Esperamos

2º domingo de Adviento, Ciclo B

Por: MaCarmen Martín.Vita et Pax. Madrid        

Adviento es un tiempo para aprender a esperar. Esperar nos ayuda a ser personas confiadas, a no saber exactamente qué ocurrirá mañana, pero creer desde la hondura que, sea lo que sea, será bueno si lo vivimos desde Dios. Esperar nos hace libres interiormente. La espera aguza nuestras ideas. Nos concede el tiempo y el espacio, la perspectiva y la paciencia que nos permiten distinguir entre lo bueno, lo mejor y lo óptimo. La función del Adviento es recordarnos a quién estamos esperando, por si acaso vamos tan ocupadas en nuestras tareas o tan ensimismadas en nosotras que nos olvidamos.

El Adviento nos invita a frenar, detenernos, tomar aire, mirar alrededor y recobrar el aliento. La vida nos lleva de forma acelerada. Es bueno aprender a esperar. Parece una contradicción pero, quizás, conforme nos vamos haciendo mayores, nos cuesta más esperar. Puede ser porque constatamos de manera más clara que solo tenemos una vida, que nuestro tiempo es limitado y pasa, que no podemos aspirar a vivirlo todo, experimentarlo todo, hacerlo todo…

El Adviento es un tiempo para la espera humilde, vivida como alternativa real a las esperas neoliberales del sistema y como propuesta a la desesperanza dolorosa de muchas gentes; es un tiempo para que los creyentes hagamos prácticas cotidianas de espera; una espera en la sencillez, el compromiso y la firmeza. Y en el Adviento se levantan voces que nos invitan a esperar: la voz de un traficante de sueños, el profeta Isaías; la voz de un muchacho que se echó a predicar en el desierto, Juan Bautista; la voz de una chica de pueblo a quien le gustaban los cantos revolucionarios, María de Nazareth… Pero, qué es esperar a Dios. 

Esperar a Dios es ser consciente de que el mundo, y la vida, necesita una Buena Noticia auténtica y tratar de encontrarla en la cercanía de Dios y su Evangelio.

Esperar a Dios es vincular, desde la raíz, mi vida y mi destino con todas las personas que ya no esperan o esperan otras cosas, como lo hizo Jesús, nuestro Dios.

Esperar a Dios es hacer el bien allí donde una se encuentre. Es justo ahí y no en otra parte, es justo en ese momento y no mañana, es a esa persona y no a otra que yo deseo.

Esperar a Dios es “tener cuidado” de los otros y de las otras mientras espero. Desarrollar en mí una sensibilidad que me ayude a percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades.

Esperar a Dios es hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento olvidadas. Es unirnos a la lucha de los empobrecidos por conseguir un futuro más digno y humano.

Esperar a Dios es reconocer que la propia vida personal aspira a una plenitud que no tenemos. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y, porque es posible vivir con más profundidad. Así que esperar a Dios es preguntarnos por eso que falta, que me falta, y buscar en el entorno de Dios la respuesta. Dejar de crecer es empezar a apagarse.

Esperar a Dios es creer que Dios no es un Dios distante, ajeno a la creación, desvinculado de la historia humana y de mi historia. Es creer que Dios sigue presente en nuestro mundo, entre los desesperanzados, entre los empobrecidos, entre nosotras… Dios, que nos ha bendecido con el “amor primero” y que a él nos remite cuando nos desalentamos.

Esperar a Dios es ir comprendiendo que nuestro corazón no nos engaña cuando nos asegura que podemos aguardar el futuro, porque lo que nos espera por parte de Dios no va a frustrar nuestra esperanza porque esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia (2 Pe 3,13)…

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