Una búsqueda continua

Por: M. Jesús Antón. Vita et Pax. Madrid

Mirar con perspectiva la vida desde los 70 años es un buen ejercicio. No es difícil recordar “cómo apareciste en mi vida” pero sí lo es, expresarlo por escrito.  De familia religiosa, mujer entre dos varones y muy querida, fui educada en escuelas nacionales y con la suerte de tener maestras que dejaron huella. No tuve traumas en mi vida respecto a la vida religiosa, no sé si muy consciente, fui despertando y creciendo en la fe.

Me marcaron las campañas que celebrábamos cada año en la escuela: la  Santa Infancia y el  Domund. En mi juventud pertenecí a A.C. Anduve conociendo y más tarde buscando entre la vida contemplativa y las misiones. Y, de repente, a través del testimonio de una misionera seglar que estaba de vacaciones, el Señor me tocó, y comencé a tomarme más en serio mi seguimiento a Jesús con un compromiso temporal  en OCAHSA-Cristianos con el Sur. Y partí para Guatemala.

Allí, fue creciendo en mí una fe más personal, y también me nació la conciencia social descubriendo un mundo de pobreza, sufrimiento y desigualdades; también una Iglesia más viva y comprometida con esta realidad social (eran los tiempos del post-concilio, y la recién terminada 1ª Conferencia Episcopal en L. A. de Medellín, el comienzo de la Teología de la Liberación).

Sigo dando gracias a Dios que me llamó a conocerle más de cerca en una realidad tan diferente a la que yo conocía, repito muchas veces que allí aprendí a rezar el Padrenuestro y  que el seguimiento a Jesús, que pasó por la vida haciendo el bien,  ni es fácil, ni se hace de una vez para siempre, y que si estás alerta, cada día te sale al encuentro de manera diferente.

Pero yo seguía inquieta, seguía buscando algo más, parecía que Dios quería complicarme la vida y sentía que su llamada no era solo para un tiempo, y como la vida del creyente es una búsqueda continua, seguí buscando. Jesús también anduvo en su vida buscando, buscaba a los más pobres y marginados de su tiempo, a los enfermos,…y  ser fiel a su Padre.

 Todavía en Guatemala conocí otro modo de vivir el seguimiento a Jesús desde la consagración secular. Al terminar mi misión en Guatemala, entré a formar parte del Instituto Secular Vita et Pax, en él continúo inquieta y andariega, sigo teniendo mis dudas y mantengo esa búsqueda continua en nuestra Iglesia y en este mundo tan necesitado de fraternidad, para no acomodarme y me peleo conmigo misma, exigiéndome e intentando vivir la radicalidad evangélica.

Han crecido mis relaciones conociendo otras gentes, otras culturas, aprendiendo de todas y sigo dando gracias a Dios por seguir en su búsqueda, intentando cada día,  ser  VIDA y PAZ  en este mundo.

Y en estos tiempos recios que nos toca vivir, donde es necesario estar con los ojos y el corazón atento, al ver y acercarnos al sufrimiento de tantos hombres, mujeres y niños marginados de esta sociedad opulenta, sedientos de acogida, me gusta  mucho el pensamiento de Etty Hillesum “Tendremos que ayudar a Dios…”,  y desde la solidaridad y la fraternidad, dar razón de nuestra esperanza.

Un día Dios se plantó en mi vida

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Hoy, después de unos años de la toma de decisión, mirando mi historia pienso que Dios sigue un proceso, su libertad llega hasta tal grado que no acorta los tiempos, que no limita los espacios al contrario deja que la decisión vaya llegando al ritmo que cada persona lleva.

Es todo un proceso. ¿Cuándo comenzó esa llamada? Solo tengo posibles momentos, posibles comienzos pero cuando pienso en ellos o los verbalizo también pienso que, a lo mejor, hay otros que en estos momentos no localizo. Eso me dicta la experiencia hasta el día de hoy.

Sí que es cierto que un día Dios dijo “ahora”, localizo ese momento en el cual sería capaz de verlo, de escucharlo y puso en marcha todo su encanto para deslumbrar, al estilo de San Pablo en su caída del caballo, en su ceguera, y lo consiguió, descolocó toda mi vida en dos segundos, los dos segundos en los que Dios SE PLANTÓ EN MI VIDA, se hizo presente, habitó mi interior. Y yo también me quedé ciega, ya no sabía cómo mirar y dónde “estar”.

Pero Él comprende la situación y me va poniendo caminos por delante, corría el año 2007. Un día empujada por la necesidad de informarme me encontré y conocí al Instituto Secular Vita et Pax y le encontré sentido a todo y me cautivó, sentí que por ahí me llamaba ese Dios de la Vida, ese Dios a quien acababa de descubrir y supe de ese camino diseñado que conducía a la felicidad, siempre de la mano de su amistad, la amistad con Jesucristo. El día 27 de mayo de 2012 hice mi primera oblación a renovar durante seis años hasta el compromiso definitivo.

Hoy 20 de mayo, Pentecostés he dicho un SI a ese Jesús que ha caminado conmigo y ha vivido los momentos más alegres, más inquietantes y conflictivos conmigo. Jesucristo a lo largo de estos años ha sido mi Maestro, el descubridor de mi vida, mi compañero, la mano que me guiaba, Mi Amigo con el que quiero vivir y caminar entre todos, ser una más entre los suyos. Jesús nunca me ha pedido abandonar mi vida, cambiarla,… solo quiere formar parte de ella. En mi vida Jesucristo ha puesto su sello de vida abundante y con ello todo tiene una luz especial, un matiz diferente, una traducción o interpretación novedosa, porque Jesús siempre es novedad. Gracias por estar siempre allí donde menos lo espero, gracias por tu ternura, gracias Jesús, mi Buen Amigo.

 

Desde dentro y desde abajo

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax. Madrid

Para Vita et Pax el Adviento siempre tiene un sabor especial. Junto con toda la Iglesia esperamos la venida de nuestro Salvador y, en el corazón del mismo, en la festividad de la Inmaculada Concepción, desde los orígenes del Instituto, tenemos la costumbre de celebrar las oblaciones de las nuevas jóvenes que se quieren consagrar a Dios.

Sin ruido, sin titulares, sin parafernalia, en este Adviento 2017, dos jóvenes, después de unos años de preparación, decidieron decir sí a la llamada de Dios con todas sus consecuencias. Y también desde los orígenes, a este acto de entrega personal lo hemos llamado oblación. Oblación significa ofrenda y sacrificio que se hace a Dios, es decir, entregamos nuestra vida a Dios. Pero no hay nada nuestro que no hayamos recibido primero. Lo que somos, lo que hay de más precioso en cada una, lo más bello de nosotras mismas, no depende de nosotras. Nos es dado. Darse simboliza el amor. Quien ama da al otro o a la otra lo que necesita, es más se da a sí misma. Y se da sin calcular, en gratuidad, al estilo de Jesús.

En el fondo está nuestra libertad para elegir y nuestra voluntad para mantener esa decisión. Nadie nos obliga a consagrarnos. Hemos “escuchado” la llamada de Dios y le decimos SÍ. Y lo hacemos a través de una mediación, el Instituto Secular Vita et Pax. Somos un grupo de mujeres con una espiritualidad y una misión concreta que bebe de un carisma regalado por Dios.

La fórmula de la oblación empieza diciendo: Mi buen Jesús, yo quiero hacer algo por ti. En la Historia de la Salvación, la historia que cuenta la relación de Dios con los seres humanos y de los seres humanos con Dios, sorprende la colaboración que Dios ha pedido a hombres y mujeres y que estos han podido ofrendar a Dios, de la cual, como vemos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, ha dependido la intervención de Dios en el mundo. Conocemos la colaboración de mujeres bíblicas: Ruth, Isabel, María de Nazareth…; conocemos la colaboración de nuestras primeras compañeras de Instituto: Venturi, Esperanza, Lola, Margarita… Y, este año, se unieron para colaborar con Dios Pauline y Beatriz.

 

Estamos, además, dentro de la Secularidad Consagrada, es decir, seguimos siendo laicas. Y como a cualquier laica o laico, lo que nos caracteriza es nuestro “ser-en-el-mundo” o mejor dicho, nuestro “ser-para-el-mundo”. Por tanto, nuestra vocación propia consiste en ser testimonio de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo; vivir su fe, esperanza y caridad a través de la inserción en la sociedad.

Estamos llamadas a vivir nuestra fe y misión desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vivimos, es decir, en la profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas, económicas… De esta forma, estamos llamadas a realizar en la vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc 13,21), aportando con nuestra vida una Buena Noticia al mundo, para transformarlo y recrearlo desde los valores del Reino.

Nuestro templo es el mundo porque es ahí donde Dios “puso su tienda” y busca siempre que en ese mundo haya más justicia, libertad y fraternidad. El ser y el actuar en el mundo son para nosotras no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también una realidad teológica y eclesial. Esto es muy importante porque, entonces, la presencia cristiana en el mundo ya no será desde fuera y desde arriba, sino desde dentro y desde abajo.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

  • M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.
  • M Jesús Antón Latorre. Teléfono    660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

Una vocación para el mundo

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax.

 ¿Qué son los Institutos Seculares?, ¿cómo nacieron?, ¿en qué circunstancias históricas?, ¿cuál es su estilo de vida? Estas y otras son preguntas que se hacen quienes se acercan a los Institutos Seculares con deseos de informarse o, sencillamente, de contemplar el bello jardín de carismas que adornan la Iglesia.

Los Institutos Seculares son asociaciones de creyentes –hombres y mujeres- laicos, laicas y también sacerdotes-, que viven la plena consagración a Dios, en el mundo y dentro de él, inmersos totalmente en sus estructuras, con la pretensión de impregnarlas de espíritu evangélico.

Los Institutos Seculares surgieron como respuesta a un momento histórico concreto, – finales del siglo XIX-, en el que avanzaba velozmente el proceso de secularización en virtud del cual, las realidades temporales: la sociedad, las ciencias, las artes, la política, etc., conquistaban su legítima autonomía y se separaban de la religión. Este proceso, lógico y necesario, entrañaba un serio riesgo: el secularismo, es decir, el prescindir de Dios.

Este riesgo fue intuido tempranamente por mujeres y hombres que vieron la urgente necesidad de permanecer dentro de la sociedad sin abandonar sus profesiones y viviendo, con todo radicalismo, los consejos evangélicos.

En aquel entonces, fue ésta una idea revolucionaria a la que se fueron adhiriendo muchas personas que sentían esta inquietud. Costó que se abriera paso en la Iglesia pero lo consiguió. En el año 1947, bajo el pontificado del Papa Pío XII, fue reconocido oficialmente este nuevo estilo de consagración.

En boca de Pablo VI diremos que “Si nos preguntamos cuál ha sido el alma de cada Instituto Secular que ha inspirado su nacimiento y su desarrollo, debemos responder: el anhelo profundo de una síntesis; el deseo ardiente de la afirmación simultánea de dos características: 1) la total consagración de la vida según los consejos evangélicos y 2) la plena responsabilidad de una presencia y de una acción transformadora desde dentro del mundo para plasmarlo, perfeccionarlo y santificarlo”.

Y, más recientemente, el Papa Francisco hablaba así a los Institutos Seculares: …todos los días, hacer la vida de una persona que vive en el mundo, y, al mismo tiempo, custodiar la contemplación, esta dimensión contemplativa hacia el Señor y también en relación con el mundo; contemplar la realidad, como contemplar las bellezas del mundo, y también los pecados graves de la sociedad, las desviaciones, todas estas cosas, y siempre en tensión espiritual… Por eso vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación que está justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de las personas, sino también de las instituciones. Y de muchas instituciones laicas necesarias en el mundo. Por eso pienso así, que con la Provida Mater Ecclesia, la Iglesia ha realizado un gesto verdaderamente revolucionario.

Llevamos, pues, poco más de cincuenta años de recorrido. Dentro de la familia eclesial, doblemente milenaria, suponemos una realidad joven y como tal, vigorosa, ilusionante y llena de esperanzas. Existen más de 170 institutos diseminados por el mundo, cada uno con su carisma específico, enmarcado en la amplia misión que la Iglesia les ha confiado: ser en el mundo luz, sal y fermento.

Si quieres conocer más sobre los Institutos Seculares e ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono 678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono 660 76 91 28.

Dirección de correo: vidapaz@vitaetpax.org

 

 

Gracias

Bodas de oro

Por: M. Carmen Latre. Vita et Pax. Alicante

Señor aquí estoy para darte las gracias por estos 50 años de mi Oblación, gracias por tu LLAMADA.

Gracias a todas las personas que me ayudaron a poder vivir mi vocación.

A mi familia, especialmente a mi madre, que le costó mucho aceptarlo, pero no me puso inconvenientes y gracias a mis hermanos y hermana Amparo que siempre me ha ayudado.

Gracias al Padre Cornelio por todo lo que recibí de él directamente y a través del Instituto.

Gracias a muchos sacerdotes que siempre han estado a mi lado dándome fortaleza.

A muchas compañeras de Instituto, especialmente en los años de formación. Que algunas ya están en el cielo, como Carmen Molina, Ventury, Consuelo Amorós y a Carmiña que está aquí presente y siempre está dispuesta a ayudarme.

También quiero recordar a las que hemos vivido y trabajado juntas muchos años como son: Carmen García, Ascensión Cebrián, Ma. Carmen Castells y Leonor Casiano, que ya está gozando de la Echechiquia del Cielo.

También quiero agradecer al Instituto por todo lo que me ha dado, por tanto que he recibido en los tiempos de formación y a través de las Convivencias, cursillos, etc., etc.

He tenido diversas etapas en la vida: de trabajos, vivencias, dificultades, etc. etc. Pero estoy contenta, puedo decir que prácticamente no he tenido crisis, la vida me ha dado mucho.

Por eso Señor quiero seguir haciendo algo por Ti, (como hemos escrito ahí en el altar).

Quiero vivir el presente con coherencia, con alegría, con esperanza, con ilusión… Confiando plenamente en tu Espíritu que está en mi, que me da fuerza y ánimo.

Quiero aceptarme y aceptar a las demás como son.

Quiero caminar sin temor a riesgos. Caminar con libertad. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad y como Tú estás en mí, quiero esa libertad.

Quiero ser dadora de VIDA Y PAZ  a través de mi entrega a los demás.

          GRACIAS SEÑOR JESÚS

          GRACIAS MARIA, MADRE DE JESÚS, que siempre me has llevado de tu mano.

Y por último quiero agradecer al Consejo actual y en especial a Ma. Carmen Martín que a través de los temas que preparó y trabajamos juntas, las tres que celebramos las bodas de oro, he podido hacer esta pequeña historia de mi vida y reconocer y ver tanto como he recibido desde la llamada del Señor, hasta la actualidad.

                            GRACIAS SEÑOR JESÚS

                            GRACIAS A VITA ET PAX  y

                            GRACIAS A TODAS VOSOTRAS QUE FORMAMOS EL INSTITUTO.

 

 

 

La vocación esencial

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

“El laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios” (Cf. LG 31).

Hasta el Concilio Vaticano II a los laicos se nos definía por lo que no somos: ni sacerdotes ni religiosos. El Concilio buscó superar esta definición negativa para afirmar que el laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios.

Por el bautismo los laicos se convierten en hijos de Dios, miembros de Cristo y de su cuerpo, que es la Iglesia; son consagrados como templos del Espíritu y participan de la misma misión de Jesucristo.

La persona laica no sólo pertenece a la Iglesia sino que es Iglesia. La Iglesia no está plenamente constituida si, junto a los obispos, sacerdotes y religiosos, no existe un laicado adulto y responsable.

La persona laica está llamada a vivir su fe y misión cristianas desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vive, es decir, en su profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas y económicas. De esta forma, está llamada a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc.13,21).

Según el Concilio Vaticano II: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y en cada uno de los órdenes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí, llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”.

El papa Francisco lo dice una y otra vez, de una manera clara y contundente: el laico debe “primerear” para “hacerse prójimo”, con una especial atención a las “periferias existenciales”.

A su vez, las personas laicas somos movidas por una profunda espiritualidad. La espiritualidad laical es un modo de pensar, de decir, de estar en las situaciones de la vida cotidiana, preguntándose: “Y Tú, Señor, ¿qué harías en este momento, en esta dificultad, en esta situación?”. No se trata de repetir, sino de hacer memoria, de transmitir una visión de la vida, un estilo, un compromiso como el de Jesús.

Dentro del laicado han surgido los Institutos Seculares como Vita et Pax. Somos laicos, hombres y mujeres, que queremos vivir la consagración a Dios en medio del mundo, en la cotidianidad de la vida.

 

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono 678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono 660 76 91 28.

Dirección de correo:vidapaz@vitaetpax.org

… y de nuevo Moisés y su llamada

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax.

El encuentro decisivo en la vida de Moisés ocurre durante un día normal de trabajo: “Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios” (Ex 3,1). Moisés era un hombre extranjero que trabajaba para vivir. Como tantos hombres y mujeres de su tiempo y del nuestro. Durante ese trabajo humilde y por cuenta ajena es cuando ocurre el acontecimiento que cambiará su historia.

Las fábricas, las oficinas, las aulas, los campos, las casas… pueden ser y son el lugar de los encuentros fundamentales de la vida, también del encuentro con Dios. Los momentos decisivos nos llegan en los lugares de la vida ordinaria, mientras trabajamos o simplemente, vivimos y convivimos. A veces, podemos participar en liturgias, hacer peregrinaciones, retiros espirituales y vivir experiencias espléndidas. Pero los acontecimientos que nos cambian ocurren en la vida diaria, cuando, sin buscarla ni esperarla, una voz nos llama por nuestro nombre en los lugares humildes de la vida. Fregando los platos, corrigiendo los deberes, conduciendo un autobús, haciendo la compra o pastoreando un rebaño junto a las zarzas que arden en nuestras periferias.

Moisés no es elegido por ser bueno o por ser mejor que otros u otras. Moisés sabe escuchar la voz que le llama y responde “heme aquí”. Una voz que, encima, no conoce. Moisés no se había educado con su gente. Había crecido con los egipcios, había vivido en un pueblo extranjero, con otros dioses. No había oído las historias de los patriarcas en las largas noches bajo la tienda. Los mismos nombres de Abraham, Isaac y Jacob le decían poco o nada.

Por eso, Moisés dialoga con Dios, discute con Él, le pregunta su nombre, le pide señales, se resiste, presenta objeciones y al final se pone en camino: “Ahora, pues, ve…”. En este diálogo se nos desvela una dimensión esencial de toda vocación profética. No es tener mucha capacidad para hablar ni tener mucha técnica lo que da contenido y fuerza a la profecía. Hay profetas que han salvado y siguen salvando a gente sin saber casi hablar ni escribir, profetas que han hablado y escrito palabras de vida.

La profecía es gratuidad, y su primera expresión es reconocer que la vocación recibida es un don, no mérito humano. La persona llamada no es dueña de la voz. Las únicas palabras que el profeta necesita saber decir es: “Heme aquí”, como Moisés. Y Dios no es un soberano que imparte órdenes a sus súbditos. Es el Dios de la alianza que dialoga, convence, se enfada, argumenta… Y necesita el sí de Moisés para actuar en la historia, como necesitará más tarde el sí de María y ahora nuestro propio sí para seguir actuando en el hoy de la historia.

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

  • M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono     678 89 88 38.
  • M Jesús Antón Latorre. Teléfono    660 76 91 28.

Dirección de correo:  vidapaz@vitaetpax.org

 

… Ven y sígueme

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

No me resulta fácil expresar en unas líneas el proceso seguido en relación al descubrimiento de Jesucristo como centro de mi vida desde muy niña, y que por las circunstancias familiares de ser hija única, perder a mi madre en la adolescencia y vivir con mi padre de cierta edad, lo viví interiormente y, a veces, expresándolo de manera clara.  Fue un camino largo, pero que me ayudó a ir forjando mi ser, con esas ansias de entrega generosa a Él y al Reino por un lado,  y por otro no exento de momentos de oscuridad y de limitaciones en el camino.

La muerte de mi madre  fue un duro golpe, pues ella era una mujer sencilla, valiente y con una religiosidad ya un poco avanzada para la época y, por supuesto, yo estaba muy unida a ella. Fue quien me enseñó el camino espiritual y los valores del Evangelio. Este acontecimiento marcó mi vida y  me ayudó a madurar como persona, debiendo tomar responsabilidades avanzadas para la edad;  aunque supuso también el que hubiera en mí algunas  lagunas que,  aunque eran suplidas por otras realidades como puede ser el aspecto religioso y mi inclinación por vivir de la vida de Jesucristo, esas lagunas crearon en mí fallos y momentos de dificultad interior que con la gracia del Señor fui superando

No podría distinguir un tiempo exacto para situar la llamada entre esos años, la juventud y el momento de concretarla en el Instituto Vita et Pax. En todos esos años jóvenes viví dentro del ámbito de la Parroquia, con el acompañamiento de sacerdotes entregados que se desvivían para que nosotras, las jóvenes, viviéramos una espiritualidad centrada en la persona de Jesucristo y que nos culturizáramos con los medios de que disponíamos: biblioteca, cine, coro parroquial, preparación litúrgica y otros medios que yo procuraba aprovechar al máximo. Con todo ello la idea de una entrega total al Señor y la Misión, no se desvanecía de mi cabeza y de mi corazón.

Quiero destacar que en esa etapa viví con profundidad el Concilio Vaticano II que supuso grandes cambios en la Iglesia, manifestados en el cómo vivir la liturgia, la espiritualidad, entender la Iglesia como Pueblo de Dios etc., etc., y que marcó también mi vida.

Con todo este bagaje llegó el momento en que, tras la muerte de mi padre, me siento en la disyuntiva de dar un paso adelante en la concreción del cómo y cuál iba a ser el cauce de mi entrega. Durante un año intenté conocer y ver cómo podría encauzar mi vida: vivir una Consagración individual o entrar en una Comunidad de Consagradas. La vida religiosa en sí no me atraía. Entonces conocí esas comunidades de consagradas en el mundo y para el mundo, que vivían con bastante normalidad en la vida. Descubrí Vita et Pax, muy conocida por sus orígenes en Pamplona, las contacté y el año 1967 entré a formar parte de este Instituto.

Después de dos años de formación fui invitada a marchar a Japón,  donde un grupo de Vita et Pax colaboraba con la Misión Jesuítica en el país del Sol Naciente. Pasé cuatro años allí  en los que fui cultivando mi Oblación al Señor, acompañada por cinco compañeras de Vita et Pax y por la comunidad de Jesuitas con los que trabajábamos.

A la vuelta de Japón concreté  mi vocación profesional en el terreno social. Realizados los estudios sociales, fui invitada de nuevo por el Instituto para trabajar en la Emigración Española en Suiza. Allí fue concretándose mi Consagración desde el servicio a los emigrantes, en aquellos años el movimiento era muy importante en Europa. Procedían de los países del sur, necesitados de trabajo y los del norte de mano de obra. Viví unos años muy felices compartiendo, desde el espacio de la Misión Católica Española en Suiza, las necesidades que el colectivo español y una parte del  latino-americano tenían y necesitaban,  tanto en el terreno social, como en el pastoral. Tengo que decir que mi vocación se reafirmó, me sentí dando una respuesta concorde con los tiempos que se vivían y con una apertura grande a todas las dimensiones que la persona humana debe vivir: la religiosa, la social, la política… en fin, allí viví los años de la madurez humana y vocacional.

La llamada del Instituto a realizar un servicio en el interior de la propia Institución, cambió mi manera de realizar la Misión. Fue un servicio hacia adentro, compartiendo con mis hermanas la Misión que cada una desarrollaba, fuera en el terreno individual como en proyectos comunitarios o en la Misión “Ad gentes”. Fue otro periodo importante en mi proceso de seguimiento de Jesucristo.

Al final de esta etapa, ya en la madurez de vida, tuve el regalo de compartir mi vida en el proyecto de Vita et Pax en Rwanda. Misión difícil por la edad que tenía y por lo que supone enfrentarte a esa realidad mundial de las diferencias sociales, económicas, culturales y en todos los campos de la vida. Contemplar y vivir de cerca la pobreza, la exclusión, las injusticias… hacen que sientas una convulsión interior que no acabas de comprender ni de asimilar. Aquí sí que me tuve que agarrar fuerte al Señor, confiar en Él.

Hoy, desde mi situación de  jubilada, sigo disponible para el servicio allí donde se me necesite. Y puedo dar gracias al Señor y decir con el salmista: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

“Las cuatro de la tarde”

Por: Secretariados de Espiritualidad y Formación de Vita et Pax

Encontrar a Jesús es antes que nada ser encontrada por Él: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros…” (Jn 15,16). En este encuentro descubrimos dónde vive el Señor y cuál es la misión que nos confía. Los evangelios presentan varios relatos de encuentros con Jesús. Entre ellos hay uno de Juan que resulta particularmente rico: Jn 1,35-39. Se nos narra cómo Juan Bautista muestra a Jesús como “el cordero de Dios” a dos discípulos suyos y estos dos se fueron detrás de Él. Jesús les pregunta qué buscan y ellos le responden con otra pregunta: dónde vives…

Juan Bautista cede el paso e invita a sus discípulos a seguir a quien él había preparado el camino, y lo presenta como el “cordero de Dios”. No es casualidad. Esta expresión nos traslada al Éxodo. El cordero de Dios es la víctima de la Nueva Alianza; Juan advierte, desde el inicio, que su sangre será derramada como la del cordero de la Antigua Alianza. No obstante, los dos discípulos siguen a Jesús. Antes de hacerlo han quedado advertidos de las dificultades y los conflictos que enfrentarán al tomar el camino del cordero de Dios. No es una ruta fácil.

El verbo “seguir” indica el movimiento de los discípulos tras los pasos del maestro; indica tanto la aceptación obediente a la llamada de Jesús como la creatividad exigida por el nuevo camino emprendido. Los discípulos lo hacen en silencio, un silencio cargado de sentido porque su seguimiento es ya una adhesión a su persona y una aceptación de las consecuencias. Han dado el primer paso.

Jesús rompe el silencio y les pregunta: “qué buscáis”. Interpelación directa, insoslayable, ella se encamina a discernir la calidad de esa adhesión. Jesús los sitúa delante de su verdad. No basa seguirlo, hay adhesiones que no son confiables y otras que se quiebran ante las primeras exigencias. La cuestión de Jesús se dirige a todas las personas que pretendemos seguirlo, cualquiera que sea la época a la que pertenezcamos.

Los discípulos responden con otra pregunta “dónde vives”. Con ella se autoinvitan a la intimidad de Jesús. Jesús invita a los discípulos a entrar en su terreno, a venir y ver dónde mora, a aceptar sus consecuencias. El texto, sin embargo, no da ninguna referencia sobre la vivienda de Jesús. Nada impide pensar que este galileo, predicador itinerante, no la tenía (Mt 8,20). Su misión le ha hecho ensanchar las fronteras de su morada y de su familia (Mt 12,50).

Juan mismo nos da, no obstante, una pista sobre la residencia de Jesús. En el prólogo a su evangelio nos dice: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Ese es el lugar de la vivienda de Jesús: la tienda que puso en medio de nosotros, en el centro de la historia. Jesús vive en su tarea de anunciar el evangelio.

Eso fue lo que vieron los discípulos; y porque decidieron enrolarse en esa tarea, permanecieron con Él desde aquel día. Jesús y los dos discípulos –pronto seguirán otros- comparten la vida. El seguimiento de Jesús implica para todos el compromiso en una misión, para lo cual, como Jesús, es necesario acampar en la historia humana y desde allí dar testimonio del amor del Padre.

Juan no olvidó la hora en que encontró a Jesús: “Serían como las cuatro de la tarde”. Igual que todo hecho que marca nuestra vida, el recuerdo de ese encuentro permanece con detalle y deja huellas imborrables. La hora precisa no parece tener, en tanto que tal, significación para nosotros; efectivamente, nos sería igual que el acontecimiento hubiese tenido lugar a las diez de la mañana o a las dos de la tarde. En su pequeñez, la mención precisa de la hora se halla cargada de un profundo mensaje. Todas y todos tenemos de esos “cuatro de la tarde” en nuestras vidas, momentos fuertes de encuentros con el Señor en los que se alimenta nuestro ser y nuestro pozo espiritual. Son el manantial al que una y otra vez vamos a beber.

Vuestra soy, para Vos nací

Por: Santa Teresa de Jesús. Liturgia de las Horas

teresaVuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad, eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
La gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis,
vuestra, pues me redimisteis,
vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra, pues que me llamasteis.
Vuestra, porque me esperasteis,
vuestra, pues no me perdí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma:
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición.
Dulce Esposo y Redención
pues por vuestra me ofrecí:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad;
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo:
pues del todo me rendí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies