Discípulos del Maestro tentado

Por: D. Cornelio Urtasun

“Fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en panes”.

Y rechazada la primera carga, viene astutamente la segunda. Y rechazada esta, viene la tercera.

Qué caso: Jesús, Mi Maestro, Mi Señor, mi Vida, mi Luz.

Llevado por el Espíritu Santo al desierto y allí ¡tentado por el diablo!

Si Él, siendo Maestro y Señor, pasó por el aro de las tentaciones ¿Qué aspiraciones tendremos nosotros, sus discípulos, sus siervos?

Si Él, todo santidad, todo pureza, todo luz, todo Vida, aguanta sobre sí la embestida fuerte del enemigo ¿de qué tendremos que extrañarnos nosotros, manchados ya desde el principio por el pecado original y victimas después de tantas trapacerías hechas por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa?

Discípulos del Maestro tentado, siervos del Señor acosado.

Qué felices, qué contentos, nos tenemos que sentir al vernos tentados, al vernos acosados por el enemigo.

Qué felices nos tenemos que sentir al vernos tentados, y qué confiados en manos de Aquel que pasó por todos los aros habidos y por haber, con la única excepción del pecado.

Quién puede decir al Señor: Tú, claro, nos pides que seamos obedientes hasta la muerte, que seamos amadores de la pobreza, que seamos humildes, que seamos sacrificados ―el sacrificio personificado― que seamos puros… Es que no sabes la rebeldía que siento en mí contra todo eso: es que no sabes la fuerza de esta tentación que me acosa, por doquier…quién, quién.

Jesús, el divino tentado, sabe como nadie de la rebeldía de la carne contra el espíritu, de la repugnancia a todo lo que cuesta, a todo lo que supone sacrificio. Sabe como nadie de la fuerza sugestiva de un camino fácil, menos complicado, mas trillado; y sabe también de la fuerza seductora de una palabra, de una mirada, de una sonrisa. Dígalo el desierto, testigo de sus tentaciones; dígalo aquel huerto testigo de sus tristezas de muerte, de sus agonías, de sus tedios, de sus sudores de sangre.

Qué equivocación más lamentable la de aquel que pensando en vivir de la Vida de Jesucristo y más, queriéndola vivir hasta dejar de sobra, pensase que las tentaciones no eran compatibles con la santidad de Aquel que es nuestra Vida.

Como sería equivocación, igualmente lamentable, la de aquel que al seguir la indicación del Señor, de su Espíritu, y fuese a donde el Señor le llamara, creyese que ya estaba hecho todo y que ya allí no había más problemas, ni tentaciones, ni rebeldías, ni cuestas arriba, ni luchas, ni dolores.

Cómo se deshacen, como un terrón de azúcar en la taza de café caliente, todas estas ideas a la luz de esa figura tentada del Maestro, que hoy se levanta enhiesta como una bandera sobre nuestra alma para que la contemplemos bien a las claras, bien a las anchas.

Jesucristo, el divino tentado.

Su Vida de tentación, de sufrimiento, de lucha, de combate que se reproduce en nosotros, al vivirla con toda sinceridad, al vivirla con toda intensidad.

¿Hiciste una arrancada de cara al Señor y desde entonces se te complicó la vida, te comenzó la tentación…?

¿Por qué te extrañas? ¡Cuántas menos complicaciones en aquella vida de vulgar solteronía…¡¡Evidente!!

¡Hay que vivir; hay que morir!

¡Hay que triunfar; hay que luchar!

¡Jesús, divino Tentado, quiero vivir de tu Vida; de tu Vida de tentación, de lucha, de combate heroico y esforzado en esta hora del tiempo Cuaresmal, para así llegar con seguridad a la clara luz de la Pascua!

D. Cornelio: el hombre de Dios

Por: D. José Formentín Peñalosa. Sacerdote Diocesano. Cullera. Valencia.

En memoria del sacerdote D. Cornelio Urtasum Irisarri, Director del primer Convictorio para sacerdotes recién ordenados en Valencia, por el gran Arzobispo Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga, en 1946.

A un sacerdote pamplonica, nacido en Espinal y secretario personal del Sr. Arzobispo, le fue confiada la misión de dirigir el Convictorio y completar en nosotros toda la formación que habíamos recibido en el Seminario. Yo lo conocí, antes de ser ordenado presbítero, como profesor de Derecho Canónico en el Seminario y después de ser ordenado, juntamente con otros treinta y siete condiscípulos, a primeros del mes de Octubre de 1952; se nos invitó a que hiciéramos el curso de pastoral en el Convictorio, bajo la dirección del joven sacerdote D. Cornelio Urtasun. Teníamos clase de Sagrada Escritura, Liturgia, Pastoral, charlas sobre espiritualidad y sobre los acontecimientos de la vida de la Iglesia.

Con D. Cornelio, mantuve una relación íntima y profunda durante toda mi vida hasta el momento de su muerte en Pamplona.

¿Quién era D. Cornelio? El hombre de Dios, el mediador entre Dios y los hombres, a quien Dios, concedió poderes para enseñar, guiar y comunicar gracias a la comunidad…. Un nuevo Jesucristo; en él yo veía representada la persona y el poder del mismo Jesús. En el Convictorio me di cuenta que era el gran enamorado de su “Amigo Jesucristo”. El que se pasaba horas ante el Sagrario. El que cruzaba la calle de Poeta Bodría casi todos los días para confesar a la gente que acudía al convento de las Agustinas Recoletas.

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Manifestar la Resurrección: extender los brazos en la cruz

Por: D. Cornelio Urtasun

 Mirando y contemplando: oyendo y escuchando

Las mujeres, sentadas frente al sepulcro (Mt 27,61), se fijan (Mc 15.47) dónde lo ponen, vieron cómo era colocado su cuerpo y preparan aromas… (Lc 23,35).

Es una lección de realismo que contrasta con la de los apóstoles que entretienen su tiempo preguntándose cómo, por qué ha sido muerto Jesús. Ellas, temerosas pero intrépidas, desafían todo peligro y van a buscar al “muerto”. No ven más, pero lo que alcanzar a ver, lo siguen con amor hasta el fin. Encuentran al “vivo”: primero en sus huellas, luego, en su persona. Y lo anuncian a sus discípulos.

Manifestar la Resurrección

El panorama contemplado en la Resurrección de Jesucristo, a cargo de las mujeres, dan testimonio de su conducta, con su audacia, con su arrojo. Lo dan luego con sus palabras, sacan de su encierro a los apóstoles y les obligan a buscar, como ellas lo han hecho, a Jesucristo.

El Maestro dijo a los suyos: “seréis mis testigos…” (Hechos 1,8). Las mujeres se les anticipan en la Resurrección, de manera magistral. Dieron testimonio verbal, esplendido. Pero su testimonio alcanzó cotas más altas en aquella su actitud de fidelidad desafiante al Señor, a la hora de la verdad, en la muerte, en la sepultura y en la Resurrección.

Jesucristo no se cansó de afirmar que había venido para dar testimonio del Padre. De sí mismo no se cansó de decir, que si sus palabras no eran dignas de crédito, que allí estaban sus obras.

Pero Él tuvo una misión importante respecto de su Resurrección: MANIFESTARLA. Lo explica el texto de la Oración Eucarística II:

“Para destruir la muerte, y manifestar la Resurrección, extendió sus brazos en la cruz…”

El texto citado es preciso. ¡Fue así! Al morir, Jesucristo, extendió físicamente sus manos en la cruz. Pero antes, mucho antes, Él se había “cosido” en la cruz de su disposición ante el Padre, obediencia redentora, desde el momento que pronunció su “heme aquí” (Heb 10,5-7).

¿Se puede hablar en plena Pascua de extender los brazos en la cruz? Sí, es el camino seguro para manifestar la Resurrección.

Caminar con el corazón ensanchado, es una de las actitudes profundamente cristianas, urgentes, frente a tanto egoísmo y desinterés. Abrir nuestra mente y corazón a las necesidades y problemas del mundo y de la Iglesia. Y colaborar gratis. Quizá no es tanto lo que podamos dar: ¿Quizás un par de peces y cinco panes? Son la base para que Dios ponga lo demás y venga la multiplicación…

El humilde y constante servicio a todos los que nos necesiten, es otra cruz a la que somos invitados. La humildad y la constancia no tienen buena prensa. Lo que priva en la ciudad secular es lo que figura: presentar, salvar…, conservar la imagen. La verdad de lo que se dice es… ¡otra cosa! Poner ambas virtudes, ambas actitudes, al servicio de los demás, un servicio efectivo, indiscriminado, para todos: blancos, negros, jóvenes y viejos, amigos y enemigos, no se encuentra uno mucho por la vida.

Y a esto vino Jesucristo, ¡¡A SERVIR!! ¡Qué gran tarea! ¡Qué gran testimonio! ¡Qué ocasión de MANIFESTAR LA RESURRECCIÓN extendiendo los brazos en esa cruz concreta!

Otra cruz, entre las tantas, puede ser: buscar la verdad en la caridad.

¿“Buscar lealmente la verdad en la caridad” puede ser cruz? ¿Puede ser invitación a extender los brazos en la cruz, para manifestar la Resurrección? No hay más que leer el diálogo de Jesucristo con Pilatos, en plena Pasión (Jn 18, 28-40; 19,1-16) para comprender, que el servicio a la verdad en la caridad más limpia y generosa, de hecho, lleva a la cruz.

No se trata solamente de dar testimonio de la verdad para desenmascarar la mentira, sino, de dar testimonio de la verdad completa.

Entre las misiones que Jesucristo asignó al Espíritu Santo, señaló la de guiarnos hasta la verdad completa (Jn 13,13). Es Don excelso que el Paráclito da pero, a la vez, exige de nosotros colaboraciones penosas, que pueden ser también cruz.

Pero, siempre contamos con su ayuda, por eso le decimos: Espíritu Santo que resucitaste a Jesús, tu Siervo y Ungido, te pedimos:

¡¡Fúndenos a nosotros en su misma RESURRECCIÓN!!

En memoria del Rvdo. D. Cornelio Urtasun: Recuerdos y vivencias

Por: Luis F. Formentín Peñalosa. Cullera. Valencia

Recuerdo a D. Cornelio siendo yo pequeño en la década de los años cincuenta, concretamente, de 1953 a 1960, cuando venía a Cullera con aquél Citroën negro, y del que bajaban cuatro o cinco sacerdotes con sotana. A mí me llamaba la atención. Venían a comer a casa, invitados por mi hermano sacerdote, amigo de D. Cornelio, que disfrutaba degustando la paella que se cocinaba en nuestra casa, que tan bien preparaba la chica que teníamos, ya muchos años, a nuestro servicio.

En aquellas comidas aprovechaban los sacerdotes allí reunidos para charlar de una forma distendida y D. Cornelio empezó a querer a Cullera…

De D. Cornelio guardo gratísimos recuerdos y vivencias. Con el paso de los años, hoy podemos afirmar que fue un avanzado de abrir nuevas ventanas, –  como dijo aquél gran Papa, hoy Beato, Juan XXIII – para que entrara nuevos aires en la Iglesia, con la creación del Instituto Secular “Vita et Pax in Christo Jesu”, un fruto más del Concilio Vaticano II.

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El “venerable Sacramento” de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

No pocos cristianos de buena voluntad se preguntan por qué la Iglesia se empeña en ordenar muchas de sus cosas tan de cara al pasado. Una de ellas sería la Cuaresma, tan pasada de moda, hace ya tantos años, por no decir siglos. ¿Para qué sirve la Cuaresma? ¿Qué utilidad se sigue, se puede seguir, de su celebración? ¿No sería cosa de dejarla en su sitio: en el museo de recuerdos históricos del cristianismo?

La Cuaresma ¿institución meramente humana?

En varios de los grandes Diccionarios, de carácter universal e informativo, no es extraño encontrarse con la idea de que la Cuaresma es fruto de una concepción inteligente y aun genial de la vida de la Iglesia, la cual, pensando que debía orientar al pueblo cristiano para la celebración de la Pascua, la fiesta de las fiestas del cristianismo, habría ideado, a través de los siglos, un tiempo de preparación que, poco a poco, habría ido perfilándose hasta llegar a obtener la estructura de hoy. Para muchos historiadores e investigadores, la Cuaresma es el fruto del genio creador del cristianismo y de la capacidad organizativa de la Iglesia.

Pero ante un fenómeno de tan profundas resonancias en la vida, incluso civil, de los pueblos, es inevitable preguntarse: ¿qué hay dentro de ese fenómeno que llamamos observancias cuaresmales, hecha de tanta oración, no poca penitencia, individual y colectiva, y de práctica multisecular de la caridad en todas sus formas?

¿Tiene una explicación meramente humana el profundo arraigo en el corazón de los creyentes de todos los tiempos, del fenómeno de la Cuaresma? Parece que no.

En los ambientes cristianos, bien sea que se trate de las Iglesias antiguas o de Iglesias jóvenes, la sola palabra Cuaresma tiene unas resonancias especiales que hacen pensar en la oración, la mortificación, la solidaridad, como fruto de la intensificación de la caridad. Todo ello como manifestación de eso que llamamos conversión: el volver de cada hacia nuestro Dios, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón.

La Cuaresma, idea personal del Hijo de Dios

Parece inevitable pensar que se trata de una voluntad decidida de Dios, manifestada por su Hijo Jesucristo, de manera inconfundible:

Fue llevado por el Espiritu al desierto para ser tentado por el Diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas él respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le lleva consigo a la ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: Si eres Hijo de Dios tírate abajo porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le dijo: también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: Todo esto te daré si postrándote me adoras. Dícele entonces Jesús: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto. Entonces el diablo le deja” (Mt 4,1-11).

Del relato evangélico, en el que aparece el Señor Jesús marchando al desierto, en el momento (humanamente hablando) menos oportuno para su “presentación programática en sociedad”, desaprovechando la teofanía de que había sido objeto en el cauce del río Jordán, brotan ya, como por generación espontánea, las paradojas de la Cuaresma, personificadas en su iniciador:

– en la hora misma en que el Salvador va a manifestarse al mundo, para anunciarle la Buena Noticia, he aquí que se retira bruscamente de todo contacto con los hombres a quienes viene a evangelizar

– es conducido por el Espíritu Santo;

– para ser tentado por el diablo;

– pasa cuarenta días y cuarenta noches totalmente dedicado a la oración, en el retiro más completo;

– paralelamente, pasa la cuarentena, entregado a un ayuno total de cuarenta días con sus noches;

– es tentado en la triple escalada de la concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida, señaladas por S. Juan (1 Jn 2,16-17).

Un pequeño análisis de la escalada de las tentaciones que registra el Señor, así como el examen de la entraña de cada una de ellas, resultaría altamente ejemplar y orientador sobre la estrategia que el Maligno ha empleado, y sigue empleando, para instigar a los hombres a que hagan lo que desagrada al Señor.

La Cuaresma es una de las herencias que Jesucristo dejó en la Iglesia. Ésta la desarrolló, a través de los siglos, principalmente desde la Iglesia en Roma. Es una historia de veinte siglos, que ha contado con enamorados que la han estudiado, con tanta profundidad como amor.

El número 40

Entre las preguntas que vienen a la mente de una manera casi instintiva es la de interrogar: ¿por qué, precisamente, cuarenta días de Cuaresma?

No hay otra respuesta que la referencia a un querer concreto de Dios, manifestado por su Hijo Jesucristo, cuando vino a la tierra a realizar el designio de salvación que el Padre le encargó realizar.

Una mirada a las Escrituras da la medida sorprendente de la predilección de Dios por el número 40, en la realización de tantos acontecimientos de la Historia de la Salvación, desarrollados, a lo largo de 40 años o 40 días ¿Por qué? Yo no encuentro explicación racional, religiosa, política, sociológica. Nosotros no podemos hacer más que constatar unas realidades ­que se suceden a través de los tiempos. Por ejemplo:

– el diluvio dura 40 días (Gn 7,1-24),

– el embalsamamiento de Jacob dura 40 días (Gen 50,1-14),

– Moisés permanece en la cumbre de la montaña, en “retiro” personal con Dios, 40 días y 40 noches (Ex 24,12-18; Ex 34,27-35),

– los israelitas viven en el desierto 40 años, y durante los mismos, comen el maná que les manda Dios, durante todo ese tiempo (Ex 16,1-32),

– el rey David reina durante 40 años (Sam 5,1-5),

-Jonás emplaza a Nínive para que se convierta en un plazo de 40 días (Jon. 3,1-10)

– Elías camina 40 días y 40 noches hasta el encuentro con Dios en el Horeb (1 R 9,2-16);

– cuando llega la plenitud de los tiempos, Jesús pasa 40 días y 40 noches en el desierto antes de empezar su misión (Mt 4,1-11); junto a Jesucristo, en quien reverbera, a la hora de su Transfiguración en el monte, toda la gloria del Padre, aparecen dos expertos de la cuarentena: Moisés y Elías (Mc 9,2-8);

– por si todo esto no era bastante, he aquí que el Señor Jesús ya resucitado: “Se les presentó a sus discípulos dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles, durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (Hch 13).

El Señor Dios, que tantas maravillas enmarcó en el número 40, también quiso legar a su Iglesia el sacramento de la Cuaresma, enmarcado en un período de 40 días y 40 noches.

La Cuaresma ¿sacramento?

Indudablemente sí.

En las oraciones del primer domingo de Cuaresma se llama a la Cuaresma en el texto original “Sacramento de la Cuaresma” y “Sacramento venerable”. Los teólogos puntualizan las condiciones básicas requeridas para que una cosa sea sacramento: voluntad expresa del Señor Jesús de fundarlo como una institución permanente, para significar la gracia y para causarla.

De la personalísima influencia de Jesucristo en la fundación de la Cuaresma, no cabe margen de duda. Tampoco cabe duda alguna acerca de los componentes, elementos y circunstancias que acompañaron aquella primera edición, realizada en el desierto, bajo el impulso decidido del Espíritu de Dios. Que todo ello rezuma un ambiente revelador manifestador de la gracia de Dios que se va producir, es más que claro. Que los 40 días que Jesús pasa en el desierto son causadores de una gracia inconfundible, aparece incontrovertible: Jesús, orante, recio ayunador resiste a la tentación, la supera, propina al tentador unas lecciones soberanas, mientras a nosotros nos lega una herencia inconfundible. La Cuaresma es algo recio, donde las apariencias cuentan poco: la oración se toma en serio; el ayuno es contundente; el retiro no es un arreglo, y el combate con el Maligno se desarrolla a brazo partido. Es un combate donde hay un claro vencedor y un vencido total. Y como dirá san Agustín: tentados los cristianos en Cristo, victoriosos los miembros en la Cabeza.

Culminada la Cuaresma, “galvanizado” el temple del Señor, en la primera Cuaresma, helo ya bajar al “campamento“, a realizar el designio salvífico del Padre, santa y totalmente entregado a aquel “amor hasta el extremo” (Jn 13,1), que le llevará a “pasar haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Luego, para su Iglesia, es obvio que la evolución que llevó al nacimiento del sacramento de la Cuaresma, como gracia que prepara la Pascua, es fruto de este ejemplo y de esta voluntad de Cristo, el que vivió intensamente la primera Cuaresma y la primera Pascua.

 

Recordando a D. Cornelio, el amigo

Por: José Ramón Ortolá. Sacerdote Diócesis de Valencia (†)

Mi aportación, que siento no haberla hecho publica en su momento oportuno, en este breve escrito, quiere ser un cordial homenaje de gratitud y afecto hacia D. Cornelio, a quien me une una entrañable amistad desde hace 40 años.

Ciertamente que no puedo hablar de D. Cornelio antes de esos 40 años que le conocí. Aunque sé muchos pormenores de su vida anterior por testimonios muy directos de otras personas. Pero quiero limitarme a resaltar dos periodos de tiempo, que conviví más estrechamente con él, y que me parecen fundamentales para descubrir aspectos de la vida de D. Cornelio. Estos son: los años de Director del Convictorio Sacerdotal S. Eugenio de Valencia, y el tiempo que permanecimos juntos en la Iglesia Española de Monserrat en Roma.

Otros aspectos, quizá los más importantes de su vida, en especial como fundador del instituto secular VITA ET PAX, que sólo incidentalmente señalaré en este escrito, ya tiene competentes redactoras, que recogerán muchos datos del amplio archivo –grabado y escrito- que se conserva.

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DON CORNELIO, hombre de Iglesia

Por: Rafael Torija. Obispo emérito de Ciudad Real

Don Cornelio Urtasun, sacerdote originario de la diócesis de Pamplona, hace ya algunos años nos dejó al emprender la etapa última de su marcha hacia la Casa del Padre. Muy conocido en todos los ambientes eclesiales, sobre todo, entre los sacerdotes y en las asociaciones e Institutos seglares de vida consagrada. Es el iniciador y fundador del Instituto Secular Vita et Pax in Christo Jesu.

Yo le conocí de cerca. Traté con él frecuentemente. Gocé de su amistad. Experimenté su fraternal acogida en repetidas ocasiones… En fin, creo que poseo razones suficientes para afirmar de él que fue “un hombre de Iglesia” y que se manifestó como tal siempre a lo largo de su vida y ministerio sacerdotal; eso sí, sin expresiones llamativas nunca…

Me apoyo al resaltar especialmente el carácter eclesial de Don Cornelio en tres ocupaciones y preocupaciones que estuvieron siempre muy presentes a lo largo de su vida y ministerio:

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El nuevo año litúrgico

Por: D. Cornelio Urtasun

Vamos a comenzar un nuevo año. Y me hizo pensar en “su misterio”.  Ese misterio que cada año nos hace recorrer la Iglesia para llegar a la plenitud de Vida; plenitud a la que el Maestro nos llama.

Y el Maestro que intuye nuestro anhelo, manda a su Esposa, la Iglesia, para que nos enseñe esos caminos que conducen a la Vida. Ese conjunto de caminos que constituyen el año litúrgico, con su variedad de contrastes y paisajes que hacen el recorrido más   deseado y atractivo.

Un día, estaba en la orilla de un estanque enorme; descansaba contemplando aquella lívida transparencia de las aguas. Al rato, incorporándome se me ocurrió coger una piedrecita y echarla al medio de aquella cristalina superficie.

Como el eco de un beso me llegó al oído el susurro del choque de la piedra con el agua. Y ante mis ojos comenzaron a dibujarse una serie de círculos concéntricos que llegaron hasta la orilla. Me pareció que el último  me traía en sus ondas algo así como la emoción y la síntesis de todos los anteriores.  Y aquel cuadro tan sencillo, tantas veces repetido en nuestra niñez, me hizo pensar en el Maestro y en “su Misterio”: ese Misterio que  vivimos durante el Año Litúrgico. [Leer más…]

Testimonio de vida de Don Cornelio Urtasun

Por: Padre Philippe Kloeckner de la diócesis de Clermont-Ferrand

En 2009 Pàrroco de la parroquia Saint Luc à Clermont
Responsable a la conferencia episcopal de Francia del Área América Latina

Escribir en un momento de su vida puede ser una necesidad para mí, corresponde al encuentro de este deseo y de la sugerencia de Lola. De ninguna manera siento eso como una carga, sino, más bien, un momento feliz de amistad entre todos nosotros.

Un día el rector del Seminario francés, en los años ochenta, me preguntó si podía y si aceptaba ayudar a un sacerdote español, en un trabajo de traducción. Prestar servicio ya me alegraba, para un español me daba gusto, pero hacerlo por un sacerdote me llenaba de entusiasmo.

No imaginaba que el encuentro con Don Cornelio iba a cambiar algo de mi vida. No me atrevo a decir toda mi vida, sin embargo, no me parece tan lejos de esa realidad.

Me gusta decir también que, se me pidió un trabajo y me gané a un gran amigo. Además pienso que mi sacerdocio ha sido marcado profundamente por él.

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Cornelio Urtasun: Enamorado de la Eucaristía

Por: José María Lorenzo Amelibia

Cuando ingresé en el Seminario de Pamplona, en el año 1946, terminaba su mandato de educador Don Cornelio Urtasun joven y carismático sacerdote. No llegué a tratarlo, pero recibí el impacto de su persona de una forma indirecta.

Se hablaba en corrillos del tan Don Cornelio y su obra: Un grupo de seminaristas mayores, dirigidos suyos, eran modelo de buen comportamiento.

Se reunían algunos días por la noche para adorar juntos a Jesús en la Eucaristía; todos ellos guiados por aquel santo educador estaban enamorados del divino prisionero del Sagrario y difundían por doquier aquella gran amistad.

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