La fuente de las mujeres: un cuento para soñar

J. L. CELADA | La llamada “primavera árabe” no solo ha confirmado la evidencia de que ciertos pueblos anhelaban un cambio, sino de que ellos podían (y debían) ser los grandes protagonistas del mismo. Un empeño que se está cobrando demasiadas vidas, aunque deja un mensaje esperanzador: las únicas revoluciones con futuro nacen en lo más profundo del individuo, allí donde se forjan los héroes (y los mártires) que guían a toda una comunidad hacia la conquista de sus derechos y libertades.

Que las mujeres, marginadas y silenciadas durante siglos en la mayoría de sociedades islámicas, contribuyan decisivamente hoy a esas reformas es apenas un deseo. Que lideren alguna de ellas, casi un sueño. Pero pocos medios hay tan poderosos como el cine para echar a volar la imaginación y hacer que se cumpla, al menos por un rato. Y eso ha pretendido Radu Mihaileanu en La fuente de las mujeres, una fábula contemporánea sobre la fuerza transformadora de “lo infinitamente pequeño”.

Sus anteriores trabajos (Vete y vive o El concierto) ya nos anunciaban que el realizador rumano cree en esos milagros que transforman nuestro mundo en un lugar más habitable para la familia humana. Un discurso que tiene en la ingenuidad su mejor baza (la frescura), pero también su mayor escollo (la escasa verosimilitud).

Bien es cierto que esta nueva producción deja muy claro desde el principio que no se trata de una historia verdadera, sino de un “cuento”. Y como tal se desarrolla, a través de personajes perfectamente reconocibles (e identificables, salvando las distancias culturales y religiosas) y de bellas perlas de la sabiduría popular (moralejas, en terminología del género) que no conocen fronteras.

Los hechos se sitúan en una pequeña aldea entre el norte de África y Oriente Medio, anclada en tradiciones tan anacrónicas y humillantes como pensar que las niñas son más útiles ayudando a sus madres que yendo a la escuela, o que son las mujeres las encargadas de ir a buscar el agua a una fuente que nace en lo alto de la montaña y que da título a esta cinta.

¿En qué andan los hombres mientras tanto? Ahogan sus lamentos por la sequía y la falta de trabajo en una taza de té. Hasta que una joven esposa propone a sus vecinas una “huelga de amor” que rescate sus vidas del barro de la indefensión, el “castigo educativo” y los corazones yermos de sus parejas.

Habrá entonces tensiones, enfrentamientos, lágrimas…, situaciones a las que, como obligado contrapunto, saldrá al paso ese otro islam ilustrado: el de las “causas justas”, con voz femenina y abierto a interpretaciones de una realidad tan sensible a la diferencia y rica en matices como esta película. Porque “dondequiera que mane una fuente y se seque el amor”, ahí estará la cámara de Mihaileanu para contarlo (y cantarlo). Ahora solo cabe esperar que su semilla caiga en tierra fértil.

[La reseña está cedida por la Revista Vida Nueva]

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