Fuerza para el camino

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ.

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. Ciclo C

La Solemnidad de hoy es un eco del jueves santo. El Señor Jesús quiso quedarse con nosotros. Y lo hace en cada Eucaristía, en donde somos convocados a la mesa de la Palabra y a la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. El Evangelio de hoy nos habla de una característica importante de nuestro Dios: la generosidad. Cuando Dios da lo hace de tal manera que todos quedamos saciados, e incluso sobra.

No se nos da el alimento que nutre como si fuera “la sopa boba” que tomamos inconscientemente y que ni siquiera provoca en nosotros el agradecimiento. Necesitamos antes poner en la mesa nuestras pobrezas, lo poco que podemos aportar, casi nada, algo insignificante: “no tenemos más que cinco panes y dos peces” (Lc 9,13).  Sin estos dones no habrá luego Presencia y generosidad sin límites por parte del Señor Jesús. No pasar nunca por alto el ofertorio.

Ignacio de Loyola, cuando en la sacristía se preparaba para celebrar la Eucaristía, dice en su diario espiritual que se emocionaba con abundantes lágrimas. A la Eucaristía llevaba su vida y “sus negocios” apostólicos. Y en ella encontraba la luz y la fuerza para seguir adelante según Dios quería. El cristiano medio no nos solemos enterar “de la misa la media” y por eso ni nos emocionamos ni nos estremecemos con lo que en cada Eucaristía acontece.

Deberíamos hacer de la Eucaristía el centro de nuestra vida y de nuestras comunidades. En broma suelo a veces decir que “no es pecado ir a misa entre semana”. Es una invitación a participar lo más que se pueda en la Eucaristía. No salimos igual que entramos cuando acudimos a la celebración. En cada Eucaristía volvemos a experimentar la generosidad sin límites que es Dios. Lo repito, aunque nos parezca lo contrario, no salimos igual que entramos.

Me encuentro con frecuencia con cristianos que viven mucho su experiencia de fe hacia dentro; sin demasiadas, o más bien pocas, manifestaciones visibles de su ser creyentes. Las causas de este hecho pueden ser muchas y variadas. Desde el falso respeto a los no creyentes, el posible miedo a ser cuestionados por la fe que viven, o el pudor que provoca en algunos hablar de lo que sucede por dentro y de los valores que vertebran su vida. Cada cual sabe…

La devoción a la exposición del Santísimo tiene sus raíces en el siglo XIII. Es el Concilio de Trento el que anima a sacar a la calle en procesión el Cuerpo de Cristo y a ser venerado fuera del templo. Y así se sigue haciendo todavía en muchos lugares. Quizá también deberíamos hoy, en medio de una sociedad que tiene tanto desconocimiento de Dios, hacer más pública nuestra fe. No olvidemos que Dios quiere “darse a conocer” porque le importan sus criaturas y porque su generosidad no conoce límites.

Pan de vida

Por: José Antonio Pagola

Domingo 18º del Tiempo Ordinario, Ciclo B

¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla un diálogo de gran interés, que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

 El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en nada más.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna“. Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie.

Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino “para dar vida al mundo”.

Este Pan, venido de Dios, “perdura hasta la vida eterna”. Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como ese Pan de vida eterna. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza indestructible, empezar a vivir algo que no terminará con nuestra muerte. Seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: “Señor, danos siempre de ese pan”. Desde nuestra fe vacilante, nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizás, solo nos preocupa la comida de cada día. Y, a veces, solo la nuestra.

El Cuerpo y Sangre de Cristo

Por : Carmen Alvarez Ricart.  Vita et Pax. Valencia.

Festividad del  Cuerpo y la Sangre de Cristo, Ciclo B

“Les alimentó con flor de harina”, (Cfr. Salmo 80, 17). Así comienza la antífona de entrada en la Misa de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. Esta cita y otras en el Antiguo Testamento ya nos hacen pensar en ese Pan que “encierra en sí todo deleite y satisface todos los gustos” (Sab 16, 20)  y que el Nuevo Testamento nos desvela.

Culminada la Pascua, la Iglesia nos proporciona la oportunidad de dedicar un día especialmente, a la contemplación de ese Amor hasta el extremo con el que Jesucristo nos amó, se dio en comida, se dio en bebida, se proyectó como punto de referencia y atracción “Si yo siendo el Maestro y el Señor, os he lavado los pies”,  “debéis lavaros los pies unos a otros”, “como yo he hecho”  (Jn 13, 14-15).

En el Jueves Santo saboreamos todo esto con la respiración contenida, con los sentimientos a veces expresados y a veces mudos; planea la sombra del Viernes Santo, la sombra de la Muerte inminente, sobrepasada después por la Resurrección. Ahora el clima es más sereno, pero ardiente y comprometido.

Te podré cantar, te podré alabar, acompañar, explicitar mi fe si estoy atenta al mandamiento nuevo “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34) y al encargo y testamento “Haced esto en memoria mía”. En el evangelio de hoy se proclama: “Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos” (Lc 22, 19 y Mc 14, 22-24).  Memorial del Señor y actualización a través de los siglos hasta el día de HOY.

¿Qué tenemos que hacer para sintonizar con Jesucristo, Pan vivo y verdadero, procedente del Padre? “Mi Padre es quien os da el verdadero Pan del cielo” (Jn  6, 32).

¿Qué hemos de hacer? Dejarle vivir en nosotros. El invento no es nuestro;  lo inventó Él “como el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí (vivirá de mi Vida)” (Jn 6, 37). Vivir de su Vida, es decir, tener su mentalidad, sus criterios, sus sentimientos; amar con su amor, registrar en nosotros sus preferencias. Que Él se irradie a través de nosotros y generemos Paz. “Señor: danos siempre ese pan” (Jn. 6, 34).

La adoración y toda devoción no se pueden separar de la celebración eucarística y del amor fraterno. Siempre nos ha de preocupar la integración Eucaristía y vida.  Tantos amigos de Jesús a los que llamamos santos y muchos más en cierto anonimato o conocidos, se han alimentado de ese Pan y consecuentemente se han volcado en amor y servicio a veces heroico a los demás, a quienes más lo  necesitaban en cada momento de la Historia.

Una mujer, muy conocida en los ambientes madrileños y valencianos de su época (s.XIX), Micaela Desmasières que cambió su nombre por María Micaela del Stmo. Sacramento y abreviándolo la llamaban significativamente “La Madre Sacramento” expresó su gran amor volcándose en las jóvenes de vida difícil y desviada a las que quiso regenerar y dignificar, culminando su vida contagiada por el cólera que le transmitieron las personas a quienes servía. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Muy evangélico; sobran las palabras.

De la misma fuente bebemos, del mismo Pan nos alimentamos. La llamada es apremiante. San Pablo viene a decir que es una tragedia no discernir el Cuerpo y la Sangre del Señor y nos invita a tomárnoslo muy en serio “Examínese a sí mismo cada uno y luego  coma  del  pan  y  beba  de  la  copa” (I Cor 11, 28). Es muy fuerte la exigencia, muy fuerte la prueba de la fe.

El planteamiento de Jesús en su momento, era algo que rompía todos los moldes, era muy duro, no lo podían aceptar y muchos se fueron; dejaron de ir con Él.  Jesús quiso clarificar las cosas y no mantener equívocos.   Su pregunta a los que quedaron nos tendría que calar en lo más hondo: “¿Vosotros también queréis marcharos?” Pedro es portavoz: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído que tú eres el Hijo de Dios”. (Jn 6, 60-69)  Con Pedro también lo decimos nosotros  aquí y ahora.

Pues entonces escuchemos algunas de esas palabras de vida, cuyas consecuencias se ven por ejemplo, al final de la parábola del Buen Samaritano: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).  O bien: antes de dejar la ofrenda en el altar, reconcíliate con tu hermano (Cfr. Mt 5, 23-24). Eso es lo que Jesucristo nos dice y muchas más cosas…para que actuemos de acuerdo.  Busquemos cada cual, cada grupo, cada familia, cada institución cómo concretar, cómo hacer realidad la coherencia que pide recibir el Cuerpo del Señor con discernimiento. La fe sin obras estaría muerta (Cfr. St 2, 17) y nuestra vocación es vivir.

Hoy se celebra el Día de la caridad.  Cáritas nos ofrece pistas.  El lema propuesto a nivel nacional ya es conocido: “Vive sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir”. Asegura también que “La economía de la gratuidad, nos hará felices”. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Con quién? No dejemos los cabos sueltos, no perdamos una nueva oportunidad de amar.

Los grandes ideales motivan y sustentan las grandes realizaciones y otras realizaciones tal vez pequeñas pero mantenidas cada día en la fidelidad. Alimentemos el fuego sagrado.  Santo Tomás de Aquino, en el Oficio de la Fiesta que compuso en su momento, nos brinda la expresión del gran deseo: “¡Oh memorial de la Muerte del Señor, Pan vivo que da la vida al ser humano;  concédeme vivir de ti, (vivir de tu Vida) y saborear siempre tu dulzura!”.

Cornelio Urtasun: compañero y amigo de Jesucristo resucitado

Por: Pedro Sandi. Miembro del Instituto Secular: Asociación de Sacerdotes del Prado. Diócesis de Santander

1. Miprimer encuentro con D. Cornelio fue, sobre todo, a través de los primeros miembros del Instituto que él envió a nuestro seminario de Corbán, como respuesta a D. Vicente Puchol, nuestro obispo. Eran los años 1966 al 1969. Posteriormente, y más en directo, en las convivencias anuales de Vita et Pax en Corbán, en El Escorial…

Al pensar en ellas y en D. Cornelio, años después, me di cuenta de que no sólo compartían con D. Cornelio, la vivencia de un amor apasionado a Jesucristo, sino que el Señor irradiaba su perfume a través de su testimonio evangélico.

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La Experiencia de Dios en la vida de cada día

Por:   Dina Martínez

Saludo y presentación

He aceptado esta invitación porque creo que los cristianos tendríamos que expresar y compartir lo que la Fe va aportado a nuestra vida para ir alcanzando ese grado de madurez humana y de realización personal que todos buscamos. No soy  teóloga, ni mística, tampoco una estudiosa de las Sagradas Escrituras. Lo que os voy a compartir hoy son las etapas de una vida sencilla, que se ha desarrollado, en su mayor parte, entre los empobrecidos de este mundo y que me ha permitido experimentar que es verdad esa frase del Evangelio de Mateo, 5,4 “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

No voy a dar una definición de lo que es la experiencia de Dios, pues no me considero competente para ello, pero sí me parece importante diferenciar el término “experiencia de Dios”, del de “religión”, pues con frecuencia los confundimos. Mientras la experiencia de Dios remite a liberación, amplitud, gozo, profundidad, unidad…, la religión histórica ha significado, de hecho, para muchas personas, sumisión, estrechez, miedo, ritualismo, división… y posiblemente sea éste uno de los factores que ha llevado a mucha gente a apartarse de todo lo religioso.

Hace bastantes años, nos visitó en Rwanda un equipo de TVE y en un rato de charla informal, un periodista, que se dice ateo, me preguntó con un tono un poco desafiante y curioso: ‘Dina, ¿qué te motivó a los 18 años a elegir este estilo de vida? Yo contesté espontáneamente y sin rodeos le dije: ‘Vicente, a los 18 años me enamoré de Dios’. Miré a los que me escuchaban y observé una sonrisa incrédula o tal vez un poco burlona y me dije: Dina, tal vez has desperdiciado la ocasión de dar una buena respuesta a estas gentes que no preguntan con frecuencia cuál es el fundamento de una consagración a Dios. De todos modos la respuesta estaba dada y seguimos charlando sobre ese asunto y sobre otros. Nunca le he preguntado a mi amigo si le convenció mi respuesta, pero sí que he pensado varias veces que fue tan profunda y tan verídica como espontánea.

Nací en una familia cristiana, como casi todas las españolas de mi época, pero mi familia nunca ha sido muy practicante. Yo pensaba hacer lo que hacían la mayoría de las jóvenes de mi edad y para no perder tiempo, a los 17 años ya tenía un amigo con el que pensaba compartir mi vida. Pero Dios se hizo el encontradizo y a los 18 años me enamoró y también, sin perder tiempo entré en el “Instituto Secular Vita et Pax” al que sigo perteneciendo. Así empezaba a recorrer un camino en el que se han entrelazado la búsqueda y los encuentros con Aquel que me había seducido.

En mis años jóvenes, la presencia Eucarística fue para mí el Lugar donde encontraba respuesta a mis aspiraciones profundas y triviales. Sí, Allí podía descargar mi corazón, dar rienda suelta a mis ilusiones y soñar, como sueñan todos los jóvenes al lado de alguien de quien se han enamorado. Dios, que es un gran pedagogo, quiso quedarse entre nosotros en la Eucaristía para hacerse más cercano y asequible al ser humano.

Otra etapa de mi juventud estuvo marcada por la búsqueda de sentido. Fue el tiempo en que cuestionaba todo, lo que dejaba y lo que seguía. Tiempo de duda, de oscuridad, de proyectos y de realizaciones. También en esta etapa, el silencio y la oración fueron el lugar de Encuentro, donde descargaba mis dudas, donde gritaba mis añoranzas y donde, de vez en cuando, vislumbraba un rayo de luz que me animaba a seguir participando en la tarea de construir el Reino.

Me marché a Rwanda en 1973.

Mis maletas iban bien repletas de cosas materiales y sobre todo llevaba mi juventud (24 años), un diploma recién estrenado y el deseo de responder a una llamada que me invitaba a trabajar con los más pobres. También me acompañaban mis sentimientos profundos: pena de separarme de mi familia y amigos y de alejarme de una sociedad que me ofrecía posibilidades materiales e intelectuales que, en ese momento, eran importantes para mí. En lo profundo de mi corazón había una renuncia y una entrega. La perspectiva de compartir y, menos aún la de recibir, no las vislumbraba. Tuvieron que pasar muchos años y vivir muchas experiencias positivas y negativas, para tomar conciencia de todo lo que me había enriquecido la convivencia con aquel pueblo. El pequeño título de enfermera se había enriquecido con una fuerte experiencia profesional y humana. Los amigos que temí perder se habían  multiplicado y extendido por todo el mundo y los lazos familiares se habían fortalecido. Cuando tomé conciencia de esta realidad, pensé en esa frase fuerte del Evangelio que había oído muchas veces sin comprender su significado: “Quien  quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25; Mc 8, 35) Desde ese momento esas palabras cobraban un significado profundo para mí, pues ya no eran una teoría sino una experiencia de vida.

Pienso que todos hemos vivido momentos en los que hemos tenido que elegir y hemos dejado algo que nos gustaba para hacer otra cosa. Lo importante es ser conscientes de lo que vivimos, sin anclarnos en las lamentaciones que nos impiden justamente descubrir lo positivo que nos  ha aportado esa opción.

Viví años muy hermosos en Rwanda hasta 1990 que comenzó la guerra. Recuerdo un sentimiento que me invadía con frecuencia y que lo compartía con mi familia y amigos; les decía: tengo la impresión de crecer con este pueblo.

A partir de los años 90 la situación del país se fue deteriorando hasta llegar  al caos total en el 94 con el genocidio del que, sin duda, todos y todas habéis oído hablar. Este periodo marcó de un tono sobrio la etapa de mi edad madura. Fueron años de violencia, de sufrimiento, de pérdidas humanas, de dudas, de miedo. Pero puedo decir que fueron los años en que más he sentido la presencia de Dios en mi vida. Momentos fuertes de consuelo y de ternura que hicieron posible el continuar, aún cuando todo me invitaba a hacer marcha atrás.

Fueron también momentos de intuiciones profundas que me han ayudado a conocer más lo mejor y lo peor del ser humano. Recuerdo los meses que pasé en España desde que nos repatriaron, en abril de 1994, hasta diciembre que pude volver a Rwanda. Yo me debatía con la idea de haber abandonado aquel pueblo que tanto creía querer. El día del Buen Pastor, en la Eucaristía, al escuchar el Evangelio de Jn 10,11: “Yo soy el buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas…”, entendí que sólo Dios es el Buen Pastor y todos los demás, por mucho que nos creamos, estamos en proceso. Bendita confidencia que ‘me puso en mi lugar’ y sosegó mi corazón. Sí, sólo Dios es Dios y Él nos lo va diciendo al oído mientras lo buscamos y cuando lo escuchamos, le conocemos un poco más a Él y a nosotros.

 “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” Jn 6, 55-56.

He necesitado años de contacto con la Eucaristía y superar muchas modas ideológicas para intuir un poco lo que estos versos del Evangelio nos pueden decir. La Eucaristía opera en nosotros algo tan sencillo y tan vital como lo que hace la comida en nuestro organismo. Si sólo nos alimentáramos de banquetes, nuestros cuerpos no se habrían desarrollado armónicamente y nuestras funciones vitales estarían desordenadas. La Eucaristía nos hace, a pesar de nuestra rutina y de nuestras incoherencias. Pero sería inconsciente por nuestra parte no pararnos nunca a saborear y a disfrutar ese manjar aunque también aquí, la iniciativa siempre viene de Dios.

En los años posteriores a la guerra, el pueblo ruandés estaba sumido en el sufrimiento y en la miseria más extrema, y me gustaba contemplar esos hombres, mujeres, jóvenes y niños que llenaban las iglesias para celebrar la Eucaristía. En mis años jóvenes habría tenido una mirada más crítica de esas asambleas, calificándolas de masivas e incluso folklóricas. Pero la experiencia vivida me llevó a mirar a esas gentes con un profundo respeto porque intuía que buscaban en la asamblea Eucarística el lugar donde no eran juzgados, donde eran reconocidos como personas, donde se sentían amados y donde recibían fuerzas para seguir viviendo.

También me impresionaba ver a algunas enfermeras del centro donde trabajaba, después de una larga mañana de servicio a los enfermos, en la hora escasa que teníamos para comer, retirarse a la capilla a rezar y salir sonrientes y pacificadas, dispuestas a seguir curando, consolando y haciendo realidad lo que nos dice Jesús en Mt. 4, 3-4: “No sólo de pan vive el ser humano…”. Esto, que puede parecer heroico o incluso extravagante en algunos ambientes de nuestro mundo rico, yo he tenido el privilegio de disfrutarlo cada día entre los pobres.

Otro texto del Evangelio que ha cobrado para mí una luz especial, el es relato de la multiplicación de los panes y los peces: Jn 6, 1- 15. Este episodio que tanto nos cuesta entender y más todavía creer yo sé, por experiencia, que es una realidad cotidiana que permite que la vida sea posible para muchos habitantes de los países empobrecidos.

Durante los 35 años que he trabajado en Rwanda, siempre hemos dependido de las ayudas de la gente para llevar a cabo el trabajo del Centro de Salud. La colaboración con los grandes organismos y con las ONGs con frecuencia era problemática pues teníamos la impresión que las ayudas estaban condicionadas a sus intereses, más que a dar una respuesta adecuada a la gente del país. Esto hacía que muchas veces no aceptáramos las ayudas para sentirnos más libres en nuestro trabajo y corríamos la aventura de comenzar el curso con un tercio del presupuesto que necesitábamos para llevar a cabo todas las actividades. Nunca nos faltó dinero para hacer lo que teníamos que hacer. Con la contribución de la gente sencilla que se beneficiaba de los servicios del centro y con las ayudas que recibíamos de nuestros amigos (los que confiaban en nosotras), siempre pudimos realizar las actividades previstas. Cuando esto lo vives durante muchos años llegas a la conclusión de que lo que compartimos y gestionamos para las causas nobles se multiplica.

Esta realidad también la vivimos en nuestra sociedad actual, siempre la hemos vivido, pero en estos últimos años aumenta el número de pobres y cada día son más los que sobreviven gracias a la solidaridad de los que se deciden a compartir lo que tienen y lo que son. Me gusta ver a tantos voluntarios en los diferentes servicios sociales, privados y públicos, ofreciendo su tiempo y sus capacidades para enseñar, para ofrecer espacios de acogida, para hacer compañía a los que están solos… Creo que este es un signo de vitalidad de algunos núcleos de  nuestra sociedad que no se han dejado invadir por el virus del capitalismo y de la superficialidad.

Desde hace cuatro años, vivo una nueva etapa de mi vida que estoy convencida de que será apasionante como las anteriores o tal vez más, pues la experiencia me dice que la página siguiente siempre es más interesante.

Voy conociendo la sociedad española que es bien diferente de la que dejé en 1973. Me alegra ver todos los logros económicos y sociales que se han conseguido y constatar como ha mejorado la vida de los españoles en estos últimos 40 años. Encuentro espacios de humanidad donde se respira respeto, fraternidad, responsabilidad, honradez y otros muchos valores que hacen que la vida sea hermosa. Pero desgraciadamente también descubro grandes superficies áridas, castigadas por la superficialidad y por la escasez de valores. Esto me llama mucho la atención porque creo que es, entre otras causas, fruto de la abundancia de recursos mal empleados.

En este mundo, en el que hoy he decidido vivir, sigo buscando a Dios y dejándome encontrar por El, pues ahora sé que es El, el que da sentido a mi vida.

¿Quién va haciendo en su vida esta experiencia de Dios?

Quien la desea consciente o inconscientemente. Aquellos y aquellas que escuchan su interior y que son fieles a sus deseos profundos: de amor, de justicia, de fraternidad, de plenitud, de humanidad…  Dios nos habla en nuestro interior y necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escucharle.

Este es un gran reto en esta sociedad del consumo y del entretenimiento. Nuestras necesidades nos las descubre la propaganda e inmediatamente nos ofrece una solución para satisfacerlas: la salud, la belleza, la moda, la vida social…

¿Qué nos va aportando la experiencia de Dios?

  • Humanidad. A  medida que experimentamos esa experiencia de  Dios en nuestras vidas constatamos que nos hacemos más humanos, más sensibles a los problemas de los demás, más cercanos a los que sufren, más tolerantes, más fraternos…
  • Gratitud y sencillez. La experiencia de Dios no es una conquista, es un regalo. No es algo que nos hemos ganado y que nos podemos apropiar, es lo que experimentamos y disfrutamos gratuitamente en la vida concreta.
  • Confianza. Alguien que va experimentando a Dios en su vida va creciendo en confianza que no es lo mismo que seguridad. La imagen que me viene a la mente es la del niño pequeño ante su madre: él no tiene seguridad, no le hace falta, pero no tiene miedo porque sabe que su madre le dará lo que necesite y confía en ella.
  • Libertad. La historia está llena de hombres y mujeres que nos han dejado el ejemplo de la libertad que da la experiencia de Dios. Jesús, el hombre libre por excelencia, libre frente al poder político y religioso de su tiempo y también frente a su propia naturaleza. “Padre, si es posible que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.Yo, en mi pequeña historia personal, he tenido la oportunidad de experimentar la libertad que nos da defender causas justas, Jn 8, 32 “Y la verdad os hará libres”;  y en Mc 13, 11“Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de que vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablareis sino el Espíritu de Dios que habita en vosotros”,  Estos textos del Evangelio son hoy para mí una experiencia profunda que forma parte de mi vida.

Sí, hoy le daría la misma respuesta a Vicente: hice esta opción a los 18 años porque Dios me enamoró y, caminando con El y con los hombres y mujeres que se cruzan en mi vida, ese amor sigue creciendo. Cuando miro el camino recorrido veo que su presencia lo hace luminoso. Cuando miro el presente, a pesar de su sombrío telón de fondo, no me asusta pues sé que El sigue caminando con nosotros. 

Cornelio Urtasun: Enamorado de la Eucaristía

Por: José María Lorenzo Amelibia

Cuando ingresé en el Seminario de Pamplona, en el año 1946, terminaba su mandato de educador Don Cornelio Urtasun joven y carismático sacerdote. No llegué a tratarlo, pero recibí el impacto de su persona de una forma indirecta.

Se hablaba en corrillos del tan Don Cornelio y su obra: Un grupo de seminaristas mayores, dirigidos suyos, eran modelo de buen comportamiento.

Se reunían algunos días por la noche para adorar juntos a Jesús en la Eucaristía; todos ellos guiados por aquel santo educador estaban enamorados del divino prisionero del Sagrario y difundían por doquier aquella gran amistad.

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