Escuchar entre las voces una

Domingo 5º del TO.  Ciclo C

Por: Marita Oliver. Vita et Pax – Pamplona

Este breve tiempo desde la Navidad, ha sido como una catequesis de discernimiento desde la escucha del Señor. Esa actitud nos adentrará en la Cuaresma que iniciamos el próximo domingo. Acompañaremos a Jesús al desierto donde, ante las tentaciones, no dudará en responder sólo Dios. Se nos mostrará Jesús escuchando entre las voces una*, la del Padre.

La liturgia de estos domingos nos ha mostrado el camino de la discípula, del discípulo, el proceso de conocimiento del Señor para amarle y seguirle desde el discernimiento cristiano.

El día del Bautismo del Señor escuchábamos: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc. 3,22). Para un domingo más tarde, en las bodas de Canaá, ser María la que nos decía con los sirvientes: Haced lo que él diga” (Jn. 2, 5). El tercer domingo escuchamos al mismo Jesús reconociendo su misión: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar… el año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19). Ratificándolo el domingo siguiente: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc. 4, 21). En este itinerario pudimos rezar con la confianza del salmista: “Me instruiste desde mi juventud” (Sal 70).

Los diferentes textos piden apertura a su voz, escucha, confianza y docilidad a su Espíritu. La experiencia de fe nos va conduciendo a reconocer su llamada en medio de la realidad, a reconocer su voz, como la del Buen Pastor: la voz de la verdadera misericordia de otras voces que sólo la nombran.

En el evangelio de hoy Jesús provoca el encuentro, se acerca a los pescadores y se dirige a Simón, un pescador, no un maestro de la ley ni quien ostenta el poder. Como se dirige a cada persona en lo cotidiano y en la novedad de la vida provocando también el encuentro.

Lo que la vida nos pone delante no siempre es sencillo. Parece que al final ‘no pescamos nada’, pero el Señor se presenta ahí y nos invita a remar mar adentro y echar las redes, a profundizar en la situación en la que nos ha puesto la vida y no desatender las nuevas indicaciones que presenta. Está renovando la llamada.

Y Pedro confía en la palabra de Jesús: “porque tú lo dices”. Es la confianza que no se improvisa, la confianza que mana del reconocimiento de la voz que llama a la vida, del Maestro, la confianza que crece y se forja en el contacto, en la respuesta, en las horas compartidas, en la intimidad. La confianza en la que se apoyará para decir: Tú lo sabes, tú sabes que te quiero” (Jn. 21, 17).

También Pedro en su seguimiento va aprendiendo a discernir. Llega un momento en su proceso de fe que su testimonio, junto con los demás apóstoles, debe pasar por distinguir entre las voces una y responder: “Es nuestro deber obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5,29).

A nuestro alrededor tenemos muchos ruidos y muchas voces que pretenden hacerse oír como absolutas. Y son esas voces las que, sin pretenderlo, nos invitan con más fuerza a afinar el oído, a discernir para que no se nos cuelen, a profundizar, a remar mar adentro y echar las redes.

Este tiempo nos está regalando un bonito camino de discernimiento desde la escucha. En cada una de nosotras está el confiar en sus propuestas y no dejarlo pasar, agradeciendo que nos conduzca a reconocer su voz, a discernir entre la voces la suya.

(*) Expresión tomada de Carolina Mancini para referirse al discernimiento.

A vueltas con el servicio, los pequeños, los últimos…

Por: MaJesúsAntón. Vita et Pax. Teruel

Domingo 29 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

El domingo pasado se puso de manifiesto que a los ricos les será difícil  entrar en el Reino de Dios.

Hoy los hijos de Zebedeo piden privilegios no quieren aceptar el sufrimiento que supone el seguimiento de Jesús. Mientras el Señor pensaba en dar la vida, sus seguidores siguen pensando en obtener privilegios, no quieren aceptar el sufrimiento que supone el seguimiento de Jesús. Como en otras ocasiones ellos no entienden, no han logrado salir de sus lógicas para comprender la lógica del evangelio. La lógica del evangelio es contraria al mundo, exige la libertad de ponerse al final, en el lugar del esclavo que sirve. Sin esta actitud consciente de renuncia y abajamiento no se puede pretender tener un puesto entre los amigos y amigas de Jesús.

“El Hijo del Hombre  no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos”; es el Servidor sufriente, no el Mesías triunfador.

Jesús aprovecha la ocasión para  instruir a los discípulos sobre el tema del poder y del servicio, les habla del servicio como requisito fundamental para sus seguidores.

El evangelio de Marcos es un testimonio de la fragilidad de los discípulos, esa tosca arcilla que pacientemente fue moldeando Jesús. Estamos llamadas a construir comunidad humana desde el poder del servicio, y no desde el poder que abusa y oprime a los pueblos.

No debe ser lo propio de los discípulos y discípulas de Jesús el buscar puestos, poder y riquezas. El discípulo y discípula auténtica es el servidor que debe tomar distancia de las prácticas de poder propias de “los gobernantes y los potentados que dominan las naciones como si fueran sus dueños”.

La situación de los discípulos “no” es diferente a la nuestra.

Marcos subraya, a modo de denuncia profética, la incapacidad de los doce para comprender. Y surgen comentarios, actitudes, estilos de vida que se alejan de las enseñanzas de Jesús. El camino de la cruz es también el camino del discípulo o discípula. Quien busca atajos, se niega a amar apasionadamente como lo hizo Jesús. Solo resucita el que ha sabido dar la vida.

El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (y sus acompañantes tampoco).

El seguimiento de Jesús es ante todo una opción de vida y no un trampolín para obtener beneficios o privilegios y porque el camino de gloria es el camino de la cruz.

Hace unos domingos en el comentario había esta frase: “en el mundo se sube subiendo, en el evangelio se sube bajando”.

El mundo espera de nosotras otros criterios, los criterios de la sociedad siempre funcionan desde otro punto de vista. El evangelio es tajante. ¿Con qué criterios funciono yo, con los del mundo o con los del evangelio?

Estemos alertas, todos y todas en nuestra vida tenemos una parcela de poder o lo ambicionamos y todo poder tiene riesgo de dominar, ambicionar…

Los gobernantes y los poderosos utilizan el poder para abusar y oprimir al pueblo, para estar arriba o dominar. Por el contrario si por ayudar a alguien tuviéramos que rebajar nuestro nivel de vida, ¿tendríamos la libertad personal necesaria para ello?

El evangelio es justamente el servicio entregado, la donación. Las seguidoras de Jesús que pretendamos primeros puestos no podremos entender la entrega de Jesús si no cambiamos de clave, de orientación. Jesús se ha empeñado en hacernos ver que en el Reino todas somos iguales ante Dios y no hay categorías ni primeros puestos.

En el Siervo y en Jesús se cumple el plan de Dios: dignificar a los que sufren y aliviarles el sufrimiento.

“Misioneros de la fe” es el Lema este año en el día del Domund, qué mejor testimonio que estar dispuestas a gastar la vida, a dar vida y paz cada día.

Seguimos a Jesús por el camino de la vida

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real

5º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Nuestro lugar de inicio también debe ser el templo, nuestro punto de partida debe ser la Eucaristía, en la que nos disponemos para acercarnos a Dios, la escucha de su palabra, la presentación de nuestras inquietudes y ofrecimientos, que culminan en el encuentro con el Señor, alimento para la vida.

Al salir del templo tenemos que ver cuáles son las preocupaciones de las personas de nuestro entorno: la falta de trabajo, la convivencia en las familias, la educación de los hijos, la soledad de las personas mayores, la incitación al consumo que no permite llegar a fin de mes, el transeúnte que camina, vive y duerme en la calle, el inmigrante que desea vivir con dignidad, el enfermo que puede perder la esperanza.

Todos estos acontecimientos de dificultad, sufrimiento, desesperanza y anhelos, se los debemos decir a Jesús, porque al igual que hizo con la suegra de Simón Pedro, Él está siempre dispuesto a acompañar, curar y ayudar a levantarse.

Nosotros, como los discípulos, acompañaremos y seguiremos a Jesús por el camino de la vida, en nuestra oración le susurraremos al oído “Todo el mundo te busca”, facilitaremos a los otros el encuentro con Jesús, será Él quién dé la salvación.

“Vámonos a otra parte a predicar también allí”. Cuantas veces nos preocupamos sólo de nuestro grupo, nuestro movimiento, nuestra parroquia, a los que nos entregamos en cuerpo y alma, como único sitio en el que poder estar, dialogar, actuar; pero no estamos dispuestos a trasladarnos a la otra orilla, (a las asociaciones y plataformas de la sociedad, a las organizaciones empresariales, profesionales y sindicales, a los partidos políticos e instituciones), en definitiva a estar más presentes donde se decide acerca de la vida de las personas; en estos espacios también es necesario predicar el Evangelio, dar a conocer el mensaje de Jesús, el amor de Dios a todos los hombres y mujeres en cada momento de la historia de la humanidad.

Sabemos dónde está el Señor

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia. 

2º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B

Todavía están sonando en el corazón los sones alegres de los villancicos. También seguimos contemplando, admirados, la mirada inocente de los más pequeños que quieren ver a los Reyes de Oriente, sí, terminamos de vivir un tiempo litúrgico extraordinario en el que se nos ha revelado nuevamente  el amor y la compasión de Dios Padre a cada uno de sus hijos. Y hemos visto y oído a Jesús, el Hijo Predilecto que se nos hacía presente en la sencillez y pobreza del portal de Belén.

En este domingo segundo del tiempo ordinario, la liturgia nos ayuda a no cortar de repente esta posibilidad de contemplación de la realidad amorosa de Dios.  El evangelio de Juan nos presenta una secuencia en la que Juan Bautista presenta a Jesús como el Cordero de Dios, lo cual nos ayuda a nosotros a pasar de las “mieles de Belén” a vislumbrar la posterior realidad: la donación total de Jesús, que llegará hasta entregar la vida para que todos tengamos vida. Juan designa a Jesús como Cordero, como Maestro, como aquel a quien no se atreve a desabrochar la sandalia, como el Salvador, el que va a anunciar que es posible una manera de vivir presidida por la fraternidad.

Jesús acoge el seguimiento de los dos discípulos e inicia un pequeño diálogo que termina con una llamada: “Venid y lo veréis”.

Nosotros sabemos dónde está el Señor y dónde vive porque el evangelio, la buena noticia, nos lo reitera en muchas ocasiones.

Jesús está donde y con quienes han recibido la Luz, la Palabra, porque los ha hecho capaces de ser hijos de Dios.

Jesús está al lado de quienes se empeñan en hacer visible y extender el Reino de Dios: reino de justicia, de vida, de paz, de amor…

Jesús es y está en el hambriento, el sediento, en el encarcelado, en el enfermo…

Es decir que Jesús está entre los más débiles, los que no cuentan, los que no pretenden grandezas.

Tenemos que preguntarnos  si verdaderamente queremos ir y ver dónde está Jesús para estar con El, para trabajar con El, para consolar como El, para hacer su voluntad.

Hemos rezado muchas veces “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Quizá sería interesante que hiciéramos un “ejercicio espiritual” y designáramos a Jesús con aquella palabra que surja de nuestro interior y analizáramos si nuestras actitudes y conductas responden a esa definición. Después, pedirle al Señor que nos siga regalando el don de la fidelidad total.

El deseo de seguir aprendiendo, de ser amables en el servicio, ser sencillos en nuestras relaciones interpersonales es el regalo que hemos recibido en la Epifanía, es el impulso que nos ayuda a comenzar este año 2012 con esperanza y deseo de renovación.

 

Las Bienaventuranzas de Mateo 5, 3-9: Un programa de paz.

Por: Xavier Pikaza

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa de pacificación cristiana. Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino pero, al mismo tiempo, ellas ofrecen el más hondo programa de pacificación social del cristianismo.

La Iglesia posterior ha pactado con muchos poderes políticos y sociales, defendiendo incluso la “guerra justa”. Para el Jesús de Mateo no hay guerras justas, ni pactos militares capaces de crear la paz. Su propuesta de paz es más honda, más actual que todas las propuestas posteriores de los documentos de la Iglesia.

Presentación.

Suponemos conocidas las tres primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que lloran…). Mateo parte probablemente de ellas, pero aumenta su número hasta siete, presentándolas así como un programa de vida y de pacificación cristiana. Prescindimos aquí de la 8ª (la 4ª de Lucas), que trata de la persecución, para analizar las siete anteriores, como propuesta básica de paz de la Iglesia. En esa línea las presentamos, de un modo unitario, como siete peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden de las bienaventuranzas va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento etc. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las siete bienaventuranzas: Mt 5, 3-9

(1) Bienaventurados los pobres de Espíritu. Sólo se puede hablar de paz donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos. En ese sentido, habla de los pobres de espíritu, esto es, de aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene marcada de fuera (porque han sido derrotados por otros, vencidos por la vida), sino que habla de aquellos que, pudiendo vivir de otra manera, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad y, sobre todo, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los vencedores, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de salvación (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Así aparece como el siervo que no grita, no se ensalza, no esclaviza (cf. Mt 12, 15–21), iniciando un camino de solidaridad humana desde la pobreza. Quien quiera vivir como rico no puede hacer la paz. Donde se busca dinero se logran otras cosas, no se puede hablar de paz.

(2) Bienaventurados los que sufren. Sólo aquellos que sufren y saben sufrir pueden ser constructores de paz. Lucas hablaba de aquellos que lloran (hoi klaiontes), destacando quizá el llanto físico, aceptado o no (en la línea de la pobreza material). Mateo, en cambio, dice hoi penthountes, término que parece referirse más en concreto a los que “saben” sufrir, es decir, a los que aceptan el dolor, más aún, a quienes lo comparten con otros y así lo convierten en fuente de vida fecunda. Ciertamente, podemos decir con el texto de Lucas, que son bienaventurados todos los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma en que asumen o no su sufrimiento. Mateo en cambio parece haber puesto de relieve el valor de maduración e incluso de “revolución radical” del sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben aceptar el sufrimiento pueden ayudar a los demás, abriendo con ellos y para ellos un camino de vida. Quien no sabe sufrir terminará siendo un dictador. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, por guerra o dictadura) no podrá ser hombre de paz. Sólo aquellos que se ponen en el lugar de los que sufren y sufren con ellos pueden iniciar el camino de paz del evangelio.

(3) Bienaventurados los mansos…
(Mt 5, 5). Ésta es una bienaventuranza nueva, que Mateo o su iglesia han creado, siguiendo el testimonio de Jesús, que ha sido pobre y pequeño (sin poder económico o social), pero que ha sabido elevar y enriquecer a los pequeños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y de vida para muchos. Mansos son los que actúan sin imponerse, los que ayudan a los demás desde su pobreza. Así ha dicho Jesús: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumamos, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29). Siendo pobre (manso, no violento), Jesús puede ayudar a los pobres.

Pues bien, esa bienaventuranza (tomada del Salmo 37, 11, expresa una experiencia radical, de tipo político: “los mansos heredarán la tierra”, no al modo actual (por posesión violenta), sino al modo de Dios: “por herencia de gracia”. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación “política”, que invierte todos los principios y táctica de guerra. Sólo los mansos, los que renuncian a toda imposición militar para “conquistar la tierra” podrán poseerla de verdad, pues tierra no se conquista por guerra, sino que se “hereda”: la recibimos de aquellos que nos han precedido y queremos ofrecerla como regalo a quienes nos sigan. La tierra que se conquista y somete por la fuerza se vuelve un infierno de guerras; cuanto más la dominemos más la destruiremos. Sólo los mansos podrán heredar y disfrutar la tierra en paz; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí.

(4) Hambrientos de justicia. En vez de hambrientos sin más (como Lc 6, 21), Mt 5, 6 dice hambrientos y sedientos de justicia. Ciertamente, son bienaventurados los carentes de comida, como supone Mt 25, 31-46 (pues el mismo Jesús habita y sufre en ellos), pero Mateo sabe también, como indica ese pasaje, que hay hambrientos mesiánicos, que entregan la vida por los otros, dando de comer a los necesitados, buscando así la justicia de Dios que es la liberación de los oprimidos (Antiguo Testamento) y la justificación y perdón de los pecadores (San Pablo).

Esta bienaventuranza habla de los hambrientos creativos, de aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse al servicio de ellos. Éstos son los verdaderos “justos”, los portadores de justicia (cf. Mt 25, 37). Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, Mesías de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende su palabra: “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Mt 4, 4)… No hay sólo “hambre de pan”, sino también de “justicia”. Sólo a través de esta justicia, que es la liberación de los pobres, se puede hacer la paz.

(5) Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7). Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel a quienla Escritura presenta como «clemente y misericordioso, lento a la ira…» (Ex 34, 6-7). La fe en el Dios misericordioso y clemente ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos de la tierra (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31).

Desde ese fondo se entiende su novedad mesiánica, conforme a las palabras centrales de Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13; 12,17; cf. Os 6, 6). Eso significa que la “religión” (sacrificio) de Jesús es la misericordia. Éste es el sacrificio que Jesús pide a los suyos: que sean misericordiosos, que sean capaces de compartir la vida con los otros, creando así la paz. Desde ese fondo, la religión de Jesús se hace política y la política se hace “misericordia”, dirigida por la ternura de corazón, por el amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza. Ésta es la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica: compartir desde el corazón la suerte de los pobres, ayudar a los necesitados. Ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de la política cristiana: la misericordia que hace felices a los hombres y que crea la paz. Aplicando las palabras de Mt 7, 1, se podría decir: “sembrad misericordia y la misericordia llenará vuestra vida…”.

(6) Bienaventurados los limpios de corazón (Mt 5, 8). Un judaísmo bastante extendido en tiempos de Jesús tenía miedo de aquello que mancha al hombre y puede separarle de la santidad de Dios. A su juicio, la limpieza básica se logra través de la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo mandado, en vestidos y comidas, etc. Es religión de normas exteriores (de prestigios nacionales o sociales, de insignias, de banderas…).

Pues bien, en contra de esa pureza de ley, puesta al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), Jesús ha destacado la pureza del corazón, abierta en forma solidaria a todos los hombres, especialmente a los expulsados del sistema. El mensaje de Jesús, tal como lo viven los cristianos de la Iglesia de Mateo, exige que superemos un sistema de purezas que se centran en las manchas de la piel o en la forma de cumplir el sábado (cf. Mc 1, 40-45; 2, 23-3, 6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5), de pureza externa y comidas (cf. Mc 7). Jesús quiso ofrecer a sus amigos y seguidores un programa distinto: la pureza del corazón misericordioso que se abre a los necesitados, por encima de toda ley o patria particular (de tipo político o religioso). Así podemos decir que la patria de Jesús (su nación política, su iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres.

Sólo así, desde el corazón, se puede iniciar un camino de paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden ver ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios. El limpio de corazón no hará nunca la guerra, pues no verá jamás a los enemigos como enemigos, sino como personas.

(7) Bienaventurados los hacedores de paz (Mt 5, 9). Otros tipos de judaísmo podían tener sus propios bienaventurados: los guerreros de Dios que conquistan el reino (celotas), los buenos sacerdotes con su ritual de sacrificios, los cumplidores de la ley… (en línea farisea). Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando generosamente la vida a los demás. De los pobres de la primera a los pacificadores de la séptima bienaventuranza discurre así un camino recto: la Via Pacis, el camino triunfal de la paz, que se opone no sólo a otras formas de judaísmo, sino al ideal de victoria del imperio romano. Aquí culmina el mensaje de Jesús, aquí se condensa su proyecto mesiánico, centrado en el surgimiento de unos hombres y mujeres que sean hacedores de paz (eirenopoioi).

Conclusión.

Estos hacedores de paz sólo pueden aparecer claramente al final del despliegue de las bienaventuranzas que empieza con los pobres y continúa con los sufridos y los mansos etc. Estos pacificadores de Jesús siguen siendo, según eso, los pobres y excluidos que renuncian con un gesto de paz a la violencia del ambiente. En contra de la política oficial de Roma y de los reyes herodianos, la paz no es obra de los emperadores y monarcas que instauran su dominio por la fuerza, como Augusto, que edificó en el centro de Roma su Ara Pacis (Altar dela Paz), para expresar su soberanía (y soberbia) mundial. A los ojos del Cristo de Mateo, los portadores de la paz de Augusto, simbolizado en su Altar central de Romo, serían unos engañados e impositores.

La verdadera paz viene de abajo, desde el perdón de los más pobres, a través de aquellos que van suscitando comunidades de personas que se aman y se abren en misericordia activa hacia todo el mundo. En ese sentido, la tradición cristiana dirá que el pacificador por excelencia ha sido Cristo (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15), pues ha querido reunir con su gesto de entrega no violenta todos los hombres. Ésta es la paz que no se logra con poder y dinero (desde arriba), sino a partir de los pobres y de aquellos que sufren, abriendo un camino de concordia gratuita y amorosa por donde pueden caminar todos los hombres.

Éste es el proyecto y propuesta de las bienaventuranzas, que ha empezado en los pobres para culminar aquí, en una paz que aparece, como ya hemos indicado, en forma de espada mesiánica, en la línea de Mc 13, 12-13: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz, sino espada. Porque yo he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (Mt 10, 34-35). La paz de Jesús rompe las vinculaciones impositivas (de tipo familiar o social) de los privilegiados del sistema para abrirse a todos los hombres y mujeres, desde los más pobres, reuniéndolos en la gran familia de los hijos de Dios.

La Iglesia de Mateo ha proclamado así la paz familiar y social de Jesús. Siglos de espiritualismo sacral e idealista nos han impedido abrir los ojos y entender el evangelio como programa de gozo salvador y libertad dichosa, como movimiento de paz que se expresa y expande en un plano social y político. El evangelio es un programa de pacificación, desde los más pobres, un programa intenso de no-violencia activa, fuerte, que vincula a todos los hombres. Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de dicha política y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres

Recuperando dignidades perdidas

Por Maricarmen Martín

Las mujeres nos sentimos herederas de una tradición, la de Jesús, que colocó a su lado a hombres y mujeres como co-partícipes de su misión evangelizadora. Sin embargo, no descubro nada nuevo al expresar, una vez más, la sufrida discriminación que las mujeres viven dentro de la Iglesia. Somos conscientes de que, a nivel de principios generales, todos se manifiestan partidarios de una igualdad que, en la vida cotidiana, cobra acentos de desigualdad. Desde esta evidencia, el aporte de muchas mujeres y algunos varones se sitúa en la recuperación de la verdadera humanidad, tanto para el varón como para la mujer. No queremos quitar a unos para poner a otras. Evidentemente, si la mujer ocupa su puesto en la sociedad y en la Iglesia, el hombre se tiene que situar. Esto, lejos de restarle protagonismo, le devuelve su verdadera dignidad.

Esta tarea nos sentimos impulsadas a hacerla como discípulas de Jesús, que queremos seguir caminando con El, repitiendo sus mismos gestos. La Biblia nos muestra un Dios enamorado de los desposeídos y los humildes. La opción por las mujeres es inseparable de la opción por los pobres. Su resistencia a ser sistemáticamente excluida es, como la de los pobres, una resistencia para tener “vida en abundancia” (Jn 10,10).

En el Nuevo Testamento nos encontramos diversos modos de seguir a Jesús, pero su contenido es idéntico en todos los casos. En realidad, supone incorporarse a la construcción del Reino de amor. La persona que se pone en disposición de seguimiento, deja todo: las mujeres dejaron su puesto en la vida para entrar a formar parte del grupo de Jesús; y, además, inaugura  nuevas relaciones de vida, basadas en la igualdad y la fraternidad.

El mismo Lucas nos dice cómo, camino del calvario, Jesús era seguido por una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres que lloraban y se lamentaban por él. También nos dice que “Todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban allí presenciando todo esto desde lejos” (23,37-49). Nos interesa fijarnos en el grupo de mujeres. Es el mismo grupo del capítulo 8. Si se hallan presenten en ese momento es porque verdaderamente habían creído en él. El miedo, recordemos que estaban allí pero “desde lejos”, no les había impedido llegar hasta ese lugar porque lo amaban.

Por último, las mujeres que permanecieron con Jesús hasta su muerte serán también testigos de su resurrección (Mt 28,1-10). A ellas les confiará el encargo de anunciarlo a los discípulos que, por temor, le habían abandonado. Es decir, Jesús les confía la importante misión de alentar a los hermanos y de confirmarles que aquel que habían matado, estaba vivo.

Caminar detrás de las huellas de Jesús (Lc 8,1-3), amarle por encima del miedo (Lc 23,27), manifestarse como seguidoras de él, incluso en el lugar en que lo estaban matando (Jn 19,25), ver al Señor vivo antes que los mismos apóstoles (Mc 16,9), ser enviadas… las acredita como sujetos capaces y dignos de ser co-partícipes a todos los niveles en la misión de la Iglesia. Estas son sus credenciales.

Por consiguiente, Jesús incorpora a su misión a las mujeres de una manera radicalmente nueva y en abierta oposición a las costumbres de su tiempo. Dejó abierto un camino de igualdad en el amor, que no siempre ha sido reconocido y valorado por la Iglesia, pero que, desde siempre, las mujeres entendieron bien. Ausentes de los servicios que incluían toma de decisiones y responsabilidades de autoridad, las mujeres se entregaron a la tarea de construir el Reino en la historia. Por eso, siempre han estado presentes en los procesos de liberación. Muchas veces como fuerza oculta, no reconocida por la historia oficial, pero presente y actuante. Desde la periferia, se encontraron con la raíz de la Buena Noticia de Jesús: él las quería cerca para enviarlas a participar en la construcción de la fraternidad universal. La cercanía desde los márgenes de la historia de la Iglesia les hizo comprender de un modo nuevo y desafiante el significado de caminar con Jesús estando cada vez más identificadas con él.

Sin embargo, las mujeres seguimos ocupadas principalmente en tareas de labores estéticas o catequéticas y, casi siempre ausentes de los órganos de gobierno eclesiales. Los espacios son reveladores y sustentadores de la posición subordinada de las mujeres. En los centros de estudios teológicos, ocupan –cuando les dejan- el lugar de los que aprenden, de los que toman notas en silencio. Son escasísimas aún las cátedras llevadas adelante por mujeres. En las iglesias se colocan, sin otra alternativa, bajo el altar y a una distancia respetable. Tampoco son admitidas en los ámbitos de decisión y ejecución. Estos son de dominio exclusivamente masculino. A este respecto nos dice I. Gebara: “Las mujeres pueden invadir los espacios en los que se toman las decisiones sagradas sólo para servir a los hombres como domésticas siempre subalternas y obedientes”. Sin embargo, las consecuencias de las decisiones recaen también sobre las mujeres a quienes toca acoger y obedecer.

Pero no queremos quedarnos sólo en lo que no va bien. Las mujeres hoy siguen conquistando mayores espacios de responsabilidad en la sociedad civil. Estamos en camino de superar una visión de la mujer exclusivamente como madre de familia y ama de casa. Esto constituye uno de los signos de los tiempos que la Iglesia no puede dejar de escuchar y, por tanto, disponerse a propiciar, ella también, mayores espacios de participación y responsabilidad a las mujeres. Es más, además de tener que superar el patriarcalismo y machismo imperantes en la sociedad en general, la Iglesia tiene que superar el clericalismo particular dominante.

No es un imposible, es tarea de todos y de todas, se puede hacer si nos disponemos a dar ya los pasos oportunos, algunos de ellos pueden ser:

  • Caminar hacia la constitución de una Iglesia más comunitaria y participativa, donde hombres y mujeres, laicos y laicas, sacerdotes, religiosas y religiosos sean co-responsables de llevar adelante la tarea encomendada por Jesús. Para ello, entre otras cosas, tendremos que redefinir recíprocamente qué es la feminidad y qué la masculinidad. Supone también redefinir el papel del sacerdote y del laicado y pasar de un esquema puramente vertical a otro más comunitario que tenga un único centro, Cristo Jesús.
  • Fomentar la formación teológica de las mujeres y la difusión de su pensamiento. Secularmente, las mujeres fueron separadas de los centros de formación donde se elaboraba el pensamiento teológico que había de acompañar el camino creyente de hombres y mujeres. Pero ha llegado el momento de la irrupción de las mujeres teólogas en la Iglesia.
  • Afianzar los pasos hacia una Iglesia ministerial, en la que queden incluidas también las mujeres. Creemos que es posible abrir nuevos cauces, diversificar los ministerios. Podemos ser más creativos y creativas y romper con viejos prejuicios y miedos porque lo que cuenta es la extensión del Reino de Vida que Jesús vino a traernos.

Testimonio de Carmen Benito

Por: Carmen Benito Vita et Pax – Valencia

Desde Valencia, mi actual destino, después de muchos años viviendo en el extranjero, voy a explicar en qué empleo mi tiempo, mis horas de voluntariado, en esta etapa de la vida que Dolores Aleixandre define como “… etapa diferente de las anteriores en las que, junto a evidentes pérdidas, se nos presentan nuevas oportunidades”. Y, continúa, “cómo debemos disponernos a afrontarla con radical confianza: algo así como si le firmásemos a Dios un cheque en blanco en el que expresamos que, sea como sea ese tiempo, estamos seguros de su presencia y su compañía”. 

También me parece muy importante vivir con el convencimiento de que la entrega en el servicio debe ser para una persona consagrada lo que ocupe y mueva sus proyectos de seguir trabajando por el Reino, porque la misión es de siempre y para siempre.

En la fundación Ceimigra, en Valencia, imparto clases de español tres mañanas a la semana, de octubre a junio. Ceimigra es un centro de estudios para la integración social y formación de inmigrantes. Los grupos de estudiantes siempre están compuestos por alumnos de diversas nacionalidades de Europa, Asia y África, que reciben una enseñanza gradual y utilizan un material totalmente gratuitos; cada curso se prolonga durante tres meses y los alumnos que han asistido con regularidad y aprovechamiento, reciben un Certificado académico.

Para mí, en esta etapa de mi vida de jubilada, el poder continuar en lo que ha sido mi profesión, es sumamente gratificante. Nuestros alumnos, que hoy constituyen un grupo social necesitado y, en casos, hasta marginado, son un enriquecimiento para mí con sus vidas y sus experiencias. Yo les ayudo en algo vital para ellos, como es aprender el idioma español, y ellos me aportan otros valores; en las clases no sólo se trasmiten e intercambian conocimientos sino que se comparten vivencias y experiencias de mundos y realidades tan distintos. Lo más importante es la acogida hacia ellos y entre ellos, el trato y el respeto.

Además de las clases, dedico un día a la semana a ayudar en el Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. Otra experiencia, muy diversa a la anterior, que me hace contactar con otro mundo, el del dolor y la impotencia, de la enfermedad y la deficiencia.

Puedo decir también que, cada día, al despertar por la mañana, agradezco al Señor la nueva oportunidad de poder vivir el don de ser testigo de su Vida y de su Paz.

Carmen Benito

Carmen falleció en enero de 2011, como homenaje publicamos el testimonio que nos compartió en el año 2010.

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