No podéis servir a Dios y al dinero

Domingo 25 TO. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Dos temas fundamentales en este domingo: el dinero y su consecuencia, la corrupción; el otro, la oración. Y alguno más; pero vayamos por partes al detenernos en esta Palabra que nos ofrece el comienzo del otoño, estreno de un nuevo curso, presentándonos un tema recurrente como es el señorío de Dios frente a tantos ídolos que nos envuelven y seducen. Estos tienen por principal tentador y embaucador, manipulador de la conciencia por excelencia, a algo como es el dinero y son sus lacayos: poder, dominio, egolatría, avaricia, insolidaridad.

Ya el profeta Amós, arremete contra “los que compran por dinero al pobre”. Ya en aquel tiempo y en todos, en el nuestro, la codicia mancha el corazón, crea abismos de indiferencia, tiñe de orgullo mente, palabras y acciones.

¡Uf!  ¡qué despropósito! Pero así somos capaces de no ver, a veces o bastantes veces o muchas veces, lo que pasa a nuestro alrededor y un poco más lejos. Todos somos cómplices de las grandes diferencias, del mundo del bienestar frente al mundo de la carencia hasta de lo más necesario, aunque no seamos de los que prestan a usura o venden con balanzas amañadas.

Hay posibilidad de compartir, no debería ser algo tan difícil y llenaría de gozo y ternura el corazón del Padre, que lo es de todos.

Y podemos decirnos, ¿qué planteamientos en mi vida me acercarían más al ideal fraterno del Evangelio de Jesús? Es una buena pregunta a contestar personalmente y como familia cristiana.

Si pasamos a la lectura de San Pablo vemos que el apóstol ruega a su discípulo Timoteo que él y su comunidad oren por todas las personas y de manera específica por quienes tienen algún tipo de especial responsabilidad en la sociedad, porque el objetivo es llevar una vida plena y vivir en la verdad y en eso todos somos responsables los unos de los otros.

¡Qué importante la oración de mediación, de intercesión, que sigue la enseñanza del Maestro a quien vemos orando al Padre en todo lugar y circunstancia!

Retomando el tema dinero llegamos a una parábola, la del Evangelio, que siempre me ha resultado algo difícil de entender pues ante el descubrimiento de un administrador corrupto que empieza a hacer cambalaches con lo que no le pertenece y se apresta a “perdonar” deudas de unos bienes que no son suyos, Jesús alaba su sagacidad porque ha sabido gestionar lo pequeño en su beneficio. Y nos enseña que “los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz”.

Aquí viene mi perplejidad y trato de entender el “ganaos amigos con el dinero injusto…” El dinero, las propiedades, las cualidades, son nuestros bienes pequeños y si sabemos ponerlos en beneficio de los demás, sabremos con ellos conseguir “amigos”, estos serán los garantes de unos bienes importantes, de los bienes que el Señor nos tiene preparados, los que constituyen la vida eterna.

¿Qué valor damos al dinero? Vuelve la cuestión del principio, y tropiezo con la sentencia de Jesús “ningún siervo puede servir a dos amos” y todavía más clarito: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Buen domingo.

El Dios de Jesús es Padre-Madre

Domingo 24 del TO – Ciclo C

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona

“Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Se referían a Jesús.

Nos bastarían las Parábolas que escuchamos este domingo para comprender quién y cómo es Dios y  por qué podemos confiar siempre en Él; también para comprender cómo somos nosotros/as y cómo reaccionamos en nuestra relación con Él y con los demás.

En la primera lectura, del Libro de Éxodo, hemos visto cómo el Pueblo de Israel, que caminaba por el desierto, se había fabricado un ídolo, al que ya estaba adorando, mientras Moisés se comunicaba con Dios en el Monte Sinaí.  Confundían al Dios que les había sacado de la esclavitud de Egipto con aquella imagen fabricada por ellos mismos. Dice el texto que Dios se enfada con su Pueblo y dice a Moisés que le va a castigar, pero Moisés intercede, recordando al mismo Dios la Promesa que había hecho de conducirlos hasta la Tierra que les daría en posesión.

En la Parábola que antes llamábamos “del hijo pródigo” nos podemos ver reflejadas/os en cualquiera de los dos hijos.  Por una parte, somos capaces de reclamar lo que consideramos “nuestros derechos” para gestionarlos según nuestro criterio. ¿Somos conscientes de que todo nos ha sido dado?  Hemos recibido unos “talentos”, unos valores o capacidades para desarrollar y hacerlas fructificar, en beneficio nuestro y de los demás, para “construirnos” como personas y colaborar en el progreso y bienestar de los otros y del mundo en que vivimos.  Pero muchas veces somos como el hijo que se marchó y no administramos responsablemente la herencia recibida.

Jesús se sirve de esta Parábola para presentarnos a un Dios diferente del que nos relata el Éxodo, que no quiere castigar sino que siempre espera y mantiene la puerta abierta: es un Padre-Madre que todos los días esperaba al hijo que se fue. Cuando lo ve que vuelve,  dice el texto que “se le conmovieron las entrañas y echó a correr a su encuentro, le abrazó y cubrió de besos”… Y no solo se alegra por el regreso y recibe al que ha vuelto sino que organiza una fiesta por ello.  Humanamente, podemos entender la Parábola porque conocemos a padres y madres que siempre esperan a sus hijos, alejados del hogar por algunos “sueños engañosos” que les llevaron a donde no hubieran querido…

Pero pensemos en el hermano del alejado, que no se había enterado de su regreso. ¡Qué reacción tan ruin, tan poco filial y tan poco fraterna!  Echa en cara a su padre: “…ha venido ese hijo tuyo…” Pero el Padre le invita a tomar conciencia de su realidad: “Todo lo mío es tuyo… pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Este Evangelio puede llevarnos a reflexionar sobre algunos aspectos de nuestra vida:

“Todo lo mío es tuyo”.  A vivir conscientes y agradecidas de la riqueza recibida.  Somos responsables de administrarla bien, en favor propio  y en favor de los demás.

“Este hermano tuyo”. Ser conscientes de que “todo hombre y mujer es mi hermano, mi hermana”. Somos una sola familia: la familia humana.

“Cuando todavía estaba lejos su padre lo vio…”. Tenemos un mismo Padre-Madre, que siempre espera, siempre acoge, siempre se alegra cuando volvemos,  nos integra de nuevo en la familia y nos recuerda que somos responsables de vivir en fraternidad.  Por todo ello, ahora llamamos a esta Parábola la del “Padre Misericordioso”.

Gracias, Jesús, porque viviste como Hijo de un Padre-Madre de toda la familia humana y nos enseñaste a vivir la fraternidad haciéndote Hermano de todos.

Lucidez y radicalidad

Domingo 23 TO. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Las palabras de Jesús hoy son provocativas y casi escandalosas. En este relato del Evangelio llama al seguimiento, pero no de cualquier manera, sino a un seguimiento con lucidez. La misión que quiere encomendar es tan importante que nadie ha de comprometerse de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa. Sería una grave irresponsabilidad  implicarse en algo si no se sabe lo que se quiere, ni a dónde se pretende llegar, ni con qué medios se ha de contar.

A primera vista puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente, calculador y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. Jesús quiere que tengan claro dónde se meten. Es necesario reflexionar exigencias, riesgos y fuerzas con las que se cuentan cuando se quiere emprender algo con seriedad.

Pero aún hay más, Jesús llama a un seguimiento con lucidez y también con radicalidad. Quien le siga tiene que subordinarlo todo a ese seguimiento: familia, posesiones de todo tipo, él mismo… Es la condición indispensable de cualquier discípulo o discípula.

Este llamamiento radical y lúcido al seguimiento de Jesús provoca desinstalación en quien responde positivamente y esto en varios sentidos. Desinstalación económica, renunciar a todos los bienes, en otros pasajes se dice, dejar redes y barcas o vender lo que se tiene y ponerlo al servicio de los pobres. Traducido a nosotras, parece evidente la necesidad de una vida claramente sobria en quienes seguimos a Jesús.

Además de la económica hay otra desinstalación que podríamos llamar psicológica y, tal vez, más difícil que la anterior: renunciar a sí mismo. Se trata de colocar a Jesús antes que a uno. El centro de la vida del discípulo o discípula no es él o ella sino Jesús, de ahí la necesidad de descentrarse.

Finalmente, el seguimiento reclama una desinstalación afectiva: posponer padre, madre, hijos… Esta desinstalación no significa no amar, al contrario, significa amar como Jesús, no como un derecho de propiedad sobre las personas sino como una forma de entrega radical. Sería bueno preguntarnos cómo vivimos estos tres tipos de desinstalación en nuestra vida cotidiana.

Finalmente, queda el rasgo más duro: quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. La cruz siempre acompaña en el seguimiento. Primero, por levantar la vista y, sin cerrar los ojos, ver y sentir el dolor del mundo, que es mucho. Segundo, porque seguimos a un Crucificado y hay muchas posibilidades que, de una manera u otra, terminemos como Él: criticados, calumniados, excluidos, vapuleados, ninguneados…

Otro mundo mejor es posible pero no vendrá de forma espontánea sino como resultado de la fecundidad de muchas vidas entregadas, aparentemente perdidas en el seguimiento de Jesús y en la búsqueda del Reino. Esta es la misión del seguimiento. No es cualquier cosa. No es de extrañar que Jesús hoy nos hable de lucidez y radicalidad. Sólo nos queda responder. No sólo de palabra.

 

Caminar por la vida de otra manera

Domingo 22 TO. Ciclo C

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Laico de Ciudad Real

En cualquier acontecimiento público que nos hacemos presentes, queremos estar en los primeros puestos, unas veces por disfrutar más del momento, otras para que nos reconozcan, para hacer notar nuestra presencia, también para sentirnos importantes, sea reconocido nuestro valor, nuestro saber, nuestra autoridad, nuestro poder, para que nos alaguen, nos consideren y nos aplaudan.

Parece una tendencia natural que deseemos lo mejor para nosotros, caemos fácilmente en la tentación de buscar nuestro bien y ello conlleva casi siempre que otra persona pueda ser perjudicada.

En cada momento de nuestra vida, a veces de manera inconsciente y otras con suficiente voluntad, optamos por nuestro bienestar personal. Quienes trabajan en oficinas buscan el espacio con más luz, alejados del compañero que nos pueda causar problemas, cerca del que más nos pueda ayudar o reconocer nuestro trabajo. Los que se dedican a la enseñanza prefieren los cursos con menos exigencias, con menos y mejores alumnos, con menos necesidad de preparación, para obtener mejores resultados y nuestro esfuerzo sea compensado y agradecido. Los que desarrollan su vida laboral en la industria, disponer de los medios y equipos de última generación incorporados a la empresa, en el transporte el vehículo más nuevo y seguro, así podríamos continuar con todas las actividades profesionales, en las que buscamos nuestra satisfacción personal, alimentar nuestro ego y sentirnos los mejores.

En nuestro entorno de familia y amistad, también sucumbimos fácilmente a nuestra soberbia. Lo que yo pienso es la mejor idea, lo que propongo es la mejor decisión, lo que hago es lo verdaderamente importante, la familia o el grupo de amigos se mantiene unido gracias a mí.

Nuestra Iglesia y comunidad también puede verse afectada por nuestro excesivo protagonismo, por nuestra imposición de ideas y acciones, por no escuchar y considerar las aportaciones del otro, por no abrirnos a los cambios.

Dios, por el contrario, viene a decirnos que nos quiere humildes y sencillos, que procedamos en los asuntos de nuestra vida con humildad, ésta nos acerca más al Padre que la generosidad. Realmente es así, abajarnos y postrarnos, relegarnos al último puesto es algo a lo que no estamos muy dispuestos.

Cuando los apóstoles preguntan a Jesús quién entrará en el Reino de los Cielos, Él responde: “El que se haga pequeño como este niño”, nos indica el camino de la pequeñez, de la inocencia, de los menos considerados.

Jesús nos manifiesta que en nuestra vida no pretendamos ocupar los primeros puestos, que no nos consideremos superiores a los demás en cualquier ámbito, sino que caminemos por la vida con humildad, sin ánimo de estar en la cima para ser vistos; estar entre la gente, con los compañeros, en la familia, con los amigos, como uno más. Procuremos pasar por la vida haciendo el bien, cercanos a los últimos, dando voz a los más callados, luchando por la justicia de los que soportan la injusticia, poniéndonos al lado de los que menos tienen y pueden, siempre desde la sencillez y la entrega.

Cuanto más pequeños seamos en nuestra vida, mayor será la misericordia y el amor de Dios para colocarnos en el lugar que nos corresponda en el banquete del Reino de los Cielos.

Quién podrá salvarse

Domingo 21 TO. Ciclo C

Por: Conchi Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología de Ciudad Real.

El concepto de salvación, en ocasiones, ha parecido más una amenaza que un aliciente para la vida de fe y compromiso cristiano.

Se puede parecer a la dura carrera que emprendemos en un momento de nuestras vidas. Carrera en la que debemos saltar numerosos obstáculos y que tendrá su premio en la meta final. Como los atletas para participar en esta dura carrera debemos estar bien preparadas, realizar todos los méritos posibles o, de lo contrario, no conseguiremos llegar a la meta.

Las lecturas de hoy nos urgen a participar en esta carrera y, sobre todo, a ir bien preparadas.

Dice S. Pablo en la carta a los Hebreos: “… Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes y caminad por una senda llana…” y en el evangelio de S. Lucas dice Jesús: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán…hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.

Mirando la vida de Jesús de Nazaret “la salvación” tiene otro sentido.

Se nos ha educado en la fe insistiendo demasiado en la perfección, en una agotadora carrera de esfuerzo personal dirigida a salvar dificultades y obtener méritos propios, para alcanzar en el último día el premio prometido: la salvación eterna.

La propuesta que hoy nos sugieren las lecturas es exigente. Jesús no se anda con rodeos, nos da un toque de atención ante la mediocridad y el ir tirando de nuestras vidas. Pasamos el tiempo dentro de los templos, de las comunidades, de los grupos, sin darnos cuenta de la propuesta nueva, comprometida y salvadora del evangelio. Se nos va la existencia sin experimentar el encuentro personal con Jesucristo.

El testimonio de vida que Jesús nos da es así de exigente. Su vida es entrega, pasión, especialmente por los últimos. Su vida es perderse, perder la vida que es lo más valioso que tiene, perderla por sus amigos, por todos y todas.

Hoy se nos pide iniciar este camino de perder la vida por los demás. Camino de gastarse, cansarse por los otros. Camino de buscar en nuestro interior para descubrir qué es aquello que nos hace más personas, qué es lo que nos impulsa a salir de nosotras mismas.

Os invito a buscar, a vivir esta Salvación que Jesús propone. Desde lo cotidiano y pequeño. Cada cual con nuestras circunstancias, nuestras cargas. Soltando lo que nos retiene, nos pesa, nos paraliza. Poniendo especial atención en los últimos, que también sean nuestros preferidos. Con decisión firme, desde el abandono y la confianza, porque nuestras fuerzas son limitadas, solas no podemos. Desde el encuentro personal con Aquel que nos conoce, sostiene y tanto nos quiere. Desde el convencimiento y la fortaleza de sentirnos alentadas y acompañadas por Jesús, Señor de los sencillos, para así ir dando respuesta a ese proyecto de vida que Él quiere para nosotras, para así ir construyendo un pedacito de Reino.

Desde ahí nos salvamos y salvamos todo lo que tocamos, porque no nos salvamos solas, sino en comunidad. Desde ahí vamos generando VIDA, vamos generando un mundo más humano, solidario y fraterno.

Pero, qué paz

Domingo 20 TO. Ciclo C

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Ver a Dios metido en un conflicto de guerras parece algo que choca. ¿Qué hace Dios que se le supone Padre de todos y bueno, el único que es Bueno, en un lugar cómo ese? Ver a Dios entregando su pueblo a un país extranjero, te provoca una y mil preguntas y un nivel alto de estupefacción. ¿Estamos ante un Dios guerrero se preguntarían? Dios llevaba la batuta del caminar de su pueblo porque “no sabemos pedir al Espíritu aquello que nos conviene”. Como buen Padre pone su sabiduría a nuestro servicio. Y manda a su mediador, al profeta Jeremías.

Hay invitaciones de Dios que nos llegan de donde menos esperamos y nos invita a lo que nos parece poco probable y, a veces, nada razonable…, no le entendemos; porque a Dios no se le entiende desde la razón, ni, a veces, desde el corazón…, se le entiende desde las entrañas o sencillamente, nos es necesario una confianza plena. Lo seguro es que Dios no se mueve en un contexto violento, sino en espacios de unión, de invitación a la concordia.

En la carta a los hebreos se nos muestra la imagen de una carrera en la que uno de los participantes ha superado todos los obstáculos y ha alcanzado la meta: Jesús. El tener siempre presente el ejemplo de Jesús y sus enfrentamientos con los responsables del orden (desorden) social injusto, debería servir a todos los creyentes para mantenerse y no decaer en la lucha por un mundo ordenado de acuerdo con el mensaje de Dios.

Lucas nos cuenta en el evangelio que Jesús no ha venido a traer la paz (la sumisión, la permisividad…,) esa paz que no es la verdadera, porque esa paz esconde injusticia.

Los que apostemos por el proyecto de Jesús nos podemos ver enfrentados a aquellos que ofrecen una resistencia insistente a los cambios, a intentar que vivamos en un mundo donde la injusticia desaparezca, es una decisión personal, aunque también podría ser de grupo. Tenemos que apostar por una fraternidad universal y esa actitud podrá llegar a enfrentarnos, incluso a romper con relaciones ya establecidas.

Los cristianos y cristianas de este siglo y siguientes debemos cuestionarnos hasta qué punto estamos dispuestas a complicarnos la vida para ser testigos de la palabra Dios, del mensaje de Jesús, de su buena noticia, porque Jesús vino y con él el conflicto: “Aunque no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha por el cambio de este mundo”, porque aunque nuestro tiempo es otro, sí es cierto que pueden surgir sufrimientos y agravios…, ¿estamos dispuestos?

El amor salva una y otra vez

17 Domingo TO. Ciclo C

Por: Mª Ángeles Gallego Bellón. Mujeres y teología de Ciudad Real.

Hoy es un día para gustar y saborear la palabra de Dios, no hay duda, no hay ambages, no hay que interpretar, su mensaje es claro. La positividad, la compasión, la bondad, el amor… están claramente expresados y son el hilo conductor.

En la primera lectura, en esa conversación íntima entre Dios y Abrahán, el Juez de todo el mundo muestra su “debilidad” por el hombre. Nunca el justicialismo podrá superar las entrañas de Misericordia que Dios Padre tiene para con nosotros.

Perdonar hasta Setenta veces siete. Buscar lo pequeño si  es  necesario, para agrandarlo y que sea    motivo de salvación, de Esperanza  y apostar por ello.

Es la primera oferta de Dios para hoy, el perdón sin límite, la oportunidad para que quede claro que, pese a todo, ÉL está  siempre de nuestro lado, con un sentido de la justicia de un padre que tiende la mano siempre para salvar, para “tirar” de nosotros por difíciles que sean las circunstancias y por alejados que nos sintamos a veces.

El salmo continúa diciendo que el Amor salva, que la misericordia es la mejor carta de presentación. Todos estamos llamados a llevar esta máxima a nuestra vida y creérnosla y practicarla y agradecer tener un gran maestro que acoge siempre.

En la segunda lectura, Dios “borra” el protocolo que nos condena. Borremos cada uno de nosotros esos prejuicios que frecuentemente son una losa que me sepulta y sepulta a los demás. Estamos resucitados, perdonados en Cristo. Siempre contamos con la oportunidad de saborear que el amor salva una y otra vez.

Cuenta Jesús a sus discípulos en el evangelio, de forma clara y humilde, cómo ÉL se relaciona con el PADRE con palabras sencillas y sin protocolo, pero llenas de significado. Es el Padre Nuestro, la oración que aglutina todos los matices: respeto, justicia agradecimiento, perdón, amor… cargada de espontaneidad y verdad.

Y una vez más, Jesús nos anima a no tener miedo a pedir. A buscar en la oración de petición un camino que abra nuestro corazón a Dios desde nuestra pequeñez y las limitaciones propias de nuestra humanidad. Confiar en que quien pide recibe, y que siempre escucha nuestras dificultades y necesidades.

Empapémonos de estas palabras y seamos instrumento de perdón y compasión en nuestras vidas. Sólo el amor alumbra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro el barro.

 

Escuchar para servir

16 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Blanca B. Lara Narbona. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Gén 18, 3 “: Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo”

Col 1, 25: “Dios me ha nombrado servidor (…) llevar a plenitud la palabra de Dios”

Luc 10, 39-40:“María (…) escuchaba su palabra. Marta (…) afanada con los muchos servicios”

Las lecturas de este domingo nos hablan de escucha atenta al mensaje de Jesús y de servicio entregado a su Reino. Nos hablan de la dinámica de un proceso de madurez espiritual, al que somos convocados en nuestra cotidianidad: “escuchar para servir”.

Dios ha decido recorrer nuestros caminos, adaptarse a nuestros ritmos y caminar junto a nosotros haciéndose peregrino, migrante en un mundo indiferente hacia los caminantes de pies descalzos. Pasa una y otra vez delante de nuestra tienda, como pasó ante la de Abrahán, esperando ser invitado a entrar. Pero nuestra ceguera no percibe ni reconoce Su presencia, nuestra sordera no escucha Su voz y nuestra comodidad se resiste a hacerle sitio y servirle. Nos empeñamos en ser ciegos voluntarios para no verlo entre los despojados, y sordos voluntarios para no escucharlo en los clamores de los sufrientes, porque, escuchar Su llamada nos compromete con la respuesta abierta y generosa de servir, nos compromete a salir de nosotros mismos para centrarnos en el otro y ofrecerle lo mejor de lo que somos y tenemos, para darnos por “desbordamiento” como hacía Jesús.

Pero llegar a sentir el servicio como don, como un modo natural de ser y expresarse es un proceso lento que requiere: tiempo, espacios de intimidad y silencio, y encuentros de escucha atenta con Dios. Encuentros personales, transformadores, en los que, superando la superficialidad hueca de una religiosidad sin sustancia que en nada compromete, podamos sumergirnos y abandonarnos en la hondura de Su misterio abrazando Su voluntad. Solo entonces, podremos “llevar a plenitud su palabra” haciéndola vida, y podremos hacer que el servicio y el amor se hagan uno con Él y en Él.

De servicio entregado y de escucha atenta saben mucho Marta y María. Dos mujeres sencillas, abiertas a la bondad de las palabras de Jesús. Mujeres que abren las puertas de par en par para recibirlo plenamente, como Señor de su casa y de sus vidas. Ambas, igualmente amadas por Jesús, cada una en su singularidad. Ambas, igualmente reconocidas por Él. Ambas, en distintos momentos vitales de un mismo proceso, el de llegar a ser “servidoras de manos contemplativas”, servidoras capaces de unificar la contemplación y la acción, la oración y el servicio, estando con las cosas sin estar en las cosas.

“María tenía que llegar a ser Marta” explica el Maestro Eckhart en su interpretación de este evangelio, por eso dice que: “María se sentó a los pies del Señor y escuchaba sus palabras y aprendía, pues primero estuvo en la escuela y aprendió a vivir. Pero cuando ya hubo aprendido (…) y recibió el Espíritu Santo, entonces empezó a servir”. Marta, sin embargo, ya “estaba en un estado de virtud madura y firme y en un espíritu libre, liberada de todas las cosas”.

Ya seamos Marta o ya seamos María, estemos en el momento vital que estemos, porque, Dios se ha parado ante nuestra tienda y “nos ha nombrado servidores”: Atrevámonos a ser siervos de corazón atento que escuchamos Su voz en medio de los acontecimientos de nuestra vida; atrevámonos a mirar con ojos contemplativos para percibir Su presencia en lo cotidiano y sencillo, en la necesidad y el sufrimiento; atrevámonos a disfrutar de encuentros con Él y los demás en los que reine la esperanza, la alegría, el servicio y la gratitud; atrevámonos a tener unas manos contemplativas, siempre dispuestas, capaces de hacer visible esos signos sencillos que nos demuestran que el Reino de Dios está en medio de nosotros.

Mirada samaritana

15 Domingo T.O. Ciclo C

Por: María Jesús Moreno Beteta. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Al inicio de este evangelio hallamos la pregunta que un letrado hace a Jesús “¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. Resuena la actitud de muchos de nosotros a la hora de vivir nuestra fe, que podría expresarse en “hasta dónde hay que cumplir para asegurarse la salvación”. Jesús lo interpela con el espíritu de la Ley y él volverá a preguntar “¿Quién es mi prójimo?”

Este evangelio nos cuestiona sobre cómo es nuestra relación con los demás, concretamente con quien está sufriendo y lo encontramos en nuestro camino.

El sacerdote, el levita y el samaritano nos plantean, por un lado, desde dónde miramos y, por otro, qué queremos ver de los demás.

Muchas veces miramos desde la autocomplacencia de sabernos seguros en nuestros lugares existenciales y, en ellos, tenemos los ojos cegados en nuestro bienestar; otras veces, desde la autosuficiencia de creernos fuertes por la posición económica o social y estamos atentos solo a lo que la potencia; otras veces, desde el legalismo del cumplidor, entonces daremos un rodeo para esquivar lo que nos incomode; muchas veces miramos con prejuicios y así nunca conoceremos nada verdadero y hondo del otro; la mayoría de las veces nuestra mirada procede de nuestro propio interés, aquí podríamos encontrar  preguntas tales como ¿qué saco yo de esto? ¿Cómo afecta a mis asuntos el que me comprometa? ¿Por qué tengo que ser yo? ¿No hay instituciones y servicios para resolver esto? Por último, podemos mirar como el samaritano, desde el corazón de nuestra humanidad y sentir en uno mismo el dolor de la situación del otro al que veo como cercano a mí, mi próximo, esto está claro que nos mueve a la acción inmediata y aparca momentáneamente nuestros asuntos, pero atiende al más importante que es ampliar nuestro corazón para que quepa el hermano.

Estas actitudes también están relacionadas con qué queremos ver del otro: podemos considerar su utilidad para nosotros y entonces seremos serviciales, o incluso serviles con aquellos de los que podemos esperar que nos devuelvan el favor o aumente su consideración por nosotros. Cuando miramos al que sufre con la estrechez del utilitarismo sólo podremos ver su inconveniencia o inoportunidad en nuestra vida, pues nunca nos viene bien dedicarnos a un problema del que no vamos a obtener nada. De este modo, el que sufre queda reducido al estereotipo de “problema” del que alejarse. Además, en este caso no se dice nada sobre quién era el apaleado, pero cuando nos encontramos o incluso socorremos a muchos apaleados de la vida no se libran de  nuestro  juicio moral sobre su persona o situación. El samaritano no se plantea nada en relación a sí mismo, ve un ser humano herido y maltratado cuyo dolor le mueve a actuar.

Su entrega incondicional es la que más refleja el modo en que el Dios de Jesús se relaciona con nosotros. Por eso para vivir en su compañía, en su amor, “alcanzar la vida eterna”, Jesús nos dice: “Anda y haz tu lo mismo”.

Despojada y libre

13 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología de Ciudad Real

La primera lectura nos muestra cómo Eliseo es elegido profeta y se une a Elías. Él que tiene trabajo, familia, y una vida resuelta sigue a Elías y es capaz de desprenderse de todo lo que le ata, sacrifica a los bueyes, que son los que le han estado dando de comer hasta ahora. Eliseo ha aceptado el despojarse de todo para seguir al Señor, para ser un instrumento que ayude a anunciar su Reino de Amor. Esta opción de Eliseo me interpela y me hace pensar si yo, que me erijo en seguidora y que intento mostrar el Reino de Dios, soy capaz de optar por el servicio y despojarme de todas las comodidades que me rodean y que me impiden poner en el centro al Señor y su mensaje.

Toda esta decisión de Eliseo y de Elías se entiende desde el Salmo de hoy, que muestra la confianza en el Señor, en que nos acompaña, en que está siempre a nuestro lado, protegiéndonos, queriéndonos, mostrándonos el camino de la felicidad, de la VIDA plena. Desde esta idea es desde donde se pueden tomar esas opciones en la vida de despojarse y seguir al Señor para ayudarle a construir su Reino de amor.

La segunda lectura nos invita a la libertad, pero una libertad que nos lleve a vivir en plenitud, a nosotros y las personas que nos rodean. La libertad que nos viene del espíritu es la que tiene en cuenta a nuestros hermanos, la que no busca el bien individual, si no el bien común, la que nos ha de ayudar a construir un mundo en el que todas las personas seamos felices. Es sobreponer el bienestar de todos al mío mismo. Ahí está la auténtica libertad y la felicidad que nos vienen del evangelio.

Lucas, en el evangelio, sigue mostrándonos cómo Jesús llama a todo el que se acerca, pero también nos muestra cómo no todos responden a la llamada. Y es que responder a esa llamada es de valientes, de gente entregada que realmente está enamorada de Jesús. El Reino de Dios es para todos, esa es la llamada universal, pero no todas las personas respondemos de igual manera, por eso Dios nos da la libertad de elegir. Él mismo no es bien recibido en muchos lugares y en vez de enfadarse sigue su camino se marcha a otro lugar donde poder ayudar y anunciar su mensaje. No busca venganza, ni castigos, él ha entendido que por encima de todo está la libertad que Dios nos ha dado para que gobernemos nuestras vidas y desde ahí es desde donde hemos de tomar las opciones de seguir anunciando el proyecto de Dios.

¡Qué alegría es saberse despojada y libre para seguir siendo un medio en la construcción del Reino de Dios! ¡Qué suerte los que nos sabemos elegidos y elegidas por el Señor para anunciar su Reino! Habrá que seguir avanzando en despojarnos de todo lo que nos ata para ser más fieles al Mensaje de Felicidad para todas las personas, en especial ser Buena Noticia para las personas que peor lo pasan.

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