Os traigo una gran NOTICIA

Natividad del Señor

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Os  traigo una gran NOTICIA: HOY EN BELÉN DE JUDÁ os ha nacido un Salvador

Sí, hoy nos ha nacido un Salvador, es la gran Noticia que debemos proclamar a todo el mundo, es Navidad, palabra que suena a fiesta, a villancicos, a regalos que la sociedad del consumo se atreve  a presentarla como el centro de la vida, pero para nosotros los cristianos es la gran fiesta, fiesta que se celebra de manera global, es decir por todo el mundo.

Reconoce oh cristiano tu dignidad” dice San León Magno. Los cristianos tenemos motivos suficientes para el gozo y la alegría “pues un niño  nos ha nacido, un hijo se nos dado y se llama Emmanuel, Dios con nosotros” (Isaías 9, 6). Celebramos que Dios se hace presente entre nosotros, se hace uno de nosotros, toma nuestra humanidad, se encarna, con todas sus consecuencias, nace pobre, en un portal, “pues no había sitio para ellos en el mesón”, por lo que con el evangelista Juan podemos decir: “Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS”.

Las lecturas de este día, que tiene el privilegio de tres celebraciones Eucarísticas, nos presentan,  sobre todo los evangelios, la realidad del misterio en toda su amplitud. Lucas nos relata el nacimiento en Belén, pobre y humilde; la Adoración de los pastores que fueron los primeros, los privilegiados en recibir la Buena Noticia y Juan en su prólogo nos dice que el acontecimiento de Jesús de Nazaret es la PALABRA ENCARNADA.

Las  lecturas de los tres esquemas de las  Eucaristías  nos invitan a vivir en profundidad el misterio,  a no dejarnos captar por las llamadas que la publicidad y los medios de comunicación nos presentan,  una Navidad de cenas y comilonas, de fiestas mundanas y de encuentros familiares, pero también a sentir la cercanía de los pobres y marginados, de los que se sienten solos, de los emigrantes  y de todos los excluidos de la sociedad, y con hechos decirles que Jesús, el Hijo de Dios se ha encarnado y tratar de vivir como El vivió.

No es fácil ir a contracorriente, pero es la llamada que la Iglesia nos hace. El Papa Francisco en su discurso programático dice  “Sueño con una Iglesia pobre para los pobres”, discurso que sigue ofreciendo, no solo a los creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad con palabras, pero sobre todo con su vida, y en otros momentos de su magisterio nos lo va repitiendo.

En la Oración colecta de la Misa del día, le pedimos al Señor “compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Es una oración literariamente perfecta y teológicamente sublime. Viene a ser una síntesis del Misterio de Navidad que estamos celebrando (D. Cornelio Urtasun, Oraciones del Misal.)

Qué puedo hacer yo hoy. Cómo podemos vivir las comunidades eclesiales esta Navidad. Qué respuesta podemos dar en este mundo conflictivo donde los hombres y las mujeres vivimos enfrentados, donde las desigualdades, las violencias, las guerras están a la orden del día. Desde nuestras realidades, por pequeñas que nos parezcan podemos colaborar y hacer posible un mundo más humano y fraterno, participando en acciones que pacifiquen las relaciones humanas, que luchen por la justicia,  desde la solidaridad  y el compromiso.

También podemos reconocer y agradecer a tantos hombres y mujeres que en el mundo trabajan por mejorar la vida de los excluidos. Gentes creyentes y no creyentes, gentes de Iglesia, consagradas/os que trabajan en los países en vías de desarrollo, con problemas graves de convivencia, en los barcos que tratan de recuperar a los emigrantes que viven a la deriva en el mar que vienen en pateras, cerca siempre de los que sufren y viven en condiciones infrahumanas, ellos hacen posible la Navidad, la presencia del Dios con nosotros

GLORIA A DIOS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA  PAZ

Acércate a esos lugares del mundo
donde hoy acampa silenciosamente
el Verbo, sin derechos y sin palabra,
donde se refugia su humanidad
desnuda, doliente, maltratada.

Acércate y ofrécele acogida,
casa donde pueda morar y descansar,
porque ha venido y está en lo suyo,
aunque no tenga credenciales.
ni permiso legal de residencia.

Acércate y escucha, en silencio, el clamor
de sus gritos, gemidos y palabras,
reivindicando sus derechos
y los nuestros que están pisoteados;
acércate sin miedo, quiere ser nuestro amigo.

Acércate y déjate querer
por quien ha plantado su tienda entre nosotros,
y en medio de este mundo tenso,
hostil, cerrado y acotado,
pone la ternura de Dios en nuestras manos.

Acércate a Belén como los pastores
y contempla a Dios encarnado;
acércate alegre y raudo
aunque ya no haya estrellas
ni rumor de ángeles ni cantos.

Acércate ahora que puedes
comenzar un año nuevo
lleno de vida y presentes
y se te abre el horizonte
porque hay alguien que te quiere.

Florentino Ulibarri

Aquí estoy para hacer tu voluntad

IV DOMINGO DE ADVIENTO 2018

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax Valencia

Me gusta mucho comenzar este comentario invitando e invitándome a  cantar un canto particularmente de Adviento: “La Virgen sueña caminos, está a la espera, la Virgen sabe que el Niño está muy cerca” y gracias a María nosotros también sabemos que  ese Niño viene a nuestra puerta y llama.

Este Jesús es el que el pueblo esperaba, el que tenía que venir, pero tenemos que subrayar que el evangelio insiste en que este Jesús no es como lo esperaban, ya que no se muestra como rey en un palacio, sino en el establo de Belén.

Qué tiempo el Adviento tan lleno de esperanza! La profecía de Miqueas nos habla que de Belén, nacerá un salvador de la estirpe de David,  saldrá el jefe de Israel y que El será nuestra paz.

Nuestro carisma nos ayuda, nos empuja a ser vida, llena de esperanza, y ser artífices de paz, en medio de un mundo violento, insolidario, descreído. Pero para dar testimonio de este Niño, con el que nos queremos identificar, solamente hay una posibilidad: los hechos, las acciones que nos lleven a “pasar haciendo el bien”, sin esperar nada a cambio porque la “recompensa” ya la tenemos en nuestro propio ser: somos hijos de un Padre lleno de misericordia y perdón.

Estas acciones, este comportamiento al estilo Jesús, exige  vivir una entrega permanente para hacer la voluntad de Dios.

El texto de Hebreos lo expresa así:

“No quieres sacrificios ni ofrendas…”

“No aceptas holocaustos ni sacrificios…”

La auténtica  oblación es la que Jesús dice y hace:

“Aquí estoy para hacer tu voluntad”

También se preocupa de dejarnos su herencia cuando nos enseña a orar: “Hágase tu voluntad”

Una de las figuras más importantes del Adviento es María, Nos cuenta el Evangelio que se puso en camino y fue aprisa para atender, para acompañar a Isabel. Es el saludo de Isabel:  “Dichosa tú que has creído”.

Voy a aprovechar un comentario que José Antonio Pagola publicó de este texto evangélico  hace tiempo: “Las dos, Isabel y María, van a ser madres. Las dos van a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente”.

En esta escena todo gira alrededor de María y de Jesús, su imagen brilla con sus rasgos más genuinos, que Pagola nos invita a reflexionar:

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque ha creído. Su grandeza le viene por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador, con una confianza  sin límites en Dios.

María, la evangelizadora. Esa es su gran misión y servicio. Lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu.

María,  portadora de alegría. “Alégrate… el Señor está contigo”. Desde una actitud de servicio, María irradia la Buena Noticia de Jesús.

La salvación que Dios nos ofrece exige una respuesta: darnos a nosotras mismas, esta es la actitud de la persona proyectada hacia lo divino. Sólo así podremos ser coherentes para poder decir:

Aquí estoy para hacer tu voluntad.

 

Esta es también la actitud para preparar nuestra IX Asamblea General:

Vita et Pax, un camino de fraternidad en el mundo

Acojamos a este Salvador que tanto necesitamos y tanto necesita el mundo de hoy. Nosotras, como María,  estamos todas invitadas a ser creyentes, evangelizadoras y portadoras de alegría.

Estas actitudes vividas en familia y en todos nuestros ámbitos de relación serán la mejor felicitación de Navidad del 2018

 

 

 

¿Qué hemos de hacer?

3º Domingo de Adviento. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Por tres veces aparece en el Evangelio de hoy la pregunta qué hemos de hacer. A ella se ofrecen diferentes respuestas a las que podríamos añadir otra que nos la apunta San Pablo: “Estad alegres”. No en vano hoy es el domingo de la alegría.

También el Papa Francisco no se cansa de invitarnos a la alegría, a quitar de nuestro rostro, de una vez por todas, la “cara de vinagre” (EG85). Pero cómo podemos estar alegres con la que está cayendo. Cómo estar alegres con la situación de dolor que vive nuestro mundo, con la crisis que estamos padeciendo, con el número de personas paradas que hay en nuestro país, con las vallas que separan y matan, con el hambre reflejado en la mirada de los niños…

Tanto San Pablo como el Papa conocen la situación de su época y, a pesar de ella, o, tal vez, junto a ella, nos siguen llamando a la “alegría”. Una alegría que no es euforia fácil, ni risa floja, ni ilusión superficial des-implicada, ni un estado provisional o efímero de bienestar… Es más bien, un encontrar sentido, causas y un horizonte hacia el que avanzar. Es saber lidiar con la vida en su complejidad. Es la alegría del riesgo, de la mano tendida y del abrazo tierno, aun en medio del sufrimiento… Esta alegría es contagiosa, hace ir adelante…

¿De dónde nace la alegría? Algunas personas dirán que nace de las cosas que se poseen: desde la rapidez de un coche a la seguridad del dinero; desde las vacaciones en un crucero al bienestar de una casa en el campo y otra en la ciudad… Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear emociones, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, que necesita, cada vez más, seguir acumulando cosas con el fin de mantenerla.

Para los creyentes la verdadera alegría no viene de las cosas, del tener… ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace de sentirse aceptada, comprendida, amada y de aceptar, comprender y amar. La alegría nace de la gratuidad de un encuentro, de cualquier encuentro y, sobre todo, del encuentro con Dios. Un Dios que nos dice “Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo”. Jesús a cada una, a cada uno, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Experimentar y comprender esto es el secreto de nuestra alegría.

En el mundo con frecuencia falta la alegría. Las personas creyentes no estamos llamadas a realizar gestos heroicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amadas y de la confianza de ser salvadas. La alegría del encuentro con Jesús nos lleva a no cerrarnos, sino a abrirnos al servicio de los hermanos y hermanas.

Cada uno y cada una seremos causa de alegría para los crucificados de la historia si somos capaces de transmitir con nuestra palabra y vida que no están solos. Que la vida de Jesús expresa, en su solidaridad radical y en su fidelidad hasta la muerte, una profunda y real cercanía con todos los grupos y personas oprimidas. Por eso, sus seguidores y seguidoras estamos llamadas y llamados en este Adviento a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos.

No caminamos en soledad. La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, donde cada una y cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Como Jesús, hacemos nuestras las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando “calor al corazón”, mientras acompañamos con ternura al que se siente cansado y débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

 

 

Buena Noticia

Domingo I de Adviento.  Ciclo C 

Por: Luis López Hernández. Presbítero  de la Parroquia S. Juan Bautista  de Alicante 

Empezamos el Adviento. Tiempo de llamada y de respuesta. Tiempo de escucha y de atención. La Palabra de Jesús nos animará a sentir viva una nueva presencia de Dios que se acerca a nosotros por medio de Jesús. Nosotros hemos de vivir ese “advenimiento” con la puerta de nuestra fe abierta al encuentro gozoso con el que nos trae la Buena Noticia del Amor de Dios, que nace en Jesús. Ese nacer permanente del amor de Dios en Jesús debe ser para nosotros, la renovación constante de nuestra fe. Se trata de “resentirla” como novedad, esa que sostiene los latidos de Dios en el quehacer de nuestra fe. Volvemos así a poner a Jesús en el centro de nuestro vivir, de nuestro creer y de nuestro amar.

Pero hemos de responder a la petición que se nos hace: “estad pues, bien despiertos… se acerca vuestra liberación”. Ese es el espíritu del Adviento ante todas las señales, bien de presencia de Dios, bien de ausencia. Las dos cosas despiertan nuestra necesidad. ¿Por qué hemos de vigilar? Porque el problema es que no se trata de una doctrina que haya de ser aprendida, conocida o practicada. NO. Se trata de un “acontecimiento” que se alimenta conforme se recibe y se celebra. Es el acontecimiento, siempre vivo y constante, del nacimiento de Jesús en nuestra vida. Hay que prestarle atención, hay que vigilar para que no se nos escape. Perder el Adviento, es como perder la gracia de la Navidad.

La Palabra nos avisa: “tened cuidado, que no se os embote la mente…”, se hace llamada para que no vivamos distraídos con las cosas del mundo y se nos oculte la presencia viva de Dios en las cosas y en las personas. Él sigue naciendo en Jesús. Lo quiso así y lo sigue queriendo. Un Dios que no se cansa de amar y de acercarse al hombre es una bendición, una Buena Noticia. Y Él no nos falla. ¿Tenemos el deseo, como el agua de la samaritana, de que Jesús nazca en nosotros? Estad despiertos, porque nace. Porque está deseando nacer, porque Dios no se olvida de que su Reino tiene que nacer, crecer y realizarse en medio de nosotros. Por eso, se nos recuerda la Palabra, que son actitudes que nos pide Jesús para que su promesa se haga realidad: “El que pide, recibe; el que busca encuentra; y al que llama se le abre”. Jesús es la “seguridad” del amor de Dios. Y nos pide la seguridad de nuestra confianza y esperanza en Él.

“Vivir despiertos”, como el Adviento nos pide, es abrir nuestra vida a la proximidad de Dios en Jesús. Descubrirlo en las cosas, acontecimientos y personas, es el ejercicio de “oración contemplativa”, que nos hace conocer la realidad misteriosa de Dios y nos hace vivir la experiencia del encuentro con Jesús. Un encuentro que renueva nuestra tarea de construir el Reino de Dios, como esa semilla que, desde la pequeñez de nuestro ser humano, crece, por el amor de Dios, hasta la realidad de que el vivir de Dios se haga realidad en la vida de los hombres. Y todos podamos vivir la alegría inmensa de la vida de Dios disfrutada por toda la humanidad. Ahí apunta el Adviento de Dios para todos los hombres. Estemos atentos.

 

De otra manera

Solemnidad de Cristo Rey

Por: José Antonio Ruiz Cañamares sj. Zaragoza

En nuestro imaginario la palabra “Rey” está asociada a grandeza, poder, estar más alto, vivir con separación del pueblo, ser persona pública, y hasta con capa y corona. Jesús no se negó a ser considerado “rey”, pero advirtiendo que “mi reino no es de este mundo”. Matización que indica fuertes diferencias de significado con lo que normalmente se entendía, y entendemos, por ser rey.

Claramente un rey que acaba siendo condenado a la peor de las condenas de su tiempo, la muerte en cruz, nos dice que su realeza debió de ser muy distinta y contracultural. Cómo entender, pues, la realeza de Cristo; no la que nosotros queramos otorgarle, sino la realeza que Él quiso tener y quiere seguir teniendo sobre los que nos confesamos cristianos.

En el Evangelio encontramos muchos datos sobre la vida de Jesús para descubrir por dónde va su realeza. Algunos ejemplos tomados del evangelio de Mateo:

“No he venido a invitar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13)

“Viendo el gentío, le dio lástima de ellos, porque andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor” (Mt 9,36)

“Acercaos a mí todos los que andáis cansados y abrumados, que yo os daré respiro” (Mt 11,28)

“Todos los que le tocaron se curaron” (Mt 14,36)

Estos versículos bastan para dar luz sobre lo que fue la vida de Jesús. Fue hombre cercano a sus contemporáneos, que aliviaba sus dolencias, que se compadecía de la miseria ajena porque tenía entrañas de misericordia… y siempre desde abajo. Y por si alguien tuviese dudas de esto que se asome al lavatorio de los pies y a la última cena.

Un rey, por el hecho de ser nombrado como tal no tiene la autoridad. Esta se la tiene que ganar por su manera de proceder. Del mismo modo, nosotros, seguidores y discípulos del Señor Jesús, somos los que tenemos que pensar si le damos la autoridad a un “rey” como Jesús que advierte que “su reino de no este mundo”.

Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales dice que “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su ánima” [Ej. 23]. Es decir, para Ignacio la persona lograda es aquella que ha descubierto que de Dios ha recibido tanto que solo puede entender su vida como servicio a los hombres y alabanza a Dios.

Estoy convencido: tendremos vidas logradas si nosotros damos el título de REY a Cristo. Porque es un rey, que lejos de explotarnos, es un rey volcado en cada uno para caminar junto a nosotros y participar de nuestra misma suerte. Pero,  ¡ojo!, tampoco es un rey todopoderoso en el sentido que nos conceda lo que a nuestro antojo creemos necesitar, o que nos suprima enfermedades y perturbaciones que toda vida lleva consigo.

A un rey así, que siendo Dios se ha hecho hombre con todas sus consecuencias, y que ha compartido nuestra vida hasta dar la vida por nosotros, y muriendo de la manera que lo hizo; a este rey, tomando prestadas las palabras de San Ignacio, queremos “alabarle, servirle y hacer reverencia”. Porque en ello hemos descubierto que vivimos la vida con más plenitud.

 

El servicio fuente de la verdadera felicidad

Domingo 33 del T.O. Ciclo B

Por: MaCarmen Calabuig. Vita et Pax. Ruanda

Nos acercamos al final del Año Litúrgico y las lecturas de este domingo nos hablan de la venida del Hijo del Hombre, en medio de grandes signos en la historia e incluso de la naturaleza… y nos invitan a la vigilancia, a vivir atentos a nuestro mundo, donde se manifiesta la presencia del Señor en los acontecimientos de cada día.

Al leer al profeta Daniel me parece escuchar a un locutor de TV ,  poniendo de manifiesto que son tiempos difíciles, sobre todo para esa muchedumbre inmensa de personas, que huyendo de la pobreza y de la muerte, camina buscando un futuro mejor.

Y aunque la respuesta es que el porvenir parece oscurecerse, que hay pocos signos de luz, ellos siguen adelante, confiando en esas luces de solidaridad que encuentran en su camino, que les dan cobijo, alimentos y aliento.

No tienen miedo a la alambrada ni a la muralla de militares. Quizá en su corazón resuenan las palabras de Jeremías: “Tengo designios de paz,… os congregaré de todos los países”. Son  la fuerza para seguir en ese camino de libertad y de liberación.

Son tiempos difíciles: los ha habido y los hay. Dolorosamente, la historia se repite y con demasiada frecuencia.

Estas imágenes, de personas que caminan, nos recuerdan el éxodo vivido por tantos ruandeses en 1994… diferentes razones, pero siempre hay algo en común: la huida del sufrimiento y de la muerte…

Cuántas personas en el mundo se ven obligadas, por estas razones u otras, a abandonar sus hogares y ¿qué respuesta encuentran?

Tanto el profeta Daniel, como el evangelista Marcos, nos dan un mensaje de ESPERANZA: El Señor está cerca, a la puerta.  “Cielo y tierra pasaran pero mis palabras no pasarán”,  será la victoria del bien sobre el mal, un cielo nuevo, una tierra nueva, cuyo centro es Cristo y en El, la persona reconocida en toda su dignidad.

 Vivimos en esperanza, porque aunque no sabemos ni el día ni la hora, tenemos plena confianza en la PALABRA del Señor, impresa en el corazón de tantas personas que buscan hacer posible este cielo y esta tierra nueva, donde habite la justicia y la paz.

Me ha impresionado que, al final del año litúrgico, las oraciones de la Eucaristía subrayen el aspecto del SERVICIO y el AMOR y se nos invite a reflexionar cómo hemos servido y a quien hemos servido.

¿Servimos con amor? ¿Es el servicio la fuente de nuestra felicidad?

¿Apoyamos o colaboramos con los movimientos o  personas, que se implican en la lucha por un mundo más justo, y luchamos para que en los países en vías de desarrollo, los jóvenes tengan allí acceso a la educación y al trabajo  y no se vean obligados a abandonar su país?

¿Nos conformamos con una tarea asistencial o intentamos formar, en las personas a las que servimos, un sentido crítico ante las situaciones que viven y despertar su deseo de vivir en pie, con dignidad, a pesar de que muchas veces se sientan paralizados por el miedo?

¿Somos los cristianos personas que vivimos nuestra vida  como un servicio: en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones con los demás?

Los ojos de nuestro corazón ¿reconocen la presencia del Hijo del Hombre, que viene, en nuestros próximos, pobres, enfermos, emigrantes, sin techo?

Cada vez que celebramos la Eucaristía somos invitados a ser el pan y vino  “que se convertirán en el Cuerpo y Sangre del Señor” para ser comidos y bebidos por todos.

Que cada Eucaristía nos haga crecer en el servicio, como expresión de amor.

 

 

Lo mejor de la Iglesia

Domingo 32 Tiempo ordinario – B 

Por: Jose Antonio Pagola. Presbítero

El contraste entre las dos escenas no puede ser más fuerte. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los dirigentes religiosos: «¡Cuidado con los maestros de la Ley!», su comportamiento puede hacer mucho daño. En la segunda llama a sus discípulos para que tomen nota del gesto de una viuda pobre: la gente sencilla les podrá enseñar a vivir el Evangelio.

Es sorprendente el lenguaje duro y certero que emplea Jesús para desenmascarar la falsa religiosidad de los escribas. No puede soportar su vanidad y su afán de ostentación. Buscan vestir de modo especial y ser saludados con reverencia para sobresalir sobre los demás, imponerse y dominar.

La religión les sirve para alimentar su fatuidad. Hacen «largos rezos» para impresionar. No crean comunidad, pues se colocan por encima de todos. En el fondo solo piensan en sí mismos. Viven aprovechándose de las personas débiles, a las que deberían servir.

Marcos no recoge las palabras de Jesús para condenar a los escribas que había en el Templo de Jerusalén antes de su destrucción, sino para poner en guardia a las comunidades cristianas para las que escribe. Los dirigentes religiosos han de ser servidores de la comunidad. Nada más. Si lo olvidan, son un peligro para todos. Hay que reaccionar para que no hagan daño.

En la segunda escena, Jesús está sentado frente al arca de las ofrendas. Muchos ricos van echando cantidades importantes: son los que sostienen el Templo. De pronto se acerca una mujer. Jesús observa que echa dos moneditas de cobre. Es una viuda pobre, maltratada por la vida, sola y sin recursos. Probablemente vive mendigando junto al Templo.

Conmovido, Jesús llama rápidamente a sus discípulos. No han de olvidar el gesto de esta mujer, pues, aunque está pasando necesidad, «ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir». Mientras los maestros viven aprovechándose de la religión, esta mujer se desprende por los demás, confiando totalmente en Dios.

Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Solo sabemos que Jesús vio en ella un modelo para los futuros dirigentes de su Iglesia.

También hoy tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender los presbíteros y los obispos.

 

La conjunción copulativa

31 Domingo TO. Ciclo B

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Amarás al Señor tu Dios y amarás a tu prójimo. Esta es la gran cuestión. La clave se encuentra en la conjunción copulativa ‘y’. Ni a Dios sin el prójimo ni al prójimo sin Dios. Hemos entendido demasiadas veces este amor de manera sensiblera, incluso ñoña, que nos apartaba de la realidad y nos introducía en una especie de nube sin acceso a internet. Por eso, las lecturas de hoy nos sumergen de lleno en la historia general y en las historias concretas de nuestros hermanos y hermanas. Nos invitan a no sentirnos nunca lo suficientemente buenas, lo suficientemente amadoras y comprometidas con Dios y con la humanidad.

No es posible amar a las gentes ni a Dios sin indignarnos con lo que está pasando en nuestro mundo, sin despertarnos del sueño letárgico, al que sucumbimos con tanta facilidad que nos lleva a vivir tan ricamente postradas en el ‘sofá’, y sin que ese amor se convierta en una fuerza moral poderosa para el cambio de rumbo en el mundo.

Hacen caso omiso de esta ‘y’ copulativa quienes solo se lamentan de lo que hoy está pasando pero son incapaces de ponerse manos a la obra para la acción constructiva. Sus quejas son ineficaces tanto para el prójimo como para Dios y ellas mismas cómplices del sistema cuyos efectos destructores critican. Hacen caso omiso de esta ‘y’ las que se dejan llevar por la inercia de los acontecimientos, de la indiferencia y de la banalización del mal. El desencanto es un buen material de combustión que ayuda a fortalecer la buena salud de este sistema dominante.

La ‘y’ copulativa brilla en todo su amor allí donde encontramos comportamientos humanos con el ‘aire de Jesús’. Allí donde una acción humana promueve vida antes que muerte para todas las personas y quiebra el sueño paralizante de la apatía que todo lo envuelve. Allí donde se oyen los anhelos de grupos de ciudadanos y ciudadanas que, a pesar de su debilidad, se empoderan como sociedad civil y reclaman democracia real e integral, aunque no conozcan muy bien ni el cómo ni el cuándo. Allí donde nadie mira para otro lado y se denuncia con rapidez la violencia de género y se grita con terquedad por las plazas públicas ‘las queremos vivas’. Allí donde escuchamos con cariño, acogemos con ternura y alimentamos con respeto…

Advertimos que permanecer cerca de esta ‘y’ copulativa resulta peligroso, hay riesgo de fuego, de incendio. Y sólo a la vista de este peligro resplandece la visión del Reino de Dios que en Jesús se ha hecho cercano. Aunque pueda sorprender, ‘Peligro’ es una categoría fundamental para la percepción de esta conjunción copulativa porque donde brilla en su esplendor aparece el riesgo de inseguridad, de desarraigo, de crítica, de no aceptación, de exclusión e incluso de muerte, como le sucedió a aquel que la llevó a plenitud: Jesús.

Quien se alía con esta ‘y’ copulativa se hace potente eco de la voz de Dios. Dios que ha visto el dolor de los suyos y no lo aguanta. Le encolerizan los rescates bancarios y las bajadas de las pensiones, los contratos precarios de los de abajo y los contratos blindados de los altos ejecutivos, las concertinas de Melilla para extranjeros pobres y las facilidades para los extranjeros ricos, los desahucios, el paro, las mujeres violadas, los pueblos olvidados, los niños sin poder jugar…

Seguramente nuestro mundo necesita de un milagro para desembarazarse de este modelo económico y social avasallador que padecemos. Pero mientras tanto, irrumpe con fuerza silenciosa las personas que empeñan su vida en esta ‘y’ copulativa y nos convocan a globalizar la fraternidad y a buscar la construcción de otro modelo económico y político alternativo aunque sea de manera parcial y fragmentaria. Estos actos, como los milagros de Jesús de Nazaret, son subversivos y provocan recelos desde el punto de vista de los que ostentan el poder.

Pero es en esta ‘y’ copulativa, pequeña y sencilla, diminuta y simple, peligrosa por cierto, por donde el Reino de Dios de la fraternidad, de la justicia, de la libertad y de la paz se va abriendo camino en la historia.

Ceguera – Iluminación – Seguimiento

XXX  Domingo T.O. Ciclo B

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Nos vamos acercando ya al final del Año Litúrgico. Con el evangelista Marcos hemos contemplado  a Jesús en sus incansables jornadas de trabajo y últimamente  lo estamos acompañando por el camino de Galilea a Jerusalén donde es consciente que le van a matar –por tres veces se lo anuncia a los discípulos que también por tres veces rechazan que eso pueda llegar a ser-. En el episodio de este domingo, Jesús ha pasado ya la ciudad de Jericó y le falta una jornada para llegar a la ciudad Santa.

En este tramo va a realizar su último signo -según el evangelista Marcos-: va a dar luz a un ciego. Bartimeo es un mendigo que está a la orilla del camino pidiendo limosna. Es pobre en todos los sentidos: es ciego, no tiene recursos, es un marginado, un impuro, digno de lástima pero ni siquiera eso porque la multitud lo quiere hacer callar.  Sin embargo algo tiene: el agudo sentido del oído, se da cuenta de que algo ocurre a su alrededor y sí  puede preguntar y enterarse de que es Jesús de Nazareth el que estaba pasando.  En seguida comienza a gritar: “JESÚS!!! HIJO DE DAVID, TE COMPASIÓN DE MÍ”… asombroso, el secreto mejor guardado de Marcos, lo publica a voces un ciego.

Los acompañantes de Jesús lo quieren acallar pero él grita más fuerte. Jesús lo manda llamar –es su costumbre atender las necesidades que se le presentan aleccionando siempre a  quienes lo impiden-. Pero en este caso el llamado tiene un significado más profundo. Le dicen al ciego que Jesús lo llama y él da un salto, se desprende del manto –no tendría nada más-  y  se acerca a él.  Jesús le pregunta: ¿”qué quieres  que haga por ti?” El hombre le contesta sin duda: ”Maestro, que pueda ver” Y Jesús le dice: “Vete, TU FE TE HA SALVADO”.  “recobró la vista y comenzó a seguirle”.

 Curioso: la consecuencia de VER no fue pararse a contemplar y admirar lo que no conocía: la naturaleza  en toda su belleza, sus árboles, las flores, los montes, las personas, los animales, ¡tantas cosas! No, la consecuencia fue comenzar a seguirle, sin saber qué le esperaba- Algunos de los discípulos, mientras iban de camino, a la misma pregunta de Jesús, le habían pedido poder sentarse a la derecha y a la izquierda cuando llegase a su Reino, habían discutido quién era el mayor. El que fue curado, tuvo claridad suficiente para seguirle sin condiciones y completamente desprendido de todo. Un contraste también con el hombre rico que fue incapaz de desprenderse de sus riquezas y seguirle porque las riquezas no dan capacidad de riesgo, buscan seguridades, buscan negociar. El pobre se hizo evangélicamente rico, el rico en cambio, se empobreció .

En pocos y sencillos versículos, tenemos una bella síntesis evangélica  y  de realismo humano. El ciego era bien consciente de su necesidad. En nuestro mundo hay muchas cegueras, mucha gente inconsciente de que lo que les falta es luz para ver sus necesidades más profundas, viven obnubilados por tantos bienes materiales que no satisfacen pero son incapaces de reconocerlo y pedir luz a quien es la LUZ DEL MUNDO  El que, gracias a su fe ha obtenido la salvación y la integración a la sociedad, se convierte en el modelo del seguimiento a Jesús: va tras él sin “volver la vista atrás”, sin pedirle que le deje despedirse de su familia ni de enterrar a sus muertos, nada. Va con Él hacia Jerusalén sin miedo, fiado totalmente de El y dispuesto al seguimiento radical sin hacer alardes.

Ojalá que este relato nos invite a reflexionar a todo/as cuantos hemos optado por seguir  radicalmente a Jesús, asumiendo su mensaje y sus actitudes liberadoras, sin distracciones, sin ansias de poder, sin excusas estériles y atentos/as a las necesidades urgentes de nuestro alrededor  (estamos viviendo aquí en Centroamérica un drama migratorio de gigantescas proporciones). Es para reflexionar seriamente.

    El relato es también un llamado vocacional completo, no le falta ningún ingrediente y sin necesidad de largos discernimientos: al pobre ciego que recibió la luz  le bastó la fe, y la acción de gracias puesta en acción.

                  QUE TU LUZ SEÑOR, NOS HAGA VER LA LUZ

Servicio hasta dar la vida

Domingo 29º del T.O. Ciclo B

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla. Navarra

En este domingo las lecturas nos hablan de la importancia de una vida dedicada al servicio con sus consecuencias: “Mi siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos”. “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor”. Sin embargo, la tendencia natural de las personas cuando nos dejamos llevar por las comodidades es la contraria: ser servidos, estar cerca de los que ostentan el poder para poder subir de categoría, disfrutar de los bienes de la tierra aunque tantas personas  no tengan acceso a ellos y evitar todo lo que produce dolor buscando el placer al precio que sea.

El relato del evangelista Marcos de este domingo se sitúa en el final del recorrido de Jesús con sus discípulos antes de su entrada a Jerusalén. Ha sido un camino de enseñanzas: de preguntas y respuestas, de encuentros con las gentes, de curaciones, de manifestaciones. Se podría pensar que ya estaban preparados para emprender su misión; sin embargo, la condición humana, esta vez en búsqueda de poder, aparece en Santiago y Juan haciéndole una petición a Jesús: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Para el evangelista Mateo esa misma petición la hace la madre de los Zebedeos. La madre quería lo mejor para sus hijos y sus hijos querían lo mejor para ellos. Y el resto de sus discípulos, ¿no pretendían  lo mismo aunque no lo expresaran?

A la pregunta de Jesús de si eran  capaces de beber su mismo  cáliz y bautizarse con su mismo bautismo, ellos responden afirmativamente, aunque todavía no sabían el verdadero significado de “beber su mismo cáliz”,  pero Jesús les hace ver que a él no le toca conceder lo que piden.

A partir de esa petición, Jesús les reúne para decirles con claridad cuál tiene que ser la actitud de los que dicen y decimos querer seguir su camino: SERVICIO, hasta dar la vida.

Nos resulta muy fácil detectar y hablar sobre las ansias de poder de los políticos, de los que tienen autoridad en cualquier estamento de la sociedad, de los que buscan subir de categoría aunque sea pisando a los de al lado, de las trampas que realizan para no pagar los impuestos, de la corrupción que existe. Y hacemos muy bien teniendo una actitud crítica en la vida y denunciando cualquier injusticia a la vez que colaboramos para ir construyendo una sociedad más justa. Es nuestro deber de ciudadanía estar alerta y colaborar con todos los grupos comprometidos en exigir una sociedad más justa  y más humana.

Pero aquí Jesús está hablando y enseñando a sus discípulos, a los que van con Él durante todo el camino, a los que van a continuar su misión. Queremos pertenecer a ese  grupo dentro de la Iglesia  y es aquí donde tenemos que trabajar también para ser SERVIDORAS/ES. Un servicio que implica acogida, hospitalidad, empatía, respeto, donación, entrega al estilo de Jesús. Así actuaba Él  y así  nos corresponde actuar. No queremos una Iglesia que desde el poder y una mal entendida autoridad, se aproveche de su situación para todo tipo de abusos: sexuales, dominio, autoritarismo.  El Papa Francisco está siendo muy valiente al enfrentarse y, aunque le duela, denunciar todas estas conductas. Todos y todas tenemos una parcela de poder por pequeña que sea, de ahí la importancia de ser humildes y revisarnos para ver cómo la utilizamos. ¿Por qué se abusa?, ¿por qué en lugar de construir dividimos?, ¿por qué no vivimos la fraternidad? Muchas más preguntas podríamos hacernos y la respuesta del evangelio de hoy es clara y sencilla: actuamos así cuando no vivimos con fidelidad el mensaje del Maestro: “Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Cuando nos alejamos del servicio y buscamos el dominio, perdemos lo más genuino del mensaje de Jesús: Vivir el amor hasta las últimas consecuencias.

Si queremos colaborar en la construcción de una Iglesia más humanizada, más sencilla, más comprensiva, más evangélica, más coherente con las enseñanzas y vida de Jesús, tenemos un largo camino por recorrer; sabiendo que no depende solo de nuestra voluntad, aunque también, sino de dejarnos conducir por Él como su vida entera fue reflejo de la voluntad de su Padre.

 

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