Formando parte de una gran familia

Por: Paqui Redondo Agudo. Vida y Paz de Barcelona.

El grupo de Vida y Paz de Barcelona nos reunimos como cada primer lunes de mes, en el nombre del Espíritu Santo. Estamos en la recta final del curso 2018/2019.

Estos años que llevamos formando parte de esta gran familia hemos profundizado en las Sagradas Escrituras. Hemos trabajado temas, que nos han hecho crecer, aprender a conocernos e intuir nuestros fallos y debilidades, esos tan propios del ser humano y que tanto cuesta modelar.

El camino del crecimiento personal y espiritual, es largo y lento, nos lleva la vida aprender y quizá no consigamos aquello que nos proponemos, pero confiamos en la fuerza del Espíritu y nos ponemos en manos del Padre Misericordioso.

El último tema que hemos trabajado nos ha conmovido especialmente: el Espíritu Santo que llena la Tierra… y nuestro ser.

Todo lo bueno que hay en nosotras se hace presente cuando acallamos egos y barreras mentales. Con serenidad le pedimos que nos transforme y que gocemos del préstamo de su aliento y de su Espíritu.

Cada una de nuestras reuniones ha sido una experiencia enriquecedora, hemos reído y hemos llorado, compartiendo nuestras propias vivencias.

También hemos hecho un poco nuestros, los problemas de nuestro entorno, nuestro corazón se hace cada día, más sensible al sufrimiento ajeno. Experimentamos impotencia, por tantas injusticias.

Pedimos al Dios que nos habita, que tengamos la capacidad de verlo en nuestros hermanos y que nos dé la fuerza para actuar en la medida de nuestras capacidades.

Agradecemos el esfuerzo de nuestras compañeras preparando temas, que tanto nos ayudan a reflexionar. Sin duda el Espíritu Santo las inspira. Su labor es una Alabanza a Dios.

Este curso ha sido un poco duro para Ana y Flor, que han sufrido a causa de problemas de salud. Sin embargo, no han desfallecido, dándonos un ejemplo de superación, fortaleza y fe.

Por nuestra parte, no desfalleceremos tampoco y seguiremos en este camino y en estas enseñanzas, las de Nuestro Amigo Jesucristo, como tanto le gustaba decir al Padre Cornelio.

 

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