D. Cornelio, Sacerdote con un carisma especial

Por: D. Juan Rico. Madrid.

La figura de don Cornelio es muy difícil retratarla tal cual fue. No todos han tenido el mismo contacto. Ni ese acercamiento continuo que lleva a la mistad. Una amistad que no tiene calificativos, por ser ella misma un tesoro. La amistad es una categoría ensalzada por Jesús hasta llegar a decir: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14).

Casi todos los que le han conocido coinciden en algo muy estimado: su espiritualidad centrada en Jesucristo. Espiritualidad contagiosa y admirada. Muchas personas se sintieron atraídas a un ambiente que respiraba vida y paz y, como centro, Jesucristo. Fue capaz de vivir con tal intensidad esa idea que le llevó a embarcarse en la difícil operación de transmitirla a aquellos que quisieran oírla. Pero no bastaba solo en oír sino también en vivirla plenamente. Si hubo un hombre llamado Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien, D. Cornelio quiso transmitir su carisma ayudando a los pobres.

En mis tiempos de párroco en Montanejos necesité de una ayuda para la obra social que debido a la construcción del pantano de Campos de Arenoso iba a construirse. El Ayuntamiento cedió un solar y allí reconstruyeron las escuelas. Un amigo me aconsejó acudir a D. Cornelio para que enviara maestras a ayudar a la parroquia. Así fue el primer contacto. Allí estuvieron casi cuatro años Pilar Butini, María Luisa y Consuelo. La labor de las maestras fue muy fructuosa en la juventud parroquial. Haciéndose notar esa espiritualidad especial hacia Jesucristo del Padre Cornelio. Recuerdo varias visitas durante ese periodo, con el fin de ver cómo funcionaba lo que muchos llamaban “la frontera de Dios”.

Mis contactos siguieron cuando me ofreció marchar a Australia como capellán de los emigrantes españoles. Fue una etapa de mucho trabajo y de contacto con la gente trabajadora. Hacía ya varios años que tres miembros de Vita et Pax – Mª Luisa, Paquita y Carmen – trabajaban allí con los emigrantes. Ellas, conocedoras del ambiente, facilitaron ayuda e información que el capellán necesitaba para ser eficaz.

Se tenía que hacer el bien a los necesitados y hubo que poner en marcha asistencias sociales que no daba el gobierno australiano. Los problemas eran muchos y muy distintos. Visitar enfermos, visitar a las familias, socorrer a los necesitados en sus diferentes necesidades. Dificultades de los matrimonios, de los padres con los hijos y viceversa. Era tanta la necesidad que se tuvo que fundar la “Spanisch Catholic Wellfare Association” (Asociación católica española de Bienestar), aprobada por el cardenal Monseñor Gilroy y también con la venia del gobierno australiano.

Los emigrantes la acogieron con entusiasmo y el éxito en las asistencias fue muy comentado. Se llegó a tener 1000 socios en pocos meses, cuando los emigrantes españoles en Sydney eran sobre 7000. Las actividades de la Asociación fueron dirigidas por una junta de emigrantes y la gran labor de las Asistentes Sociales.

Después de diez años, circunstancias especiales nos devolvieron a España. El contacto con el padre Cornelio continuó, yo diría que familiar. Mis estudios de periodismo me apartaron del amigo, pero la amistad siguió en lo más íntimo.

No obstante, hay que reconocer que, como en toda relación, hubo sus luces y sombras. Todos los años nos reuníamos “los australianos” para renovar nuestros recuerdos. Y nos dijeron que el padre Cornelio quería venir a nuestra casa. Tanto M· Luisa como yo nos alegramos de la noticia. Así llego el momento en que nos llenó de alegría su presencia y un abrazo fraternal renovó los tiempos en que nos trajeron a la memoria las palabras de Jesús: “Vosotros sois mis amigos”. Pasamos unas horas inolvidables y a la despedida el abrazo amigable. Desde Roma, meses después, recibimos una carta con las primicias de sus comentarios sobres los textos litúrgicos. La Vida y la Paz en Cristo Jesús había sido restaurada. En la memoria está la amistad.

Y mientras vivamos él vivirá también en nosotros. Incluido en nuestros muchos amigos ya en la casa del Padre. Desde allí nos amará como Dios, nuestro Padre, nos ama.  

D. Cornelio, un gran padre para todos

Por: D. Francisco Escrivá. Sacerdote. Valencia.

D. Francisco Escrivá era hermano de Don Joaquín, gran amigo del P. Cornelio y también del Instituto. Un día, meses antes de que muriera, le pedimos que escribiera un testimonio de su amistad con D.Cornelio. Aceptó por los buenos recuerdos que tenía de él. Pero dada su invidencia, puso una condición: yo voy relatando todo lo que he visto y admirado de él y una de vosotras lo va escribiendo. Así lo hicimos.

Comenzó diciendo:

Yo me ordené sacerdote en el año 1953; no hice completos los cursos del Convictorio, donde D. Cornelio estaba de Director, pero tuve bastantes contactos esporádicos con él y destacaría que me ayudó a ser fiel a Jesucristo y a mi sacerdocio.

Estas entrevistas, así como los Ejercicios Espirituales que dirigió a los sacerdotes en Alacuás, me dieron la oportunidad de conocer más profundamente a D. Cornelio y también al Instituto.

Destacaría que fue un gran enamorado de Jesucristo y que sentía una gran preocupación por los sacerdotes y su misión sacerdotal. A los seminaristas los trataba con gran respeto y cariño; estaba siempre atento a echarles una mano y se preocupaba también de educarles en los valores humanos: para todos era un padre más que el director… Sentía una gran preocupación por los sacerdotes y su misión.

La Vida y la Paz que tan adentro llevaba la comunicaba y la transmitía a todos, y siempre con una gran capacidad de escucha y diálogo, sin distinción de personas. En sus charlas, en las conversaciones, su cordialidad y alegría le llevaban a hablar con convencimiento de la importancia de la vida cristiana.

Su sentido de la responsabilidad le hacía tomar parte en los problemas de los demás, tratando de ayudar y orientar.

Su acogida, podemos decir, estaba marcada por sus grandes abrazos. A todos quería.

D. Cornelio: el hombre de Dios

Por: D. José Formentín Peñalosa. Sacerdote Diocesano. Cullera. Valencia.

En memoria del sacerdote D. Cornelio Urtasum Irisarri, Director del primer Convictorio para sacerdotes recién ordenados en Valencia, por el gran Arzobispo Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga, en 1946.

A un sacerdote pamplonica, nacido en Espinal y secretario personal del Sr. Arzobispo, le fue confiada la misión de dirigir el Convictorio y completar en nosotros toda la formación que habíamos recibido en el Seminario. Yo lo conocí, antes de ser ordenado presbítero, como profesor de Derecho Canónico en el Seminario y después de ser ordenado, juntamente con otros treinta y siete condiscípulos, a primeros del mes de Octubre de 1952; se nos invitó a que hiciéramos el curso de pastoral en el Convictorio, bajo la dirección del joven sacerdote D. Cornelio Urtasun. Teníamos clase de Sagrada Escritura, Liturgia, Pastoral, charlas sobre espiritualidad y sobre los acontecimientos de la vida de la Iglesia.

Con D. Cornelio, mantuve una relación íntima y profunda durante toda mi vida hasta el momento de su muerte en Pamplona.

¿Quién era D. Cornelio? El hombre de Dios, el mediador entre Dios y los hombres, a quien Dios, concedió poderes para enseñar, guiar y comunicar gracias a la comunidad…. Un nuevo Jesucristo; en él yo veía representada la persona y el poder del mismo Jesús. En el Convictorio me di cuenta que era el gran enamorado de su “Amigo Jesucristo”. El que se pasaba horas ante el Sagrario. El que cruzaba la calle de Poeta Bodría casi todos los días para confesar a la gente que acudía al convento de las Agustinas Recoletas.

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En memoria del Rvdo. D. Cornelio Urtasun: Recuerdos y vivencias

Por: Luis F. Formentín Peñalosa. Cullera. Valencia

Recuerdo a D. Cornelio siendo yo pequeño en la década de los años cincuenta, concretamente, de 1953 a 1960, cuando venía a Cullera con aquél Citroën negro, y del que bajaban cuatro o cinco sacerdotes con sotana. A mí me llamaba la atención. Venían a comer a casa, invitados por mi hermano sacerdote, amigo de D. Cornelio, que disfrutaba degustando la paella que se cocinaba en nuestra casa, que tan bien preparaba la chica que teníamos, ya muchos años, a nuestro servicio.

En aquellas comidas aprovechaban los sacerdotes allí reunidos para charlar de una forma distendida y D. Cornelio empezó a querer a Cullera…

De D. Cornelio guardo gratísimos recuerdos y vivencias. Con el paso de los años, hoy podemos afirmar que fue un avanzado de abrir nuevas ventanas, –  como dijo aquél gran Papa, hoy Beato, Juan XXIII – para que entrara nuevos aires en la Iglesia, con la creación del Instituto Secular “Vita et Pax in Christo Jesu”, un fruto más del Concilio Vaticano II.

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D. Cornelio Urtasun: amigo y testigo

Por: D. Jesús Fernández. Sacerdote diocesano. Santander.

El Instituto Vita et Pax, me pide una breve reseña sobre su Fundador, el Sacerdote Don Cornelio Urtasun, fallecido el Jueves Santo de 1999. Respondo a esa petición con gratitud y cariño. Gratitud, porque es mucho lo que he recibido de Vita et Pax y de Don Cornelio. Cariño. Porque es grande la amistad que me ha unido y me sigue uniendo con ambos.

Conocí a Don Cornelio en 1966 cuando el Obispo de nuestra Diócesis, Don Vicente Puchol, trajo a algunos miembros de Vita et Pax al Seminario de Corbán. Allí atendía yo, como formador, a los jóvenes que cursaban el ciclo teológico.

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Cornelio Urtasun: compañero y amigo de Jesucristo resucitado

Por: Pedro Sandi. Miembro del Instituto Secular: Asociación de Sacerdotes del Prado. Diócesis de Santander

1. Miprimer encuentro con D. Cornelio fue, sobre todo, a través de los primeros miembros del Instituto que él envió a nuestro seminario de Corbán, como respuesta a D. Vicente Puchol, nuestro obispo. Eran los años 1966 al 1969. Posteriormente, y más en directo, en las convivencias anuales de Vita et Pax en Corbán, en El Escorial…

Al pensar en ellas y en D. Cornelio, años después, me di cuenta de que no sólo compartían con D. Cornelio, la vivencia de un amor apasionado a Jesucristo, sino que el Señor irradiaba su perfume a través de su testimonio evangélico.

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Recuerdo de D. Cornelio Urtasun

Por: Vicente Cárcel Ortí. Valencia.

El Jueves Santo del año 1999 fallecía don Cornelio Urtasun Irisarri, un nombre que dirá muy poco a los más jóvenes y, sin embargo, fue un personaje destacado de la Iglesia y de la sociedad valenciana en los años cuarenta y cincuenta.

Nacido en Espinal (Navarra) en 1917, Don Cornelio ingresó en el Seminario de Pamplona a los once años en 1928 y, en 1939, un año antes de cantar misa, el obispo don Marcelino Olaechea le llamó para que fuera su secretario particular y con él estuvo hasta 1946. Después se doctoró en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma.

Secretario de don Marcelino Olaechea: Colaborador fiel de su obispo, don Cornelio intervino directamente en una actividad poco conocida de don Marcelino en aquellos años: tramitar peticiones de clemencia para evitar condenas a muerte y mitigar las severas penas impuestas a numerosos detenidos políticos por los vencedores de la guerra.

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Amigo y confesor

Por: + Joan Piris Frígola, Obispo de Lleida.

Seguramente mi testimonio agradecido no puede ser imparcial porque mi relación con D. Cornelio Urtasun fue providencial en momentos de mi vida y vocación, sobre todo en momentos particularmente delicados en los que personalmente me he visto haciendo equilibrios “en el filo de la navaja” y el Buen Dios se ha servido de su acompañamiento ante posibles cortes. Por eso, mi testimonio puede no ser del todo objetivo.

Recuerdo nuestros primeros contactos siendo yo seminarista de los últimos cursos en Valencia y él un sacerdote maduro de virtud probada y ya con las primeras muestras bastante consolidadas del Instituto Secular “Vita et Pax” que fundó siguiendo lo que el Espíritu Santo le pedía (me consta que esta opción le forzó a decir no a otros caminos con horizontes prometedores…). Tengo muy presentes aquellos primeros encuentros personales en Lecároz (Navarra), rodeado de algunos presbíteros de una incipiente Asociación Sacerdotal (“Amigos de Jesucristo”) que, desgraciadamente se evaporó unas décadas más tarde. Y poco después, nuestras largas charlas en Roma, yo joven sacerdote estudiante y él buen amigo y confesor, acogiéndome a cualquier hora, pese al infarto del que se estaba recuperando en aquella su antigua residencia de Via Monserrato. Su delicada salud y el estricto régimen alimenticio que siempre le acompañó, nunca le impidió tener en cuenta en toda ocasión mi debilidad por el café expresso y otros vicios menores.

La vida de ambos dio muchas vueltas, desde aquellos años 60 hasta que Dios le llamó a su seno un Jueves Santo, pero pudimos mantener contactos periódicos en Valencia o en Roma. Su acompañamiento discreto y lúcido contribuyó a afianzar mi sacerdocio ministerial y a profundizar, sobre todo, en una espiritualidad preferentemente eucarística -contemplativa y dinámica a la vez- que siempre he agradecido.

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Recordando a D. Cornelio, el amigo

Por: José Ramón Ortolá. Sacerdote Diócesis de Valencia (†)

Mi aportación, que siento no haberla hecho publica en su momento oportuno, en este breve escrito, quiere ser un cordial homenaje de gratitud y afecto hacia D. Cornelio, a quien me une una entrañable amistad desde hace 40 años.

Ciertamente que no puedo hablar de D. Cornelio antes de esos 40 años que le conocí. Aunque sé muchos pormenores de su vida anterior por testimonios muy directos de otras personas. Pero quiero limitarme a resaltar dos periodos de tiempo, que conviví más estrechamente con él, y que me parecen fundamentales para descubrir aspectos de la vida de D. Cornelio. Estos son: los años de Director del Convictorio Sacerdotal S. Eugenio de Valencia, y el tiempo que permanecimos juntos en la Iglesia Española de Monserrat en Roma.

Otros aspectos, quizá los más importantes de su vida, en especial como fundador del instituto secular VITA ET PAX, que sólo incidentalmente señalaré en este escrito, ya tiene competentes redactoras, que recogerán muchos datos del amplio archivo –grabado y escrito- que se conserva.

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DON CORNELIO, hombre de Iglesia

Por: Rafael Torija. Obispo emérito de Ciudad Real

Don Cornelio Urtasun, sacerdote originario de la diócesis de Pamplona, hace ya algunos años nos dejó al emprender la etapa última de su marcha hacia la Casa del Padre. Muy conocido en todos los ambientes eclesiales, sobre todo, entre los sacerdotes y en las asociaciones e Institutos seglares de vida consagrada. Es el iniciador y fundador del Instituto Secular Vita et Pax in Christo Jesu.

Yo le conocí de cerca. Traté con él frecuentemente. Gocé de su amistad. Experimenté su fraternal acogida en repetidas ocasiones… En fin, creo que poseo razones suficientes para afirmar de él que fue “un hombre de Iglesia” y que se manifestó como tal siempre a lo largo de su vida y ministerio sacerdotal; eso sí, sin expresiones llamativas nunca…

Me apoyo al resaltar especialmente el carácter eclesial de Don Cornelio en tres ocupaciones y preocupaciones que estuvieron siempre muy presentes a lo largo de su vida y ministerio:

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