Formando parte de una gran familia

Por: Paqui Redondo Agudo. Vida y Paz de Barcelona.

El grupo de Vida y Paz de Barcelona nos reunimos como cada primer lunes de mes, en el nombre del Espíritu Santo. Estamos en la recta final del curso 2018/2019.

Estos años que llevamos formando parte de esta gran familia hemos profundizado en las Sagradas Escrituras. Hemos trabajado temas, que nos han hecho crecer, aprender a conocernos e intuir nuestros fallos y debilidades, esos tan propios del ser humano y que tanto cuesta modelar.

El camino del crecimiento personal y espiritual, es largo y lento, nos lleva la vida aprender y quizá no consigamos aquello que nos proponemos, pero confiamos en la fuerza del Espíritu y nos ponemos en manos del Padre Misericordioso.

El último tema que hemos trabajado nos ha conmovido especialmente: el Espíritu Santo que llena la Tierra… y nuestro ser.

Todo lo bueno que hay en nosotras se hace presente cuando acallamos egos y barreras mentales. Con serenidad le pedimos que nos transforme y que gocemos del préstamo de su aliento y de su Espíritu.

Cada una de nuestras reuniones ha sido una experiencia enriquecedora, hemos reído y hemos llorado, compartiendo nuestras propias vivencias.

También hemos hecho un poco nuestros, los problemas de nuestro entorno, nuestro corazón se hace cada día, más sensible al sufrimiento ajeno. Experimentamos impotencia, por tantas injusticias.

Pedimos al Dios que nos habita, que tengamos la capacidad de verlo en nuestros hermanos y que nos dé la fuerza para actuar en la medida de nuestras capacidades.

Agradecemos el esfuerzo de nuestras compañeras preparando temas, que tanto nos ayudan a reflexionar. Sin duda el Espíritu Santo las inspira. Su labor es una Alabanza a Dios.

Este curso ha sido un poco duro para Ana y Flor, que han sufrido a causa de problemas de salud. Sin embargo, no han desfallecido, dándonos un ejemplo de superación, fortaleza y fe.

Por nuestra parte, no desfalleceremos tampoco y seguiremos en este camino y en estas enseñanzas, las de Nuestro Amigo Jesucristo, como tanto le gustaba decir al Padre Cornelio.

 

El homicidio de la indiferencia

Monición introductoria del Papa Francisco a la oración ecuménica del 7 de julio 2018.

Queridos hermanos:

Hemos llegado como peregrinos a Bari, ventana abierta al cercano Oriente, llevando en el corazón a nuestras Iglesias, a los pueblos y a tantas personas que viven en situación de gran sufrimiento. A ellos les decimos: «Estamos cerca de vosotros». Queridos hermanos, os agradezco de corazón por haber venido hasta aquí con generosidad y premura. Y estoy muy agradecido a todos vosotros, que nos hospedáis en esta ciudad, ciudad del encuentro, ciudad de la acogida.

En nuestro camino común nos sostiene la Santa Madre de Dios, venerada aquí como Odegitria: la que muestra el camino. Aquí descansan las reliquias de san Nicolás, obispo de Oriente, cuya veneración surca los mares y atraviesa las fronteras entre las Iglesias. Que el Santo milagroso interceda para curar las heridas que tantos llevan dentro. Aquí contemplamos el horizonte y el mar y nos sentimos impulsados a vivir esta jornada con la mente y el corazón dirigidos a Oriente Medio, encrucijada de civilizaciones y cuna de las grandes religiones monoteístas.

Allí nos visitó el Señor, «sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Desde allí, la luz de la fe se propagó por el mundo entero. Allí han surgido los frescos manantiales de la espiritualidad y del monacato. Allí se conservan ritos antiguos únicos e inestimables riquezas del arte sacro y de la teología; allí pervive la herencia de los grandes Padres en la fe. Esta tradición es un tesoro que hemos de custodiar con todas nuestras fuerzas, porque en Oriente Medio están las raíces de nuestras mismas almas.

Pero sobre esta espléndida región se ha ido concentrando, especialmente en los últimos años, una densa nube de tinieblas: guerra, violencia y destrucción, ocupaciones y diversas formas de fundamentalismo, migraciones forzosas y abandono, y todo esto en medio del silencio de tantos y la complicidad de muchos. Oriente Medio se ha vuelto una tierra de gente que deja la propia tierra. Y existe el riesgo de que se extinga la presencia de nuestros hermanos y hermanas en la fe, desfigurando el mismo rostro de la región, porque un Oriente Medio sin cristianos no sería Oriente Medio.

Esta jornada inicia con la oración, para que la luz divina disipe las tinieblas del mundo. Ya hemos encendido, delante de san Nicolás, la «lámpara de una sola llama», símbolo de la unicidad de la Iglesia. Juntos deseamos encender hoy una llama de esperanza. Que las lámparas que colocaremos sean signo de una luz que aun brilla en la noche. Los cristianos, de hecho, son luz del mundo (cf. Mt 5,14), pero no solo cuando todo a su alrededor es radiante, sino también cuando, en los momentos oscuros de la historia, no se resignan a las tinieblas que todo lo envuelven y alimentan la mecha de la esperanza con el aceite de la oración y del amor. Porque, cuando se tienden las manos hacia el cielo en oración y se da la mano al hermano sin buscar el propio interés, arde y resplandece el fuego del Espíritu, Espíritu de unidad, Espíritu de paz.

Recemos unidos, para pedir al Señor del cielo esa paz que los poderosos de la tierra todavía no han conseguido encontrar. Que desde el curso del Nilo hasta el Valle del Jordán y más allá, pasando por el Orontes, el Tigris y el Éufrates, resuene el grito del Salmo: «La paz contigo» (122,8). Por los hermanos que sufren y por los amigos de cada pueblo y religión, repitamos: La paz contigo. Con el salmista, lo imploramos de modo particular para Jerusalén, la ciudad santa amada por Dios y herida por los hombres, sobre la cual el Señor aún llora: La paz contigo.

La paz: es el grito de tantos Abeles de la actualidad que sube al trono de Dios. Pensando en ellos, no podemos ya más permitirnos decir ―ni en Oriente Medio ni en cualquier otra parte del mundo―: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). La indiferencia mata, y nosotros queremos ser una voz que combate el homicidio de la indiferencia. Queremos dar voz a quien no tiene voz, a quien solo puede tragarse las lágrimas, porque hoy Oriente Medio llora, hoy sufre y calla, mientras otros lo pisotean en busca de poder y riquezas. Para los pequeños, los sencillos, los heridos, para aquellos que tienen a Dios de su parte, nosotros imploramos: La paz contigo. Que el «Dios de todo consuelo» (2Co 1,3), que sana los corazones destrozados y venda las heridas (cf. Sal 147,3), escuche hoy nuestra oración.

La Carta de la Tierra

Publicada en el año 2000, no la podemos olvidar.

La Carta de la Tierra es una declaración de principios éticos fundamentales para la construcción de una sociedad global justa, sostenible y pacífica en el Siglo XXI. La Carta busca inspirar en todos los pueblos un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad compartida para el bienestar de toda la familia humana, de la gran comunidad de vida y de las futuras generaciones. La Carta es una visión de esperanza y una llamada a la acción.

Descargar (12-LA-CARTA-DE-LA-TIERRA.pdf, PDF, Desconocido)

No vale esa respuesta bravucona de ‘no tenemos miedo’

Por: José Ignacio González Faus, sj

“¿Qué hacer para poder decir con verdad todos somos Barcelona?”

“Yo quiero tener miedo y tengo miedo a que germine el odio”*

Me permito plagiar un conocido título de Leonardo Boff: “Pasión de Cristo, pasión del mundo”. Al día siguiente del atentado barcelonés, de mañanita, me llega un whatsapp desde México con una foto titulada: “Todos somos Barcelona”. Reconozco que me emocioné, aunque no soy de Barcelona. Más tarde me surgió la pregunta: ¿qué hacer para que esa bella frase no resulte estéril, meramente retórica como aquel famoso: “Ich bin ein Berliner” de J. Kennedy?

¿Qué hacer para poder decir con verdad: todos somos Barcelona, todos somos Manchester, todos somos Lesbos, todos somos inmigrantes, todos viajamos en pateras, todos somos precarios y vivimos con un sueldo inferior incluso al vergonzoso salario mínimo de España; todos somos mujeres maltratadas, maltratadas por aquellos que decían amarlas?… Todos.

Entonces me pareció que no vale esa respuesta bravucona de “no tenemos miedo”. Quiero tener miedo: no ya por mí, pero sí por mis seres queridos: por los hermanos, por los hijos, por los amigos. Tengo miedo por aquella madre que el jueves, a las cuatro, aún no sabía que pronto dejaría de ver para siempre a su pequeño; por los chavales que están ahora en el hospital tragándose lágrimas y esperando a saber qué pronóstico hay para su padre, herido grave.

También por los familiares y amigos que los acompañan ahora, mientras piensan que igual les podía haber pasado a ellos, y no saben si les pasará otro día. Y por los musulmanes que fueron entre los primeros a dar sangre para las víctimas, pero temen que el atentado les va a crear dificultades y ganar algunos odios, sólo por lo que son. Por todos ellos, yo sí que tengo miedo. Y quiero tenerlo.

También tengo miedo a que germine el odio: porque al día siguiente de los atentados recibo, por tres veces, otro whatsapp donde un señor se dirige a los terroristas diciendo “mahometanos, sois unos hijos de puta, mamones de mierda…” y otras -según él- “verdades del barquero”. Temo que, al calentamiento climático que ya soportamos, le siga otro calentamiento afectivo: el del odio. Ojalá en algún momento nos reunamos también para gritar: “no tenemos odio”.

Esos miedos me llevan a dirigirme a vosotros, hermanos míos a pesar de todo, pero insensatos, descerebrados y criminales miembros del Daesh: ¿Podemos un momento intentar hablar como hermanos? ¿Qué pretendéis con vuestras inhumanas atrocidades? Si me decís (cosa que no creo) que dar gloria a Allah, ¿no comprendéis que en vez de proclamar que Allah es el más grande, estáis diciéndole al mundo que Allah es el más criminal, y que sois vosotros los que queréis ser los más grandes?

¿No comprendéis que, aunque la justicia de Dios fuese violenta y castigadora (cosa que yo no creo), nunca será una violencia que se dirige arbitrariamente a personas inocentes, que no tenían más crimen que el de estar por allí en aquella hora? Jesús de Nazaret, a quien vosotros veneráis como profeta (y que algo sabe de muertes violentas) dijo una vez: “llega la hora en que quienes os maten creerán hacer un servicio a Dios. Y esto será porque no han conocido a Dios” (Jn 16,3).

Por favor, hermanos, pensad esto muy en serio “¿habéis conocido de veras a Dios?” Ciertamente NO. Pues no sólo matáis a quienes consideráis enemigos sin haberlos visto nunca, sino a todos esos jóvenes vuestros, sin norte y sin experiencia, a quienes engañáis y lleváis al suicidio temprano para conseguir vuestros fines; y que también tendrán una madre que quizás ahora está llorando por ellos.

Si por el contrario, como sospecho, os mueven otros afanes de venganza o de grandeza, vamos a seguir dialogando un poco más: porque me niego a creer que haya desaparecido de vosotros toda huella de humanidad. También vosotros algún día cruzaríais una sonrisa de ternura con vuestras madres, y habréis tenido hermanos y amigos con quienes jugabais. También vosotros habréis llorado alguna vez, quién sabe si por culpa nuestra. Pues entonces, vamos a ver si conseguimos que se encuentren nuestras lágrimas en vez de nuestras palabras.

Creo saber lo que puede haberos hecho llorar algunas veces. Es significativo que, en todos los atentados salvajes de los últimos tiempos, lo que menos me ha gustado han sido las palabras de los gobernantes: seguramente no por ser quienes son, sino por estar donde están. Todos daban la sensación de no decir nada propio sino sólo lo que les tocaba decir. En cualquier caso, no acabo de compartir ese tópico repetido por todos ellos, de que vuestros salvajes atentados son “un ataque a nuestros valores”.

Nosotros, occidentales, debemos preguntaros si no serán más bien un ataque a la hipocresía con que ponemos nuestros grandes valores al servicio del propio enriquecimiento (igual que vosotros ponéis a Dios al servicio de vuestra maldad). Se nos llena la boca con grandes palabras como democracia e igualdad o libertad. Pero ¿qué democracia hay en la actual UE?

Las multinacionales (que son nuestros verdaderos gobernantes) han pisoteado la libertad para enriquecerse creando opresión y ahora vemos recortada nuestra libertad por razones de seguridad; ellas no serán la causa última pero sí la primera de nuestras pérdidas de libertad. En mi país presumimos de crecimiento económico, pero ocultamos que ese crecimiento se está consiguiendo a base de crear desigualdades, precariedad, salarios de hambre y “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”.

Hablamos de globalización para que nuestros capitales circulen de Singapur a New York pero no para que un africano sin horizonte pueda venir a Europa a ganarse sencillamente la vida. Y olvidamos así lo que un conocido sociólogo llamó “África pecado de Europa”, aludiendo al reparto de África que hicimos durante el siglo XIX… Invadimos Irak, o Afganistán y luego nos retiramos “respetuosamente”, dejando el país convertido en un caos que ya no queremos arreglar.

Nos arrogamos el derecho a tener armas nucleares nosotros, porque somos “los buenos”; pero se lo negamos a Irán porque es “de los malos”. Y somos nosotros quien determina quiénes son los buenos y quiénes los malos… Una vez más, aquellos polvos han traído estos lodos. En la historia, las atrocidades nunca nacen de golpe: se van gestando poco a poco, silenciosamente.

Creo que no puedo ser más claro. Pero hay que añadir algo: la historia muestra que todas las revoluciones violentas acabaron instalando unas violencias semejantes a las que habían querido combatir. Quizás porque, como explica el gran Paulo Freire (a quien vosotros ni habréis oído nombrar), el oprimido tiene siempre introyectado en su inconsciente la imagen del opresor como su modelo de hombre, porque no ha conocido otro.

Un inmigrante africano instalado en España hace ya años, publica un libro donde se pregunta si escribe “desde el edén”, aclarando que de ningún modo quisiera para África un modelo de desarrollo como el que hemos tenido en Europa: porque “esos grandes conceptos nacidos en Occidente, que resultan particularmente atractivos para la humanidad entera y que podrían ser la verdadera medicina que esta humanidad necesita, son en la práctica falseados, suplantados y pervertidos”. Así pues, amigos, vuestra tragedia está en que, en el fondo, nos tenéis envidia; pero envidiáis no lo mejor sino lo peor de nosotros. Infelices.

Creo, pues, que algo de aquellos valores sigue vivo entre nosotros (aunque no sé si tendríamos que llevarlos ya a la UCI) y que, por eso, Europa conserva, además de un atractivo económico, un atractivo moral que ojalá no acabemos enterrando, y que aún produce envidia en todos aquellos que quisieran acabar con nosotros…

Si nuestras lágrimas se encuentran así, quizá acabe encontrándose también nuestro dolor por el daño que nos hemos causado mutuamente, unos en nombre de una supuesta crueldad de Dios y otros en nombre de una real crueldad del Capital.

Entonces, en lugar de asesinatos tan absurdos, quizá acabemos encontrándonos todos en la lucha por construir una civilización de la sobriedad compartida que (no me cansaré de repetirlo) es la única salida que le queda a nuestro mundo tan amenazado.

Paz: un bien escaso y siempre deseado

Por: Leonardo Boff. Página en Koinonía.
Lo que más se escucha al comienzo de cada nuevo año son los deseos de paz y felicidad. Si miramos de manera realista la situación actual del mundo, e incluso de los diferentes países, incluido el nuestro, lo que más falta es precisamente la paz. Pero es tan preciosa que siempre se desea. Y tenemos que empeñarnos un montón (casi iba a decir… hay que luchar, lo que sería contradictorio) para conseguir ese mínimo de paz que hace la vida más apetecible: la paz interior, la paz en la familia, la paz en las relaciones laborales, la paz en el juego político y la paz entre los pueblos. ¡Y cómo se necesita! Además de los ataques terroristas, hay en el mundo 40 focos de guerras o conflictos generalmente devastadores.

Son muchas y hasta misteriosas las causas que destruyen la paz e impiden su construcción. Me limito a la primera: la profunda desigualdad social mundial. Thomas Piketty ha escrito un libro entero sobre La economía de las desigualdades (Anagrama, 2015). El simple hecho de que alrededor del 1% de multibillonarios controlen gran parte de los ingresos de los pueblos, y en Brasil, según el experto en el campo Marcio Pochman, cinco mil familias detenten el 46% del PIB nacional muestra el nivel de desigualdad. Piketty reconoce que «la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo se ha convertido en el tema central de la desigualdad contemporánea, si no de todos los tiempos». Ingresos altísimos para unos pocos y pobreza infame para las grandes mayorías.

No olvidemos que la desigualdad es una categoría analítico-descriptiva. Es fría, ya que no deja escuchar el grito del sufrimiento que esconde. Ética y políticamente se traduce por injusticia social. Y teológicamente, en pecado social y estructural que afecta al plan del Creador que creó a todos los seres humanos a su imagen y semejanza, con la misma dignidad y los mismos derechos a los bienes de la vida. Esta justicia original (pacto social y creacional) se rompió a lo largo de la historia y nos legó la injusticia atroz que tenemos actualmente, pues afecta a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos.

Una de las partes más contundentes de la encíclica del Papa Francisco sobre el Cuidado de la Casa Común está dedicada a “la desigualdad planetaria” (nn.48-52) Vale la pena citar sus palabras:

«Los excluidos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar… deberían integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49).

En esto radica la principal causa de la destrucción de las condiciones para la paz entre los seres humanos o con la Madre Tierra: tratamos injustamente a nuestros semejantes; no alimentamos ningún sentido de equidad o de solidaridad con los que menos tienen y pasan todo tipo de necesidades, condenados a morir prematuramente. La encíclica va al punto neurálgico al decir: «Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia» (n.52).

La indiferencia es la ausencia de amor, es expresión de cinismo y de falta de inteligencia cordial y sensible. Retomo siempre esta última en mis reflexiones, porque sin ella no nos animamos a tender la mano al otro para cuidar de la Tierra, que también está sujeta a una gravísima injusticia ecológica: le hacemos la guerra en todos los frentes hasta el punto de que ha entrado en un proceso de caos con el calentamiento global y los efectos extremos que provoca.

En resumen, o vamos a ser personal, social y ecológicamente justos o nunca gozaremos de paz serena.

A mi modo de ver, la mejor definición de paz la dio la Carta de la Tierra al afirmar: «la paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, otras culturas, otras formas de vida, con la Tierra y con el Todo del cual formamos parte» (n.16, f). Aquí está claro que la paz no es algo que existe por sí mismo. Es el resultado de relaciones correctas con las diferentes realidades que nos rodean. Sin estas relaciones correctas (esto es la justicia) nunca disfrutaremos de la paz.

Para mí es evidente que en el marco actual de una sociedad productivista, consumista, competitiva y nada cooperativa, indiferente y egoísta, mundialmente globalizada, no puede haber paz. A lo sumo algo de pacificación. Tenemos que crear políticamente otro tipo de sociedad que se base en las relaciones justas entre todos, con la naturaleza, con la Madre Tierra y con el Todo (el misterio del mundo) al que pertenecemos. Entonces florecerá la paz que la tradición ética ha definido como «la obra de la justicia» (opus justiciae, pax).

Cuidar la casa común y sus moradores

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Hace unos días veíamos en todos los medios de comunicación titulares parecidos a : Zaragoza se ha convertido en el mayor escenario de las supermaniobras de la OTAN, desde el sábado 3 octubre y hasta entrado el mes de noviembre, con 11.000 militares desplegados procedentes de 16 países. Y todos tan contentos.

A pesar de que actualmente no existe ninguna guerra activa declarada de forma oficial entre Estados diferentes, al menos 13 países sufren ahora mismo conflictos armados (Gaza, Ucrania, Siria, Irak, Sudán del Sur…). Otros muchos padecen desde hace años e incluso décadas situaciones de grave violencia (la causada por el narcotráfico en México, por ejemplo, con decenas de miles de muertos), o realidades bélicas no resueltas aún y calificadas, según el momento, como conflictos de “alta” o “baja” intensidad (la guerra en Colombia, ahora en un frágil proceso de paz).

El impacto económico de las guerras y los conflictos activos en todo el mundo ha crecido. En 2014 se destinaron a este fin 12,7 billones de euros según estima el Índice Global de Paz 2015, elaborado por el centro de investigación Institute for Economics and Peace (IEP). El gasto representó el 13,4% del PIB global durante el año pasado, equivalente a la suma de las economías de Brasil, Canadá, Francia, Alemania, España y Reino Unido. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en una década, 23 países duplicaron, al menos, su gasto militar, entre ellos, Rusia (108%) y China (170%), además de países que sufren cruentas guerras, como Afganistán (557%) o Irak (284%), pero también otros, como Paraguay (127%) o Ghana (243%).

Según este mismo estudio, la intensidad de los conflictos armados en el mundo también ha crecido, al aumentar en el 2014 de 49.000 a 180.000 las personas muertas en guerras, 3,5 veces más que el año anterior. El número de desplazados internos y refugiados también ha crecido, un 267% desde 2008.

Por otra parte, los vínculos guerra-deterioro ambiental son estrechos y van aumentando. En El Salvador, el ejército utilizó la deforestación como arma contra la guerrilla, con napalm y otros defoliantes, con más de 3.000 bombas que provocaron numerosos incendios y contaminaron la tierra. En estos momentos, el 80% de la tierra está erosionada, y el 90% de la flora natural ha desaparecido. Es conocido que en Vietnam el ejército estadounidense empleó estos elementos para destruir selva y descubrir a las tropas nordvietnamitas. Los 80 millones de toneladas de defoliantes y herbicidas lanzadas afectaron a más de millón y medio de hectáreas de manglares y alrededor de 180.000 hectáreas de superficie cultivada.

El Papa Francisco nos ha llamado en su última Encíclica a cuidar la casa común y a cuidar de sus moradores. Pues en el sentido más amplio y más exacto, las guerras son un desastre humano y ecológico de gran magnitud. Esto no solo significa que seres humanos, animales y plantas quedan destrozados. Es algo más complejo e incluso más terrible: es un ataque a las posibilidades de vida, a la vida misma. No podemos mirar para otro lado, ni siquiera para la pantalla de televisión con imágenes de maniobras bélicas. Si queremos la paz, debemos prepararnos para la paz. Ya.

Mujeres de fe en la vida

Imagen1 - copiaMujeres de fe en la vida

Celia Monteagudo

Diputación de Albacete. Cáritas Diocesana de Albacete.

Estas páginas son el testimonio de la fe vivida por mujeres que se enfrentan a la vida en el mundo de hoy. Son mujeres que viven su fe y luchan por vivir la vida con sentido y que, por encima de la “obediencia ciega”, atienden a su conciencia, una conciencia que compromete.

Son mujeres de Castilla-La Mancha, en su mayor parte de la provincia de Albacete. Mujeres laicas, cada una distinta y, sin embargo, las podemos reconocer como una más entre nosotras. Sus vidas representan retazos de una realidad compleja con luces y sombras, con alegría y dolor… de encuentros y desencuentros.

Celia Monteagudo, albaceteña de origen, es licenciada en Ciencias Religiosas y Doctora en Filología Inglesa y Sagradas Escrituras. Ejerce como profesora de inglés en Institutos de Enseñanza Secundaria así como en la UNED de Albacete. Enamorada y enraizada en la riqueza y tradiciones manchegas ha sido capaz de abrir su corazón a la cultura de los pueblos oprimidos.

Ecología hoy: una apuesta por la vida

Por: Leonardo Boff. Página de Boff en Koinonía

Pocos pensadores en el campo de la ecología intentan ir a las raíces de la actual crisis ecológica global. El mexicano Enrique Leff es seguramente uno de los más conocidos, con su reciente libro: La apuesta por la vida: imaginación sociológica e imaginarios sociales en los territorios ambientales del Sur (Siglo XXI). Además de profesor e investigador, ha sido durante varios años Coordinador de la Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Sus acumuladas experiencias le sirvieron y sirven de base para su producción intelectual.

Destaca su preocupación filosófica y social. Su interés se centra en descifrar los mecanismos que nos han llevado a la crisis actual y cómo podemos salir bien de ella. Para ello, estudia las causas metafísicas (la concepción del ser y de la realidad) y epistemológicas (los modos de conocimiento) en sus diversas ontologías (determinaciones sociales, políticas, culturales y del mundo de la vida, entre otras).

Realiza un detallado trabajo de reconstrucción integral de la ecología social y de la ecología política: cómo han surgido y evolucionado ante la creciente crisis ecológica, especialmente ante el calentamiento global. Esta parte es relevante para quien quiera conocer los entresijos del discurso ecológico en sus diferentes tendencias.

La búsqueda que atraviesa todo su texto, denso, rico en referencias bibliográficas de varias ciencias y tendencias, se centra en esta pregunta: ¿cómo establecer las condiciones adecuadas para la vida en un mundo que se ha hecho insostenible?

La respuesta exige dos tareas:

La primera es demoler las suposiciones erróneas de la modernidad con su racionalidad científico-técnico-utilitaria y con su voluntad de dominar todo: territorios, personas, la naturaleza y los procesos de la vida. Realiza este paso con argumentos sólidos, citando a las autoridades científicas y filosóficas más serias, salvaguardando siempre lo que es irrenunciable, pero denunciando cómo este tipo exacerbado de racionalidad ha llevado a una crisis de civilización global con procesos insostenibles y hostiles a la vida, pudiendo conducir, en último término, al colapso de nuestra civilización.

La segunda tarea consiste en la creación de una nueva conciencia y el sentido de un destino común Tierra-Naturaleza-Humanidad. Es la parte más creativa. Le auxilia la teoría de la complejidad y del caos; discute el sentido de la sostenibilidad como principio de vida e imperativo de supervivencia. Interroga a las diversas teorías sobre el origen de la vida y sostiene la tesis de F. Capra, según la cual la vida se habría originado del metabolismo entre materia y energía, creando redes autogenerativas que liberan los flujos de la vida.

Detalla las diferentes maneras de reconstruir y de utilizar la naturaleza respetando sus ritmos y sus ciclos.

Contrariando el paradigma actual de la apropiación privada de la naturaleza y de los flujos vitales en función del enriquecimiento, sabiendo sólo modernizarse sin ecologizar los saberes, postula varios imaginarios alternativos para organizar nuestra Casa Común en consonancia con las diferentes culturas en las que la identidad y la diferencia son trabajadas de manera integradora. Valora especialmente la contribución andina del “bien vivir”. Más que una filosofía de la vida es una metáfora de un mundo en armonía con el Todo. El Sumak Kawsay (vivir bien) engloba prácticas sociales en las que se expresa la relación de los pueblos con el cosmos, con su territorio, sus ecosistemas, sus culturas y sus relaciones sociales.

La parte final nos comunica una gran esperanza: el crecimiento a nivel mundial a través de innumerables movimientos y experiencias locales que revelan la capacidad de las poblaciones para resistir a la razón económica, instrumental y utilitarista vigente. Los países centrales que han explotado prácticamente casi todos sus servicios y recursos naturales tratan de recolonizar especialmente a América Latina para que sea una reserva de estos bienes para ellos. En nuestra visión latinoamericana, tales “bondades de la naturaleza”, como dicen los pueblos indígenas, son la base para los derechos de la naturaleza y de la Tierra, considerada como la Pachamama, y para los derechos culturales y ambientales que concretan otras formas de habitar nuestra Casa Común y de beneficiarse de todo lo que ella nos ofrece para vivir en armonía.

Aquí se revela una apuesta nueva por la vida, que no la amenaza sino que cuida de ella, crea las condiciones para su permanencia sobre la faz de la Tierra y le asegura las condiciones para co-evolucionar y constituirse en un bien a ser heredado por las generaciones que vendrán después. Este libro de Leff es un estímulo para aquellos que un día despertaron a la crisis ecológica y no se resignan ante las estrategias de dominación de los poderosos, sino que resisten y ensayan nuevas formas de convivencia, de producción, de consumo y de cuidado y respeto por todos los seres, especialmente por la generosa y gran Madre Tierra.

Es un libro necesario, que va en la línea expuesta con gran fuerza por el Papa Francisco en su encíclica sobre “el cuidado de la Casa Común”.

Otra forma de resolver los conflictos

Por: Leonardo Boff. Página de Boff en Koinonía.

Siempre ha habido en la humanidad, especialmente bajo el patriarcado, conflictos de todo orden. La forma predominante de resolverlos ha sido y es la utilización de la violencia, para doblegar al otro y encuadrarlo en un determinado orden. Ese es el peor de los caminos, pues deja en los vencidos un rastro de amargura, de humillación y de deseo de venganza. Y así se perpetúa la espiral de la violencia que hoy adquiere especialmente la forma de terrorismo, expresión de la venganza de los humillados. ¿Será esta la única forma de resolver sus contiendas los seres humanos?

Hubo alguien que se consideraba “un loco de Dios” (pazzus Dei), Francisco de Asís, que podría ser también el actual Francisco de Roma que buscó otro camino. El anterior era el de gana-pierde. Este último, el gana-gana, vacía las bases para el espíritu belicoso. Tomemos ejemplos de la práctica de Francisco de Asís. Su saludo usual era desear a todos: “paz y bien”. Pedía a sus seguidores: “Todo aquel que se aproxime, sea amigo o enemigo, ladrón o bandido, recíbanlo con bondad” (Regla no bulada, 7).

Consideremos la estrategia de Francisco frente a la violencia. Tomemos dos leyendas, que, como leyendas, guardan mejor el espíritu que la letra de los hechos: los ladrones del Burgo San Sepolcro y el lobo de Gubbio (Fioretti, c. 21).

Una banda de ladrones se escondía en los bosques y saqueaba a los transeúntes de los alrededores. Movidos por el hambre fueron al eremitorio de los frailes a pedir comida. Son atendidos, aunque no sin remordimientos, por los frailes: “No es justo que demos limosna a esta casta de ladrones que tanto mal hacen en este mundo”. Presentan la cuestión a Francisco. Este sugirió la siguiente estrategia: llevar al bosque pan y vino y gritarles: “Hermanos ladrones, venid aquí; somos hermanos y les traemos pan y vino ―felices comen y beben―, luego háblenles de Dios, pero no les pidan que abandonen la vida que llevan porque sería pedir demasiado; pídanles solamente que cuando asalten no hagan daño a las personas. Otra vez, Francisco aconseja: llévenles algo mejor, queso y huevos. Más que felices los ladrones se regocijan, pero oyen la exhortación de los frailes: “dejen esta vida de hambre y sufrimiento; dejen de robar; conviértanse al trabajo que el buen Dios va a providenciar lo necesario para el cuerpo y para el alma”. Los ladrones, conmovidos por tanta bondad, dejan aquella vida y algunos hasta se hicieron frailes.

Aquí se renuncia al dedo en ristre acusando y condenando en nombre de la aproximación cálida y de la confianza en la energía escondida en ellos para ser otra cosa diferente a ladrones. Se supera todo maniqueísmo que distribuye la bondad de un lado y la maldad del otro. En verdad, en cada uno se esconde un posible ladrón y un posible fraile. Con tierno afecto se puede rescatar el fraile escondido dentro del ladrón. Y eso ocurrió.

Esta estrategia de renuncia a la violencia aparece claramente en la leyenda del lobo de Gubbio que atacaba a la población de la pequeña ciudad. Se supera de nuevo la esquematización: por un lado el “lobo grandísimo, terrible y feroz” y por el otro, el pueblo, lleno de miedo y armado. Se enfrentan dos actores cuya única relación es la violencia y la destrucción mutua. La estrategia de Francisco no es buscar una tregua o un equilibro de fuerzas regidas por el miedo. No toma partido por una parte ni por la otra, en un falso fariseísmo: “malo es el otro, no yo, por eso debe ser destruido”. ¿Nadie se pregunta si dentro de cada uno no puede esconderse un lobo malo y al mismo tiempo un buen ciudadano?

El camino de Francisco es esta unión de los opuestos y aproximar a ambos para que puedan hacer un pacto de paz. Va al lobo y le dice: “hermano lobo, eres un homicida pésimo y mereces la horca, pero reconozco también que es por hambre que haces tanto mal. Vamos a hacer un pacto: la población va a alimentarte y tú dejarás de amenazarlos”. Luego se dirige a la población y les predica: “vuélvanse hacia Dios, dejen de pecar. Aseguren alimento suficiente al lobo y así Dios les librará de los castigos eternos y del lobo malo”.

Dice la leyenda que la pequeña ciudad cambió de hábitos, decidió alimentar al lobo y este se paseaba entre todos, como si fuese un manso ciudadano.

Ha habido intérpretes que leyeron esa leyenda como una metáfora de la lucha de clases. Puede ser. El hecho es que la paz conseguida no fue la victoria de uno de las partes, sino la superación de los lados y de los partidos. Cada uno cedió, se verificó el gana-gana e irrumpió la paz que no existe en sí, sino que es fruto de una construcción colectiva entre los ciudadanos y el lobo.

Conclusión: Francisco no estimuló las contradicciones ni removió la dimensión sombría donde se cuecen los odios. Confió en la capacidad humanizadora de la bondad, del diálogo y de la mutua confianza. No fue un ingenuo. Sabía que vivimos en la “regio dissimilitudinis”, en el mundo de las desigualdades (Fioretti, c. 37). Pero no se resignó a esta situación decadente. Intuía que más allá de la amargura, existe en el fondo de cada criatura una bondad ignorada a ser rescatada. Y lo fue.

Llegará el día en que los seres humanos asumirán la inteligencia cordial y espiritual, cuya base biológica identificaron los nuevos neurólogos, que completa la razón intelectual que divide y atomiza. Entonces habremos inaugurado el reino de la paz y de la concordia. El lobo seguirá siendo lobo pero no amenazará a nadie.

Rehacer la vida

Rehacer la vida. Divorcio, acogida y comunión

 

Xavier Alegrees192
José L. González Faus
Jesús Martínez Gordo
Andrés Torres Queiruga

Cuadernos Cristianisme i Justícia

Número 192

Con ocasión del Sínodo sobre la familia, cinco cardenales, entre ellos G. Müller, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, han publicado un libro titulado Permanecer en la verdad de Cristo, en el que se manifiestan contrarios a la admisión a los sacramentos de divorciados vueltos a casar.

En este cuaderno, cuatro teólogos de Cristianisme i Justícia, cada uno desde su especialidad y desde su punto de vista, abren un abanico para poder reflexionar, opinar, y formarse un criterio.

Cristianisme i Justícia (Fundación Lluís Espinal) es un Centro de Estudios promovido por la Compañía de Jesús de Cataluña. Agrupa un equipo de profesores universitarios y especialistas en teología y en diversas ciencias sociales y humanas interesados por el cada vez más indispensable diálogo fe-cultura-justicia.

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies