Retiro de Cuaresma 2019

Una cena muy especial

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Iniciamos la Cuaresma, ese camino que recorremos cada año en dirección a la Pascua. Pero antes de llegar a la meta, está la cena. Una cena muy especial, la que llamamos “Última Cena”. Una de las principales características de la vida de Jesús fue sus encuentros de mesa y mantel con gente de todo tipo: ricos y pobres, pecadores y justos, recaudadores y contribuyentes, líderes religiosos y personas corrientes, fariseos y discípulos, mujeres y hombres…

Jesús dijo que el Reino de Dios es una gran mesa repleta de comida. Y no nos extraña esta comparación ya que la comida es para vivir, para reparar las fuerzas, para festejar la exquisitez de un alimento, de una amistad… para estar y sentirnos juntas y juntos. La “comida”, como el Reino, nos remite a la vida. Incluso en las tradiciones más antiguas de la Biblia, aparecen el alimento y la comida familiar asociados al encuentro con el Dios de Israel. También para Jesús, el alimento es un signo del encuentro con su Padre; porque siempre son el padre y la madre los primeros responsables en buscar el alimento de los hijos y de las hijas.

La Última Cena no es una más, una entre otras, sino precisamente la última, aquella que asume y ratifica el valor de todas las anteriores. Esta Cuaresma del año 2019 viene con una tarjeta de invitación personal para cada una y cada uno, una invitación a cenar; pero aparte de la peluquería, el vestido nuevo y los adornos complementarios, también es bueno prepararnos por dentro para asistir como dignas seguidoras de Jesús.

  1. La Pasión empezó con una fiesta (Mt 26,14-29)

Hace poco leí esta frase y me impactó: “La Pasión empezó con una fiesta”; es verdad. A veces se nos olvida que aquel grupo de personas se juntaron a cenar, a compartir un momento especial de amistad, de encuentro, de disfrute. Nos podemos imaginar las risas, las bromas de un lado a otro de la mesa, las conversaciones mezcladas. Eran los que habían compartido, de un modo más cercano, tres años de intemperie, de caminos, de aprendizaje, y seguro que traían un buen cargamento de anécdotas, historias y nombres.

Como ocurre en las grandes ocasiones, tenían un motivo, la fiesta de la Pascua. Jesús, lo vemos una y otra vez en los Evangelios, fue un hombre al que le gustaba celebrar la vida. “Amigo de comilones y bebedores” llegaron a llamarle. Alrededor de la mesa, comiendo y conversando con gentes de todo tipo, fue abriendo mentes y corazones, sanando heridas, acogiendo historias…

Es en esta cena donde Juan ubicará un largo discurso de Jesús sobre el amor y la amistad. Es aquí, en su gesto de partir y repartir el vino y el pan, relacionándolo con su propia persona, donde luego leerán la institución de una nueva alianza. Es bonito pensar en el papel que desempeña la Última Cena en nuestra memoria de la Pasión porque es un momento de júbilo, de gozo y de encuentro.

A veces, en nuestra vida nos falta la fiesta. Celebrar que no estamos solas. Que nos reconocemos hermanas y compañeras de camino a pesar de nuestras limitaciones y fragilidades. Celebrar que estamos vivas, gozando de muchísimas oportunidades que nos pasan desapercibidas y, sin embargo, para buena parte de la humanidad son casi inconcebibles. Celebrar el tener aseguradas las condiciones básicas para llevar una vida digna. La dicha de contar con muchos nombres y rostros que van formando parte de nuestro camino. El ser testigos de cómo la ciencia, la capacidad humana en todos sus aspectos, se desarrolla alcanzando cotas insospechadas. Celebrar la posibilidad de echar una mano. Que te la echen a ti. Aceptar la ayuda porque, juntas, se puede más…

Comienzo la Cuaresma tomando conciencia de todo lo que hay de fiesta en mi vida, de lo mucho que tengo para agradecer y celebrar.

  1. La Pasión empezó con una crisis (Mc 14,10-31)

No todo fue fiesta. La Última Cena marcó un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Uno de ellos ya le había vendido, otro le negará y la mayoría de los restantes se darán a la fuga. El grupo se deshace, los lazos de compañerismo se verán desgarrados. Enfrentados al hecho de la pasión y muerte de Jesucristo, no tenían futuro al que agarrarse. En el momento en que este frágil grupo se estaba desmoronando, Jesús tomó pan, lo bendijo y lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”.

Esta es la paradoja fundamental del cristianismo. Como cristianos, nos reunimos para recordar la historia de aquella Última Cena. Es nuestra historia fundacional y, sin embargo, es una historia que habla de un gran fracaso. Nos reunimos como comunidad en torno al altar y recordamos la noche en la que se deshizo la comunidad; cuando celebramos la Eucaristía, recordamos el momento en el que Jesús se vio enfrentado a la muerte y la deserción.

Pero Jesús asumió esta crisis y la volvió fecunda. La verdadera comunidad nació en medio de una gran crisis de esperanza, cuando el futuro desaparecía. Por eso, la Última Cena nos invita a no salir huyendo de las crisis, sino a acogerlas, enfrentarlas, confiando en que pueden dar sus frutos. Si salimos corriendo, el momento será estéril, al igual que si Jesús se hubiese escabullido por la puerta de atrás en lugar de afrontar aquella noche oscura de traición. Las crisis nos rejuvenecen.

Es difícil ponerse en el lugar de Jesús. Parece evidente que no fue fácil dar cara al conflicto, y que el choque final iba resultando cada vez más inevitable. Es legítimo suponer que Jesús tuvo miedo al imaginar lo que se le venía encima. ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo a equivocarse. Miedo a no ser lo bastante fuerte, coherente o capaz en según qué circunstancias. Miedo a no estar a la altura de lo que se espera de una. Al dolor. Al rechazo. Al fracaso. A la muerte… Es tan humano que seríamos unas imprudentes si no mirásemos la realidad con lucidez. Jesús también tendría miedo. Y tuvo que lidiar con él. La clave no está en no temer, sino en no dejar que el temor nos paralice.

Con sinceridad, pongo nombre a mis miedos de hoy y los comparto.

  1. La Pasión empezó abierta a la esperanza (Jn 18)

En la Última Cena se produce un enfrentamiento entre dos formas de poder. Está el poder de las autoridades políticas y religiosas que es un poder brutal y mudo; el poder de tomar a Jesucristo por la fuerza, de encerrarlo, de humillarlo y de matarlo; el poder de Pilatos, quien le dice a Jesús: “¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” (Jn 19,10). Pero la historia de Jesús, particularmente en el Evangelio de San Juan, trata de otra forma de poder; es el poder del signo y de la palabra.

En este Evangelio, Jesús realiza signos: convierte el agua en vino, abre los ojos a los ciegos, hace hablar a los mudos… Por ello, la Última Cena marca el enfrentamiento entre el poder de la fuerza bruta y el poder del signo. Está el poder de Pilatos por un lado, y el poder del hombre débil y vulnerable que toma el pan, lo parte y lo comparte ante la perspectiva de la muerte.

En la Última Cena, Jesús no se limitó a hacer cualquier signo. El suyo fue un acto creativo y transformador. Iba a ser entregado a manos de sus enemigos. Sería confiado por uno de los suyos al poder brutal del Imperio, pero no se limitó a aceptar esto pasivamente: lo transformó en un momento de gracia. Hizo de la traición un momento de entrega.

A través de este signo Jesús acoge la traición y la vuelve fructífera. Razón por la cual no hay nada en la historia de la humanidad, tanto negativo como positivo, que, de algún modo, en formas que no somos capaces de anticipar, no pueda ser acogido y dar su fruto. Nuestro Sacramento de Esperanza se celebra en un momento en el que no parecía haber ninguna esperanza. Toda Eucaristía es una celebración de nuestra confianza acerca de que en Cristo el sentido acabará triunfando de una forma que no somos capaces de adivinar.

Ahí está el reto que se nos plantea en esta Cuaresma a cada una de nosotras: vivir con esperanza en medio de nuestras propias circunstancias y las de nuestro mundo. Recordamos lo dicho ya en otras ocasiones: la esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. Es la convicción de que todo aquello por lo que vivimos, con sus alegrías y sus penas, sus logros y sus fracasos, revelará tener un sentido.

Junto al sentido, también tejemos esperanza para otras personas cuando ejercemos el poder que tenemos, sea mucho o poco, para servir. Cuando colocamos nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos, al servicio, especialmente, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Tejemos esperanza cuando nuestro poder es signo de servicio al prójimo, tratando de que su vida sea más plena. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así, seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado, pero sería un mundo mejor.

Qué está ocurriendo ahora en mi vida o en el mundo a lo que me cuesta encontrarle sentido.

  1. La Pasión empezó con un acto de libertad (Lc 22,1-34)

En la Última Cena, Jesús es la víctima inocente. Ha sido traicionado y en breve será entregado. Pero continúa eligiendo libremente. Sus opciones son muy limitadas, pero elige reunirse con sus discípulos para celebrar una última comida juntos en lugar de salir huyendo de Jerusalén. Elige cruzar el valle del Cedrón e ir al jardín de Getsemaní para enfrentarse con sus enemigos. No es una simple víctima.

“Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Esta no fue únicamente una acción solidaria que Jesucristo tenía la posibilidad de hacer o de no hacer. Los Evangelios ponen de relieve que todo lo que Jesús había venido haciendo anteriormente desemboca necesariamente en esto. Toda la libertad que Jesucristo había manifestado al perdonar los pecados, tocar a los leprosos, trascender la ley, todo ello culmina en este acto de absoluta libertad. Se trata de lo que Jesucristo debe hacer pero también de lo que hace más libremente.

Cuando pensamos en la libertad como elección, es en relación a algo que poseemos. Pero tenemos la posibilidad de identificar una libertad más profunda, que es la de ser lo que somos. Relata un prisionero en Auschwitz: “La libertad es algo que tú y yo consideramos que tenemos y si nos encierran, nos la quitan. Pero en los campos de concentración, la libertad consistía en lo que éramos, lo cual configuraba nuestras actitudes respecto de nuestra situación y de nuestro destino”.

En este mundo consumista solemos dar por supuesto que cuantas más opciones tengamos, más libres seremos. Si podemos elegir entre diez clases distintas de yogures, somos más libres que los que sólo tienen dos. Pero cuando hemos evolucionado en dirección a esa libertad más profunda, la realidad es exactamente lo contrario. No hay más que unas pocas opciones profundas y fundamentales a elegir; y tienen que ver con llegar a ser libres y felices en Dios. Además, la libertad jamás es meramente individual, como la del consumidor dudando en escoger entre distintos productos. La libertad es el espacio en el que florecemos juntas.

Y aquí aparece una consecuencia difícil: la renuncia. Es el reverso de toda decisión. Eliges un camino y rechazas otro. Se trata de apostar por algo a lo que das tanta importancia que lo antepones a todo lo demás. Jesús se ve en la encrucijada de elegir entre su seguridad y bienestar o mantener la coherencia con lo que ha hecho y dicho hasta el final. Sabe que si huye ahora, tendrá que seguir huyendo siempre. Si huye, salva su vida, pero a costa de dejar de ser quien es, de hablar en nombre de los pobres, los desesperados y los excluidos. A costa de dejar de hablar del Dios Abbá que vuelve del revés la Ley. Por lo tanto, opta por afrontar el juicio de los que no comprenden su Evangelio. Elige afirmar, contra viento y marea, la verdad del Dios que viene a revelar y su Buena Noticia. Aunque le cueste la vida.

Qué renuncias me han dejado huella.

  1. La Pasión empezó con un amor entregado (1Cor 11,23-26)

En la Última Cena, Jesucristo realiza el más libre de todos los actos habidos en la historia de la humanidad. Jesús da su propia vida: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Parece un acto casi temerario el ponerse en manos de sus discípulos, las mismas personas que le traicionarán, le negarán y se apartarán de él. Parece incluso la pérdida de toda libertad.

Jesús se entrega y corre el riesgo del rechazo. La Última Cena nos muestra con un realismo extremo los peligros de darnos a alguien. Esta cena no se trata de una cita romántica en un pequeño restaurante a la luz de las velas. La Última Cena es la historia del riesgo que supone el darnos a los demás. Esta es la razón de que Jesús muriera, porque amó.

La Pasión no es el itinerario ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

El amor entregado de Jesús lo llevará hasta la cruz y allí amará a quienes lo acompañan y a quienes lo ejecutan. Un amor que le impulsa a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. Un amor que le hace volverse al ser humano que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. Un amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos a tantos otros y otras que buscamos aliviar la soledad. Un amor que busca su fuente última en Dios y por eso llama, pregunta, grita, expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso sino pobre. Un amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.

Agradezco a Jesús su invitación a la cena y le presento todo lo que hay en mi vida de fiesta y júbilo, mis miedos, los ‘sin-sentidos’ que vivo, las renuncias… y le agradezco de corazón su amor gratuito y entregado por mí y por toda la humanidad…

… que se note

3º Domingo de Cuaresma, ciclo B

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Lectura del libro del Éxodo (20,1-17)

En esta lectura recordamos los diez mandamientos, esos que Dios señaló a Moisés, y que estudiábamos en la catequesis, esa ley que supone una pauta, una moral “de mínimos” podríamos decir, eso que sirve para convivir sin pisarnos unos a otros. Me fijo en la frase: “Yo soy el Señor, tu Dios”, como esa llamada a volcar la mirada solo en Él en medio de los muchos ídolos y fantasías que nos descentran del Centro, de Él. Ídolos que pueden ser el propio quehacer, una determinada relación, el lugar seguro que es la costumbre, todo muy bueno, como las tantas justificaciones que nos sirven para no cambiar nada.

Aquí estoy, mi Dios, que me sacas de la esclavitud y me conduces a un lugar mejor. Pareciera que en nuestras vidas, en la mía, siempre le digo, “espera, aún no”, no le dejo impregnarlo todo, llenarlo todo, orientarlo todo para que de verdad sea todo del Señor. En el fondo, aparco la plenitud, sigo apretando el paso, no me entrego del todo a Él.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,22-25)

Pablo dice que nosotros, los cristianos, predicamos a un Cristo crucificado que es la sabiduría de Dios y la fuerza de Dios. Realmente es incomprensible, escandaloso, ¿cómo puede ser? Solo aceptamos esta idea penetrando en el Misterio de la fe con los ojos abiertos, sabiendo que en lo débil, Él se refleja con más luz. Esto nos hace repensar la vida, la existencia, en función de las personas más sufrientes. Ellos orientan nuestra acción y nuestro compromiso.

Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25)

Este evangelio según san Juan, siempre ha provocado un cierto desconcierto. ¿Está Jesús siendo violento? ¿Cómo fue la cosa en realidad? Tal vez no lo vamos a saber con exactitud, pero sí que Jesús manifestó rabia porque en el templo se hiciera negocio, que se comerciara, porque ¿en qué se había convertido el templo? ¿No es ya el lugar de culto, de enseñanza, referencia de la fe? Parece que las cosas se habían pasado de rosca, y que los “mínimos”de la lectura del Éxodo, no se respetaban en la práctica, aunque quizá sí en la teoría. ¿Nos pasará esto a los cristianos a veces? ¿Tan fácil es perder el norte y relativizarlo todo?

Yo me lo digo a mí misma: Actúa, no hables tanto. Si Dios es tu centro, que se note; si crees en Cristo crucificado que se note; si en la debilidad Dios se expresa, que se note. “Muchos creyeron en Él viendo los signos que hacía”, eso dice el Evangelio. Percibo una llamada a la profundidad y a la conversión del corazón. Es Dios el que conoce el interior, a Él no podemos engañarle. En un mundo de apariencias, de mercado, de ganancias y de éxitos, Él llama a la sencillez, al corazón, a volver a la fe original, a no quedarnos enganchados en las ramas y ser de Él siguiendo los pasos del Evangelio, abiertas a discernir los signos de los tiempos hoy. 

 

Somos de Dios

Somos de Dios, en nosotros resplandece su gloria, ahí radica la plenitud de lo humano.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo B                                                     

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18

…y dijo: «Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único

…Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz»…

Qué bueno es obedecer la voz de Dios, estemos atentos, su palabra no es de condena, su palabra es bendición por siempre, su palabra es de vida. La vida está en ver que nuestro centro es Dios, no quedarnos en nosotros mismos, no pretender quedarnos en lo que nos carga, en lo que creemos que es nuestro, sino en entregarlo y así dejar a Dios ser Dios en nosotros.

Romanos 8:31-34
Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

No nos confundamos, no tengamos miedo, si Dios está por nosotros de nuestra parte, nadie ni nada tiene poder sobre nosotros, sus hijos e hijas.

Mc 9,2-10

…Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»…

Jesús sube al monte, lugar de oración, de encuentro personal con el Padre-Madre, le acompañan tres discípulos. Jesús siente necesidad de beber de la fuente, de dejarse empapar de la presencia de Dios. No puede continuar el camino, sin esos encuentros.

Imagino a Jesús, orando y compartiendo, con los tres amigos, de cómo es el Dios de Israel, a quien reconoce como Padre-Madre, porque ha experimentado como nunca nadie lo ha hecho, el gran amor con el que Dios ama a cada una de sus criaturas, ha contemplado su rostro actuando en la historia de Israel. Jesús les habla de Elías, el profeta que confió en el Señor y reconoce que solo uno es el Dios verdadero, les habla de Moisés a través de quien Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero ni Elías ni Moisés, ni la Ley ni los Profetas, tienen la última palabra. La plena manifestación de Dios es Jesús, en Jesús Dios nos dice su palabra definitiva. Aunque los discípulos no comprenden y tienen miedo, por eso Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse en lo seguro, qué era eso de morir, qué significaba eso de resucitar al tercer día.

Jesús está íntimamente unido al Padre, es uno con Él, su plenitud humana es la unión con el Padre. Sus amigos aún  no comprenden. Le han oído decir que Él es el “Hijo de lo humano”, sin comprender. Ahora cuando se manifiesta lo que es, cuando les deja ver la Gloria de Dios, siguen sin comprender.  Aún oyendo la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”, no comprenden. Permanecen en una comprensión dualista, separan lo humano de lo divino, como si lo humano fuera ajeno, no tuviera que ver nada con Dios, aún viven en sí mismos. Dios sigue siendo algo extraño o que dirige, en todo caso, la vida de los hombres desde fuera. No han comprendido la encarnación no comprenden que la plenitud humana es la gloria de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, Hijo de lo humano, y así ha conseguido para nosotros ser hijos de Dios. En Jesús se cumple definitivamente ese designio de Dios. El Padre nos revela quién es Jesús, “mi Hijo amado” y nos revela qué hemos de hacer, “escuchadle”.

No comprender que Dios ha tomado nuestra naturaleza, es no comprender que  solo es posible permanecer en Dios a través de lo humano, a través de todo cuanto conlleva lo humano, Jesús nos lo muestra,“he venido a sanar los corazones rotos a proclamar un año de gracia”, por eso solo acogiendo, sanando, bendiciendo, perdonando, y dejándose hacer, puede reconocerse la presencia de Dios, que siendo Dios se despojó de sí mismo, para traernos la salvación, para dar sentido a nuestra existencia. No somos seres desfondados, tenemos en Dios nuestra esperanza, nuestro ser se sustenta en Dios, en Él se nos revela lo que realmente somos. Su Gloria resplandece en nosotros, como en Jesús.

Oremos y sigamos a Jesús en el Tabor y en la bajada del monte, en la muerte y en la resurrección, escuchémosle. Él nos dice quiénes somos, qué hemos de hacer, cómo hemos de vivir. Oigamos la voz del cielo diciéndonos, “eres mi hijo/a amado/a”.

 

¡No me dejes caer en la tentación!

Por: D. Cornelio Urtasun

El miércoles de ceniza daremos inicio a la primavera del espíritu, La Cuaresma, con la inclinación de nuestras cabezas ante el sacerdote que pondrá en ellas el puñado de ceniza, mientras repetirá invariablemente: “acuérdate hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”. A partir de este día diremos al Señor una y otra vez en la Misa y en el Breviario: “Ahora, ahora, nos ha llegado el tiempo interesante; estos días son los días ideales para nuestra salvación”. “Que abandone el malvado sus caminos y el impío mande a paseo sus siniestras intenciones y que se conviertan todos al Señor, cargado de misericordia y bondad, el cual está siempre inclinado a la compasión y no quiere la muerte del pecador sino su conversión y su vida”. Desde el miércoles de ceniza la liturgia cobrará un cariz imponente que, a las veces, se convierte en dramático.

Con todo, donde la liturgia cuaresmal se centra y adquiere proporciones de armonía fascinadora, es en la misa del primer domingo de Cuaresma. ¿Sabéis en qué me apetece reparar, en qué se me ocurre pensar? En el Señor tentado. ¿Sabéis para qué? Para agradecerle que me haya abierto los ojos en materia de tentaciones, para pedirle con toda mi alma, con toda sinceridad, lo que durante años y años no he sabido pedir: “que no me deje caer en la tentación”. Quizás a alguien le parezca perogrullada insulsa. Yo la tengo como trascendental y decisiva.

Me dan que pensar las mil y una proposiciones que me hacen para el después, para cuando vuelva a España cargado de Doctorados y títulos académicos que si los esgrimo con habilidad me harán prosperar como el que más. Me dan que pensar las almas que el Señor me envía para las cuales tengo que ser el ejemplo viviente de todo lo que a ellas predico. Me dan que pensar las murmuraciones, las críticas y rechiflas de los que están junto a mí y muchas veces suben conmigo al altar. Y si continuara la lista sería interminable.

Y como me veo tan comprometido por todas partes, tan enredado en tantas cosas, tan acosado por  todos los lados, tiemblo, me entra un miedo pavoroso de mí y le digo al Señor con un acento que, a las veces, llega a conmovedor: “QUE NO ME DEJE CAER EN LA TENTACIÓN”.

En toda aquella tentación que tarde o temprano terminará por apartarme de Él y por arruinar todos los planes de Él sobre mí.

En el primer domingo de Cuaresma cuando veo a Jesucristo tentado, la silueta de mi divino Maestro y señor, sacudida y zarandeada como la mía, me llena de consuelo y agudiza mis precauciones. Si he de vivir de su VIDA, si he de ser proyección de su silueta, me las tengo que ver en muy negras. No me puedo hacer ilusiones. Como no te las puedes hacer tú que ya no tienes otra ilusión que la de hacerle el amor y VIVIR DE su VIDA. Y cómo quisiera que esta silueta de Jesucristo tentado se grabara en tus ojos y en los míos; en tu corazón y en el mío, para que nunca, nunca, perdamos el tino, para que nunca, nunca perdamos el equilibrio al redoblarse los ataques, al multiplicarse las complicaciones.

Hay que prepararse para la lucha, hay que prepararse al combate.

Pero no es el combate franco y a pecho descubierto el que más preocupa, pues sé bien que un asalto vigoroso será contestado con otro corajudo. Me preocupa el otro, el solapado, el artero, el retorcido, el que tira la piedra y esconde el brazo. El que dice que dejar la oración un día, dos, no llega ni a pecado; el que dice que sin hacer tanto ya se puede servir al Señor; el que aconseja que sin obedecer tanto y en tanto se puede cumplir perfectamente con el voto de obediencia; el que insinúa que otros santos no hicieron lo que a ti te aconsejan hacer… el que da a entender que, vamos, no hay por qué llevar las cosas a esos extremos. Y en fin, tantas cosas que tú y yo nos las sabemos muy bien.

Para esos combates me quiero prevenir diciéndole al Señor tentado que no, que por lo que más quiera, que no me deje caer en la tentación. Y que si soy débil y caigo, que nunca trate de justificar mi postura sino que a la caída siga inmediata, vertiginosa, la reacción de un levantar decidido, generoso, pensando que los santos lo fueron no porque no cayeron sino porque cuando cayeron  ¡se  l e v a n t a r o n!

¡Oh Jesús tentado: óyeme! Por lo que más quieras: ¡NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN!

Retiro de Cuaresma 2018

LA CUARESMA: Entre parteras, madres, hermanas y princesas

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cuando hablamos del Éxodo nos viene a la cabeza con rapidez: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios…” (Ex 3,7-10). El libro del Éxodo se asocia directamente con la libertad y con Moisés como mediador de Dios para conseguir esa libertad. No obstante, antes que la libertad está la vida; antes que el Dios de la libertad está el Dios de la vida y antes que Moisés y su mediación para esa libertad, está un grupillo de mujeres, y su mediación para la vida. Sin ellas, Moisés no hubiera existido.

La Cuaresma es el camino hacia la Pascua, es decir, hacia la Vida. Jesús mismo dijo “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y mucho tiempo antes que Él, unas sencillas mujeres se arriesgaban y daban su vida para que otros tuvieran vida. Por eso, esta Cuaresma os invitamos a pasarla entre parteras, madres, hermanas y princesas. El Éxodo lo inauguran mujeres que, hábiles y sabias, “irradiarán vida” y van a transgredir los poderes de la cultura de muerte de su época. Lo harán por la vida, y por una vida en plenitud.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Junto a este poder faraónico, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá, dos parteras egipcias, de las que casi no se sabe nada, aparecen sus nombres en Ex 1,15-22. El faraón les ordenó que en vez de ayudar a las mujeres hebreas a parir, matasen a sus hijos varones. Nos podemos imaginar el estupor que les produjo tal petición y el miedo que sentirían. Se jugaban sus vidas si desobedecían su mandato.

En todos los tiempos y lugares, la fecundidad de los pobres es una amenaza para los que disfrutan de todo. Por eso, ordena el infanticidio, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, no tienen capacidad para pensar, son seres débiles, buenas para el trabajo servil. Los “faraones” de turno tienen miedo a los varones porque les parece que ellos pueden rebelarse y usurpar el poder.

Nuestras dos comadronas egipcias temen al Dios de Israel a la vez que desobedecen al dios de Egipto (el faraón). Por eso, toman la decisión, sencillamente, de desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro, haciendo de sus manos un lugar para la vida. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si el faraón reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar. De ese modo se establece un pacto entre las mujeres egipcias y hebreas a favor de la vida. Un pacto que hace, frente al sistema de muerte, desde el cuidado de la vida. Estas mujeres emprendieron una lucha sin violencia ante el poder que mata. Ellas vencerán en sagacidad. Y, si es necesario, en estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al opresor y Dios estará con ellas.

El Faraón descubrió que seguían naciendo niños hebreos y las llamó para pedirles cuentas. Las parteras desobedecen, además mienten con descaro y dicen: “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias: son robustas y dan a luz antes de que lleguen las comadronas” (v. 19). Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Que frase tan sencilla y tan importante. Dios no está del lado del Faraón, está del lado de estas sencillas mujeres. No está del lado de la muerte, está del lado de la vida.

Lo cierto es que, estas osadas mujeres, lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen, sin ninguna duda. Después cambia la orden, es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22). El Faraón les ordena que arrojen a los niños hebreos al Nilo para que allí mueran, de manera que el río de la vida se convierte en tumba de muerte.

En el capítulo 2, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al Faraón. Éste ha mandado poco antes no matar a las hijas de Israel, y ahora la historia empieza precisamente con dos de estas hijas y la suya propia. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, velar por el crecimiento de lo frágil. Todas las mujeres del relato “ven”: la madre ve que el niño es hermoso, la hermana espera para ver lo que sucede y la princesa verá el cesto y el niño que llora.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley del Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Es muy decidida, hará todo lo posible por salvarlo y lo hará ella sola, sin la ayuda del marido, del que no sabemos nada. Lo pone en una cesta. La palabra que usa en hebreo es la misma que utiliza el Génesis para hablar del arca de Noé en la que se debe “entrar” para sobrevivir (Gn 2,20). Igual sucede ahora para salvar la vida de Moisés. Y es la segunda mujer, la hermana del niño, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Siempre mujeres velando la vida, en vigilancia, en contemplación.

Y, por último, la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto incumpliendo abiertamente la orden de muerte que había dado su padre. Ella sabe que es un niño hebreo, pero surge en esta mujer una sensibilidad subversiva que lo arriesga todo. En ese momento, rompe las fronteras culturales, sociales y religiosas a favor de la vida. Se puede decir que la hija del Faraón es como otra partera que deja vivir al niño, sacándole del agua; como una ma­dre, como si ella hubiese dado a luz, por eso le pone el nombre de Moisés -lo he sacado de las aguas-. Ella hace lo contrario de su padre que echa a los niños al río, en cambio ella los rescata. La actitud de la princesa hacia el niño recuerda la de Dios hacia el pueblo. Ve al niño en la cesta, tiene compasión de él y decide salvarlo. Tuvo compasión no solo de un niño que lloraba sino de un niño hebreo. También Dios, viendo el sufrimiento del pueblo, tuvo compasión de él y decidió salvarlo del opresor.

En el momento en que la hija del faraón tiene al niño, aparece la hermana y ofrece una nodriza hebrea a la princesa. Por intermedio de ella, de su atención, agilidad y buena comunicación, la hija del Faraón conoce la realidad de la pobreza en estado de abandono, de fragilidad. Siguiendo el consejo de la hermana, la princesa, sin saberlo, otorga y confía el niño al cuidado de su propia madre, y la madre lo cría. La hermana procede con extraordinario sentido común. Se cuida muy bien de decirle “yo conozco a su madre” o “yo soy su hermana”. Actúa con una gran sagacidad. Y la princesa acepta la solución que le ofrece esta joven. En ella pudo más la compasión ante la fragilidad y el dolor, que el miedo hacia el castigo de su padre.

La madre hebrea aparece como defensora de la vida. Primero se arriesgó a mantener vivo y oculto al niño en contra de la ley del Faraón. Después lo puso en manos de Dios (en el río) y lo recibió de nuevo para criarlo y entregarlo después a la hija del Faraón. Puso su maternidad al servicio de la vida. Más aún, llegado el momento del conflicto, prefirió “dar” al niño, es decir, ponerlo en manos de la hija del Faraón, antes que conservarlo, antes que retenerlo junto a sí con el riesgo de que le mataran. Ella actuó como la madre verdadera del juicio de Salomón, cuando prefería que su niño viviera aunque fuera con otra mujer, antes que dejarlo morir (cf. 1 Rey 3, 16-28). Elige el bien del niño aunque al obrar así lo pierda.

La hija del Faraón pertenece al mundo de los dominadores pero se apiada del niño abandonado y lo acoge como propio, mostrando así que el sistema de Egipto no está totalmente corrompido. En la misma casa del Faraón, entre sus hijas e hijos, se encuentra esta mujer que, por encima de la ley del padre, responde a los principios de la vida. En un primer momento ella aparece como una mujer de lujo y corte, rodeada de doncellas, ocupada en baños, a la vera del gran río, sin más preocupaciones que ella misma y su cuerpo. Pero, en un momento dado, descubre algo más grande: el niño amenazado por las aguas de la muerte.

A pesar de sus esfuerzos, el Faraón no ha conseguido imponer su ley de exterminio, pues dentro de su misma casa y sangre hay quienes desobedecen. Esta hija del Faraón, que adopta al niño hebreo abandonado, es un signo de todos los varones y mujeres que parecen integrados en un sistema destructor y pervertido, pero que lo acaban rechazando. Ni la violencia más dura, ni la ambición más podrida logran impedir que surja un hueco de esperanza por donde actúan quienes se ponen al servicio de la vida amenazada.

La hermana es la primera “guía” de Moisés. Ella vigila su cesta en las aguas para ser luego mediadora entre las dos madres. La tradición la identifica con María, que será hermana/compañera de Aarón, la primera profetisa de la libertad (Ex 15, 20-21; Num 12, 1-15). Ella, con las otras dos mujeres, se encuentra en el principio de la liberación israelita. Externamente, aparece como niña que juega en torno al río, como joven ingenua y despreocupada que no sabe lo que hace. Sin embargo, el texto muestra que ella sabe bien lo que se trae entre manos y actúa vigilante y cuidadora de la vida. Con su buen hacer y decir se convierte en intermediaria entre las dos madres.

¡Vaya trama a favor de la vida! Vaya confabulación de mujeres de distintas religiones, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales… Todas mujeres de la utopía y de la esperanza. Serán esclavas y princesas, madres y hermanas, trabajadoras y ociosas, ricas y pobres, hebreas y egipcias, judías y paganas, jóvenes y ancianas… Las mujeres del Éxodo: parteras, madre, hermana, princesa, todas están sujetas, aunque de distinta manera, al mismo poder asesino del Faraón. Y todas actúan con total libertad ante él. Entre las cinco tejen “redes de mujeres”. Juntas salvan la fragilidad de un niño abandonado que llora. Juntas inauguran una nueva maternidad que se llama “solidaridad ante la vida”.

Y qué discreción la de Dios. Sencillamente las deja hacer…

 

En esta Cuaresma hay algo que arde entre nosotras. No sabemos bien qué es… Parece una zarza, acerquémonos. El fuego de Dios nos dará vida, nos caldeará el corazón. Y, vayamos en grupo. La marcha la iniciará aquella niña inquieta que estableció los vínculos, la comunicación. Es la que tiene menos poder. No es la madre directa ni es la madre adoptiva, pero es la que teje relaciones, provoca encuentros y propicia comunión. Entre las cinco dan a luz un pueblo de esperanza, un pueblo que camina y que vuela escapando de los lazos y trampas del cazador.

En estos relatos tan olvidados encontramos una insólita complicidad y solidaridad entre mujeres porque, normalmente, a las mujeres se nos muestra enfrentadas unas a otras. Aquí aparecen círculos de ayuda mutua entre ellas, círculos de protección y cuidado recíproco, de desobediencia colectiva a la injusticia y aparece el derecho a vivir y a vivir con dignidad, reivindicando derechos o creando otros nuevos… Ahí nace un desafío para nosotras hoy, toda misión, por sencilla y escondida que sea, tiene que apostar más a favor de la vida, especialmente, de la vida de aquellas personas frágiles o excluidas.

A veces parece que la dignidad y la justicia son como dos objetos que nosotras tenemos en nuestras manos y que hemos de entregar a los que no los tienen. Nos cuesta todavía pensar que la justicia es un parto, lento, pero es parto; algo que nace del útero de los procesos históricos concretos, algo que no hay que dar a los empobrecidos, sino que ellos, ya sean individuos, pueblos, mujeres, indígenas, emigrantes… saben parir. Como cada parto se da por intercambio de ayuda mutua, por intercambio de sueños y expectativas, por capacidad de resistir y cuidar el día a día más cotidiano, sin heroísmo porque la vida es normal, no es heroica. En los lugares de exclusión o donde la vida se encuentra más amenazada o frágil hay muchos e importantes proyectos y acciones para devolver la dignidad, pero no siempre los resultados son los que se esperan. Lo importante es acompañar sin protagonismo porque los partos de los excluidos, tienen la misma fuerza anárquica de los partos de las mujeres hebreas y la misma complicidad que las parteras egipcias.

Reflexionar estos primeros capítulos del Éxodo nos plantea un sinfín de preguntas impetuosas y rebeldes que no se dejan encerrar. Es como si saliesen a borbotones del texto, como si se pelearan por abandonarlo y entrar en nuestra vida: ¿Qué nos dicen estos textos hoy? ¿Nuestros pensamientos, palabras y acciones, son a favor de la vida o de la muerte? ¿Tenemos miedo de perder el poder, el control, el pequeño reino que nos hemos creado? ¿Nos preocupa más nuestra vida que la de los demás? ¿Tenemos la sagacidad, la prontitud, el sentido del humor para neutralizar las palabras venenosas y responder al mal con el bien? ¿Se traduce nuestra compasión en acciones concretas y eficaces o se queda en el nivel de palabras y sentimientos? ¿Somos mujeres, hombres de esperanza? ¿En qué se basa nuestra esperanza o falta de ella? ¿Somos aún capaces de trabajar, juntas, con audacia y creatividad, por la vida? ¿Anhelamos todavía, a pesar de todos los pesares, entonar un cántico a favor de la vida?…

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra, las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno. Estas cinco mujeres nos invitan en esta Cuaresma a:

  • Ser personas honradas con la realidad para descubrir y desenmascarar a los “faraones” actuales.
  • Ser capaces de perderle miedo al miedo y decir no a todo tipo de “faraón”.
  • Ser sagaces para saber buscar argumentos sutiles poniendo nuestra inteligencia al servicio de la vida, sobre todo, de quienes más lo necesiten.
  • Comprometerse en contra de todos los poderes que producen muerte.
  • Estar vigilantes para descubrir y denunciar las principales situaciones de muerte en nuestro entorno (cercano y lejano) a las que tenemos que decir NO.
  • Otear los lugares y situaciones donde podemos y debemos decir SÍ a la vida, a la calidad humana de la vida de todas las personas, a la vida de todo el universo por muy insignificante que parezca.
  • Vivir este compromiso desde la cotidianidad, en el día a día, sin grandes alardes ni algarabías. Quizá, sin que nadie se entere…

 

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; quien me sigue tendrá la luz de la vida

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

Por: Carmen García. Vita et Pax. Pamplona

La Cuaresma en su itinerario hacia la Muerte y Resurrección de Jesús, nos ofrece una gran riqueza  litúrgica a través de las Oraciones y   lecturas propias de este tiempo de Cuaresma, Semana Santa y Tiempo Pascual.

La primera Lectura  nos ofrece un relato muy interesante del primer  libro  de Samuel. Samuel recibe un mensaje de parte de Dios, le encarga una misión concreta: elegir entre los hijos de Jesé un Rey para el Señor. A primera vista, se fija en la buena apariencia de Eliab y dice: “Seguro que está su ungido ante el Señor” y así van pasando los  otros hijos.

El Señor hace caer en la cuenta a Samuel  de que sus criterios de elección no concuerdan con los  criterios de Dios: “El Señor dijo a Samuel”: “Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es éste”. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos”. Vemos la importancia que tiene  el sentido de familia, de comunidad que busca en cada ocasión hacer la voluntad de Dios.

Termina la lectura diciendo: “El Espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante”.  

San Pablo en su carta a los Efesios, nos hace caer en la cuenta de que somos hijos de la luz porque hemos dejado de vivir en las tinieblas. Vivir como hijos de la luz nos exige practicar la bondad, la justicia,  la verdad, la honestidad, en definitiva, entregarnos  a los más necesitados.

Cada día, cuando leemos o vemos la televisión, podemos comprobar que existen  situaciones que necesitan  ser iluminadas por la luz de los criterios evangélicos. Nos corresponde a los cristianos vivir  en esa  luz de la que nos habla San Pablo al invitarnos a: “Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”. Nos toca a los que nos llamamos cristianos ser testigos de esa Luz y, trabajar por la justicia, por la paz, para hacer un mundo más justo, más humano. Y, sobre todo, más sensible al sufrimiento de las personas.  

El Evangelio de este domingo nos llena de gozo porque pone de manifiesto la misericordia de Jesús hacia el ciego de nacimiento: Pero a la vez, vemos que a lo largo del texto se percibe la tensión entre los fariseos y Jesús. Inmediatamente se crea la polémica: “Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús aprovecha  esta pregunta para hacer una catequesis, para explicar a los discípulos en qué consiste la Misericordia de Dios.

Parece que existía una  falsa tradición  de que todo mal físico era efecto de un mal moral, que radicaba en el enfermo o en sus antepasados. De ahí la polémica que se crea entre Jesús y los fariseos.

Jesús se salta todas  esas normas y tradiciones y va a lo fundamental: Busca en el ciego su propia verdad a  través del diálogo que se entabla entre los dos.  De paso, Jesús arranca del ciego su mejor acto de fe: “Creo Señor”. Y se postró ante Él.    

Dios estará en el templo si allí hay amor

Domingo III de Cuaresma. Ciclo A

Por Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Al pueblo escogido, aquel que estaba perseguido, esclavizado, en minoría…, siempre son los mismos a los que se acerca Dios, a ellos les ofrece la libertad. Pero la libertad en la mayoría de los casos produce inseguridad, incertidumbre, riesgo… Y es que nuestro Dios es así, es  ARRIESGADO.

Ansiada libertad que cuando no la tenemos nos ahoga, no vivimos y cuando la tenemos nos desespera, nos confunde.

Pero Jesús sí entendió la libertad que Dios, el Padre como Él le llamó desde el principio, ponía en sus manos. Y con esa libertad que Dios nos da es con la que Jesús traspasa los límites entre lo sagrado, lo público, lo religioso y la vida cotidiana; porque piensa que todo lugar, persona, situación… todo es sagrado si nuestro Padre está allí y nosotros estamos con Él. Y Jesús se muestra como trasgresor de la norma de evitar su paso por Samaria.

¿Y por qué no iba a ser sagrado un pozo en Samaria? Cualquier sitio es bueno para llevar a Dios, cualquier sitio o circunstancia es adecuada para estar con nuestro Padre. En ocasiones la transgresión es necesaria para llegar a Dios.

Jesús siempre se muestra como una novedad, otra forma de “hacer”. Para re-crear vínculos, eliminar conflictos, ofrece su amistad a todos, una amistad que derriba muros, quizás porque no se presenta como el dador, si no como el que necesita estar con los demás, necesita de su compañía y necesita compartir con ellos, lo dice en el evangelio con esta expresión “tenía que pasar por Samaria”.

Se acerca a la Samaritana y Jesús le pide agua, “Dame tú agua” yo también puedo darte pero otra clase de agua, un agua que te sacia y se multiplica para que tú también puedas dar a los demás. No te daré solo un jarro de agua no, te daré lo suficiente y en abundancia para que puedas repartir.

Jesús no dona lo justo, siempre se ofrece en abundancia, para que haya para más, para que tú puedas dar, para que tú ames con el mismo amor que te ama Dios.

A vueltas con las tentaciones…

Domingo I de Cuaresma, Ciclo A

Por: José Antonio Ruiz Cañamares SJ

Tengo la impresión que los curas predicamos poco sobre el demonio, el diablo, “el enemigo de natura humana” o “mal espíritu”, como le gustaba denominarlo a Ignacio de Loyola. No sé bien si esto es cierto, y de serlo tampoco sé bien por qué no lo hacemos. Lo que sí es claro es que las lecturas de hoy nos advierten de esta realidad: estamos sometidos a la tentación. Y esto es tan real ahora como en los tiempos en que se escribió el Génesis y los Evangelios. Por algo Jesús nos invita en la oración del Padre nuestro a no caer en la tentación y a que se nos libre del malo, y en Getsemaní nos dice que hay que velad y orar para no caer en la tentación. Dicho de otra manera, no hay seguimiento verdadero del Señor sin discernimiento.

No se puede vivir pensando que lo del demonio es tema de otros tiempos, o que eso no va conmigo. Al igual que hay un Espíritu bueno que nos empuja y sugiere caminos de vida lograda y salvada, existe el espíritu malo, que sabe bien por donde entrarnos y que nos seduce y empuja por caminos de perdición. Y cuando nos derriba, allí nos deja solos en medio del lodo, siendo el buen Espíritu (que por esencia es ternura y misericordia) el que nos rescata, y nos vuelve a poner otra vez en pie para seguir caminando.

Las dos narraciones de las lecturas de hoy, tanto la del Génesis como la del Evangelio, tienen sus parecidos y sus diferencias. En los dos aparece la tentación, con la denominación de serpiente y de diablo. ¿Cuál fue el error de Eva? Sin duda: dialogar con la tentación. Siempre el mal espíritu es más astuto que nosotros y nos acaba engañando. Por tanto, lo que podemos aprender del relato del Génesis es que con la tentación nunca se dialoga; y, además, porque miente y nos promete lo que no puede dar.

Del relato de Mateo podemos aprender muchas cosas interesantes para nuestra vida espiritual. La primera es que hay que estar atentos en los momentos de debilidad y mayor vulnerabilidad por los que todos pasamos. Jesús llevaba tiempo sin comer, se encuentra débil y más vulnerable, y es entonces cuando el diablo aprovecha. Lo segundo que aprendemos es que, a diferencia de nuestros primeros padres, Jesús no dialoga con la tentación, sino que le planta cara con la Palabra. Dicho a lo bruto, en vez de dialogar con la serpiente, le arrea un garrotazo en la cabeza. Pero tuvo que darle tres, y ni así la mató, sino que se fue hasta la próxima ocasión. Como a toda persona, también a Jesús la lucha contra la tentación lo dejó agotado y sin fuerza. Es precioso cómo acaba el relato de Mateo: “Entonces lo dejó el diablo; en esto se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle.” Da la impresión que la lucha contra el diablo lo dejó tan exhausto que no bastó con la ayuda de un ángel y tuvieron que venir más de uno.

El comienzo de la cuaresma, a través de las lecturas de hoy, nos recuerda que hay que estar atentos a lo que en nuestra vida pueda haber de tentación, y que tenemos que incorporar a nuestra vida el discernimiento, para saber qué espíritu es el que mueve más nuestra vida. Necesitamos alimentarnos de la Palabra, como algo que nutre nuestra vida y nunca caer en la tentación de pensar que lo que dice la Palabra no puede ser verdad porque suscita en nosotros una gran esperanza. En mi opinión, todas las tentaciones tienen el mismo objetico: apartarnos del camino del seguimiento del Señor Jesús, y la mejor manera de hacerlo es sembrando en nosotros la duda y la desconfianza sobre lo que la Palabra de Dios nos dice, sugiere, amonesta o ilumina. Lo vuelvo a repetir, el Buen Espíritu nos ayuda a tener vidas logradas como seguidores de Cristo.

Termino con un deseo. Ojalá la cuaresma sea un camino de aprendizaje en el discernimiento personal para prepararnos mejor a descubrir “el paso” (las pascua) del Señor resucitado por nuestras vidas.

Retiro Cuaresma 2017

Jonás: el profeta desconcertado

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cantábamos hace años una canción en la que nos preguntábamos en dónde estaban los profetas. Es una pregunta muy actual que admite respuestas diferentes: ya no hay profetas, hay muchos, hay pocos… cada persona tendrá sus razones para responder de una manera u otra. Lo que está claro, es que esta Cuaresma se presenta como una buena oportunidad para ejercer, con más empeño, nuestra condición profética, y el libro de Jonás nos puede ayudar a ello.

  1. El libro de Jonás

Contenido del libro. Nínive, capital de Asiria, era tan grande que hacían falta tres días para cruzarla a pie. El Señor envía a los ninivitas a un tal Jonás, profeta de Israel, con un mensaje que consiste en decirles que su maldad ha subido hasta Él y, por ella, serán sancionados: “dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Jonás empieza huyendo porque, conociendo la bondad de Dios, tiene miedo de que su predicción no se cumpla. Después de algunas aventuras, Dios le devuelve a Nínive para que predique. El profeta no ha caminado ni un solo día y el pueblo ya se ha convertido. Dios anula entonces su decisión de condenar al pueblo. Este cambio supone un drama para Jonás, que ve cómo se verifica lo que él temía: Dios perdona a Nínive y no será castigada. Ahora es mejor que cojamos el libro de Jonás y lo leamos directamente, son cuatro capítulos.

La época de composición del libro. La redacción del libro puede ubicarse en la época del post-exilio, entre los siglos IV y III a.C., cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra procedente del exilio en Babilonia. Ciro autoriza a los judíos desterrados a volver a su patria (Esd 1,1-4). Comienza la lenta restauración del pueblo; el judaísmo se consolida en sus cimientos: la Ley, el Templo y la pureza de la raza. Esta comunidad naciente, que retorna a su tierra, se radicaliza en el nacionalismo. A fin de proteger la pureza de su fe, el judaísmo se afirma frente a los otros pueblos y lo hace insistiendo en sus privilegios y en la intolerancia ante todo extraño.

Por ello, los extranjeros fueron expulsados de la tierra de Israel (Ne 13,1-3) y se promueve el repudio de los matrimonios mixtos, es decir, matrimonios de judíos con extranjeras, justificando el abandono de las esposas (Esd 9-10). El pueblo defiende a ultranza su culto, está obsesionado con la pureza de su religión y se separa de todos cuantos no son judíos.

Este exclusivismo intolerante se produce como respuesta al desprecio con que fueron acogidos en otro tiempo los israelitas pero, sobre todo, se produce porque perciben como un gran peligro para la integridad de su fe y su unidad como pueblo, la introducción de elementos foráneos. Este miedo a la posible amenaza de los no judíos fue degenerando en odio al extranjero.

El libro es una parábola. La mayoría de estudiosos piensan que Jonás no es un personaje histórico. La obra es considerada como un relato sapiencial, es decir, una parábola para enseñar que la misericordia de Dios no tiene fronteras. Dios no quiere ni la intolerancia, ni el racismo. Un autor anónimo, valiente y auténtico profeta, escribe el libro de Jonás para denunciar el exclusivismo y la xenofobia del propio pueblo judío. Asociado a su ballena, aferrados a la literalidad del texto, no se lograba intuir la hondura del mensaje que expresaba. Este libro tan rico ha servido, la mayoría de las veces, sólo como entretenimiento pero en él Dios nos sigue hablando hoy. La grandeza de la Revelación divina no tiene por qué encerrarse solo en relatos históricos; también se manifiesta en escritos poéticos o de ficción.

  1. Mensaje profético del libro

Anuncia: la misericordia de Dios no tiene límite. La célebre frase: “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor” era conocida por el mundo bíblico y el mismo Jonás recuerda que él ya la sabía (4,2). Se aplicaba a las relaciones de Dios con Israel pero ahora, y esto es lo sorprendente, se aplica a la relación de Dios con otro pueblo diferente al judío. Y lo más llamativo es que está dirigida a un pueblo pagano, Nínive. Nínive era el símbolo del imperialismo, de la más cruel agresividad contra el pueblo de Dios (cf Is 10,5-15; Sof 2,13-15; Na 2-3). Representa a los opresores de todos los tiempos. A ellos debe encaminarse Jonás para exhortarlos a la conversión y a ellos les concede Dios su perdón. El mensaje profético del libro no es sólo la apertura universalista de la salvación, sino la apertura a un pueblo pecador y violento. Dios ama a este pueblo no como opresor, Dios no justifica la violencia, sino que lo ama con una misericordia sin límite; y este amor posibilita que pueda salir de su maldad y de su pecado. Esta es la novedad y el escándalo del libro. Dios ama también a los pecadores, incluso a las personas o pueblos que de forma sistemática actúan mal contra el pueblo de Dios.

Denuncia: el exclusivismo y la xenofobia. En la persona de Jonás, -que se irrita porque se ha secado una planta de ricino que no había plantado ni hecho crecer con su esfuerzo y reprocha, lleno de disgusto, a Dios su conducta de perdón y misericordia-, se denuncia la postura intolerante y xenófoba del pueblo de Israel. Quiere Jonás, desde su conciencia de pertenecer a “los buenos”, un Dios vengador que haga justicia con Nínive, la gran ciudad opresora. Dios contraría los deseos del profeta  y este mal no llega. Jonás no comprende absolutamente nada. Sus expectativas no se realizan, sus esperanzas judías son quebrantadas, no comprende a Dios, está desconcertado… quiere morir. Por el contrario, cuando los ninivitas escucharon la llamada de Jonás a la conversión, al momento se pusieron a ayunar: la iniciativa partirá del pueblo, se extenderá al soberano y también al reino animal. Esta reacción de los ninivitas es sensacional, la ciudad enemiga por excelencia de Israel cree en Dios. La respuesta no fue matar al mensajero, ni refugiarse en sí mismos, ni organizar una evacuación. Lo que organizan es una penitencia colectiva. El profeta, en su mentalidad racista, no quiere captar el bien que hay en los “ateos” y en quienes son diferentes. Soñaba con el fracaso de su misión para que Dios castigara a los “malos”, que bien se lo merecían.

Renuncia: también el profeta necesita convertirse. Jonás cree en Dios, desde luego, pero cree sin sobresaltos. Por eso, cuando al inicio del libro escuchamos la llamada que le dirige (1,1-2), esperaríamos una respuesta positiva, pero no obedece y pone tierra y mar de por medio. Huye, en vez de al este, se va al “lejano oeste”. Pero incluso en su sueño marino Dios lo busca. Dios mismo lo lleva, aún a pesar de la resistencia del profeta, por medio de las alas del viento, de las olas de la tormenta y de la travesía del cetáceo, justo a donde desde el principio Él quería: Nínive. Los caminos de Dios son incomprensibles y, a veces, hasta tortuosos, pero se cumplen. Al final Jonás sí predica y los ninivitas creen en Dios. El enorme éxito alcanzado debió desconcertar grandemente al profeta, que ni por asomo se lo esperaba. El pueblo se convierte pero el profeta aún no se ha convertido. Ha realizado con la boca su misión de predicar, pero su corazón aún no ha cambiado. Para Jonás Dios debería ser menos paciente, más implacable, menos bueno.

  1. Mensaje profético del libro para esta Cuaresma 2017

Levántate, vete. Salir de la boca del gran pez y caer en las playas de las nuevas culturas no es sólo cuestión de voluntarismo, es misión que viene de Dios: “Levántate, vete a Nínive… y anúnciale el mensaje que yo te indicaré” (1,2; 3,2). Vivimos en un mundo multicolor: distintas lenguas, religiones, razas, culturas… Y en todas ellas, cuando se conocen y se aman a fondo, descubrimos posibilidades y perspectivas insospechadas. Vete a “Nínive”… con los rumanos, los latinos, los árabes, los catalanes, los manchegos, los gitanos, los hutus, los tutsis, los chinos, los quichés, los ladinos, los bahianos… Levántate, ve y proclama. Esto supone un nuevo modo de ser, de estar, de hablar, un nuevo talante. La tentación es huir ante el riesgo de lo diverso, la inseguridad de una misma, el miedo… o atrincherarse en lo conocido, refugiarse en la tarea de mantenimiento, en el calor cultural propio.

Pero la misericordia universal de Dios es un pie que impide atrancar la puerta ante la amenaza de lo diferente. Se nos plantea la superación de los particularismos ya sean personales, de familia, nación, lengua, cultura… No se nos llama a renunciar a nuestra identidad, se nos llama a no ponerla en el centro, a que no sea nuestra última referencia, a descentrarnos. Dios es el centro de nuestra vida y, al mismo tiempo, es nuestra mayor periferia. Ser fieles a Dios nos convierte en peregrinas: sal de tu tierra… Creerse, aunque sea de manera sutil, superiores a los demás imposibilita el diálogo de igual a igual. El resultado es una imparable xenofobia, especialmente dirigida a las personas o pueblos considerados inferiores y, encima, amenazan nuestra seguridad y nuestra abundancia. No es cuestión menor, ni mucho menos. Dios nos necesita disponibles y prestas a la itinerancia y el equipaje cultural que arrastramos puede que sea demasiado pesado.

Profetas en Nínive. Cómo plantearnos la propuesta de anunciar el mensaje a la “ciudad de los opresores”, es decir, a los “malos”. No quiero poner nombres pero seguro que cada una tiene ya algunos en su cabeza. Somos igual que Jonás. Tenemos la misma dificultad que él porque en el fondo pensamos que lo que se merecen es un castigo. El pueblo de Israel había ido tomando conciencia de que Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos y esto se percibía en que los buenos tenían salud y prosperidad económica y los malos enfermedad y precariedad económica. Tener que aceptar en Dios un comportamiento clemente y misericordioso con los opresores de Israel, llevó a Jonás al desconcierto total. El libro nos enseña ya, lo que luego Jesucristo nos dirá con más claridad, Dios ama a los seres humanos, tal como somos, con nuestras grandezas y pecados.

Profetas en la ciudad. Hace falta ser generosas para profetizar al pueblo pobre y humillado, pero hace falta mucha valentía y humildad para hacerlo en la gran ciudad, especialmente, de este primer mundo rico. Cómo hacerlo en las grandes ciudades donde vivimos. Ya no se trata de pensar en los días que se tarda en atravesarla sino en las dificultades para afrontar la evangelización del medio urbano, sobre todo, cuando parece que éste ha tomado el camino de la indiferencia, el consumismo, la acomodación… Sería muy bueno cuestionarnos si sabemos qué está pasando –en los grandes ámbitos en los que se articula la vida social a gran escala: economía, política, ciencia, arte, medios de comunicación, cultura, religión, movimientos sociales…–, si manejamos un suficiente y correcto análisis de la realidad. Pero igualmente sería esencial que nos preguntáramos hasta qué punto también ese análisis de realidad es parte de nuestra experiencia de Dios. Y, sobre todo, no condenar inmediatamente la realidad. Liberarnos de prejuicios. La sabiduría está justamente en ese punto en que dejamos que se manifieste el trozo de verdad que existe en el otro. Las ciudades del mundo son lugares de misión a las que somos enviadas por el propio Dios.

Siempre podremos huir. La huida es una tentación grande y una dinámica humana que muchas personas hacemos con frecuencia. Huimos por miedo, por cansancio, por quitarnos de encima la responsabilidad. Huimos escapando de la rutina o del peso de posibles fracasos. Huimos de muchas formas. No siempre con ausencia física. Huimos con incomunicación, con superficialidad, evitando diálogos necesarios y tareas que nos aguardan… Pero es inútil. Ni un crucero por el mediterráneo nos sirve para despistar a Dios. No se puede huir de la presencia del Señor. Siempre se huye hacia alguna parte, y en todas partes está Él. Él que nos mira con amor y con humor. Dios nos invita a sonreír ante nuestras preocupaciones y huidas porque Él mismo nos mira con irónica ternura cuando, faltas de humor, sufrimos nuestros propios fracasos. El humor de Dios es amor.

La conversión como alternativa real. El desafío es la conversión. Convertirnos pero no por puños, sino como respuesta al perdón gratuito de Dios. Porque nos sentimos amadas, ese amor nos posibilita cambiar y poner nuestra vida en armonía. Pero por desgracia, muchas veces seguimos funcionando con el pensamiento de Jonás: yo peco, como consecuencia, tengo que arrepentirme para obtener el perdón de Dios, es decir, es mi arrepentimiento quien provoca el perdón de Dios. En el primer caso la fuerza salvadora la ponemos en Dios, en su amor y gratuidad; en el segundo, la fuerza la ponemos en nosotras mismas.

La misión de ser profeta nunca se aprende del todo, constantemente estamos en estado de conversión. Se trata, en definitiva, de ajustar el corazón humano, siempre demasiado estrecho, con el corazón de Dios, infinito en su amor y su misericordia universal. El profeta es, la mujer o el hombre, de un corazón distendido, ensanchado, esponjado… No sabemos si Jonás aprendió la lección de Dios. El libro concluye con una declaración divina en forma de pregunta (4,11). Hacia esta pregunta se dirige el libro entero. La pregunta-invitación de Dios sigue abierta y todo hombre o mujer, que sienta la llamada de Dios a ser profeta y lea este libro, debe responderla con su vida.

Profetas en la vida cotidiana. Dios nos llama porque nos necesita, así como suena, Dios necesita nuestra disponibilidad misionera, “levántate y vete…”, aunque respondamos con caídas y deserciones. La llamada de Dios a ser su profeta es “irresistible”. Y, como Jonás, podemos huir o podemos ponernos los auriculares y escuchar a Dios. Dios nos habla a través de este libro de Jonás y nos sigue llamando a salir de nosotras mismas, a “levantarnos” a pesar de nuestras fragilidades y limitaciones e ir a “Nínive”, a acoger a las “diferentes”; a no llevar cuentas del mal; a levantar la mirada hacia el horizonte de la gran ciudad y estar atenta a lo que en ella ocurre; a poner mi dolor en segundo lugar porque el primero lo ocupa el dolor del mundo; a darle otra oportunidad al perdón; a dejarnos desconcertar por Dios… en definitiva, a ser como Él, mujeres-hombres sin fronteras, mujeres-hombres de misericordia sin fronteras.

 

Itinerario espiritual de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

  • Miércoles de Ceniza

Comienzo de la Cuaresma. Espíritu de conversión. La austeridad penitencial nos ayude al combate espiritual contra el mal, contra todo tipo de mal.

  • Domingo I Cuaresma

Jesucristo se abstuvo cuarenta días de alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia, rechazó las tentaciones del enemigo y nos enseñó a sofocar las del pecado.

  • Domingo II Cuaresma

El don del Cuerpo glorioso del Hijo. En el sacramento, nos hace partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos del Reino de Dios.

  • Domingo III Cuaresma

Padre de la Misericordia, Origen de todo bien, Otorgador del remedio de los pecados por la oración, ayuno y limosna.

  • Domingo IV Cuaresma

Jesucristo se hizo hombre para conducir al género humano, entenebrecido, al esplendor de la fe; para hacer renacer por  el Bautismo a los que habían nacido esclavos por el pecado.

  • Domingo V Cuaresma

Jesús, hombre mortal, Dios y Señor de la vida, lloró a su amigo Lázaro y lo levantó del sepulcro. Hoy extiende su compasión a todos los hombres y los restaura a una nueva vida por los sacramentos.

  • Domingo de Ramos

Cristo, nuestro Señor inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales, muriendo, destruyó el pecado, resucitando, somos justificados.

  • Jueves Santo

Somos convocados para celebrar la Cena en la que fue entregado el Maestro, el banquete del amor, el sacrificio de la alianza eterna, plenitud de Amor y Vida.

  • Viernes Santos

Jesús se adentró en el MISTERIO PASCUAL al derramar su sangre por nosotros. Dios rico en misericordia, ha renovado a los hijos, con la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

 

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