Retiro Cuaresma 2017

Jonás: el profeta desconcertado

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cantábamos hace años una canción en la que nos preguntábamos en dónde estaban los profetas. Es una pregunta muy actual que admite respuestas diferentes: ya no hay profetas, hay muchos, hay pocos… cada persona tendrá sus razones para responder de una manera u otra. Lo que está claro, es que esta Cuaresma se presenta como una buena oportunidad para ejercer, con más empeño, nuestra condición profética, y el libro de Jonás nos puede ayudar a ello.

  1. El libro de Jonás

Contenido del libro. Nínive, capital de Asiria, era tan grande que hacían falta tres días para cruzarla a pie. El Señor envía a los ninivitas a un tal Jonás, profeta de Israel, con un mensaje que consiste en decirles que su maldad ha subido hasta Él y, por ella, serán sancionados: “dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Jonás empieza huyendo porque, conociendo la bondad de Dios, tiene miedo de que su predicción no se cumpla. Después de algunas aventuras, Dios le devuelve a Nínive para que predique. El profeta no ha caminado ni un solo día y el pueblo ya se ha convertido. Dios anula entonces su decisión de condenar al pueblo. Este cambio supone un drama para Jonás, que ve cómo se verifica lo que él temía: Dios perdona a Nínive y no será castigada. Ahora es mejor que cojamos el libro de Jonás y lo leamos directamente, son cuatro capítulos.

La época de composición del libro. La redacción del libro puede ubicarse en la época del post-exilio, entre los siglos IV y III a.C., cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra procedente del exilio en Babilonia. Ciro autoriza a los judíos desterrados a volver a su patria (Esd 1,1-4). Comienza la lenta restauración del pueblo; el judaísmo se consolida en sus cimientos: la Ley, el Templo y la pureza de la raza. Esta comunidad naciente, que retorna a su tierra, se radicaliza en el nacionalismo. A fin de proteger la pureza de su fe, el judaísmo se afirma frente a los otros pueblos y lo hace insistiendo en sus privilegios y en la intolerancia ante todo extraño.

Por ello, los extranjeros fueron expulsados de la tierra de Israel (Ne 13,1-3) y se promueve el repudio de los matrimonios mixtos, es decir, matrimonios de judíos con extranjeras, justificando el abandono de las esposas (Esd 9-10). El pueblo defiende a ultranza su culto, está obsesionado con la pureza de su religión y se separa de todos cuantos no son judíos.

Este exclusivismo intolerante se produce como respuesta al desprecio con que fueron acogidos en otro tiempo los israelitas pero, sobre todo, se produce porque perciben como un gran peligro para la integridad de su fe y su unidad como pueblo, la introducción de elementos foráneos. Este miedo a la posible amenaza de los no judíos fue degenerando en odio al extranjero.

El libro es una parábola. La mayoría de estudiosos piensan que Jonás no es un personaje histórico. La obra es considerada como un relato sapiencial, es decir, una parábola para enseñar que la misericordia de Dios no tiene fronteras. Dios no quiere ni la intolerancia, ni el racismo. Un autor anónimo, valiente y auténtico profeta, escribe el libro de Jonás para denunciar el exclusivismo y la xenofobia del propio pueblo judío. Asociado a su ballena, aferrados a la literalidad del texto, no se lograba intuir la hondura del mensaje que expresaba. Este libro tan rico ha servido, la mayoría de las veces, sólo como entretenimiento pero en él Dios nos sigue hablando hoy. La grandeza de la Revelación divina no tiene por qué encerrarse solo en relatos históricos; también se manifiesta en escritos poéticos o de ficción.

  1. Mensaje profético del libro

Anuncia: la misericordia de Dios no tiene límite. La célebre frase: “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor” era conocida por el mundo bíblico y el mismo Jonás recuerda que él ya la sabía (4,2). Se aplicaba a las relaciones de Dios con Israel pero ahora, y esto es lo sorprendente, se aplica a la relación de Dios con otro pueblo diferente al judío. Y lo más llamativo es que está dirigida a un pueblo pagano, Nínive. Nínive era el símbolo del imperialismo, de la más cruel agresividad contra el pueblo de Dios (cf Is 10,5-15; Sof 2,13-15; Na 2-3). Representa a los opresores de todos los tiempos. A ellos debe encaminarse Jonás para exhortarlos a la conversión y a ellos les concede Dios su perdón. El mensaje profético del libro no es sólo la apertura universalista de la salvación, sino la apertura a un pueblo pecador y violento. Dios ama a este pueblo no como opresor, Dios no justifica la violencia, sino que lo ama con una misericordia sin límite; y este amor posibilita que pueda salir de su maldad y de su pecado. Esta es la novedad y el escándalo del libro. Dios ama también a los pecadores, incluso a las personas o pueblos que de forma sistemática actúan mal contra el pueblo de Dios.

Denuncia: el exclusivismo y la xenofobia. En la persona de Jonás, -que se irrita porque se ha secado una planta de ricino que no había plantado ni hecho crecer con su esfuerzo y reprocha, lleno de disgusto, a Dios su conducta de perdón y misericordia-, se denuncia la postura intolerante y xenófoba del pueblo de Israel. Quiere Jonás, desde su conciencia de pertenecer a “los buenos”, un Dios vengador que haga justicia con Nínive, la gran ciudad opresora. Dios contraría los deseos del profeta  y este mal no llega. Jonás no comprende absolutamente nada. Sus expectativas no se realizan, sus esperanzas judías son quebrantadas, no comprende a Dios, está desconcertado… quiere morir. Por el contrario, cuando los ninivitas escucharon la llamada de Jonás a la conversión, al momento se pusieron a ayunar: la iniciativa partirá del pueblo, se extenderá al soberano y también al reino animal. Esta reacción de los ninivitas es sensacional, la ciudad enemiga por excelencia de Israel cree en Dios. La respuesta no fue matar al mensajero, ni refugiarse en sí mismos, ni organizar una evacuación. Lo que organizan es una penitencia colectiva. El profeta, en su mentalidad racista, no quiere captar el bien que hay en los “ateos” y en quienes son diferentes. Soñaba con el fracaso de su misión para que Dios castigara a los “malos”, que bien se lo merecían.

Renuncia: también el profeta necesita convertirse. Jonás cree en Dios, desde luego, pero cree sin sobresaltos. Por eso, cuando al inicio del libro escuchamos la llamada que le dirige (1,1-2), esperaríamos una respuesta positiva, pero no obedece y pone tierra y mar de por medio. Huye, en vez de al este, se va al “lejano oeste”. Pero incluso en su sueño marino Dios lo busca. Dios mismo lo lleva, aún a pesar de la resistencia del profeta, por medio de las alas del viento, de las olas de la tormenta y de la travesía del cetáceo, justo a donde desde el principio Él quería: Nínive. Los caminos de Dios son incomprensibles y, a veces, hasta tortuosos, pero se cumplen. Al final Jonás sí predica y los ninivitas creen en Dios. El enorme éxito alcanzado debió desconcertar grandemente al profeta, que ni por asomo se lo esperaba. El pueblo se convierte pero el profeta aún no se ha convertido. Ha realizado con la boca su misión de predicar, pero su corazón aún no ha cambiado. Para Jonás Dios debería ser menos paciente, más implacable, menos bueno.

  1. Mensaje profético del libro para esta Cuaresma 2017

Levántate, vete. Salir de la boca del gran pez y caer en las playas de las nuevas culturas no es sólo cuestión de voluntarismo, es misión que viene de Dios: “Levántate, vete a Nínive… y anúnciale el mensaje que yo te indicaré” (1,2; 3,2). Vivimos en un mundo multicolor: distintas lenguas, religiones, razas, culturas… Y en todas ellas, cuando se conocen y se aman a fondo, descubrimos posibilidades y perspectivas insospechadas. Vete a “Nínive”… con los rumanos, los latinos, los árabes, los catalanes, los manchegos, los gitanos, los hutus, los tutsis, los chinos, los quichés, los ladinos, los bahianos… Levántate, ve y proclama. Esto supone un nuevo modo de ser, de estar, de hablar, un nuevo talante. La tentación es huir ante el riesgo de lo diverso, la inseguridad de una misma, el miedo… o atrincherarse en lo conocido, refugiarse en la tarea de mantenimiento, en el calor cultural propio.

Pero la misericordia universal de Dios es un pie que impide atrancar la puerta ante la amenaza de lo diferente. Se nos plantea la superación de los particularismos ya sean personales, de familia, nación, lengua, cultura… No se nos llama a renunciar a nuestra identidad, se nos llama a no ponerla en el centro, a que no sea nuestra última referencia, a descentrarnos. Dios es el centro de nuestra vida y, al mismo tiempo, es nuestra mayor periferia. Ser fieles a Dios nos convierte en peregrinas: sal de tu tierra… Creerse, aunque sea de manera sutil, superiores a los demás imposibilita el diálogo de igual a igual. El resultado es una imparable xenofobia, especialmente dirigida a las personas o pueblos considerados inferiores y, encima, amenazan nuestra seguridad y nuestra abundancia. No es cuestión menor, ni mucho menos. Dios nos necesita disponibles y prestas a la itinerancia y el equipaje cultural que arrastramos puede que sea demasiado pesado.

Profetas en Nínive. Cómo plantearnos la propuesta de anunciar el mensaje a la “ciudad de los opresores”, es decir, a los “malos”. No quiero poner nombres pero seguro que cada una tiene ya algunos en su cabeza. Somos igual que Jonás. Tenemos la misma dificultad que él porque en el fondo pensamos que lo que se merecen es un castigo. El pueblo de Israel había ido tomando conciencia de que Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos y esto se percibía en que los buenos tenían salud y prosperidad económica y los malos enfermedad y precariedad económica. Tener que aceptar en Dios un comportamiento clemente y misericordioso con los opresores de Israel, llevó a Jonás al desconcierto total. El libro nos enseña ya, lo que luego Jesucristo nos dirá con más claridad, Dios ama a los seres humanos, tal como somos, con nuestras grandezas y pecados.

Profetas en la ciudad. Hace falta ser generosas para profetizar al pueblo pobre y humillado, pero hace falta mucha valentía y humildad para hacerlo en la gran ciudad, especialmente, de este primer mundo rico. Cómo hacerlo en las grandes ciudades donde vivimos. Ya no se trata de pensar en los días que se tarda en atravesarla sino en las dificultades para afrontar la evangelización del medio urbano, sobre todo, cuando parece que éste ha tomado el camino de la indiferencia, el consumismo, la acomodación… Sería muy bueno cuestionarnos si sabemos qué está pasando –en los grandes ámbitos en los que se articula la vida social a gran escala: economía, política, ciencia, arte, medios de comunicación, cultura, religión, movimientos sociales…–, si manejamos un suficiente y correcto análisis de la realidad. Pero igualmente sería esencial que nos preguntáramos hasta qué punto también ese análisis de realidad es parte de nuestra experiencia de Dios. Y, sobre todo, no condenar inmediatamente la realidad. Liberarnos de prejuicios. La sabiduría está justamente en ese punto en que dejamos que se manifieste el trozo de verdad que existe en el otro. Las ciudades del mundo son lugares de misión a las que somos enviadas por el propio Dios.

Siempre podremos huir. La huida es una tentación grande y una dinámica humana que muchas personas hacemos con frecuencia. Huimos por miedo, por cansancio, por quitarnos de encima la responsabilidad. Huimos escapando de la rutina o del peso de posibles fracasos. Huimos de muchas formas. No siempre con ausencia física. Huimos con incomunicación, con superficialidad, evitando diálogos necesarios y tareas que nos aguardan… Pero es inútil. Ni un crucero por el mediterráneo nos sirve para despistar a Dios. No se puede huir de la presencia del Señor. Siempre se huye hacia alguna parte, y en todas partes está Él. Él que nos mira con amor y con humor. Dios nos invita a sonreír ante nuestras preocupaciones y huidas porque Él mismo nos mira con irónica ternura cuando, faltas de humor, sufrimos nuestros propios fracasos. El humor de Dios es amor.

La conversión como alternativa real. El desafío es la conversión. Convertirnos pero no por puños, sino como respuesta al perdón gratuito de Dios. Porque nos sentimos amadas, ese amor nos posibilita cambiar y poner nuestra vida en armonía. Pero por desgracia, muchas veces seguimos funcionando con el pensamiento de Jonás: yo peco, como consecuencia, tengo que arrepentirme para obtener el perdón de Dios, es decir, es mi arrepentimiento quien provoca el perdón de Dios. En el primer caso la fuerza salvadora la ponemos en Dios, en su amor y gratuidad; en el segundo, la fuerza la ponemos en nosotras mismas.

La misión de ser profeta nunca se aprende del todo, constantemente estamos en estado de conversión. Se trata, en definitiva, de ajustar el corazón humano, siempre demasiado estrecho, con el corazón de Dios, infinito en su amor y su misericordia universal. El profeta es, la mujer o el hombre, de un corazón distendido, ensanchado, esponjado… No sabemos si Jonás aprendió la lección de Dios. El libro concluye con una declaración divina en forma de pregunta (4,11). Hacia esta pregunta se dirige el libro entero. La pregunta-invitación de Dios sigue abierta y todo hombre o mujer, que sienta la llamada de Dios a ser profeta y lea este libro, debe responderla con su vida.

Profetas en la vida cotidiana. Dios nos llama porque nos necesita, así como suena, Dios necesita nuestra disponibilidad misionera, “levántate y vete…”, aunque respondamos con caídas y deserciones. La llamada de Dios a ser su profeta es “irresistible”. Y, como Jonás, podemos huir o podemos ponernos los auriculares y escuchar a Dios. Dios nos habla a través de este libro de Jonás y nos sigue llamando a salir de nosotras mismas, a “levantarnos” a pesar de nuestras fragilidades y limitaciones e ir a “Nínive”, a acoger a las “diferentes”; a no llevar cuentas del mal; a levantar la mirada hacia el horizonte de la gran ciudad y estar atenta a lo que en ella ocurre; a poner mi dolor en segundo lugar porque el primero lo ocupa el dolor del mundo; a darle otra oportunidad al perdón; a dejarnos desconcertar por Dios… en definitiva, a ser como Él, mujeres-hombres sin fronteras, mujeres-hombres de misericordia sin fronteras.

 

Retiro de Adviento 2016

Esperar o no esperar

Por: M.Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

 De vez en cuando necesitamos frenar, detenernos, tomar aire, mirar alrededor y recobrar el aliento. La vida nos lleva de forma acelerada. Es bueno aprender a esperar. Parece una contradicción pero, quizás, conforme nos vamos haciendo mayores, nos cuesta más esperar. Puede ser porque constatamos de manera más clara que solo tenemos una vida, que nuestro tiempo es limitado y pasa, que no podemos aspirar a vivirlo todo, experimentarlo todo, hacerlo todo… Somos finitas y nuestras posibilidades y capacidades también lo son.

Adviento es un tiempo para aprender a esperar. Esperar nos ayuda a ser mujeres confiadas, a no saber exactamente qué ocurrirá mañana, pero creer desde la hondura que, sea lo que sea, será bueno si lo vivimos desde Dios. Esperar nos hace libres interiormente. La espera aguza nuestras ideas. Nos concede el tiempo y el espacio, la perspectiva y la paciencia que nos permiten distinguir entre lo bueno, lo mejor y lo óptimo. La función del Adviento es recordarnos a quién estamos esperando, por si acaso vamos tan ocupadas en nuestras tareas o tan ensimismadas en nosotras que nos olvidamos.

  1. Tiempo de espera 

Pero, qué se espera en este tiempo. El tiempo que llamamos “Adviento” es precisamente eso, tiempo de espera y de preparación. Pero en nuestro primer mundo rico y en crisis, en las primeras semanas de diciembre aparecen muchos tipos de espera, de intereses, expectativas…

Los estudiantes y las personas con trabajo esperan unas vacaciones; viene bien cortar con el ritmo habitual, con la rutina, y dedicar unos días a descansar.

Las vacaciones navideñas implican, en la mayoría de los casos, encuentros familiares. Los niños esperan los regalos porque la Navidad es tiempo de regalos. Las personas que les gusta la buena comida esperan los menús que se tienen asociados a estas fechas; en cada hogar tenemos la costumbre de repetir platos que se transmiten de generación en generación…

Los comerciantes esperan que las Navidades impliquen muchas compras; a ver si, en tiempos de crisis, por lo menos, se da bien el fin de temporada. Los consumidores, por su parte, prefieren esperar a que lleguen las rebajas que, total, es cuestión de posponer las compras un par de semanas.

La gran maquinaria del turismo espera la temporada de Navidad para concluir el año con ganancias; todos los medios de transporte y servicios se unen a esa espera. Quienes pueden, esperan este tiempo para ir a esquiar o a lugares más cálidos y tomar el sol. El bronceado de invierno luce más.

Quien más quien menos espera la lotería, a ver si cae un pellizquito.

No pocas personas esperan que las Navidades pasen pronto, por diferentes y variados motivos no les gustan estas fiestas…

Hay otras esperas que se viven sin ánimo ni esperanza. El tiempo, la rutina, el aburrimiento, el cansancio, la vejez, la soledad, el dolor del mundo… hay muchos motivos para bajar la guardia en la espera. Qué difícil resulta mantenerse firmes. “Quien espera desespera” dice el refrán. Quisieran no tener que escuchar las conversaciones de siempre, las mismas quejas, comentarios o dolores todos los días, las noticias idénticas en el telediario; no abrir el periódico para no ver el rosario cada vez más alarmante de atrocidades, los políticos a lo “suyo”, la corrupción que no cesa… Esperar se hace duro.

Y, hay un ingente número de personas para las cuales hablar de espera y esperanza es una especie de burla y humillación: las que están sumidas en el dolor de la enfermedad; quienes arrastran su falta de trabajo como un deshonor; los refugiados que no encuentran sitio “en ninguna posada” del mundo; los niños y niñas que huyen solos hacia países donde no se les quiere; las personas que, rendidas por el cansancio, se duermen con el sonido de las bombas sobre sus cabezas; aquellas que hoy no tendrán nada para comer; las que pasarán frío en las calles…

Entonces, quién espera a Dios. Y, en medio de este panorama, quién espera a Dios. Porque esto es lo que hacemos en Adviento ¿no? ¿Lo espera mi familia, mis hermanos, los sobrinos? ¿Lo espera mi Centro, mi grupo? ¿Lo esperan mis vecinas, las gentes de mi bloque, de mi barrio? ¿Lo esperan los políticos, los gobernantes, la ONG que conozco? ¿Lo espera mi ciudad, mi pueblo, mi país?… ¿De verdad lo espero yo?…

Quién espera a Dios, quién se entera de lo que acontece. Encima, esperar a Dios no es algo fácil, porque, de qué se trata. ¿Es esperar los momentos de celebración familiar? ¿Es esperar la rica liturgia de estos días, la misa del gallo, el belén, los villancicos, los relatos sobre el nacimiento…? ¿O acaso debemos esperar algo más personal, único, espiritual…? ¿O va a ocurrir algo nuevo en el mundo? ¿Va a venir Dios otra vez?… ¿Qué es esperar a Dios?

Qué es esperar a Dios. Esperar a Dios es ser consciente de que el mundo, y la vida, necesita una Buena Noticia auténtica y tratar de encontrarla en la cercanía de Dios y su Evangelio.

Esperar a Dios es vincular, desde la raíz, mi vida y mi destino con todas las personas que ya no esperan o esperan otras cosas, como lo hizo Jesús, nuestro Dios.

Esperar a Dios es hacer el bien allí donde una se encuentre. Es justo ahí y no en otra parte, es justo en ese momento y no mañana, es a esa persona y no a otra que yo deseo.

Esperar a Dios es “tener cuidado” de los otros y de las otras mientras espero. Desarrollar en mí una sensibilidad que me ayude a percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades.

Esperar a Dios es hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento olvidadas. Es unirnos a la lucha de los empobrecidos por conseguir un futuro más digno y humano.

Esperar a Dios es reconocer que la propia vida personal aspira a una plenitud que no tenemos. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y podemos vivir con más profundidad. Así que esperar a Dios es preguntarnos por eso que falta, que me falta, y buscar en el entorno de Dios la respuesta. Dejar de crecer es empezar a apagarse.

Esperar a Dios es creer que Dios no es un Dios distante, ajeno a la creación, desvinculado de la historia humana y de mi historia. Es creer que Dios sigue presente en nuestro mundo, entre los desesperanzados, entre los empobrecidos, entre nosotras… Dios, que nos ha bendecido con el “amor primero” y que a él nos remite cuando nos desalentamos.

Esperar a Dios es ir comprendiendo que nuestro corazón no nos engaña cuando nos asegura que podemos aguardar el futuro, porque lo que nos espera por parte de Dios no va a frustrar nuestra esperanza (2 Pe 3,13)…

  1. Nosotras sí esperamos a Dios 

Adviento. Adviento es un tiempo para la espera humilde, vivida como alternativa real a las esperas neoliberales del sistema y como propuesta a la desesperanza dolorosa de muchas gentes; es un tiempo para que los creyentes hagamos prácticas cotidianas de espera; una espera en la sencillez, el compromiso y la firmeza. Tal vez, sólo somos “un resto” las personas que hoy esperamos a Dios. No importa,  nosotras sí esperamos a Dios, sí vivimos el Adviento.

Queremos vivir nuestro “hoy” como una oportunidad para ir más allá de la rutina y la seguridad y creer que es posible el milagro de lo nuevo que brota. Esperar al Niño Dios nos recuerda que las bases para la felicidad verdadera se encuentran en lo pequeño, en lo frágil; es ahí donde echa raíz una dicha más profunda, en los márgenes transformados en centro. Anhelamos convertir nuestra vida en ese villancico vital que brota cuando Dios crece en nosotras. Pero es un “hoy” en el que también corremos el peligro de quedarnos fuera de lo que ocurre, que nos dejemos arrastrar por la corriente y estemos perdidas en una burbuja de noticias, entretenimientos, inseguridades… sin darnos cuenta que “algo nuevo está naciendo” y anticipa la fraternidad universal.

Por eso, queremos estar atentas, bien despiertas; no esperamos a Dios de cualquier manera, nos preparamos para acogerlo y lo hacemos mirando el pasado para que ilumine nuestro presente y caminemos hacia el futuro.

Miramos el pasado. Adviento fue el tiempo en que una chica de pueblo, probablemente con poca formación y mucha sensibilidad, intuyó que se le pedía algo muy exigente y, frente a recelos y seguridades, se atrevió a decir: “Hágase” (Lc 1,26-38). No era una decisión fácil. Le cambió la vida y la convirtió en servicio (Lc 1,39-45) y en canto sobre un Dios desconcertante que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (Lc 1,46-56). Fue el tiempo en que un hombre justo tuvo que elegir entre fiarse de un sueño o confiar solo en sí mismo. Se fio del sueño, de aquella mujer y de Dios. Su confianza se volvió esperanza, y su esperanza se volvió salvación (Mt 1,18-25). Fue el tiempo en que un hombre y una mujer, ya entrados en años, aprendieron a reconocer el poder de Dios, que puede hacer cosas admirables más allá de costumbres y normas (Lc 1,5-25). Fue el tiempo en que algunos, movidos por el deseo de búsqueda de más y mejor, se “liaron la manta a la cabeza”, se desinstalaron de sus comodidades y salieron a buscar a Dios (Mt 2,1-12). Fue el tiempo en que otro muchacho se echó al monte, o al desierto, para denunciar la hipocresía que le rodeaba y clamar por la llegada de alguien que traería una Buena Noticia (Mt 3,1-12). En Adviento, algunos, encerrados en sus palacios y sinagogas, no se enteraron de nada. Y, cuando se enteraron, no lo entendieron o lo percibieron como amenaza a eliminar (Mt 2, 3). Otros, a la puerta del templo, firmes en su fe, esperaban sin desfallecer a que se cumpliese lo que un día habían creído (Lc 2,25-38). Los pastores de entonces y los de ahora, cada noche, cuidan los rebaños, a la intemperie, excluidos de las ciudades. Todavía no saben que, una noche de estas, algo cambiará (Lc 2,8-20).

Este Aviento voy a tomar un tiempo más largo para la oración con estos personajes y voy a elegir uno para que me acompañe de manera especial.

Iluminar el presente. Ahora es nuestro Adviento. El tiempo en que nosotras buscamos y esperamos. Nuestro hoy no se da en los campos de Jerusalén ni en los caminos de Galilea, sino en Guatemala, Valencia, Madrid, Ruanda… en nuestras casas, calles, pueblos, trabajos, voluntariados… Es el tiempo de confrontarnos con el Magníficat revolucionario de esa mujer profética, María, en el que todo lo nuevo se anuncia acabando con algo, se exaltan los pobres tras caer tronos poderosos (Lc 1, 46-55). Es el tiempo de dejar la tierra de lo cómodo para seguir la estrella que convierte la propia vida en Buena Nueva para los pobres, inquietando al Herodes de dentro y fuera de nosotras (Mt 2,16), a ese “Herodes” interior que se lava las manos, que se desentiende y olvida a los demás, que no se compromete con nada (Mt 27,24). Es el tiempo de preguntarnos por qué no viene Dios a los palacios y cuidadas casas y sí a las cuevas de animales y pastores (Lc 2,1-7). Es el tiempo de visitar los verdaderos belenes, ese Belén que hoy se encuentra en las mujeres y hombres, sobre todo en los empobrecidos. Es el tiempo de aceptar la invitación a ser más humanas siendo “auténticas en el amor y creciendo en todos los aspectos hacia Aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef 4,15). Adviento es tiempo del Espíritu Santo, la Ruah ha hablado por medio de los profetas, ha anticipado con sus primicias de alegría la venida de Cristo en sus protagonistas como Zacarías, Isabel, Juan, María… nosotras.

Es nuestro Adviento. Ahora que parece que tenemos menos fuerzas y más debilidades, ahora viene Jesús a decirnos que hay caminos nuevos, que podemos reorientarnos, que hay posibilidad de ahondar y de empujar el Reino, que la fraternidad es más posible que nunca. Ahora es cuando Jesús nos dice que siempre es buen tiempo para seguirle con más hondura, que siempre hay ocasión de disfrutar de su presencia, que siempre podemos crecer viviendo de su Vida. Nos dice que ahora el mundo necesita más de nosotras, para que seamos su Vida y su Paz… Y nos pide, una vez más “renacer de nuevo” (Jn 3). ¿Diremos, como Nicodemo, que es muy hermoso el reto pero imposible? No. No lo diremos. Sabemos de nuestra debilidad pero también de nuestro gran deseo; en la hondura de nuestras entrañas renace Dios.

Podríamos enfocar el Adviento de este año como una invitación  no a las esperas de siempre, sino como tiempo para desvelar lo nuevo que llama a nuestra puerta. ¿Cuál es la novedad de este Adviento?

Caminamos al futuro. Somos un pueblo, o sólo un resto, que camina y junto a él, camina Vita et Pax. No estamos paradas, tal vez, vamos más despacio pero seguimos adelante. Somos las que somos en el Instituto, en la Iglesia, en la sociedad… No podemos desalentarnos, ni lamentarnos, ni arrinconarnos porque somos pocas o mayores. El éxito de la vida y del seguimiento de Jesús no estriba, por suerte, en el número, sino en el amor.

El Adviento nos ofrece, entre otras cosas, una mística contra el desaliento, siendo realistas. Es una mística de resistencia firme, de coraje interno para poner la otra mejilla a la dura realidad y permanecer en la búsqueda. El Adviento quiere ayudarnos a estar ahí, en el mundo, con una propuesta de vida, con lucidez. Estar en lo cotidiano, donde las gentes ya no esperan o esperan sus propios intereses, sabiendo encajar lo mejor posible lo que nos viene encima, con esperanza y abiertas a las posibilidades, siempre creíbles, de un mundo mejor. Y participar en su construcción. Adviento no es sólo un tiempo concreto, es una manera de vivir.

La esperanza abre de par en par las puertas del futuro. La esperanza y la paciencia se complementan y enriquecen. La paciencia es la virtud que arraiga la esperanza en la dura realidad, dándole así esa firmeza que la distingue de las lejanas utopías. Por su parte, la esperanza pone alas a la paciencia y la diferencia de la resignación.

Esperar a Dios es mirar al mañana y confiar en su promesa. Dios nos ha prometido que nunca nos abandonará, que siempre estará con nosotras. Nos ha prometido que hemos nacido de su deseo y amor verdadero y que nos quiere incondicionalmente. Nos ha prometido que la vida tiene sentido, y ese sentido lo descubrimos en el camino, tras las huellas de Jesús. Nos ha prometido que la fraternidad universal es su sueño más querido y que dará su vida por hacerla realidad. Nos ha prometido que el mundo puede ser un lugar mejor si aprendemos a compartir con otros la mesa, la paz y la Palabra…

Es tiempo de ver si soy capaz de escuchar esas promesas y me las creo. Si, al final, espero o no espero. Si espero, me pondré en marcha en la construcción de un mundo mejor. Qué voy a compartir yo este Adviento para que, de verdad, nuestro mundo sea mejor.

Retiro de Cuaresma 2016

Este es el tiempo de la misericordia

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos sorprender por Dios. Una Cuaresma que, esta vez, tiene un color especial. El día 8 de diciembre del pasado año se abrió el Año Santo de la Misericordia. El mismo Papa en la Bula de Convocación del Jubileo nos llama a que “La Cuaresma de este Año Jubilar ha de ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios” (Nº 17).

La confianza absoluta y constante de Israel en el amor misericordioso y tierno de Yahveh se manifiesta en cada una de las páginas de la Biblia. Esta confianza se expresa de manera admirable en Ex 34,6-7: “Yahveh pasó por delante de Moisés y éste exclamó: Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones…”. Pero es en Is 49,15 donde encontramos la imagen más significativa del amor de Dios cuando al lamento de Sión que se duele de verse abandonada, el mismo Dios responde: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?, pues aunque llegasen a olvidar, yo no te olvido”.

El término hebreo rahamim es el que traducimos por misericordia. Expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su sede en el seno materno, en las entrañas. Rahamim, originariamente significa útero materno, capacidad para engendrar, llevar en las entrañas y termina expresando un atributo de Dios: la misericordia entrañable, su capacidad de compasión (Os 11,8; Sal 86,5; Sab 11,23; Jr 31,20…). La misericordia tiene, por tanto, nombre femenino. El paradigma de la misericordia divina son las entrañas de una mujer que se conmueven ante el fruto salido de su vientre. Por eso, podemos afirmar que, la misericordia es la opción de Dios por la vida.

No es casualidad este año Jubilar. En este momento histórico, nuestro mundo necesita urgentemente mujeres y hombres que se dejen conmover en sus entrañas. La indiferencia, el egoísmo, el “este no es mi problema”… se pueden convertir en un cáncer social que terminará por arruinar la sociedad. Cuando las entrañas se dejan sacudir y tiemblan se produce una reacción en cadena de gestos de misericordia para la vida.

Esto es lo que pone de relieve el Evangelio en la persona de Jesús, subrayado especialmente en las parábolas de la misericordia (Lc 15). Jesús se dejó alcanzar en sus entrañas por la misericordia de Dios, por ese Abba al que nos revela. El Dios de Jesús es el Dios misericordioso que se acerca para acogernos en la parábola del hijo pródigo, en la ternura del pastor que sale en busca de la oveja perdida, en la alegría de la mujer que hace fiesta por haber recuperado una pequeña moneda…

En este tiempo de Cuaresma Jesús nos ofrece la posibilidad de experimentar lo que Él experimentó, esa misericordia entrañable de Dios. Y lo hace a través de estas dos parábolas de ayer y de hoy.

1. Las entrañas del Padre de la misericordia: Lc 15,11-32

¡Qué sabida tenemos esta historia! Tal vez, por ello, no nos damos cuenta de la honda revolución que contiene. Nos dice Jesús que había un hijo al que le quemaba el suelo paterno; la felicidad, según él, solo podía encontrarse fuera del hogar. Cuando partió no sabía si debía avanzar al norte o sur, este u oeste. Su brújula solo indicaba una dirección: lejos. Malgastó el dinero en simulacros de amor, incapaz de encontrar el verdadero. Acabó entre puercos, y tuvo que ser su estómago inquieto el que le recordase la inquietud del corazón: “en casa de mi padre… sí me levantaré, volveré…”.

Hay, sin embargo, en la parábola, otro corazón, el del Padre, que permanece en el hogar. Llama la atención que la palabra que más se repite a lo largo del texto es padre. No es hijo, ni hermano, ni pecado… es padre. Aparece 12 veces. El Padre dejó marchar al hijo, no se lo impidió. Le entregó lo que le correspondía de su herencia. Nos imaginamos su dolor. Y, a la vez, intuimos que, cuando firmaba los documentos que hacían a su hijo dueño de tanto patrimonio, conservaba en secreto una esperanza. El hijo vagabundo podía abandonar la casa paterna pero no la nostalgia del Padre, grabada en el fondo de su corazón, que le invitaba sin cesar a volver.

¿Por qué el Padre deja marchar al hijo, por qué nos deja marchar? Sabe que hay en esa búsqueda un impulso escondido que, con arte y paciencia, podrá devolvernos a Él, aunque no sin mucho dolor. A quien busca agua pura entre los charcos del camino le empuja la sed por el manantial vivo. ¿Qué buscaba este hijo, qué buscamos nosotras y nosotros en el fondo de nuestras búsquedas?

No pensemos que el Padre permaneció sin más a la vera del camino, esperando cada mañana la vuelta de su hijo. No se redujo a eso su actividad. Encontró la forma de meterse Él también en la maleta de su vástago, de colarse en el hatillo que se colgó al hombro, de introducirse en su tanate. Para ello grabó su propia imagen en el fondo de los deseos del hijo. Así sabía que, a través de toda su búsqueda y derroche, podía seguir atrayéndole de vuelta a casa.

Y al final de su ruta, hastiado de su vida, hambriento y sin dinero, lleno de nostalgia por un pasado feliz, descubre la gravedad de la ofensa al ver al Padre que le tiende los brazos. El amor, en vez de disimular la falta, de hacerla más pequeña, de justificarla, la pone de relieve. Pecar no es solo ir contra una norma, saltarse uno de los semáforos de Dios… Quien peca hiere a un amigo, abandona a un hijo, reniega de un hogar, traiciona a un esposo, olvida a una madre, siega una vida, rompe una palabra, roba el salario del trabajador… Pecar es destruir el ámbito donde la vida humana encuentra cobijo.

Cuando el hijo pródigo está en el exilio apacentando cerdos, se despierta, “Volvió en sí” y a continuación vuelve con los suyos. Una y otra cosa son en realidad idénticas, dado que su exilio de la familia es un exilio respecto de su verdadera identidad como hijo y como hermano. Sólo puede encontrase nuevamente a sí mismo volviendo con ellos. El pecado es la amnesia, el entumecimiento de nuestra memoria.

Al confesar el desastre en el que ha convertido su vida, el hijo pródigo proclama, también, una nueva dignidad. No culpa a nadie más, es él el que ha pecado, se niega a ser una víctima. Y la confesión nos prepara para la fiesta. Advirtamos que el Padre jamás le dice a su hijo: “Te perdono”. La fiesta es el perdón. Recibido por el Padre, el hijo pródigo pudo también perdonarse a sí mismo, reconciliarse con su historia extraviada. Jesús nos dice que cada vez que alguien es perdonado hay fiesta. Perdonar es una oportunidad para empezar de nuevo; una nueva posibilidad de vida nos es dada.

Había otro hijo en la parábola. Este no se marchó por los caminos; se quedó en su casa paterna. Pero hay muchas formas de estar presente. Y una puede ser la de hacer de todo en la familia – aportar el fruto del propio trabajo, tener allí comida y techo, vivir entre las mismas paredes… – y, sin embargo, no estar en el hogar.

Es este el drama del hijo mayor. Él no intercambió el amor del Padre por otros amores, como hizo el pequeño. No negó el amor con amores errados, sino con la indiferencia ante el amor. Eligió permanecer en casa, bajo apariencia de total normalidad, pero quedándose ausente, mero espectador de los afanes paternos, mercenario a su servicio. Su cuerpo estaba allí pero su corazón vagaba por otros lares.

Nuestras entrañas misericordiosas:

  • Hacemos memoria de la herencia valiosa que hemos recibido: la vida, el don de la fe, un hogar, una vocación, un carisma, doble familia… ¡Que se alegren tus entrañas por la misericordia entrañable de Dios contigo!

  • Repasa todo lo que queda en ti de hijo pequeño: ese deseo de alejarte de lo que significa vivir en fraternidad, lo que queda de vivir a tu aire, a tu gusto, sin compromisos ni tareas… gastando tus dones solo para ti…

  • Desde la experiencia del amor misericordioso del Padre desata los nudos que ahogan tu misericordia: las rencillas del corazón; las traiciones a las promesas dadas; el olvido de las manos tendidas en busca de ayuda; la media verdad que ensucia nuestros labios; la crítica que cosifica al otro; las huidas de casa en busca de novedades sin sustancia…

  • Nos acosa, a veces, la tentación de observar nuestras culpas desde la soledad. ¡Dejemos de mirar nuestro pecado con los propios ojos! Miremos nuestro pecado desde Dios, con los ojos del Padre-Madre Misericordioso. Cuando Dios perdona nuestros pecados no está cambiando la opinión que tiene de nosotros, está cambiando la opinión que nosotros tenemos de Él. No cambia Dios, cambiamos nosotros.

  • Quizá también, encuentres en ti algo del hijo mayor que pasa factura por los servicios, que tiene envidia de la fiesta que el Padre presta al hijo que se ha escapado… Siente que ese Dios-amor sale a tu encuentro en lo que hay en ti de hijo mayor para abrazarlo y para que descubras que “todo lo mío es tuyo”…

  • Contempla al Padre bueno largamente, sus entrañas misericordiosas que vuelven a engendrar vida… Deja que esa contemplación aumente en ti el deseo de seguir dando vida, de tratar a los demás con esa misma misericordia entrañable. Descubre lo que en ti ya hay de Padre-Madre bueno y da gracias por ello.

2. Las entrañas del samaritano misericordioso: Lc 10,29-37

Y vuelve Jesús a tomar la palabra y nos dice: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó”. Mientras que de todos los demás personajes se indica cuál es su identidad o su rol, de éste en concreto no se dice nada; es simplemente un ser humano cualquiera. No se dice si es blanco o negro, alto o bajo, pobre o rico, feliz o infeliz, sabio o ignorante… No es casualidad. Sí se dice por el contrario que “lo despojaron, lo golpearon y después se fueron, dejándolo medio muerto”. “Medio muerto” significa, evidentemente eso, que está en la línea divisoria entre la vida y la muerte…

Mientras el hombre está tendido medio muerto en la orilla del camino pasan, por allí mismo, en primer lugar, un sacerdote y después un levita. A los dos personajes se les describe en paralelismo: “ven y dan un rodeo”. Los profesionales del culto eran capaces de encontrarse con Dios en la sangre de los corderos degollados en el templo, pero no se encontraban con Él en la sangre de un hombre golpeado. El rito apacigua; la vida asaltada amenaza e inquieta, por eso, “dan un rodeo”.

“Dan un rodeo”, esta explicación de Jesús no es de poca monta. La persona herida conmueve la conciencia de todos, buenos o malos. Para hacerla callar basta con poco, es suficiente “dar un rodeo”. El sentimiento de malestar desaparece tras unos instantes y podrán regresar a sus “ocupaciones sagradas”.

En general, se pasa tranquilamente ante una persona desconocida pero que no tiene necesidad, mientras que nadie puede pasar con indiferencia ante una persona necesitada. Y nadie significa nadie. De hecho, el sacerdote y el levita tienen que cambiar de itinerario para resistir la llamada de su conciencia. Jesús quiere explicar que es, precisamente, el sufrimiento el que hace hermano tuyo a ese hombre.

Si no se ha parado el sacerdote, por qué tengo que pararme yo, piensa el levita. Tras la prisa de uno y otro se oculta el miedo a comprometerse. Aun cuando se conocen las necesidades de las otras personas, no siempre llegan a hacerse. Nos vemos bloqueados por nuestra pereza. Los problemas son, la mayoría de las veces, más grandes que nosotros. En estas circunstancias se hace palpable nuestra pobreza. Lo que podemos hacer es bien poco. Alguna vez solo podemos ofrecer gestos de misericordia hechos de comprensión y de silencio. Pero hay que estar vigilantes porque la tentación del rodeo es permanente. “Vio y dio un rodeo”, la fe no está nunca al abrigo de esta debilidad.

El samaritano tiene lo que ni el sacerdote ni el levita fueron capaces de tener, misericordia. Lo ve, se le conmueven las entrañas, se acerca, venda las heridas, derrama aceite y vino, lo monta en su jumento, lo lleva a la posada, se hace cargo de él, saca dos denarios y se los entrega al posadero, a quien le da unas indicaciones (cuida de él) y le promete que le compensará a su vuelta… Es decir, realiza toda una serie de gestos que tienen un significado muy sencillo: yo quiero que este hombre ¡viva!.

La actitud de desconfianza y de defensa tiende a contaminar todas nuestras relaciones, hasta el punto de que una termina por no pararse para ayudar siquiera a quien lo necesita en la esquina de tu calle. Se hace extraña, incluso, la persona que está más cerca, quien vive a nuestro lado compartiendo la misma ciudad, el mismo barrio, el mismo bloque… Nuestras casas se parecen cada vez más a fortalezas protegidas por cerraduras, puertas, verjas, sistemas de alarma…

Progresivamente, nos hemos hecho esclavas de una mentalidad que se estrecha y se cierra al desconocido, al diferente. Terminamos por centrar nuestra atención solamente en aquellas personas a quienes nosotras invitamos, pero el invitado no es un huésped, ni las atenciones que le damos son expresión de hospitalidad. El otro, el realmente otro u otra, de hecho, no es aquel o aquella a quien elegimos invitar a nuestra casa (Lc 14,12-14). El otro es el que aparece, no es elegido … “Un hombre bajaba” …

Tampoco se puede hacer por hacer, no todos los gestos dan vida. El techo por sí solo no cubre, hace falta calor de hogar. La sopa no calienta, hace falta un aliento humano. Dar una cama no basta si no se saben dar unas buenas noches. Nuestros hermanos que pasan dificultades necesitan ser confiados a alguien. “Lo llevó a una posada y se hizo cargo de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero diciéndole: Cuida de él”, para que lo acompañara sin vigilarlo, para que lo acogiera sin darle la sensación de un servicio asistencial y para que lo cuidara sin humillarlo. Hay que poner en juego la misericordia, es decir, la opción de Dios por la vida y por la Vida.

El samaritano puede ser eficaz porque en lo más hondo de su corazón hay una inmensa gratuidad: no conoce al asaltado, no da con un corazón raquítico, se expone al peligro personalmente, no pone límites a los gastos y no le impone ninguna condición al judío. Todo amor que pretenda ser eficaz, si no es gratuito, pasará factura a los demás: factura de reconocimiento, de retribución, de lealtades personales, de fruto constatable…

Aún hay más nos dice Jesús. El samaritano, no sólo ha cuidado a un hombre concreto, sino que ha roto una estructura cultural y religiosa que regulaba la relación entre judíos y samaritanos, para ayudar a crear otra nueva estructura. De ahora en adelante, “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente” (Lc 10,27) será amar a los enemigos, a los despojados, a los amenazantes, a los herejes, a los que son diferentes de nosotros por cualquier razón…

El samaritano crea una nueva interpretación de la Ley que supera el “ojo por ojo y diente por diente” y el “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Su vida se convierte en la verdadera exégesis de la Escritura. “Haz tú lo mismo” (Lc 10,37), le dice Jesús al experto de la Ley. “Haz tú lo mismo y vivirás” (Lc 10,28).

Nuestras entrañas misericordiosas:

  • Comienza viéndote a ti misma como ese hombre “tirado en el camino”. Deja que brote, si lo hay, algún recuerdo de esa experiencia. Quizá has sido robada, golpeada o lo has pasado mal en algún momento de tu vida… Recuerda también a las personas que no pasaron de largo, sino que supieron pararse ante tu situación y se convirtieron en las samaritanas de tu vida. Recuerda sus rostros, sus gestos, sus nombres… y agradece.

  • Contempla en esas personas al Dios Madre-Padre, Dios con entrañas fecundas y misericordiosas que te dan vida porque quiere ardientemente que los hombres y las mujeres tengan vida y en abundancia.

  • Descubre también qué hay en ti de salteador, ladrón, maltratador… todos y todas somos de una manera u otra cómplices activos y/o pasivos de tantas personas tiradas en la cuneta de la vida, robadas, despojadas de sus derechos fundamentales, no reconocidas en su dignidad…

  • Contempla cómo ese hombre tirado en el camino se convierte hoy en continentes enteros, pueblos, países… No cierres los ojos a la realidad, no pases de largo, déjate conmover las entrañas… y desde lo más profundo de tu ser escucha que el Dios misericordia te dice: “Ve y haz tú lo mismo”; “con la misericordia con la que has sido tratada trata tú a los demás”…

  • En esta Cuaresma, date tiempo para saborear esta parábola que habla de ti, de mí… es una llamada a toda persona de buena voluntad a dejarse conmover las entrañas para que, como buenas samaritanas y samaritanos, acudamos a poner el ungüento de nuestro amor en tantos tirados en el camino… Cada una como podamos y sepamos pero sin dar rodeos, sin pasar de largo.

Retiro de Adviento 2015

¡Atención, estamos de obras!

Preparamos el camino del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax.

Huele a nuevo, empieza el Adviento y con él, el nuevo año litúrgico. El Adviento es el tiempo que nos enseña a esperar lo que está más allá de lo obvio, adiestrándonos a ver lo que hay detrás de lo aparente. El Adviento nos hace buscar a Dios en todos esos lugares que hasta ahora hemos ignorado.

Esperar a Dios es mirar al mañana y confiar en una promesa. Hay quien dice que no hay que fiarse de nadie. No es verdad. En Jesús, Dios nos ha hecho promesas. Nos ha prometido que no nos abandonará; que hemos nacido de un amor verdadero y somos imagen del mismo; que la vida tiene sentido; que el mal no tiene la última palabra; que un mundo diferente y más bondadoso es posible… Y Dios siempre cumple sus promesas.

Hay muchas formas de esperar. Podemos esperar sentadas, aburridas, o podemos anticipar y preparar la venida. Isaías nos despierta con su grito: “Preparad el camino del Señor” (Is 40,3). Por lo tanto, ¡vamos de obras! Y no estamos solas, nos van a ayudar tres especialistas en caminos: Juan Bautista, María y el profeta Isaías. Son personajes del Adviento y tienen vidas de Adviento. Sus vidas nos hablan de honradez, de hondura espiritual y de compromisos profundos. Tres buenos materiales para preparar el camino del Señor.

  1. Juan Bautista: una persona honrada

Juan Bautista:

Juan apuntaba maneras desde el inicio. Nos cuentan que, cuando su madre aún estaba encinta, recibieron la visita de su pariente María y Juan saltó de gozo en el seno de Isabel (Lc 1,39-41). Lucas ha querido preanunciar la que ha de ser su misión. Juan reconocerá la presencia del Mesías que llega trayendo la salvación. Y él será su precursor y mensajero, nada más y nada menos.

Desde jovencito se formó en el desierto para esta misión. Los espíritus recios se forjan siempre en el “desierto”. Algunas gentes de la época, hastiadas por la corrupción que se respiraba en el ambiente, se retiraban a la soledad del desierto de Judá. Allí trataban de reencontrar a Dios y de encontrase a sí mismas. Y allá fue Juan. Mientras se formaba, hacía suyas las palabras de Isaías e invitaba a preparar el camino del Señor (Mc 1,6-8).

Su voz debía de tener acento de sinceridad porque fueron muchos los que acudieron a él (Mc 1,4-5). Entonces, como ahora, andamos a la búsqueda de gente honrada y cabal. En su discurso anticipaba las exigencias de Jesús. No trataba de cambiar el sistema, al menos, a corto plazo, pero trataba de cambiar las conciencias. Seguramente este cambio habría de desembocar en el otro (Mt 3,1-12).

Sin embargo, Juan tenía claro que él no era la meta de la búsqueda. El sólo es el dedo que señalará la presencia cercana de Jesús, el Cristo. Juan sabía que no era Dios, sabía cuál era su papel en la vida y no ambicionó ningún poder ni fama que no le correspondiera. Por eso, está a la expectativa, espera y lo reconocerá cuando llegue.

Y ese día llegó. Parecía uno más entre la multitud. Es como si tratase de pasar inadvertido. Pero Juan lo vio acercarse a las orillas del Jordán (Mt 3,13-15). Lo reconoció entre las gentes del pueblo y lo señaló a gritos para que todos se enteraran de que ya nada sería igual, que Dios se hacía cercanía y compasión: “Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Y Jesús lo reconoció a él y dijo: “no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,2-11).

Como toda persona honrada, Juan no se vendió y fue encarcelado; en la mazmorra, seguía siendo la voz sin mordaza que proclamaba la verdad, exigía justicia y pedía conversión. Y si lo había hecho con todos, no iba a callar ante el mismo Herodes, al que abiertamente recrimina su adulterio. Por lo que, en el marco de una fiesta, Herodes acabará ofreciendo su cabeza (Mc 6,14-29).

No podía terminar de otra forma el que había sido elegido desde el vientre de su madre para preparar los caminos del Mesías. Sus discípulos recogieron su cuerpo para darle sepultura pero no pudieron enterrar su voz (Mt 14,12).

Falta de honradez en nuestro mundo:

Estoy impresionada. He escrito en google la voz “Corrupción” y han salido 43.500.000 resultados en 0’36 segundos, si escribes “corrupción en España” aparecen 16.700.000 resultados. Copio al azar: Caso Blesa, Caso Bárcenas, Caso Gürtel, Caso Bankia, Caso Nóos, Operación Pokémon, Tarjetas Opacas de Caja Madrid…

Sólo en España el fraude fiscal lo ha fijado hacienda en un 23% anual. Esto quiere decir que al fisco español se le escapan unos 80.000 millones de euros anuales, de los cuales la mayor parte corresponde a impuestos que evaden las principales compañías del Ibex.

Por desgracia, la corrupción es más cotidiana de lo que parece. Son tantas las pequeñas encrucijadas de la vida en las que lo moral de las acciones entra en juego… Y, sin embargo, lo pensamos poco e, incluso, nosotras terminamos cayendo: no avisar de que te han devuelto mal el cambio, copiar en un examen, no rendir lo suficiente en el lugar de trabajo o servicio, hacer fotocopias privadas a costa del erario público…

Parece que sólo es cosa de los potentes y prepotentes de este mundo, pero también nosotros y nosotras, participamos por acción o por omisión en la corrupción de nuestra sociedad. Para guardar nuestro tren de vida tomamos determinadas posiciones políticas, sociales, de consumo… y nos ponemos en el lado de quienes viven mejor. Nuestro silencio es también corrupción. Hablar es complicarse, reivindicar nos pone en riesgo y optamos por callarnos, o nos dejamos llevar, vamos donde todo el mundo va. A veces, hemos roto la coraza y hemos salido de ella, pero vistos los pocos resultados nos cansamos. Permanecer en ese estado de “cansancio” es otra forma de corrupción.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Sería interesante empezar este tiempo de Adviento con silencio y con el deseo de querer escuchar. Silencio para escuchar lo esencial. Afinar el oído, discernir para no dar crédito a voces falsas.

  • Podemos nombrar los valores donde se sustenta nuestra vida y seguir buscando valores nuevos, sólidos, no importa la edad. Tener convicciones que nos ayuden a elegir, en el día a día, para decidir qué pasos debemos dar o qué caminos tendríamos que evitar. Revisemos el polvo del camino que se nos ha pegado en los valores que nos sostienen.

  • Con demasiada frecuencia aparece la lógica fácil de “todo depende”. Ser una persona íntegra no significa que una sea absolutamente coherente. Pero sí significa que quiere serlo. Y que en el camino está dispuesta a luchar con el mundo, con la propia debilidad y las incertidumbres para lograrlo. Por eso, pongo nombre a mis “trapicheos” más frecuentes, en la relación conmigo misma, con los otros y otras, con la naturaleza y con Dios.

  1. María: una persona con hondura espiritual

María:

María es una mujer dispuesta a escuchar y a percibir lo que acontecía en su interior (Lc 2,19.51…). Está a la búsqueda de aquello que quiere madurar en ella. Y es en este centro interior donde se encuentra con la esencia de lo que es y se encuentra con el propio Dios.

En Lucas, María aparece como una mujer profundamente creyente, con una fe activa y comprometida, dispuesta a abandonar la vida que siempre había llevado y a confiar en la palabra del ángel. Se fía de Dios, poniéndose a su disposición (Lc 1,26-38). Cosa nada fácil, aunque de tanto escucharlo esto ya casi ni sorprende. El encuentro con Dios hace que se manifieste en toda su grandeza esta sencilla muchacha de Nazareth que se denomina a sí misma “la esclava del Señor”.

María no es una persona aislada es hija de un pueblo. “La esclava del Señor” no se trata de un título humillante con el que ella sola se empequeñece. Al contrario, el pueblo de Israel se entendía a sí mismo como siervo de Dios. Pero la mayoría de los varones habían fracasado. Se habían ido cerrando cada vez más a Dios. María se pone, de forma representativa, al frente de su pueblo y dice: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Entre el temor y el temblor asume la responsabilidad de hablar en nombre de todo Israel y de prestarle a éste un servicio con su “sí”. Con su entrega contribuye a que cambie no solo la situación del pueblo, sino de la humanidad.

La escritora Esther Harding, tras haber investigado el significado de la palabra “virgen”, lo explica así: es la persona que se halla en armonía consigo misma, que hace lo que hace, no porque quiera caer bien o desee ser estimada o busque atraer la atención o el amor de otra persona, sino porque lo que hace es verdadero, porque es acorde con su ser más íntimo. De esta manera, María es una mujer libre, libre en su interior que la impulsa a tomar decisiones inéditas, a pesar de que contravenía todas las normas de la época.

El encuentro con el ángel y con el mensaje que éste le comunica de parte de Dios pone a María en movimiento, la hace salir de sí misma. Se encamina a la sierra, a visitar a su pariente Isabel (Lc 1,39-45). Las dos embarazadas se saludan. Y, en cuanto se encuentran, cada una de ellas se hace consciente del misterio de su propia vida y de la vida de la otra.

En el seno de Isabel, el niño salta de alegría. Y María estalla en un canto de alabanza a Dios por la acción que está llevando a cabo en ella y en su pueblo. Reconoce que Dios ha hecho cosas grandes en ella. Luego, María sigue cantando las cosas grandes que hará Dios en su pueblo (Lc 1,46-56).

Así pues, María desde su hondura espiritual es capaz de encontrarse con Dios y ponerse a disposición de su llamada. Llamada que cambiará su vida y su proyecto. Llamada que le dará alas para volar a donde no había ni sospechado (Jn 19,25-27).

Falta de hondura espiritual en nuestro mundo:

En la vida cotidiana somos tentadas para vivir en la superficie, sin cuestionamientos posibles. Muchas de las certezas que han configurado a las personas y la sociedad se han roto en pedazos. Vivir sin interrogarse hace que se vaya adormilando en nosotros la capacidad de buscar sentido profundo a la existencia. No hay grandes proyectos que pongan la vida a tiro de algo más digno.

No queremos ser conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Las anestesias de nuestra sociedad pueden ser variadas: el consumo que nos impulsa a comprar cada vez algo nuevo; la intrascendencia de llenar el tiempo husmeando en las vidas ajenas; el mirarse a una misma en vez de mirar a las gentes que nos rodean…

Nadie prepara caminos, salvo el de Mercadona o el Corte Inglés. En el ambiente frío de nuestra cultura actual, el rastro de Dios se hace más borroso e indefinido. Para protegernos, las personas creyentes nos montamos “espiritualidades tranquilizantes” que nos hagan “sentir bien”; en vez del camino del Señor, nos construimos una burbuja de espiritualidad aislada de la realidad para que ésta no nos incomode. Nos podemos hacer espiritualidades “cinco estrellas”.

Y es más frecuente de lo que quisiéramos el que las personas más “religiosas”, encerradas en lamentos y quejas porque nada es lo que era, caigamos en lo que los santos padres llamaban acedía, descuido, negligencia… una mezcla de indiferencia, desaliento y apatía. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo y el disgusto, esa banda sonora repetitiva de la “queja permanente”…

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es muy importante iniciar en este Adviento un proceso de crecimiento interior, no importa si es el décimo que comenzamos en nuestra vida y le pedimos a alguien que nos acompañe en ese proceso. No podemos renunciar a seguir creciendo.

  • Este Adviento nos abrimos a la contemplación. Cultivar no sólo unos ojos que vean la realidad sino que sean capaces de contemplar en medio de la oscuridad la presencia de la luz. Que la hay.

  • Como diría Jeremías, “desatarnos el sayal del desencanto”. Desencanto con nuestro mundo, con la Iglesia, con las Instituciones, con los grupos a los que pertenecemos, con la familia, con nosotros mismos… Cada día nos despedimos de un desencanto…

  • Vamos a compartir con las personas más cercanas nuestra sencilla experiencia de Dios. Con las palabras que nos salgan, perdiendo el miedo o el pudor. Abrirnos, con naturalidad, a los otros para que lo vivido se ahonde, se enriquezca y ayude, a su vez, a quien nos escucha.

  • Como a María, Dios nos invita a que la fe nos desinstale. Cuando queremos asegurarnos la vida, cuando tendemos a quedarnos en rutinas, lugares y modos que nos dan cierto sabor seguro, Dios nos ofrece la invitación a desinstalarnos. Escucho esta invitación e intento responder.

  1. El profeta Isaías: una persona de compromisos profundos

El profeta Isaías:

Y percibí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?. Dije: Heme aquí, envíame…” (Is 6,8). Prontitud, disponibilidad y vulnerabilidad caracterizan la respuesta directa y llena de confianza de Isaías a la necesidad que tiene Dios de un mensajero.

Isaías existe en un tiempo y en un lugar determinados y él conoce su época. No se deja arrastrar por la vida sin un sentido de identidad o sin un propósito. Por eso, aunque no sepa todo el alcance, es consciente de dónde se está metiendo cuando dice: ‘Envíame’. ¡Que asombrosa valentía en esta respuesta! Entra de lleno al servicio de Dios. Hará cualquier cosa que le pida. Irá dondequiera que Dios lo envíe.

El profeta concibe la vida como una tarea, un trabajo asignado para bien de una comunidad. Esa tarea es, lo que hoy llamaríamos el “bien común”, buscar el bienestar para todos los miembros: instaurar la justicia, ocuparse de los débiles, los desvalidos, dar sustento a los desamparados… Esto quiere decir, además, orientar y reorganizar las instituciones públicas para que esos débiles y desvalidos no sean excluidos de la comunidad (Is 1,16-17).

Isaías, desde sus compromisos profundos, denuncia las cosas que no son de Dios (Is 1,23; 5,8.23). Denuncia el contraste entre una clase opulenta -que inunda el templo con sacrificios y ofrendas, celebra asambleas litúrgicas y multiplica sus plegarias (1,10-15) mientras se permite los mayores lujos (3,18-21), acumula casas y campos (5,8-10), banquetea espléndidamente (5,11-13), posee grandes riquezas (2,7)- y un amplio sector de la población, desatendido (1,17), explotado y robado (3,12-15), que pierde sus posesiones poco a poco (5,8-10), con la complicidad descarada de los jueces (5,23).

El profeta denuncia ese mundo injusto pero también anuncia que un futuro mejor es posible (10,20-11,16). A Israel se le anuncia la salvación para un resto. Comienza hablando de un “renuevo” que brota del tocón de Jesé. De la naturaleza muerta reverdece la vida. Del tocón de Jesé, sepultado hace siglos, brota un vástago. Lo importante no es el simple renacer de la vida, sino el que esa vida está impregnada por el Espíritu de Dios.

Isaías tiene debilidad especial por la paz (Is 2,4). No basta con desear la paz, ni tampoco con rezar por ella. Dice que tenemos que construirla y destruir las armas del odio. Es posible que no sepamos cómo construir la paz en una determinada situación, pero es indudable que sabemos que somos llamados a construirla.

Falta de compromisos profundos en nuestro mundo:

Hoy lo público está de capa caída. Los objetivos vitales que tenemos son personales. Un lema de nuestra época podría ser: “Yo, a lo mío”; y, en el mejor de los casos, “Nosotros, a lo nuestro”. Pero quién quiere comprometer hoy su vida por algo como “el bien común”.

Por otra parte, ante tanta tragedia que acontece, nos asalta la sensación de impotencia. A veces, es un cierto mecanismo de defensa, después de todo, qué podemos hacer. Ante la dificultad de responder o la desproporción entre lo que sucede y nuestros recursos terminamos diciendo: ‘No hay nada que hacer’. En algún punto del camino te acostumbras a ello y deja de sorprenderte o inquietarte.

Y poco a poco vamos perdiendo la motivación. ¿Por qué dejar al otro invadir mi vida, mi espacio o llenarme de inquietud? Van desapareciendo las motivaciones para implicarme. Nos conmovemos, nos estremecemos… pero tan rápido como llega, el sentimiento se va. Y en muchos casos no moviliza. ¿Por qué querer al otro hasta el punto de padecer con sus penas, acompañar sus angustias y curar sus heridas? No es fácil salir de ciertas burbujas. Aunque quieras. Nos encerramos en nuestras casas seguras al calor de nuestras justificaciones.

Estamos de obras: preparamos el camino del Señor

  • Es Adviento, es decir, tiempo de despertar, de tener una conciencia lúcida para percibir la realidad y desenmascarar las mentiras con las que el sistema nos bombardea: leer, escuchar noticias, compartir debates… Para ir de obras necesitamos desear despertarnos del sueño de nuestra inconsciencia.

  • Estas obras no las podemos hacer solas. Buscaremos ayuda en grupos, movimientos de resistencia y colectivos que trabajen por el cambio de este sistema sociopolítico y económico injusto.

  • Estamos en Adviento y en tiempo de elecciones. Estamos llamadas a votar con suma responsabilidad pensando en el bien común y, sobre todo, en quienes peor lo pasan.

  • Es tiempo de tener el coraje de permanecer, no podemos abandonar. Permanecer en los compromisos adquiridos. Permanecer en las luchas por defender los derechos humanos en nuestra sociedad y en el interior de nuestra Iglesia. Permanecer junto a los excluidos de nuestro mundo. Permanecer luchando por la utopía de que otro mundo es no solo posible sino imprescindible. Permanecer y ampliar la denuncia de la expoliación y explotación a la que estamos sometiendo al planeta Tierra. Permanecer anclados en la fidelidad a Jesús y su Reino allanando, hoy, su camino y consentir que el viento del Adviento se lleve nuestros miedos y cansancios…

Retiro Cuaresma 2015

… os lo repito, estad alegres”: Flp 4,4

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Año tras año, con incuestionable regularidad, llega la Cuaresma y con ella trae asociadas toda una serie de palabras en la mentalidad creyente: conversión, desierto, tentación, oración, ayuno, limosna… Y este año, también, alegría. Los seres humanos estamos creados para la alegría… todos, todas y siempre. La alegría de vivir, del vivir con sentido, la alegría de la propia dignidad, la alegría de encontrar el lugar en el mundo… Este puede ser nuestro camino cuaresmal 2015: ser cristianos, hombres y mujeres, alegres.

El Papa Francisco no se cansa de invitarnos a la alegría, a quitar de nuestro rostro, de una vez por todas, la “cara de vinagre” (EG85). Ya mucho antes San Pablo nos invitaba e insistía en lo mismo: “Estad siempre alegres en el Señor…” (Flp 4,4). Pero cómo podemos estar alegres con la que está cayendo. Cómo estar alegres con la situación de dolor que vive nuestro mundo, con la crisis que estamos padeciendo, con el número de personas paradas que hay en nuestro país, con las vallas que separan y matan, con el hambre reflejado en la mirada de los niños…

Tanto San Pablo como el Papa conocen la situación de su época y, a pesar de ella, o, tal vez, junto a ella, nos siguen llamando a la “alegría”. Una alegría que no es euforia fácil, ni risa floja, ni ilusión superficial des-implicada, ni un estado provisional o efímero de bienestar… Es más bien, un encontrar sentido, causas y un horizonte hacia el que avanzar. Es saber lidiar con la vida en su complejidad. Es la alegría del riesgo, de la mano tendida y del abrazo tierno, aun en medio del sufrimiento… Esta alegría es contagiosa, se contagia, hace ir adelante…

1. La realidad es tozuda y dura

Hablamos, frecuentemente y con pasión, de otro mundo posible, como si éste no poseyera en sí ingentes valores y medios para hacer más feliz la vida de quienes en él hemos venido y vendrán. Este mundo, en su realidad global de pueblos, razas, culturas, climas, formas de vida… resulta maravilloso. En tal sentido, no queremos otro. Pero, precisamente, porque es un mundo portador de incontables posibilidades de bien común nos duele el dolor que le habita.

A pesar de los avances conseguidos en todas las esferas del conocimiento, la ciencia, la tecnología y la cultura, la pobreza extrema sigue siendo una realidad cotidiana para más de 1.000 millones de seres humanos que subsisten con menos de 1 dólar por día. Más de 800 millones de personas sufren malnutrición. En el caso de los niños pequeños, la falta de alimentos es aún más peligrosa porque retarda su desarrollo físico y mental y pone en peligro su supervivencia…

A esto se añade que vivimos en un mundo turbulento, en medio de una escalada de la violencia. En los últimos seis años, el mundo se volvió menos pacífico. Conflictos en Irak, Siria, Afganistán, Sudán, República Centroafricana… ayudaron a lastrar el Índice de Paz Mundial Anual.

Por otra parte, en los países ricos, la crisis actual “nos saca” de las casillas, nos saca del propio cuerpo, nos expulsa del territorio. Es el caso de los desahucios y la exclusión del padrón municipal de las personas extranjeras en situación irregular. La paradoja es que a éstas no se les permite “estar” en la ciudad en la que viven, con las graves consecuencias que ello conlleva para el cuidado del propio cuerpo porque también se les excluye de la atención sanitaria universal.

Los datos del desempleo en España son tan atroces que pueden parecer increíbles. Casi cinco millones de parados, de los que más de la mitad han estado sin trabajo durante más de un año. Más de un millón de hogares españoles tienen a todos sus miembros en paro. Hay más de 3,8 millones de personas desempleadas de larga duración y sin cobertura. Entre los jóvenes o los inmigrantes, el desempleo supera el 50%…

Y junto a este sufrimiento, se acumulan fraudes, mentiras, robos, corrupción de numerosos políticos y personalidades públicas, también impunidad, políticas de ajuste contra la ciudadanía, recorte de derechos, pérdida de libertades… Todo esto puede ser evitado, por eso, se pasa del sufrimiento a la indignación, a la protesta. La pobreza, el desempleo masivo, la corrupción o el hambre podrían herir en cualquier momento de la historia pero sólo ofenden cuando son evitables, como ahora.

La crisis que vivimos tiene mucho de crucificante y está llevando a numerosas personas a sentirse parte de un pueblo crucificado. Y es que la cruz, como realidad y como símbolo, es un lugar de dolor y de soledad. Escuchar la palabra alegría tiene, por tanto, algo de provocador. ¿Cómo hablar de alegría en medio del sufrimiento y del sinsentido? ¿Cómo hacerlo sin que resulte hiriente? ¿Cómo afirmarlo para “hoy” y no para un futuro idílico o nebuloso?

2. Un crucificado resucitado, causa de nuestra alegría

¿De dónde nace la alegría? Algunas personas dirán que nace de las cosas que se poseen: desde la rapidez de un coche a la seguridad del dinero; desde las vacaciones en un crucero al bienestar de una casa en el campo y otra en la ciudad… Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear emociones, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, que necesita, cada vez más, seguir acumulando cosas para conseguirla.

Para los creyentes la verdadera alegría no viene de las cosas, del tener… ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace de sentirse aceptada, comprendida, amada y de aceptar, comprender y amar. La alegría nace de la gratuidad de un encuentro, de cualquier encuentro y, sobre todo, del encuentro con Dios. Un Dios que nos dice “Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo”. Jesús a cada una, a cada uno, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría.

La alegría es el gran regalo. Es el regalo por excelencia prometido por el mismo Jesús: “para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea colmada” (Jn. 15,11; 16,24; 17,13). Los Evangelios son explícitos en este sentido. Lucas nos señala la alegría que precede a la venida de Jesús: la alegría de Zacarías, de Isabel, de María, de los pastores, de todo el pueblo… (Lc. 1,14.44.47; 2,10); la alegría acompaña después la difusión de la Buena Noticia: los setenta y dos llegan alegres de la misión realizada, los Once por la aparición del Resucitado y el envío que les hace… (Lc. 10,17; 24,41.52); la alegría es el típico signo de la presencia y expansión del Reino (Lc. 15,7.10.32; Hch. 8,39; 11,23; 15,3; 16,34; Rm. 15,10.13)…

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (P. Francisco). Contemplando a Jesús descubrimos la “mística del encuentro gozoso”, es decir, la capacidad de acoger, de escuchar, de escuchar a las demás personas, de buscar juntos el camino, el método, el modo… saber renunciar a “mi” derecho en favor del bien del otro o de la otra.

Esto es lo que hace Jesús. Él siempre está atento al prójimo y, especialmente, a quien más lo necesita. Su mirada sagaz descubre el interior de cada persona y no pasa de largo, sino que se detiene ante cada una. Ciegos, cojos, lisiados… son destinatarios privilegiados de su atención. Su pasión por la vida le llevó a la cruz. Los poderosos del momento no lo soportaron. Y llegó a gritar: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Solo al “tercer día” le respondió Dios… con la Vida. Y el abrazo del Padre y del Hijo en la mañana de resurrección impregna el mundo de alegría y castañuelas. Por eso, nuestra alegría es pascual, garantizada por el Espíritu (Gal 5,22; 1 Tim. 1,6; Rm 14,17); pasa por el conflicto con los grandes de este mundo y la cruz para llegar a la vida.

Todo aquel que se encuentra con Jesús queda transformado. Su vida cambia. El encuentro con Jesucristo es el encuentro con quien «da vida y vida en abundancia». Que nadie se quede sin experimentar la alegría del encuentro con el Señor. Alegría producida porque Jesús nos muestra el rostro misericordioso y acogedor de Dios que, generación tras generación, transforma nuestra existencia y nos libera de aquello que no nos deja vivir. Es la fe, saber y sentir que siempre estamos en las manos de Dios, aunque pasemos por cañadas oscuras.

El encuentro con Jesucristo necesita ser alimentado constantemente por la inquietud de la búsqueda. Una “inquietud del corazón” como fue para Agustín de Hipona que lo llevó al encuentro personal con Cristo, lo llevó a comprender que ese Dios que buscaba lejos de sí es el Dios cercano a cada ser humano, el Dios cercano a nuestro corazón, más íntimo a nosotras que nosotras mismas.

La alegría no es un adorno superfluo, es exigencia y fundamento de la vida humana. En el mundo con frecuencia falta la alegría. Las personas creyentes no estamos llamadas a realizar gestos heroicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amadas y de la confianza de ser salvadas. La alegría del encuentro con Jesús nos lleva a no cerrarnos, sino a abrirnos al servicio de los hermanos y hermanas.

Cada uno y cada una seremos causa de alegría para los crucificados de la historia si somos capaces de transmitir con nuestra palabra y vida que no están solos. Que la vida de Jesús expresa, en su solidaridad radical y en su fidelidad hasta la muerte, una profunda y real cercanía con todos los grupos y personas oprimidas. Por eso, sus seguidores y seguidoras, estamos llamadas y llamados en esta Cuaresma a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos.

No caminamos aislados. La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, donde cada una y cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Como Jesús, hacemos nuestras las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando “calor al corazón”, mientras esperamos con ternura al que se siente cansado, débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

3. Seis sonrisas en esta Cuaresma

La sonrisa de la oración: La persona creyente debe orar ante y con las víctimas de la injusticia, del desempleo, de los desahucios, de la exclusión social, de la violencia… Mateo 25,31-40, nos ayudará a afinar nuestra mirada y nuestra sensibilidad, y también para recordar la Pasión de Dios en la com-pasión con los hermanos sufrientes, desde la intercesión. “No me dieron de comer … no me dieron de beber”, no son condenados porque hicieron mal, sino porque no hicieron bien. Es el pecado de omisión. La oración nos permite ensanchar el corazón, transformar la mirada, abrirnos a la solidaridad…

La sonrisa del llanto: Ante tanta muerte y dolor que encontró el Papa cuando visitó la isla italiana de Lampedusa se preguntaba: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste? ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que buscaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”… En esta Cuaresma no queremos que el dolor nos sea indiferente (Mt. 5,3).

La sonrisa del compartir: Se trata de compartir los bienes con los más pobres, no de manera aislada ni de modo automático, sino comunitariamente, con creatividad, respondiendo a las necesidades de nuestro entorno. Explorar nuevas formas de ejercer la comunicación cristiana de bienes; encarnar comunitariamente en nuestras casas, parroquias, grupos, la opción preferencial por los pobres desde la aportación concreta que cada cual pueda hacer y que juntos y juntas podamos articular. Quizá podemos financiar un piso de acogida, un fondo anti-desahucios, una bolsa común para libros escolares o becas para niños del “tercer mundo”… Cada una por su cuenta no puede, pero juntas y juntos sí (Jn. 6,1-13).

La sonrisa de estudiar: Es claro que la situación de nuestra sociedad nos desborda, supera nuestra capacidad de respuesta, también nuestra capacidad de análisis y de propuesta. Pero no por ello debemos arrojar la toalla, ni limitarnos a respuestas puntuales. Necesitamos asumir el reto de la complejidad, ir más allá de análisis superficiales. Por ello, es bueno leer, estudiar, analizar, debatir, aprender, buscar, pensar… Cada cual en su propio nivel, todos debemos hacer el esfuerzo de formarnos, de no hablar de oídas, de no tomar prestadas las opiniones del primero que coge un micrófono. Y mucho menos, como personas cristianas, podemos dejarnos llevar por corrientes que tienden a excluir a los pobres, criminalizar a los inmigrantes, culpabilizar a los excluidos… (St. 2,1-13).

La sonrisa de soñar: Vivimos una especie de dictadura de la economía, de la eficacia, de lo operativo. Ante esta situación, necesitamos reivindicar la utopía del Reino, “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia” (2 Pe. 3,13) y donde “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor; porque lo de antes ha pasado” (Ap. 21,4). Esta mirada utópica nos lleva más allá de las visiones estrechas y limitadas que dominan el mundo. Podemos y debemos soñar con la utopía, con la justicia, con la fraternidad, con la solidaridad universal, con un mundo sin exclusiones. Y para ello es bueno ampliar el corazón y la mirada hacia lo que hay detrás del horizonte que divisamos.

La sonrisa de actuar: Junto con la utopía debemos asumir compromisos concretos en favor de quienes más lo necesitan. Es necesario poner en marcha lo que Juan Pablo II llamó “la imaginación de la caridad”. Iniciativas como el comercio justo y el consumo solidario, bancos del tiempo, cooperativas de consumo, banca ética, tiendas de ropa de segunda mano, apoyar y, si llega el caso, poner nuestras casas al servicio de personas en situación de exclusión social… No se trata de esperar que otros actúen. Se trata de sumarnos, de conocer, de saber, de escuchar y de actuar (St. 2,14-17).

La Vida Consagrada: Adviento de Dios

Retiro de Adviento 2014

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ciudad Real. 

“Quería deciros una palabra, y la palabra era alegría. Siempre, donde están los consagrados, siempre hay alegría”, con estas palabras del Papa Francisco inicia la carta circular que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica ha dado a conocer con ocasión del Año de la Vida Consagrada y, de ahí, que la carta se titule “Alegraos”. El 2015 es el Año dedicado a la Vida Consagrada, que se abrirá el 30 de noviembre 2014 (I Domingo de Adviento) y se clausurará el 2 de Febrero 2016, para incluir esta fecha que es la Jornada de la Vida Consagrada.

Según se nos dice, esta carta es una invitación a la reflexión compartida, que permita una confrontación leal entre Evangelio y vida. Y la hemos tomado como base para nuestro retiro de Adviento. Las citas del papa en las que sólo aparece su nombre entre paréntesis son copias literales de esta carta circular, cuando la copia es de otro documento aclaramos la procedencia. Los párrafos precedidos por una flecha son una invitación a la reflexión, al compartir y al compromiso, que nos hace el propio Papa Francisco.

Este Adviento 2014 es tiempo de gracia, un tiempo de salvación, por eso, nos ponemos a la espera junto con toda la Iglesia y, en especial, la Vida Consagrada (VC). No una espera acomodada y rutinaria, sino una espera expectante, diferente, nueva, alegre… rebelde. Queremos dar un paso cualitativo hacia Dios. Ese Dios siempre el mismo y siempre nuevo. Ese Dios que, aún hoy, como esos viejos matrimonios que se miran con amor, nos hace arder el corazón.

Y nuestra manera de vivir el Adviento este año es nueva porque cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, nos brotan deseos nuevos, caminos inéditos, otras formas de expresión, compromisos diferentes… más ganas de vivir.

  1. Situación de la Vida Consagra hoy

No exageramos al comenzar diciendo que la VC hoy, está metida en una crisis sin precedentes. La falta de vocaciones, las numerosas salidas de miembros que abandonan sus Institutos, el inevitable envejecimiento de los y las que siguen dentro, el inmovilismo, muchas veces, de costumbres y hábitos de vida, de formas de pensar y esquemas de actuación no renovados… obliga a plantearse la pregunta por el futuro. ¿Se trata de una crisis coyuntural que, dentro de algunos años, se habrá superado? ¿o se trata de que la VC va perdiendo progresivamente su razón de ser en la Iglesia y en la sociedad, de tal manera que, dentro de algún tiempo, llegará a desaparecer o a quedar reducida a grupos insignificantes?

Por otra parte, no hay que tener miedo a hacerse estas preguntas porque, ante una situación como la que se está viviendo en la VC, lo primero que hemos de tener presente es que la VC no pertenece a la estructura esencial de la Iglesia. La VC, en sus primeros orígenes, nació en la segunda mitad del siglo III. Esto quiere decir, obviamente, que la Iglesia vivió sin VC durante más de dos siglos. Y es claro que la Iglesia de los tres primeros siglos era tan verdadera como la de los siglos siguientes. El Concilio Vaticano II dijo que la VC “aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, de una manera indiscutible a su vida y a su santidad” (LG 44,4). Pero esto no significa que la VC tenga que existir siempre. Porque la vida y la santidad de la Iglesia se pueden concretar y manifestar de otras formas, como de hecho ya ocurrió en esos tres primeros siglos.

Hay que tener en cuenta, además, que la crisis que estamos viviendo no es la crisis de alguno o de algunos Institutos de VC. De una forma o de otra, nos afecta a todos. Por tanto, el problema no se resuelve solamente volviendo al “carisma fundacional” de cada uno. Porque, dada la generalización de la crisis, lo que está en cuestión no es la razón de ser de tal o cual Instituto, sino el sentido mismo de esta forma de vida en la Iglesia y en la sociedad, tal como es vivida en la actualidad.

Todo esto genera incertidumbre, preocupación, pesimismo… Cuando no se sabe o no se ve con claridad cómo hay que vivir en una época es fácil la desorientación, el desconcierto y el pesimismo. Si no vemos con claridad cómo hemos de vivir el carisma de la VC en este momento eclesial y social es fácil caer en el apagamiento espiritual, la rutina, la falta de entusiasmo… Por eso, este tiempo de Adviento nos puede ayudar para aclararnos en cosas fundamentales:

 ¿Qué es lo importante en estos momentos?

  • ¿Preservar el pasado? El objetivo de las VC no es preservar el pasado. Es importante recordar las raíces y alimentar los valores del pasado para mantener vivo el carisma, pero nadie entra en la VC para mantener lo pasado. El mundo y la Iglesia necesitan un carisma para hoy que inquiete, estimule y comunique Evangelio, Buena Noticia de Dios a las mujeres y hombres de nuestro tiempo, el siglo XXI.
  • ¿Sobrevivir? El objetivo de la VC no es tampoco sobrevivir. Nadie está en la VC para ayudarla a sobrevivir. Corremos, sin embargo, el riesgo, más o menos consciente, de hacer hoy de la supervivencia el objetivo secreto o la orientación subliminal de fondo. Una cosa es clara, hemos de actuar movidas no por el instinto de conservación, sino por el Espíritu del Resucitado, alma de la Iglesia. Nuestros talentos se están reduciendo. Pues bien, aunque nos quedemos con un solo talento, no es para enterrarlo y conservarlo seguro, es para hacerlo fructificar.
  • ¿Hacer algo? El objetivo no es tampoco hacer algo, lo que sea, por hacer. Nadie tiene hoy la receta. Nadie conoce el futuro. Sólo sabemos que se está gestando ahora, en el presente. Esta generación está decidiendo, en buena parte, el futuro de la VC en la Iglesia. Es importante reflexionar, proyectar, impulsar nuevas formas y caminos, pero todo ello ha de nacer de un espíritu nuevo.
  • ¿Número o calidad de vida? Sin duda, el número tiene su importancia y puede ser un índice de vigor, pero puede ser también resultado de otros muchos factores socio-culturales. Para que en el interior de la Iglesia y la sociedad arda el carisma de la VC lo importante no es ser muchos o pocos. Lo decisivo es la calidad de vida evangélica que puedan irradiar.
  • ¿Eficiencia o testimonio? Pensamos también que lo importante sería contar con personas jóvenes y valiosas, bien preparadas para las diferentes tareas. Esto es importante, sin duda, pero lo decisivo es contar con testigos, es decir, con personas y grupos en cuya vida se pueda percibir la fuerza humanizadora, transformadora, sanadora que se encierra en el Evangelio cuando es acogido de manera responsable.
  • ¿Acedía o pasión? Encerradas en lamentos y quejas se puede caer en lo que los santos padres llamaban acedía, descuido, negligencia… una mezcla de indiferencia, desaliento y apatía. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo, el tedio y el disgusto, esa banda sonora repetitiva del “esas son cosas de cuando era joven…”; “ya estoy demasiado mayor para…”. Sin embargo, estamos en el momento oportuno para la pasión. La pasión por Dios es un lento aprendizaje del amor cristiano, que es un amor bien extraño. Una amor que no rivaliza con ningún otro amor humano pero que es, a la vez, exclusivo y no excluyente. Es una pasión lúcida pero no interesada porque nos enseña a amar también a los que no nos aman.
  1. La Vida Consagrada: Adviento de Dios 

Y, a pesar de todo lo anterior, o mejor, junto a todo lo anterior afirmamos, sin ninguna duda, que la Vida Consagrada es el Adviento de Dios. Caminamos con María, nuestra compañera de camino. Como ella, la VC sigue esperando. Somos gentes de espera. En momentos podemos pensar que todo está acabado, que las promesas no se cumplirán pero la fe nos hace levantar la vista y mirar al futuro, al mañana de Dios, aunque no sepamos cómo será. Y lo hacemos con esperanza e ilusión porque estamos convencidas de que “vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de las personas, sino también de las instituciones. Y de tantas instituciones laicas necesarias en el mundo. ¡Por eso, yo creo que sí, que con la Provida Mater Ecclesia la Iglesia hizo un gesto realmente revolucionario!” (Francisco, II.SS. italianos). 

La VC no somos sólo gente que espera sino que somos el “Adviento de Dios”: “Vosotros podéis devolver esperanza a los jóvenes, ayudar a los ancianos, abrir caminos hacia el futuro, difundir el amor en cada lugar y en cada situación. Si esto no sucede, si en vuestra vida ordinaria falta el testimonio y la profecía, entonces, os repito nuevamente, es urgente una conversión” (Francisco. II. SS. italianos). 

Somos el Adviento de Dios porque somos testigos en el mundo de:

  1. Superar el riesgo de la mediocridad. En todas las épocas, y también en la nuestra, corremos el riesgo de sostener una mediocridad espiritual generalizada que no se debe a la infidelidad de éste o de aquella sino, sobre todo, a un clima que creamos por nuestra forma empobrecida de entender y vivir la experiencia cristiana. De ahí la necesidad de volver al punto de partida. El punto de partida que desencadenó todo fue el encuentro sorprendente y transformador de un grupo de mujeres y hombres con Jesús, el Cristo, el “Ungido por el Espíritu” de Dios (Lc 4,18). Este es también nuestro punto de partida como Instituto y personalmente, nos lo recuerda así el papa Francisco: “Al llamaros Dios os dice: ‘¡Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo!’. Jesús a cada uno de nosotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús me ha mirado… Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas; y sentir que es Él quien nos llama” (Francisco). Y nos hace esta invitación: “Invito a cada cristiano … a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (Francisco). Renovar nuestro encuentro para seguir siendo lo que somos: “Pobres entre los pobres pero con el corazón ardiente. Nunca quietos, siempre en camino. Juntos y enviados, también cuando estáis solos, porque la consagración hace de vosotros un destello vivo de Iglesia. Siempre en camino con esa virtud que es una virtud peregrina: la alegría” (Francisco. II.SS. italianos).

 

  → “Mira en lo profundo de tu corazón, mira en lo íntimo de ti mismo y pregúntate: ¿hay un        corazón que desea cosas grandes o un corazón adormecido por las cosas? ¿Tu corazón ha   conservado la inquietud de la búsqueda o lo has dejado sofocar por las cosas, que          terminan por atrofiarlo?” (P. Francisco)…

 La VC contribuye de manera muy significativa a desarrollar una vida fraterna más acogedora y cercana, donde se sepa escuchar y acompañar. Sabemos forjar fraternidades con una vida de familia, “Una fraternidad sin alegría es una fraternidad que se apaga… Una fraternidad cuyo signo distintivo es una ternura eucarística porque la ternura nos hace bien…” (Francisco). Formar grupos sencillos, donde se pueda experimentar la amistad cristiana y se pueda compartir la vida real, donde se hable menos y se escuche más. “Es la Palabra de Dios la que suscita la fe, la nutre, la regenera. Es la Palabra de Dios la que toca los corazones, los convierte a Dios y a su lógica, que es muy distinta a la nuestra; es la Palabra de Dios la que renueva continuamente nuestras comunidades”. Cuidar la amistad entre vosotras, la vida de familia, el amor entre vosotras. Que el monasterio no sea un Purgatorio, que sea una familia. Los problemas están, estarán pero, como se hace en una familia, con amor, buscar la solución con amor; no destruir esto para resolver aquello; no competir…” (Francisco).

   → “No hablar mal de los otros. ‘Pero padre, hay problemas…’ … No se lo digas a quien no          puede ayudar. Esto es importante: ¡Fraternidad! Pero dime, ¿hablarías mal de tu mamá,       de tu papá, de tus hermanos? Jamás. ¿Y por qué lo haces en la vida consagrada…?            (Francisco).

 

  1. La VC y, en especial, los Institutos Seculares, contribuimos a impulsar a la propia Iglesia a un desplazamiento hacia la vida, hacia el mundo. “Estáis en el mundo pero no sois del mundo, llevando dentro de vosotros lo esencial del mensaje cristiano: el amor del Padre que salva. Estáis en el corazón del mundo con el corazón de Dios… Sois como antenas listas para acoger las semillas de novedad suscitadas por el Espíritu Santo y podéis ayudar a la comunidad eclesial a hacer suya esta mirada de bien y encontrar nuevos y valientes caminos para llegar a todos.” (Francisco. II. SS. italianos). La Iglesia no debe quedarse encerrada en sus actividades y problemas, sino que ha de mirar hacia fuera, más atenta a lo que se vive, se piensa, se goza y se sufre entre la gente. Los miembros de II. SS. estamos en contacto más directo y cercano con las gentes… podemos traer esa vida hacia el interior de la Iglesia y la Iglesia hacia el interior de esa vida.

   → He aquí el movimiento al que os compromete vuestra vocación: pasar junto a cada     hombre y haceros prójimo de cada persona que encontráis; porque vuestro permanecer     en el mundo no es simplemente una condición sociológica, sino una realidad teologal que        os llama a un ser conscientes, atentos, que sabe avistar, ver y tocar la carne del hermano”    (Francisco. II.SS. Italianos).

 Somos testigos de un Dios amigo y salvador. La VC se siente llamada a comunicar con su anuncio, su vida y su hacer la Buena Noticia de Dios. La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!” (Francisco). La VC por su manera de ser, de actuar, por su compromiso a favor de los débiles e indefensos, introduce algo bueno de Dios en la vida de la gente. La VC es testigo de la misericordia y la ternura de Dios hacia todo ser humano. Testigos de ese Dios Padre y Madre. Un Dios Amigo y Amante.

→   “La tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: ‘Festejad… gozad… alegraos’, dice el       Profeta Isaías (66,10)… Todo cristiano, sobre todo nosotros, estamos llamados a ser      portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de         Dios, su ternura… Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la    alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él…” (Francisco).

  1. La VC enviada a los pobres. El Espíritu está en Jesús enviándolo a los pobres. Lo urge para establecer en el mundo el Reinado de Dios y su justicia, para expulsar el mal que oprime, para aliviar el dolor que deshumaniza (Lc 4,18). El Espíritu nos envía también hoy a los pobres e indefensos como los primeros destinatarios de nuestro servicio. Son las víctimas, los agredidos, los excluidos, los maltratados por la vida y por los violentos. “Estamos llamados a salir para dirigirnos hacia las periferias geográficas, urbanas y existenciales -las del misterio del pecado, del dolor, de las injusticias, de la miseria-, hacia los lugares escondidos del alma donde la persona experimenta la alegría y el sufrimiento de la vida (Francisco). Porque “nuestra fe no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas… No hay que llevarse la frontera a casa, sino vivir en frontera y ser audaces” (Francisco).

  → “Despojarse de toda acción que no es por Dios, de toda acción que no es de Dios; del   miedo de abrir las puertas y de salir al encuentro de todos, especialmente de los más            pobres, necesitados, lejanos, sin esperar… despojarse de la tranquilidad aparente que dan      las estructuras…” (Francisco).

 La VC como alternativa al sistema establecido. Hay situaciones en la vida en las que no caben soluciones de tipo reformista. Se trata de las situaciones en las que se ve claramente que solamente son eficaces las soluciones de tipo alternativo. Una alternativa fue lo que Jesús de Nazarteh presentó en la situación concreta de su pueblo y de su religión, en aquel momento determinado. Ahora nos toca a la VC presentar nuestra vida como alternativa en el siglo XXI, porque “vivimos en una cultura del desencuentro… una cultura en la que lo que no me sirve lo tiro…, hoy, hallar a un vagabundo muerto de frío no es noticia, sin embargo ‘la pobreza es una categoría teologal porque el Hijo de Dios se abajó… una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo…” (Francisco). De ahí la llamada que el Papa nos hace:No perdáis nunca el ímpetu de caminar por los caminos del mundo, la conciencia de que caminar, andar aunque sea con paso incierto o tropezando, es siempre mejor que permanecer inmóviles, encerrados en las preguntas que se hace uno mismo o en las propias seguridades” (Francisco. II.SS. italianos).

 

  → “¡Despertar al mundo! ¡Sean testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de    vivir! Es posible vivir de un modo distinto en este mundo…” (Francisco).

Retiro de Primavera

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Pasionistas de Daimiel

Pasionistas de Daimiel

El 26 y 27 de abril, en la casa de los Pasionistas de Daimiel (Ciudad Real), en plena llanura manchega, donde se hace realidad el dicho “ancha es Castilla”, reanudamos nuestro habitual Retiro de Primavera. Este año el tema fue “El Dios enamorado”. Participamos doce personas: diferentes institutos seculares, otras casadas, solteras, hombres, mujeres… la diversidad se hizo presente.

Oración personalMeditaciónOseas nos introdujo en su experiencia personal. Casado con Gomer, ésta le fue infiel y lo abandonó. Esta trágica experiencia le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal. Con Oseas nos preguntamos quiénes o qué son los “baales” de la sociedad actual y cuáles son nuestros “baales”. También nos preguntamos cuáles son nuestras infidelidades más constantes a Dios y a los demás.

Lo que hace de Oseas un caso inolvidable es que ve su matrimonio como una parábola de la relación Dios-Israel. El salto que Oseas da desde su experiencia personal a su experiencia de Dios, le permite una mirada de fe ante esta realidad y descubrirá una salida. Nos encontramos así con un aspecto importante, las experiencias vividas por la persona creyente en cualquier nivel de su personalidad, afectan a la persona en su globalidad, incluida su experiencia de fe. Por ello, es necesario descubrir la acción de Dios en nuestra vida cotidiana y hacer de ella el camino”normal” de nuestro crecimiento integral, también crecimiento en la experiencia de Dios.

Como Oseas, buscamos a Dios en los acontecimientos normales de la vida cotidiana y escuchamos a Dios en las experiencias que vivimos. Porque Dios está con nosotros seamos quienes seamos, seamos lo que seamos y estemos donde estemos. No es nuestra virtud la que apresa a Dios, sino que, sencillamente lo propio de Dios es estar con sus criaturas. En y con todos nosotros y nosotras. Siempre. No tenemos que merecer a Dios, tenemos a Dios. Por eso, a veces, no es Dios lo que nos falta, es la conciencia de Dios en la normalidad de nuestra vida. Oseas nos llevó a preguntarnos por las experiencias personales que más nos han ayudado a conocer más y mejor a Dios.

La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en precursor del NT es que elimina el castigo e invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.

Este tema es importantísimo en Oseas. Lo vuelve a retomar en el capítulo 11 bajo una nueva imagen: Dios ya no es el amante de su esposa infiel, sino un Padre. Israel es el hijo, un hijo prototipo del hijo rebelde que, según la Ley, debe ser ajusticiado (Dt 21,18-21). Ante la inminencia del castigo divino, Israel pide ayuda a baal, pero sin éxito. Cuando todo presagia el desastre total, Dios lucha consigo mismo y la misericordia (hésed) vence a la cólera (11,8-9).

San Pablo repite esta idea cuando escribe a los romanos: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8). Lo mismo dice Juan en su primera carta 1Jn 4,10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.

Y la iniciativa y gratuidad de Dios nos la transmite el papa Francisco con la original y bella expresión de “primerear”. “Dios está primero, está siempre primero, Dios primerea”. “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro…” (EG 24).

Con este anhelo salimos del Retiro. El deseo de “primerear” en nuestras relaciones y el deseo de dejarnos seducir por este Dios locamente enamorado y que su amor nos guíe.

Puesta en comúnComún

Retiro de Cuaresma en Pintor López

Por: Secretariado de Espiritualidad.

En medio del bullicio de la fiesta, el ruido de la traca, la crítica belleza de las fallas, el olor a pólvora y buñuelos… el día 16 de marzo tuvimos nuestro retiro de Cuaresma en el Centro Pintor López de Valencia. Acompañó M. Carmen Martín y también participaron compañeras de otros Centros. Estuvimos trece en total.

Oración personal

Oración personal

Oración

Oración

Meditando

Meditando

Reflexión

Reflexión

Iniciamos con la oración de la mañana y la presentación del tema: Vivir la cuaresma con el Dios enamorado. El profeta Oseas se nos hizo presente para compartirnos su experiencia personal: casado con Gómer, de cuyo matrimonio nacieron tres hijos, su mujer le fue infiel y lo abandonó. Además de tener que soportar el dolor del abandono, Oseas fue objeto de burlas por su condición de engañado.

Esta trágica experiencia matrimonial le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal, o con los países potentes de la época, Asiria y Egipto. Pero en vez de pensar en castigos, Dios perdona a su pueblo por puro amor. Os 2,16-24 muestran la gratuidad del amor de Dios que sin esperar ningún cambio en la actitud de su pueblo, todo promete, todo soporta, cree, espera y tolera…

El mensaje de Oseas tiene algo de desconcertante y se observa muy bien en el poema 2,4-25. Nuestra lógica religiosa sigue los siguientes pasos: pecado-conversión-perdón. La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en el precursor del NT es que invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.

Es el amor de Dios ofrecido incondicionalmente al ser humano el que puede hacernos cambiar. Si el pueblo de Israel y, por extensión, cada una de nosotras no nos convertimos por sentirnos amadas gratuitamente, sin requisitos previos, solamente por pura gracia de Dios, no nos convertiremos por nada ni por nadie. Por eso la invitación es déjate seducir, esta Cuaresma, por el Dios locamente enamorado de ti y que su amor te guíe.

Hicimos silencio todo el día para la oración personal y al final de la tarde compartimos el eco de lo vivido. Fue muy rico y nos ayudó mucho el escucharnos, el poder expresarnos desde el fondo del corazón. Concluimos con la oración final y diciéndole al Señor: sí, Señor, condúceme de nuevo al desierto, al lugar del encuentro contigo, al lugar del idilio de Israel, a mi propio desierto… y allí hazme conocer una vez más tu amor apasionado y total, y déjame escuchar tu voz, como la primera vez, en medio del silencio: ‘yo te voy a seducir’.

Puesta en común

Puesta en común

Por la noche, algunas, aún tuvimos fuerza y ganas para irnos un rato a corretear fallas…

Retiro Cuaresma 2014

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Vivir la Cuaresma con el Dios enamorado

1. De la mano del profeta Oseas

A pesar de ser el primero en la nómina de los llamados Profetas Menores, Oseas es un gran profeta. Una de sus mayores virtudes es, sin duda, la de proponer la imagen matrimonial como símbolo y clave de interpretación de las relaciones entre Dios e Israel. Otros profetas, como Jeremías o Ezequiel, lo seguirán en esto. Una lectura del libro revela inmediatamente un léxico particular, el del amor. Amar, seducir, esposa, matrimonio, esposo mío, hablar al corazón, noviazgo, regalos de amor, abandonar, olvidar, traicionar, mentir, adulterio… es el lenguaje de un enamorado traicionado que no sabe dejar de amar.

De Oseas no sabemos el año en que nació ni el de su muerte. Sabemos que vivió en el Reino del Norte, en el siglo VIII a.C. El profeta tuvo una experiencia matrimonial dolorosa (Os 1,2-9;2,4-15;3,1-3). Estaba casado con Gómer, de este matrimonio nacieron tres hijos, pero Gómer fue infiel y lo abandonó. Además de tener que soportar su tragedia matrimonial, Oseas fue objeto de burlas y chanzas por su condición de engañado. La vida de Oseas está bajo el signo de la ternura pero de la ternura herida.

Esta trágica experiencia matrimonial le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal (4,12b-13; 7,14b; 9,1) o con los países potentes de la época: Asiria y Egipto. Por eso, cuando Oseas habla de los pecados del pueblo los califica de “adulterio”, “prostitución”; y cuando habla del amor de Dios lo concibe como un amor apasionado de esposo, de un esposo capaz de perdonarlo todo y de volver a comenzar.

Baal, en hebreo, significa “el que domina a otro”, “el amo”, “el dueño”. Quien domina produce siempre esclavitud. Los israelitas, al asentarse en Palestina y dedicarse a la agricultura, pensaban que Yaveh no podía ayudarlos en este nuevo tipo de actividad. Lo concebían como un Dios guerrero y volcánico, capaz de derrotar al faraón y lanzar truenos desde el Sinaí, pero que no sabía nada de agricultura, por eso los israelitas acudieron a baal, dios cananeo de la fecundidad, al que atribuían el pan y el agua, la lana y el lino, el vino y el aceite (2,7).

Además, Israel le ha sido infiel también a Yahveh con Asiria y Egipto. En una época de grandes convulsiones, cuando está en juego la subsistencia del país, los israelitas corren el peligro de buscar la salvación fuera de Dios, en las alianzas con Egipto y Asiria, grandes potencias militares del momento, que pueden proporcionar caballos, carros y soldados. Entonces, Asiria y Egipto dejan de ser realidades terrenas; a los ojos de Israel aparecen como nuevos dioses capaces de salvar.

Dios se ha manifestado como un Dios personal que establece relaciones personales con su pueblo, capaz de amar sin medida… Tolerar los baales es dejar al ser humano dominado por las esclavitudes de estos ídolos, que no son otras que las propias esclavitudes personales engendradoras de odio, destrucción, injusticia. Confiar en los baales es fiarse de unos ídolos que tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven (Sal 115); no tolerar baales es no tolerar que nadie esclavice al ser humano, criatura de Dios, y mostrar al mismo tiempo que sólo las relaciones de amor incondicional con un Dios personal son las que liberan a la humanidad, pues es un amor libre y liberador.

Lo que hace de Oseas un caso inolvidable es que no sólo pronuncia oráculos, sino que su vida amorosa es un oráculo, ve su matrimonio como una parábola de la relación Dios-Israel.  El salto que Oseas da desde su experiencia personal a su experiencia de Dios, le permite una mirada de fe ante esta realidad y descubrirá una salida. Nos encontramos así con un aspecto importante, las experiencias vividas por la persona creyente en cualquier nivel de su personalidad, afectan a la persona en su globalidad, incluida su experiencia de fe. Por ello, es necesario descubrir la acción de Dios en nuestra vida cotidiana y hacer de ella el camino”normal” de nuestro crecimiento integral, también crecimiento en la experiencia de Dios.

 2. El Dios enamorado

Toda la historia de Israel es una historia de pecado y rebeldía. La pregunta es qué actitud tomará Dios ante esta cadena de infidelidad. Oseas plantea tres posibilidades que Dios tiene ante el comportamiento infiel de su pueblo. El poema que aparece en 2,4-25 nos las ofrece:

a) Dios puede ponerle a su esposa una serie de obstáculos para que no se vaya con sus amantes y termine volviendo al marido (vv. 8-9).

b) Castigarla públicamente y con dureza (vv. 10-15).

c) Perdonarla por puro amor, hacer un nuevo viaje de novios, un nuevo regalo de bodas que restaure la intimidad y sea como un nuevo matrimonio (vv. 16-25).

Lo que termina triunfando es la tercera opción, el amor de Dios, que acoge de nuevo a su esposa, incluso aunque ésta no se encuentre plenamente arrepentida. A partir de su experiencia personal, el profeta descubre el cariño, la ternura de Dios, su hésed. Bajo esta luz, todo adquiere un sentido nuevo. La ley del Sinaí no es simplemente un contrato, sino una alianza (como anillo que se ponen dos que se aman), que une a dos seres en el amor. En virtud de la alianza sinaítica, el Señor es el Dios de Israel, el pueblo de Dios. Es decir, es el esposo profundamente enamorado de Israel, su esposa: Tú-eres-mi-pueblo y él (Israel) dirá Tú-ere-mi-Dios (2,25).

Suele traducirse hésed como bondad, amor fiel, cariño gratuito, amor misericordioso. A la traición de la esposa colmada de dones, que persigue la ilusión de otros amores, corresponde la fidelidad del Señor, que permanece aguardando en el hogar vacío. El sabe que algún día los pasos de la mujer amada resonarán de nuevo y él la acogerá. Entonces todo se transformará en una nueva y gozosa primavera. El paisaje que los rodea se transformará en una reedición del jardín del Edén (vv. 20,23).

Si Oseas vivió este tremendo dolor, un día de repente se le iluminó, y en lo hondo de su amor dolorido descubrió otro amor más alto y profundo: el del Señor por su pueblo. También Dios ha amado como marido enamorado, también lo ha traicionado su esposa, y a pesar de todo sigue amando, no puede menos que amar (Cant 8,6ss). El profeta se fija cómo trata Dios a Israel y así aprende cómo ha de tratar a Gómer. Aprende a perdonar como Dios perdona. La salvación, la conversión, no es fruto de un esfuerzo ético del ser humano, sino un acto gratuito de la voluntad amorosa y fiel de Dios, de su hésed.

Si Os 2,4-15 representa al dios celoso que todo exige y nada soporta, los vv. 16-24 muestran la gratuidad de su amor que, sin esperar ningún cambio en la actitud de su pueblo, todo promete, todo soporta, cree, espera y tolera (Cfr. 1 Cor 13,7). ¡Qué duro es amar a quien nos ha decepcionado! Pero esa es la actitud constante de Dios con el ser humano. Y, una vez más, Dios, no sólo se queda aguardando, sino que inicia una nueva seducción para restaurar la historia de amor (2,16-25). Su misericordia es la clave que nos abre a la esperanza. Dios nos ama no porque seamos buenas, sino para que podamos llegar a ser buenas.

Se trata de rehacer la historia desde su comienzo. Desde allí hay que reemprender la vida. La primera experiencia ha sido negativa. En vez de conquistar la tierra, Israel fue conquistado por la vida cananea y sus ídolos. Es necesario volver a comenzar la aventura. Por eso, la vuelta al desierto es un verdadero retorno a los orígenes, a las fuentes del amor. En el desierto no hay dioses de fecundidad y, por lo tanto, allí se renueva el destino de Israel, únicamente, en la fecundidad del amor de su Dios. El castigo se convierte, paradójicamente, en el primer acto de gracia. Dios ama entrañablemente a Israel, por eso, lo lleva al desierto, el lugar del primer desposorio de la Alianza, el lugar del retorno al Señor. Es en el desierto, sin los baales, donde se juega el futuro de Israel, invitado a escuchar al que le habla al corazón.

Ante este Dios que perdona sin condiciones, todas podemos ser capaces de conversión. Pero no implica volver al pasado, sino experimentar una nueva seducción del amor de Dios. Solamente una nueva apertura radical al amor gratuito de Dios será capaz de hacer de nosotras verdaderas creyentes.

 3. La lógica “ilógica” de Dios

Todo el mensaje de Oseas tiene algo de desconcertante y se observa muy bien en el poema 2,4-25. Nuestra lógica religiosa sigue los siguientes pasos: pecado-conversión-perdón. Es casi la misma que tenía el pueblo de Israel en muchas etapas de su historia. Lo vemos, por ejemplo, en el libro de los Jueces. Desde el punto de vista religioso, el pueblo se va degradando, alternará la fidelidad y la infidelidad, la gracia y el pecado. Esta alternancia la encontramos a lo largo de todo el libro, por ejemplo: Jc 3,7-11: Los israelitas hicieron lo que desagradaba a Yahveh (pecado)… se encendió la ira de Yahveh y los dejó a merced de Kusan (castigo)… los israelitas clamaron a Yahveh (conversión)… Yahveh suscitó un libertador que los salvó (perdón) En los textos encontramos repetido con precisión casi matemática el siguiente esquema en cuatro tiempos: pecado-castigo-conversión-perdón/salvación.

La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en precursor del NT es que elimina el castigo e invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.  San Pablo repite esta idea cuando escribe a los romanos: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8). Y lo mismo dice Juan en su primera carta 1Jn 4,10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.

Este tema es importantísimo en Oseas. Lo vuelve a retomar en el capítulo 11 bajo una nueva imagen: Dios ya no es el amante de su esposa infiel, sino un Padre. Israel es el hijo, un hijo prototipo del hijo rebelde que, según la Ley, debe ser ajusticiado (Dt 21,18-21). Ante la inminencia del castigo divino, Israel pide ayuda a baal, pero sin éxito. Cuando todo presagia el desastre total, Dios lucha consigo mismo y la misericordia (hésed) vence a la cólera (11,8-9).

Ante un comportamiento así por parte de Dios, no es difícil que se nos “remueva” el interior y pensemos : “¡algún tipo de conversión o gesto de arrepentimiento será necesario para obtener el perdón de Dios!”; o que nos surja casi espontáneamente la pregunta: “¿cómo es posible la justicia de Dios ante tanta infidelidad si su respuesta es el amor?”; o que concluyamos diciendo: “ante un Dios así, entonces todo vale pues vamos a ser perdonadas igualmente”… Si este tipo de cuestiones surgen en nosotras, lo mínimo que se pone en evidencia es nuestra lógica que, en el fondo, se apoya en la del libro de los Jueces, no en la lógica “ilógica” de Dios.

Tenemos muy dentro nuestro sentido de justicia: se comete un pecado, es necesario que la persona se arrepienta y, entonces, se puede proceder al perdón. En este esquema, lo que está latiendo es la necesidad de que el pecador se arrepienta, haga buenas obras y, entonces, se le perdonará. El perdón se apoya en las obras del pecador arrepentido no en Dios.

La lógica “ilógica” de Dios va más en la línea de nuestro refrán: El corazón tiene razones que la razón no entiende. Es el amor de Dios ofrecido incondicionalmente al ser humano el que puede hacernos cambiar. Si el pueblo de Israel y, por extensión, cada una de nosotras no nos convertimos por sentirnos amadas gratuitamente, sin requisitos previos, solamente por pura gracia de Dios, no nos convertiremos por nada ni por nadie. ¿Quién no ha hecho los mayores esfuerzos por cambiar algún comportamiento extraño en su vida cuando ese comportamiento no le hacía bien a una persona querida? ¿Acaso es duradera una conversión cuando ésta se basa en los buenos propósitos solamente?

Esta lógica de Dios, por otra parte, hace que nos tengamos que apoyar en Otro y en el Amor que es ese Otro, dejándonos sin la posibilidad de apoyarnos en algo nuestro (las obras), lo cual nos deja un poco a la intemperie y con la sola posibilidad de arriesgarnos a dejarnos amar por un amor de este calibre. Y un amor de este calibre desestabiliza todos nuestros esquemas porque nos fuerza a “desmontar” nuestros egoísmos más ocultos, nuestros méritos más sutiles, nuestras justicias “justicieras”, nuestros deseos conscientes o inconscientes del “ojo por ojo y diente por diente”.

Y aquí está la cuestión clave del mensaje de Oseas: la resistencia que tenemos a cambiar de esquema y la necesidad de lo que, en griego del Nuevo Testamento, será llamado metanoein. Metanoia para entrar en la lógica, gracias a Dios, ilógica de su amor. No es extraño que Oseas concluya su libro con una cuestión abierta (14,10): ¿Quién es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son rectos, por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables.

Lo entenderá muy bien, unos siglos más tarde, un tal Jesús de Nazareth, quien, para revelarnos el corazón de Dios, nos ofrecerá, también en parábolas, los ejemplos de los jornaleros contratados a la viña a distintas horas del día cobrando todos lo mismo (Mt 20,1-16) o el personaje sin igual, ese hijo pródigo que, ante el amor incondicional y sin reproches de su padre, deseará, como intuye algún autor, pasar de ser hijo a ser padre (Lc 15,11-32). Un Jesús, para el cual, el Reino de Dios no es algo que vendrá después de nuestra conversión, sino que el Reino ya está aquí, ya está entre nosotros. Sólo tenemos que acogerlo y entrar en su dinámica (Mc 1,15).

4. ¿Y nosotras qué?

Y entonces, en esta Cuaresma del año 2014, ¿qué hacemos nosotras?: NADA. ¿Y el ayuno, la oración y la penitencia?: NADA.

Déjate seducir, esta Cuaresma, por el Dios locamente enamorado de ti y que su amor te guíe.

Retiro Adviento 2013

Artífices de Paz

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

1. Simeón y Ana

Iniciamos el Adviento. Adviento significa “venida”. Aguardamos la venida de Jesucristo. La espera es la actitud característica de este tiempo. La espera es activa, hay algo que esperar, por eso, genera una tensión sana. Mientras esperamos, tendemos hacia quien esperamos, hacia quien nos hace palpitar el corazón con más fuerza, hacia quien colma nuestro deseo. Así les pasó a Simeón y Ana (Lc 2,25-38). Ellos convirtieron su vida entera en un Adviento. Esperaban algo decisivo no para ellos solos sino para Israel. Esperaban la paz mesiánica. La espera de la paz guiaba sus búsquedas, sus vidas, su ancianidad y ese interés les hizo posible el reconocimiento de Jesús como Mesías. Seguro que tuvieron que superar más de una vez la tentación de desistir, de dejarlo, ya eran mayores y la paz parecía que cada vez se alejaba más, sin embargo, no se echaron atrás, no se cansaron, no buscaron otros “refugios” justificables, permanecieron en su misión. El testimonio de esta pareja nos cuestiona: ¿Todavía significa algo para nosotras y nosotros “estar alertas”, “aguardar”? ¿Qué esperanza festejamos en nuestras liturgias? ¿Estaremos hablándole al mundo de fidelidad, de permanecer, de aguardar, cuando en realidad ya no esperamos nada más… y abandonamos?

  • ¿Esperamos todavía algo decisivo para la humanidad, de tal manera, que influya en nuestra vida? ¿El qué?

2. La paz: Shalom

 La tradición judía no entiende la paz en contraposición con la guerra, sino en contraste con todo aquello que pueda perturbar el bienestar colectivo del pueblo en todos los ámbitos de la vida. La paz incluye la dicha (Sal 73,3), la provisión de las necesidades (Jc 19,20), la salud corporal (Is 57,18-19), la tranquilidad (Gn 15,15; 26,29), el entendimiento pacífico entre pueblos y hombres (1R 5,26; Jc 4,17), la salvación estable de las situaciones de desgracia (Jer 14,13; 29,11), etc. La paz no es sin más un estado de ánimo, sino una situación social y política jamás alcanzada plenamente, que depende de Yahve. Propiamente, Yahve es la Paz (Jc 6,24). Sólo Él puede otorgarla y, si la retira, sobreviene la aflicción en el pueblo (Jr 16,5). En clave del NT, Jesucristo mismo “Él es nuestra Paz” (Ef 2,14-15), conduce nuestros pasos hacia ella (Lc 1,79) y nos anuncia que el Reino está cerca. Un Reino marcado por unas relaciones de amor gratuito (Lc 2,14), porque toda ausencia de amor es ya guerra.

  • ¿Existe paz en mi entorno más cercano? ¿Soy yo una persona de paz?

3. Urge la paz

 Ojalá y tengamos verdadero interés por la paz porque urge la paz. “Si yo hablo de paz, ellos prefieren guerra” (Sal 120,7). Estas palabras son hoy más reales que nunca. Todos los días los periódicos y las emisoras de radio y de televisión revelan el deseo humano desvergonzado de poder, de luchar y de ser la superpotencia más fuerte. En nuestro mundo no se oyen a menudo auténticas palabras de paz; y cuando se pronuncian, la mayoría de las veces se desconfía de ellas, sencillamente, porque cuando una sociedad deja morir de hambre a millones de personas o los deja morir en medio del mar está en guerra.

La paz ha sido y sigue siendo un don, pero también una tarea, un reto, un desafío. El siglo XXI será el siglo de la paz. “Todo tiene su momento… tiempo de callar y tiempo de hablar… tiempo de guerra y tiempo de paz”, dice el Eclesiastés. Este es el tiempo de hablar a favor de la paz porque sin paz no habrá vida. Estamos llamadas y llamados a que todo cuanto hagamos, digamos, pensemos o soñemos forme parte de nuestro interés por la paz. Ser artífices de paz es una vocación a tiempo completo y, en este momento del mundo, tal vez, la más urgente de todas las tareas. En el Adviento del año 2013, se nos invita a una conversión, de tal forma, que pueda llevarnos a un verdadero cambio y a unas acciones específicas en favor de la paz.

Ya hemos convivido demasiado con los que rechazan la paz. Nos hemos dejado impresionar durante mucho tiempo por “los reyes de la tierra, los nobles, los grandes jefes militares, los ricos y poderosos…” (Ap 6,15) que tratan de decirnos que la situación política es tan compleja que no podemos tener una opinión sobre la posibilidad de la paz y que para alcanzarla se necesita la guerra. Jesús dijo: “Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Estas palabras no pueden permanecer por más tiempo en el trasfondo de nuestra conciencia, irrumpen en nuestra vida con tanta urgencia que sabemos que ha llegado el momento de ser auténticas personas artífices de paz.

  • ¿Por dónde debe ir mi conversión en este Adviento para ser auténtico artífice de paz?

No basta la buena intención hay que poner los medios, para ello nos pueden ayudar tres pilares: Oración, resistencia y fraternidad.

4. Artífices de paz

4.1. La oración

La oración es el principio y el fin de la paz porque la paz es un don divino. En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: “Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no puede daros” (Jn 14,27). Cuando queremos ser artífices de paz, lo primero que hemos de hacer es dejar nuestras armas y entrar en la casa de quien nos ofrece su paz. Jesús no sólo nos invita a vivir con él en la misma casa, sino que él mismo es la casa (Jn 15,4-5). La oración nos abre la puerta de esta nueva morada.

A veces, más de las que nos gustaría, también nosotros somos parte del mal contra el que protestamos y no somos personas de paz sino de conflicto. La invitación a una vida de oración es la invitación a vivir en medio de este mundo sin poner la confianza en los medios, la fuerza y el poder (Is 31,1-3). Sólo podemos dar testimonio del Príncipe de la Paz cuando tenemos puesta nuestra confianza en Él y sólo en Él. Somos personas descentradas, nuestro centro es Jesucristo, pero si nos miramos demasiado a nosotros mismos, si ponemos en nosotros el centro, corremos el peligro de utilizar la violencia para mantenernos. Jesús es nuestro centro y no son simples palabras, esta es la verdadera fuerza que nos lleva a buscar la paz siendo creativas y generosas. Esto no se improvisa. Es un largo proceso de conversión en el que morimos a nuestra vieja identidad. En este sentido, la oración es un acto de martirio: morimos a nuestro mundo conflictivo y entramos en la luz sanadora de Cristo (Lc 6,27-35).

A su vez, la misma oración es ya un acto de paz, es una protesta contra un mundo de manipulación, competencia, rivalidad, sospecha, actitud defensiva, ira, hostilidad, agresión mutua, destrucción y guerra. Es precisamente en esta presencia “inútil” ante Dios donde podemos escuchar la voz del amor escondida en el centro de nuestro ser y poner paz en nuestro corazón (1 Tim 2,1-6).

4.2. Resistencia

Ser artífice de paz exige que mi oración se haga visible en acciones concretas. Sin tales acciones, la oración no es más que la expresión piadosa de alguien que huye. Ser artífices de paz no es una opción. Es una “obligación sagrada” sea cual sea nuestra situación. Es una forma de vida que compromete continuamente todo nuestro ser, por eso resistimos; debemos oponer decidida resistencia a toda forma de violencia y destrucción, y proclamar que la paz es el don divino ofrecido por Dios (Nm 6,22-26). La no resistencia nos hace cómplices de la violencia. La resistencia significa decir “no” a todas las fuerzas de la muerte, dondequiera que estén, y decir “sí” a toda vida, sea cual fuere la forma en que la encontremos. Trabajar por la paz es trabajar por la vida (Rm 8,6).

No deben separarse la paz del mundo y la paz del corazón. No hay que separar la paz interior de la exterior. El trabajo de la paz es un abanico que se extiende desde los escondidos rincones de nuestro yo hasta las más complejas deliberaciones internacionales. Por tanto, nuestra resistencia a los poderes de la muerte tiene que ser tan profunda y amplia como la paz misma.

La guerra no nace en los campos de batalla, entre soldados con armas, sino en la misma casa, en la intimidad de la familia o de la propia institución. Mucho antes de empezar a guerrear, matar personas o destruir naciones, ya hemos matado a las personas mentalmente. Cuánta violencia fue mental antes de convertirse en violencia física. Se comienza a decir “sí” a la muerte mucho antes de decir “sí” a la violencia física. De ahí que, decir “no” a la muerte exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “No juzguéis” (Mt 7,1). Exige decir “no” a toda la violencia del corazón y de la mente. Con mis juicios divido mi mundo en dos partes -los buenos y los malos- y así juego a ser Dios. Pero quien juega a ser Dios termina actuando como el demonio (Rm 2,1-11). En este Adviento decimos “no” a la violencia de los juicios.

El camino de Jesús es un camino sin anatemas ni armas ni violencia ni poder. Para él no hay países que conquistar, ni ideologías que imponer, ni pueblos que dominar. Tan sólo hay niños, mujeres y hombres a los que amar. Y el amor no hace uso de las armas. El amor no se manifiesta en el poder, sino en la falta de poder. Jesús nos desafía en este Adviento a seguir este camino. Es el camino de la resistencia desarmada, no violenta y sin poder. Resistir al odio, la división, el conflicto, la guerra y la muerte es un acto litúrgico; es adorar a Dios. No obstante, la resistencia no violenta no es un camino aceptado con facilidad. Quienes ven en la violencia el camino único y necesario hacia la paz no sólo pensarán que los resistentes no violentos carecen de realismo y son ingenuos sino que además los acusarán de cómplices de la violencia. Jesús afirma con toda claridad que la persona resistente tendrá dificultades: “Os echarán mano y os perseguirán…” (Lc 21,12).

4.3. Fraternidad

Ser artífices de paz no se puede hacer en solitario. Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. Sólo desde la fraternidad de apoyo, fraternidad autocrítica, tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas. Esta fraternidad debe ofrecer algo más que un simple contexto protector para la oración y la resistencia; debe ser la primera realización de “los nuevos cielos y la nueva tierra” (2 P 3,13); no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.

Y éste es el aporte más propio que podemos hacer. Ser personas que motivemos, que sugiramos, que propongamos a cuantos nos rodean vida y paz. Estar ahí para los demás con ánimo y con afecto. Ser cauces de una espiritualidad sencilla, renovada y real. Y ofrecer la propia espiritualidad con pasión y compasión. No hay cosa que cree más unión que una experiencia espiritual compartida y no hay cosa más revolucionaria que una experiencia espiritual compartida, recordemos a Jesús y sus discípulos, a Francisco de Asís y sus seguidores…

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo reconociendo que somos incapaces de lograr la paz por nosotros solos; reconociendo que es el lugar donde la fuerza se revela en la debilidad, la fe se revela en la duda, la esperanza se revela en momentos de desesperación, el amor se revela en medio de ciertas envidias y desconfianzas, la alegría se revela en medio de la tristeza y la paz se revela en medio de la violencia, los conflictos y las divisiones. Reconociendo las dificultades que nos surgen, poniéndoles nombre, situándolas encima de la mesa y buscando soluciones juntos a la luz de la Palabra. Y utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Somos artífices de paz reconociendo que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23).

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo siendo personas de esperanza. Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder, en la disuasión o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida. La esperanza se asienta en la experiencia de la fe en el Dios vivo, una fe más fuerte que la violencia, la división, el juicio o la guerra. La fraternidad no es un grupo de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice : “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, somos personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios. Una fraternidad eucarística, la eucaristía pertenece al centro mismo de nuestra vida y es el acto en el que se resume toda acción por la paz.

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo cuando abrimos nuestras casas y aceptamos el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. Sólo aquellos que no tienen más razón ni argumento que su rostro sufriente pueden elevar su mirada hacia los violentos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros… y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18). La paz es una ofrenda-oblación de las víctimas y no puede fundarse en el poder de los triunfadores. Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente.

  • ¿Por dónde tendría que incidir más nuestra familia, grupos, fraternidades… para ser artífices de Paz?

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