Dones del Espíritu Santo

Por: P. Cornelio Urtasun

  1. Don de la sabiduría: “Conocimiento sabroso de las cosas de Dios” (San Bernardo) que perfecciona la virtud de la caridad dándonos gracia para discernir y juzgar acerca de Dios y de las cosas divinas.

Elementos: Luz que ilumina nuestro entendimiento. Gusto que actúa sobre la voluntad a la que hace saborear las cosas divinas.

Efectos de este don: La fe se hace inconmovible. Da firmeza a nuestra esperanza. Aumenta la unidad. Nos fuerza a vivir a Jesucristo en nuestras vidas.

         2. Don de entendimiento: Un DON que por la acción iluminadora del Espíritu Santo nos da una intuición de las verdades reveladas, pero sin declararnos el misterio.

Elementos: Es una mirada iluminada e iluminadora. Mirada penetrante que parece que lee y contempla la entraña del misterio.

Efectos: nos hace penetrar en el interior de las verdades reveladas.

        3. Don de ciencia: El don del Espíritu Santo que ilumina nuestra fe para darnos a conocer las cosas creadas en sus relaciones para con Dios y el valor de esas cosas creadas en sus justas proporciones.

Elementos: No es un conocimiento filosófico por vía de razonamiento. Es la Ciencia de Dios del Prefacio de Pentecostés.

Efectos: el conocimiento de las cosas creadas que nos hablan de su Creador. Mirando su naturaleza vemos en ellas la imagen de Dios: el amanecer, el atardecer, las flores, la música….

         4. Don de consejo: Es el Don del Espíritu Santo que nos da a conocer de una manera pronta y segura lo que conviene hacer, especialmente, en las cosas difíciles, por una especie de intuición sobrenatural.

Elementos: La virtud de la prudencia que discurre, razona y reduce a la vista de lo pasado, en previsión del porvenir. La buena dirección de las acciones concretas en cada caso particular, teniendo en cuenta las circunstancias de personas lugar y tiempo.

Efectos: Ilumina lo que hay que hacer en los casos difíciles. Potencia y vigoriza la razón humana que es falible, incierta y lenta; la ilumina y orienta para que sepa a dónde va, el camino a seguir y la meta a alcanzar.

        5. Don de fortaleza: El don del Espíritu Santo que da al alma coraje y energía para poder hacer, a veces, hasta intrépidamente cosas grandes, a pesar de todas las dificultades, perfeccionando la virtud de la fortaleza.

Elementos: La virtud de la fortaleza. Decisión, seguridad, alegría, esperanza

Efectos: Vivir en estado de sacrificio. El enfrentamiento con el heroísmo.

         6. Don de piedad: es el Don del Espíritu Santo que produce en nuestro corazón un afecto filial para con Dios y una gran ternura para con las personas y cosas divinas de manera que cumplamos con gozo y entusiasmo nuestros deberes religiosos.

Elementos: Amor de ternura para con Dios nuestro Padre, cuya misericordia y bondad percibimos y palpamos y que prende en nosotros.

Efectos: Respeto filial, hijos de un inmenso cariño, esto hace que todo lo de Dios nos sea grato en extremo. Amor de ternura para con las personas y cosas más vinculadas a Dios:

          7. Don te temor: EL Don del Espíritu Santo que nos inclina al respeto filial de Dios, nos aparta de todo pecado en cuanto que desagrada al Señor y nos da una particular sensibilidad para evitar todo cuanto pueda estar en disconformidad con su querer.

Elementos: No es temor llamado servil, es decir, que teme a Dios porque es Juez y puede castigar por nuestros pecados. No es tampoco el miedo al juicio de Dios, provocado por una vida de desorden. Supone un vivo sentimiento de la Grandeza, de la Bondad, de la Misericordia, del Perdón de Dios…

Efectos: Provoca una viva contrición por los pecados cometidos: al alma le duele en el alma la indelicadeza para con Dios.

El Espíritu Santo y la Misericordia

Por: Josefina Oller. Vita et Pax. Guatemala

Después de haber vivido con serena alegría la experiencia pascual, contemplando cada una de las apariciones del Señor Resucitado que ha fortalecido nuestra fe y nuestra esperanza con su luz, concluimos hoy  esta  cincuentena, celebrando la solemnidad de Pentecostés que supone un nuevo impulso evangelizador para toda la comunidad cristiana.

Durante estas semanas hemos  leído, reflexionado y seguido paso a paso la actividad misionera de los Apóstoles, anunciando con valentía el kerigma evangelizador: “ESTE JESUS QUE FUE CRUCIFICADO, EL PADRE LO HA RESUCITADO”,  hoy nos invita la liturgia a releer el principio de la misma, el acontecimiento fundante  que rompió temores, disipó miedos y universalizó a la iglesia naciente. Todos los pueblos, reunidos en aquel momento pudieron maravillarse de toda la obra que había realizado el Espíritu en los corazones de sus fieles y en sus jóvenes comunidades: todos entendían a los apóstoles en su “propia lengua” porque ya conocían el lenguaje del amor.

Quizás sería una sugerencia  interesante para nosotras y nosotros hacer también relectura festiva de  nuestros  recorridos de fe personales, institucionales y hasta eclesiales,  con la mirada  de nuestros propios  “pentecostés”  para maravillarnos humildemente de lo que el Espíritu ha ido haciendo en cada persona y en cada comunidad, para admirarla, para agradecerla con la seguridad de que se van realizando en nosotras/os “aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica” (cfr.: oración colecta solemnidad de Pentecostés).

No hay duda que este mismo Espíritu “eterno inquieto” en expresión del  P. Cornelio, impulsa y suscita actualmente nuevas iniciativas que renueven los corazones y nuestro mundo. El  ha inspirado este año la celebración del JUBILEO DE LA MISERICORDIA. En estos tiempos  sacudidos por tantos vendavales, por tanta incertidumbre, por tanta violencia, por la ausencia de paz, nos hacía falta hacer experiencia del Dios misericordioso,  lleno de ternura, volcado compasivamente hacia la persona humana.

Y este es el Dios que nos manifestó durante toda su vida, Jesús de Nazaret. Él  fue acompañado continuamente por la RUAH, que con su femenina delicadeza, estuvo presente en su concepción y nacimiento, al inicio de su vida pública en el Jordán, en el desierto, en su predicación y en su misión liberadora. En El, el Espíritu actuó de manera constante, haciéndole revelar los rasgos de su querido ABBA.  El Espíritu estuvo sobre El para ungirlo, enviarlo a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a liberar, a curar, a perdonar.

Y, al final de su vida, tuvo claro Jesús que llegaba el momento de desaparecer porque humanamente somos limitados: no podemos entrar al interior de las personas para lograr su conversión. Es  el Espíritu el que puede penetrar en los corazones, guiarlos a la verdad plena  y convencer. Por eso Jesús lo prometió a sus discípulos asegurándoles su presencia permanente hasta el fin de los tiempos. Resucitado, lo exhaló sobre ellos -lo había exhalado en la cruz horas antes- y les dio el poder de perdonar, ¡qué gran regalo! Junto con el mandato de dispersarse por el mundo llevando a las gentes el mensaje de salvación.

La invitación ahora para nosotras/as es volver a partir de esta  fecunda experiencia pentecostal. Salir de nuestros cenáculos para dispersarnos y hacer llegar a las gentes que nos rodean y a las más lejanas la Buena Noticia que subraya de manera especial  este aña jubilar:  Dios, rico en misericordia, Dios perdonando sin cansarse, Dios Padre e Hijo, ofreciéndonos generosamente la RUAH para que seamos testigos de su bondad y compasión.

 Y al vivir con hondura esta experiencia seamos capaces de reflejarla. De tener gestos de amor misericordioso, de cercanía a los que padecen cualquier carencia material o espiritual. Ocasiones no nos faltan, es cuestión de “no pasar de largo” ante tantas y tan variadas necesidades como se nos presentan día a día.

Ojalá que al finalizar este año y hacer su “relectura”, podamos constatar que el Espíritu nos ha renovado, nos ha hecho más sensibles, más solidarios/as más

                              MISERICORDIOSOS/AS COMO EL PADRE

 

Bien equipada/os para caminar por la vida

Domingo de Pentecostés. Ciclo C

Por: José Antonio Ruiz Cañamares, sj. Madrid

El evangelio de Lucas de la semana pasada, en el contexto de la Ascensión, ya nos decía que Jesús enviaría algo, procedente de lo alto y prometido por el Padre, que nos revestiría de fuerza. Ese “algo” es, evidentemente, el Espíritu Santo.

La mariología está muy tratada en teología y la relación afectiva con la Virgen es algo muy presente en nuestra religiosidad. Se ha dejado de rezar el rosario en familia, pero “la Virgen sigue siendo la Virgen”. Sin embargo, tenemos un déficit en el desarrollo teológico de la pneumatología y escasa relación personal con el Espíritu Santo en la vida de fe.

Afirmar que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad es correcto, pero insuficiente. Dando un paso más a nivel de lo aprendido en el catecismo afirmamos que los dones del Espíritu son: ciencia, consejo, fortaleza, inteligencia, piedad, bondad y temor.

Dios a lo largo del Antiguo Testamento no se revela diciendo quién es, sino haciendo. Dios es el que hace prodigios a favor de su pueblo. Del mismo modo hay que acercarnos al Espíritu Santo mirando más lo que hace, que encontrando la definición exacta de quién es. Y así, también aprendimos un día que los frutos del Espíritu son: amor, gozo, paz, paciencia, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, templanza y castidad.

El Espíritu es ante todo fuerza, aliento que da vida. Lo mejor que nos puede dar el Resucitado es su Espíritu (Jn 20, 23) porque es lo que necesitamos para andar por la vida como seguidores de Jesús yendo bien equipados.

Posiblemente tengamos más experiencia del Espíritu que la que creemos. Todos tenemos experiencia, cuando miramos hacia atrás en nuestra vida, que ha habido momentos en que nos han sobrado motivos para tirar la toalla y abandonar caminos emprendidos desde Dios. Y no lo hicimos. Allí estaba el Espíritu Santo.

En otras ocasiones, conociendo nuestra fragilidad y limitación personal hemos tenido que caminar un trecho de nuestra vida con grandes dificultades que exigía mucha fortaleza, paciencia y templanza y lo hicimos y no nos rompimos. Allí estaba el Espíritu sosteniendo y conduciendo.

Los senderos de la vida nos llevan en muchas ocasiones a tener que trabajar o compartir la vida con personas que difícilmente nos podríamos entender bien dado los distintos que somos. Y comprobamos atónitos que la unidad es posible en medio de la diversidad. Sabemos que esto no es fruto sólo de nuestro talante, más o menos respetuoso, sino de una fuerza misteriosa, que quizá no podemos definir con exactitud, pero que la fe nos dice que es el Espíritu Santo.

Las personas que en su día hicimos un compromiso de por vida sabemos que si perseveramos en el camino emprendido no es por nuestros méritos, fortaleza e inteligencia (la vida se encarga de decirte lo pequeños que somos), sino por una Fuerza misteriosa que nos envuelve, acompaña, sostiene y conduce, que es el Espíritu del Resucitado, el Espíritu Santo.

Si esto es así, y yo creo que sí, podemos afirmar que tenemos experiencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Dicha experiencia es la que nos hacer pedir (a veces de rodillas y con mano extendida de mendigos), en el día a día que se nos regale Espíritu Santo. Sin este aliento desfallecemos o pasamos por la vida durando, pero no viviendo. Y Dios nos quiere vivos y vivas, aunque nuestras fuerzas físicas estén cada vez más mermadas. Que nuestra plegaria para hoy, y para todos los días, sea: ¡ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor!

¡Oh Espíritu Santo!, ¡ven; no te hagas esperar más!

Por: Cornelio Urtasun

El Espíritu del Señor ha inundado la redondez de la tierra. ¡aleluya!. Venid y vamos a adorarle. ¡Aleluya!. El Señor cumplió su promesa: no nos hemos quedado huérfanos y nuestro corazón ha estallado de alegría.

Pentecostés: se desborda el océano de la VIDA. Viene sobre nosotros el Espíritu Santo para convertirnos a cada uno de nosotros en un pequeño manantial de esa misma VIDA.

Yo veo aquel cielo hermoso al que el Señor se marchó, convertido en un océano infinito de vida, en un mar inmenso de agua Viva, transparente como el cristal: algo así como una gigantesca presa en la que están acumulados, desde toda la eternidad, no ya muchos de los tesoros de la Trinidad, sino la totalidad de ellos: la Vida, la Paz, la Luz, el Amor.

Todo este tesoro de Vida, el Padre lo ha destinado para los hombres y sobre la Iglesia.

 ¡Ven Espíritu Santo.
Colma nuestros corazones.  Enciende en ellos el fugo de tu Amor!
¿Qué misión traes Espíritu Santo?:

Vengo a ser tu consuelo, a darte la Paz, a inundarte de Luz, a saturarte de Vida. Vengo a recordaros tantas cosas que El os enseñó en su Evangelio. Vengo a enseñaros toda la VERDAD. Vengo a iniciaros en todo… Yo soy el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, que es vuestra Vida.

Éste es el mensaje que dirá el Espíritu Santo a cada uno de nosotros, el día de Pentecostés. Porque  Él  es Padre de los pobres,  dador  de los dones y  luz de los corazones. El Consolador incomparable, el descanso confortable. Y, sobre todo, el dulce Huésped de nuestras almas.

El Espíritu Santo ha venido para acentuar nuestra vida de hijos de Dios, es más,  para incrustarnos en su Vida y  hacernos partícipes de su Divinidad. Para hacernos ÉL.

Como Maestro que va a ser nuestro de tantas cosas que nos interesan, su papel es trascendental en nuestra vida espiritual. TODO nos lo tiene que enseñar. Pero no ejercerá su magisterio si nosotros no le mostramos  todo el interés que se merece.

Enséñanos también a vivir su  vida de oración, su vida de sacrificio y, sobre todo, a vivir de la VIDA DE JESUCRISTO: a vivir de Ella hasta dejar de sobra: a plasmar en nosotros toda la manera de ser y pensar del Maestro. A respirar con su aliento, a ser altavoces de su Palabra y reproductores de sus virtudes: de su pobreza, de su generosidad…

¡Oh Espíritu Santo!,  ¡ven; no te hagas esperar más!.
Que en esta fiesta de Pentecostés de este año de gracia, su llegada a nuestras almas sea el comienzo de una vida nueva.
¡Oh Espíritu Santo!,  ¡ven; no te hagas esperar más!.
Enséñanos a estar zambullidos  en el mar de la VIDA: en Cristo Jesús.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Por: Pedro Sandi. Miembro del Instituto Secular: Asociación de Sacerdotes del Prado. Diócesis de Santander

Domingo de la Santísima Trinidad, Ciclo B

1. El mismo Jesús Resucitado que confió a sus apóstoles su misma misión y les encargó ir a todos los pueblos y hacer discípulos de todos ellos es el que hoy también a nosotros nos confía esa misión en este día. ¿En qué consiste esta misión universal a la que nos envía? El Señor nos lo explica claramente:

A) Haced discípulos míos de todos los pueblos. No en el sentido proselitista, sino en el sentido de ofrecer a todos la oportunidad de conocer a Jesucristo, y hacer de Él, el Maestro único de toda su vida. Estableciendo con Él una relación de amistad, de intimidad, de compartir con Él su vida, de seguirle por todos los caminos por donde Él camina. Lo podemos entender con un ejemplo:

“Una vez, fue llevada a la casa del inmaculado corazón en Calcuta una mujer en condiciones lamentables: su cuerpo estaba lleno de llagas y un pie, que por causa de la lepra carecía de sensibilidad, había sido roído por las ratas.

La mujer rechazaba cualquier tipo de consuelo y toda expresión de afecto. Sin embargo, la madre Teresa continuaba cada día socorriéndola con ternura. Un día por fin la mujer exclamó: – “Hermana, eres distinta a todas las personas que he conocido. ¿Por qué haces esto?”– Y la madre Teresa respondió: Lo hago por amor.

La mujer se quedó muda por esta lógica desconocida para ella y preguntó con ansia:

–          ¿Y quién te ha enseñado? 

–          Entonces la madre Teresa  reveló el secreto de su vida: “Me lo ha enseñado mi Dios”.

La mujer le dijo: “Hazme conocer a tu Dios”.

Si nosotros nos tomamos en serio las palabras de Jesús, tenemos que provocar en quien nos rodea la misma petición: “Hazme conocer a tu Dios”.

Provocar el deseo de hacerse discípulos en los que nos rodean y a quienes encontramos en el camino de la vida, por la calidad de nuestro amor y de nuestra alegría y esperanza.

B) Los discípulos somos enviados a comunicar lo mismo que hemos aprendido de Jesús. No como una doctrina, sino como una práctica. Lo mismo que la madre Teresa aprendió de Jesús a amar y servir con ternura y constancia a los pobres, a ayudar a todos por amor. Practicar a Jesús las 24 horas del día. Eso es lo que puede provocar a los que nos ven, el deseo de hacerse discípulos suyos.

C) Bautizándolos, para consagrarlos al Padre y al Hijo y al E. S. Sumergirnos en el misterio de nuestro Dios para ser en el mundo imagen viviente, sacramentos vivos del Padre y del Hijo y del Espíritu S. En su ser más íntimo Dios es amor, vida compartida, amistad gozosa, diálogo y entrega mutua, abrazo, comunión de personas.

Sumergirnos en el misterio de Dios nuestro Padre: ¡de su amor! Jesús se pasó la vida diciéndonos: ¡Si supierais cómo os quiere mi Padre! Pero no sólo con su Palabra, con su vida, con su amor: “Como el Padre me ha amado a mí, así os he amado yo. Un amor lleno de confianza, de gratitud, con todo su ser, lleno de obediencia, en las verdes y en las maduras. Amarle al Padre con Jesús y como Jesús. Somos Hijos en Jesús. Toda la clave está en vivir unidos y entregados a Jesús, nuestro hermano mayor… Dejarle vivir en nosotros, como decía San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí… y vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a la muerte por mí”.

Sumergirnos en la fuerza del Espíritu Santo en la nueva vida que El alumbra y alimenta en nosotros. El es el que nos hace testigos de Jesús en el mundo, el que nos hace hombres y mujeres nuevos…entregados a la iglesia, a la comunidad, trabajando por la comunión entre todos. Dejándonos transformar por El en hombres y mujeres sin miedo, valientes en el anuncio del evangelio…en hombres y mujeres llenos de amor, que se distinguen sobre todo por el amor.

2. No podemos abarcar el océano de Dios, pero sí zambullirnos en El. Cristo nos dejó un medio concreto para lograrlo: la Eucaristía. La Trinidad nos cita cada día en la Eucaristía. Donde está el Padre de N.S. Jesucristo allí está el Hijo, hecho hombre, Jesús resucitado, allí está también el Espíritu Santo. En el momento de la comunión se realiza en sentido estricto la Palabrade Cristo: “Yo en ellos y Tú en mí”…  “El que me ve a Mí ve al Padre” “Quien me recibe, recibe al Padre y al Espíritu”. ¡Jamás llegaremos a valorar la gracia que se nos brinda: ser comensales de la Trinidad!

Tu Espíritu nos alienta y nos impulsa

Por: Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología. Ciudad Real

Pentecostés, Ciclo B

Este domingo celebramos el envío y se nos recuerda que creer en el Espíritu de Dios no es quedarse quieta y esperar a que el Amor de Dios se instaure como por arte de magia. Dios nos manda su aliento para llenarnos de fuerzas, para impulsarnos a construir, entre todos y todas, su Reino de Amor. Muchas somos las personas que nos decimos cristianas, y muchos son los carismas y los dones que nos regala el Señor, es decir, tenemos muchos medios para salir al mundo, para salir al encuentro de nuestros hermanos y hermanas y, especialmente al encuentro de las personas que sufren.

Jesús se hace presente a sus discípulos, a pesar de que estos están escondidos y encerrados con llave, muertos de miedo, sin saber como enfrentarse al mundo sin su pastor, se sienten solos, tristes, asustados, pero Dios no les deja solos, no nos deja solos. A través de su Espíritu nos hace sentir que aunque la tarea sea mucha y con mucho riesgo, Él siempre estará con nosotros y nosotras, por lo tanto ¿qué hemos de temer?

Hoy, el mundo nos llama, y el Señor nos envía con fuerza. Hoy el mundo sufre; hay casi seis millones de personas que sufren paro, donde la mayoría son mujeres y jóvenes. Hoy se están recortando muchos derechos por los que han luchado miles de personas a lo largo de la historia. Hoy el primer mundo explota sin piedad al tercero. Hoy se destina dinero a salvar las economías del mundo y no a las personas. Hoy se potencia la libre circulación de mercancías y no se defiende la libre circulación de los ciudadanos, especialmente de los países empobrecidos.

Ante todo este dolor, hoy nos envía el Señor con más fuerza que nunca, nos envía a denunciar las injusticias que vemos cada día: familias que se quedan en la calle porque no pueden pagar la hipoteca, jóvenes que no van a poder estudiar por falta de medios, personas que no tienen qué comer porque están en el paro y ya han agotado todas las ayudas, enfermos que tienen que esperar y esperar hasta que les den una cita con los especialistas, jóvenes que sufren de adicciones y no pueden ser tratados porque se recortan los servicios y las prestaciones para ellos, personas en situación de sin hogar que no cuentan con recursos donde se les escuche, se les valore, se les reconozca su dignidad de hijos e hijas de Dios, a pesar de su situación.

Pues eso, que hoy nos envía el Señor al mundo, a construir su Reino de Amor, pero no nos envía en soledad, Él, a través de su Espíritu, está con nosotros y nosotras y nos hace perder el miedo, nos hace sentir confianza y esperanza que hemos de transmitir a los que nos rodean, nos hace sentir que su Amor es tan grande que no podemos temer nada. Y nos llena de fuerza y de un amor que te sitúa en el plano de la Justicia y que te hace gritar que el mundo no está bien, que las personas no están bien y que eso no es normal. Que no es normal la situación que estamos viviendo, y que no es normal que los gobiernos, sean del color que sean, y sus políticas, no pongan por encima de todo a las personas, a su bien estar. Los gobiernos tienen la obligación de cuidar de los ciudadanos, de gestionar el dinero que les damos, a través de los impuestos, para que todos podamos vivir dignamente. Y eso no se está haciendo. Y eso no es normal. No podemos vivir estas situaciones con normalidad.

Hagamos caso a la invitación del Señor y salgamos a las calles a gritar que otra forma de vida es posible, que el Reino de Dios es posible y hagámoslo sabiendo que su Espíritu nos alienta y nos impulsa.

 Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.    

El nuevo año litúrgico

Por: D. Cornelio Urtasun

Vamos a comenzar un nuevo año. Y me hizo pensar en “su misterio”.  Ese misterio que cada año nos hace recorrer la Iglesia para llegar a la plenitud de Vida; plenitud a la que el Maestro nos llama.

Y el Maestro que intuye nuestro anhelo, manda a su Esposa, la Iglesia, para que nos enseñe esos caminos que conducen a la Vida. Ese conjunto de caminos que constituyen el año litúrgico, con su variedad de contrastes y paisajes que hacen el recorrido más   deseado y atractivo.

Un día, estaba en la orilla de un estanque enorme; descansaba contemplando aquella lívida transparencia de las aguas. Al rato, incorporándome se me ocurrió coger una piedrecita y echarla al medio de aquella cristalina superficie.

Como el eco de un beso me llegó al oído el susurro del choque de la piedra con el agua. Y ante mis ojos comenzaron a dibujarse una serie de círculos concéntricos que llegaron hasta la orilla. Me pareció que el último  me traía en sus ondas algo así como la emoción y la síntesis de todos los anteriores.  Y aquel cuadro tan sencillo, tantas veces repetido en nuestra niñez, me hizo pensar en el Maestro y en “su Misterio”: ese Misterio que  vivimos durante el Año Litúrgico. [Leer más…]

Una Santidad paradójica

Por: Maricarmen Martín 

El mes de Noviembre siempre nos evoca la visita a los cementerios y la celebración de la fiesta de todos los santos. Esta fiesta nos anima a la reflexión sobre la santidad. Bajo el hálito del Espíritu, surgen en la historia de la salvación y en la historia de la iglesia “distintos modelos de santidad”. Ya desde las páginas dela Biblia, hay modelos de santidad paradójicos y contradictorios. Modelos de santidad de “desobediencia”, como las parteras de Egipto que desobedecieron la orden del Faraón y, gracias a ellas, ¡Moisés, nada menos! fue salvado (Ex 1,17ss). Hay modelos de santidad de “rebeldía”, como Débora (Ju 4-5). Modelos de santidad de “astucia”, como Ester; de valentía y riesgo, como Ruth; de aplomo en el reclamo de sus derechos, como las hijas de Selofjad (Nm 27), que no tuvieron miedo de apelar a la máxima autoridad para reclamar que no hubiera discriminación de sexo en un asunto legal.

Hay modelos de santidad “para la vida” que se expresa en las mujeres profetas, como Miriam, que guía al pueblo de Dios cantando a la cabeza del Éxodo (Ex 15); como Juldá que inspira, apoya y guía la reforma al rey Josías (2 Re 22); como las mujeres profetisas de los Hechos de los Apóstoles, que anuncian la vida nueva derramada por el Espíritu (Hch 2,17). Una santidad de “lágrimas por la justicia”, como Raquel que llora por los hijos muertos, víctimas inocentes del Herodes de turno (Jr 31,15). Santidad de “la oración continua”, con la insistencia confiada de la mujer conocedora del corazón de Dios (Mt 15,21ss).

Hay una santidad del “perfume” y de la proclamación valiente, enamorada, silenciosa y regalada a Jesús, como el Ungido, el Cristo, a través del nardo derramado capaz de dar fragancia a la iglesia y al mundo entero. Este modelo de santidad escandaliza a los que se ocupan de contabilidades, de sociedades de consumo, de afán de poder… porque es una  santidad de la buena noticia, del derroche, de la gratuidad, de las personas movidas por el Amor (Jn 12,1-11; Mc 14,3-9).

La mayoría son modelos de santidad que molestan. No sabemos qué hacer con ellos, los olvidamos, no los leemos, no nos parecen “piadosos”, ni nos inspiran devoción. La invitación es a integrar esta santidad paradójica, la santidad que nos sorprende. Abrirnos al Dios de las sorpresas y a las manifestaciones del amor que siempre crean y hacen algo nuevo sin proponérselo. Invitar a dejar al Espíritu en su novedad total y creativa, capaz de inventar constantemente en las distintas situaciones de la vida las más variadas respuestas.

Lo fundamental es descubrir que en ellas y ellos actuó el Dios de la Vida, ya sea resistiendo a la orden de la muerte dada por el Faraón o engendrando la vida secreta del Padre en la sombra del Espíritu, como en María. Lo importante es la manifestación del Dios de la Vida que nos lleva a admirar la santidad más allá de nuestros “santos conocidos”. Hablar de la vida desde el punto de vista de Dios es hablar del Espíritu Santo, del cual decimos en el Credo que es el “Dador de Vida”.

Conviene señalar que el Catecismo de la Iglesia Católica, reconoce y rescata estas mujeres santas: “Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. De ellas la figura más pura es María” (n 64). Porque mantuvieron viva la esperanza es por lo que queremos estar en su compañía, hacer fiesta y dar gracias a Dios por esta “comunión de las santas”.

El Espíritu de la vida

Espíritu de la Vida

Autor: Jürgen Moltmann. Ed. Sígueme, Salamanca 1998

Este es un libro clásico y a la vez con vigencia permanente donde Moltmann quiere describir la unidad entre la experiencia de Dios y la experiencia de la vida. La simple pregunta, “¿cuál ha sido la última vez que sentido usted la acción del Espíritu santo?” nos pone en serios apuros. Su “santidad” provoca cierta reserva. Pero si la pregunta es “¿cuál ha sido la última vez que ha sentido usted el Espíritu de la vida?” entonces las cosas cambian. Podemos responder con lo que sentimos en la vida de cada día y contar todo lo que nos ha consolado y nos ha estimulado. En este caso, el Espíritu son las ganas de vivir y sus dones las fuerzas vitales. Este libro quiere describir cómo el Espíritu de Dios se llama “santo” porque da vitalidad a esta vida, no porque esté alejado y no tenga nada que ver con ella. [Leer más…]

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