Dejarse mirar

Fiesta de la Asunción de la Virgen, Ciclo B

Por: Marita Oliver. Vita et Pax – Pamplona

Las lecturas de hoy nos invitan a afinar los sentidos para que nos alcance la vida. Piden una apertura a su acción, tanto dentro de nosotras como a nuestro alrededor, y a lo que ello provoca en nuestro ser.

¡Escucha, hija, mira… él es tu Señor!. Estas palabras del salmo nos introducen en la festividad de hoy, en nuestro ser filial, en esa mirada de Dios que nos hace vernos como hijas y reconocerle como Señor.

En ella se reconoce María: “Se alegra mi espíritu en Dios porque ha mirado la humillación de su esclava”. María se sabe mirada por Dios, y al participar de esa mirada es capaz de verse y reconocerse desde Él, cantar su dicha: proclama mi alma, se alegra mi espíritu, me felicitarán… Y reconocer la acción del Otro: “su misericordia llega generación tras generación…, hace proezas…, dispersa a los soberbios, derriba a los poderosos, enaltece a los humildes…, auxilia”. También en nosotras suscita una narración.

La mirada de Dios le da la identidad de hija, le da la misión y el sentido de su existencia, marca un giro en su vida y, con ella, en la de los demás: “desde ahora…”. Dios siempre nos abre al futuro, en Él aprendemos a reubicarnos. Es la mirada que nos da la existencia, la conciencia del otro y de mí misma, la que nos reconoce en relación y nos permite aprender a mirar y mirarnos desde Él, a dejar que las cosas se recoloquen y nos muestren horizontes.

En este cántico María nos enseña a mirar la vida desde abajo para construirla, a tener una mirada liberadora que se compadece del sufrimiento ajeno, que reconoce la dignidad del otro, que descubre el valor vivificador de lo pequeño y oculto.

¡Escucha, hija, mira… él es tu Señor!. Tanto María como Isabel escuchan, sienten y reconocen la presencia de la otra y la acción de Dios en ellas. En la escucha aprendemos a descentrarnos, a hablar y callar a su tiempo, a bendecir y posibilitar la vida. Aprendemos a hacer de nuestros oídos lugar donde resuenen los sonidos de la vida y empujen nuestra acción.

María que en la escucha observó la necesidad de Isabel, nos habla de esos pies presurosos que no dudan en ponerse en camino, en atender la necesidad que se nos presenta en el escuchar y mirar, y en saber permanecer el tiempo necesario. Queremos que nuestros pies se hagan próximos y revelen al Dios con nosotros.

Este modo de disponernos ante las situaciones: mirar, escuchar, reconocer al otro en su identidad, nos proyecta y nos pone en marcha. Hoy tenemos muchas distracciones -y no solo tecnológicas-, que esconden la pregunta de qué y cómo escuchamos y miramos.

María en su experiencia de Dios rememora su misericordia. Queremos participar de esa memoria agradecida por la misericordia experimentada que nos hace exclamar ¡es el Señor!.

Quitando lepras por el camino

Por: Conchi Ruiz Rodríguez. Grupo Mujeres y Teología. Ciudad Real.

6º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Padecer lepra en tiempos de Jesús suponía vivir fuera de las fronteras; el leproso era una persona condenada a vivir apartada, marginada, no podía entrar en los pueblos y ciudades, cualquier contacto o acercamiento a los demás era impensable, era motivo de contagio, la gente huía al verlos, los evitaban… Era imposible su curación, estaban condenados a irse consumiendo poco a poco.

En la primera lectura de este domingo vemos cómo efectivamente a los leprosos se les trataba como personas impuras y debían vivir afuera del campamento. Sin embargo el Evangelio de Marcos nos dibuja una escena que nada tiene que ver con lo que antes hemos comentado.

En este caso el leproso se acerca a Jesús y le propone que lo cure. Se acerca a Jesús con humildad pero con atrevimiento. Él quiere salir de esa miseria, del dolor, de la exclusión, la humillación… Quiere volver a la vida y cree que Jesús puede sanarlo, es una salida a su pobre vida, tal vez la única salida. Deposita su confianza en el Señor, lo reconoce como hijo de Dios, como enviado, pues sólo Dios podía curar la lepra.

La respuesta de Jesús es rotunda; extiende la mano y lo toca, se atreve a tocar lo que hasta ahora era intocable, se estremece compadecido, conmovido ante tanta miseria y ante aquel deseo ardiente de curación; y responde sin titubeos: “quiero, queda limpio”. Responde desde la cercanía. Lo sana desde el contacto, quitando distancias y barreras. Es una respuesta transformadora, que rompe con toda la tradición del pueblo judío. Y le devuelve la vida, no sólo la salud física, también le devuelve la dignidad, el reconocimiento propio y ajeno. Es un claro testimonio de la opción preferencial de Jesús por los últimos.

A pesar de las recomendaciones que Jesús le hace (guardar silencio y presentarse al sacerdote para que verifique su curación) el leproso no hace caso, marcha feliz, contento y cuenta a todos y a todas lo que le ha pasado. Es imposible callar algo tan maravilloso y lo publica a los cuatro vientos. Es tan grande su gozo que no puede ocultar la alegría que siente, tiene que compartirla con los demás. Ha encontrado el tesoro del Reino, se siente salvado. Cuando Jesús entra a formar parte de su historia personal su vida se transforma, ya no es como antes.

El texto nos invita a tender puentes y derribar fronteras, a abrir puertas para que entren aquellos y aquellas que están afuera. Nos invita a ser sanadoras y sanadores desde la cercanía, la acogida incondicional, desde el diálogo… A devolver la vida y la dignidad de los que hoy están en los márgenes, acompañarlos.

También es una invitación a entablar ese diálogo personal con Jesús, a que Él forme parte de nuestras vidas, a reconocer nuestras lepras y dejarnos sanar por Él.

Epifanía para los nuevos tiempos

Por: Rosa María Belda Moreno. Grupo Mujeres y Teología. Ciudad Real.

Vimos su estrella en el Oriente”, así dice el Evangelio de Mateo que se presentaron los magos en Jerusalén. Es posible que preguntaran a unos cuantos paisanos antes que al Rey Herodes. La gente les miraría con extrañeza: unos extranjeros de diversas partes del mundo, vestidos raramente, y hablando lenguas desconocidas. ¡Cuánta desconfianza suscitarían!

La historia de la encarnación no tiene desperdicio. Primero fue María, una mujer del pueblo, que con su arriesgado “hágase” hizo posible el milagro. Después José que acompañó el parto, con confianza ciega y el corazón lleno de amor, si no, era poco posible. Después los más humildes, los pastores que andaban por aquella tierra. Sin saber mucho de números, ni de Palabra, se fueron sin más a verle nacer, a contemplar a ese Niño, a compartir lo que tenían. Por último llegaron los magos, los sabios que vienen a tierra extraña, esos que se sobresaltaron escrutando sus libros y en el cielo vislumbraron una nueva estrella. No les faltó valor para ponerse en camino. Este Dios, se encarna más allá de nuestros cálculos y previsiones, pero atravesándolas. Con todo lo humano, desde cada humano, convoca a la humanidad entera.

Miremos a los magos que vienen de Oriente. Todos los miran con recelo, y para colmo, el poderoso del lugar, Herodes, trata de utilizarlos para perpetuar su poder o por miedo a perderlo. Los magos, que están lejos de las guerras de poder, “vienen a adorarlo”. ¡Qué curiosa transformación! Los sabios científicos que han empeñado su vida en el estudio de la evidencia dejan entrar en su corazón un acontecimiento que les supera, y “al ver la estrella se llenan de alegría”.

Así somos muchos. Nos pasamos la vida leyendo, escrutando, estudiando, esforzados en ser científicamente correctos. Necesitamos la guía del conocimiento, la luz de la razón, la verdad avalada por los datos. Parece, que estos sabios han descubierto algo más importante. Hay un momento en que hay que ponerse en camino, confiando en lo que da el saber, pero no sólo con saber, sino abriendo el corazón y la voluntad. ¿No representará la estrella, la sed? “Sólo la sed nos alumbra” dice San Juan de la Cruz, y estos magos, seguro que tenían mucha sed.

En mi portal, también están los Reyes Magos, allí a lo lejos. Son muy viejos, ya les falta un trozo de pintura por aquí y otro por allá. Los pongo y los admiro un año tras otro. Estos personajes, que con cariño hemos imaginado desde niños, serían personas sedientas. De hecho en cada casa les dejamos un poco de bebida, para cuando pasan nocturnamente a regalarnos. Sí, la sed era la luz que les guiaba. Y resulta que Dios desbordante, siempre a la búsqueda del ser humano, ha decidido manifestarse, hacerse presente, darse a conocer, también a quien lo busca con sed.

 “La estrella se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”, sigue diciendo Mateo. Y resulta que no era lo esperado. Los regalos propios de los Reyes resultarían ridículos en un establo donde había paja y animales, o en una casa humilde, donde un niño empezaba ya a dar los primeros pasos. Este Niño Dios sigue pidiendo más apertura de corazón, que cuando crees que ya tienes la clave para alcanzarle, cuando te crees alguien importante en el tema de la fe, vuelve a pedirte que te descalces, que te vistas de humildad, y que simplemente le dejes ser. Estos magos, posiblemente, habían labrado en el camino la sabiduría del corazón, por eso vieron más allá de los hechos, cayeron a tierra y se postraron.

En esta fiesta de la Epifanía, Dios vuelve a manifestarse a la Humanidad, sin distinciones, así lo ha querido. Hoy este mundo convulso está anunciando una nueva era. Los fieles de la esperanza, creyentes en la bondad,  decimos que “todo será para bien”. ¿Hemos visto la estrella de Oriente? Este año lo recordaremos como el de la revolución de los pueblos árabes junto a la gran crisis del capitalismo. Quizá ambos acontecimientos tengan mucho que ver. Lo cierto es que el mundo está dando la vuelta, y hemos de estar atentos a leer los signos de los tiempos.

¿Dónde está agitando hoy su estrella este Dios sorprendente que tanto ama al ser humano? Dejemos que la pregunta nos rasgue el corazón y pongámonos en camino siguiendo el paso de los entrañables magos.

En camino hacia el amor misericordioso

Por: Teresa Miñana – Vita et Pax. Valencia

Voluntariado es término de reciente acuñación. Parece que tiene una connotación de generosidad, de tener la voluntad de salir al encuentro de las necesidades de los demás.

Cuando yo era joven no se estilaba su uso, los términos utilizados para expresar este concepto  eran servicio, asistencia, auxilio, militancia, etc…

Una vez jubilada, me encontré con todo el tiempo a mi favor y efectivamente este tiempo fue un favor para mí.  Estaba trabajando en Roma y regresé a Valencia, mi ciudad,  donde tengo muchos amigos con los cuales ya había trabajado anteriormente y casi con urgencia me pusieron en contacto con el presidente de la Fundación Novaterra. Esta Fundación no era desconocida para mí porque hace años estuve colaborando con lo que en aquel momento era la Asociación de lucha contra el paro.

Poco a poco, desde hace un año, me he ido introduciendo en esta tarea voluntaria. Voluntariamente me he dejado “pescar” por quienes gestionan esta Fundación y cada vez tengo más responsabilidades, dedico más tiempo y me siento más feliz.

¿Qué es y qué hace la Fundación Novaterra?

“Es una iniciativa civil de personas y entidades que lucha contra la pobreza y la exclusión social en nuestra sociedad, apoyando a las personas más desfavorecidas, por medio de su formación e inserción laboral para su promoción e integración plena en la sociedad”

En el momento social que vivimos, en el que el número de parados se cuenta por millones, trabajar a favor de los parados más desfavorecidos es una urgencia, una obligación, una exigencia. Contactar con familias en las que todos sus miembros están en paro, es tocar una realidad sangrante. Recibir a mujeres maltratadas, jóvenes que han superado el proceso de Proyecto Hombre, otros que acaban de experimentar la libertad y algunos inmigrantes, puedo decir que me conmueve, me hace salir de mi misma para acoger a estas personas, en su mayoría muy débiles y muy castigadas por la sociedad y que viven el peligro de ser reducidas a la exclusión.

Y lo que hago es un deber de restitución de las dignidades que han sido arrebatadas por la injusticia. Siento la obligación de estar ahí, al lado de estas personas: que nos hemos empeñado en excluir. Que no queremos ver, que queremos esconder porque nos molestan, porque apelan a nuestra dormida conciencia.

Y quiero aportar mi granito de arena para que emerjan y se puedan situar a la altura de su dignidad.  Deseo trabajar con entusiasmo y con pasión a pesar de que los resultados tardan en llegar.

Y aprendo sencillez, debilidad, inseguridad. Acojo miradas dubitativas.

Aprendo del entusiasmo de mis compañeros que ponen al servicio de este fin sus talentos, sus conocimientos, su capacidad emprendedora, su dedicación decidida. Su tiempo y sus vidas entregadas.

Y doy gracias a Dios por la vida que  encuentro en el desvalido, en el compañero entusiasmado por este trabajo, en los que acogen mi discurso explicativo de lo que es Novaterra, en los que se compadecen de los parados más desfavorecidos, en la creatividad de quienes emprenden con decisión pequeñas empresas que crean puestos de trabajo digno y justo.

Todo lo que expongo permite concluir que estoy feliz y agradecida por poder realizar este trabajo, por sentirme acogida y valorada por mis compañeros y porque cada vez me siento más libre para regalar mi tiempo y mi vida.  Porque estoy en camino hacia el amor misericordioso.

La Experiencia de Dios en la vida de cada día

Por:   Dina Martínez

Saludo y presentación

He aceptado esta invitación porque creo que los cristianos tendríamos que expresar y compartir lo que la Fe va aportado a nuestra vida para ir alcanzando ese grado de madurez humana y de realización personal que todos buscamos. No soy  teóloga, ni mística, tampoco una estudiosa de las Sagradas Escrituras. Lo que os voy a compartir hoy son las etapas de una vida sencilla, que se ha desarrollado, en su mayor parte, entre los empobrecidos de este mundo y que me ha permitido experimentar que es verdad esa frase del Evangelio de Mateo, 5,4 “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

No voy a dar una definición de lo que es la experiencia de Dios, pues no me considero competente para ello, pero sí me parece importante diferenciar el término “experiencia de Dios”, del de “religión”, pues con frecuencia los confundimos. Mientras la experiencia de Dios remite a liberación, amplitud, gozo, profundidad, unidad…, la religión histórica ha significado, de hecho, para muchas personas, sumisión, estrechez, miedo, ritualismo, división… y posiblemente sea éste uno de los factores que ha llevado a mucha gente a apartarse de todo lo religioso.

Hace bastantes años, nos visitó en Rwanda un equipo de TVE y en un rato de charla informal, un periodista, que se dice ateo, me preguntó con un tono un poco desafiante y curioso: ‘Dina, ¿qué te motivó a los 18 años a elegir este estilo de vida? Yo contesté espontáneamente y sin rodeos le dije: ‘Vicente, a los 18 años me enamoré de Dios’. Miré a los que me escuchaban y observé una sonrisa incrédula o tal vez un poco burlona y me dije: Dina, tal vez has desperdiciado la ocasión de dar una buena respuesta a estas gentes que no preguntan con frecuencia cuál es el fundamento de una consagración a Dios. De todos modos la respuesta estaba dada y seguimos charlando sobre ese asunto y sobre otros. Nunca le he preguntado a mi amigo si le convenció mi respuesta, pero sí que he pensado varias veces que fue tan profunda y tan verídica como espontánea.

Nací en una familia cristiana, como casi todas las españolas de mi época, pero mi familia nunca ha sido muy practicante. Yo pensaba hacer lo que hacían la mayoría de las jóvenes de mi edad y para no perder tiempo, a los 17 años ya tenía un amigo con el que pensaba compartir mi vida. Pero Dios se hizo el encontradizo y a los 18 años me enamoró y también, sin perder tiempo entré en el “Instituto Secular Vita et Pax” al que sigo perteneciendo. Así empezaba a recorrer un camino en el que se han entrelazado la búsqueda y los encuentros con Aquel que me había seducido.

En mis años jóvenes, la presencia Eucarística fue para mí el Lugar donde encontraba respuesta a mis aspiraciones profundas y triviales. Sí, Allí podía descargar mi corazón, dar rienda suelta a mis ilusiones y soñar, como sueñan todos los jóvenes al lado de alguien de quien se han enamorado. Dios, que es un gran pedagogo, quiso quedarse entre nosotros en la Eucaristía para hacerse más cercano y asequible al ser humano.

Otra etapa de mi juventud estuvo marcada por la búsqueda de sentido. Fue el tiempo en que cuestionaba todo, lo que dejaba y lo que seguía. Tiempo de duda, de oscuridad, de proyectos y de realizaciones. También en esta etapa, el silencio y la oración fueron el lugar de Encuentro, donde descargaba mis dudas, donde gritaba mis añoranzas y donde, de vez en cuando, vislumbraba un rayo de luz que me animaba a seguir participando en la tarea de construir el Reino.

Me marché a Rwanda en 1973.

Mis maletas iban bien repletas de cosas materiales y sobre todo llevaba mi juventud (24 años), un diploma recién estrenado y el deseo de responder a una llamada que me invitaba a trabajar con los más pobres. También me acompañaban mis sentimientos profundos: pena de separarme de mi familia y amigos y de alejarme de una sociedad que me ofrecía posibilidades materiales e intelectuales que, en ese momento, eran importantes para mí. En lo profundo de mi corazón había una renuncia y una entrega. La perspectiva de compartir y, menos aún la de recibir, no las vislumbraba. Tuvieron que pasar muchos años y vivir muchas experiencias positivas y negativas, para tomar conciencia de todo lo que me había enriquecido la convivencia con aquel pueblo. El pequeño título de enfermera se había enriquecido con una fuerte experiencia profesional y humana. Los amigos que temí perder se habían  multiplicado y extendido por todo el mundo y los lazos familiares se habían fortalecido. Cuando tomé conciencia de esta realidad, pensé en esa frase fuerte del Evangelio que había oído muchas veces sin comprender su significado: “Quien  quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25; Mc 8, 35) Desde ese momento esas palabras cobraban un significado profundo para mí, pues ya no eran una teoría sino una experiencia de vida.

Pienso que todos hemos vivido momentos en los que hemos tenido que elegir y hemos dejado algo que nos gustaba para hacer otra cosa. Lo importante es ser conscientes de lo que vivimos, sin anclarnos en las lamentaciones que nos impiden justamente descubrir lo positivo que nos  ha aportado esa opción.

Viví años muy hermosos en Rwanda hasta 1990 que comenzó la guerra. Recuerdo un sentimiento que me invadía con frecuencia y que lo compartía con mi familia y amigos; les decía: tengo la impresión de crecer con este pueblo.

A partir de los años 90 la situación del país se fue deteriorando hasta llegar  al caos total en el 94 con el genocidio del que, sin duda, todos y todas habéis oído hablar. Este periodo marcó de un tono sobrio la etapa de mi edad madura. Fueron años de violencia, de sufrimiento, de pérdidas humanas, de dudas, de miedo. Pero puedo decir que fueron los años en que más he sentido la presencia de Dios en mi vida. Momentos fuertes de consuelo y de ternura que hicieron posible el continuar, aún cuando todo me invitaba a hacer marcha atrás.

Fueron también momentos de intuiciones profundas que me han ayudado a conocer más lo mejor y lo peor del ser humano. Recuerdo los meses que pasé en España desde que nos repatriaron, en abril de 1994, hasta diciembre que pude volver a Rwanda. Yo me debatía con la idea de haber abandonado aquel pueblo que tanto creía querer. El día del Buen Pastor, en la Eucaristía, al escuchar el Evangelio de Jn 10,11: “Yo soy el buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas…”, entendí que sólo Dios es el Buen Pastor y todos los demás, por mucho que nos creamos, estamos en proceso. Bendita confidencia que ‘me puso en mi lugar’ y sosegó mi corazón. Sí, sólo Dios es Dios y Él nos lo va diciendo al oído mientras lo buscamos y cuando lo escuchamos, le conocemos un poco más a Él y a nosotros.

 “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” Jn 6, 55-56.

He necesitado años de contacto con la Eucaristía y superar muchas modas ideológicas para intuir un poco lo que estos versos del Evangelio nos pueden decir. La Eucaristía opera en nosotros algo tan sencillo y tan vital como lo que hace la comida en nuestro organismo. Si sólo nos alimentáramos de banquetes, nuestros cuerpos no se habrían desarrollado armónicamente y nuestras funciones vitales estarían desordenadas. La Eucaristía nos hace, a pesar de nuestra rutina y de nuestras incoherencias. Pero sería inconsciente por nuestra parte no pararnos nunca a saborear y a disfrutar ese manjar aunque también aquí, la iniciativa siempre viene de Dios.

En los años posteriores a la guerra, el pueblo ruandés estaba sumido en el sufrimiento y en la miseria más extrema, y me gustaba contemplar esos hombres, mujeres, jóvenes y niños que llenaban las iglesias para celebrar la Eucaristía. En mis años jóvenes habría tenido una mirada más crítica de esas asambleas, calificándolas de masivas e incluso folklóricas. Pero la experiencia vivida me llevó a mirar a esas gentes con un profundo respeto porque intuía que buscaban en la asamblea Eucarística el lugar donde no eran juzgados, donde eran reconocidos como personas, donde se sentían amados y donde recibían fuerzas para seguir viviendo.

También me impresionaba ver a algunas enfermeras del centro donde trabajaba, después de una larga mañana de servicio a los enfermos, en la hora escasa que teníamos para comer, retirarse a la capilla a rezar y salir sonrientes y pacificadas, dispuestas a seguir curando, consolando y haciendo realidad lo que nos dice Jesús en Mt. 4, 3-4: “No sólo de pan vive el ser humano…”. Esto, que puede parecer heroico o incluso extravagante en algunos ambientes de nuestro mundo rico, yo he tenido el privilegio de disfrutarlo cada día entre los pobres.

Otro texto del Evangelio que ha cobrado para mí una luz especial, el es relato de la multiplicación de los panes y los peces: Jn 6, 1- 15. Este episodio que tanto nos cuesta entender y más todavía creer yo sé, por experiencia, que es una realidad cotidiana que permite que la vida sea posible para muchos habitantes de los países empobrecidos.

Durante los 35 años que he trabajado en Rwanda, siempre hemos dependido de las ayudas de la gente para llevar a cabo el trabajo del Centro de Salud. La colaboración con los grandes organismos y con las ONGs con frecuencia era problemática pues teníamos la impresión que las ayudas estaban condicionadas a sus intereses, más que a dar una respuesta adecuada a la gente del país. Esto hacía que muchas veces no aceptáramos las ayudas para sentirnos más libres en nuestro trabajo y corríamos la aventura de comenzar el curso con un tercio del presupuesto que necesitábamos para llevar a cabo todas las actividades. Nunca nos faltó dinero para hacer lo que teníamos que hacer. Con la contribución de la gente sencilla que se beneficiaba de los servicios del centro y con las ayudas que recibíamos de nuestros amigos (los que confiaban en nosotras), siempre pudimos realizar las actividades previstas. Cuando esto lo vives durante muchos años llegas a la conclusión de que lo que compartimos y gestionamos para las causas nobles se multiplica.

Esta realidad también la vivimos en nuestra sociedad actual, siempre la hemos vivido, pero en estos últimos años aumenta el número de pobres y cada día son más los que sobreviven gracias a la solidaridad de los que se deciden a compartir lo que tienen y lo que son. Me gusta ver a tantos voluntarios en los diferentes servicios sociales, privados y públicos, ofreciendo su tiempo y sus capacidades para enseñar, para ofrecer espacios de acogida, para hacer compañía a los que están solos… Creo que este es un signo de vitalidad de algunos núcleos de  nuestra sociedad que no se han dejado invadir por el virus del capitalismo y de la superficialidad.

Desde hace cuatro años, vivo una nueva etapa de mi vida que estoy convencida de que será apasionante como las anteriores o tal vez más, pues la experiencia me dice que la página siguiente siempre es más interesante.

Voy conociendo la sociedad española que es bien diferente de la que dejé en 1973. Me alegra ver todos los logros económicos y sociales que se han conseguido y constatar como ha mejorado la vida de los españoles en estos últimos 40 años. Encuentro espacios de humanidad donde se respira respeto, fraternidad, responsabilidad, honradez y otros muchos valores que hacen que la vida sea hermosa. Pero desgraciadamente también descubro grandes superficies áridas, castigadas por la superficialidad y por la escasez de valores. Esto me llama mucho la atención porque creo que es, entre otras causas, fruto de la abundancia de recursos mal empleados.

En este mundo, en el que hoy he decidido vivir, sigo buscando a Dios y dejándome encontrar por El, pues ahora sé que es El, el que da sentido a mi vida.

¿Quién va haciendo en su vida esta experiencia de Dios?

Quien la desea consciente o inconscientemente. Aquellos y aquellas que escuchan su interior y que son fieles a sus deseos profundos: de amor, de justicia, de fraternidad, de plenitud, de humanidad…  Dios nos habla en nuestro interior y necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escucharle.

Este es un gran reto en esta sociedad del consumo y del entretenimiento. Nuestras necesidades nos las descubre la propaganda e inmediatamente nos ofrece una solución para satisfacerlas: la salud, la belleza, la moda, la vida social…

¿Qué nos va aportando la experiencia de Dios?

  • Humanidad. A  medida que experimentamos esa experiencia de  Dios en nuestras vidas constatamos que nos hacemos más humanos, más sensibles a los problemas de los demás, más cercanos a los que sufren, más tolerantes, más fraternos…
  • Gratitud y sencillez. La experiencia de Dios no es una conquista, es un regalo. No es algo que nos hemos ganado y que nos podemos apropiar, es lo que experimentamos y disfrutamos gratuitamente en la vida concreta.
  • Confianza. Alguien que va experimentando a Dios en su vida va creciendo en confianza que no es lo mismo que seguridad. La imagen que me viene a la mente es la del niño pequeño ante su madre: él no tiene seguridad, no le hace falta, pero no tiene miedo porque sabe que su madre le dará lo que necesite y confía en ella.
  • Libertad. La historia está llena de hombres y mujeres que nos han dejado el ejemplo de la libertad que da la experiencia de Dios. Jesús, el hombre libre por excelencia, libre frente al poder político y religioso de su tiempo y también frente a su propia naturaleza. “Padre, si es posible que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.Yo, en mi pequeña historia personal, he tenido la oportunidad de experimentar la libertad que nos da defender causas justas, Jn 8, 32 “Y la verdad os hará libres”;  y en Mc 13, 11“Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de que vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablareis sino el Espíritu de Dios que habita en vosotros”,  Estos textos del Evangelio son hoy para mí una experiencia profunda que forma parte de mi vida.

Sí, hoy le daría la misma respuesta a Vicente: hice esta opción a los 18 años porque Dios me enamoró y, caminando con El y con los hombres y mujeres que se cruzan en mi vida, ese amor sigue creciendo. Cuando miro el camino recorrido veo que su presencia lo hace luminoso. Cuando miro el presente, a pesar de su sombrío telón de fondo, no me asusta pues sé que El sigue caminando con nosotros. 

El Casal de la Pau

Por: Marina, Emi y Tere VP – Valencia

El Casal de la Paz es una ONG sin ánimo de lucro dedicada a la rehabilitación y reinserción de personas ex-reclusas y reclusas que proceden de Centros penitenciarios. En el Casal reciben alojamiento y acompañamiento temporal según su situación. La mayoría padecen enfermedades, algunas terminales. También acoge a los que tienen permiso de salida, libertad condicional, provisional o definitiva y se ven rechazados de sus familias.

El ambiente en el Casal es como el de una familia numerosa, muy variado, pues hay de todas las razas, edades, religión… Todos se respetan. En cuanto llegan reflejan tristeza, desconfianza, pero poco a poco, cada día, se va apreciando el cambio y descubrimos que sí, que saben sonreír, pero para ello deben percibir el cariño, que alguien les quiere. Es que la alimentación, el cariño, la higiene, la medicación… hacen milagros. Al llegar a este punto ya es más fácil ayudarles a recuperar la confianza en sí mismos.

Ahí se ve el resultado de la labor del personal empleado y del voluntariado. El trabajo de voluntariado es precioso: acompañar, siempre acompañar, tanto al médico como a alguna excursión, como a poner al día su documentación. También celebramos los cumpleaños con una merienda. Con mucho respeto a su pasado, no preguntamos. Escuchar, escuchar cuando ellos necesitan compartir.

También es importante el acompañamiento cuando están en la fase terminal para que no se sientan solos. Hacemos turnos entre voluntarios, residentes y personal para que en los últimos momentos se sientan queridos y acompañados por alguien.

Ahí, en esta tarea de voluntariado aportamos nuestro granito de arena tres personas de Vita et Pax: Marina, Emy y Tere. Estamos muy contentas y tenemos anécdotas y muchas vivencias para compartir… pero otro día más.

Casal de la Pau

Necesidades de la gente

Por: José Antonio Pagola

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.

31 de julio de 2011
18 Tiempo ordinario (A)
Mateo 14,13-21

 

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