Retiro de Adviento 2017

Caminamos a la luz de una estrella 

Mt 2,1-12

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Buscar, buscar, buscar… Tal parece ser la continua tarea y la vocación del ser humano. Pero la búsqueda no puede ser un fin en sí misma. Es tan sólo un proceso. El objeto final de la búsqueda orienta los pasos de quien busca. Cada persona se define por lo que busca y por el modo como lo hace. Nos cuenta Mateo que unos Magos de oriente andaban buscando al Rey de los judíos cuyo nacimiento les había sido señalado por una estrella. Los Magos no sólo representan otros pueblos y culturas, sino nuestra propia búsqueda. Y no caminamos solas. A la luz de la estrella caen las barreras que nos separan. Se puede ser negra o blanca, española o congolesa, se puede ser gitana o catalana, hombre o mujer, de derechas o de izquierdas… Lo importante es que todas somos “humanas”.

  1. El inicio del viaje

Se presentaron “unos Magos de oriente”, escribe Mateo. Significa que los Magos le dan la espalda a Oriente, es decir, al sol que nace, para ir adonde Jesús. Caminar hacia el sol que sale evoca crecimiento, luz. Los Magos toman la dirección opuesta, van hacia occidente, hacia el ocaso, hacia lo que disminuye. Reúnen fuerzas y emprenden el viaje, sin demasiados cálculos. Partir se ha convertido en una necesidad más que en una decisión. Les llama algo irresistible, una atracción fuerte les seduce. Y se fían.

Buscan y se ponen en marcha. Se dejan guiar por el misterio. Van de espaldas al sol y en tinieblas. La noche es para muchos, tiempo de cesación del trabajo y descanso, para otros, tiempo de desconsuelo y desorientación. Nuestros Magos caminan  a la luz de una estrella. Las estrellas solo salen en la noche y hace falta mucha oscuridad para que podamos verlas. Quien se orienta por la luz de una estrella tiene que aprender a caminar sin luz, con la tenue claridad de estos puntos luminosos.

En este inicio del Adviento también nos ponemos en camino. En una sociedad como la nuestra, ¿cuáles son las estrellas que nos indican la presencia de Dios en medio de la humanidad? ¿Soy yo estrella para otras personas?

Emprendemos el camino de los Magos. Y lo hacemos con su misma inquebrantable confianza en un signo minúsculo, tanto más luminoso cuanto más oscura es la noche. Seguir la estrella significa salir de casa sin rumbo propio, arriesgarse a llegar adonde no esperamos: a Belén, un lugar en la periferia del mundo, donde nace el Hijo de Dios, al margen de todo poder y reconocimiento. Nos conviene contemplar su viaje antes incluso de que comience; analizarlo en su inicio incierto, para seguirlo hasta el final, por ese “otro camino”, también desconocido. No podemos confundirnos de estrella ni dejar que nos cieguen otras luces y perdernos la ruta que lleva hasta el Dios de la estrella de Belén.

  1. Durante el viaje

Los Magos recorren un largo camino para ver y adorar al Señor. Un camino que solo podemos imaginar, Mateo ni siquiera lo intenta describir. En un momento, el cansancio de la búsqueda y la desorientación es fuerte. Los Magos preguntan, escuchan; más que buscar signos, son capaces de aceptarlos, y los encuentran porque caminan. Superan el miedo de cambiar de ruta, o de perderla, o de encontrar obstáculos; incluso corren el riesgo de dejarse engañar por falsas indicaciones…

Este camino no es en línea recta, hay riesgo e inseguridad; hay decepciones, hay preguntas e interrogantes planteados a las personas equivocadas. Los pocos e inseguros signos se interpretan con dificultad… Al final llegan, porque el deseo de encontrar a Jesús es más fuerte que su propio cansancio.

Contemplamos el mundo con sus caravanas de personas en continuo movimiento: refugiados, emigrantes, desplazados… Pensamos en todos esos Magos actuales que hoy en día emprenden larguísimos viajes, con frecuencia sin más tesoro que sus esperanzas, sus miedos o su gran deseo de vivir; viajes que, frecuentemente, son más huida que peregrinación.

Tomo conciencia de mi resistencia o excusas a acogerlos, a interesarme por ellos… Rezamos por una humanidad solidaria y acogedora.

La venida de Jesús provoca, desde el inicio, el rechazo de los suyos y la aceptación de los alejados y extranjeros. Su presencia suscita un sobresalto en toda Jerusalén. Herodes se “sobresalta”. La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma “rey de los judíos”. Hay que acabar con el recién nacido. La política de Herodes fue deshacerse de sus oponentes ante la menor sospecha de confrontación o rebeldía. Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan de corazón lo encontrarán. Por su parte, los Magos prosiguen su larga búsqueda.

Reflexionamos y ponemos nombre a los “Herodes” de hoy.

No fue fácil para estos buscadores. A veces la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre, otras brilla llenándolos de alegría. Es imposible no reconocernos en este viaje nocturno, en su movimiento en medio de las tinieblas.  Así es la vida, tanto la suya como la nuestra: un viaje donde no hay nada seguro. Solo la espera de Dios permanece cierta, su voluntad inquebrantable de recibirnos al final de nuestro agitado vagar. Y es bueno que sea así. Esta es nuestra fe.

En el camino de los Magos hay un momento de gran emoción. Mateo lo describe de este modo: “Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría”. Todavía no ha terminado el viaje, y aún es de noche; queda mucho camino, sufrimiento… pero la estrella aparece y todo se vuelve más sencillo, todo adquiere otro color.

Encomiendo a Dios mis compañeras y compañeros de camino, con sus nombres, y rezo por ellas. Trato de recordar algún momento de alegría o de tensión que hayamos tenido. Doy gracias por su cariño y su presencia, por los momentos en los que aparecen en mi camino como luz de una estrella.

  1. El fin del viaje

Los Magos que seguían la pequeña luz de la estrella se encuentran con la Luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos” (Is 9,1). El viaje llega a su término. Y es un final lleno de asombro, imprevisible. La estrella los conduce hasta un establo, los mueve a mirar hacia el suelo y no hacia el cielo, hacia un pesebre y no hacia un trono. En la noche, en el silencio, superando toda expectativa, Jesús vino no como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos. In-fans, significa “el que no habla”. La Palabra enmudece.

El cumplimiento de la promesa se traslada de Jerusalén, la ciudad santa, escogida por Dios para habitar en ella, a la pequeña y desconocida Belén. El rey debe nacer en los palacios, ser esperado por todo el pueblo y ofrecerle el debido homenaje. Jesús nace a las afueras, sin que lo esperen, sólo lo visitan los “extraños”: pastores, personas marginadas, y los Magos de oriente, que no pertenecen al pueblo elegido. De nuevo nos movemos entre lo extraño y paradójico. María, José y los pobres de Yahveh supieron ver estos signos proféticos que poderosos y sabios según lo humano despreciaron e ignoraron.

Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden percibirlo. Sólo las miradas y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán, y la Paz del corazón será su recompensa. Una Paz que, desde ellos, desbordará. En Belén somos pacificadas de nuestras ansias de hacer más y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener y brotará en nosotras un deseo hondo de ser, de ser aquello que somos ya, reflejado en el rostro sincero de aquel Niño.

Pero como los Magos, también nosotras nos dirigimos primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a los “Herodes” contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí se anula la Vida, esa Vida de Dios que quiere crecer en nosotras. Es más, sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron los cofres de los magos, descubrimos asombradas que no hay nada que no sea su epifanía.

¿Soy capaz de encontrar a Dios allí donde no lo espero: en las personas y lugares que no me parecen recomendables?

Mateo no nos proporciona una información detallada, pero cuando leemos el texto, descubrimos que los Magos primero ven a Jesús y lo adoran y, después, abren sus cofres con los presentes. Ante todo, se dejan conquistar por el Niño, por su presencia, su luz… Primero hay que “caer en tierra”, postrarse en silenciosa adoración. En el centro está Jesús, no ellos ni sus regalos. Esta actitud nos consuela, conscientes de lo poco que tenemos para ofrecerle en el cofre de nuestra vida. Pero, aunque nuestro cofre esté vacío, siempre podemos adorarlo y contemplarlo, y esto es suficiente para Él. No por sabido hay que dejar de repetirlo: Él no quiere cosas, nos quiere a nosotras.

Cuando adoramos desde el fondo, se nos convierte el corazón, nos transfiguramos de dentro afuera, se nos refresca la mirada. Pero podríamos pensar que, en este mundo nuestro de exclusión, de crisis y desempleo creciente, la adoración es un lujo. Pareciera más práctico y mejor emplear el tiempo acogiendo, sanando, educando… es decir, incluyendo a todos en la fraternidad universal a la que nos llama Jesús. Y es verdad. Sin embargo, no son incompatibles ambas acciones, al contrario. No perdemos tiempo cuando adoramos porque, precisamente, aprendemos a adorar para no excluir. Sólo desde una práctica asidua y constante de adoración silenciosa y paciente del Misterio de Dios encarnado nos preparamos para no excluir a nadie, ni del corazón ni de nuestra casa. Porque al adorar aprendemos a dejarnos ensanchar el espacio de nuestra intimidad por el único Señor que tan plenamente mora en nosotras.

Adorar es ir sacando a la luz el Amor que nos habita, que siempre nos descoloca, nos descentra, dando entrada al Otro y a las otras y los otros en nuestro propio espacio. Y entonces el ensanchamiento se produce porque se nos cuelan los demás dentro: sus vidas, sus sufrimientos, sus amores… y les dejamos pasar en el encuentro misterioso con el Señor de la Vida.

¿Ante quién o qué me “arrodillo” yo?

¿Qué estoy dispuesta a ofrecerle a ese Dios pequeño en este momento de mi vida?

  1. El regreso a casa

El viaje de los Magos acaba con el regreso a casa por otro camino. También nuestro viaje. Querríamos movernos siempre seguras, por senderos conocidos, con indicaciones claras, pero la vida no nos lo permite y nos pone siempre ante la necesidad de cambiar de rumbo, de encontrar nuevas soluciones, de afrontar nuevos riesgos… El viaje de regreso de los Magos interpela nuestra capacidad de cambiar, de no instalarnos, de buscar diferentes caminos cuando los viejos han quedado cortados.

Como los tres Magos, volvemos a casa por otro camino y puede que lleguemos al piso de una familia inmigrante a la que han cortado la luz, o al médico con esa persona que lo necesita, o al albergue de transeúntes, o a visitar en la prisión…

Cuántas veces naciendo Dios entre nosotras no lo acogemos porque no nos atrevemos a dejar de lado todo aquello que nos impide reconocerlo. Los Magos nos invitan a lanzarnos en su búsqueda, en lo más humilde, en lo más pequeño, débil y olvidado de este mundo: en los pesebres del siglo XXI. Sólo por ese camino de la estrella de Belén nos encontraremos con el Misterio de la presencia amorosa de Dios. Y al igual que ellos, no podemos regresar por el mismo camino. Su presencia transforma nuestra vida. Cuando se hace carne en nosotras no podremos más que anunciarlo con gozo al mundo, dando testimonio de Él con nuestra propia vida, convirtiéndonos en verdaderas adoradoras suyas.

Y vendrá un profeta soberano…

Por: D. Cornelio Urtasun

Qué emoción para mi alma el encontrarse en la puerta de entrada del nuevo Año Litúrgico, con su Liturgia pletórica de ilusión, de optimismo y alegría. Yo no sé qué virtud mágica tiene esta Liturgia del Adviento que cada año que pasa me parece más bella, más nueva, más soberana, más divina, más para mi alma, hambrienta, sedienta del que es mi VIDA.

Ha terminado el Año Litúrgico y por más que muchos hemos correspondido tan mal, la Liturgia del Adviento no dice una palabra más alta que otra: … a buscar el remedio de nuestros males, el agua para nuestra sed, la medicina para la enfermedad, la VIDA para nuestra vida: ¡¡J e s u c r i s t o!! La Iglesia, a través del Año Litúrgico, llena de inagotable paciencia y comprensión, sale a nuestro encuentro para decirnos que lo que no se ha hecho en el año anterior se puede hacer en este, que dando de lado al pesimismo y al desaliento es hora de despertar del sueño y es cosa de “forrarse” de Jesucristo.

No hay género de dudas: viene el Señor. Vuelve a venir. ¡Cómo es posible que un corazón enamorado no enloquezca de entusiasmo al sentir los primeros pasos rumorosos del Amado que vuelve en plan de “compadecerse de los pobres, de hacer nacer la justicia y la abundancia de la Paz”!

¡Cómo no vamos a alegrarnos nosotros! Si sabemos que esa venida es ni más ni menos que “para visitarnos en la paz”; para mirarnos con compasión y hacernos crecer en santidad; para multiplicarnos y establecer con nosotros la alianza” que un día se consumará en las Bodas eternas.

¡Alegrémonos! ¡Alegrémonos y miremos con redoblada ilusión, con más ilusionada esperanza a esta nueva venida del Señor en la Navidad que se acerca!

VENDRA EL GRAN PROFETA Y ÉL MISMO RENOVARÁ A JERUSALEN ALELUYA.

¡Oh Profeta soberano, Jesús Rey nuestro, ven! Tú has visto lo mal, lo horrorosamente mal que nos ha ido lejos de Ti, haciéndote poco caso. Por eso ahora te buscamos con más ahínco, con más fervor, con más confianza porque sabemos que en Ti está nuestro remedio y sabemos que vienes de nuevo en la Navidad.

¡Ven, Profeta soberano, Señor Jesús y ven a renovar la Jerusalén de nuestras almas! Quita de ellas todo lo que sobra y pon tanto y tanto como falta. Límpianos de nuestros egoísmos, de nuestras envidias, de nuestras medias tintas y dadnos, Señor, danos temple para el sacrificio, amor a la pobreza, al vivir escondidos contigo en el seno del Padre, sin reparar demasiado en lo que pasa en este valle de lagrimas.

Viene el Señor con paso decidido.

¿Llegará hasta tu alma, hasta la mía? ¿Nacerá en nosotros, en ti y en mí, ese Jesús, por cuyos ojos suspira la tierra entera?

Tú y yo tenemos la palabra. De nosotros, entiéndeme bien: de ti y de mí, depende el que venga, y el que venga a todo plan, o con planes muy raquíticos: “El Señor vendrá a nuestra alma únicamente en la medida que lo deseemos” (P. Baur).

 

Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz

Domingo 2º de Adviento, Ciclo A

Por: Rosamary González. Vita et Pax. Tafalla (Navarra)

En este 2º domingo de Adviento nos llega la Palabra a través del profeta Isaías con un mensaje de esperanza; describe una imagen tan idílica que nos da una sacudida interior si la comparamos con la realidad que vivimos cada día: países en guerra, desastres naturales en los que mueren miles de personas, familias con varios miembros de ellas desaparecidos y en la más absoluta pobreza. Millones de personas en paro viviendo precariamente de las pequeñas ayudas que reciben y obligados a acudir a comedores sociales si quieren sobrevivir; numerosos ancianos que están solos y desatendidos; y otras muchas situaciones que todas y todos conocemos y nos angustian al ver tanto sufrimiento.

Entonces, ¿cómo entender esta lectura?, ¿nos puede dar pistas para vivir con esperanza este tiempo de adviento?. Lo primero que se me ocurre es que el anuncio del profeta Isaías  no se corresponde con nuestras conductas cuando decimos que poco podemos hacer para cambiar estas situaciones; cuando no las miramos de frente dejándonos  guiar por nuestros miedos, nuestras egoísmos, nuestra falta de cuidado por la naturaleza, nuestros deseos de venganza, nuestro rechazo y desconfianza a lo diferente, nuestro afán de poseer a costa de lo que sea.

Isaías nos anuncia la llegada del Reino, ve a Cristo, el Salvador: “brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz”. ¡Cuántas veces hemos contemplado esos pequeños brotes enraizados en árboles viejos, casi secos, pero que renacen de nuevo y nos anuncian una nueva vida!, y esta vida de Jesús estará habitada por el espíritu del Señor: ”espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor”.

También en el mundo en el que vivimos hay muchos hombres y mujeres que, sin apenas hacer ruido, van creando fraternidad, trabajan por la paz como fruto de la justicia, aman y cuidan a la madre tierra, y nos ayudan a entender cómo podemos hacer presente ese Reino HOY y a eso  nos invitan las lecturas: A la conversión, como nos apremia Juan el Bautista, porque sin la conversión y sus frutos no podemos preparar el camino del Señor.

Hoy es una llamada especial a construir el Reino desde nuestra raíz, que no es otra que Cristo Jesús. Si nos dejamos habitar por su espíritu y estamos inmersas en la realidad cotidiana dejándonos afectar por lo que ocurre a nuestro alrededor, nuestra vida irá cambiando en pequeños gestos de solidaridad, de sencillez, de acogida, de construir la paz, de búsqueda de la justicia, de comprensión… Un largo camino por recorrer si de verdad queremos que “el Reino venga”.

Alegría y gozo en la espera

Domingo 1º de Adviento. Ciclo A.

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real.

Recuerdo la niña que fui, el gozo de esperar que llegara, los días antes, el gusto por saber que pronto era Navidad. Siento nostalgia de esos sentimientos de niña. ¿Cuánto experimentamos hoy la alegría y el gozo en la espera? Vamos deprisa, deprisa, robando tiempo al tiempo, y cuando nos damos cuenta, llenos de trabajos y de azares, casi sin saberlo, sin presentirlo y sin gustarlo, llega Él.

De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas”

En la lectura de Isaías 2, 1-5, se nos anuncia un tiempo nuevo, en el que todo cambiará. Hoy oímos este mensaje y no sé cuánto nos penetra. Sí, vendrá otro tiempo nuevo, y lo imposible se hará posible. Hay demasiado sinsentido. Violencia, guerra, pobreza, exclusión, vacío, enfermedad, desgracias. El mundo está roto, sangrando, y parece casi ingenuo pensar que cambiará. Sin embargo, somos partícipes de una promesa. Cuando pienso en lo grande de nuestra fe, en ese Dios Padre-Madre que nos toma en la palma de su mano, no puedo dejar de sentir un cierto cosquilleo. Siento el deseo de recuperar la ilusión primera, de apostar por creer con un corazón nuevo, más preparado y sereno, más acogedor y sincero, más atento y despejado para las cosas de Dios, para el Misterio de su Ser-Con-Nosotros.

La noche está avanzada, el día se echa encima”

Pablo, en Romanos 13, 11-14a invita a despertarnos del sueño, a conducirnos con dignidad, a dejar las actividades de las tinieblas. Y es que, la oscuridad ya se ha cobrado muchas víctimas. Son todos los desposeídos de esta Tierra, expoliados por los sistemas injustos de los que todos somos partícipes. También hay noche en cada cual, la oscuridad de nuestro corazón, que tiene sus recovecos en los que escondemos miserias de todos los colores. ¡Qué bonita llamada la de Pablo!: “Vestíos del Señor Jesucristo”. ¿Podremos algún día, comprender un poco más lo que esto significa? Para mí es dejar que sea Él quien me haga, quien encienda mi luz de dentro a fuera.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”

El Evangelio de Mateo (24, 37-44), se escribe en un contexto de persecución en el que toca utilizar este lenguaje. En nuestro aquí y ahora, conecta para mí con esa llamada a pararme y contemplar lo que viene. Degustar que está ya cerca el día en que celebramos que Dios se hace de carne, se mezcla con lo humano hasta sufrir lo mismo que tú, que yo. Habitará entre los pobres, entre los excluidos. Estará al lado de los que lloran, de los enfermos, de los que son perseguidos. Hasta de la muerte nos rescatará. Ese Dios nuestro, va a venir. Está ya cerca.

Tal vez somos ya adultos serios y responsables, ocupados y preocupados por tantas cosas. Tal vez tengamos la tentación de vivir como uno más este Adviento. Tal vez ni siquiera nos damos cuenta de que comienza ya. Sin embargo, también es posible que oigamos la fuerza de la Palabra, y nos dejemos acaparar por ella, que conectando con lo profundo recuperemos las ilusiones primeras, transformadas por la consciencia pero originales en su frescura y luminosidad. Porque es este un tiempo de alegría y gozo, es la espera que anticipa el Regalo. Vale la pena vivirlo en plenitud.

 

Retiro Adviento 2013

Artífices de Paz

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

1. Simeón y Ana

Iniciamos el Adviento. Adviento significa “venida”. Aguardamos la venida de Jesucristo. La espera es la actitud característica de este tiempo. La espera es activa, hay algo que esperar, por eso, genera una tensión sana. Mientras esperamos, tendemos hacia quien esperamos, hacia quien nos hace palpitar el corazón con más fuerza, hacia quien colma nuestro deseo. Así les pasó a Simeón y Ana (Lc 2,25-38). Ellos convirtieron su vida entera en un Adviento. Esperaban algo decisivo no para ellos solos sino para Israel. Esperaban la paz mesiánica. La espera de la paz guiaba sus búsquedas, sus vidas, su ancianidad y ese interés les hizo posible el reconocimiento de Jesús como Mesías. Seguro que tuvieron que superar más de una vez la tentación de desistir, de dejarlo, ya eran mayores y la paz parecía que cada vez se alejaba más, sin embargo, no se echaron atrás, no se cansaron, no buscaron otros “refugios” justificables, permanecieron en su misión. El testimonio de esta pareja nos cuestiona: ¿Todavía significa algo para nosotras y nosotros “estar alertas”, “aguardar”? ¿Qué esperanza festejamos en nuestras liturgias? ¿Estaremos hablándole al mundo de fidelidad, de permanecer, de aguardar, cuando en realidad ya no esperamos nada más… y abandonamos?

  • ¿Esperamos todavía algo decisivo para la humanidad, de tal manera, que influya en nuestra vida? ¿El qué?

2. La paz: Shalom

 La tradición judía no entiende la paz en contraposición con la guerra, sino en contraste con todo aquello que pueda perturbar el bienestar colectivo del pueblo en todos los ámbitos de la vida. La paz incluye la dicha (Sal 73,3), la provisión de las necesidades (Jc 19,20), la salud corporal (Is 57,18-19), la tranquilidad (Gn 15,15; 26,29), el entendimiento pacífico entre pueblos y hombres (1R 5,26; Jc 4,17), la salvación estable de las situaciones de desgracia (Jer 14,13; 29,11), etc. La paz no es sin más un estado de ánimo, sino una situación social y política jamás alcanzada plenamente, que depende de Yahve. Propiamente, Yahve es la Paz (Jc 6,24). Sólo Él puede otorgarla y, si la retira, sobreviene la aflicción en el pueblo (Jr 16,5). En clave del NT, Jesucristo mismo “Él es nuestra Paz” (Ef 2,14-15), conduce nuestros pasos hacia ella (Lc 1,79) y nos anuncia que el Reino está cerca. Un Reino marcado por unas relaciones de amor gratuito (Lc 2,14), porque toda ausencia de amor es ya guerra.

  • ¿Existe paz en mi entorno más cercano? ¿Soy yo una persona de paz?

3. Urge la paz

 Ojalá y tengamos verdadero interés por la paz porque urge la paz. “Si yo hablo de paz, ellos prefieren guerra” (Sal 120,7). Estas palabras son hoy más reales que nunca. Todos los días los periódicos y las emisoras de radio y de televisión revelan el deseo humano desvergonzado de poder, de luchar y de ser la superpotencia más fuerte. En nuestro mundo no se oyen a menudo auténticas palabras de paz; y cuando se pronuncian, la mayoría de las veces se desconfía de ellas, sencillamente, porque cuando una sociedad deja morir de hambre a millones de personas o los deja morir en medio del mar está en guerra.

La paz ha sido y sigue siendo un don, pero también una tarea, un reto, un desafío. El siglo XXI será el siglo de la paz. “Todo tiene su momento… tiempo de callar y tiempo de hablar… tiempo de guerra y tiempo de paz”, dice el Eclesiastés. Este es el tiempo de hablar a favor de la paz porque sin paz no habrá vida. Estamos llamadas y llamados a que todo cuanto hagamos, digamos, pensemos o soñemos forme parte de nuestro interés por la paz. Ser artífices de paz es una vocación a tiempo completo y, en este momento del mundo, tal vez, la más urgente de todas las tareas. En el Adviento del año 2013, se nos invita a una conversión, de tal forma, que pueda llevarnos a un verdadero cambio y a unas acciones específicas en favor de la paz.

Ya hemos convivido demasiado con los que rechazan la paz. Nos hemos dejado impresionar durante mucho tiempo por “los reyes de la tierra, los nobles, los grandes jefes militares, los ricos y poderosos…” (Ap 6,15) que tratan de decirnos que la situación política es tan compleja que no podemos tener una opinión sobre la posibilidad de la paz y que para alcanzarla se necesita la guerra. Jesús dijo: “Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Estas palabras no pueden permanecer por más tiempo en el trasfondo de nuestra conciencia, irrumpen en nuestra vida con tanta urgencia que sabemos que ha llegado el momento de ser auténticas personas artífices de paz.

  • ¿Por dónde debe ir mi conversión en este Adviento para ser auténtico artífice de paz?

No basta la buena intención hay que poner los medios, para ello nos pueden ayudar tres pilares: Oración, resistencia y fraternidad.

4. Artífices de paz

4.1. La oración

La oración es el principio y el fin de la paz porque la paz es un don divino. En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: “Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no puede daros” (Jn 14,27). Cuando queremos ser artífices de paz, lo primero que hemos de hacer es dejar nuestras armas y entrar en la casa de quien nos ofrece su paz. Jesús no sólo nos invita a vivir con él en la misma casa, sino que él mismo es la casa (Jn 15,4-5). La oración nos abre la puerta de esta nueva morada.

A veces, más de las que nos gustaría, también nosotros somos parte del mal contra el que protestamos y no somos personas de paz sino de conflicto. La invitación a una vida de oración es la invitación a vivir en medio de este mundo sin poner la confianza en los medios, la fuerza y el poder (Is 31,1-3). Sólo podemos dar testimonio del Príncipe de la Paz cuando tenemos puesta nuestra confianza en Él y sólo en Él. Somos personas descentradas, nuestro centro es Jesucristo, pero si nos miramos demasiado a nosotros mismos, si ponemos en nosotros el centro, corremos el peligro de utilizar la violencia para mantenernos. Jesús es nuestro centro y no son simples palabras, esta es la verdadera fuerza que nos lleva a buscar la paz siendo creativas y generosas. Esto no se improvisa. Es un largo proceso de conversión en el que morimos a nuestra vieja identidad. En este sentido, la oración es un acto de martirio: morimos a nuestro mundo conflictivo y entramos en la luz sanadora de Cristo (Lc 6,27-35).

A su vez, la misma oración es ya un acto de paz, es una protesta contra un mundo de manipulación, competencia, rivalidad, sospecha, actitud defensiva, ira, hostilidad, agresión mutua, destrucción y guerra. Es precisamente en esta presencia “inútil” ante Dios donde podemos escuchar la voz del amor escondida en el centro de nuestro ser y poner paz en nuestro corazón (1 Tim 2,1-6).

4.2. Resistencia

Ser artífice de paz exige que mi oración se haga visible en acciones concretas. Sin tales acciones, la oración no es más que la expresión piadosa de alguien que huye. Ser artífices de paz no es una opción. Es una “obligación sagrada” sea cual sea nuestra situación. Es una forma de vida que compromete continuamente todo nuestro ser, por eso resistimos; debemos oponer decidida resistencia a toda forma de violencia y destrucción, y proclamar que la paz es el don divino ofrecido por Dios (Nm 6,22-26). La no resistencia nos hace cómplices de la violencia. La resistencia significa decir “no” a todas las fuerzas de la muerte, dondequiera que estén, y decir “sí” a toda vida, sea cual fuere la forma en que la encontremos. Trabajar por la paz es trabajar por la vida (Rm 8,6).

No deben separarse la paz del mundo y la paz del corazón. No hay que separar la paz interior de la exterior. El trabajo de la paz es un abanico que se extiende desde los escondidos rincones de nuestro yo hasta las más complejas deliberaciones internacionales. Por tanto, nuestra resistencia a los poderes de la muerte tiene que ser tan profunda y amplia como la paz misma.

La guerra no nace en los campos de batalla, entre soldados con armas, sino en la misma casa, en la intimidad de la familia o de la propia institución. Mucho antes de empezar a guerrear, matar personas o destruir naciones, ya hemos matado a las personas mentalmente. Cuánta violencia fue mental antes de convertirse en violencia física. Se comienza a decir “sí” a la muerte mucho antes de decir “sí” a la violencia física. De ahí que, decir “no” a la muerte exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “No juzguéis” (Mt 7,1). Exige decir “no” a toda la violencia del corazón y de la mente. Con mis juicios divido mi mundo en dos partes -los buenos y los malos- y así juego a ser Dios. Pero quien juega a ser Dios termina actuando como el demonio (Rm 2,1-11). En este Adviento decimos “no” a la violencia de los juicios.

El camino de Jesús es un camino sin anatemas ni armas ni violencia ni poder. Para él no hay países que conquistar, ni ideologías que imponer, ni pueblos que dominar. Tan sólo hay niños, mujeres y hombres a los que amar. Y el amor no hace uso de las armas. El amor no se manifiesta en el poder, sino en la falta de poder. Jesús nos desafía en este Adviento a seguir este camino. Es el camino de la resistencia desarmada, no violenta y sin poder. Resistir al odio, la división, el conflicto, la guerra y la muerte es un acto litúrgico; es adorar a Dios. No obstante, la resistencia no violenta no es un camino aceptado con facilidad. Quienes ven en la violencia el camino único y necesario hacia la paz no sólo pensarán que los resistentes no violentos carecen de realismo y son ingenuos sino que además los acusarán de cómplices de la violencia. Jesús afirma con toda claridad que la persona resistente tendrá dificultades: “Os echarán mano y os perseguirán…” (Lc 21,12).

4.3. Fraternidad

Ser artífices de paz no se puede hacer en solitario. Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. Sólo desde la fraternidad de apoyo, fraternidad autocrítica, tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas. Esta fraternidad debe ofrecer algo más que un simple contexto protector para la oración y la resistencia; debe ser la primera realización de “los nuevos cielos y la nueva tierra” (2 P 3,13); no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.

Y éste es el aporte más propio que podemos hacer. Ser personas que motivemos, que sugiramos, que propongamos a cuantos nos rodean vida y paz. Estar ahí para los demás con ánimo y con afecto. Ser cauces de una espiritualidad sencilla, renovada y real. Y ofrecer la propia espiritualidad con pasión y compasión. No hay cosa que cree más unión que una experiencia espiritual compartida y no hay cosa más revolucionaria que una experiencia espiritual compartida, recordemos a Jesús y sus discípulos, a Francisco de Asís y sus seguidores…

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo reconociendo que somos incapaces de lograr la paz por nosotros solos; reconociendo que es el lugar donde la fuerza se revela en la debilidad, la fe se revela en la duda, la esperanza se revela en momentos de desesperación, el amor se revela en medio de ciertas envidias y desconfianzas, la alegría se revela en medio de la tristeza y la paz se revela en medio de la violencia, los conflictos y las divisiones. Reconociendo las dificultades que nos surgen, poniéndoles nombre, situándolas encima de la mesa y buscando soluciones juntos a la luz de la Palabra. Y utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Somos artífices de paz reconociendo que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23).

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo siendo personas de esperanza. Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder, en la disuasión o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida. La esperanza se asienta en la experiencia de la fe en el Dios vivo, una fe más fuerte que la violencia, la división, el juicio o la guerra. La fraternidad no es un grupo de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice : “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, somos personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios. Una fraternidad eucarística, la eucaristía pertenece al centro mismo de nuestra vida y es el acto en el que se resume toda acción por la paz.

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo cuando abrimos nuestras casas y aceptamos el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. Sólo aquellos que no tienen más razón ni argumento que su rostro sufriente pueden elevar su mirada hacia los violentos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros… y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18). La paz es una ofrenda-oblación de las víctimas y no puede fundarse en el poder de los triunfadores. Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente.

  • ¿Por dónde tendría que incidir más nuestra familia, grupos, fraternidades… para ser artífices de Paz?

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña

Por: Rosa Mary González. Vita et Pax. Tafalla (Navarra)

Domingo 4º de Adviento, Ciclo C

Durante toda la semana, los evangelios nos han ido relatando la gestación de dos personas que van a ser fundamentales en la Historia de la Salvación: Juan el Bautista y el personaje central, Jesús de Nazaret; pero hoy las protagonistas principales son María e Isabel, sus madres.

Las dos mujeres están habitadas por el Espíritu, han acogido su presencia con un corazón abierto y dispuesto; y las dos son conscientes de que algo extraordinario están viviendo. Su amistad no les viene solamente por su parentesco, sino porque tiene como base la misma comprensión de la vida y, lo más importante, están siendo consecuentes con su “sí”.

El camino recorrido que el Señor les iba marcando era muy difícil, tenían sus resistencias, sus incomprensiones: Isabel, mujer estéril y de edad avanzada, junto con su esposo Zacarías, “eran justos ante Dios y caminaban sin faltas según los mandamientos y leyes del Señor”. Sufren porque no pueden tener hijos, pero al cumplirse la promesa que el ángel del Señor le hizo a su esposo Zacarías, Isabel concibió y vivía en la montaña en un pueblo de Judá como nos dice el evangelio de hoy.

María recibió el anuncio de su concepción por medio del ángel; al igual que Zacarías, tampoco María entiende nada, y seguro que las respuestas y aclaraciones del ángel a sus preguntas no le aclararían demasiado. Pero sí que sintió esa presencia del espíritu, la acogió y dijo: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Ahora llega el tiempo de la respuesta, la llamada de Dios no es para quedarse embelesados/as y sentirte especial, sino para salir corriendo allí donde te necesiten, sin medir el día ni la hora, sin pararte a pensar en  los kilómetros que te separan del lugar donde eres necesaria “se puso en camino y fue aprisa a la montaña”. Olvida su situación, sus problemas, apremiada por las necesidades de su prima Isabel.

Esta actitud de María nos invita a salir de nuestra comodidad, a estar atentas a las necesidades que nos rodean y a actuar con urgencia ante las situaciones que no pueden esperar más. Si dejamos de ser el centro de nosotras mismas, tendremos una mirada mucho más lúcida para detectar las necesidades de las/los demás y el encuentro se dará. No de una manera superficial, sino en profundidad  y, como Isabel, descubriremos a quien tenemos delante, y el misterio que encierra.

A partir del saludo de María a Isabel, toda la acción la desarrolla Isabel. Su hijo Juan da saltos en su vientre, se llena del Espíritu Santo y eso provoca las alabanzas a María y el reconocimiento de que el hijo que lleva en su vientre es el Señor. Por eso termina con una alabanza: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

Las cosas más sublimes se realizan en la cotidianidad de la vida, solo hace falta abrir bien los ojos y el corazón para descubrir la grandeza de tanta gente sencilla que nos rodea y que vive entregada a los demás sin esperar ningún reconocimiento. Ahí están las semillas del Reino que se dan en la búsqueda sin descanso de un mundo más justo, más pacificado, menos agresivo.

Este encuentro es una llamada a la esperanza, a aceptar la Palabra, a creer que, cuando nos disponemos como María y desde la fe respondemos: “Hágase en mí según tu Palabra”, empezamos a comprender mejor el mensaje de Jesús y su proyecto del Reino de Dios. María e Isabel nos invitan a la alegría y a la esperanza por su próxima maternidad.

Bienvenido a tu casa

Bienvenido a tu casa

Letra y música: Rafa Almarcha
« siempre así » Misa de la alegría

No importa quién seas
ni de dónde seas,
da igual cómo seas
si quieres entrar.

La puerta está abierta,
la vida te espera
hay sitio en la mesa
si quieres pasar.

Te escucharé amigo,
sabes que te admiro
y soy todo oídos
si quieres hablar…

Pero para entendernos
tú me tienes que dar
lo mejor de ti mismo..
ya no te pido más…

Bienvenido a tu casa
vas a estar como dios.
que comience la fiesta
que hemos hecho en tu honor.

Bienvenido a tu casa
aquí se habla en amor,
el idioma del alma,
el que mueve montañas,
el idioma…,
¡el idioma de Dios!

Bienvenido a tu casa
aquí se habla en amor
el señor de la casa
te abre su corazón.

Entonces, ¿qué hacemos?

Por: Rosa María Belda Moreno. Grupo Mujeres y Teología. Ciudad Real.

Domingo 3º de Adviento, Ciclo C

Es el tercer domingo de Adviento. Parece que este año el Adviento no acaba de abrirse paso entre nosotros, que las que predicamos la primavera en medio del frío invierno no dejamos oír con claridad nuestra voz. Parece que en el fondo de nuestro corazón laten demasiados ¿porqués?, preguntas que simbolizan más la rabia y la impotencia ante la situación injusta, pero también ante las enfermedades e infortunios que nos rompen la vida, que nos dejan a la intemperie. 

La pregunta de la gente a Juan, me interpela a mi también. Entonces, ¿qué hacemos? Si los poderosos de este mundo tienen las riendas, y van a salir a flote a toda costa, a cuenta de los pobres; si la vida de casi cinco millones de parados se está despeñando por un barranco; si la violencia sigue siendo el recurso para imponer las ideas en los países en guerra; si el hambre y la enfermedad en los países con menos recursos no son erradicadas; si sigue existiendo la soledad e incomprensión en tantas personas mayores y jóvenes, entonces, ¿qué hacemos?

La respuesta fue sencilla

Él contesto: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. Y continúa: “No exijáis más de lo establecido”… “no os aprovechéis de nadie…”. Así dijo Juan. Pero no es fácil. Ahora todos nos sentimos vulnerables, haciendo equilibrios, sabiendo que todo lo que nos da bienestar lo podemos perder en un momento. Y actuamos desde el miedo, esa enorme mordaza que atrapa el corazón y no deja vivir en plenitud.

Sin embargo, cuando el motor de la vida es el miedo, la prevención, la preocupación, la angustia… los frutos son amargos. Quizá podemos alcanzar los resultados, pero nuestro ser emana tristeza, oscuridad, desconfianza, apatía. Hoy día el miedo es el gran paralizante, enemigo del amor. Si el amor actúa, si penetra en mí y me expande, recordaré el otro texto del evangelio: “Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida…”

Es verdad, mañana no habremos ahorrado, nuestras manos estarán sucias y nuestros cuerpos cansados, pero hemos repartido lo que tenemos, porque el momento es “ahora”. Hoy toca darlo todo: imaginación, palabras, reivindicación, pan, dinero, tiempo.

Adviento y adversidad 

Me sitúo entre las gentes de Juan, mirando al gran profeta que predica en el desierto, que dice que vendrá Otro, que bautizará con fuego. Y pienso: eso necesito yo, que llegue y me encienda. Porque la vida, a estas alturas, viene cargada de muertes, de enfermedades de seres queridos, de tragedias cotidianas que se juntan y me dejan sin palabras. Adviento y adversidad son palabras con comienzo parecido.

Llega la adversidad, los tiempos “recios”. Cuando el origen es la injusticia no queda otra que darlo todo, atravesando el miedo. Los que la sufren más están peor, y eso no lo podemos permitir. Pero cuando el origen de la adversidad es la propia naturaleza: el envejecimiento, la enfermedad, “entonces, ¿qué hacemos?”.

Deseo que el que viene me encienda. Sí, que me encienda por dentro, que me ilumine, que me arda. Que sepa yo apoyar la cabeza en su regazo, que me deje apoyar allí donde soy querido sin reservas, ese lugar que me evoca a Él.

Frente al fuego del que escucha y acoge, yo puedo llorar o estar en silencio. Adviento trae calor de hoguera en el invierno, manos suaves abiertas en la niebla espesa del infortunio, abrazos apretados que alivian de tantos pesos, espirales mentales, soledades inciertas.

Eso dice Juan, que el Otro que viene, “tiene en su mano el bieldo para aventar su parva y reunir el trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. ¡Abramos el corazón a este encuentro! ¡Dispongamos el corazón a la alegría! Porque la Gracia de la promesa acontece. Más allá de nuestros cansados esfuerzos, Dios está.

Antífonas de la O

Por: D. Cornelio Urtasun

 Cada una de las antífonas encierra resonancias y mensajes de los profetas, a través de los cuales Dios fue alentando la esperanza de los hombres en el Salvador que el Dios compasivo y misericordioso enviaría cuando llegase la plenitud de los tiempos.

1ª)   ¡OH SABIDURÍA!  Que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín, y ordenándolo todo con firmeza y suavidad.

¡VEN!  Y muéstranos el camino de la Salvación”

Las grandes afirmaciones:

* Sabiduría salida de la boca del Altísimo;
* Que abarca del uno al otro confín;
*  Lo ordena todo, con firmeza y suavidad;
*  VEN
*  Muéstranos el camino de la Salvación.

SABIDURÍA  que aparece como cualidad, como DON hasta convertirse en la persona de Jesucristo  (Jn  1, 1-3) “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuánto existe”, (Col   1, 15-20) “Él es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación”.

La creación por medio de Ella:   (Gen 1, 3)  “Dijo Dios:  “haya luz, y hubo Luz”.

Providencia: Mt  6, 25-34)  “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis…”

¡VEN! Tú que viniste, que vendrás… Tú que acampaste entre nosotros.

El camino de la Salvación,  no es un entretenimiento.

Debe ser un camino de SANTIDAD: “Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida” (Jn 14,6)

2ª) ¡OH ADONAI!   PASTOR  de la Casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la Zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu Ley, ¡VEN  A LIBRARNOS CON EL PODER DE TU BRAZO!

“Yo me aparecí como el ADONAI…”

Yo soy Yahvé, Yo os libertaré, yo os haré mi pueblo, yo seré vuestro Dios y Yo os introduciré en la tierra que juré a Abraham  (Ex  6, 3-13)

 *  PASTOR DE LA CASA DE ISRAEL

Salmo 79 que pide la restauración de Israel.

Uno de los títulos más repetidos por Isaías, Jeremías y Ezequiel: ¡PASTOR!

Preparaban el terreno a la parábola del Buen Pastor, sobre todo a través de los sentimientos del Salmo  22.

* LAS TEOFANÍAS DE DIOS: LA Zarza ardiente  (Ex  3,1-5) Sinaí: Ex 19, 1-24)   Se trata de la alianza de   Yahvé con Moisés y de su aparición al mismo.

Se invoca la Omnipotencia  de Dios, como si dijera: “Tú que manifestaste tu Poder en la Zarza incombustible, Tú que fuiste tan Señor Todopoderoso en el Sinaí: DESPIERTA TU PODER Y VEN A SALVARNOS.  Ven a librarnos, tráenos la gloriosa libertad de los hijos de Dios, libres, sobre todo, por dentro.

  *  LIBRES DEL PECADO,  causa y origen de todas nuestras esclavitudes.

3ª)  ¡OH RETOÑO!,  del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para todos los pueblos, ante quien los Reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡VEN! A librarnos. ¡NO TARDES MAS!

1 Libro de Samuel, 7, 1-14:  se trata del auxilio de Yahvé a Israel contra sus enemigos  los Filisteos.

De la Familia de Jesé, procede David. El trono de David y su  reinado serán eternos. El Señor Dios le dará el trono de David su Padre  (Lc  1, 32-33).  Y su Reino no tendrá fin.

  * RETOÑO DEL TOCON (tronco cortado) DE DAVID. (Is   11,10)  “Y aparece el retoño de Jesé que se levantará para regir a las gentes, como señal ante ellos, su sepulcro será glorioso (Is 11,1)

“Rebrotará un Retoño del tocón de Jesé, y brotará en él una flor de su misma raíz  (Rom 15,12):  “Aparecerá de la raíz de Jesé el retoño que se levantará para regir a los gentiles: todos ellos tendrán puesta su confianza en él”.

  * LAS PODAS DE LA PROVIDENCIA EN EL ÁRBOL.

Cuando se corta  un árbol, queda un tocón. Muere primero el árbol, el tocón poco; después cuando se poda un árbol, también se corta, pero no para que muera el árbol, sino para brotar y mejorar.

La familia de David y su tronco fueron podados: no murieron, rebrotaron y mejoraron el fruto. Nada menos que el fruto fue el mismo Jesucristo.

 * LA VISION DE LAS PODAS POR PARTE DE LA IGLESIA.

La  parábola de la Vid y los sarmientos  (Jn 15, 1-9)

Al que no da fruto lo corta.  Y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

* LOS CORTES Y LAS PODAS.

Dos realidades que se parecen inicialmente, pero que son diversas.

* PODAS FECUNDAS

Dirigidas a traer a Jesucristo, el fruto bendito de la Virgen Madre:  NUESTRO FRUTO.

4ª)  ¡OH CLAVE! ¡OH LLAVE!

De David y cetro de la Casa   de Israel, que abres y nadie puede cerrar, y nadie puede abrir,  ¡ven!

*  LLAVES:  (Mt 15, 14-20)

“Yo te daré las llaves del Reino”

Emociona pensar la contundencia con que Jesucristo anuncia que va a dar a Pedro las llaves del Reino.  Es que las tiene ¿cómo no las va a tener  si él mismo es la LLAVE?. (Mt 28,18):  “Se me ha dado TODO  poder en el cielo y en la tierra…”. “Separados de mí, no podéis hacer nada”  (Jn 15,5)  “Todo lo puedo en AQUEL  que me conforta” (Fil 4,13) “Todo tiene en Él su consistencia…”  (Col 1,17)

*  MIRANDO A JESUCRISTO COMO CLAVE DE LA HISTORIA.

Is. 22, 22  “… Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro;  abrirá y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.   (Ap 3,7)    “Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la Llave de David:  si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir” (Ap 1, 18) “Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y de la otra Vida”.   Jesucristo, ALFA Y OMEGA:  EL PRINCIPIO Y EL FIN.

 * LA VISION DE JESUCRISTO EN LA GAUDIUM  ET SPES.

En el Cap. 10 muestra las contradicciones e incertidumbres del hombre moderno que no sabe encontrar en Jesucristo la Llave de la Salvación.

 *A NOSOTROS LOS CAUTIVOS

Con cautividad interna por el pecado: lujuria, avaricia, droga, alcohol…

Cautividad externa de tantas formas de opresión hoy. 

5ª)  ¡OH SOL NACIENTE!

Resplandor de la Luz  eterna, Sol de Justicia, ¡VEN!  ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte  (Lc 1, 67-72)  “Bendito  el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David su siervo, como había prometido por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian, haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa Alianza”.

“Nos visitará el Sol que nace de lo alto…”

* JESUCRISTO LUZ DEL MUNDO.

El Evangelista San Juan fue notable en presentar a Jesucristo así. Por ejemplo (Jn 1,4-9): En ella (la Palabra: Jesucristo)  estaba la Vida y la Vida era la Luz de los hombres, y la Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la conocieron. Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la Luz, para que todos creyeran por él. No era él la Luz, sino que era testimonio de la Luz. La Palabra era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. (Jn 8,12): “Yo soy la LUZ  del mundo: el que me sigue no andará a ciegas…”. Y en tantos otros lugares del Evangelio y sus cartas, insiste San Juan en esta doble vertiente: Jesucristo es la LUZ DEL MUNDO  que vino a él para iluminarlo  (Jn 12,46)  pero los hombres prefirieron las tinieblas a la LUZ  (Jn 3,19).

 * LAS TINIEBLAS Y SOMBRA  DE MUERTE.

Tantos hombres viven en ellas. Unos porque no se quieren dejar iluminar por la LUZ, ya que como dijo el Señor,  “el que obra el mal odia la LUZ” (Jn 3,20).

Otros porque no han tenido la suerte de topar con ella. En otros casos porque la LUZ es tan débil que no puede ser reconocida como LUZ del Señor.

* EL CRISTIANO, REVERBERO DE LA LUZ DE JESUCRISTO

“Vosotros sois la Luz del mundo”

 (Mt 5,14). “Brille vuestra Luz  delante de los hombres, que éstos, al ver vuestras obras  glorifiquen al Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16)  Las recomendaciones de San Pablo en (Ef. 5, 8-9) : “Porque en otros tiempos fuisteis tiniebla; más ahora sois  Luz en el Señor. Vivir como hijos de la luz”

6ª) ¡OH REY DE LAS NACIONES!

* JESUCRISTO FORJADOR DE LA UNIDAD

“Jesucristo hizo de dos pueblos uno”  (Ef  11-22). “Todos sois uno en Cristo” (Gal 3,28).

 El trae a los hombres la UNIDAD en que vive con el Padre: “El Padre y yo somos una misma cosa   (Jn 10,30). La unidad del comulgante y  del comulgado: “Que sean UNO como Tú y yo”  (Jn  11,22)

 * JESUCRISTO NOS HACE MORADA DE DIOS

Nos hace Hijos de Dios, un solo cuerpo y creadores de unidad para edificación del Cuerpo de Cristo.

Un solo cuerpo, un solo Espíritu.“Revestiros del hombre nuevo (Ef 4  17, 20-24).¡Vivir en el Amor!.

7ª) ¡OH,  ENMANUEL!

Rey y Legislador nuestro. Esperanza  de  las naciones y Salvador de los pueblos  ¡VEN! a Salvarnos, Señor, Dios nuestro. “No hay bajo el cielo otro nombre  dado a los hombres. Por El estos pueden salvarse” (Hech 4, 4,1-12).

 * ENMANUEL:  DIOS CON NOSOTROS.

Para el pueblo del primer Israel que vivía de la herencia de las grandes Teofanías  del Sinaí y el Desierto, el hecho de que llegara una situación en que Dios compartiera establemente la habitación de la tierra con los hombres, les parecía algo inaudito. Recuérdese la emoción del acento puesto en (Dt 4, 6-8):  “Guardadlos y practicadlos  (se refiere a los mandamientos), porque ellos son vuestra Sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticias de todos  estos preceptos, dirán: cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente. Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga a los dioses tan cerca como lo está Yahvé, nuestro Dios, siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta LEY que os doy hoy?.

Cómo podían imaginar los israelitas que el ENMANUEL pasaría a ser, como dice San Pablo  “UNO DE TANTOS”, pasando por un hombre cualquiera”  (Fil 2,7)

Esto evoca e invoca la Iglesia en esta antífona. Pero hay algo más: el DIOS CON NOSOTROS pasaría a ser el DIOS EN NOSOTROS  en la plenitud de los tiempos y supondría el DIOS CON NOSOTROS.  Por la fuerza de su sacrificio pascual, se convertiría en Dios en nosotros porque al AMIGO, sucedería, sustituiría el HIJO, el  HERMANO  y vendría a realizarse el PLAN contemplado y propuesto por Jesucristo, y manifestado, sobre todo en   ( Jn  17, 21)   “Que todos sean uno, como Tu. Padre  en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado.  (Jn, 15 -7)   “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros,  pedid   lo que queráis y lo conseguiréis “

Emmanuel: DIOS – CON – NOSOTROS.  Dios- en – nosotros: MI – BUEN – JESÚS  REY Y  LEGISLADOR, ESPERANZA,  SALVADOR DE LOS PUEBLOS,

Cada denominación revela  una MISION SOBERANAMENTE AUGUSTA.  ¿La cumple Jesucristo hoy?

Jesucristo ayer, hoy y siempre. ¡VEN A SALVARNOS!

En el corazón de nuestra historia…

Por: Juan Pablo Ferrer (Párroco in solidum de Albarracín (Teruel)

Domingo 2º de Adviento, Ciclo C

El texto del evangelio de Lucas que contemplamos hoy (3, 1-6) comienza de manera grandilocuente situando el acontecimiento central de la historia de los hombres, en el que hay un antes y después, con los grandes personajes de su época: personajes políticos –Tiberio, emperador de Roma; Pilato, su gobernador en Judea; sus “reyes títeres” en los virreinatos de alrededor…- y personajes religiosos –Anás y Caifás-. El acontecimiento central que podemos palpar es Jesucristo. Todos los comienzos que marcan un antes y un después en la historia son así: humildes, sencillos, sin fasto… incluso en el desierto, lugares sin vida. Lo vivimos especialmente en la “caída del muro”, acontecimiento que empezó de manera humilde y sencilla en la sed de libertad y de dignidad de toda Europa oriental. ¡Cuánto más el acontecimiento de los acontecimientos! ¡Jesucristo! La historia se data así: antes de Cristo y después de Cristo. ¡El es el centro dela Historia!

El comienzo sencillo y humilde del acontecimiento “Jesucristo” es otro hombre, un hombre del desierto: Juan Bautista, como tú y como yo. Así “el evangelista Lucas se complace en subordinar las jerarquías terrestres, pomposas y vanas, pretenciosas alturas destinadas al abajamiento de la acción de Dios, acción modesta y, sin embargo, eficaz” (Louis Monloubou).  El contraste entre los grandes y los pequeños de la historia marca una señal, la del pesebre, la del niño envuelto en pañales, la de la cruz de los calumniados, ninguneados, perseguidos por defender la justicia. Se trata de la señal de la acción de Dios entre los hombres, humilde como la “palabra”, el diálogo.

La Palabra de Dios denuncia, da sentido a los aconteceres de la historia, abre la vida a la esperanza en el futuro: el futuro de la humanidad en el que Dios ha puesto todo su afán, su voluntad de que todo hombre se salve –todos verán la salvación de Dios-.

…unos acontecimientos que afectan a todos los hombres.

Como hacen los otros evangelistas sinópticos, Lucas define el sentido de la misión de Juan el Bautista a la luz del profeta Isaías II 40: “Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Ha llegado el tiempo del Nuevo Éxodo anunciado por los profetas, como Baruc. Sin embargo, los otros evangelistas no llegan al final de la cita de Isaías II 40: “Todos verán la salvación de Dios”. Así se afirma la dimensión universal de la salvación en Jesucristo: universal para todos los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos y culturas.

Lucas, pagano convertido a Jesucristo, hará resonar esta cita en toda su obra hasta los confines de la tierra. Así lo hace decir a Pablo, llegando a Roma: “A los paganos ha sido enviada la salvación de Dios; ellos la acogerán” (Hechos 28, 28).

En este Año dela Fe, los “nuevos hombres del desierto” somos nosotros, para hacer de “catalizadores” del encuentro de Dios con los hombres, allanando senderos, montes y valles, yendo a sus desiertos con el gran tesoro de la Palabra de Dios que resuena en el corazón del hombre que busca, aunque parezca acallar su sed interior con sucedáneos de felicidad, que no dejan sino melancolía y nostalgia de un “plus” de humanidad que no puede darnos sino el Dios que nos hizo y que está presente en nuestras vidas.

Dios hará lo posible y lo imposible para ofrecer a todos su salvación. En sus posibles acciones de ofrecimiento de salvación estaba Juan Bautista y estamos tú y yo. ¡Él cuenta contigo y conmigo en su obra de evangelización!

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