trabajar por el Reino.

Y lo celebramos en comunidad, al lado de otras personas que desde dispares situaciones persiguen el mismo sueño que nosotros. Y así transformamos el mundo.

Hoy la liturgia nos invita insistentemente a gustad al Señor, a formar parte de Él, a tener sus mismos deseos, sus mismos sentimientos, su mismo corazón. Nos está llamando. ¿Acaso no lo oís? Es una invitación a agradecer sus dones, su ternura y paciencia infinita.

Que en estos días de descanso dejemos a un lado el asistir a la Eucaristía por costumbre, por inercia.Y pasemos a vivirla desde la consciencia del encuentro con Jesús de Nazaret, con la certeza que es ahí donde repararemos fuerzas, tomaremos impulso y esperanza para trabajar por el Reino.

MARIA, mujer de brazos abiertos

La asunción de Nuestra Señora, Ciclo B

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Hoy celebramos la Asunción de María al cielo, pero no solo eso, sino que celebramos a una mujer de fe: María. Su fe, su disponibilidad ante la voluntad de Dios, fue un ejemplo para toda la Iglesia y para todos los que formamos parte de ella.

María, una muchacha sencilla de un pueblo de las montañas, perteneciente a la minoría social, pobre, sin preparación especial, preguntó y pidió aclaraciones ante el mensaje del ángel, cuando le hizo saber que Dios estaba interesado en que ella fuera la madre del Mesías. Y nos da el ejemplo de quien sabe decir Sí. Y creyó, no con una fe ciega, sino reflexiva, adulta y consciente.

María se fio de Dios cuando aceptó su papel en la historia de la salvación ¿Por qué? Porque su fe tenía unas raíces profundas y esperaba el cumplimiento de las promesas que Dios había hecho a su pueblo, al pueblo de Israel.

María nos da el ejemplo de proclamar con alegría la grandeza y la misericordia de Dios, para todos, aunque siempre exista una especial llamada a los más débiles, a los humillados, a los despreciados. “Su brazo ha intervenido con fuerza, ha desbaratado los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y encumbra a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de vacío”.

María sabe que Dios está indignado porque la injusticia se ha establecido entre los hombres, María sabe que Dios va a intervenir en la historia para llegar a hacer posible una sociedad en la que no haya sitio para el egoísmo, la usura, la corrupción,… solo nos pide nuestra renuncia a todo lo que suponga un ataque a la fraternidad.

María da ejemplo de humildad, se olvida de su “honor humano” para poner su vida al servicio del proyecto de Dios. Siempre atenta a su Palabra y a su Voluntad. Y atenta al sufrimiento de todo ser humano, sabe olvidarse de sí misma para acudir a prestar ayuda a Isabel.

Cuando llega a la casa de Isabel, sienten las dos la presencia del Espíritu Santo que las llenó a ambas. Ella sabe estar siempre al lado de quien la necesita. Las dos mujeres están integradas en ese plan de Dios, aunque de distinta manera. María va a ser la madre del Mesías; Isabel la del encargado de preparar a la gente para su encuentro con el hijo de María.

Con Isabel, con su hijo, termina la antigua alianza, se cierra un estilo de relación de los hombres con Dios. Con el Hijo de María da comienzo una nueva etapa, una nueva alianza: la de Dios con toda la Humanidad.

María es el ejemplo que necesitamos para llegar a Jesús y cumplir la voluntad del Padre. Gracias María por invitarnos a participar de tu experiencia de Dios, por abrirnos los ojos y compartir la indignación porque en nuestra sociedad, en nuestro mundo, sigue existiendo la ambición, la arrogancia,.. Gracias por estar presente en nuestro trabajar y luchar para que esta realidad llegue a ser un mundo de personas libres, una nueva humanidad fraternal en el que esté presente el Espíritu de la libertad y en el que la igualdad para todos, que Jesús nos predicó, sea real.

De su mano

19º Domingo TO. Ciclo B

Por: Rosa M. Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lectura del primer libro de los Reyes (19, 4-8): “Levántate, come”.

Eso le decía el ángel del Señor a Elías, y ¡qué bien nos viene! A veces, cuando el camino nos parece superior a nuestras fuerza, tenemos gana de “tirar la toalla”, de abandonar, y a veces a través del encuentro con otra persona, o de un rato de oración, o de la contemplación de los acontecimientos de la vida, sentimos intensamente la Palabra, ese “levántate”, que solo puede ser del Señor, que está en lo más íntimo de nosotras, sosteniéndonos, esperanzándonos, abrazándonos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,30-5,2): “Desterrad de vosotros la amargura”.

La fe nos anima a sabernos conducidas a la liberación. Liberarnos, ¡de tanto! También a veces del peso de una vida vivida, de añoranzas de tiempos que no volverán, de disgustos, rencores, vacíos. Necesitamos que sea posible, que sea verdad, a pesar de que no veamos con claridad, a pesar de que a veces el sinsentido se apodere de nosotras. Hay demasiado sufrimiento, en el mundo y en nosotras, algunas veces evitable y otras, en las que solo es posible atravesarlo, sin hacernos daño ni hacérselo a las que nos rodean. ¿Qué podemos hacer? Tal vez la clave viene marcada por esta fuerte palabra: Desterrad la amargura. Ese mal sabor, mal tono, mal carácter, que a veces es lo que nos sale, tal vez como fruto del dolor que no hemos metabolizado, del perdón que no hemos otorgado… Al menos con el deseo, con la intención, echemos fuera de nosotras todo atisbo de amargura. Si somos del amor, del amor ardiente de Dios, podemos orar para que seamos capaces de liberarnos de lo que nos lastra y nos amarga.

Lectura del santo evangelio según san Juan (6, 41-51): “El que cree tiene vida eterna”

Jesús, en esta escena, nos invita a creer un poco más, a dar más pasos en la hondura de la fe. La gente que lo escuchaba, murmuraba, no se fiaba de Él, no podían darle crédito, un hombre humilde, nacido humildemente, de padres conocidos en el pueblo, ¿cómo va a venir de Dios? Sin embargo, Jesús les invita a no criticar, no se entretiene demasiado en demostraciones dialécticas, solo les insta a caer en la cuenta de que creer es el camino de la plenitud. Y ahí está Él. El pan vivo. El Dios hecho carne. La presencia que salva no está lejos, está aquí mismo, entre nosotras, basta dejar de criticar, de entretenerse en murmuraciones y centrarse en el ser humano vivo que está esperando nuestro gesto, nuestro abrazo, nuestra palabra.

Así, de su mano, nos levantamos, lavamos de nuestro rostro toda amargura, y deseamos seguir creciendo en la fe, siguiendo los pasos de este Jesús enamorado del ser humano frágil que somos.

Llamados a ser saciados

Domingo 18 del T.O. Ciclo B

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Éxodo 16,2-4. 12-15: “En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó a Moisés y Aarón en el desierto…El Señor dijo a Moisés: yo haré llover pan del cielo…”.

Siempre podemos tener razones para la queja, el dolor está ahí, no nos es ajeno, la injusticia está ahí, pero ¿Dios, no lo ve o es indiferente?, ¿donde está en este mundo con tanto sufrimiento?, ¿se ha olvidado? Dios se cuida de su creación, de la obra de sus manos, pero no sabemos verlo, se nos han oscurecido los ojos y el corazón, y tenemos la fantasía de creernos solos. Sin embargo Dios está entre nosotros, camina con nosotros; con solícito cuidado, hace llover pan del cielo para todos los que deseen recibirlo gratuitamente.

Salmo 77,3 y 4bc 23-24.25 y 54 R: “El Señor les dio pan del cielo”.

Vayamos al verdadero pan del cielo

Efesios 4,17.20-24: “…Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas”.

¿A qué somos llamados, cuál es nuestro destino como seres humanos? Somos llamados a vivir una vida en plenitud, a una vida de justicia y santidad, a ser semejantes a Cristo, dejándonos hacer por su Espíritu.

San Juan 6, 24-35: “… Os  aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi  padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. …Yo soy el pan de vida el que cree en mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed”.

¿En verdad creemos que Dios nos puede saciar?

Vivimos en un mundo tan agitado, con tantos recursos, información, ofertas. No tenemos tiempo para llegar  a todo cuanto se nos ofrece, tenemos la tentación constante de usar y tirar, para llegar a tener o experimentar más cosas. Solo importa lo que creemos que es útil, pero solo percibimos las cosas superficialmente, en nada profundizamos, las cosas no llegan a ser valiosas ni nos llegan a afectar verdaderamente. Vivimos o más bien parece que pasamos por la vida de puntillas sin vivirla verdaderamente, siendo esclavos de las circunstancias del consumo ilimitado, de las prisas impuestas.Vivimos apresuradamente, sin saborear los dones que la vida nos depara, sin saborear el pan de cada día, sin ser conscientes del regalo, del don con el que somos agraciados y sin percibir a lo que somos llamados, a ser saciados en la fuente de la vida, a ser semejantes a Cristo, a ser don de Dios.

Somos creados para la vida en abundancia, hemos sido creados para la vida y somos cuidados con esmero. Como a los israelitas se nos llama a ver nuestra situación de esclavitud y se nos invita a ir a una tierra de leche y miel, pero el camino hemos de hacerlo, no nos faltará el maná, el don de Dios para recorrer ese camino de liberación hacía nuestro propio interior, donde seamos criaturas nuevas, donde seamos despojados de nuestro hombre viejo y seamos revestidos del ser nuevo, portadores de la buena y verdadera vida. Jesús nos ha mostrado el camino, Él es el pan que sacia, el verdadero pan del cielo.

Pero ¿tenemos abiertos los ojos?, ¿sabemos ver el camino?, ¿vamos a Jesús o nos quedamos en el alimento que no sacia?, ¿perseguimos metas que no nos quitan el hambre? El Evangelio es claro en este aspecto, la verdadera vida está en ser de Dios, ir asemejándonos a Cristo, solo ir a Él puede saciarnos, ¿creemos esto?

Aprendamos con Jesús a profundizar en las cosas, en las personas, en todo cuanto nos sale al encuentro, con calma, sin prisas, dejándonos afectar. Permitiendo que cada cosa, cada situación, acontecimiento,  sea significativo, cada ser humano sea el otro en quien me sostengo y a quien sostengo, en definitiva sea don de Dios para mí, sagrado. Permitámonos penetrar en el don, en lo sagrado, permitamos que el Espíritu Santo nos haga hombres y mujeres nuevos, nos haga santos, nos colme de vida, nos haga semejantes a Jesús, que nos sacie de Él, para que lleguemos a ser en Él y por Él, verdadera comida y verdadera bebida, portadores de vida.

“Espíritu Santo, renueva nuestra fe, haznos verdaderos/as creyentes, asemejándonos a Jesús, para nunca más tener sed”.

 

Maneras de actuar

17º Domingo TO, Ciclo B

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Muy conocido es el evangelio de hoy y no es de extrañar. Se trata del único relato de un milagro que está presente en los cuatro evangelios y en seis oportunidades, lo cual hace ver la huella que dejó en la memoria de los discípulos. Percibieron que en ese gesto de Jesús se jugaba lo esencial del sentido del Reino: que la comunión con Cristo es el fundamento de la comunión entre los seres humanos, comunión que se expresa y se construye en el compartir.

Jesús echa una mirada a la muchedumbre que lo ha escuchado durante horas, se preocupa por el cansancio y el hambre que deben sentir estas “ovejas sin pastor”, gentes humildes, pobres e insignificantes y pide, entonces, a los suyos, que vean el modo de darles de comer. De eso se trata en este momento, de hambre pura y dura, de estómagos vacíos. Felipe responde a esa inquietud diciendo que ellos no disponen de dinero con el que comprar comida para esa multitud. Y, Andrés, con cierta timidez, expresa que un muchacho tiene cinco panes de cebada y dos peces, algo absolutamente insuficiente para tal cantidad de personas.

Pero Jesús no se detiene en problemas monetarios ni reservas alimenticias; pasa por encima de la carencia de dinero y de lo poco que tienen para repartir y manda a sus discípulos que hagan recostar a la gente en la hierba, hasta tres veces se habla de que los presentes se recuestan para comer. El Señor toma los pocos panes que le ofrecen, da gracias y él mismo los reparte junto con los peces.

El texto no habla en ningún momento de multiplicación, no obstante, el hecho es que alcanza para todos. La multitud ha saciado su hambre física. Pero el amor que anima el gesto va más allá, no tiene límites; no solo todos comieron, también sobró. Es un amor siempre abundante, sobreabundante, se llenaron doce canastas con lo que quedó de los panes. El relato resalta la importancia de saber compartir; compartir incluso desde la escasez, desde lo poco, desde la estrechez… sin excusas. No es cuestión de escasos recursos, lo que se pretende es que aprendamos a dar desde nuestra pobreza.

Además, Jesús tiene una forma muy suya de hacer, es un hacer humanizador. Se trata de calmar el hambre física pero también de una cuestión de dignidad y de igualdad. “No os llamo siervos (…), a vosotros os llamo amigos” dice a sus seguidores y da la razón de esa nueva situación: “porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Jesús ha compartido su mensaje, ha dado de comer y ha ofrecido su amistad; la multitud se ha saciado, lo ha escuchado y ha acogido su palabra, forjadora de una honda comunión.

En estos tiempos del descarte, en los que aumenta cada vez más el número de excluidos y excluidas del actual orden económico, el compromiso de compartir se ha hecho particularmente exigente. La Palabra de hoy nos llama a empeñar nuestro mayor y mejor esfuerzo en la construcción de un mundo en el que, “desayunados todos”, podamos encontrarnos plenamente y vivir en fraternidad. Nos llama a ponernos del lado de quienes ven violados su derecho a la vida, a la salud, a la educación… Pero también su derecho a la verdad, a la fiesta, a la amistad… Y nos llama a hacerlo a la manera tan particular de Jesús.

Una manera que recuerda mucho a lo que pedían unas obreras textiles en 1912 en los EEUU durante una huelga contra los sueldos miserables y el trabajo infantil. Pedían pan y rosas. El pan nos remite a la justicia económica, a la igualdad de oportunidades, a la redistribución de las riquezas… es decir, a tener de qué vivir. Las rosas son una invitación a ir más allá, nos impulsa a la gratuidad, al cuidado, al sentido de la vida, a la calidez del corazón, a la creatividad, al ocio, a participar en la mesa de comensalidad… es decir, a tener por qué vivir.

Así era Jesús, así actuaba y a esto nos invita hoy.

 

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies