Retiro de Cuaresma 2019

Una cena muy especial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Iniciamos la Cuaresma, ese camino que recorremos cada año en dirección a la Pascua. Pero antes de llegar a la meta, está la cena. Una cena muy especial, la que llamamos “Última Cena”. Una de las principales características de la vida de Jesús fue sus encuentros de mesa y mantel con gente de todo tipo: ricos y pobres, pecadores y justos, recaudadores y contribuyentes, líderes religiosos y personas corrientes, fariseos y discípulos, mujeres y hombres…

Jesús dijo que el Reino de Dios es una gran mesa repleta de comida. Y no nos extraña esta comparación ya que la comida es para vivir, para reparar las fuerzas, para festejar la exquisitez de un alimento, de una amistad… para estar y sentirnos juntas y juntos. La “comida”, como el Reino, nos remite a la vida. Incluso en las tradiciones más antiguas de la Biblia, aparecen el alimento y la comida familiar asociados al encuentro con el Dios de Israel. También para Jesús, el alimento es un signo del encuentro con su Padre; porque siempre son el padre y la madre los primeros responsables en buscar el alimento de los hijos y de las hijas.

La Última Cena no es una más, una entre otras, sino precisamente la última, aquella que asume y ratifica el valor de todas las anteriores. Esta Cuaresma del año 2019 viene con una tarjeta de invitación personal para cada una y cada uno, una invitación a cenar; pero aparte de la peluquería, el vestido nuevo y los adornos complementarios, también es bueno prepararnos por dentro para asistir como dignas seguidoras de Jesús.

  1. La Pasión empezó con una fiesta (Mt 26,14-29)

Hace poco leí esta frase y me impactó: “La Pasión empezó con una fiesta”; es verdad. A veces se nos olvida que aquel grupo de personas se juntaron a cenar, a compartir un momento especial de amistad, de encuentro, de disfrute. Nos podemos imaginar las risas, las bromas de un lado a otro de la mesa, las conversaciones mezcladas. Eran los que habían compartido, de un modo más cercano, tres años de intemperie, de caminos, de aprendizaje, y seguro que traían un buen cargamento de anécdotas, historias y nombres.

Como ocurre en las grandes ocasiones, tenían un motivo, la fiesta de la Pascua. Jesús, lo vemos una y otra vez en los Evangelios, fue un hombre al que le gustaba celebrar la vida. “Amigo de comilones y bebedores” llegaron a llamarle. Alrededor de la mesa, comiendo y conversando con gentes de todo tipo, fue abriendo mentes y corazones, sanando heridas, acogiendo historias…

Es en esta cena donde Juan ubicará un largo discurso de Jesús sobre el amor y la amistad. Es aquí, en su gesto de partir y repartir el vino y el pan, relacionándolo con su propia persona, donde luego leerán la institución de una nueva alianza. Es bonito pensar en el papel que desempeña la Última Cena en nuestra memoria de la Pasión porque es un momento de júbilo, de gozo y de encuentro.

A veces, en nuestra vida nos falta la fiesta. Celebrar que no estamos solas. Que nos reconocemos hermanas y compañeras de camino a pesar de nuestras limitaciones y fragilidades. Celebrar que estamos vivas, gozando de muchísimas oportunidades que nos pasan desapercibidas y, sin embargo, para buena parte de la humanidad son casi inconcebibles. Celebrar el tener aseguradas las condiciones básicas para llevar una vida digna. La dicha de contar con muchos nombres y rostros que van formando parte de nuestro camino. El ser testigos de cómo la ciencia, la capacidad humana en todos sus aspectos, se desarrolla alcanzando cotas insospechadas. Celebrar la posibilidad de echar una mano. Que te la echen a ti. Aceptar la ayuda porque, juntas, se puede más…

Comienzo la Cuaresma tomando conciencia de todo lo que hay de fiesta en mi vida, de lo mucho que tengo para agradecer y celebrar.

  1. La Pasión empezó con una crisis (Mc 14,10-31)

No todo fue fiesta. La Última Cena marcó un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Uno de ellos ya le había vendido, otro le negará y la mayoría de los restantes se darán a la fuga. El grupo se deshace, los lazos de compañerismo se verán desgarrados. Enfrentados al hecho de la pasión y muerte de Jesucristo, no tenían futuro al que agarrarse. En el momento en que este frágil grupo se estaba desmoronando, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”.

Esta es la paradoja fundamental del cristianismo. Como cristianos, nos reunimos para recordar la historia de aquella Última Cena. Es nuestra historia fundacional y, sin embargo, es una historia que habla de un gran fracaso. Nos reunimos como comunidad en torno al altar y recordamos la noche en la que se deshizo la comunidad; cuando celebramos la Eucaristía, recordamos el momento en el que Jesús se vio enfrentado a la muerte y la deserción.

Pero Jesús asumió esta crisis y la volvió fecunda. La verdadera comunidad nació en medio de una gran crisis de esperanza, cuando el futuro desaparecía. Por eso, la Última Cena nos invita a no salir huyendo de las crisis, sino a acogerlas, enfrentarlas, confiando en que pueden dar sus frutos. Si salimos corriendo, el momento será estéril, al igual que si Jesús se hubiese escabullido por la puerta de atrás en lugar de afrontar aquella noche oscura de traición. Las crisis nos rejuvenecen.

Es difícil ponerse en el lugar de Jesús. Parece evidente que no fue fácil dar cara al conflicto, y que el choque final iba resultando cada vez más inevitable. Es legítimo suponer que Jesús tuvo miedo al imaginar lo que se le venía encima. ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo a equivocarse. Miedo a no ser lo bastante fuerte, coherente o capaz en según qué circunstancias. Miedo a no estar a la altura de lo que se espera de una. Al dolor. Al rechazo. Al fracaso. A la muerte… Es tan humano que seríamos unas imprudentes si no mirásemos la realidad con lucidez. Jesús también tendría miedo. Y tuvo que lidiar con él. La clave no está en no temer, sino en no dejar que el temor nos paralice.

Con sinceridad, pongo nombre a mis miedos de hoy y los comparto.

  1. La Pasión empezó abierta a la esperanza (Jn 18)

En la Última Cena se produce un enfrentamiento entre dos formas de poder. Está el poder de las autoridades políticas y religiosas que es un poder brutal y mudo; el poder de tomar a Jesucristo por la fuerza, de encerrarlo, de humillarlo y de matarlo; el poder de Pilatos, quien le dice a Jesús: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” (Jn 19,10). Pero la historia de Jesús, particularmente en el Evangelio de San Juan, trata de otra forma de poder; es el poder del signo y de la palabra.

En este Evangelio, Jesús realiza signos: convierte el agua en vino, abre los ojos a los ciegos, hace hablar a los mudos… Por ello, la Última Cena marca el enfrentamiento entre el poder de la fuerza bruta y el poder del signo. Está el poder de Pilatos por un lado, y el poder del hombre débil y vulnerable que toma el pan, lo parte y lo comparte ante la perspectiva de la muerte.

En la Última Cena, Jesús no se limitó a hacer cualquier signo. El suyo fue un acto creativo y transformador. Iba a ser entregado a manos de sus enemigos. Sería confiado por uno de los suyos al poder brutal del Imperio, pero no se limitó a aceptar esto pasivamente: lo transformó en un momento de gracia. Hizo de la traición un momento de entrega.

A través de este signo Jesús acoge la traición y la vuelve fructífera. Razón por la cual no hay nada en la historia de la humanidad, tanto negativo como positivo, que, de algún modo, en formas que no somos capaces de anticipar, no pueda ser acogido y dar su fruto. Nuestro Sacramento de Esperanza se celebra en un momento en el que no parecía haber ninguna esperanza. Toda Eucaristía es una celebración de nuestra confianza acerca de que en Cristo el sentido acabará triunfando de una forma que no somos capaces de adivinar.

Ahí está el reto que se nos plantea en esta Cuaresma a cada una de nosotras: vivir con esperanza en medio de nuestras propias circunstancias y las de nuestro mundo. Recordamos lo dicho ya en otras ocasiones: la esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. Es la convicción de que todo aquello por lo que vivimos, con sus alegrías y sus penas, sus logros y sus fracasos, revelará tener un sentido.

Junto al sentido, también tejemos esperanza para otras personas cuando ejercemos el poder que tenemos, sea mucho o poco, para servir. Cuando colocamos nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos, al servicio, especialmente, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Tejemos esperanza cuando nuestro poder es signo de servicio al prójimo, tratando de que su vida sea más plena. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así, seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado, pero sería un mundo mejor.

Qué está ocurriendo ahora en mi vida o en el mundo a lo que me cuesta encontrarle sentido.

  1. La Pasión empezó con un acto de libertad (Lc 22,1-34)

En la Última Cena, Jesús es la víctima inocente. Ha sido traicionado y en breve será entregado. Pero continúa eligiendo libremente. Sus opciones son muy limitadas, pero elige reunirse con sus discípulos para celebrar una última comida juntos en lugar de salir huyendo de Jerusalén. Elige cruzar el valle del Cedrón e ir al jardín de Getsemaní para enfrentarse con sus enemigos. No es una simple víctima.

“Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Esta no fue únicamente una acción solidaria que Jesucristo tenía la posibilidad de hacer o de no hacer. Los Evangelios ponen de relieve que todo lo que Jesús había venido haciendo anteriormente desemboca necesariamente en esto. Toda la libertad que Jesucristo había manifestado al perdonar los pecados, tocar a los leprosos, trascender la ley, todo ello culmina en este acto de absoluta libertad. Se trata de lo que Jesucristo debe hacer pero también de lo que hace más libremente.

Cuando pensamos en la libertad como elección, es en relación a algo que poseemos. Pero tenemos la posibilidad de identificar una libertad más profunda, que es la de ser lo que somos. Relata un prisionero en Auschwitz: “La libertad es algo que tú y yo consideramos que tenemos y si nos encierran, nos la quitan. Pero en los campos de concentración, la libertad consistía en lo que éramos, lo cual configuraba nuestras actitudes respecto de nuestra situación y de nuestro destino”.

En este mundo consumista solemos dar por supuesto que cuantas más opciones tengamos, más libres seremos. Si podemos elegir entre diez clases distintas de yogures, somos más libres que los que sólo tienen dos. Pero cuando hemos evolucionado en dirección a esa libertad más profunda, la realidad es exactamente lo contrario. No hay más que unas pocas opciones profundas y fundamentales a elegir; y tienen que ver con llegar a ser libres y felices en Dios. Además, la libertad jamás es meramente individual, como la del consumidor dudando en escoger entre distintos productos. La libertad es el espacio en el que florecemos juntas.

Y aquí aparece una consecuencia difícil: la renuncia. Es el reverso de toda decisión. Eliges un camino y rechazas otro. Se trata de apostar por algo a lo que das tanta importancia que lo antepones a todo lo demás. Jesús se ve en la encrucijada de elegir entre su seguridad y bienestar o mantener la coherencia con lo que ha hecho y dicho hasta el final. Sabe que si huye ahora, tendrá que seguir huyendo siempre. Si huye, salva su vida, pero a costa de dejar de ser quien es, de hablar en nombre de los pobres, los desesperados y los excluidos. A costa de dejar de hablar del Dios Abbá que vuelve del revés la Ley. Por lo tanto, opta por afrontar el juicio de los que no comprenden su Evangelio. Elige afirmar, contra viento y marea, la verdad del Dios que viene a revelar y su Buena Noticia. Aunque le cueste la vida.

Qué renuncias me han dejado huella.

  1. La Pasión empezó con un amor entregado (1Cor 11,23-26)

En la Última Cena, Jesucristo realiza el más libre de todos los actos habidos en la historia de la humanidad. Jesús da su propia vida: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Parece un acto casi temerario el ponerse en manos de sus discípulos, las mismas personas que le traicionarán, le negarán y se apartarán de él. Parece incluso la pérdida de toda libertad.

Jesús se entrega y corre el riesgo del rechazo. La Última Cena nos muestra con un realismo extremo los peligros de darnos a alguien. Esta cena no se trata de una cita romántica en un pequeño restaurante a la luz de las velas. La Última Cena es la historia del riesgo que supone el darnos a los demás. Esta es la razón de que Jesús muriera, porque amó.

La Pasión no es el itinerario ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

El amor entregado de Jesús lo llevará hasta la cruz y allí amará a quienes lo acompañan y a quienes lo ejecutan. Un amor que le impulsa a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. Un amor que le hace volverse al ser humano que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. Un amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos a tantos otros y otras que buscamos aliviar la soledad. Un amor que busca su fuente última en Dios y por eso llama, pregunta, grita, expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso sino pobre. Un amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.

Agradezco a Jesús su invitación a la cena y le presento todo lo que hay en mi vida de fiesta y júbilo, mis miedos, los ‘sin-sentidos’ que vivo, las renuncias… y le agradezco de corazón su amor gratuito y entregado por mí y por toda la humanidad…

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