Nació en un refugio

Epifanía del Señor 

Por: Juan Velázquez.Zaragoza.Eq. Eucaristía 

«Nació hace apenas unos días, después de cuarenta semanas de nervios e ilusión, de sonrisas cruzadas y de caricias en la tripa que le refugiaba. No fue fácil; las circunstancias no ayudaban; pero cuando lo vimos abrir grandes los ojos, llorar con su gran boca abierta, mover sus bracitos con grandilocuencia, supimos que algo grande había pasado en nuestras vidas, en este sencillo rincón del mundo que compartimos. Y después vinieron las visitas, de muy lejos, inesperadas, con regalos y alabanzas, para compartir también la alegría que nos embargaba».

Nació con una estrella. Cuando un bebé nace, algo se ilumina en el mundo, con una luz perdurable, que se reconoce en los ojos de quienes, incluso ya antes de nacer, lo quieren, empezando por Dios, Padre y Madre, bueno. Una luz singular, irrepetible, leve pero intensa como la de una estrella entre muchas en un cielo de verano. Pero además, Jesús nació en Belén con una estrella que guiaba a otros hacia él: que servía y sirve de referencia para no perdernos en la oscuridad de la noche.

Nació en un refugio. Nació cuando, como dice el profeta, las tinieblas cubrían la tierra: las tierras que se creían seguras y de las que ahora hay que huir por miedo, como hacen tantas personas que, como antes María y José, hoy caminan por África, por Próximo Oriente, o por las fronteras de Occidente. Todas ellas siguen andando cargadas de maltratos, humillaciones y sufrimientos, pero también de ilusiones y sueños. Jesús nació como refugiado, en un humilde refugio, conociendo la oscuridad y la tiniebla para disiparlas con una luz nueva: resplandor, amanecer, aurora.

Nació entre alegría. Al encontrarlo, los Magos de Oriente –cuenta el Evangelio– se llenaron de inmensa alegría, y cuando lo vieron junto a su madre, lo único que pudieron hacer fue caer de rodillas y adorarlo, sin dar más explicaciones. Nació entre la alegría de quienes ven nacer la vida y, con ella, la esperanza, pero también de esos sabios que sabían que la Vida y la Esperanza a la que asistían era Promesa ya cumplida, de un mundo mejor para todos.

Nació como Mesías. En Belén, entre los brazos de María y de José, el Hijo de Dios nació como Mesías de los judíos, pero también como Promesa y Buena Nueva para todos: extranjeros, como esos magos tras la estrella; refugiados, como sus padres; gentiles, como decía san Pablo. Y nació para cada uno de nosotros, que acudimos a verlo con una sonrisa de alegría en los labios, porque sabemos que Alguien muy grande ha llegado a nuestras vidas

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