Cuidar la casa común y sus moradores

martes, noviembre 10th, 2015

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Hace unos días veíamos en todos los medios de comunicación titulares parecidos a : Zaragoza se ha convertido en el mayor escenario de las supermaniobras de la OTAN, desde el sábado 3 octubre y hasta entrado el mes de noviembre, con 11.000 militares desplegados procedentes de 16 países. Y todos tan contentos.

A pesar de que actualmente no existe ninguna guerra activa declarada de forma oficial entre Estados diferentes, al menos 13 países sufren ahora mismo conflictos armados (Gaza, Ucrania, Siria, Irak, Sudán del Sur…). Otros muchos padecen desde hace años e incluso décadas situaciones de grave violencia (la causada por el narcotráfico en México, por ejemplo, con decenas de miles de muertos), o realidades bélicas no resueltas aún y calificadas, según el momento, como conflictos de “alta” o “baja” intensidad (la guerra en Colombia, ahora en un frágil proceso de paz).

El impacto económico de las guerras y los conflictos activos en todo el mundo ha crecido. En 2014 se destinaron a este fin 12,7 billones de euros según estima el Índice Global de Paz 2015, elaborado por el centro de investigación Institute for Economics and Peace (IEP). El gasto representó el 13,4% del PIB global durante el año pasado, equivalente a la suma de las economías de Brasil, Canadá, Francia, Alemania, España y Reino Unido. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en una década, 23 países duplicaron, al menos, su gasto militar, entre ellos, Rusia (108%) y China (170%), además de países que sufren cruentas guerras, como Afganistán (557%) o Irak (284%), pero también otros, como Paraguay (127%) o Ghana (243%).

Según este mismo estudio, la intensidad de los conflictos armados en el mundo también ha crecido, al aumentar en el 2014 de 49.000 a 180.000 las personas muertas en guerras, 3,5 veces más que el año anterior. El número de desplazados internos y refugiados también ha crecido, un 267% desde 2008.

Por otra parte, los vínculos guerra-deterioro ambiental son estrechos y van aumentando. En El Salvador, el ejército utilizó la deforestación como arma contra la guerrilla, con napalm y otros defoliantes, con más de 3.000 bombas que provocaron numerosos incendios y contaminaron la tierra. En estos momentos, el 80% de la tierra está erosionada, y el 90% de la flora natural ha desaparecido. Es conocido que en Vietnam el ejército estadounidense empleó estos elementos para destruir selva y descubrir a las tropas nordvietnamitas. Los 80 millones de toneladas de defoliantes y herbicidas lanzadas afectaron a más de millón y medio de hectáreas de manglares y alrededor de 180.000 hectáreas de superficie cultivada.

El Papa Francisco nos ha llamado en su última Encíclica a cuidar la casa común y a cuidar de sus moradores. Pues en el sentido más amplio y más exacto, las guerras son un desastre humano y ecológico de gran magnitud. Esto no solo significa que seres humanos, animales y plantas quedan destrozados. Es algo más complejo e incluso más terrible: es un ataque a las posibilidades de vida, a la vida misma. No podemos mirar para otro lado, ni siquiera para la pantalla de televisión con imágenes de maniobras bélicas. Si queremos la paz, debemos prepararnos para la paz. Ya.

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