Somos de Dios

Somos de Dios, en nosotros resplandece su gloria, ahí radica la plenitud de lo humano.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B                                                     

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18

…y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único

…Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz»…

Qué bueno es obedecer la voz de Dios, estemos atentos, su palabra no es de condena, su palabra es bendición por siempre, su palabra es de vida. La vida está en ver que nuestro centro es Dios, no quedarnos en nosotros mismos, no pretender quedarnos en lo que nos carga, en lo que creemos que es nuestro, sino en entregarlo y así dejar a Dios ser Dios en nosotros.

Romanos 8:31-34
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

No nos confundamos, no tengamos miedo, si Dios está por nosotros de nuestra parte, nadie ni nada tiene poder sobre nosotros, sus hijos e hijas.

Mc 9,2-10

…Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»…

Jesús sube al monte, lugar de oración, de encuentro personal con el Padre-Madre, le acompañan tres discípulos. Jesús siente necesidad de beber de la fuente, de dejarse empapar de la presencia de Dios. No puede continuar el camino, sin esos encuentros.

Imagino a Jesús, orando y compartiendo, con los tres amigos, de cómo es el Dios de Israel, a quien reconoce como Padre-Madre, porque ha experimentado como nunca nadie lo ha hecho, el gran amor con el que Dios ama a cada una de sus criaturas, ha contemplado su rostro actuando en la historia de Israel. Jesús les habla de Elías, el profeta que confió en el Señor y reconoce que solo uno es el Dios verdadero, les habla de Moisés a través de quien Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero ni Elías ni Moisés, ni la Ley ni los Profetas, tienen la última palabra. La plena manifestación de Dios es Jesús, en Jesús Dios nos dice su palabra definitiva. Aunque los discípulos no comprenden y tienen miedo, por eso Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse en lo seguro, qué era eso de morir, qué significaba eso de resucitar al tercer día.

Jesús está íntimamente unido al Padre, es uno con Él, su plenitud humana es la unión con el Padre. Sus amigos aún  no comprenden. Le han oído decir que Él es el “Hijo de lo humano”, sin comprender. Ahora cuando se manifiesta lo que es, cuando les deja ver la Gloria de Dios, siguen sin comprender.  Aún oyendo la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”, no comprenden. Permanecen en una comprensión dualista, separan lo humano de lo divino, como si lo humano fuera ajeno, no tuviera que ver nada con Dios, aún viven en sí mismos. Dios sigue siendo algo extraño o que dirige, en todo caso, la vida de los hombres desde fuera. No han comprendido la encarnación no comprenden que la plenitud humana es la gloria de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, Hijo de lo humano, y así ha conseguido para nosotros ser hijos de Dios. En Jesús se cumple definitivamente ese designio de Dios. El Padre nos revela quién es Jesús, “mi Hijo amado” y nos revela qué hemos de hacer, “escuchadle”.

No comprender que Dios ha tomado nuestra naturaleza, es no comprender que  solo es posible permanecer en Dios a través de lo humano, a través de todo cuanto conlleva lo humano, Jesús nos lo muestra,“he venido a sanar los corazones rotos a proclamar un año de gracia”, por eso solo acogiendo, sanando, bendiciendo, perdonando, y dejándose hacer, puede reconocerse la presencia de Dios, que siendo Dios se despojó de sí mismo, para traernos la salvación, para dar sentido a nuestra existencia. No somos seres desfondados, tenemos en Dios nuestra esperanza, nuestro ser se sustenta en Dios, en Él se nos revela lo que realmente somos. Su Gloria resplandece en nosotros, como en Jesús.

Oremos y sigamos a Jesús en el Tabor y en la bajada del monte, en la muerte y en la resurrección, escuchémosle. Él nos dice quiénes somos, qué hemos de hacer, cómo hemos de vivir. Oigamos la voz del cielo diciéndonos, “eres mi hijo/a amado/a”.

 

Es posible la esperanza

1º Domingo de Cuaresma, ciclo B

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Nos encontramos en el primer domingo de Cuaresma. Casi con sigilo este nuevo tiempo litúrgico se hace presente y, de inmediato, viene a nuestra mente una serie de ideas y palabras: conversión, desierto, tentación, oración, ayuno, limosna… A lo largo de los cuarenta días que dura, iremos asomándonos a la parte más complicada de la vida de Jesús: sus enfrentamientos con las autoridades judías, el abandono de las gentes que no siempre aceptan su mensaje, la incomprensión de los más cercanos, su propia necesidad de lidiar con la tentación de buscar atajos y caminos más fáciles…

La subida a Jerusalén es una buena imagen de esos momentos en que la vida, la de Jesús y la nuestra, se nos hace cuesta arriba, cuando no es fácil avanzar y hay ganas de abandonar y darse media vuelta. Con todo esto corremos el peligro de convertir la Cuaresma en el tiempo de la seriedad, la sobriedad y un punto de renuncia. Parecería la época de las caras largas, la lucha y la tormenta; de la pelea con una misma.

Pero la Cuaresma es también sobreabundancia de vida, derroche de amor, fidelidad sin condiciones, coherencia hasta el extremo, confianza inquebrantable, humanidad verdadera, intensa pasión…

En el Evangelio de hoy todo se juega en torno a un tema central: de qué palabra fiarse. Jesús ha sido conducido al desierto inmediatamente después de su bautismo, con la Palabra del Padre resonando en su corazón: “Tú eres mi hijo amado…”, ahora, en cambio, va a escuchar otras palabras que intentan convencerle de que no ponga su centro en ese amor sino en el poder, la vida fácil, la fama, las posesiones… Pero Jesús ha tomado una conciencia tan plena de su ser de Hijo, la Palabra del Padre le ha dado tanta seguridad y ha iluminado de tal manera su mirada, que ya le resulta imposible confundir a Dios con los falsos ídolos que le presenta el tentador. Deja claro que ha elegido libremente el camino que el Padre le va mostrando y ha decidió, con una confianza inquebrantable, seguirlo hasta el final.

Además, este pasaje de las tentaciones nos conduce hacia el Dios a quien Jesús conoció en el desierto: un Dios que no exige proezas ni gestos espectaculares, sino solamente pide nuestra confianza y nuestro agradecimiento. Un Dios que nos dirige su Palabra no para imponernos obligaciones o para denunciar nuestros pecados, sino para alimentarnos y hacernos crecer. Un Dios al que no encontraremos en los lugares de prepotencia o de posesión, sino en los de pobreza y exclusión.

Este Dios a quien Jesús conoció en el desierto es ante todo un Dios de causas perdidas. Alguien que ha apostado todas sus cartas por la humanidad, desde la confianza total, y su baza principal es Jesucristo. Jesús se fía y decide porque confía y sabe que hay Alguien que, a su vez, confía plenamente en él. El riesgo es parte de su misión, y en él se siente fiel a esa misión, sostenido por el Padre. El pecado no será tanto equivocarse cuanto no arriesgar…

Jesús deja la región del Jordán y va a Galilea. No se queda en el desierto esperando que vaya la gente hasta él. Tampoco vuelve a Nazaret, a su antiguo trabajo de artesano. Será Él mismo quien se acerque a las aldeas a proclamar algo bueno: “Está cerca el Reino de Dios”. Es decir, que Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, conflictos y sufrimientos. Dios es una Presencia buena y amistosa que está buscando abrirse camino en nuestra historia para hacer la vida más humana.

Donde reina Dios, la humanidad progresa en justicia, solidaridad, fraternidad-sororidad y paz. No es verdad que no haya remedio, no es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de sufrimiento y muerte que le trazan los poderosos. Es posible un mundo diferente, más justo, más digno, más sano y dichoso para todas y todos, precisamente porque Dios, ese Dios del desierto, lo quiere así. Es posible la alternativa.

Este es el mensaje de la Cuaresma: “Creed en esta Buena Noticia”. No estamos solos. Es posible la esperanza: “convertíos”.

Saltando barreras de exclusión

6º Domingo T.O. Ciclo B

Por: Blanca Lara Narvona. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lev 13,46: “Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”.

1Cor 10,31-33: “Hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios. (…) no buscando mi conveniencia sino la de los demás”.

Mc 1,40-45: “Se acercó un leproso a Jesús, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme (…) lo tocó diciendo: Quiero (…)”.

Las lecturas de hoy hablan de humildad, de confianza y aceptación y de cultivar, como cristianos, la espiritualidad del compromiso con los excluidos de nuestro mundo.

Hay una profunda humildad en la persona leprosa, en su petición a Jesús. Y hay una llamada a la humildad y a la “fraternidad mística” en la exhortación de Pablo cuando nos habla de cómo debe ser nuestro “hacer”: no para nuestra gloria personal, sino para gloria de Dios, sin olvidar que somos su providencia, y no buscando nuestro beneficio sino el beneficio de los otros. Este modo de “hacer” es un desafío para los cristianos, una llamada a no dejarnos caer en lo que el papa Francisco llama mundanidad espiritual: “estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”.

Conmueve el modo en el que esa persona herida se acerca y pide a Jesús su curación. Era un leproso y por serlo, era considerado impuro por las leyes de pureza y condenado a vivir aislado, excluido, negándosele la pertenencia a la comunidad. Y ese hombre “apestado”, venciendo sus miedos, con una confianza plena, se arrodilla ante Jesús y le pide: “si quieres, puedes limpiarme”. No duda del poder que tiene Jesús para sanarlo y acepta humildemente su voluntad para hacerlo. ¡Qué hermosa forma de dirigirnos al Padre, de pedirle que alivie nuestras cargas y sane nuestras heridas!

Y Jesús se paró, pues su enfermedad no le impidió ver su dignidad de hijo de su Padre; se conmovió, no le fue indiferente su sufrimiento; lo tocó, tocó su herida y la hizo suya; lo sanó y lo mandó a los sacerdotes para que verificaran su limpieza y pudiera dejar de ser un excluido. Es la manera de “hacer” de Jesús y esa debe ser nuestra manera como cristianos.

¿Y quiénes son los leprosos, los excluidos en este mundo roto en el que vivimos? También nuestras sociedades hoy, construyen y-o mantienen leyes escritas y no escritas, que son barreras de exclusión para los leprosos de nuestro tiempo. Personas que son diferentes, que están perdidas, las más débiles y empobrecidas que se han quedado en los márgenes de estas sociedades del descarte.

Si el amor por todas estas personas es el signo distintivo de los verdaderos seguidores de Jesús. Si sabemos que el Dios de la vida tiene su morada en medio de estas vidas rotas, nuestra opción, como cristianos, no puede ser otra que salir de los templos, para encontrarnos y reconocer a Dios entre los desamparados y excluidos de este mundo, y para poner todos nuestros talentos y energías en paliar su sufrimiento, convencidos de que solo el evangelio llevado a la vida, puede crear una comunidad humana más justa y en paz.

De madrugada…

5º Domingo TO. Ciclo B

Por: M. Jesús Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Las dos primeras lecturas de este domingo nos hablan del ser humano enfrentado a la soledad de las dificultades del propio camino. El ser humano tratando de asumir un destino que no sólo no resulta fácil, sino que al atravesarlo produce dolor.

El dolor espolea a buscar, a ahondar en el sentido que tiene la propia vida.

Las dos actitudes humanas presentadas tienen algo en común: conciben la vida como un servicio, como una misión. Job dirá expresamente “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio…”. Pero su voz es la de quien se ha visto largo tiempo acampado en la desgracia y se ha dejado invadir por la tristeza, “Mis ojos (…) se consumen sin esperanza”.

El tono de Pablo es el de rendirse al deber que se le impone: “Si (el predicar) lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio (…) No tengo más remedio…”

Muchas veces podemos vernos identificados en estas expresiones y actitudes. La vida como tarea, como deber, sí es posible que la asumamos. Pero si carecemos de la mirada hacia Dios para percibir su amor en nosotros, o hacia los demás, para ofrecer nuestro servicio como amor por ellos, nuestra vida la viviremos como la del “esclavo que suspira por la sombra”. Por eso nos alienta el Salmo: “El Señor sana los corazones destrozados. El Señor sostiene a los humildes.”

Jesús no deja lugar a dudas sobre cómo vivir la misión de mostrarnos Quién es Dios, de curar, sanar, afrontar todos nuestros demonios, teniendo aliento para recorrer aldeas y seguir predicando  por toda Galilea…sin mirarse a sí mismo.

“Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”.

¡Con qué facilidad nos perdemos en el ajetreo de la vida!

 El espejismo de la eficacia nos sumerge en el activismo, como si dedicar tiempo al silencioso encuentro con Dios fuera algo para cuando no tengamos otra cosa que hacer.

Quizá sólo nos falta para orar, para tener experiencia de Dios, “levantarnos de madrugada y marcharnos al descampado”. Buscar un tiempo y un espacio para Dios. Y una vez hecho lo que depende de nosotros, dejar que Dios sea Dios en nosotros. Pues sabemos que “Sana los corazones destrozados, su Sabiduría no tiene medida”.

De madrugada, en el silencio exterior e interior, cuando el ruido de las cosas no nos martillea desde dentro, cuando reconociendo nuestra sed, acudimos a la fuente y, en soledad, en el descampado, permitimos y pedimos que Dios sea el Dios de nuestra vida. Sólo así no nos dejaremos engañar por nuestros demonios.

Después de tanto tiempo y tantos hechos y palabras como los discípulos recuerdan de Jesús, les sigue llamando la atención, como para dejar constancia de ello muchas veces, que el Hijo de Dios se alejara de todo y de todos para entrar en la hondura de Dios, y allí encontrar, en su propio centro, a Quien le daría la luz  y la fuerza para vivir la misión en amor.

 

Un profeta entre los tuyos

4º Domingo T.O. Ciclo B

Por: M. Jesús Antón. Vita et Pax . Madrid

Suscitaré un profeta entre tus hermanos y es a él a quien escucharán.

Dios promete que tras la muerte de Moisés suscitará un profeta, más bien una serie de profetas  que trasmitan al pueblo su Palabra, el profeta prometido es Jesús.

Marcos inicia su evangelio mostrando cuál va a ser  la actividad de Jesús: enseñar y curar, siempre a favor de la persona,  especialmente cuanto más necesitada esté. En el evangelio de hoy  nos dice que Jesús y sus discípulos fueron a Cafarnaún y el sábado  entró en la sinagoga a enseñar. Ante la persona y la actividad de Jesús hay admiración y rechazo, qué es esto y quién es éste.

La audiencia de la sinagoga  debía de estar harta de oír siempre lo mismo (como nos puede pasar hoy). Enseñaban los preceptos y la Ley, no el bien de la persona;  por eso se sorprenden y admiran ante la enseñanza de ese día, Jesús enseña otras cosas y de otra manera. Jesús habla del Reino de Dios, les llama la atención que  habla con mayor sencillez de las cosas de Dios, tal y como él las ve. Les enseñaba con autoridad porque no hablaba de oídas sino de su experiencia interior, trataba de comunicar a los demás sus descubrimientos sobre Dios.

Su experiencia le decía que lo único que Dios quería era el bien de la persona. Esta manera de ver a Dios y la Ley no tenía nada que ver con lo que los rabinos enseñaban.

¿Qué percibieron los galileos en Jesús para decir que enseña con autoridad, no como los letrados?  ¿dónde está la diferencia? ¿por qué ven en Jesús algo nuevo?  Lo que están viendo es la coherencia en Jesús entre lo que enseña y lo que hace. Enseña curando y habla liberando.

Jesús como buen profeta conocía bien el poder del mal: la desigualdad, la violencia, pobreza, explotación… La lectura de los signos de los tiempos debió ser parte integrante de la espiritualidad de Jesús.

Dios siempre habló a su pueblo a través de los profetas, pero de una manera  muy especial nos ha hablado a través de Jesús. Escuchemos a Jesús y seamos hoy también nosotras sus profetisas.

 

El Reino es vida

Domingo 3º del TO. Ciclo B

Por: Teodoro Nieto. Burgos

El evangelio de Marcos, el primero que se escribió, y que sirvió de base para los evangelios de Mateo y de Lucas, comienza con la proclamación de LA Buena Noticia. En el texto original griego, esta Buena Noticia aparece precedida del artículo determinado. La Buena Noticia o Evangelio es el Reino de Dios, que equivale a decir: “La Buena Noticia que es Dios mismo”. Solo una catequesis distorsionada ha podido desfigurar la imagen de Dios y presentarlo como un ser riguroso y temible, llenando nuestro corazón de miedo, culpabilidad y angustia.

La Buena Noticia es que el “Reino de Dios está cerca”. Y, más que cerca, este Reino que, en definitiva es Dios mismo, es el Misterio que nos habita. Es como el océano del que todos somos olas de forma diferentes, pero en definitiva, somos agua del mismo océano.

Tal vez, no nos diga mucho en nuestra cultura actual la expresión “Reino de Dios”, por la alergia que podemos tener a las realezas que conocemos. Jesús tampoco explica la naturaleza de este Reino, tantas veces tergiversado en la predicación cristiana. Porque “entrar en el Reino”, o ser de ese Reino, nada tiene que ver con “salvar el alma” después de la muerte, sino de captar y vivir el proyecto más acariciado de Jesús: una sociedad que no se rige por criterios de poder, de dominio ni de ambición; una familia fraterna y sororal, a partir de los más empobrecidos, sin muros ni fronteras, consciente de la Unidad que somos, de la interrelación de todos y todas entre si y con todo. Así lo vivió Jesús y se lo pidió al Padre: “Que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo” (Jn 17,21).

Ser fieles al Reino es implicarnos seria y responsablemente en el cuidado de la Vida a todos los niveles: del ser humano, sobre todo del más vulnerable y del planeta que habitamos: la Madre Tierra. Y a la madre no podemos comprarla, venderla ni explotarla, sino amarla, cuidarla y venerarla. Porque el Reino es Vida. Por eso, en el evangelio de Juan “Reino de Dios y Vida en Plenitud” se identifican. En definitiva, el proyecto de Jesús es que “todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

Podemos descubrir un significado del Reino todavía más profundo y liberador: El Reino no es una realidad que nos viene “de fuera” o que esperemos en el futuro. La Buena Noticia es que el Reino está actuando en todo tiempo y lugar. Es una realidad presente, interior; está “dentro de nosotros” aquí y ahora (Lc 17, 21).

Condición indispensable para acoger el Reino es “hacerse como niños”, sin romanticismos infantiles. Recordemos que en la sociedad que vivió Jesús, el niño era “el último”, pero el primero en ser sencillo y dar a los “sabios y entendidos” de aquel tiempo magistrales lecciones de sencillez. La sencillez no tiene nada que ver con la sumisión. La persona sencilla es radicalmente libre, como Jesús. No tiene intereses que defender. En una sociedad tan competitiva como la nuestra, el niño nos está diciendo que cuando pretendemos ser “alguien”, destacar por encima de los demás y ser “especiales”, o mendigar la aprobación de nuestro entorno, podemos caer fácilmente en un estado de insatisfacción y de ansiedad constante.

El Reino nos pide conversión y fe: “Convertíos y creed la Buena Noticia”. En realidad, no se trata de dos cosas diferentes. La palabra conversión, en el original griego del Evangelio, es “meta-noia”. En su sentido más literal significa “más allá de la mente”. Con frecuencia hemos identificado la conversión con la mortificación, con la penitencia, con una vivencia triste y gris del Cristianismo. Pero, en realidad, convertirnos significa ser capaces de ver y vivir todo con ojos nuevos, con el corazón, desde un mirar más profundo y luminoso. Porque nada ni nadie es lo que parece. Todo es susceptible de una mirada más honda y lúcida. Y esto es creer. En la Biblia, la fe, más que un asentimiento mental a unas verdades, es confianza sin límites en el Misterio del Amor que nos envuelve.

El evangelio de este domingo relata también la llamada de Jesús a cuatro discípulos. Una lectura literal del texto puede confundirnos. Porque no puede ser ni histórica ni psicológicamente posible que un desconocido empiece su actividad llamando a otros a que lo sigan, y que estos lo dejen todo tan radical y alegremente.

Lo más importante es descubrir para qué llama Jesús a sus discípulos. Les llama para “estar con él”, es decir, para compartir lo que él vive. Y para ser “pescadores de hombres”. Es comprensible que Jesús, hablando a unos pescadores, cuya vida discurría junto al lago de Galilea, recurriese al lenguaje de la pesca. “Pescar hombres” parece apuntar a un significado más profundo y concreto, como es liberar al ser humano de todo aquello que le impide serlo plenamente; ayudar a favorecer la vida. Esta fue la misión de Jesús, “que pasó por la vida haciendo el bien” (Hech 10, 28). Y hacemos el bien cuando, saliendo de nuestro egoismo, tratamos de ponernos en la piel de la otra persona, cuando sabemos acoger, comprender, acompañar, cuidar, proteger, aliviar, enjugar lágrimas, perdonar, restañar heridas, crear fraternidad. Así podríamos traducir hoy la expresión “pescar hombres”.

No se trata, por tanto, de “pescar” a nadie, ni de hacer prosélitos para atraerlos a “nuestra” verdad, sino de hacer el bien, sin mirar a quién, de crecer en conciencia de que hombres y mujeres somos uno, aunque nuestra mente, que separa, divide y fragmenta la realidad, no sea capaz de percibir que no somos un remolino separado, sino agua del mismo océano que se despliega en muchas y diferentes formas.

Maestro, ¿dónde vives? Venid y veréis

Domingo 2º del TO. Ciclo B

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

El domingo pasado celebrábamos el Bautismo del Señor que cerraba la Navidad, en la que hemos vivido el Nacimiento de Jesús, el Dios hecho hombre que viene a salvarnos. Hoy iniciamos el tiempo Ordinario, tiempo que nos va a llevar de la mano siguiendo la vida pública de Jesús acompañados por el Evangelista Marcos.

Jesús en su Bautismo se siente fortalecido como el “Hijo Predilecto del Padre” y siente también la llamada a salir por los caminos predicando la Buena Noticia del Reino. Para ello necesita colaboradores que le ayuden en la tarea y va llamando a los que quieran seguirle. En el Evangelio de hoy contemplamos esa escena preciosa de LA LLAMADA. Qué diálogo tan sencillo y maravilloso se organiza entre los diferentes personajes que participan en ella.

  • Juan Bautista , el señalador, “este es el cordero de Dios”
  • Jesús, que pasa cerca de ellos. el señalado
  • Juan Evangelista, el narrador, no le pone nombre, pero se ve claramente que él es uno de los llamados, pues relata detalles concretos, por ejemplo, la hora en que Jesús los llamó.
  • Andrés y Pedro, los llamados que inician el diálogo: “Maestro, dónde vives, venid y veréis. Fueron, vieron y se quedaron”.

Nosotros todos somos llamados al seguimiento de Jesús para anunciar la Buena Noticia. Todos hemos experimentado la llamada que Dios nos hace. De alguna manera hemos tenido un “señalador” que nos ha mostrado el camino, éste puede ser una persona concreta, un acontecimiento en la vida, la gente entregada al servicio de los hermanos, personas anónimas que desde el silencio de una vida sencilla nos provocan un interrogante que nos hablan de lo que cada uno/a podemos hacer por el Reino. Los cuidadores y tantos y tantos que nos señalan el camino.

Otro paso importante en el relato evangélico es el interrogante que esto nos puede provocar, nosotros podemos repetir la  pregunta, ¿dónde vives? La respuesta puede ser la misma, “venid y veréis”. Qué encontrarían en mi vida que les hiciera reaccionar para poder vivir el “fueron, vieron y se quedaron”. Esta es una exigencia en mi vida de testimonio. ¿Puedo ofrecerle a quien me lo pida, una vida de verdadero discípulo, que vive según el camino trazado por Jesús, que vive las Bienaventuranzas desde la cercanía a los más pobres, desde la Misericordia, siendo compasivos, puedo ofrecerles una vida entregada a los demás desde el servicio, la tolerancia, la comprensión?

La sociedad actual, los jóvenes especialmente, necesitan testigos que con su vida manifiesten que otro mundo es posible, que se puede vivir de otra manera, que hay otras alternativas que poder ofrecer, que se puede vivir con menos y que el mundo es de todos y cabemos  todos. Tarea difícil, pero los cristianos estamos llamados a ser testigos, luces en el mundo para que el Reino se haga realidad aquí y ahora.

En la primera lectura vemos la llamada que Dios dirige al jovencito Samuel, quien cree que la voz viene del  sacerdote Eli, que es él quien le llama, hasta que éste, como buen señalador, le invita a la escucha, pues es el Señor quien le habla. Como Samuel podemos escuchar la llamada y decirle al Señor “Habla Señor que tu siervo escucha….”. Y podamos ofrecer espacios donde la vida sea más digna, pudiendo responder a la llamada, desde la fidelidad al Evangelio, siendo fieles en el Seguimiento a Jesucristo, camino verdad y vida.

Que este Tiempo Ordinario nos ayude a vivir siguiendo los pasos del Maestro, colaborando con él en la mejora de las condiciones de vida de tantos hombres y mujeres que malviven en situaciones extremas, en una Iglesia en salida como bien nos lo propone el Papa Francisco en la Evangeli Gaudium Nº 20…. “pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”. Respondamos con generosidad, como Samuel, como Pedro, Andrés y Juan a seguirle allí donde en cada momento de la vida nos encontremos, con los tres verbos que el Evangelio nos propone: IR, VER, Y ESTAR. “FUERON, VIERON Y SE QUEDARON”.

Buen Tiempo Ordinario.

Necesitamos oír la voz

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR   

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

Contemplar el misterio de la Encarnación y del Nacimiento ha sido la invitación de la liturgia a lo largo del Adviento y del tiempo de Navidad que hoy concluye. Es importante que esta invitación de la liturgia a sentir y gustar estos misterios cale en nosotros para sabernos acompañados en nuestra vida por el Enmanuel.

Para no caer en el peligro de un ensimismamiento paralizante contemplando el belén y a los reyes, la liturgia nos presenta a Jesús, casi de repente, al Señor Jesús, en el bautismo. Malas teologías son las que dejan en la sombra la plena humanidad del Hijo. Jesús tuvo que preguntarse, como todo ser humano que se tome la vida en serio, qué hago con mi vida, cómo darle pleno sentido, cuál será el sueño de Dios para mí. Y la búsqueda llevó un tiempo largo de gestación en la cotidianidad de Nazaret.

Y al oír hablar de Juan, Jesús sale de Nazaret buscando “su lugar” y su misión en el mundo. Y lo encontramos en el Jordán, a la cola y en la fila, junto a los que sienten inquietudes de cambio personal y social, esperando su turno para introducirse en el río y ser bautizado. Seguramente que la incertidumbre y la inseguridad anidaban en su interior. Y las preguntas vitales sin responder.

Allí, en el Jordán, ocurre algo no previsto. Marcos lo dice con pocas palabras: se oyó una voz desde los cielo: “tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Es decir, Jesús tuvo la gran experiencia religiosa de la filiación. Esto debió marcar  un antes y un después en su vida. A partir de aquí ya no se sentirá huérfano. Tiene un Dios al que puede invocar como Padre y que lo mira con ternura, complaciéndose en su Hijo.

Ahora le queda discernir el cómo de su misión. Y tendrá que ir al desierto. Pero la experiencia religiosa de filiación recibida en el Jordán no se podrá olvidar. Por eso nuestro bautismo imprime carácter, no se puede borrar.

También nosotros debemos pedirle a Dios tener experiencia religiosa de filiación. No es suficiente que otros nos lo digan. Necesitamos oír la voz en lo más íntimo de nuestro espíritu: Tú eres mi hijo, mi hija, a quién quiero, en quien me complazco. Si esto lo experimentamos, está prohibido sentirse huérfanos, seguiremos siempre buscadores de Dios para encontrarnos con Él en todo lo que acontezca en nuestra vida.

Qué podemos ofrecerle

 EPIFANIA DEL SEÑOR

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia

La fiesta de la Epifanía tiene su origen en la Iglesia de Oriente. En los inicios, los paganos celebraban el solsticio  de invierno a los trece días de haberse dado este cambio de posición solar y se reunían para festejar la nueva luz y gritaban jubilosamente “la virgen ha dado a luz, la luz crece”.

Basílides de Alejandría y los gnósticos celebraban la Encarnación del Verbo en la humanidad de Jesús cuando fue bautizado. Epifanio de Salamina, Padre de la Iglesia ortodoxosa, trata de darle un sentido cristiano al decir que Cristo es la verdadera luz y los cristianos celebran su nacimiento, reconociendo a Jesús como Luz del Mundo.

En el siglo IV la Iglesia comenzó a celebrar en este día la Epifanía del Señor. Al igual que la fiesta de Navidad en occidente, la Epifanía nace contemporáneamente en Oriente como respuesta de la Iglesia a la celebración solar pagana que tratan de sustituir. Así se explica que la Epifanía se llama en oriente: la santa luz y en occidente manifestación.

Mateo nos ofrece un texto eminentemente teológico, que no pretende “probar” nada de lo que en él se dice: ni que existieran esos magos, ni que hubiera aparecido una estrella, ni que Jesús hubiera nacido en Belén en lugar de Nazaret, ni que hubiera habido un pesebre con el buey y la mula… Todo eso es material simbólico, al servicio de la finalidad teológica del relato evangélico.

¿Cuál es esa finalidad? Presentar a Jesús como el Mesías, hijo de David, cuyo nacimiento marca un hito decisivo en la historia.

Podemos quedarnos con la sabiduría que tales lecturas nos proporcionan sin necesidad de asumirlas literalmente. 

Podemos seguir diciendo, que Dios actúa en la historia, que se sigue manifestando en los acontecimientos. Con ello queremos indicar que la persona en un momento determinado, se da cuenta de la presencia de Dios. La manifestación de Dios es siempre la misma para todos, pero sólo algunos, en circunstancias concretas, llegan a descubrir su teofanía.

La presencia de Dios nunca se puede demostrar, porque no tiene consecuencias que se puedan percibir con los sentidos, pero se experimenta en lo profundo de quienes la tienen.

La gran paradoja está en que Dios es a la vez: el Dios que se revela siempre y el Dios que siempre está escondido. La experiencia de los místicos les llevó a concluir que Dios es siempre el ausente. Juan de la Cruz lo dejó muy claro: “Adónde te escondiste, Amado y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eres ido.”

Según Fray Marcos tenemos algunas conclusiones teológicas del relato de los Magos. No hace referencia a personas concretas, sino a personajes. Para descubrir la presencia de Dios, lo único definitivo es la actitud de búsqueda. Al descubrir algo sorprendente, se pusieron en camino. No sabían hacia dónde, pero arriesgaron.

El relato nos dice que solo los que esperan y buscan algo nuevo, están en condiciones de aceptar la novedad.

Los dones que le ofrecen los magos son símbolo de lo que significa aquel niño para los primeros cristianos después de haber interpretado su vida y su mensaje. El oro el incienso y la mirra son símbolos místicos de lo que el niño va a ser: el oro era el símbolo de la realeza; el incienso se utilizaba en todos los cultos que solo se tributa a Dios; la mirra se utilizaba para desparasitar el cuerpo y para embalsamar, como hombre.

Y nosotras, en este día qué podemos ofrecer al Señor.

Sobre todo el deseo de descubrirle mirando al suelo porque entre los hombre está el Señor, descubrirle y contemplarle en los hambrientos, sedientos, los abandonados en las aguas del Mediterráneo, en las mujeres y los niños violados.

Pero también al construir fraternidad amando y sirviendo a los que tenemos más cerca.

Es el día de la paz, pero un Niño nos provoca inquietud

Santa Maria , madre de Dios. Ciclo B

Por: José Alegre. Zaragoza(Equipo Eucaristía)

En buena esperanza

Después de una noche de ilusiones, expresadas  bajo el paraguas de los brindis y buenos deseos, hoy estrenamos el nuevo año con la apelación a la felicidad para todos los que encontramos. Muchos días por delante y esperamos obtener un rendimiento positivo al esfuerzo y entusiasmo con que enfrentamos este período. ¡Qué cambio daría el mundo si la realidad respondiera a los deseos! Pero nos topamos con nuestra propia realidad humana que reflejará la fragilidad con que está hecha nuestra materia. No obstante, es el día de la buena esperanza. Hay que expresar y repetir las buenas intenciones, los buenos deseos, los buenos propósitos. Es un día para soñar, esperar, reconstruir el ánimo interior. Es el primer día del año.

Jornada mundial de la paz

En esa perspectiva de horizontes positivos, el mundo se ha propuesto una meta que entraña proyectos a largo plazo y esfuerzos descomunales. La búsqueda de la paz es obra de compromisos sociales, económicos, políticos y, sobre todo, cordiales. Porque es el corazón humano el ámbito del mayor esfuerzo y de los pasos más lentos pero más seguros.

Preciosa bendición

Ya lo sabían los antiguos. Trabajar en el interior de las personas es más difícil que el trabajo en las minas. Hay que buscar la veta y rascarla de un modo continuado, sin descuidar los pequeños avances que se hacen y dando consistencia a los espacios obtenidos para evitar que los derrumbes retrasen las tareas. La esperanza es muy frágil si no se alimenta tenazmente.

La Biblia nos imparte la bendición con que inauguramos el año. Nos comunica la bendición y protección de Dios en el proceso de búsqueda de un sentido a la sucesión del tiempo que, sin Él, sería un montón de días sin rumbo, sin otro horizonte que el vacío.

El regalo de un niño

Como para tantas personas, nuestra salvación está en un Niño. Los niños son, por su debilidad, la fuerza más provocadora  y contagiosa que nos mueve. Cuando ya no quedan recursos para levantar los ánimos y el espíritu de superación y de esfuerzo, un niño es capaz de movilizar las energías y ponerlas en común al servicio de su crecimiento y protección.

Así se nos presenta Dios. La salvación nos la ofrece con su imagen de niño. Porque no viene a resolvernos los problemas sino a implicarnos en su solución cuando nuestro espíritu interior está disminuido y nuestro entusiasmo alicaído. Su circuncisión, como nuestro bautismo, era el signo de su ingreso en la comunidad de quienes se saben hijos, por tanto queridos, aceptados, miembros de la familia y receptores de una herencia, una promesa, por la que esperan la salvación. Eso es motivo de mucha alegría, nos da tranquilidad en el presente y nos libera del miedo al futuro para dedicarnos a las cuestiones grandes de esta realidad que se nos resiste.

 

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