A la escucha del Maestro…

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares, s.j. Madrid

Domingo 25 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Ser creyente y seguidor del Señor Jesús pasa por aceptarlo como Maestro de nuestra vida. Y las enseñanzas del Maestro son, casi siempre, tan contraculturales que cuesta mucho hacerlas vida en nosotros.

Marcos en el evangelio de este domingo nos muestra a Jesús camino de Jerusalén instruyendo a sus discípulos. Y ellos, como la mayoría de nosotros y nosotras, no quieren enterarse de lo que el Maestro intenta enseñarles. Este les habla en relación a lo que le espera en Jerusalén y ellos sin atreverse a preguntar lo que no entienden. No vaya a ser que la aclaración suponga tener que cambiar su manera de pensar, actuar y situarme en el mundo.

Efectivamente, basta que Jesús se adelante un poco en el camino para que ellos comiencen a discutir quién es el más importante. Y el Maestro, con su paciencia infinita, los sienta y les deja claro que “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Por si no queda clara la explicación abraza a un niño, “el que acoge a un niño… me acoge a mí”.

Se nos educa para subir, no para bajar. Y acabamos con una tendencia innata a tomar el ascensor de subida y nunca el de bajada. La “ley del escalafón” se instala en nuestro corazón y en el mundo interior de nuestros deseos más profundos. Con nuestros labios podemos decir que lo nuestro es el servicio gratuito, pero de hecho nos gusta que nos sirvan, nos admiren, nos ensalcen, nos promocionen, etc. Estos son los valores del mundo. Esto es lo “natural”, y seríamos muy ingenuos si pensáramos que los creyentes –y quizá más los que somos clérigos- estamos inmunes a este humus en el que vivimos.

Sin embargo, como dice mi compañero Toño García, “en el mundo se sube subiendo y en el evangelio se sube bajando”. Son las paradojas que contienen las enseñanzas del Maestro. Hay que atreverse a creer esto y pedir al Espíritu de Dios que nos dé la fuerza para hacerlo vida en nosotros.

Vuelvo a la escena del niño abrazado por Jesús. El niño simboliza lo débil, lo vulnerable, porque necesita radicalmente del cuidado de sus padres para subsistir y salir adelante. También tenemos un comportamiento muy aprendido de presentarnos públicamente ante los demás con lo mejor de nuestro “curriculum”. Y así, ser aceptados, valorados, etc. La imagen del niño abrazado por Jesús nos recuerda que lo que nos hace valiosos ante Dios no son precisamente nuestros “talentos públicos”, sino nuestra debilidad y vulnerabilidad.

Sólo la persona que haya tenido la experiencia de sentirse acogida, sostenida, valorada y querida por Dios desde lo que es, y sobre todo, desde “el niño” que todos llevamos dentro, puede dar crédito a las enseñanzas del Maestro, y desde la gratitud que brota de esta experiencia situarse en el mundo como aquel que quiere entender su vida como servicio desinteresado, como lo hizo el Maestro.

En actitud de conversión

Por: José Antonio Pagola

Jesús habla con indignación profética. Su discurso dirigido a la gente y a sus discípulos es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.

¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.

«No hacen lo que dicen». Nuestro mayor pecado es la incoherencia. No vivimos lo que predicamos. Tenemos poder pero nos falta autoridad. Nuestra conducta nos desacredita. Nuestro ejemplo de vida más evangélica cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.

«Cargan fardos pesados sobre los hombros de la gente… pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar». Es cierto. Con frecuencia, somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros. Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias pero no les facilitamos la acogida del evangelio. No somos como Jesús que se preocupaba de hacer ligera su carga pues era sencillo y humilde de corazón.

«Todo lo que hacen es para que los vea la gente». No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre “quedar bien” ante los demás. No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto. Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.

«Les gustan los primeros puestos y los asientos de honor… y que les hagan reverencias por la calle». Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta. Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más. ¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?

«No os dejéis llamar maestros… ni guías… porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Guía: Cristo». El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo; orientad la atención de los creyentes sólo hacia él. ¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra porque uno solo es vuestro Padre del cielo». Para Jesús el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?

31 Tiempo ordinario (A)
Mateo 23,1-12

Lo primero

Por: José Antonio Pagola

En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?

Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?

El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?

El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.

30 Tiempo ordinario (A)
Mateo 22, 34-40

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS

La Vida y la Paz

Por: Luis González-Carvajal Santabárbara

Reflexión Teológica ofrecida a Vita et Pax

Descargar (la-vida.pdf, PDF, Desconocido)

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafíos.

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafios

Mujeres en el siglo XXI. Identidad, opciones y desafios

Autora: María del Carmen Martín Gavillero

 Aunque pueda sorprender, las mujeres se siguen preguntando en el siglo XXI quiénes son, qué desean, qué pueden aportar a la construcción de una justicia más humana y universal… En medio de los quehaceres cotidianos y luchas reivindicativas, siguen haciéndose las preguntas de siempre. Saben respuestas aprendidas que otros han dado, pero creen que ha llegado el momento de ensayar sus propias respuestas. Esto es lo que pretende Mujeres en el siglo XXI.

A lo largo de estas páginas se dibujan nuevos rostros de mujeres, llamadas con urgencia a tener una profunda vida interior. Las mujeres se están convirtiendo en agentes sociales de transformación de una realidad que es injusta. Ser mujeres creyentes y feministas empuja a la construcción de un futuro más humano, de una humanidad nueva. Si el pensamiento feminista no conduce a fortalecer la justicia social, es un falso feminismo. Si el cristianismo no lleva a luchar contra todo lo que se oponga a la justicia social, no es cristianismo.

 No es este un libro de mujeres para mujeres. Es un libro que quiere construir puentes donde hombres y mujeres puedan encontrarse para establecer nuevas relaciones y llegar a construir un futuro común de justicia.

 

Un Dios sin atractivo

Por: José Antonio Pagola

Jesús trataba de comunicar a la gente su experiencia de Dios y de su gran proyecto de ir haciendo un mundo más digno y dichoso para todos. No siempre lograba despertar su entusiasmo. Estaban demasiado acostumbrados a oír hablar de un Dios sólo preocupado por la Ley, el cumplimiento del sábado o los sacrificios del Templo.

Jesús les contó dos pequeñas parábolas para sacudir su indiferencia. Quería despertar en ellos el deseo de Dios. Les quería hacer ver que encontrarse con lo que él llamaba “reino de Dios” era algo mucho más grande que lo que vivían los sábados en la sinagoga del pueblo: Dios puede ser un descubrimiento inesperado, una sorpresa grande.

En las dos parábolas la estructura es la misma. En el primer relato, un labrador «encuentra» un tesoro escondido en el campo… Lleno de alegría, «vende todo lo que tiene» y compra el campo. En el segundo relato, un comerciante en perlas finas «encuentra» una perla de gran valor… Sin dudarlo, «vende todo lo que tiene» y compra la perla.

Algo así sucede con el «reino de Dios» escondido en Jesús, su mensaje y su actuación. Ese Dios resulta tan atractivo, inesperado y sorprendente que quien lo encuentra, se siente tocado en lo más hondo de su ser. Ya nada puede ser como antes.

Por primera vez, empezamos a sentir que Dios nos atrae de verdad. No puede haber nada más grande para alentar y orientar la existencia. El “reino de Dios” cambia nuestra forma de ver las cosas. Empezamos a creer en Dios de manera diferente. Ahora sabemos por qué vivir y para qué.

A nuestra religión le falta el “atractivo de Dios”. Muchos cristianos se relacionan con él por obligación, por miedo, por costumbre, por deber…, pero no porque se sientan atraídos por él. Tarde o temprano pueden terminar abandonando esa religión.

A muchos cristianos se les ha presentado una imagen tan deformada de Dios y de la relación que podemos vivir con él, que la experiencia religiosa les resulta inaceptable e incluso insoportable. No pocas personas están abandonando ahora mismo a Dios porque no pueden vivir ya por más tiempo en un clima religioso insano, impregnado de culpas, amenazas, prohibiciones o castigos.

Cada domingo, miles y miles de presbíteros y obispos predicamos el Evangelio, comentando las parábolas de Jesús y sus gestos de bondad a millones y millones de creyentes. ¿Qué experiencia de Dios comunicamos? ¿Qué imagen transmitimos del Padre y de su reino? ¿Atraemos los corazones hacia el Dios revelado en Jesús? ¿Los alejamos de su misterio de Bondad?

24 de julio de 2011
17 Tiempo ordinario (A)
Mateo 13, 44-52

 

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