Irradiar pequeñas luces de esperanza

Domingo 3º de Adviento, Ciclo B

Por:Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología. Ciudad Real

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Así empieza la lectura de hoy del libro de Isaías. El Señor nos envía a anunciar su mensaje, un mensaje de amor, de felicidad para todas las personas, independientemente de cual sea su situación. El amor de Dios es un amor que nos embarga, que nos lleva al compromiso, a buscar que nuestros hermanos estén felices, la felicidad individual pasa por la felicidad colectiva. Es decir, yo no puedo estar feliz si alguno de mis hermanos está sufriendo. A veces no somos conscientes de lo que implica el amor de Dios, por eso el Señor nos envía a anunciarlo y no hemos de tener miedo en ese encargo, el espíritu está con nosotros y nos orientará.

En este tiempo de Adviento no podemos más que invocar al Señor, como en el Salmo, y dar razón del amor tan grande que tiene el Señor para todos nosotros, eso, además, nos tiene que hacer felices, porque no hay nada más grande que el amor de Dios, y ser consciente de ello implica un agradecimiento infinito, una alegría inmensa, porque es amor busca justicia, da a los que nada tienen y quita a los que tienen de más.

Hoy el mundo está sediento del amor de Dios, las personas no vamos allanando el camino para que ese amor sea posible y eso lo hacemos cuando metemos a los inmigrantes en cárceles, cuando no les acogemos, cuando no nos comprometemos con la justicia, cuando dejamos, indiferentes, que el consumo desmedido llegue a nuestras vidas, cuando veo a una persona viviendo en la calle y ni siquiera la miro, no me fijo en su persona, en lo que supone que se encuentre en esa situación, en cuantos derechos se les están arrebatando. No anuncio el amor de Dios cuando no denuncio la situación de tantas mujeres violentadas, violadas, asesinadas, por los varones. Y tantas otras situaciones de dolor y de desconsuelo.

Ante esta situación nos dice Juan que hay que comprometerse, hay que anunciar el Reino de Dios. Él se echó a las calles y pueblos a anunciarlo, a ayudar a la gente a que se preparara para su venida, a que estuvieran alerta, atentos, porque detrás de él venía la Verdad, el Amor. Así hemos de situarnos nosotros, los cristianos y cristianas, atentos, preparándonos para el que va a venir, alerta, anunciándolo a todos los que nos rodean. El que hace maravillas está a punto de hacerse uno de tantos.

Mi deseo es que en este tiempo de preparación para la venida del Señor seamos capaces de irradiar pequeñas luces de esperanza a tantas personas que viven en tinieblas, cegadas por el dolor y por unas vidas rotas que les llevan al sufrimiento.

Ven Señor, Auxilia a Israel, tu siervo, y llénale de tu misericordia esa que solo puede venir de tu amor. Ven Señor, no tardes, el mundo está sediento de ti.

 

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