Dios nos quiere a todos con Él

7º Domingo TO. Ciclo C

Dionilo Sánchez Lucas. Laico de Ciudad Real.

Cada  mañana cuando me levanto debo bendecir al Señor, cada día que sale el sol debo dar gracias a  Dios, por esas cosas cotidianas que acontecen, que pasan desapercibidas, que parecen no tener importancia, pero que nos dan la vida; por esa persona que está a nuestro lado y nos pregunta: ¿qué tal has dormido?, por el agua caliente que nos limpia y nos refresca; por el desayuno que nos alimenta y da energía para luego afrontar nuestro trabajo; por poder sentir la brisa de la mañana, desplazarnos a pie o en transporte; saludar a las personas que vamos encontrando y sobre todo a las que estaremos juntos gran parte del día.

Reconozcamos cuánto me ha dado Dios a mí en tan poco tiempo, para también nosotros hacer el bien, nos pongamos a disposición de los demás. Seamos el profesor o maestro que procura que sus alumnos aprendan conocimientos, respeten a sus compañeros, cuiden su entorno, despierten su fraternidad. Seamos el médico, el enfermero, el cuidador que escucha, observa y anima al enfermo, acompaña a la persona en su dificultad. Seamos la persona que está en la oficina que atiende al que llega, que resuelve sus problemas. Seamos la persona que está en la fábrica o el taller para hacer un buen producto que sirva a quien lo vaya a utilizar. Seamos quien está en la tienda o en el restaurante procurando agradar a los demás. Seamos el agricultor, pescador o minero, que ofrezca su sudor para obtener alimentos y bienes básicos, cuidando la naturaleza.

Llegarán otros momentos del día por los que ser agradecidos, en los que seguimos recibiendo el bien por el espíritu de amor del Señor. El encuentro y el compartir con nuestros padres, con nuestros hijos; el disfrutar un tiempo de lectura o escuchar música; el practicar algún deporte, pasear; asistir a reuniones, conferencias, encuentros en asociaciones; el poder tener tiempo para la oración o reflexión, dedicar tiempo a un voluntariado o entrega a otras personas.

Por todo lo que nos ofrece la vida debemos de reconocer a Dios tanto que hace por nosotros, en lo cotidiano de la vida y también por lo extraordinario: la enfermedad que se cura, la adicción superada, el trabajo deseado y encontrado, la amistad y el amor reencontrado, el hijo que nace.

Pero esa relación con las personas y con el mundo no siempre la vivimos bien: La falta de amor, respeto y comprensión en la familia; los desprecios, rencores y envidias en el entorno social; la falta de honradez y responsabilidad en el trabajo y otros ámbitos de la vida; la falta de solidaridad y cuidado con el pobre y el débil; la no acogida al inmigrante. Pero ahí está el Padre que nos trata siempre mejor de lo que merecemos, que es paciente y nos espera, que es compasivo y misericordioso.

En la Palabra de este domingo Jesús nos enseña el centro de su Evangelio, el amor por encima de todo. “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os injurian; al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también el manto. Al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Así escuchadas o leídas podemos pensar que es una llamada a la necedad, que es darle la razón al mal, aceptar y hasta arrodillarnos ante la injusticia. Pero todo lo contrario, es interiorizar que el odio no se combate con rencor, que la injuria se cambia con la verdad, que la guerra termina cuando surge la paz, que nuestros bienes son para compartirlos con los demás. Estas actitudes positivas más allá de pretender hacer méritos para que nos sean reconocidos, han de servir para cuestionar a aquellos que viven con el odio, la mentira, la injusticia, la violencia, la lujuria, atesorando riquezas. El juicio y la condena castigan a la persona, la ternura y el perdón son su libertad.

Que nuestra vida sirva para cambiar el corazón de las personas que no han conocido a Jesucristo, que el amor sea el principio y el fin de la humanidad, que el Reino de Dios esté presente en el universo, porque Dios nos quiere a todos con Él. 

¿Dónde buscamos la felicidad?

Domingo VI del T.O. Ciclo C

Por: Conchi Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real

El profeta Jeremías en la primera lectura describe dos posturas opuestas ante la vida: las personas que ponen todo su interés en lo terreno, fugaz y superfluo de la vida y, por otro lado, las personas que vuelcan su confianza en el Señor. Las primeras habitarán en la aridez del desierto, como el cardo que es una planta hostil, poco acogedora, propia de lugares secos, de suelos poco profundos, inhóspitos. Las personas que ponen su confianza en el Señor vivirán en una tierra rica y fértil, donde los árboles son frondosos, hunden sus raíces hasta la profundidad de la tierra buscando el agua necesaria para vivir, producen fruto abundante y sirven de cobijo a los seres vivos. Así pueden ser nuestras vidas. Lo que es una tierra inhóspita, donde la supervivencia es difícil, se convierte en tierra hospitalaria, generosa y abundante, en la que la vida fluye en sí misma y las personas son felices. Es hermosa esta comparación, nos anima a poner nuestro centro en el Señor ¡Cuán diferente es la vida confiando en Él! Su presencia es transformadora, personal y comunitaria.

Para Jeremías vivir en el Señor, confiar en Él, es sinónimo de vida, de dar fruto abundante, de felicidad, de fuerza y esperanza en la adversidad.

Esta lectura del profeta Jeremías nos prepara para comprender mejor el evangelio de las Bienaventuranzas de S. Lucas. Un texto, desde mi punto de vista, difícil de explicar y que me producía cierta zozobra, puesto que me consideraba una mujer rica y, algún día, pagaría por esta situación de privilegio. La severidad con que Jesús habla me hacía sentir fuera del grupo de sus preferidos. Hoy lo veo de otro modo, desde la experiencia de sentirme acompañada por el Dios de los sencillos y sencillas, en camino para hacer un mundo más habitable y humano.

Es la propuesta que Jesús nos hace. Una propuesta en total actualidad. Nos advierte que poner nuestro ser en los afanes que esta sociedad de consumo nos ofrece: ganar más, tener más, lucir una figura cien, viajar más, ser prisioneros de las cosas y olvidarnos de aquellos a los que les falta lo básico para subsistir; eso no es humano, eso no es colaborar en la construcción de una sociedad más justa, equitativa y habitable; eso no lo quiere Dios. Yo tampoco lo quiero. Hoy es fácil vivir de espaldas a las situaciones de pobreza y vulnerabilidad de tantas personas, ir tras la felicidad que la publicidad nos ofrece, llenándonos de cosas que nos nublan la vista, e impiden ver la realidad.

La propuesta de Jesús es la propuesta de hacer posible el Reino de fraternidad y humanidad hoy, aquí. Optar por poner nuestros dones al servicio de los demás, entregarnos a esta tarea que trae verdadera felicidad y fecundidad al mundo, que genera esa tierra fértil de que nos hablaba Jeremías: tierra profunda, que acoge y protege ante la adversidad, donde la vida de todas las personas es posible. Este es el proyecto de Jesús, El Reino aún por construir. Queda mucho camino por recorrer ¿Te animas? Yo sí quiero.

 

 

 

No temas mujer

5º Domingo TO. Ciclo C

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

1ª lectura: Isaías 6, 1-2a.3-8

En este relato, que produce un cierto vértigo, resuenan en mí dos frases puestas en boca del profeta. La primera es “Ay de mí, estoy perdido”. Es la expresión de un sentimiento de derrota que aparece en tantos momentos de la vida que se ponen cuesta arriba, y que nos sitúan al límite de nuestras fuerzas físicas y mentales.

La segunda frase es la que dice: “Aquí estoy, mándame”. Pareciera que el profeta pasa de tocar fondo a experimentar que toca ponerse en marcha en favor de los demás, al servicio de Dios. A veces será de maneras muy sencillas. En cualquier caso, es pasar de estar mirando hacia nuestras penurias a responder, con las fuerza que tengamos, a la llamada de Dios.

2ª lectura: 1 Corintios 15, 1-11

Pablo nos sitúa frente al humilde reconocimiento de saberse el último, el pecador, el menos importante, pero al mismo tiempo el digno de ser mirado por Dios, de ser acompañado por su Gracia. Y añade: “su gracia no se ha frustrado en mí”. Ante esta expresión, me pregunto si su gracia se ha frustrado o no en mí. ¿Qué haré para que se plenifique Dios en mí? ¿Cómo iré dejando hueco en mí, despojada de lo que no es de Él, propiciando que se haga su obra, su voluntad en mí, en el mundo? La expresión en la que me detengo es un reto para el seguimiento.

Evangelio: San Lucas 5, 1-11

Lucas relata un signo de Jesús en el que Pedro deja, tal vez como Pablo,  que la gracia de Dios no se frustre en Él. Y es que sus palabras: “por tu palabra, echaré las redes”, son una metáfora de la superación de las dudas para dar un paso adelante. Nos metemos en la faena de la vida, de los quehaceres a favor de los demás, de la responsabilidad, del seguimiento de los valores del Evangelio, dejando a parte las inercias, las dudas, los miedos, y hasta las evidencias de que “esto no funciona”. Nos rodean las voces que nos tientan: trabajar lo mínimo para cumplir, esperar a ver si otra toma la iniciativa, hacer solo aquello que me da placer, recompensarme en exceso, consumir sin tregua, quejarme o hacerme la víctima… En definitiva todo lo que me centra más en mí y menos en Él, que es lo mismo que decir, lo que no me hace mirar por el bien ajeno, al menos tanto como por el mío.

Las dudas, las inquietudes, los interrogantes, incluso la propia vulnerabilidad, no son el problema. Bien claro dice Jesús: “No temas”. Por eso, basta ya de los “no puedo”, de las zozobras, que nadie nos quiere perfectas, ni el mismo Jesús, que como amante Dios nos mira con afecto entrañable, le gustamos así, como somos, con tantas virtudes como defectos, con tanta luz como sombra.

Hoy, desde el corazón, dejamos que Jesús suba a la barca de nuestra historia, le decimos, “aquí estoy, mándame”, y dispuestas a escuchar su palabra y despejar los obstáculos sobre todo internos (nuestras defensas psicológicas, los automensajes paralizantes), nos abrimos a su confianza. Él nos da la mano y nos repite: “No temas, mujer”.

Jesús no se arrugó

4º Domingo TO. Ciclo C

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Jesús no se arrugó cuando nos dijo que traía un programa diseñado por su Padre: comenzar una nueva humanidad. Venía a iniciar un proyecto, el proyecto del Reino de Dios: un reinado donde los hombres pudieran encontrarse, como nos decía Pablo, en un único camino; en el sendero que traza la andadura en el AMOR: su práctica.

Qué diferentes son las llamadas de este Amigo que siempre nos sorprende y nos intuye. Todos coincidimos en algo: es Él el que nos llama. Es el “Rey de la Iniciativa, del Riesgo”. Jeremías debía de ser un hombre sosegado y así le entra Dios, desde la serenidad de su Palabra “Recibí esta palabra del Señor”. No es lo mismo en Pablo, donde Jesús se vio obligado a “parar su caballo, tirarlo a tierra y dejarlo ciego”. Establece con Jeremías una relación estrecha“yo te escogí, te consagré y te nombré profeta”, pero ABIERTA, es una relación encaminada a salir de nosotros mismos e ir hacia “los otros” y no a cualquier otro, se enfrentará a los poderosos.

¡¡Su llamada!! Cuantas veces, en mi vida cotidiana, echo mano de esos momentos para mirar desde lejos ese camino comenzado y comprobar que sigo sus huellas, que no me dejo llevar por la permisividad hacia mí misma, por el temor,…y que el amor sigue siendo mi premisa primera, cuántas veces concluyo pidiendo perdón por permitir que mis decisiones pasen por delante de las suyas… entre otras cosillas.

Y me consuela el saber que Dios me sostiene y que tras un reconocimiento, sabe que voy a volver a comenzar, ¡claro! a comenzar con todo. Pero su Espíritu estará en los próximos momentos con la misma calidez que estaba desde el principio. Y le digo: Jesús, que te siga siempre.

Nos habla Pablo en la carta a los corintios de campana ruidosa y platillos estridentes: “… si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes”; estos días también podemos escucharlo en boca de nuestros políticos. Nosotros vivimos en ese camino hacia el amor fraterno, es el momento de acallar nuestros ruidos y hablar de JESÚS, de su camino, de nuestro camino. Momento de que nos conozcan por el interés sincero, efectivo y eficaz por el bien de los demás y ello arropado por el Amor, sin el Amor todo quehacer carece de valor. Con el Amor como motivación para “ser y estar” se llega a vivir la salvación, en muchas ocasiones lo hemos vivido, lo hemos palpado. En el Amor encuentras a todos los amigos, encuentras a nuestro Amigo.

Y llega Jesús a proclamar la Palabra en Isaías y se come el final “el día de la venganza de nuestro Dios”, en ocasiones nos quedamos con lo que nos interesa para nosotros mismo, para esos momentos que vivimos y nos vienen bien; pero Jesús no quería que ocurriera eso, los conocía y sabía que ese punto era el que más fuerza tenía para ellos. Jesús se queda con el año de gracia del Señor, PARA TODOS, porque somos TODOS DEL SEÑOR. Así lo recuerda Jesús cuando habla de la viuda de Sarepta, de Naamàn el Sirio.

Jesús quiere que dejemos de pensar en que Dios es Señor de un solo pueblo para que pasemos a pensar que es PADRE de TODOS. Y el pueblo se enfada con él, al igual que nosotros que a veces nos enfadamos con Dios, no por lo que creemos entender si no por lo que sentimos que no nos dice.

Lo estamos viendo en nuestra sociedad. No se confía en la actitud de diálogo, la actitud de conciliación, la escucha del otro, el silencio de tu palabra, la actitud de saber ceder…, ante esas actitudes surge en muchas ocasiones la decepción “así no vamos a conseguir nada…”. Pues Dios actúa bajo esas premisas de propuesta, oferta, conciliación y si fuera necesaria, la reconciliación, el acercamiento al otro, aunque se pierdan momentos y peldaños, y hacerlo como Jesús, SIN ARRUGARNOS.

Vivir con confianza, ungidas/os por el Espíritu

Domingo 3º del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Por: María Ángeles del Real. Mujeres y Teología de Ciudad Real

…«Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza»… Neh (8,2-4a.5-6.8-10)

Es una buena noticia, un día de fiesta, Dios está con su pueblo, Israel no ha sido abandonado, es un día para agradecer, un día para ser bendecido y bendecir, pero no aislados, la alegría, no es posible de forma aislada, el individualismo parece no tener cabida en lo que Dios espera de cada uno de nosotros, por eso a la par que invita a no estar triste, insta a compartir, “enviad porciones a quien no tiene”. En el Señor solo es posible la alegría si se comparte, si nadie es excluido de la fiesta.

…Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo… 1 Co (12,12-30)

Y es que, la vida del que sigue a Cristo, tiene sentido solo en la unidad, no podemos concebirnos cada uno por su lado, formamos un solo cuerpo, no se comprende que queramos ser los primeros, los mas importantes, dejando de lado a los otros. Es muy difícil en un mundo tan materializado, en donde lo transcendente y el prójimo y su cuidado, están tan denostados, pero, ¿podemos prescindir de los demás y continuar pretendiendo ser felices?. Con mirada generosa podremos ver que los dones de cada uno nos son necesarios, y los nuestros lo son para los demás, la diversidad compartida es riqueza enorme. La desigualdad, la dominación de unos sobre otros y el menosprecio de los dones de cada persona, es contrario al Reino de Dios.

Ilustre Teófilo:…para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido…
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; … Un sábado entro en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la  vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Lc (1,1-4;4,14-21)

Jesús, lleno del Espíritu, loco de alegría porque ha percibido en su corazón y con todo su ser, que Dios está presente, que los pequeños, los pobres, quienquiera que sufre, son los preferidos del Padre, siente que ha sido enviado a todos los necesitados, a quien no ha sido o no se siente amado, o incluso es tan pobre que ni siquiera se atreve a desear ser amado. Tiene la certeza de ser enviado para sanar y dar libertad, liberar y salvar, para amar sin medida. Es tanto su gozo y tanto lo que tiene que comunicar, que cuando lee el pasaje de Isaías, no puede mas que decir, es así, hoy, es decir ya, ahora, se ha cumplido cuanto dice la Escritura. Ahora también nos dice: “dejaros sanar y liberar, estoy con vosotros siempre”. Pero no se queda ahí, se ha hecho uno con nosotros, San Pablo lo expresa en la imagen del cuerpo, unidos a Él, cuenta con nosotros y hace su obra hoy, a través de quien se deja empapar por su Espíritu, que mueve a llevar la sanación, la vista, la libertad a todas las personas a quien ama, y a nadie excluye. Todos tenemos el don de ser mediadores y mediadoras de su amor, que no nos excluyamos y que nadie nos excluya, porque es obra del Espíritu, no podemos hacer nada por nosotros mismos, contando solo con nuestros confusos deseos o nuestra mas que débil voluntad. Nadie puede otorgarse el tener mas derechos o mas capacidad,  es el Espíritu quien mueve y quien empodera y obra, hoy como ayer.

Que nuestra confianza, generosidad e intrepidez sea tal que hagamos presente el Reino de Dios y que el gozo en el señor sea nuestra fortaleza, dejémonos ungir por su Espíritu.

 

Tu Palabra nos transforma

2º Domingo TO. Ciclo C

Por: Blanca Lara Narbona. Mujeres y Teología. Ciudad Real.

“Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como una antorcha” (Is 62, 1-5)

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; (…) hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor 12, 4-11)

“No tienen vino” (…) “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 1-11)

Cada vez que nos acercamos a tu palabra para escucharte, para encontrarnos contigo, late en nosotros la profunda emoción de saber que eres Tú el que nos sales al encuentro para hablar con nosotros. Con esa confianza comparto lo que siento que, las escrituras de este domingo, quieren enseñarnos y animarnos a vivir.

Isaías nos llama a perseverar, a no rendirse, a no dejar de gritar ni dar descanso a Dios, hasta que establezca su justicia en este mundo tan perdido. No podemos ser espectadores indiferentes recluidos en nuestra pequeña burbuja de realidad, con miedo a que los acontecimientos del exterior puedan alterar la comodidad, la seguridad que, con tanto esfuerzo, hemos construido, dejando fuera, a la intemperie, todo y a todos los que pueden descolocarnos. Urge aprender a gritar “justicia” y a trabajar para hacerla posible, no solo para mí y los míos, sino, también y especialmente, para los “nadies” que sufren la indignidad y el olvido.

San Pablo nos habla de nuestros carismas, de cómo, el Espíritu de Dios se manifiesta de una manera singular en cada uno de nosotros, para que realicemos “los trabajos de Dios” en bien de todos. Nos exhorta a ser uno con Él en el obrar, teniendo presente, que la obra es suya no nuestra. ¡Cuánta tonta vanidad nos atrapa en el frenesí de hacer el bien! ¡Cuánta tonta vanidad nos hace esclavos del resentimiento que surge al compararnos! Olvidamos que el Padre nos quiere, a todos y a cada uno, única y totalmente. Aprendamos a gozar internamente del Espíritu que nos habita y dejémonos mover por él.

El evangelista Juan nos relata una fiesta de bodas, a la que fueron invitados María, Jesús y sus discípulos. De cómo María, con sus ojos y su corazón atentos a la novedad de Dios en su vida, se da cuenta que no hay vino para la celebración. El vino en la Biblia es símbolo de la alegría profunda del corazón, del disfrute y del amor nupcial, por lo que no podía faltar en una boda. Así que, María mediadora, interviene, no deja a los novios e invitados en la carencia. Busca a Jesús, y sencillamente le dice: “No tienen vino”. Ni pide ni exige. Confiadamente pone en manos de su hijo una necesidad para que él actúe. Aunque a nosotros la respuesta de Jesús nos desconcierta, María no parece alterarse y pone en marcha la transformación, cuando le dice a los criados: “haced lo que él os diga”. Estos dispusieron las tinajas llenas de agua como Jesús les había pedido para después transformar esas tinajas de agua en tinajas de vino. Jesús no hace aparecer el vino de la nada. Jesús toma lo que tiene, el agua, y la transforma en algo mejor, en algo superior, en vino. Eso hace con nuestras vidas.

Aprendamos de María a presentar a Jesús nuestras carencias. Busquemos un encuentro de intimidad con él, y humildemente reconozcamos que “no tenemos vino”. Que a nuestra vida le falta sentido profundo, celebración y goce de vivir. Que le falta la alegría que da, saberle en nosotros, vivirle en nosotros. María nos muestra el camino y nos dice, como a los sirvientes:” haced lo que él os diga”. Y ¿Qué quiere Jesús que hagamos?  Quiere que pongamos ante él nuestras pobres tinajas llenas de agua para transformarlas en tinajas llenas de vino. Quiere tomar el agua de nuestras vidas, lo que somos y tenemos, nuestros vacíos y dudas; nuestros apegos, nuestros dolores, nuestros miedos y rebeldías, y convertirla en vino de vida nueva. De vida plena de confianza, de hondura, de libertad, de alegría, de esperanza. Quiere que nuestras tinajas se desborden y que el vino llegue a los lugares menos transitados, y a las personas excluidas de este mundo que no se sienten invitadas al banquete del Padre.

Iniciar la reacción

Bautismo de Jesús. Ciclo C

Por:  José Antonio Pagola
 
El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia de hoy es «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

En no pocos cristianos esta creciendo el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categorías premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos cristianos.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

 

 

Nació en un refugio

Epifanía del Señor 

Por: Juan Velázquez.Zaragoza.Eq. Eucaristía 

«Nació hace apenas unos días, después de cuarenta semanas de nervios e ilusión, de sonrisas cruzadas y de caricias en la tripa que le refugiaba. No fue fácil; las circunstancias no ayudaban; pero cuando lo vimos abrir grandes los ojos, llorar con su gran boca abierta, mover sus bracitos con grandilocuencia, supimos que algo grande había pasado en nuestras vidas, en este sencillo rincón del mundo que compartimos. Y después vinieron las visitas, de muy lejos, inesperadas, con regalos y alabanzas, para compartir también la alegría que nos embargaba».

Nació con una estrella. Cuando un bebé nace, algo se ilumina en el mundo, con una luz perdurable, que se reconoce en los ojos de quienes, incluso ya antes de nacer, lo quieren, empezando por Dios, Padre y Madre, bueno. Una luz singular, irrepetible, leve pero intensa como la de una estrella entre muchas en un cielo de verano. Pero además, Jesús nació en Belén con una estrella que guiaba a otros hacia él: que servía y sirve de referencia para no perdernos en la oscuridad de la noche.

Nació en un refugio. Nació cuando, como dice el profeta, las tinieblas cubrían la tierra: las tierras que se creían seguras y de las que ahora hay que huir por miedo, como hacen tantas personas que, como antes María y José, hoy caminan por África, por Próximo Oriente, o por las fronteras de Occidente. Todas ellas siguen andando cargadas de maltratos, humillaciones y sufrimientos, pero también de ilusiones y sueños. Jesús nació como refugiado, en un humilde refugio, conociendo la oscuridad y la tiniebla para disiparlas con una luz nueva: resplandor, amanecer, aurora.

Nació entre alegría. Al encontrarlo, los Magos de Oriente –cuenta el Evangelio– se llenaron de inmensa alegría, y cuando lo vieron junto a su madre, lo único que pudieron hacer fue caer de rodillas y adorarlo, sin dar más explicaciones. Nació entre la alegría de quienes ven nacer la vida y, con ella, la esperanza, pero también de esos sabios que sabían que la Vida y la Esperanza a la que asistían era Promesa ya cumplida, de un mundo mejor para todos.

Nació como Mesías. En Belén, entre los brazos de María y de José, el Hijo de Dios nació como Mesías de los judíos, pero también como Promesa y Buena Nueva para todos: extranjeros, como esos magos tras la estrella; refugiados, como sus padres; gentiles, como decía san Pablo. Y nació para cada uno de nosotros, que acudimos a verlo con una sonrisa de alegría en los labios, porque sabemos que Alguien muy grande ha llegado a nuestras vidas

Un viaje de fe

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid   

“El nombre de la doncella era María”, así la presenta el Evangelio de Lucas (Lc 1,27). No cabe mayor sencillez. Los textos evangélicos nada nos dicen sobre su lugar de origen. Ni sobre sus padres. De pronto aparece en Nazaret, un pueblo del que se dudaba si podría salir algo bueno (Jn 1,46).

Miriam de Nazaret es una joven judía del siglo I d.C. que vive en una aldea campesina de Galilea, ocupada por los romanos. Económicamente es pobre, los impuestos romanos explotan a la gente del pueblo condenando a muchos a la indigencia. Políticamente, la sociedad es violenta y está arruinada, porque el ejército invasor se desentiende de ciertos tipos de violencia y provoca otras. Socialmente, ocupa un puesto bajo en la escala cultural, probablemente era analfabeta.

Vista desde fuera, la suya fue una vida trivial y sin brillo, la de cualquier mujer media en un perdido rincón de un pequeño país, lejos de los grandes acontecimientos de la historia. La vida no la trató con delicadeza. Cuando se entera de que está embarazada se pone en camino a visitar a su prima Isabel y cuando ésta la saluda, entona un canto profético de alabanza a Dios. María se mueve dentro de la larga tradición judía de mujeres que cantan subversivos cánticos de salvación como Miriam (Ex 15,20-21), Débora (Jue 5,1-31), Ana (1Sam 2,1-10), Judit (Jdt 16,1-17)…

María, al igual que cualquier ser humano, vivió un proceso personal de fe, etapas que la fueron madurando para ser la primera discípula de Jesús y la madre del Salvador. Ella da el primer paso cuando, al entrar el ángel y hablarle “se conturbó por estas palabras” (Lc 1,29). La turbación, la sorpresa… suele ser la primera reacción espontánea ante la llamada de Dios.

A partir de aquí María inicia todo un proceso con altos y bajos.  En la visita a su prima se subraya la perfecta armonía entre ella y el plan de Dios, pero el Evangelio hace notar que pronto comienzan para María los que se pueden llamar “tiempos oscuros” y no comprenderá lo que está sucediendo (Lc 2,48); su propio hijo la invitará a descubrir la verdadera maternidad en la escucha de la Palabra (Lc 11,27-28)…; al final del Evangelio la encontramos al pie de la Cruz y, a la vez, ella será, también testigo de la Resurrección y del nacimiento de la Iglesia.

Según Lucas, María es una mujer que guarda en su corazón todo cuanto le ocurre. En la escena de hoy lo apunta cuando los pastores se marcharon; doce años más tarde se la describe de nuevo pensando, después de haber perdido a Jesús y haber sido hallado en el templo (Lc 2,51). Ambas escenas tienen que ver con la revelación de la identidad de este niño. Todo lo que él significa no se ve de forma inmediata y por eso María guarda estas cosas dándole vueltas.

Ella no entiende del todo lo que está viviendo y entonces lo repiensa en su mente,  sopesa. No es ninguna tonta, intenta interpretar su vida; procura entender las cosas difíciles que tienen que ver con las vidas de los que ama. Espera distinguir cómo se manifiesta Dios en todo esto. Reflexiona con el fin de penetrar en su significado y seguir el camino acertado. En medio de todo lo que le acontece María conserva, recuerda, atesora los hechos en su corazón, cavila sobre el significado de su vida y de las vidas de sus seres amados y avanza en su camino de fe con Dios.

En verdad, la vida de María fue un viaje de fe, desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica en Jerusalén; desde el pesebre hasta la cruz; desde la juventud hasta el matrimonio y, tal vez, la viudedad; desde el nacimiento de su primogénito hasta la horrorosa muerte del mismo y… hasta oír que se le proclamaba Señor, Mesías y Salvador.

Familia planetaria

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

En el marco del ciclo navideño celebramos la fiesta de la familia de Nazaret, cuyo centro es Jesús. El evangelista Lucas nos presenta un texto parecido al de otros relatos legendarios extrabíblicos sobre personajes famosos de la antigüedad, a los que ya desde niños se les atribuía unas dotes intelectuales especiales. Y Lucas construye un relato en el que quiere poner de relieve la sabiduría de Jesús. No deja de resultar curioso que en algunos evangelios apócrifos aparezca discutiendo sobre astronomía o medicina.
Si bien es cierto que a lo largo de la tradición cristiana, la Sagrada Familia ha inspirado durante siglos el comportamiento de padres e hijos, esta fiesta se ha idealizado a fin de mantener un modelo tradicional de familia en la que estaban clara e indiscutiblemente definidas las funciones de sus integrantes: el esposo dedicado al trabajo; la esposa, a la crianza y cuidado de los hijos; y estos sumisos y obedientes a sus progenitores, como atestigua el libro del Eclesiástico, escrito en las primeras décadas del siglo II antes de Cristo, con una mentalidad mítico-tribal.
En la fase tribal de la humanidad, las comunidades humanas vivieron centradas en sus propios territorios, muy celosas de su propia identidad. La familia, tribu o nación lo eran todo. Eran extremadamente rígidas las fronteras entre “los nuestros” y “los de fuera”. Y esto hace comprensible que la familia estuviera volcada y centrada en si misma. Este es el contexto vital del libro del Eclesiástico, que nos ofrece un manual de reglas y comportamientos para judías y judíos piadosos. Por eso, no es de extrañar que defienda posiciones conservadoras que hoy nos chocan bastante, como las que se refieren al rol de la mujer en la sociedad (Eclo 25, 12 y siguientes).
Ahora bien, Jesús, como fiel seguidor de los antiguos profetas, ensancha los horizontes de la familia. Ya el segundo Isaías se dirigía con palabras como éstas a su pueblo:
“Ensancha el espacio de tu tienda
y de tus lonas,
extiende tus moradas con libertad,
clava tus estacas y alarga tus cuerdas..” (Is 54, 2).
La familia doméstica no está llamada a replegarse sobre sí mima. Por eso, con desconcertante novedad, Jesús propone un nuevo estilo de familia al lanzar a sus oyentes este desafiante cuestionamiento: “Quiénes son mi madre y mis hermanos”. Y recurre a un criterio de pertenencia a esa familia: “el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mc 3, 35). “Son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21). Jesús trasciende los lazos de la sangre. Rebasa el nivel tribal de consciencia. Jesús no sabe de fronteras ni muros. “ “Todos vosotros”, nos dice, “sois hermanos” (Mt 23, 8).
Para Jesús, la voluntad de Dios no tiene tanto en cuenta el cumplimiento de unos preceptos o normas para poder hacer “méritos” quienes los cumplen. Dios es también “bueno con los ingratos y malos” (Lc 6, 35). “Hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). En una palabra, Dios es gratuito. Cuando Jesús habla del cumplimiento de la voluntad del Padre, no parece referirse al seguimiento de normas establecidas por un “superior” o “superiora”. Va mucho más allá. Toda su vida fue un decir Sí a la voluntad del Padre, en las duras y en las maduras. “En Él todo ha sido sí” (2ª Cor 1, 19). Cumplir la voluntad de Dios es alinearnos con la realidad, tal como se nos presente en cada momento de nuestro diario vivir. Significa hacer nuestras las palabras de Jesús: “Padre, que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). O aquellas de María, la pobre de Nazaret: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Hoy en día, nos encontramos en nuestra sociedad con nuevos perfiles de familia que se salen del patrón tradicional familiar. Y son notorios los juicios, las descalificaciones, los chistes, los acosos y hasta el mal trato contra personas que optan por ese estilo de convivencia. Etiquetamos con ligereza a esas personas, violando incluso la dignidad de su ser más profundo. Llegamos incluso a escandalizarnos cuando surgen voces de comprensión y de misericordia hacia ellas, porque en el fondo estamos contagiados de legalismo. Pensamos que la ley está por encima del respeto al ser humano. Y nos preguntamos: Qué misericordia cabe hacia matrimonios que han vuelto a casarse. Esta forma de expresarnos solo son propias de aquellos fariseos y letrados que colocaban la “ley de Dios” por encima de la vida de las personas. Reconozcamos, al menos que no pocas veces son improvisados y ligeros nuestros juicios, burlando así el criterio de Jesús: “No juzguéis, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado, y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás” (Mt 7. 1-2).
Como familia planetaria que somos, la festividad de la Sagrada familia nos apremia a ejercitarnos cada día en la práctica de una convivencia respetuosa. Y en esta familia, como nos recuerda el teólogo y antropólogo jesuita, Javier Melloni, “debemos aprender a escucharnos, a no cegarnos mutuamente ni luchar por apagar la luz que nos rodea o contradice, sino que es urgente que aprendamos a iluminarnos conjuntamente. Tenemos que aprender a encender juntos el fuego que calienta la tierra, que arda sin destruirla. No se trata de discutir por la verdad, sino de conspirar juntos por ella: no se trata de competir por nuevos territorios, sino que es tiempo de construir juntos espacios verdaderamente humanos, de labrar juntos terrenos sagrados que hagan habitable el planeta” (“Hacia un Tiempo de Síntesis”, Fragmenta Editorial. Primera edición, mayo del 2011; p. 53).

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