D. Cornelio, Sacerdote con un carisma especial

lunes, mayo 5th, 2014

Por: D. Juan Rico. Madrid.

La figura de don Cornelio es muy difícil retratarla tal cual fue. No todos han tenido el mismo contacto. Ni ese acercamiento continuo que lleva a la mistad. Una amistad que no tiene calificativos, por ser ella misma un tesoro. La amistad es una categoría ensalzada por Jesús hasta llegar a decir: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14).

Casi todos los que le han conocido coinciden en algo muy estimado: su espiritualidad centrada en Jesucristo. Espiritualidad contagiosa y admirada. Muchas personas se sintieron atraídas a un ambiente que respiraba vida y paz y, como centro, Jesucristo. Fue capaz de vivir con tal intensidad esa idea que le llevó a embarcarse en la difícil operación de transmitirla a aquellos que quisieran oírla. Pero no bastaba solo en oír sino también en vivirla plenamente. Si hubo un hombre llamado Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien, D. Cornelio quiso transmitir su carisma ayudando a los pobres.

En mis tiempos de párroco en Montanejos necesité de una ayuda para la obra social que debido a la construcción del pantano de Campos de Arenoso iba a construirse. El Ayuntamiento cedió un solar y allí reconstruyeron las escuelas. Un amigo me aconsejó acudir a D. Cornelio para que enviara maestras a ayudar a la parroquia. Así fue el primer contacto. Allí estuvieron casi cuatro años Pilar Butini, María Luisa y Consuelo. La labor de las maestras fue muy fructuosa en la juventud parroquial. Haciéndose notar esa espiritualidad especial hacia Jesucristo del Padre Cornelio. Recuerdo varias visitas durante ese periodo, con el fin de ver cómo funcionaba lo que muchos llamaban “la frontera de Dios”.

Mis contactos siguieron cuando me ofreció marchar a Australia como capellán de los emigrantes españoles. Fue una etapa de mucho trabajo y de contacto con la gente trabajadora. Hacía ya varios años que tres miembros de Vita et Pax – Mª Luisa, Paquita y Carmen – trabajaban allí con los emigrantes. Ellas, conocedoras del ambiente, facilitaron ayuda e información que el capellán necesitaba para ser eficaz.

Se tenía que hacer el bien a los necesitados y hubo que poner en marcha asistencias sociales que no daba el gobierno australiano. Los problemas eran muchos y muy distintos. Visitar enfermos, visitar a las familias, socorrer a los necesitados en sus diferentes necesidades. Dificultades de los matrimonios, de los padres con los hijos y viceversa. Era tanta la necesidad que se tuvo que fundar la “Spanisch Catholic Wellfare Association” (Asociación católica española de Bienestar), aprobada por el cardenal Monseñor Gilroy y también con la venia del gobierno australiano.

Los emigrantes la acogieron con entusiasmo y el éxito en las asistencias fue muy comentado. Se llegó a tener 1000 socios en pocos meses, cuando los emigrantes españoles en Sydney eran sobre 7000. Las actividades de la Asociación fueron dirigidas por una junta de emigrantes y la gran labor de las Asistentes Sociales.

Después de diez años, circunstancias especiales nos devolvieron a España. El contacto con el padre Cornelio continuó, yo diría que familiar. Mis estudios de periodismo me apartaron del amigo, pero la amistad siguió en lo más íntimo.

No obstante, hay que reconocer que, como en toda relación, hubo sus luces y sombras. Todos los años nos reuníamos “los australianos” para renovar nuestros recuerdos. Y nos dijeron que el padre Cornelio quería venir a nuestra casa. Tanto M· Luisa como yo nos alegramos de la noticia. Así llego el momento en que nos llenó de alegría su presencia y un abrazo fraternal renovó los tiempos en que nos trajeron a la memoria las palabras de Jesús: “Vosotros sois mis amigos”. Pasamos unas horas inolvidables y a la despedida el abrazo amigable. Desde Roma, meses después, recibimos una carta con las primicias de sus comentarios sobres los textos litúrgicos. La Vida y la Paz en Cristo Jesús había sido restaurada. En la memoria está la amistad.

Y mientras vivamos él vivirá también en nosotros. Incluido en nuestros muchos amigos ya en la casa del Padre. Desde allí nos amará como Dios, nuestro Padre, nos ama.  

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