Marcadas por el Espíritu

Domingo 19º del T.O. Ciclo B

Por: M.Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ciudad Real

Me impresiona con fuerza esta capacidad que poseemos los seres humanos y que Pablo nos la nombra en la segunda lectura de hoy: poner triste al Espíritu Santo. Y según nos cuenta el mismo apóstol es en la vida cotidiana, sencilla, a través de las relaciones humanas, en los quehaceres que desarrollamos cada día, en las diferentes situaciones que la vida nos presenta… donde desplegamos esa capacidad.

Junto a ella, también la contraria. Si disponemos de la facultad de entristecer al Espíritu Santo, también lo podremos alegrar. Y el mismo Pablo nos indica cómo hacerlo: amando como Cristo nos amó. Amor que le llevó a darse por completo por puro deseo de darnos lo mayor y mejor. Pero esto del amor, no es cosa fácil, por mucho que hablemos y escribamos de ello.

Amar es un trabajo de fondo, es el despliegue de lo más humano de nosotras mismas y, por tanto, un camino largo porque pareciera que el amor no es algo espontáneo en las personas. Hay cosas que pueden conmovernos, mover la bondad que tenemos dentro, situaciones que pueden despertar en nosotras el deseo de actuar, de hacer algo por los demás… Pero amar, amar… si no nacemos de raíz del amor de Dios, no acabaremos de saber lo que es.

Los seres humanos necesitamos un fundamento, una experiencia de amor fundante, para permanecer en el intento de amar. Nos cansamos con cierta facilidad cuando miramos el dolor del mundo, cuando no nos salen las cosas como pensamos, cuando el perdón que ofrecemos no es acogido… y llega un momento en el que nos sale un “basta”. Un basta cansado de ver lo que no podemos resolver, un basta abrumado que quiere escapar.

Necesitamos nacer de un amor mayor para mantenernos en el esfuerzo de desterrar la amargura, de perdonar sin condiciones, de trabajar con ilusión, de mantener la esperanza… porque a veces, más de las que queremos, sólo vamos a percibir el esfuerzo. Nuestro amor necesita un soporte absoluto, un cimiento verdadero para permanecer en el intento de cambiarnos y cambiar el mundo.

Y ahí vuelve a aparecer Jesús, el pan de la vida, para sostenernos. Lo decisivo es tener hambre. El evangelista Juan utiliza un lenguaje fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotras su propia vida, nuestro fundamento. Según él, es necesario comer a Jesús: “El que me come vivirá por /de mí”. Y hoy nos dice: “el que coma de este pan vivirá para siempre”.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos, a veces, distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe de especial intensidad, que se puede vivir en ese momento sacramental pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con Él. Abrirnos a su verdad para que, como dice Pablo, nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotras. Dejarle que ilumine y transforme las zonas de nuestra vida que siguen conquistadas por el miedo o la resignación.

El signo más claro de que somos personas marcadas por el Espíritu es que siempre, siempre, esta dulce Huésped del ama nos alegra el corazón.

 

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