La vocación esencial

Por: Secretariados de Formación y Espiritualidad de Vita et Pax

“El laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios” (Cf. LG 31).

Hasta el Concilio Vaticano II a los laicos se nos definía por lo que no somos: ni sacerdotes ni religiosos. El Concilio buscó superar esta definición negativa para afirmar que el laico o laica es una persona bautizada, discípula de Jesús y miembro del pueblo de Dios.

Por el bautismo los laicos se convierten en hijos de Dios, miembros de Cristo y de su cuerpo, que es la Iglesia; son consagrados como templos del Espíritu y participan de la misma misión de Jesucristo.

La persona laica no sólo pertenece a la Iglesia sino que es Iglesia. La Iglesia no está plenamente constituida si, junto a los obispos, sacerdotes y religiosos, no existe un laicado adulto y responsable.

La persona laica está llamada a vivir su fe y misión cristianas desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vive, es decir, en su profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas y económicas. De esta forma, está llamada a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc.13,21).

Según el Concilio Vaticano II: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y en cada uno de los órdenes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí, llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”.

El papa Francisco lo dice una y otra vez, de una manera clara y contundente: el laico debe “primerear” para “hacerse prójimo”, con una especial atención a las “periferias existenciales”.

A su vez, las personas laicas somos movidas por una profunda espiritualidad. La espiritualidad laical es un modo de pensar, de decir, de estar en las situaciones de la vida cotidiana, preguntándose: “Y Tú, Señor, ¿qué harías en este momento, en esta dificultad, en esta situación?”. No se trata de repetir, sino de hacer memoria, de transmitir una visión de la vida, un estilo, un compromiso como el de Jesús.

Dentro del laicado han surgido los Institutos Seculares como Vita et Pax. Somos laicos, hombres y mujeres, que queremos vivir la consagración a Dios en medio del mundo, en la cotidianidad de la vida.

 

Si quieres ir descubriendo lo que Dios espera de ti, te ofrecemos acompañamiento vocacional a través de nuestro Secretariado de Espiritualidad. Puedes ponerte en contacto con:

M. Carmen Martín Gavillero. Teléfono 678 89 88 38.

M. Jesús Antón Latorre. Teléfono 660 76 91 28.

Dirección de correo:vidap[email protected]

Una historia de amor

Por: Secretariados de Espiritualidad y Formación de Vita et Pax.

Logo año de la Vida ConsagradaTú, sígueme” es la palabra que determina nuestra vida consagrada. Un “tú, sígueme” pronunciado por Jesús y escuchado de forma misteriosa a veces; clara, muy clara, otras; secundada con sorpresa, a veces; y siempre con gratitud por parte de quien hace este seguimiento. Es una llamada de amor para el amor; una historia que comienza con una palabra de intimidad, de encuentro, y que se traduce en gesto, gestos de amor. ¿No comienza toda historia de amor entre dos personas con una palabra?: “Te quiero”.

Así es la historia de Dios con la humanidad. Dios puso en marcha la creación con una palabra: “Hágase”; y se hizo la vida. Del mismo modo la historia de María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…”. Y dijo María: “Hágase”. Y así la historia de los discípulos y discípulas que al escuchar a Jesús “sígueme”, dijeron con su vida: “Hágase”.

La vida consagrada no es un estatus, ni leyes que hay que obedecer, ni un seguro de vida, ni una serie de verdades que hay que aceptar y creer… La vida consagrada es una llamada personal a una historia, una historia de amor que comienza con esa palabra escuchada a veces en medio de otros ruidos y palabras, y que siempre se traducirá en vida: “Tú, sígueme”.

Una historia en la que la iniciativa es de Él, porque lo que quiere es expandir su amor, ofrecerse como Palabra viva, como camino, verdad y vida. Y, por consiguiente, una historia en la que solo nos queda escuchar la invitación, acogerla y agradecerla. Y la forma de agradecer es seguirlo, ir con Él, amar lo que Él ama, rechazar lo que Él rechaza, aceptar la dirección que Él toma en la vida, servir a los que Él sirve, mirar todo, (la vida, la muerte, la persona, la relación la salud, la enfermedad, el trabajo…, todo, todo), en la forma en que Él mira.

La vida consagrada es una llamada desde el amor y para el amor.

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Al llamaros…

Extracto de Alegraos. Carta hacia el año dedicado a la vida consagrada

«Al llamaros Dios os dice: “¡Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo!” Jesús a cada uno de nosotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas; y sentir que es Él quien nos llama».

El Papa Francisco orienta nuestra mirada al fundamento espiritual de nuestra humanidad para reconocer lo que hemos recibido por gracia de Dios y libre respuesta humana:Oyendo esto Jesús, le dijo: “aún te falta una cosa. Vende todo cuanto tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme”(Lc 8, 22).

El Papa hace memoria: «Jesús, en la última Cena, se dirige a los Apóstoles con estas palabras: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido (Jn 15, 16), que recuerdan a todos, no sólo a nosotros sacerdotes, que la vocación es siempre una iniciativa de Dios. Es Cristo que os ha llamado a seguirlo en la vida consagrada y esto significa realizar continuamente un «éxodo» de vosotras mismas para centrar vuestra existencia en Cristo y en su Evangelio, en la voluntad de Dios, despojándoos de vuestros proyectos, para poder decir con san Pablo: No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20)».

El Papa nos invita a una peregrinatio hacia atrás, un camino sapiencial para encontrarnos en las calles de Palestina o junto a la barca del humilde pescador de Galilea; nos invita a contemplar los inicios de un camino o mejor de un acontecimiento que, inaugurado por Cristo, nos lleva a dejar las redes en la orilla, el banco de los impuestos en el arcén de la carretera, las veleidades del zelote entre las intenciones del pasado. Medios todos inadecuados para estar con Él.

Nos invita a detenernos con paz, como peregrinación interior, en el horizonte de la primera hora, donde los espacios están caldeados de relación amistosa, la inteligencia se abre al misterio, la decisión entiende que es bueno entregarse al seguimiento de ese Maestro que sólo tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68). Nos invita a hacer de toda la «existencia una peregrinación de transformación en el amor».

El Papa Francisco nos llama a detenernos en el fotograma inicial: «La alegría del momento en que Jesús me ha mirado» y evocar significados y exigencias relacionadas con nuestra vocación: «Es la respuesta a una llamada y a una llamada de amor». Estar con Cristo supone compartir su vida y sus opciones; requiere la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad del amor.

Se trata de renacer por vocación. «Invito a cada cristiano […] a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso».

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Por qué elegí la vida consagrada

Por: Secretariado de Espiritualidad

Elegimos la vida consagrada únicamente para buscar a Dios. Buscar a Dios de corazón, desde dentro, desde lo que realmente una es. La vida espiritual puede ser entendida como una búsqueda, como un camino que se anda, como algo que se mueve. No es una realidad que se me dé hecha. Hay que construirla.

Somos mujeres en permanente búsqueda de Dios. Estamos llamadas con urgencia a ser mujeres con una profunda vida interior. Desde la frontera, atisbamos con nueva claridad una verdad antigua e incuestionable: Dios nos ama y desea apasionadamente nuestro pleno desarrollo. Cuando se hace violencia a las mujeres es un insulto a la gloria divina. Cuando se hacen avances liberadores que vencen los prejuicios y promueven la dignidad de las mujeres, es una victoria para el Reino de Dios. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, ni excluir a nadie, que la gloria de Dios es que las mujeres vivan.

Dios es la única pasión de nuestra vida. Es el mayor don recibido. Y ese don de Dios que es Él mismo encierra nuestro secreto y se convierte en el principio de discernimiento para toda nuestra vida. Ese don de Dios es su presencia amorosa que nos quiere y nos atrae hacia sí para que le pertenezcamos de una manera exclusiva y propia.

Nos confesamos buscadoras, mujeres dispuestas a no estancarnos sino a mantenernos en constante dinamismo, en un movimiento semejante al de las aguas primordiales sobre las que aletea el Espíritu y de donde surge la vida. Esta actitud de búsqueda supone admitir que aún no hemos llegado ni hemos conseguido lo que anhelamos, sino que estamos en ello, reconociéndonos como personas en camino.

Toda nuestra existencia es leída como el camino de su bondad hacia nosotras y se despliega como el misterio que nos hace ser como Él, donación de lo que somos y comunión con todos nuestros hermanos y hermanas. De manera que la vocación y la misión participan de la misma fuente y se expresan en la misma pasión: pasión por Dios y pasión por la humanidad.

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Somos vocación

Por: Secretariado de Espiritualidad. Vita et Pax.

La palabra vocación se deriva del latín vocare o llamar, por eso, este término nos sitúa en el lugar donde la vida se interpreta en forma de llamada. No tenemos una vocación como pudiéramos tener otras ideas, deseos, propiedades… somos vocación, es decir, vivimos y nos realizamos como personas sólo si escuchamos la voz que nos dirigen y nosotras mismas respondemos.

Soy porque me han llamado. Existo por gracia personal de otras personas; ellos y ellas me han hecho nacer a la existencia. Soy porque alguien ha querido que yo sea; me han llamado a la existencia, me han ofrecido un nombre y me han hecho persona. No he surgido por mí misma, me han llamado. Por eso, antes que mi vocación, como fundamento de mi vida, está la vocación de aquellas y aquellos que han querido que yo sea.

Soy porque me han llamado, es verdad, pero en un momento determinado, he de afirmar que soy porque quiero, porque asumo la vida y la realizo. Soy porque quiero, lo quiero, me quiero. No vivo sólo desde fuera (porque me llaman) sino porque yo misma acepto y realizo mi existencia. No nacemos como seres ya terminados. De una llamada nacemos, de la respuesta depende aquello que seremos.

Es más, existo como persona porque alguien (padres, compañeras, compañeros, amigas, amigos…) me han ido llamando, porque han despertado mi conciencia y me han capacitado para responder siendo yo misma. Pero existo, de forma superior, porque también me han educado para estar a la escucha de Dios, superando así el espacio de un diálogo puramente humano. Hemos surgido a la existencia por la llamada de Dios y también por la llamada de mujeres y hombres dentro de la historia. Por eso nuestro ser es vocación.

Desde el comienzo de su historia las personas han ido descubriendo que el mismo Dios les invita y llama a la existencia. La voz de Dios nos llama desde el fondo de todas las restantes voces de la vida: naturaleza, historia, conciencia… pero sin identificarse con ellas. La vida es un camino en el que vamos descubriendo, al mismo tiempo, nuestra propia realidad y al mismo Dios.

La vocación no obliga, no se impone. Dios comienza pronunciando nuestro nombre y así nos capacita para situarnos delante de él, con libertad completa. Quien quiera llamar imponiendo no llama sino que arrastra. Quien cierra las restantes opciones y sólo nos deja ante la suya nos impide realizarnos como personas. No respondemos a Dios a nivel de conceptos. A Dios sólo podemos responderle con la vida hecha palabra. Ir descubriendo lo que somos, o mejor dicho, ir realizando nuestra vida como respuesta a la llamada de Dios en Jesucristo, eso es vocación cristiana. Por eso la vocación no es de un momento. La vocación es la vida entera interpretada como diálogo, en llamadas y en respuestas sucesivas que sólo se completan o culminan al final de la existencia.

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