Elefante blanco: el lujo de creer

La nueva película de Ricardo Darín aborda el compromiso de los ‘curas villeros’

J. L. CELADA | Concluido el rodaje de Elefante blancoRicardo Darín admitía que participar en este proyecto le había enseñado a dudar de su falta de fe. No es para menos. Gracias al último trabajo de Pablo Trapero, quizá muchos espectadores hayan recuperado también parte de la suya en la Iglesia católica. Porque el testimonio de compromiso que ofrece ese sacerdote al que aquí interpreta no puede –ni debe– dejar indiferente a nadie: consagrado o laico, creyente o no…

Tras un apresurado y violento prólogo en la Amazonía peruana, la cámara del realizador argentino nos traslada a una de las “villas miseria” de Buenos Aires, donde se hacinan miles de familias llegadas de países vecinos o expulsadas de la sociedad del bienestar que se alza a pocas cuadras.

Allí, desde hace décadas, los “curas villeros” desarrollan su ministerio pastoral y comparten la vida diaria con esas gentes abandonadas por casi todos, especialmente por las instituciones.

Elefante blanco –así llaman al hospital en construcción cuyo gigantesco esqueleto es hoy refugio de sin techo y jóvenes dogradictos– retrata sin pudor, aunque con exquisito respeto y alejado de paternalismos, un universo sometido al flagelo de la miseria y los enfrentamientos entre bandas de narcotraficantes. Un ambiente caótico y desolador por el que, sin embargo, se cuela el bullicio de la esperanza en forma de solidaridad vecinal o a través de la mesa compartida de la Eucaristía.

Claro que el padre de Leonera (2008) o Carancho (2010) clava su mirada nerviosa y siempre incisiva sobre su trío protagonista: dos servidores del Evangelio embarrados en cuerpo y alma (el propio Darín y Jérémie Renier) que se han “dado el lujo de ser pobres”, como ironiza la trabajadora social que les acompaña (Martina Gusman). Se trata de hombres de acción y de oración, probados en su celibato y en su capacidad de resistencia; expuestos al acecho del miedo y de la ira, pero decididos a combatir las diversas formas de violencia con un mismo amor. Ese que les impulsa a hacer suya hasta el extremo la plegaria de su recordado predecesor y mártir Carlos Mugica“Señor, sueño con morir por ellos. Ayúdame a vivir para ellos”.

Digno exponente de un cine social (y religioso) abonado con frecuencia a desgracias resultonas y emociones de lágrima fácil, la nueva película de Trapero no se permite concesiones a su crudo realismo: ni en su radiografía del barrio ni en la crítica a los políticos o eclesiásticos de turno. Sí acusa, por contra, una evidente falta de ritmo, agravada por esa necesidad de seguir a salto de mata los conflictos “públicos” de unos personajes tan esquemáticamente definidos en su ámbito privado. Salvado este escollo, Elefante blanco se reivindica con toda su verdad: la que nos invita a (re)descubrir la fe como un don que se torna entrega generosa por los demás… y un lujo para estos tiempos descreídos e inciertos.

[La reseña está cedida por la Revista Vida Nueva]

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