¿Una propuesta política decepcionante?

5º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Jose Luis Terol. Laico. Zaragoza

Debemos estar muy lejos del cielo nuevo y de la nueva tierra de los que nos habla el libro del Apocalipsis en la liturgia de este domingo. En este cielo y tierra nuevas no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, y, sin embargo, parece que nos hemos acostumbrado a la muerte constante e invisibilizada de las personas migrantes que tratan de alcanzar nuestras costas; al drama absurdo de miles de familias desahuciadas de sus viviendas; al dolor de tantas personas expulsadas de un mercado de trabajo que camina hacia la esclavitud; a la angustia de los trabajadores y de las trabajadoras pobres que no consiguen satisfacer las necesidades básicas de las personas a las que quieren; a la pobreza de los niños y las niñas que crece en nuestro país; a la trata de personas por explotación sexual; al goteo constante de asesinatos machistas; al sufrimiento inevaluable que conlleva el recorte constante de los servicios públicos esenciales desde una visión económica que no se centra en las personas sino en los beneficios económicos de unos pocos.

Ante esta situación atravesada por un clamor y un dolor social que resulta difícil eludir, hace unas semanas, en las elecciones generales de nuestro país, 2.677.139 de nuestros compatriotas votaron a un partido que les ofrece alternativas basadas en el miedo y en el rechazo a los diferentes, a los pobres y a quienes no comparten nuestros valores y creencias culturales. Probablemente, una buena parte de estos convecinos y convecinas nuestras, se consideran cristianos y valoran que de esta manera están defendiendo la fe y los valores que desde la Iglesia hemos transmitido a nuestra sociedad.

¿Cómo entender y acoger la Palabra en estos tiempos de incertidumbre y de tribulación? ¿Cómo caminar y acercarnos al cielo nuevo y a la tierra nueva que se nos acaba de proclamar a la comunidad? ¿Cómo ser instrumentos de ese Señor que hace nuevas todas las cosas y que proclamamos como Buena Noticia?

El libro de los Hechos ya nos ha dado una pista significativa: “hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. No parece que la propuesta de seguimiento de Jesús se parezca nada a todos los cómodos plazos de felicidad que se nos ofrecen cada día en el mercado de los valores y del sentido de la vida.  La propuesta definitiva y parece que nada compleja la acabamos de escuchar en el evangelio de Juan: “un mandamiento nuevo que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

En estos tiempos de elecciones y, por tanto, de corresponsabilidad ciudadana y de construcción de la comunidad, la Palabra nos ilumina y nos posibilita hacernos cargo unos de otros. Justamente ésta es la raíz y el sentido de la Política en su sentido hondo y auténtico.  La experiencia de la fe se va alejando cada vez más del miedo y del rechazo al otro –experiencia tan humana de fragilidad- para caminar desde la comunidad hacia la experiencia y la construcción de relaciones de Amor. La propuesta radicalmente política de Jesús, que desborda las propuestas concretas de todos nuestros partidos políticos, tiene poco de as en la manga o conejo sacado de la chistera. Es así de simple, provocadora y seguramente decepcionante: AMAOS.

Ya sabemos que el próximo fin de semana volvemos a tener una cita con el ritual democrático de las votaciones y las elecciones. Aportemos nuestra voz y nuestra mirada para definir la Europa, las  regiones y las ciudades que queremos. Votemos ese día y, sobre todo, votemos cada día en nuestros entornos desactivando nuestro rechazo y nuestro miedo y construyendo relaciones incondicionales, de acogida y de construcción de la gran comunidad humana que formamos.

Creer sin tapones

4º domingo de Pascua, Ciclo C

Por: José Alegre. Sacerdote. (Equipo Eucaristía)

Crónica de una ruptura

La primera lectura de hoy es una expresión, muy bien sintetizada, del conjunto de tensiones que fueron apareciendo entre los primeros cristianos y los judíos, todos ellos procedentes de la comunidad judía.

Unos y otros creyentes en el Dios del Antiguo Testamento, pero unos entusiasmados por la predicación que de Dios hacía Jesús de Nazaret, mientras los otros ya habían rechazado a Jesús.

Bien pronto, el judío radical Pablo, convertido a la nueva fe, abre la puerta a la entrada de no judíos en la sinagoga, es decir, a poder ser considerados como miembros de pleno derecho del pueblo de Dios. Y en eso, los que son herederos históricos, genéticos y religiosos de la fe de Israel no están dispuestos a ceder.

Todavía hoy resuena con frecuencia esta misma cuestión. Para unos son cristianos los bautizados e inscritos en los libros parroquiales. Para otros son los que practican los sacramentos. Para otros, son los que cumplen la moral cristiana que sería tener sensibilidad social y ayudar al prójimo o cumplir los mandamientos. Todo eso nos hace pensar.

Teología de esa ruptura

Para los teólogos de aquella segunda generación de cristianos que se plantearon la cuestión y tuvieron que dar respuesta al problema de la relación con otras religiones o de los mismos cristianos entre sí, no son las diferencias externas, ni el cumplimiento moral, ni la sensibilidad social, ni la pertenencia a un partido u otro. Tampoco lo son las relaciones jurídicas con la institución correspondiente, ni la pertenencia a grupos de tradición bien contrastada y de costumbres muy implantadas. Lo decisivo para marcar el ser cristiano en sentido original y profundo es la actitud que se adopta ante Jesús y su Palabra, que es la que marca la diferencia con cualquier otra religión.

Para nosotros Dios es padre

Al cristiano le corresponde la expresión Padre para referirse a Dios. Jesús tuvo ese título en su boca continuamente como clara forma de distinguirlo frente a las denominaciones que otros podían utilizar para referirse a Él pero no evocaban las mismas cosas que ese nombre tan familiar y, si es bueno, tan lleno de ternura, compasión y preocupación. Si hay quien dice que la infancia y la relación con los progenitores conforman el patrimonio psicológico y social de la personalidad, habrá que darles la razón a quienes, como Pablo, vieron enseguida que este Dios no es igual ni el mismo que el de los fariseos, al que ellos consideraban Juez. Vivir la alegría de un Dios como el de Jesús es lo propio de un tiempo como el de Pascua que nos invita a ver, poco a poco, todas las consecuencias que tuvo la Resurrección para nosotros.

¡Es el Señor!

3º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Rosamary González. Vita et Pax.Tafalla (Navarra).

Esta es la tercera aparición de Jesús a los discípulos que narra S. Juan. Las dos anteriores en recintos cerrados y con desconcierto y miedo. Aquí están en el lago, en la tarea diaria, como tantos pescadores que estarían haciendo lo mismo: procurar el sustento para ellos y sus familias. La diferencia es que los discípulos de Jesús habían vivido una experiencia fuerte con Él y la vuelta a la vida ordinaria no les resultaría nada fácil. Es comprensible entender su estado de ánimo. Cuando desaparece una persona de nuestro lado a quien hemos querido mucho y cuya influencia en nuestra vida ha sido fundamental, se crea una especie de vacío en nuestro interior que necesitamos un tiempo para asimilarlo, para seguir viviendo sin esa persona. Recordamos sus palabras, sus gestos, las conversaciones, las discusiones, los objetivos comunes… Cuánto más vacío tendrían todas las personas, hombres y mujeres, a quien les había cambiado totalmente la vida durante el tiempo vivido con Jesús, con el Señor.

Y así se encontraban los discípulos reunidos; entre ellos siempre hay alguno más intrépido para salir de la inactividad. En este caso es Pedro que les dice: “Me voy a pescar” y los demás le siguen: “Vamos también nosotros contigo”. La disposición es buena, pero las redes van en sentido contrario, hasta que Jesús les muestra la dirección apropiada para sacar la multitud de peces. En la vida nos puede pasar lo mismo hoy a los cristianos; echamos las redes según nuestro criterio, nuestra mirada, nuestros intereses, sin dejar a Dios ser Dios. Sin escuchar en el silencio de nuestro corazón qué nos dice su Palabra, sin poner demasiada atención a la dirección que Jesús tomó en su vida cumpliendo la voluntad del Padre. Es una llamada de atención en este domingo de Pascua a REVIVIR su historia en nuestra historia.

Qué bueno que siempre hay un discípulo amado a nuestro lado que reconoce a Jesús, que tiene una fina intuición para descubrirle, porque ama y es amado por Él y nos dice: “Es el Señor”. No todas y todos nos tiramos rápidamente como Pedro a encontrarnos con Jesús, desnudas, sin ataduras, pero está bien si caminamos hacia la orilla aunque sea “remolcando la red con los peces”. Allí nos encontraremos con Él, nos invitará a almorzar para tomar fuerzas, pan y pescado para compartirlo, para que a nadie le falte nada, porque allí donde esta Él están sus preferidos: los cojos, los ciegos, las enfermas, las viudas… todos y todas que la sociedad margina y orilla.

El final del evangelio de hoy casi nos hace sonreír pensando en el pobre Pedro. Jesús es exigente, la misión que le da es difícil y por eso no le basta una declaración de amor. Tres veces le pregunta ¿me amas? Y a cada afirmación le va añadiendo una nueva responsabilidad. Eso tiene el amor y la entrega y así se lo hace saber Jesús a Pedro.

                 

Tiempo de búsqueda

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

Acabamos de concluir la Semana Santa y ahora es el tiempo de hacernos conscientes de la sorprendente verdad de un Dios que tiene una palabra de vida más allá de la muerte. Jesús fue resucitado de entre los muertos. Es una respuesta sorprendente de Dios; el reconocimiento de que la palabra definitiva no es de muerte, sino de vida; no es de fracaso, sino de victoria; no es de esclavitud sino de liberación. Esta respuesta de Dios cambia totalmente la perspectiva de la vida e invita a plantarle cara al miedo, a las tormentas y al mal, sin temor a fracasar en el intento; o, más bien sabiendo que ni siquiera el fracaso, que llegará, será definitivo.

En el relato de hoy vemos a los discípulos encerrados, muertos de miedo, esperando la oportunidad para huir sin riesgo de la ciudad y volverse a sus aldeas, donde retomarían la vida que llevaban antes de conocer a Jesús. Sin embargo, algo ocurre, algo tan poderoso como para cambiarles la mirada y la existencia definitivamente. Pasarán de encerrarse, lejos de la vista de las gentes, a salir al medio de la ciudad; del silencio temeroso a la palabra audaz; de la preocupación por su supervivencia a la confianza en que ni la persecución, ni la prisión, ni siquiera la muerte han de tener la última palabra.

Los discípulos empezaron a darse cuenta de que había algo más. De que Jesús seguía con ellos. Y ese darse cuenta –no exento de incertidumbres como vemos en Tomás- les transformará para siempre. A partir de esas primeras búsquedas comparten preguntas y respuestas entre ellos. Unos son testigos para los otros. Se comunican relatos y experiencias y se transmiten lo que han visto. No siempre reconocen a Jesús, al menos no de entrada. Lo que perciben son más bien, destellos; vislumbran su presencia, lo adivinan en el camino… y luego lo vuelven a perder.

Pareciera que nosotros seguimos siendo como aquellos discípulos, hombres y mujeres llenos de preguntas, que necesitamos reconocer en nuestras rutas los destellos del Resucitado. A menudo nos preguntamos por qué Dios no se manifiesta más claramente. Por qué, si resucitó a Jesús, no lo vemos, no lo encontramos en nuestros caminos con más nitidez. Por qué la consecuencia de la Resurrección no es un mundo más justo donde se perciba con precisión vida digna para todos y todas.

De ahí que este tiempo de Pascua es privilegiado para la búsqueda, buscar al Resucitado. Escudriñar sus huellas en nuestra historia cotidiana y, a veces, rutinaria. Esa búsqueda nadie puede hacerla por nosotros. Podemos confiar, acoger la palabra de otros testigos, fiarnos y hasta empeñar la vida en ese acto de confianza. Pero sigue siendo ineludible la actitud de búsqueda personal.

He aquí una de las claves de la Pascua. Es el tiempo del encuentro, sí, pero sobre todo es el tiempo de la búsqueda. Lo buscaremos en la Escritura, en nuestro interior, en las otras y los otros, la naturaleza, el mundo… y hasta tratando de abrirnos al mismo Dios, donde quiera que esté y como quiera que hable. En dicha búsqueda se nos puede ir la vida entera.

 

Este es el Día que hizo el Señor, Día de fiesta y de gozo…

Domingo de Pascua de Resurrección

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Valencia

Hemos vivido con el Señor, de forma intensa, en esta Semana Santa, su entrega hasta la muerte por amor… “Nos amó y se entregó por nosotros”.

Pero aquí no terminaba su camino, el Espíritu lo RESUCITÓ de entre los muertos.

Él nos reservaba su gran don, RESUCITAR CON ÉL, para vivir PLENAMENTE EN ÉL. Lo veremos cara a cara, seremos semejantes a Él…

Esta realidad que vivieron los apóstoles, nos la narran con convicción y firmeza:

“Dios lo resucitó al tercer día, nosotros somos testigos… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, ES LA RAZÓN DE NUESTRA FE.

Sabemos que nuestra vida es limitada, que un día terminará aquí en la tierra, pero desde nuestro nacimiento, o más bien, desde nuestra existencia en el pensamiento de Dios, estamos destinados a vivir eternamente con Él y a vivir EN PLENITUD DE SU MISMA VIDA.

A veces, siento que nuestra confianza no es tan firme ni segura como la de los Apóstoles, aunque también a ellos les costó creer: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura…”

María Magdalena, guiada por su amor a Jesús, fue al sepulcro, donde lo habían depositado, y no lo encontró… “no sabemos dónde lo han puesto…” y quizá entonces se tambalea la fe, nuestra confianza.

María corrió a transmitir su inquietud a Pedro, que con Juan, fue al sepulcro. Vieron los signos de la muerte: lienzos, sudarios… pero  Juan VIO Y CREYÓ.

Volvamos, como María Magdalena, a buscar al Señor al jardín, donde Él dirá nuestro nombre y le reconoceremos vivo y glorioso: “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Venid a Galilea, allí el Señor aguarda, allí veréis los suyos la gloria de la Pascua”

Que la Resurrección del Señor, ilumine nuestros ojos y caldee nuestro corazón, para VERLE Y VIVIR  resucitados.

Yo me pregunto ¿los cristianos creemos verdaderamente en la resurrección? Si es así, ¿por qué tememos tanto la muerte?

Toda nuestra vida es un caminar de la mano de la vida y de la muerte, siempre vienen con nosotros las dos. A un tiempo que crecemos y maduramos, algunos aspectos de nuestra vida se van perdiendo, siempre la vida y  la muerte.

“Lucharon Vida y muerte en singular batalla y muerto el que es la VIDA, triunfante se levanta.”

Esta VIDA va penetrando nuestro ser para renovarnos cada día, hasta llegar a ser plenamente lo que Él pensó para nosotros, desde el principio.

Es importante vivir buscando “las cosas de arriba”, los aspectos que nos van haciendo más humanos, más fraternos, más creadores de vida a nuestro alrededor.

No busquemos entre los muertos al que VIVE.

Vayamos a Galilea, como TESTIGOS DE SU RESURRECCIÓN y pasemos por el mundo, como Él, haciendo el bien, creando un mundo más justo, humano y fraternal y una tierra capaz de acoger y dar vida a todos.

¡¡¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA  Y NOSOTROS RESUCITAREMOS CON ÉL!!!

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECIÓN!

Las veinticuatro horas más extraordinarias de la historia

Jueves y Viernes Santo 2019

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

 Después de habernos preparado en el tiempo cuaresmal para revivir intensamente el MISTERIO PASCUAL, nos encontramos ya en su plena celebración. Dejémonos pues, impregnar de su sentido profundo y acompañemos a Jesús en estas sus últimas veinticuatro horas que físicamente estuvo en este mundo. Intentemos penetrar en su corazón y en sus sentimientos.

Jesús es consciente de que su camino hacia el Padre está tocando a su fin porque sabe, como verdadero profeta que es, que se ha comprometido al máximo denunciando hipocresías, anunciando el Reino y mostrando el rostro misericordioso de su Padre.  Desde esta conciencia, siente tensión interior reflejada en la expresión del evangelista Juan: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El amor de Jesús por los suyos, por los que formaron la primera comunidad, fue patente desde el primer momento en que los eligió y a lo largo de su proceso de formación en el que los fue educando con el mayor cariño. Pero llegado este momento brilla de una manera especial.

Según las palabras introductorias, parece que va a pasar algo grande, provocan expectación,

Y SÍ pasa algo importante pero humilde y sencillo: se pone a lavarles los pies. Impresionante,

Jesús con este gesto da la última lección: el amor debe expresarse en servicio continuo, de hecho, se ciñe la toalla y no se la quita  después del lavatorio. Es simbólico, sus seguidores, sus amigos, las futuras comunidades cristianas, la iglesia que nacerá de su entrega total, deben  tener incrustada esta actitud: estar humildemente al servicio. “¿Comprendéis lo que acabo de hacer?”  dirá luego, “pues así ha de ser entre vosotros”. Jesús es totalmente consecuente, por activa y por pasiva ha inculcado que quien quiera estar arriba sea el servidor de todos. Reflexión seria para esta noche.

Seguidamente viene la cena pascual con todos sus salmos y sus  ritos. Pero en ella encuentra Jesús el modo de que la alianza sea actual para siempre y en ella asegura su presencia continua entre los suyos. Al comer el pan y tomar la copa se estremece, intuye la muerte que se le avecina y hace del pan su carne y del vino su sangre. Había llegado la hora de llevar a cumplimiento lo que había anunciado al multiplicar los panes y peces. Nadie podía comprender entonces cómo podría ser posible semejante afirmación. Él encontró la manera pero para que fuera real tenía que ser envuelta de terribles sufrimientos y desemboca en la crucifixión. Sus sentimientos en esta noche debieron ser encontrados y mezclados. Por un lado, sentiría el gozo de haber llevado a cabo la misión que el Padre le había confiado, casi obsesivamente quería insistir en el amor y señalar el punto ideal del mismo: “como el Padre me ama, así os he amado YO”. Así os estoy amando, así debéis amaros los unos a los otros.  Por otro lado, sentiría el dolor inmenso de la traición, del abandono, de la negación  y no solo de las pocas horas siguientes sino de todas las traiciones, negaciones, abandonos que a lo largo de la historia sufriría su transparente mensaje.  Muy duro sentir  todo eso, por eso no es extraño que, puesto en oración, llegara a sudar  sangre.                           

Y la noche iba transcurriendo. Llegó el prendimiento, las falsas acusaciones, los falsos testimonios, el ir y venir de “Herodes a Pilato”; nadie encontraba motivos suficientes que justificaran la condena. Burlas, azotes, coronación de espinas y finalmente el más injusto juicio de la historia seguida también de una injusta sentencia. Y en medio de todo ello, el admirable silencio de Jesús, roto únicamente ante las preguntas del sumo sacerdote y el interrogatorio de Pilato. Sus respuestas son serenas, claras, provocan indignación o bien hacen reflexionar. Ante ellos, y según el relato de Juan, Jesús controla los acontecimientos y se revela dueño de sí y testigo de la VERDAD. Imposible entenderse, transmiten en distintas “ondas”. Por eso, sin entender y presionado por las autoridades judías, el procurador romano lo envía a la crucifixión.

Jesús ya en la cruz, después de tanto tormento y seguramente con fiebre alta, siente dentro de sí la pasión por el Reino y quiere dejar concluida su misión: perdona y excusa a los que lo han crucificado: efectivamente no saben lo que han hecho. Se llevará consigo al paraíso el ladrón que reconoce su culpa. Tendrá sed, quizá aún le parezca poco lo que ha pasado para conseguir que la humanidad se rinda a los planes del Padre. Mira a los que tiene al pie de la cruz y con toda ternura nos deja la Madre y la confía al discípulo amado. Ahora sí: TODO ESTÁ CONSUMADO.  Le falta solo derramar la última gota de sangre y agua. Entrega el Espíritu. Es el gran PENTECOSTÉS, el NACIMIENTO DE LA IGLESIA y de la NUEVA VIDA SACRAMENTAL.

GRACIAS INFINITAS JESÚS, POR TU VIDA, TU PASIÓN, TU MUERTE. CON  ESPERANZA ANHELAMOS TU GRAN TRIUNFO: ¡TU  VIDA RESUCITADA!.

Desde Guatemala, con su particular vivencia de esta semana, alfombradas sus calles al paso de  nazarenos y sepultados, con fervor popular al más alto nivel,

¡¡¡GOZOSA PASCUA PARA TODOS Y TODAS!!!

El sentido de la muerte redentora de Jesús

Domingo de Ramos

Por: Luis López Hernández. Sacerdote. Alicante

Jesús no ha venido a ser servido sino a servir. Esta actitud nos introduce en el corazón de la misión de Jesús.  Jesús está decidido a recorrer vicariamente, por los hombres, el camino del sufrimiento, como oferta definitiva de su misericordia. Jesús se pone en nuestro lugar, se “desinstala” del lugar divino para ocupar el lugar humano. Y también ocupa nuestro lugar en el corazón de Dios-Padre. El “Pro nobis” constituye el sentido de la existencia de Jesús y de la entrega de su vida. Su ser para los demás, su entrega permanente a los demás, su presencia, amorosa y compasiva,  refleja su actitud vicaria de ser camino de salvación para el hombre desvalido.

Y todo esto, que sucede en nuestra relación con Jesús, viene a enseñarnos que Jesús es la representación de la justicia misericordiosa del Padre, él nos representa, él nos introduce en el corazón del Padre, él nos consigue la justificación, él nos santifica. El es nuestro Camino, Verdad y Vida.

En la actualidad no resulta fácil esta comprensión, pues la idea de la representación parece contradecir la responsabilidad personal sobre las propias acciones. ¿Cómo puede actuar alguien vicariamente por nosotros, sin que se lo hayamos encomendado de forma expresa?  Alguien se pone en nuestro lugar. Pero no nos quita nuestra identidad, ni nuestra responsabilidad, sino que se hace cauce de una gracia inmerecida que Dios “quiere darnos”: en la parábola de los jornaleros contratados, Jesús termina diciendo: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Mt, 20,15. El seguimiento es la respuesta de nuestra fe.

La justicia de Dios se manifiesta en la misericordia. Aquí tienen sentido las palabras de Jesús ante la reacción de los Apóstoles: “entonces, ¿quién puede salvarse? Es imposible para los hombres, no para Dios, él lo puede todo”. Y el “todo” de Dios es que su justicia está llena de misericordia. Esto escapa a la comprensión de los hombres. Nuestra justicia tiene otra medida. No es la suya. La distancia entre la de Dios y la de los hombres es muy grande.

La semana que empieza el Domingo14, es la semana del amor entregado de Dios, hecho carne y amor, en la vida y en la muerte de Jesús. El seguimiento, que Jesús propone a los que llama y ama, es el camino que salva a la humanidad. Hoy y ahora, nosotros somos los protagonistas de vivir ese camino de salvación.

Todos necesitamos perdón

5 Cuaresma – Ciclo C 

Por: José Antonio Pagola 

Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a «proclamar la liberación de los cautivos… y a dar libertad a los oprimidos». Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.

De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a «una mujer sorprendida en adulterio». No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: «En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?».

La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?

Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.

Los acusadores solo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.

Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: «Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra». ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?

Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: «Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo».

El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más».

Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva».

 

Gustad y ved qué bueno es el Señor

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Lo definiría, en este momento ya avanzado de la Cuaresma, aunque ésta todavía con muchas cosas por decir, como el domingo de la reconciliación por la misericordia.

Las lecturas con tema recurrente, pero página sublime en el relato de Lucas y un precioso texto de Pablo instruyendo y asegurando una reconciliación total; un salmo de alegría y confianza y una primera lectura que introduce en este cuadro y ambiente de fidelidad, de amor, de ternura de Dios en la historia de antes y de ahora. Todo rubricado por la experiencia siempre, no teórica sino práctica, que de estos atributos de Dios tuvieron y tenemos los creyentes de entonces y nosotros, los cristianos del siglo XXI, los que creemos y confiamos en Jesucristo, portavoz, salvador y mediador del Padre en el mundo.

El Dios liberador se dirige a Josué para decirle: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto y la vida del Pueblo, que ha debido ir purificándose en la travesía por el desierto de sus desatinos e infidelidades, pasa a reconocer el valor de la libertad obtenida y a celebrar ese Paso del Señor que llega a convertirse en la razón fundamental de su fe.

El salmo 33 es el reconocimiento de tanto don e impulsa e invita a la alabanza, a la alegría, a bendecir al Señor que es bueno, escucha y responde librando de angustias y ansias.

El segundo texto de Corintios nos habla de criatura nueva y anticipa el mensaje pascual, la celebración de la Pascua a la cual nos preparamos, esperanzados e ilusionados, con todos los medios a nuestro alcance.

Cristo reconciliador, Cristo que nos quiere reconciliados con Dios, con el mundo, entre nosotros. Cristo que nos hace continuadores de esa misión suya ofreciéndonos el ser privilegiados con su amor y nos pide actuar como enviados suyos. El mundo, nuestra sociedad, necesitan la bondad de la reconciliación. ¡Qué pobres y qué necesitados de ella!

El mensaje es tan hermoso que caemos de nuestros miedos y temores, de nuestras reticencias e idolatrías, incoherencias y desamores, y nos dejamos abrazar por la mirada y los brazos amorosos de este Dios nuestro, el Dios de Jesús y de Israel.

Rememorando el Evangelio con el texto maravilloso de Lucas, texto resumen de la esencia de nuestra fe en el Padre Misericordioso y de la necesidad de cumplir el mandato doble del Amor, me encanta mirar el cuadro de Rembrandt; invito a ello y a meditar la escena ambientada con ropajes y escenografía del siglo XVII y tan actual como el propio relato de Jesús del siglo primero. Todo ello es impresionante y atemporal porque así es el corazón de ese Padre-Madre como también lo son las actitudes de los dos hermanos: un “balaperdida” y un “cumplidor” de mirada torva y corazón envidioso. A veces, a caballo entre los dos, andamos o mejor dicho, cabalgamos. Se nos pide mirar, amar y abrazar, como lo hace ese padre. Nada más y nada menos; la historia e interpretación es demasiado conocida, la intención de Jesús al relatárnosla es pedagogía pura e invitación amorosa.

Domingo de la reconciliación, del amor generoso y de la calidez de la mirada y el abrazo del Padre que nos quiere, sobre todo, hermanos.

El Señor es compasivo y misericordioso

Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Llevamos varias Jornadas haciendo el Camino de Cuaresma, Tiempo de Gracia para nuestro vivir cristiano. Acompañamos a Jesús en las últimas etapas de su vida, subiendo hacia Jerusalén donde sabía que iba a ser entregado y que esa entrega le llevaría a la muerte (Lc. 9, 44-45). Peregrinamos, pues, hacia la Pascua –Paso de la Muerte a la Vida-, el acontecimiento central y definitivo de la  vida y misión de Jesús y de la vida de los que queremos seguirle: “Porque esperó Dios lo libró y de la muerte lo sacó; Alegría y Paz, Hermanos, que el Señor resucitó”  (Canto Pascual de Kiko Argüello).

Los peregrinos deben caminar ligeros de equipaje.  Tiempo de Gracia para librarnos de lo que nos puede hacer más pesado el viaje, de lo que nos dificulta realizar las etapas previstas, de lo que entorpece el ritmo necesario para llegar a alcanzar la meta propuesta.  Las posibles renuncias de ese desprendernos  de lo que  dificulta o entorpece la marcha nos favorecen y ayudan  para llegar mejor a la meta, objetivo principal por el que caminamos.

Jesús fue un Pregonero de Buenas Noticias. El Profeta de Noticias liberadoras. Liberaba de la imagen de un Dios opresor, predominante en aquel tiempo, mantenida por las autoridades religiosas, exigente del cumplimiento de reglas que aprisionaba la vida de la gente sencilla, de los más pobres sobre todo. En la primera lectura de hoy, del Libro del Éxodo, Dios mismo se manifiesta como el Dios que se hace cargo del sufrimiento de su Pueblo en Egipto y envía a Moisés para que lo conduzca a una Tierra que le dará sustento y posibilidad de vivir en libertad.

Jesús recupera la imagen de ese Dios cercano a su Pueblo, compasivo y misericordioso, que sabe esperar, que “no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva” (Ez. 18, 21-28). Y todos somos pecadores, responsables de nuestros actos y beneficiarios de esa misericordia. No podemos juzgar a los demás como pecadores  ni acusar a  Dios como castigador (Sal.102).

El Evangelio de hoy (Lc. 13, 1-9) nos invita a la conversión, a liberarnos –cada uno/una- del peso que nos impide o dificulta el camino peregrino hacia la Pascua. Nos llama a no ser “higueras estériles”, “perjudicando el terreno” que ocupamos en el mundo. Aprovechemos la paciencia y la misericordia de Dios, que quiere “cavar a nuestro alrededor y abonar” el terreno de nuestras vidas para que demos fruto.  Cuaresma, “Tiempo de Gracia…”

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