Escuchar para servir

16 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Blanca B. Lara Narbona. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Gén 18, 3 “: Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo”

Col 1, 25: “Dios me ha nombrado servidor (…) llevar a plenitud la palabra de Dios”

Luc 10, 39-40:“María (…) escuchaba su palabra. Marta (…) afanada con los muchos servicios”

Las lecturas de este domingo nos hablan de escucha atenta al mensaje de Jesús y de servicio entregado a su Reino. Nos hablan de la dinámica de un proceso de madurez espiritual, al que somos convocados en nuestra cotidianidad: “escuchar para servir”.

Dios ha decido recorrer nuestros caminos, adaptarse a nuestros ritmos y caminar junto a nosotros haciéndose peregrino, migrante en un mundo indiferente hacia los caminantes de pies descalzos. Pasa una y otra vez delante de nuestra tienda, como pasó ante la de Abrahán, esperando ser invitado a entrar. Pero nuestra ceguera no percibe ni reconoce Su presencia, nuestra sordera no escucha Su voz y nuestra comodidad se resiste a hacerle sitio y servirle. Nos empeñamos en ser ciegos voluntarios para no verlo entre los despojados, y sordos voluntarios para no escucharlo en los clamores de los sufrientes, porque, escuchar Su llamada nos compromete con la respuesta abierta y generosa de servir, nos compromete a salir de nosotros mismos para centrarnos en el otro y ofrecerle lo mejor de lo que somos y tenemos, para darnos por “desbordamiento” como hacía Jesús.

Pero llegar a sentir el servicio como don, como un modo natural de ser y expresarse es un proceso lento que requiere: tiempo, espacios de intimidad y silencio, y encuentros de escucha atenta con Dios. Encuentros personales, transformadores, en los que, superando la superficialidad hueca de una religiosidad sin sustancia que en nada compromete, podamos sumergirnos y abandonarnos en la hondura de Su misterio abrazando Su voluntad. Solo entonces, podremos “llevar a plenitud su palabra” haciéndola vida, y podremos hacer que el servicio y el amor se hagan uno con Él y en Él.

De servicio entregado y de escucha atenta saben mucho Marta y María. Dos mujeres sencillas, abiertas a la bondad de las palabras de Jesús. Mujeres que abren las puertas de par en par para recibirlo plenamente, como Señor de su casa y de sus vidas. Ambas, igualmente amadas por Jesús, cada una en su singularidad. Ambas, igualmente reconocidas por Él. Ambas, en distintos momentos vitales de un mismo proceso, el de llegar a ser “servidoras de manos contemplativas”, servidoras capaces de unificar la contemplación y la acción, la oración y el servicio, estando con las cosas sin estar en las cosas.

“María tenía que llegar a ser Marta” explica el Maestro Eckhart en su interpretación de este evangelio, por eso dice que: “María se sentó a los pies del Señor y escuchaba sus palabras y aprendía, pues primero estuvo en la escuela y aprendió a vivir. Pero cuando ya hubo aprendido (…) y recibió el Espíritu Santo, entonces empezó a servir”. Marta, sin embargo, ya “estaba en un estado de virtud madura y firme y en un espíritu libre, liberada de todas las cosas”.

Ya seamos Marta o ya seamos María, estemos en el momento vital que estemos, porque, Dios se ha parado ante nuestra tienda y “nos ha nombrado servidores”: Atrevámonos a ser siervos de corazón atento que escuchamos Su voz en medio de los acontecimientos de nuestra vida; atrevámonos a mirar con ojos contemplativos para percibir Su presencia en lo cotidiano y sencillo, en la necesidad y el sufrimiento; atrevámonos a disfrutar de encuentros con Él y los demás en los que reine la esperanza, la alegría, el servicio y la gratitud; atrevámonos a tener unas manos contemplativas, siempre dispuestas, capaces de hacer visible esos signos sencillos que nos demuestran que el Reino de Dios está en medio de nosotros.

Mirada samaritana

15 Domingo T.O. Ciclo C

Por: María Jesús Moreno Beteta. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Al inicio de este evangelio hallamos la pregunta que un letrado hace a Jesús “¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. Resuena la actitud de muchos de nosotros a la hora de vivir nuestra fe, que podría expresarse en “hasta dónde hay que cumplir para asegurarse la salvación”. Jesús lo interpela con el espíritu de la Ley y él volverá a preguntar “¿Quién es mi prójimo?”

Este evangelio nos cuestiona sobre cómo es nuestra relación con los demás, concretamente con quien está sufriendo y lo encontramos en nuestro camino.

El sacerdote, el levita y el samaritano nos plantean, por un lado, desde dónde miramos y, por otro, qué queremos ver de los demás.

Muchas veces miramos desde la autocomplacencia de sabernos seguros en nuestros lugares existenciales y, en ellos, tenemos los ojos cegados en nuestro bienestar; otras veces, desde la autosuficiencia de creernos fuertes por la posición económica o social y estamos atentos solo a lo que la potencia; otras veces, desde el legalismo del cumplidor, entonces daremos un rodeo para esquivar lo que nos incomode; muchas veces miramos con prejuicios y así nunca conoceremos nada verdadero y hondo del otro; la mayoría de las veces nuestra mirada procede de nuestro propio interés, aquí podríamos encontrar  preguntas tales como ¿qué saco yo de esto? ¿Cómo afecta a mis asuntos el que me comprometa? ¿Por qué tengo que ser yo? ¿No hay instituciones y servicios para resolver esto? Por último, podemos mirar como el samaritano, desde el corazón de nuestra humanidad y sentir en uno mismo el dolor de la situación del otro al que veo como cercano a mí, mi próximo, esto está claro que nos mueve a la acción inmediata y aparca momentáneamente nuestros asuntos, pero atiende al más importante que es ampliar nuestro corazón para que quepa el hermano.

Estas actitudes también están relacionadas con qué queremos ver del otro: podemos considerar su utilidad para nosotros y entonces seremos serviciales, o incluso serviles con aquellos de los que podemos esperar que nos devuelvan el favor o aumente su consideración por nosotros. Cuando miramos al que sufre con la estrechez del utilitarismo sólo podremos ver su inconveniencia o inoportunidad en nuestra vida, pues nunca nos viene bien dedicarnos a un problema del que no vamos a obtener nada. De este modo, el que sufre queda reducido al estereotipo de “problema” del que alejarse. Además, en este caso no se dice nada sobre quién era el apaleado, pero cuando nos encontramos o incluso socorremos a muchos apaleados de la vida no se libran de  nuestro  juicio moral sobre su persona o situación. El samaritano no se plantea nada en relación a sí mismo, ve un ser humano herido y maltratado cuyo dolor le mueve a actuar.

Su entrega incondicional es la que más refleja el modo en que el Dios de Jesús se relaciona con nosotros. Por eso para vivir en su compañía, en su amor, “alcanzar la vida eterna”, Jesús nos dice: “Anda y haz tu lo mismo”.

Dejar resonar la llamada

Domingo 14º del T.O. Ciclo C

Por: Álvaro Alemany Briz, S.J. (Publicado en Homilética. Sal Terrae)

Las lecturas de hoy nos sitúan en un horizonte de totalidad. «¡Aclamad al Señor, tierra entera!»: hemos repetido con el Salmo. «La mies es abundante», señala Jesús en el evangelio. Por eso, la convocatoria que hace a trabajar en el campo del mundo para anunciar el Reino, desborda toda restricción. El evangelista Lucas cuenta primero un envío de los Doce, imagen simbólica de las doce tribus del nuevo Israel; ahora el número de enviados se multiplica, la misión se ensancha hasta alcanzar “todos” los lugares donde Jesús quiere hacerse presente. En esa dilatación personal y geográfica hay también implícita una extensión temporal, que llega hasta nosotros hoy. La misión de trasmitir la buena noticia es general, no queda reservada a un grupo de selectos, de preparados, de adictos. Todos estamos llamados a ponernos en marcha, también quienes ahora acogemos su Evangelio. Basta darse por aludidos. Y salir de nuestros repliegues personales para levantar nuestra vista hacia el horizonte, hacia la mies sin recoger, hacia las necesidades y los anhelos de la gente.

Difundir la paz

Evidentemente, el modo de llevar a cabo esa misión no es único: no se trata solo de salir itinerantes, de dos en dos. La variedad de circunstancias y situaciones de nuestro mundo es más compleja que la Galilea rural de tiempos de Jesús. Necesitamos emprender caminos específicos. Pero la propuesta central sigue siendo la misma: somos requeridos a anunciar y transmitir la paz, con toda la plenitud que encierra ese término para la mentalidad judía. La paz, que la lectura profética anunciaba como un torrente de consuelo y alegría para las gentes. La paz, reposando en todas las casas, en todas las situaciones. La paz que sana, que libera, que somete demonios de inhumanidad. Jesús no promete un éxito fácil: «Os mando como corderos en medio de lobos». Nuestra única gloria es la cruz de Jesucristo, como dice Pablo en la 2ª lectura. Va a haber personas y situaciones que se resistan a acoger a los mensajeros de paz. Nada se va a forzar, nada se va a imponer. Por eso el anuncio del Reino solo se puede hacer desarmado, sin aprovisionamiento, sin reservas ni repuestos, a pie desnudo, a pecho abierto, en gratuidad. No tenemos intereses ocultos, dobles intenciones, cuotas de mercado que conseguir. Es un don que ofrecemos, porque a nosotros mismos nos colma. Para transmitir la paz, hay que vivirla en la propia vida. Difundir la Buena Noticia es contagiarla

Acercar el Reino

«Está cerca el Reino de Dios»: sea cual sea la acogida que tenga este anuncio insospechado, sea cual sea la realidad con que se confronte, nada va a impedir que el proyecto amoroso de Dios vaya impregnando y transformando todo. La fuerza escondida del Reino no viene de nosotros. Pero tenemos el encargo de aproximarlo, de hacerlo cercano a toda persona, a toda situación. No se nos piden grandes dotes comerciales, sino sensibilidad para descubrir y hacer descubrir los signos discretos de esa cercanía, convencimiento para hacerla vida en nuestro entorno. La Eucaristía que celebramos es ya presencia y celebración del Reino. Cristo se nos ofrece en ella como Paz para todos nosotros, para nuestro mundo entero. Y desde ella, como a aquellos discípulos de entonces, nos envía más allá de nuestras fronteras, de nuestros círculos confortables: « ¡Poneos en camino!».

Despojada y libre

13 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología de Ciudad Real

La primera lectura nos muestra cómo Eliseo es elegido profeta y se une a Elías. Él que tiene trabajo, familia, y una vida resuelta sigue a Elías y es capaz de desprenderse de todo lo que le ata, sacrifica a los bueyes, que son los que le han estado dando de comer hasta ahora. Eliseo ha aceptado el despojarse de todo para seguir al Señor, para ser un instrumento que ayude a anunciar su Reino de Amor. Esta opción de Eliseo me interpela y me hace pensar si yo, que me erijo en seguidora y que intento mostrar el Reino de Dios, soy capaz de optar por el servicio y despojarme de todas las comodidades que me rodean y que me impiden poner en el centro al Señor y su mensaje.

Toda esta decisión de Eliseo y de Elías se entiende desde el Salmo de hoy, que muestra la confianza en el Señor, en que nos acompaña, en que está siempre a nuestro lado, protegiéndonos, queriéndonos, mostrándonos el camino de la felicidad, de la VIDA plena. Desde esta idea es desde donde se pueden tomar esas opciones en la vida de despojarse y seguir al Señor para ayudarle a construir su Reino de amor.

La segunda lectura nos invita a la libertad, pero una libertad que nos lleve a vivir en plenitud, a nosotros y las personas que nos rodean. La libertad que nos viene del espíritu es la que tiene en cuenta a nuestros hermanos, la que no busca el bien individual, si no el bien común, la que nos ha de ayudar a construir un mundo en el que todas las personas seamos felices. Es sobreponer el bienestar de todos al mío mismo. Ahí está la auténtica libertad y la felicidad que nos vienen del evangelio.

Lucas, en el evangelio, sigue mostrándonos cómo Jesús llama a todo el que se acerca, pero también nos muestra cómo no todos responden a la llamada. Y es que responder a esa llamada es de valientes, de gente entregada que realmente está enamorada de Jesús. El Reino de Dios es para todos, esa es la llamada universal, pero no todas las personas respondemos de igual manera, por eso Dios nos da la libertad de elegir. Él mismo no es bien recibido en muchos lugares y en vez de enfadarse sigue su camino se marcha a otro lugar donde poder ayudar y anunciar su mensaje. No busca venganza, ni castigos, él ha entendido que por encima de todo está la libertad que Dios nos ha dado para que gobernemos nuestras vidas y desde ahí es desde donde hemos de tomar las opciones de seguir anunciando el proyecto de Dios.

¡Qué alegría es saberse despojada y libre para seguir siendo un medio en la construcción del Reino de Dios! ¡Qué suerte los que nos sabemos elegidos y elegidas por el Señor para anunciar su Reino! Habrá que seguir avanzando en despojarnos de todo lo que nos ata para ser más fieles al Mensaje de Felicidad para todas las personas, en especial ser Buena Noticia para las personas que peor lo pasan.

Es hora de despertar

Festividad del Corpus Christi

Por: Teodoro Nieto. Burgos

La festividad del Cuerpo de Cristo se remonta al siglo XIII, y fue inspirada por una religiosa que sintió la necesidad de revitalizar la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Durante siglos, la piedad de los creyentes parece haber puesto el acento en la adoración y en el culto procesional del Santísimo Sacramento. Ahora bien, en el mundo en que vivimos, cabe preguntarnos: ¿Podemos quedarnos únicamente en una adoración intimista y cruzarnos de brazos ante una sociedad que antepone el valor de la economía de mercado a los ochocientos millones de seres humanos hambrientos en nuestro planeta; que es caldo de cultivo de la desigualdad social, de la precariedad, de carencias en el ámbito de la educación, de la salud, del trabajo, de políticas corruptas, de maltrato femenino, de miles de refugiados que, lejos de acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos los sepultamos en el mar?
Esta festividad puede, tal vez, ayudarnos a despertar y a redescubrir aspectos que fácilmente podemos pasar por alto en la celebración de nuestras Eucaristías.
Es profundamente significativo el relato de la multiplicación de los panes que hoy proclamamos en el Evangelio. El evangelista Lucas resume el de Marcos, introduciendo algunos cambios, según su estilo propio. Las cifras que aparecen: siete (cinco más dos), cinco mil, cincuenta, doce, tienen un valor puramente simbólico que nos remiten al pueblo judío, representado en los cinco libros del Pentateuco (la Ley), y en el doce, que hace referencia a las doce tribus de Israel. Ello excluye, por tanto, una interpretación literal de los mismos.
En realidad, más que de “multiplicar panes”, el texto habla de “repartirlos”. No se trata, pues, de “multiplicar”, sino de “repartir” y “compartir”. Sabemos que el sistema capitalista neo-liberal es experto en “multiplicar” la riqueza, a costa de flagrantes injusticias. Pero se niega a repartir o distribuir el pan en la mesa de los hambrientos. Jesús no hizo el milagro que podemos imaginar, y tal como estamos acostumbrados a imaginar. Jesús compromete más bien a sus discípulos a asumir la realidad del hambre de la gente. Y les da una orden tajante: “Dadles vosotros de comer”. Hoy nos preguntaría: ¿Os preocupa que cientos de millones de seres humanos en el mundo no tengan todos los días pan anbundante en sus mesas?
En el relato de Lucas aparece con claridad su trasfondo eucarístico: Toma los panes, alza los ojos al cielo, los bendice, los parte y se los da a los discípoulos. Solo quedan al final unos pedacitos. El pan tiene que saciar a todos.
En la antigüedad, compartir el pan era un signo o sacramento de la vida, con potencialidad de crear y fortalecer sentimientos traducidos en la vida cotidiana en comportamientos de auténtica solidaridad. Por eso lo usa Jesús en su cena de despedida. En el transcurso de la historia, el núcleo de todo culto eucarístico es la presencia de Jesús en el pan y en el vino: “Esto es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”, que en arameo, la lengua que él habló, equivale a decir: “Esto soy yo”, y que, trascendiendo todo literarismo, Jesús no se refiere a la “materialidad” del cuerpo, como parece haber entendido cierta teología posterior, sino a toda su persona, a su ser total. Cuando Jesús dice “esto es mi cuerpo/esta es mi sangre”, no contempla únicamentge el pan y el vino materiales que tiene ante sus ojos. Nos está diciendo que lo Divino está encarnado en lo humano, en toda la realidad existente, y que todo es sagrado. El pan y el vino simbolizan toda la humanidad, el cosmos entero. Y esos símbolos tendrían que llevarnos a descubrir la presencia de Cristo en todo y en todos.
Por consiguiente, la Eucaristía es la celebración de la unidad de todos y de todo en Dios. Para las primeras comunidades cristianas, como lo atestigua Pablo, el pan eucarístico era vínculo de unión: “Si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” (1 Cor 10, 17). Este es el sentido primordial de la Eucaristía. En realidad podemos decir que “comulgar” el Cuerpo de Cristo es comulgar, no solo con todos los hermanos y hermanas, sino con todo lo que alienta y vive. Porque la Eucaristía no es un simple rito aparte de la vida. Es la celebración de la alianza o pacto de unidad de Dios con toda la creación. Aunque el “ojo de la carne” no pueda percibirlo, somos una misteriosa e indivisible comunión. Celebrada y vivida así la Eucaristía, podemos al menos atisbar que toda la vida es Eucaristía, en el sentido más genuino de la palabra, es decir, una acción de gracias.
La festividad del Corpus Christi puede despertar en nosotros ecos la la Unidad olvidada que somos, y ayudarnos a tomar cada día más conciencia de la apremiante necesidad de construir con gestos cotidianos y concretos la fraternidad y sororidad, sobre todo con los hombres mujeres más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad Porque éste fue y sigue siendo el sueño más acariciado de Jesús, que tan insistente y amorosamente pidió al Padre: “Que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo” (Jn 17, 21).

Comunidad de Amor

Domingo de la Santísima Trinidad

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

“Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”

Una vez terminado el ciclo litúrgico con Pentecostés, la Iglesia nos propone la celebración de esta fiesta: el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio de difícil comprensión para nuestra mente humana pero a la luz y con la fuerza del Espíritu, podemos vislumbrar y llegar a entender el significado de esta realidad, en la que de una forma especial honramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el Dios Uno y Trino, que forman una Comunidad de Amor.

Juan, en el relato evangélico, nos presenta claramente la vivencia comunitaria de  las tres personas, la Trinidad: “Todo lo que tiene el Padre es mío, el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará”.  Ahí tenemos todo un programa de vida, Jesús es el Hijo amado del Padre y actúa como el Padre le enseña, el Espíritu es el que les fortalece y les enseña cómo tienen que actuar, les hace comprender esta realidad.

Efectivamente, la contemplación de las tres personas, su unión y su actuación, nos hacen comprender a nosotros el gran misterio del Amor. La Trinidad nos muestra qué es vivir en comunidad de amor en la que se dan todos los componentes de la vida comunitaria, ofreciéndonos un ejemplo y un programa de vida: nos enseña que no debemos vivir solos, nos fortalece  para que no perdamos nada que tenga que ver con el amor, nos compromete a vivir siempre vinculados a los otros y abre nuestros ojos para descubrir que nada de lo que pasa en el mundo nos es ajeno.

Para los creyentes creer en un solo Dios que es comunión Trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria.

Ante la realidad del mundo de hoy, qué podemos hacer. Nos puede entrar el desaliento pero cada uno desde el lugar que ocupa en la vida tenemos la responsabilidad de crear espacios en los que, de una forma concreta, aportemos nuestro granito de arena a la creación de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde reine la justicia y el amor, de forma que seamos ya aquí una verdadera Comunidad de Amor. Comunidad sin violencias ni guerras, donde se respeten los derechos humanos y cada ser viva con la dignidad que le corresponde. Comunidad donde la fraternidad sea el signo de que creemos en el Dios Padre que nos ama, en el Hijo que nos muestra cómo es el Padre y que con palabras y actuaciones nos invita a vivir fraternalmente. Todo con la fuerza del Espíritu que nos hace clamar Abba, Padre.

La primera lectura, tomada del libro de los Proverbios, es un canto precioso a la creación en la que con un lenguaje poético, el autor nos introduce en la contemplación maravillosa de la obra creadora de Dios. Esta obra supone para nosotros una gran responsabilidad. La Casa Común, como la llama el Papa Francisco, y que en la Encíclica Laudato Si, nos plantea la importancia de hacer que sea un espacio habitable con un programa de trabajo para su cuidado; todos somos invitados a ser los cuidadores, los custodios, llamados a realizar una labor que nos lleve a la fraternidad universal.  San Buenaventura dice “que toda criatura lleva en sí, una estructura propiamente Trinitaria” ( LS 239).  Por tanto, en esta celebración se nos invita a unir estas dos realidades, la Trinidad y el cuidado de la creación.

Como canto a la creación se completa  esta liturgia con el salmo 8.

“Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra.
Cuando contemplo el cielo obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado
qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para darle poder”.

Que la celebración de la fiesta de la Trinidad nos ayude a ir creando lazos de fraternidad, a responsabilizarnos con los bienes que poseemos, a una justa distribución de ellos,  cuidando la Casa Común y los seres humanos que la habitan. Que con Isabel de la Trinidad podamos decirle: “Hay un ser, el Amor que nos invita a vivir en sociedad con él- ¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en Ti”.

… el fuego de tu amor

Domingo de Pentecostés

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor”

Percibo en mí, y en otras personas, poca relación con el Espíritu Santo. De alguna manera es el “olvidado” en nuestra vida espiritual. Y no es que el Espíritu Santo necesite de nuestra oración, somos nosotros los que necesitamos invocarlo: ¡Ven Espíritu Santo!

¿Por qué necesitamos invocarlo? Tres razones fundamentales:

  1. Por muy fuertes que nos creamos a veces, nuestra condición de criaturas nos hace invocar la fuerza que necesitamos para recorrer el camino de la vida, el camino de seguimiento del Señor Jesús. Las mayores experiencias de Dios suceden cuando al sabernos y experimentarnos en la debilidad percibimos que somos habitados por una fuerza que no es nuestra y que nos hace seguir adelante. ¡Ven Espíritu Santo a fortalecer nuestra debilidad!
  2. El discernimiento. Discernir no es elegir entre lo bueno y lo malo. Discernir es un proceso en donde entran en juego distintos elementos para elegir entre dos cosas buenas. E intentamos acertar con lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Para el buen discernimiento se necesita la luz del Espíritu Santo que ilumine nuestras potencias naturales para acertar en las pequeñas o grandes encrucijadas y decisiones de nuestra vida. Nos jugamos mucho en acertar con lo que es la voluntad De Dios. ¡Ven Espíritu Santo e ilumina nuestro caminar hacia Dios!
  3. Dios nos quiere en relación y no aislados. Sin embargo, pertenece a la condición humana la soledad. Es la compañera de la vida por muy acompañados que vivamos. El creyente debe vivirse habitado, no por un inquilino, sino por el mismo Dios Espíritu Santo. San Pablo lo deja claro en Rom 8. De no experimentarnos habitados, la soledad se puede convertir en aislamiento y provocar búsquedas no sanas para llenar un vacío interior que nunca acabará de estar satisfecho. ¡Ven Espíritu Santo y habita nuestra persona!

Existe una cuarta razón para invocar al Espíritu Santo. Quizá sea de mayor peso que las anteriores y por esa razón la dejo para el final. Sabemos, y todos estamos de acuerdo, que como varones y mujeres hemos sido creados para amar. Y todos constatamos lo difícil que nos resulta con frecuencia vivir amando con generosidad, a todas las personas y en todas circunstancias. Quien ama gana, vive mejor. El que no lo hace pierde. Cuando experimentemos que nuestro corazón no ama bien, al modo como Dios ama, invocamos desde nuestra oración: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor”.  ¡Feliz día de Pentecostés!

La fe cristiana es una fe comprometida

Fiesta de la Ascensión del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Lo central en la vida cristiana es la experiencia de fe. Lo vemos en los discípulos, primero quedaron fascinados por la persona de Jesús, después, la fe en el Resucitado, la certeza de que Dios lo había resucitado, que estaba vivo… consolidó esa experiencia naciente. Es esta misma fe la que les hizo bajar la vista del cielo a la tierra, a ponerse manos a la obra, la obra del Maestro; porque el compromiso, la acción… pertenece a la esencia del cristianismo. La fe cristiana es una fe comprometida.

‘Obras son amores y no buenas razones’ dice la sabiduría popular. Todas nuestras palabras, razonamientos, declaraciones de fe, oraciones profundas, buenas intenciones… quedan enfrentadas al test de los hechos. Y no es por mero utilitarismo o eficacia, la fe los reclama como un asunto de honestidad, para no dar lugar a la hipocresía y a la falsedad. Nuestro compromiso es la verificación de nuestra fe, es ponerle cuerpo.

Lo contrario, es un error farisaico que puede afectarnos también a nosotras. Es un empeño equivocado de engañar a Dios, a los demás e incluso a nosotras mismas. Confunde los deseos con la realidad, las palabras con los hechos, las oraciones con la conducta.

El compromiso cristiano es un asunto de rectitud, de integridad. Ser sinceras y honradas para con Dios, los demás y una misma es quizá la primera dimensión de la responsabilidad cristiana. Implica un deber serio con la verdad, que es el ámbito de Dios. Un compromiso en la cotidianidad del día a día.

No podemos ser cristianas a ratos o solo en ciertas actividades. La ventaja de la vida ordinaria es que revela la autenticidad de lo que somos. Hay ámbitos en los que una puede protegerse, esconderse o disimular, pero en la vida ordinaria, no. No hablamos de ser perfectas, sino de esa coherencia básica en la que una muestra lo que es, más allá de los errores, meteduras de pata o la parte inevitable de incoherencia que tenemos.

Nuestro compromiso no es una obligación impuesta desde fuera, nace del interior de la experiencia cristiana, a impulsos de la fe y del Espíritu de Jesús. Con frecuencia se interpreta como una dura carga, una obligación moral, un pesado fardo que nos aleja de la felicidad. Visto así, el cristianismo es una mala noticia; nada tiene que ver con el Evangelio, con la buena noticia de Jesús.

La felicidad es un derecho irrenunciable de todo ser humano. Ningún compromiso será auténtico si niega este derecho. Eso sí, el compromiso cristiano puede y debe cuestionar algunas concepciones de la felicidad al uso, y formas egoístas e insolidarias de buscarla. Nadie tiene derecho a ser feliz a costa de los demás. Toda felicidad auténticamente humana y cristiana ha de ser una felicidad solidaria.

Es más, un compromiso auténtico tiene que implicarnos, que llevarnos a poner en juego lo más valioso y lo más querido: la propia vida. Y en eso Jesús ha dejado un ejemplo maravilloso. Ha ido verdaderamente por delante. Después de la muerte de Jesús no podemos hablar frívolamente sobre el compromiso. Pues no será verdadero si no arriesgamos nuestra comodidad, imagen, reconocimiento,  intereses… la propia vida.

Pero tenemos un problema añadido porque, a primera vista, el riesgo que conlleva el compromiso no es ‘razonable’, no tiene el éxito garantizado. El final de Jesús es un claro testimonio de fracaso humano. Sólo en la fe se puede confiar que la fragilidad del amor triunfe sobre la fuerza del poder, que la justicia indefensa se imponga sobre la injusticia violenta… Y sólo en la fe, descubrimos que la resurrección de Jesús es la confirmación del valor que tiene ese compromiso a los ojos de Dios. De tal manera, que la fe nos lleva al compromiso y el compromiso nos devuelve, otra vez, a la fe.

Somos morada de Dios

6º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia.

“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y haremos morada en él”.

Este mensaje de Jesús a los suyos pone en evidencia que  la comunidad cristiana y cada persona se convierten en morada de Dios. La misma realidad humana se hace santuario de Dios.  Ya no hay ámbitos sagrados donde Dios se manifieste fuera de la persona.

Estamos viviendo la Pascua del Señor y contemplamos que el proceder del Señor es una total donación de su propia vida para que toda la humanidad tenga vida. Una vida gastada a favor de los hermanos. Es una entrega total y radical, definitiva, hasta la muerte, al servicio y al amor de los más pequeños.

Al reconocer este plan amoroso de Dios en relación con sus criaturas, un sentimiento de profunda gratitud se apodera de todos nosotros.

Nosotras, identificadas con Jesús, tenemos la misma tarea: construir el Reino, servir, aliviar y compadecernos de los más débiles. Ahora bien, vivir esta dinámica es estar continuamente en comunión con Jesús y con el Padre, porque todos los creyentes tenemos el deber de que en nuestras acciones se revele el Dios libertador que tiene un proyecto de salvación para todas sus criaturas.

Este texto nos hace comprender que Jesús se despide de los suyos. Los apóstoles temen su nueva situación y se preguntan ¿Cómo mantendrán la comunión con Jesús y cómo recibirán de Él la fuerza para entregar día a día la propia vida?

Y nosotros tenemos la respuesta: El Padre, en el tiempo de la Iglesia, nos envía un abogado, un auxiliador que nos va a recordar todo lo que Jesús nos ha enseñado: el Espíritu que nos ayuda a interpretar las propuestas de Jesús a la luz de los nuevos retos que el mundo, que  la sociedad, nos pone por delante. ¿Estamos atentos a las llamadas del Espíritu? Debemos aprender a responder a los desafíos de nuestro tiempo con audacia,  imaginación, con libertad y sobre todo escuchando la voz del Espíritu en nosotros.

Así ocurre en el Concilio de Jerusalén, tal como nos indica la primera lectura. En esa asamblea eclesial, van a enfrentarse varias opiniones: Pedro reconoce la igualdad fundamental de todos, judíos y paganos, considera que la Ley  es un yugo que no debe imponerse a los paganos, pero Santiago procura mantener las tradiciones judías. Es decir, o abrir horizontes y mirar adelante o no avanzar y presionar para que las tradiciones se mantengan.

Asistidos por el Espíritu, la decisión se toma por los convocados al Concilio. Así, se manifiesta la conciencia de la presencia del espíritu, que conduce y que asiste a la Iglesia en su caminar por la historia que nos va haciendo comprender que el amor está por encima de la ley.

La segunda lectura nos ofrece una metáfora de  “la nueva Jerusalén que baja del cielo”. Se repite el número 12 que integra la totalidad del Pueblo de Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, pueblo que es conducido hacia la vida plena por la acción salvadora y liberadora de Cristo.  El texto denota que la ciudad no tiene Templo y anuncia que en la vida plena la criatura no tendrá necesidad de mediaciones, porque vivirá siempre en la presencia de Dios y se encontrará con Dios cara a cara, más aún, según hemos aprendido en el evangelio cada corazón humano será morada de Dios.

La Iglesia no es todavía la comunidad mesiánica de vida en plenitud, pero tiene que procurar ser, a pesar de las limitaciones y del pecado,  un anuncio y un testimonio de la luz de Dios, de la fraternidad por él querida

“La nueva Jerusalén” tiene que ser construida desde ahora en esta tierra. Esta es la tarea que nos tiene que comprometer: la construcción de un mundo de justicia, de amor y de paz que sea reflejo del mundo futuro que nos espera.

Al final del texto evangélico, Jesús se despide dejándonos su paz y una vez más nos insiste a no tener miedo porque Él nos da la seguridad de que sigue estando en nosotros y afirma que su muerte es vida para todos, porque Él es la manifestación suprema del amor. Él es la paz, acogerlo a Él es acoger al amor que nos trasforma y que nos hace instrumentos de su paz en nuestra vida y a nuestro alrededor.

 

¿Una propuesta política decepcionante?

5º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Jose Luis Terol. Laico. Zaragoza

Debemos estar muy lejos del cielo nuevo y de la nueva tierra de los que nos habla el libro del Apocalipsis en la liturgia de este domingo. En este cielo y tierra nuevas no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, y, sin embargo, parece que nos hemos acostumbrado a la muerte constante e invisibilizada de las personas migrantes que tratan de alcanzar nuestras costas; al drama absurdo de miles de familias desahuciadas de sus viviendas; al dolor de tantas personas expulsadas de un mercado de trabajo que camina hacia la esclavitud; a la angustia de los trabajadores y de las trabajadoras pobres que no consiguen satisfacer las necesidades básicas de las personas a las que quieren; a la pobreza de los niños y las niñas que crece en nuestro país; a la trata de personas por explotación sexual; al goteo constante de asesinatos machistas; al sufrimiento inevaluable que conlleva el recorte constante de los servicios públicos esenciales desde una visión económica que no se centra en las personas sino en los beneficios económicos de unos pocos.

Ante esta situación atravesada por un clamor y un dolor social que resulta difícil eludir, hace unas semanas, en las elecciones generales de nuestro país, 2.677.139 de nuestros compatriotas votaron a un partido que les ofrece alternativas basadas en el miedo y en el rechazo a los diferentes, a los pobres y a quienes no comparten nuestros valores y creencias culturales. Probablemente, una buena parte de estos convecinos y convecinas nuestras, se consideran cristianos y valoran que de esta manera están defendiendo la fe y los valores que desde la Iglesia hemos transmitido a nuestra sociedad.

¿Cómo entender y acoger la Palabra en estos tiempos de incertidumbre y de tribulación? ¿Cómo caminar y acercarnos al cielo nuevo y a la tierra nueva que se nos acaba de proclamar a la comunidad? ¿Cómo ser instrumentos de ese Señor que hace nuevas todas las cosas y que proclamamos como Buena Noticia?

El libro de los Hechos ya nos ha dado una pista significativa: “hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. No parece que la propuesta de seguimiento de Jesús se parezca nada a todos los cómodos plazos de felicidad que se nos ofrecen cada día en el mercado de los valores y del sentido de la vida.  La propuesta definitiva y parece que nada compleja la acabamos de escuchar en el evangelio de Juan: “un mandamiento nuevo que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

En estos tiempos de elecciones y, por tanto, de corresponsabilidad ciudadana y de construcción de la comunidad, la Palabra nos ilumina y nos posibilita hacernos cargo unos de otros. Justamente ésta es la raíz y el sentido de la Política en su sentido hondo y auténtico.  La experiencia de la fe se va alejando cada vez más del miedo y del rechazo al otro –experiencia tan humana de fragilidad- para caminar desde la comunidad hacia la experiencia y la construcción de relaciones de Amor. La propuesta radicalmente política de Jesús, que desborda las propuestas concretas de todos nuestros partidos políticos, tiene poco de as en la manga o conejo sacado de la chistera. Es así de simple, provocadora y seguramente decepcionante: AMAOS.

Ya sabemos que el próximo fin de semana volvemos a tener una cita con el ritual democrático de las votaciones y las elecciones. Aportemos nuestra voz y nuestra mirada para definir la Europa, las  regiones y las ciudades que queremos. Votemos ese día y, sobre todo, votemos cada día en nuestros entornos desactivando nuestro rechazo y nuestro miedo y construyendo relaciones incondicionales, de acogida y de construcción de la gran comunidad humana que formamos.

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