Día Internacional de las Mujeres

Publicado en: Revista Homilética -por Pepa Torres-

CANTO: “La mujer que mueve el mundo con sus manos” (Presuntos implicados)

CÁNTICO DE LA BUENA NOTICIA DE LA LIBERACIÓN DE LAS MUJERES

Bendito seas, Señor, por las mujeres testigos

que nos han precedido en la historia de la salvación.

Por las mujeres admiradas y reconocidas por Jesús,

por las mujeres protagonistas de sus parábolas

y fieles a la liberación del Evangelio hasta el fin.

Bendito seas por las que encontraron la Vida en ti.

Por La hija de Jairo, por la mujer que iba a ser apedreada

por el peso de una moral hipócrita.

Por todas las mujeres que en el encuentro contigo

se empoderaron y recuperaron su dignidad

poniéndose en pie y ayudando a hacerlo a otras y otros.

Bendito seas por la samaritana, que proclamó entre su pueblo

que la Buena Noticia de Jesús lo era también para las mujeres,

haciendo así nacer la comunidad de iguales.

Bendito seas por la mujer cananea que, con su reclamo,

te ayudó a reconocer que el pan del Reino no tiene fronteras.

Bendito seas por la mujer que metió la levadura en la harina

y por la viuda que compartió lo poco que tenía

y, al hacerlo, conmovió tu corazón

y la pusiste como ejemplo ante los ricos y los fariseos

Bendito seas por aquella mujer

terca en reivindicar una justicia que le era negada

de la que hablaste en tus parábolas.

Bendito seas por Marta y María, tus amigas de confianza,

por María Magdalena, Apóstol de los apóstoles, y primera testigo de tu Resurrección.

Bendito seas por Lidia, Damaris, Priscilla, Erodia, la diaconisa Febe,

colaboradoras y lideresas en las primeras comunidades cristianas.

Bendito seas por tu madre, María de Nazaret,

mujer de la confianza y la rebeldía por otro mundo posible

como nos revela el Magníficat.

Bendito seas por todas las mujeres y hombres que se comprometen

por la erradicación de la feminización de la pobreza

y la violencia contras las mujeres en nuestros ambientes y en el mundo

 

 

Manifiesto 8 de marzo

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“Por esos gritos de ayuda, Por esas voces que no se escucharán más, ¡Me dueles Guatemala!”

Por:Chus Laveda.Licenciada en Pedagogía.Miembro del Núcleo Mujeres y Teología

Dicen que era nuestro día, el día Internacional de la Mujer, aunque muchas de nosotras no hablamos de celebración, sino de recuerdo y conmemoración por el asesinato de aquellas otras mujeres que dieron su vida en  defensa de los derechos de todas. Y mientras caminábamos, levantando nuestra voz, otras voces gritaban pidiendo ayuda para salvar sus vidas del fuego.

Pero el grito de las niñas y de otras organizaciones de defensa de sus derechos ya resonó en otro tiempo clamando humanidad y exigiendo justicia para sus cuerpos maltratados, violados por la prepotencia de quienes debían protegerlas, sobreviviendo en un mundo falto de ternura, amor, respeto y dignidad. No escucharon. No hicieron caso de sus denuncias. Ni las de ellas, ni las de los otros organismos que conociendo la realidad exigieron cambios. No escucharon. No eran importantes. No valían la pena.

Y hoy, a nosotras, a todo el país, nos faltan 40 niñas y adolescentes.

Una vez más, sea el día que sea y el mundo entero cante otra cosa, las mujeres seguimos siendo personas de segunda clase, sin derecho a ser respetadas, acogidas, reconocidas en nuestra dignidad.

Resuena en mi interior uno de los gritos escuchados en la concentración  organizada por la sociedad civil que decía:
¡Los cuerpos de las niñas, no se tocan, no se violan,  no se queman, no se matan!

Era un solo grito, pero no fue suficiente. La plaza se tiñó de rojo, de sangre inocente derramada y sumiendo al país es un desconcierto y un sentimiento de rabia, impotencia, incredulidad frente a lo sucedido.

¡Hasta cuando hemos de seguir sufriendo! ¡Hasta dónde nos es posible resistir, perder vidas humanas, rotas en sus sueños y robada su esperanza!

Nadie se hace responsable. Unos dicen: es un asesinato de Estado… otros comentan en voz baja, todos somos culpables… pero hoy 40 niñas ya no pueden levantar su voz.

Y esto va seguir así mientras a cada uno y una de nosotras no nos queme el alma, no nos salpique el dolor de esas niñas y sus familias que las lloran, mientras otras aún no saben donde se encuentran sus hijas.

¡Me quema…me quema!  En tantas otras oportunidades hemos levantado la voz exigiendo justicia para nosotras las mujeres, reconocimiento de nuestra dignidad, derecho a ser dueñas de nuestros cuerpos, de nuestra libertad, de nuestros sueños… hoy también gritamos pero hoy además, nos quema y duele el alma.

¿Y dónde queda la teología en toda esta experiencia?

Dice Jesús: “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, era emigrante y no me recibieron, estaba desnudo y no me vistieron, estaba enfermo y encarcelado y no me visitaron… Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños, no me lo hicieron a mí” Mt. 25, 41 – 45

Jesús se encarna en nuestra realidad humana, se identifica con cada ser humano, se hace uno de nosotros, asume nuestra misma debilidad, por eso el daño causado a uno de los más pequeños, empobrecidos, marginados, violentados en su dignidad, se lo hacemos al mismo Jesús. Somos su mismo cuerpo, su misma sangre. Somos cuerpo de Cristo. Desde su encarnación ya no hay diferencia entre lo divino y lo humano. Todo es sagrado a los ojos de Dios.

Pero nuestra hipocresía, nuestra indiferencia nos permite seguir creyendo que estamos en el lado bueno de la historia, porque cumplimos leyes y realizamos ritos sagrados, olvidando reconocer en cada ser violado, excluido, en cada mujer violada, discriminada, al mismo Dios.

Nuestra dignidad nos viene de nuestro ser personas creadas a imagen y semejanza de Dios. Nuestra imagen la expresamos en los dones recibidos de Él, nuestra libertad, inteligencia, capacidad de pensar y decidir, nuestra creatividad para el bien. Nuestra semejanza la expresamos en nuestros actos de bondad, rectitud, responsabilidad, servicio. Pero tenemos una falsa imagen de Dios y por lo mismo, una falsa imagen del ser humano. Por eso lo hacemos propiedad nuestra, y hacemos con él lo que se ajusta a nuestros intereses mezquinos y personales, violando, quemando sus cuerpos y rompiendo sus vidas. No nos interesan.

Es tiempo de despertar. Todas y todos.

Es tiempo de actuar de manera profética. No es suficiente romper el silencio. No son suficientes los gritos, el llanto y las palabras por fuertes que las pronunciemos. Hay que actuar. Desde la conciencia de nuestro ser personas y el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano.

Aún ahora yo siento que levanto mi voz, pero ¿me arriesgo a la acción comprometida en defensa de todos los que sufren marginación y violencia?
Resulta, en cierto modo fácil reconocer el rostro de Dios en los empobrecidos, pero en los violadores, los corruptos, ¿logramos verlo? Resuena en mi interior la palabra de Pedro: “Si mi hermano me ofende, cuántas veces debo perdonarlo, ¿hasta siete veces?” Y la respuesta de Jesús: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”. 
¿Cómo anidar estas actitudes en nuestro corazón dolido, indignado, cansado de tanto sufrimiento?
No es sencilla una respuesta al estilo de Jesús. Pero hay que dar pasos para un cambio de sociedad, más humana y digna.

Hay que exigir responsabilidades. Eso es lo que gritamos. Pero mientras no cambiemos nuestro interior, mientras no nos convirtamos todos y todas en un pueblo profético que trabaje por un mundo distinto, seguiremos gritando y nuestra cosecha será más muerte.

 

 

 

 

Manifiesto: 8 de marzo 2017

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La patria del corazón

Texto del pregón del Domund 2016 pronunciado por Pilar Rahola en la Sagrada Familia de Barcelona.

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella, monseñores, autoridades, amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma…, porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso…; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.

 

 

 

Mensaje sobre el 36 Congreso de Teología: “Migrantes, Refugiados y Fronteras. De la exclusión a la hospitalidad”

 Por: [email protected]

MENSAJE DEL 36 CONGRESO DE TEOLOGÍA SOBRE “MIGRANTES, REFUGIADOS Y FRONTERAS: DE LA EXCLUSIÓN A LA HOSPITALIDAD”

Celebrado en Madrid del 8 al 11 de septiembre de 2016
.36 Congreso de Teología

ECLESALIA, 12/09/16.- Del 8 al 11 de septiembre de 2016 hemos celebrado el 36 Congreso de Teología, que ha reunido a personas y colectivos procedentes de los diferentes continentes, pueblos, culturas y religiones para reflexionar sobre el tema “Migrantes, refugiados y fronteras: de la exclusión a la hospitalidad”. En él han participado activistas sociales comprometidos en los campos de refugiados y en las zonas fronterizas, que han aportado sus experiencias. Nos han acompañado representantes de pueblos oprimidos y olvidados. Hemos contado con especialistas en relaciones internacionales, procesos migratorios, trata de seres humanos, teoría de género, así como con teólogas y teólogos, que .han hecho análisis críticos de la situación y han ofrecido interpretaciones liberadoras de los textos religiosos.

1.     Existen en el mundo 200 millones de personas migrantes, 60 millones de desplazados, 20 millones de ellos refugiados y 40 desplazados internos, y 4 millones de víctimas de trata. Las personas más vulnerables son los niños, las niñas, mujeres, gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, sometidos a todo tipo de vejaciones: acoso sexual, agresiones físicas, trata de personas, tráfico de órganos, trabajos forzados, prostitución, violencia de género. Son personas sin nombre, sin cara, sin identidad reconocida. Viven una soledad social, política, moral y jurídica. Se les niega la dignidad y el derecho a la vida, como demuestran las miles de personas muertas en el legítimo intento de atravesar las fronteras.

2.     En expresión de Francisco, estas personas son consideradas “`población sobrante”, producto de la “cultura del descarte”, que nos vuelve incapaces para compadecernos ante los clamores de los otros. Son víctimas de un sistema basado en el Dios Dinero, del capitalismo perverso y de la acumulación mafiosa del capital. Quien se beneficia de esta situación es una elite político-económica, patriarcal, colonial, racista y antiecológica, que pone en marcha tres grandes negocios: el de la seguridad, el de la economía política de las migraciones y el de la gestión de las personas en movimiento.

3.     A pesar de las discriminaciones que sufren, las mujeres inmigrantes, refugiadas y desplazadas demuestran una gran capacidad de resistencia, resiliencia y empoderamiento.

4.     Los países de acogida son, en su mayoría, países del Sur, mientras que la mayoría de los del Norte cierran sus puertas a cal y canto, protegen sus fronteras con vallas, concertinas, policías y fuerza militar, niegan el derecho de asilo, siguen políticas equivocadas de seguridad, incumplen los protocolos internacionales y sus propios compromisos, y no demuestran voluntad de acogida.

5.     La insolidaridad de los Estados del Norte contrasta con la solidaridad que demuestra una parte importante de la sociedad, que adopta actitudes de hospitalidad, y con el trabajo de los movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales y personas cooperantes, que colaboran en los campos de refugiados y en las fronteras.6. El papa Francisco está adoptando actitudes ejemplares de acompañamiento y acogida, al tiempo que denuncia la hipocresía de los gobernantes y de los poderes económicos y financieros europeos. Dirigiéndose a ellos en su visita a Lampedusa pronunció la palabra “vergüenza”. A los parlamentarios europeos les dijo que no es tolerable que el Mediterráneo se convierta en un gran cementerio ni que se niegue acogida a quienes llegan a diario a nuestras costas, muchas veces muriendo en el intento en las barcazas. Actuar de esta forma es negar su dignidad y favorecer el trabajo esclavo.

6.     La actitud hospitalaria del papa contrasta con la insensibilidad de un sector importante de la jerarquía católica española ante el drama de las personas migrantes y refugiadas, cuyos problemas parece serles ajenos o no son prioritarios en su agenda pastoral. Amén de insensibilidad, hay obispos que amparándose en un mal uso de la libertad de expresión, adoptan actitudes racistas, xenófobas, excluyentes e inhospitalarias cuando alertan irresponsablemente sobre la “invasión” de los refugiados, cuestionan que todas las personas que cruzan la frontera sean “trigo limpio” y afirman que a Europa vienen muy pocos porque sean perseguidos. Alguno ha llegado a decir que la llegada de los refugiados es el Caballo de Troya de las sociedades europeas y, en concreto de la española, y que la acogida de los refugiados puede quedar muy bien, pero que “hay que saber lo que hay detrás”.
Estas declaraciones se hacen desde la impunidad jurídica y el disfrute de privilegios de todo tipo de parte del Estado: educativos, sociales, fiscales, económicos, financieros. Privilegios s que los alejan del Evangelio como mensaje liberador de Jesús de Nazaret.

8.     Queremos denunciar enérgicamente tales declaraciones, que demuestran ausencia total de misericordia y falta de sentido de hospitalidad, se alejan del mensaje hospitalario de la Biblia, que pide amar a los emigrantes, no maltratarlos ni oprimirlos “porque emigrantes fuisteis vosotros en el país de Egipto” (Éx 22,20), y son contrarias a la práctica acogedora de Jesús de Nazaret, él mismo perseguido, emigrante e identificado con los emigrantes (Mt 25,31-45).

9.     En nombre del Dios de la Vida y de la Paz condenamos el terrorismo, en este caso, el terrorismo que dice basarse en motivos religiosos y matar en nombre de Dios y que provoca la salida de poblaciones enteras para huir del terror.

10.   Exigimos a los Estados:

·         cumplir los protocolos internacionales en materia de inmigración, refugio y desplazamiento;

·         abrir rutas seguras que impidan caer en las redes de las mafias;

·         no participar en el negocio de venta de armas que se utilizan para apoyar al terrorismo y a los gobiernos dictatoriales;

·         combatir el racismo institucional; negar legitimidad a gobernantes corruptos y autócratas;

·         apoyar a las organizaciones humanitarias que trabajan sobre el terreno; –

·         fomentar políticas de desarrollo en los países de origen;

·         cumplir sus compromisos de acogida;

·         fomentar el diálogo intercultural, interreligioso e interétnico.

11.   El Congreso quiere expresar su solidaridad con los pueblos oprimidos y olvidados como el kurdo, el palestino y el saharaui, a quienes se les niega su derecho a la independencia y se los somete a todo tipo de vejaciones. Todos ellos tienen numerosos emigrantes, refugiados y desplazados.

12.   Las personas que hemos participado en este Congreso de Teología nos comprometemos a:

·         luchar contra la ideología y el sistema económico que provoca la exclusión de millones de personas,

·         denunciar la sistemática transgresión de los derechos humanos de las “personas en movimiento” por parte de los Gobiernos,

·         trabajar por otro mundo posible hospitalario,

·         seguir la práctica solidaria de Jesús de Nazaret;

·         hacer una nueva teología de la emigración;

·         pasar de la exclusión a la hospitalidad.

En Madrid, a 11 de septiembre de 2016

 

Comunicado 1º de Mayo – JOC y HOAC

Repensemos un trabajo decente que construya humanidad

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Día 8 de marzo: una fecha para recordar y vivir

Comunicado ante el Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Por: Mujeres y Teología de Ciudad Real. JOC: Juventud Obrera Cristiana   www.joc.es HOAC: Hermandad Obrera de Acción Católica   www.hoac.es

ACTOPÚBLICOEl 8 de marzo es un día para rememorar el pasado y ser agradecidos y agradecidas; para observar el presente y hacernos eco de la realidad; y también para mirar al futuro y lanzarnos valientemente hacia él.

8 de marzo de 1911: el pasado que construyó el presente. Fue en 1911 cuando se celebró por primera vez el Día Internacional de la Mujer Trabajadora con una reivindicación a favor del derecho al voto, el derecho al trabajo y la no discriminación laboral.

Con aquel primer Día Internacional de la Mujer Trabajadora se inicia una tradición que cumple 105 años de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. Nuestra admiración, por tanto, hacia las mujeres que han luchado por defender su dignidad de mujeres y de trabajadoras, y que han conseguido la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos.

8 de marzo de 2016: una acentuación de las desigualdades sociales Hoy, en este 8 de marzo, queremos tener presentes a todas las mujeres trabajadoras, especialmente a las que día a día luchan contra la incertidumbre económica y vital de un sistema económico que precariza nuestras condiciones de vida y de trabajo, que crea cada día más pobreza y más desigualdad.

Las mujeres con poca cualificación, con empleos poco remunerados y sin derechos, con importantes responsabilidades familiares son el eslabón más débil y que soporta mayor discriminación y mayor explotación por ser mujeres trabajadoras y trabajadoras pobres.

Los recortes sociales, las reformas laborales, la supresión de ayudas a la dependencia…, han generalizado la precariedad y la flexibilidad, con especial incidencia en las mujeres, doblemente discriminadas tanto en el ámbito doméstico como en el laboral, a pesar de los avances. Además, en una sociedad mercantilizada como la nuestra, el trabajo del hogar y los cuidados para sostener la vida, realizados desde la gratuidad, fundamentalmente por mujeres, no son valorados ni considerados.

Una mirada al futuro desde la esperanza. En contraste con la lógica actual que domina la vida social, política y cultural, hemos de aspirar a humanizar la sociedad, atendiendo preferentemente al empobrecimiento de millones de personas. La lucha contra las desigualdades, discriminaciones e injusticias que hoy padecen las mujeres necesitan de cada uno de nosotros y de nosotras. La corresponsabilidad entre ambos sexos es imprescindible y necesaria.

En este Día Internacional de la Mujer Trabajadora, Mujeres y Teología, la JOC (Juventud Obrera Cristiana) y la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), nos comprometemos en nuestra tarea a trabajar por el sueño de la igualdad de derechos, igualdad de oportunidades y progreso para todos y todas: “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente.” (Papa Francisco Evangelii Gaudium nº 104).

Invitamos también al conjunto de la sociedad a no permanecer impasible ante las situaciones de deshumanización y empobrecimiento de tantas mujeres. Este día es una llamada al compromiso y a la denuncia profética, a la reflexión y a la acción, sabedores y sabedoras de nuestra capacidad para organizar la vida social desde la igualdad y desde el respeto a la diversidad de cada hombre y mujer.

Durísima denuncia de Santiago Agrelo

Por: Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo de Tánger.

En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí mismos y para sus familias. Sé que las autoridades de las naciones los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

El lunes les llevamos alimentos. El martes nos llaman para informar que las fuerzas del orden (ellos dicen “la policía”) se los han quitado. ¿Qué dirían ustedes de una sociedad que persiguiese a hombres, mujeres y niños vulnerables e indefensos -a los que leyes inicuas han hecho ilegales, irregulares, clandestinos-, los acosase como si fuesen alimañas, los persiguiera como si fuesen criminales, los golpease como no se permitiría hacer con los animales, y los cercase para rendirlos por hambre? Se diría que esa sociedad se había deshumanizado, corrompido, embrutecido, envilecido, degenerado.

Pues lo que no hace la sociedad marroquí, acogedora y humana, se nos dice que lo hacen agentes uniformados, miembros de fuerzas del orden del Estado, que entran en el bosque de Beliones, no para apartar de la frontera -de una maldita frontera que Dios no hizo ni quiso ni quiere-, a unos emigrantes, sino para apropiarse de los pocos alimentos que los emigrantes han recibido para subsistir.

¿Qué nombre te das a ti mismo, tú, agente de la autoridad, si te has llevado a tu cuartel o a tu casa lo que un hermano tuyo necesita para vivir? ¿Te has divertido? ¿Te has escondido para que nadie te viese? ¿Es lo que te han mandado hacer? ¿Lo has hecho por propia iniciativa? ¿Crees que no habrás de dar cuenta al único Dios?

Por si lo hubieses olvidado, te recuerdo lo que dice el Señor de todos, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de Mohamed: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos”. Te lo recuerdo por si quieres tener piedad de ti mismo, pues si comes el pan que has quitado a los pobres, estás comiendo tu propia condenación, estás comiendo el bocado que mete en tu cuerpo a Satanás.

Se lo recuerdo al soldado y al oficial que lo manda, al político que fija las normas y a los gobiernos que las ejecutan: Dios ve al opresor y al oprimido, y toma partido por el oprimido.

Tal vez pienses que puedes honrar a Dios y despreciar a los pobres. Un día comparecerás ante él y descubrirás aterrorizado que los pobres eran tan dignos de respeto como Dios. Aquel día, el Rey, el único Rey, el hermano de los pequeños a quienes hoy robamos el pan, lo creáis o no, nos juzgará y nos condenará, y de nada servirá que le llamemos “Señor”, pues sólo se recordará el pan que le hemos dado o le hemos negado.

“Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”. A nadie le pediré que se convierta a Dios. Podéis tranquilamente no creer en él. No se os pedirá cuenta de semejante ignorancia. Pero estamos perdidos si no nos convertimos a los pobres. Entonces nuestra suerte estará entre los malditos.

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