Paz: un bien escaso y siempre deseado

Por: Leonardo Boff. Página en Koinonía.
Lo que más se escucha al comienzo de cada nuevo año son los deseos de paz y felicidad. Si miramos de manera realista la situación actual del mundo, e incluso de los diferentes países, incluido el nuestro, lo que más falta es precisamente la paz. Pero es tan preciosa que siempre se desea. Y tenemos que empeñarnos un montón (casi iba a decir… hay que luchar, lo que sería contradictorio) para conseguir ese mínimo de paz que hace la vida más apetecible: la paz interior, la paz en la familia, la paz en las relaciones laborales, la paz en el juego político y la paz entre los pueblos. ¡Y cómo se necesita! Además de los ataques terroristas, hay en el mundo 40 focos de guerras o conflictos generalmente devastadores.

Son muchas y hasta misteriosas las causas que destruyen la paz e impiden su construcción. Me limito a la primera: la profunda desigualdad social mundial. Thomas Piketty ha escrito un libro entero sobre La economía de las desigualdades (Anagrama, 2015). El simple hecho de que alrededor del 1% de multibillonarios controlen gran parte de los ingresos de los pueblos, y en Brasil, según el experto en el campo Marcio Pochman, cinco mil familias detenten el 46% del PIB nacional muestra el nivel de desigualdad. Piketty reconoce que «la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo se ha convertido en el tema central de la desigualdad contemporánea, si no de todos los tiempos». Ingresos altísimos para unos pocos y pobreza infame para las grandes mayorías.

No olvidemos que la desigualdad es una categoría analítico-descriptiva. Es fría, ya que no deja escuchar el grito del sufrimiento que esconde. Ética y políticamente se traduce por injusticia social. Y teológicamente, en pecado social y estructural que afecta al plan del Creador que creó a todos los seres humanos a su imagen y semejanza, con la misma dignidad y los mismos derechos a los bienes de la vida. Esta justicia original (pacto social y creacional) se rompió a lo largo de la historia y nos legó la injusticia atroz que tenemos actualmente, pues afecta a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos.

Una de las partes más contundentes de la encíclica del Papa Francisco sobre el Cuidado de la Casa Común está dedicada a “la desigualdad planetaria” (nn.48-52) Vale la pena citar sus palabras:

«Los excluidos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar… deberían integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49).

En esto radica la principal causa de la destrucción de las condiciones para la paz entre los seres humanos o con la Madre Tierra: tratamos injustamente a nuestros semejantes; no alimentamos ningún sentido de equidad o de solidaridad con los que menos tienen y pasan todo tipo de necesidades, condenados a morir prematuramente. La encíclica va al punto neurálgico al decir: «Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia» (n.52).

La indiferencia es la ausencia de amor, es expresión de cinismo y de falta de inteligencia cordial y sensible. Retomo siempre esta última en mis reflexiones, porque sin ella no nos animamos a tender la mano al otro para cuidar de la Tierra, que también está sujeta a una gravísima injusticia ecológica: le hacemos la guerra en todos los frentes hasta el punto de que ha entrado en un proceso de caos con el calentamiento global y los efectos extremos que provoca.

En resumen, o vamos a ser personal, social y ecológicamente justos o nunca gozaremos de paz serena.

A mi modo de ver, la mejor definición de paz la dio la Carta de la Tierra al afirmar: «la paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, otras culturas, otras formas de vida, con la Tierra y con el Todo del cual formamos parte» (n.16, f). Aquí está claro que la paz no es algo que existe por sí mismo. Es el resultado de relaciones correctas con las diferentes realidades que nos rodean. Sin estas relaciones correctas (esto es la justicia) nunca disfrutaremos de la paz.

Para mí es evidente que en el marco actual de una sociedad productivista, consumista, competitiva y nada cooperativa, indiferente y egoísta, mundialmente globalizada, no puede haber paz. A lo sumo algo de pacificación. Tenemos que crear políticamente otro tipo de sociedad que se base en las relaciones justas entre todos, con la naturaleza, con la Madre Tierra y con el Todo (el misterio del mundo) al que pertenecemos. Entonces florecerá la paz que la tradición ética ha definido como «la obra de la justicia» (opus justiciae, pax).

Cuidar la casa común y sus moradores

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Hace unos días veíamos en todos los medios de comunicación titulares parecidos a : Zaragoza se ha convertido en el mayor escenario de las supermaniobras de la OTAN, desde el sábado 3 octubre y hasta entrado el mes de noviembre, con 11.000 militares desplegados procedentes de 16 países. Y todos tan contentos.

A pesar de que actualmente no existe ninguna guerra activa declarada de forma oficial entre Estados diferentes, al menos 13 países sufren ahora mismo conflictos armados (Gaza, Ucrania, Siria, Irak, Sudán del Sur…). Otros muchos padecen desde hace años e incluso décadas situaciones de grave violencia (la causada por el narcotráfico en México, por ejemplo, con decenas de miles de muertos), o realidades bélicas no resueltas aún y calificadas, según el momento, como conflictos de “alta” o “baja” intensidad (la guerra en Colombia, ahora en un frágil proceso de paz).

El impacto económico de las guerras y los conflictos activos en todo el mundo ha crecido. En 2014 se destinaron a este fin 12,7 billones de euros según estima el Índice Global de Paz 2015, elaborado por el centro de investigación Institute for Economics and Peace (IEP). El gasto representó el 13,4% del PIB global durante el año pasado, equivalente a la suma de las economías de Brasil, Canadá, Francia, Alemania, España y Reino Unido. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en una década, 23 países duplicaron, al menos, su gasto militar, entre ellos, Rusia (108%) y China (170%), además de países que sufren cruentas guerras, como Afganistán (557%) o Irak (284%), pero también otros, como Paraguay (127%) o Ghana (243%).

Según este mismo estudio, la intensidad de los conflictos armados en el mundo también ha crecido, al aumentar en el 2014 de 49.000 a 180.000 las personas muertas en guerras, 3,5 veces más que el año anterior. El número de desplazados internos y refugiados también ha crecido, un 267% desde 2008.

Por otra parte, los vínculos guerra-deterioro ambiental son estrechos y van aumentando. En El Salvador, el ejército utilizó la deforestación como arma contra la guerrilla, con napalm y otros defoliantes, con más de 3.000 bombas que provocaron numerosos incendios y contaminaron la tierra. En estos momentos, el 80% de la tierra está erosionada, y el 90% de la flora natural ha desaparecido. Es conocido que en Vietnam el ejército estadounidense empleó estos elementos para destruir selva y descubrir a las tropas nordvietnamitas. Los 80 millones de toneladas de defoliantes y herbicidas lanzadas afectaron a más de millón y medio de hectáreas de manglares y alrededor de 180.000 hectáreas de superficie cultivada.

El Papa Francisco nos ha llamado en su última Encíclica a cuidar la casa común y a cuidar de sus moradores. Pues en el sentido más amplio y más exacto, las guerras son un desastre humano y ecológico de gran magnitud. Esto no solo significa que seres humanos, animales y plantas quedan destrozados. Es algo más complejo e incluso más terrible: es un ataque a las posibilidades de vida, a la vida misma. No podemos mirar para otro lado, ni siquiera para la pantalla de televisión con imágenes de maniobras bélicas. Si queremos la paz, debemos prepararnos para la paz. Ya.

Ecología hoy: una apuesta por la vida

Por: Leonardo Boff. Página de Boff en Koinonía

Pocos pensadores en el campo de la ecología intentan ir a las raíces de la actual crisis ecológica global. El mexicano Enrique Leff es seguramente uno de los más conocidos, con su reciente libro: La apuesta por la vida: imaginación sociológica e imaginarios sociales en los territorios ambientales del Sur (Siglo XXI). Además de profesor e investigador, ha sido durante varios años Coordinador de la Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Sus acumuladas experiencias le sirvieron y sirven de base para su producción intelectual.

Destaca su preocupación filosófica y social. Su interés se centra en descifrar los mecanismos que nos han llevado a la crisis actual y cómo podemos salir bien de ella. Para ello, estudia las causas metafísicas (la concepción del ser y de la realidad) y epistemológicas (los modos de conocimiento) en sus diversas ontologías (determinaciones sociales, políticas, culturales y del mundo de la vida, entre otras).

Realiza un detallado trabajo de reconstrucción integral de la ecología social y de la ecología política: cómo han surgido y evolucionado ante la creciente crisis ecológica, especialmente ante el calentamiento global. Esta parte es relevante para quien quiera conocer los entresijos del discurso ecológico en sus diferentes tendencias.

La búsqueda que atraviesa todo su texto, denso, rico en referencias bibliográficas de varias ciencias y tendencias, se centra en esta pregunta: ¿cómo establecer las condiciones adecuadas para la vida en un mundo que se ha hecho insostenible?

La respuesta exige dos tareas:

La primera es demoler las suposiciones erróneas de la modernidad con su racionalidad científico-técnico-utilitaria y con su voluntad de dominar todo: territorios, personas, la naturaleza y los procesos de la vida. Realiza este paso con argumentos sólidos, citando a las autoridades científicas y filosóficas más serias, salvaguardando siempre lo que es irrenunciable, pero denunciando cómo este tipo exacerbado de racionalidad ha llevado a una crisis de civilización global con procesos insostenibles y hostiles a la vida, pudiendo conducir, en último término, al colapso de nuestra civilización.

La segunda tarea consiste en la creación de una nueva conciencia y el sentido de un destino común Tierra-Naturaleza-Humanidad. Es la parte más creativa. Le auxilia la teoría de la complejidad y del caos; discute el sentido de la sostenibilidad como principio de vida e imperativo de supervivencia. Interroga a las diversas teorías sobre el origen de la vida y sostiene la tesis de F. Capra, según la cual la vida se habría originado del metabolismo entre materia y energía, creando redes autogenerativas que liberan los flujos de la vida.

Detalla las diferentes maneras de reconstruir y de utilizar la naturaleza respetando sus ritmos y sus ciclos.

Contrariando el paradigma actual de la apropiación privada de la naturaleza y de los flujos vitales en función del enriquecimiento, sabiendo sólo modernizarse sin ecologizar los saberes, postula varios imaginarios alternativos para organizar nuestra Casa Común en consonancia con las diferentes culturas en las que la identidad y la diferencia son trabajadas de manera integradora. Valora especialmente la contribución andina del “bien vivir”. Más que una filosofía de la vida es una metáfora de un mundo en armonía con el Todo. El Sumak Kawsay (vivir bien) engloba prácticas sociales en las que se expresa la relación de los pueblos con el cosmos, con su territorio, sus ecosistemas, sus culturas y sus relaciones sociales.

La parte final nos comunica una gran esperanza: el crecimiento a nivel mundial a través de innumerables movimientos y experiencias locales que revelan la capacidad de las poblaciones para resistir a la razón económica, instrumental y utilitarista vigente. Los países centrales que han explotado prácticamente casi todos sus servicios y recursos naturales tratan de recolonizar especialmente a América Latina para que sea una reserva de estos bienes para ellos. En nuestra visión latinoamericana, tales “bondades de la naturaleza”, como dicen los pueblos indígenas, son la base para los derechos de la naturaleza y de la Tierra, considerada como la Pachamama, y para los derechos culturales y ambientales que concretan otras formas de habitar nuestra Casa Común y de beneficiarse de todo lo que ella nos ofrece para vivir en armonía.

Aquí se revela una apuesta nueva por la vida, que no la amenaza sino que cuida de ella, crea las condiciones para su permanencia sobre la faz de la Tierra y le asegura las condiciones para co-evolucionar y constituirse en un bien a ser heredado por las generaciones que vendrán después. Este libro de Leff es un estímulo para aquellos que un día despertaron a la crisis ecológica y no se resignan ante las estrategias de dominación de los poderosos, sino que resisten y ensayan nuevas formas de convivencia, de producción, de consumo y de cuidado y respeto por todos los seres, especialmente por la generosa y gran Madre Tierra.

Es un libro necesario, que va en la línea expuesta con gran fuerza por el Papa Francisco en su encíclica sobre “el cuidado de la Casa Común”.

Otra forma de resolver los conflictos

Por: Leonardo Boff. Página de Boff en Koinonía.

Siempre ha habido en la humanidad, especialmente bajo el patriarcado, conflictos de todo orden. La forma predominante de resolverlos ha sido y es la utilización de la violencia, para doblegar al otro y encuadrarlo en un determinado orden. Ese es el peor de los caminos, pues deja en los vencidos un rastro de amargura, de humillación y de deseo de venganza. Y así se perpetúa la espiral de la violencia que hoy adquiere especialmente la forma de terrorismo, expresión de la venganza de los humillados. ¿Será esta la única forma de resolver sus contiendas los seres humanos?

Hubo alguien que se consideraba “un loco de Dios” (pazzus Dei), Francisco de Asís, que podría ser también el actual Francisco de Roma que buscó otro camino. El anterior era el de gana-pierde. Este último, el gana-gana, vacía las bases para el espíritu belicoso. Tomemos ejemplos de la práctica de Francisco de Asís. Su saludo usual era desear a todos: “paz y bien”. Pedía a sus seguidores: “Todo aquel que se aproxime, sea amigo o enemigo, ladrón o bandido, recíbanlo con bondad” (Regla no bulada, 7).

Consideremos la estrategia de Francisco frente a la violencia. Tomemos dos leyendas, que, como leyendas, guardan mejor el espíritu que la letra de los hechos: los ladrones del Burgo San Sepolcro y el lobo de Gubbio (Fioretti, c. 21).

Una banda de ladrones se escondía en los bosques y saqueaba a los transeúntes de los alrededores. Movidos por el hambre fueron al eremitorio de los frailes a pedir comida. Son atendidos, aunque no sin remordimientos, por los frailes: “No es justo que demos limosna a esta casta de ladrones que tanto mal hacen en este mundo”. Presentan la cuestión a Francisco. Este sugirió la siguiente estrategia: llevar al bosque pan y vino y gritarles: “Hermanos ladrones, venid aquí; somos hermanos y les traemos pan y vino ―felices comen y beben―, luego háblenles de Dios, pero no les pidan que abandonen la vida que llevan porque sería pedir demasiado; pídanles solamente que cuando asalten no hagan daño a las personas. Otra vez, Francisco aconseja: llévenles algo mejor, queso y huevos. Más que felices los ladrones se regocijan, pero oyen la exhortación de los frailes: “dejen esta vida de hambre y sufrimiento; dejen de robar; conviértanse al trabajo que el buen Dios va a providenciar lo necesario para el cuerpo y para el alma”. Los ladrones, conmovidos por tanta bondad, dejan aquella vida y algunos hasta se hicieron frailes.

Aquí se renuncia al dedo en ristre acusando y condenando en nombre de la aproximación cálida y de la confianza en la energía escondida en ellos para ser otra cosa diferente a ladrones. Se supera todo maniqueísmo que distribuye la bondad de un lado y la maldad del otro. En verdad, en cada uno se esconde un posible ladrón y un posible fraile. Con tierno afecto se puede rescatar el fraile escondido dentro del ladrón. Y eso ocurrió.

Esta estrategia de renuncia a la violencia aparece claramente en la leyenda del lobo de Gubbio que atacaba a la población de la pequeña ciudad. Se supera de nuevo la esquematización: por un lado el “lobo grandísimo, terrible y feroz” y por el otro, el pueblo, lleno de miedo y armado. Se enfrentan dos actores cuya única relación es la violencia y la destrucción mutua. La estrategia de Francisco no es buscar una tregua o un equilibro de fuerzas regidas por el miedo. No toma partido por una parte ni por la otra, en un falso fariseísmo: “malo es el otro, no yo, por eso debe ser destruido”. ¿Nadie se pregunta si dentro de cada uno no puede esconderse un lobo malo y al mismo tiempo un buen ciudadano?

El camino de Francisco es esta unión de los opuestos y aproximar a ambos para que puedan hacer un pacto de paz. Va al lobo y le dice: “hermano lobo, eres un homicida pésimo y mereces la horca, pero reconozco también que es por hambre que haces tanto mal. Vamos a hacer un pacto: la población va a alimentarte y tú dejarás de amenazarlos”. Luego se dirige a la población y les predica: “vuélvanse hacia Dios, dejen de pecar. Aseguren alimento suficiente al lobo y así Dios les librará de los castigos eternos y del lobo malo”.

Dice la leyenda que la pequeña ciudad cambió de hábitos, decidió alimentar al lobo y este se paseaba entre todos, como si fuese un manso ciudadano.

Ha habido intérpretes que leyeron esa leyenda como una metáfora de la lucha de clases. Puede ser. El hecho es que la paz conseguida no fue la victoria de uno de las partes, sino la superación de los lados y de los partidos. Cada uno cedió, se verificó el gana-gana e irrumpió la paz que no existe en sí, sino que es fruto de una construcción colectiva entre los ciudadanos y el lobo.

Conclusión: Francisco no estimuló las contradicciones ni removió la dimensión sombría donde se cuecen los odios. Confió en la capacidad humanizadora de la bondad, del diálogo y de la mutua confianza. No fue un ingenuo. Sabía que vivimos en la “regio dissimilitudinis”, en el mundo de las desigualdades (Fioretti, c. 37). Pero no se resignó a esta situación decadente. Intuía que más allá de la amargura, existe en el fondo de cada criatura una bondad ignorada a ser rescatada. Y lo fue.

Llegará el día en que los seres humanos asumirán la inteligencia cordial y espiritual, cuya base biológica identificaron los nuevos neurólogos, que completa la razón intelectual que divide y atomiza. Entonces habremos inaugurado el reino de la paz y de la concordia. El lobo seguirá siendo lobo pero no amenazará a nadie.

Mi petición al Pueblo de Israel: liberaos a vosotros mismos liberando a Palestina.

 

El Arzobispo Emérito Desmond Tutu, en una entrevista exclusiva para Haaretz, llama a un boicot global a Israel y urge a Israelíes y Palestinos a mirar más allá de sus líderes para encontrar una solución sostenible a la crisis en Tierra Santa.

By Desmond Tutu


Originalmente publicado por http://www.haaretz.com/opinion/1.610687. Traducción hecha por la comunidad de Avaaz.

En las últimas semanas hemos visto en todo el mundo una movilización sin precedentes por parte de la sociedad civil contra la injusticia que supone la brutal y desproporcionada respuesta Israelí al lanzamiento de misiles desde Palestina.

Si sumamos todas las personas que se manifestaron pidiendo justicia entre Israel y Palestina el pasado fin de semana en Ciudad del Cabo, Washington, Nueva York, Nueva Delhi, Londres, Dublín, Sidney y todas las demás ciudades, ésta ha sido, probablemente, la mayor protesta ciudadana por una misma causa en toda la historia de la humanidad.

Hace un cuarto de siglo participé en concurridas manifestaciones contra el apartheid. Nunca imaginé que volveríamos a ver de nuevo manifestaciones de ese calibre, pero la afluencia de gente el sábado pasado en Ciudad del Cabo fue igual si no mayor. Entre los participantes se encontraban jóvenes y ancianos, musulmanes, cristianos, judíos, hinduístas, budistas, agnósticos, ateos, negros, blancos, rojos y verdes… tal como cabría esperar de una nación dinámica, tolerante y multicultural.

Pedí a la multitud que corease conmigo: “Nos oponemos a la injusticia que supone la ocupación ilegal de Palestina. Nos oponemos a las matanzas indiscriminadas en Gaza. Nos oponemos a la humillación a la que someten a los Palestinos en los retenes y controles de carreteras. Nos oponemos a la violencia perpetrada por todas las partes. Pero no nos oponemos al pueblo judío”.

Al inicio de la semana, solicité a la Unión Internacional de Arquitectos, reunida en Sudáfrica, la suspensión temporal de Israel de su organismo.

Supliqué a los hermanos y hermanas israelíes presentes en la conferencia que se desvincularan personal y profesionalmente de los proyectos y construcciones de infraestructuras relacionadas con la perpetuación de la injusticia, tales como el muro de separación, las terminales de seguridad, los puestos de control y los asentamientos en los territorios palestinos ocupados.

Dije: “Les ruego que lleven este mensaje a casa: cambiemos el rumbo de la violencia y el odio sumándonos al movimiento pacífico para que la justicia llegue a toda la gente de la región”.

En las últimas semanas, más de 1,6 millones de personas en todo el mundo se han unido a este movimiento sumándose a una campaña de Avaaz que pide a las multinacionales que se lucran de la ocupación israelí, y/o están implicadas en el abuso y la represión al pueblo Palestino que se retiren. La campaña se dirige específicamente al fondo de pensiones holandés, ABP; al banco Barclays, al proveedor de sistemas de seguridad, G4S; a la compañía francesa de transportes, Veolia; a la empresa de ordenadores, Hewlett-Packard; y la proveedora de excavadoras Caterpillar.

El mes pasado, 17 gobiernos de la UE instaron a sus ciudadanos a evitar hacer negocios o invertir en los asentamientos ilegales israelíes. Además hemos sido testigos de la retirada de decenas de millones de euros de bancos Israelíes por parte del fondo de pensiones holandés, PGGM; de la desinversión de G4S a través de la fundación Bill y Melinda Gates; y de cómo la Iglesia Presbiteriana de los EE.UU. ha sacado unos 21 millones de dólares de HP, Motorola Solutions y Caterpillar.

Este movimiento está cobrando fuerza.

La violencia engendra violencia y odio, que sólo engendra más violencia y más odio.

Nosotros, los sudafricanos, conocemos bien la violencia y el odio. Comprendemos el dolor que supone ser los apestados del mundo, cuando parece que nadie te entiende ni tiene el deseo de escuchar siquiera cuál es tu punto de vista. Nosotros venimos de ahí. También conocemos los beneficios que, con el tiempo, trajo el diálogo entre nuestros líderes; cuando fueron levantadas las prohibiciones sobre las organizaciones etiquetadas como “terroristas” y sus líderes, incluyendo a Nelson Mandela, fueron liberados del encarcelamiento, del destierro y del exilio.

Sabemos que cuando nuestros líderes comenzaron a dialogar, la justificación de la violencia que había arruinado nuestra sociedad se disipó y desapareció. Los actos de terrorismo perpetrados tras el inicio del diálogo, como los ataques a una iglesia o a un bar, fueron condenados casi universalmente, y el partido responsable se resintió en las urnas.

La euforia que siguió a nuestra primera votación conjunta no fue del dominio exclusivo de los negros Sudafricanos. El verdadero triunfo de nuestra solución pacífica fue que todos nos sentimos incluidos. Y más tarde, cuando presentamos una constitución tan tolerante, compasiva e inclusiva que habría hecho que Dios se sintiera orgulloso, todos nos sentimos liberados.

Por supuesto, ayudó que contáramos con un conjunto de líderes extraordinarios.

Pero lo que forzó definitivamente que estos líderes se sentaran en torno a la mesa de negociaciones fue el cóctel de persuasivas herramientas no violentas desarrolladas para aislar a Sudáfrica económica, académica, cultural y psicológicamente.

Llegados a cierto punto el gobierno se dio cuenta de que el coste de intentar mantener el apartheid sobrepasaba sus beneficios. En los 80, la suspensión del comercio con Sudáfrica por parte de empresas multinacionales sensibilizadas fue una de las claves que permitió doblegar el apartheid sin derramar sangre. Esas empresas entendieron que contribuyendo a la economía sudafricana eran partícipes del mantenimiento de un statu quo injusto.

Aquellos que continúan haciendo negocios con Israel, contribuyendo a mantener un sentido de “normalidad” entre la sociedad Israelí le están haciendo un flaco favor a los pueblos de Israel y Palestina. Están formando parte de la perpetuación de un statu quo absolutamente injusto.

Aquellos que contribuyen al aislamiento temporal de Israel están diciendo que tanto Isralíes como Palestinos tienen el mismo derecho a la dignidad y la paz.

Por último, los sucesos en Gaza del pasado mes servirán para demostrar quién cree en la valía de los seres humanos. Se está volviendo cada vez más evidente que políticos y diplomáticos no están siendo capaces de encontrar respuestas, y que la responsabilidad para mediar una solución sostenible a la crisis en Tierra Santa recae en manos de la sociedad civil y de los ciudadanos de Israel y Palestina Además de la reciente devastación de Gaza, seres humanos decentes de todas partes -incluyendo muchos en Israel- están profundamente molestos por las diarias violaciones a la dignidad humana y a la libertad de movimiento impuesta a los Palestinos en los retenes y controles de carretera. Las políticas de ocupación ilegal de Israel, junto con la construcción de asentamientos en tierras ocupadas complican aún más el ya difícil objetivo de lograr un acuerdo futuro aceptable para todas las partes.

El Estado de Israel se está comportando como si el mañana no existiera. Sus gentes no tendrán las vidas pacíficas y seguras que anhelan –y merecen– mientras que sus líderes perpetúen las condiciones que sostienen el conflicto.

He condenado a los palestinos responsables del lanzamiento de misiles y cohetes a Israel. Están dando fuelle a las llamas del odio. Me opongo a todas las manifestaciones de violencia.

Pero debemos tener muy en claro que el pueblo de Palestina tiene todo el derecho de luchar por su dignidad y libertad. Ésta es una lucha que tiene el apoyo de muchos alrededor del mundo.

No existe problema humano irresoluble cuando los seres humanos aúnan sus esfuerzos con el sincero deseo de superarlo. No hay paz imposible cuando la gente tiene la determinación de lograrla.

La paz requiere que las personas de Israel y Palestina reconozcan al ser humano que habita en ellos y en el otro y entiendan su interdependencia.

Los misiles, las bombas y la crudeza del insulto no son parte de la solución. No hay solución militar.

Es más probable que la solución proceda de esa caja de herramientas no violentas que desarrollamos en Sudáfrica en los años 80 para persuadir al gobierno de la necesidad de modificar sus políticas.

La razón de que estas herramientas – el boicot, las sanciones y la retirada de fondos – resultaran finalmente eficaces fue la existencia de una masa crítica que las apoyaba, tanto dentro como fuera del país. La clase de apoyo del que hemos sido testigos a lo largo del mundo en las últimas semanas en relación con Palestina.

Mi ruego al pueblo de Israel es que vea más allá del momento, que vea más allá de la rabia de sentirse perennemente asediado, para ver un mundo en el que Israel y Palestina puedan coexistir – un mundo en el que reinen la dignidad y el respeto mutuos.

Requiere un cambio de mentalidad. Un cambio de pensamiento que reconozca que el intento de perpetuar el statu quo actual condena a las futuras generaciones a la violencia y a la inseguridad. Un cambio de mentalidad que cese de interpretar la crítica legítima a las políticas de Estado como un ataque al Judaísmo. Un cambio de mentalidad que empiece en casa y se extienda por todas las comunidades y naciones y regiones, llegando a la diáspora diseminada por todo el mundo. El único mundo que compartimos.

Las personas unidas en pos de una causa justa son imparables. Dios no interfiere en los asuntos de la gente, esperando que crezcamos y aprendamos resolviendo nuestras dificultades y diferencias por nosotros mismos. Pero Dios no está dormido. Las escrituras Judías nos dicen que Dios tiene preferencia por los débiles, los desposeídos, las viudas, los huérfanos, por el extranjero que libera a los esclavos en el éxodo hacia la Tierra Prometida. Fue el profeta Amós quien dijo que debemos dejar a la justicia fluir como un río.

La bondad prevalece al final. La búsqueda de la libertad por parte del pueblo Palestino frente a las políticas de Israel es una causa justa. Es una causa que el pueblo de Israel debe apoyar.

Nelson Mandela pronunció aquella célebre frase donde dijo que los sudafricanos no se sentirán libres mientras los palestinos no lo sean.

Hubiera podido agregar que la liberación de Palestina liberará además a Israel.

 

Papa Francisco a la Conferencia italiana de Institutos Seculares

Descargar (francisco_mayo_2014.pdf, PDF, Desconocido)

Invocación por la paz

Jardines Vaticanos

Domingo, 8 de junio de 2014

Palabras del Papa Francisco

Señores Presidentes

Los saludo con gran alegría, y deseo ofrecerles, a ustedes y a las distinguidas Delegaciones que les acompañan, la misma bienvenida calurosa que me han deparado en mi reciente peregrinación a Tierra Santa.

Gracias desde el fondo de mi corazón por haber aceptado mi invitación a venir aquí para implorar de Dios, juntos, el don de la paz. Espero que este encuentro sea el comienzo de un camino nuevo en busca de lo que une, para superar lo que divide.

Y gracias a Vuestra Santidad, venerado hermano Bartolomé, por estar aquí conmigo para recibir a estos ilustres huéspedes. Su participación es un gran don, un valioso apoyo, y es testimonio de la senda que, como cristianos, estamos siguiendo hacia la plena unidad.

Su presencia, Señores Presidentes, es un gran signo de fraternidad, que hacen como hijos de Abraham, y expresión concreta de confianza en Dios, Señor de la historia, que hoy nos mira como hermanos uno de otro, y desea conducirnos por sus vías.

Este encuentro nuestro para invocar la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo, está acompañado por la oración de tantas personas, de diferentes culturas, naciones, lenguas y religiones: personas que han rezado por este encuentro y que ahora están unidos a nosotros en la misma invocación. Es un encuentro que responde al deseo ardiente de cuantos anhelan la paz, y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos.

Señores Presidentes, el mundo es un legado que hemos recibido de nuestros antepasados, pero también un préstamo de nuestros hijos: hijos que están cansados y agotados por los conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz, para que triunfen el amor y la amistad.

Muchos, demasiados de estos hijos han caído víctimas inocentes de la guerra y de la violencia, plantas arrancadas en plena floración. Es deber nuestro lograr que su sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz, la fuerza de perseverar en el diálogo a toda costa, la paciencia para tejer día tras día el entramado  cada vez más robusto de una convivencia respetuosa y pacífica, para gloria de Dios y el bien de todos.

Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo.

La historia nos enseña que nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios. No renunciamos a nuestras responsabilidades, pero invocamos a Dios como un acto de suprema responsabilidad, de cara a nuestras conciencias y de frente a nuestros pueblos. Hemos escuchado una llamada, y debemos responder: la llamada a romper la espiral del odio y la violencia; a doblegarla con una sola palabra: «hermano». Pero para decir esta palabra, todos debemos levantar la mirada al cielo, y reconocernos hijos de un mismo Padre.

A él me dirijo yo, en el Espíritu de Jesucristo, pidiendo la intercesión de la Virgen María, hija de Tierra Santa y Madre nuestra.

Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica. Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas… Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz. Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón. Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén.

Creo en la vida

Por: José Arregui

¿Y qué otra cosa es la fe pascual sino eso: creer en la Vida?

Cuando digo creer, no digo profesar creencias. Digo vivir: digo confiar en sí mismo y en el otro a pesar de todo, digo rebelarse contra todos los poderes que asfixian, digo ponerse del lado del herido, digo ser humilde levadura que transforma y levanta la historia, digo respirar en paz cada noche y seguir caminando cada día a pesar del fracaso, de la cruz o de la muerte. Creer en la Pascua es una forma de vivir.

“Pascua” (pesah, “paso”) llamaron los judíos a la liberación de la esclavitud bajo el faraón, a la travesía del desierto hacia la plena libertad, a la esperanza de la Tierra que mana leche y miel para todos. Pero miles de años antes que fiesta religiosa judía, la Pascua fue, sin ese nombre, la fiesta de la primavera de pastores y agricultores: fiesta de los corderos y de los campos de trigo. Fiesta de la vida y del pan.

Creo que Jesús de Nazaret –aunque no fue el único, ni era perfecto– vivió y anunció la gracia y la libertad, fue profeta de la Vida. Y por eso le condenaron los poderes establecidos: por haberse hecho solidario de todos los condenados. Le mataron, pero su vida no murió. Pues en nuestra vida fluye la plenitud de la Vida, y nuestra vida fluye hacia su plenitud, en paso o pascua permanente.

Creo que Jesús resucitó, pues la vida buena, la bondad que habita en el corazón de todo viviente es inmortal, como la belleza, en el Corazón que palpita en todo. La vida revive, cuanto es se transforma: la mariposa en huevo, el huevo en oruga, la oruga en crisálida, la crisálida en mariposa, la mariposa en huevo, en vuelo, en tierra, y la tierra en flor, la flor en abeja, la abeja en cera, la cera en llama, la llama en luz, la luz en sombra, la sombra en luz, aire, aliento, energía o espíritu… que aletea sobre las aguas de la vida, que vibra en el corazón de todos los seres, formas del Ser, del Aliento, del Alma, de la Comunión o del Todo inmortal. Pero ¿qué pasa cuando “morimos”, cuando se desintegra el soporte “material” que sostiene nuestra conciencia, emociones y memoria? No sé qué decir, pero creo que no es el fin de nuestra vida, sino su pascua o paso a la Plenitud que somos, a la anchura de la Vida, del Corazón o de la Memoria Infinita que también llamamos “Dios”.

Creo que Jesús resucitó no “después” de su muerte, sino en toda su vida, incluida su muerte. La vida buena de Jesús resucitaba en la plenitud eterna de “Dios” cuando curaba enfermos devolviéndoles la confianza vital, cuando compartía la mesa con los excluidos por la religión, cuando proclamaba dichosos a los pobres campesinos y pescadores de Galilea –dichosos porque iban a dejar de ser miserables–, cuando contaba parábolas que llamaban a la misericordia y provocaban sorpresa, cuando subvertía las jerarquías y consagraba la fraternidad. Jesús resucitó en su vida, y cuando por su vida le condenaron a morir en la cruz, entonces acabó de resucitar.

Creo que sus discípulos –sobre todo sus discípulas– volvieron a creer en él y a seguirle por la misma razón por la que habían creído en él y le habían seguido en vida: porque vieron en él al profeta de la vida liberada. Se les fueron abriendo los ojos de nuevo y al profeta de la vida le confesaron mártir viviente. Creo que para creer en el Viviente no hacen falta sepulcros vacíos, ni ángeles ni apariciones milagrosas pues todo está animado por el Ángel de la Vida, todo es milagro, todos los sepulcros están vacíos de ausencia, llenos de presencia buena, de la Gracia de ser que Jesús vivió. Solo es necesario que se abran el corazón y los ojos para palpar la Vida en todas las manos y pies heridos, en todo lo que es y palpita: el caminante anónimo, el inmigrante expulsado, la mujer maltratada, el anciano o el niño desgraciado, el parado de larga duración. Y en la humilde piedra del camino, o en el petirrojo que sigue cantando junto al Narrondo después de anochecer, y vuelve a cantar antes del amanecer.

Creo que la Presencia de la Compasión nos sale al paso en cada paso, nos llama por nuestro nombre y nos dice al corazón: “Amiga, amigo, no temas. Confía y vive”.

La Fraternidad, fundamento y camino para la Paz

Descargar (Mensaje-Jornada-Paz-2014.pdf, PDF, Desconocido)

La paz es el camino

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

El reloj suena, el reloj humano y el de Dios suena. Es la hora de la paz. Y cuánto necesitamos esa paz. En la actual situación nuestra vida es una vida amenazada. Vivimos angustiados. Nos sentimos frágiles. Hay muchos conflictos. Hoy los Estados padecen guerras que desencadenan las organizaciones terroristas y otras las provocan los Estados para prevenir la misma guerra. Las multinacionales de las armas florecen. Aparece el choque de las civilizaciones. Sufrimos la violencia en la vida ordinaria de nuestras relaciones, en la calle, en el trabajo. Es fácil recurrir a la violencia para hacer valer el propio interés o para hacer notar la presencia…

Sin embargo, existe y se constata otra realidad: el anhelo interior de paz de muchos hombres y mujeres y cómo empeñan su vida por ella. La paz no es sólo un don del que disfrutar en nuestro interior o en los reducidos grupitos de los que nos sentimos afines. La paz es una realidad social que debemos construir entre todas y todos. Es llegar a disfrutar de una convivencia armónica y respetuosa en la que cada persona o grupo pueda ejercer sus derechos, manifestar sus preferencias y opiniones, disfrutar de sus libertades sin que ninguna diferencia se anteponga a la dignidad e igualdad fundamental, una convivencia en la que los conflictos se resuelvan de forma no violenta. Como decía Ghandi: “No existe un camino hacia la paz. La paz es el camino. Los fines están en los medios como el árbol en la semilla”.

Y esa construcción comienza por el corazón de la persona. Porque en el corazón se genera la violencia, de él proceden el orgullo y la prepotencia que la engendran. Necesitamos parar la espiral de violencia que se inicia desde el fondo de nuestro interior y desarmar nuestras conciencias. Pero La construcción de la paz no se agota en el interior, pasa por la comunidad cristiana, por la Iglesia. Una Iglesia que sea capaz de superar los conflictos que existen en su interior y posibilite el que puedan sentarse todas y todos alrededor de la mesa para dialogar: mujeres y hombres, laicos y clero, jóvenes y adultos. Una Iglesia que aúna esfuerzos con toda la gente que busca la paz.

La construcción de la paz pasa también por el difícil terreno de las relaciones sociales. Y va precedida por la justicia. Para garantizar la paz es necesario luchar por el derecho al trabajo, a un salario digno, a unos ingresos mínimos de subsistencia para quienes no puedan trabajar, a la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación, la salud… Sólo cuando pongamos en pie estructuras en las que se exprese la dignidad de cada persona, la condición de iguales de hermanas y hermanos, se podrá hacer realidad la paz que deseamos. También con la naturaleza tenemos que reconciliarnos para que reine la paz sobre la tierra. Y para eso es indispensable abandonar la actitud de dominio y de explotación con que nos relacionamos con ella y aprender de nuevo a mirarla con ojos contemplativos que sepan descubrir su belleza, comulgar con sus energías y desarrollar sus posibilidades.

Pero… al final… más allá de todos nuestros deseos, más allá de todos nuestros propósitos, más allá de todas las estrategias, nos vemos en la necesidad de volver los ojos hacia este Jesús que se nos hace presente en medio de la comunidad y clamarle “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Que, junto a los mayores esfuerzos, ésta sea la oración más repetida.

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR