Tiempo de búsqueda

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Madrid

Acabamos de concluir la Semana Santa y ahora es el tiempo de hacernos conscientes de la sorprendente verdad de un Dios que tiene una palabra de vida más allá de la muerte. Jesús fue resucitado de entre los muertos. Es una respuesta sorprendente de Dios; el reconocimiento de que la palabra definitiva no es de muerte, sino de vida; no es de fracaso, sino de victoria; no es de esclavitud sino de liberación. Esta respuesta de Dios cambia totalmente la perspectiva de la vida e invita a plantarle cara al miedo, a las tormentas y al mal, sin temor a fracasar en el intento; o, más bien sabiendo que ni siquiera el fracaso, que llegará, será definitivo.

En el relato de hoy vemos a los discípulos encerrados, muertos de miedo, esperando la oportunidad para huir sin riesgo de la ciudad y volverse a sus aldeas, donde retomarían la vida que llevaban antes de conocer a Jesús. Sin embargo, algo ocurre, algo tan poderoso como para cambiarles la mirada y la existencia definitivamente. Pasarán de encerrarse, lejos de la vista de las gentes, a salir al medio de la ciudad; del silencio temeroso a la palabra audaz; de la preocupación por su supervivencia a la confianza en que ni la persecución, ni la prisión, ni siquiera la muerte han de tener la última palabra.

Los discípulos empezaron a darse cuenta de que había algo más. De que Jesús seguía con ellos. Y ese darse cuenta –no exento de incertidumbres como vemos en Tomás- les transformará para siempre. A partir de esas primeras búsquedas comparten preguntas y respuestas entre ellos. Unos son testigos para los otros. Se comunican relatos y experiencias y se transmiten lo que han visto. No siempre reconocen a Jesús, al menos no de entrada. Lo que perciben son más bien, destellos; vislumbran su presencia, lo adivinan en el camino… y luego lo vuelven a perder.

Pareciera que nosotros seguimos siendo como aquellos discípulos, hombres y mujeres llenos de preguntas, que necesitamos reconocer en nuestras rutas los destellos del Resucitado. A menudo nos preguntamos por qué Dios no se manifiesta más claramente. Por qué, si resucitó a Jesús, no lo vemos, no lo encontramos en nuestros caminos con más nitidez. Por qué la consecuencia de la Resurrección no es un mundo más justo donde se perciba con precisión vida digna para todos y todas.

De ahí que este tiempo de Pascua es privilegiado para la búsqueda, buscar al Resucitado. Escudriñar sus huellas en nuestra historia cotidiana y, a veces, rutinaria. Esa búsqueda nadie puede hacerla por nosotros. Podemos confiar, acoger la palabra de otros testigos, fiarnos y hasta empeñar la vida en ese acto de confianza. Pero sigue siendo ineludible la actitud de búsqueda personal.

He aquí una de las claves de la Pascua. Es el tiempo del encuentro, sí, pero sobre todo es el tiempo de la búsqueda. Lo buscaremos en la Escritura, en nuestro interior, en las otras y los otros, la naturaleza, el mundo… y hasta tratando de abrirnos al mismo Dios, donde quiera que esté y como quiera que hable. En dicha búsqueda se nos puede ir la vida entera.

 

Nuestra resurrección a la Vida

Por: D. Cornelio Urtasun.

El primer día de la semana acompañamos, a primera hora de la mañana, a las buenas mujeres que corrían a completar su obra piadosa de ungir el cuerpo de Aquel a quien amaban. Con ellas oímos el alegre mensaje de aquel joven de deslumbrante belleza que nos decía: “No temáis; Aquel Jesús de Nazaret, crucificado, a quien buscáis, no está ya aquí ha resucitado” ¡Que encuentro el de aquella madrugada con el Dios de la Vida!

Al día siguiente nos sentamos a la mesa, con los corazones hechos ascuas de fuego, en compañía de aquellos dos buenos discípulos de Emaús. Aquel peregrino que nos acompañaba, que tenía un no sé qué… resultó ser Él. El mismo: el Amor de nuestros amores.

Qué impresión la de aquel Cenáculo iluminado con el resplandor de Aquel Sol de Justicia que había vuelto a salir después de la tormenta y daba de lleno en los ojos asustadizos de los discípulos allí reunidos, mientras se oía el alegre e inconfundible mensaje: “¡La paz, paz, la paz sea con vosotros. Hijos míos no temáis; soy Yo, soy Yo!

¡Qué horas, a la orilla del lago, comiendo el apetitoso yantar cariñosamente preparado por las manos de aquel divino y más que nunca humano cocinero, un día muerto, ahora resucitado!

Nada digamos del diálogo conmovedor entre flor (Magdalena) y Jardinero, en el jardín del sepulcro. Aquellas dos palabras que se dijeron: ¡María! ¡Maestro!, constituyeron un idilio tan maravilloso como sublime que ninguna lengua humana sabrá dignamente cantar.

Pero ya es hora de que volvamos a la normalidad de nuestra vida, ¿Qué habremos de hacer ahora para ser dignos de ese Dios de la Vida, para llevar una vida conveniente a gentes que viven ya zambullidos con Cristo, nuestra cabeza, en el seno del Padre?

Se impone una vida nueva, una vida de resucitados con Cristo: una Vida de una proyección cada vez más sincera de ese Jesucristo, nuestra Vida, que vive en nosotros.

¿En que nos habremos de fijar? ¿En la multiplicación de los panes, en la curación de las enfermedades, en la prodigiosa resurrección de los muertos?…

Si para vivir de la Vida de Jesucristo fuera necesario hacer cosas de ese calibre… ¡qué difícil, por no decir imposible, habría hecho el Maestro la imitación de su ejemplo, el vivir de su Vida, el andar por su camino!

No hermanos, no. No necesitamos hacer grandes cosas para seguir de cerca a nuestro Maestro. Nada de multiplicar panes, nada de resucitar muertos, nada de anunciar mensajes escalofriantes… Sed ingenuamente sencillos, como saben serlo los niños pequeños, que no saben más que de confiar, de descansar, de vivir santamente despreocupados.

Es conmovedor en extremo, y meditamos poco por desgracia en ello, que de la vida portentosa que el Señor nos quiso legar en su Evangelio, solo quiso ponerse como ejemplo, en el imitar su sencillez y su humildad: “Aprended a ser sencillos y humildes como Yo”.

Y por si esas sus palabras pudieran ofrecer alguna duda, bien se encargó de aclararlas de manera que nunca jamás pudieran ofrecer el menor género de duda: “Si no os hacéis como niños pequeños no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Qué obsesión, sobre todo en estos días de nuestra Resurrección con Cristo, qué obsesión, digo, por vivir, y más vivir, de la Vida de Jesucristo. Vivimos sanamente obsesionados con estos ideales divinos. Y a trueque de hacerlos realidad en nosotros estamos dispuestos a rompernos la cabeza. Qué se yo qué no diéramos por conseguir todo eso…

Y nos olvidamos de lo único que nos exigen y está, en todo momento, al alcance de nuestras pecadoras manos: ser sencillos como los niños pequeños y como ellos confiar, confiar, confiar…

¿Qué preocupación siente un pequeño, por más seguro que se cierna el horizonte sobre él? ¿Qué falta a ese pequeño, a pesar de su despreocupación?

Tiene unos padres que cuidan de él… ¡Ya puede!

Y nosotros tenemos un Jesucristo que cuida de nosotros… ¡Qué no podremos!

Jesús, Vida mía; enséñame a vivir esos caminos de sencillez, de confianza total, de abandono completo en Ti, que tan en derechura llevan a esas cristalinas fuentes de la Vida de la que tan sedientes vivimos, después de nuestra resurrección a la Vida.

 

Este es el Día que hizo el Señor, Día de fiesta y de gozo…

Domingo de Pascua de Resurrección

Por: M. Carmen Calabuig. Vita et Pax. Valencia

Hemos vivido con el Señor, de forma intensa, en esta Semana Santa, su entrega hasta la muerte por amor… “Nos amó y se entregó por nosotros”.

Pero aquí no terminaba su camino, el Espíritu lo RESUCITÓ de entre los muertos.

Él nos reservaba su gran don, RESUCITAR CON ÉL, para vivir PLENAMENTE EN ÉL. Lo veremos cara a cara, seremos semejantes a Él…

Esta realidad que vivieron los apóstoles, nos la narran con convicción y firmeza:

“Dios lo resucitó al tercer día, nosotros somos testigos… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, ES LA RAZÓN DE NUESTRA FE.

Sabemos que nuestra vida es limitada, que un día terminará aquí en la tierra, pero desde nuestro nacimiento, o más bien, desde nuestra existencia en el pensamiento de Dios, estamos destinados a vivir eternamente con Él y a vivir EN PLENITUD DE SU MISMA VIDA.

A veces, siento que nuestra confianza no es tan firme ni segura como la de los Apóstoles, aunque también a ellos les costó creer: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura…”

María Magdalena, guiada por su amor a Jesús, fue al sepulcro, donde lo habían depositado, y no lo encontró… “no sabemos dónde lo han puesto…” y quizá entonces se tambalea la fe, nuestra confianza.

María corrió a transmitir su inquietud a Pedro, que con Juan, fue al sepulcro. Vieron los signos de la muerte: lienzos, sudarios… pero  Juan VIO Y CREYÓ.

Volvamos, como María Magdalena, a buscar al Señor al jardín, donde Él dirá nuestro nombre y le reconoceremos vivo y glorioso: “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Venid a Galilea, allí el Señor aguarda, allí veréis los suyos la gloria de la Pascua”

Que la Resurrección del Señor, ilumine nuestros ojos y caldee nuestro corazón, para VERLE Y VIVIR  resucitados.

Yo me pregunto ¿los cristianos creemos verdaderamente en la resurrección? Si es así, ¿por qué tememos tanto la muerte?

Toda nuestra vida es un caminar de la mano de la vida y de la muerte, siempre vienen con nosotros las dos. A un tiempo que crecemos y maduramos, algunos aspectos de nuestra vida se van perdiendo, siempre la vida y  la muerte.

“Lucharon Vida y muerte en singular batalla y muerto el que es la VIDA, triunfante se levanta.”

Esta VIDA va penetrando nuestro ser para renovarnos cada día, hasta llegar a ser plenamente lo que Él pensó para nosotros, desde el principio.

Es importante vivir buscando “las cosas de arriba”, los aspectos que nos van haciendo más humanos, más fraternos, más creadores de vida a nuestro alrededor.

No busquemos entre los muertos al que VIVE.

Vayamos a Galilea, como TESTIGOS DE SU RESURRECCIÓN y pasemos por el mundo, como Él, haciendo el bien, creando un mundo más justo, humano y fraternal y una tierra capaz de acoger y dar vida a todos.

¡¡¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA  Y NOSOTROS RESUCITAREMOS CON ÉL!!!

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECIÓN!

Pregón Pascual 2019

Pregón Pascual 2019

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Las veinticuatro horas más extraordinarias de la historia

Jueves y Viernes Santo 2019

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

 Después de habernos preparado en el tiempo cuaresmal para revivir intensamente el MISTERIO PASCUAL, nos encontramos ya en su plena celebración. Dejémonos pues, impregnar de su sentido profundo y acompañemos a Jesús en estas sus últimas veinticuatro horas que físicamente estuvo en este mundo. Intentemos penetrar en su corazón y en sus sentimientos.

Jesús es consciente de que su camino hacia el Padre está tocando a su fin porque sabe, como verdadero profeta que es, que se ha comprometido al máximo denunciando hipocresías, anunciando el Reino y mostrando el rostro misericordioso de su Padre.  Desde esta conciencia, siente tensión interior reflejada en la expresión del evangelista Juan: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El amor de Jesús por los suyos, por los que formaron la primera comunidad, fue patente desde el primer momento en que los eligió y a lo largo de su proceso de formación en el que los fue educando con el mayor cariño. Pero llegado este momento brilla de una manera especial.

Según las palabras introductorias, parece que va a pasar algo grande, provocan expectación,

Y SÍ pasa algo importante pero humilde y sencillo: se pone a lavarles los pies. Impresionante,

Jesús con este gesto da la última lección: el amor debe expresarse en servicio continuo, de hecho, se ciñe la toalla y no se la quita  después del lavatorio. Es simbólico, sus seguidores, sus amigos, las futuras comunidades cristianas, la iglesia que nacerá de su entrega total, deben  tener incrustada esta actitud: estar humildemente al servicio. “¿Comprendéis lo que acabo de hacer?”  dirá luego, “pues así ha de ser entre vosotros”. Jesús es totalmente consecuente, por activa y por pasiva ha inculcado que quien quiera estar arriba sea el servidor de todos. Reflexión seria para esta noche.

Seguidamente viene la cena pascual con todos sus salmos y sus  ritos. Pero en ella encuentra Jesús el modo de que la alianza sea actual para siempre y en ella asegura su presencia continua entre los suyos. Al comer el pan y tomar la copa se estremece, intuye la muerte que se le avecina y hace del pan su carne y del vino su sangre. Había llegado la hora de llevar a cumplimiento lo que había anunciado al multiplicar los panes y peces. Nadie podía comprender entonces cómo podría ser posible semejante afirmación. Él encontró la manera pero para que fuera real tenía que ser envuelta de terribles sufrimientos y desemboca en la crucifixión. Sus sentimientos en esta noche debieron ser encontrados y mezclados. Por un lado, sentiría el gozo de haber llevado a cabo la misión que el Padre le había confiado, casi obsesivamente quería insistir en el amor y señalar el punto ideal del mismo: “como el Padre me ama, así os he amado YO”. Así os estoy amando, así debéis amaros los unos a los otros.  Por otro lado, sentiría el dolor inmenso de la traición, del abandono, de la negación  y no solo de las pocas horas siguientes sino de todas las traiciones, negaciones, abandonos que a lo largo de la historia sufriría su transparente mensaje.  Muy duro sentir  todo eso, por eso no es extraño que, puesto en oración, llegara a sudar  sangre.                           

Y la noche iba transcurriendo. Llegó el prendimiento, las falsas acusaciones, los falsos testimonios, el ir y venir de “Herodes a Pilato”; nadie encontraba motivos suficientes que justificaran la condena. Burlas, azotes, coronación de espinas y finalmente el más injusto juicio de la historia seguida también de una injusta sentencia. Y en medio de todo ello, el admirable silencio de Jesús, roto únicamente ante las preguntas del sumo sacerdote y el interrogatorio de Pilato. Sus respuestas son serenas, claras, provocan indignación o bien hacen reflexionar. Ante ellos, y según el relato de Juan, Jesús controla los acontecimientos y se revela dueño de sí y testigo de la VERDAD. Imposible entenderse, transmiten en distintas “ondas”. Por eso, sin entender y presionado por las autoridades judías, el procurador romano lo envía a la crucifixión.

Jesús ya en la cruz, después de tanto tormento y seguramente con fiebre alta, siente dentro de sí la pasión por el Reino y quiere dejar concluida su misión: perdona y excusa a los que lo han crucificado: efectivamente no saben lo que han hecho. Se llevará consigo al paraíso el ladrón que reconoce su culpa. Tendrá sed, quizá aún le parezca poco lo que ha pasado para conseguir que la humanidad se rinda a los planes del Padre. Mira a los que tiene al pie de la cruz y con toda ternura nos deja la Madre y la confía al discípulo amado. Ahora sí: TODO ESTÁ CONSUMADO.  Le falta solo derramar la última gota de sangre y agua. Entrega el Espíritu. Es el gran PENTECOSTÉS, el NACIMIENTO DE LA IGLESIA y de la NUEVA VIDA SACRAMENTAL.

GRACIAS INFINITAS JESÚS, POR TU VIDA, TU PASIÓN, TU MUERTE. CON  ESPERANZA ANHELAMOS TU GRAN TRIUNFO: ¡TU  VIDA RESUCITADA!.

Desde Guatemala, con su particular vivencia de esta semana, alfombradas sus calles al paso de  nazarenos y sepultados, con fervor popular al más alto nivel,

¡¡¡GOZOSA PASCUA PARA TODOS Y TODAS!!!

El sentido de la muerte redentora de Jesús

Domingo de Ramos

Por: Luis López Hernández. Sacerdote. Alicante

Jesús no ha venido a ser servido sino a servir. Esta actitud nos introduce en el corazón de la misión de Jesús.  Jesús está decidido a recorrer vicariamente, por los hombres, el camino del sufrimiento, como oferta definitiva de su misericordia. Jesús se pone en nuestro lugar, se “desinstala” del lugar divino para ocupar el lugar humano. Y también ocupa nuestro lugar en el corazón de Dios-Padre. El “Pro nobis” constituye el sentido de la existencia de Jesús y de la entrega de su vida. Su ser para los demás, su entrega permanente a los demás, su presencia, amorosa y compasiva,  refleja su actitud vicaria de ser camino de salvación para el hombre desvalido.

Y todo esto, que sucede en nuestra relación con Jesús, viene a enseñarnos que Jesús es la representación de la justicia misericordiosa del Padre, él nos representa, él nos introduce en el corazón del Padre, él nos consigue la justificación, él nos santifica. El es nuestro Camino, Verdad y Vida.

En la actualidad no resulta fácil esta comprensión, pues la idea de la representación parece contradecir la responsabilidad personal sobre las propias acciones. ¿Cómo puede actuar alguien vicariamente por nosotros, sin que se lo hayamos encomendado de forma expresa?  Alguien se pone en nuestro lugar. Pero no nos quita nuestra identidad, ni nuestra responsabilidad, sino que se hace cauce de una gracia inmerecida que Dios “quiere darnos”: en la parábola de los jornaleros contratados, Jesús termina diciendo: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Mt, 20,15. El seguimiento es la respuesta de nuestra fe.

La justicia de Dios se manifiesta en la misericordia. Aquí tienen sentido las palabras de Jesús ante la reacción de los Apóstoles: “entonces, ¿quién puede salvarse? Es imposible para los hombres, no para Dios, él lo puede todo”. Y el “todo” de Dios es que su justicia está llena de misericordia. Esto escapa a la comprensión de los hombres. Nuestra justicia tiene otra medida. No es la suya. La distancia entre la de Dios y la de los hombres es muy grande.

La semana que empieza el Domingo14, es la semana del amor entregado de Dios, hecho carne y amor, en la vida y en la muerte de Jesús. El seguimiento, que Jesús propone a los que llama y ama, es el camino que salva a la humanidad. Hoy y ahora, nosotros somos los protagonistas de vivir ese camino de salvación.

Vía Crucis de nuestra Casa Común

Vía Crucis de nuestra Casa Común

Desde la Encíclica Laudato si’

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

  • PRIMERA ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Nuestra casa común convertida en un gran estercolero

Los seres humanos, sobre todo, los de los países ricos, producimos cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa común, la estamos convirtiendo, cada vez más, en un inmenso depósito de porquería, un gran estercolero.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON LA CRUZ

Nuestra casa común se ahoga con la contaminación

El ambiente en nuestras ciudades es cada vez más nocivo. Los índices de contaminación no paran de aumentar a causa de elevados niveles de humo que proceden de los combustibles que se utilizan para cocinar o para calentarse. A ello se suma la contaminación debida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • TERCERA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

El clima de nuestra casa en peligro

Existe un consenso científico que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado de un constante crecimiento del nivel del mar y desastres meteorológicos, grandes inundaciones o sequías extremas. La mayor parte del calentamiento se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • CUARTA ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

Otras catástrofes provocadas por el calentamiento

A su vez, el calentamiento tiene efectos nocivos sobre el ciclo del carbono. Crea un círculo que agrava aún más la situación y que afectará los recursos como el agua potable, la energía y la producción agrícola de las zonas más cálidas y provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. El derretimiento de los hielos polares amenaza con una liberación de alto riesgo de gas metano, y la descomposición de la materia orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de anhídrido carbónico.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • QUINTA ESTACIÓN: SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

Los recursos naturales se agotan

Consumimos sin freno, esto lleva al agotamiento de los recursos naturales. Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta sin que le demos tiempo a recomponerse, sin ser muy conscientes de ello, estamos dilapidando los recursos de las generaciones futuras.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SEXTA ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO A JESÚS

Se reduce de forma alarmante la cantidad de agua

La provisión de agua permaneció relativamente constante durante mucho tiempo, pero ahora en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término. Grandes ciudades sufren períodos de disminución de recursos. La pobreza del agua social se da especialmente en África, donde grandes sectores de la población no acceden al agua potable o padecen sequías que dificultan la producción de alimentos.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SÉPTIMA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

Muertes en la casa común producidas por la mala calidad del agua

Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los empobrecidos, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes enfermedades relacionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas. La diarrea y el cólera son un factor significativo de sufrimiento y de mortalidad infantil. También las aguas subterráneas, en muchos lugares, están amenazadas por la contaminación que producen algunas actividades agrícolas e industriales.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • OCTAVA ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES

La depredación llega a los recursos de la tierra

Los recursos de la tierra también están siendo depredados por la forma de entender la economía y la actividad comercial y productiva. La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no solo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • NOVENA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

La casa común esquilmada

No basta pensar en las distintas especies solo como eventuales recursos explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas. Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre. La inmensa mayoría se extinguen por razones que tienen que ver con alguna actividad humana. Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDOS

La casa común despojada de su belleza

Son admirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano. Pero mirando el mundo, advertimos que este nivel de intervención humana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivimos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiempo el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo siguen avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable por otra creada por nosotros.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • UNDÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ 

Los moradores de la casa común en peligro

El ser humano es también una criatura de la casa común y es afectado por la degradación ambiental del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas. El deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta. Los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente empobrecida. El impacto de los desajustes actuales se manifiesta también en la muerte prematura de muchos pobres, en los conflictos generados por falta de recursos y en tantos otros problemas que no tienen espacio suficiente en las agendas del mundo.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DUOCÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Gemidos de la casa común y de sus moradores

Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado tanto nuestra casa común como en los últimos siglos. Pero estamos llamados a escuchar esos gemidos y ser los instrumentos del Padre-Madre Dios para que nuestro planeta sea lo que Él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOTERCERA ESTACIÓN: JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

Necesitamos soluciones integrales para la casa común

Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren la conexión profunda de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOCUARTA ESTACIÓN: JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO

Apostar por otro estilo de vida en la casa común

Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. Sin embargo, no todo está perdido. No hay sistema que anule por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos. Por eso, podemos asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. Está a nuestro alcance evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público, plantar árboles, apagar las luces innecesarias…

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOQUINTA ESTACIÓN: JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS

Es imprescindible que el principio del bien común rija la convivencia de nuestra casa

En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, el principio del bien común se convierte en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más empobrecidos. Hoy, desde el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. Y todos necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. En nuestra casa común no hay espacio para la globalización de la indiferencia.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

 

Gustad y ved qué bueno es el Señor

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Lo definiría, en este momento ya avanzado de la Cuaresma, aunque ésta todavía con muchas cosas por decir, como el domingo de la reconciliación por la misericordia.

Las lecturas con tema recurrente, pero página sublime en el relato de Lucas y un precioso texto de Pablo instruyendo y asegurando una reconciliación total; un salmo de alegría y confianza y una primera lectura que introduce en este cuadro y ambiente de fidelidad, de amor, de ternura de Dios en la historia de antes y de ahora. Todo rubricado por la experiencia siempre, no teórica sino práctica, que de estos atributos de Dios tuvieron y tenemos los creyentes de entonces y nosotros, los cristianos del siglo XXI, los que creemos y confiamos en Jesucristo, portavoz, salvador y mediador del Padre en el mundo.

El Dios liberador se dirige a Josué para decirle: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto y la vida del Pueblo, que ha debido ir purificándose en la travesía por el desierto de sus desatinos e infidelidades, pasa a reconocer el valor de la libertad obtenida y a celebrar ese Paso del Señor que llega a convertirse en la razón fundamental de su fe.

El salmo 33 es el reconocimiento de tanto don e impulsa e invita a la alabanza, a la alegría, a bendecir al Señor que es bueno, escucha y responde librando de angustias y ansias.

El segundo texto de Corintios nos habla de criatura nueva y anticipa el mensaje pascual, la celebración de la Pascua a la cual nos preparamos, esperanzados e ilusionados, con todos los medios a nuestro alcance.

Cristo reconciliador, Cristo que nos quiere reconciliados con Dios, con el mundo, entre nosotros. Cristo que nos hace continuadores de esa misión suya ofreciéndonos el ser privilegiados con su amor y nos pide actuar como enviados suyos. El mundo, nuestra sociedad, necesitan la bondad de la reconciliación. ¡Qué pobres y qué necesitados de ella!

El mensaje es tan hermoso que caemos de nuestros miedos y temores, de nuestras reticencias e idolatrías, incoherencias y desamores, y nos dejamos abrazar por la mirada y los brazos amorosos de este Dios nuestro, el Dios de Jesús y de Israel.

Rememorando el Evangelio con el texto maravilloso de Lucas, texto resumen de la esencia de nuestra fe en el Padre Misericordioso y de la necesidad de cumplir el mandato doble del Amor, me encanta mirar el cuadro de Rembrandt; invito a ello y a meditar la escena ambientada con ropajes y escenografía del siglo XVII y tan actual como el propio relato de Jesús del siglo primero. Todo ello es impresionante y atemporal porque así es el corazón de ese Padre-Madre como también lo son las actitudes de los dos hermanos: un “balaperdida” y un “cumplidor” de mirada torva y corazón envidioso. A veces, a caballo entre los dos, andamos o mejor dicho, cabalgamos. Se nos pide mirar, amar y abrazar, como lo hace ese padre. Nada más y nada menos; la historia e interpretación es demasiado conocida, la intención de Jesús al relatárnosla es pedagogía pura e invitación amorosa.

Domingo de la reconciliación, del amor generoso y de la calidez de la mirada y el abrazo del Padre que nos quiere, sobre todo, hermanos.

El Señor es compasivo y misericordioso

Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Llevamos varias Jornadas haciendo el Camino de Cuaresma, Tiempo de Gracia para nuestro vivir cristiano. Acompañamos a Jesús en las últimas etapas de su vida, subiendo hacia Jerusalén donde sabía que iba a ser entregado y que esa entrega le llevaría a la muerte (Lc. 9, 44-45). Peregrinamos, pues, hacia la Pascua –Paso de la Muerte a la Vida-, el acontecimiento central y definitivo de la  vida y misión de Jesús y de la vida de los que queremos seguirle: “Porque esperó Dios lo libró y de la muerte lo sacó; Alegría y Paz, Hermanos, que el Señor resucitó”  (Canto Pascual de Kiko Argüello).

Los peregrinos deben caminar ligeros de equipaje.  Tiempo de Gracia para librarnos de lo que nos puede hacer más pesado el viaje, de lo que nos dificulta realizar las etapas previstas, de lo que entorpece el ritmo necesario para llegar a alcanzar la meta propuesta.  Las posibles renuncias de ese desprendernos  de lo que  dificulta o entorpece la marcha nos favorecen y ayudan  para llegar mejor a la meta, objetivo principal por el que caminamos.

Jesús fue un Pregonero de Buenas Noticias. El Profeta de Noticias liberadoras. Liberaba de la imagen de un Dios opresor, predominante en aquel tiempo, mantenida por las autoridades religiosas, exigente del cumplimiento de reglas que aprisionaba la vida de la gente sencilla, de los más pobres sobre todo. En la primera lectura de hoy, del Libro del Éxodo, Dios mismo se manifiesta como el Dios que se hace cargo del sufrimiento de su Pueblo en Egipto y envía a Moisés para que lo conduzca a una Tierra que le dará sustento y posibilidad de vivir en libertad.

Jesús recupera la imagen de ese Dios cercano a su Pueblo, compasivo y misericordioso, que sabe esperar, que “no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva” (Ez. 18, 21-28). Y todos somos pecadores, responsables de nuestros actos y beneficiarios de esa misericordia. No podemos juzgar a los demás como pecadores  ni acusar a  Dios como castigador (Sal.102).

El Evangelio de hoy (Lc. 13, 1-9) nos invita a la conversión, a liberarnos –cada uno/una- del peso que nos impide o dificulta el camino peregrino hacia la Pascua. Nos llama a no ser “higueras estériles”, “perjudicando el terreno” que ocupamos en el mundo. Aprovechemos la paciencia y la misericordia de Dios, que quiere “cavar a nuestro alrededor y abonar” el terreno de nuestras vidas para que demos fruto.  Cuaresma, “Tiempo de Gracia…”

No estamos solas en el camino del desierto

Domingo 1º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

Después de la celebración del miércoles de ceniza, donde iniciamos el recorrido cuaresmal de este año, las lecturas de este domingo nos sitúan en cual debe ser la razón fundamental de nuestro ser como seguidoras de Jesús, siguiendo su mismo pensar y sentir: la certeza de que Dios acompaña nuestra andadura y su fidelidad para con nuestra historia y la respuesta personal a ese Dios que busca nuestra felicidad.

La primera lectura nos recuerda la importancia de hacer memoria histórica de nuestro ser pueblo. Moisés motiva a que, en la presencia del Dios de Israel y al presentar las ofrendas ante el altar, la persona haga presente la historia de su pueblo y cómo Dios lo fue guiando hasta su liberación, dándoles una tierra que mana leche y miel.

Pablo recuerda a los romanos cómo deben reconocer la salvación que les llega de parte de Dios y la importancia de acogerla y proclamarla, esta vez, por medio de la ofrenda del Hijo resucitado por su Padre Dios. Creer con el corazón, proclamarlo con la boca, anunciarlo a las gentes y vivirlo en los gestos y acciones de cada día, que son el testimonio de esa liberación, reconocida en Jesús.

El evangelio nos ofrece el testimonio del mismo Jesús, que, ante las ofertas del tentador que le presenta la inmediatez para lograr el poder, el tener, la riqueza, la solución a los problemas del hambre y la dominación del cosmos, al costo que sea, Jesús tiene conciencia de la presencia de Dios en su historia y sabe que el ceder a esas tentaciones no es el camino para la felicidad. Y mantiene su fidelidad al Dios que siempre ha acompañado a su pueblo.

Se nos olvida la historia. Caemos en la tentación de pensar que el poder, el tener, la fuerza es lo que va a resolver nuestros problemas y olvidamos al Dios paciente, misericordioso, acogedor de todas y todos, que acompaña en fidelidad y trasciende la historia.

También hoy, frente a tantos problemas, tanta injusticia, tanto dolor y soledad que viven los pueblos, especialmente los más empobrecidos, sentimos la tentación de resolver desde la inmediatez, la violencia, la solución rápida a tanta necesidad.

Es complicada esta historia y nos resulta difícil “mirarla” y descubrir en ella signos de esa presencia de Dios que libera y acompaña en fidelidad al ser humano, creado a su imagen y semejanza.

La sociedad nos invita a buscar la felicidad en el poder, el tener, el prestigio y ponerlos al servicio de nosotras/os mismas/os. Y no reconocemos la tentación que está en la entraña de esa propuesta.

  Ser diferente, trabajar a contracorriente, poner nuestro corazón en lo que Dios sueña para todas y todos es difícil. Y Hay que mantenernos en la fidelidad a la búsqueda de una vida plena y para todas/os, al estilo de Dios.

Hoy se nos invita, de nuevo, sin olvidar nuestra historia como pueblo de Dios, a seguir intentando convertirnos a su proyecto y entender la vida de otra manera. Y a proclamar, desde la palabra de Jesús y su ejemplo que  “no solo de pan vive el hombre, no tentarás al Señor tu Dios”.

 

 

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