El sentido de la muerte redentora de Jesús

Domingo de Ramos

Por: Luis López Hernández. Sacerdote. Alicante

Jesús no ha venido a ser servido sino a servir. Esta actitud nos introduce en el corazón de la misión de Jesús.  Jesús está decidido a recorrer vicariamente, por los hombres, el camino del sufrimiento, como oferta definitiva de su misericordia. Jesús se pone en nuestro lugar, se “desinstala” del lugar divino para ocupar el lugar humano. Y también ocupa nuestro lugar en el corazón de Dios-Padre. El “Pro nobis” constituye el sentido de la existencia de Jesús y de la entrega de su vida. Su ser para los demás, su entrega permanente a los demás, su presencia, amorosa y compasiva,  refleja su actitud vicaria de ser camino de salvación para el hombre desvalido.

Y todo esto, que sucede en nuestra relación con Jesús, viene a enseñarnos que Jesús es la representación de la justicia misericordiosa del Padre, él nos representa, él nos introduce en el corazón del Padre, él nos consigue la justificación, él nos santifica. El es nuestro Camino, Verdad y Vida.

En la actualidad no resulta fácil esta comprensión, pues la idea de la representación parece contradecir la responsabilidad personal sobre las propias acciones. ¿Cómo puede actuar alguien vicariamente por nosotros, sin que se lo hayamos encomendado de forma expresa?  Alguien se pone en nuestro lugar. Pero no nos quita nuestra identidad, ni nuestra responsabilidad, sino que se hace cauce de una gracia inmerecida que Dios “quiere darnos”: en la parábola de los jornaleros contratados, Jesús termina diciendo: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Mt, 20,15. El seguimiento es la respuesta de nuestra fe.

La justicia de Dios se manifiesta en la misericordia. Aquí tienen sentido las palabras de Jesús ante la reacción de los Apóstoles: “entonces, ¿quién puede salvarse? Es imposible para los hombres, no para Dios, él lo puede todo”. Y el “todo” de Dios es que su justicia está llena de misericordia. Esto escapa a la comprensión de los hombres. Nuestra justicia tiene otra medida. No es la suya. La distancia entre la de Dios y la de los hombres es muy grande.

La semana que empieza el Domingo14, es la semana del amor entregado de Dios, hecho carne y amor, en la vida y en la muerte de Jesús. El seguimiento, que Jesús propone a los que llama y ama, es el camino que salva a la humanidad. Hoy y ahora, nosotros somos los protagonistas de vivir ese camino de salvación.

Vía Crucis de nuestra Casa Común

Vía Crucis de nuestra Casa Común

Desde la Encíclica Laudato si’

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

  • PRIMERA ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Nuestra casa común convertida en un gran estercolero

Los seres humanos, sobre todo, los de los países ricos, producimos cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa común, la estamos convirtiendo, cada vez más, en un inmenso depósito de porquería, un gran estercolero.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON LA CRUZ

Nuestra casa común se ahoga con la contaminación

El ambiente en nuestras ciudades es cada vez más nocivo. Los índices de contaminación no paran de aumentar a causa de elevados niveles de humo que proceden de los combustibles que se utilizan para cocinar o para calentarse. A ello se suma la contaminación debida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • TERCERA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

El clima de nuestra casa en peligro

Existe un consenso científico que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado de un constante crecimiento del nivel del mar y desastres meteorológicos, grandes inundaciones o sequías extremas. La mayor parte del calentamiento se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • CUARTA ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

Otras catástrofes provocadas por el calentamiento

A su vez, el calentamiento tiene efectos nocivos sobre el ciclo del carbono. Crea un círculo que agrava aún más la situación y que afectará los recursos como el agua potable, la energía y la producción agrícola de las zonas más cálidas y provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. El derretimiento de los hielos polares amenaza con una liberación de alto riesgo de gas metano, y la descomposición de la materia orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de anhídrido carbónico.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • QUINTA ESTACIÓN: SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

Los recursos naturales se agotan

Consumimos sin freno, esto lleva al agotamiento de los recursos naturales. Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta sin que le demos tiempo a recomponerse, sin ser muy conscientes de ello, estamos dilapidando los recursos de las generaciones futuras.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SEXTA ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO A JESÚS

Se reduce de forma alarmante la cantidad de agua

La provisión de agua permaneció relativamente constante durante mucho tiempo, pero ahora en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término. Grandes ciudades sufren períodos de disminución de recursos. La pobreza del agua social se da especialmente en África, donde grandes sectores de la población no acceden al agua potable o padecen sequías que dificultan la producción de alimentos.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • SÉPTIMA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

Muertes en la casa común producidas por la mala calidad del agua

Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los empobrecidos, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes enfermedades relacionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas. La diarrea y el cólera son un factor significativo de sufrimiento y de mortalidad infantil. También las aguas subterráneas, en muchos lugares, están amenazadas por la contaminación que producen algunas actividades agrícolas e industriales.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • OCTAVA ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES

La depredación llega a los recursos de la tierra

Los recursos de la tierra también están siendo depredados por la forma de entender la economía y la actividad comercial y productiva. La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no solo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • NOVENA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

La casa común esquilmada

No basta pensar en las distintas especies solo como eventuales recursos explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas. Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre. La inmensa mayoría se extinguen por razones que tienen que ver con alguna actividad humana. Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDOS

La casa común despojada de su belleza

Son admirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano. Pero mirando el mundo, advertimos que este nivel de intervención humana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivimos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiempo el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo siguen avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable por otra creada por nosotros.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • UNDÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ 

Los moradores de la casa común en peligro

El ser humano es también una criatura de la casa común y es afectado por la degradación ambiental del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas. El deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta. Los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente empobrecida. El impacto de los desajustes actuales se manifiesta también en la muerte prematura de muchos pobres, en los conflictos generados por falta de recursos y en tantos otros problemas que no tienen espacio suficiente en las agendas del mundo.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DUOCÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Gemidos de la casa común y de sus moradores

Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado tanto nuestra casa común como en los últimos siglos. Pero estamos llamados a escuchar esos gemidos y ser los instrumentos del Padre-Madre Dios para que nuestro planeta sea lo que Él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOTERCERA ESTACIÓN: JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

Necesitamos soluciones integrales para la casa común

Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren la conexión profunda de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOCUARTA ESTACIÓN: JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO

Apostar por otro estilo de vida en la casa común

Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. Sin embargo, no todo está perdido. No hay sistema que anule por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos. Por eso, podemos asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. Está a nuestro alcance evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público, plantar árboles, apagar las luces innecesarias…

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

  • DÉCIMOQUINTA ESTACIÓN: JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS

Es imprescindible que el principio del bien común rija la convivencia de nuestra casa

En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, el principio del bien común se convierte en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más empobrecidos. Hoy, desde el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. Y todos necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. En nuestra casa común no hay espacio para la globalización de la indiferencia.

“Por Él, Dios quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20).

 

Gustad y ved qué bueno es el Señor

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Lo definiría, en este momento ya avanzado de la Cuaresma, aunque ésta todavía con muchas cosas por decir, como el domingo de la reconciliación por la misericordia.

Las lecturas con tema recurrente, pero página sublime en el relato de Lucas y un precioso texto de Pablo instruyendo y asegurando una reconciliación total; un salmo de alegría y confianza y una primera lectura que introduce en este cuadro y ambiente de fidelidad, de amor, de ternura de Dios en la historia de antes y de ahora. Todo rubricado por la experiencia siempre, no teórica sino práctica, que de estos atributos de Dios tuvieron y tenemos los creyentes de entonces y nosotros, los cristianos del siglo XXI, los que creemos y confiamos en Jesucristo, portavoz, salvador y mediador del Padre en el mundo.

El Dios liberador se dirige a Josué para decirle: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto y la vida del Pueblo, que ha debido ir purificándose en la travesía por el desierto de sus desatinos e infidelidades, pasa a reconocer el valor de la libertad obtenida y a celebrar ese Paso del Señor que llega a convertirse en la razón fundamental de su fe.

El salmo 33 es el reconocimiento de tanto don e impulsa e invita a la alabanza, a la alegría, a bendecir al Señor que es bueno, escucha y responde librando de angustias y ansias.

El segundo texto de Corintios nos habla de criatura nueva y anticipa el mensaje pascual, la celebración de la Pascua a la cual nos preparamos, esperanzados e ilusionados, con todos los medios a nuestro alcance.

Cristo reconciliador, Cristo que nos quiere reconciliados con Dios, con el mundo, entre nosotros. Cristo que nos hace continuadores de esa misión suya ofreciéndonos el ser privilegiados con su amor y nos pide actuar como enviados suyos. El mundo, nuestra sociedad, necesitan la bondad de la reconciliación. ¡Qué pobres y qué necesitados de ella!

El mensaje es tan hermoso que caemos de nuestros miedos y temores, de nuestras reticencias e idolatrías, incoherencias y desamores, y nos dejamos abrazar por la mirada y los brazos amorosos de este Dios nuestro, el Dios de Jesús y de Israel.

Rememorando el Evangelio con el texto maravilloso de Lucas, texto resumen de la esencia de nuestra fe en el Padre Misericordioso y de la necesidad de cumplir el mandato doble del Amor, me encanta mirar el cuadro de Rembrandt; invito a ello y a meditar la escena ambientada con ropajes y escenografía del siglo XVII y tan actual como el propio relato de Jesús del siglo primero. Todo ello es impresionante y atemporal porque así es el corazón de ese Padre-Madre como también lo son las actitudes de los dos hermanos: un “balaperdida” y un “cumplidor” de mirada torva y corazón envidioso. A veces, a caballo entre los dos, andamos o mejor dicho, cabalgamos. Se nos pide mirar, amar y abrazar, como lo hace ese padre. Nada más y nada menos; la historia e interpretación es demasiado conocida, la intención de Jesús al relatárnosla es pedagogía pura e invitación amorosa.

Domingo de la reconciliación, del amor generoso y de la calidez de la mirada y el abrazo del Padre que nos quiere, sobre todo, hermanos.

El Señor es compasivo y misericordioso

Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

Llevamos varias Jornadas haciendo el Camino de Cuaresma, Tiempo de Gracia para nuestro vivir cristiano. Acompañamos a Jesús en las últimas etapas de su vida, subiendo hacia Jerusalén donde sabía que iba a ser entregado y que esa entrega le llevaría a la muerte (Lc. 9, 44-45). Peregrinamos, pues, hacia la Pascua –Paso de la Muerte a la Vida-, el acontecimiento central y definitivo de la  vida y misión de Jesús y de la vida de los que queremos seguirle: “Porque esperó Dios lo libró y de la muerte lo sacó; Alegría y Paz, Hermanos, que el Señor resucitó”  (Canto Pascual de Kiko Argüello).

Los peregrinos deben caminar ligeros de equipaje.  Tiempo de Gracia para librarnos de lo que nos puede hacer más pesado el viaje, de lo que nos dificulta realizar las etapas previstas, de lo que entorpece el ritmo necesario para llegar a alcanzar la meta propuesta.  Las posibles renuncias de ese desprendernos  de lo que  dificulta o entorpece la marcha nos favorecen y ayudan  para llegar mejor a la meta, objetivo principal por el que caminamos.

Jesús fue un Pregonero de Buenas Noticias. El Profeta de Noticias liberadoras. Liberaba de la imagen de un Dios opresor, predominante en aquel tiempo, mantenida por las autoridades religiosas, exigente del cumplimiento de reglas que aprisionaba la vida de la gente sencilla, de los más pobres sobre todo. En la primera lectura de hoy, del Libro del Éxodo, Dios mismo se manifiesta como el Dios que se hace cargo del sufrimiento de su Pueblo en Egipto y envía a Moisés para que lo conduzca a una Tierra que le dará sustento y posibilidad de vivir en libertad.

Jesús recupera la imagen de ese Dios cercano a su Pueblo, compasivo y misericordioso, que sabe esperar, que “no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva” (Ez. 18, 21-28). Y todos somos pecadores, responsables de nuestros actos y beneficiarios de esa misericordia. No podemos juzgar a los demás como pecadores  ni acusar a  Dios como castigador (Sal.102).

El Evangelio de hoy (Lc. 13, 1-9) nos invita a la conversión, a liberarnos –cada uno/una- del peso que nos impide o dificulta el camino peregrino hacia la Pascua. Nos llama a no ser “higueras estériles”, “perjudicando el terreno” que ocupamos en el mundo. Aprovechemos la paciencia y la misericordia de Dios, que quiere “cavar a nuestro alrededor y abonar” el terreno de nuestras vidas para que demos fruto.  Cuaresma, “Tiempo de Gracia…”

El Tabor, punto de partida

Por: D. Cornelio Urtasun

El pasado domingo contemplábamos al Señor en el desierto tentado y molestado por el diablo. Hoy le vemos en el Tabor resplandeciente, hermoso, transfigurado en medio de Moisés y Elías. Él es el Hijo muy amado en quien el Padre tiene sus complacencias. Toda esta semana no ha cesado la Iglesia de exhortarnos con insistencia a la oración, al ayuno, al arrepentimiento de los pecados, a la penitencia. Tanto insiste que parece que deprime y cansa; la santidad, sin embargo, no es un conglomerado de preceptos que abruma y oprime sino vida y vida pujante, que da fuerza y vigor haciendo dulces y llevaderos todos los trabajos y sufrimientos.

Por eso, para que nuestra vida espiritual no quede anquilosada bajo el peso abrumador de la penitencia y del ayuno, sino rejuvenecida y vigorizada, para que nos animemos más y más a recorrer hasta el fin el camino comenzado, la Iglesia, siempre Madre bondadosa, pone ante nuestra consideración la escena de la Transfiguración del Señor. El Señor, hermoso y resplandeciente en el Tabor, es el símbolo y la más segura garantía de nuestra futura transfiguración. Creamos, esperemos, confiemos… La cuaresma es tiempo de generoso esfuerzo, de reforma, tiempo de tentación; todavía nos resta mucho camino que recorrer, pero no importa, creamos firmemente, más todavía que en la Transfiguración, en el Transfigurado, ya que al que cree todo le es posible. ¡Del Tabor a Getsemaní y al Calvario!

El Señor, en medio de la gloria de la Transfiguración, conversa con Moisés y Elías de su Pasión; escoge como testigos de su exaltación a los mismos que más tarde han de ser testigos de su agonía en Getsemaní. Nadie también como Él conocía la debilidad de los suyos y la necesidad que tenían de su Transfiguración para que su fe quedase robustecida.

El Tabor es como un punto de partida del camino que nos lleva a Getsemaní, al Calvario, a la Cruz, a la Pascua. Después de aquel suceso, de aquella ratificación del Padre, Jesús desciende con sus Apóstoles de la cumbre del monte y continúa su vida ordinaria con la misma sencillez y naturalidad de siempre.

La vida ordinaria, las pequeñas cosas de todos los días hechas con mucho amor, he aquí lo que constituye nuestra santificación; no nos podemos contentar como Pedro con quedarnos en la cumbre del Tabor; tenemos que descender y abandonar el punto de partida.

Todos los días en nosotros tiene lugar esta maravillosa Transfiguración, más real si se quiere que la del Tabor; el mismo Señor nos ha dicho: “Como me envió mi Padre que vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por Mí”. En el fervor de la comunión, acordémonos todos los días de la ardua tarea que vamos a comenzar, no nos contentemos solo con los goces de nuestra transfiguración, no nos olvidemos de que nuestro Amado en medio de ella, nos habla de su Pasión que es nuestra, de su sacrificio que es nuestro. La comunión más transformadora no es sino la que va acompañada de mayor sacrificio. ¡Agarrémonos fuertemente al Señor!

Señor nuestro Jesucristo, qué hermoso, qué divino, qué transfigurado te presentas hoy: Tú eres nuestro Amado y por Ti estamos dispuestos a todo. Señor: vive en nosotros, haznos transparentes como el cristal para que todos los que nos vean y oigan, Te vean a Ti y a Ti te oigan.

No estamos solas en el camino del desierto

Domingo 1º de Cuaresma. Ciclo C

Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

Después de la celebración del miércoles de ceniza, donde iniciamos el recorrido cuaresmal de este año, las lecturas de este domingo nos sitúan en cual debe ser la razón fundamental de nuestro ser como seguidoras de Jesús, siguiendo su mismo pensar y sentir: la certeza de que Dios acompaña nuestra andadura y su fidelidad para con nuestra historia y la respuesta personal a ese Dios que busca nuestra felicidad.

La primera lectura nos recuerda la importancia de hacer memoria histórica de nuestro ser pueblo. Moisés motiva a que, en la presencia del Dios de Israel y al presentar las ofrendas ante el altar, la persona haga presente la historia de su pueblo y cómo Dios lo fue guiando hasta su liberación, dándoles una tierra que mana leche y miel.

Pablo recuerda a los romanos cómo deben reconocer la salvación que les llega de parte de Dios y la importancia de acogerla y proclamarla, esta vez, por medio de la ofrenda del Hijo resucitado por su Padre Dios. Creer con el corazón, proclamarlo con la boca, anunciarlo a las gentes y vivirlo en los gestos y acciones de cada día, que son el testimonio de esa liberación, reconocida en Jesús.

El evangelio nos ofrece el testimonio del mismo Jesús, que, ante las ofertas del tentador que le presenta la inmediatez para lograr el poder, el tener, la riqueza, la solución a los problemas del hambre y la dominación del cosmos, al costo que sea, Jesús tiene conciencia de la presencia de Dios en su historia y sabe que el ceder a esas tentaciones no es el camino para la felicidad. Y mantiene su fidelidad al Dios que siempre ha acompañado a su pueblo.

Se nos olvida la historia. Caemos en la tentación de pensar que el poder, el tener, la fuerza es lo que va a resolver nuestros problemas y olvidamos al Dios paciente, misericordioso, acogedor de todas y todos, que acompaña en fidelidad y trasciende la historia.

También hoy, frente a tantos problemas, tanta injusticia, tanto dolor y soledad que viven los pueblos, especialmente los más empobrecidos, sentimos la tentación de resolver desde la inmediatez, la violencia, la solución rápida a tanta necesidad.

Es complicada esta historia y nos resulta difícil “mirarla” y descubrir en ella signos de esa presencia de Dios que libera y acompaña en fidelidad al ser humano, creado a su imagen y semejanza.

La sociedad nos invita a buscar la felicidad en el poder, el tener, el prestigio y ponerlos al servicio de nosotras/os mismas/os. Y no reconocemos la tentación que está en la entraña de esa propuesta.

  Ser diferente, trabajar a contracorriente, poner nuestro corazón en lo que Dios sueña para todas y todos es difícil. Y Hay que mantenernos en la fidelidad a la búsqueda de una vida plena y para todas/os, al estilo de Dios.

Hoy se nos invita, de nuevo, sin olvidar nuestra historia como pueblo de Dios, a seguir intentando convertirnos a su proyecto y entender la vida de otra manera. Y a proclamar, desde la palabra de Jesús y su ejemplo que  “no solo de pan vive el hombre, no tentarás al Señor tu Dios”.

 

 

Retiro de Cuaresma 2019

Una cena muy especial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Iniciamos la Cuaresma, ese camino que recorremos cada año en dirección a la Pascua. Pero antes de llegar a la meta, está la cena. Una cena muy especial, la que llamamos “Última Cena”. Una de las principales características de la vida de Jesús fue sus encuentros de mesa y mantel con gente de todo tipo: ricos y pobres, pecadores y justos, recaudadores y contribuyentes, líderes religiosos y personas corrientes, fariseos y discípulos, mujeres y hombres…

Jesús dijo que el Reino de Dios es una gran mesa repleta de comida. Y no nos extraña esta comparación ya que la comida es para vivir, para reparar las fuerzas, para festejar la exquisitez de un alimento, de una amistad… para estar y sentirnos juntas y juntos. La “comida”, como el Reino, nos remite a la vida. Incluso en las tradiciones más antiguas de la Biblia, aparecen el alimento y la comida familiar asociados al encuentro con el Dios de Israel. También para Jesús, el alimento es un signo del encuentro con su Padre; porque siempre son el padre y la madre los primeros responsables en buscar el alimento de los hijos y de las hijas.

La Última Cena no es una más, una entre otras, sino precisamente la última, aquella que asume y ratifica el valor de todas las anteriores. Esta Cuaresma del año 2019 viene con una tarjeta de invitación personal para cada una y cada uno, una invitación a cenar; pero aparte de la peluquería, el vestido nuevo y los adornos complementarios, también es bueno prepararnos por dentro para asistir como dignas seguidoras de Jesús.

  1. La Pasión empezó con una fiesta (Mt 26,14-29)

Hace poco leí esta frase y me impactó: “La Pasión empezó con una fiesta”; es verdad. A veces se nos olvida que aquel grupo de personas se juntaron a cenar, a compartir un momento especial de amistad, de encuentro, de disfrute. Nos podemos imaginar las risas, las bromas de un lado a otro de la mesa, las conversaciones mezcladas. Eran los que habían compartido, de un modo más cercano, tres años de intemperie, de caminos, de aprendizaje, y seguro que traían un buen cargamento de anécdotas, historias y nombres.

Como ocurre en las grandes ocasiones, tenían un motivo, la fiesta de la Pascua. Jesús, lo vemos una y otra vez en los Evangelios, fue un hombre al que le gustaba celebrar la vida. “Amigo de comilones y bebedores” llegaron a llamarle. Alrededor de la mesa, comiendo y conversando con gentes de todo tipo, fue abriendo mentes y corazones, sanando heridas, acogiendo historias…

Es en esta cena donde Juan ubicará un largo discurso de Jesús sobre el amor y la amistad. Es aquí, en su gesto de partir y repartir el vino y el pan, relacionándolo con su propia persona, donde luego leerán la institución de una nueva alianza. Es bonito pensar en el papel que desempeña la Última Cena en nuestra memoria de la Pasión porque es un momento de júbilo, de gozo y de encuentro.

A veces, en nuestra vida nos falta la fiesta. Celebrar que no estamos solas. Que nos reconocemos hermanas y compañeras de camino a pesar de nuestras limitaciones y fragilidades. Celebrar que estamos vivas, gozando de muchísimas oportunidades que nos pasan desapercibidas y, sin embargo, para buena parte de la humanidad son casi inconcebibles. Celebrar el tener aseguradas las condiciones básicas para llevar una vida digna. La dicha de contar con muchos nombres y rostros que van formando parte de nuestro camino. El ser testigos de cómo la ciencia, la capacidad humana en todos sus aspectos, se desarrolla alcanzando cotas insospechadas. Celebrar la posibilidad de echar una mano. Que te la echen a ti. Aceptar la ayuda porque, juntas, se puede más…

Comienzo la Cuaresma tomando conciencia de todo lo que hay de fiesta en mi vida, de lo mucho que tengo para agradecer y celebrar.

  1. La Pasión empezó con una crisis (Mc 14,10-31)

No todo fue fiesta. La Última Cena marcó un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Uno de ellos ya le había vendido, otro le negará y la mayoría de los restantes se darán a la fuga. El grupo se deshace, los lazos de compañerismo se verán desgarrados. Enfrentados al hecho de la pasión y muerte de Jesucristo, no tenían futuro al que agarrarse. En el momento en que este frágil grupo se estaba desmoronando, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”.

Esta es la paradoja fundamental del cristianismo. Como cristianos, nos reunimos para recordar la historia de aquella Última Cena. Es nuestra historia fundacional y, sin embargo, es una historia que habla de un gran fracaso. Nos reunimos como comunidad en torno al altar y recordamos la noche en la que se deshizo la comunidad; cuando celebramos la Eucaristía, recordamos el momento en el que Jesús se vio enfrentado a la muerte y la deserción.

Pero Jesús asumió esta crisis y la volvió fecunda. La verdadera comunidad nació en medio de una gran crisis de esperanza, cuando el futuro desaparecía. Por eso, la Última Cena nos invita a no salir huyendo de las crisis, sino a acogerlas, enfrentarlas, confiando en que pueden dar sus frutos. Si salimos corriendo, el momento será estéril, al igual que si Jesús se hubiese escabullido por la puerta de atrás en lugar de afrontar aquella noche oscura de traición. Las crisis nos rejuvenecen.

Es difícil ponerse en el lugar de Jesús. Parece evidente que no fue fácil dar cara al conflicto, y que el choque final iba resultando cada vez más inevitable. Es legítimo suponer que Jesús tuvo miedo al imaginar lo que se le venía encima. ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo a equivocarse. Miedo a no ser lo bastante fuerte, coherente o capaz en según qué circunstancias. Miedo a no estar a la altura de lo que se espera de una. Al dolor. Al rechazo. Al fracaso. A la muerte… Es tan humano que seríamos unas imprudentes si no mirásemos la realidad con lucidez. Jesús también tendría miedo. Y tuvo que lidiar con él. La clave no está en no temer, sino en no dejar que el temor nos paralice.

Con sinceridad, pongo nombre a mis miedos de hoy y los comparto.

  1. La Pasión empezó abierta a la esperanza (Jn 18)

En la Última Cena se produce un enfrentamiento entre dos formas de poder. Está el poder de las autoridades políticas y religiosas que es un poder brutal y mudo; el poder de tomar a Jesucristo por la fuerza, de encerrarlo, de humillarlo y de matarlo; el poder de Pilatos, quien le dice a Jesús: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” (Jn 19,10). Pero la historia de Jesús, particularmente en el Evangelio de San Juan, trata de otra forma de poder; es el poder del signo y de la palabra.

En este Evangelio, Jesús realiza signos: convierte el agua en vino, abre los ojos a los ciegos, hace hablar a los mudos… Por ello, la Última Cena marca el enfrentamiento entre el poder de la fuerza bruta y el poder del signo. Está el poder de Pilatos por un lado, y el poder del hombre débil y vulnerable que toma el pan, lo parte y lo comparte ante la perspectiva de la muerte.

En la Última Cena, Jesús no se limitó a hacer cualquier signo. El suyo fue un acto creativo y transformador. Iba a ser entregado a manos de sus enemigos. Sería confiado por uno de los suyos al poder brutal del Imperio, pero no se limitó a aceptar esto pasivamente: lo transformó en un momento de gracia. Hizo de la traición un momento de entrega.

A través de este signo Jesús acoge la traición y la vuelve fructífera. Razón por la cual no hay nada en la historia de la humanidad, tanto negativo como positivo, que, de algún modo, en formas que no somos capaces de anticipar, no pueda ser acogido y dar su fruto. Nuestro Sacramento de Esperanza se celebra en un momento en el que no parecía haber ninguna esperanza. Toda Eucaristía es una celebración de nuestra confianza acerca de que en Cristo el sentido acabará triunfando de una forma que no somos capaces de adivinar.

Ahí está el reto que se nos plantea en esta Cuaresma a cada una de nosotras: vivir con esperanza en medio de nuestras propias circunstancias y las de nuestro mundo. Recordamos lo dicho ya en otras ocasiones: la esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. Es la convicción de que todo aquello por lo que vivimos, con sus alegrías y sus penas, sus logros y sus fracasos, revelará tener un sentido.

Junto al sentido, también tejemos esperanza para otras personas cuando ejercemos el poder que tenemos, sea mucho o poco, para servir. Cuando colocamos nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos, al servicio, especialmente, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Tejemos esperanza cuando nuestro poder es signo de servicio al prójimo, tratando de que su vida sea más plena. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así, seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado, pero sería un mundo mejor.

Qué está ocurriendo ahora en mi vida o en el mundo a lo que me cuesta encontrarle sentido.

  1. La Pasión empezó con un acto de libertad (Lc 22,1-34)

En la Última Cena, Jesús es la víctima inocente. Ha sido traicionado y en breve será entregado. Pero continúa eligiendo libremente. Sus opciones son muy limitadas, pero elige reunirse con sus discípulos para celebrar una última comida juntos en lugar de salir huyendo de Jerusalén. Elige cruzar el valle del Cedrón e ir al jardín de Getsemaní para enfrentarse con sus enemigos. No es una simple víctima.

“Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Esta no fue únicamente una acción solidaria que Jesucristo tenía la posibilidad de hacer o de no hacer. Los Evangelios ponen de relieve que todo lo que Jesús había venido haciendo anteriormente desemboca necesariamente en esto. Toda la libertad que Jesucristo había manifestado al perdonar los pecados, tocar a los leprosos, trascender la ley, todo ello culmina en este acto de absoluta libertad. Se trata de lo que Jesucristo debe hacer pero también de lo que hace más libremente.

Cuando pensamos en la libertad como elección, es en relación a algo que poseemos. Pero tenemos la posibilidad de identificar una libertad más profunda, que es la de ser lo que somos. Relata un prisionero en Auschwitz: “La libertad es algo que tú y yo consideramos que tenemos y si nos encierran, nos la quitan. Pero en los campos de concentración, la libertad consistía en lo que éramos, lo cual configuraba nuestras actitudes respecto de nuestra situación y de nuestro destino”.

En este mundo consumista solemos dar por supuesto que cuantas más opciones tengamos, más libres seremos. Si podemos elegir entre diez clases distintas de yogures, somos más libres que los que sólo tienen dos. Pero cuando hemos evolucionado en dirección a esa libertad más profunda, la realidad es exactamente lo contrario. No hay más que unas pocas opciones profundas y fundamentales a elegir; y tienen que ver con llegar a ser libres y felices en Dios. Además, la libertad jamás es meramente individual, como la del consumidor dudando en escoger entre distintos productos. La libertad es el espacio en el que florecemos juntas.

Y aquí aparece una consecuencia difícil: la renuncia. Es el reverso de toda decisión. Eliges un camino y rechazas otro. Se trata de apostar por algo a lo que das tanta importancia que lo antepones a todo lo demás. Jesús se ve en la encrucijada de elegir entre su seguridad y bienestar o mantener la coherencia con lo que ha hecho y dicho hasta el final. Sabe que si huye ahora, tendrá que seguir huyendo siempre. Si huye, salva su vida, pero a costa de dejar de ser quien es, de hablar en nombre de los pobres, los desesperados y los excluidos. A costa de dejar de hablar del Dios Abbá que vuelve del revés la Ley. Por lo tanto, opta por afrontar el juicio de los que no comprenden su Evangelio. Elige afirmar, contra viento y marea, la verdad del Dios que viene a revelar y su Buena Noticia. Aunque le cueste la vida.

Qué renuncias me han dejado huella.

  1. La Pasión empezó con un amor entregado (1Cor 11,23-26)

En la Última Cena, Jesucristo realiza el más libre de todos los actos habidos en la historia de la humanidad. Jesús da su propia vida: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Parece un acto casi temerario el ponerse en manos de sus discípulos, las mismas personas que le traicionarán, le negarán y se apartarán de él. Parece incluso la pérdida de toda libertad.

Jesús se entrega y corre el riesgo del rechazo. La Última Cena nos muestra con un realismo extremo los peligros de darnos a alguien. Esta cena no se trata de una cita romántica en un pequeño restaurante a la luz de las velas. La Última Cena es la historia del riesgo que supone el darnos a los demás. Esta es la razón de que Jesús muriera, porque amó.

La Pasión no es el itinerario ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

El amor entregado de Jesús lo llevará hasta la cruz y allí amará a quienes lo acompañan y a quienes lo ejecutan. Un amor que le impulsa a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. Un amor que le hace volverse al ser humano que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. Un amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos a tantos otros y otras que buscamos aliviar la soledad. Un amor que busca su fuente última en Dios y por eso llama, pregunta, grita, expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso sino pobre. Un amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.

Agradezco a Jesús su invitación a la cena y le presento todo lo que hay en mi vida de fiesta y júbilo, mis miedos, los ‘sin-sentidos’ que vivo, las renuncias… y le agradezco de corazón su amor gratuito y entregado por mí y por toda la humanidad…

… que se note

3º Domingo de Cuaresma, ciclo B

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lectura del libro del Éxodo (20,1-17)

En esta lectura recordamos los diez mandamientos, esos que Dios señaló a Moisés, y que estudiábamos en la catequesis, esa ley que supone una pauta, una moral “de mínimos” podríamos decir, eso que sirve para convivir sin pisarnos unos a otros. Me fijo en la frase: “Yo soy el Señor, tu Dios”, como esa llamada a volcar la mirada solo en Él en medio de los muchos ídolos y fantasías que nos descentran del Centro, de Él. Ídolos que pueden ser el propio quehacer, una determinada relación, el lugar seguro que es la costumbre, todo muy bueno, como las tantas justificaciones que nos sirven para no cambiar nada.

Aquí estoy, mi Dios, que me sacas de la esclavitud y me conduces a un lugar mejor. Pareciera que en nuestras vidas, en la mía, siempre le digo, “espera, aún no”, no le dejo impregnarlo todo, llenarlo todo, orientarlo todo para que de verdad sea todo del Señor. En el fondo, aparco la plenitud, sigo apretando el paso, no me entrego del todo a Él.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,22-25)

Pablo dice que nosotros, los cristianos, predicamos a un Cristo crucificado que es la sabiduría de Dios y la fuerza de Dios. Realmente es incomprensible, escandaloso, ¿cómo puede ser? Solo aceptamos esta idea penetrando en el Misterio de la fe con los ojos abiertos, sabiendo que en lo débil, Él se refleja con más luz. Esto nos hace repensar la vida, la existencia, en función de las personas más sufrientes. Ellos orientan nuestra acción y nuestro compromiso.

Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25)

Este evangelio según san Juan, siempre ha provocado un cierto desconcierto. ¿Está Jesús siendo violento? ¿Cómo fue la cosa en realidad? Tal vez no lo vamos a saber con exactitud, pero sí que Jesús manifestó rabia porque en el templo se hiciera negocio, que se comerciara, porque ¿en qué se había convertido el templo? ¿No es ya el lugar de culto, de enseñanza, referencia de la fe? Parece que las cosas se habían pasado de rosca, y que los “mínimos”de la lectura del Éxodo, no se respetaban en la práctica, aunque quizá sí en la teoría. ¿Nos pasará esto a los cristianos a veces? ¿Tan fácil es perder el norte y relativizarlo todo?

Yo me lo digo a mí misma: Actúa, no hables tanto. Si Dios es tu centro, que se note; si crees en Cristo crucificado que se note; si en la debilidad Dios se expresa, que se note. “Muchos creyeron en Él viendo los signos que hacía”, eso dice el Evangelio. Percibo una llamada a la profundidad y a la conversión del corazón. Es Dios el que conoce el interior, a Él no podemos engañarle. En un mundo de apariencias, de mercado, de ganancias y de éxitos, Él llama a la sencillez, al corazón, a volver a la fe original, a no quedarnos enganchados en las ramas y ser de Él siguiendo los pasos del Evangelio, abiertas a discernir los signos de los tiempos hoy. 

 

Somos de Dios

Somos de Dios, en nosotros resplandece su gloria, ahí radica la plenitud de lo humano.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B                                                     

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18

…y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único

…Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz»…

Qué bueno es obedecer la voz de Dios, estemos atentos, su palabra no es de condena, su palabra es bendición por siempre, su palabra es de vida. La vida está en ver que nuestro centro es Dios, no quedarnos en nosotros mismos, no pretender quedarnos en lo que nos carga, en lo que creemos que es nuestro, sino en entregarlo y así dejar a Dios ser Dios en nosotros.

Romanos 8:31-34
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

No nos confundamos, no tengamos miedo, si Dios está por nosotros de nuestra parte, nadie ni nada tiene poder sobre nosotros, sus hijos e hijas.

Mc 9,2-10

…Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»…

Jesús sube al monte, lugar de oración, de encuentro personal con el Padre-Madre, le acompañan tres discípulos. Jesús siente necesidad de beber de la fuente, de dejarse empapar de la presencia de Dios. No puede continuar el camino, sin esos encuentros.

Imagino a Jesús, orando y compartiendo, con los tres amigos, de cómo es el Dios de Israel, a quien reconoce como Padre-Madre, porque ha experimentado como nunca nadie lo ha hecho, el gran amor con el que Dios ama a cada una de sus criaturas, ha contemplado su rostro actuando en la historia de Israel. Jesús les habla de Elías, el profeta que confió en el Señor y reconoce que solo uno es el Dios verdadero, les habla de Moisés a través de quien Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero ni Elías ni Moisés, ni la Ley ni los Profetas, tienen la última palabra. La plena manifestación de Dios es Jesús, en Jesús Dios nos dice su palabra definitiva. Aunque los discípulos no comprenden y tienen miedo, por eso Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse en lo seguro, qué era eso de morir, qué significaba eso de resucitar al tercer día.

Jesús está íntimamente unido al Padre, es uno con Él, su plenitud humana es la unión con el Padre. Sus amigos aún  no comprenden. Le han oído decir que Él es el “Hijo de lo humano”, sin comprender. Ahora cuando se manifiesta lo que es, cuando les deja ver la Gloria de Dios, siguen sin comprender.  Aún oyendo la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”, no comprenden. Permanecen en una comprensión dualista, separan lo humano de lo divino, como si lo humano fuera ajeno, no tuviera que ver nada con Dios, aún viven en sí mismos. Dios sigue siendo algo extraño o que dirige, en todo caso, la vida de los hombres desde fuera. No han comprendido la encarnación no comprenden que la plenitud humana es la gloria de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, Hijo de lo humano, y así ha conseguido para nosotros ser hijos de Dios. En Jesús se cumple definitivamente ese designio de Dios. El Padre nos revela quién es Jesús, “mi Hijo amado” y nos revela qué hemos de hacer, “escuchadle”.

No comprender que Dios ha tomado nuestra naturaleza, es no comprender que  solo es posible permanecer en Dios a través de lo humano, a través de todo cuanto conlleva lo humano, Jesús nos lo muestra,“he venido a sanar los corazones rotos a proclamar un año de gracia”, por eso solo acogiendo, sanando, bendiciendo, perdonando, y dejándose hacer, puede reconocerse la presencia de Dios, que siendo Dios se despojó de sí mismo, para traernos la salvación, para dar sentido a nuestra existencia. No somos seres desfondados, tenemos en Dios nuestra esperanza, nuestro ser se sustenta en Dios, en Él se nos revela lo que realmente somos. Su Gloria resplandece en nosotros, como en Jesús.

Oremos y sigamos a Jesús en el Tabor y en la bajada del monte, en la muerte y en la resurrección, escuchémosle. Él nos dice quiénes somos, qué hemos de hacer, cómo hemos de vivir. Oigamos la voz del cielo diciéndonos, “eres mi hijo/a amado/a”.

 

¡No me dejes caer en la tentación!

Por: D. Cornelio Urtasun

El miércoles de ceniza daremos inicio a la primavera del espíritu, La Cuaresma, con la inclinación de nuestras cabezas ante el sacerdote que pondrá en ellas el puñado de ceniza, mientras repetirá invariablemente: “acuérdate hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”. A partir de este día diremos al Señor una y otra vez en la Misa y en el Breviario: “Ahora, ahora, nos ha llegado el tiempo interesante; estos días son los días ideales para nuestra salvación”. “Que abandone el malvado sus caminos y el impío mande a paseo sus siniestras intenciones y que se conviertan todos al Señor, cargado de misericordia y bondad, el cual está siempre inclinado a la compasión y no quiere la muerte del pecador sino su conversión y su vida”. Desde el miércoles de ceniza la liturgia cobrará un cariz imponente que, a las veces, se convierte en dramático.

Con todo, donde la liturgia cuaresmal se centra y adquiere proporciones de armonía fascinadora, es en la misa del primer domingo de Cuaresma. ¿Sabéis en qué me apetece reparar, en qué se me ocurre pensar? En el Señor tentado. ¿Sabéis para qué? Para agradecerle que me haya abierto los ojos en materia de tentaciones, para pedirle con toda mi alma, con toda sinceridad, lo que durante años y años no he sabido pedir: “que no me deje caer en la tentación”. Quizás a alguien le parezca perogrullada insulsa. Yo la tengo como trascendental y decisiva.

Me dan que pensar las mil y una proposiciones que me hacen para el después, para cuando vuelva a España cargado de Doctorados y títulos académicos que si los esgrimo con habilidad me harán prosperar como el que más. Me dan que pensar las almas que el Señor me envía para las cuales tengo que ser el ejemplo viviente de todo lo que a ellas predico. Me dan que pensar las murmuraciones, las críticas y rechiflas de los que están junto a mí y muchas veces suben conmigo al altar. Y si continuara la lista sería interminable.

Y como me veo tan comprometido por todas partes, tan enredado en tantas cosas, tan acosado por  todos los lados, tiemblo, me entra un miedo pavoroso de mí y le digo al Señor con un acento que, a las veces, llega a conmovedor: “QUE NO ME DEJE CAER EN LA TENTACIÓN”.

En toda aquella tentación que tarde o temprano terminará por apartarme de Él y por arruinar todos los planes de Él sobre mí.

En el primer domingo de Cuaresma cuando veo a Jesucristo tentado, la silueta de mi divino Maestro y señor, sacudida y zarandeada como la mía, me llena de consuelo y agudiza mis precauciones. Si he de vivir de su VIDA, si he de ser proyección de su silueta, me las tengo que ver en muy negras. No me puedo hacer ilusiones. Como no te las puedes hacer tú que ya no tienes otra ilusión que la de hacerle el amor y VIVIR DE su VIDA. Y cómo quisiera que esta silueta de Jesucristo tentado se grabara en tus ojos y en los míos; en tu corazón y en el mío, para que nunca, nunca, perdamos el tino, para que nunca, nunca perdamos el equilibrio al redoblarse los ataques, al multiplicarse las complicaciones.

Hay que prepararse para la lucha, hay que prepararse al combate.

Pero no es el combate franco y a pecho descubierto el que más preocupa, pues sé bien que un asalto vigoroso será contestado con otro corajudo. Me preocupa el otro, el solapado, el artero, el retorcido, el que tira la piedra y esconde el brazo. El que dice que dejar la oración un día, dos, no llega ni a pecado; el que dice que sin hacer tanto ya se puede servir al Señor; el que aconseja que sin obedecer tanto y en tanto se puede cumplir perfectamente con el voto de obediencia; el que insinúa que otros santos no hicieron lo que a ti te aconsejan hacer… el que da a entender que, vamos, no hay por qué llevar las cosas a esos extremos. Y en fin, tantas cosas que tú y yo nos las sabemos muy bien.

Para esos combates me quiero prevenir diciéndole al Señor tentado que no, que por lo que más quiera, que no me deje caer en la tentación. Y que si soy débil y caigo, que nunca trate de justificar mi postura sino que a la caída siga inmediata, vertiginosa, la reacción de un levantar decidido, generoso, pensando que los santos lo fueron no porque no cayeron sino porque cuando cayeron  ¡se  l e v a n t a r o n!

¡Oh Jesús tentado: óyeme! Por lo que más quieras: ¡NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN!

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