La Fraternidad, fundamento y camino para la Paz

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La paz es el camino

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

El reloj suena, el reloj humano y el de Dios suena. Es la hora de la paz. Y cuánto necesitamos esa paz. En la actual situación nuestra vida es una vida amenazada. Vivimos angustiados. Nos sentimos frágiles. Hay muchos conflictos. Hoy los Estados padecen guerras que desencadenan las organizaciones terroristas y otras las provocan los Estados para prevenir la misma guerra. Las multinacionales de las armas florecen. Aparece el choque de las civilizaciones. Sufrimos la violencia en la vida ordinaria de nuestras relaciones, en la calle, en el trabajo. Es fácil recurrir a la violencia para hacer valer el propio interés o para hacer notar la presencia…

Sin embargo, existe y se constata otra realidad: el anhelo interior de paz de muchos hombres y mujeres y cómo empeñan su vida por ella. La paz no es sólo un don del que disfrutar en nuestro interior o en los reducidos grupitos de los que nos sentimos afines. La paz es una realidad social que debemos construir entre todas y todos. Es llegar a disfrutar de una convivencia armónica y respetuosa en la que cada persona o grupo pueda ejercer sus derechos, manifestar sus preferencias y opiniones, disfrutar de sus libertades sin que ninguna diferencia se anteponga a la dignidad e igualdad fundamental, una convivencia en la que los conflictos se resuelvan de forma no violenta. Como decía Ghandi: “No existe un camino hacia la paz. La paz es el camino. Los fines están en los medios como el árbol en la semilla”.

Y esa construcción comienza por el corazón de la persona. Porque en el corazón se genera la violencia, de él proceden el orgullo y la prepotencia que la engendran. Necesitamos parar la espiral de violencia que se inicia desde el fondo de nuestro interior y desarmar nuestras conciencias. Pero La construcción de la paz no se agota en el interior, pasa por la comunidad cristiana, por la Iglesia. Una Iglesia que sea capaz de superar los conflictos que existen en su interior y posibilite el que puedan sentarse todas y todos alrededor de la mesa para dialogar: mujeres y hombres, laicos y clero, jóvenes y adultos. Una Iglesia que aúna esfuerzos con toda la gente que busca la paz.

La construcción de la paz pasa también por el difícil terreno de las relaciones sociales. Y va precedida por la justicia. Para garantizar la paz es necesario luchar por el derecho al trabajo, a un salario digno, a unos ingresos mínimos de subsistencia para quienes no puedan trabajar, a la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación, la salud… Sólo cuando pongamos en pie estructuras en las que se exprese la dignidad de cada persona, la condición de iguales de hermanas y hermanos, se podrá hacer realidad la paz que deseamos. También con la naturaleza tenemos que reconciliarnos para que reine la paz sobre la tierra. Y para eso es indispensable abandonar la actitud de dominio y de explotación con que nos relacionamos con ella y aprender de nuevo a mirarla con ojos contemplativos que sepan descubrir su belleza, comulgar con sus energías y desarrollar sus posibilidades.

Pero… al final… más allá de todos nuestros deseos, más allá de todos nuestros propósitos, más allá de todas las estrategias, nos vemos en la necesidad de volver los ojos hacia este Jesús que se nos hace presente en medio de la comunidad y clamarle “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Que, junto a los mayores esfuerzos, ésta sea la oración más repetida.

Paz en el Antiguo Testamento

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Shalôm: Paz

El ámbito semántico del sustantivo shalôm abarca principalmente dos concepciones: “paz, amabilidad” y por otra “bienestar, prosperidad, fortuna”. Como significado básico de la palabra se indica casi siempre la idea de “totalidad”. Una palabra con la que aparece unida a menudo es con tsedaqah (justicia). No habrá paz sin justicia. Lo que quiere Dios es la justicia, y ésta expresa una realidad análoga a shalôm, a saber, el estado normal tal como es querido por Dios Is 32,17;48,18; 60,17; Ez 13,10; Sal 85,11.

La paz es vida, salvación (2Sam 19,18 ss). Es el estado donde se vive sin angustia, sin obstáculo, sin opresión, feliz. También es la prosperidad temporal o la salud, que consiste en ser salvado de los peligros que amenazan los bienes o el cuerpo. La paz significa también amistad, acuerdo, alianza, una relación de buena vecindad.

El concepto hebreo de paz se fue cargando con el tiempo de un fuerte significado teológico expresando un bien definitivo, un valor absoluto. En Israel llegó a designar la meta de todas las aspiraciones. Para la cultura actual, la paz es más bien un medio, una condición. Gracias a ella, se puede trabajar, progresar, conocer y poseer el mundo. Para el pueblo de Israel es un fin en sí misma.

La paz hebraica es capaz de expresar las esperanzas del pueblo. Israel tiene sus esperanzas. Es un pueblo dirigido hacia el futuro. Israel espera. No cree que todo le ha sido ya dado, que todo le es conocido. Israel espera la paz. Ahora bien, el shalôm es siempre un don, esperado, pero incierto. La paz hebraica es naturalmente de naturaleza religiosa. Es un concepto que parece haber nacido para expresar el contenido del mesianismo bíblico. Se puede decir que es en Israel donde nació la idea de una paz definitiva, estable, perpetua, no como simple utopía, sino como posibilidad. El ideal de una paz definitiva forma parte de la constitución misma de Israel (Jer 29,11).

Es sobre todo en el libro del Deuteronomio (Dt 7,6-14;28,2-10) donde encontramos que la definición más exacta de paz es bendición. Una paz no del alma ni individual, sino la paz del pueblo. Una paz real, concreta. Pero que a la vez no es producto de una solución de conflictos. Israel no espera la paz por acuerdos políticos con los vecinos o por una pacificación de los imperios contrincantes. Israel espera la paz como don de Dios. Una paz  para él, para sí, una paz en la historia.

Una paz en la historia, pero no una paz de la historia. La historia de los pueblos es la historia de las guerras. El pueblo bíblico no espera la paz como consecuencia de una buena política, ni de una evolución espontánea de factores históricos, sino de Dios que es el Señor de la historia y de todos los pueblos (Is 2,2-5). La paz es de Dios, mientras que la guerra no viene de Dios. La paz es el don mesiánico por excelencia. El Enmanuel será el “príncipe de la  paz” (Is 9,5).

La paz es, pues, una realidad prometida pero no debemos ver en ella un sueño lejano e inconsistente; al contrario, por la fe las realidades que se esperan son ya actuales. Si los pueblos deben un día vivir en paz entre ellos, no hay razón para que no tiendan a ella ya desde el momento de la promesa, porque no hay promesa que no sea al mismo tiempo una obligación, una tarea. Así lo entendieron admirablemente los profetas (Is 2,2-4; 11,6-8; Za 8,20; Miq 4,1-4; Os 2,20). El shalôm aparece como el valor central del humanismo profético.

En los Evangelios nos encontramos que la séptima bienaventuranza llama hijos de Dios a los pacificadores (Mt 5,9). Jesús no aporta ni promete a sus discípulos la paz según el mundo. Es más, declara que no ha venido a traer la paz sobre la tierra, sino la división (Mat 10,34; Lc 12,51). Jesús no deja dudas en cuanto a su rol mesiánico. La paz que El da es la suya, es decir, aquella de la que El es autor y mediador (Jn 14,27; 16,33). Esta paz no es el resultado de negociaciones o transacciones humanas, sino que se recibe en la fe por el Espíritu Santo (Jn 20,19.22).

En tanto que gracia ofrecida, don de Dios, la paz es Cristo mismo (Ef 2,14-17). Pero esta paz de Dios que se recibe por la fe en Jesucristo es una paz que debemos de vivir y construir. De ahí que la predicación del evangelio de la paz conlleva también la exhortación a vivir en paz (Rm 12,18), a estar en paz (Rm 14,19), a buscar la paz con todos (2Cor 13,11), a proclamar que los frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz (St 3,14-18).

“Vida” en el Antiguo Testamento

Hayyîm: vida

 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

En el AT “vida” aparece bajo la forma de un plural hayyîm. Este plural no indica una pluralidad, sino la intensidad particular que posee la vida. Una perfección y una plenitud que es fácil observar por el empleo del verbo “vivir” en los textos, de ahí que no se pueda hablar de vida cuando se está enfermo, débil, sufriendo o desgraciado. Esta intensidad de la vida sobrepasa incluso la propia persona y alcanza a todo lo que le concierne y a todo lo que posee más allá de su cuerpo. Vivir, no es solamente disfrutar de buena salud, es también conocer la abundancia y la prosperidad. Para el AT la vida en la pobreza y miseria no es verdaderamente vida. La vida es sinónimo de felicidad y de paz.

En la Escritura “vida” contiene, en un principio, una profunda idea de unidad del ser viviente. El ser humano es un todo, perfectamente uno. Su cuerpo y su espíritu, su respiración y su alma están tan íntimamente asociados que cada una de las partes puede designar la totalidad. La vida forma una unidad que no se puede dividir.

El hayyîm bíblico no constituye un distintivo natural del ser humano, sino que es un don de Dios. El Dios viviente llama a la vida. Dios es la vida por excelencia. La Escritura denomina con frecuencia a Dios como el Dios viviente (Jos 3,10; Sal 42,3) por oposición a los dioses falsos que no son nada (Nm 14,28; Dt 5,26).

En el relato de la creación la vida aparece en las últimas etapas. Primero son los monstruos marinos y todo animal viviente (Gn 1,21); a su vez la tierra produce seres vivientes (Gn 1,24); al final Dios crea, a su imagen, el más perfecto de los vivientes, el ser humano. Y para asegurar a esta vida naciente su continuidad y crecimiento, Dios le ofrece su bendición (Gn 1,22.28).

La vida es don de Dios y, a su vez, Dios es fuente de vida. Esta no se alimenta principalmente de bienes de la tierra, sino de su unión con Yahveh. Yahveh es fuente de agua viva (Jr 2,13; 17,13), fuente de vida (Sal 36,10) y su amor vale más que la vida (Sal 63,4). Incluso se prefiere la felicidad de habitar toda la vida en su templo, donde un solo día en su presencia vale más que mil, a cualquier otro bien (Sal 84,11; Sal 65,5). Para los profetas la vida consiste en la búsqueda de Yahveh (Am 5,4; Os 6,1).

Dios, “que no se complace en la muerte de nadie” (Ez 18,32), no ha creado al ser humano para dejarlo morir sino para que viva (Sab 1,13;2,23). De esta manera le destinó al paraíso terrestre y le dio el árbol de la vida, cuyo fruto debía hacerle “vivir para siempre” (Gn 3,22). E, incluso después del pecado humano, Yahveh no lo abandona, sino que propone a su pueblo transitar por “las sendas de la vida” (Prov 2,19; Sal 16,11; Dt 30,15; Jr 21,8).

Estas “sendas de la vida” son las Leyes de Yahveh. Lo que da al ser humano la verdadera vida en totalidad es su actitud ante la Ley de Dios. El ser humano no vive sólo de pan, sino de todo lo que viene de la boca de Dios (Dt 8,3). Escuchar la palabra de Dios es vida; y una vida vivida en la desobediencia es, ante Dios, una vida condenada a la muerte. Por eso, el ser humano está constantemente confrontado a una elección (Dt 30,15-20;32,47;28,1-14). Vida y muerte se denominan obediencia o desobediencia a la voluntad de Dios. Quienes cumplan esa voluntad encontrarán la vida (Lv 18,5;Dt 4,1); colmarán el número de los días (Ex 23,26); hallarán la longevidad de la vida, la luz de los ojos y la paz (Ba 3,14). Estos caminos de Yahveh son los de la justicia y la justicia conduce a la vida (Prov 11,19), por eso, el justo vivirá por su fidelidad (Ha 2,19), mientras que los impíos serán borrados del Libro de la Vida (Cf Sal 69,20).

Durante mucho tiempo, en la esperanza de Israel, esta vida fue nada más que una vida en la tierra, pero, como esa tierra es don de Yahveh, la vida y los largos días que Dios le reserva al pueblo, si es fiel (Dt 4,40), representa una felicidad única en el mundo, superior a la de cualquier nación de la tierra (Dt 28,1).

No obstante, más que de una vida feliz en la tierra, es de la muerte de lo que Israel pecador tiene experiencia. Sin embargo, del seno mismo de la muerte, el pueblo descubre que Dios persiste en llamarlo a la vida. Desde el fondo del exilio Ezequiel proclama que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que lo llama a la conversión y a la vida (Ez 33,11). Ezequiel sabe que Israel es como un pueblo de cadáveres, pero anuncia que sobre sus huesos secos Dios insuflará su espíritu y revivirán (Ez 37, 11-14).

También desde el exilio el Segundo Isaías contempla al Siervo de Yahveh que ha sido arrancado de la tierra de los vivos por las rebeldías de su pueblo (Is 53,8), él ofrece su vida en sacrificio y más allá de la muerte ve una descendencia y ve prolongarse sus días (Is 53,10). Subsiste ya en estos textos una grieta en la asociación fatal pecado/muerte: se puede morir por los pecados y esperar algo de la vida, se puede morir por otra cosa diferente de los pecados y, muriendo, encontrar la vida.

En el Nuevo Testamento descubrimos que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo para que tuviéramos vida (Jn 3,16). Jesús anuncia y da la vida (Jn 10,10). El es el pan de vida (Jn 6,35.48). El es la vida (Jn 14,6). Libremente, por amor al Padre y a los suyos, como el Buen Pastor, da su vida (Jn 10,11.15.17). Y esta vida la retoma de nuevo como espíritu vivificador (1Cor 15,45) y la ofrece a todos los que creen en El. Jesucristo, muerto y resucitado es el Príncipe de la vida (Hech 3,15). Quien tiene al Hijo, tiene la vida (1Jn 5,12).

Las Bienaventuranzas de Mateo 5, 3-9: Un programa de paz.

Por: Xavier Pikaza

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa de pacificación cristiana. Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino pero, al mismo tiempo, ellas ofrecen el más hondo programa de pacificación social del cristianismo.

La Iglesia posterior ha pactado con muchos poderes políticos y sociales, defendiendo incluso la “guerra justa”. Para el Jesús de Mateo no hay guerras justas, ni pactos militares capaces de crear la paz. Su propuesta de paz es más honda, más actual que todas las propuestas posteriores de los documentos de la Iglesia.

Presentación.

Suponemos conocidas las tres primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que lloran…). Mateo parte probablemente de ellas, pero aumenta su número hasta siete, presentándolas así como un programa de vida y de pacificación cristiana. Prescindimos aquí de la 8ª (la 4ª de Lucas), que trata de la persecución, para analizar las siete anteriores, como propuesta básica de paz de la Iglesia. En esa línea las presentamos, de un modo unitario, como siete peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden de las bienaventuranzas va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento etc. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las siete bienaventuranzas: Mt 5, 3-9

(1) Bienaventurados los pobres de Espíritu. Sólo se puede hablar de paz donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos. En ese sentido, habla de los pobres de espíritu, esto es, de aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene marcada de fuera (porque han sido derrotados por otros, vencidos por la vida), sino que habla de aquellos que, pudiendo vivir de otra manera, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad y, sobre todo, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los vencedores, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de salvación (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Así aparece como el siervo que no grita, no se ensalza, no esclaviza (cf. Mt 12, 15–21), iniciando un camino de solidaridad humana desde la pobreza. Quien quiera vivir como rico no puede hacer la paz. Donde se busca dinero se logran otras cosas, no se puede hablar de paz.

(2) Bienaventurados los que sufren. Sólo aquellos que sufren y saben sufrir pueden ser constructores de paz. Lucas hablaba de aquellos que lloran (hoi klaiontes), destacando quizá el llanto físico, aceptado o no (en la línea de la pobreza material). Mateo, en cambio, dice hoi penthountes, término que parece referirse más en concreto a los que “saben” sufrir, es decir, a los que aceptan el dolor, más aún, a quienes lo comparten con otros y así lo convierten en fuente de vida fecunda. Ciertamente, podemos decir con el texto de Lucas, que son bienaventurados todos los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma en que asumen o no su sufrimiento. Mateo en cambio parece haber puesto de relieve el valor de maduración e incluso de “revolución radical” del sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben aceptar el sufrimiento pueden ayudar a los demás, abriendo con ellos y para ellos un camino de vida. Quien no sabe sufrir terminará siendo un dictador. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, por guerra o dictadura) no podrá ser hombre de paz. Sólo aquellos que se ponen en el lugar de los que sufren y sufren con ellos pueden iniciar el camino de paz del evangelio.

(3) Bienaventurados los mansos…
(Mt 5, 5). Ésta es una bienaventuranza nueva, que Mateo o su iglesia han creado, siguiendo el testimonio de Jesús, que ha sido pobre y pequeño (sin poder económico o social), pero que ha sabido elevar y enriquecer a los pequeños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y de vida para muchos. Mansos son los que actúan sin imponerse, los que ayudan a los demás desde su pobreza. Así ha dicho Jesús: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumamos, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29). Siendo pobre (manso, no violento), Jesús puede ayudar a los pobres.

Pues bien, esa bienaventuranza (tomada del Salmo 37, 11, expresa una experiencia radical, de tipo político: “los mansos heredarán la tierra”, no al modo actual (por posesión violenta), sino al modo de Dios: “por herencia de gracia”. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación “política”, que invierte todos los principios y táctica de guerra. Sólo los mansos, los que renuncian a toda imposición militar para “conquistar la tierra” podrán poseerla de verdad, pues tierra no se conquista por guerra, sino que se “hereda”: la recibimos de aquellos que nos han precedido y queremos ofrecerla como regalo a quienes nos sigan. La tierra que se conquista y somete por la fuerza se vuelve un infierno de guerras; cuanto más la dominemos más la destruiremos. Sólo los mansos podrán heredar y disfrutar la tierra en paz; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí.

(4) Hambrientos de justicia. En vez de hambrientos sin más (como Lc 6, 21), Mt 5, 6 dice hambrientos y sedientos de justicia. Ciertamente, son bienaventurados los carentes de comida, como supone Mt 25, 31-46 (pues el mismo Jesús habita y sufre en ellos), pero Mateo sabe también, como indica ese pasaje, que hay hambrientos mesiánicos, que entregan la vida por los otros, dando de comer a los necesitados, buscando así la justicia de Dios que es la liberación de los oprimidos (Antiguo Testamento) y la justificación y perdón de los pecadores (San Pablo).

Esta bienaventuranza habla de los hambrientos creativos, de aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse al servicio de ellos. Éstos son los verdaderos “justos”, los portadores de justicia (cf. Mt 25, 37). Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, Mesías de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende su palabra: “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Mt 4, 4)… No hay sólo “hambre de pan”, sino también de “justicia”. Sólo a través de esta justicia, que es la liberación de los pobres, se puede hacer la paz.

(5) Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7). Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel a quienla Escritura presenta como «clemente y misericordioso, lento a la ira…» (Ex 34, 6-7). La fe en el Dios misericordioso y clemente ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos de la tierra (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31).

Desde ese fondo se entiende su novedad mesiánica, conforme a las palabras centrales de Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13; 12,17; cf. Os 6, 6). Eso significa que la “religión” (sacrificio) de Jesús es la misericordia. Éste es el sacrificio que Jesús pide a los suyos: que sean misericordiosos, que sean capaces de compartir la vida con los otros, creando así la paz. Desde ese fondo, la religión de Jesús se hace política y la política se hace “misericordia”, dirigida por la ternura de corazón, por el amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza. Ésta es la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica: compartir desde el corazón la suerte de los pobres, ayudar a los necesitados. Ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de la política cristiana: la misericordia que hace felices a los hombres y que crea la paz. Aplicando las palabras de Mt 7, 1, se podría decir: “sembrad misericordia y la misericordia llenará vuestra vida…”.

(6) Bienaventurados los limpios de corazón (Mt 5, 8). Un judaísmo bastante extendido en tiempos de Jesús tenía miedo de aquello que mancha al hombre y puede separarle de la santidad de Dios. A su juicio, la limpieza básica se logra través de la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo mandado, en vestidos y comidas, etc. Es religión de normas exteriores (de prestigios nacionales o sociales, de insignias, de banderas…).

Pues bien, en contra de esa pureza de ley, puesta al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), Jesús ha destacado la pureza del corazón, abierta en forma solidaria a todos los hombres, especialmente a los expulsados del sistema. El mensaje de Jesús, tal como lo viven los cristianos de la Iglesia de Mateo, exige que superemos un sistema de purezas que se centran en las manchas de la piel o en la forma de cumplir el sábado (cf. Mc 1, 40-45; 2, 23-3, 6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5), de pureza externa y comidas (cf. Mc 7). Jesús quiso ofrecer a sus amigos y seguidores un programa distinto: la pureza del corazón misericordioso que se abre a los necesitados, por encima de toda ley o patria particular (de tipo político o religioso). Así podemos decir que la patria de Jesús (su nación política, su iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres.

Sólo así, desde el corazón, se puede iniciar un camino de paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden ver ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios. El limpio de corazón no hará nunca la guerra, pues no verá jamás a los enemigos como enemigos, sino como personas.

(7) Bienaventurados los hacedores de paz (Mt 5, 9). Otros tipos de judaísmo podían tener sus propios bienaventurados: los guerreros de Dios que conquistan el reino (celotas), los buenos sacerdotes con su ritual de sacrificios, los cumplidores de la ley… (en línea farisea). Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando generosamente la vida a los demás. De los pobres de la primera a los pacificadores de la séptima bienaventuranza discurre así un camino recto: la Via Pacis, el camino triunfal de la paz, que se opone no sólo a otras formas de judaísmo, sino al ideal de victoria del imperio romano. Aquí culmina el mensaje de Jesús, aquí se condensa su proyecto mesiánico, centrado en el surgimiento de unos hombres y mujeres que sean hacedores de paz (eirenopoioi).

Conclusión.

Estos hacedores de paz sólo pueden aparecer claramente al final del despliegue de las bienaventuranzas que empieza con los pobres y continúa con los sufridos y los mansos etc. Estos pacificadores de Jesús siguen siendo, según eso, los pobres y excluidos que renuncian con un gesto de paz a la violencia del ambiente. En contra de la política oficial de Roma y de los reyes herodianos, la paz no es obra de los emperadores y monarcas que instauran su dominio por la fuerza, como Augusto, que edificó en el centro de Roma su Ara Pacis (Altar dela Paz), para expresar su soberanía (y soberbia) mundial. A los ojos del Cristo de Mateo, los portadores de la paz de Augusto, simbolizado en su Altar central de Romo, serían unos engañados e impositores.

La verdadera paz viene de abajo, desde el perdón de los más pobres, a través de aquellos que van suscitando comunidades de personas que se aman y se abren en misericordia activa hacia todo el mundo. En ese sentido, la tradición cristiana dirá que el pacificador por excelencia ha sido Cristo (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15), pues ha querido reunir con su gesto de entrega no violenta todos los hombres. Ésta es la paz que no se logra con poder y dinero (desde arriba), sino a partir de los pobres y de aquellos que sufren, abriendo un camino de concordia gratuita y amorosa por donde pueden caminar todos los hombres.

Éste es el proyecto y propuesta de las bienaventuranzas, que ha empezado en los pobres para culminar aquí, en una paz que aparece, como ya hemos indicado, en forma de espada mesiánica, en la línea de Mc 13, 12-13: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz, sino espada. Porque yo he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (Mt 10, 34-35). La paz de Jesús rompe las vinculaciones impositivas (de tipo familiar o social) de los privilegiados del sistema para abrirse a todos los hombres y mujeres, desde los más pobres, reuniéndolos en la gran familia de los hijos de Dios.

La Iglesia de Mateo ha proclamado así la paz familiar y social de Jesús. Siglos de espiritualismo sacral e idealista nos han impedido abrir los ojos y entender el evangelio como programa de gozo salvador y libertad dichosa, como movimiento de paz que se expresa y expande en un plano social y político. El evangelio es un programa de pacificación, desde los más pobres, un programa intenso de no-violencia activa, fuerte, que vincula a todos los hombres. Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de dicha política y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres

La Vida y la Paz

Por: Luis González-Carvajal Santabárbara

Reflexión Teológica ofrecida a Vita et Pax

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Ser Paz

Por:  Maricarmen Martín

En la Biblia la palabra Shalom, paz, significa el bienestar total de la comunidad, la cual brota de una correcta relación con Dios y con los demás. Shalom va más allá de la mera tranquilidad. Abarca la abundancia material, la seguridad, la salud y hasta la armonía con la creación. Shalom significa la ausencia de violencia pero también incluye las relaciones sociales justas y respetuosas. No puede haber paz sin justicia. La Biblia no habla de Shalom desde una perspectiva ingenua. Habla de la paz para un mundo violento, el mundo real. Shalom designa un don de Dios tan precioso y tan central porque la vida es precaria y está continuamente amenazada.

Jesús supo bien que la vida es conflicto, combate, por eso, proclamó precisamente el reino de paz y nos la ofreció como algo muy preciado. Según el cuarto Evangelio, la paz es el regalo que Jesús deja a los suyos en su discurso de despedida: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y, a su vez, es el primer deseo del Resucitado: “Paz a vosotros”.  En otros lugares la identidad de ser hija o hijo de Dios consiste en ser constructor de paz: “Bienaventurados los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

La paz es un regalo y, a la vez, una tarea, un desafío. Ser paz es la condición necesaria para ser constructores de paz. La paz no viene del cielo, los ángeles la anuncian cuando suenan las trompetas pero se la confían a los seres humanos para que la difundan. Es unánime la convicción según la cual la paz es el mayor bien para la humanidad y, al mismo tiempo, la historia prueba que la paz es una utopía cada vez más lejana. Los seres humanos hemos hecho “las paces” en muchas ocasiones pero hasta ahora no hemos conseguido hacer la paz. Esto explica por qué se queda generalmente en un deseo.

Son los deseos y las relaciones los que producen la guerra o la paz en el corazón. Para poner paz en el corazón no basta sólo perdonar como se suele aconsejar. Hay que elaborar, esclarecer, desatar el nudo… Nadie olvida una ofensa recibida, especialmente, cuando ésta ha tenido un relieve importante en la pequeña historia de nuestra vida. Es necesario que estas ofensas dejen de ser recuerdos envenenados y se conviertan en recuerdos que nos acaricien, recuerdos pacificados.

Es muy difícil que los recuerdos dolorosos que han trastornado nuestra vida y nos han hecho daño puedan llegar a ser pacíficos, pero no es imposible. Hemos de poner nombre al dolor, reconocer en ellos nuestra parte de responsabilidad y, si es posible, dialogar con la otra parte. Por último no buscamos el castigo por el daño que nos han infringido, llegados a este punto, sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a una relación nueva. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas del juego; cambiar ese estúpido ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de un lado a otro. Carece de importancia saber quién ha comenzado; lo importante es ver quién quiere terminar.

Desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación, de ahí la necesidad de postular comunidades alternativas en las que se viva la cultura de la paz, el shalom que hoy nos sigue regalando el Resucitado. El compromiso por la paz no es una conquista sino un logro a conquistar cada día.

Es fácil hablar de la paz como mera espectadora: la paz en el mundo, en la sociedad… Cuando no tenemos que ver nada en la historia somos muy pacíficas pero cuando entramos en juego, las cosas son de otra manera. Hoy puede ser un día perfecto para preguntarnos: ¿soy paz?; ¿cómo reacciono ante la ofensa?; ¿estoy entre quienes han alcanzado la identidad de hija o hijo de Dios construyendo la paz?; cuando entro en una casa, o estoy en el trabajo, o me encuentro con mi familia, ¿soy portadora de paz o de violencia?…

Educar para celebrar la vida y la tierra

Por: Leonardo Boff

Dada la crisis generalizada que vivimos actualmente, todas las educaciones deben incluir el cuidado de todo lo que existe y vive. Sin el cuidado, no garantizaremos una sostenibilidad que permita al planeta mantener su vitalidad, los ecosistemas, su equilibrio, y nuestra civilización, su futuro. Nos educan para el pensamiento crítico y creativo, para tener una profesión y un buen nivel de vida, pero nos olvidamos de educar en la responsabilidad y en el cuidado del futuro común de la Tierra y de la Humanidad. Una educación que no incluya el cuidado demuestra ser alienada e irresponsable. Los analistas más serios de la huella ecológica de la Tierra nos advierten que, si no cuidamos, podemos conocer catástrofes peores que las vividas este año de 2011 en Brasil y en Japón. Para mantenerse, la Tierra podrá, tal vez, tener que reducir su biosfera, eliminando especies y millones de seres humanos.

Entre tantas excelencias propias del concepto de cuidado, quiero hacer hincapié en dos que interesan a la nueva educación: la integración del globo terrestre en nuestro imaginario cotidiano y el encantamiento por el misterio de la existencia. Cuando contemplamos el planeta Tierra desde el espacio exterior, surge en nosotros un sentimiento de reverencia al ver nuestra única Casa Común. Somos inseparables de la Tierra, formamos un todo con ella. Sentimos que debemos amarla y cuidarla para que nos pueda ofrecer todo lo que necesitamos para seguir viviendo.

La segunda excelencia del cuidado como actitud ética y forma de amor es el encantamiento que surge en nosotros por la aparición más espectacular y bella que jamás ha existido en el mundo, que es el milagro de la existencia de cada persona humana individual. Los sistemas, las instituciones, las ciencias, las técnicas y las escuelas no tienen lo que cada persona humana posee: conciencia, amorosidad, cuidado, creatividad, solidaridad, compasión y sentimiento de pertenencia a un Todo mayor que nos sustenta y anima, realidades que constituyen nuestra Profundidad.

Seguramente no somos el centro del universo. Pero somos los seres portadores de conciencia y de inteligencia, por los cuales el universo se piensa, se conciencia y se ve a sí mismo en su espléndida complejidad y belleza. Somos el universo y la Tierra que ha llegado a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Esta es nuestra dignidad que debe ser interiorizada y que debe ser imbuida a cada persona de la nueva era planetaria.

Tenemos que sentirnos orgullosos de poder desempeñar esta misión para la Tierra y para todo el universo. Solamente cumplimos con esta misión si cuidamos de nosotros mismos, de los otros y de cada ser que habita aquí.

Tal vez pocos han expresado mejor estos nobles sentimientos que el eximio músico y también poeta Pau Casals. En un discurso en la ONU en los años 80 del siglo pasado, se dirigía a la Asamblea General pensando en los niños como el futuro de la nueva humanidad. Su mensaje vale también para nosotros, los adultos. Decía:

El niño tiene que saber que él mismo es un milagro, que desde el principio del mundo, jamás ha habido otro niño igual y que en todo el futuro, jamás aparecerá otro niño igual a él. Cada niño es único, desde el principio hasta el fin de los tiempos. Así el niño asume una responsabilidad al confesar: es verdad soy un milagro. Soy un milagro igual que el árbol es un milagro. Y siendo un milagro ¿podría hacer el mal? No, pues soy un milagro. Puedo decir Dios o Naturaleza, o Dios-naturaleza. Poco importa. Lo que importa es que soy un milagro hecho por Dios y hecho por la naturaleza. ¿Podría yo matar a alguien? No. No puedo. ¿Y otro ser humano, que también es un milagro como yo, podría matarme a mí? Creo que lo que estoy diciendo a los niños, puede ayudar a hacer surgir otro modo de pensar el mundo y la vida. El mundo de hoy es malo; sí, es un mundo malo. El mundo es malo porque no hablamos a los niños así como yo les estoy hablando ahora y de la manera que necesitan que les hablemos. Entonces el mundo no tendrá más razones para ser malo.

Aquí se revela gran realismo: cada realidad, especialmente la humana, es única y preciosa, pero al mismo tiempo vivimos en un mundo conflictivo, contradictorio y con aspectos aterradores. Así y todo, hay que confiar en la fuerza de la semilla. Ella está llena de vida. Cada niño que nace es una semilla de un mundo que puede ser mejor. Por eso, vale la pena tener esperanza. Un paciente de un hospital psiquiátrico que visité, pirograbó en una tablilla que después me regaló: «Siempre que nace un niño es señal de que Dios todavía cree en el ser humano». No es necesario decir más, pues en estas palabras se encierra todo el sentido de nuestra esperanza frente a los males y las tragedias de este mundo.

La espiritualidad en la construcción de la paz

Por: Leonardo Boff

Todos los factores y prácticas en los distintos sectores de la vida personal y social deben contribuir a la construcción de la paz tan ansiada en los días actuales. Los esfuerzos serían incompletos si no incluyésemos la perspectiva de la espiritualidad.

La espiritualidad es aquella dimensión en nosotros que responde a las preguntas últimas que acompañan siempre a nuestras búsquedas. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Cuál es el sentido del universo? ¿Qué podemos esperar más allá de esta vida?

Las religiones suelen responder a estas inquietudes, pero ellas no tienen el monopolio de la espiritualidad. Ésta es un dato antropológico de base como la voluntad, el poder y la libido. Emerge cuando nos sentimos parte de un Todo mayor. Es más que la razón; es un sentimiento oceánico de que una Energía amorosa origina y sustenta el universo y a cada uno de nosotros.

En el proceso evolutivo del que venimos, irrumpió un día la conciencia humana. Hay un momento de esta conciencia en que ella se da cuenta de que las cosas no está lanzadas aleatoriamente ni yuxtapuestas, al azar, una al lado de la otra. Ella intuye que un «Hilo Conductor» pasa a través de ellas, las liga y las religa.

Las estrellas que nos fascinan en las noches cálidas del verano tropical, la selva amazónica en su majestad e inmensidad, los grandes ríos como el Amazonas, llamado con razón río-mar, la profusión de vida en los campos, el vocerío sinfónico de los pájaros en la selva virgen, la multiplicidad de las culturas y de los rostros humanos, el misterio de los ojos de un recién nacido, el milagro del amor entre dos personas que se quieren, todo eso nos revela cuán diverso y uno es nuestro mundo universo.

A este «Hilo Conductor» los seres humanos le han dado mil nombres, Tao, Shiva, Alá, Yahvé, Olorum y muchos más. Todo se resume en la palabra Dios. Cuando se pronuncia con reverencia este nombre algo se mueve dentro del cerebro y del corazón. Neurólogos y neurolingüistas han identificado el «punto Dios» en el cerebro. Es un punto que hace subir la frecuencia hertziana de las neuronas como si hubiesen recibido un impulso. Esto significa que en el proceso evolutivo surgió un órgano interior mediante el cual el ser humano capta la presencia de Dios dentro del universo. Evidentemente Dios no está solamente en este punto del cerebro, sino en toda la vida y en el universo entero. Sin embargo a partir de este punto quedamos habilitados para captarlo. Y todavía más, somos capaces de dialogar con Él, de elevarle nuestras súplicas, de rendirle homenaje y de agradecerle el don de la existencia. Otras veces no decimos nada. Silenciosos y contemplativos, lo sentimos solamente. Y entonces nuestro corazón se dilata a las dimensiones del universo y nos sentimos grandes como Dios o percibimos que Dios se hace pequeño como nosotros. Se trata de una experiencia de no-dualidad, de inmersión en el misterio sin nombre, de una fusión de la amada y el Amado.

Espiritualidad no es solamente saber, sino principalmente poder sentir las dimensiones de lo humano radical. El efecto es una profunda y suave paz, que viene de lo Profundo.

La humanidad necesita con urgencia esta paz espiritual. Ella es la fuente secreta que alimenta a la humanidad en todas sus formas. Irrumpe desde dentro, irradia en todas las direcciones, eleva la calidad de las relaciones y toca el corazón de las personas de buena voluntad. Esa paz esta hecha de reverencia, de respeto, de tolerancia, de comprensión benevolente de las limitaciones de los otros, y de la acogida del Misterio del mundo. Ella alimenta el amor, el cuidado, la voluntad de acoger y de ser acogido, de comprender y de ser comprendido, de perdonar y de ser perdonado.

En un mundo perturbado como el nuestro, nada hay de más sensato y noble que anclar nuestra búsqueda de la paz en esta dimensión espiritual.

Entonces la paz podrá florecer en la Madre Tierra, en la inmensa comunidad de la vida, en las relaciones entre las culturas y los pueblos, y aquietará el corazón humano cansado de tanto buscar.

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