Ciudadanos del mundo y de Dios

29 Semana del T.O. Ciclo A

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

En la actualidad los cristianos estamos dispuestos a ensalzar al Señor, a adorarlo en nuestras celebraciones; a mostrarlo y seguirlo en nuestras procesiones; a admirar a su madre, María, por el don que nos ha dado; a leer el Evangelio y escuchar homilías y reflexiones que de él se derivan.

También hoy cantamos al Señor un cántico nuevo, bendecimos su nombre, contamos sus maravillas, los pueblos aclaman la gloria y el poder del Señor, nos postramos ante Él, confiamos en su fidelidad y verdad, nos alegramos con los bienes que nos ha dado, buscamos la justicia y esperamos la salvación.

Pero también hoy lo ponemos constantemente a prueba por falta de coherencia en nuestra vida, buscamos su descrédito cuando no nos conviene su mensaje, le exigimos que se cumplan nuestros deseos, sin caer en la cuenta que Dios escribe derecho con renglones torcidos. No tenemos siempre la disponibilidad para vivir la radicalidad del Evangelio; no buscamos, ni ponemos en práctica la verdad en nuestra vida.

La pregunta de los fariseos ¿Es lícito pagar impuestos al César?, no está bien planteada porque surge desde la perversidad del corazón, no busca la integridad de la persona, sino su separación, por el contrario, la respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, es la única acertada que podría darse. El hombre y la mujer han sido creados por Dios, a Él se lo deben todo, pero forman parte del mundo, viven en la tierra que es de todos.

Nuestra fe y confianza en Dios es necesaria, debe afianzarse con nuestra oración personal y comunitaria. Debemos acrecentarla con nuestra formación mediante la lectura, reuniones y encuentros. Celebrarla con alegría en nuestras comunidades. Nuestra fe ha de ser valiente, llamada a afirmar y mostrar los valores del Evangelio.

Pero al mismo tiempo los cristianos estamos comprometidos con el mundo, sintiéndonos parte del mismo, no podemos inhibirnos de nuestras responsabilidades. Podemos empezar por tratar con amor y comprensión al que está en cada momento a nuestro lado; buscar el encuentro con el necesitado, aquel que sufre por hambre, enfermedad o soledad; escuchar al que piensa diferente a nosotros; acoger al que viene de fuera obligado por situaciones de pobreza, guerra y persecución; comprometernos a asumir responsabilidades políticas, sociales, promocionales y educativas.

Somos ciudadanos del mundo y al mismo tiempo de Dios, no separemos a Dios y al mundo, porque Dios es todo. 

El banquete de la dignidad

28 Domingo TO. Ciclo A

Por: Concepción Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real

El libro de Isaías habla del convite que dará Yaveh a su pueblo con “manjares suculentos y vinos generosos”. “Arrancará el velo…, aniquilará la muerte…, enjugará las lágrimas…”. Este Dios del que habla Isaías nos quiere libres, felices, quiere la paz y la dignidad de las personas, trae la salvación a todos los pueblos.

San Mateo nos habla de los invitados a una boda, una ocasión única de alegría y júbilo, de encuentro, donde uno podía saciarse en aquellos tiempos de escasez. Dos veces dice el evangelista que el Rey envía a los criados a avisar a los convidados. Estos invitados, enredados en los quehaceres de su vida cotidiana, dejan pasar una ocasión tan importante, andan distraídos, inconscientes de la PROPUESTA que se les hace.

Son los transeúntes de los caminos, los extranjeros, aquellos que no tenían nada que perder, que seguramente  vivían con lo imprescindible, los que finalmente acceden a la invitación. Son los que confían, se ponen sus mejores galas y agradecidos asisten al banquete. Para ellos el banquete es una ocasión importante, no tienen otros planes, ni intereses más relevantes. El Rey, decepcionado por la respuesta de los elegidos, manda invitar a todos y a todas los que transitan por los caminos sin hacer distinciones. La invitación es universal, para todos los hombres y mujeres que quieran acogerla.

¿Cuántas veces a nosotros, bautizados y bautizadas, nos sucede lo mismo que a los convidados? Vivimos atrapados en mil afanes y quehaceres y dejamos pasar por alto las invitaciones que Dios nos hace. Una y otra vez nos está llamando al banquete del Reino ¿Será que no hemos descubierto la magnitud de esa invitación, el probar esos manjares suculentos?

Es momento de plantearnos si respondemos al susurro de Dios, si Él es la primera opción. Si es la respuesta a las acciones e inquietudes más profundas del corazón. Si nuestras vidas son coherentes con la propuesta del evangelio.

Dios nos sigue llamando, nos sigue invitando cada día, tiene preparado un banquete para nosotros. Un banquete donde compartir la mesa con los últimos que son sus predilectos. Es el banquete de la esperanza, de la solidaridad, de la utopía; el banquete que devuelve la dignidad perdida, que valora lo pequeño. En el banquete se vive la alegría del compartir, el respeto a lo diferente.

Dice San Pablo en la carta a los Filipenses: “todo lo puedo en aquel que me conforta”. Desde el amor todo es posible, es transformador de uno mismo y del entorno, es fortaleza ¡Demos el paso a vivir en el amor! Abrirnos a esa generosidad sin límites que estamos recibiendo. Cómo no responder al amor con el amor. Esta respuesta nos crece, da sentido a nuestras acciones y relaciones.

Hoy recordamos también a Santa Teresa de Jesús, atenta al susurro de Dios, libre para hacer su voluntad, coherente, adelantada a su tiempo. Sigamos su ejemplo para despojarnos de tantos enredos, para valorar aquello que no se ve, aquello que nutre nuestro corazón y nos sostiene, que sostiene las relaciones y la solidaridad entre hermanos y hermanas. DEJARLO TODO PARA IR A LA FIESTA.

¿Damos uvas o agrazones?

Domingo 27 del T.O. Ciclo A

Por: Ignacio Rodríguez Izquierdo, S.J. (Publicado en Homilética)

Durante tres domingos seguidos, el evangelio –y hoy también la 1ª lectura de Isaías- nos ha es­tado hablando de la viña del señor. Es una comparación, una parábola, que nos hace entrever lo que es y lo que tiene que ser para nosotros el reino de Dios al que estamos llamados en el futuro y al que estamos llamados a hacer posible también en la tierra.

  • En la 1º lectura, Isaías nos presenta, con una gran belleza literaria, en el canto de la viña, el con­traste entre la atención de un hombre por su viña, para cuyo cuidado no regatea esfuerzos, y la respuesta de la viña a esos cuidados, a ese amor y dedicación constante: en vez de dar buenas uvas, uvas dulces, da agrazones, uvas agrias.
  • Jesucristo, en el evangelio, presenta ante los sumos sacerdotes y gente importante del pueblo, un caso semejante.
  • Esta vez, la ingratitud no está en la viña sino en la actitud de los renteros, que rechazan violenta­mente a los enviados del señor de la viña. Es una actitud tan negativa de rechazo, que no dudan en matar al hijo del dueño cuando éste es enviado. Es una forma de actuar que no respeta a nada ni a nadie.
  • La semana pasada, al comentar el evangelio de aquellos dos hijos enviados a trabajar, uno que dice que va y no la hace, y el otro se niega al principio para luego cumplir la voluntad del padre, decíamos que la verdad está en la obras, que el amor hay que ponerlo más en la obras que en las palabras. Era el refrán tan conocido de que “obras son amores….”
  • El evangelio de hoy también se puede resumir en otro refrán: “por sus obras los conoceréis…”
  • Jesús amenaza con excluir de su reino a aquel pueblo, no porque no dé frutos, sino porque los fru­tos que dan no son buenos. No son los frutos que Dios pide sino otros muy distintos, porque no son frutos basados en el amor y la justicia sino en la maldad y falsedad.
  • Esta semana, reunidos en torno a la Palabra del Señor Jesús, tenemos que preguntarnos cuáles son los frutos que Jesucristo espera de nosotros, de la comunidad cristiana… de la Iglesia.
  • La respuesta es sencilla: los frutos que hemos de dar son sencillamente los que Jesús dio en su vida, los mismos frutos que dan los hombres y muje­res seriamente comprometidos con el ideal de vida que dicen seguir. En nuestro caso, el ideal gran­de de hacer posible el reino de justicia, de amor y de paz aquí en la tierra, en nuestro entorno, con nuestros familiares y amigos, en el barrio y la parroquia, que muchas veces rechaza al extranjero y diferente para fijarse solo en los puros.
  • Es un reino que tiene su base en el amor, su pro­grama de vida en las bienaventuranzas y su nor­ma de vida en las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, ense­ñar al que no sabe…las obras de misericordia que todos conocemos desde chicos.
  • Éstos son los frutos que el señor pide a su viña, que nos pide a nosotros que hoy escuchamos su palabra.
  • ¿Damos uvas o agrazones?

Fidelidad y coherencia

26º Domingo TO. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

El evangelio de hoy es una parábola. Como de costumbre, Jesús cuenta una historia sacada de la vida cotidiana, esta vez, de la familia. Una historia común que habla por sí sola y no necesita mucha explicación. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a su viña, el primero responde “no quiero”, pero luego reflexiona, se arrepiente y va; el segundo dice “voy” porque le falta valor para decir “no” y acepta una petición que en su interior no piensa cumplir. Los dos hijos representan sin duda a dos grupos bien definidos. La distinción no recae entre judíos y gentiles, entre creyentes y no creyentes, sino entre dos tipos de judíos: los dirigentes que no creen y los marginados que sí, es decir, por un lado, los judíos piadosos de altos cargos, que dicen y no hacen; por otro, los publicanos y prostitutas, que por su fe en Jesús están más cerca de Dios.

Por la manera de contar la parábola Jesús trata enseguida de implicar a los oyentes. Formula la historia en forma de pregunta, al comienzo dice: “¿Qué os parece?” y al final termina preguntado: ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre? Los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo respondieron “el primero”. Esta es la respuesta que Jesús quería oír de ellos. La conclusión es evidente y dura. Los publicanos y las rameras eran grupos humanos despreciados entre los judíos. Ejemplo del hombre pecador, de la más baja calaña. Y a ellos recurre Jesús para ejemplificar la naturaleza de su Reino y lo que espera Dios de sus hijos e hijas.

“Mucho ruido y pocas nueces” dice el refrán popular. Así podríamos calificar la respuesta del segundo hijo a su padre, dado que prometiendo ir no fue. Así califica Jesús la actitud de los sacerdotes y ancianos que, llenándose la boca de la ley, no procedían con coherencia; son los primeros en hablar de Dios y de su templo, pero, cuando Jesús los llama a “buscar el Reino de Dios y su justicia”, se cierran a su mensaje y no entran por ese camino.

También los cristianos hemos llenado de palabras muy hermosas nuestra historia de veinte siglos. Hemos escrito libros y libros de teología, catecismos, diccionarios, rituales antiguos y nuevos… con profundos conceptos. Sin embargo, hoy y siempre, la verdadera voluntad del Padre la hacen aquellas personas que traducen en hechos de vida el evangelio y aquellas que se abren con sencillez y confianza a su perdón.

Nuestra vida está llena de oportunidades para decir “sí” a Dios, y también para decirle “no”. Somos libres, y podemos escoger tanto lo uno como lo otro. Pero cuando elegimos decir “sí”, Dios espera que nos mantengamos fieles a Él, y que seamos coherentes con nuestra decisión. De nada vale decir “sí”, con los labios, si nuestra manera de actuar no confirma nuestras palabras.

En este caso tiene más mérito, después de haber dicho “no”, arrepentirse de lo dicho, y actuar como si hubiéramos dicho “sí”, tal como enseña Jesús en la parábola. Ante Dios, lo importante no es “hablar” sino hacer; lo decisivo no es prometer cosas sino cumplir la voluntad de Dios. Y lo único que Dios quiere es que sus hijos e hijas vivan desde ahora una vida digna y dichosa. Ese es siempre el criterio para actuar según su voluntad. Si alguien ayuda a las personas a vivir, si trata a los demás con respeto y comprensión, si contagia confianza, si denuncia lo que no es justo… está haciendo lo que el Padre desea.

Fidelidad y coherencia son dos cualidades esenciales de los discípulos y discípulas de Jesús. La fidelidad nos hace capaces de perseverar en el tiempo y, a pesar de él, en nuestra decisión original de hacer realidad en nuestra vida, su mensaje de amor y perdón. La coherencia nos lleva a hacer coincidir plenamente nuestras decisiones y nuestras acciones. Lo que se opone a la verdadera fe no es, muchas veces, la increencia, sino la infidelidad o la falta de coherencia.

Jesús nos quiere iguales

Domingo 25º del T.O. Ciclo A

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Jesús nos quiere iguales. No contempla la igualdad de iguales sino la igualdad de los desiguales. A cada uno según sus necesidades con un trato de igual.

Isaías nos explica la parábola desde su profecía. El Reino de Dios es la comunidad de Jesús, Jesús nos explica esa comunidad desde el trabajo, el jornal,… Y nos dice que en esa comunidad que viene a crear, esa nueva humanidad, tiene que ser una sociedad de iguales. Nuestra sociedad tiene rasgos que nos alejan de esa igualdad que Jesús predica: los salarios reflejan una clara escala de desigualdad, el nivel de bienestar, el reconocimiento social, la capacidad de influir en la toma de decisiones,… todos esos caminos, los nuestros, no son los caminos del Dios de Jesús; son los caminos humanos. Jesús nos muestra un Dios que “no es de los grandes” sus caminos no se corresponden con un Dios grande, El Dios de Jesús es radicalmente distinto y nos lo dice “Mis caminos…no son vuestros caminos”. El mensaje es claro.

Jesús viene a enseñarnos a vivir como hermanos y en su parábola explica cómo deben ser las relaciones. El Dios de Jesús es radicalmente distinto, no es un sobrehumano, sin embargo nos ha hecho ricos, ricos en dones pero esos dones nos empobrecen cuando nos lo guardamos. Cada uno tiene que aportar según sus posibilidades y eso es lo que Dios pide, lo que Dios contempla para que cada uno reciba según sus necesidades, esto es, todos lo mismo salvo que alguno necesite algo más por ser más débil. Estos son los caminos de Dios. Esta es la justicia de Dios, El da a cada uno, no lo que se merece, sino aún más.

EN CLAVE DE BONDAD.

“La bondad es el idioma que el ciego ve y el sordo oye” Mack Twain.

La bondad ni se predica, ni se enseña, ni se impone. La bondad se contagia y crea un clima de bondad y tiene la capacidad de cambiar la vida propia y la de los demás. “José Mª Castillo”

Jesús pregunta ¿es que no quieres que sea bueno? ¿Por qué no me dejas ser bueno?

Dios actúa en la parábola con bondad, se compadece de aquellos que no tienen un trabajo, que no van a poder seguir la vida con dignidad y les ofrece una salida, en este caso económica, quizás el tema económico no sea importante pero para Jesús, sí lo es. Porque en nuestra sociedad sí es importante, todo se rige por el dinero y es ahí donde nos pide Jesús que seamos buenos, que seamos facilitadores, no les paga el jornal por las horas trabajadas, les paga para conseguir que recuperen su dignidad en el momento en el que les falta; y les paga lo que necesitan, sin contabilizar.

Cuando nos nace ser buenos con aquellos que necesitan de lo que nosotros poseemos ¿Por qué nos cuestionamos el uso que puedan hacer de ello? ¿Por qué no llegamos a dejar de ser propietarios o propietarias de lo que tenemos?

La terapia del perdón

24º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Dina Martínez Tello. Vita et Pax. Madrid

Cuando leía los textos de este domingo para hacer el comentario, me iba invadiendo un sentimiento de confianza y de gratitud al constatar que la palabra de Dios nos ofrece, en cada momento, lo que necesitamos.  Es frecuente que, en los medios de comunicación, se hable de casos de violencia: violencia de género, robos, accidentes de tráfico, agresiones sexuales, suicidios… pero además hemos vivido unos días, que no paraban de hablar de los ataques terroristas sufridos en nuestro propio país y por si esto fuera poco, de vez en cuando, nos anunciaban el lanzamiento de un nuevo misil por Corea del Norte. Podemos decir que durante varias semanas respiramos un ambiente que nos iba calando y si no nos protegemos, todo esto puede depositar en nuestros corazones: miedo, rencor, deseos de venganza, tristeza…

Pero estas situaciones, que nos agobian y que parece que nos anuncian el fin del mundo, siempre han existido. Es lo que deja entrever la primera lectura (Eclo 27,30-28,7) y nos invita a perdonar las ofensas y a no dejarnos llevar por el odio y el rencor…

El texto del evangelio (Mt 18,21-35) es explícito y contundente y nos hace una clara descripción de cómo actúa Dios y cómo actuamos los seres humanos en este tema tan importante del perdón. Dios perdona todo, siempre y a todos y a esto nos invita para que seamos fecundos y felices. Estos días he visto varias veces en la TV el abrazo que se dieron el Imán de Rubí y el padre del niño de 3 años que murió en el atentado de La Rambla. Ese gesto me ha hecho sentir a Dios presente entre nosotros, perdonando, consolando y confortando en un momento de violencia y locura humana.

Seguro que todos hemos vivido situaciones en las que hemos acogido o rechazado el perdón y este domingo, puede ser un buen día para tomar conciencia de ello. Rememorar la experiencia y gustar lo que nos aporta el perdón y ser conscientes de lo que nos privamos, cuando no somos capaces de acogerlo o de ofrecerlo.  

Hay gente que piensa que perdonar es una debilidad de manera que, si tú me has hecho una mala faena, mi deber es devolverte el mal que me has hecho y así te demuestro que soy fuerte y justo. Sí, esta es la ley que impera en nuestra sociedad moderna: la ley del Talión “ojo por ojo y diente por diente”. El perdonar no está de moda, no se habla mucho de ello en las redes sociales, ni lo facilitan los móviles de última generación; esto solo lo mueve el deseo de ser feliz de verdad y lo consigue el esfuerzo personal, la humildad, la sencillez y sobre todo la experiencia de sentirse perdonado.

Yo creo que en la medida que vamos experimentando en nuestra vida el mensaje del Sal 102 “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia…”, vamos descubriendo que perdonar es una terapia que nos cura a todos, al que perdona y al que recibe y acoge el perdón. Si saboreamos el perdón y lo que éste nos aporta, ya no nos pararemos aunque nos siga costando perdonar y alguna vez le preguntaremos a Jesús: ¿tengo que perdonar otra vez? 

El que se siente perdonado es criatura nueva. El que perdona se diviniza.
El que se sabe perdonado, gusta la paz. El que perdona se convierte en instrumento de paz.

Nuestro mundo necesita gente que se sienta perdonada y que perdone. Seguiremos rezando esa bella oración que nos enseñó Jesús: “… perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”, para que cada día el Reino de Dios se asiente más entre nosotros.

La corrección en el Espíritu es un regalo

23º Domingo T.O. Ciclo A

  Por: M Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

En la comunidad conformada por el Espíritu solo son posibles relaciones de igualdad, donde cada persona, hombre o mujer, es don y palabra de Dios.          

Lectura del profeta Ezequiel (33,7-9)

Cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte”

El Señor necesita personas que escuchen su voz y sean portavoces de su palabra. Nos llama a ser responsables y corresponsables, a ser profetas, a no mirar hacia otro lado, sino a denunciar el mal tanto personal como estructural.Su palabra es fuego abrasador.

Salmo 94,1.2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “no endurezcáis vuestro corazón”

Qué bueno es saber que el Señor nos habla y nos invita a escucharle, no tiene prisa, pero nos invita con tesón, aún respetando nuestros tiempos. Su voz nos puede llegar como susurro suave o viento tempestuoso, pero ahí está, esperando que  nuestro corazón se abra, que no permanezca endurecido, sino que reconozca la voz de quien desea guiarnos por el camino de la paz. Qué bueno es saber que todos, hombres y mujeres, no unos cuantos privilegiados, hemos sido capacitados para escuchar la voz de Dios.

Rm 13 8-10

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño”

Amar a alguien es decirle “eres valioso para mí”. Es reconocer el don y la belleza de la otra persona, saber que es don de Dios para mí. Por ello esta lectura de romanos, es muy apropiada para preparar el corazón para la lectura del evangelio de hoy, solo desde el amor puede ser posible la verdadera comunión, la verdadera comunidad.

Mt 18, 15-20

El capítulo 18 de Mateo nos habla de cómo ha de ser la comunidad cristiana. Mateo no habla de jerarquía ni de sumisión, sino de una comunidad inclusiva, de hermanos y hermanas, solo desde ahí es posible la corrección. Aunque el término que utiliza es hermanos, en masculino, es necesario hacer notar que si se excluyen a las mujeres no podemos hablar de verdadera comunidad cristiana.

Una comunidad cristiana ha de ser una comunidad viva, vivificada por el Espíritu de Dios, igualitaria y recíproca, donde no haya unos superiores a otros, sino relación entre iguales. No es una cuestión baladí, la verdadera comunidad cristiana no es un grupo de personas con unos intereses, una estructura, unos estatutos o leyes jerarquizados, sino conformada por personas, en relación de igualdad, que movidas por el Espíritu de Dios, se aman y desean que se lleve a término la voluntad de Dios de vivir en plenitud. Esto nos lleva a ser corresponsables unos de otros, a dar y recibir mutuamente, reconociendo los dones con los que cada persona ha sido bendecida.

La corrección desde la superioridad atenta contra el amor y por tanto contra el plan de Dios. La corrección solo es posible desde el amor, en una comunidad entre iguales, donde cada persona recibe el don del Espíritu de poder corregir, es decir de amar tanto como para poder sanar y atraer al que ha hecho mal, atraerle, no a unas leyes ni estructuras jerárquicas, ni de dominio, sino al amor de Dios.

El daño que se infringe es sufrimiento no solo para quien directamente es dañado, toda la comunidad sufre con él, también el que lo infringe se aparta de la vida, de la auténtica humanidad a la que ha sido llamado. La corrección en el Espíritu es un regalo inmenso, todos necesitamos que se nos ayude y anime a seguir al Señor, a amar, a no hacer daño, sino a ser portadores de sanación. En una comunidad cada miembro puede ser palabra de Dios para el otro. Por ello la comunidad tiene la capacidad de atar y desatar, sanar y perdonar.

Es toda la comunidad, no una parte, quien recibe la promesa de su presencia, “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” y es toda la comunidad, no una parte, quien tiene la promesa de recibir del Señor todo lo que pida en su nombre. Dejemos que su presencia nos unifique, nos conforme en verdaderos hermanos y hermanas, para que seamos una comunidad viva, guiada y fortalecida por el Espíritu, para que se cumpla la voluntad de Dios de vivir en plenitud.

           

La luz de la Palabra

22º Domingo T.O. Ciclo A

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Jr 20, 7-9. “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”.

Este texto fuerte de Jeremías sugiere la fuerza de la Palabra de Dios, que llega hasta el corazón y quema, y aunque nos complica la vida y nos hace vivir en la incomodidad de ser profetas, es para el creyente imposible vivir sin ella, sin discernir y actuar según lo que Dios quiere de cada una de nosotras iluminadas por la Palabra. El seguimiento no es fácil pero nos hace felices porque  abarca la plenitud de nuestro ser.

Rm 12, 1-2. “Que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios”.

Pablo nos invita hoy a entregarnos de manera total, a ofrecer nuestros cuerpos como hostia viva, tal como Jesús hace en la Eucaristía, y a transformar nuestra mente para que sepamos encontrar en cada acción, en cada misión, lo que de verdad agrada a Dios. Si creemos en Dios Padre que quiere que cada una de sus criaturas sea feliz, que se realice plenamente, Jesús nos ha ofrecido el camino del Evangelio para llegar a ello.

Mt 16, 21-27. “El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

Jesús, sabe que tiene que pasarlo mal, que tiene que sufrir por intentar ser coherente con el mensaje de amor que predica. Sabe que no le van a querer los ancianos y los jefes de los sacerdotes, y que puede costarle la misma vida. Sus discípulos no quieren que esto pase, y Pedro, con la impulsividad que le caracteriza le dice que eso no puede suceder. Pero bien sabe Jesús que no se puede dejar llevar por todo aquello que le aparte de la misión. Sabe que cada uno ha de cargar con sus defectos, con sus circunstancias, por muy adversas que sean y no dejar de caminar. Cada una de nosotras, con egoísmos, envidias, ambigüedades, tristezas y enfermedades, no podemos caer en la justificación, porque tenemos la certeza de que echándonos al hombro todo ello, hemos de seguir avanzando en la entrega, en la generosidad,  en la apertura, en ese decirle al Señor que haga con nosotras lo que Él quiera, olvidándonos de nuestro ombligo y metidas en la harina de la vida. Nada caerá en el vacío porque el papaíto-mamaíta de la que habló Jesús, está esperando nuestros brazos abiertos para abrazarnos aún más.

 

 

¿Quién decís que soy yo?

21º Domingo T.O. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

La pregunta no es fácil de responder y menos aún de transmitir. La fe cristiana es un fenómeno histórico bimilenario, transmitido de generación en generación. A lo largo de la historia, ha estado representada por una amplia y variada comunidad de discípulas y discípulos, que la han expresado en culturas y ambientes muy diferentes. Pero, cómo hacerlo hoy, cómo poner en contacto vivo las nuevas generaciones con esta Buena Nueva,  de manera que los jóvenes puedan experimentar que el encuentro con el Amor divino llena su vida de sentido, los hace generosos, despierta su misericordia hacia los demás y los mantiene esperanzados en medio de la lucha.

Para que esto suceda con esperanza de éxito, quienes ya llevamos algunos años más transitando este camino, tenemos que hablar y actuar en coherencia con lo que nuestra propia experiencia religiosa más profunda nos sugiere. La lámpara de la Palabra de Dios arde en primer lugar con el aceite de nuestras propias vidas.

Conscientes del desafío de nuestro tiempo, necesitamos testimoniar creativamente nuestra fe, de palabra y obra, para que la chispa prenda entre los jóvenes. Y un creyente pensante, Karl Rahner, apunta cuál debería ser el camino que hemos de seguir: “El cristiano del futuro o será un “místico” –es decir, una persona que ha “experimentado” algo- o no será cristiano”. Quien –varón o mujer- se considere cristiano será alguien que ha experimentado de alguna manera la belleza y el amor del Dios vivo, alguien que se ha sentido atraído por Él de manera que su fe se haya convertido en conocimiento personal, o de lo contrario su fe será una quimera.

¿Quién decís que soy yo? En Jesús, Dios se convirtió en un auténtico miembro de la estirpe humana y una Buena Noticia para ella. Jesús personifica la manera en que Dios trata al mundo: cura a los enfermos, expulsa a los demonios, perdona a los pecadores, se preocupa de las personas a quienes la vida les impone una carga pesada, no excluye a nadie… estas acciones misericordiosas hacen tambalear las normas de quién es el primero y quién el último a los ojos de Dios.

Cada época transmite la fe de acuerdo con sus propias luces; lo que está claro es que no podemos hacerlo sólo con los labios, también con la vida. Por eso nos preguntamos:

Cómo podemos los cristianos económicamente bien situados seguir pautas de consumo que contribuyen a la destrucción del medio ambiente y a la miseria de millones de seres humanos que tratan de sobrevivir. Jesús nos recuerda la necesidad de actuar a favor de la justicia, a fin de cambiar las estructuras opresivas que aplastan, especialmente, a los más débiles.

Cómo podemos los cristianos continuar apoyando actitudes, acciones y omisiones que van en contra del bienestar de algunos pueblos, étnicas o razas que luchan por disfrutar de todos los derechos humanos. Jesús nos recuerda que todos los miembros del pueblo de Dios, independientemente de cuál sea el color de su piel, la nación de donde procedan o su situación legal, tienen derecho a los bienes comunes.

Cómo podemos quienes formamos parte de la Iglesia continuar relegando a las mujeres a puestos de segunda categoría por estar gobernada por estructuras, leyes y ritos patriarcales. Jesús se negó a aceptar cualquier relación basada en el domino. Esto supone un desafío para que la Iglesia se convierta en una comunidad más inclusiva, con un ejercicio de la autoridad más circular y participativo, donde las “llaves” estuvieran más repartidas.

Jesús es de todos

20º Domingo T.O. Ciclo A

Por: J.A. Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús, aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija «maltratada por un demonio». Sale al encuentro de Jesús dando gritos: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: «Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y, de rodillas, con un corazón humilde, pero firme, le dirige un solo grito: «Señor, socórreme».La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad «perros» a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: «Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los «perros» paganos. Jesús parece pensar solo en las «ovejas perdidas» de Israel, pero también ella es una «oveja perdida». El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla como deseas». Esta mujer está descubriendo a Jesús que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente, aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una «fe grande», no la fe pequeña de sus discípulos, a los que recrimina más de una vez como «hombres de poca fe». Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe, aunque viva fuera de la Iglesia. Todos podrán encontrar en él un Amigo y un Maestro de vida.Los cristianos hemos de alegrarnos de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

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